lunes, 5 de septiembre de 2016

DESORIENTADO

    
                                                      
s/t - KFK
   Nunca había pensado que después de aquel periodo de orientación en su vida, ésta hubiese tomado un ritmo más equilibrado, más sensato. En algún momento temió por su cordura ya que lo que estaba pasando no pertenecía a un comportamiento lógico de una persona adulta, o al menos lo que se conoce como canon de conducta normal; lo que más le fastidiaba, sobre todo, era que se había creído que había llegado a una edad, a una posición y a una experiencia existencial que por sí mismas ya implicaban una madurez en la vida, un déjà-vu, un estar de vuelta de todo. Llegado hasta aquel punto cualquier cuestionamiento respecto al sentido de su existencia le parecía ridículo; no le cabía en la cabeza que aquello que le había acontecido, le hubiese estado pasando a él, además todo había surgido tan discretamente, tan tontamente que en algún momento llegó a pensar que era víctima de su propia estupidez; a él que se creía que estaba por encima de muchas cosas, aquellas manías, o tics, le parecían irrisorios; la conclusión a la que había llegado era que estaba pasando un momento transitorio de nerviosismo y “aquello” era la manifestación externa de unos nervios caprichosos que con una entrega ligeramente abnegada por su parte, amainarían pronto y no dejarían huella, pero al ver que  “aquello” continuaba, una preocupación insistente taladraba su cerebro y temía que su imagen se resintiese, una imagen de credibilidad, una imagen digna de admiración como fiel representante de la edad adulta; no consentiría que aquellas “chiquilladas”, como a veces las calificaba despreciativamente ante el temor a calificativos más serios, pudieran desbancar lo conseguido hasta aquel entonces. Una vez que había asumido lo que le estaba pasando, había que darle un nombre y lo de  “aquello” era dar paso a la ambigüedad, al autoengaño. Llamarle  “aquello”: manías, tics era suavizarlo, darle un nombre médico, más concretamente científico relacionado con la psiquiatría era alcanzar el terror. Normano de Guiemonde había sido un hombre hecho a sí mismo; desde muy pequeño toda su vida había seguido los cauces de la normalidad; las leyes, las costumbres que regían el día a día procuraba respetarlas lo más posible al pie de la letra, nunca se había cuestionado el infringirlas, lo que sería muy fuerte para él, tampoco se permitiría la inocente osadía de vulnerarlas al menos  “un petit peu”. Había como una voz invisible, la voz de una cierta lógica, que lo guiaba en cada uno de sus actos; desde niño sabía lo que tenía que hacer, tenía muy claro lo que quería estudiar; cuando llegó a la adolescencia, el inconformismo y la rebeldía ni se atrevieron a asomarse a la ventana de su comportamiento, la verdad era para dudar de su existencia; mudó la voz, claro está, y se convirtió en una voz profunda, de bajo profundo, todo muy profundo; esas frases entrecortadas, chispeantes, rebosantes de ganas de vivir que surgen sin querer a comienzos de la edad adulta, jamás salieron de su boca. Hablaba tan profundo y con tanta lentitud que su voz parecía que estaba hecha para dictar normas y no para expresar sentimientos; estar ante aquel hombre era como verse ante el anciano jefe de una tribu que se había encarnado en el cuerpo de aquel joven. Por supuesto, la respuesta del interlocutor sería acatar lo dictado por Norman con cierta reverencia de cabeza. ¿Qué quiere decir todo esto? Pues que Norman-no ya despuntaba dotes de mando. Cuando para él llegó el amor fue en un momento marcado, elegido a propósito, había terminado sus estudios y ya había empezado a trabajar; de repente decidió enamorarse, el impulso fue instantáneo, como para cubrir una necesidad caprichosa, igual que cuando uno mira los pies y decide sin más comprar unos zapatos; para él el amor no transitaba por la vida, tontear con él era algo superficial, era algo tonto y él no estaba hecho para las tonterías, nunca había tonteado en ese aspecto, bien porque era tonto, por lo  “tonto” ya no había nada que decir sobre su tontería, o bien el calificativo de tonto no existía para él. Se enamoró de la mujer de aquel momento, la del impulso instantáneo, ella le correspondió y fueron novios durante un tiempo prudencial, cumplido ese requisito decidieron casarse, tuvieron dos hijos, estos también vinieron al mundo en circunstancias calculadas. Copularon de una manera desaborida, como siempre pasa cuando ese acto se realiza dentro de unas normas establecidas, sin poner una pizca de gracia y originalidad al asunto. De Normo poco se podía esperar, sólo la normalidad, una sorpresa por su parte sería impensable; según se mire y según la persona que lo definiera podía calificarse de hombre  “joya”: un hombre transparente que se sabía a la perfección cómo iba a obrar siempre y cuando se conocieran las normas establecidas, él sin duda las seguiría lo más fielmente posible; la otra definición sería la de hombre “muermo”, es decir, la de hombre aburrimiento, solamente había que mirarle a la cara para saber que no le había encontrado el gustillo a la vida, su rostro era soso, le faltaba ese toque de sal, ni mucha ni poca, la que alegra un plato, a veces y de no reírse su boca se había decaído y había adquirido la mueca del asco!!!!!!! Aaaaajjjjjj¡¡¡¡¡¡… Norma de Guiemonde ha cambiado mucho ahora, indudablemente sigue siendo la misma persona, pero su actitud ante la vida es diferente y todo fue a causa de unas manías, o tics, o mejor dicho, lo que causó el revuelo fue  “aquello”. Cuando cumplió los cuarenta y cinco años hizo como un recuento de su vida; le pareció como si aquella edad fuera el ecuador de su existencia, lo lógico era que lo hiciera a los cuarenta años, pero por conveniencia se podía permitir el lujo de darse más tiempo de vida; aquel recuento consistía en recapitular lo ya vivido y lo que supuestamente quedaba por vivir, que daba por seguro que aún tenía años para dar guerra. Una noche cuando todos se habían ido a la cama, entró en su despacho y se sentó cómodamente en la silla de su escritorio, cogió una hoja en blanco y empezó a hacer líneas rectas en todos los sentidos, mientras éstas eran horizontales todo iba bien, se sentía tranquilo; tan pronto las trazaba verticales teniendo un punto de intersección con las horizontales, le entraba un malestar en el cuerpo, era como encarcelar aquel espacio por medio de barrotes, dibujar cualquier figuración sería impensable porque acentuaría más la idea de sujeción. No sabía los motivos, pero decidió dejarlo; la hoja no la tiró a la papelera, la apartó hacia un lado de la mesa y se quedó pensando en todo lo que había sido de su vida, en el fondo se sentía conforme con todo lo que había logrado: había conseguido un hogar estable, tenía vivienda propia, un puesto de trabajo  acorde con sus esfuerzos y responsabilidad, una esposa que lo quería y dos hijos; disfrutaba de buena salud, al pensar esto dirigió la mirada hacia aquel papel que si bien en un principio había sido completamente blanco, se hallaba cuarteado en pequeños espacios bien cuadrados o bien rectangulares; en sincronización con aquella mirada, sus manos se dirigieron a su cuerpo, como palpándolo, queriendo comprobar que no estaba sujeto a barreras, acto seguido sus manos sujetaron su cabeza, algo en el interior de su cuerpo y de su mente no concordaba; pasó aún un buen rato en esa posición, con la mirada fija en las vetas de la madera que se extendían horizontalmente sobre la superficie de la mesa. Una lámpara pequeña proyectaba una luz muy intensa sobre aquel rectángulo de madera, Norman de Guiamonde se sentía protegido en la penumbra y al mismo tiempo deseaba participar de aquella claridad, sin saber cómo, rápidamente colocó las manos con los dedos separados sobre aquella superficie iluminada queriendo atrapar una clarividencia. Le pareció extraño todo aquello, pero tampoco le concedió mucha importancia, para tranquilizar su normalidad se dijo que momentos “raritos” los tenía todo el mundo y sabiendo que pertenecía a una pluralidad respiró con alivio. Desde hacía algún tiempo Guiemonde se venía sorprendiendo de algunos hechos que sucedían a su alrededor, tal sorpresa podía deberse a que nunca se había percatado de lo que le rodeaba o que en realidad tales cosas no existieran. Si de verdad eran ciertas, se culpaba un poco por no haberse dado cuenta antes. Tenía dos hijos, uno mayor, adolescente de quince años, llamado Oroveso y otro casi recién nacido, ocho meses, llamado Orombello; el primero había venido al mundo calculado, después de unos meses de matrimonio era lógico que de aquella unión surgiera algún fruto, después de nueve meses justos ni un día más ni un día menos hizo su presencia Obeso, ni que decir tiene que era un niño obeso, entradito en carnes para su tierna edad, el tiempo se encargaría de labrar aquel cuerpo convirtiéndolo en la adolescencia en un  “virulillas”. Aquellos quince años habían transcurrido sin advertir que a su lado crecía alguien, alguien que lo necesitaba, que los dos se necesitaban mutuamente, pero como él estaba enfrascado en su normalidad, rechazaba de inmediato cualquier alteración, en una palabra, se lo había entregado a su madre Adalgisa para que lo cuidara, ella se encargaría de la educación y él ostentaría la representación de la paternidad; un día advirtió a su alrededor que pululaba un individuo alto y delgaducho que no paraba, aquel desasosiego del muchacho despertó en él una atención: su inconformidad, aquel andar a saltos, su desorientación hizo que Guiamonde se sintiera responsable y se convirtiera un poco en guía de su propio hijo, pero había llegado demasiado tarde, Obe estaba poseído por la ceguera de la edad y cualquier sermón o mano de ayuda por parte de su padre caerían en el saco del olvido. Bello fue distinto primero no contaban con él, había sido un descuido, un fallo de cálculo, sin embargo, fue bien recibido, era llorón y ya empezaba a soltar algún sonido, No de Guiemonde, con éste su segundo hijo, trataba de implicarse en su cuidado y a veces se quedaba mirándolo como si tuviera ante sí un espectáculo, observaba sus movimientos más elementales, sus pataleos, escuchaba sus sonidos guturales, todo le parecía tan nuevo y tan viejo a la vez. Viejo se había hecho su padre, su madre había fallecido hacía algún tiempo y éste poseído por una demencia necesitaba una serie de cuidados, por lo que estaba ingresado en una clínica especializada en tratamientos geriátricos. Los fines de semana solía irlo a buscar y compartía con ellos la vida familiar; Guiemondi no daba crédito a lo que veía, recordaba a su padre como un hombre activo y desenvuelto, un luchador, todo lo contrario a su estado actual: desorientado, apocado, dependiente siempre de alguien; cuando se quedaban solos en la sobremesa los domingos lo miraba fijamente, los ojos de su padre se extraviaban no concediendo atención a nada en particular, le cogía las manos con la idea de aguzar su interés hacia algo, pero su mirada vagaba en un pensamiento vacío, sus manos no respondían a la ternura que su hijo mostraba con aquel gesto, muy distinto a aquél de su hijo pequeño que cogía el dedo índice de su mano y lo apretaba con toda su fuerza simbolizando en ello una energía incipiente. Éste era uno de los múltiples detalles que Normanno di Guiemonde observaba, su padre y su hijo, una fuente inagotable de sentimientos contradictorios: desde el rechazo hasta la sumisión, desde la admiración hasta la jocosidad. Aquella situación no la entendía, pero existía y como realidad la admitía a regañadientes, a veces con rabia, cuando recordaba la admiración que profesaba a su padre durante su etapa infantil, su mismo nombre: Rambaldo de Guiemonde, ejercía en él una energía heroica a iniciar una marcha militar o a entrar en combate, y verlo cómo estaba en la actualidad era algo que costaba mucho encontrarle un hueco entre ceja y ceja. Fue durante ese periodo de tiempo cuando empezó a experimentar aquellas manías, o “ticks” o mejor dicho  “aquello”. Todo empezó un día cualquiera, de un mes cualquiera, de un año cualquiera, tampoco hace falta perderse en  el túnel del tiempo, es decir, hace unos años, cuando estaba en su trabajo. Norman-no de Guie-monde era arquitecto, siempre tenía a su alcance una hoja de papel en blanco y algo con que escribir, con él llevaba un bloc pequeño y un lápiz, esto le facilitaba expresar sus ideas en el momento en el que venían, si estaba con un grupo de colaboradores se sentía más seguro con la representación gráfica que con la palabra, trazaba unas cuantas líneas y todos le entendían, sabían cuáles eran sus intenciones. Le habían concedido un proyecto de urbanización en una zona de Castiglia, era un terreno amplio, enorme, llano, sin límites, donde la vista se pierde en el horizonte, donde el color de la tierra varía a capricho pasando por la gama de marrones hasta tonos cobrizos. No había ningún obstáculo que impidiera el trazado de una línea recta; con un lápiz al natural, en el aire, sin ayuda de ninguna regla podría trazarse un horizonte recto, perfecto, lógico. Era consciente de que aquel paisaje poseía una belleza peculiar. También era consciente de que debería diseñar un proyecto armónico que no desentonara con el medio circundante; era un profesional y pondría todo su empeño en que nada deteriorara el entorno. Pero era también mucho más consciente de que proyectara lo que proyectase originaría un silencio ahogado en el que la palabra destrucción habitaría a sus anchas; no obstante, él era un hombre experimentado en su oficio y a la palabra  “silencio” sólo había que darle una intención superficial, desposeerla de un dramatismo que asustaba. Cuando empezó a esbozar el proyecto advirtió que, sin saberlo, miraba hacia delante y hacia atrás, a la izquierda y a la derecha, todo encadenado en un mismo gesto, al principio a intervalos largos y después a unos más cortos; las primeras veces ni se había cuestionado cuál podía ser el origen de “aquello”, tampoco tenía mucho tiempo de pensar, pues aquella labor absorbía sus instantes de ocio más pequeños; aquel proyecto también requería cierto abandono de su familia, la contemplación y la reflexión a las que lo movían su hijo pequeño y su padre habían quedado relegadas a un segundo plano, aunque no por falta de ganas. A fin de cuentas él era un hombre normal, eso sí muy entregado a su profesión. Le concedió al tiempo su influjo, con la esperanza de que su intercesión subsanara aquellos  “aquellos tocks”; ni con tiempo ni sin tiempo cesaban, bien era verdad de que se habían acomodado a sus gestos; cuando estaba ante más gente trataba de disimularlos y a veces de contenerlos, una vez a solas se desbocaban y aquel hombre perdía el control; aquellos “tacks” ya no se podían calificar con eufemismos, una revuelta vocálica corroía la supuesta definición; lo de mirar “hacia delante y hacia atrás, a la izquierda y a la derecha” había llevado con su repetición a cierta crispación de nervios por su parte, lo que influía directamente en la cantinela convirtiéndose ésta en: pa’lante, pa’trás, pal’izquierda y pa’derecha. Aquello era una paliza. Por su mente nunca había pasado la idea de ir a un psicólogo o psiquiatra, un alienista no tenía nada que alinear en su cabeza. Para eso ya estaba el horizonte, el horizonte, el horizonte, l’horizonte, l’horizonte, l’horizonte, lorizonte. Intentó buscar respuestas a aquella revuelta y no encontró ninguna, pero sabía que “aquello” era el resultado de algo que le ocurría; examinó al detalle los acontecimientos que habían tenido lugar en su vida aquellos últimos años y todos habían tenido una repercusión positiva en él, al menos eso creía, todo estaba dentro de la normalidad, de la normalidad deseada y algunos la afianzaban dándole una seguridad: reconocimientos, éxito profesional, una familia estable, salud, una economía saneada... En esa enumeración de hechos en los que buscaba una confirmación positiva de su estabilidad, en el concepto que tenía en su mente de cada uno de ellos, el lugar que ocupaba el de la familia estable, en el momento de pensarlo, se resintió, había una anomalía en su integridad. ¿Qué pasaba con su familia si todo, a primera vista, parecía tan normal? Había sido padre recientemente, paternidad inesperada, pero bien acogida; aceptación de la decrepitud de su padre, mal acogida y sobre todo mal digerida a pesar de su reconocimiento. ¿Qué pasaba entre aquellos dos polos opuestos? ¿Qué relación podía haber entre ellos? ¿Eran la causa de sus “tecks”? Él admitía unos hechos, no tenían por qué ser el origen de  “aquello”. ¿Sería la preocupación por el nuevo proyecto a realizar en Castiglia? Creía que tampoco, había llevado tantos a cabo que uno más no tendría repercusión, ¿lo de la destrucción de aquel entorno? Aquella palabra le pareció demasiado fuerte, había que desdramatizarla, tampoco era tanto, no había que exagerar; aquel razonamiento era como una justificación externa, no sabía para quién, tal vez para sí mismo, la verdad era muy distinta. Evitó comentarios sobre  “aquello” a su esposa, si en algún momento tuvo la intención de decirle algo, llegaba una indecisión y se volvía autoengañar diciéndose que mirar: pa’lante, pa’trás, pal’izquierda y pa’derecha, era como un juego de niños. Delante de ella disimulaba lo mejor posible, en momentos de crisis, cuando arreciaban aquellos “tucks” se apartaba y decía que tenía que hacer cualquier labor. En momentos de silencio y estando a solas su cabeza le daba vueltas y vueltas tratando de buscar una solución, aparte de las vueltas físicas causadas por la desorientación: el norte y el sur, el oeste y el este hacían que su cabeza girara en busca de alguna salida. Pero salida ¿de qué? Por todas partes había barreras físicas que impedían un autoanálisis de la propia persona, eran una distracción y una atracción que repelían cualquier indicio de reflexión sobre la condición humana. Nor-ma-no vivía rodeado de barreras, él mismo las construía, era un elemento indispensable en aquel decorado, siempre entre paredes, entre edificios que a su vez daban paso a otros espacios vallados, buscar un callejón o una pequeña salida era una tarea ardua y concienzuda. Manonor de Guiemondi decidió prestar atención a aquellos dos polos opuestos que eran su hijo pequeño y su padre; podía decirse que todo encajaba o parecía encajar en su vida, excepto aquellos dos extremos. ¿Colaborar en sus cuidados? Se consideraba torpe, nunca lo había hecho, había delegado en su esposa el cuidado del niño y en gente especializada a su padre. Creía que allí se encontraba la clave a su problema. Decidió que, aunque escaso de tiempo, aprovecharía los máximos momentos para estar con ellos, con su hijo tenía más posibilidades de estar, con su padre sólo tenía los fines de semana; no obstante, intentaría quedarse libre de cargas y el sábado y domingo se los dedicaría a ellos. Empezó por observar a Adalgisa dando de comer a Oróm; el simple hecho, el simple esfuerzo de ver comer a su hijo, le parecía algo fuera de lo común; el niño a veces tragaba con facilidad, otras había que empujarle la papilla con la cuchara, unas veces retenía el alimento otras lo expulsaba; los sonidos que emitía le parecían extraños, las atenciones que le dedicaba su esposa para atraer su atención: aquel lenguaje lleno de vocablos trastornados, aquellas carantoñas para que la criatura comiera; le parecía estar alejado de la normalidad más simple; se quedaba anonadado cuando lo veía jugar con un coche de juguete, a fin de cuentas un artilugio con cuatro ruedas, lo bien que se lo pasaba, cuando gateaba se quedaba fascinado con aquel movimiento entre animal y humano, muchas veces quiso participar con él: en su leguaje, en sus juegos, pero siempre sentía una retención, como una lógica razonada que impedía el acceso. También había advertido que en los momentos en que estaba con su hijo, aquellos  “kicts” perdían su intensidad, más de una vez la concentración que prestaba a la observación hacía que “aquello” quedase relegado a un segundo plano o a una sensibilidad casi imperceptible. Con su padre pasaba otro tanto, experimentaba las mismas sensaciones que cuando estaba con su hijo, tan dependientes de los cuidados de otra persona era el uno como el otro. Su padre era la representación del olvido, de la torpeza de movimientos, de la inutilidad. Su hijo no tenía nada que olvidar, aún no había acumulado experiencia para el olvido, de su torpeza adquiría energía y de su inutilidad utilidad. Al pensar en esto Guidemón se entristecía pues sabía que ni con los hechos ni con la palabra encontraría salida. Empezó a sentir una especie de ternura hacia ellos, un nuevo sentimiento que sólo conocía de palabra; se extrañaba, pues creía que iba únicamente dirigida a la infancia, un adulto y máxime un anciano no podía despertar tal emoción; aprendió también a acariciar, sobre la palma de su propia mano ponía la mano de su hijo o la de su padre y veía en aquel acto un principio y un fin y él como nexo de unión, la del niño tan diminuta, tan perfilada, la de su padre tan arrugada y, sin embargo, tan adulta. Con ellos había aprendido a reflexionar, a valorar detalles que siempre le habían pasado inadvertidos y por falta de tiempo o de valoración no había gozado de ellos. La comida del domingo se había convertido en el punto de encuentro más importante de todos, Adal-gisa se sentaba en medio, a su izquierda sentaba al niño, Bellooróm, y a su derecha a su suegro Ram-baldo, enfrente se sentaba él contemplando la escena, y a su derecha sentaba a su otro hijo, Beso, debido a su edad, a su desasosiego y temiendo cualquier cabritada, el estar sentado al lado de su padre siempre imponía respeto y autoridad y sobre todo contención ante lo inesperado. Cuando se sentaban a la mesa, Nornno  miraba primeramente pa’trás, pa’lante, pal’izquierda y pa’derecha; al tener la idea de conjunto, se sentía más tranquilo, temía perder algo o que ese algo no estuviese presente. La comida se servía a la mesa y cada uno cogía lo que le apetecía. A su hijo y a su padre se les servía de distinta manera. Su hijo comía a base de papillas y su padre también; a  éste, a causa de su demencia, se le olvidaba masticar y había que darle el alimento muy triturado, en forma de puré; al empezar a comer, él mismo llevaba la cuchara a la boca, de repente entraba en una dejadez, se quedaba inmóvil y había que ayudarle; Algisa era la encargada de alimentarlo, por eso se sentaba en medio, atendía tanto a su hijo como a su suegro. Anno contemplaba aquella escena admirado y estupefacto; el mirar de izquierda a derecha y de derecha a izquierda era como vaivenear de la anormalidad a la normalidad y viceversa. Al contemplar aquella escena muchas veces le entraban ganas de participar, de poder ayudar a Algi, pero cuando en su mente definía aquella acción con todas sus palabras: “dar de comer a su hijo y a su padre” le parecía una tarea tan difícil e inimaginable y en el fondo tan inconfesablemente vergonzosa para él, que ahuyentaba la idea inmediatamente, aunque conservando cierto atisbo de posibilidad. Todo “aquello” no entraba en su mundo: sus “tiskc”, su propio desasosiego y el de su hijo mayor; la lógica en la que él vivía no tenía capacidad para albergar aquella irracionalidad y, sin embargo, llegaba a la conclusión de que pertenecía a la normalidad de cada día, una normalidad desconocida para él, una ignorancia suya y de auténtica condición humana. La hecatombe llegaba cuando había que cambiar los pañales, acostumbrado en su trabajo a superar dificultades y a afrontarlas para encontrarles una solución; si se le hubiese presentado tal tarea, una simple labor de higiene, habría huido. Si bien durante la semana una asistenta ayudaba a Aldagi en los cuidados de su hijo y su padre era atendido en un centro geriátrico, al llegar el fin de semana la realidad se imponía y era su esposa la encargada de llevar a cabo aquella realidad, de vivirla. Una inutilidad, una parálisis se adueñaba de sus extremidades y era incapaz de mover brazos y piernas, su mente se bloqueaba y experimentaba un aluvión de sensaciones de las más contradictorias, imposibles de controlar; a veces cuando el olor era más intenso y penetrante llegaba el repudio. Principio y fin unido por lo escatológico. Y él en el medio. No sabía qué hacer. Los conocimientos que había adquirido con sus estudios, su experiencia, no servían para nada; servirían para solventar grandes cuestiones, pero carecían de recursos para lo elemental, lo básico. Y su mente encontró un hueco para la asimilación, pero todavía no para la acción. Debía hacer una composición de lugar,  crear en su mente un espacio imaginario y situar a cada uno de forma correcta: su hijo estaría a la izquierda, su padre a la derecha, él en medio, delante el futuro, detrás el pasado. Cuatro puntos cardinales. Cuatro puntos de referencia. Cuatro puntos de orientación. Cuatro tics. Y él en medio. Asimiló su  posición. La composición de aquel cuadro ya estaba creada. Su explicación aún no. Se había quedado mudo, cada vez que se enfrentaba a aquellas dos situaciones: labores de alimentación e higiene; se quedaba sin palabras, todos sus sentidos estaban clavados en la imagen, los diálogos absurdos que mantenían su esposa e hijo, sólo pertenecían a ellos dos, él era incapaz de participar y de emitir algún sonido; por la vía de la música podía ser factible, aunque temía que ésta lo distrajera y despistara la fuerza de la imagen; una cancioncilla infantil no estaría mal, tanto para su hijo como para su padre, pero no sabía ninguna, si se diese el caso hasta la aprendería. Podría ser una buena forma de implicarse. La intensidad de aquellos tacs había ido remitiendo, aunque de vez en cuando se presentaban exigentes, demandando una rápida solución. Normonna de Guiemonde, mientras estaba en su trabajo, no dejaba de pensar en la relación que podía haber entre su profesión y aquella situación familiar. Y sin embargo, había alguna. Miraba planos y fotos del inmenso terreno donde iban a edificar; todo parecía estar en el punto exacto; la  maqueta lo transportaba a una realidad en miniatura hacia un futuro próximo. Miró repentinamente pa’trás y pa’lante y vio aquella enorme llanura, ilimitada, limpia que dentro de poco sería destruida, trató de buscar otro verbo no tan contundente, pero éste insistía, insistía, insistía, insis-tía, insis-tía, in-sen-tía, in-sen-tía, in-sen-tía, i-sen-tía, i-sen-tía, y-sentía. Las fotos que poseía de aquella extensión habían sido tomadas en verano, eran hermosas, no había ningún obstáculo que impidiese pasear la vista, excepto un árbol, un frondoso árbol  que se situaba en el centro de aquella llanura. Y tuvo una idea, aquella idea tomó consistencia rápidamente, la vio realizada en su mente, pero había que llevarla a la vida real, no lo dudó, había dado con la clave. ¿En qué mes estaba? Era mayo, esperaría hasta julio, aquel tiempo intermedio le serviría para preparar mejor aquella intención. De repente todo se había ordenado, en un instante lo ilógico de la situación se fue alineando sobre un horizonte llano, sin obstáculos y lo que en un principio había parecido normal, se volvía comprensión y entendimiento. Guimanno de Mondenor, con la claridad de aquella idea y con la seguridad de que había encontrado una solución, había cambiado; había notado que con aquella fijación de llevarla a cabo, sus otras valoraciones habían descendido unos cuantos peldaños, éstas habían perdido en importancia y habían dado paso a la idea brillante, luminosa. Él se había vuelto más flexible y no sólo físicamente, sus opiniones gozaban de una ampliación de miras, y no estaban sujetas a un único punto de vista; una cierta humanidad impregnaba sus actos y la rigidez de las normas había cedido; una seguridad natural en sí mismo y no fingida surgió al ver que podía entregarse más a los suyos, en una palabra, se sintió más rico con pequeñas grandes cosas. Deseó que llegara julio, y Julio se presentó puntual, podía haber sido Joaquín, José, Justino, Javier...Pero no, fue Julio, con su gran calor, con su sol radiante, con sus días interminables, con su inyección de vida. Escogería un sábado, el rapto sería en sábado, le gustaba aquella palabra y la acción que en sí contenía, cuando estaba en su despacho la pronunciaba en voz baja, enfatizaba su sonido dándole una gran fuerza a la “pe”: rapppto, rapppto, rapppto, rappato, rappato, rappato, rappito, rappito, rappito, rápido, sí, para conseguir que el  “rappto” tuviera éxito se requería indudablemente cierta rapidez, aunque la duda era evidente cuando se trataba de los sujetos a raptar, ya que vivían en un mundo en el que la lentitud era factor importante. No le diría nada a Adalgasi, solamente sería por un día, si se enterara de su planes se asustaría; estaba convencido de que algo tenía que inventarse; el rapto lo llevaría a cabo a media mañana y estarían de vuelta a últimas horas de la tarde. Su esposa tenía la costumbre de salir de compras los sábados por la mañana, dejaba todo preparado: a su hijo, a su padre y la comida lista para que al estar de vuelta sólo tuviera que calentarla, regresaba entre las dos y las tres, aprovecharía su ausencia y le dejaría una nota para tranquilizarla. Eso haría. Decididamente se llevaría a su hijo pequeño y a su padre, a su otro hijo lo dejaría dando brincos en su mundo transitorio. El plan estaba formado. Dar explicaciones de palabra y en directo sería inútil, no sabría por dónde empezar ya que no había ni un principio ni un final. Era un hecho, una acción, que tenía que acometer sin ninguna clase de razonamientos, era una necesidad. Estaría pendiente de las predicciones del tiempo y escogería el sábado más tórrido, un sábado en el que el sol brillara rabiosamente y la tierra desprendiera el calor más ardiente contenido en sus entrañas. Equiparía el coche con una mesa y sillas plegables y se irían los tres a comer a Castiglia, a aquella llanura donde él había planeado una urbanización. Comerían debajo de aquel árbol frondoso y el calor de la tierra subiría por la planta de sus pies e inundaría su cuerpo, vitalizándolo, pero reclamándolo también. El silencio de Castiglia al mediodía era intenso, como el calor, si éste pudiera poseer algún sonido sería esa misma clase de silencio: como una tensión muda antes de estallar. Siempre al borde de la eclosión. Les daría de comer allí, a su hijo y a su padre, ¿ por qué ir tan lejos si eso mismo podía hacerlo en casa? No había explicación, ni le importaba buscarla. Sería allí, allí, allí, allí, allí, allí, ashí, ashí, ashí, ashí y solamente ashí. Los viernes del mes de julio escuchaba los informes meteorológicos y hubo uno en el que predecían altas temperaturas para el día siguiente y supo que había llegado aquel sábado, y supo que allí abandonaría sus tics, y supo todo lo que tenía que saber y nada más…Estaba ansioso por llegar y todos los preparativos para la marcha transcurrieron mecánicamente, no hubo ninguno que marcara unos minutos a destacar, por lo tanto en la memoria no quedó huella de aquellas disposiciones previas. Sin saber cómo se encontró con su padre y su hijo en el coche, él mismo los había bajado en el ascensor hasta el garaje; su torpeza para los quehaceres domésticos o para las situaciones más simples, esta vez había sido tocada con una varita mágica, no daba crédito a tener todo preparado en el coche: alimento, pañales, sillas y mesa plegables, y sobre todo a su hijo sentado en una silla especial para bebés y a su padre junto a él de copiloto; esta palabra le pareció desmesurada, jocosa, su pronunciación no se llevó a cabo, había sido un recurso de la mente para soliviantar la inutilidad de aquel hombre; una pronta compasión acalló una rabia incipiente. Antes de poner el coche en marcha los miró, hubiera deseado decirles algo, pero en aquellas dos mentes, una por formar y otra deformada, no entraría el razonamiento de que los tres iban en busca de sí mismos, de uno mismo. Anno nunca había estado tan cerca de aquellos dos seres; había siempre confiado en sus cuidadores y en Ada; su proximidad, allí juntos en el coche, lo hacía responsable de sus cuidados y de los suyos propios también; lo único que se le ocurrió fue sonreírles con ternura en señal de bienvenida, ellos le miraron desorientados, en sus ojos brillaba una pregunta muda: ¿Adónde nos llevas? No tenía respuesta, ni solución para algo que parecía tan simple. Puso el coche en marcha, la ruta a seguir estaba clara, la finalidad de aquel viaje era comer juntos, así de sencillo, pero lo que subyacía debajo de aquella sencillez era el reencuentro con uno mismo, algo tan sencillo, pero tan difícil, tan sensillo, tan sensillo, tan sensillo, tan sensillo, tan sensiblo, tan sensiblo, tan sensible, tan sensible. Se abrió la puerta del garaje y la luz los deslumbró. El título de la película sería: Manno, père et fils à la recherche du temps perdu. Ya hacía calor y el cielo gozaba de ese azul impoluto típico del verano; el viaje transcurrió en un santiamén, no se dijeron nada, de vez en cuando en el asiento trasero se oían algunas risitas y farfulleos, Ombello jugaba con un coche de juguete, podía verlo desde el espejo retrovisor; el silencio y el calor se hacían notar en el coche, no puso el aire acondicionado, abrió ligeramente la ventanilla, necesitaba sentir el aire que producía la aceleración; poco a poco iba abandonando la ciudad, los bloques de edificios quedaban atrás y el paisaje empezaba a mostrar enormes extensiones; se sintió más relajado, no tan oprimido, la circulación se hacía más fluida y tuvo la sensación de respirar mejor; muchas veces le sorprendía el agobio que le producían las grandes edificaciones; nunca se pudo explicar el porqué, ya que él contribuía con sus proyectos a masificar el entorno; se apartó de la autovía y cogió un desvío, ya estaba en pleno campo, extensiones y extensiones de terreno se desplegaban ante sus ojos, no había señales de casas, la pezuña del hombre aún no había tocado nada, ¿se sentía animal? Una sacudida recorrió su cuerpo y volvió la mirada hacia sus seres queridos; en su presencia encontró serenidad relegando a un segundo plano la idea de culpa. Pronto halló el lugar donde quería pararse, divisó el árbol y se dirigió hacia él, era el único en kilómetros a la redonda, a veces se había preguntado quién lo había plantado, o si no, el origen de haber nacido allí; fuera como fuese, él sólo vencía las inclemencias del tiempo correspondiendo generosamente con sus cambios en cada estación del año. Allí debajo se paró, agradeciéndole la sombra, el sol calentaba a rabiar, el cielo mostraba un azul rabioso y la tierra se extendía hacia un horizonte sin límites, rabiosa de ilimitación. La naturaleza se jactaba de su belleza con rabia. Esa rabia causaba en Nornno el despertar de un aletargamiento a normas establecidas que rabiaba por infringir y solamente un grito ahogado y un rechinar de dientes podían liberarlo. Salió del coche y se alejo unos pasos, gritó de rabia y rechinó los dientes, miró a su hijo y a su padre, oyeron, pero no entendieron nada, él tampoco. La irracionalidad estaba equiparada. Les dio de beber y él bebió también; miró el reloj y comprobó que ya eran las dos y media, hora de comer; abrió la mesa y las sillas plegables y sentó a su padre primero, se dejó llevar desde el coche hasta su silla, después cogió a su hijo en brazos, estaba in      quieto, puso la mesa a duras penas; para ellos había traído puré de verduras, para él algo de carne asada, tomó asiento con Orbello en su regazo y miró a su padre, le pareció que estaba muy alejado y se aproximó a él, a los dos podía contemplarlos de cerca, un tic agónico le hizo ver que a su espalda se hallaba el árbol, delante la inmensidad de aquella tierra, a su derecha su padre y a la izquierda su hijo; empezó dándole de comer a su padre, después a su hijo, a su padre, a su hijo, a su padre, a su hijo... Miró para su comida y no sintió apetencia por ella, en el fondo quería participar de aquel puré, cogió una cuchara limpia, primero dio de comer a su hijo, después a su padre y por último comió él...En silencio, Normanno de Guiemonde había encontrado su orientación.





martes, 7 de junio de 2016

TORMENTA


                                                     

    
                                                                          
                                                                "Fiestra" X. Martiño.     

                 Abrir o cerrar, abrir o cerrar, abrir o cerrar, abrir o cerrar, abrir o cerrar, abrir o cerrar, abrir o cerrar, abrir o cerrar, abrir o cerrar, abrir o cerrar...terrible dilema. Abrir o cerrar una ventana. Era verano y el día se había cargado con un calor sofocante, pesado, que dejaba el cuerpo aplanado, desaborido ante cualquier intento de ánimo; se veía venir que a la tarde baja se desencadenaría una tormenta y así fue, duró hasta bien entrada la noche, hubo de todo: estruendos de toda clase de intensidades, rayos y relámpagos que resquebrajaban el cielo con rabia, con furia, la lluvia caía a mares... podía decirse que la atmósfera se había desahogado a gusto, había empleado una gran orquestación; si su intención había sido impresionar, la verdad es que lo había conseguido. Cedemonio siempre había experimentado auténtico terror hacia las iras del cielo; le parecían una especie de venganza o castigo hacia algo o alguien que inocentemente desconocía; nunca se había planteado que la tormenta en sí era una especie de alivio de la naturaleza que, dadas las circunstancias atmosféricas, carga sus energías y en un momento dado necesita expulsarlas; cuanto más ruido causen, más espectacular es la tormenta. Cede había estado trabajando toda la tarde en su estudio y había mantenido la ventana cerrada para alejar el calor pegajoso del día; estaba inmerso en un trabajo de investigación que le absorbía todo su intelecto; el mundo exterior le parecía remoto, un lugar que no tenía nada que ver con él; llevaba una temporada en que solamente vivía por y para la misión que se había propuesto conseguir. Las primeras señales de tormenta apenas las había advertido, o si las había advertido, pronto el olvido les había restado importancia calificándolas de engorro e intrusas en una labor que requería la máxima concentración. La tarde transcurrió anodina, insustancial, con un calor y bochorno enfermizos, transmitiendo a los cuerpos una dejadez por derretirse; sin embargo, Demonio estaba seguro, al cobijo, todo lo que pudiera pasar en el exterior le traía sin cuidado, tampoco eso, simplemente ese exterior no existía. El cielo se oscureció y se adelantó la noche, la lluvia se intensificó arrastrándola el viento de un lado a otro, a su capricho; de repente, se oyó un terrible estruendo, el cielo y la tierra temblaron, el edificio en el cual vivía Monio vibró, él al instante salió de su ensimismamiento y regresó a la realidad, sintió miedo, creyó haberse convertido en el punto de unión entre cielo y tierra y tembló también; desde los pies experimentó un hormigueo que ascendía por sus extremidades y conquistaba su cuerpo y mente; las entrañas de la tierra se declaraban en guerra también; intentó dominar aquel miedo, pero fue incapaz de conseguirlo, se dirigió inmediatamente a la ventana para asegurarse de que estaba cerrada, no le bastó con mirarla, tuvo que comprobar que el cerrojo estaba pasado. Se quedó mirando al exterior, la luz del día había menguado, la atmósfera estaba cargada y la tormenta se hallaba en plena efervescencia; estaba como atontado, era como si hubiese despertado de un sueño repentinamente, adaptarse al mundo real llevaba su tiempo. Sintió una seguridad insatisfecha, casi antinatural, una especie de cobardía acechaba aquella tranquilidad, a través del cristal de la ventana fijó la mirada en la tormenta como queriendo descifrar las claves o la fórmula de su composición; se dio cuenta de que no estaba trabajando, no podía proyectar las tácticas de su profesión, analizarlo todo bajo un punto de vista científico; su mirada perdió intensidad, lejanía y ya no atravesó el cristal, se quedó con su superficie y en ella se reflejaba su rostro, era un rostro asustado, se compadeció de sí mismo y se vio ridículo, para darse ánimos empezó a autoengañarse diciéndose que aquella situación no podía ocurrirle a un hombre dedicado al estudio, a un hombre cuya misión era desentrañar secretos sobre ciertas materias científicas, a un hombre cuyo tiempo lo empleaba en labores sumamente importantes... a un hombre... a un hombre... a un hombre... a un hombre... De pronto la palabra  “hombre” le empezó a sonar a falsedad, porque lo que en el fondo estaba rabiando decir era: “tengo miedo”; intentó pronunciar aquella frase para sí, en silencio, carente de sonido y no pudo, ¿y si la pronunciara en voz baja?, no fue capaz; miró su imagen reflejada en el cristal y le dijo sin más preámbulos: “tú tienes miedo” y se quedó aliviado. Tan sencillo como cambiar de persona. Una ráfaga de viento lanzó un gran chorro de agua de lluvia sobre la ventana; Demo tuvo la sensación repentina de haber despertado, pero no de un sueño, más bien se diría de haber despertado una clarificación, pasar de un ofuscamiento hacia una visión inteligible de aquel miedo. Había disfrutado de tormentas, habían sido tormentas muy especiales, tormentas musicales; se había esforzado en estudiar la instrumentación que el compositor había querido expresar, con su obra éste había imitado a la naturaleza; había asistido y gozado de momentos en que la música convertía cualquier fenómeno natural en pura abstracción; había visto bailar a hombres y a mujeres bajo musicales desenfrenos atmosféricos y presenciado el desencadenamiento de pasiones humanas en el que la voz bregaba por expresar sus sentimientos más íntimos en medio de una tormenta de armonías contundente y sublime. Hecha esta reflexión, advirtió que su miedo perdía en intensidad, también la razón ayudaba a su entendimiento; llevado por aquel autoanálisis acercó la mano al cristal como queriendo palpar aquella lluvia, el cielo se iluminó, hubo un estruendo, no tuvo miedo, no se sobresaltó, hizo suyo aquel sonido y el relámpago también, en su interior sus sentimientos a veces adquirían aquellas connotaciones; deslizó la mano sobre la superficie del cristal y sin darse cuenta tenía agarrado el pomo de la ventana, lo giró y la abrió, una ráfaga de viento impregnado de lluvia lo mojó, lo caló hasta los huesos y se sintió por un instante feliz; tuvo un acto reflejo de volver a cerrar la ventana, pero lo rechazó, supo inmediatamente que si lo llevaba a cabo el retroceso sería irrecuperable; abrió la ventana de par en par, permitió a la tormenta que entrara en su estudio, la atmósfera de concentración que allí reinaba se vio impregnada de aire fresco, se sintió tonificado, renovado también, se aseguró de que las dos hojas de la ventana quedaran firmemente abiertas; impensable aquella actitud una hora antes, y sintió la necesidad de salir, y salió, se encaprichó por salir y salió, se moriría si no salía y salió, se le vendría el mundo encima si no salía y salió, il avait besoin de se salir y se salió. Jamás había experimentado en sus carnes las inclemencias de una tormenta, no intentó protegerse, la calle estaba vacía, el cielo lloraba a raudales y el agua se atragantaba en los sumideros, los truenos desgañitaban sus iras en el firmamento; por un momento no supo adónde dirigirse, empapado como estaba disfrutó de aquella tormenta, de su tormenta y al pensarlo se adueñó de ella; un rayo zigzagueó su furia al norte de la ciudad y allí se fue, atravesó calles, infringió la autoridad de los semáforos, si por casualidad se cruzaba con algún coche retaba su velocidad; atraído como por una especie de imán se encontró delante del teatro de la ópera, estaba cerrado, repasó la fachada y todas sus ventanas estaban cerradas a cal y canto... se sorprendió por haber utilizado aquella expresión, en desuso desde hacía tiempo por su parte, advirtió que le faltaba coherencia y de su mente pasó a la palabra, una palabra que farfulló en medio del diluvio de agua que resbalaba por su rostro: “ calycanto”, la repitió varias veces: calycanto, calycanto, calycanto, caly cantó, caly cantó, caly cantó, caly cantó, caly cantó...y ¿ por qué no Cedemonio cantó? Sin saber la causa se creyó un poco diablillo, un diablillo travieso. La tormenta parecía que arreciaba y en el cielo hubo un gran estruendo, ya no se asustó, el ruido que lo hubiera conducido al miedo lo llevó a la comparación: ¿las tormentas que tenían lugar a cielo abierto eran iguales que aquéllas que se producían en el interior de aquel edificio? Al ver una puerta de servicio abierta su pregunta se había quedado sin respuesta; se apresuró a entrar, no había nadie, estaba chorreando y aunque intentó que su presencia no fuera advertida, marcas de agua sobre el suelo delataban que Moni estaba allí, subió unas escaleras y se dirigió a un hall que daba a la fachada principal, desde sus ventanas podía verse la confluencia de varias calles, ausencia de transeúntes y una tormenta en el cénit de su virulencia; llevado por una confianza y desenvoltura, como si estuviera en su propia casa, abrió una de aquellas ventanas y experimentó en la simultaneidad una entrada y salida de energías, abrió una segunda, una tercera, una cuarta...y una ráfaga de viento arrastró agua hacia aquel interior, se oyeron truenos y relámpagos, pero no supo precisar si ocurrían en un interior o exterior, había perdido la realidad espacial, para ubicarse y reafirmarse ante sí mismo dijo en voz baja: Cedemonio, hombre, mundo, tormenta y sin miedo.                                               












martes, 15 de marzo de 2016

TIEMBLO-BEBE

 

"Baby". M. Sesow
                                                   
 
Ich bebe, tiemblo al pensar qué va a ser de mi hijo; lo quiero tanto, tal vez no debería ser así, pero no puedo evitarlo. Su concepción fue tan deseada y todos estos años han sido de una entrega tan absoluta que no puedo dejar de valorarme, aunque parezca presuntuosa; y pensar que me merezco una recompensa por tantos sacrificios. Sé que todas las madres dirán lo mismo,  que yo no soy una excepción y que mi puesto en un pedestal lo tengo más que justificado, qué le voy a hacer, no puedo evitarlo ¿Será genético? ¿Será instinto maternal? ¡Qué más da! el caso es que ese sentimiento conforma mi ser como cualquier otra función humana. Monsieur le professeur, ¿cuántas veces habrá oído estas palabras de boca de una madre y si no, las habrá intuido al mirarla a los ojos, a unos ojos desorbitados y anhelantes ante la espera a una respuesta esperanzadora? Discúlpeme por haberlo importunado en su tarea diaria, pero a veces me entran unas ansias terribles que me corroen en el estómago y necesito que alguien me oriente y me diga qué debo hacer. Sé que pueden ser histerismos de madre desbocada y que usted no está aquí para devolverme la cordura, pero créame, no puedo evitarlo. Usted tiene muchos años de experiencia y sabe cómo manejar a los jóvenes. En el fondo vengo buscando una solución, pero sé que no es posible, ni usted ni nadie tienen la panacea para edificar una vida, más bien serán ésta junto con el tiempo los encargados de modelar a mi futuro hombre; entonces, ya que no hay solución, concédame unas palabras de aliento para seguir con mi ardua labor, monsieur le professeur. Ustedes, los profesores, saben tantas cosas sobre el comportamiento de nuestros hijos que por mucho empeño que pongamos los padres nunca llegaremos a saberlo del todo; me atrevería a decir que casi conviven más tiempo con ustedes que con nosotros; con esto no quiero decir que deleguemos en sus manos su educación; sé que la familia es primordial en la formación de un hijo, pero discúlpeme, monsieur le professeur, los padres tenemos tanta confianza en ustedes que tampoco podemos evitarlo. A veces me encuentro sola en mi tarea; mi marido está tan entregado a su trabajo que apenas participa en la educación de su hijo, disimuladamente se lava las manos y me deja a mí la toma de decisiones; me enfado en silencio pues tanto es hijo de él como mío. Yo también estoy ocupada, tengo un trabajo y tengo que responder y defenderlo. Intento hablar con él al final del día, cuando nos quedamos a solas, cuando el tiempo parece aminorar su aceleración y cede paso a la confidencialidad, pero el cansancio acumulado de la jornada se presenta en forma de dejadez y abandono y cualquier opinión compartida se pospone para un momento mejor. Discúlpeme, monsieur le professeur, no me he presentado, soy la madre de Till de Tormes, alumno suyo, me he puesto a hablar sin aclararle por quién le estaba preguntando, ¿cómo se porta? ¿Estudia? Ich bebe, tiemblo al pensar en su respuesta; me gustaría que lo ensalzara, que lo pusiera por las nubes, que me dijera maravillas de él, de mi hijo, de mon enfant, de mon petit enfant, pero también me gustaría que me dijera la verdad, buena o mala, la buena la asimilaría con rapidez, con orgullo y la mala me llevaría más tiempo aunque admitiéndola con humildad. Si me dice algo bueno, dígamelo con palabras rimbombantes que me hagan estremecer, si me va a decir algo malo, dígamelo con mesura, con una comedida selección de adjetivos para no causar una profunda herida en mi alma. Pero no, no me responda aún, hay tiempo. Admiro su silencio y la atención que me está prestando; claro, ya está acostumbrado, serán tantas las madres que vendrán a pedirle consejo que una más se aguanta estoicamente. ¿Sabe lo que le digo? Que el exceso de paciencia a veces puede rozar la santidad o la estupidez, éste último no es su caso, ya que usted es un santo varón. No sé si le gusta que le llame así, pero me ha salido de dentro; siempre que lo he visto y más tarde he hablado con usted me ha parecido un hombre asequible al diálogo y a la comprensión; algunos de sus compañeros profesores me resultan huidizos, esquivan el acercamiento de los padres y sobre todo el de las madres; debe de ser que somos más pesadas, no lo pongo en duda, pero no podemos evitarlo. Creo que se deberían mostrar más corteses hacia esos seres que por un exceso de cariño incontrolado no saben lo que hacen: “Pater, dimitte illis non enim sciunt quid faciunt”. Ich liebe, lo quiero tanto, monsieur le professeur, desde que era un niño pequeño lo he seguido paso a paso; desde  el parto, una masa compacta de carne, con unas extremidades y una cabeza desproporcionada, un ser más perteneciente al mundo animal que al racional, ha ido poco a poco convirtiéndose en humano, perfilando sus rasgos y  cualidades y despertando ternura y cariño en sus más allegados. Pero ahora a sus quince años advierto un alejamiento, un desprendimiento de una vida y de un tiempo pasado, al cual no estoy llamada; me quedo sola y no me puedo mover ni hacia delante ni hacia atrás, y sin embargo, a él lo veo decidido a dar un enorme salto, a convulsionarse con su mundo futuro. Está rebelde y hay  momentos en que protesta por todo, muchas veces sin motivo; se desquicia y nos desquicia. Si alguien nos viera también se desquiciaría, usted también se desquiciaría. Lo hilarante de la situación no nos conduce más que al desinterés por lo absurdo. La actitud de mi marido es más serena, su silencio demuestra un dominio y un entendimiento hacia nuestro hijo; nos contempla como si fuéramos un espectáculo cómico. Till con su inconformidad ante todo, con su tendencia hacia la huida y yo con esta resignación que tengo que acatar ante la impotencia por no poderlo agarrar y hacerle entrar en juicio; alguna vez he cogido berrinches, pero he sabido mantener la compostura, aunque no me han faltado ganas de tirarme de los pelos para despertar de una vez de esta ceguera mía ante lo inevitable. De pequeño, mi marido y yo, lo observábamos en silencio maravillados ante los progresos que cada día iba logrando: cuando empezó a hablar nuestro hogar se llenó de nuevos sonidos a los cuales no estábamos acostumbrados; si el descubrimiento del lenguaje, con su irrupción torpe, chirriante y tartamuda, nos parecía cómica en boca de los hijos de nuestros amigos, en la del nuestro era como descubrir una eclosión de milagrosas sonoridades; confieso que nos parecía imposible que nosotros hubiésemos sido su origen. Cuando empezó a dar sus primeros pasos creíamos que el mundo se tambaleaba e intentábamos evitar su caída, más tarde aprendimos que la torpeza exigía un esfuerzo para superarse. No sólo Till se superaba cada día, nosotros también, al observarle, ampliábamos nuestro concepto de infancia dormida, pero no extinguida de nuestro subconsciente. Esa época fue de tranquilidad, la vida familiar transcurría sin altibajos, formábamos un solo cuerpo y una sola mente; mi marido y yo siempre nos hemos llevado bien, si ha habido alguna disparidad ha sido a causa de la orientación educativa de nuestro hijo, pero siempre hemos llegado a un mutuo entendimiento y nunca ha visto un mal ejemplo en casa. Ich lebe, vivo para él, mejor dicho, hemos vivido para él, hemos cumplido sus gustos en la medida de lo posible, algunas veces hasta más; económicamente estamos bien,¡ para qué engañarnos! por lo tanto los caprichos se cumplen con más prontitud y el ansia del deseo nunca deja de aflorar. Monsieur le professeur  ¿Qué debo hacer ante lo que se me avecina? Porque mi Till está muy rebelde, muy desasosegado. Basta con que yo diga A para que él diga B, basta con que yo diga C para que él diga D y así sucesivamente hasta marear el abecedario, ¿qué me aconseja que haga? Si es que hay consejos para estos  casos que las mamás calificamos de desesperados, yo estoy dispuesta a hacer lo indecible. Por ahora no me diga nada aún, quiero seguir hablando de él, de mi Till, es como si lo retuviera a mi lado al rememorar cosas suyas. Sé que se me va, lo sé, monsieur le professeur, se me va y no puedo evitarlo. ¿Qué pensará usted de mí? Le estoy dando una paliza con mis miedos, con los desatinos de una madre entregada que ha llegado a un punto que no sabe qué hacer. El mundo adulto me lo absorbe, me lo envuelve en su torbellino, con sus atractivos y peligros, con sus triunfos y fracasos y soy consciente de que yo no voy a poder estar con él; en los momentos álgidos seguro que siempre encontrara compañía para celebrarlo, pero en los momentos oscuros, cuando la sombra del fracaso parece obstaculizar cualquier salida, ahí es donde me gustaría estar para insuflarle un aliento de ánimo y ayudarle a admitir el error, a hacerle comprender que éste es tan edificativo como el éxito y también a que sea consciente de sus propias limitaciones, asumiéndolas habrá dado un gran paso en el conocimiento de sí mismo. Ahora lo voy llevando bien, monsieur le professeur, pero me ha costado mucho superar lo que a continuación le voy a contar: cuando Till necesitaba comprar ropa siempre le acompañaba para aconsejarle, para que no le engañaran, en una palabra, al ir conmigo, pero hubo un día en que muy diplomáticamente me dijo que yo podía darle el dinero y que él era lo bastante mayor para comprar su propia ropa. Enmudecí, me quedé helada y las palabras  “lo bastante mayor” y “propia” me dieron dos bofetadas: “lo bastante mayor” en la mejilla derecha y  “propia” en la izquierda. Le di el dinero y desde entonces él se encarga de comprar sus “ propios disfraces” porque usted podrá comprobar que está más cerca en apariencia a un espantapájaros que a un joven de quince años, pero es la moda y todos los chavales la huelen a distancia, por mi parte la asumo a regañadientes. Sé que  no debería dar tanta importancia a estos detalles, al fin y al cabo son nimiedades carentes de mala fe, pero muy significativas, hay que reconocer. Soy tan susceptible a cualquier acción que venga de su parte que analizo todo, hasta el más mínimo detalle, y a veces, sin que nadie lo sepa, cojo unas lloreras que de pensar en lo aliviada que me quedo después, valoro el berrinche como algo positivo. Ich liebe, lo quiero tanto, monsieur le professeur, que no puedo evitarlo. Reconozco que se está haciendo adulto y que poco a poco llegará a ser un hombre independiente, prescindirá de nosotros y nos visitará cuando le venga en gana; lo de no poder verle también lo llevaré mal, lo sé; mi marido me dice que todos hicimos lo mismo, que es ley de vida, que él tiene que hacer la suya y yo asiento con la cabeza, con la conformidad de una loca bajo los efectos de una sobredosis de tranquilizante y me regodeo en mi papel de víctima, desorbitando unos ojos de cordero degollado, convirtiéndome en un icono del dolor. Me parece arcaica esta posición mía, ya no se lleva lo de la madre sufridora, capaz de comerse el mundo por defender a su hijo; debería ser una madre despreocupada, tipo año dos mil ciento cincuenta, que pariría a su hijo diciéndole: ahí te quedas, ahí te las apañes. No valdría, monsieur le professeur, me sería imposible, el concepto de madre lo tengo demasiado sublimado para convertirlo en un acontecimiento trivial. Pertenezco al grupo de las madres despechadas, de las de teta en ristre que se enfrentan ante cualquier peligro con tal de sacar a sus hijos adelante. Discúlpeme de nuevo, monsieur le professeur, pero es que me ciego hablando de Till, me embalo de tal forma que ignoro el límite de paciencia que mi interlocutor pueda alcanzar. Cambiando de tema, ¿le gusta el nombre de Till? A mí  me suena a campanita. Bueno, para qué hablar de nombres si usted habrá conocido tantos, las listas de clase están llenas de apellidos y nombres tan originales. Y los celillos, ¿qué me dice de los celillos?; cuando lo veo acompañado por alguna de sus  amigas siento celillos y no puedo evitarlo; me gusta comprobar que se me está haciendo un hombre y al mismo tiempo constato, porque no soy tonta, de que me lo llevan, monsieur le professeur, es que me lo llevan y yo sin poder hacer nada, sencillamente soy un cerillo, una insignificancia, un cero a la izquierda. Celos, ceros, ceros, celos, celos, ceros, ceros, celos, celos, ceros, ceros, celos, cerdos celos, celos cerdos, cerdos ceros, ceros cerdos. Ich bebe, tiemblo al pensar que dentro de unos años me quedaré sola; sé que tengo el cariño de mi marido, pero no es lo mismo, son amores basados en principios distintos y  sin embargo, sin ellos, siempre subyace el fantasma de la soledad, el único punto en común. Quisiera para mi Till todo lo mejor, quisiera que triunfara en la vida, que fuera insuperable en cualquier cosa que hiciera, en una palabra, que se comiera el mundo, ¿lo estoy haciendo bien, monsieur le professeur? ¿Cree usted que la educación que le estoy dando es suficiente, es la mejor? ¿Lo estoy encaminando correctamente o me falta algo? No me diga nada. Tengo miedo a que me recrimine algo mal hecho y aún no estoy preparada para recibir reproches; creo ciegamente en lo que hago, creo que hago lo correcto y creo también en el silencio del tiempo, que será el encargado de calificar mi actuación; cualquiera que sea su veredicto lo aceptaré, pero tiene que ser en silencio, sin palabras, éstas pueden ser hirientes y aceptar su significación sería muy duro. ¿Qué tal se porta mi hijo? ¿Trae sus tareas hechas? ¿Qué opinan de él el resto de los profesores? ¿Participa en clase? ¿Es buen compañero? y ¿Canta? ¿Le gusta cantar? ¡Es tan importante que un hombre sepa cantar! Sé que usted es su profesor de música; permítame que le diga que honra su profesión, sabe escuchar a la gente, sabe escucharme y eso dice mucho a su favor. Los profesores de música tienen un algo especial; perciben la vida de forma distinta, la impregnan de una armonía que hace partícipes de ella a los demás. No le digo esto para darle coba, soy sincera. A veces creo que transmitimos a nuestros hijos una aridez y una lucha por la vida que hacemos que la consideren como un campo de batalla, siempre guerreando, sin un momento de respiro para recrearnos en lo hermosa que puede ser. Monsieur le professeur, creo que sólo tengo derecho a pedirle una cosa: enséñele a vivir, enséñele a ver el mundo bajo la varita mágica de su batuta y si lo consigue seré la madre más feliz del mundo. Piense que soy una madre que: ich bebe, ich liebe, ich lebe  tiemblo, amo y vivo por mi hijo. Bebe, liebe, lebe; liebe, lebe, bebe; lebe, bebe, liebe; liebe, bebe, lebe, ya no sé, estoy perdida entre tanto bebe, liebe, lebe, que necesito que alguien me diga algo. Monsieur le professeur, creo que ha llegado su hora; antes casi le prohibía que me hablara, y ahora le toca a usted; me queda tanto por decirle que ni la eternidad me bastaría, pero no, no tema, no  quiero abusar más de su paciencia. Sólo le ruego que me diga algo, nada más y si puede ser cantando mucho mejor.
Entonces, señora, cantemos:
Ah! Sweet mystery of life, at last I’ve found thee
Ah! I know at last the secret of it all;
All the longing, seeking, striving, waiting,
Yearning,
The burning hopes, the joy and idle tears
That fall!
For ‘tis love, and love alone, the world is
Seeking;
And ‘tis love, and love alone, that can
Repay
‘tis the answer, ‘tis the end and all of
living,
for it love alone that rules for ago!

  
                                               Victor Herbert: Naughty Marietta
                                               Ah! Sweet mystery of life

¡Ah! Dulce misterio de  la vida, al fin te he encontrado
¡Ah! Al fin sé todos los secretos;
Todos los deseos, búsquedas, luchas, esperas,
Suspiros,
Esperanzas frustradas, alegría y lágrimas vanas que
Caen!

Pues, es el amor, y sólo el amor lo que el mundo
Busca
Y es el amor,  y sólo el amor, quien puede
Recompensar,

Es la respuesta, el fin último hacia donde
Toda vida tiende
Pues es sólo el amor quien todo determina!

           

jueves, 7 de enero de 2016

LA BATALLA DE WELLINGTON


 LA BATALLA DE WELLINGTON- BEETHOVEN
https://www.youtube.com/watch?v=R_ibES7i-HU




GA 024- E. LACOMBE

... ¿Cómo te llamas?... Te estoy preguntando que cómo te llamas... ¿Me oyes? ... Te repito: ¿Cómo te llamas?... Una vez más  ¿cómo te llamas?...Seguro que no me oyes, lo intentaré de nuevo en voz más alta: ¿Cómo te llamas?... Reconozco que hay demasiado ruido a metralla, es ensordecedor, pero el camino de héroe está lleno de dificultades ¿no? Mira que soy reiterativo: ¿ Cómo te llamas? ...Más no puedo gritar, tampoco se puede llamar la atención, estamos en guerra; en una trinchera se supone que se debe hablar en voz baja para no atraer el interés del enemigo hacia su contrincante, aunque bien mirado la voz humana poco vale ante la desafiante presencia de las balas. Te lo repito una vez más: ¿Cómo te llamas?... ¿Entiendes mi lengua? Al no responder asumo que hablas un idioma distinto al mío, probaré con otros: Comment tu t’appelles?...Repito: Comment tu t’appelles?... Repito: Comment tu t’appelles?… Ya va la tercera vez y tiene que ser la vencida… Bueno, no voy a ser tan tajante, probaré  una cuarta vez, pero no más, al menos en este idioma: Comment tu t’appelles?…Nada, nada de nada. Desesperante. Intentaré con otro: What’s your name? ...Repito: What’s your name?… Repito: What’s your name?ya va la tercera vez y tiene que ser la vencida…Bueno, no voy a ser tan tajante, probaré una cuarta vez, pero no más, al menos en este idioma What’s your name?…Nada, nada de nada. Desesperante. Intentaré con otros: Wie heiBt du? ...Repito: Wie heiBt du? …Repito: Wie heiBt du?…Ya va la tercera vez y tiene que ser la vencida…Bueno, no voy a ser tan tajante, probaré una cuarta vez, pero no más, al menos en este idioma: Wie heiBt du? ... Nada, nada de nada. Desesperante. Se me ha agotado la paciencia; que conste que todo lo hago por la guerra; reconozco que éstas son internacionales y que hay que colaborar en el entendimiento entre los pueblos, pero me niego a que este entendimiento sea a fuerza de convertirme en un mono de repetición; uno tiene su dignidad, además, un futuro héroe no puede andar con monsergas. Bien pensado, lo de futuro héroe me parece un exceso de egocentrismo, ha sido un decir, tal y como va la guerra voy camino de ser un pufo. Cabe otra posibilidad y es la de que no quieras identificarte, puede que te hayas empecinado en no dar tu nombre, en decir no, no y no, cien, doscientas, trescientas veces o las veces que tú desees y llegaste a la conclusión que lo mejor era el silencio. Tu propio silencio interior. Aquí habrás observado que el silencio no existe, a no ser por algunos momentos de tregua, el tiempo transcurre entre bala va bala viene, bala va bala viene, bala va bala viene, bala va bala viene, bala va bala viene, balava balaviene, balava balaviene, balava balaviene, balava balaviene, balavabalaviene, balavabalaviene, balavabalaviene, alavarbien, alavarbien, alavarbien, a lavar bien. Entonces, ya que tú no quieres presentarte, lo haré yo, me llamo Tamerlano de Kastronkán...¿Quieres que te confiese algo? Necesitaba pronunciar mi nombre u oír el nombre de alguien, me hace sentir persona, individuo; todos los que estamos en este campo de batalla somos seres impersonales, números de una lista que se pueden eliminar con una simple tachadura. Una bala perdida es lo suficiente para dejar de pertenecer al mundo de los vivos. Es triste, aquí todo es triste, hasta el mismo paisaje es triste, todo carece de color, si hay alguno que destaque es el rojo sobre fondo negro. Hay que hacer verídica la batalla y nada mejor que el rojo sangre. ¿Alguna vez habrá imaginado alguien un campo de estas características sin este color? Pobre inocente y ese pobre inocente soy yo. No estoy aquí por obligación y los conceptos de patria tampoco los tengo tan claros como para dar mi vida por ella. El problema estriba en la idea de héroe que yo tenía y que me habían hecho creer: un héroe sólo se forjaba en un campo de batalla, en su valentía y entrega y en su ignorancia también. Si había que utilizar los ideales de la patria, que por norma general ella siempre está en medio, se utilizaban y sanseacabó. El uniforme también ayudaba a glorificar al héroe, le daba al cuerpo prestancia suficiente y cierto desprecio hacia los demás. La palabrería, cómo no, contribuía a exagerar nimiedades que untadas con unas buenas adjetivaciones se convertían en hazañas inauditas. Solamente faltaba el caballo para entrar triunfante en la ciudad vencida. Patético, querido amigo, patético. Deberían vernos, arrastrándonos en esta trinchera, llenos de suciedad, forzándonos a replegarnos sobre nosotros mismos, a controlar una posición digna, un cuerpo recto, sin temor a ser carne de cañón; pero no, siempre hay que andar a la expectativa, oteando al enemigo, sospechando que en cualquier momento puede aparecer y hay que poner a prueba la rapidez de reflejos con un disparo certero, el desplome de un cuerpo, la extinción de una vida. Un semejante desconocido que no deja de ser un “yo” y que en un campo de batalla pierde todo valor, apartado de su propio lugar de estimación, de su familia, de sus amigos, de un espacio vital ganado quizá a base de un gran esfuerzo y que, de repente , se convierte en un pelele, en un blanco perfecto. No sé por qué te cuento estas cosas, tal vez tu presencia me ha animado a hablar, o tal vez si tú no estuvieras hablaría solo. Me estoy hartando un poco de todo esto, no era lo que esperaba y yo no estoy experimentando las mutaciones deseadas para convertirme en héroe; algo falla, algo no funciona y no sé qué es.¿ Cómo te llamas? ... ¿Cómo te llamas?... ¿Cómo te llamas? ... Comment tu t’appelles?…Comment tu t’appelles?  …Comment tu t’appelles?…What’s your name?…What’s your name?…What’s your name?Wie heiBt du? … Wie heiBt du? …Wie heiBt du?…Sigues sin responderme. Es posible que aún no tengamos la confianza suficiente como para saber nuestros nombres, pero el mío ya te lo dije; hay que reconocer que fue la necesidad de comunicación la que movió mi atrevimiento. Nunca he sido muy hablador, lo justo, lo normal, a veces tirando a callado; nunca me he sentido convulsionado por la verborrea, pero en este lugar todo es distinto, la seguridad de la que siempre hice alarde como una de mis principales cualidades, ahora se tambalea; rodeado de esta locura surgen sensaciones que creía adormecidas, o más bien controladas por ese exceso de seguridad en mí mismo, y son tan humanas que hasta me siento orgulloso de ellas, cuando algún tiempo atrás serían inconfesables. ¿No tienes miedo? Di la verdad. Yo sí tengo miedo, aunque un héroe en ciernes nunca debería confesarlo, debería mantener el tipo engañándose, camuflándose en una supuesta coraza de hierro. Pero estas ganas de hablar tan repentinas me delatan y debo ahuyentar el miedo por medio de las palabras, entretienen mi mente y no me permiten pensar en la locura, en esta locura externa, colectiva que se adentra en los cerebros trastornándolos. Haces bien no decir tu nombre, así no te implicas, pero creo que te has arrepentido demasiado tarde, no puedes huir, piensa que con nombre o sin nombre estás en el corazón de la batalla; ¡imagínate! Hasta la humanizo concediéndole un corazón. Cuando te miro me miro a mí también; hay mucha penumbra en las trincheras, nunca pensé encontrármelas iluminadas como si estuviésemos en un salón de baile, pero un poco más sí; ya no importa, al fin y al cabo hay que evitar llamar la atención del enemigo. Apenas veo tu rostro, el casco por un lado y la suciedad por el otro, tu presencia me resulta casi fantasmal. Es un decir. Agradezco al destino que nos haya juntado en tan ardua misión, aunque podía ser mejor, en circunstancias más festivas, por ejemplo; di tú que quizá no nos hubiésemos percatado uno del otro. ¡Mira que estamos sucios! Estamos en consonancia con el ambiente; cuando uno va a la guerra, aparte de sus múltiples facetas, uno va a ensuciarse, en el sentido más amplio de la palabra, tanto moral como físicamente, uno se va a emporcar. Verbo derivado de en y puerco. Es extraño, casi nunca pienso en mi familia, estoy tan absorto en esta tarea que creo que no tiene cabida en estos momentos en mi vida, en mi mente. Su recuerdo me resulta agradable, aunque no encaja, es tan límpido que el hecho de evocarlo me da miedo, lo evito por temor a ensuciarlo, y sin embargo, me reconforta; hay anécdotas, situaciones que me hacen reír, en su momento tal vez pasaron desapercibidas y ahora involuntariamente surgen, confirmando un derecho a no ser olvidadas. Pienso en Rodelinda de Vilamor, la mujer que tanto he amado y que amo; nuestras caminatas por los campos floridos, los pasos mullidos por la hierba, la agilidad de extremidades que la primavera transmitía a los cuerpos, el instinto de retozar lascivo e inocente y nuestro reposo, debajo de aquel árbol, de nuestro árbol. Claro que nada encaja: este campo de batalla no es más que la representación de la aridez, surcado de trincheras, cuerpos obligados a acurrucarse, arrastrándose en sus desplazamientos, mentes anulando la esperanza a contemplar el resurgir de una brizna de hierba, mentes aguzando la esperanza de toparse con la muerte.¿Por qué tanta contraposición? ¿Por qué el deseo enfervorecido por la vida cuando la muerte se impone con la misma fuerza vital robada a su oponente? ¿Por qué esta lucha titánica entre dos eternos antagonistas? ¿Le tocará al héroe dilucidar? No lo sé. Je ne sais pas. I don’t know. Ich weiB nicht. ¿Me estás oyendo? No sé nada. En estos momentos no soy más que un analfabeto, no me importa vivir en la ignorancia... ¿Cómo te llamas?... Anda, ablándate algo, tampoco hay que ser tan cabezón...Cabezón, cabezón y cabezón... Ya me he enfadado...Capezón, capezón y capezón...Ca-pezón, ca-pezón y ca-pezón... Recuerda que los pezones siempre han sido muy, digamos, elásticos. Sé bueno y di tu nombre y si no quieres me dices las iniciales, que yo sabré crear un nombre y un apellido bien rimbombantes...Puedes decirme tu número, tendrás una placa identificativa en donde se especifique tu nombre y una cifra codificada que te dieron al alistarte, que oculta tu verdadera identidad y origen... No dices nada, no respondes, estás como momificado; comprenderás que yo así, en estas circunstancias, no puedo mantener una conversación... mejor dicho, un monólogo. Solamente te pido un nombre. Lo reconozco, necesito autoengañarme; con un nombre tengo la sensación de que me dirijo a alguien, de que alguien me escucha, si no, mis palabras se las lleva el viento y, a propósito, ojalá hiciera viento porque aquí empieza a oler a putrefacción. Decidido está, te daré un nombre, lo siento si no te gusta, pero aquí hay que tomar decisiones rápidas, el tiempo apremia, quién sabe dentro de cinco minutos dónde estaré, viene una bala furtiva, desorientada, y me arrebata lo más preciado que tengo: la vida. ¿Goffredo? ¿Argante? ¿Eustazio? ¿Rinaldo? Este último suena de maravilla, además a héroe; Argante tampoco está mal, decidido, te llamaré Rinaldo de ...Rinaldo de...Rinaldo de... Rinaldo de Taramundi. Ya está. Yo te bautizo con el nombre de Rinaldo de Taramundi. De nada vale que pida tu opinión, sé que no vas a responder, por lo tanto ni una palabra más. Rinaldo  ¿estamos solos en esta trinchera? ¿dónde están nuestros compañeros? Te lo pregunto porque no veo movimiento, aceleración, sofocos; aquí estamos tú y yo y el resto  ¿qué ha sido de ellos? No nos habrán dejado desamparados frente al enemigo, cara de héroes aún no tenemos o ¿ ya se nos ha puesto?. Estoy convencido de que nuestros compañeros habrán avanzado, habrán ganado terreno y nuestro enemigo ha emprendido la retirada, o a lo mejor no, están escondidos, aterrorizados y sienten miedo, y pronuncio  “miedo” en voz muy baja porque es una palabra proscrita en un campo de batalla, vergonzosa y máxime en boca de un aspirante a héroe. Pero seguro que todos sienten miedo. ¿Quién es nuestro enemigo? ¿Qué nos ha hecho? ¿Quién nos ha infundido ese odio? El ardor de la guerra y el exceso de juventud nos han sobrepasado, nos hemos dejado arrastrar por un espejismo que nubla nuestros sentidos y entorpece la razón. ¿Qué nos han hecho esos pobres infelices que, como nosotros, se arrastran por las trincheras salvaguardando su pellejo? Nada, temiéndonos y temiéndoles. ¿Por qué ese temor hacia un semejante? ¿Por qué ese temor hacia un mismo yo? Apuesto a que nos han engañado; nuestros superiores han tergiversado el concepto de héroe, han infundido el odio en nuestras conciencias, haciéndonos creer que el único camino para destacar sobre los demás era someter y aniquilar a seres que, igual que nosotros, cayeron en la inocencia de ser engañados. ¿El auténtico heroísmo no sería oponerse tajantemente a la manipulación de la propia voluntad tirando las armas y dando paso a la voz humana como único remedio al conflicto? Rinaldo, me estoy calentando y a veces no sé lo que digo, bueno, sí sé lo que digo, pero no me gustaría decirlo, aunque en el fondo sí me gusta, al menos me quedo más tranquilo, pero debería decirlo en voz más alta, para que me oigan, aunque ya es demasiado tarde; un campo de batalla no es el lugar  propicio para hacer apologías. Supongo que serás de la misma opinión. Bien pensado, tú calladito que para hablar estoy yo. ¿Qué hora será? Mi reloj no funciona, se ha parado a las siete y diez ¡qué más da!...No da lo mismo, puede ser la hora del alba o del crepúsculo;¡qué detalle!, su maquinaria se ha parado y ha dejado de latir, precisamente en ese momento, puede ser significativo. El tiempo aquí no tiene sentido, nada tiene sentido, la vida cotidiana traspuesta a este lugar parece un sueño, y las experiencias vividas se parecen más a una posesión diabólica que a una realidad; por ejemplo, cuando evoco el recuerdo de Rodelinda de Vilamor, el hecho de pronunciar su nombre en voz baja me parece una afrenta a su persona, primero por no ser el lugar adecuado y segundo por obligar a una veracidad a encontrar un hueco en esta horrible irrealidad; su mismo nombre contiene las claves de las grandes ausencias en una guerra: Linda de Amor, la belleza y el amor, el amor y la belleza, da lo mismo el orden; en este campo terrible puede encontrarse de todo, excepto armonía.¿Sabes? También echo de menos mi trabajo; tenía, y me imagino que sigo teniendo, una granja en el campo; al envejecer mis padres que eran quienes la dirigían y viéndose obligados a unas exigencias y entrega que su edad ya no les permitía, me la cedieron y yo me encargué de modernizarla, amplié las instalaciones, lo que conllevaba una mayor productividad y los animales se multiplicaron: gallinas, conejos y cerdos hermoseaban con su presencia los patios y prados; era un ir y venir, una abundancia de tráfico animal que a veces era difícil esquivar: las aves galliformes alternaban con mamíferos lagomorfos y paquidermos domésticos en perfecta convivencia. En momentos oscuros me pregunto si no he cometido un error con el cambio. Mi vida se veía abocada a la simplicidad, todo me lo habían dado hecho y mi trabajo consistía en cubrir las necesidades básicas de unos animales cuyas vidas no sufrían sobresaltos y mi juventud lo que necesitaba era “sobresaltos”, taquicardias que aceleraran mi ritmo cardiaco; como estaba ávido de emociones me alisté para venir a la guerra y aquí estoy padeciendo los sinsabores de la irracionalidad y convertido en un poseso de la alucinación heroica. En un possesso de la alucinación heroica. En un poss-esso de la alucinación herótica. En un poss-esso de la alucinación herótica. Algo de eso debe haber también. Rinaldo ¿ qué hora será? El tiempo parece haberse estancado, no lleva su ritmo normal, miro hacia el cielo y no sé si está cubierto por nubes o por el humo de la metralla; la luz que hasta aquí llega parece irreal, mortecina, su debilidad destaca aún más el color terroso de la trinchera, es como una tumba abierta que atrae por el misterio de su oscuridad y al mismo tiempo repele por su penetrante olor a tierra mojada. Estamos pringosos, nuestra ropa está sucia, húmeda; el tacto delata un rechazo a palpar nuestros cuerpos, un repudio hacia el cuerpo y hacia la guerra. Y sin embargo, la tierra nos protege, nos camuflamos con ella, formamos parte de ella, nos revolcamos, nos refregamos contra su aspereza, abrimos zanjas para resguardarnos, para percibir el cobijo y calor materno adormecido en el tiempo. Un cuerpo erguido en la guerra es una incongruencia, un desafío a la locura, está expuesto a mil peligros, o tal vez a uno sólo: la muerte; siempre debe estar en contacto con algo para sentirse protegido. Rinaldo: mírate y mírame, estamos aquí acurrucados, como dos niños, ante el temor a que alguien nos descubra; no hemos hecho nada malo y sin embargo tenemos miedo a ser descubiertos. Deberíamos irnos, pero eso sería un acto de cobardía, estamos aquí para ser héroes, por lo tanto, hay que apechugar con lo que se nos presente; también podíamos salir ahí afuera y dar la cara, pero eso sería una chiquillada, ¿ qué hacemos entonces? Estoy hecho un lío y este ruido constante de bombas y balas, de balas y bombas, de bombas y balas, de balasibombas, de bombasibalas, de balasibombas, de bombasibalas, de bolos y bolas, de bobos y bobas hacen que mi cabeza esté a punto de estallar. Rinaldo, for God’s sake!, di o haz algo…Te he bautizado, te estoy distrayendo con mis desvaríos que a veces no lo son, sino más bien verdades como  catedrales, y tú como una momia, sin decir ni mu... Que conste que respeto tu actitud, pero deberías ser un poco más cortés; que no quieres hablar, pues allá tú, al fin y al cabo para eso estoy yo  aquí: para matar el tiempo, para embobarlo, para no tener un minuto de reflexión que me permita encontrar una salida a esta ciega locura. ¡Haz algo! ¡Muévete!... ¡Menos mal! Te has deslizado un poco, te has escurrido hacia abajo; ten cuidado, tampoco te vayas a caer, reconozco que es difícil mantenerse apoyado, la tierra está empapada de agua y no hay cohesión. Se me ocurre algo: voy a disparar. Estar en la guerra y no haberlo hecho me parece una estupidez. ¿A quién voy a disparar? A nadie, por supuesto; me horroriza pensarlo. Y estar en vías de ser héroe y no haber matado a nadie, no lo encuentro lógico. Rotundamente me niego a quitar la vida. Y esto que quede entre nosotros, esta confesión que te hago que no trascienda más allá de esta trinchera: si nuestros superiores llegaran a conocer nuestros auténticos sentimientos, más de uno se echaría las manos a la cabeza y pondría el grito en el cielo.¡ Anda que si las trincheras hablasen! Para quedarme tranquilo voy a disparar algo, al aire, eso, al aire, que mis disparos sean como fuego de artificio, eso. Siempre he sido muy hábil con las herramientas, para ser más exacto con las de labranza; mis manos han sabido sacarles fruto, pero ésta que tengo aquí a mi lado me cuesta lo indecible, un fusil no es lo mismo que un pico o una pala, es más complicado, lo admito. Creo que estoy buscando disculpas para no disparar y debo obligarme a hacerlo. Rinaldo de Taramundi, mírame ahora que tengo el fusil en la mano  ¿tengo pintas de héroe? Que alguien me diga algo y tenga la valentía de confesar la verdad, ¿tengo cara de héroe? Silencio en el fragor de la batalla. Me contestaré yo mismo: soy un pufo. ¡Puf! ¡puf! ¡puf!. Y voy a disparar: pim, pim, pim, pim, hasta las balas suenan a engaño; pum, pum, pum, pum, ya toman más consistencia, se hacen más creíbles. En el horizonte no se divisa a nadie, sólo humo, estruendo y unas supuestas sombras que pertenecerían al enemigo. Mis balas van al aire, donde no encuentran objetivo, se desintegrarán en la nada o por agotamiento caerán a tierra, en su trayectoria no dañarán a nadie, su misión será un fracaso. Se ha hecho de noche o quizá nunca fue de día, en un campo de batalla apenas se diferencia el día de la noche, los que por aquí pululamos nos acostumbramos a vivir en tinieblas, nuestros enemigos se convierten en espectros y nosotros únicamente somos las sombras de lo que fuimos. Bien mirado, esta atmósfera conserva cierta belleza tétrica: en el horizonte se ven resplandores, destellos de luz, flases repentinos que despiertan los sentidos y por un instante uno se olvida de su motivación y se pasma en lo estético. La guerra tiene su estética, como mi hogar tiene la suya. No es momento de comparaciones ni de añoranzas, hay que estar alerta, el enemigo puede estar cerca y hay que saber recibirlo: La mort nous attend, pas l’amour. Por más que hablo, la sensación de soledad no me abandona; mira que estamos rodeados por nuestros compañeros y por nuestro enemigo también, por qué no incluirlo, y sin embargo a pesar de este desamparo, el sentirme acompañado por seres desconocidos portadores de unas máscaras que ocultan a unas víctimas inocentes me conmueve y soy incapaz de ahuyentarlo. Es como si uno estuviera haciendo la guerra solo. Perdóname Rinaldo, sé que puedo contar con tu colaboración, como eres tan callado a veces te ignoro; espero que entiendas mi situación, pero por aquí no aparece nadie, ¿dónde están nuestros compañeros? ¿los ves por alguna parte? Me imagino que estarán muy ocupados matando al enemigo, aunque eso no los disculpa, recuerda: la unión hace la fuerza y aquí de unión  “rien de rien”, cada uno anda a su aire y al enemigo  ¿tú lo ves? Más bien lo suponemos; existir existe, pero cara a cara aún no lo hemos topado, así que mi sensación de soledad está más que justificada. Nunca me había sentido tan solo; este lugar me es extraño; tú, Rinaldo de Taramundi, a pesar de los esfuerzos que hago para comunicarme contigo, me pareces un desconocido; especificaré: hay momentos en que juraría que te conozco de toda la vida, como si nuestras existencias caminaran en paralelo desde su principio; hay otros en los que tu presencia me impone respeto y es un respeto frío, aterrador. No debería decirte esto, pero estoy tan perdido que mi único consuelo es la sinceridad. ¿A qué aspiramos los infelices que estamos aquí? ¿A un momento de gloria? ¿A un reconocimiento por parte de una sociedad que ignora las calamidades que conlleva una guerra? ¿A conquistar una porción más de terreno? Todas estas motivaciones ahondan aún más en ese aislamiento del individuo y lo conducen a un estado de desorientación, a mirar hacia la izquierda y la derecha, hacia arriba y abajo, y de estos cuatro puntos cree encontrar ayuda en el de arriba; le proporciona alivio pensar que los dioses velan y protegen a los descarriados. ¿ Por qué no recurrir a seres de carne y hueso, a seres terrenales más próximos a nosotros, a demandar su ayuda? o ¿desconfiamos de ellos porque no les hemos conferido el aura de la superioridad?. Rinaldo, ¿sabes lo que me gustaría hacer en este momento? Cantar, pero no lo hago bien; dadas las circunstancias tampoco importaría mucho; con tanto estruendo mi voz no se proyectaría más allá de esta trinchera, además  ¿qué le interesaría al mundo lo que canto? Cuando estaba en mi granja y veía a mis animales bajos de forma, ¡claro!  nunca sabía la causa de esos desánimos, aunque había veces que trataba de compartirlos con ellos, pero nunca me aclaraba, todo lo contrario, más bien me liaba, les cantaba canciones sencillas con historias muy elementales y advertía que su estado de ánimo cambiaba de repente y no sólo éste, su productividad también aumentaba considerablemente: las gallinas se deshacían en poner huevos, los conejos procreaban a rabiar y los cerdos redondeaban su figura hasta convertirse en auténticos boliches. Había sido una época de prosperidad, la abundancia desbordaba su generosidad en todos los ámbitos de la vida, no sólo en lo personal, sino también en el terreno afectivo. Mi relación con Rodelinda de Vilamor estaba en su punto más álgido; nuestro amor nos proporcionaba seguridad y nos convertía en el centro del mundo, todo giraba a nuestro alrededor, ignorábamos las vicisitudes con las que nos podía sorprender la vida, nos creíamos autosuficientes; después llegó la guerra y su ceguera nos cautivó, en ella vimos la culminación del desfogue al que tiende la juventud, el aflorar a la superficie unos deseos que, a no ser bajo los efectos de una locura colectiva, nunca se iban a manifestar: heroísmo, transgresión de lo establecido, ambición por lo fácil...No quiero seguir hablando de esto. Te comentaba que mis animales experimentaban una mejoría en su comportamiento cuando yo les cantaba, te decía también que eran canciones sencillas con historias muy elementales. A mí, en estos momentos, me apetece cantar  ¿puedo? De paso nos olvidamos un poco de este coñazo de guerra. Rinaldo, creo que te vi sonreír, ¡pues venga! ¡vamos allá!. Tengo varias canciones en mente y todas me parecen apropiadas para la ocasión, no obstante, escogeré la que más gozaba de nuestras preferencias, aclararé la voz, si no me oyes haz una señal  ¿vale? , ahí voy: “Ombra mai fu, di vegetabile, cara ed amabile, soave più. https://www.youtube.com/watch?v=q5v1PuhZ2zY Nunca fue la sombra de un árbol tan dulce, tan querida ni tan agradable. ¿Te ha gustado? Reconozco que me ha salido muy bien, la he cantado tantas veces. En la granja teníamos un plátano enorme y al cobijo de su sombra nos reuníamos mis animales y yo; cuando estaban tristes yo se la cantaba varias veces porque una sola no era suficiente. Eran tiempos felices, con una pizca de inocencia. Siempre me ha gustado cantar, desde muy pequeño he recurrido a la canción para expresar mis estados de ánimo; formé parte del coro de mi escuela y allí aprendí a modular la voz, a saber en cada momento el sonido idóneo que ésta debía tener para manifestar el estado de cada emoción. Aquí las emociones son muchas y muy contradictorias, podía cantar una canción trágica o cómica, pero siempre con el trasfondo del dolor y la desesperanza.¡ Qué va a inspirar un campo de batalla!. Rinaldo  ¡qué solos estamos! Tenemos la seguridad de estar acompañados y en realidad no hay nadie; se oyen estruendos y vemos destellos, se supone que unos son producidos por nuestros compatriotas y otros por nuestro enemigo, pero  ¿tú los ves? o ¿no estaremos combatiendo en nuestra propia guerra individual contra la muerte? ¿ Por qué la guerra al final siempre es un cuerpo a cuerpo contra el destino?. Tengo la sensación de carecer de pasado y de futuro, todo se centra en este trágico presente; el pasado me parece un recuerdo y el futuro una ilusión, por lo tanto vivo el instante, este instante. De repente se me ha ocurrido que en vez de hacer la guerra con armas ¿ y si la hiciera con palabras?, si con mi soliloquio pudiese ablandar al enemigo y llegar a un entendimiento mutuo, no lo dudaría y los emborracharía con mi verborrea, pero esto es pura quimera; adentrados en una guerra ciega, la irracionalidad se adueña del mundo y cualquier intento de entendimiento tiende al fracaso. Rinaldo de Taramundi  ¿estamos luchando solos? o  ¿estoy luchando solo? o... ¿eres la espuela que pica mi lengua para que siga hablando y no pare, porque tan pronto como hay un receso la vida parece como si se esfumase? No te preocupes, seguiré hablando hasta la extenuación, hasta que los dioses acallen mi voz y mi último suspiro sea el espíritu de ésta. Me expreso con resignación gracias a la cual contengo mi rabia, pero rabia  ¿contra quién? o  ¿contra qué? ¿quién será el chivo expiatorio contra le cual descargue mi ira? Porque este ambiente me enferma y no encuentro coherencia por ninguna parte; a veces aún cuesta encontrarla en la vida cotidiana, para cuanto más aquí. Necesito salir de esta trinchera, dar una vuelta, aunque sea a gatas, ver mundo y cerciorarme de que no estamos solos; me asfixio aquí adentro, es como si estuviera semienterrado, con la cabeza fuera, al nivel del suelo. Rinaldo  ¿te atreves? ¿no tienes cojones? ... ¡Qué vulgaridad! Perdona. Ésta muchas veces impregna los impulsos heroicos y parece concederles mayor credibilidad. Richtig oder falsch? Falsch. Vrai ou faux? Faux. True or false? False. Se ha hecho de noche, creo que es el momento oportuno para salir a inspeccionar; su oscuridad me protegerá, avanzaré con mucho sigilo y si en el cielo aparece algún destello de luz que pueda delatarme permaneceré inmóvil, me camuflaré entre los muertos, porque muertos van a aparecer, seré uno más de ellos. Seré como una alimaña. Rinaldo, ya te contaré lo que veo... (Tamerlano de Kastronkán salió convencido de su guarida, no iba en busca de alimento, iba en busca de convencimiento, necesitaba palpar el terreno “ in situ” , gateó siempre, amparado por una profunda oscuridad que, si bien lo cubría con la negrura de su manto, no le ayudaba en nada a vislumbrar el terreno. Había un fuerte olor a pólvora y el aire estaba enrarecido, todo esto se mantenía a cierto nivel del suelo, pero a ras de éste, un calor expulsado de las entrañas de la tierra se mezclaba con un olor acre, putrefacto que provocaba un vómito fácil. Tamerlano, en un principio no lo reconoció, más tarde lo intuyó y en una tercera fase lo asumió. La descomposición de la materia. Se arrastró entre despojos humanos, se agarraba a manos sueltas, a pies desparejados, a rostros sin nariz y a ojos hundidos, a torsos, a piernas y brazos descuartizados, todas aquellas piezas formaban parte de un rompecabezas que había que ordenar y completar. A ciegas había que crear un hombre nuevo. A través del tacto descubría un cuerpo, a través del tacto descubría su cuerpo. Agradeció a la noche su falta de luz; el horror era evidente, bastaba un solo sentido para percibirlo  ¿para qué implicar a los demás? Nunca había estado tan cerca de la desolación; su concepto del cuerpo humano había ido ligado a un orgullo juvenil, al exceso que su juventud le proporcionaba y nunca había pensado en una latente fragilidad; había rozado la decrepitud cuando en silencio contemplaba a sus padres y en el momento en que aceptó las cargas laborales que pasaban de padre a hijo, pero aquella decadencia de facultades que se albergara en el vigor de su cuerpo le parecía lejana o imposible. La carne descompuesta mezclada con la tierra, la sangre y el agua del sudor y de las lágrimas daban origen a una nueva materia. Su raciocinio lo transportó a la infancia, cobijado por el negro azabache de la noche; Tamerlano de Kastronkán, como un niño obediente, fue recogiendo de rodillas las piezas de aquel rompecabezas que se encontraban esparcidas a su alrededor, a tientas intentó dar cierto orden al desorden, cierto sentido al sin sentido; en aquel momento un disparo de cañón sonó en el vacío de la noche iluminando la escena, en unos instantes los sentidos de Tamerlano se agudizaron hasta tal punto que asumió ser el testigo de una Apocalipsis. La debilidad del destello sumió de nuevo la escena en una completa oscuridad. Bendita ésta que empaña la realidad. Tamerlano quiso decir algo, no pudo. Ninguna frase o frases tendrían sentido para expresar tal descripción, un gemido ahogado en su garganta le concedió cierta serenidad, una madurez repentina le ayudó a controlar sus emociones. Quiso incorporarse, ponerse de pie, casi le era imposible, al final lo logró. Le parecía un lujo mantenerse erguido, quería ser el reclamo de una bala furtiva y que ésta acertara, derribara la altivez de permanecer vivo y lo devolviera al mundo de la horizontalidad; sería la única manera de compartir la condición humana, de solidarizarse con aquéllos cuya suerte les había abandonado, al fin y al cabo todos formaban parte de la misma batalla. Tamerlano miró a su alrededor y no vio a nadie; la oscuridad y el silencio eran tan profundos que les pareció estar flotando en el vacío; la rabia le provocaba a desafiar a alguien, pero nadie le veía, formaba parte de una mancha negra, de una abstracción que lo camuflaba convirtiéndolo en un ser hipotético. Decepcionado, se arrodilló; ya que en la tierra no encontraba consuelo, por casualidad, miró hacia el cielo; no se veía nada, el aire estaba cargado, ambos conservaban la misma tonalidad, no se diferenciaban, ambos eran tinieblas; alzó su rostro intentando perforar con la mirada aquella barrera espesa que lo aislaba de lo sublime y no lo logró; el fracaso inclinó su cabeza, juntó sus manos en señal de oración y no rezó; la posición era correcta y sus intenciones lo ennoblecían, pero de su boca no salió ninguna palabra que insinuara la más mínima súplica. Debería volver a la trinchera y contarle a Rinaldo lo que había visto; la palabra  “contar” lo estremeció, quizá no necesitara expresar su horror de una manera oral, su rostro demostraría lo experimentado. Y empezó a gatear, a veces había obstáculos que se interponían en su camino y entonces reptaba; su marcha era a tientas, sin sentido; su orientación le fallaba en la oscuridad, sabía que donde hubiese un desnivel, allí iba a encontrar su refugio. Y llegó a su trinchera y se sintió cómodo, como  si volviera a su hogar, aunque sin recibimiento de bienvenida; el lugar adonde había ido a parar no era el mismo en el que se encontraba antes con Rinaldo; en voz muy baja lo llamó, nadie daba señales de vida, la trinchera parecía estar vacía, gateando recorrió unos cuantos metros y al fin se encontró con Rinaldo en la misma posición como lo había dejado: apoyado contra la tierra; lo contempló de forma diferente, le parecía otra persona, a pesar de la falta de claridad, y aunque la hubiera, aquel cuerpo era distinto, tenía ganas de contarle lo que había visto y al mismo tiempo había algo que lo retraía. Por un momento quiso abrazarle llevado por la alegría del reencuentro, se contuvo, se empezó a repetir que Rinaldo no era el mismo, había sufrido una metamorfosis...) Rinaldo! Rinaldo! Rinaldo! Sono io, Tamerlano, come va?.No sé cómo voy a contarte lo que vi , es tanto el horror, son tantas las decepciones e incoherencias que solamente mis ojos al llenarse de lágrimas pueden dar testimonio del dolor que presencié. Rinaldo, me encuentro decepcionado y engañado, engañado en dos sentidos: fui engañado y he engañado también. Me han engañado haciéndome creer que la guerra era la panacea donde se moldeaba su valor, coraje, valentía... Todos esos sustantivos que alimentan el ego de cualquier hombre y yo he engañado porque no he sabido corresponder a esas exigencias; todo lo contrario, he sabido responder a unas exigencias innatas, sentimentaloides, tales como la compasión, el extravío y la reflexión. Rinaldo  ¿qué hacemos aquí? Por una vez en tu vida di algo, muévete, dispara tu fusil, pero di algo, di algo que conceda cierta coherencia a esta situación; yo ya no tengo palabras, palabras que se digan en frases para expresar ideas; miro tu figura ensombrecida y me parece que no corresponde al lugar idóneo, estamos fuera de contexto. Aquí todo está fuera de contexto. Tengo frío, debo abrigarme, siempre traigo una manta pequeña conmigo, te ayudaré a cubrirte con la tuya... Rinaldo, casi no te veo el rostro, tu palidez lo ilumina, acabo de tocarte la mejilla y las manos y están heladas, la muerte es así de fría... Che spavento! Dio mio! Rinaldo è morto, Rinaldo è morto, Rinaldo è morto. Rinaldo  ¿Cuándo has muerto? ¿Antes o después de que me marchara? ... ¡Qué preguntas tan estúpidas! Ni de vivo me has hablado ¡qué voy a esperar ahora de muerto! No sé qué decirte, no se me ocurre nada... En esa posición estás incómodo, voy a colocarte un poco para que estés más presentable: limpiaré tu rostro con mi pañuelo, aunque no esté muy limpio al menos aclararé tus facciones y cerraré tus ojos; el cielo no vale la pena contemplarlo, está demasiado sucio, las nubes y el humo que lo cubren velan la esperanza y las ilusiones que hemos puesto en este lugar. Rinaldo de Taramundi, nunca he estado en mi vida tan cerca de la muerte, la que acabo de ver dispersa por ese campo de batalla me parece la ignominia más grande que se le puede hacer a un ser humano; la muerte, a nuestro pesar, tiene que recibirse en silencio, con respeto y recogimiento; a vernos todos en ella, a inclinar nuestra cabeza reflexivamente y quebrar la rigidez con que el orgullo obliga a ésta. Rinaldo, no sé si habrás estado vivo o muerto durante este soliloquio; da lo mismo, al menos hablé, al menos liberé la rabia, en voz baja traté de ordenar el mundo y de recomponer al hombre y  no he hecho nada, aclaré pequeñas parcelas de mi mente, como muchos otros hombres en múltiples campos de batalla llegarían al mismo convencimiento. Rinaldo de Taramundi, en estos momentos, cuando todo lo que nos rodea retorna a su segundo plano porque el corazón pide paso para hablar, por más que me esfuerzo no encuentro palabras hermosas que decirte, ésas que empleamos en la vida para ensalzar lo que nos agrada; recuerda, soy hombre de campo y tampoco soy muy ilustrado, no soy un hombre creyente que con facilidad hiciera brotar de su boca la oración más indicada. Y sin embargo, mereces que diga algo hermoso en tu honor... No se me ocurre nada, te puedo cantar algo, aunque las canciones que me vienen a la mente no son las más propicias para este momento... Ya recuerdo una, hace tanto tiempo que no la canto, la aprendí de pequeño en el colegio, en el coro, nos subían a una tarima y desde allí proyectábamos la voz hacia aquellas enormes bóvedas, creyendo que traspasarían sus gruesas piedras, con la esperanza de que fueran oídas más allá del recinto sagrado. Rinaldo de Taramundi, con una voz perdida en las edades del hombre y de la mujer, con una voz de niño-niña, de hombre-mujer, tu compañero de armas, Tamerlano de Kastronkán, te canta de rodillas su canción:
https://www.youtube.com/watch?v=teDVFRjrOvA
                                   

Oh Lord, whose mercies numberless

O’er all thy works prevail:

Though daily Man thy laws transgress,

Thy patience cannot fail.


If yet his sin be not too great,

The busy fiend control;

Yet longer for repentance wait,

And heal his wounded soul.

David. Saúl de Handel


                           Oh Señor, cuya infinita misericordia

                            Se extiende a todas sus obras:

                            Aunque cada día el hombre transgreda tus leyes,

                            Tu paciencia no puede desfallecer




                            Si todavía su falta no es demasiado grande

                            Refrena al demonio que la espolea

                            Dale todavía más tiempo para que se arrepienta

                            Y cure su alma herida.