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jueves, 28 de noviembre de 2024

AMAS POR LA BELLEZA...


                                                           
                                                

S/T. Maxime Frairot

 


Los turistas empezaban a llegar a la catedral gótica; se les había citado en el exterior, más concretamente en la puerta principal de la gran fachada. Iban llegando poco a poco, sin prisas, en pequeños grupos, de cuatro en cuatro, de tres en tres, de dos en dos, de uno en uno, es decir, éstos últimos: solos. No había aceleración en ser puntuales porque inconscientemente sabían que lo que iban a visitar carecía de tiempo y esa atemporalidad se despertaba en ellos por medio de un magnetismo invisible que desprendían aquellas piedras que, colocadas con maestría, se elevaban hacia el cielo absorbiendo toda una energía cronológica y atmosférica. Se les podía observar desde distintos ángulos: desde la plaza que se extendía ante la fachada principal, se les veía que acudían hacia un punto de reunión, como esos colegiales que abandonan cualquier actividad física ante el sonido del timbre que marca el final de una tarea y se les exige una formación en grupo rápida, contundente; ahora bien, hay que aclarar que rapidez y contundencia no imperaban entre los turistas, más bien era lentitud; se diría que la subrayaban arrastrando suavemente los pies sobre la piedra de la plaza y en el momento en que elevaban sus cabezas para contemplar estupefactos la magnificencia de aquel edificio que, a través de los siglos, había abatido todos los estilos arquitectónicos posteriores. Sus cabezas se echaban hacia atrás, hasta el límite en el que la nuca no cedía más, parecían soportar sobre sus frentes la altura y ese enorme esfuerzo de cientos de hombres que colaboraron sufridamente a que la tierra estuviese un poco más cerca del cielo. Pasados esos instantes de “estupefakción” y de entumecimiento del cuello, los turistas volvían a su marcha más completos, mejor dicho, más cargados. Otro ángulo privilegiado era desde lo alto de una de las torres. Contemplados desde aquella altura sus características físicas se diluían en una perpendicularidad distante, convirtiéndose en diminutos puntos movibles hacia uno más estático. La panorámica de la plaza era asombrosa y completa, se les podía observar desde la lejanía como por las calles adyacentes confluir hacia su cita, una cita con un tiempo pasado. Si se extendía  la mirada hacia el horizonte, ésta se quedaba atrapada en un mare- magnum de edificios incontrolados que impedían atisbar la más mínima línea horizontal y no permitían contemplar los límites de la ciudad. Pero la catedral gótica tenía otras perspectivas, no era necesario mirar solamente hacia abajo o hacia el horizonte, también uno era libre de mirar hacia arriba y mirando hacia arriba uno se topaba con la infinitud del cielo. La modernidad se permitía el lujo de robar espacio al terreno y delimitarlo, podía cavar hasta las entrañas de la tierra y desde allí dispararse como un cohete en forma de moles de hormigón, pero siempre se llegaría a un punto de gravedad, a un punto en el que el muelle retornaría a su matriz para adquirir de nuevo su posición primigenia. La modernidad no se atreve a robar espacio al espacio, es buena conocedora de sus limitaciones, no se apoya sobre bases etéreas, sabe que sus fundamentos se encuentran en la materialidad de las cosas. Contemplada la catedral gótica desde un plano inferior y otro superior, queda un plano intermedio que es a través de las vidrieras. Al situarse delante del gran rosetón en el exterior observando cómo los turistas llegaban, se adquiría un vértigo para querer saltar e incorporarse a ellos; se diferenciaba su físico claramente, ya no eran sólo unos puntos, éstos poseían cierto colorido y había un movimiento procedente de unas extremidades, se diría que el punto, abstracción en la distancia, había derivado hacia un realismo plástico debido a una aproximación al objeto. Era agradable verles con su lentitud, portaban una parsimonia semejante a los preparativos de una ceremonia religiosa, y en el fondo lo que aquella visita iba a ser era la ceremonia de la contemplación de un tiempo puesta de manifiesto en unas piedras sabiamente ordenadas y labradas. Situarse detrás del gran rosetón en el interior sería otro capricho, un capricho lleno de colorido debido a la gran variedad de tonalidades de color que, mediante la luz que entraba por las vidrieras, desprendían éstas. Las vidrieras eran una de las atracciones de la catedral gótica ante el gris cenizo de la piedra. Los visitantes a veces se preguntaban cómo un edificio de pilares y de construcción tan robustos dejaba perforar en sus muros unas ventanas compuestas por la fragilidad de unos cristales de color, pero el secreto de la belleza radica en su espontaneidad, así los turistas podían ser vistos bajo múltiples colores, bajo múltiples puntos abstractos o reales. Y llegaban y llegaban y llegaban y llegaban dos y llegaban cuatro y llegaba uno y llegaban cinco y llegaban tres y llegaban seis y llegaba uno y llegaban y llegaban y llegaban. La catedral gótica era su punto de encuentro. Estaba situada en el corazón de la nación, estaba situada en el corazón de un continente llamado Europa; se alzaba orgullosa y se dejaba ver desde cualquier lugar a pesar de los enormes edificios que pululaban por la ciudad; mostraba su antigüedad y nobleza adquiridas por las luchas que la habían rodeado y por los acontecimientos y ceremonias que allí adentro habían tenido lugar; era la representación de un tiempo pasado y todos los ciudadanos se sentían orgullosos de haber nacido en esa ciudad porque así demostraban que no pertenecían a una generación espontánea sino que provenían de unas ancestrales que habían colaborado en su construcción; se abría al mundo como el corazón palpitante de un continente milenario rico en sabiduría y maestro en las bellas artes; sus torres eran las más altas de su estilo, hasta tal punto que casi rozaban las nubes y podían codearse con el vuelo de los pájaros y queriendo exagerar aún más con el de los aviones, ¡ ahí queda eso! El mundo representado por sus turistas la admiraba y de esta admiración siempre surgía una unión de hermandad que se echaba de menos una vez vueltos a sus respectivos países, pero en el recuerdo quedaba aquella cita, aquellos momentos compartidos con gentes de otros lugares que en un templo y a una hora sagrada cruzaron sus destinos. Los turistas ya casi estaban al completo, aunque siempre se esperaba la llegada de un rezagado que algún despiste había demorado. La guía aún no había aparecido, pero ellos eran conscientes de que la cita era allí: en la puerta principal de la gran fachada y había que esperar. Se miraban, pero no se hablaban, había temor a expresarse en un idioma ininteligible para aquél a quien el mensaje fuese dirigido; sólo hablaban entre ellos quienes se conocían con anterioridad, es decir, los que ya venían juntos; sin embargo, en el ambiente reinaban unas ansias de acercamiento e intimidad que, dadas las circunstancias, solamente las miradas inquisitivas podían saciar; se miraban unos a otros, se clavaba la vista en los rasgos del otro, en el color del pelo y de la tez con la ilusión de adivinar la procedencia, pero siempre quedaban dudas; en lo que sí había cierta lógica era en que los rubios provenían del norte y los morenos del sur; una vez escudriñados los orígenes, se aguardaba con impaciencia la llegada de la guía, sin ella había un sensación de rebaño abandonado, de no saber si aguardar o darse media vuelta…y de repente surge el milagro: voici le guide. En los rostros aflora una sonrisa de alivio, se exhalan suspiros que ponen fin a la espera; la guía derrocha encanto y amabilidad no solamente en el rostro, su cuerpo se mueve graciosillo y posee la prestancia de un cascabel, ella transmite sus cualidades y los turistas se sienten como corderillos saltarines y amorosos. Todo el mundo queda en silencio, ya que ella empieza a hablar, da instrucciones y proyecta la voz de forma que la oigan los componentes del grupo, que cada vez se hace más “compákato” para una mejor “kapatación” de las explicaciones. Se expresa en un idioma en el que todos la entienden; parece raro, pero es cierto; parece un milagro, pero es cierto y nada mejor que éste pues es el lugar idóneo para que ocurran tales proezas; pues sí, sí, parece un milagro, pero es cierto. La gente, a primera vista, creería que iba a darse una situación babélica, a crearse un batiburrillo donde todos se volverían medio locos por entender y por hacerse entender; pues no, porque ellos entienden perfectamente a la guía y el hacerse entender aún no ha llegado, pero puede que llegue. In short, it seems a miracle, but it is true. En resumen, parece un milagro, pero es cierto. La guía encabeza el grupo, abre la puerta y entra el rebaño y con él la luz exterior que por unos instantes proyecta el rectángulo de la puerta sobre el suelo empedrado; se cierra la puerta: adiós pérfido mundo, bienvenidos al mundo del frío y del silencio; tan pronto se adentran en el recinto sagrado los cuerpos de los turistas se ven sacudidos por un escalofrío, se reajustan sus prendas de abrigo y la oscuridad despierta su espiritualidad; aquel frío y aquella oscuridad secular retroceden a cualquier ser humano en el tiempo y le hacen sentir una aproximación cronológica hacia unos semejantes que vivieron en otra época y en los cuales, a pesar del abismo temporal en hábitos de vida y evolución del pensamiento, su esencia pasada y presente permanece “intákata”. El olor es también muy característico, es el de a antigüedad; el frío allí albergado y la oscuridad que todo lo cubre traspasan las piedras y madera y de ellas se desprende lo rancio del tiempo que se extiende por los lugares más recónditos de la catedral y sólo es suavizado por el tufo a cera que desprenden los cirios, y es cuando algo arde, también algo se purifica y en este caso es el ambiente. A ambos lados laterales de la nave central se alinean pequeñas capillas que se perfilan en la densa penumbra gracias a unas cuantas velas encendidas que al desprender su luz débil y parpadeante clarean lo negro y surge un gris en el contorno de los altares. Las candelas encendidas proporcionan un ambiente espacial, una especie de cielo estrellado al nivel del visitante que se acerca a ellas y clava su mirada en señal de respuesta a una pregunta misteriosa que no ha sido formulada; si quiere las puede apagar de un soplo, pero no se extinguirían porque representan agradecimientos, deseos cumplidos, pequeñas parcelas del alma humana sin las cuales ésta no sería tal. A los santos que habitan en estos altares los protege la penumbra, sólo están visibles para aquéllos cuyos ojos pueden atravesar la barrera de la incredulidad, impulsados por la fe; para los otros, para el resto, los santos forman parte del entorno, seres de yeso o madera en actitudes patéticas o conciliadoras; también hay mujeres arrodilladas que miran hacia lo alto en busca de una telepatía entre ellas y su santo de devoción, pero la espiritualidad no reside en estas imágenes, está en el frío, en esos escalofríos que sacuden los cuerpos. Los turistas están parados a la entrada, aún no se han puesto en marcha, cada vez se agrupan más, el brusco cambio de temperatura los une aparte de que la guía se dirige a ellos en un tono de voz más bajo para no molestar a aquéllos ajenos a la visita. El recinto, por su gravedad, incita al susurro, a un fraseo hilado que suavemente entra en el oído transmitiendo al cerebro una sensación de equilibrio ambiental que desecha cualquier atonalidad. Los turistas están muy próximos unos a otros porque la guía, en su idioma inteligible para todo el mundo, comienza a explicar los orígenes de la catedral, quiénes fueron sus constructores, el tiempo empleado and so on and on and on and on and on and on and on and on and on……. Todos prestan gran interés ante la información suministrada por ella, pero cuando el bombardeo de datos y de hechos acaecidos se extralimita, hay “cabecitas” que no pueden con tanto y entonces optan por evadirse hacia otros mundos donde impera la sencillez de los sentidos; mirándoles al rostro se diría que la mayoría estaban entregados en cuerpo y mente a la historia allí contada, había otros que estaban entregados en cuerpo, pero su mente andaba a su aire; unos pocos, los menos, estaban entregados en mente, pero su cuerpo andaba libre, andaba free, andaba libre, andaba frei, andaba libero, es decir, andaba de un “liber” muy subido y había dos seres que no estaban entregados ni en cuerpo ni en mente, sencillamente estaban…sencillamente estaban solos, estaban alone, estaban seuls, estaban allein, estaban soli; estaban solos, es decir estaban de un “solus” muy subido. Aquellas dos criaturas eran: un hombre solo y una mujer sola. ¿Cuáles serían sus nombres? ¿Por qué esa urgente curiosidad de saber la identidad de alguien que está solo? ¿Falta la compañía de alguna persona a su lado para dar un punto de referencia a la especie a la cual pertenece? ¿No hay especies de un único individuo? Ellos dos pertenecen a la especie universal, lo que ocurre es que se han refugiado en sí mismos. Él era alto, moreno y llevaba puesto…mejor dicho, envolvía su cuerpo en una gabardina amplia, muy amplia y larga, muy larga que hacía resaltar una delgadez exagerada e impulsaba su altura hacia un nivel que sobrepasaba la media de los allí reunidos. Ella era alta, rubia y llevaba puesto…mejor dicho, envolvía su cuerpo en una gabardina amplia, muy amplia y larga, muy larga que hacía resaltar su delgadez exagerada e impulsaba su altura hacia un nivel que sobrepasaba la media de los allí reunidos. Detalles y observaciones sueltos a destacar: las gabardinas eran oscuras, de un gris muy oscuro casi tirando a negro, el pelo de él era muy, muy corto y el de ella era una media melena rubia. Orígenes: por el color de la tez y rasgos se diría que él provenía del sur y ella del norte. El sur: sol, claridad, calidez, alegría; el norte: escasez de sol, oscuridad, frialdad, tristeza. Dentro del grupo se situaban en lados opuestos y a veces donde cuadraba, no se conocían, pero presentían que algo en el ambiente había sacudido su soledad, tal vez aquel frío que poseía cualidades para atravesar cualquier cuerpo; de hecho, ellos dos, inconscientemente fueron los primeros en ajustarse sus prendas. Estaba visto que el frío y el silencio que se extendían por las capas superiores del templo habían contribuido a una manifestación externa de “leur solitude”, hacia una manifestación externa de “l’homme solitude” y de “la femme solitude”. El grupo marchaba lentamente, las cabezas no daban abasto en sus giros de derecha a izquierda y de arriba abajo, tan pronto se encontraban contemplando una bóveda como de repente a su derecha aparecía una tumba de un personaje destacado enterrado allí. Los cuellos ya no podían más, las vértebras cervicales, haciendo gala de amor al arte, resistían pacientemente y no acusaban fatiga alguna. “L’homme solitude” y “la femme solitude” se dejaban llevar, prestaban atención a las indicaciones de la guía, pero era una atención sin interés, desganada, anémica; en aquel dejarse arrastrar había una especie de flotación involuntaria que conducía a la dejadez, hacia un cruce de destinos que ellos ignoraban y que pronto se produciría. Los turistas proseguían haciendo de vez en cuando comentarios entre ellos siempre en voz baja, sobre todo cuando se trataba de algún caso anecdótico originado por la sorpresa. Llegaron a una zona apartada donde había varias tumbas a ras de suelo cubiertas con sus lápidas y sus respectivas inscripciones, el grupo se diseminó un poco para ver y descifrar unas letras jeroglíficas; a no ser por la ayuda de la guía y la buena voluntad de cada uno, aquello era ininteligible; todos creyeron en lo que ella les decía, pero la voluntad mantenía una interrogante no cerrando la puerta ante la duda; una vez que todo el mundo cejó en el empeño de la lectura, la guía les invitó a pisar sobre la tumbas ya que la piedra que las cubría, a no ser por las inscripciones, pertenecía más al suelo empedrado de la catedral que a un auténtico reposo eterno; como niños ante el cese de una prohibición, no dudaron en caminar sobre ellas creyendo experimentar alguna sensación nueva, algo que proviniera de aquella fosa hermética, que les sirviera de acontecimiento insólito para contar en su vida rutinaria; todos pisaron por encima agudizando las sensaciones a lo que podía acontecer, no aconteció nada; una vez superada la tentación, nadie comentó que hubiese percibido una vibración que se apartase de lo normal; el noventa y ocho por ciento de los turistas no estaban hechos para vibrar; la cotidianidad había moldeado sus mentes hasta tal punto que sus experiencias sensoriales no sobrepasaban la barrera de lo habitual, de lo anodino, del vivir por vivir. Aquello que había podido llegar a cotas de experimentación sensorial sobrehumanas se había quedado en agua de borrajas ¡¡¡aaajjj!!!. Como ha quedado claro el noventa y ocho por ciento no se había enterado de nada. Rien de rien. Na de na. Pero había un dos por ciento, “dos aguilillas” que se había enterado de todo, experimentado todo; abierta la veda, a la guía le fue imposible controlar los impulsos de los guiados a pisar, hubo que aguadar unos momentos para que se despejase la zona y el interés trasvasado a otro lugar. Aquel hombre solo y aquella mujer sola, aunque se habían adivinado, todavía no se habían encontrado frente a frente, cada uno sobre una tumba diferente, con los pies muy fijos sobre las lápidas, se cruzaron las miradas, se clavaron con la mirada y se traspasaron con la mirada; la mirada se había convertido en el testigo fiel y mudo de aquel encuentro; desde aquel reposo eterno sellado por los siglos, desde aquel silencio conservado intacto, desde aquella soledad de  muerte y desde aquel frío que la tierra mima para la germinación, aquellos dos cuerpos lejanos, apartados por una enorme distancia, existentes en un espacio distinto y convergentes en un mismo punto tremaron. El mundo propio de cada uno se desplomó y de aquella mirada punzante advirtieron que emergía uno nuevo para los dos. No se dijeron nada, nada había que decirse porque la palabra se había expresado en la mirada, tampoco se aproximaron uno a otro porque los mundos deben contemplarse a cierta distancia. Sus compañeros de visita ya se habían reagrupado para proseguir y los aguardaban sin prisa como haciendo un receso en la sucesión de descubrimientos históricos y artísticos pasados y de aquellos otros futuros que se avecinaban. Se incorporaron al grupo por separado, pero entretejidos por un fino hilo invisible y elástico que mantenía sus presencias accesibles ante el temor a una soledad molesta. El grupo emprendió la marcha encabezada por la guía, ésta seguía gesticulando y hablando en su idioma inteligible para todos, pasaron al coro y admiraron la sillería por su belleza y estado de conservación, algunos tomaron asiento para descansar, otros para comprobar si desde aquellos acomodos el mundo se veía de distinta manera llegando a la conclusión de que éste se hacía más duro. La guía seguía embalada: parole, parole, parole, parole, parole, parole hasta que exhaló las últimas palabras e hizo la promesa callada y solemne de que por un momento ella había cumplido con la historia. Enmudeció. Se tomó un respiro y dejó a los turistas a su libre albedrío pasear y contemplar el coro; sobre éste se elevaba un órgano disparando sus tubos hacia las alturas infinitas de la catedral; algunos se dieron cuenta de que eran los pulmones que exhalaban el aliento sagrado de plegarias y oraciones que allí tenían lugar; diez de entre ellos tocados por el frío espiritual empezaron a canturrear; cualquiera diría que de repente se había adueñado de ellos una locura o embrujo; pues no, la penumbra ambiental y la impregnación que poseía la madera tallada del coro por tantos siglos de cánticos impulsaban a las almas sensibles a cantar. Como el vuelo de un pájaro en un lugar cerrado se extendió el primer susurro: “Liebst du um Schönheit, o nicht mich liebe” Amas por la belleza, entonces no me ames. Esta primera frase lanzada al vacío resonó contra las carnes de los allí presentes y se quedaron helados, pero “l’homme solitude” y “la femme solitude” sintieron que se les rasgaban sus carnes y que un desmedido calor fundía sus cuerpos en uno, se miraron cada uno desde donde se encontraban y asintieron. Siguió un segundo susurro: “Liebe die Sonne, sie trägt ein goldnes Haar” Ama al sol por sus cabellos dorados; cuando ella oyó esto último llevó la mano hacia su pelo y lo acarició, lo puso en orden y advirtió que se sentía hermosa ya que nunca había observado que su media melena rubia pudiera compararse con los cabellos dorados del sol. La guía, al ver que la situación se empezaba a desfasar llamó al orden y volvió a tener reunidos a todos los turistas a su alrededor, como si fueran una familia bien avenida; Había que convencerse de que ya no lo eran; de entre ellos había surgido una pareja y, por supuesto, un coro. Los destinos de ambos eran incontrolados, impredecibles; si se dice que el amor es un pájaro rebelde que nadie puede amaestrar y que la música es la vibración del universo ¿qué se podría esperar? Una explosión: ¡¡¡bbbooommm!!!. Por mucho que se esforzase la guía, el grupo ya no era el mismo, habían surgido disidentes; no obstante, la marcha proseguía y en aquel momento todos elevaron la mirada hacia las vidrieras; habían llegado a un punto en que las divisaban al completo; el contraste entre penumbra y luz era demoledor. La catedral, por ley natural, poseía y albergaba a perpetuidad aquella penumbra que había adquirido con el tiempo, nadie ni nada podían usurpársela; el frío allí conservado gozaba de los mismos derechos ¿por qué aquella luz intensa tamizada por el color del cristal irrumpía en el oscuro sosiego de aquella morada sagrada? La belleza allí no tenía parangón: haces de luz atravesaban las naves y la admiración de los contempladores, el pasmo ante lo insólito, ante una especie de belleza que se apartaba de los cánones de lo cotidiano, hacía pensar que aquel fenómeno de contrastes poseía una espiritualidad que sólo y exclusivamente se daba entre aquellas piedras. Si bien esa penumbra representaba la noche oscura del alma, aquella luz proveniente de las alturas aportaba claridad a esa noche que ya no sería tan oscura desde entonces. Aquellos turistas llegados de todos los confines de aquel continente, sin querer, habían descubierto la belleza espiritual; en su interior sintieron como una renovación de algo indefinible y aquel día reconocieron que eran mucho mejores que el día anterior, es decir, que la víspera, es decir, que antes. En aquel punto permanecieron un buen rato tratando de grabar en la memoria todo el arco iris de colores, figuras, animales y vegetación que se dejaban transparentar con el paso de la luz; sería inútil expresarlo con palabras o gestos, hay sensaciones que no bastan con los propios sentidos aguzados a tope, hay que implicar a todo el mundo. No hubo respuesta verbal por parte de nadie a excepción del coro que susurró: “Liebst du um Jungend, o nicht mich liebe!” Amas por la juventud, entonces ¡no me ames!. El hombre y la mujer, la pareja, tremaron; se sintieron heridos en su juventud, dudaron por un momento si aquella muda atracción correspondía solamente a su edad, pero pronto cayeron en la cuenta de que el tiempo era un elemento más de aquel incipiente amor; la fuerza que trataba de unirlos se basaba en una soledad secular que arrastraba cada uno individualmente como un lastre de sus antepasados y al llegar a aquel lugar eclosionó; en su silencio tanto el hombre como la mujer reflexionaron en el hecho de que, hasta que sus miradas no se cruzaran, se creían portadores de una carga innata a una especie y que mientras no se encontraran con otro congénere para compartirla, cada uno tendría que soportarla con resignación; ellos parecían los elegidos para ayudarse recíprocamente a portar la suya propia. No se vieron, pero exhalaron un soplo de vida que el frío heló uniendo a los dos. Después de haber contemplado aquel despliegue de luz y de la exaltación de ánimos ante tanta belleza, las almas se sosegaron y encontraron su paz en unas plegarias que provenían de una capilla lateral; el grupo permanecía inmóvil y  no parecía tener ganas de proseguir su marcha, se sentía paralizado; prestaron oídos para intentar descifrar aquel idioma que no era el mismo que la guía empleaba para dirigirse a ellos, les era ininteligible y, sin embargo, había palabras que conservaban cierta similitud con el que ellos hablaban; conclusión: la catedral hablaba también, tenía su  propio lenguaje, muy personal, eso sí, el propio de sus comienzos y que apenas había evolucionado, pese a la gran afluencia de visitantes que allí entraban. La guía dio unas ligeras palmaditas para movilizar al grupo y agilizarlo de su parálisis; no se movían, habían llegado a un punto de desorientación; las palabras habían hecho mella en sus mentes; pasado y presente se entrelazaban, había algo de extraño en la comunicación oral que les dejaba levitando en un espacio atemporal. Al comprobar el estado de alelamiento en el que habían entrado, la guía dio otra vez unas palmaditas, éstas un poco más estruendosas para ver si salían de su letargo…no había manera; descartó las palmaditas y decidió entregarse de lleno a un zapateado: tacatacatacatacatááá…tacatacatacatacatááá…otra vez: tacatacatacatacatacatacatacatacatacatááááááááá´…otra vez: tacatacatacatacatacatacatacatacatacatacáááááááááááááááááááááááááááááááá…; al fin había conseguido que esa “a” larga los hiciese volver en sí. Era consciente de que el “tacataca” no había servido para nada, el secreto se encontraba en la “a” larga. Se reprochó el haber recurrido a semejante artimaña, tal vez su comportamiento no había sido el más adecuado para tan sagrado lugar, pero hay momentos en que la razón se ve cubierta por una ceguera que impide analizar los acontecimientos con la suficiente claridad, ¡quién no ha perdido alguna vez los papeles!. El coro susurró: “Liebe den Frühling der jung ist jedes Jahr!” Ama a la primavera que rejuvenece cada año. Al oír el verbo rejuvenecer, todos los turistas se pusieron en marcha, la primavera les había dado energías para continuar. La pareja que se hallaba un poco distante, sin querer, se aproximó y se unió al cortejo, casi caminaban uno junto a otro. Se acercaban al altar mayor poco a poco, poco a poco, poco a poco, peco a pocu, peco a pocu, peco a pocu, peu a pocu, peu a pocu, peu a pocu, peu à peu, peu à peu, peu à peu…y llegaron. El altar mayor se ofrecía ante sus ojos imponente, era una labor encomiable lo que allí había llevado a cabo el artista: se representaba un juicio final y la guía con todo el esmero del mundo se explayaba a sus anchas dando detalles de cómo el artista había hecho tal o cual figura relevante y lo que cada una de sus secuencias mostraba con relación al conjunto en general; después de tan detallada explicación y de haber entendido por completo su significado, sus almas se encogieron y en sus oídos retumbaba un sonido acusador de trompetas, era como si fuesen llamados a asistir a un juicio parecido e instintivamente se reagruparon para sentirse más protegidos. “L’homme solitude” y “la femme solitude” habían llegado a un punto de contigüidad, no se tocaban, los separaba un centímetro, aquella distancia era abismal, equivalía a la distancia que cada uno había recorrido desde su origen hasta aquel lugar, estaban a punto de rozarse, pero aún no había llegado el momento; se miraron y se defendieron de la amenaza de aquellas trompetas, su proximidad los protegía ante cualquier peligro y contemplaron el retablo como obra de arte libre de cualquier otro significado. Un grupo de estudiantes pululaba por allí también, atentos a las explicaciones que les daba un profesor; en sus rostros se adivinaba una ausencia mental absoluta, su presencia representaba el significado de una obligación, nada más; el interés se manifestaba en el empeño del profesor con sus explicaciones, pero éstas caían en saco roto y ellos por respeto o por miedo ante una reprimenda, no se atrevían a comunicarle que todo aquello les resbalaba y arrastraban los pies que soportaban un cuerpo cargado de una indiferencia e ignorancia absolutas. El coro se recuperó después de tan patética y apocalíptica visión y susurró: “Liebst du um Schätze, o nicht mich liebe!” Amas por tesoros, entonces no me ames. Aquel hombre y aquella mujer juguetearon con sus dedos y se tocaron, buscaban tesoros entre ellos y no los hallaron, sus dedos estaban libres de anillos o de ataduras que eran lo que podían significar; las gabardinas que cubrían sus cuerpos habían perdido ese aspecto hermético y ligeramente desabrochadas caían en perpendicular de lo alto a lo bajo de sus cuerpos dándoles un aire a dos columnas semejantes a las de la catedral; sintieron frío y tremaron, se miraron y descubrieron que “los tesoros estaban en el destello de sus ojos”…¡cursi, muy cursi! Desde el altar mayor se percibía una panorámica completa de la catedral: su altura, sus vidrieras, sus naves tan espaciosas, todo un mundo se conservaba intacto allí, un mundo ancestral completamente diferente al de donde ellos provenían; se recrearon en aquella contemplación y cada uno de los miembros de aquel grupo se apartó unos pasos de su compañero de visita, había que aislarse, refugiarse en sí mismo y reflexionar; había que comparar el mundo propio con el que allí se ofrecía y la conclusión era que nada tenía que ver uno con otro; se diría que eran opuestos; todos eran conscientes de que no podían abandonar el mundo al que pertenecían porque era abandonar su yo presente, su realidad, su justificante de existencia, y sin embargo, en el fondo anhelaban una parte de aquél en el que estaban, sobre todo, aquel frío que tan hondamente les había calado; aquel frío poseía esa espiritualidad que muchos de ellos nunca habían experimentado, algo nuevo que les hacía ver las cosas desde otra perspectiva y creaba una armonía entre el mundo externo y el propio, y todos tuvieron esa misma sensación, aunque sin confesarlo, porque sentían esa vergüenza adulta a exteriorizar los impulsos del alma. Era ridícula su actitud: se lanzaban miradas esquivas y cada uno se despistaba con un movimiento de cabeza tendente a la indiferencia, miraban para todos lados porque sabían que si fijaban sus ojos en los de cualquier compañero descubrirían sus secretos y se desnudarían ante un desconocido; se encontraban perdidos ante aquella nueva faceta y al mismo tiempo orgullosos de comprobar que eran receptivos ante los caprichos misteriosos de la existencia. De la pareja se diría que existía en un plano vegetativo, o sea, vegetaba porque tanto él como ella estaban en Babia, en Babia, en Babia, en Babia, en Babio, en Babio, en Babio, en Babio, en Bobio, en Bobio, en Bobio, en Bobio, en Bobo, en Bobo, e Bobo n, e Bobo n, e Bobo n, e Bobo n, e Bobos, Bobos, Bobos, Bobos, Bobos, en dos palabras: ¡estaban bobos! Y el coro al unísono susurró: “Liebe der Meerfrau, sie hat viel Perlen klar!” Ama a la sirena con sus muchas perlas luminosas. Todos salieron de su reflexión, todos miraron hacia atrás sin saber el motivo viéndose reflejados en un espejo imaginario, no se reconocieron en él, aunque su yo físico era el mismo, su yo interno había cambiado, su yo=hoy, era distinto de su yo=ayer. Sobre el ara del altar y sin tocar la superficie, flotaba la figura de un hombre con los brazos extendidos en forma de cruz; penetrando en su contemplación se percibía el origen del material al cual había recurrido el artista para tallar aquella imagen: sencillamente habían sido dos maderas, dos pequeños troncos, troncos procedentes de unos árboles, tal vez crecidos en un bosque y muy enraizados en la tierra; en las profundidades del subsuelo yacía el origen primario de aquel material que gracias a un don de un artista desconocido había sabiamente esculpido aquella figura: cabeza, cuerpo y extremidades inferiores eran de una misma pieza: un tronco; una rigidez grisácea era la nota predominante de aquel cuerpo o intento de cuerpo; pequeñas incisiones y angulosidades se adentraban en la madera para diferenciar las partes corpóreas de aquel “hombre palo”; de su rostro sobresalían unos enormes ojos almendrados como si quisiesen hipnotizar al mundo; en su cuerpo se insinuaban unas costillas y una pequeña hendidura en el costado derecho; las piernas y pies se dejaban caer llevados por unos dedos desproporcionados y tirantes atraídos por el peso de una perpendicularidad para mantener la rigidez y cierto toque de hieratismo; de las extremidades superiores, se disparaban dos brazos de un tronco con la clara intención de sobrepasar los límites de la cruz a la cual toda la figura estaba sujeta. Huidos de aquel juicio final la vista se posaba obligatoriamente sobre aquel “hombre palo” y surgían unas interrogantes en cuyo interior reinaba el vacío; no había palabras para rellenar aquel hueco. Se miran intentando averiguar en el rostro ajeno alguna interpretación a aquella figura y, al no hallar respuesta para esa supuesta pregunta, se encogen de hombros y ante esta contracción automáticamente sus brazos se van elevando adquiriendo forma de cruz; se vuelven a mirar ante la reacción asombrosa que ha tomado su cuerpo y acto seguido clavan sus ojos en el “hombre palo”. Él está clavado. No habla. No emite palabras. Su mirada hipnotiza al mundo. ¿Por qué ellos están con los brazos extendidos en forma de cruz? Todos han sido empujados por una mano oculta a un cruce de caminos, han portado una cruz invisible a lo largo del tiempo y ahora se han manifestado en la extensión de sus brazos; procedentes de diferentes lugares de aquel continente han cruzado sus destinos allí; debajo de sus pies también existe una gran cruz: la planta de la catedral aún conserva cierto trazado primitivo y todos se encuentran ante aquel “hombre-palo-cruz” ante aquel “ser-materia-forma”. “L’homme solitude” y “la femme solitude”, de repente, y sin querer porque los impulsos humanos desechan los razonamientos, se encontraron frente a frente ante el “hombre palo” con los brazos en forma de cruz como él. Ellos una vez que lo hubieron contemplado y fijado sus ojos en los de él, deslizaron la mirada hacia su costado derecho y movidos por un resorte se dieron media vuelta y se situaron uno frente a otro, con sus brazos en cruz, se aproximaron paso a paso clavándose la mirada, atravesándose el costado con el deseo, saciando su sed de soledad, temblando ante el frío espiritual y sus brazos perdieron rigidez moldeándose para dar un abrazo eterno. Se abrazaron. Comprobaron que encajaban y reconocieron que eran dos piezas de un rompecabezas de un universo infinito, dos palos flotando en un espacio que por una fuerza desconocida se habían cruzado en un camino solitario procedente de la nada y que conducía hacia la nada. Escudriñaron sus respectivos rostros para aprenderse de memoria, para no olvidarse, para amarse en la distancia y al pensar en ésta se besaron y no se dijeron nada, pero el beso contenía palabras de amor y exclamó: “Liebst du um Liebe, o ja mich liebe!” “Liebe mich immer, dich lieb’ ich immer, immerdar!” Amas por amor, entonces ¡ámame! Ámame siempre, pues yo te amaré por toda la eternidad. Había terminado la visita, el destino había cumplido su capricho y con el mismo interés que había promovido aquel encuentro, con el mismo interés lo había desconvocado. Los turistas sabían que había llegado la hora de regresar a sus países de origen; se despidieron de la guía y a continuación cada uno hizo una sinopsis de lo que había vivido: para el recuerdo la catedral y todo su potencial interno, el encuentro con aquellas otras gentes procedentes de aquel continente llamado Europa; para la vista, gusto, olfato y tacto el abrazo y el beso de “l’homme solitude” y de “la femme solitude” y para el oído el susurro del coro. La pareja se dio la mano y se dirigió hasta la salida de la catedral seguida por sus compañeros de visita, una vez en la puerta ambos se despidieron levantando los brazos en forma de cruz y susurrando:

(16) Mahler - Liebst du um Schönheit - YouTube

Liebst du um Schönheit, o nicht mich liebe!

Liebe die Sonne, sie trägt ein goldnes Haar!

Liebst du um Jugend, o nicht mich liebe!

Liebe den Frühling, der jung ist jedes Jahr!

Liebst du um Schätze, o nicht mich liebe!

Liebe der Meerfrau, sie hat viel Perlen klar!

Liebst du um Liebe, o ja mich liebe!

Liebe mich immer, dich lieb’ ich immer, immerdar!

 

Amas por la belleza, entonces ¡no me ames!

Ama al sol con sus cabellos dorados.

Amas por la juventud, entonces ¡no me ames!

Ama a la primavera que rejuvenece cada año.

Amas por tesoros, entonces ¡no me ames!

Ama a la sirena con sus muchas perlas luminosas.

Amas por amor, entonces ¡ámame!

Ámame siempre, pues yo te amaré por toda la eternidad.

 

                               Liebst du um Schönheit

                               Friedrich Rückert-G. Mahler.

 

lunes, 18 de marzo de 2024

VIVO EN MI CANCIÓN




 Cuadros:

“Autorretrato” (1628), Rembrandt van Rjin.

“Desnudo de hombre sentado” (autorretrato), Egon Schiele.

“Cristo muerto sostenido por un ángel”, Antonello de Messina.


Hiob 49-Stephan R. Warnemünde

 

Ich bin der Welt abhanden gekommen, estoy perdido para el mundo, lo he abandonado por voluntad propia, nadie me ha obligado a tomar esta decisión; hacía mucho tiempo que mi mente maquinaba esta desvinculación, pero eran tantos los impedimentos que me sujetaban a mi vida anterior que llegó un momento en el que me dije: hasta aquí llegué; al principio, cuando la idea estaba en ciernes y siempre muy bien acogida desde sus orígenes, temía a no atreverme a dar el paso definitivo hacia una ruptura; me veía muy vinculado a mi mundo, a desdeñar todo aquello que con tanto esfuerzo me había costado sudor y lágrimas; había creado todo un imperio industrial al cual me agarraba porque al tenerlo entre mis manos, al poderlo manejar, el sentido de posesión enardecía mi orgullo, por eso había que tomar con cautela aquella idea, sopesarla, no fuera a ser un desacierto caprichoso que más tarde tuviera que lamentar; desde un principio en mi fuero de la conciencia sabía que no iba a errar, no obstante me di algún tiempo para que éste tanteara tal decisión; a decir verdad fue de lo más sencillo dar el paso, además, me quedé tan pancho. Mi vida anterior se había complicado hasta tal extremo que mis resoluciones no sólo dependían de mí sino de un gran número de consejeros, organismos, técnicas de marketing, modernidades que se me escapaban de las manos y de la mente, aparte de la edad, ya no me veía capacitado para dirigir el tinglado que, sin querer, había surgido de una pequeña industria sin ánimo de grandes expectativas hasta convertirse en la mastodóntica maraña industrial que es hoy en día; se lo he dejado todo a mis hijos, ellos son los que se encargan de dirigirla y por lo que observo lo están haciendo bien, diría que muy bien. Yo soy un hombre de origen humilde, no me las doy de víctima, pero es verdad; de pequeño tuve una preparación muy elemental, tampoco fui un buen alumno, los estudios que adquirí fueron a base de renquear con la mayor parte de las asignaturas en las que, a no ser por el empuje de mis padres, no habría logrado ni un mínimo nivel aceptable. En una palabra: no estaba hecho para los libros, sino para el trabajo; mis hermanos y yo (éramos cuatro varones) salimos adelante gracias a una entrega encomiable por parte de padre y madre, si bien en nuestra familia la economía siempre se mantenía en mínimos, el espíritu de superación sobresalía ante cualquier iniciativa de prosperidad; ninguno de los cuatro hermanos logramos estudios universitarios, el trabajo era nuestra esperanza de vida y con gran tesón todos nos hicimos un hueco en una sociedad exigente que demandaba sacrificio sobre todo para aquél que partía de cero…Ahora que lo pienso el cero nunca me ha abandonado: partí de cero y al cero me dirijo, lo llevo conmigo desde el principio hasta el final, ¿cero con “c” o con “z”? Ahora que lo pronuncio me suena a nota, no a una nota musical, era a la nota escolar que un profesor de matemáticas me concedía en mi época infantil ante el rotundo fracaso de un examen; en voz alta leía las calificaciones: primero era el nombre del alumno, había un silencio y a continuación envuelto en rabia escupía un número: “cero”, nunca lo admití con “c”, siempre pensé que me merecía un cero, pero con “z”:”zero”; ¡cuántos números, cifras millonarias no habré ocasionado con mi entramado industrial!; mis aspiraciones nunca habían sido exorbitantes, quería abrirme camino en la vida creando una empresa familiar para poder llevar una existencia digna tanto para mí como para mi familia, pero no sé cómo el destino o la suerte, tal vez, se extralimitaron conmigo llegando a alcanzar cotas insospechadas de poder y riqueza que en ningún momento tenían hueco en mi mente; en los escasos instantes que mi vida tan atareada concedía a la reflexión, yo mismo me asustaba del potencial adquisitivo que había logrado, rodeándome de un mundo que me parecía impropio de un ser humano debido al exceso, llegando a veces al agobio y al asqueamiento, pero nunca dije nada a mi entorno: veía a mi esposa e hijos contentos, pues a callar, a callar, a callar, a callar…y de tanto callar se fue enquistando una obsesión declinante, de abandono, de saber con certeza que llegaría un día en que pronunciaría unas palabras mágicas: “ ahí os queda todo”, pero ese día aún no estaba fijado, la edad y la experiencia lo marcarían con sencillez, sin pompa, y así es como fue. Mit der ich sonst viele Zeit verdorben, en el que sin embargo malgasté mucho tiempo. No sé por qué le estoy hablando a esta grabadora desde hace un momento, hace tiempo que no hablo, aunque haya abandonado el mundo eso no significa que no desee hablar; ya me he acostumbrado a estar en silencio, ya no me va el hablar por hablar, el hablar para dar órdenes, para dirigir; sin querer y a medida que iba entrando en años he ido cediendo en el cargo de presidente y dando paso a mis hijos que son ahora quienes manejan “el imperio”, me he ido quedando callado porque ya advertía que mi voz, que proyectaba mis ideas, carecía del potencial, del arranque que en un principio poseía, me daba cuenta de que debía transferir a otras voces la mía y casi no hablaba porque no tenía interlocutor; ahora estoy en situación parecida, de esta grabadora sé que no voy a obtener ninguna oposición ante los pareceres que yo exprese; como buena máquina, fiel a los dictámenes de su diseñador, conservará mi habla y en ésta mis últimas palabras, mis sentimientos y ¡cómo no! mi canción. Otra de las grandes sorpresas que me ha dado la vida ahora es la afición a cantar, jamás en mis largos años de existencia había experimentado tal necesidad, porque es una necesidad; supe y sé que siempre he cantado terriblemente mal y lo sigo haciendo, pero me da igual, soy consciente de que  me sienta bien, me tranquiliza; el cantar equilibra mi mundo pasado, presente y futuro: amaina el ímpetu de mi juventud si algo queda, la realidad se muestra tal como es y cubrirá unas carencias futuras propias de la edad avanzada. No me importa si alguien escucha esta grabación en algún tiempo posterior, simplemente estoy hablando y acreditando un momento actual y real de mi vida, no es una confesión tampoco, sencillamente hablo de mí  en mi presente realidad… Vivo en esta pequeña casa rodeada de bosques, la compré hace mucho tiempo cuando aquel hombre emprendedor que yo fui empezaba a adquirir ganancias con sus primeros éxitos empresariales, esto fue mucho antes de que todo se desbocara, mi esposa y yo la habíamos comprado con la idea de pasar fines de semana o algunos días de asueto con nuestros hijos, pero ni la pisamos, surgió la marabunta, aquel emprendedor que se conformaba con la sencillez de logros insignificantes se vio arrastrado por un tinglado empresarial que crecía como la espuma, las pequeñas ilusiones se magnificaron y su esencia primigenia quedó relegada al olvido…Echo tanto de menos a mi esposa Guisande. Estuve tan enamorado de ella y lo sigo estando a pesar de su ausencia. Su fallecimiento hace cinco años me dejo extraviado, con un enorme vacío, ya que lo llenaba todo, su sensibilidad era tan exquisita que aquello que tocaba o decía lo insuflaba con su impronta tan personal, algo muy innato en ella; durante estos cinco años he pensado mucho en nuestra relación; en mis años mozos reconozco que fui un poco cabra loca y algo picaflor, contemplaba la vida en toda su amplitud y esa euforia juvenil y vital me incitaba a poder abarcarlo todo, a desearlo todo e ignoraba lo que era la renuncia; durante este tiempo su ausencia me ha convertido en un hombre más reflexivo y su añoranza no ha sido tan dolorosa porque he aprendido a valorar todo lo que Guisande me aportó; últimamente hay un verbo que asedia mi mente, que surge cuando evoco su recuerdo y es el verbo “pulir”, reconozco que ella me pulió, pulió a aquel hombre que estaba hecho para el trabajo, para lo material, que ignoraba que detrás de toda superficie hay una esencia espiritual que hay que sacar a la luz; a no ser por su sensibilidad seguiría siendo un pobre hombre rico y me habría perdido el gran descubrimiento que enardece el espíritu humano: el arte. Guisande fue la que creó nuestra colección de arte, ni por asomo se me habría ocurrido convertirme en coleccionista, pero el dinero abundaba, había que invertirlo, aunque no creo que éste fuera el móvil principal; era su naturaleza lo que la empujaba a rodearse de lo bello, su sensibilidad se proyectaba hacia un equilibrio con la belleza impuesta por unos cánones sin rechazar el lado oscuro que ésta pueda manifestar; era muy consciente de la época que le había tocado vivir, si al principio nuestras adquisiciones se basaban en obras clásicas, pronto se vieron alteradas con pintura moderna; sabía que eran tiempos convulsos, por lo tanto el arte estaba con ellos, necesitaba adquirir algunas de aquellas pinturas que atestiguasen momentos en los que ella había estado presente, su esfuerzo por mantener en la colección una estética externa sin menospreciar los atrevimientos del arte moderno era muy laudable. Sie hat so lange nichts von mir vernommen, sie mag wohl glauben, ich sei gestorben! ¡Hace tanto que no se habla de mí, que bien puede parecer que estoy muerto!. ¿Cómo descubrí mi canción? Indudablemente a no ser por Guisande, yo, por  mis conocimientos personales me habría sido imposible; hace tiempo vino a buscarme a mis “cuarteles generales” y me dijo que la acompañara, no insinuó el motivo, estaba muy ocupado, pero me lo pidió de tal forma que no pude negarme, delegué en otros mis tareas y  me fui con ella; era una noche de invierno y a pesar del frío fuimos caminando, ambos íbamos muy abrigados y sin embargo sentí la necesidad de cogerla del brazo, de atraerla hacia mí y de formar una única unidad corpórea; durante el trayecto ni por un momento me cuestioné dónde se hallaba nuestra meta, tampoco nos hablamos, rodeados por aquel aire gélido nos mirábamos y sentí que me daba lo mismo el fin que nos aguardaba porque con ella me iría al fin del mundo, ya no era aquel superhombre que los demás veían en mí, era un simple hombre en el que afloraban unos sentimientos de lo más sencillo y conducidos por ella me llenaban de felicidad; y llegamos donde teníamos que llegar, donde Guisande quería llegar, adonde yo no sabía llegar: una sala de conciertos; me dejé llevar por ella porque desconocía el protocolo de un lugar frecuentado por las emociones; mi mundo, o al menos eso era lo que creía, pertenecía a lo material, a lo tangible; las emociones pululaban por un plano superior al cual solamente unos cuantos privilegiados tenían acceso, yo me excluía de ellos y era por ignorancia porque a la larga y gracias a Guisande, descubrí que también tenía un hueco, que detrás de una fachada de prepotencia existía una sensibilidad capaz de experimentar alteraciones anímicas y espirituales innatas en todo ser humano; dejamos nuestros abrigos en el guardarropa, nos entregaron unos programas de mano y tomamos asiento, la sala estaba abarrotada de público, me encontraba como un pez fuera del agua, pero llegó un momento en que sólo tenía ojos para Guisande y el escenario; de repente todo lo que me rodeaba pasó a un segundo plano y la música comenzó; he de decir que al principio me costó mucho entrar en aquel mundo de armonías, me encontraba perdido entre aquellas sonoridades a las que no estaba acostumbrado; a medida que la música seguía su curso me di cuenta de que aquello era otro mundo, el programa que estaban interpretando me era desconocido, eran canciones ejecutadas por un cantante acompañado de orquesta; no era muy entendido, pero lo que allí se interpretaba me llegaba al corazón; no sé lo que me pasó con una de aquellas canciones que me quedé paralizado, me sorprendió de tal manera que era como si llegase a descubrir algo que llevaba tiempo buscando, me sentí desorientado y alcancé la mano de Guisande, estaba como hipnotizada con aquella música, me miró y me sonrió y en su rostro leí una confirmación como diciéndome: aquí tienes tu canción; acepté la idea rápidamente por su brillantez y mi instinto de posesión se agazapó sobre ella, pero al mismo tiempo algo en mi interior me retuvo convenciéndome de que no estaba en mi mundo material donde todo se compra y todo se vende, tendría que conformarme con escucharla y sobre todo con sentirla; desde aquel entonces ha permanecido callada, a la espera de que yo pudiera prestarle atención, de tener el tiempo suficiente para entregarme a ella y ahora, mi momento actual es el idóneo para disfrutarla…sigo preguntándome por qué le hablo a esta grabadora, tal vez porque motiva mi discurso, mi monólogo ¡quién me iba a decir que terminaría hablando solo! ¡Quién me iba a decir que terminaría viviendo solo sin estar rodeado por una corte de aduladores pululando por mi entorno casi las veinticuatro horas del día! ¡Quién me iba a decir que después de haber amasado una fortuna me iba a quedar únicamente con una canción y tres cuadros! ¡Quién me iba a decir que después de vivir en mansiones mi refugio, mi mirada, iba a ser esta pequeña casa rodeada de bosques adquirida por unas ganancias en ciernes que apenas pude disfrutar y que es ahora en mi madurez, más bien diría en mi vejez, cuando le saco partido! ¡Quién  me iba a decir que quedé del asfalto hasta la coronilla y que ahora me paseo por estos bosques como Perico por su casa gozando de la naturaleza durante las diferentes estaciones del año!. Ahora tengo tiempo para todo, no hago grandes cosas, pero me doy cuenta de que soy muy receptivo con los pequeños instantes del día, soy muy consciente de ellos, los saboreo y encuentro que hay vida, que mi vida no sólo estaba formada por la toma de grandes decisiones que, con sus preocupaciones, me alejaban de una pausada reflexión; creo que el auténtico yo se encuentra en mi primera etapa de vida, es decir, mi infancia y mi juventud, porque actuaba tal y como era: no tenía nada que perder, y ahora, porque no tengo nada que ganar, enfoco mi vida y puedo hablar de ella con toda claridad, con la objetividad que me proporciona el tiempo y al no haber intereses de por medio: al pan, pan y al vino, vino; y hablando de vino me apetece una copa, se me seca la boca y es de hablar ¡ojalá lo compartiera con alguien! Aunque siempre puedo brindar por la salud de un futuro oyente; mi otra etapa, la de madurez, la del desenfreno, la del enriquecimiento, la del poderío, la del pudrimiento también…la del pudrerío…creo que me estoy inventando esta palabra, ¿irán ligados ambos conceptos? En muchos casos sí, pero prefiero callarme, pues esa etapa, que ha ocupado la mayor parte de mi existencia, la considero como la del fingimiento, la de la anulación del ser humano en aras del éxito, arrasando con todo lo que se interponía, ciego por llegar a la meta y saciar una sed en un desierto al cual había sido convocado y sin saber quién me había reclamado, ¿mi destino? Quizá; contemplando ese pasado reciente y desde la serenidad que ahora poseo, reconozco que he cometido errores que debería haber enmendado en su momento, que ahora ya no hay remedio, sólo puedo mirar hacia atrás con cierto arrepentimiento, pero sin la efectividad que éste habría causado entonces; a mis hijos les deseo lo mejor, espero que hayan aprendido de los fallos de su padre, en sus manos deposité todo mi “imperio”, que sepan gestionarlo en un mundo tan convulso y que un rayo de humanidad destelle siempre en sus decisiones, se lo dice su padre desde la distancia, desde la experiencia y que si zozobran en algún momento, mantengan el equilibrio y si no es posible, la caída también va implícita en la dignidad humana. Es ist mir auch gar nichts daran gelegen, ob sie mich für gestorben hält, no me importa mucho si paso por muerto; la muerte no me preocupa, es cierto que en algún momento la temía porque creía que todavía no había cumplido con las expectativas de vida que me había marcado; cuando a veces me asedian los miedos, por mucho que me envalentone y convencido de que los había superado, sucumbo ante ellos convirtiéndome en un ser muy frágil y recurro rápidamente a mi canción, me voy a mi dormitorio y contemplo mi “ Cristo muerto” que está situado a los pies de mi cama, canto en voz muy baja y vuelvo la mirada hacia la cabecera donde se encuentra mi “autorretrato” de cuando era joven, poco a poco mi mundo interior se va recomponiendo: con mi pasado a la cabecera, mi yo presente reparándose y mi futuro a los pies, es una conjunción contemplativa de toda una vida armonizada por el susurro de mi canción. Ahora que ha pasado el tiempo reconozco la deuda enorme que tengo aún pendiente con Guisande, ahora me doy cuenta de que me ha dejado preparado para mi limitado futuro, para vivir en soledad, para no sentirme solo acompañado por sus aportaciones espirituales: su amor por la música, por el arte…creo que sentía amor por todo aquello que ennobleciera a cualquier ser cediéndolo desinteresadamente para que los demás pudieran también disfrutar y al mismo tiempo compartir con ella esas elevadas emociones que en común se sienten. Cuando tomé la decisión de abandonar mi mundo, fue una decisión en el sentido más amplio de la palabra, no sólo abandonaba lugares, amistades, costumbres…sino también mis posesiones más materiales y monetarias, ésas de las que el ser humano no se desprende ni hasta en el mismísimo lecho de muerte; cuando dije: “ahí os queda todo” es que allí quedaba todo, bueno, con una pequeña excepción que era mínima ante el enorme capital acumulado; de lo inmaterial me traje mi canción y de lo material tres cuadros pertenecientes a la colección de pintura que Guisande tan inteligentemente había creado y me los traje para esta casa, convivo con ellos, me hacen compañía y en ellos está plasmada en pintura mi biografía; alguien en algún momento me había insinuado y animado a que escribiera mi autobiografía: la vida de un hombre surgido de la nada; ni ayudado ni por propia iniciativa se me hubiese ocurrido plasmar por escrito mi existencia, nunca fui un hombre de letras por lo tanto: zapatero a tus zapatos; yo nunca adquirí esas pinturas, fue ella, Guisande, la encargada de incorporarlas a la colección, fueron de su gusto y del mío también, por qué negarlo, pero nunca encontré un paralelismo entre las tres hasta muy tarde, a medida que pasaba el tiempo había como una narración secreta entre ellas que podría dar paso a la descripción de una vida, de mi vida; a fuerza de contemplarlas en mis escasos ratos de ocio, empezó a existir una identificación subliminal en un principio que poco a poco se fue convirtiendo en un reconocimiento patente de mi persona en aquellas imágenes; por instinto surgió en mí el afán de posesión, pero ya las poseía; pronto reconocí aquel impulso, el mismo que había experimentado en su momento con mi canción y humildemente admití que el secreto no radicaba en la posesión sino en la contemplación; a medida que aquella idea de abandonarlo todo se afianzaba en mi mente, aquellas pinturas, no sé cómo, adquirieron ya un sentido narrativo en el cual mi vida se plasmaba en imágenes y no en palabras, ¡qué mejor síntesis de mi vida que aquellos cuadros!; sobre esto nunca manifesté mi parecer personal, era tan íntimo que no me pareció oportuno darlo a conocer, aunque Guisande sospechaba algo, lo sé, y sin embargo, un profundo silencio cubrió mi particular explicación sobre la simbiosis de aquellas imágenes…esta grabadora es la que desvelará el misterio, si lo hay, a alguien que sienta curiosidad; y hay un tercer cuadro que está colgado en la sala, es más grande y también el más impactante: es el desnudo de un hombre sentado, el que yo sitúo en el periodo intermedio de mi vida, digamos el que representa mi vida activa, productiva, laboral y…enloquecida; ese cuerpo febril, ese ardor por salirse del cuadro y asir los placeres terrenales, comerse el mundo, abrazándolos, ocultando el rostro porque no es necesario mostrarlo debido a la ceguera, solamente basta el cuerpo de líneas cortantes para resquebrajar espacios, para abrirse camino ante las dificultades…así me vi yo y me veo en mi época de esplendor…un hombre de pretensiones muy normales arrastrado por un torbellino de circunstancias favorables a una cima inesperada para mí. No echo de menos mi vida anterior después de haberme despojado de tanta inutilidad, me siento liberado y aliviado de una carga cuyo sobrepeso ya a mi edad no soportaba, ¿qué hago ahora? Pues una vez pasadas las prisas, los agobios, los insomnios causados por las responsabilidades…prácticamente puedo decir que no hago nada, nada de lo que hacía con anterioridad, nada lucrativo de donde se sacara una productividad económica, ahora me dedico a la reflexión, a la contemplación, a analizar lo que antes no podía por falta de tiempo o por falta de ganas debido al agotamiento; creo que es un lujo, aunque alguien piense que es una pérdida de tiempo, ¡allá cada cual! , por primera vez tengo la oportunidad de darme cuenta de que vivo, de disfrutar de mis escasas posesiones y de mis múltiples reflexiones y observaciones. Cuando paseo por estos bosques contemplo la cambiante naturaleza con el paso de las estaciones, y canto, y canto  mi canción en voz muy baja, no quiero molestar el gorjeo de los pájaros ni el roce de las hojas agitadas por un aire ligero, ¡hay tanta sutileza en esos sonidos! Y entre ellos también incluyo mi canción; me siento bien en este entorno y sobre todo paz y silencio, de los que siempre anduve escaso durante parte de mi vida; hoy en día, ésta se encuentra llena de rutina, lo sé, pero al menos noto que respiro, que dispongo de tiempo para valorar una existencia que daba por asumida y no requería atención; cuando camino capto el crujir de las hojas secas bajo mis pies que mullen mis pasos, palpo los troncos de los árboles que encuentro en mis caminatas y en ellos su rugosidad, su aspereza o la etérea suavidad que me transmiten…y así me eternizaría contando mis pequeños descubrimientos que para mí tienen tanta importancia como cualquier logro de mi etapa anterior. Nunca olvidaré el día en el que reuní a mis hijos para darles la gran noticia: “ahí os queda todo”, el silencio se tiñó de sorpresa, sus rostros quedaron perplejos y hubo un rápido intento para que sopesara mi decisión, pero en seguida observaron en mi rostro que no iba a revocar; una vez asumida la noticia, les comuniqué que lo único que me iba a llevar eran tres cuadros, no se opusieron en absoluto, de hecho ellos se ofrecieron a su transporte y aquí me los trajeron. Ich kann auch gar nichts sagen dagegen, denn wirklich bin ich gestorben, gestorben der Welt, de ningún modo puedo además decir nada en contra, pues realmente estoy muerto para el mundo. Los coloqué instintivamente, después observé que estaban en el lugar idóneo: el pequeño autorretrato que me mira desde la cabecera de la cama está en penumbra, pero esa mancha de luz que destaca en parte de su mejilla y cuello es como el inicio del alba que más tarde iluminará todo el rostro con su claridad dejando atrás una juventud que despuntará hacia la madurez; lo contemplo y me contempla y casi no me reconozco porque ha transcurrido tanto tiempo que éste parece haber difuminado un pasado remoto que, sin embargo, aunque parezca mentira, permanece en mí; aún conservo algo de aquel joven que se interesa por la vida, por conocer, por descubrir aspectos de una existencia en donde la curiosidad se encuentra a sus anchas, si bien con cierto sosiego y con las pautas que impone la edad adulta; y a los pies de mi cama cuelga ese Cristo muerto, augura un futuro en el cual nunca había pensado detenidamente, me parecía lejano debido a la vida tan atareada que había llevado, ni un momento de reflexión dedicado a un final que portaba conmigo desde mi nacimiento; cuando despierto contemplo ambas pinturas e ingenuamente pienso que forman parte de mi cabeza y pies, me levanto y me dirijo a la sala y allí cuelga el otro cuadro, la parte que faltaba para contemplar mi rompecabezas y de esa situación siempre surgen unas preguntas: ¿por qué a veces me siento tan simple y otras tan complicado? ¿por qué a veces me siento tan quebradizo y otras tan, tan, tan…robustecido? ¿qué me ha enseñado la vida? ¿a cantar, tal vez? Ojalá, canto mi canción y hasta para eso lo hago mal; tengo la sensación de que nunca he aprendido nada correctamente, perfectamente, de que el azar ha movido mi vida a su capricho y cuando ponía empeño en conseguir cierta perfección, éste me sacudía y me apartaba de mis buenas intenciones; en fin, canto lo mejor que puedo, que para mí en este campo ya es un auténtico logro, canto para mis adentros y si me siento inspirado, cuando paseo por los bosques, también animo el ambiente, aporto mi granito de arena, claro está, no me puedo comparar con el canto de los pájaros…y un secreto, cuando estoy tan motivado, hasta me abrazo a los árboles porque necesito abrazarlos, porque necesito abrazar a alguien, porque a quien abrazaba ya no está, porque necesito ahuyentar de mi interior la sensación de soledad y sé que ellos me entienden porque en su silencio mi canción crece, se hace importante y yo también a pesar de la mala interpretación…muy poco más tengo que contar a esta grabadora, mi mundo se ha reducido por voluntad propia, de aquel potentado ya sólo queda su sombra y me basta, por lo tanto debo concluir mi canción antes de apagar este artilugio: Ich bin gestorben dem Weltgetümmel und ruh’ in einem stillen Gebiet! Ich leb’ allein in meinem Himmel, in meinem Lieben, in meinem Lieben, in meinem Lied, estoy muerto para el tumulto del mundo y reposo en un tranquilo rincón. Vivo solitario en mi cielo, en mi amor, en mi canción…¡Clic!.Gustav Mahler - "Ich bin der Welt abhanden gekommen" (Rückert) - Fischer-Dieskau (youtube.com)

 

Ich bin der Welt abhanden gekommen,

mit der ich sonst viele Zeit verdorben;

sie hat so lange nichts von mir vernommen,

sie mag wohl glauben, ich sei gestorben!

Es ist mir auch gar nichts daran gelegen,

ob sie mich für gestorben hält.

Ich kann auch gar nichts sagen dagegen,

denn wirklich bin ich gestorben, gestorben der Welt.

Ich bin gestorben dem Weltgetümmel

und ruh’ in einem stillen Gebiet.

Ich leb’ allein in meinem Himmel,

in meinem Lieben, in meinem Lieben, in meinem Lied.

           Ich bin der Welt abhanden gekommen

                 Rückert-Lieder, G. Mahler.

 

Estoy perdido para el mundo,

en el que sin embargo malgasté mucho tiempo;

¡hace tanto que no se ha hablado de mí,

que bien puede parecer que estoy muerto!

No me importa mucho

si paso por muerto.

De ningún modo puedo además decir nada en contra,

pues realmente estoy muerto para el mundo.

Estoy muerto para el tumulto del mundo

y reposo en un tranquilo rincón.

Vivo solitario en mi cielo,

en mi amor, en mi canción.

          Traducción de Fernando Pérez Cárceles         

 

 

jueves, 31 de mayo de 2018

8=1000


  
                                                                 
Retrato-Pascal Laloy

Cuando le dijeron que no podía hablar, se llevó una gran sorpresa; una alegría interior lo embargaba y no sabía por qué; en el fondo esperaba aquella prohibición, algo que interrumpiera la monotonía de su trabajo. Hacía tiempo que notaba molestias en la garganta, pero la entrega que mostraba en su profesión le impedía disponer del momento idóneo para visitar al otorrino; entre clase y clase un día se escapó, abandonó sus quehaceres y fue en busca de un remedio a aquel malestar que, cuando alzaba la voz, se convertía en dolor, obligándole primeramente a bajar el volumen e intensidad hasta quedarse sin poder pronunciar una palabra en medio de una explicación. Era catedrático de matemáticas, media vida de entrega para hacer entender a sus alumnos unos números, una abstracción. Le daba rabia estar embebido en un teorema y de repente tener que abandonarlo por un impedimento físico; era tal la valoración que concedía a su materia que estaba por encima de cualquier obstáculo que pudiera proporcionarle su vida privada, o incluso física. El diagnóstico había sido claro: unas cuerdas vocales estaban muy delicadas y necesitaban reposo, era obligado coger unos meses de descanso para que otra vez su garganta recuperara su estado óptimo; no debería hablar nada durante aquel periodo de tiempo, nada de nada, nada de nada, nada de nada, nada de nata, nada de nata, nada de nata, nata de nada, nata de nada, nata de nada... Nata de nata. El médico fue tajante; dio su veredicto  con palabras cortantes haciendo una incisión en su vida de meses: cuatro serían suficientes. Cuando pronunció ese número él se estremeció ya que sonaba diferente en boca de un facultativo; quizá él lo articularía de otra manera. Fuera de clase los números parecían tener otra significación, otra intención; trabajaba con ellos en fórmulas, en teoremas... extraía de ellos conclusiones que, para una persona no vinculada a las matemáticas, sonarían a chino; en la vida normal un número podía alcanzar la simplicidad más común. Tendría que coger una baja por enfermedad, nunca le había pasado tal cosa, y en el fondo se alegraba sin saber el motivo del regocijo, las matemáticas podían seguir su rumbo sin su imprescindible figura. Nunca había barajado la posibilidad de no hablar, era algo tan elemental como el ver, oír, tocar... capacidades tan asumidas a su persona que si prescindía de alguna de ellas le parecía no ser el mismo, y sin embargo, cuando el médico pronunció aquella prohibición, de repente sintió curiosidad. Le vendría bien dejar durante algún tiempo su actividad cotidiana y centrarse un poco en aquella nueva faceta que implicaba la comunicación con los demás por medio del gesto o como mucho por la palabra escrita. En un primer momento esta última opción la dio como válida, pero pronto la descartó; sentía verdadera curiosidad por saber cómo se desenvolvería en aquel nuevo campo de expresión que era la mímica; nunca lo había hecho y ya no tenía tiempo para que alguien lo orientara; pensó en sus clases, en el momento en que estaba en el estrado explicando algún problema, se esforzaba por dejarse entender, ese esfuerzo no sólo lo demostraba en una elección de términos comprensibles, sino también en una gesticulación atrayente e inteligible facilitando la dificultad y la resolución del problema propuesto; sencillamente haría lo mismo, pero sin la palabra. Una de las primeras preguntas que le surgieron fue qué haría durante aquellos meses, estaba excluida la idea de continuar trabajando en un estudio de investigación sobre la relación entre las matemáticas y la música; lo aparcaría durante ese tiempo, se dedicaría a descubrir el mundo desde un punto de vista relajado, viviendo el día a día como receptor y no como transmisor, viajaría, pero al azar, sin un destino prefijado o una meta que cumplir, siempre que cogía un avión era por razones profesionales: bien a congresos o bien a la presentación de ponencias; lo que en realidad necesitaba era “perderse” y nada mejor que aprovechar aquellos meses para oír y no para hablar. Se dedicaría a oír, para comunicarse con los demás emplearía el gesto, fuera donde fuese el idioma del que se serviría sería uno muy primitivo: el lenguaje de las manos. Ante la nueva propuesta y el inesperado reto pegó un salto, manifestación externa nada común en él ya que su comportamiento estaba en parte supeditado a la seriedad que, según cómo y quién la mirara, podía aparentar aquella materia su modus vivendi. La conclusión a  la que había llegado era que con un tratamiento y aquellos cuatro meses de reposo vocal, su voz estaría de nuevo en forma; la responsabilidad que concedía a sus clases y a sus trabajos de investigación se resentirían ligeramente, en el aula un sustituto lo remplazaría durante aquel tiempo y sus proyectos podían esperar. Cuando abandonó la consulta del otorrino ya había asumido su nueva situación; no cogió ningún transporte público para regresar a la facultad, al día siguiente iría allí para entregar su parte de baja y explicarles la causa de aquel cese temporal. ¿Explicación verbal? No, gestuallll. No diría nada a nadie, ni a sus familiares ni amigos más allegados, sencillamente tenía que quedarse callado, a fin de cuentas cuatro meses pasaban deprisa; le resultó gracioso pensar que a veces en sus clases reclamaba silencio, y ahora él se lo tenía que imponer a sí mismo. Se sentó en un banco que había en la acera cerca de la consulta, era una calle muy transitada tanto en el sentido peatonal como de automóviles, no estaba cansado, estaba bien, pero creyó que en el hecho de sentarse las ideas que le afluían tomarían también un cierto descanso, se acurrucó y subió el cuello de su cazadora, era noviembre y ya empezaba a hacer frío; con la cabeza baja, como si le pesara, fijó la mirada en el suelo de la acera, en sus baldosas y en los cuadrados que formaban, sobre ellos pisaban los transeúntes, las suelas de sus zapatos desprendían ciertos sonidos, describían sus pisadas, no todos eran iguales: la suela de goma sonaba de distinta manera que una de cuero, por ejemplo; influía también la forma de pisar o la rapidez del paso. Advirtió que toda aquella apreciación era algo nuevo y simple para él, algo que nunca había valorado, bien por falta de tiempo, bien por falta de atención o ambas cosas. A un segundo plano había relegado la vista, comparó los dos sentidos y a ésta la calificó de simple; algo que entraba por los ojos y se asimilaba instantáneamente, aquella sensación carecía de dificultad de entendimiento; el oído exigía tal vez una mayor apreciación, un esfuerzo por parte del oyente. Empezó a contar pasos, a veces era tanta la avalancha que se perdía en el recuento, él mismo, un experto, se perdía entre los números. Decidió levantarse e ir hacia su apartamento caminando, le sorprendió aquella decisión, no estaba acostumbrado al ejercicio físico, lo evitaba siempre que tenía a mano algún medio de transporte público; no tenía coche propio, la velocidad y las matemáticas no concordaban con su persona, había una especie de discordia entre ambas y como resultado una distracción y falta de interés ante cualquier artilugio de tracción mecánica; no se dio prisa, estaba paseando, algo inhabitual en él ya que siempre andaba acelerado, no podía perder tiempo, obsesión que a veces lo martirizaba, no concebía su mundo si  no estaba ocupado en algo, un momento de descanso significaba inutilidad, menosprecio del tiempo, como si éste llegase a cotizar en bolsa y no pudiera permitirse el lujo de malgastarlo aunque solamente fuera un poco. Advirtió el sonido de su paso, amortiguado por la suelas de goma de sus zapatos; un pisar discreto, casi inapreciable; la vista lo guiaba y prestaba especial atención a todos aquellos sonidos que lo rodeaban, ninguno en concreto, todos formaban parte de la vida cotidiana, y se alegró de caminar, de oír, de ver y de no hablar. Su pacto de silencio con el mundo había empezado, aquella caminata era el comienzo de un largo paseo, tenía la sensación que ante él se extendía un trayecto y al final de éste un punto: una línea recta que tenía como límite un punto. Un razonamiento de lo más simple, había llegado a la conclusión de la simplicidad. No quería liarse con las palabras, le parecía que no era el momento de demostrar nada, no estaba teorizando y no estaba tampoco en ninguna de sus clases. Siguió caminando lentamente, de todos aquellos rostros desconocidos que contemplaba se fijaba únicamente en sus bocas: las había cerradas, como la de él, otras articulaban palabras dirigidas a un interlocutor, no podía captarlas, pero cuando pasaban junto a su lado, percibía su aliento, su intención. Hubo un momento en el que se sintió transportado por la distracción y tropezó contra una anciana, en ese mismo instante su mente envió una señal de disculpa verbal que se frenó al llegar a la boca, convirtiendo la palabra en un gesto labial que adquirió su punto álgido en una sonrisa indulgente. Para olvidar el percance que no encajaba en las circunstancias del momento miró de repente hacia la izquierda y vio un escaparate, se acercó y allí estaban expuestos unos jerseis, sintió necesidad de comprar uno, entró, se lo probó, pagó y salió con él puesto, ¿capricho? ¿antojo infantil? ¿tenía frío? Nobody knows Nadie lo sabe. Como no había sido suficiente contemplarse en el espejo del probador, volvió al escaparate y observó su reflejo en el cristal, la imagen que allí se presentaba de él carecía de nitidez,  era un contraluz, la compra apenas era visible, la cazadora la cubría, en el fondo le daba lo mismo, se conformó con verse reflejado, algo en él se preguntaba si había cambiado, la tranquilidad llegó por la ausencia de sorpresa, todo seguía igual, había reconocido su figura, su silencio no daba señales externas. Aunque el frío había aumentado, siguió caminando, pasó por delante de una agencia de viajes y se paró, ante sí tenía ofertado medio mundo, no tenía interés en visitar un país o ciudad determinados, tampoco quería ir en viaje cultural; estaba seguro de que deseaba hacer un viaje, pero no con las intenciones con las que se suelen hacer: visitar los monumentos principales, saborear la gastronomía, comprar algún recuerdo, entrar en contacto con las gentes... Nada de eso. Al ir leyendo aquellos nombres geográficos instintivamente iba haciendo una selección, descartó desde un principio un viaje generalizado a un país, se decidiría por una ciudad, sí, seguro, exclusivamente una ciudad y la elegiría al azar, se pasearía por ella y oiría sus sonidos y no hablaría nada, en una palabra, se perdería, exacto lo que quería, se perdería entre sus calles, sus gentes, sus voces y él mudo. No entró en la agencia, no le comprenderían, no le entenderían,  ni haciendo uso de la palabra, cosa prohibida, captarían sus intenciones; empezó a acelerar el paso hacia su apartamento, en el silencio de internet estaba la clave, buscaría y estaba seguro de que allí encontraría su destino. Hacía tiempo que no caminaba tan deprisa, hubo un momento en que llegó al sofoco, el temor a perder aquella idea lo aceleraba, necesitaba con urgencia llegar a su punto de destino para ver culminada su realización; se paró en seco, reflexionó y cierta cordura aminoró su marcha; continuó a paso normal, aunque de vez en cuando una ligereza de nervio lo impulsaba a dar zancadas. Había llegado a su apartamento, abrió la puerta y un enorme vacío golpeó su rostro, aún no se había acostumbrado a la ausencia de su compañera, cuando estaba en casa y ella oía las llaves en el cerrojo siempre venía a su encuentro y le daba un beso en los labios, según había pasado el día así era de apasionado, él se dejaba llevar, después de estar inmerso en un mundo que le absorbía la mente, obligándole a una máxima concentración, el llegar a casa era como llegar a un oasis; ella lo besaba y le hacía cosquillas, él se retorcía y liberaba aquel cuerpo de un entumecimiento intelectual entregándose ambos a una concupiscencia que los dejaba relajados en cuerpo y alma. Pero todo aquello había pasado, no quería recordar otra vez las causas de su ruptura, hacía meses ya de aquello y ambos lo habían aceptado de buen grado, aunque todavía quedasen rescoldos de su ausencia; llevó la mano a su boca y con los dedos frotó los labios como queriendo dar con aquel pase una capa de olvido. Fue inmediatamente hacia la sala donde estaba el ordenador y se adentró en internet, buscó la página correspondiente y aquello era una oferta masiva de viajes; había decidido buscar al azar, elegiría por el número de vuelo, no por el destino, empezaron a desfilar números y números, le gustaban todos, bueno, no todos, había unos más que otros, por ejemplo los que tenían el número 8 gozaban de cierta preferencia, se decidió por el vuelo 1860,  estaría una semana aproximadamente por lo tanto escogería el viaje de vuelta, le gustó mucho el número de vuelo 1911; hizo clic y empezó a dar sus datos, apenas había prestado atención a la ciudad a donde iría, en un momento de abandono se dijo que para perderse cualquier ciudad le valía, reflexionó y le concedió importancia efímera a aquel instante, sabiendo que la verdad subyacía en aquel comentario. Durante toda la operación de reserva, forma de pago, identificación...advirtió aquel sonido de clic, le llamó la atención, indudablemente estaba cansado de oírlo, pero en aquel momento tomó su relevancia y pulsó varias veces y muchas, muchas más, queriendo extraer un significado a aquella especie de lenguaje, respondía a sus órdenes que se confirmaban en la pantalla, pero nada más, su dedo índice hizo clic hasta el agotamiento, hasta el entumecimiento, hasta que una ira cargada de rabia se desahogó ante aquel aparato inteligente, pero mudo. Se sonrió, aquella actitud le pareció más una actuación teatral que una descarga anímica. ¿Qué suerte le había deparado su elección? Buscó en la pantalla la ciudad, al primer momento no la encontró, pero pronto descubrió su destino: era la ciudad de Mönch, no le sonaba a nada, mejor, era lo que quería, sabía que a medida que pasaban las horas se familiarizaría con el nombre, se haría una idea de lugar, sería un destino como otro cualquiera. Saldría dentro de dos días, por lo tanto al día siguiente iría a la facultad a entregar el parte de baja y prepararía un bolso con lo necesario para el viaje. El día lo pasó corrigiendo unas pruebas y trabajos que hacía tiempo tenía pendientes, cenó temprano y se acostó. Podía decirse que durmió bien aquella noche, tuvo sueños, no pesadillas, había números que aparecían y desaparecían, pero había dos que insistían, aún tratando de eludirlos, su presencia era machacona, eran el 1000 y el 8. Al despertar, se esforzó por recordar lo que había soñado, pero lo único que sacaba en limpio y tenía claro eran aquellas cifras. Habituado a trabajar con números quiso buscarles un significado, el secreto de una clave, los colocó de todas las formas posibles; empleó fórmulas que no conducían a conclusiones, tanto los mareó que decidió abandonar el intento y dejarlos como estaban. Se levantó, a aquellas horas siempre encendía la radio, mientras se aseaba y desayunaba le gustaba escuchar las noticias, aquel día no lo hizo, se había levantado con la sensación de que su percepción auditiva se había agudizado, por un momento pensó en una manía que lo estaba asediando, sin embargo, cuando abrió el grifo de la ducha o manejaba los instrumentos del afeitado, percibía aquellos sonidos con más claridad; también podía ser que se había mentalizado y predispuesto a agudizar el sentido del oído, sí, seguro que era eso. Mientras se afeitaba su rostro se reflejaba en un espejo redondo de aumento, se contempló y como para asustar la imagen del reflejado, lanzó aliento y la superficie se empañó, desapareció, con el dedo escribió el 8, lo borró, se vio, más aliento, desapareció, escribió 1000, lo borró y se vio de nuevo, su cara a medio afeitar allí lo aguardaba. Cogió el metro para ir a la facultad, iba a ser la primera vez que ampliamente se expresaría en su nuevo lenguaje, le costó arrancar, vio sorpresa en el rostro de sus compañeros de departamento, asociarlo a él a la mímica solamente era algo extraño, si bien siempre había sido muy expresivo en gestos, éstos iban acompañados por medio de la palabra, ambos lenguajes completaban una perfecta comprensión de sus intenciones; comprobó que no era necesario gesticular mucho, había que simplificar las ideas con unos cuantos gestos concisos, rotundos; su interlocutor pronto captó su significado y así fue, se despidió de sus compañeros que le desearon una pronta mejoría. Al salir se encontró con unos alumnos que lo pararon para hacerle algunas preguntas sobre unos seminarios, no respondió, se limitó a llevar el dedo índice a sus labios en señal de abstención, con aquel signo harpocrático daba comienzo su voto oficial de silencio. De vuelta a casa decidió coger el metro de nuevo, por los pasillos que conducían a los diferentes andenes oyó cómo los pasos de la gente resonaban en sus idas y venidas, casi siempre obligados por la prisa, apenas se captaban murmullos o conversaciones; entró en un vagón, se sentó y observó los rostros de las personas que le rodeaban, por sus facciones algunos parecían ser extranjeros, le hubiera gustado oírles hablar en su idioma respectivo, pero el chirriar de un freno largo y agudo lo distrajo de su caprichoso deseo; leyó rótulos que lanzaban mensajes publicitarios, simplemente por el mero hecho de leerlos, sin captar su contenido ni intenciones, en uno de ellos sobresalía la cifra 1000, pero aquello fue una ráfaga y nada más. Aunque no había sonidos a destacar, podía decirse que los vagones sonaban a lleno, a multitud, a agitación en las paradas y a reposo en la marcha; se dio cuenta de que estaba llegando a su destino, se levantó y su mirada se clavó en un panel donde estaba expuesta la red del metro, era amplia, muy amplia, con múltiples líneas que conducían a cualquier parte de la ciudad, vio allí la línea 8, un 8, pero aquello fue una ráfaga y nada más. El metro se paró y bajó, tanteó la salida y oyó cómo las puertas del vagón se cerraban tras de sí. Hacía frío en la calle, apuró el paso al mismo tiempo que subía el cuello de su cazadora y se encogía ligeramente, en realidad no sentía frío, el jersey que había comprado le proporcionaba el calorcillo suficiente como para espantar, al menos por el momento, las incidencias de la estación; se diría que aquel encogimiento era una especie de recogimiento sobre sí mismo, el tiempo y las circunstancias personales del momento eran ideales para semejante actitud. La salida del metro quedaba muy cerca del edificio de apartamentos donde vivía, llegó a la puerta y decidió dar una vuelta por el barrio, aquel trayecto le había parecido muy corto, caminar un poco no le vendría mal, nunca lo había hecho por capricho; el desplazarse andando siempre había sido una obligación, tan pronto tenía un medio de transporte a su alcance no lo dudaba y lo cogía, pero todo había cambiado y con aquel ejercicio empezaba a sentirse aliviado y  no sabía por qué; nunca había descubierto su barrio, desconocía la gente que le rodeaba y que por proximidad formaba parte de su entorno, aunque por voluntad propia no entrara en el círculo de su privacidad; hasta entonces él se había limitado a considerar que su apartamento estaba en un lugar de la ciudad, le había tocado al norte, como si fuera al sur, al este o al oeste, le habría dado igual, el espacio que contaba para él era el que estaba comprendido entre las cuatro paredes de su apartamento, que tampoco era tanto, unos 60’20 metros cuadrados para ser exactos... Acostumbrado a jugar con los números sumó el 6 y el 2 y le dio la suma elemental de 8, pero aquello fue una ráfaga y nada más. Visto algún tiempo atrás, él habría dicho que había bullicio en “aquel” barrio, después de haber caminado durante un rato diría “su” barrio. La verdad es que había ambiente en sus calles, tenía buen comercio y tiendas pequeñas de ultramarinos, nunca se había fijado en ello, la compra la hacía en un supermercado; sintió la necesidad de confraternizar con sus vecinos, tal impulso lo llevó a entrar en una  de ellas y compró un kilo de peras, compró peras como bien podían haber sido manzanas, plátanos o patatas, por poner un ejemplo, lo imprevisible del acto no dio tiempo a pensar ni en la necesidad ni en la cantidad de la compra; lo primero que vio lo cogió, a su modo creyó que, de esa manera, había cumplido con sus vecinos. La impresión que le habían dado aquellas calles, sus edificios, sus gentes había sido muy favorable, hasta llegó a sentir un ligero orgullo por vivir entre ellos, no había sentido hostilidad, más bien un ambiente afable y acogedor. Llegó al portal de su edificio, vivía en una cuarta planta, a veces subía a pie, todo dependía de su estado de ánimo o de su concienciación por hacer algo de ejercicio; iba a coger el ascensor, estaba decidido, pulsó el botón de llamada, comprobó de dónde venía: planta 8, aquello fue una ráfaga y nada más, entró, y también entró en duda, ¿planta 4 u 8? Ridícula situación, le dio inmediatamente al 4, presionó fuerte para asegurar que la otro opción estaba descartada; en el ascensor revisó la compra que había hecho y en aquel kilo de peras le habían entrado 8 unidades, aquello fue una ráfaga y nada más; le apetecía comer una, pero se contuvo, no era el lugar, podía ser cuestión de minutos, cuando entrara en su apartamento, se comería una o dos, tres...o las 8 si fuera necesario; aquella autorreflexión le sonaba a consejo adulto, el que va dirigido a un niño para controlar sus caprichos y así poder educar el dominio de su voluntad; su yo adulto ejercía un influjo sobre su yo infantil, aceptó el consejo de buen grado y como niño obediente salió del ascensor, abrió la puerta del apartamento, la cerró y se dirigió a la cocina dispuesto a comerse una pera o dos o tres...o las 8. Cogió una pieza y la lavó, acto seguido le pegó un mordisco; apenas la había masticado cuando el sonido onomatopéyico del asco sacudió el silencio, su garganta se resistió, a pesar de su intención de no hablar y de hecho no habló, sencillamente había sido un sonido de rechazo, algo a: ¡¡¡ ajjj!!! ¡¡¡ ajjj!!! ¡¡¡ajjj!!! ¡¡¡acht!!! ¡¡¡acht!!! ¡¡¡acht!!! ¿qué pintaba ahí “acht”(8 en alemán)? Escupió el bocado en la taza del váter y soltó agua, la amargura del momento se la llevó aquel potente chorro por senderos desconocidos; volvió a coger la pera, la observó y comprobó que estaba en buen estado, conclusión: seguramente había masticado alguna parte que estaba mazada, se comió el resto y le supo a gloria, se comió una más y una más y una más, ya eran cuatro y se puso ante sí el cartel de “stop”. Después preparó la bolsa de viaje para tenerla dispuesta al día siguiente. Sentía verdadera impaciencia por verse ya en el avión rumbo a la ciudad de Mönch, por un momento sintió curiosidad por saber algo sobre el lugar pero repentinamente decayó su interés y se dijo que iba allí para  “perderse”; en un principio aquella palabra le sonó a una especie de desenfreno pasional, a dar rienda suelta a instintos carnales, y sin embargo, al hacer una frase con ella: “me he perdido”, la intención cambiaba por completo, era admitir que se había extraviado, que no sabía dónde estaba; él, un hombre adulto, poseedor de unas facultades desarrolladas a lo largo del tiempo y de las experiencias, aquello de estar  “perdido” le sonaba a algo infantil, a la búsqueda de alguien para que lo situara de nuevo en la dirección correcta, o también todo lo contrario, a arreglárselas uno mismo para salir de la situación. Insistió en la idea de  “perderse”, no buscaría información sobre aquella ciudad. El resto del día transcurrió sin pena ni gloria, más con pena que con gloria, ningún hecho a destacar, la rutina convertía a momentos del día en pura mecánica, actos robotizados que se llevaban a cabo inconscientemente. Detestaba hacer las tareas de casa: lavar, hacer la limpieza, planchar...Con la misma fuerza con que detestaba todo aquello, con la misma fuerza aceptaba, a regañadientes, el cumplir con la obligación de mantener un orden en su hogar. El día que tenía marcado para realizar aquellas labores, necesitaba una mentalización especial, se despojaba de toda intelectualidad y se convertía en un autómata de la limpieza, a veces se aceleraba para que aquellas tareas terminasen pronto y no cayeran en un punto de reflexión, lo calificaba de tiempo perdido. Se acostó y durmió perfectamente, no soñó con números, se levantó relajado, reconoció que había dormido profundamente, que había estado en otra dimensión. Miró el reloj y comprobó que se acercaba la hora de ir al aeropuerto, tendría que coger un taxi; echó una última visual al apartamento para asegurarse de que todo quedaba bien; vaciló en el último momento, no sabía si llevar la cazadora o un chaquetón, se decidió por éste último sabedor de que lo abrigaría mucho más, se lo puso, cogió la bolsa y cerró con llave la puerta, sonó un golpe decisivo, seco. En la calle paró un taxi, sin querer, miró el número de matrícula, una cifra más, nada a destacar. Mediante gestos indicó al taxista la dirección a seguir, éste para asegurarse hizo una aclaración verbal y él se la confirmó con un asentimiento de cabeza. Se sintió ridículo cuando extendió los brazos y balanceó el cuerpo de un lado a otro imitando a un avión, al fin y al cabo, era una de las primeras veces que se expresaba en aquel nuevo lenguaje y con un solo intento le habían entendido perfectamente, pronto desapareció aquella sensación de comicidad al estar avalada por el éxito. El coche se puso en marcha, acto seguido el taxista encendió la radio, escogió emisora, y una música urbana llenó aquel pequeño espacio; se adaptaba perfectamente a la situación y a todo aquel paisaje de calles, transeúntes y automóviles que desde el interior se le ofertaban a la vista, mirara hacia donde mirase; el taxista lo observaba de vez en cuando por el espejo retrovisor, a su vez él también advertía que era observado; durante todo el trayecto no se dijeron nada, una lógica aplastante no daba lugar a un razonamiento sobre aquel mutismo. Camino del aeropuerto, una avalancha de coches llenaba todos los carriles que conducían a él, aquella música era la ideal, tal era su integración con lo que veía, que pronto empezó a marcar el compás, disimuladamente sus pies se dejaban ir, chasqueaba los dedos de las manos, su cuerpo iba y venía de adelante atrás y de detrás a adelante, sin querer, quedó poseído por aquel ritmo; el taxista lo vio y aceleró, subió el volumen de la radio, él sintió que tragaba el espacio y el tiempo a una velocidad más rápida de lo normal. Una parada brusca lo hizo volver a la realidad, habían llegado al aeropuerto, miró el taxímetro, redondeó la cuenta dejándole 8 céntimos de propina, pero aquello fue una ráfaga y nada más, el taxista cogió el dinero con gesto esquivo, como queriéndose alejar pronto de aquel individuo que, poseído por el ritmo, mostraba indicios de insania. Cogió la bolsa de viaje y automáticamente se le abrieron las puertas del aeropuerto, comprobó en las pantallas el número de su vuelo y se dirigió al mostrador correspondiente, entregó la información y justificantes que había conseguido por internet y una empleada de la compañía en la que iba a volar le tramitó el pasaje; con voz cálida le pidió el carné de identidad, se lo dio con un gesto volátil en consonancia con su voz etérea; entregó el equipaje y se le devolvió la documentación con el billete ya reglado, siguió las instrucciones que le habían dado, pasó los controles de revisión y se dirigió a la puerta de embarque; desde que entró en el aeropuerto hasta que llegó allí había sido un recorrido dirigido por números y letras, rótulos que indicaban adónde ir, pantallas que marcaban horarios y números de vuelo, ¡qué fácil podía perderse uno! No tenía necesidad de ir a ningún sitio para “perderse”, bastaba con dejarse llevar a lo largo de aquellos interminables pasillos, no prestar atención a ninguna de aquellas indicaciones y la “perdición” podía ser total, pero aquélla no era su voluntad; extraviarse en un aeropuerto era algo artificial, necesitaba una ciudad y sus calles y algo más, desconocía ese algo más, estaba seguro de que lo encontraría allí, no era nada material, tangible. Había llegado con antelación y se sentó a la espera de la llamada de embarque, miró con detenimiento su billete: comprobó el número de vuelo, de asiento y muchos otros números cuyo significado desconocía, indudablemente le eran familiares aunque con otra interpretación, con otra misión. Donde se encontraba era un enorme hall, allí aguardaban los pasajeros a ser reclamados para tomar su avión. A través de grandes ventanales se divisaba el desplazamiento de aviones, contempló toda aquella escena con indiferencia, como si el material del que estaban hechos fuera indigno de atención,  volvió la mirada hacia la gente que le rodeaba, todos compartían su mismo destino, durante dos o tres horas de vuelo permanecerían juntos, llegados a su destino cada uno cogería un rumbo desconocido, se perderían en la inmensidad de una ciudad. Del bolsillo sacó un cuadernillo y un lápiz y escribió varias veces el nombre de aquella ciudad, empezó a derivarlo, tenía costumbre de hacer algo parecido con los números: Mönch, Mönch, Mönch, Mönche, Mönche, Mönche...Moncho...No, Moncho, no, Mönje, Mönje, Mönje, Monje, Monje, Monje; Munich, Munich, Munich, Münche, Münche, Münche, Münje, Münje, Münje. ¿Lo había hecho bien? Miró a sus vecinos de al lado esperando una confirmación, lo ignoraban, no habían prestado atención a lo que estaba haciendo, se dio cuenta de que estaba rodeado de extraños, cada cual estaba absorto en su mundo, se sintió solo y contempló con cariño los garabatos que había hecho en la hoja de papel. Había llegado la hora de embarcar, se levantó e hizo cola, pronto entró en el avión, buscó su asiento, le había tocado al lado de la ventanilla, miró a través de ella y vio parte del ala de su avión, también algo de pista, algún camión cisterna y poco más, gris y más gris, líneas horizontales, alguna mancha de rojo, aquel encuadre le llevó a pensar en una pintura abstracta; observó cómo entraban sus compañeros de vuelo y tomaban asiento, volvió a mirar por la ventanilla y sin prestar atención leyó 1000, tardío de reflejos, segundos más tarde se dio cuenta de aquella cifra, no sabía dónde, no sabía cómo..., pero aquello fue una ráfaga y nada más. Por un momento pensó en la revisión que le habían hecho, había tenido que vaciar sus bolsillos, despojarse de su chaquetón y pasar a través de un control electrónico, no le detectaron nada peligroso que pudiera alterar la seguridad del vuelo, no se cuestionó tampoco la importancia o no del momento, se sonrió de la simple e inocente sospecha que ensombrecía su persona, un hombre de números que nunca había tenido un arma en sus manos. Aviso, el avión estaba preparado para despegar, los motores se pusieron en marcha y su rugido encogió el corazón, hubo silencio como queriendo con él dar una mayor concentración al despegue; pronto aquel aparato se estabilizó en el aire y los comentarios y la relajación volvieron a surgir en los pasajeros. Él se había olvidado de traer un libro para leer, la azafata le dio a elegir un periódico, pero él negó con la cabeza, en aquel momento no le interesaban las noticias del mundo; tampoco le apetecía mirar el exterior, solamente se contemplaban nubes y bruma, algo indefinido, una mezcla de ambas. Decidió matar el tiempo y pensó en una película de terror, aquella frase le sonó a crimen, pues él nunca lo desperdiciaba, siempre tenía sus ocupaciones. Sacó del bolsillo aquel cuadernillo y un lápiz, lo abrió en una página cualquiera y se enfrentó a la blancura de ésta; ¿Qué haría? ¿Dibujaría? ¿Escribiría? Nada surgía, aquel pequeño espacio en blanco le pareció una extensión enorme, desértica y sin querer escribió en la mitad de la página los números 8=1000, no le encontró significado y los repitió una y mil veces hasta que cubrió toda la hoja de papel con aquella especie de ecuación, no dejó ni un espacio libre, había creado una tela entretejiendo aquellos números, como un niño obediente había cumplido con el castigo que se le había impuesto por una falta de orden. Se quedó dormido y el sueño se encargó de que el tiempo de viaje se redujera hasta toparse con la sorpresa del despertar. Estaban llegando, guardó el cuadernillo y abrochó el cinturón de seguridad, miró por la ventanilla y lo que veía lo hizo volver a la realidad: veía campos labrados, granjas, autopistas que conducían a la ciudad, estos indicios y algunos más indicaban proximidad, también la pérdida de altitud del avión colaboraba en la confirmación de un aterrizaje inminente. Llegó. Pisó aquel suelo, el suelo de aquella tierra, de aquel país por donde iba a caminar. Estaba decidido a caminar y por supuesto a no hablar, lo primero contrarrestaría lo segundo. Cogió un taxi y le mostró al taxista una hoja de papel donde estaba escrita la dirección del hotel, no tuvo que hacer ningún gesto, nada que aclarar, la predisposición a una posible mímica se refrenó y el coche se puso en marcha, el aeropuerto aún estaba lejos del centro de la ciudad, pero pronto llegaron o al menos eso le pareció, cambió rápidamente de opinión cuando miró el taxímetro en el momento de pagar, le pareció caro, eso quería decir que la distancia había sido considerable. Pagó. Cogió el chaquetón y la bolsa de viaje y se presentó en la recepción del hotel, prometió explicarse por medio de gestos solamente, el recepcionista lo entendió a la perfección, pero cuando tuvo que decir su nombre se sorprendió de tal manera que instintivamente una de sus manos tapó la boca y la otra la llevó hacia el pecho, se sintió un extraño de sí mismo, como si no fuera él y fuese otro; se vio en la obligación de coger un bolígrafo y apuntar su nombre y apellidos, los escribió correctamente, mecánicamente también, en el trazo cierta inseguridad. El hotel era acogedor y no muy grande, cuando bajó del taxi le había echado una visual al edificio, tenía una fachada clásica y al mismo tiempo mostraba cierto toque de modernidad. El recepcionista le dio la llave de su habitación después de verificar la reserva y rellenar una ficha, su número era el 108, se sorprendió al ver el 8, al 10 le faltaban dos ceros, su imaginación los añadió sin más vacilaciones, pero aquello fue una ráfaga y nada más. Subió por las escaleras, le pareció que coger el ascensor para ir a un primer piso era señal de inutilidad, su habitación era la número 8, la abrió, daba a la calle, era muy luminosa, sacó de la bolsa alguna ropa y la ordenó en el armario, fue al baño y se aseó, refrescó la cara con agua fría, lo necesitaba, tenía la sensación de que cada músculo de su rostro se había entumecido a causa del viaje, pronto recuperó la expresividad facial. En conjunto la habitación estaba bien, se acercó a la ventana y contempló la calle, era muy transitada, se notaba que estaba en el centro, si alguien le hubiera preguntado por qué lo sabía, habría respondido porque olía a casco antiguo de ciudad. Se moría de ganas por pronunciar el nombre de aquel lugar, recordó su prohibición, recordó su prohibición de hablar y, sin embargo, lo repitió en su interior, en su mente, sí, en su mente, y tuvo una repercusión en todo su cuerpo, se estremeció, igual que le pasa a un edificio a causa de un estruendo, vibró. Era media mañana y el cielo estaba gris, hacía frío, ya lo había advertido al bajar del taxi; al adivinar la presencia de la pregunta obligada sobre lo que iba a hacer, sin dar opciones a ninguna otra clase de proposición, impuso el verbo caminar, era una decisión tomada. Oyó las campanadas de un reloj, le parecieron solemnes, nunca antes un instante de su vida había estado marcado por un sonido tan majestuoso, trató de buscarlo, venía de detrás de los edificios, al otro lado de la calle, miró hacia lo alto con la idea de descubrir las torres de una iglesia o catedral, pero no vio nada, y no obstante, tenía la seguridad de que procedía de un lugar sagrado. Aquellas campanadas podían ser inicio, el punto de partida de su caminar. Por un momento pensó en pedir en recepción un plano de la ciudad, eso era por lógica lo que se debería hacer y algunas veces lo había hecho en sus viajes de trabajo, pero sabía que esta vez no, había venido a caminar; le volvió a extrañar aquella finalidad, cualquiera hubiese pensado que aquella idea de caminar por una ciudad desconocida era una especie de esnobismo, rareza o desvarío; él, sin embargo, con el paso de las horas había asimilado aquella actitud como normal, incluso como si fuese una necesidad. Cogió el chaquetón, se lo puso y bajo a la calle, hacía frío, se abotonó la prenda de abrigo y empezó su peregrinar por las calles del casco antiguo, empezó a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a camilar, a camilar, a camilar, a cavinar, a  cavinar, a cavinar, a cavilar, a cavilar, a cavilar, a cavilar, a cavilar, a cavilar, a cavilar, a cavilar, a cavilar, a cavilar. 8= 1000. A cavilar y a caminar, a cavilar y a caminar, a cavilar y a caminar, a cavilar y a caminar, a cavilar y a caminar, a cavilar y a caminar... ¿Qué había visto? ¿Dónde había leído aquellos números? Se había perdido en sus pensamientos y en la acción, ¿Qué significaba aquella ecuación? ¿Era una incógnita? Retrocedió lo ya andado en búsqueda de aquella misteriosa igualdad. Llegó a una gran plaza, la recorrió con la mirada destacando un edificio neoclásico con una gran pancarta: 8=1000, sintió orgullo, trató de razonarlo siguiendo su costumbre de encontrar el porqué a cada cosa, aquello carecía de solución matemática, quizá era el enorme tamaño de aquellos números, eran muy desproporcionados, el contraste de aquellas dimensiones con las cifras garabateadas en una hoja de papel podía ser la causa de aquel sano orgullo. Se acercó al edificio y constató que era el teatro de la ópera, lo primero que le vino a la  memoria es que aquella ecuación no podía corresponder con el título de una ópera; no era un experto en el género lírico, pero casi garantizaba que era un espectáculo distinto, fuera lo que fuese, decidió ir a verlo, tampoco le importaba la clave de aquellos números y ni se molestó en tener más información sobre el evento, en aquel momento sólo confiaba en el futuro como factor aclaratorio de aquel misterio. Se dirigió a la taquilla para comprar una entrada, con el dedo índice y cierto movimiento firme de éste daba a entender que deseaba una localidad, el empleado le mostró la pantalla del ordenador donde se veía la capacidad del aforo, estaba todo ocupado, no quedaba ni un asiento vacío, se entristeció, sintió como si se apagarán algunas luces, como si el destino lo privara de la aclaración de aquella incógnita; de repente, una de aquellas butacas parpadeó y quedó vacía, era un lugar de preferencia, era el palco del rey, no lo dudó y señaló en la pantalla la voluntad de reservar aquel asiento, su dedo índice tembló varias veces, bien movido por la emoción o por el nerviosismo, pagó con tarjeta, le dieron la correspondiente entrada y se fue, se cercioró de la fecha y la hora del espectáculo, era el día 8, aquel mismo día, a las 8 de la tarde, pero aquello fue una ráfaga y nada más; hasta las 8 de la tarde no quería saber nada de lo que iba a ver y a escuchar. Sintió debilidad y comió una salchicha en un puesto callejero, le supo a gloria, bebió una cerveza y también le supo a gloria, se sentía en la gloria, el haber conseguido aquella localidad para poder presenciar un espectáculo que iba a aclarar la incógnita de aquellas cifras que lo perseguían los últimos días, le parecía una ironía del destino. Se sentó en un banco para reposar un poco lo que había deglutido, había comido demasiado rápido y bebido también; era la primera vez que compraba una entrada para un espectáculo sin saber qué era lo que iba a ver, pero eran precisamente esa ignorancia y esa ecuación lo que despertaban en él un interés muy especial. Allí sentado, tranquilizó su exaltación y contempló pasar a la gente; envuelto por el frío y acurrucado por el calorcillo que le proporcionaba su chaquetón entró en un estado de sopor y sintió un profundo silencio que lo aislaba del bullicio de la calle, se sintió un punto solitario en un espacio indeterminado, se dio cuenta de que estaba perdido, abandonado a la intemperie, en su mente busco un árbol para cobijarse, no lo encontró. Aquella imposibilidad lo reavivó y miró hacia un lado y hacia otro, como si estuviera buscando a alguien advirtiendo la realidad de un país ajeno, de una ciudad ajena. Miró el reloj y aún quedaban algunas horas para la hora de la función, decidió caminar, recorrió lentamente las calles del casco antiguo de la ciudad, de vez en cuando se paraba delante de algún monumento, lo contemplaba sin prestar una atención especial, más bien como descanso y proseguía su camino, oyó unas campanadas que le sobresaltaron,  venían de muy cerca, el sonido lo guió y se encontró con la catedral, o al menos eso supuso por lo importante de su fachada y torres; no lo dudó, entró y se sentó en uno de los bancos, lo heló el silencio, apenas había luz en el interior, a través de los ventanales poca claridad se dejaba pasar, unas cuantas velas diseminadas por algunos altares marcaban pequeños focos de luz, se sentó con los brazos cruzados y las piernas juntas, después un poco más separadas, con ellas hacia la izquierda y hacia la derecha, apoyó las manos en el regazo y sintió que no se sentaba bien, que no encontraba la posición correcta de su cuerpo, se sintió incómodo, hacía tiempo que no entraba en un lugar sagrado, podía ser la falta de costumbre también, se tranquilizó y permaneció en silencio durante un buen rato; con la cabeza inclinada reflexionó sobre su vida, nada en especial, muchos de ellos eran pasajes sin importancia, anécdotas que algunas lo llevaban a esbozar una sonrisa, y sin embargo, no se sentía bien, o mejor dicho, no se sentaba bien; miró a su alrededor y vio a una mujer arrodillada absorta en un profundo rezo, le entraron ganas de hacer lo mismo y la imitó, se arrodilló, junto las manos en señal de oración e inclinó la cabeza tanto que en vez de dar muestras de recogimiento más bien parecía que se había quedado dormido; permaneció así un buen rato, aquella posición le pareció cómoda, o si bien no era tan cómoda, al menos su cuerpo había encontrado sosiego. En consonancia con las circunstancias trató de orar, pero en su mente no encontró ninguna plegaria u oración y se quedó en silencio, con su silencio, con su conocido silencio, dejó que el frío del recinto lo calara hasta los huesos; aquél no era un frío normal, era un frío de siglos, se quedó inmóvil, quería sentir que el tiempo afectase a su cuerpo, cualquier movimiento brusco podía alterar aquella percepción, el estar de rodillas le aportaba una sensación de paz, de perdón, aunque ésta última no sabía el porqué; con las manos unidas a imitación de la mujer, levantó el rostro y lanzó una mirada global a aquel espacio interior, una vez concluida se levantó y salió, en su mente no se había formulado ninguna frase acorde con la intencionalidad del lugar: ni una súplica, ni un arrepentimiento, ni un deseo, ni una plegaria, ni un agradecimiento estaban en sus intenciones. Al salir a la calle se despabiló sacudiendo los pies y ajustándose el chaquetón y siguió caminando, caminando, caminando, caminando, caminando, caminando, caminando, cavilando, cavilando, cavilando, cavilando, cavilando, cavilando, ca-minando, ca-minando, ca-minando, ca-minando, ca-minando, ca-minando, minando las distancias y se paró a contemplar un escaparate, era de ropa, no se fijó en nada en concreto, no tenía intención de comprar nada, tampoco creía que fuera el momento ideal, interrumpiría la finalidad de la caminata, perdería continuidad; reanudó la marcha, la marcha, la marcha, la marcha, la marcha, la marcha, la mata, la mata, la mata, la mata, la macha, la macha, la macha, la macha...De repente oyó unos sollozos, miró a su alrededor, a la gente que pasaba junto a él y no vio indicios de ningún lamento, bajó la vista y halló la causa: un niño se había perdido, se enterneció con él y se puso a su misma altura, trató de consolarlo y con un pañuelo le secó las lágrimas; no le dijo nada, quizá por un momento hubiese roto la promesa de no hablar, pero en realidad no se le ocurría nada, tampoco le entendería, hablaría otro idioma, se ayudaría de la mirada y los gestos; el niño dejó de sollozar, sus ojos seguían llenos de lágrimas, a él también le pasó lo mismo, al contemplar aquel rostro infantil lo percibió a través del agua, como adulto se supo contener y el cauce de lágrimas no desbordó sus ojos, le dio la mano para que con el tacto la condición de extravío perdiera en intensidad, ambos sintieron una sensación recíproca, por unos instantes, él, aquella “su perdición” estaba a buen recaudo, se sintió tan niño como él. A su lado apareció un adulto, él lo miró, por la edad aparentaba ser su abuelo, tan pronto como el niño lo vio se le acercó, se dijeron algo, no los entendió y se alejaron como abuelo y nieto confraternizando como tales; su mano quedó vacía, agachado durante unos instantes esperó que aquel hueco se llenase con algo, desistió y se levantó, en medio de la calle permaneció desorientado mirando para todas partes, después de un rato volvió en sí, es decir, se reestructuró y se dio cuenta de que posiblemente podía ser la hora de la función; había anochecido y enfriado la temperatura, la calle parecía distinta, con todas las luces ya encendidas y la claridad que desprendían los escaparates se creaba un ambiente acogedor; miró el reloj y advirtió que aún le sobraba tiempo, decidió seguir caminando y dirigirse al recinto a pie, no sabía exactamente dónde estaba, pero tenía la sensación de que el teatro de la ópera no se encontraba lejos; se dejó orientar por un flujo de personas que iban hacia una misma dirección, efectivamente todas aquellas almas confluían en una gran plaza; en calles contiguas también se daban las mismas circunstancias, todos se dirigían a la entrada del teatro, contempló por última vez la gran pancarta donde se exponía aquella ecuación, dentro, por fin, descubriría la gran incógnita; todas aquellas almas empezaron a entrar a través de varias puertas, él enseñó su entrada, algo le dijo el hombre que verificó su tique, no lo entendió, tampoco le había prestado mucha atención, pero por lo que en él se indicaba, su asiento era fácil de encontrar; antes de subir unas escaleras cogió un folleto, el programa de mano, no lo miró, quería estar sentado en el palco del rey para descubrir la sorpresa de lo que le deparaba. Dejó el chaquetón en el guardarropa, se cercioró del palco que le correspondía y antes de entrar, se quedó inmóvil delante de la cortina que separaba el acceso al interior o al exterior de su palco; dependía de cómo se mirara, en su mente hubo una confusión entre interior y exterior, entre izquierda y derecha, entre arriba y abajo, entre adelante y atrás. Se dejó de pamplinas, cogió la cortina, respiró profundamente, irguió la cabeza y por primera vez fue rey de sí mismo; había más gente en el palco, la ignoró, agarró su cetro, su programa de mano enrollado y se sentó. El público empezaba a llenar los palcos, la vista del escenario era magnífica y sintió silencio, su propio silencio; con su voz en reposo tuvo la sensación de que su oído se agudizaba, como si todos sus sentidos se centraran en él; su percepción auditiva estaba dispuesta a captar sus sentimientos más íntimos, en un instante por su mente pasaron acontecimientos de su vida en ráfaga queriéndose concentrar y preparar para los próximos momentos, algo se iba a resolver, algo iba a dar sentido, a sincronizar con su existencia, se despojó de banalidades y se centró en su futuro inmediato; el aforo estaba al completo, los palcos estaban abarrotados de público, se asomó por encima del balcón y sintió el vacío y con él el vértigo, se retiró y se sentó correctamente, erguido, pero cómodo; los músicos ya habían ocupado sus asientos y el escenario empezaba a llenarse con los miembros del coro, eran cientos de personas que se concentraban en el escenario de la vida; con una seguridad matemática apostó que serían mil, no los había contado, pero sí, estaba seguro de que serían mil, cogió su cetro desenrollado, su programa de mano y leyó la primera página: Mahler sinfonía n. 8 en mi bemol mayor, “Sinfonía de los 1000”, volvió a leer: Symphony n. 8 in E flat major “Symphony of a Thousand”, volvió a leer: Symphonie n. 8 en mi bémol majeur  “Symphonie des Mille” , volvió a leer: 8 Sinfonie in Es-Dur  “Sinfonie der Tausand”, volvió a leer: Sinfonia n.8in mi bemolle Maggiore “Sinfonia dei mille”...Dirigió la vista al director, estaba a punto de dar la entrada a la orquesta, pronto entró el coro irrumpiendo con un: “Veni, creator spiritus, mentes tuorum visita...” Ven espíritu del creador, visita las mentes de tu gente...Al oír aquello supo que la ecuación era perfecta. No deseó nada, ni vivir ni morir, al llegar al coro final, al coro místico, se agarró con todas sus fuerzas a un dulce susurro que se fue ampliando hasta culminar en una explosión de sonido; entonces el tiempo se paró y él “se perdió” en el tiempo.