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lunes, 18 de marzo de 2024

VIVO EN MI CANCIÓN




 Cuadros:

“Autorretrato” (1628), Rembrandt van Rjin.

“Desnudo de hombre sentado” (autorretrato), Egon Schiele.

“Cristo muerto sostenido por un ángel”, Antonello de Messina.


Hiob 49-Stephan R. Warnemünde

 

Ich bin der Welt abhanden gekommen, estoy perdido para el mundo, lo he abandonado por voluntad propia, nadie me ha obligado a tomar esta decisión; hacía mucho tiempo que mi mente maquinaba esta desvinculación, pero eran tantos los impedimentos que me sujetaban a mi vida anterior que llegó un momento en el que me dije: hasta aquí llegué; al principio, cuando la idea estaba en ciernes y siempre muy bien acogida desde sus orígenes, temía a no atreverme a dar el paso definitivo hacia una ruptura; me veía muy vinculado a mi mundo, a desdeñar todo aquello que con tanto esfuerzo me había costado sudor y lágrimas; había creado todo un imperio industrial al cual me agarraba porque al tenerlo entre mis manos, al poderlo manejar, el sentido de posesión enardecía mi orgullo, por eso había que tomar con cautela aquella idea, sopesarla, no fuera a ser un desacierto caprichoso que más tarde tuviera que lamentar; desde un principio en mi fuero de la conciencia sabía que no iba a errar, no obstante me di algún tiempo para que éste tanteara tal decisión; a decir verdad fue de lo más sencillo dar el paso, además, me quedé tan pancho. Mi vida anterior se había complicado hasta tal extremo que mis resoluciones no sólo dependían de mí sino de un gran número de consejeros, organismos, técnicas de marketing, modernidades que se me escapaban de las manos y de la mente, aparte de la edad, ya no me veía capacitado para dirigir el tinglado que, sin querer, había surgido de una pequeña industria sin ánimo de grandes expectativas hasta convertirse en la mastodóntica maraña industrial que es hoy en día; se lo he dejado todo a mis hijos, ellos son los que se encargan de dirigirla y por lo que observo lo están haciendo bien, diría que muy bien. Yo soy un hombre de origen humilde, no me las doy de víctima, pero es verdad; de pequeño tuve una preparación muy elemental, tampoco fui un buen alumno, los estudios que adquirí fueron a base de renquear con la mayor parte de las asignaturas en las que, a no ser por el empuje de mis padres, no habría logrado ni un mínimo nivel aceptable. En una palabra: no estaba hecho para los libros, sino para el trabajo; mis hermanos y yo (éramos cuatro varones) salimos adelante gracias a una entrega encomiable por parte de padre y madre, si bien en nuestra familia la economía siempre se mantenía en mínimos, el espíritu de superación sobresalía ante cualquier iniciativa de prosperidad; ninguno de los cuatro hermanos logramos estudios universitarios, el trabajo era nuestra esperanza de vida y con gran tesón todos nos hicimos un hueco en una sociedad exigente que demandaba sacrificio sobre todo para aquél que partía de cero…Ahora que lo pienso el cero nunca me ha abandonado: partí de cero y al cero me dirijo, lo llevo conmigo desde el principio hasta el final, ¿cero con “c” o con “z”? Ahora que lo pronuncio me suena a nota, no a una nota musical, era a la nota escolar que un profesor de matemáticas me concedía en mi época infantil ante el rotundo fracaso de un examen; en voz alta leía las calificaciones: primero era el nombre del alumno, había un silencio y a continuación envuelto en rabia escupía un número: “cero”, nunca lo admití con “c”, siempre pensé que me merecía un cero, pero con “z”:”zero”; ¡cuántos números, cifras millonarias no habré ocasionado con mi entramado industrial!; mis aspiraciones nunca habían sido exorbitantes, quería abrirme camino en la vida creando una empresa familiar para poder llevar una existencia digna tanto para mí como para mi familia, pero no sé cómo el destino o la suerte, tal vez, se extralimitaron conmigo llegando a alcanzar cotas insospechadas de poder y riqueza que en ningún momento tenían hueco en mi mente; en los escasos instantes que mi vida tan atareada concedía a la reflexión, yo mismo me asustaba del potencial adquisitivo que había logrado, rodeándome de un mundo que me parecía impropio de un ser humano debido al exceso, llegando a veces al agobio y al asqueamiento, pero nunca dije nada a mi entorno: veía a mi esposa e hijos contentos, pues a callar, a callar, a callar, a callar…y de tanto callar se fue enquistando una obsesión declinante, de abandono, de saber con certeza que llegaría un día en que pronunciaría unas palabras mágicas: “ ahí os queda todo”, pero ese día aún no estaba fijado, la edad y la experiencia lo marcarían con sencillez, sin pompa, y así es como fue. Mit der ich sonst viele Zeit verdorben, en el que sin embargo malgasté mucho tiempo. No sé por qué le estoy hablando a esta grabadora desde hace un momento, hace tiempo que no hablo, aunque haya abandonado el mundo eso no significa que no desee hablar; ya me he acostumbrado a estar en silencio, ya no me va el hablar por hablar, el hablar para dar órdenes, para dirigir; sin querer y a medida que iba entrando en años he ido cediendo en el cargo de presidente y dando paso a mis hijos que son ahora quienes manejan “el imperio”, me he ido quedando callado porque ya advertía que mi voz, que proyectaba mis ideas, carecía del potencial, del arranque que en un principio poseía, me daba cuenta de que debía transferir a otras voces la mía y casi no hablaba porque no tenía interlocutor; ahora estoy en situación parecida, de esta grabadora sé que no voy a obtener ninguna oposición ante los pareceres que yo exprese; como buena máquina, fiel a los dictámenes de su diseñador, conservará mi habla y en ésta mis últimas palabras, mis sentimientos y ¡cómo no! mi canción. Otra de las grandes sorpresas que me ha dado la vida ahora es la afición a cantar, jamás en mis largos años de existencia había experimentado tal necesidad, porque es una necesidad; supe y sé que siempre he cantado terriblemente mal y lo sigo haciendo, pero me da igual, soy consciente de que  me sienta bien, me tranquiliza; el cantar equilibra mi mundo pasado, presente y futuro: amaina el ímpetu de mi juventud si algo queda, la realidad se muestra tal como es y cubrirá unas carencias futuras propias de la edad avanzada. No me importa si alguien escucha esta grabación en algún tiempo posterior, simplemente estoy hablando y acreditando un momento actual y real de mi vida, no es una confesión tampoco, sencillamente hablo de mí  en mi presente realidad… Vivo en esta pequeña casa rodeada de bosques, la compré hace mucho tiempo cuando aquel hombre emprendedor que yo fui empezaba a adquirir ganancias con sus primeros éxitos empresariales, esto fue mucho antes de que todo se desbocara, mi esposa y yo la habíamos comprado con la idea de pasar fines de semana o algunos días de asueto con nuestros hijos, pero ni la pisamos, surgió la marabunta, aquel emprendedor que se conformaba con la sencillez de logros insignificantes se vio arrastrado por un tinglado empresarial que crecía como la espuma, las pequeñas ilusiones se magnificaron y su esencia primigenia quedó relegada al olvido…Echo tanto de menos a mi esposa Guisande. Estuve tan enamorado de ella y lo sigo estando a pesar de su ausencia. Su fallecimiento hace cinco años me dejo extraviado, con un enorme vacío, ya que lo llenaba todo, su sensibilidad era tan exquisita que aquello que tocaba o decía lo insuflaba con su impronta tan personal, algo muy innato en ella; durante estos cinco años he pensado mucho en nuestra relación; en mis años mozos reconozco que fui un poco cabra loca y algo picaflor, contemplaba la vida en toda su amplitud y esa euforia juvenil y vital me incitaba a poder abarcarlo todo, a desearlo todo e ignoraba lo que era la renuncia; durante este tiempo su ausencia me ha convertido en un hombre más reflexivo y su añoranza no ha sido tan dolorosa porque he aprendido a valorar todo lo que Guisande me aportó; últimamente hay un verbo que asedia mi mente, que surge cuando evoco su recuerdo y es el verbo “pulir”, reconozco que ella me pulió, pulió a aquel hombre que estaba hecho para el trabajo, para lo material, que ignoraba que detrás de toda superficie hay una esencia espiritual que hay que sacar a la luz; a no ser por su sensibilidad seguiría siendo un pobre hombre rico y me habría perdido el gran descubrimiento que enardece el espíritu humano: el arte. Guisande fue la que creó nuestra colección de arte, ni por asomo se me habría ocurrido convertirme en coleccionista, pero el dinero abundaba, había que invertirlo, aunque no creo que éste fuera el móvil principal; era su naturaleza lo que la empujaba a rodearse de lo bello, su sensibilidad se proyectaba hacia un equilibrio con la belleza impuesta por unos cánones sin rechazar el lado oscuro que ésta pueda manifestar; era muy consciente de la época que le había tocado vivir, si al principio nuestras adquisiciones se basaban en obras clásicas, pronto se vieron alteradas con pintura moderna; sabía que eran tiempos convulsos, por lo tanto el arte estaba con ellos, necesitaba adquirir algunas de aquellas pinturas que atestiguasen momentos en los que ella había estado presente, su esfuerzo por mantener en la colección una estética externa sin menospreciar los atrevimientos del arte moderno era muy laudable. Sie hat so lange nichts von mir vernommen, sie mag wohl glauben, ich sei gestorben! ¡Hace tanto que no se habla de mí, que bien puede parecer que estoy muerto!. ¿Cómo descubrí mi canción? Indudablemente a no ser por Guisande, yo, por  mis conocimientos personales me habría sido imposible; hace tiempo vino a buscarme a mis “cuarteles generales” y me dijo que la acompañara, no insinuó el motivo, estaba muy ocupado, pero me lo pidió de tal forma que no pude negarme, delegué en otros mis tareas y  me fui con ella; era una noche de invierno y a pesar del frío fuimos caminando, ambos íbamos muy abrigados y sin embargo sentí la necesidad de cogerla del brazo, de atraerla hacia mí y de formar una única unidad corpórea; durante el trayecto ni por un momento me cuestioné dónde se hallaba nuestra meta, tampoco nos hablamos, rodeados por aquel aire gélido nos mirábamos y sentí que me daba lo mismo el fin que nos aguardaba porque con ella me iría al fin del mundo, ya no era aquel superhombre que los demás veían en mí, era un simple hombre en el que afloraban unos sentimientos de lo más sencillo y conducidos por ella me llenaban de felicidad; y llegamos donde teníamos que llegar, donde Guisande quería llegar, adonde yo no sabía llegar: una sala de conciertos; me dejé llevar por ella porque desconocía el protocolo de un lugar frecuentado por las emociones; mi mundo, o al menos eso era lo que creía, pertenecía a lo material, a lo tangible; las emociones pululaban por un plano superior al cual solamente unos cuantos privilegiados tenían acceso, yo me excluía de ellos y era por ignorancia porque a la larga y gracias a Guisande, descubrí que también tenía un hueco, que detrás de una fachada de prepotencia existía una sensibilidad capaz de experimentar alteraciones anímicas y espirituales innatas en todo ser humano; dejamos nuestros abrigos en el guardarropa, nos entregaron unos programas de mano y tomamos asiento, la sala estaba abarrotada de público, me encontraba como un pez fuera del agua, pero llegó un momento en que sólo tenía ojos para Guisande y el escenario; de repente todo lo que me rodeaba pasó a un segundo plano y la música comenzó; he de decir que al principio me costó mucho entrar en aquel mundo de armonías, me encontraba perdido entre aquellas sonoridades a las que no estaba acostumbrado; a medida que la música seguía su curso me di cuenta de que aquello era otro mundo, el programa que estaban interpretando me era desconocido, eran canciones ejecutadas por un cantante acompañado de orquesta; no era muy entendido, pero lo que allí se interpretaba me llegaba al corazón; no sé lo que me pasó con una de aquellas canciones que me quedé paralizado, me sorprendió de tal manera que era como si llegase a descubrir algo que llevaba tiempo buscando, me sentí desorientado y alcancé la mano de Guisande, estaba como hipnotizada con aquella música, me miró y me sonrió y en su rostro leí una confirmación como diciéndome: aquí tienes tu canción; acepté la idea rápidamente por su brillantez y mi instinto de posesión se agazapó sobre ella, pero al mismo tiempo algo en mi interior me retuvo convenciéndome de que no estaba en mi mundo material donde todo se compra y todo se vende, tendría que conformarme con escucharla y sobre todo con sentirla; desde aquel entonces ha permanecido callada, a la espera de que yo pudiera prestarle atención, de tener el tiempo suficiente para entregarme a ella y ahora, mi momento actual es el idóneo para disfrutarla…sigo preguntándome por qué le hablo a esta grabadora, tal vez porque motiva mi discurso, mi monólogo ¡quién me iba a decir que terminaría hablando solo! ¡Quién me iba a decir que terminaría viviendo solo sin estar rodeado por una corte de aduladores pululando por mi entorno casi las veinticuatro horas del día! ¡Quién me iba a decir que después de haber amasado una fortuna me iba a quedar únicamente con una canción y tres cuadros! ¡Quién me iba a decir que después de vivir en mansiones mi refugio, mi mirada, iba a ser esta pequeña casa rodeada de bosques adquirida por unas ganancias en ciernes que apenas pude disfrutar y que es ahora en mi madurez, más bien diría en mi vejez, cuando le saco partido! ¡Quién  me iba a decir que quedé del asfalto hasta la coronilla y que ahora me paseo por estos bosques como Perico por su casa gozando de la naturaleza durante las diferentes estaciones del año!. Ahora tengo tiempo para todo, no hago grandes cosas, pero me doy cuenta de que soy muy receptivo con los pequeños instantes del día, soy muy consciente de ellos, los saboreo y encuentro que hay vida, que mi vida no sólo estaba formada por la toma de grandes decisiones que, con sus preocupaciones, me alejaban de una pausada reflexión; creo que el auténtico yo se encuentra en mi primera etapa de vida, es decir, mi infancia y mi juventud, porque actuaba tal y como era: no tenía nada que perder, y ahora, porque no tengo nada que ganar, enfoco mi vida y puedo hablar de ella con toda claridad, con la objetividad que me proporciona el tiempo y al no haber intereses de por medio: al pan, pan y al vino, vino; y hablando de vino me apetece una copa, se me seca la boca y es de hablar ¡ojalá lo compartiera con alguien! Aunque siempre puedo brindar por la salud de un futuro oyente; mi otra etapa, la de madurez, la del desenfreno, la del enriquecimiento, la del poderío, la del pudrimiento también…la del pudrerío…creo que me estoy inventando esta palabra, ¿irán ligados ambos conceptos? En muchos casos sí, pero prefiero callarme, pues esa etapa, que ha ocupado la mayor parte de mi existencia, la considero como la del fingimiento, la de la anulación del ser humano en aras del éxito, arrasando con todo lo que se interponía, ciego por llegar a la meta y saciar una sed en un desierto al cual había sido convocado y sin saber quién me había reclamado, ¿mi destino? Quizá; contemplando ese pasado reciente y desde la serenidad que ahora poseo, reconozco que he cometido errores que debería haber enmendado en su momento, que ahora ya no hay remedio, sólo puedo mirar hacia atrás con cierto arrepentimiento, pero sin la efectividad que éste habría causado entonces; a mis hijos les deseo lo mejor, espero que hayan aprendido de los fallos de su padre, en sus manos deposité todo mi “imperio”, que sepan gestionarlo en un mundo tan convulso y que un rayo de humanidad destelle siempre en sus decisiones, se lo dice su padre desde la distancia, desde la experiencia y que si zozobran en algún momento, mantengan el equilibrio y si no es posible, la caída también va implícita en la dignidad humana. Es ist mir auch gar nichts daran gelegen, ob sie mich für gestorben hält, no me importa mucho si paso por muerto; la muerte no me preocupa, es cierto que en algún momento la temía porque creía que todavía no había cumplido con las expectativas de vida que me había marcado; cuando a veces me asedian los miedos, por mucho que me envalentone y convencido de que los había superado, sucumbo ante ellos convirtiéndome en un ser muy frágil y recurro rápidamente a mi canción, me voy a mi dormitorio y contemplo mi “ Cristo muerto” que está situado a los pies de mi cama, canto en voz muy baja y vuelvo la mirada hacia la cabecera donde se encuentra mi “autorretrato” de cuando era joven, poco a poco mi mundo interior se va recomponiendo: con mi pasado a la cabecera, mi yo presente reparándose y mi futuro a los pies, es una conjunción contemplativa de toda una vida armonizada por el susurro de mi canción. Ahora que ha pasado el tiempo reconozco la deuda enorme que tengo aún pendiente con Guisande, ahora me doy cuenta de que me ha dejado preparado para mi limitado futuro, para vivir en soledad, para no sentirme solo acompañado por sus aportaciones espirituales: su amor por la música, por el arte…creo que sentía amor por todo aquello que ennobleciera a cualquier ser cediéndolo desinteresadamente para que los demás pudieran también disfrutar y al mismo tiempo compartir con ella esas elevadas emociones que en común se sienten. Cuando tomé la decisión de abandonar mi mundo, fue una decisión en el sentido más amplio de la palabra, no sólo abandonaba lugares, amistades, costumbres…sino también mis posesiones más materiales y monetarias, ésas de las que el ser humano no se desprende ni hasta en el mismísimo lecho de muerte; cuando dije: “ahí os queda todo” es que allí quedaba todo, bueno, con una pequeña excepción que era mínima ante el enorme capital acumulado; de lo inmaterial me traje mi canción y de lo material tres cuadros pertenecientes a la colección de pintura que Guisande tan inteligentemente había creado y me los traje para esta casa, convivo con ellos, me hacen compañía y en ellos está plasmada en pintura mi biografía; alguien en algún momento me había insinuado y animado a que escribiera mi autobiografía: la vida de un hombre surgido de la nada; ni ayudado ni por propia iniciativa se me hubiese ocurrido plasmar por escrito mi existencia, nunca fui un hombre de letras por lo tanto: zapatero a tus zapatos; yo nunca adquirí esas pinturas, fue ella, Guisande, la encargada de incorporarlas a la colección, fueron de su gusto y del mío también, por qué negarlo, pero nunca encontré un paralelismo entre las tres hasta muy tarde, a medida que pasaba el tiempo había como una narración secreta entre ellas que podría dar paso a la descripción de una vida, de mi vida; a fuerza de contemplarlas en mis escasos ratos de ocio, empezó a existir una identificación subliminal en un principio que poco a poco se fue convirtiendo en un reconocimiento patente de mi persona en aquellas imágenes; por instinto surgió en mí el afán de posesión, pero ya las poseía; pronto reconocí aquel impulso, el mismo que había experimentado en su momento con mi canción y humildemente admití que el secreto no radicaba en la posesión sino en la contemplación; a medida que aquella idea de abandonarlo todo se afianzaba en mi mente, aquellas pinturas, no sé cómo, adquirieron ya un sentido narrativo en el cual mi vida se plasmaba en imágenes y no en palabras, ¡qué mejor síntesis de mi vida que aquellos cuadros!; sobre esto nunca manifesté mi parecer personal, era tan íntimo que no me pareció oportuno darlo a conocer, aunque Guisande sospechaba algo, lo sé, y sin embargo, un profundo silencio cubrió mi particular explicación sobre la simbiosis de aquellas imágenes…esta grabadora es la que desvelará el misterio, si lo hay, a alguien que sienta curiosidad; y hay un tercer cuadro que está colgado en la sala, es más grande y también el más impactante: es el desnudo de un hombre sentado, el que yo sitúo en el periodo intermedio de mi vida, digamos el que representa mi vida activa, productiva, laboral y…enloquecida; ese cuerpo febril, ese ardor por salirse del cuadro y asir los placeres terrenales, comerse el mundo, abrazándolos, ocultando el rostro porque no es necesario mostrarlo debido a la ceguera, solamente basta el cuerpo de líneas cortantes para resquebrajar espacios, para abrirse camino ante las dificultades…así me vi yo y me veo en mi época de esplendor…un hombre de pretensiones muy normales arrastrado por un torbellino de circunstancias favorables a una cima inesperada para mí. No echo de menos mi vida anterior después de haberme despojado de tanta inutilidad, me siento liberado y aliviado de una carga cuyo sobrepeso ya a mi edad no soportaba, ¿qué hago ahora? Pues una vez pasadas las prisas, los agobios, los insomnios causados por las responsabilidades…prácticamente puedo decir que no hago nada, nada de lo que hacía con anterioridad, nada lucrativo de donde se sacara una productividad económica, ahora me dedico a la reflexión, a la contemplación, a analizar lo que antes no podía por falta de tiempo o por falta de ganas debido al agotamiento; creo que es un lujo, aunque alguien piense que es una pérdida de tiempo, ¡allá cada cual! , por primera vez tengo la oportunidad de darme cuenta de que vivo, de disfrutar de mis escasas posesiones y de mis múltiples reflexiones y observaciones. Cuando paseo por estos bosques contemplo la cambiante naturaleza con el paso de las estaciones, y canto, y canto  mi canción en voz muy baja, no quiero molestar el gorjeo de los pájaros ni el roce de las hojas agitadas por un aire ligero, ¡hay tanta sutileza en esos sonidos! Y entre ellos también incluyo mi canción; me siento bien en este entorno y sobre todo paz y silencio, de los que siempre anduve escaso durante parte de mi vida; hoy en día, ésta se encuentra llena de rutina, lo sé, pero al menos noto que respiro, que dispongo de tiempo para valorar una existencia que daba por asumida y no requería atención; cuando camino capto el crujir de las hojas secas bajo mis pies que mullen mis pasos, palpo los troncos de los árboles que encuentro en mis caminatas y en ellos su rugosidad, su aspereza o la etérea suavidad que me transmiten…y así me eternizaría contando mis pequeños descubrimientos que para mí tienen tanta importancia como cualquier logro de mi etapa anterior. Nunca olvidaré el día en el que reuní a mis hijos para darles la gran noticia: “ahí os queda todo”, el silencio se tiñó de sorpresa, sus rostros quedaron perplejos y hubo un rápido intento para que sopesara mi decisión, pero en seguida observaron en mi rostro que no iba a revocar; una vez asumida la noticia, les comuniqué que lo único que me iba a llevar eran tres cuadros, no se opusieron en absoluto, de hecho ellos se ofrecieron a su transporte y aquí me los trajeron. Ich kann auch gar nichts sagen dagegen, denn wirklich bin ich gestorben, gestorben der Welt, de ningún modo puedo además decir nada en contra, pues realmente estoy muerto para el mundo. Los coloqué instintivamente, después observé que estaban en el lugar idóneo: el pequeño autorretrato que me mira desde la cabecera de la cama está en penumbra, pero esa mancha de luz que destaca en parte de su mejilla y cuello es como el inicio del alba que más tarde iluminará todo el rostro con su claridad dejando atrás una juventud que despuntará hacia la madurez; lo contemplo y me contempla y casi no me reconozco porque ha transcurrido tanto tiempo que éste parece haber difuminado un pasado remoto que, sin embargo, aunque parezca mentira, permanece en mí; aún conservo algo de aquel joven que se interesa por la vida, por conocer, por descubrir aspectos de una existencia en donde la curiosidad se encuentra a sus anchas, si bien con cierto sosiego y con las pautas que impone la edad adulta; y a los pies de mi cama cuelga ese Cristo muerto, augura un futuro en el cual nunca había pensado detenidamente, me parecía lejano debido a la vida tan atareada que había llevado, ni un momento de reflexión dedicado a un final que portaba conmigo desde mi nacimiento; cuando despierto contemplo ambas pinturas e ingenuamente pienso que forman parte de mi cabeza y pies, me levanto y me dirijo a la sala y allí cuelga el otro cuadro, la parte que faltaba para contemplar mi rompecabezas y de esa situación siempre surgen unas preguntas: ¿por qué a veces me siento tan simple y otras tan complicado? ¿por qué a veces me siento tan quebradizo y otras tan, tan, tan…robustecido? ¿qué me ha enseñado la vida? ¿a cantar, tal vez? Ojalá, canto mi canción y hasta para eso lo hago mal; tengo la sensación de que nunca he aprendido nada correctamente, perfectamente, de que el azar ha movido mi vida a su capricho y cuando ponía empeño en conseguir cierta perfección, éste me sacudía y me apartaba de mis buenas intenciones; en fin, canto lo mejor que puedo, que para mí en este campo ya es un auténtico logro, canto para mis adentros y si me siento inspirado, cuando paseo por los bosques, también animo el ambiente, aporto mi granito de arena, claro está, no me puedo comparar con el canto de los pájaros…y un secreto, cuando estoy tan motivado, hasta me abrazo a los árboles porque necesito abrazarlos, porque necesito abrazar a alguien, porque a quien abrazaba ya no está, porque necesito ahuyentar de mi interior la sensación de soledad y sé que ellos me entienden porque en su silencio mi canción crece, se hace importante y yo también a pesar de la mala interpretación…muy poco más tengo que contar a esta grabadora, mi mundo se ha reducido por voluntad propia, de aquel potentado ya sólo queda su sombra y me basta, por lo tanto debo concluir mi canción antes de apagar este artilugio: Ich bin gestorben dem Weltgetümmel und ruh’ in einem stillen Gebiet! Ich leb’ allein in meinem Himmel, in meinem Lieben, in meinem Lieben, in meinem Lied, estoy muerto para el tumulto del mundo y reposo en un tranquilo rincón. Vivo solitario en mi cielo, en mi amor, en mi canción…¡Clic!.Gustav Mahler - "Ich bin der Welt abhanden gekommen" (Rückert) - Fischer-Dieskau (youtube.com)

 

Ich bin der Welt abhanden gekommen,

mit der ich sonst viele Zeit verdorben;

sie hat so lange nichts von mir vernommen,

sie mag wohl glauben, ich sei gestorben!

Es ist mir auch gar nichts daran gelegen,

ob sie mich für gestorben hält.

Ich kann auch gar nichts sagen dagegen,

denn wirklich bin ich gestorben, gestorben der Welt.

Ich bin gestorben dem Weltgetümmel

und ruh’ in einem stillen Gebiet.

Ich leb’ allein in meinem Himmel,

in meinem Lieben, in meinem Lieben, in meinem Lied.

           Ich bin der Welt abhanden gekommen

                 Rückert-Lieder, G. Mahler.

 

Estoy perdido para el mundo,

en el que sin embargo malgasté mucho tiempo;

¡hace tanto que no se ha hablado de mí,

que bien puede parecer que estoy muerto!

No me importa mucho

si paso por muerto.

De ningún modo puedo además decir nada en contra,

pues realmente estoy muerto para el mundo.

Estoy muerto para el tumulto del mundo

y reposo en un tranquilo rincón.

Vivo solitario en mi cielo,

en mi amor, en mi canción.

          Traducción de Fernando Pérez Cárceles         

 

 

jueves, 22 de octubre de 2015

CÁLIZ


MMVIII-Primavera.(Rembrandt serie). Anasor Ed Searom
      Cada noche atravieso este parque de los olivos; nunca falto a mi cita, a excepción de los lunes, que ese día cierra el bar. Siempre acudo; es muy raro que deje de ir, salvo algún acontecimiento importante que me lo impida; pero mi vida no está llena de acontecimientos importantes, lo único a destacar es esta cita; procuro no faltar nunca. La noche de los lunes se me hace eterna; deambulo por mi habitación sin rumbo, tratando de serenar un sistema nervioso que el tiempo ha disparado y que sólo frena la acción compulsiva de unas idas y venidas, ya que por más que he empleado la razón, ésta no funciona. Agotado me tumbo en la cama y el cansancio del día laboral más el nervio relajado colaboran a que pronto me quede dormido, a que el sueño se encargue de borrar en la mente esa noche vacía. Cada noche este parque adquiere una configuración distinta, depende de la luz de la luna y del tiempo que haga. Los olivos presentan infinidad de formas, algunas de ellas fantasmales y sin embargo, no me dan miedo, no soy un hombre susceptible a impresiones de terror, más bien trato de contemplar éstas bajo el prisma de una belleza mórbida, resultándome a veces atractivas; sus troncos, ásperos y retorcidos se asemejan en cierta medida a mis dedos; los dedos de mis manos no pertenecen a un hombre cultivado, a un hombre criado en un bienestar ni social ni laboral; yo no trabajo en una empresa cuyo ambiente y herramientas se caracterizan por la suavidad de texturas y finura de precisión; yo soy un obrero de la construcción, rodeado siempre de asperezas, de tareas en donde la fuerza de las manos es vital para superarlas, y claro, día a día y hora a hora los dedos de mis manos adquieren una rudeza que solamente un trabajo agresivo puede conceder. No me avergüenzo de mi oficio, todo lo contrario, es el sustento de mi vida, pero reconozco lo que hay de positivo y negativo en él. Estos olivos no son lo mismo de día que de noche; cuando el sol los ilumina adquieren ciertas tonalidades difíciles de captar a primera vista, de su gris verdoso innato pueden surgir unos rosas y malvas suaves que solamente una contemplación profunda puede desvelar; de noche son distintos, también el que los contempla es distinto, la oscuridad los cubre ofertando cientos de interpretaciones a la mente ávida de descubrir sensaciones fantásticas; para mí son sencillamente viejos conocidos. Atravesar este parque es como si fuese la antesala a un mundo nuevo; mi vida normal no tiene nada que ver con la que experimento después de pasar por entre estos árboles de olivos, son como cribas, separan a la perfección el yo externo de mi yo interno. Me siento cómodo ya en esta antesala porque sé fijo que voy a ver a mi Ángel. De día y a ciertas horas este parque se puebla de niños, de sus juegos y gritos, la alegría se desborda y corre a raudales por sus paseos; de noche la gravedad de la existencia se ensaña en seres que sólo mima la oscuridad, a veces me cruzo con algunos y es esa presencia instantánea, esa sorpresa la que me confirma que caminamos por una tierra de nadie, faltos de rumbo; entonces acelero el paso para llegar al bar, para dejar atrás aquel parque que me obliga a encontrarme con seres que no deseo conocer porque ya los conozco demasiado bien, porque ya me conozco demasiado bien. No sé ni adónde van ni de dónde vienen, yo sí sé que vengo de la realidad y voy hacia la ensoñación. Una vez que salgo de mi parque me dirijo hacia mi bar, poseo a ambos, la ansiedad ha hecho que estos dos lugares formen parte de mí y emplee posesivos para hacerlos más míos, más familiares. Tan pronto como se sale del parque de los olivos, el bar está muy cerca, se ve el rótulo iluminado y en letras verdes se identifica con el nombre de “Casa d’Esperante”. La entrada es muy normal, como la de miles de bares dispersos por toda la geografía del país. A medida que me aproximo siento un ligero nerviosismo que, hasta podía decir, me resulta reconfortante; en mi estómago revolotea un cosquilleo causado por una ansiedad y alegría que hacen que titubee al caminar, recuperando inmediatamente la decisión hacia mi objetivo. Hay como una especie de suspense en los últimos pasos antes de entrar, éstos se amortiguan sobre el asfalto, la suela del zapato ya no fricciona la superficie, hay una ralentización en el cuerpo y sus gestos. Asir el pomo de la puerta y girarlo marca la entrada hacia un mundo deseado y el abandono voluntario de otro que permanece inamovible, señalando la existencia de una cruda realidad a la cual hay que regresar. La temperatura y el ambiente cambian, su invisibilidad se transforma, y los que allí entramos nos hacemos transparentes, la mentira no existe, no hay nada que aparentar, nuestros pesares los dejamos reposar sobre la barra del bar. Afuera y adentro, adentro y afuera, afuera y adentro, adentro y afuera, afuera y adentro, adentro y afuera. Equilibrarse en el umbral de la puerta, marcar con el propio cuerpo el punto límite entre el interior y el exterior, entre el exterior y el interior, entre el interior y el exterior, entre la realidad y la ensoñación. Si en el exterior hay noche y estrellas en el interior también existen la noche y las estrellas, pero éstas son artificiales, intencionadas, puestas a propósito para crear un ambiente que incite a la confesión. “Casa d’Esperante” carece de lujo, sus clientes tampoco lo valorarían, nos da lo mismo la decoración: el diseño, el color o el material poco importan a seres rudos, cansados de una jornada laboral en la que el trabajo aniquila cualquier iniciativa de elevación estética, a lo máximo que podemos aspirar es a beber un vaso de vino y en él ahogar amarguras. La oscuridad es importante y estas pequeñas luces blancas diseminadas por la sala también lo son, forman lo que se podía llamar una noche estrellada; proyectan un haz de luz perpendicular que, sin querer, ilumina un espacio mínimo logrando que le cliente vislumbre su entorno y no tropiece contra alguna silla o mesa. Casi siempre estamos los mismos, esparcidos a lo largo de la barra, de pie o sentados en un taburete, apoyados en los codos e inclinados sobre un vaso de vino o cerveza, buscamos descanso y refugio; a medida que vamos llegando, miramos de soslayo la ausencia de alguno, al comprobar que nadie falta, que todo el mundo ha cumplido con su cita, cada uno se dedica a la bebida; en el fondo formamos una familia involuntaria y forzada. Todos somos seres independientes, solitarios, quemados por la existencia, cualquier iniciativa a entablar una conversación supondría un esfuerzo desmedido, ya que si la vida se ha desgastado, indudablemente las palabras también carecen de impulso y se dejan arrastrar por el silencio. De fondo, en la lejanía, en los confines del mundo se oye una música machacona que con su ritmo proporciona unos latidos a una atmósfera anclada en el mutismo. Dos o tres parejas sentadas en la oscuridad deshacen sus manos agarrándolas fuertemente, negándose a verse separados, tratando de mantener aquel contacto ante la proximidad de un tiempo de despedida y una distancia. Y yo busco con desesperación a mi Ángel, tan pronto llego y tras de mí oigo cómo la puerta se cierra, asumo que he abandonado un mundo para entrar en otro. Me tranquilizo al verla, tengo miedo de que algún día, al entrar, no la encuentre; hoy en día ella significa mucho para mí. La primera impresión es de adivinarla en la penumbra, detrás de la barra, sirviendo a algún cliente o con los brazos cruzados mirando hacia la puerta, mirando hacia mí; no quiero ser presuntuoso, pero no puedo evitarlo; la verdad es que eso me gustaría: que me estuviese esperando, pero no, no debo albergar falsas esperanzas, son fantasías mías, nunca me ha dado motivos para hacerme ilusiones. Me dirijo hacia mi lugar; los asiduos tenemos nuestro propio espacio en la barra, cada uno sabe dónde acoplarse, cada uno sabe dónde no se puede poner porque invadiría terreno ajeno. El hecho de situarse en el lugar correcto y asignado por el propio uso significa descarga, lugar de descarga, lugar de descarga del cansancio, es como si cada uno portase un bulto y allí aligerara su peso. Todos tenemos nuestra postura, podemos estar más inclinados hacia la derecha o hacia la izquierda, pero cargando los hombros y la espalda sobre la barra, y con la cabeza inclinada, esto siempre, como portando una cruz invisible sobre nuestras espaldas. No nos hablamos, estamos en nuestro propio mundo, mundos inconexos, imposibilidad de adentrarse en ellos. Miro a mi Ángel, está alejada, está sirviendo a un cliente más bebida. Yo nunca solicito su atención, tan pronto me ve ya viene junto a mí trayendo una copa y una botella de vino tinto, muy tinto, muy negro y muy rojo, como la sangre, así es el vino de esta región, muy cargado. Nunca supe por qué me lo sirve en copa en vez de vaso; he notado que a los otros clientes siempre se lo pone en vaso; no creo que haya preferencias, no obstante, nunca se lo pregunté y nunca se lo preguntaré. Cuando se me acerca, aparta la mirada porque sabe que la observo detenidamente; es el único momento del día en el que veo algo hermoso, al menos para mí es hermosa, a lo mejor no vuelvo a tener la oportunidad de tenerla tan cerca, por eso aprovecho su cortesía al servirme para clavar mis ojos en ella, para robarles al instante y a la proximidad el privilegio de contemplarla. Su piel es blanca, de esa blancura que sólo se consigue morando en claustros y en lugares de recogimiento en donde el sol no penetra, en donde el frío y el silencio se alían con la eternidad. Impensable un color bronceado, impensable que el astro rey dejara su huella en aquella piel. Su mirada, nunca fijándola en nada concreto, siempre vagando en la atmósfera, en lo onírico. Y sus manos, tan suaves; solamente una vez las toqué cuando me estaba sirviendo vino, con mucho sigilo las rocé, percibí que eran como la seda en contraposición a las mías cuya aspereza salta a la vista y al tacto. Nunca más volví a intentarlo, un miedo al rechazo, un pánico a un nuevo intento que pudiera poner de manifiesto una rudeza y vulgaridad me lo impedía. Así que la contemplo distante aunque el deseo de tenerla cerca suaviza mis miedos. Mis manos, siempre mis manos, inocentemente me delatan y sin embargo, no las culpo, me siento orgulloso de ellas, han servido para edificar tantas cosas: mes mains, mes mains, mes mains, mes mains, mes mens, mes mens, mes mens, me men, me men, me men, memen, memen, memen, memán, memán, memán, mamán, mamán, mamán, mamá, mamá, mamá. Mi Ángel, cuando no está ocupada sirviendo, se aleja de la barra y se apoya contra la pared, se cruza de brazos y nos cuida; ésa ha sido la sensación que he tenido desde hace algún tiempo; aunque mire al vacío, a la nada, sabe que tiene que velar por aquellas almas en pena que ante ella se explayan; somos seres perdidos en el tiempo que buscamos reposo. Si bien nuestras miradas recaen en el vaso de vino que tenemos ante nosotros, al levantar los ojos de aquel pequeño mundo líquido nos la encontramos frente a frente reivindicando y contraponiendo una realidad tergiversada por el alcohol a una realidad tangible. Nunca la he deseado carnalmente; no es el tipo de mujer que un hombre hubiese querido poseer para desahogar su instinto; en ella existe cierta espiritualidad que aniquila la líbido empobreciendo la carne en su conquista por el espíritu. No es una mujer voluptuosa de formas, más bien es frágil; en sus ademanes no expresa firmeza o desaire, delicadeza sería la palabra exacta para calificar su desenvoltura. Saber que al cabo del día tengo a alguien a quien contemplar hace que la jornada me sea más llevadera, hace que el maquinismo y robotización de mi trabajo pase a un segundo plano y que la humanidad que poseo durante el día se convierta en ilusión y durante la noche en realidad ilusoria. Soy albañil y en muchas ocasiones tengo que desempeñar otros oficios, depende del momento, hay veces que ejerzo de fontanero, de pintor, lo que manden, pero debo dejar claro que mi oficio es el de albañil. En la emigración tuve que aprender de todo, no se me brindaron oportunidades para mejorar mi estatus, por más que lo intenté el destino sólo me abría las puertas y las ventanas de la construcción, y nunca mejor dicho porque a parte de hacerlas también entré, salí y miré por ellas. Era yo muy joven cuando decidí emigrar; reconozco que no llevaba preparación, había abandonado mis estudios ya que era incapaz de estar sentado delante de un libro durante más de un cuarto de hora seguido; los libros siempre me han producido una especie de desazón, de desasosiego al advertir su presencia, un sudor frío me invadía al abrirlos, al ver tanta letra impresa, solamente sus imágenes me mantenían fijo a la silla; aquello era un suplicio y de la noche a la mañana dejé a un lado mi tormento, a pesar de una fuerte presión familiar para que me retractara de la decisión tomada. Estaba comprobado que yo no había nacido para los libros, ni ellos para mí. Empecé a hacer chapuzas relacionadas con la construcción; ahora con el tiempo puedo decir que se vislumbraba lo que más tarde llegaría a ser: un albañil cualificado, sí, sí, un albañil cualificado, que nadie lo ponga en duda, no sólo lo digo yo sino que mis jefes son de la misma opinión, a cada uno lo suyo. Animado por mi juventud y por las ganas de comerme el mundo decidí hacer las maletas e irme a otro país en busca de mejores oportunidades; a la edad en la que yo me fui, veintidós o veintitrés años, uno nunca piensa en las penurias, el brillo del triunfo es capaz de cegar a la juventud más desbordante para no presentir que el fracaso juega en igualdad de condiciones. Me adapté a las condiciones de mi país de acogida lo mejor que pude; al principio tuve serios problemas con la lengua. A medida que pasaba el tiempo la empecé a entender, pero nunca logré pensar en ella, era simplemente un instrumento más de trabajo, muy limitado, eso sí, sabía frases coloquiales que, a base de oírlas, habían dejado poso en mi memoria; en mi comunicación con los demás estaba siempre presente esa barrera idiomática que impide expresar los sentimientos tal y como  se manifiestan, quedando como constreñidos, carentes de emotividad. Allí me casé y fui padre de una niña; mi matrimonio duró poco, apenas cinco años; a veces me pregunto cuál fue el motivo de tal fracaso; inclinado sobre esta copa de vino la pregunta me bombardea constantemente y la única solución que tengo es acelerar su bebida para que pronto una nube cubra una respuesta dubitativa y nada aclaratoria. Me casé muy ilusionado, con una nativa de mi país de trabajo, especifico lo de trabajo porque nunca lo acepté como de adopción, de ese sentimiento me enteré mucho más tarde. Era una mujer muy hermosa, con las facciones propias de su raza: una piel blanca, un pelo rubio y unos ojos azules que desprendían claridad y blancura propias del sol de su tierra. Pronto me enamoré de ella; este hecho me llevó al convencimiento de que me había integrado de pleno derecho en la vida de aquel país, de que era uno más de ellos, un ciudadano con privilegios, y todo por el simple hecho de haberme enamorado de una congénere. Hablábamos poco, mis esfuerzos y sus esfuerzos por entendernos terminaban en unas sonrisas pardillas que dejaban entrever que casi no nos habíamos comprendido. Quizá la soledad y la extrañeza de sentirme en una tierra distante habían influido en mi enamoramiento, no lo pongo en duda. El tener a alguien a mi lado me ayudaba a superar esas sensaciones de abandono. Fuera como fuese, el caso es que yo la quería; su presencia llenaba el hueco de la incomprensión de los demás, de esa familiaridad inencontrable que se experimenta cuando uno está en compañía de los suyos. Los primeros meses fueron de una entrega total, de tanta entrega que nació nuestra hija, físicamente muy parecida a su madre, de mí poco tenía; cuando la miraba trataba de buscar algún rasgo que confirmara mi participación en su engendramiento y llegaba a la conclusión de que tal vez había puesto poco empeño; en aquel momento la ceguera de padre no me permitía ver con claridad la tontería de tal creencia. Nuestra relación se fue deteriorando sin saber cómo, quizá yo pasaba mucho tiempo en el andamio y ella en la oficina; era secretaria, y los dos lugares eran incompatibles, además era mujer de cierta cultura y sabía desenvolverse en todos los ambientes con facilidad, es decir, una mujer con don de gentes. Yo era bastante tímido aunque no falto de decisión. Me alegro de que nuestra hija haya quedado bajo su tutela, sé que ella sabrá darle el empuje y los estudios necesarios para que enfoque su vida y el mundo de la forma más conveniente. Yo carezco de conocimientos, los básicos nada más, mi vida se apoya en la destreza no en la inteligencia. Me gano mi sustento con la habilidad de mis manos; si soy sincero no hace falta estrujarse el cerebro para colocar cuatro ladrillos, pero también reconozco que ladrillo a ladrillo he construido casas, he creado hogares para que otros se albergaran; nunca se puede tener todo. Poco participé en la educación de nuestra hija; a medida que nuestra relación se enfriaba aumentó el distanciamiento; yo pasaba más tiempo en el andamio y ella en la oficina; la niña la dejábamos aparcada en la guardería. Cuando decidimos separarnos aún permanecí algún tiempo allí; las veía y conversaba con ellas, pero la parquedad de palabras, la falta de fluidez en el idioma extranjero, limitaban la expresividad a un nivel muy bajo. Al encontrarme solo la añoranza de mi tierra se acrecentó y empecé a echar de menos a mi gente; cuando volví me di cuenta de que todo y todos habían cambiado, mis familiares y amigos habían seguido sendas distintas. Me equivoqué al pensar que mi soledad se iba a mitigar con el retorno, lo único que conseguí fue acentuar más esa sensación; no obstante, tenía el consuelo de estar en tierra conocida y entre conocidos, pero ya no entre amigos. Hoy en día el contacto con mi exmujer casi es nulo: en fechas muy señaladas donde la frialdad y la cortesía se manifiestan con una falta de ganas disimulada. Ahora mi hija es adulta, ha finalizado sus estudios en la universidad y busca trabajo; es posible que esté enamorada, ella nunca me lo ha confirmado, pero estoy seguro de que con esa voz tan dulce y melodiosa que tiene habrá conquistado a más de uno de sus compañeros de estudios. Las pocas veces que hablo con ella por teléfono me parecen los instantes más preciosos que poseo; la verdad es que me siento muy  orgulloso; creo que es lo mejor que he hecho en mi vida. En mi cartera, llevo dos fotos muy escondidas de ella, una cuando era bebé y otra de adulta; de vez en cuando las miro, de vez en cuando contemplo transcurrir el tiempo, de vez en cuando contemplo la naturaleza seguir su curso, de vez en cuando me doy cuenta de que me hago mayor, muy mayor, muy mayor, muy mayo, muy mayo, muy mayo, muy junio, muy julio, muy agosto, muy septiembre, muy octubre, muy noviembre, muy diciembre y el año se termina y hay un año más. Le deseo todo lo mejor. Yo he rehecho mi vida en esta gran ciudad, si se entiende por rehacer el vivir y trabajar en ella, si se entiende por rehacer el llevar una vida en pareja, declaro que no. Lo he intentado varias veces, pero siempre me he topado con el fracaso; creo que estoy abocado a él, aunque mi Ángel siga siendo mi esperanza remota. Pongo mucho  empeño en mis relaciones y, sin querer, se desmoronan; deben de ser como esos muros que se van construyendo ladrillo a ladrillo y por una inclemencia del tiempo pronto se vienen abajo, no por falta de calidad de los materiales y de la buena mano de obra, sino por el sobresalto de una fuerte ráfaga de viento, por ejemplo. Tengo la sensación de que he sabido construir casas y no frases. He colaborado en crear grandes edificios; ladrillo a ladrillo los muros y paredes han ido creciendo, han ido cerrando y dividiendo espacios, han ido separando estancias y ambientes y cuando uno está próximo a rematar y observa la obra en su conjunto, se da cuenta de que ha colaborado en el progreso y la modernidad, que con un pequeño grano de arena uno ha ayudado a crear las catedrales de la opulencia, hogares lujosos, para gente lujosa, hogares sencillos para gente sencilla; y yo que en realidad tengo la solución en mis manos no he sabida crear mi propio hogar, hacer mi propia casa, con mis propias ideas, mis propias manos y alojar en ella a mi familia. Familia tuve, pero ya no tengo; ganas de levantar una casa tuve, pero ya no tengo. Me faltan ilusiones, la única que me queda se ha vuelto rutinaria, asequible y sin pretensiones: venir aquí cada noche y beber mi vino tinto, de un rojo intenso como la sangre y contemplar a mi Ángel. ¿Frases? Nunca supe crear frases, me faltan las palabras; quizá nunca supe pronunciar la frase ideal en el momento preciso; la rudeza de mis gestos junto con el temor a no demostrar una soltura que estuviese a la altura de las circunstancias cohibían aún más mi timidez de expresión haciendo unas frases entrecortadas y temblorosas ocasionadas por unos nervios agarrotados en mi garganta. Mi auténtico sentimiento siempre se quedaba para mí y si lograba expresarlo casi era a medias, la torpeza de mi apocamiento conducía a mi interlocutor a una falta de interés y a que mis propias palabras cayeran en la indiferencia. Sobre esta copa de vino lo he pensado muchas veces: debería haberme esforzado más en hablar con mi exmujer a pesar del idioma; si yo hubiera puesto más empeño y ella hubiese puesto un poco del suyo quizá pudiéramos haber estado hoy juntos. Pero ya no es momento de lamentaciones, el pasado pertenece a un tiempo pretérito y no presente. De nada sirve conjugar unos tiempos verbales que nos acerquen o alejen de la realidad, ésta se presenta ante uno con verdades actualizadas. Cada noche rememoro el rito de un hogar feliz, viniendo a este bar, a estas horas es como estar en familia, apenas nos conocemos y, sin embargo, nos transmitimos calor hogareño; apostaría el sueldo de un mes y estoy seguro de que ganaría a que todos los que aquí estamos no tenemos adónde ir; son momentos de estar al cobijo, de no deambular por las calles, de sentirse acompañados; el día ha sido pesado y el trabajo hace mella en unos cuerpos no ya tan jóvenes, por eso los volcamos sobre esta barra del bar, no solamente cargados con el esfuerzo físico sino también por la carencia de ilusiones y de acogida familiar. Muchas veces me apetecería tomar un buen café cargado para que me despejara este sopor profundo ocasionado por el agotamiento y el desánimo, pero es mi Ángel la que me trae esta copa de vino tinto, rojo como la sangre, y me lo pone delante y como un niño obediente poco a poco me lo voy bebiendo en el transcurso de la velada; no tengo el valor suficiente para rechazarlo; sería tan sencillo que con una mano lo apartara de mí y le pidiera amablemente que me trajera un café cargado, muy cargado, pero me falta el impulso, el gesto al rechazo, el gesto del desaire a poder ofenderla. Igualmente sería tan sencillo pronunciar una frase mágica: nimm den Leidenskelch von mir, aparta de mí este cáliz, no quiero beberlo, no me angusties más de lo que estoy, dame algo para que me despeje y pueda ver más claro. Y no tengo solución, como un corderito me resigno a seguir mi camino y agacho la cabeza y bebo, bebo hasta entorpecerme, hasta creerme que mañana será un nuevo día y algo cambiará. El sabor del vino y su reflejo en la copa me engañan, levanto la cabeza y veo a mi Ángel, a mi Ángel, a mi Ange, a mi Engel, Ángel, Angel, Ange, Engel; Angel, Ange, Engel; Angel+Ange+Engel= Angle. Y veo un ángulo, uno de los muchos a los que estoy acostumbrado cada día, ángulos formados por paredes, techos y suelos, infinidad de laberintos que superponiéndose se elevan a las alturas creando edificios; en uno de ésos, en uno de sus múltiples habitáculos yo poseo un apartamento: dos habitaciones, un salón, una cocina y un cuarto de baño, para mí es suficiente, no necesito más espacio, me sobra el que tengo. Está muy cerca de este bar, los pisos más altos se pueden ver desde el exterior, con atravesar el parque de los olivos uno ya esta en él. No me gusta acostarme temprano, tampoco duermo a pesar de estar cansado, necesito venir aquí. No tengo horarios fijos excepto el laboral y esta cita diaria; son los únicos que mantienen mi obligación, ando suelto como un perro vagabundo y se me puede encontrar en cualquier parte, pero al final del día siempre recalo en este bar, en parte es mi segundo hogar. Alguien me dijo un día que si hubiese un terremoto, éste nunca me pillaría en casa, y no iba muy descaminado. Las comidas las hago donde me encuentro, unas veces en casa otras cerca del trabajo; no soy muy exigente, cualquier cosa me va aunque tengo predilección por las carnes; reconozco que mi trabajo tiene un desgaste físico y he de compensarlo con un buen plato y un vaso de vino tinto. En estos últimos años confieso que el vino me ha reconfortado en demasía; he buscado en él consuelo y refugio, he sabido aliviar la intensidad de percepción con que a veces se presenta la vida y sus carencias; me ha atontado, aunque nunca he estado borracho, me ha dado el punto de alcanzar una sonrisa cuando la tristeza acechaba con su sombra; ¿ por qué no decirlo? Le estoy agradecido por ser un fiel aliado de mi desdicha, por distraerme, por humedecer mis labios cuándo éstos están secos por el silencio, por traerme a este bar pues aquí tiene un sabor distinto, quizá más amargo, pero más verdadero… necesito beber un trago, mi boca está seca. La mayor parte del día la paso en las alturas, mi trabajo casi siempre se desarrolla en los “ aires”, tan pronto estoy en el piso veinte como me mandan al piso treinta y siete; según el edificio en el que esté trabajando la panorámica de la ciudad puede ser magnífica; en el descanso, cuando me paro a tomar algo, en vez de conversar con mis compañeros, me retiro y busco algún lugar apartado del edificio en construcción desde donde pueda contemplar la ciudad; desconecto inmediatamente de mi labor y de donde estoy y extiendo la mirada sobre ese mar de cemento, me quedo en silencio para captar su murmullo, para imaginarme muy superficialmente las vidas de todas esas gentes que recorren las calles, que entran y salen, que suben y bajan, que aceleran y desaceleran, que caen y se levantan, que se pierden y se encuentran, que...que...que... Por un momento me doy cuenta de que entro en contacto con ellos por medio de la reflexión, me siento uno más al inmiscuirme, aunque nada más sea por medio del pensamiento, en sus acciones diarias; no importa lo alto que yo esté, también bajo y participo de los mismos movimientos y preocupaciones. Desde aquí arriba parece como si todo fuese distinto y no es así, cambia la forma de mirar, la perspectiva aérea mueve a la reflexión, pero nada más. Los edificios de la ciudad conservan una misma altura aproximada, salvo la antigüedad y la modernidad que despuntan hacia el cielo: las torres y las cúpulas de las iglesias reclaman su presencia por veteranía; los semirascacielos también se presentan como seres emergentes, vivos, desbordantes de futuro. Y yo aquí en uno de ellos ayudándolo a prosperar, a crecer, a convertirse en soporte de hogares en próximas generaciones. Me acerco al bordillo y miro directamente hacia abajo, no tengo vértigo, no me asusta el vacío, estoy acostumbrado; las profundidades me son tan familiares desde lo alto como desde sí mismas. Con el alba me elevo hacia el cielo, con el crepúsculo desciendo hacia la tierra. Durante el día convivo con la claridad, llegada la noche me sumerjo en la oscuridad, ¿qué tienen de común estas dos palabras? Nada tan sólo la terminación: dad. ¿Qué voy a dar? Nada, no tengo nada que dar, quizá tenga algo que recibir, pero no sé de quién. Dad! dad! dad! dad!¡papá! ¡papá! ¡papá! ¡papá!. Si para acceder a mi trabajo tengo que coger un montacargas que me lleve al piso indicado, para llegar aquí tengo que atravesar ese parque de olivos; son dos trayectos completamente distintos: uno es elevarse en línea recta el otro es sumergirse en línea recta también. Las finalidades de los dos destinos son las metas de mi vida: un trabajo y una búsqueda de hogar. El primero logrado, en el segundo hubo un intento, fallido, y en camino de no conseguir uno nuevo. Tanta claridad y tanta oscuridad, me muevo entre ellas, ambientan mis acciones, me delatan y me ocultan. El día y la noche. Y ahora es de noche. Al entrar en este bar”La casa d’Esperante” es como si me adentrara aún más en la noche de la noche, como si lo negro fuese aún más negro, como si yo aún fuese más yo, el yo más auténtico. El yo del andamio es un yo extrovertido, ágil, desenvuelto en su trabajo, servicial con los compañeros, dispuesto a echar una mano en lo que sea necesario; el yo del bar es un yo profundo, igual que el sonido que arrastra un eructo en su marcha hacia el exterior; vapuleado por la existencia, fatigado al no encontrar un lugar acogedor de reposo, que descansa incómodamente sobre esta barra de bar y que si por la mañana veía una hermosa panorámica aérea de la ciudad extenderse ante sus ojos, ahora lo único que tiene es una visión reducida de un vaso de vino tinto. Por la mañana la superficie de ese mundo es sólida, por la noche es líquida. Por la mañana todo es aridez, por la noche humedad. ¿Qué estamos todos haciendo aquí? ¿Qué esperamos? ¿A quién esperamos? Creo sencillamente  que venimos a pasar el tiempo, a que el tiempo transcurra en compañía de alguien, pero a distancia, la sola presencia basta. Imposible cualquier acercamiento, el único hacia el vaso. ¿Qué esperamos en Casa  d’Esperante? ¿Esperar o Esperanza? Esperar ¿por quién?, Esperanza ¿en quién? ¿Quién le habrá puesto este nombre? ¿Tendrá un segundo significado que oculte alguna intención? Uno de los clientes asiduos ya se ha marchado, quizá quiera descansar o alguien lo aguarda; poco a poco iremos abandonando el local por separado, nunca juntos; la ausencia de alguno indica el declive de la noche, el decir adiós a una jornada monótona que remata en un descanso merecido aunque frustrante. Ya no estamos los de siempre, su marcha nos predispone hacia un próximo desalojo del bar, pero los que allí quedamos nos hacemos los morosos, yo cojo mi copa y empiezo a darle vueltas como si en sus giros quisiera desentenderme de la despedida; algún otro mira fijamente el vaso dejando caer la insinuación en saco roto. Los que quedamos queremos alargar la estancia, me digo a mí mismo, un poco más y miro a mi Ángel, en sus ojos no advierto reprobación, me quedo tranquilo y bebo un poco, el vino me sabe mejor. La música machacona parece haberse suavizado, sí, estoy seguro; no creo que sean los efectos del alcohol los que hayan amortiguado su percepción, tampoco he bebido tanto como para estar ligeramente apocado. Mi Ángel está pendiente de mí, cuando se me está terminando el vino, sin quedar vacía mi copa, viene y me la vuelve a llenar; no quiere que pase sed; suelo beber dos o tres copas de vino tinto, muy tinto, muy negro y muy rojo, como la sangre, así es el vino de esta región, muy cargado. Hay silencio, mucho silencio a pesar de la música ambiental; ésta no entra en las mentes y las tonifica, es algo que está en el aire y nada más, como el humo, se aguanta, se soporta y se asimila  como una incomodidad de las relaciones sociales. La música se extingue poco a poco en el silencio del bar; me sorprende la agudización de los sonidos por la mañana y por la noche también; cuando estoy en la obra el gorjeo de algunos pájaros me parece una irrupción divina en la cotidianeidad del trabajo, una crispación que se agradece sobre todo en las primeras horas del día, pues anuncia la frescura de una jornada, de un día más en la vida de uno. Cuando el edificio aún está en estructura, sin divisiones, pequeñas bandadas de pájaros lo atraviesan, rápidos como flechas, sin apenas darnos cuenta, los que allí estamos, de percibir su paso y de que han herido el corazón de un coloso de cemento. Por la noche aquí, no hay pájaros, no hay viento, no hay lluvia, no hay nieve...Las inclemencias del tiempo no cuentan, estamos al cobijo, estamos protegidos de cualquier agresión externa; pero nuestro interior sí está herido, no importa la causa, no importa el sujeto o la acción que lo haya ocasionado, nuestro cuerpo es lo suficientemente inteligente y discreto para exteriorizar nuestras más íntimas convulsiones; sin querer, la forma en la que estamos sentados delata una inconformidad con nosotros mismos. La música al comienzo, al entrar, era agresiva, incitaba a la agitación, que si bien no se manifestaba en una coordinación, sí ayudaba a que la mente alterara su tranquilidad y entrara en ebullición; ahora se ha vuelto tranquila, sosegada; el cansancio va haciendo mella en cada uno de nosotros, pero yo resisto, me empeño en salir de último y siempre lo consigo. Poco a poco las luces del local se irán apagando, irán amortiguando su intensidad y nos irán despidiendo, excepto una cuya llama agonizará en el último instante; entonces “ La Casa d’Esperante” quedará a oscuras, desaparecerá en la noche y con la noche hasta que el nuevo día abra una vez más sus cortinas con la esperanza de ver “La Casa d’Esperante”. Sin que se dé cuenta, miro a mi Ángel, recorro con la mirada su cuerpo de arriba abajo, necesito constatar una realidad, su existencia; de repente me mira y me sorprende, bajo mis ojos y los clavo en mi copa y en el líquido rojo se diluye una ilusión. Miro a mi alrededor y compruebo que ya estoy solo, el resto de la clientela se ha marchado, lo he conseguido, como siempre saldré de último; es un abandono agradecido, deseado, es posible que sospechen algo, que mi única intención es quedarme con ella a solas; no me importa, mi fijación a este taburete y a mi copa son capaces de desechar cualquier idea de desarraigo sin haber cumplido mis deseos. Las luces se han extinguido salvo una que proyecta luz intensa, blanca, en línea recta, que comunica techo y suelo, es como una estrella, es la única estrella que brilla en el firmamento de este bar. Estos momentos siempre me han parecido mágicos, tal vez sea la magia que exista en mi día a día, en ellos se condensan mis deseos de expresarme, de dar rienda suelta a mis sentimientos, de encontrar las palabras idóneas que configuren y den cuerpo a lo que realmente siente mi corazón. Cada noche, cada vez que vengo aquí trato de suavizar mi rudeza, sobre todo la externa: me ducho, me afeito, me pongo mis mejores galas y hasta me echo un poco de agua de colonia para ahuyentar la manía de que todavía sigo oliendo a andamio. Una vez arreglado me miro al espejo y una sonrisa adolescente de aprobación me confirma que ya estoy dispuesto para salir. Alegre e ilusionado me vengo hacia aquí creyendo que mi aspecto físico me ayudará a encontrar las palabras exactas, dignas de mis sentimientos, pero durante el transcurso de la noche me convenzo de que me he convertido en mudo, de que carezco de recursos, de que mi destreza reside en mis manos y no en la palabra y de que mi medio de expresión externa es agarrándome a este taburete y a mi copa, extinguiendo el tiempo hasta un límite. No tengo valor para decir: nimm den Leidenskelch von mir. Aparta de mi este cáliz. Sería ceder, sería rendirme. Estoy sujeto a mi destino y lo recibo con los brazos abiertos, bebiendo un buen trago de vino tinto, por muy amargo que sea lo acepto. Ha llegado el instante de mirarnos a los ojos, sabemos que nadie nos observa, que nadie puede presenciar nuestro silencio y torpeza, que nadie puede interrumpirnos y que si nuestra mirada tiene que perdurar más en ese instante nadie sorprenderá nuestra entrega, nadie, sólo nosotros. En mi mente las palabras se agolpan, se entremezclan, pero no encuentran orden ni vínculo de expresión, soy un Orfeo torpe ¡ qué le voy a hacer!, mi Eurídice sabrá llenar mi silencio con su voz. Creo que ha llegado la hora de irme, sobre la barra del bar dejo discretamente unas monedas; quiero que sea un acto insignificante; en el fondo creo que es injusto pagar por algo que es mío, ese vino es como si formara parte de mi cosecha. Involuntariamente la noche se ha adentrado en este local, en la  “Casa d’Esperante” y la última estrella vacila, su energía disminuye y antes de que todo sea oscuridad una mirada de despedida; la música ambiental ha enmudecido, yo me levanto y me dirijo hacia la puerta, antes de abrirla, me vuelvo para decir “hasta mañana”, pero ya no veo nada, es de noche y una voz desde el fondo del bar canta: https://www.youtube.com/watch?v=onz2sYMV4Yg
 


                  Quest’asilo ameno e grato

                   Del riposo il terren,

                   È il soggiorno ridente

                   Beato del sommo ben:

                   Non ingombra l’alma sicura pura,

                   L’aura tranquilla gira, spira

                   La calma piacere nel sen:

                   E dell’ anima il dolore muore,

                   Fuggendo il casto terren.

 

 

                   Este refugio ameno y grato,

                   Tierra del reposo,

                   Es la residencia riente

                   Y feliz del dios supremo:

                   Ligera el alma segura y pura

                   Por la brisa tranquila vaga, espira

                   El sosegado placer en el seno,

                   Y del alma el dolor muere,

                   Huyendo de esta casta tierra.         Eurídice

 

                         Orfeo y Eurídice- Ch. W. Gluck