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martes, 15 de septiembre de 2026

MORGEN (MAÑANA)

                                                            

                                                                      S/T-H. Duprilot

 


   La carretera de circunvalación rodeaba aquella pacífica ciudad y mantenía apartados los rugidos de aquellos motores que se deslizaban por todo su asfalto, impedía a la velocidad entrometerse en una vida en donde imperaban una lentitud y una supuesta tranquilidad interna que, vista desde la rapidez de aquel punto, podía ser creíble. Los vehículos cegados por la rapidez desprendían cierto desaire, en oposición a aquella exaltación de sosiego en la que se sumía la ciudad. La vía de circunvalación representaba para los habitantes un alivio al pensar que una de las locuras de la vida moderna (la viteeeeessssseee) se hallaba a cierta distancia; la paz de  espíritu de aquella reflexión les llevaba a un desprecio inconsciente al intrusismo. Paralela a esta vía se extendía un paseo que los caprichos del azar habían ido formando y por donde, cuando hacía buen tiempo, la gente paseaba y se agotaba en grandes caminatas para deshacer unas grasas que había acumulado en su vida sedentaria. El paseo tenía aproximadamente la misma longitud que la carretera, no era tan ancho, eso sí, pero su cercanía ponía con desfachatez esa oposición entre velocidad y lentitud, esa oposición entre tracción mecánica y animal; en una palabra y para resumir, el azar “se regodeó a recochineo” y para separar ambas vías, éste también creó una zona verde gracias a la participación de una naturaleza humilde que, con su hierba, cubrió una línea de terreno que mostraba los desechos causados por las excavadoras en la construcción de una acelerada modernidad; en esa franja de terreno crecía toda clase de arbustos libres de una estética ambiental bajo el control del hombre; de vez en cuando surgía algún pedrusco en señal de recuerdo a lo que antes había sido el terreno; ahora, servía de descanso a aquellos caminantes cuando la fatiga los castigaba en el largo trayecto; había un ligero desnivel, la vía de circunvalación se elevaba un poco más que el paseo; desde ella y desde el interior de los vehículos la mirada adquiría cierta superioridad y un desdén hacia lo que había surgido espontáneamente. Según la vía servía para acelerar el espacio y el tiempo, el paseo servía para recrearse en ambos. Según por la vía circulaba un hombre apresurado, arrastrado por el destino a tragar una vida lo más rápidamente posible, por el paseo circulaban hombres y mujeres que se obligaban a saborear la vida de un modo más pausado, conscientes de que en la lentitud se encontraba un alivio y un respiro a la vida desenfrenada que les había tocado vivir…¡¡¡¡ZZZZAAAAASSSSSSS!!!!...Como el primer trazo impulsivo de un lápiz sobre la superficie de un papel había llegado la primavera. Era una tarde soleada de la estación incipiente, el sol asustaba los fríos residuales de un crudo invierno en unos cuerpos que, pudorosos, se exponían a un calor inmaduro, temerosos ante un retroceso. El paseo se había llenado de caminantes que, como las lagartijas, se exponían a una iluminación cálida para reavivar el ánimo después del tiempo transcurrido en unas guaridas cómodas pero carentes de ambiente natural; aunque abrigados todavía, ofrecían el rostro y las manos a que los rayos solares descamaran la piel del frío y la palidez se tornase en un suave bronceado. Paseaban en grupos, los había familiares y de amistad, había parejas e individuos solitarios; había gente que aquello de caminar se lo tomaba muy en serio, o al menos eso era lo que ellos creían, pues en su vestimenta había un acople entre ejercicio y ropa, es decir, como si al ir vestido de calle o como se va habitualmente, el hecho de pasear no cumpliera su efecto, pero en su mayoría todos vestían normalmente. En esas idas y venidas se hablaba pausadamente en sincronía con la marcha que se llevase, se comentaban los típicos acontecimientos del día acaecidos en la ciudad, en la nación, en el mundo o ya a un nivel interplanetario, pero al fin y al cabo, la noticia era lo de menos, aquellos pasos había que acompañarlos con algo, y qué mejor que una buena charla interesante o banal; había saludos y adioses porque en el fondo los habitantes de aquella ciudad, mejor dicho, de aquella pequeña ciudad, se conocían y las conversaciones eran interrumpidas al verse obligados a emplear la típica fórmula de cortesía y que, a veces, hacía que se perdiera el hilo de la charla. Entre las cinco y las siete eran las horas álgidas de concurrencia, no sólo por el paseo en cantidad de gente sino también por la vía de circunvalación con el enorme tráfico de coches. EL batiburrillo que allí se armaba entre el tráfico animal y mecánico, sobre todo éste último, hacía alterar la vida placentera de algunos animales que por los alrededores pastaban, moraban o comían en sus cochiqueras, por ejemplo: las vacas que pastaban plácidamente se sentían alteradas en su rumiar y levantaban la cabeza para constatar lo inusitado de la situación; las gallinas, que a punto de poner el huevo, veían alterada su sensibilidad y  manifestaban indecisión, al final se animaban empujadas un poco por la llegada de la nueva estación; los cerdos, en plena euforia alimenticia, aceleraban su comida movidos por la algarabía procedente del exterior y también porque se sentían ligeramente implicados en aquel jolgorio por su proximidad genética a los humanos. Por el paseo caminaban gentes de todas las edades: desde un niño de tierna edad hasta un anciano de edad tardía, también había perros, sus dueños los llevaban sujetos a unas cuerdas extensibles que a propio capricho alargaban o retraían, todo dependía del comportamiento despendolado del animal, ya que había algunos que, si por instinto fuera, se lanzarían a los coches como atraídos por la velocidad, porque ellos en su cuerpo eran portadores de la misma también, pero siempre hay un instante nefasto en el que el dueño presiona un botón y el perro es impulsado retroactivamente y, en esos momentos, el animal se pregunta si, en realidad, aquello de que el perro es el mejor amigo del hombre sigue vigente ante semejante faena; después  de contener las ganas de morder a alguien, reflexiona y llega al convencimiento de que es un animal bueno y fiel y su intento por querer entender a los humanos le parece tarea imposible; también había niños aprendiendo a montar en bicicleta; no era el lugar adecuado, impedían el libre paseo y muchas veces los caminantes tenían que hacer eses para poder esquivar a estos pequeños intrusos que lo único que hacían era incordiar, pero como el tiempo era maravilloso, el sol estaba a rabiar y había tantas ganas de disfrutar del ambiente primaveral todo se aguantaba, pero no se olvidaba. Se diría que la gente que abundaba por allí paseaba por voluntad propia, sin obligación, sencillamente por placer; sin embargo, había otra cuya necesidad era urgente, empujada por los médicos a hacer alguna clase de ejercicio con fines terapéuticos. Con caridad inconsciente se había configurado un espacio para aquellos impedidos cuyo andar era mucho más lento de lo normal, se situaba a la izquierda del paseo, por allí se forzaba a la naturaleza a hacer esfuerzos sobrehumanos en unos cuerpos en los que la edad se había cebado y a pesar del empeño los ánimos se habían consumido: más que caminar se arrastraban por aquel sendero que les conducía hacia un calvario siendo fieles portadores de una cruz invisible, y sin embargo, había orgullo en la imposibilidad del sacrificio. La tarde primaveral transcurría llena de paz, de esa paz que sólo irradia la naturaleza y que, por momentos, hace creer en una felicidad momentánea y palpable, hasta que se cae en la cuenta de que no es más que una palabra abstracta que representa ortográficamente una “abastrakacción”… Y la tarde poco a poco se alejaba con el día dando paso al crepúsculo, el sol iba perdiendo energías y ese debilitamiento de la luz espantaba a los paseantes que paulatinamente se retiraban hacia sus hogares; la ruta quedaba vacía, muy pocos agotaban los últimos pasos de una jornada que tocaba a su fin; las luces de la vía de circunvalación se encendían para clarificar un trayecto incansable a unos vehículos que no dejaban de pasar en mayor o en menor grado; también a esas horas ellos se abandonaban al sosiego y desdeñaban una velocidad que permanecía vigente en aquella carretera para aquéllos que todavía quisieran poseerla…¡¡¡PPPPPPPiiiinnnn!!!...Como un punto instantáneo marcado sobre una “i”, un caminante aparece en la lejanía, solo, como si hubiera escapado de un cuaderno de ortografía; no hay más letras a su alrededor para formar una palabra, para formar un sentido. La noche, insistente, ha difuminado al crepúsculo hasta tal punto que ya lo ha ennegrecido. No son horas de pasear, son horas de no existir para el mundo, de acurrucarse y de que durante un tiempo de descanso nadie exista para nadie. Y aquel caminante surge en la penumbrosa lontananza, no para tomar el sol, claro está, surge del origen del movimiento, él sencillamente camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, Camina, CAmina, CAMina, CAMIna, CAMINa, CAMINA, CAMINA, CAMINA, CAMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURRANA, CARMINA BURRANA, CARMINA BURRANA, CARMINA BURRA NA, CARMINA BURRA NA, CARMINA BURRA NA, CARMINA BUR RANA, CARMINA BUR RANA, CARMINA BUR RANA…Catuli Carmina. Su andar es uniforme, imperturbable; mira siempre hacia adelante, como hipnotizado hacia una meta, hacia un destino; todo lo que le rodea forma parte de un entorno, pero él lo ignora y no permite que lo distraiga, su paso es inalterable, robotizado; si en su trayecto se cruza con alguien, ni lo mira, esa presencia cercana es como un soplo de aire instantáneo, sin importancia, la percepción de una insignificancia que no se graba en la mente. La ciudad a un lado y el campo al otro y él en la línea divisoria; en su marcha secciona un espacio y pone de manifiesto la existencia de dos mundos: campo y ciudad o ciudad y campo; no mira ni hacia un lado ni hacia otro y él es consciente de que proviene de uno de ellos. Por su aspecto se diría que es un hombre de ciudad; la ciudad pone rígidos los cuerpos para que desprendan cierta altanería, el campo los fustiga para que desprendan cierta humildad. Él, sin lugar a dudas, pertenece a la ciudad, es un esclavo de ella, de sus costumbres, de sus servidumbres, sin querer, se ha convertido en su siervo aunque nunca se haya parado a pensarlo. El empecinamiento en caminar y caminar es como una huida de algo que no se soporta y se echa mano del ejercicio físico para paliar la pesadez del espíritu y lo único que se consigue es castigar el cuerpo, ya que la rigidez sigue adueñándose de él, el sello de la ciudad es imborrable: ese paso marcial, esa  mirada fija en el infinito lo ejercitan y lo envalentonan ante cualquier obstáculo interpuesto en su camino, a saber rechazarlo y echarlo bien hacia un lado o bien hacia otro, sin conmiseraciones. Todo él es pura osadía; sabe abrirse paso, perfora el terreno que le rodea y él camina, camina, camina, camina, camin, camin, camin, cami, cami, cami, cam, cam, cam,ca, ca, ca,c,c,c…La noche lo envuelve, la luna y las estrellas salen y lo observan, se sorprenden ante tanta decisión y en el fondo se reservan una sonrisa burlona; saben, como fuente de sentimientos, que aquel ser, en apariencia indestructible, alberga unas debilidades, tal vez aún ignoradas. Se nota que es un hombre exigente, acostumbrado a tomar serias decisiones requeridas por su trabajo, un hombre acostumbrado a mandar, a poner a sus subordinados a cada uno en su sitio y todo este cúmulo de autoridad proyectado hacia los demás, tiene un efecto reflejo hacia sí mismo, pero él está tan dentro de su papel que se desconoce y se entrega de lleno a una representación tragicómica, patética del ser humano. Los coches continúan pasando, despreciando su velocidad; el hombre marcha en dirección opuesta, su mente se vacía de unas cargas que a cada paso que da, siente que dejan un lastre por el camino y que sus huellas marcan un sendero sembrado de despojos. Se aproxima una pareja de adolescentes haciéndose arrumacos; no caminan recto, nunca se habían trazado unas eses tan perfectas como las que vienen haciendo estos dos tórtolos, son la antítesis de aquel hombre; han huido de una vigilancia o de una prohibición y se refugian en la distancia, en el cobijo de la noche; sus cuerpos son inestables, se tambalean, las cosquillas de los arrumacos les obligan a retorcerse, a contonearse como si estuvieran poseídos por una danza irrefrenable. Ellos pertenecían a aquella primavera naciente, a aquella danza que cada año sacudía la tierra y los cuerpos, a un desenfreno de una naturaleza animal y vegetal; y llegaron a la altura del caminante y se separaron; él no les miró, pero una sonrisa se insinuó en sus labios, era un acto reflejo, nada más, no había sabido interpretar el anuncio de la nueva estación. Aquel hombre caminaba en cualquier época del año, daba lo mismo que fuera primavera o verano, otoño o invierno, otoño o verano, primavera o invierno, primavera u otoño, invierno o verano…mejor, primavera ¡¡¡uuuuuuuuuuuu!!! otoño, tampoco importa la hora del día, dependía siempre de su tiempo libre, aunque tenía una debilidad por el crepúsculo; él lo ignoraba, como ignoraba que tanto al alba como al crepúsculo la sensibilidad tiende a afinarse, a percibir el mundo de un modo más sutil. Siempre que podía se escapaba a esa hora a cumplir con su caminata; los días de lluvia o mal tiempo no importaban, se cogía un paraguas y se abrigaba con un chaquetón y ¡ale! a tragar kilómetros. Su tiempo cronológico no se  medía en horas, ni en minutos, ni en segundos, se calculaba en medidas de longitud: centímetros, metros, kilómetros. Su tiempo atmosférico variaba desde un chubasco de poca monta hasta una lluvia torrencial, desde un sol abrasador hasta un nublado deprimente, él cargaba con sus tiempos espartanamente. Seguía caminando, caminando, caminando, caminando, caminando, camin…ando, camin…ando, camin…ando, camin…ando, come in…ando, come in…ando, come in…ando, come in…ando, come…ando, come…ando, come…ando, come…ando, come…ando…ando…ando…ando…Yo ando, tú andas, él anda, ella anda, nosotros andamos, vosotros andáis, ellos y ellas andan. Everybody walks. Dogs walk too. Todo el mundo camina. Los perros también. Un perro vagabundo se acerca, camina libremente sin ataduras de nadie, pero se tambalea, lugar idóneo para un animal abandonado: la senda del olvido; ¿habrá comido algo? ¡quién sabe! El abandono lleva a la improvisación, si por casualidad se topa con algo comestible se lo tragará y si no, aguantará; su cuerpo delata señales de mucho aguantar, las costillas se le marcan y su pelo presenta ciertas calvas, ¿un despojo andante? Quizá. Al llegar a la misma altura del caminante, el perro le mira, sin ninguna intención de súplica o de mendicidad, su única ilusión es la de encontrar unos ojos creados de una misma materialidad, de un mismo brillo. El hombre no le mira, su indiferencia se extiende a un radio de acción bastante amplio, y sin embargo, al estar ambos en línea recta, uno cerca del otro, algo en su interior se mueve, no sabe lo que es, es una anomalía que provoca una alteración en su paso, intenta no prestarle atención, pero se da cuenta de que el paseo de ese día ha sido diferente al de los otros. Se alejan en direcciones opuestas y tanto el caminante como el animal se vuelven a convertir en unos puntos que coronan un largo recorrido………..Está lloviendo, la climatología en primavera es muy variable: ayer hizo un día tan hermoso y hoy todo lo contrario ¡quién lo diría!. El caminante está a punto de pasar, sí, por allí viene, protege su cuerpo con una gabardina y se cubre con un paraguas; es un hombre decidido y no teme a las inclemencias del tiempo, camina con paso firme, no, no tan firme, hay que fijarse mucho, pero existe una pequeña alteración, si se cuentan los pasos se sabrá dónde reside esa anomalía: un paso, dos pasos, tres pasos, cuatro pasos, cinco pasos, seis pasos, siete pasitos, ocho pasos, nueve pasos, diez pasos, once pasos, doce pasos, trece pasos, catorce pasitos, quince pasos, dieciséis pasos, diecisiete pasos, dieciocho pasos, diecinueve pasos, veinte pasos, veintiún pasitos, veintidós pasos, veintitrés pas…,veinticuatro…, veinticin…, veinti…, vein…Se puede observar que cada siete pasos hay una disminución de energía y longitud, es decir, no es un paso sino un pasito; la firmeza del paso se ha suavizado y se ha convertido en un pasito. Répétons: un pasito, un pasito, un pasito, un pasito, un vasito, un vasito, un vasito, un vasito, un besito, un besito, un besito, un besito. El caminante se da cuenta de que es la única persona que en esos momentos pasea por el sendero; el caminante no se da cuenta, pero trata de endurecerse ante aquella flaqueza a la cual acaba de sucumbir inconscientemente, necesita justificar aquel fallo y no tiene a nadie que le escuche, la única solución es justificarse ante sí  mismo, engañarse a sí mismo, seguir manteniendo la creencia en algo que ya no tiene razón de ser y espantarse ante el hecho de que algo tan insignificante como puede ser un pasito=un vasito=un besito haya sacudido unos cimientos que de por sí y en un principio eran tan sólidos; pronto recupera su orgullo y sigue su caminar firme, resuelto, aunque con anomalía; ésta decide guardársela en su interior, en sus profundidades, alejada de la superficie por temor a que salga a relucir. La lluvia arrecia y él se siente protegido con su paraguas contra aquella agresión, el viento lo agita, pero lo domina con sabia destreza; se figura navegando en alta mar en un pequeño bote y él enfrentándose ante un temporal endemoniado; una ráfaga de viento y lluvia lo libera de su ensoñación, se queda tranquilo por haber escapado de aquel espejismo. Ante la adversidad meteorológica él marcha y marcha y marcha y marcha et il marche et marche et marche et marche et marche et marshe et marshe et marsh et mars et il est au mois de mars et il devient Mars, le dieu de la guerre et il devient aussi Mars, la planète. Y marcha y marcha y marcha y marcha y marcha y marzo y está en el mes de marzo y se convierte en Marte, el dios de la guerra y también se convierte en Marte, el planeta. Vuelve a estar una vez más reconfortado ante tanto poder y gloria y por un momento cree haber engañado a la naturaleza, pero ésta, que es muy aguda, sabe hacer la puñeta cuando uno menos lo espera, y al cabo de unos segundos, después de haberse esfumado los planetas y los dioses, le recuerda aquello de la anomalía, es decir, aquello de pasito=vasito=besito. El camino está desierto y por primera vez aquel hombre percibe el medio circundante, mira hacia un lado y hacia otro, la ciudad y el campo entran en su interior a través de la lluvia y del viento; se nota extraño y se lamenta de no haber prestado atención antes a todo aquello y sigue su marcha…y allí en medio, en aquella franja de césped que divide el paseo y la vía de circunvalación, aparece un fardo, un bulto, un tumor expulsado por la naturaleza, húmedo, empapado, calado hasta su interior, inmóvil como una piedra sobre la cual descansar; el caminante al pasar junto a él, conservando todavía aquella costumbre ciega de no mirar, de despreciar, desdeña el fardo con energía invisible y acelera el paso, se aleja como si presintiera un temor, una premonición de una alteración futura, una hecatombe a cuyo destino pudiera escapar; cuanto más se aleja, más se empequeñece, su enorme seguridad se tambalea y ya no son pasos los que él da, son unas grandes zancadas que lo transportan arrastrándolo lejos de aquel presagio; no se puede parar, descansar para tomar aliento sería ceder ante lo desconocido, sería abandonar unas exigencias que se había impuesto y a las cuales había prestado un gran empeño; huye despavorido y necesita llegar urgentemente a su hogar, se encerrará en su casa, se desvestirá y se meterá desnudo en su cama, se envolverá entre las mantas y las sábanas, se acurrucará porque un frío y una humedad agitarán su cuerpo y por primera vez en su vida de adulto advertirá que es un fardo, un bulto, un tumor. Aquello que desdeñó en el camino posiblemente era carne, carne como la suya; despreció su acción, despreció su orgullo, despreció su altanería y se obligó a dormir, pero no pudo; se agarró a su cuerpo intentando ayudarlo y se convenció de que no era él a quien debía ayudar sino a alguien desconocido, ¿a un fardo? Era posible. No durmió, dormir significaba descansar, sabía que no podía descansar; su vida, hasta entonces, había sido pura actividad y ahora ésta debería cambiar en otra dirección. Se pellizcó en un brazo con la intención de que el dolor absorbiera sus pensamientos, pero no lo logró y reconoció que se había convertido en la pura obsesión de algo que, en otro momento de su vida, hubiera sido una banalidad. Palpó su cuerpo y su carne era frágil, adicta al dolor y pensó en aquella coraza que él mismo se había creado ¿para qué?, ahora que había conseguido un autocontrol y su autoridad imperaba en su trabajo y sobre sí mismo, ¿qué le había pasado? ¿qué había pasado en su mundo, en aquel mundo que había hecho a su medida y que le parecía imperturbable? No podía dar crédito a lo que experimentaba; por un momento, trató de anular aquel encuentro y se decía que el supuesto fardo bien podía ser de ropa, bien podía ser de papeles, bien podía ser de basura, bien podía ser de materiales desechables, bien podía ser…bien podía ser…bien podía ser…bien podía ser…mal podía ser algo humano; al llegar a esta última reflexión, en sus oídos oyó una voz, un grito que retumbó en todo su cerebro y ya no tuvo la valentía de anular nada, admitió plenamente que lo que contenía aquel fardo era carne humana, era un ser humano semejante a él. Deseó estar en el día siguiente, quería ya verse caminando en plena acción, pero su actividad no sería solamente física, también sería una actividad de ayuda y el hecho de pensar en qué podía “ayudar” sin saber aún cómo lo ennobleció. El ansia de estar en un nuevo día lo adormeció, el tiempo también colaboró y todas las obligaciones, tareas y responsabilidades que el hombre tenía que acometer en aquel intervalo antes de la hora de salida para caminar transcurrieron a la velocidad del sonido………….El día estaba nublado, gris, indeciso a mantenerse o deshacerse en agua, como la víspera; resistía, hay días grises que calan el ánimo y ése sería uno de ellos, la lluvia lo lavaría muy superficialmente. El caminante ya estaba en marcha, mantenía el paso uniforme aunque sabía que cada siete “pasitos” afloraba aquella anomalía, no le importaba; ahora miraba para ambos lados en busca de su obsesión, ¿cuánto habían cambiado las cosas en dos o en tres días? ¿por qué un hecho tan insignificante a primera vista, como era el de encontrar un fardo, había revuelto unos principios que en realidad, vistos los resultados, no eran auténticos sino ficticios? Es igual que cuando alguien encuentra un tesoro y advierte que desde ese momento su existencia va a variar en muchos aspectos, sobre todo el poder adquisitivo va a trastocar los enfoques de su vida; aquí ocurriría lo mismo, él no habría encontrado un tesoro, o tal vez sí, no en el sentido material de la palabra, más bien en un sentido de revuelco espiritual. Mientras caminaba, reflexionaba, cosa que antes nunca había conseguido; la rigidez con la que había impregnado su vida, sus actos e incluso a aquéllos que lo rodeaban, se había soliviantado y derivado hacia una ternura y comprensión que él antes nunca había conocido. Ese día grisáceo, con tendencia a la depresión, al contrario que a cualquier otro espíritu, a él lo empujaba a buscar un colorido más vivo para su ánimo. En una búsqueda intermitente, a lo lejos divisa su otra anomalía; la primera había sido cuando se había topado con el perro y la otra, con esto, con el fardo; visto desde la distancia era algo que no concordaba con el ambiente que lo rodeaba, era un ser descontextualizado que causaba una incomodidad a la vista, tanto por el lugar donde se hallaba como por el aspecto que poseía; a medida que se aproximaba, crecía su curiosidad para comprobar la apariencia de lo que había sido su obsesión; cuando llegó hasta el fardo, sus últimos pasos no habían sido normales, tenía la sensación de haber sido empujado, de haber sido arrastrado hasta aquel rechazo, hasta aquel tumor de la naturaleza; una vez delante de él, se sintió tranquilo e interiormente algo se desplomó, una especie de muro que ocultaba una visibilidad; lo miró fijamente, le clavó la mirada hasta intentar perforar la capa que cubría su alma; en su vida jamás había tenido una visión semejante, era lo que se temía: un ser humano, un ser de carne y hueso, por mucho que intentara rechazarlo era un ser hecho de la misma materia que él, no era un fardo de trapos o de papeles; aquella voz, o mejor, aquel grito ahogado sin sonido que retumbó en su cerebro era la confirmación de una especie que reclamaba ayuda. Acurrucado, sentado sobre una piedra, todo su cuerpo era un bulto, sus extremidades estaban plegadas y la cabeza muy baja casi formaba parte del tronco, unas manos enormes, arrugadas, ásperas, abruptas, cubrían su rostro, sobre la hierba yacía un bastón; daba la espalda hacia la vía de circunvalación, su posición era despreciativa, era como rechazar aquella velocidad y al mismo tiempo sentirse rechazado por ella, era una reciprocidad extraña, de impotencia; a través de aquellas manos su rostro era impenetrable. El caminante lo contemplaba fijamente y por su mente pasaban imágenes de algunos de sus subordinados a los cuales él había tratado con indiferencia y se preguntaba si aquellos hombres o mujeres no hubiesen necesitado un instante de atención por su parte más que su desdén, pero cualquier remordimiento que ahora pudiera tener pertenecía a su otra vida que no tenía que lamentar ya que todos sus actos se habían movido bajo el signo de la ignorancia, una ignorancia de sí mismo y de los demás y que ahora intentaba rectificar. Era evidente que con el rostro oculto por sus manos, mejor dicho, por sus herramientas de trabajo, aquel hombre no quería ver el mundo; ¿por qué había ido a parar allí? ¿habría abandonado su hogar? ¿de dónde venía? y ¿adónde iba? ¿quién era?. El caminante permaneció inmóvil contemplándolo un minuto, dos minutos, tres  minutos, cuatro minutos, cinco minutos, seis minutos, siete minutos, ocho menutos, nueve menutos, diez menutos, once menutos, doce menudos, trece menudos, catorce menudos, quince menudos, dieciséis menudos, diecisiete menudos, dieciocho menudos, diecinueve menudos, veinte menudos…menudos, menudos, menudos, menudos, menudos, menudos, menudos; menudos: vientre, manos y sangre de las reses que se matan; menudos: en las aves, pescuezo, alones, pies, intestinos, higadillo, molleja, madrecilla, etc; menudos: monedas que suelen llevarse sueltas; menudo: ant. miserable, escaso, apocado. Para el caminante aquel tiempo transcurrido había servido para descuartizar parte de su vida pasada, para dejar a un lado la superfluidad, que había sido mucha y al otro los valores humanos, que habían sido escasos, muy escasos. Se fijó en las manos de aquel hombre sedente, cansado, y se miró las suyas, se dio cuenta de que podían servir como herramientas de ayuda y no simplemente para firmar órdenes o portadoras de importantes documentos; se inclinó e intentó ver el rostro de aquel enmascarado asiendo sus manos, tratándolas de apartar suavemente, transmitiendo en su propósito un inicio de amistad, pero todo fue en vano porque aquellas manos no eran miembros independientes de aquel cuerpo, sino que formaban una misma masa con el rostro por medio de un agarrotamiento de seguridad; lo volvió a intentar y el fracaso lo convenció de su inutilidad; se enderezó y pensó en otra nueva estrategia: lo cogería por las axilas y se esforzaría en levantarlo; así fue, contaría hasta tres y lo impulsaría hacia arriba: uno, dos y treesssss…otra vez: uno, dos y treeessss…ota vez: uno, dos y tleeessss…ota ves: uno, dos y tleeessss…ota ves: uno, dos y tleeessss. Ni a la octava ni a la novena “ves”, a aquel hombre era imposible levantarlo, era levantar un cuerpo muerto y sin colaboración por su parte, el esfuerzo tan enorme reventaba a cualquiera y máxime al caminante que no estaba acostumbrado a trabajos forzados. Se distanció unos cuantos pasos como si al alejarse pudiera hallar alguna solución, se dio media vuelta y lo miró fijamente con cierta perspectiva; lo contempló y por un momento pensó en cejar en el intento, pero había llegado demasiado lejos, ciertos aspectos de su vida se habían puesto en entredicho y el terreno que había conquistado lo compensaba con creces porque sabía que como persona, como ser humano, había madurado y el volverse atrás sería un retroceso, un detrimento de aquel sano orgullo que como ser pensante antes nunca había experimentado. El caminante volvió junto al hombre, se quedó quieto y la velocidad despreciativa que desprendían los vehículos parecía flagelar la espalda de aquella figura sedente como si quisiera vapulearlo y expulsarlo de su terreno. El caminante sabía qué solución darle, de lo que sí estaba seguro era de que algo tenía que hacer y de repente se echa a correr como un loco y en su locura a grandes zancadas traga distancia, espacio y tiempo, se dirige a su hogar como fuente de soluciones, las encuentra y en un abrir y cerrar de ojos, es más, en un tris se halla en el día siguiente…El caminante se encuentra al comienzo de su recorrido, su paseo le parece diferente, lleno de intenciones; sus bolsillos van cargados de infinidad de pequeños artilugios, de golosinas, de insignificancias y esto simplemente para contentar a un desconocido; acorta el paso para reflexionar sobre lo que está haciendo y no sale de su asombro, no se conoce, antes nunca había hecho nada por nadie y si alguna vez lo había intentado era para sacar beneficio de la hipocresía de su acto; en su interior experimentaba una alegría infantil que se exteriorizaba en unos saltitos a la pata coja acompañados por un canturreo desconocido, lejano, uterino. Él también sabía cantar, hacía años que aquella cualidad la había dado por perdida y su propia naturaleza la había desdeñado por falta de uso o porque, en su vida, ya no necesitaba echar mano de la armonía y ahora, sin querer, “la voici”; con las manos en los bolsillos podía distinguir cada objeto que llevaba en ellos: desde el coche de juguete más diminuto a otro un poco más grande y ya con ruedas móviles, desde el caramelo ácido envuelto en un papel crujiente hasta la piruleta más plana de asidera de palo; la alegría de poder hacer algo por alguien había empujado a aquel hombre a arrasar con lo primero que se le presentaba al alcance de sus manos y de hecho su casa quedó barrida de “bibelots” y golosinas que, si bien en un principio carecían de significado, a la larga clarificaban mucho la personalidad de su dueño; en aquellos momentos a aquel hombre le importaba un pepino, un rábano, un pimiento o cualquier clase de hortaliza, un análisis minucioso de su personalidad. Se imaginaba la alegría, más la sorpresa que aquel hombre iba a tener ante la presencia de sus obsequios, él, que nunca había sido dado a manifestaciones de generosidad, pues se había creído que siempre había estado por encima de acciones dadivosas; por un momento pensó en un asno con sus alforjas llenas y por un momento también pensó en sí mismo con sus bolsillos llenos; se sonrió y no se enfadó por la similitud de la situación; su paso era lento como sería el de aquel supuesto animal que a duras penas mantiene el equilibrio para no inclinarse ni hacia un lado ni hacia otro. La ciudad, el campo y la velocidad de la vida moderna a la cual había pertenecido, todo lo que le rodeaba en aquellos momentos se convertía en un telón blanco y hacía resaltar aquel tumor oscuro que no sabía de dónde había surgido, pero que era una realidad tangible, la contradicción a una vida del bienestar y que ignora su otra cara, una cara más tétrica, pero más auténtica también. La escultura de carne sedente continuaba en la misma posición, con las manos cubriendo el rostro, plegado sobre sí mismo, en nada había cambiado con relación a la vez anterior. El caminante se aproximó sigilosamente, por respeto a la firme decisión que aquel hombre había tomado para consigo mismo y para hacer notar su presencia posó una de sus manos sobre la cabeza del desconocido y la movió desde la parte superior de la frente hacia la parte de atrás del cráneo, como si en esa zona frontal se albergaran los resentimientos y con su mano inconscientemente pudiera espantarlos y quedar libre de ellos; nada ocurrió, la masa tumoral no sufrió ningún cambio; el caminante permaneció frío, indiferente, habría que tomar otras medidas: sacó de su bolsillo un pequeño coche de ruedas móviles y empezó a ponerlo en movimiento dándole cuerda, éstas se dispararon dando vueltas y él comenzó a hacer ruido parecido al del motor de un coche cuando se pone en marcha: rrrrrrrrmmmmmm m m m…rrrrrrmmmmm m m m…rrrrrrmmmmm m m m…rrrrrrmmmmm m m m m m m…Al principio costó su trabajo, pero después…rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrmmmmmmmm. Pero no resultó. Al caminante le dio pena de que su idea no lograra el éxito deseado porque a él le servía de relajación en aquellas jornadas de trabajo intensivo y riguroso en las que se les exigía un rendimiento de superhombre y al llegar a casa, cogía su cochecito, le daba cuerda y en él metía los sinsabores y las sinrazones de su vida, se dejaba llevar por aquel sencillo mecanismo infantiloide dando tumbos y chocando contra figuritas sobre la superficie de una mesa; cuando la cuerda se agotaba y el cochecito quedaba exangüe, algo se extinguía en él y quedaba mirándolo fijamente, es decir, en el limbo. En parte tampoco le había preocupado mucho, al fin y al cabo había sido un primer intento y él estaba seguro de que tenía recursos suficientes para lograr de aquel hombre alguna respuesta; volvió a meter la mano en su bolsillo y sacó varias monedas, hizo un cuenco con ambas manos y las hizo tintinear acercándolas al oído del hombre: ninguna reacción. Ante el rechazo, había que intentarlo de nuevo, pero antes de proseguir, su mirada volvió a clavarse sobre la globalidad de aquel hombre ante aquella incógnita de una normalidad inusual; también dirigió la vista hacia el bastón que seguía echado en el suelo; el único pensamiento que le vino a la mente fue el de un enorme misterio de la condición humana y se preguntó si no debería dejar las cosas como estaban, es decir, dejar a aquel hombre con su actitud ante la vida y no interferir para nada en su decisión, pero el caminante había experimentado un cambio, un cambio que había valorado como muy positivo y muy necesario para enfocar su vida futura, por eso, él se sentía agradecido ante aquel cuerpo, ante aquel hombre, ante aquella persona; su presencia había causado turbación, la suficiente para despertar en el caminante humildad, la propia y aquélla hacia un semejante; guardó las monedas en el bolsillo y hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hirgó, hirgó, hirgó, hirgó, hirgó, higó, higó, higó, higó, higo, higo, higo y extrajo una piruleta en forma de higo, envuelta en papel de celofán, se la acercó al oído desenvolviéndola con el crujido suficiente del envoltorio para ver si de alguna manera se despertaba en él alguna reacción; también se la acercó por delante de la cara, más concretamente se la puso delante de sus narices aunque éstas estuvieran cubiertas por las manos, con la sana intención de que colaborara el olor a dulce desprendido por la piruleta, por la piroleta, por la peroleta, por la purileta, por la pirilata, por la pirilate, por la peralita, por la… por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén. Otro intento fracasado, ni se inmutó; estaba claro que los objetos, fueran de la clase que fuesen carecían de efectividad. Recapacitó ante el fracaso y se dio cuenta de que los recursos de los que había echado mano eran aquéllos a los que él estaba acostumbrado: la materialidad de las cosas; ¿era, de ese modo, como se comunicaba con sus semejantes? ¿no habría un medio más humano para transmitir emociones? Se entristeció y al mismo tiempo se alegró, como antes lo había hecho, de todos aquellos cambios que había experimentado, casi no se reconocía; se entristeció por no haberlo logrado con anterioridad, como si la transfiguración fuese un simple capricho de la voluntad y la experiencia le estaba demostrando que todo requería su tiempo y un silencio por parte de la propia naturaleza humana, una vez completados estos dos ciclos surge la autenticidad. Se había acostumbrado a mandar, pero las leyes naturales desconocen los imperativos y ahora había llegado el punto de rendir las armas y de entregarlas a una verdadera humanidad; cuando se dirigía a sus iguales o a sus subordinados empleaba palabras y frases arquetípicas, sin modulación, frías, calculadas para que provocaran el efecto requerido; aquella boca desprendía palabras que formaban conceptos dominantes provenientes de una parte del cerebro que aún no había evolucionado de su estado más primitivo; la garganta y el corazón estaban ausentes en la transmisión del entendimiento humano; y una vez más se dio cuenta de que el único modo para llegar a aquel hombre iba a ser la palabra, no la palabra como él la entendía, sino una palabra impulsada por aquella parte del cerebro depurada de cualquier clase de barbarismo y que supiera comunicar a ciertas partes del cuerpo, como la garganta y el corazón, la fraternidad humana. El caminante habría apostado media vida y habría dicho un “no” rotundo a todo lo que estaba pasando si alguien en un momento anterior le hubiese vaticinado la sucesión de hechos que estaba experimentando; después de estas reflexiones ya no despegaba su mirada de aquel bulto, de aquella forma humana que se negaba férreamente a ver el mundo, necesitaba estar a su misma altura, de pie como él estaba, la contemplación caía en picado, era una contemplación humillante, devastadora, la misma que había empleado en su despacho, sentado en aquel elevado sillón giratorio observando a sus trabajadores; se arrodilló con la intención de que su rostro estuviera a la misma altura que el de aquel desconocido y vio desde muy cerca que a través de las comisuras de sus dedos no se infiltraba luz a su interior, estaban tan firmemente agarrotados a aquel rostro que ninguna fuerza física los desprendería; ¿por qué aquel empeño en no querer ver la luz del día? ¿por qué aquel empeño en no querer ver el sol? ¿la desolación no necesita claridad para salir de ella? Nunca había visto tan de cerca unas manos embrutecidas por el trabajo, los dedos eran largos y anchos, ásperos, las venas y tendones se marcaban como si estuvieran en relieve y por un momento el caminante se preguntó, al estar tan próximo al desconocido, si podría haber una especie de telepatía, una transmisión de pensamientos entre ambos, un mismo pensamiento con una misma intención, pero sabía que iba a ser inútil cualquier otro intento, tenía la firmeza necesaria como para creer que sería la palabra la salida a aquel estado de postración, no sabría qué decirle, no se le ocurriría nada hermoso, tendría que concentrarse, tendría que apelar a todos los descubrimientos acaecidos los últimos días para que en un instante mente y cuerpo respondieran al unísono. Para el caminante, a  partir de ahora, todo iba a ser diferente, el mañana tendría que ver con el hoy en cuanto a tiempo cronológico, pero no en cuanto a significado; llevaba días sin pronunciar palabra y tenía miedo a decir incongruencias, pero la motivación que lo empujaba era lo suficientemente coherente para descartar cualquier temor. Carraspeó varias veces porque sentía que algo se agolpaba en su garganta, como si le impidiese respirar. El tumor tremó. ¿Por qué el desconocido había permanecido imperturbable ante el ruido del cochecito de juguete, de las monedas y del envoltorio de la piruleta y ahora se agitó por un simple carraspeo? La voz humana. En su mente algo se estaba organizando, en su garganta existía un picorcillo y su corazón bombeaba; se acercó al oído del desconocido susurrándole inconscientemente esta canción: “Und morgen wird die Sonne wieder scheinen” Y mañana de nuevo el sol brillará. Al oír este comienzo de la canción, el tumor dejó al descubierto su rostro, el caminante fijó su mirada en él y en los ojos azules del desconocido vio reflejado su futuro y en los de él el anciano vio reflejado su pasado, porque aquel rostro misterioso era el de un anciano, surcado por infinidad de arrugas a la espera de un mañana. Pasado y futuro unidos en un mismo punto concéntrico: el presente. “Und auf dem Wege, den ich gehen werde”, “Wird uns, die Glücklichen, sie wieder einen”, “inmitten dieser sonnenatmenden Erde” Y por los caminos que voy a recorrer, nos unirá a nosotros, afortunados mortales, en medio de esta tierra que respira su luz. Instintivamente los dos hombres se pusieron de pie, el anciano cogió su bastón y el caminante siguió cantando con voz un poco más alta aquella canción que no sabía de dónde provenía, como tampoco sabía el principio de aquel movimiento que se estaba originando: “Und zu dem Strand, dem weiten, wogenblauen”, “Werden wir still und langsam niedersteigen”, “Stumm werden wir uns in die Augen schauen”, “Und auf uns sinkt des Glückes stummes  Schweigen…” Y hacia la playa, la playa lejana de olas azules, bajaremos tranquilos a paso lento, mudos nos miraremos a los ojos, y el silencio de la felicidad nos envolverá. Ahora ya eran dos caminantes para un mismo recorrido, dos eslabones perdidos en busca de una cadena indefinida, una cadena compuesta por diminutos mundos independientes y solitarios. Y empezaron a caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar…………..

 Joyce DiDonato - Richard Strauss - Morgen              

                                               Morgen

                                                                  Lied de R. Strauss

Und morgen wird die Sonne wieder scheinen

Und auf dem Wege, den ich gehen werde,

Wird uns, die Glücklichen, sie wieder einen

Inmitten dieser sonnenatmenden Erde.

 

Und zu dem Strand, dem weiten, wogenblauen,

Werden wir still und langsam niedersteigen,

Stumm werden wir uns in die Augen schauen,

Und auf uns sinkt des Glückes stummes Schweigen…

 

Y mañana de nuevo el sol brillará,

y por los caminos que voy a recorrer,

nos unirá a nosotros, afortunados mortales,

en medio de esta tierra que respira su luz.

 

Y hacia la playa, la playa lejana de olas azules,

bajaremos tranquilos, a paso lento,

mudos, nos miraremos a los ojos

y el silencio de la felicidad no envolverá.

                                                                                                                                             

martes, 8 de julio de 2025

EL RECTÁNGULO DE LA NOCHE

                                                              

                                                                       S/T- B. TERRA

  

Lélio sabía que no podía permanecer en su habitación; aunque no estaba cerrada con llave, la sensación de estar en una celda le agobiaba y le oprimía hasta tal punto que su cuerpo y su mente se empequeñecían al pensar en el vertiginoso espacio de la noche. En la residencia de ancianos donde él vivía, todo el mundo solía irse a la cama temprano, unos por motivos de aburrimiento, otros porque el descanso horizontal era más placentero y completo; unos porque al sumergirse en el sueño olvidaban una existencia anodina, otros porque la vida diaria les era indiferente y huían hacia el silencio de sus habitaciones. En las noches estivales le era muy difícil conciliar el sueño, le parecía antinatural y una forma de malgastar el tiempo al no poder captar en toda su plenitud la riqueza de sonidos y de olores que contenía una noche de verano; era como manipular el sueño para engañar la percepción sensorial y privarla de su emotividad. En la residencia estaba prohibido, a partir de una cierta hora de la noche, salir y tener las ventanas abiertas; durante el resto del año Lélio acataba estas normas sin ninguna dificultad, pero llegado el verano le era imposible contenerse y permanecer enclaustrado entre aquellas cuatro paredes; había algo en el exterior, un reclamo, una supuesta voz que lo atraía; tal vez era la naturaleza que se hallaba en plena eclosión y él, como siempre había sido un hombre de campo, aún tendía a aquellos instintos primarios de libertad; esa estación la había considerado como la época de reconciliación entre el hombre y la naturaleza. Su habitación. Su habitación era individual y se encontraba en la planta baja; muchas veces le había rondado la idea de salir o bien por la puerta (opción que quedaba descartada ya que tendría que hacer demasiado ruido en la cerradura de la entrada principal y eso lo delataría) o bien saltando por la ventana de su cuarto y eso le parecía mucho más asequible y discreto a pesar de sus limitaciones físicas; tenía una edad en la que no podía permitirse el lujo de ciertos excesos tales como requería el intento de esparrancarse; el riesgo a quedarse atascado era evidente, pero él no lo consideraba un impedimento y deseaba que surgiese el impulso con todas sus fuerzas. Muchas veces había abierto la ventana y se había sentado frente a ella para captar aquel calorcillo que solamente el verano aportaba, no obstante, no estaba satisfecho ni convencido con aquel contacto frontal. Lélio sabía que la noche poseía un manto mágico y con él quería cubrirse, que su cuerpo endeble y frío se tonificase con la tibieza y el misterio que la oscuridad, fiel aliada de la estación, poseía; deseaba que su cuerpo recuperara la vitalidad de la que en algún tiempo había sido dueño y olvidarse de la artificiosidad con la que estaban hechos aquellos medicamentos que él tomaba y que lo único que le aportaban era una desorientación y  un repudio ante su ineficacia e inutilidad. Su cuerpo pertenecía a una naturaleza, a una naturaleza ya marchita, pero aparte de su naturaleza humana había otra que estaba llena de energía eléctrica, por llamarla de alguna manera, ésta emitía unas descargas y Lélio anhelaba que éstas convulsionaran todo su cuerpo. La ciudad en la que vivía se llamaba Leiloio; no era oriundo de allí, bien sabía que pertenecía a lo rural, al campo; el hecho de encontrarse en la gran urbe le era desconocido, probablemente alguien lo había desenraizado de sus orígenes creyendo que podría mejorar y, por desgracia, había caído en un grave error; él nunca culpaba a nadie, si de su mente se habían borrado muchas vivencias, el rencor también se había esfumado con ellas. Siempre en esta época del año sus sentimientos se agudizaban y todo lo negativo que pudiera albergar en su interior se convertía en ilusión positiva, viendo el mundo bajo el prisma de la buena fe del ser humano. Sentado en una silla frente a su ventana abierta o acostado en su cama, pasaba las noches de verano en un duermevela, echando una cabezada a veces, otras con los ojos abiertos de par en par, nunca durmiendo profundamente; para él esos meses y llegada la noche era como alcanzar un estado de alerta, sin saber cuál era el motivo; ¿sería la idea de huida? ¿sería la idea de abandonarse en un sueño profundo a merced del tiempo? No lo sabía, sin embargo, estaba seguro de que la respuesta la hallaría allí afuera. La residencia estaba rodeada por pequeños parterres con sus flores y césped, pero nunca llegando a formar un auténtico jardín; no había árboles ni fuentes, se diría que aquella vegetación para lo único que servía era para realzar el moderno edificio residencial; había otra vegetación abundante en el corazón de la ciudad de Leiloio y aquélla sí que era un verdadero parque; Lélio lo conocía porque había estado allí poco después de haber llegado a la ciudad: árboles infinitos y frondosos que se disparaban hacia el cielo, edificios más infinitos que los sobrepasaban creando un caparazón a su alrededor, flores que poco levantaban del suelo, pero que creaban una alfombra colorista, estanques con peces y patos que se deslizaban majestuosos con una impronta de indiferencia; aquello era lo más próximo a su lugar de origen, a su origen, a su origen, a su origen, a su origen, a son origen, a son origen, a son origen, à son origine, à son origine, à son origine, à sonorigine, à sonorigine, à sonorigine, à sonoringté, à sonoringté, à sonoringté, à sonorité, à sonorité, à sonorité…a sonoridad. Esperaba que de un momento a otro surgiera el impulso de ponerse en marcha y entonces no lo dudaría: sería una especie de escapada no definitiva, duraría unas cuantas horas y esto le permitiría comprobar que aún podía tomar ciertas decisiones personales que estaban muy por encima de las prohibiciones impuestas por los superiores que regían aquel establecimiento; le parecía como si hiciese alguna travesura que nunca se iba a descubrir; la oscuridad era su cómplice y ésta le daba cierta seguridad, sobre todo, en caso de que la torpeza le impidiese llevar a cabo su hazaña; ¡nunca se sabía lo que podría ocurrir con los impedimentos de una edad avanzada!. Con la luz apagada, su habitación albergaba la misma oscuridad que en el exterior; acercó una silla a la ventana y con mucho cuidado se subió a ella, le pareció que se mareaba a pesar de que la altura no era mucha y se apoyó en la ventana, a horcajadas se mantuvo erguido y levantó la pierna izquierda para ya estar fuera; respiró, le pareció una proeza haber superado aquel obstáculo; hacía años que no había acometido un esfuerzo semejante, sus energías ya no estaban para excesos; se recompuso y entornó con mucho sigilo la ventana, como señal de normalidad; con ayuda de su bastón se encaminó hacia aquel parque que él presentía que se hallaba en dirección norte, los primeros pasos fueron torpes; gracias a su apoyo, que le impedía tambalearse, logró cierta compostura en su marcha; se paró un momento y se sintió perdido y desorientado, se avergonzó porque aquella decisión suya de huir le había conducido a una situación infantil: la de un niño extraviado, sólo le faltaba sollozar y chillar para que alguien viniera en su ayuda; la madurez de la experiencia lo tranquilizó, recuperando al adulto y su serenidad en la toma de decisiones…Suspicion! Suspicion! Suspicion!...Sospecha. Ante él se presentaban tres calles, no sabía cuál tomar y lo echó al pinto, pinto gorgorito; le tocó la de la izquierda y sin más vacilaciones se adentró en ella. Era una calle bulliciosa por donde pululaban jóvenes, la mayoría de ellos en estado ebrio y a los que aún no lo estaban no les faltaba mucho para perder el sentido de la medida y despojarse del punto que conserva la cordura. Lélio se sintió desplazado, aquél no era su ambiente, era un intruso, deseó por un momento hacerse invisible y confió plenamente en la ceguera de toda aquella gente; nunca había pensado que el etílico del prójimo lo hiciera invisible. Se deslizó a duras penas entre toda aquella muchedumbre, a veces chocando con algunos jóvenes, pero nadie se alteraba, nadie pedía disculpas; de reojo miraba aquellos establecimientos como bocas del infierno ya que despedían un aire contaminado y los sonidos de la música que allí adentro se ponía eran ensordecedores. Se preguntó si cualquiera de las otras dos opciones no habría sido mejor, al menos más tranquila, porque las tres calles podían conducir perfectamente al parque, aunque también podía darse la casualidad de que las otras dos, como en la que estaba, hubiesen caído en desgracia; entonces lo mejor sería resignarse y seguir los dictámenes del pinto, pinto gorgorito. Para salir pronto de aquel trance, fijó la mirada al final de la calle e hipnotizado por el deseo de huir de aquel bullicio se dejó arrastrar por una atracción de vértigo hacia su supuesto objetivo; algo le decía que allí, al final, encontraría su parque. Fue como en volandas a pesar de una muy bien disimulada cojera, apenas perceptible; y era cierto, allí le estaba aguardando, era tal y como lo conservaba en la memoria. Se sonrió, su fiel seguridad no lo había defraudado: la frondosidad de aquellos árboles cubiertos por un manto de estrellas, una luna brillante trazada a compás y todos aquellos edificios que sobrepasaban en altura a la mismísima naturaleza. Lo embargó una repentina felicidad y buscó rápidamente un banco para sentarse, se encontraba fatigado aunque el esfuerzo no había sido enorme, fue sobre todo la distancia; su agotamiento estribaba en pensar en la proeza de saltar por la ventana y en el hecho de no haber perdido el equilibrio, podía haberse caído y el lío que se montaría, pero todo había salido a las mil maravillas. Tenía para elegir una gran variedad de bancos y escogió aquél desde donde divisaba la inmensidad del cielo nocturno, estaba al lado de un estanque y cubierto por el ramaje de un árbol; si bien nunca había estado allí sentado, el ambiente que le rodeaba le resultaba familiar; en algún momento de su vida había experimentado esa misma sensación, no lo recordaba; su mente no lo confirmaba, su cuerpo sí. Aquel calorcillo le proporcionaba una cobertura de paz y serenidad, hacía tiempo que no se sentía así; dentro de él reinaba una conformidad con el mundo circundante, aunque ya no se sintiese partícipe porque lo habían desplazado: no era un hombre activo, por lo tanto, no lo valoraban, no era productivo; además, cuando la gente le miraba, en sus rostros reflejaban cierta lástima por su indefensión, claro está muy bien disimulada; esto acrecentaba en él el temor a poder ser manipulado y de hecho así había sido y así lo era; la fragilidad que le había aportado su edad lo hacía el centro de las infamias que la astucia de algunos adultos requería para desahogar unos instintos reprimidos y que sólo se veían realizados sobre los indefensos, pero la edad también le había aportado cierta inocencia, una inocencia no extinguida por el paso del tiempo ni por su incorporación a la vida adulta, más bien estaba adormecida desde su infancia y había llegado el momento de despertarla; desde esta inocencia Lélio veía el mundo más selectivamente, sabía apartar las impurezas que se infiltraban en su vida y que nublaban los rayos de belleza que existían en las simplicidad de las almas que le rodeaban, no estaba dispuesto a participar en ningún juego, su edad le había otorgado el rango de la limpieza de espíritu, por eso, cuando se sentía oprimido, huía despavorido, despavorido, despavorido, despavorido, despavorido, des…pavo…rido, des…pavo…rido, des…pavo…rido, des…pavo…rido, des…pavo…rido, huía como un pavo ido. Se había alegrado de haber abandonado la residencia durante algunas horas, aunque le costase alguna reprimenda al día siguiente, la experiencia habría valido la pena. Su vida, por lo general, siempre transcurría entre cuatro paredes; le había sido difícil adaptarse a la residencia y aquella huida le parecía como un cúmulo de pesares que necesitaba desfogar, se sintió muy relajado por pensar así. Miró a su alrededor y la oscuridad de la noche, a pesar del cielo estrellado y su luna brillante trazada a compás, no dejaba captar con claridad todo su entorno; en los bancos de los alrededores se adivinaban siluetas de parejas jóvenes devorándose, lo tórrido de la situación subrayó la soledad de Lélio: miró hacia su derecha e izquierda y comprobó que se había sentado en el medio del banco, pero que nadie estaba a su lado, bajó la cabeza y con la inclinación de ésta, la resignación; estuvo cabizbajo durante algún tiempo y por su mente no muy lúcida pasaron imágenes alteradas de su vida pasada que enarbolaban la bandera de la pasión; sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no las exteriorizó, las tragó como había tragado los recuerdos que las habían provocado; pertenecían a un mundo pasado, en el mundo actual no tenían sentido y carecían de potencial emotivo. Volvió en sí y enjuició la situación con claridad: la juventud estaba hecha para lo tórrido, para la descomposición de los cuerpos ardientes; la vejez, su vejez, estaba hecha para la templanza, para una moderación que no había más remedio que aceptar. Se sonrió y admitió esta conformidad, miró hacia el cielo y vio que miles de estrellas le hacían guiños, la luna se exhibía en todo su esplendor y se sintió partícipe de aquella inmensidad; se contentó al comprobar que una simple contemplación le proporcionara tal alegría ¿por qué se conformaba con tan poca cosa y tan poca cosa le parecía un lujo, cuando lo que se entiende como tal nunca le había suministrado una satisfacción parecida? Se dio cuenta de que en su vida habían existido unos conceptos que lo habían empujado a obrar erróneamente y ahora, sin querer, había llegado el momento de  modificarlos; nunca era tarde si éstos le ayudaban a interpretar el mundo de una forma más armónica. Deseó que alguien estuviese a su lado para comunicarle el hallazgo, pero no había nadie, la luna, en tal caso, pero estaba tan distante que sería inútil, no lo oiría, ella sólo iluminaba, aunque le hubiese gustado que le cantara y las estrellas hiciesen coro, se quedaría profundamente dormido, entonces ese abandono de sí mismo lo pondría en contacto con un cosmos generoso en dadivosidad. Por unos instantes se quedó dormido y se despertó en sobresalto, aún no había llegado el momento del sueño tan deseado. Volvió a mirar a la luna temeroso de que hubiese desaparecido y se quedó con la boca abierta al constatar que había perdido su redondez y había adquirido la forma de un rectángulo, frotó los ojos para espantar una visión errónea, pero el rectángulo permanecía allí con la misma luminosidad; cerró la boca porque con ella abierta no solucionaba nada e inspeccionó el cielo…Surprise!...Surprise!...Surprise!...Había dos lunas: una redonda y una rectangular…Lélio no dudaba de que a veces desvariaba y aquello le pareció el súmmum del desvarío; tenía que asegurarse antes de admitir aquella visión como cierta: apartó la vista del cielo para borrar de la retina aquel espejismo, miró hacia el estanque y allí se reflejaba la luna redonda, la rectangular no aparecía por ningún lado; elevó la vista, esta vez gateando desde la base de un enorme edificio hasta su cima, siempre a lo largo de una oscura silueta que apenas se diferenciaba del negro de la noche y allí, en lo más alto, al mismo nivel que la sempiterna luna, se perfilaba el brillante rectángulo de una ventana; aquel edificio estaba sumido en sueños, nada sobresalía o llamaba la atención, era una hora avanzada y todo el mundo en él estaba entregado al descanso, excepto en la habitación que exteriorizaba aquella ventana. Lélio se tranquilizó al pensar que aquel espejismo tenía un razonamiento, una explicación coherente y se preguntó el porqué de aquel desvelo: ¿estaría alguien enfermo? ¿estarían sus moradores haciendo el amor? ¿tendría alguien miedo a la desorientación de la noche y necesitaba la luz para recuperarse de su extravío? ¿reclamaría algún bebé el calor humano de una madre y solicitaría su presencia para confirmar que no estaba solo en el nuevo mundo en el cual involuntariamente había aparecido? No importaban las razones, Lélio se daba cuenta de que, como él, había más gente que velaba, que mientras unos duermen hay otros que velan, que vigilan el sueño placentero de los demás y él sintió envidia porque le hubiese gustado que, cuando estuviera dormido, alguien lo cuidara y en un momento determinado lo pudiera despertar; en el fondo sentía pánico a quedarse sumergido en las profundidades del inconsciente y ser incapaz de salir a la superficie, pero allá, aún mucho más hondo, en ese lugar donde habita el instinto de cooperación de un ser humano para con otro de su misma especie, Lélio sabía que alguien desconocido le brindaría una mano. Esta reflexión le tranquilizó, paseó la mirada a su alrededor y se convenció de que no podía pedir más; fueron unos momentos de paz interior, volvió a mirar hacia aquel rectángulo en la noche y, para su sorpresa, vio la silueta del torso de una mujer con un niño en brazos: aquella luz tenía un motivo que era espantar las pesadillas de aquel pequeño igual que la luna espantaba las de los adultos. Le hubiera gustado verlos más de cerca ¡estaban tan distantes! Sus facciones eran imperceptibles, querría hacerlos familiares y no sabía cómo; lo que se le ocurrió de repente era darles unos nombres tanto a la mujer como al niño…no se le venía a la mente ninguno en concreto y creyó oportuno recurrir al suyo propio y trabajar con él: se llamaba Lélio, por lo tanto: Lélio, Lélio, Lélio, Lelo, Lelo, Lelo, Lélio, Lélio, Lélio, Leilo, Leilo, Leilo, Leoli, Leoli, Leoli, Lileo, Lileo, Lileo, Lolei, Lolei, Lolei, Liole, Liole, Liole, Leolo, Leolo, Leolo, Leo, Leo, Leo…Se quedaría con estos dos últimos: la mujer se llamaría Leo y el niño Léolo. Él se llamaba Lélio y todos vivían en la ciudad de Leiloio; aquello le pareció una idea fantástica que la consonante “l” y las tres vocales”e,o,i” pudieran significar tanto y unir también tanto. Le gustaba su nombre y que éste diese origen a aquéllos de sus nuevos amigos; se sentía también cómodo en su ciudad, nunca había reparado en su nombre hasta aquel entonces. En voz muy baja repitió tres veces: “Lélio con Leo y Léolo en la ciudad de Leiloio” “Lélio con Leo y Léolo en la ciudad de Leiloio” “Lélio con Leo y Léolo en la ciudad de Leiloio”. Yo=  Lélio, la mujer=Leo, el niño=Léolo, la ciudad=Leiloio. Miró hacia el rectángulo de luz y, como no queriéndolos llamar, susurró en voz muy baja: “Leooooo…Léoloooo…” y como respuesta a aquel susurro imperceptible, la mujer con el niño en brazos empezó a mecerlo y a cantar:

5 Lieder, Op. 41: No. 1, Wiegenlied (Version with Orchestra)

Träume, träume du, mein süsses Leben,

Von dem Himmel, der die Blumen bringt.

Blüten schimmern da, die beben

Von dem Lied, das deine Mutter singt.

 

Träume, träume, Knospe meiner Sorgen,

Von dem Tage da die Blume spross;

Von dem hellen Blütenmorgen,

Da dein Seelchen sich der Welt erschloss.

 

Träume, träume, Blüte meiner Liebe,

Von der stillen, von der heil’gen Nacht,

Da die Blume seiner Liebe

Diese Welt zum Himmel mir gemacht.

Cuando Leo terminó su canción advirtió que Léolo se había quedado dormido, en el cielo, y que Lélio también se había sumergido en su tan deseado y apacible sueño, en la tierra.

 

 

Sueña, sueña, dulce vida mía,

con el cielo que trae las flores.

Las corolas brillan allí, y se balancean

con la canción que canta tu madre.

 

Sueña, sueña, retoño de mis penas,

con el día en el que la flor brotó.

Con la florida clara mañana,

con el día en el que tu alma diminuta al mundo se abrió.

 

Sueña, sueña, flor de mi amor,

con la noche tranquila y bendita.

En la que la flor de su amor

convirtió para mí este mundo en paraíso.

                                       Wiegenlied

                                            R. Strauss          

lunes, 21 de enero de 2019

URDILDE D'ENALAPRIL



                                                        
La Venus de las flores-Jerjes Llopis
Se llamó, se llama y se llamará  Urdilde d’Enalapril. Fue, es y será una mujer sin edad. Las vicisitudes de su vida absorbieron cualquier huella dejada por el paso del tiempo en todo su cuerpo; su rostro, que era el que podía delatar su deterioro, siempre mostraba unos rasgos atemporales; sólo la luz fiel aliada de sus estados de ánimo insinuaba si en aquellos instantes pertenecía a un pasado, a un presente o a un futuro. La luz mimaba su rostro, sabía disimular sus luchas internas y realzaba sus pocas y pequeñas alegrías. De no observarla fijamente, se diría que podía pasar desapercibida: su estatura era mediana, no era gruesa, tendía más bien hacia la delgadez, lo que la aproximaba a un quebrantamiento de sus gestos; su nariz era muy recta, muy perfilada y de sus orejas, casi siempre ocultas por su cabello, sobresalían unos lóbulos alargados, como forzados por unos pendientes de oro y diamantes debido al peso de la opulencia; su piel era pálida, siempre pálida, nunca lograba adquirir ese bronceado suave y saludable que le proporcionaba su aliada: la luz, ésta solamente se limitaba a interpretar no a incrustar; el color de sus ojos era…el color de sus ojos era…el color de sus ojos era indefinible, a veces cualquiera hubiera dicho que era azul cielo o gris perla, otras negro azabache, azul cobalto o verde hierba, pero siempre, el color que fuera, ligado a un soporte natural; a decir verdad, aquellos ojos carecían de color, no eran más que una pantalla para tapar dos huecos que ocultaban el paso hacia un abismo personal; su boca se proyectaba al exterior rebordeada por unos labios carnosos, casi siempre herméticos, dispuestos a esbozar una mueca fingida, eran rojos, rojos pasión, quizá por lo mucho que había besado; sus dientes eran tan blancos como la nieve y fríos como ella porque las palabras no habían sabido derretir esa frialdad; su cuello era largo y frágil y lo parecía aún más cuando se malpensaba que su intención era separar cada vez más aquel cuerpo de aquella cabeza, para que cada uno funcionase por sí solo, como si cada batalla que tenía lugar en aquel cerebro no implicara al cuerpo, o como si cada desarreglo que acontecía en aquel cuerpo no implicara un sufrimiento al cerebro. Alrededor de aquella cabeza se enroscaba una larga trenza; estaba entretejida con firmeza, fijada al cráneo por unas horquillas que, a veces y según estuvieran colocadas, parecían espinas, todo en conjunto sería una corona de espinas; su cabellera era negra, de un negro azabache, un negro falso porque ocultaba infinidad de canas, aquel negro también delataba los residuos de cierta coquetería y ésta, a su vez, una vaga ilusión por la vida. Urdilde vivía sola, en una casa de un piso, semidestartalada, no era de su propiedad, en la planta baja había un pequeño rótulo donde se podía leer: “se vende” y daba un número de teléfono: 3x-5=9-4x. Nunca nadie había llamado a aquel número. Nunca nadie habría respondido a una información porque lo que estaba escrito en letra desigual en aquel letrero era una mentira, una falacia urdida por un dueño con ánimo de expulsar a aquella mujer de su lugar de reposo; pero ya nunca nadie se atrevió, se atreve ni se atreverá a comprar esa casa ya que el instinto del supuesto comprador le revelaría que mercar aquella morada era mercar a aquella mujer, sería algo parecido a morada=mujer, mujer=morada, las dos se incluían en el mismo lote, serían inseparables. La casa era un caparazón que protegía la fragilidad de un cuerpo y al mismo tiempo aquel cuerpo insuflaba vida a un material a punto de desmoronarse. La gente que pasaba por allí delante ignoraba la existencia del edificio, el tiempo lo había cubierto con una pátina en donde la discreción sobresalía por su opacidad; estaba a las afueras de la ciudad, era un barrio decadente, en algún tiempo había gozado de cierto prestigio, pero ahora era el punto de mira, la carnaza de constructores en busca de espacio para erigir colmenas y especular con la necesidad innata de cobijo del ser humano. Los moradores de aquellas casas eran gente mayor o matrimonios jóvenes cuyos recursos económicos era limitados, los alquileres eran prudentes y podían pagarse sin hacer grandes estiramientos del presupuesto familiar. Urdilde trabajaba, todos los días se levantaba temprano, se arreglaba y cogía un autobús que la dejaba en el centro de la ciudad. No amaba su trabajo, para ella era como un suplicio que había que soportar. Aparte de la remuneración que conseguía por él también era una forma de mantenerse en contacto con la civilización, siempre y cuando se entienda como civilización el toparse cada mañana con la misma gente en el autobús y sobre todo con sus compañeros de oficina; su relación con éstos era distante, muy distante, kilométrica; ella se limitaba simplemente a cumplir, a realizar una serie de labores que tenía asumidas, más allá de eso ya nada le incumbía, no se entrometía en las conversaciones de sus compañeros, ni en las bromas que muchas veces torpemente disfrazadas iban dirigidas hacia ella; todo lo que estaba impregnado de vulgaridad o de hirientes intenciones le resbalaba, había como un rechazo interno proveniente de una riqueza de espíritu que hacía que lo que no contuviese una cierta bondad de acercamiento automáticamente era despedido, apartado; externamente ella no lo manifestaba ni con muecas ni con ademanes despreciativos; era muy comedida, era un especie de irradiación que lanzaba hacia todos aquéllos que intentaban mofarse de ella. Urdilde era una presencia turbadora, su discreción albergaba un silencio en el que retumbaban las frustraciones de los que la consideraban una víctima, su víctima y no la veían como una mujer de una enorme vida interior; aquéllos que reconocían su valía comulgaban con ella en silencio, pero eran muy pocos los que la sabían valorar por no decir nadie; si a alguno de sus compañeros se le preguntara qué opinión tenían de ella, ninguno sabría responder, sus sentimientos nunca afloraban, sabía que si los expresaba no iba a ser comprendida, solamente a ciertas horas de la noche ella se manifestaba tal y como era, pero ésas eran unas horas secretas para los demás, la luz que tanto la mimaba iluminaba su abismo interior y evidenciaba las luces y sombras de una vida, de su vida. A Urdilde también se la rechazaba por no cumplir unas normas establecidas con su indumentaria; la ropa que solía llevar era un poco “démodée”; entre sus compañeros y compañeras había una rivalidad por quién iba más a la última moda; ella no entraba en ese juego, sus vestidos pertenecían a temporadas pasadas, se notaba que eran de buena calidad y estaban bien confeccionados aunque el paso del tiempo los había deformado y deslustrado la brillantez de lo nuevo; no la dejaban pertenecer a la actualidad, a esa actualidad rabiosa por la que sus compañeros luchaban; a ella, por ejemplo, un traje de chaqueta no la situaba en el momento presente sino que la retrotraía a un tiempo pasado de juventud y flirteos amorosos cuando a cualquier prenda el cuerpo le transmitía una alegre coquetería, pero, lo que más exacerbaba a los que la rodeaban era aquella trenza que rodeaba su cráneo; a mucha gente le hubiese gustado agarrarla y tirar de ella, deshacerla y en esa rabia manifiesta personificar una ira primaria hacia todo aquello que no sigue unas normas establecidas; sin embargo, aquella trenza contenía un misterio que confería a su dueña una aureola de personaje mítico, enclavado en un tiempo remoto y reencarnado en aquella discreta mujer. En la oficina, en el pequeño espacio que se le concedía dentro de una enorme sala, a veces y cuando el trabajo no la agobiaba, se quedaba en silencio, en aquel silencio que ella conocía a la perfección y al cual ella estaba habituada, no le extrañaba porque lo había asumido nombrándolo posesivamente como “su silencio”; prestaba atención a cualquier ruido o murmullo y se pasmaba ante la novedad; en su silencio sólo retumbaban los ecos de su propio interior, ni se parecían en lo más mínimo a los que pululaban por un espacio tan ajeno a su voluntad; los analizaba y reconocía, los ruidos desprendidos por las máquinas eran distintos a los que ella estaba acostumbrada, los que pertenecían a su mundo sonaban a nimiedad, a imperceptibilidad: la caída del agua al abrir un grifo, el giro de una llave al abrir o cerrar una puerta, sus propios pasos al subir o bajar las escaleras de su casa, el clic que producía el interruptor de  aquella bombilla al encenderse e iluminar su rostro o el sonido a sorpresa al verse delatada por aquella amarillenta claridad. Todo lo que se producía fuera del ámbito más íntimo y restringido de su ser, le parecía que estaba asistiendo a la creación de un nuevo lenguaje por parte de los objetos o de aquellas máquinas infernales que cohabitaban con ellos en la oficina. En cuanto a las voces de sus compañeros las diferenciaba todas, su oído se había vuelto muy sensible a la voz humana, muchas veces no le importaba el contenido de la conversación sino los distintos niveles de entonación de las frases y en lo que éstas podían acabar: temblaba ante una voz autoritaria, se enternecía ante una voz melosa, carraspeaba  como acto reflejo ante una voz ronca y se desmoronaba ante una voz suplicante. La voz humana se había convertido en su punto débil; desfallecía ante cualquiera que le hablase con ternura, se infantilizaba hasta tal punto que hubiese deseado que la acariciasen; para Urdilde d’Enalapril una voz lo podía significar todo, desde un suspiro hasta una declaración de principios para seguir viviendo y así lo era, así lo será, así lo fue, así lo está siendo, así lo habría sido, así lo habrá sido, así lo sería, así lo había sido y cualquier capricho de tiempo verbal porque así lo es. Desde su pequeño hábitat, ella observaba toda una jerarquización, unas luchas internas por trepar a un puesto más alto, allí la traición se había enmascarado de sutileza apenas perceptible, nada afloraba al exterior, pero los espíritus se debatían por subir un peldaño en una escalera infinita en donde no había una meta, cada cual se la imponía según su grado de codicia. Urdilde ni por un momento había pensado en incorporarse a aquel torbellino, para ella no era más que un espectáculo al cual asistía; si en algún momento rondó por su cabeza aquella idea, unos principios de humildad la retenían y un espíritu de confraternidad para con los demás la alejaban de unas posibles fuentes de sometimiento para sí y para sus semejantes; el hecho de no entrar en aquella vorágine significaba no estar de acuerdo con ella, por eso trataba de hacerse invisible por miedo a ser despedida, aunque tampoco hubiese sido una gran pérdida, lo que la motivaba a estar allí era el contacto con otros seres humanos y el poder ser útil en la medida de sus posibilidades; se podía decir que solamente había tres lugares en donde existía una aproximación hacia sus orígenes y eran: la oficina, el autobús y las tiendas donde hacía sus compras. En la oficina era donde más tiempo pasaba, por lo tanto tenía más oportunidades para experimentar una ligera convivencia; tanto en el autobús como en las tiendas eran unas fórmulas de cortesía muy desgastadas y la típica frase que surgía motivada por la finalidad a la cual la llevaba allí. Económicamente lo que ganaba le era suficiente, se sorprendía al oír comentar a sus compañeros que a duras penas llegaban a fin de mes debido a un exceso de gastos incontrolados; a ella le hubiese gustado darles algún dinero y no prestárselo, pero reconocía que una generosidad tan manifiesta con gente allegada nunca es prudente porque crearía unas expectativas a las cuales ella no siempre estaría dispuesta a ceder. Urdilde era una mujer muy austera tanto en sus comidas como en sus costumbres; a media mañana disfrutaba de un pequeño descanso en el trabajo, bajaba a una cafetería a tomarse un café con leche y un dulce, los saboreaba con tanto gusto que se convertían en una opípara comida llevada a cabo en un lujoso restaurante. En su casa apenas cocinaba, se alimentaba a base de frutas, verduras y productos lácteos ya que ella no podía perder el tiempo delante de un fogón; necesitaba vivir, respirar cada instante de vida conscientemente, analíticamente; consideraba que su cuerpo podía subsistir con cualquier cosa, pero que su mente estaba hecha para las exquisiteces de las vivencias, de los sueños, de las locuras y era en las abstracciones de ese mundo en las que ella quería detenerse, recrearse, anclarse, formar parte de esa irrealidad y simbolizarlas como la realidad que en algún tiempo fueron. Bebía mucha agua, tenía la convicción de que la limpiaba por dentro y de que a aquello que tocaba le transmitía una sensación de pureza o de saciedad. No tomaba bebidas alcohólicas, nublaban la percepción sensorial; decía que la vida había que captarla tal y como se presentaba en ese momento, con su crudeza o liviandad, pero siempre consciente de su aceptación. De sus costumbres, a simple vista, poco habría que decir, era mujer de horarios, a simple vista, muy normales; a simple vista se la podría juzgar como una mujer anodina, escurridiza, una persona más del montón de una gran ciudad, de una avalancha en un paso de peatones arrastrados por la fiebre de cruzar. A simple vista, en un gran espacio ese era posiblemente el juicio que se podía obtener, en un gran espacio a la velocidad de un instante; a vista fija y en pequeño espacio, con la lentitud del transcurso de un siglo el juicio cambiaba por completo; por ejemplo, lo ya dicho, su presencia en la oficina causaba perturbación, ¿cuáles eran los motivos de ese malestar? Nadie se había puesto a reflexionar sobre ellos, bien por falta de tiempo o bien porque ella podía ser el reflejo de unos desasosiegos que era mejor no tocar, dejar flotar en el apacible subconsciente. Cuando la jornada de trabajo se daba por terminada, sobre su mesa dejaba todo ordenado para el día siguiente, cogía sus bártulos, se despedía de sus compañeros escuetamente y se dirigía a la calle; aquéllos eran unos instantes de una gran ansiedad, lo que causaba una aceleración en su paso y en el contoneo de su cuerpo, temía que algo la retuviera y le impidiera salir; deseaba con todas sus fuerzas superar aquella línea que delimitaba claramente trabajo y libertad; Urdilde tenía el presentimiento de que cada vez que traspasaba aquella línea, tanto a la entrada por la mañana como a la salida por la tarde, algo se transformaba en ella y de que la auténtica Urdilde existía fuera de aquel edificio, una vez allí adentro era como adquirir una personalidad distinta, era una suplantación. Una vez en la calle miraba el cielo, no le importaba si estaba despejado o cubierto; el cielo, para ella, siempre había sido una inmensidad, una infinitud hacia donde exhalar el último suspiro residual de una jornada de trabajo, con él se iban unas obligaciones impuestas y al mismo tiempo fingidas, una forma de pensar moldeada por la empresa para su propio beneficio, una esclavitud velada que sólo aquéllos dados a la reflexión se daban cuenta de las artimañas; Urdilde era una privilegiada, todo lo captaba, sabía que la vida exigía una servidumbre para con las personas o bien para con las cosas y ella respondía inmolándose en un profundo silencio; cuando sus superiores tomaban ciertas medidas barriobajeras con los clientes o incluso con los mismos empleados, su mutismo se sumergía en el dolor de una especie en donde el engaño no tenía cabida y ella huía, huía, huía, huía, huía, huía, huía, huía, fuía, fuía, fuía, fuía, fuía, fuía, fuía, fuyait, fuyait, fuyait, fuyait, fuyait, fuyait, fuyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba…y caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, regresaba a casa caminando, de vuelta nunca cogía el autobús, a cada paso que daba creía que recuperaba el auténtico yo, a medida que recobraba su confianza daba pequeños saltos de alegría y se paraba delante de los escaparates para ver los últimos dictados de la moda aunque a ella aquellos modelos no le iban, se alegraba de que a otras mujeres les quedaran bien y manifestaran su coquetería mediante aquellos estampados fantásticos y chillones, y de paso ella miraba de soslayo su reflejo en el cristal del escaparate, se ajustaba su trenza y se sentía hermosa, muy hermosa, una hermosura que solamente ella percibía porque era la exteriorización de su vida interior. Conforme consigo misma, volvía a ser Urdilde d’Enalapril, con nombre y apellido, durante su jornada laboral era Urdilde a secas, una vez afuera no sólo recuperaba su identidad completa sino también sus atributos físicos y espirituales. Entraba en un supermercado para comprar el sustento de cada día, le agobiaba aquella deslumbrante claridad, los rótulos de los productos en oferta y aquella música de fondo a veces interrumpida por una voz femenina reclamando la presencia de alguien u ofertando unos servicios a los que nadie hacía caso; ella sabía a la perfección adónde dirigirse, no se dejaba seducir ni por los bajos precios ni por el atractivo envoltorio de los alimentos; en su cesto de la compra ponía lo que en realidad necesitaba, pagaba y salía a cajas destempladas; había días en que se sentía burlada y ridícula como si ella no supiera qué comprar sin que nadie dirigiera sus gustos o poner de manifiesto su ignorancia en materia alimenticia; siempre compraba poca cantidad, se entristecía, por ejemplo, cuando unas manzanas se estropeaban por sobreabundancia; se podía decir que comía como un pajarito, cualquier cosita la hartaba y su estómago era también como el de un pajarito, su alimento ideal sería el alpiste y no hablaba, piaba. Con su compra hecha y una vez en la calle, contemplaba el bullicio de la gente, para ella aquello era un espectáculo: las prisas, los coches que circulaban en procesión, aquel ruido de fondo de la ciudad que, fuera donde fuese, se enquistaba en los cerebros y ni siquiera de noche los abandonaba; la mezcla de colores, luces de neón y rótulos que hacían de algunas fachadas la portada ideal de cualquier libro de texto dirigido a jóvenes; para Urdilde era asistir a un espectáculo “in situ”, como si fuese un personaje más de la trama, con la salvedad de que a ella le gustaba esa colaboración, no estaba allí obligada, estaba por su propia apetencia; aunque su personaje no tenía diálogo, era una figurante más en aquel decorado que a no ser por esos mudos personajes la ciudad se convertiría en una ciudad muerta; su papel era el de una espía que observa en silencio todo lo que la rodea; como ella, también hay niños espías que al ser rechazados por sus compañeros a participar en el juego, desde un rincón, éstos se limitan a observarlos prometiéndose que algún día ellos también serán los personajes principales de algún espectáculo. Urdilde sabía que era la única protagonista importante en su teatro, no asistían espectadores, ella era a la vez actriz y espectadora en la tragicomedia de su vida. Asumido su papel de figurante, sabía el tiempo que debía estar en escena y cuando se retiraba hacia bambalinas, entonces era el momento de proseguir su marcha encaminándose hacia un lugar que ella adoraba, era un pequeño templo donde compraba las ofrendas que llevaría a casa, era una floristería. Su amor por las flores era tal que se había convertido en un vicio, en un vicio sano y hermoso; gastaba casi todo lo que ganaba en flores, no le importaba en absoluto si lo que obtenía con el sudor de su frente lo empleaba en conseguir belleza ¡bendito sea el despilfarro!; estaba convencida de que la sublimación del derroche era cuando éste ayudaba a uno a adueñarse de la hermosura y ella podía permitirse ese lujo; cada quince días de esa floristería partía una furgoneta cargada de toda clase de rosas y de todos los colores con que la naturaleza las dotó, exceptuando las blancas, en dirección a su casa; las marchitas las reemplazaba por las nuevas, frescas y olorosas y entonces aquella casa semidestartalada, con el rótulo de “se vende” adquiría una revalorización, pues contenía la generosidad de una naturaleza evidenciada en aquellas flores; como la casa no era muy grande y la cantidad de rosas era excesiva, apenas se circulaba por el pasillo y el comedor que eran las partes de la casa por donde más se transitaba. A Urdilde le encantaba que los pétalos de las rosas rozasen su cuerpo, era como si los dedos de sus amantes la acariciasen y la reclamasen para sí; a veces aquellas flores se deshojaban y sus pétalos caían al suelo, ella, descalza, los pisaba y se dejaba deslizar, ocasionándose con frecuencia algún resbalón, pero también le gustaba poner a prueba su equilibrio para que éste se tambalease; nunca se caía manteniéndose erguida y orgullosa. Cada vez que entraba en aquella floristería era como entrar en un paraíso de vegetación, observaba las plantas con extremo cuidado y fijaba la mirada en todos sus brotes, le parecía pura magia la renovación constante de la vida y después de esa euforia se entristecía al ver unos pasos más allá a unos pájaros enjaulados privados de libertad. Cuando la dueña de la tienda captaba su figura nunca le preguntaba qué era lo que deseaba; su presencia allí, sin ninguna clase de intercambio verbal, era lo suficientemente explícita para saber lo que ella quería. A ella no le daban un ramo de rosas blancas y las cogía, no, no y no; a ella le ofertaban un ramo de rosas blancas y ella las abrazaba y las apoyaba contra su pecho, a pesar de sus bártulos cruzaba los brazos y las cobijaba entre ellos, como si fuera la portadora de un tesoro inconfesable. A la salida del trabajo, hiciera el tiempo que hiciese, se dirigía a aquella tienda como una niña obediente a por el sustento espiritual de cada día: eran rosas especiales, del color de la nieve, cegadoras como ella, frías, más bien heladas, pero ella las templaría, las derretiría. Nunca pagaba diariamente, al final de mes, una vez que ella cobraba su salario y no queriendo tener entre sus manos ni monedas ni billetes, no le agradaba su tacto, le parecía malsano y enfermizo, pagaba religiosamente y transacción rematada hasta el próximo mes. Había alguna época del año en que era difícil conseguir las rosas especiales que ella deseaba, pero en ese aspecto nunca quería hablar de impedimentos, se volvía exigente y era capaz de morder; eran su capricho, y los caprichos se consiguen si hace falta pateando. Salía de la floristería y se encaminaba hacia su casa, cada paso que daba sentía que se alejaba de un mundo que le era ajeno y que se acercaba un poco más hacia sí misma. Miraba sus rosas con tanto primor y ternura que se diría que portaba entre sus brazos a un recién nacido ¿sería aquel ramo de flores lo que realmente apreciaba en la vida? Ella sabía que no, que su vida estaba llena de pequeños y grandes amores y que aquellas rosas eran un punto de partida, la materialización de unas vivencias, de unos sueños a los cuales recurría para seguir respirando. Al encontrarse ya próxima a su casa, muy disimuladamente cogía una de las rosas, la besaba y la dejaba caer al asfalto, deseaba que alguien desconocido la cogiera, no le importaba quién fuera, era su recuerdo diario a aquel mundo que ella abandonaba por unas horas y del cual no conservaba ningún rencor, era su señal de agradecimiento. Abrió la puerta de su hogar y echó un último vistazo a la luz del día, desde aquel momento la luz artificial la iluminaría en la penumbra; cerró la puerta con gran estruendo y el mundo entero retumbó, y el mundo entero retumbó, y el mundo entero retumbó, y el mundo entero retumbó, y el mundo entero retumbá, y el mundo entero retumbá, y el mundo entero retumbá, y el mundo entero retomba, y el mundo entero retomba, y el mundo entero retomba, y el mundo entero tomba, y el mundo entero tomba, y el mundo entero tumba, y el mundo entero tumba, y el mundo entero es una tumba. Subió las escaleras a oscuras, sonorizando sus pasos mediante el roce de la suela de sus zapatos con los peldaños, como si quisiera advertir a alguien de su presencia, pero ella sabía y el mundo entero sabía también que aquella casa siempre estaba vacía de cualquier persona física, exceptuándola a ella; lo que trataba era de advertirse a sí misma de que su vida interior comenzaba en aquel momento. Encendía las luces de toda la casa muy deprisa para que aquella sinfonía de color le diera la bienvenida, observaba sus rosas con la sorpresa de ver siempre algo nuevo, si había alguna hoja o algún pétalo marchito lo apartaba, era como una nota discordante en aquella inmensidad musical del color, exhalaba un suspiro y ya se sentía integrada en su ambiente; sus rosas se extendía por toda la casa, en todas las habitaciones e incluso en la cocina y en el cuarto de baño; cuando hacía verduras o ensaladas siempre les echaba un pétalo porque creía que sus platos carecían de magia si no les incorporaba algo de lo que ella amaba. Comulgaba con esos pétalos. De repente apagaba las luces a excepción de una bombilla que era la que la iluminaba; temía que el exceso de luz pudiera afectar al colorido de sus flores, después se dirigía a su cuarto y en la oscuridad se desnudaba y se ponía una túnica, medio bata, medio camisón: era blanca, de un blanco fosforescente, la había confeccionado ella; a pesar de su torpeza para esos menesteres, se las había ingeniado para hacer unas cortinas también, para ambas cosas había comprado una tela volátil, casi transparente, de visillo; su primera intención había sido confeccionar las cortinas, pero al ver que le quedaba tela sobrante decidió aprovecharla y ponerse un reto al llevar a cabo la hechura de dicha prenda; mal que pudo llevó a buen término su tarea aunque siempre con la duda a poder superarla en futuros intentos; había llegado a la conclusión de que le gustaba estar en consonancia con su casa y de qué mejor modo que vistiendo ambas la misma tela. ¡Se sentía tan cómoda con su túnica!; la ropa que se ponía para ir a la oficina la oprimía, marcaba su cuerpo y eso a veces la ponía nerviosa, se sentía objeto de reclamo, su única intención era reclamar sus recuerdos y con ellos su vida auténtica. Se paseaba descalza por su casa y recorría las habitaciones observando sus rosas que descansaban en hermosos floreros de fino cristal; había zonas de penumbra y aunque no llegaba a verlas con toda claridad extendía su brazo, las rozaba y así comprobaba que seguían embelleciendo aún en la oscuridad. Urdilde había creado su mundo, un mundo hecho a base de experiencias vividas y de reminiscencias pasadas; quien lo viera desde fuera podría considerarlo irreal, al límite de la locura, pero para ella todo aquello era tan real como que respiraba y siempre al límite de la cordura. En su hogar perdía la noción de tiempo, era estar en armonía consigo misma y con lo que le rodeaba; en su lugar de trabajo había momentos en que le embargaba una gran pesadez y no apartaba la vista de las agujas del reloj, las miraba fijamente queriendo hipnotizarlas y manejarlas a su libre albedrío; allí el tiempo se arrastraba lentamente y con él a sus incondicionales seguidores; sólo la luz del día le marcaba unas pautas de conducta a seguir y eso influía en su estado de ánimo; a la hora del crepúsculo advertía que su sensibilidad se agudizaba, que era mucho más vulnerable a ciertas vibraciones que iban a extenderse a lo largo de la noche; con el último rayo de sol Urdilde sabía que debía coger aquellas rosas blancas a las cuales había venido abrazada y depositarlas en el florero de cristal más fino que ella poseía, si a éste se le acariciaba suavemente desprendía una sonata, si la caricia era un poco más intensa una sinfonía llegando a alcanzar cotas impensables como puede ser una ópera; se  diría que aquel florero poseía cualidades mágicas, pero no, eran cualidades sensoriales, todo en aquella casa eran sensaciones; cuando terminaba de colocarlas las observaba a cierta distancia y con la observación venía el recuerdo: a los hombres que amó nunca les había exigido nada material, si por voluntad propia y sin insinuaciones por parte de ella deseaban obsequiarla, lo mejor que podían hacer era regalarle un ramo de rosas blancas, el colorido ya se lo daría ella según su estado de ánimo; muy pocos se habían percatado de sus gustos, pero aquéllos que la supieron entender siempre se los habían cumplido muy inconscientemente. Solía cenar muy poca cosa, los alimentos copiosos le producían un entorpecimiento de mente y su sensibilidad se atrofiaba hasta el punto de caer en la dejadez; tomaba fruta, un yogur y para rematar una pastilla de chocolate del negro, del más puro en cacao, bebía un vaso de leche y éste servía de colofón a una merienda-cena que siempre tenía lugar a la hora del abandono del día por la noche, después se dirigía al cuarto de baño y con mucho cuidado desprendía su corona, es decir su trenza, y la deshacía para cepillarla y la cepillaba y la cepillaba y la cepillaba y la zipillaba y la zipillaba y la zipillaba y la zarandeaba y la zarandeaba y la zarandeaba y la zarandeaba hasta convertirla en un zipizape; con ella extendida se contemplaba en el espejo y se identificaba con aquella imagen: la de una María Magdalena, la de una M. Magdalena, la de una M. Magdalena, la de una M. Majadena, la de una M. Majadena, la de una M. Majadena, la de una M. Majadera, la de una M. Majadera, la de una M. Majadera; había visto a aquella mujer en infinidad de cuadros y era su misma representación; el cabello le llegaba hasta la cintura, una vez cepillado le gustaba zarandearlo de un lado a otro como si fuera una cortina, cuando se cansaba y se mareaba paraba, más sosegada y con el nervio relajado la melena la recogía en una trenza más ligera y la dejaba caer sobre su pecho izquierdo; se observaba el rostro también y paseaba las yemas de los dedos con un suave movimiento sobre cada una de sus facciones como si de un piano se tratase y supiera extraer de cada uno de aquellos toques una nota musical; se sonreía, la luz que proyectaba una bombilla situada en la parte superior del espejo la iluminaba perfectamente, comprobaba que no estaba sola, un rostro atemporal la miraba, quizá podía ser el suyo o tal vez el de otra persona de  mucho tiempo atrás reencarnada en ella, eso la perturbaba y se preguntaba por su edad; por su mente pasaban unos planos analíticos que tanto podían retrotraerla a unos años infantiles como proyectarla a miles de años luz; su edad era un número que se trataba de pronunciar en una milésima de segundo, es decir nada, o es decir todo. Le encantaba hacer muecas, su rostro pasaba de lo trágico a lo cómico, de la angustia al miedo, del placer al dolor, del extravío al encuentro y ella se reconocía en cada una de aquellas máscaras sin tiempo porque esos estados de ánimo eran innatos y propios de su especie, no la sorprendían para nada. Daba un último paseo por la casa para comprobar si todo quedaba bien y se dirigía a su dormitorio para echarse sobre su cama, sobre unas sábanas de un blanco fosforescente, sobre un colchón rígido que mantenía su cuerpo en línea recta, sobre un suelo de madera en ciertos lugares carcomida, sobre unos cimientos de una casa frágiles debido ya a la antigüedad y sobre una tierra perteneciente a un mundo. Aunque todavía no eran horas de descansar, de quedarse dormida ni de hacer su llamada telefónica, todos esos momentos previos ella los empleaba para reflexionar, se exigía pensar en sí misma y en los acontecimientos que la rodeaban, bien aquéllos que la implicaban o bien aquéllos otros que no le incumbían por ser externos y por no afectarla directamente. Durante el día no había tenido tiempo para pensar, su vida la había entregado a los demás, a su trabajo, pero no de forma altruista, trabajaba porque creía en aquello de: ganarás el pan con el sudor de tu frente; lo creía con toda sus fuerzas ya que nunca nada se le había concedido gratuitamente ni en el terreno material ni en el emocional; en ambos había luchado como una auténtica leona, sobre todo en éste último. Tenía joyas que habían marcado logros importantes en su vida, pasiones llegadas al límite que lo que quedaba de ellas eran el recuerdo y un símbolo; no tenía muchas, las suficientes como para reavivar ilusiones, pero nunca se las ponía, las contemplaba, rememoraba hechos lo suficientemente analizados que hacían que se enfrentase al mundo con un orgullo y una valentía por lo vivido. A veces en voz muy baja se llamaba “gastadora”, le gustaba esa palabra, le parecía un exceso, ¡como siempre había sido tan comedida en sus gastos!, entonces miraba sus rosas y cualquier calificativo perdía su valor, cualquier adjetivo peyorativo dirigido hacia la belleza que simbolizaban aquellas rosas se autoanulaba. ¿Posesiones? Cuatro prendas de vestir y un sueldo mensual que le servía para pagar el alquiler de aquella casa y eso era todo y suficiente. Echada boca arriba sobre su cama era como estar acostada en un campo de hierba percibiendo las vibraciones de un submundo animal y vegetal y al mismo tiempo reposando la mirada en un cielo perteneciente a un macrocosmos en el que Urdilde flotaba apaciblemente. Los días de fuerte viento o lluvia se levantaba de un salto para abrir las ventanas, media turbada, como si el dios Eolo la reclamara, las abría de par en par y aquel aire y aquella lluvia provenientes de las profundidades del cielo se adentraba con el ímpetu de una guerra en aquella casa; se asomaba y dejaba que el viento la envolviera, su túnica y las cortinas se convertían en torbellinos, había momentos en que adquirían el potencial de unas alas y Urdilde era como un ave funesta sin rumbo luchando contra los elementos; si el viento era muy frío, éste la traspasaba dejando su cuerpo insensible, inexistente creyendo que sólo su mente era el único residuo que quedaba de su ser; si había lluvia, ésta la calaba hasta la médula, empapaba su túnica y ciento de pliegues se pegaban a su figura adquiriendo el clasicismo de una estatua. Aquella unión con las fuerzas de una naturaleza desbocada la tonificaba, era como recibir una energía de unos dioses que entre los humanos ella no encontraba. Echada sobre su cama, seguía reflexionando y la reflexión dirigía sus gestos, muchas veces llevaba sus dedos hacia su boca y perfilaba cientos de veces sus labios, pensando en aquellos hombres que la habían amado, que la habían tenido entre sus brazos y la habían estrujado queriendo así demostrar su cariño al quebrarla. Urdilde había sentido el aliento y una entrega pasional en la unión de aquellos labios con el hombre, pero nunca había conseguido de ninguno de ellos una palabra o una frase, esto último sería pedir demasiado, solamente se expresaría por medio de la mirada, por medio de esos rayos de luz que desprendería el alma humana a través de los ojos; cuando ella los besaba pasionalmente buscaba en su mirada algún rayo, pero esas miradas se esquivaban y si por suerte captaba alguna la conducía a la oscuridad abismal de un origen y hacía de aquella pasión momentánea una amargura de una procedencia y de un destino desconocidos; y Urdilde se hundía y se hundía y se hundía y se hundía y se hundía y se hundía y se hundía y se fundía y se fundía y se fundía y se fundía y se fundía y se fundía en la miseria, en la nada. Su mano descendía hasta su cuello y descansaba un instante como queriendo incubar el recuerdo de un beso, torcía la cabeza hacia un lado y un cosquilleo sacudía su cuerpo y su mano continuaba bajando hasta sus pechos, hasta sus pezones que en un instante de ilusión se habían puesto turgentes y pensó en las bocas que los habían succionado, ninguna había sido infantil, inocente; todas había sido devoradoras, egoístas al querer extraer el placer, quizá, sin el beneficio del otro. Y su mano continuaba su viaje a lo largo de un cuerpo que en ciertos momentos le parecía ajeno a su persona, como si su mente y él tuviesen una relación extraña, algo semejante al rechazo, pero ella se obligaba a que esta compenetración fuera lo más llevadera posible. Llegó a su ombligo y con el dedo índice empezó a hacer círculos a su alrededor formando una gran espiral teniendo a éste como punto de origen, origen de un vientre, origen de la vida. Huyendo rápidamente de aquel pensamiento causante de un incipiente temor, posó la mano sobre su pubis y con ella extendida lo cubrió no por vergüenza sino por misterio; sabía que allí se conservaba el misterio de sus entregas, los hombres la habían penetrado y ella se había entregado a ellos sin saber el porqué: ¿quizá por amor? Tal vez, pero no lo tenía tan seguro, de lo que sí respondía era de que algo misterioso la inducía a aquel abandono de sí misma, como si al entregarse la alejara de una gélida soledad que habitaba en su interior desde tiempos remotos y encontrara en los brazos de lo ajeno un soporte para no desplomarse, para no derretirse. Los fluidos viscosos que a sus entrañas se adentraban portaban vida, pero no respuestas y esa carencia malograba cualquier idea remota de germinación, y aquella parte íntima de su cuerpo era su meta; ahora le tocaba el turno a su mente dirigirse por sí sola. Reflexionaba de nuevo sobre los acontecimientos acaecidos durante el día, ninguno era relevante, pero formaban parte de su vida, de ella misma y no todo iba a ser convulsión, después de la tempestad siempre viene la calma y es en esos momentos de serenidad cuando se hace una valoración objetiva de lo sucedido. Sus logros y sus fracasos la ennoblecían pues los admitía tal y como habían venido, no se avergonzaba ni se enorgullecía de ellos, la vida tenía un sonido, una melodía que la maravillaba. Echada sobre aquel blanco de nieve llevaba las manos hacia su frente como para aplacar sus emociones, sabía que, a pesar de su lograda serenidad, sus sentimientos se habían pulido muy finamente y poseían una delicada fragilidad, por eso, de vez en cuando de sus ojos brotaba alguna lágrima y de no ser así sus ojos se ahogaban en lágrimas, en lágrimas, en lágrimas, en lágrimas, in lacrimas, in lacrimas, in lacrimas, in lacrime, in lacrime, in lacrime. Tampoco lloraba o se inundaba sin motivo, a veces reconocía que era de lágrima fácil. Siempre al llegar la noche y después de las reflexiones, del recorrido por su cuerpo para equilibrarlo con la vida y de la valoración de su autoestima, una “furtiva lacrima” debería brotar de sus ojos; todas las lágrimas llevan un sentido descendente, el sentido de la gravedad hacia la tierra. Sus lágrimas, al estar echada, no resbalaban por sus mejillas sino que en su recorrido atravesaban sus sienes y ancoraban en sus oídos adentrándose hasta el tímpano, entonces era la hora esperada para hacer la llamada telefónica, una llamada hacia el más allá: de la mesita de noche cogía un teléfono y a ciegas marcaba un número infinito, de la infinitud del universo, marcaba y marcaba y marcaba y marcaba y marcaba y marcaba y marcaba y  marcaba y marcaba y marcaba y marcaba números y números y números y números y números  y números hasta crear un código que daba acceso a su alma; llevaba el auricular al oído y de él surgía una voz de las profundidades del sonido que le cantaba: Breit’über mein Haupt dein schwarzes Haar, neig’zu mir dein Angesicht, da strömt in die Seele so hell und klar mir deiner Augen Licht. Extiende tu negro pelo sobre mi cabeza, inclina tu rostro hacia mí, entonces derrama en mi alma, tan clara y limpia, la luz de tus ojos. Una vez oídas las últimas palabras alargaba el brazo y con un tic encendía una bombilla situada sobre la cabecera de su cama, la luz proyectada transparentaba todo su cuerpo, nada se veía, de él solamente se desprendía blancura, y la voz proseguía su canción: Ich will nicht droben der Sonne Pracht, noch der Sterne leuchtenden Kranz, ich will nur deiner Locken Nacht und deiner Blicke Glanz. No quiero el esplendor del sol, ni la guirlanda brillante de las estrellas, solamente deseo la noche de tu pelo y la luz de tu mirada. El tiempo transcurrido en aquella canción le pareció una vida al completo, era como si aquella letra condensara su pasado, su presente y su futuro en una palabra: un deseo.https://www.youtube.com/watch?v=nmb_4pU9wMw



Breit’über mein Haupt dein schwarzes Haar,

neig’zu mir dein Angesicht,

da strömt in die Seele so hell und klar

mir deiner Augen Licht.



Ich will nicht droben der Sonne Pracht,

noch der Sterne leuchtenden Kranz,

ich will nur deiner Locken Nacht

und deiner Blicke Glanz.



Extiende tu negro pelo sobre mi cabeza,

inclina tu rostro hacia mí,

entonces derrama en mi alma, tan clara

y limpia, la luz de tus ojos.



No quiero el esplendor del sol,

ni la guirlanda brillante de las estrellas,

solamente deseo la noche de tu pelo

y la luz de tu mirada.

                  Richard Strauss-Breit’über mein Haupt dein schwarzes Haar…