martes, 15 de septiembre de 2026

MORGEN (MAÑANA)

                                                            

                                                                      S/T-H. Duprilot

 


   La carretera de circunvalación rodeaba aquella pacífica ciudad y mantenía apartados los rugidos de aquellos motores que se deslizaban por todo su asfalto, impedía a la velocidad entrometerse en una vida en donde imperaban una lentitud y una supuesta tranquilidad interna que, vista desde la rapidez de aquel punto, podía ser creíble. Los vehículos cegados por la rapidez desprendían cierto desaire, en oposición a aquella exaltación de sosiego en la que se sumía la ciudad. La vía de circunvalación representaba para los habitantes un alivio al pensar que una de las locuras de la vida moderna (la viteeeeessssseee) se hallaba a cierta distancia; la paz de  espíritu de aquella reflexión les llevaba a un desprecio inconsciente al intrusismo. Paralela a esta vía se extendía un paseo que los caprichos del azar habían ido formando y por donde, cuando hacía buen tiempo, la gente paseaba y se agotaba en grandes caminatas para deshacer unas grasas que había acumulado en su vida sedentaria. El paseo tenía aproximadamente la misma longitud que la carretera, no era tan ancho, eso sí, pero su cercanía ponía con desfachatez esa oposición entre velocidad y lentitud, esa oposición entre tracción mecánica y animal; en una palabra y para resumir, el azar “se regodeó a recochineo” y para separar ambas vías, éste también creó una zona verde gracias a la participación de una naturaleza humilde que, con su hierba, cubrió una línea de terreno que mostraba los desechos causados por las excavadoras en la construcción de una acelerada modernidad; en esa franja de terreno crecía toda clase de arbustos libres de una estética ambiental bajo el control del hombre; de vez en cuando surgía algún pedrusco en señal de recuerdo a lo que antes había sido el terreno; ahora, servía de descanso a aquellos caminantes cuando la fatiga los castigaba en el largo trayecto; había un ligero desnivel, la vía de circunvalación se elevaba un poco más que el paseo; desde ella y desde el interior de los vehículos la mirada adquiría cierta superioridad y un desdén hacia lo que había surgido espontáneamente. Según la vía servía para acelerar el espacio y el tiempo, el paseo servía para recrearse en ambos. Según por la vía circulaba un hombre apresurado, arrastrado por el destino a tragar una vida lo más rápidamente posible, por el paseo circulaban hombres y mujeres que se obligaban a saborear la vida de un modo más pausado, conscientes de que en la lentitud se encontraba un alivio y un respiro a la vida desenfrenada que les había tocado vivir…¡¡¡¡ZZZZAAAAASSSSSSS!!!!...Como el primer trazo impulsivo de un lápiz sobre la superficie de un papel había llegado la primavera. Era una tarde soleada de la estación incipiente, el sol asustaba los fríos residuales de un crudo invierno en unos cuerpos que, pudorosos, se exponían a un calor inmaduro, temerosos ante un retroceso. El paseo se había llenado de caminantes que, como las lagartijas, se exponían a una iluminación cálida para reavivar el ánimo después del tiempo transcurrido en unas guaridas cómodas pero carentes de ambiente natural; aunque abrigados todavía, ofrecían el rostro y las manos a que los rayos solares descamaran la piel del frío y la palidez se tornase en un suave bronceado. Paseaban en grupos, los había familiares y de amistad, había parejas e individuos solitarios; había gente que aquello de caminar se lo tomaba muy en serio, o al menos eso era lo que ellos creían, pues en su vestimenta había un acople entre ejercicio y ropa, es decir, como si al ir vestido de calle o como se va habitualmente, el hecho de pasear no cumpliera su efecto, pero en su mayoría todos vestían normalmente. En esas idas y venidas se hablaba pausadamente en sincronía con la marcha que se llevase, se comentaban los típicos acontecimientos del día acaecidos en la ciudad, en la nación, en el mundo o ya a un nivel interplanetario, pero al fin y al cabo, la noticia era lo de menos, aquellos pasos había que acompañarlos con algo, y qué mejor que una buena charla interesante o banal; había saludos y adioses porque en el fondo los habitantes de aquella ciudad, mejor dicho, de aquella pequeña ciudad, se conocían y las conversaciones eran interrumpidas al verse obligados a emplear la típica fórmula de cortesía y que, a veces, hacía que se perdiera el hilo de la charla. Entre las cinco y las siete eran las horas álgidas de concurrencia, no sólo por el paseo en cantidad de gente sino también por la vía de circunvalación con el enorme tráfico de coches. EL batiburrillo que allí se armaba entre el tráfico animal y mecánico, sobre todo éste último, hacía alterar la vida placentera de algunos animales que por los alrededores pastaban, moraban o comían en sus cochiqueras, por ejemplo: las vacas que pastaban plácidamente se sentían alteradas en su rumiar y levantaban la cabeza para constatar lo inusitado de la situación; las gallinas, que a punto de poner el huevo, veían alterada su sensibilidad y  manifestaban indecisión, al final se animaban empujadas un poco por la llegada de la nueva estación; los cerdos, en plena euforia alimenticia, aceleraban su comida movidos por la algarabía procedente del exterior y también porque se sentían ligeramente implicados en aquel jolgorio por su proximidad genética a los humanos. Por el paseo caminaban gentes de todas las edades: desde un niño de tierna edad hasta un anciano de edad tardía, también había perros, sus dueños los llevaban sujetos a unas cuerdas extensibles que a propio capricho alargaban o retraían, todo dependía del comportamiento despendolado del animal, ya que había algunos que, si por instinto fuera, se lanzarían a los coches como atraídos por la velocidad, porque ellos en su cuerpo eran portadores de la misma también, pero siempre hay un instante nefasto en el que el dueño presiona un botón y el perro es impulsado retroactivamente y, en esos momentos, el animal se pregunta si, en realidad, aquello de que el perro es el mejor amigo del hombre sigue vigente ante semejante faena; después  de contener las ganas de morder a alguien, reflexiona y llega al convencimiento de que es un animal bueno y fiel y su intento por querer entender a los humanos le parece tarea imposible; también había niños aprendiendo a montar en bicicleta; no era el lugar adecuado, impedían el libre paseo y muchas veces los caminantes tenían que hacer eses para poder esquivar a estos pequeños intrusos que lo único que hacían era incordiar, pero como el tiempo era maravilloso, el sol estaba a rabiar y había tantas ganas de disfrutar del ambiente primaveral todo se aguantaba, pero no se olvidaba. Se diría que la gente que abundaba por allí paseaba por voluntad propia, sin obligación, sencillamente por placer; sin embargo, había otra cuya necesidad era urgente, empujada por los médicos a hacer alguna clase de ejercicio con fines terapéuticos. Con caridad inconsciente se había configurado un espacio para aquellos impedidos cuyo andar era mucho más lento de lo normal, se situaba a la izquierda del paseo, por allí se forzaba a la naturaleza a hacer esfuerzos sobrehumanos en unos cuerpos en los que la edad se había cebado y a pesar del empeño los ánimos se habían consumido: más que caminar se arrastraban por aquel sendero que les conducía hacia un calvario siendo fieles portadores de una cruz invisible, y sin embargo, había orgullo en la imposibilidad del sacrificio. La tarde primaveral transcurría llena de paz, de esa paz que sólo irradia la naturaleza y que, por momentos, hace creer en una felicidad momentánea y palpable, hasta que se cae en la cuenta de que no es más que una palabra abstracta que representa ortográficamente una “abastrakacción”… Y la tarde poco a poco se alejaba con el día dando paso al crepúsculo, el sol iba perdiendo energías y ese debilitamiento de la luz espantaba a los paseantes que paulatinamente se retiraban hacia sus hogares; la ruta quedaba vacía, muy pocos agotaban los últimos pasos de una jornada que tocaba a su fin; las luces de la vía de circunvalación se encendían para clarificar un trayecto incansable a unos vehículos que no dejaban de pasar en mayor o en menor grado; también a esas horas ellos se abandonaban al sosiego y desdeñaban una velocidad que permanecía vigente en aquella carretera para aquéllos que todavía quisieran poseerla…¡¡¡PPPPPPPiiiinnnn!!!...Como un punto instantáneo marcado sobre una “i”, un caminante aparece en la lejanía, solo, como si hubiera escapado de un cuaderno de ortografía; no hay más letras a su alrededor para formar una palabra, para formar un sentido. La noche, insistente, ha difuminado al crepúsculo hasta tal punto que ya lo ha ennegrecido. No son horas de pasear, son horas de no existir para el mundo, de acurrucarse y de que durante un tiempo de descanso nadie exista para nadie. Y aquel caminante surge en la penumbrosa lontananza, no para tomar el sol, claro está, surge del origen del movimiento, él sencillamente camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, Camina, CAmina, CAMina, CAMIna, CAMINa, CAMINA, CAMINA, CAMINA, CAMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURRANA, CARMINA BURRANA, CARMINA BURRANA, CARMINA BURRA NA, CARMINA BURRA NA, CARMINA BURRA NA, CARMINA BUR RANA, CARMINA BUR RANA, CARMINA BUR RANA…Catuli Carmina. Su andar es uniforme, imperturbable; mira siempre hacia adelante, como hipnotizado hacia una meta, hacia un destino; todo lo que le rodea forma parte de un entorno, pero él lo ignora y no permite que lo distraiga, su paso es inalterable, robotizado; si en su trayecto se cruza con alguien, ni lo mira, esa presencia cercana es como un soplo de aire instantáneo, sin importancia, la percepción de una insignificancia que no se graba en la mente. La ciudad a un lado y el campo al otro y él en la línea divisoria; en su marcha secciona un espacio y pone de manifiesto la existencia de dos mundos: campo y ciudad o ciudad y campo; no mira ni hacia un lado ni hacia otro y él es consciente de que proviene de uno de ellos. Por su aspecto se diría que es un hombre de ciudad; la ciudad pone rígidos los cuerpos para que desprendan cierta altanería, el campo los fustiga para que desprendan cierta humildad. Él, sin lugar a dudas, pertenece a la ciudad, es un esclavo de ella, de sus costumbres, de sus servidumbres, sin querer, se ha convertido en su siervo aunque nunca se haya parado a pensarlo. El empecinamiento en caminar y caminar es como una huida de algo que no se soporta y se echa mano del ejercicio físico para paliar la pesadez del espíritu y lo único que se consigue es castigar el cuerpo, ya que la rigidez sigue adueñándose de él, el sello de la ciudad es imborrable: ese paso marcial, esa  mirada fija en el infinito lo ejercitan y lo envalentonan ante cualquier obstáculo interpuesto en su camino, a saber rechazarlo y echarlo bien hacia un lado o bien hacia otro, sin conmiseraciones. Todo él es pura osadía; sabe abrirse paso, perfora el terreno que le rodea y él camina, camina, camina, camina, camin, camin, camin, cami, cami, cami, cam, cam, cam,ca, ca, ca,c,c,c…La noche lo envuelve, la luna y las estrellas salen y lo observan, se sorprenden ante tanta decisión y en el fondo se reservan una sonrisa burlona; saben, como fuente de sentimientos, que aquel ser, en apariencia indestructible, alberga unas debilidades, tal vez aún ignoradas. Se nota que es un hombre exigente, acostumbrado a tomar serias decisiones requeridas por su trabajo, un hombre acostumbrado a mandar, a poner a sus subordinados a cada uno en su sitio y todo este cúmulo de autoridad proyectado hacia los demás, tiene un efecto reflejo hacia sí mismo, pero él está tan dentro de su papel que se desconoce y se entrega de lleno a una representación tragicómica, patética del ser humano. Los coches continúan pasando, despreciando su velocidad; el hombre marcha en dirección opuesta, su mente se vacía de unas cargas que a cada paso que da, siente que dejan un lastre por el camino y que sus huellas marcan un sendero sembrado de despojos. Se aproxima una pareja de adolescentes haciéndose arrumacos; no caminan recto, nunca se habían trazado unas eses tan perfectas como las que vienen haciendo estos dos tórtolos, son la antítesis de aquel hombre; han huido de una vigilancia o de una prohibición y se refugian en la distancia, en el cobijo de la noche; sus cuerpos son inestables, se tambalean, las cosquillas de los arrumacos les obligan a retorcerse, a contonearse como si estuvieran poseídos por una danza irrefrenable. Ellos pertenecían a aquella primavera naciente, a aquella danza que cada año sacudía la tierra y los cuerpos, a un desenfreno de una naturaleza animal y vegetal; y llegaron a la altura del caminante y se separaron; él no les miró, pero una sonrisa se insinuó en sus labios, era un acto reflejo, nada más, no había sabido interpretar el anuncio de la nueva estación. Aquel hombre caminaba en cualquier época del año, daba lo mismo que fuera primavera o verano, otoño o invierno, otoño o verano, primavera o invierno, primavera u otoño, invierno o verano…mejor, primavera ¡¡¡uuuuuuuuuuuu!!! otoño, tampoco importa la hora del día, dependía siempre de su tiempo libre, aunque tenía una debilidad por el crepúsculo; él lo ignoraba, como ignoraba que tanto al alba como al crepúsculo la sensibilidad tiende a afinarse, a percibir el mundo de un modo más sutil. Siempre que podía se escapaba a esa hora a cumplir con su caminata; los días de lluvia o mal tiempo no importaban, se cogía un paraguas y se abrigaba con un chaquetón y ¡ale! a tragar kilómetros. Su tiempo cronológico no se  medía en horas, ni en minutos, ni en segundos, se calculaba en medidas de longitud: centímetros, metros, kilómetros. Su tiempo atmosférico variaba desde un chubasco de poca monta hasta una lluvia torrencial, desde un sol abrasador hasta un nublado deprimente, él cargaba con sus tiempos espartanamente. Seguía caminando, caminando, caminando, caminando, caminando, camin…ando, camin…ando, camin…ando, camin…ando, come in…ando, come in…ando, come in…ando, come in…ando, come…ando, come…ando, come…ando, come…ando, come…ando…ando…ando…ando…Yo ando, tú andas, él anda, ella anda, nosotros andamos, vosotros andáis, ellos y ellas andan. Everybody walks. Dogs walk too. Todo el mundo camina. Los perros también. Un perro vagabundo se acerca, camina libremente sin ataduras de nadie, pero se tambalea, lugar idóneo para un animal abandonado: la senda del olvido; ¿habrá comido algo? ¡quién sabe! El abandono lleva a la improvisación, si por casualidad se topa con algo comestible se lo tragará y si no, aguantará; su cuerpo delata señales de mucho aguantar, las costillas se le marcan y su pelo presenta ciertas calvas, ¿un despojo andante? Quizá. Al llegar a la misma altura del caminante, el perro le mira, sin ninguna intención de súplica o de mendicidad, su única ilusión es la de encontrar unos ojos creados de una misma materialidad, de un mismo brillo. El hombre no le mira, su indiferencia se extiende a un radio de acción bastante amplio, y sin embargo, al estar ambos en línea recta, uno cerca del otro, algo en su interior se mueve, no sabe lo que es, es una anomalía que provoca una alteración en su paso, intenta no prestarle atención, pero se da cuenta de que el paseo de ese día ha sido diferente al de los otros. Se alejan en direcciones opuestas y tanto el caminante como el animal se vuelven a convertir en unos puntos que coronan un largo recorrido………..Está lloviendo, la climatología en primavera es muy variable: ayer hizo un día tan hermoso y hoy todo lo contrario ¡quién lo diría!. El caminante está a punto de pasar, sí, por allí viene, protege su cuerpo con una gabardina y se cubre con un paraguas; es un hombre decidido y no teme a las inclemencias del tiempo, camina con paso firme, no, no tan firme, hay que fijarse mucho, pero existe una pequeña alteración, si se cuentan los pasos se sabrá dónde reside esa anomalía: un paso, dos pasos, tres pasos, cuatro pasos, cinco pasos, seis pasos, siete pasitos, ocho pasos, nueve pasos, diez pasos, once pasos, doce pasos, trece pasos, catorce pasitos, quince pasos, dieciséis pasos, diecisiete pasos, dieciocho pasos, diecinueve pasos, veinte pasos, veintiún pasitos, veintidós pasos, veintitrés pas…,veinticuatro…, veinticin…, veinti…, vein…Se puede observar que cada siete pasos hay una disminución de energía y longitud, es decir, no es un paso sino un pasito; la firmeza del paso se ha suavizado y se ha convertido en un pasito. Répétons: un pasito, un pasito, un pasito, un pasito, un vasito, un vasito, un vasito, un vasito, un besito, un besito, un besito, un besito. El caminante se da cuenta de que es la única persona que en esos momentos pasea por el sendero; el caminante no se da cuenta, pero trata de endurecerse ante aquella flaqueza a la cual acaba de sucumbir inconscientemente, necesita justificar aquel fallo y no tiene a nadie que le escuche, la única solución es justificarse ante sí  mismo, engañarse a sí mismo, seguir manteniendo la creencia en algo que ya no tiene razón de ser y espantarse ante el hecho de que algo tan insignificante como puede ser un pasito=un vasito=un besito haya sacudido unos cimientos que de por sí y en un principio eran tan sólidos; pronto recupera su orgullo y sigue su caminar firme, resuelto, aunque con anomalía; ésta decide guardársela en su interior, en sus profundidades, alejada de la superficie por temor a que salga a relucir. La lluvia arrecia y él se siente protegido con su paraguas contra aquella agresión, el viento lo agita, pero lo domina con sabia destreza; se figura navegando en alta mar en un pequeño bote y él enfrentándose ante un temporal endemoniado; una ráfaga de viento y lluvia lo libera de su ensoñación, se queda tranquilo por haber escapado de aquel espejismo. Ante la adversidad meteorológica él marcha y marcha y marcha y marcha et il marche et marche et marche et marche et marche et marshe et marshe et marsh et mars et il est au mois de mars et il devient Mars, le dieu de la guerre et il devient aussi Mars, la planète. Y marcha y marcha y marcha y marcha y marcha y marzo y está en el mes de marzo y se convierte en Marte, el dios de la guerra y también se convierte en Marte, el planeta. Vuelve a estar una vez más reconfortado ante tanto poder y gloria y por un momento cree haber engañado a la naturaleza, pero ésta, que es muy aguda, sabe hacer la puñeta cuando uno menos lo espera, y al cabo de unos segundos, después de haberse esfumado los planetas y los dioses, le recuerda aquello de la anomalía, es decir, aquello de pasito=vasito=besito. El camino está desierto y por primera vez aquel hombre percibe el medio circundante, mira hacia un lado y hacia otro, la ciudad y el campo entran en su interior a través de la lluvia y del viento; se nota extraño y se lamenta de no haber prestado atención antes a todo aquello y sigue su marcha…y allí en medio, en aquella franja de césped que divide el paseo y la vía de circunvalación, aparece un fardo, un bulto, un tumor expulsado por la naturaleza, húmedo, empapado, calado hasta su interior, inmóvil como una piedra sobre la cual descansar; el caminante al pasar junto a él, conservando todavía aquella costumbre ciega de no mirar, de despreciar, desdeña el fardo con energía invisible y acelera el paso, se aleja como si presintiera un temor, una premonición de una alteración futura, una hecatombe a cuyo destino pudiera escapar; cuanto más se aleja, más se empequeñece, su enorme seguridad se tambalea y ya no son pasos los que él da, son unas grandes zancadas que lo transportan arrastrándolo lejos de aquel presagio; no se puede parar, descansar para tomar aliento sería ceder ante lo desconocido, sería abandonar unas exigencias que se había impuesto y a las cuales había prestado un gran empeño; huye despavorido y necesita llegar urgentemente a su hogar, se encerrará en su casa, se desvestirá y se meterá desnudo en su cama, se envolverá entre las mantas y las sábanas, se acurrucará porque un frío y una humedad agitarán su cuerpo y por primera vez en su vida de adulto advertirá que es un fardo, un bulto, un tumor. Aquello que desdeñó en el camino posiblemente era carne, carne como la suya; despreció su acción, despreció su orgullo, despreció su altanería y se obligó a dormir, pero no pudo; se agarró a su cuerpo intentando ayudarlo y se convenció de que no era él a quien debía ayudar sino a alguien desconocido, ¿a un fardo? Era posible. No durmió, dormir significaba descansar, sabía que no podía descansar; su vida, hasta entonces, había sido pura actividad y ahora ésta debería cambiar en otra dirección. Se pellizcó en un brazo con la intención de que el dolor absorbiera sus pensamientos, pero no lo logró y reconoció que se había convertido en la pura obsesión de algo que, en otro momento de su vida, hubiera sido una banalidad. Palpó su cuerpo y su carne era frágil, adicta al dolor y pensó en aquella coraza que él mismo se había creado ¿para qué?, ahora que había conseguido un autocontrol y su autoridad imperaba en su trabajo y sobre sí mismo, ¿qué le había pasado? ¿qué había pasado en su mundo, en aquel mundo que había hecho a su medida y que le parecía imperturbable? No podía dar crédito a lo que experimentaba; por un momento, trató de anular aquel encuentro y se decía que el supuesto fardo bien podía ser de ropa, bien podía ser de papeles, bien podía ser de basura, bien podía ser de materiales desechables, bien podía ser…bien podía ser…bien podía ser…bien podía ser…mal podía ser algo humano; al llegar a esta última reflexión, en sus oídos oyó una voz, un grito que retumbó en todo su cerebro y ya no tuvo la valentía de anular nada, admitió plenamente que lo que contenía aquel fardo era carne humana, era un ser humano semejante a él. Deseó estar en el día siguiente, quería ya verse caminando en plena acción, pero su actividad no sería solamente física, también sería una actividad de ayuda y el hecho de pensar en qué podía “ayudar” sin saber aún cómo lo ennobleció. El ansia de estar en un nuevo día lo adormeció, el tiempo también colaboró y todas las obligaciones, tareas y responsabilidades que el hombre tenía que acometer en aquel intervalo antes de la hora de salida para caminar transcurrieron a la velocidad del sonido………….El día estaba nublado, gris, indeciso a mantenerse o deshacerse en agua, como la víspera; resistía, hay días grises que calan el ánimo y ése sería uno de ellos, la lluvia lo lavaría muy superficialmente. El caminante ya estaba en marcha, mantenía el paso uniforme aunque sabía que cada siete “pasitos” afloraba aquella anomalía, no le importaba; ahora miraba para ambos lados en busca de su obsesión, ¿cuánto habían cambiado las cosas en dos o en tres días? ¿por qué un hecho tan insignificante a primera vista, como era el de encontrar un fardo, había revuelto unos principios que en realidad, vistos los resultados, no eran auténticos sino ficticios? Es igual que cuando alguien encuentra un tesoro y advierte que desde ese momento su existencia va a variar en muchos aspectos, sobre todo el poder adquisitivo va a trastocar los enfoques de su vida; aquí ocurriría lo mismo, él no habría encontrado un tesoro, o tal vez sí, no en el sentido material de la palabra, más bien en un sentido de revuelco espiritual. Mientras caminaba, reflexionaba, cosa que antes nunca había conseguido; la rigidez con la que había impregnado su vida, sus actos e incluso a aquéllos que lo rodeaban, se había soliviantado y derivado hacia una ternura y comprensión que él antes nunca había conocido. Ese día grisáceo, con tendencia a la depresión, al contrario que a cualquier otro espíritu, a él lo empujaba a buscar un colorido más vivo para su ánimo. En una búsqueda intermitente, a lo lejos divisa su otra anomalía; la primera había sido cuando se había topado con el perro y la otra, con esto, con el fardo; visto desde la distancia era algo que no concordaba con el ambiente que lo rodeaba, era un ser descontextualizado que causaba una incomodidad a la vista, tanto por el lugar donde se hallaba como por el aspecto que poseía; a medida que se aproximaba, crecía su curiosidad para comprobar la apariencia de lo que había sido su obsesión; cuando llegó hasta el fardo, sus últimos pasos no habían sido normales, tenía la sensación de haber sido empujado, de haber sido arrastrado hasta aquel rechazo, hasta aquel tumor de la naturaleza; una vez delante de él, se sintió tranquilo e interiormente algo se desplomó, una especie de muro que ocultaba una visibilidad; lo miró fijamente, le clavó la mirada hasta intentar perforar la capa que cubría su alma; en su vida jamás había tenido una visión semejante, era lo que se temía: un ser humano, un ser de carne y hueso, por mucho que intentara rechazarlo era un ser hecho de la misma materia que él, no era un fardo de trapos o de papeles; aquella voz, o mejor, aquel grito ahogado sin sonido que retumbó en su cerebro era la confirmación de una especie que reclamaba ayuda. Acurrucado, sentado sobre una piedra, todo su cuerpo era un bulto, sus extremidades estaban plegadas y la cabeza muy baja casi formaba parte del tronco, unas manos enormes, arrugadas, ásperas, abruptas, cubrían su rostro, sobre la hierba yacía un bastón; daba la espalda hacia la vía de circunvalación, su posición era despreciativa, era como rechazar aquella velocidad y al mismo tiempo sentirse rechazado por ella, era una reciprocidad extraña, de impotencia; a través de aquellas manos su rostro era impenetrable. El caminante lo contemplaba fijamente y por su mente pasaban imágenes de algunos de sus subordinados a los cuales él había tratado con indiferencia y se preguntaba si aquellos hombres o mujeres no hubiesen necesitado un instante de atención por su parte más que su desdén, pero cualquier remordimiento que ahora pudiera tener pertenecía a su otra vida que no tenía que lamentar ya que todos sus actos se habían movido bajo el signo de la ignorancia, una ignorancia de sí mismo y de los demás y que ahora intentaba rectificar. Era evidente que con el rostro oculto por sus manos, mejor dicho, por sus herramientas de trabajo, aquel hombre no quería ver el mundo; ¿por qué había ido a parar allí? ¿habría abandonado su hogar? ¿de dónde venía? y ¿adónde iba? ¿quién era?. El caminante permaneció inmóvil contemplándolo un minuto, dos minutos, tres  minutos, cuatro minutos, cinco minutos, seis minutos, siete minutos, ocho menutos, nueve menutos, diez menutos, once menutos, doce menudos, trece menudos, catorce menudos, quince menudos, dieciséis menudos, diecisiete menudos, dieciocho menudos, diecinueve menudos, veinte menudos…menudos, menudos, menudos, menudos, menudos, menudos, menudos; menudos: vientre, manos y sangre de las reses que se matan; menudos: en las aves, pescuezo, alones, pies, intestinos, higadillo, molleja, madrecilla, etc; menudos: monedas que suelen llevarse sueltas; menudo: ant. miserable, escaso, apocado. Para el caminante aquel tiempo transcurrido había servido para descuartizar parte de su vida pasada, para dejar a un lado la superfluidad, que había sido mucha y al otro los valores humanos, que habían sido escasos, muy escasos. Se fijó en las manos de aquel hombre sedente, cansado, y se miró las suyas, se dio cuenta de que podían servir como herramientas de ayuda y no simplemente para firmar órdenes o portadoras de importantes documentos; se inclinó e intentó ver el rostro de aquel enmascarado asiendo sus manos, tratándolas de apartar suavemente, transmitiendo en su propósito un inicio de amistad, pero todo fue en vano porque aquellas manos no eran miembros independientes de aquel cuerpo, sino que formaban una misma masa con el rostro por medio de un agarrotamiento de seguridad; lo volvió a intentar y el fracaso lo convenció de su inutilidad; se enderezó y pensó en otra nueva estrategia: lo cogería por las axilas y se esforzaría en levantarlo; así fue, contaría hasta tres y lo impulsaría hacia arriba: uno, dos y treesssss…otra vez: uno, dos y treeessss…ota vez: uno, dos y tleeessss…ota ves: uno, dos y tleeessss…ota ves: uno, dos y tleeessss. Ni a la octava ni a la novena “ves”, a aquel hombre era imposible levantarlo, era levantar un cuerpo muerto y sin colaboración por su parte, el esfuerzo tan enorme reventaba a cualquiera y máxime al caminante que no estaba acostumbrado a trabajos forzados. Se distanció unos cuantos pasos como si al alejarse pudiera hallar alguna solución, se dio media vuelta y lo miró fijamente con cierta perspectiva; lo contempló y por un momento pensó en cejar en el intento, pero había llegado demasiado lejos, ciertos aspectos de su vida se habían puesto en entredicho y el terreno que había conquistado lo compensaba con creces porque sabía que como persona, como ser humano, había madurado y el volverse atrás sería un retroceso, un detrimento de aquel sano orgullo que como ser pensante antes nunca había experimentado. El caminante volvió junto al hombre, se quedó quieto y la velocidad despreciativa que desprendían los vehículos parecía flagelar la espalda de aquella figura sedente como si quisiera vapulearlo y expulsarlo de su terreno. El caminante sabía qué solución darle, de lo que sí estaba seguro era de que algo tenía que hacer y de repente se echa a correr como un loco y en su locura a grandes zancadas traga distancia, espacio y tiempo, se dirige a su hogar como fuente de soluciones, las encuentra y en un abrir y cerrar de ojos, es más, en un tris se halla en el día siguiente…El caminante se encuentra al comienzo de su recorrido, su paseo le parece diferente, lleno de intenciones; sus bolsillos van cargados de infinidad de pequeños artilugios, de golosinas, de insignificancias y esto simplemente para contentar a un desconocido; acorta el paso para reflexionar sobre lo que está haciendo y no sale de su asombro, no se conoce, antes nunca había hecho nada por nadie y si alguna vez lo había intentado era para sacar beneficio de la hipocresía de su acto; en su interior experimentaba una alegría infantil que se exteriorizaba en unos saltitos a la pata coja acompañados por un canturreo desconocido, lejano, uterino. Él también sabía cantar, hacía años que aquella cualidad la había dado por perdida y su propia naturaleza la había desdeñado por falta de uso o porque, en su vida, ya no necesitaba echar mano de la armonía y ahora, sin querer, “la voici”; con las manos en los bolsillos podía distinguir cada objeto que llevaba en ellos: desde el coche de juguete más diminuto a otro un poco más grande y ya con ruedas móviles, desde el caramelo ácido envuelto en un papel crujiente hasta la piruleta más plana de asidera de palo; la alegría de poder hacer algo por alguien había empujado a aquel hombre a arrasar con lo primero que se le presentaba al alcance de sus manos y de hecho su casa quedó barrida de “bibelots” y golosinas que, si bien en un principio carecían de significado, a la larga clarificaban mucho la personalidad de su dueño; en aquellos momentos a aquel hombre le importaba un pepino, un rábano, un pimiento o cualquier clase de hortaliza, un análisis minucioso de su personalidad. Se imaginaba la alegría, más la sorpresa que aquel hombre iba a tener ante la presencia de sus obsequios, él, que nunca había sido dado a manifestaciones de generosidad, pues se había creído que siempre había estado por encima de acciones dadivosas; por un momento pensó en un asno con sus alforjas llenas y por un momento también pensó en sí mismo con sus bolsillos llenos; se sonrió y no se enfadó por la similitud de la situación; su paso era lento como sería el de aquel supuesto animal que a duras penas mantiene el equilibrio para no inclinarse ni hacia un lado ni hacia otro. La ciudad, el campo y la velocidad de la vida moderna a la cual había pertenecido, todo lo que le rodeaba en aquellos momentos se convertía en un telón blanco y hacía resaltar aquel tumor oscuro que no sabía de dónde había surgido, pero que era una realidad tangible, la contradicción a una vida del bienestar y que ignora su otra cara, una cara más tétrica, pero más auténtica también. La escultura de carne sedente continuaba en la misma posición, con las manos cubriendo el rostro, plegado sobre sí mismo, en nada había cambiado con relación a la vez anterior. El caminante se aproximó sigilosamente, por respeto a la firme decisión que aquel hombre había tomado para consigo mismo y para hacer notar su presencia posó una de sus manos sobre la cabeza del desconocido y la movió desde la parte superior de la frente hacia la parte de atrás del cráneo, como si en esa zona frontal se albergaran los resentimientos y con su mano inconscientemente pudiera espantarlos y quedar libre de ellos; nada ocurrió, la masa tumoral no sufrió ningún cambio; el caminante permaneció frío, indiferente, habría que tomar otras medidas: sacó de su bolsillo un pequeño coche de ruedas móviles y empezó a ponerlo en movimiento dándole cuerda, éstas se dispararon dando vueltas y él comenzó a hacer ruido parecido al del motor de un coche cuando se pone en marcha: rrrrrrrrmmmmmm m m m…rrrrrrmmmmm m m m…rrrrrrmmmmm m m m…rrrrrrmmmmm m m m m m m…Al principio costó su trabajo, pero después…rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrmmmmmmmm. Pero no resultó. Al caminante le dio pena de que su idea no lograra el éxito deseado porque a él le servía de relajación en aquellas jornadas de trabajo intensivo y riguroso en las que se les exigía un rendimiento de superhombre y al llegar a casa, cogía su cochecito, le daba cuerda y en él metía los sinsabores y las sinrazones de su vida, se dejaba llevar por aquel sencillo mecanismo infantiloide dando tumbos y chocando contra figuritas sobre la superficie de una mesa; cuando la cuerda se agotaba y el cochecito quedaba exangüe, algo se extinguía en él y quedaba mirándolo fijamente, es decir, en el limbo. En parte tampoco le había preocupado mucho, al fin y al cabo había sido un primer intento y él estaba seguro de que tenía recursos suficientes para lograr de aquel hombre alguna respuesta; volvió a meter la mano en su bolsillo y sacó varias monedas, hizo un cuenco con ambas manos y las hizo tintinear acercándolas al oído del hombre: ninguna reacción. Ante el rechazo, había que intentarlo de nuevo, pero antes de proseguir, su mirada volvió a clavarse sobre la globalidad de aquel hombre ante aquella incógnita de una normalidad inusual; también dirigió la vista hacia el bastón que seguía echado en el suelo; el único pensamiento que le vino a la mente fue el de un enorme misterio de la condición humana y se preguntó si no debería dejar las cosas como estaban, es decir, dejar a aquel hombre con su actitud ante la vida y no interferir para nada en su decisión, pero el caminante había experimentado un cambio, un cambio que había valorado como muy positivo y muy necesario para enfocar su vida futura, por eso, él se sentía agradecido ante aquel cuerpo, ante aquel hombre, ante aquella persona; su presencia había causado turbación, la suficiente para despertar en el caminante humildad, la propia y aquélla hacia un semejante; guardó las monedas en el bolsillo y hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hirgó, hirgó, hirgó, hirgó, hirgó, higó, higó, higó, higó, higo, higo, higo y extrajo una piruleta en forma de higo, envuelta en papel de celofán, se la acercó al oído desenvolviéndola con el crujido suficiente del envoltorio para ver si de alguna manera se despertaba en él alguna reacción; también se la acercó por delante de la cara, más concretamente se la puso delante de sus narices aunque éstas estuvieran cubiertas por las manos, con la sana intención de que colaborara el olor a dulce desprendido por la piruleta, por la piroleta, por la peroleta, por la purileta, por la pirilata, por la pirilate, por la peralita, por la… por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén. Otro intento fracasado, ni se inmutó; estaba claro que los objetos, fueran de la clase que fuesen carecían de efectividad. Recapacitó ante el fracaso y se dio cuenta de que los recursos de los que había echado mano eran aquéllos a los que él estaba acostumbrado: la materialidad de las cosas; ¿era, de ese modo, como se comunicaba con sus semejantes? ¿no habría un medio más humano para transmitir emociones? Se entristeció y al mismo tiempo se alegró, como antes lo había hecho, de todos aquellos cambios que había experimentado, casi no se reconocía; se entristeció por no haberlo logrado con anterioridad, como si la transfiguración fuese un simple capricho de la voluntad y la experiencia le estaba demostrando que todo requería su tiempo y un silencio por parte de la propia naturaleza humana, una vez completados estos dos ciclos surge la autenticidad. Se había acostumbrado a mandar, pero las leyes naturales desconocen los imperativos y ahora había llegado el punto de rendir las armas y de entregarlas a una verdadera humanidad; cuando se dirigía a sus iguales o a sus subordinados empleaba palabras y frases arquetípicas, sin modulación, frías, calculadas para que provocaran el efecto requerido; aquella boca desprendía palabras que formaban conceptos dominantes provenientes de una parte del cerebro que aún no había evolucionado de su estado más primitivo; la garganta y el corazón estaban ausentes en la transmisión del entendimiento humano; y una vez más se dio cuenta de que el único modo para llegar a aquel hombre iba a ser la palabra, no la palabra como él la entendía, sino una palabra impulsada por aquella parte del cerebro depurada de cualquier clase de barbarismo y que supiera comunicar a ciertas partes del cuerpo, como la garganta y el corazón, la fraternidad humana. El caminante habría apostado media vida y habría dicho un “no” rotundo a todo lo que estaba pasando si alguien en un momento anterior le hubiese vaticinado la sucesión de hechos que estaba experimentando; después de estas reflexiones ya no despegaba su mirada de aquel bulto, de aquella forma humana que se negaba férreamente a ver el mundo, necesitaba estar a su misma altura, de pie como él estaba, la contemplación caía en picado, era una contemplación humillante, devastadora, la misma que había empleado en su despacho, sentado en aquel elevado sillón giratorio observando a sus trabajadores; se arrodilló con la intención de que su rostro estuviera a la misma altura que el de aquel desconocido y vio desde muy cerca que a través de las comisuras de sus dedos no se infiltraba luz a su interior, estaban tan firmemente agarrotados a aquel rostro que ninguna fuerza física los desprendería; ¿por qué aquel empeño en no querer ver la luz del día? ¿por qué aquel empeño en no querer ver el sol? ¿la desolación no necesita claridad para salir de ella? Nunca había visto tan de cerca unas manos embrutecidas por el trabajo, los dedos eran largos y anchos, ásperos, las venas y tendones se marcaban como si estuvieran en relieve y por un momento el caminante se preguntó, al estar tan próximo al desconocido, si podría haber una especie de telepatía, una transmisión de pensamientos entre ambos, un mismo pensamiento con una misma intención, pero sabía que iba a ser inútil cualquier otro intento, tenía la firmeza necesaria como para creer que sería la palabra la salida a aquel estado de postración, no sabría qué decirle, no se le ocurriría nada hermoso, tendría que concentrarse, tendría que apelar a todos los descubrimientos acaecidos los últimos días para que en un instante mente y cuerpo respondieran al unísono. Para el caminante, a  partir de ahora, todo iba a ser diferente, el mañana tendría que ver con el hoy en cuanto a tiempo cronológico, pero no en cuanto a significado; llevaba días sin pronunciar palabra y tenía miedo a decir incongruencias, pero la motivación que lo empujaba era lo suficientemente coherente para descartar cualquier temor. Carraspeó varias veces porque sentía que algo se agolpaba en su garganta, como si le impidiese respirar. El tumor tremó. ¿Por qué el desconocido había permanecido imperturbable ante el ruido del cochecito de juguete, de las monedas y del envoltorio de la piruleta y ahora se agitó por un simple carraspeo? La voz humana. En su mente algo se estaba organizando, en su garganta existía un picorcillo y su corazón bombeaba; se acercó al oído del desconocido susurrándole inconscientemente esta canción: “Und morgen wird die Sonne wieder scheinen” Y mañana de nuevo el sol brillará. Al oír este comienzo de la canción, el tumor dejó al descubierto su rostro, el caminante fijó su mirada en él y en los ojos azules del desconocido vio reflejado su futuro y en los de él el anciano vio reflejado su pasado, porque aquel rostro misterioso era el de un anciano, surcado por infinidad de arrugas a la espera de un mañana. Pasado y futuro unidos en un mismo punto concéntrico: el presente. “Und auf dem Wege, den ich gehen werde”, “Wird uns, die Glücklichen, sie wieder einen”, “inmitten dieser sonnenatmenden Erde” Y por los caminos que voy a recorrer, nos unirá a nosotros, afortunados mortales, en medio de esta tierra que respira su luz. Instintivamente los dos hombres se pusieron de pie, el anciano cogió su bastón y el caminante siguió cantando con voz un poco más alta aquella canción que no sabía de dónde provenía, como tampoco sabía el principio de aquel movimiento que se estaba originando: “Und zu dem Strand, dem weiten, wogenblauen”, “Werden wir still und langsam niedersteigen”, “Stumm werden wir uns in die Augen schauen”, “Und auf uns sinkt des Glückes stummes  Schweigen…” Y hacia la playa, la playa lejana de olas azules, bajaremos tranquilos a paso lento, mudos nos miraremos a los ojos, y el silencio de la felicidad nos envolverá. Ahora ya eran dos caminantes para un mismo recorrido, dos eslabones perdidos en busca de una cadena indefinida, una cadena compuesta por diminutos mundos independientes y solitarios. Y empezaron a caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar…………..

 Joyce DiDonato - Richard Strauss - Morgen              

                                               Morgen

                                                                  Lied de R. Strauss

Und morgen wird die Sonne wieder scheinen

Und auf dem Wege, den ich gehen werde,

Wird uns, die Glücklichen, sie wieder einen

Inmitten dieser sonnenatmenden Erde.

 

Und zu dem Strand, dem weiten, wogenblauen,

Werden wir still und langsam niedersteigen,

Stumm werden wir uns in die Augen schauen,

Und auf uns sinkt des Glückes stummes Schweigen…

 

Y mañana de nuevo el sol brillará,

y por los caminos que voy a recorrer,

nos unirá a nosotros, afortunados mortales,

en medio de esta tierra que respira su luz.

 

Y hacia la playa, la playa lejana de olas azules,

bajaremos tranquilos, a paso lento,

mudos, nos miraremos a los ojos

y el silencio de la felicidad no envolverá.

                                                                                                                                             

martes, 8 de julio de 2025

EL RECTÁNGULO DE LA NOCHE

                                                              

                                                                       S/T- B. TERRA

  

Lélio sabía que no podía permanecer en su habitación; aunque no estaba cerrada con llave, la sensación de estar en una celda le agobiaba y le oprimía hasta tal punto que su cuerpo y su mente se empequeñecían al pensar en el vertiginoso espacio de la noche. En la residencia de ancianos donde él vivía, todo el mundo solía irse a la cama temprano, unos por motivos de aburrimiento, otros porque el descanso horizontal era más placentero y completo; unos porque al sumergirse en el sueño olvidaban una existencia anodina, otros porque la vida diaria les era indiferente y huían hacia el silencio de sus habitaciones. En las noches estivales le era muy difícil conciliar el sueño, le parecía antinatural y una forma de malgastar el tiempo al no poder captar en toda su plenitud la riqueza de sonidos y de olores que contenía una noche de verano; era como manipular el sueño para engañar la percepción sensorial y privarla de su emotividad. En la residencia estaba prohibido, a partir de una cierta hora de la noche, salir y tener las ventanas abiertas; durante el resto del año Lélio acataba estas normas sin ninguna dificultad, pero llegado el verano le era imposible contenerse y permanecer enclaustrado entre aquellas cuatro paredes; había algo en el exterior, un reclamo, una supuesta voz que lo atraía; tal vez era la naturaleza que se hallaba en plena eclosión y él, como siempre había sido un hombre de campo, aún tendía a aquellos instintos primarios de libertad; esa estación la había considerado como la época de reconciliación entre el hombre y la naturaleza. Su habitación. Su habitación era individual y se encontraba en la planta baja; muchas veces le había rondado la idea de salir o bien por la puerta (opción que quedaba descartada ya que tendría que hacer demasiado ruido en la cerradura de la entrada principal y eso lo delataría) o bien saltando por la ventana de su cuarto y eso le parecía mucho más asequible y discreto a pesar de sus limitaciones físicas; tenía una edad en la que no podía permitirse el lujo de ciertos excesos tales como requería el intento de esparrancarse; el riesgo a quedarse atascado era evidente, pero él no lo consideraba un impedimento y deseaba que surgiese el impulso con todas sus fuerzas. Muchas veces había abierto la ventana y se había sentado frente a ella para captar aquel calorcillo que solamente el verano aportaba, no obstante, no estaba satisfecho ni convencido con aquel contacto frontal. Lélio sabía que la noche poseía un manto mágico y con él quería cubrirse, que su cuerpo endeble y frío se tonificase con la tibieza y el misterio que la oscuridad, fiel aliada de la estación, poseía; deseaba que su cuerpo recuperara la vitalidad de la que en algún tiempo había sido dueño y olvidarse de la artificiosidad con la que estaban hechos aquellos medicamentos que él tomaba y que lo único que le aportaban era una desorientación y  un repudio ante su ineficacia e inutilidad. Su cuerpo pertenecía a una naturaleza, a una naturaleza ya marchita, pero aparte de su naturaleza humana había otra que estaba llena de energía eléctrica, por llamarla de alguna manera, ésta emitía unas descargas y Lélio anhelaba que éstas convulsionaran todo su cuerpo. La ciudad en la que vivía se llamaba Leiloio; no era oriundo de allí, bien sabía que pertenecía a lo rural, al campo; el hecho de encontrarse en la gran urbe le era desconocido, probablemente alguien lo había desenraizado de sus orígenes creyendo que podría mejorar y, por desgracia, había caído en un grave error; él nunca culpaba a nadie, si de su mente se habían borrado muchas vivencias, el rencor también se había esfumado con ellas. Siempre en esta época del año sus sentimientos se agudizaban y todo lo negativo que pudiera albergar en su interior se convertía en ilusión positiva, viendo el mundo bajo el prisma de la buena fe del ser humano. Sentado en una silla frente a su ventana abierta o acostado en su cama, pasaba las noches de verano en un duermevela, echando una cabezada a veces, otras con los ojos abiertos de par en par, nunca durmiendo profundamente; para él esos meses y llegada la noche era como alcanzar un estado de alerta, sin saber cuál era el motivo; ¿sería la idea de huida? ¿sería la idea de abandonarse en un sueño profundo a merced del tiempo? No lo sabía, sin embargo, estaba seguro de que la respuesta la hallaría allí afuera. La residencia estaba rodeada por pequeños parterres con sus flores y césped, pero nunca llegando a formar un auténtico jardín; no había árboles ni fuentes, se diría que aquella vegetación para lo único que servía era para realzar el moderno edificio residencial; había otra vegetación abundante en el corazón de la ciudad de Leiloio y aquélla sí que era un verdadero parque; Lélio lo conocía porque había estado allí poco después de haber llegado a la ciudad: árboles infinitos y frondosos que se disparaban hacia el cielo, edificios más infinitos que los sobrepasaban creando un caparazón a su alrededor, flores que poco levantaban del suelo, pero que creaban una alfombra colorista, estanques con peces y patos que se deslizaban majestuosos con una impronta de indiferencia; aquello era lo más próximo a su lugar de origen, a su origen, a su origen, a su origen, a su origen, a son origen, a son origen, a son origen, à son origine, à son origine, à son origine, à sonorigine, à sonorigine, à sonorigine, à sonoringté, à sonoringté, à sonoringté, à sonorité, à sonorité, à sonorité…a sonoridad. Esperaba que de un momento a otro surgiera el impulso de ponerse en marcha y entonces no lo dudaría: sería una especie de escapada no definitiva, duraría unas cuantas horas y esto le permitiría comprobar que aún podía tomar ciertas decisiones personales que estaban muy por encima de las prohibiciones impuestas por los superiores que regían aquel establecimiento; le parecía como si hiciese alguna travesura que nunca se iba a descubrir; la oscuridad era su cómplice y ésta le daba cierta seguridad, sobre todo, en caso de que la torpeza le impidiese llevar a cabo su hazaña; ¡nunca se sabía lo que podría ocurrir con los impedimentos de una edad avanzada!. Con la luz apagada, su habitación albergaba la misma oscuridad que en el exterior; acercó una silla a la ventana y con mucho cuidado se subió a ella, le pareció que se mareaba a pesar de que la altura no era mucha y se apoyó en la ventana, a horcajadas se mantuvo erguido y levantó la pierna izquierda para ya estar fuera; respiró, le pareció una proeza haber superado aquel obstáculo; hacía años que no había acometido un esfuerzo semejante, sus energías ya no estaban para excesos; se recompuso y entornó con mucho sigilo la ventana, como señal de normalidad; con ayuda de su bastón se encaminó hacia aquel parque que él presentía que se hallaba en dirección norte, los primeros pasos fueron torpes; gracias a su apoyo, que le impedía tambalearse, logró cierta compostura en su marcha; se paró un momento y se sintió perdido y desorientado, se avergonzó porque aquella decisión suya de huir le había conducido a una situación infantil: la de un niño extraviado, sólo le faltaba sollozar y chillar para que alguien viniera en su ayuda; la madurez de la experiencia lo tranquilizó, recuperando al adulto y su serenidad en la toma de decisiones…Suspicion! Suspicion! Suspicion!...Sospecha. Ante él se presentaban tres calles, no sabía cuál tomar y lo echó al pinto, pinto gorgorito; le tocó la de la izquierda y sin más vacilaciones se adentró en ella. Era una calle bulliciosa por donde pululaban jóvenes, la mayoría de ellos en estado ebrio y a los que aún no lo estaban no les faltaba mucho para perder el sentido de la medida y despojarse del punto que conserva la cordura. Lélio se sintió desplazado, aquél no era su ambiente, era un intruso, deseó por un momento hacerse invisible y confió plenamente en la ceguera de toda aquella gente; nunca había pensado que el etílico del prójimo lo hiciera invisible. Se deslizó a duras penas entre toda aquella muchedumbre, a veces chocando con algunos jóvenes, pero nadie se alteraba, nadie pedía disculpas; de reojo miraba aquellos establecimientos como bocas del infierno ya que despedían un aire contaminado y los sonidos de la música que allí adentro se ponía eran ensordecedores. Se preguntó si cualquiera de las otras dos opciones no habría sido mejor, al menos más tranquila, porque las tres calles podían conducir perfectamente al parque, aunque también podía darse la casualidad de que las otras dos, como en la que estaba, hubiesen caído en desgracia; entonces lo mejor sería resignarse y seguir los dictámenes del pinto, pinto gorgorito. Para salir pronto de aquel trance, fijó la mirada al final de la calle e hipnotizado por el deseo de huir de aquel bullicio se dejó arrastrar por una atracción de vértigo hacia su supuesto objetivo; algo le decía que allí, al final, encontraría su parque. Fue como en volandas a pesar de una muy bien disimulada cojera, apenas perceptible; y era cierto, allí le estaba aguardando, era tal y como lo conservaba en la memoria. Se sonrió, su fiel seguridad no lo había defraudado: la frondosidad de aquellos árboles cubiertos por un manto de estrellas, una luna brillante trazada a compás y todos aquellos edificios que sobrepasaban en altura a la mismísima naturaleza. Lo embargó una repentina felicidad y buscó rápidamente un banco para sentarse, se encontraba fatigado aunque el esfuerzo no había sido enorme, fue sobre todo la distancia; su agotamiento estribaba en pensar en la proeza de saltar por la ventana y en el hecho de no haber perdido el equilibrio, podía haberse caído y el lío que se montaría, pero todo había salido a las mil maravillas. Tenía para elegir una gran variedad de bancos y escogió aquél desde donde divisaba la inmensidad del cielo nocturno, estaba al lado de un estanque y cubierto por el ramaje de un árbol; si bien nunca había estado allí sentado, el ambiente que le rodeaba le resultaba familiar; en algún momento de su vida había experimentado esa misma sensación, no lo recordaba; su mente no lo confirmaba, su cuerpo sí. Aquel calorcillo le proporcionaba una cobertura de paz y serenidad, hacía tiempo que no se sentía así; dentro de él reinaba una conformidad con el mundo circundante, aunque ya no se sintiese partícipe porque lo habían desplazado: no era un hombre activo, por lo tanto, no lo valoraban, no era productivo; además, cuando la gente le miraba, en sus rostros reflejaban cierta lástima por su indefensión, claro está muy bien disimulada; esto acrecentaba en él el temor a poder ser manipulado y de hecho así había sido y así lo era; la fragilidad que le había aportado su edad lo hacía el centro de las infamias que la astucia de algunos adultos requería para desahogar unos instintos reprimidos y que sólo se veían realizados sobre los indefensos, pero la edad también le había aportado cierta inocencia, una inocencia no extinguida por el paso del tiempo ni por su incorporación a la vida adulta, más bien estaba adormecida desde su infancia y había llegado el momento de despertarla; desde esta inocencia Lélio veía el mundo más selectivamente, sabía apartar las impurezas que se infiltraban en su vida y que nublaban los rayos de belleza que existían en las simplicidad de las almas que le rodeaban, no estaba dispuesto a participar en ningún juego, su edad le había otorgado el rango de la limpieza de espíritu, por eso, cuando se sentía oprimido, huía despavorido, despavorido, despavorido, despavorido, despavorido, des…pavo…rido, des…pavo…rido, des…pavo…rido, des…pavo…rido, des…pavo…rido, huía como un pavo ido. Se había alegrado de haber abandonado la residencia durante algunas horas, aunque le costase alguna reprimenda al día siguiente, la experiencia habría valido la pena. Su vida, por lo general, siempre transcurría entre cuatro paredes; le había sido difícil adaptarse a la residencia y aquella huida le parecía como un cúmulo de pesares que necesitaba desfogar, se sintió muy relajado por pensar así. Miró a su alrededor y la oscuridad de la noche, a pesar del cielo estrellado y su luna brillante trazada a compás, no dejaba captar con claridad todo su entorno; en los bancos de los alrededores se adivinaban siluetas de parejas jóvenes devorándose, lo tórrido de la situación subrayó la soledad de Lélio: miró hacia su derecha e izquierda y comprobó que se había sentado en el medio del banco, pero que nadie estaba a su lado, bajó la cabeza y con la inclinación de ésta, la resignación; estuvo cabizbajo durante algún tiempo y por su mente no muy lúcida pasaron imágenes alteradas de su vida pasada que enarbolaban la bandera de la pasión; sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no las exteriorizó, las tragó como había tragado los recuerdos que las habían provocado; pertenecían a un mundo pasado, en el mundo actual no tenían sentido y carecían de potencial emotivo. Volvió en sí y enjuició la situación con claridad: la juventud estaba hecha para lo tórrido, para la descomposición de los cuerpos ardientes; la vejez, su vejez, estaba hecha para la templanza, para una moderación que no había más remedio que aceptar. Se sonrió y admitió esta conformidad, miró hacia el cielo y vio que miles de estrellas le hacían guiños, la luna se exhibía en todo su esplendor y se sintió partícipe de aquella inmensidad; se contentó al comprobar que una simple contemplación le proporcionara tal alegría ¿por qué se conformaba con tan poca cosa y tan poca cosa le parecía un lujo, cuando lo que se entiende como tal nunca le había suministrado una satisfacción parecida? Se dio cuenta de que en su vida habían existido unos conceptos que lo habían empujado a obrar erróneamente y ahora, sin querer, había llegado el momento de  modificarlos; nunca era tarde si éstos le ayudaban a interpretar el mundo de una forma más armónica. Deseó que alguien estuviese a su lado para comunicarle el hallazgo, pero no había nadie, la luna, en tal caso, pero estaba tan distante que sería inútil, no lo oiría, ella sólo iluminaba, aunque le hubiese gustado que le cantara y las estrellas hiciesen coro, se quedaría profundamente dormido, entonces ese abandono de sí mismo lo pondría en contacto con un cosmos generoso en dadivosidad. Por unos instantes se quedó dormido y se despertó en sobresalto, aún no había llegado el momento del sueño tan deseado. Volvió a mirar a la luna temeroso de que hubiese desaparecido y se quedó con la boca abierta al constatar que había perdido su redondez y había adquirido la forma de un rectángulo, frotó los ojos para espantar una visión errónea, pero el rectángulo permanecía allí con la misma luminosidad; cerró la boca porque con ella abierta no solucionaba nada e inspeccionó el cielo…Surprise!...Surprise!...Surprise!...Había dos lunas: una redonda y una rectangular…Lélio no dudaba de que a veces desvariaba y aquello le pareció el súmmum del desvarío; tenía que asegurarse antes de admitir aquella visión como cierta: apartó la vista del cielo para borrar de la retina aquel espejismo, miró hacia el estanque y allí se reflejaba la luna redonda, la rectangular no aparecía por ningún lado; elevó la vista, esta vez gateando desde la base de un enorme edificio hasta su cima, siempre a lo largo de una oscura silueta que apenas se diferenciaba del negro de la noche y allí, en lo más alto, al mismo nivel que la sempiterna luna, se perfilaba el brillante rectángulo de una ventana; aquel edificio estaba sumido en sueños, nada sobresalía o llamaba la atención, era una hora avanzada y todo el mundo en él estaba entregado al descanso, excepto en la habitación que exteriorizaba aquella ventana. Lélio se tranquilizó al pensar que aquel espejismo tenía un razonamiento, una explicación coherente y se preguntó el porqué de aquel desvelo: ¿estaría alguien enfermo? ¿estarían sus moradores haciendo el amor? ¿tendría alguien miedo a la desorientación de la noche y necesitaba la luz para recuperarse de su extravío? ¿reclamaría algún bebé el calor humano de una madre y solicitaría su presencia para confirmar que no estaba solo en el nuevo mundo en el cual involuntariamente había aparecido? No importaban las razones, Lélio se daba cuenta de que, como él, había más gente que velaba, que mientras unos duermen hay otros que velan, que vigilan el sueño placentero de los demás y él sintió envidia porque le hubiese gustado que, cuando estuviera dormido, alguien lo cuidara y en un momento determinado lo pudiera despertar; en el fondo sentía pánico a quedarse sumergido en las profundidades del inconsciente y ser incapaz de salir a la superficie, pero allá, aún mucho más hondo, en ese lugar donde habita el instinto de cooperación de un ser humano para con otro de su misma especie, Lélio sabía que alguien desconocido le brindaría una mano. Esta reflexión le tranquilizó, paseó la mirada a su alrededor y se convenció de que no podía pedir más; fueron unos momentos de paz interior, volvió a mirar hacia aquel rectángulo en la noche y, para su sorpresa, vio la silueta del torso de una mujer con un niño en brazos: aquella luz tenía un motivo que era espantar las pesadillas de aquel pequeño igual que la luna espantaba las de los adultos. Le hubiera gustado verlos más de cerca ¡estaban tan distantes! Sus facciones eran imperceptibles, querría hacerlos familiares y no sabía cómo; lo que se le ocurrió de repente era darles unos nombres tanto a la mujer como al niño…no se le venía a la mente ninguno en concreto y creyó oportuno recurrir al suyo propio y trabajar con él: se llamaba Lélio, por lo tanto: Lélio, Lélio, Lélio, Lelo, Lelo, Lelo, Lélio, Lélio, Lélio, Leilo, Leilo, Leilo, Leoli, Leoli, Leoli, Lileo, Lileo, Lileo, Lolei, Lolei, Lolei, Liole, Liole, Liole, Leolo, Leolo, Leolo, Leo, Leo, Leo…Se quedaría con estos dos últimos: la mujer se llamaría Leo y el niño Léolo. Él se llamaba Lélio y todos vivían en la ciudad de Leiloio; aquello le pareció una idea fantástica que la consonante “l” y las tres vocales”e,o,i” pudieran significar tanto y unir también tanto. Le gustaba su nombre y que éste diese origen a aquéllos de sus nuevos amigos; se sentía también cómodo en su ciudad, nunca había reparado en su nombre hasta aquel entonces. En voz muy baja repitió tres veces: “Lélio con Leo y Léolo en la ciudad de Leiloio” “Lélio con Leo y Léolo en la ciudad de Leiloio” “Lélio con Leo y Léolo en la ciudad de Leiloio”. Yo=  Lélio, la mujer=Leo, el niño=Léolo, la ciudad=Leiloio. Miró hacia el rectángulo de luz y, como no queriéndolos llamar, susurró en voz muy baja: “Leooooo…Léoloooo…” y como respuesta a aquel susurro imperceptible, la mujer con el niño en brazos empezó a mecerlo y a cantar:

5 Lieder, Op. 41: No. 1, Wiegenlied (Version with Orchestra)

Träume, träume du, mein süsses Leben,

Von dem Himmel, der die Blumen bringt.

Blüten schimmern da, die beben

Von dem Lied, das deine Mutter singt.

 

Träume, träume, Knospe meiner Sorgen,

Von dem Tage da die Blume spross;

Von dem hellen Blütenmorgen,

Da dein Seelchen sich der Welt erschloss.

 

Träume, träume, Blüte meiner Liebe,

Von der stillen, von der heil’gen Nacht,

Da die Blume seiner Liebe

Diese Welt zum Himmel mir gemacht.

Cuando Leo terminó su canción advirtió que Léolo se había quedado dormido, en el cielo, y que Lélio también se había sumergido en su tan deseado y apacible sueño, en la tierra.

 

 

Sueña, sueña, dulce vida mía,

con el cielo que trae las flores.

Las corolas brillan allí, y se balancean

con la canción que canta tu madre.

 

Sueña, sueña, retoño de mis penas,

con el día en el que la flor brotó.

Con la florida clara mañana,

con el día en el que tu alma diminuta al mundo se abrió.

 

Sueña, sueña, flor de mi amor,

con la noche tranquila y bendita.

En la que la flor de su amor

convirtió para mí este mundo en paraíso.

                                       Wiegenlied

                                            R. Strauss          

jueves, 28 de noviembre de 2024

AMAS POR LA BELLEZA...


                                                           
                                                

S/T. Maxime Frairot

 


Los turistas empezaban a llegar a la catedral gótica; se les había citado en el exterior, más concretamente en la puerta principal de la gran fachada. Iban llegando poco a poco, sin prisas, en pequeños grupos, de cuatro en cuatro, de tres en tres, de dos en dos, de uno en uno, es decir, éstos últimos: solos. No había aceleración en ser puntuales porque inconscientemente sabían que lo que iban a visitar carecía de tiempo y esa atemporalidad se despertaba en ellos por medio de un magnetismo invisible que desprendían aquellas piedras que, colocadas con maestría, se elevaban hacia el cielo absorbiendo toda una energía cronológica y atmosférica. Se les podía observar desde distintos ángulos: desde la plaza que se extendía ante la fachada principal, se les veía que acudían hacia un punto de reunión, como esos colegiales que abandonan cualquier actividad física ante el sonido del timbre que marca el final de una tarea y se les exige una formación en grupo rápida, contundente; ahora bien, hay que aclarar que rapidez y contundencia no imperaban entre los turistas, más bien era lentitud; se diría que la subrayaban arrastrando suavemente los pies sobre la piedra de la plaza y en el momento en que elevaban sus cabezas para contemplar estupefactos la magnificencia de aquel edificio que, a través de los siglos, había abatido todos los estilos arquitectónicos posteriores. Sus cabezas se echaban hacia atrás, hasta el límite en el que la nuca no cedía más, parecían soportar sobre sus frentes la altura y ese enorme esfuerzo de cientos de hombres que colaboraron sufridamente a que la tierra estuviese un poco más cerca del cielo. Pasados esos instantes de “estupefakción” y de entumecimiento del cuello, los turistas volvían a su marcha más completos, mejor dicho, más cargados. Otro ángulo privilegiado era desde lo alto de una de las torres. Contemplados desde aquella altura sus características físicas se diluían en una perpendicularidad distante, convirtiéndose en diminutos puntos movibles hacia uno más estático. La panorámica de la plaza era asombrosa y completa, se les podía observar desde la lejanía como por las calles adyacentes confluir hacia su cita, una cita con un tiempo pasado. Si se extendía  la mirada hacia el horizonte, ésta se quedaba atrapada en un mare- magnum de edificios incontrolados que impedían atisbar la más mínima línea horizontal y no permitían contemplar los límites de la ciudad. Pero la catedral gótica tenía otras perspectivas, no era necesario mirar solamente hacia abajo o hacia el horizonte, también uno era libre de mirar hacia arriba y mirando hacia arriba uno se topaba con la infinitud del cielo. La modernidad se permitía el lujo de robar espacio al terreno y delimitarlo, podía cavar hasta las entrañas de la tierra y desde allí dispararse como un cohete en forma de moles de hormigón, pero siempre se llegaría a un punto de gravedad, a un punto en el que el muelle retornaría a su matriz para adquirir de nuevo su posición primigenia. La modernidad no se atreve a robar espacio al espacio, es buena conocedora de sus limitaciones, no se apoya sobre bases etéreas, sabe que sus fundamentos se encuentran en la materialidad de las cosas. Contemplada la catedral gótica desde un plano inferior y otro superior, queda un plano intermedio que es a través de las vidrieras. Al situarse delante del gran rosetón en el exterior observando cómo los turistas llegaban, se adquiría un vértigo para querer saltar e incorporarse a ellos; se diferenciaba su físico claramente, ya no eran sólo unos puntos, éstos poseían cierto colorido y había un movimiento procedente de unas extremidades, se diría que el punto, abstracción en la distancia, había derivado hacia un realismo plástico debido a una aproximación al objeto. Era agradable verles con su lentitud, portaban una parsimonia semejante a los preparativos de una ceremonia religiosa, y en el fondo lo que aquella visita iba a ser era la ceremonia de la contemplación de un tiempo puesta de manifiesto en unas piedras sabiamente ordenadas y labradas. Situarse detrás del gran rosetón en el interior sería otro capricho, un capricho lleno de colorido debido a la gran variedad de tonalidades de color que, mediante la luz que entraba por las vidrieras, desprendían éstas. Las vidrieras eran una de las atracciones de la catedral gótica ante el gris cenizo de la piedra. Los visitantes a veces se preguntaban cómo un edificio de pilares y de construcción tan robustos dejaba perforar en sus muros unas ventanas compuestas por la fragilidad de unos cristales de color, pero el secreto de la belleza radica en su espontaneidad, así los turistas podían ser vistos bajo múltiples colores, bajo múltiples puntos abstractos o reales. Y llegaban y llegaban y llegaban y llegaban dos y llegaban cuatro y llegaba uno y llegaban cinco y llegaban tres y llegaban seis y llegaba uno y llegaban y llegaban y llegaban. La catedral gótica era su punto de encuentro. Estaba situada en el corazón de la nación, estaba situada en el corazón de un continente llamado Europa; se alzaba orgullosa y se dejaba ver desde cualquier lugar a pesar de los enormes edificios que pululaban por la ciudad; mostraba su antigüedad y nobleza adquiridas por las luchas que la habían rodeado y por los acontecimientos y ceremonias que allí adentro habían tenido lugar; era la representación de un tiempo pasado y todos los ciudadanos se sentían orgullosos de haber nacido en esa ciudad porque así demostraban que no pertenecían a una generación espontánea sino que provenían de unas ancestrales que habían colaborado en su construcción; se abría al mundo como el corazón palpitante de un continente milenario rico en sabiduría y maestro en las bellas artes; sus torres eran las más altas de su estilo, hasta tal punto que casi rozaban las nubes y podían codearse con el vuelo de los pájaros y queriendo exagerar aún más con el de los aviones, ¡ ahí queda eso! El mundo representado por sus turistas la admiraba y de esta admiración siempre surgía una unión de hermandad que se echaba de menos una vez vueltos a sus respectivos países, pero en el recuerdo quedaba aquella cita, aquellos momentos compartidos con gentes de otros lugares que en un templo y a una hora sagrada cruzaron sus destinos. Los turistas ya casi estaban al completo, aunque siempre se esperaba la llegada de un rezagado que algún despiste había demorado. La guía aún no había aparecido, pero ellos eran conscientes de que la cita era allí: en la puerta principal de la gran fachada y había que esperar. Se miraban, pero no se hablaban, había temor a expresarse en un idioma ininteligible para aquél a quien el mensaje fuese dirigido; sólo hablaban entre ellos quienes se conocían con anterioridad, es decir, los que ya venían juntos; sin embargo, en el ambiente reinaban unas ansias de acercamiento e intimidad que, dadas las circunstancias, solamente las miradas inquisitivas podían saciar; se miraban unos a otros, se clavaba la vista en los rasgos del otro, en el color del pelo y de la tez con la ilusión de adivinar la procedencia, pero siempre quedaban dudas; en lo que sí había cierta lógica era en que los rubios provenían del norte y los morenos del sur; una vez escudriñados los orígenes, se aguardaba con impaciencia la llegada de la guía, sin ella había un sensación de rebaño abandonado, de no saber si aguardar o darse media vuelta…y de repente surge el milagro: voici le guide. En los rostros aflora una sonrisa de alivio, se exhalan suspiros que ponen fin a la espera; la guía derrocha encanto y amabilidad no solamente en el rostro, su cuerpo se mueve graciosillo y posee la prestancia de un cascabel, ella transmite sus cualidades y los turistas se sienten como corderillos saltarines y amorosos. Todo el mundo queda en silencio, ya que ella empieza a hablar, da instrucciones y proyecta la voz de forma que la oigan los componentes del grupo, que cada vez se hace más “compákato” para una mejor “kapatación” de las explicaciones. Se expresa en un idioma en el que todos la entienden; parece raro, pero es cierto; parece un milagro, pero es cierto y nada mejor que éste pues es el lugar idóneo para que ocurran tales proezas; pues sí, sí, parece un milagro, pero es cierto. La gente, a primera vista, creería que iba a darse una situación babélica, a crearse un batiburrillo donde todos se volverían medio locos por entender y por hacerse entender; pues no, porque ellos entienden perfectamente a la guía y el hacerse entender aún no ha llegado, pero puede que llegue. In short, it seems a miracle, but it is true. En resumen, parece un milagro, pero es cierto. La guía encabeza el grupo, abre la puerta y entra el rebaño y con él la luz exterior que por unos instantes proyecta el rectángulo de la puerta sobre el suelo empedrado; se cierra la puerta: adiós pérfido mundo, bienvenidos al mundo del frío y del silencio; tan pronto se adentran en el recinto sagrado los cuerpos de los turistas se ven sacudidos por un escalofrío, se reajustan sus prendas de abrigo y la oscuridad despierta su espiritualidad; aquel frío y aquella oscuridad secular retroceden a cualquier ser humano en el tiempo y le hacen sentir una aproximación cronológica hacia unos semejantes que vivieron en otra época y en los cuales, a pesar del abismo temporal en hábitos de vida y evolución del pensamiento, su esencia pasada y presente permanece “intákata”. El olor es también muy característico, es el de a antigüedad; el frío allí albergado y la oscuridad que todo lo cubre traspasan las piedras y madera y de ellas se desprende lo rancio del tiempo que se extiende por los lugares más recónditos de la catedral y sólo es suavizado por el tufo a cera que desprenden los cirios, y es cuando algo arde, también algo se purifica y en este caso es el ambiente. A ambos lados laterales de la nave central se alinean pequeñas capillas que se perfilan en la densa penumbra gracias a unas cuantas velas encendidas que al desprender su luz débil y parpadeante clarean lo negro y surge un gris en el contorno de los altares. Las candelas encendidas proporcionan un ambiente espacial, una especie de cielo estrellado al nivel del visitante que se acerca a ellas y clava su mirada en señal de respuesta a una pregunta misteriosa que no ha sido formulada; si quiere las puede apagar de un soplo, pero no se extinguirían porque representan agradecimientos, deseos cumplidos, pequeñas parcelas del alma humana sin las cuales ésta no sería tal. A los santos que habitan en estos altares los protege la penumbra, sólo están visibles para aquéllos cuyos ojos pueden atravesar la barrera de la incredulidad, impulsados por la fe; para los otros, para el resto, los santos forman parte del entorno, seres de yeso o madera en actitudes patéticas o conciliadoras; también hay mujeres arrodilladas que miran hacia lo alto en busca de una telepatía entre ellas y su santo de devoción, pero la espiritualidad no reside en estas imágenes, está en el frío, en esos escalofríos que sacuden los cuerpos. Los turistas están parados a la entrada, aún no se han puesto en marcha, cada vez se agrupan más, el brusco cambio de temperatura los une aparte de que la guía se dirige a ellos en un tono de voz más bajo para no molestar a aquéllos ajenos a la visita. El recinto, por su gravedad, incita al susurro, a un fraseo hilado que suavemente entra en el oído transmitiendo al cerebro una sensación de equilibrio ambiental que desecha cualquier atonalidad. Los turistas están muy próximos unos a otros porque la guía, en su idioma inteligible para todo el mundo, comienza a explicar los orígenes de la catedral, quiénes fueron sus constructores, el tiempo empleado and so on and on and on and on and on and on and on and on and on……. Todos prestan gran interés ante la información suministrada por ella, pero cuando el bombardeo de datos y de hechos acaecidos se extralimita, hay “cabecitas” que no pueden con tanto y entonces optan por evadirse hacia otros mundos donde impera la sencillez de los sentidos; mirándoles al rostro se diría que la mayoría estaban entregados en cuerpo y mente a la historia allí contada, había otros que estaban entregados en cuerpo, pero su mente andaba a su aire; unos pocos, los menos, estaban entregados en mente, pero su cuerpo andaba libre, andaba free, andaba libre, andaba frei, andaba libero, es decir, andaba de un “liber” muy subido y había dos seres que no estaban entregados ni en cuerpo ni en mente, sencillamente estaban…sencillamente estaban solos, estaban alone, estaban seuls, estaban allein, estaban soli; estaban solos, es decir estaban de un “solus” muy subido. Aquellas dos criaturas eran: un hombre solo y una mujer sola. ¿Cuáles serían sus nombres? ¿Por qué esa urgente curiosidad de saber la identidad de alguien que está solo? ¿Falta la compañía de alguna persona a su lado para dar un punto de referencia a la especie a la cual pertenece? ¿No hay especies de un único individuo? Ellos dos pertenecen a la especie universal, lo que ocurre es que se han refugiado en sí mismos. Él era alto, moreno y llevaba puesto…mejor dicho, envolvía su cuerpo en una gabardina amplia, muy amplia y larga, muy larga que hacía resaltar una delgadez exagerada e impulsaba su altura hacia un nivel que sobrepasaba la media de los allí reunidos. Ella era alta, rubia y llevaba puesto…mejor dicho, envolvía su cuerpo en una gabardina amplia, muy amplia y larga, muy larga que hacía resaltar su delgadez exagerada e impulsaba su altura hacia un nivel que sobrepasaba la media de los allí reunidos. Detalles y observaciones sueltos a destacar: las gabardinas eran oscuras, de un gris muy oscuro casi tirando a negro, el pelo de él era muy, muy corto y el de ella era una media melena rubia. Orígenes: por el color de la tez y rasgos se diría que él provenía del sur y ella del norte. El sur: sol, claridad, calidez, alegría; el norte: escasez de sol, oscuridad, frialdad, tristeza. Dentro del grupo se situaban en lados opuestos y a veces donde cuadraba, no se conocían, pero presentían que algo en el ambiente había sacudido su soledad, tal vez aquel frío que poseía cualidades para atravesar cualquier cuerpo; de hecho, ellos dos, inconscientemente fueron los primeros en ajustarse sus prendas. Estaba visto que el frío y el silencio que se extendían por las capas superiores del templo habían contribuido a una manifestación externa de “leur solitude”, hacia una manifestación externa de “l’homme solitude” y de “la femme solitude”. El grupo marchaba lentamente, las cabezas no daban abasto en sus giros de derecha a izquierda y de arriba abajo, tan pronto se encontraban contemplando una bóveda como de repente a su derecha aparecía una tumba de un personaje destacado enterrado allí. Los cuellos ya no podían más, las vértebras cervicales, haciendo gala de amor al arte, resistían pacientemente y no acusaban fatiga alguna. “L’homme solitude” y “la femme solitude” se dejaban llevar, prestaban atención a las indicaciones de la guía, pero era una atención sin interés, desganada, anémica; en aquel dejarse arrastrar había una especie de flotación involuntaria que conducía a la dejadez, hacia un cruce de destinos que ellos ignoraban y que pronto se produciría. Los turistas proseguían haciendo de vez en cuando comentarios entre ellos siempre en voz baja, sobre todo cuando se trataba de algún caso anecdótico originado por la sorpresa. Llegaron a una zona apartada donde había varias tumbas a ras de suelo cubiertas con sus lápidas y sus respectivas inscripciones, el grupo se diseminó un poco para ver y descifrar unas letras jeroglíficas; a no ser por la ayuda de la guía y la buena voluntad de cada uno, aquello era ininteligible; todos creyeron en lo que ella les decía, pero la voluntad mantenía una interrogante no cerrando la puerta ante la duda; una vez que todo el mundo cejó en el empeño de la lectura, la guía les invitó a pisar sobre la tumbas ya que la piedra que las cubría, a no ser por las inscripciones, pertenecía más al suelo empedrado de la catedral que a un auténtico reposo eterno; como niños ante el cese de una prohibición, no dudaron en caminar sobre ellas creyendo experimentar alguna sensación nueva, algo que proviniera de aquella fosa hermética, que les sirviera de acontecimiento insólito para contar en su vida rutinaria; todos pisaron por encima agudizando las sensaciones a lo que podía acontecer, no aconteció nada; una vez superada la tentación, nadie comentó que hubiese percibido una vibración que se apartase de lo normal; el noventa y ocho por ciento de los turistas no estaban hechos para vibrar; la cotidianidad había moldeado sus mentes hasta tal punto que sus experiencias sensoriales no sobrepasaban la barrera de lo habitual, de lo anodino, del vivir por vivir. Aquello que había podido llegar a cotas de experimentación sensorial sobrehumanas se había quedado en agua de borrajas ¡¡¡aaajjj!!!. Como ha quedado claro el noventa y ocho por ciento no se había enterado de nada. Rien de rien. Na de na. Pero había un dos por ciento, “dos aguilillas” que se había enterado de todo, experimentado todo; abierta la veda, a la guía le fue imposible controlar los impulsos de los guiados a pisar, hubo que aguadar unos momentos para que se despejase la zona y el interés trasvasado a otro lugar. Aquel hombre solo y aquella mujer sola, aunque se habían adivinado, todavía no se habían encontrado frente a frente, cada uno sobre una tumba diferente, con los pies muy fijos sobre las lápidas, se cruzaron las miradas, se clavaron con la mirada y se traspasaron con la mirada; la mirada se había convertido en el testigo fiel y mudo de aquel encuentro; desde aquel reposo eterno sellado por los siglos, desde aquel silencio conservado intacto, desde aquella soledad de  muerte y desde aquel frío que la tierra mima para la germinación, aquellos dos cuerpos lejanos, apartados por una enorme distancia, existentes en un espacio distinto y convergentes en un mismo punto tremaron. El mundo propio de cada uno se desplomó y de aquella mirada punzante advirtieron que emergía uno nuevo para los dos. No se dijeron nada, nada había que decirse porque la palabra se había expresado en la mirada, tampoco se aproximaron uno a otro porque los mundos deben contemplarse a cierta distancia. Sus compañeros de visita ya se habían reagrupado para proseguir y los aguardaban sin prisa como haciendo un receso en la sucesión de descubrimientos históricos y artísticos pasados y de aquellos otros futuros que se avecinaban. Se incorporaron al grupo por separado, pero entretejidos por un fino hilo invisible y elástico que mantenía sus presencias accesibles ante el temor a una soledad molesta. El grupo emprendió la marcha encabezada por la guía, ésta seguía gesticulando y hablando en su idioma inteligible para todos, pasaron al coro y admiraron la sillería por su belleza y estado de conservación, algunos tomaron asiento para descansar, otros para comprobar si desde aquellos acomodos el mundo se veía de distinta manera llegando a la conclusión de que éste se hacía más duro. La guía seguía embalada: parole, parole, parole, parole, parole, parole hasta que exhaló las últimas palabras e hizo la promesa callada y solemne de que por un momento ella había cumplido con la historia. Enmudeció. Se tomó un respiro y dejó a los turistas a su libre albedrío pasear y contemplar el coro; sobre éste se elevaba un órgano disparando sus tubos hacia las alturas infinitas de la catedral; algunos se dieron cuenta de que eran los pulmones que exhalaban el aliento sagrado de plegarias y oraciones que allí tenían lugar; diez de entre ellos tocados por el frío espiritual empezaron a canturrear; cualquiera diría que de repente se había adueñado de ellos una locura o embrujo; pues no, la penumbra ambiental y la impregnación que poseía la madera tallada del coro por tantos siglos de cánticos impulsaban a las almas sensibles a cantar. Como el vuelo de un pájaro en un lugar cerrado se extendió el primer susurro: “Liebst du um Schönheit, o nicht mich liebe” Amas por la belleza, entonces no me ames. Esta primera frase lanzada al vacío resonó contra las carnes de los allí presentes y se quedaron helados, pero “l’homme solitude” y “la femme solitude” sintieron que se les rasgaban sus carnes y que un desmedido calor fundía sus cuerpos en uno, se miraron cada uno desde donde se encontraban y asintieron. Siguió un segundo susurro: “Liebe die Sonne, sie trägt ein goldnes Haar” Ama al sol por sus cabellos dorados; cuando ella oyó esto último llevó la mano hacia su pelo y lo acarició, lo puso en orden y advirtió que se sentía hermosa ya que nunca había observado que su media melena rubia pudiera compararse con los cabellos dorados del sol. La guía, al ver que la situación se empezaba a desfasar llamó al orden y volvió a tener reunidos a todos los turistas a su alrededor, como si fueran una familia bien avenida; Había que convencerse de que ya no lo eran; de entre ellos había surgido una pareja y, por supuesto, un coro. Los destinos de ambos eran incontrolados, impredecibles; si se dice que el amor es un pájaro rebelde que nadie puede amaestrar y que la música es la vibración del universo ¿qué se podría esperar? Una explosión: ¡¡¡bbbooommm!!!. Por mucho que se esforzase la guía, el grupo ya no era el mismo, habían surgido disidentes; no obstante, la marcha proseguía y en aquel momento todos elevaron la mirada hacia las vidrieras; habían llegado a un punto en que las divisaban al completo; el contraste entre penumbra y luz era demoledor. La catedral, por ley natural, poseía y albergaba a perpetuidad aquella penumbra que había adquirido con el tiempo, nadie ni nada podían usurpársela; el frío allí conservado gozaba de los mismos derechos ¿por qué aquella luz intensa tamizada por el color del cristal irrumpía en el oscuro sosiego de aquella morada sagrada? La belleza allí no tenía parangón: haces de luz atravesaban las naves y la admiración de los contempladores, el pasmo ante lo insólito, ante una especie de belleza que se apartaba de los cánones de lo cotidiano, hacía pensar que aquel fenómeno de contrastes poseía una espiritualidad que sólo y exclusivamente se daba entre aquellas piedras. Si bien esa penumbra representaba la noche oscura del alma, aquella luz proveniente de las alturas aportaba claridad a esa noche que ya no sería tan oscura desde entonces. Aquellos turistas llegados de todos los confines de aquel continente, sin querer, habían descubierto la belleza espiritual; en su interior sintieron como una renovación de algo indefinible y aquel día reconocieron que eran mucho mejores que el día anterior, es decir, que la víspera, es decir, que antes. En aquel punto permanecieron un buen rato tratando de grabar en la memoria todo el arco iris de colores, figuras, animales y vegetación que se dejaban transparentar con el paso de la luz; sería inútil expresarlo con palabras o gestos, hay sensaciones que no bastan con los propios sentidos aguzados a tope, hay que implicar a todo el mundo. No hubo respuesta verbal por parte de nadie a excepción del coro que susurró: “Liebst du um Jungend, o nicht mich liebe!” Amas por la juventud, entonces ¡no me ames!. El hombre y la mujer, la pareja, tremaron; se sintieron heridos en su juventud, dudaron por un momento si aquella muda atracción correspondía solamente a su edad, pero pronto cayeron en la cuenta de que el tiempo era un elemento más de aquel incipiente amor; la fuerza que trataba de unirlos se basaba en una soledad secular que arrastraba cada uno individualmente como un lastre de sus antepasados y al llegar a aquel lugar eclosionó; en su silencio tanto el hombre como la mujer reflexionaron en el hecho de que, hasta que sus miradas no se cruzaran, se creían portadores de una carga innata a una especie y que mientras no se encontraran con otro congénere para compartirla, cada uno tendría que soportarla con resignación; ellos parecían los elegidos para ayudarse recíprocamente a portar la suya propia. No se vieron, pero exhalaron un soplo de vida que el frío heló uniendo a los dos. Después de haber contemplado aquel despliegue de luz y de la exaltación de ánimos ante tanta belleza, las almas se sosegaron y encontraron su paz en unas plegarias que provenían de una capilla lateral; el grupo permanecía inmóvil y  no parecía tener ganas de proseguir su marcha, se sentía paralizado; prestaron oídos para intentar descifrar aquel idioma que no era el mismo que la guía empleaba para dirigirse a ellos, les era ininteligible y, sin embargo, había palabras que conservaban cierta similitud con el que ellos hablaban; conclusión: la catedral hablaba también, tenía su  propio lenguaje, muy personal, eso sí, el propio de sus comienzos y que apenas había evolucionado, pese a la gran afluencia de visitantes que allí entraban. La guía dio unas ligeras palmaditas para movilizar al grupo y agilizarlo de su parálisis; no se movían, habían llegado a un punto de desorientación; las palabras habían hecho mella en sus mentes; pasado y presente se entrelazaban, había algo de extraño en la comunicación oral que les dejaba levitando en un espacio atemporal. Al comprobar el estado de alelamiento en el que habían entrado, la guía dio otra vez unas palmaditas, éstas un poco más estruendosas para ver si salían de su letargo…no había manera; descartó las palmaditas y decidió entregarse de lleno a un zapateado: tacatacatacatacatááá…tacatacatacatacatááá…otra vez: tacatacatacatacatacatacatacatacatacatááááááááá´…otra vez: tacatacatacatacatacatacatacatacatacatacáááááááááááááááááááááááááááááááá…; al fin había conseguido que esa “a” larga los hiciese volver en sí. Era consciente de que el “tacataca” no había servido para nada, el secreto se encontraba en la “a” larga. Se reprochó el haber recurrido a semejante artimaña, tal vez su comportamiento no había sido el más adecuado para tan sagrado lugar, pero hay momentos en que la razón se ve cubierta por una ceguera que impide analizar los acontecimientos con la suficiente claridad, ¡quién no ha perdido alguna vez los papeles!. El coro susurró: “Liebe den Frühling der jung ist jedes Jahr!” Ama a la primavera que rejuvenece cada año. Al oír el verbo rejuvenecer, todos los turistas se pusieron en marcha, la primavera les había dado energías para continuar. La pareja que se hallaba un poco distante, sin querer, se aproximó y se unió al cortejo, casi caminaban uno junto a otro. Se acercaban al altar mayor poco a poco, poco a poco, poco a poco, peco a pocu, peco a pocu, peco a pocu, peu a pocu, peu a pocu, peu a pocu, peu à peu, peu à peu, peu à peu…y llegaron. El altar mayor se ofrecía ante sus ojos imponente, era una labor encomiable lo que allí había llevado a cabo el artista: se representaba un juicio final y la guía con todo el esmero del mundo se explayaba a sus anchas dando detalles de cómo el artista había hecho tal o cual figura relevante y lo que cada una de sus secuencias mostraba con relación al conjunto en general; después de tan detallada explicación y de haber entendido por completo su significado, sus almas se encogieron y en sus oídos retumbaba un sonido acusador de trompetas, era como si fuesen llamados a asistir a un juicio parecido e instintivamente se reagruparon para sentirse más protegidos. “L’homme solitude” y “la femme solitude” habían llegado a un punto de contigüidad, no se tocaban, los separaba un centímetro, aquella distancia era abismal, equivalía a la distancia que cada uno había recorrido desde su origen hasta aquel lugar, estaban a punto de rozarse, pero aún no había llegado el momento; se miraron y se defendieron de la amenaza de aquellas trompetas, su proximidad los protegía ante cualquier peligro y contemplaron el retablo como obra de arte libre de cualquier otro significado. Un grupo de estudiantes pululaba por allí también, atentos a las explicaciones que les daba un profesor; en sus rostros se adivinaba una ausencia mental absoluta, su presencia representaba el significado de una obligación, nada más; el interés se manifestaba en el empeño del profesor con sus explicaciones, pero éstas caían en saco roto y ellos por respeto o por miedo ante una reprimenda, no se atrevían a comunicarle que todo aquello les resbalaba y arrastraban los pies que soportaban un cuerpo cargado de una indiferencia e ignorancia absolutas. El coro se recuperó después de tan patética y apocalíptica visión y susurró: “Liebst du um Schätze, o nicht mich liebe!” Amas por tesoros, entonces no me ames. Aquel hombre y aquella mujer juguetearon con sus dedos y se tocaron, buscaban tesoros entre ellos y no los hallaron, sus dedos estaban libres de anillos o de ataduras que eran lo que podían significar; las gabardinas que cubrían sus cuerpos habían perdido ese aspecto hermético y ligeramente desabrochadas caían en perpendicular de lo alto a lo bajo de sus cuerpos dándoles un aire a dos columnas semejantes a las de la catedral; sintieron frío y tremaron, se miraron y descubrieron que “los tesoros estaban en el destello de sus ojos”…¡cursi, muy cursi! Desde el altar mayor se percibía una panorámica completa de la catedral: su altura, sus vidrieras, sus naves tan espaciosas, todo un mundo se conservaba intacto allí, un mundo ancestral completamente diferente al de donde ellos provenían; se recrearon en aquella contemplación y cada uno de los miembros de aquel grupo se apartó unos pasos de su compañero de visita, había que aislarse, refugiarse en sí mismo y reflexionar; había que comparar el mundo propio con el que allí se ofrecía y la conclusión era que nada tenía que ver uno con otro; se diría que eran opuestos; todos eran conscientes de que no podían abandonar el mundo al que pertenecían porque era abandonar su yo presente, su realidad, su justificante de existencia, y sin embargo, en el fondo anhelaban una parte de aquél en el que estaban, sobre todo, aquel frío que tan hondamente les había calado; aquel frío poseía esa espiritualidad que muchos de ellos nunca habían experimentado, algo nuevo que les hacía ver las cosas desde otra perspectiva y creaba una armonía entre el mundo externo y el propio, y todos tuvieron esa misma sensación, aunque sin confesarlo, porque sentían esa vergüenza adulta a exteriorizar los impulsos del alma. Era ridícula su actitud: se lanzaban miradas esquivas y cada uno se despistaba con un movimiento de cabeza tendente a la indiferencia, miraban para todos lados porque sabían que si fijaban sus ojos en los de cualquier compañero descubrirían sus secretos y se desnudarían ante un desconocido; se encontraban perdidos ante aquella nueva faceta y al mismo tiempo orgullosos de comprobar que eran receptivos ante los caprichos misteriosos de la existencia. De la pareja se diría que existía en un plano vegetativo, o sea, vegetaba porque tanto él como ella estaban en Babia, en Babia, en Babia, en Babia, en Babio, en Babio, en Babio, en Babio, en Bobio, en Bobio, en Bobio, en Bobio, en Bobo, en Bobo, e Bobo n, e Bobo n, e Bobo n, e Bobo n, e Bobos, Bobos, Bobos, Bobos, Bobos, en dos palabras: ¡estaban bobos! Y el coro al unísono susurró: “Liebe der Meerfrau, sie hat viel Perlen klar!” Ama a la sirena con sus muchas perlas luminosas. Todos salieron de su reflexión, todos miraron hacia atrás sin saber el motivo viéndose reflejados en un espejo imaginario, no se reconocieron en él, aunque su yo físico era el mismo, su yo interno había cambiado, su yo=hoy, era distinto de su yo=ayer. Sobre el ara del altar y sin tocar la superficie, flotaba la figura de un hombre con los brazos extendidos en forma de cruz; penetrando en su contemplación se percibía el origen del material al cual había recurrido el artista para tallar aquella imagen: sencillamente habían sido dos maderas, dos pequeños troncos, troncos procedentes de unos árboles, tal vez crecidos en un bosque y muy enraizados en la tierra; en las profundidades del subsuelo yacía el origen primario de aquel material que gracias a un don de un artista desconocido había sabiamente esculpido aquella figura: cabeza, cuerpo y extremidades inferiores eran de una misma pieza: un tronco; una rigidez grisácea era la nota predominante de aquel cuerpo o intento de cuerpo; pequeñas incisiones y angulosidades se adentraban en la madera para diferenciar las partes corpóreas de aquel “hombre palo”; de su rostro sobresalían unos enormes ojos almendrados como si quisiesen hipnotizar al mundo; en su cuerpo se insinuaban unas costillas y una pequeña hendidura en el costado derecho; las piernas y pies se dejaban caer llevados por unos dedos desproporcionados y tirantes atraídos por el peso de una perpendicularidad para mantener la rigidez y cierto toque de hieratismo; de las extremidades superiores, se disparaban dos brazos de un tronco con la clara intención de sobrepasar los límites de la cruz a la cual toda la figura estaba sujeta. Huidos de aquel juicio final la vista se posaba obligatoriamente sobre aquel “hombre palo” y surgían unas interrogantes en cuyo interior reinaba el vacío; no había palabras para rellenar aquel hueco. Se miran intentando averiguar en el rostro ajeno alguna interpretación a aquella figura y, al no hallar respuesta para esa supuesta pregunta, se encogen de hombros y ante esta contracción automáticamente sus brazos se van elevando adquiriendo forma de cruz; se vuelven a mirar ante la reacción asombrosa que ha tomado su cuerpo y acto seguido clavan sus ojos en el “hombre palo”. Él está clavado. No habla. No emite palabras. Su mirada hipnotiza al mundo. ¿Por qué ellos están con los brazos extendidos en forma de cruz? Todos han sido empujados por una mano oculta a un cruce de caminos, han portado una cruz invisible a lo largo del tiempo y ahora se han manifestado en la extensión de sus brazos; procedentes de diferentes lugares de aquel continente han cruzado sus destinos allí; debajo de sus pies también existe una gran cruz: la planta de la catedral aún conserva cierto trazado primitivo y todos se encuentran ante aquel “hombre-palo-cruz” ante aquel “ser-materia-forma”. “L’homme solitude” y “la femme solitude”, de repente, y sin querer porque los impulsos humanos desechan los razonamientos, se encontraron frente a frente ante el “hombre palo” con los brazos en forma de cruz como él. Ellos una vez que lo hubieron contemplado y fijado sus ojos en los de él, deslizaron la mirada hacia su costado derecho y movidos por un resorte se dieron media vuelta y se situaron uno frente a otro, con sus brazos en cruz, se aproximaron paso a paso clavándose la mirada, atravesándose el costado con el deseo, saciando su sed de soledad, temblando ante el frío espiritual y sus brazos perdieron rigidez moldeándose para dar un abrazo eterno. Se abrazaron. Comprobaron que encajaban y reconocieron que eran dos piezas de un rompecabezas de un universo infinito, dos palos flotando en un espacio que por una fuerza desconocida se habían cruzado en un camino solitario procedente de la nada y que conducía hacia la nada. Escudriñaron sus respectivos rostros para aprenderse de memoria, para no olvidarse, para amarse en la distancia y al pensar en ésta se besaron y no se dijeron nada, pero el beso contenía palabras de amor y exclamó: “Liebst du um Liebe, o ja mich liebe!” “Liebe mich immer, dich lieb’ ich immer, immerdar!” Amas por amor, entonces ¡ámame! Ámame siempre, pues yo te amaré por toda la eternidad. Había terminado la visita, el destino había cumplido su capricho y con el mismo interés que había promovido aquel encuentro, con el mismo interés lo había desconvocado. Los turistas sabían que había llegado la hora de regresar a sus países de origen; se despidieron de la guía y a continuación cada uno hizo una sinopsis de lo que había vivido: para el recuerdo la catedral y todo su potencial interno, el encuentro con aquellas otras gentes procedentes de aquel continente llamado Europa; para la vista, gusto, olfato y tacto el abrazo y el beso de “l’homme solitude” y de “la femme solitude” y para el oído el susurro del coro. La pareja se dio la mano y se dirigió hasta la salida de la catedral seguida por sus compañeros de visita, una vez en la puerta ambos se despidieron levantando los brazos en forma de cruz y susurrando:

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Liebst du um Schönheit, o nicht mich liebe!

Liebe die Sonne, sie trägt ein goldnes Haar!

Liebst du um Jugend, o nicht mich liebe!

Liebe den Frühling, der jung ist jedes Jahr!

Liebst du um Schätze, o nicht mich liebe!

Liebe der Meerfrau, sie hat viel Perlen klar!

Liebst du um Liebe, o ja mich liebe!

Liebe mich immer, dich lieb’ ich immer, immerdar!

 

Amas por la belleza, entonces ¡no me ames!

Ama al sol con sus cabellos dorados.

Amas por la juventud, entonces ¡no me ames!

Ama a la primavera que rejuvenece cada año.

Amas por tesoros, entonces ¡no me ames!

Ama a la sirena con sus muchas perlas luminosas.

Amas por amor, entonces ¡ámame!

Ámame siempre, pues yo te amaré por toda la eternidad.

 

                               Liebst du um Schönheit

                               Friedrich Rückert-G. Mahler.