viernes, 26 de enero de 2018

LA CREACIÓN-II




                                                                                                                                     
S/T-Antonio Murado
                                                         

Roda-linda de Marma y de Tourisa, de Benencia, de Vionta y de Noro era una mujer isla que la tierra había regalado a un inmenso océano; era diminuta, frágil, casi siempre a punto de quebrarse; su edad ya muy avanzada, noventa y dos años, atraía la atención hacia unos cuidados protectores por temor a que aquella fragilidad pudiera desplomarse, hacerse añicos. Su rostro estaba cubierto de arrugas, grietas profundas en una piel de seda, los párpados poseídos por la flacidez ensombrecían su mirada, casi ocultaban unos ojos azules, brillantes, vivos que transmitían la alegría de comerse el mundo; una nariz fina, pequeña y una comisura que formaba una boca, sin labios, en donde la sensualidad se había inhibido hacía tiempo; sus orejas, con la edad, se habían agrandado creando unos pabellones auditivos receptores a cualquier sonido, inocentemente disimulados por una caída de pelo, por una melena corta y blanca que le llegaba un poco más abajo del lóbulo de la oreja; su frente se cubría parcialmente por un mechón de pelo proveniente del lado izquierdo con dirección hacia el derecho y donde una horquilla negra contenía un posible desprendimiento; estirando aquella piel podría contemplarse un rostro infantil que conservaba la misma alegría, ingenuidad y desparpajo que poseyera en su infancia. Su cuerpo era diminuto y muy delgado con tendencia a encorvarse, a replegarse sobre sí misma; caminaba a paso corto, mejor dicho, a pasitos cortos, a saltitos cortos como los pajaritos, como no queriendo adueñarse del espacio pisado, como si le pareciera impúdico adueñarse de algo que ya no le pertenecía. El concepto que su avanzada edad le había aportado era el de no ocupar lugar, el de no estorbar, el de que su presencia, el espacio que ésta pudiera llenar, no impidiera y perturbara la marcha del mundo; bajo ningún concepto ella quería ser un estorbo, como ya no era útil en él, tampoco deseaba entrometerse en su aceleración, reconocía que pertenecía más al sosiego que a la agitación. A sus noventa y dos años aceptaba su existencia como un regalo de la vida y por ello le estaba agradecida, pero no quería abusar, con ella ya había sido suficientemente generosa, todo lo que le había pedido le había sido concedido, a pesar de los muchos esfuerzos que en algunos casos tuvo que superar. Era viuda desde hacía tiempo y sus dos hijos estaban casados, tenía tres nietos que, cuando la visitaban, la llenaban de orgullo y alegría, pero sus visitas eran esporádicas, cada vez que los veía advertía el paso del tiempo en ellos: más altos, más delgados, más adultos, más de todo y ella a su manera advertía una reciprocidad inversa: menos de todo. Vivían bastante lejos, aprovechaban algunas vacaciones para venir a visitarla, cuando no tenían proyectos de viaje cumplían con la obligación de verla, aunque ella sabía que no venían por su propio gusto, venían forzados y con sonrisa forzada; no obstante, los recibía con los brazos abiertos y los colmaba con los mejores servicios que estaban a su alcance y dentro de sus posibilidades: cocinaba para ellos, hablaba con sus nietos, les hacía infinidad de preguntas, quería conocer su mundo, un mundo inalcanzable ya para ella, cuando llegaban o se marchaban los besaba y entre sus manos cogía sus rostros, los contemplaba de cerca; como eran tan altos y ella tan baja existía un empeño de doblamiento y estiramiento, ejercicio gimnástico que a ambas partes confortaba. Una vez, dos veces, tres veces al año, esto ocurría de vez en cuando; Roda-linda de Tourisa nunca se enfadaba, tenían que hacer su vida, se contentaba con saber que se encontraban bien, que su felicidad era la suya y que ella era un recuerdo para ellos, un recuerdo que había que avivar una, dos o tres veces al año o ninguna y por su propia voluntad; ella nunca exigía ni pedía nada. Su edad era la de la conformidad, la de la contemplación, la de no ocupar lugar, la de las pequeñas cosas, la de caminar sin dejar huella, la de entrar sin ser vista... la de todo, la de existir en silencio. Roda-linda de Benencia vivía sola en un piso de una ciudad costera, no muy grande, lo suficiente como para no conocerse sus habitantes; le encantaba el mar, desde la ventana de la sala podía contemplarlo a su gusto, con toda amplitud; abajo se extendía una playa por donde paseaba, hiciera el tiempo que hiciese, siempre daba sus paseos, le gustaba arrastrar los pies por la arena y se daba media vuelta para observar el surco que había dejado, estaba segura de que al día siguiente aquella marca ya no existiría, la marea se encargaría de borrarla; amaba el ruido del mar, en especial el de las olas, se preguntaba si en realidad aquel sonido era la auténtica voz de aquella agua azul, cristalina, fría; cuando se aproximaba a la orilla jugueteaba con las olas al  “aquí te pillo, aquí te mojo”, pero nunca sus pies se vieron atrapados por el agua, solamente se mojaban si ella quería, y ella solamente quería en verano y en aquella semana; no gozaba de buena salud y un exceso podía pagarlo caro, durante el resto de las estaciones tentaba el riesgo, nada más. Roda-linda de Vionta recibía una pensión mensual que cubría todos sus gastos; durante sus largos años de vida había aprendido a controlar el dinero, sabía cuánto podía gastar y ahorrar, el dinero se había convertido para ella en algo elástico, algo para estirar o aflojar; lo que recibía le era suficiente, nunca se atrevía a pedir más, creía que ya no tenía derecho a exigir, ¡como casi no existía!; indudablemente los gastos se duplicaban cuando venían sus hijos y nietos, pero tampoco le preocupaban, sus visitas eran tan escasas que no la metían en ningún apuro. Vivía con absoluta sencillez y esta sencillez la ponía en contacto con el mundo de las pequeñas cosas, inapreciable a una mirada imbuida en lo material. Si su participación en la sociedad en la cual le había tocado vivir era nula, su edad ya no le permitía llevar una vida productiva en lo material, sí aportaba una alegría a cada acto que realizaba, saboreaba el instante y disfrutaba de él, nunca lo magnificaba, aprovechaba su autenticidad, alejando cualquier pompa. Verla comer una manzana podía ser una maravilla: arte al pelarla y cortarla, delicadeza al llevar cada pequeño troza a la boca, discreción al masticarla, saborearla como si fuese el mejor manjar del mundo, agradecimiento por lo dado y recibido y finalmente sonrisa por el momento vivido. Su edad le permitía el lujo de experimentar la vida con plenitud de sensaciones, cada momento era poseerlo y disfrutar de él al máximo, como si no hubiera una segunda oportunidad; durante todo el año su vida podía calificarse de monótona, ningún acontecimiento extraordinario dejaba una huella imborrable que marcara un hecho a destacar, a recordar, nunca había nada, ella ya no estaba hecha para acontecimientos relevantes, estaba hecha para la insignificancia; descubrir su vida diaria paso a paso sería caer en el aburrimiento porque éste se estancaría en lo superficial, no se adentraría en los ritos sencillos que cada acción monótona conlleva, pero que para ella eran como un dar gracias por el momento gratuito que se le había concedido. Y todo se veía condensado en aquella semana del mes de diciembre, en la segunda semana del mes de diciembre, en aquellos siete días del mes de diciembre, en aquellas ciento sesenta y ocho horas del mes  de diciembre, en aquellos diez mil ochenta minutos del mes de diciembre, la sencillez y el agradecimiento hacían acto de presencia en el mundo. Eran días fríos, lluviosos, carentes de luz, grises, llenos de nieblas y la noche acechando, robándole claridad al día, imponiéndose con desfachatez. Roda-linda de Noro encajaba perfectamente en el ambiente, la climatología tenía en ella su representación humana, por ella los días carecían de sol, la templanza del clima ni se atrevía a asomarse, las nubes se deshacían en lluvias, en llanto por ella y ella se diluía, se dejaba llevar por los caprichos de la atmósfera del momento. En un calendario que colgaba en su cocina, aquella semana surgía como por arte de magia, como un deseo incontrolado al cual uno no se resiste; con anterioridad contaba los días deprisa, con ansia, queriendo acelerar su paso y que llegara de una vez la fecha soñada, igual que una colegiala cuenta los días que quedan para la llegada de las vacaciones. Los siete días, los pasaría como siempre, en su ciudad, en su casa, exceptuando una noche… Y llegó el primer día, y surgió de la nada, Roda-linda de Marma, de Tourisa, de Benencia, de Vionta y de Noro se convertía en la aristócrata de sus sentimientos. Se levantó muy temprano, a la hora de maitines, mucho antes de que amaneciera; no hizo falta poner el despertador, una euforia por la vida la despertaba y la hacía saltar de la cama, con dificultad, pero saltaba; durante aquella semana los achaques quedaban en un segundo plano, una vitalidad desconocida la ayudaba a superar cualquier impedimento que su salud precaria pudiera ocasionar, lo desafiaba y rompía con todas las normas que se había impuesto para evitar cualquier recaída o empeoramiento de salud. Se aseaba, era lo primero que hacía, siempre lavaba el rostro con agua fría, no importaba la estación del año en la que estuviera, siempre fría, sentía que aquella frialdad estiraba las arrugas y las grietas no eran tan profundas; no se maquillaba nunca, ya no había nada que maquillar, el derrame era irreversible, irreparable; inconscientemente con el dedo índice figuraba rizar unas pestañas que casi no existían y con un pase ligero por la comisura de la boca insinuaba colorear unos labios que no había; se esmeraba en peinarse bien, en que aquella media melena blanca tuviera su justa caída y que el mechón de pelo que atravesaba su frente de lado a lado quedase bien sujeto con la horquilla negra, ésta, con luz indirecta y a cierta distancia sobre la superficie blanca de su pelo lacio, daba la sensación de formar una brecha, una hendidura en el cráneo, un pasadizo al pasado; cada uno de los pasos en su aseo formaban parte de un antiguo rito y época, cuando poseía belleza y había que adornarla. Terminado el paripé, Linda se contemplaba en el espejo, sonreía sin saber el motivo, infinidad de rostros se superponían, infinidad de historias se superponían, infinidad de recuerdos se superponían y toda una vida concluía en aquel rostro, en su rostro; en aquella sonrisa no había lamentaciones, remordimientos, rencores, era una sonrisa alegre, agradecida, feliz. Ya estaba dispuesta a enfrentarse al día, ya estaba presentable, con esta idea salió del cuarto de baño en camisón blanco y envuelta en un chal grueso de lana negra, se precipitó hacia la ventana de la sala para comprobar si el alba había despuntado, el mar estaba en calma, se adivinaba, aún no se veía; le daba tiempo a desayunar y a vestirse, fue a la cocina y se preparó una tacita de café con leche, no tomaba nada más. A aquella hora del día tan temprana, no le apetecía nada sólido y aquel líquido lo bebía no por gusto, sino para ayudar a ingerir un sinfín de píldoras, tabletas y cápsulas que mantenían sus achaques a raya y que sin las cuales, por prescripción médica, estaba abocada a un final precipitado; lo del final lo tenía asumido y lo de tragar tantos remedios era como retarlo, como bromear con él para ver quién podía más, pero sabía que a la larga ella sería la perdedora; antes de ingerirlas las ordenaba por colores o formas o echaba a suerte a ver cuál le tocaba primero, había dos malvas, una de color más intenso que la otra, que eran las últimas en tomar, le daban pena, creía que mejor estaban en el mundo exterior alegrando la vista; cuando les llegaba el turno las tragaba precipitadamente para alejar de la visión el motivo de su remordimiento. Se fue al dormitorio y se vistió, ¿qué se puso? Ropa, ropa en sentido generalizado y primario, para cubrirse, para protegerse del frío, prendas atemporales que no marcaban moda, carentes de estilo, desestructuradas, cuya finalidad era cubrir un cuerpo, conservar y dar calor a un ser humano desposeído de la fuente de la juventud; superpuso algunas, sin sentido de la estética hasta que notó que estaba ya resguardada contra el frío; las mujeres de las cavernas se protegían de las inclemencias del tiempo, ella también. Se apresuró al máximo, pero la edad ponía freno a la desenvoltura, quería estar en la playa a la hora en que despuntara el alba, no quería perderse el espectáculo; cogió un grueso abrigo de paño negro, lo que en tiempos remotos sería una piel de oso, se lo puso y cubrió la cabeza con una pañoleta negra quedando su rostro enmarcado con el aspecto de la viudez; no cogió el ascensor, aquella semana estaba hecha para los excesos, bajó las escaleras a duras penas, por gusto, por lo tanto la mortificación carecía de valor, cuando llegó al portal estaba casi sin respiración y se apoyó contra el pasamanos, recobró el aliento, tan pronto como se recuperó, sin perder más tiempo, se lanzó a la calle, la cruzó y se fue a la playa; estaba desierta, había bruma y mirar hacia mar adentro era como penetrar en tinieblas; ya se veía algo, el contorno empezaba a perfilarse, a diferenciarse. Roda, después de un primer contacto con el lugar, se puso a caminar, aquel paseo le era familiar, era el que siempre hacía, si no a aquella hora a otra; el pasear por la playa “l’encantaba” aunque durante aquella semana tenía un significado especial, era como darlo por última vez, como si fuese una despedida, aunque lo repitiera durante esos siete días, el llevarlo a cabo cada vez era como decir adiós y al mismo tiempo como la esperanza de efectuarlo al día siguiente. Desde un extremo al otro de la playa Roda rodaba, arrastraba los pies, calzados en unas zapatillas negras de paño, por la arena, a veces se enterraban y la humedad las traspasaba y no tenía miedo a que su salud peligrara. Aquel ascenso y descenso de la marea nunca lo había entendido bien, saber que era producido por la atracción del sol y la luna le era suficiente, era como si el agua del mar estuviese bendita, por lo tanto no podía causar daño alguno, todo lo contrario, sería beneficiosa; a propósito y con algún esfuerzo enterraba la  punta de la zapatilla en la arena y después la sacudía, unas cuantas veces más y se daba cuenta de que estaba escarbando un pequeño hoyo, si tuviera a su alcance algunas conchas las enterraría allí, alisaría la superficie con la suela de la zapatilla y se marcharía, se prometería que en el camino de vuelta no volvería a pisar sobre el mismo lugar; descartada aquella posibilidad un pensamiento premonitorio la sacudió, no se asustó y siguió rodando, rodando, rodando, rodando, rodando, rodando, descansó un momento y siguió dodando, dodando, dodando, dodando, dodando, hasta que volvió al punto de partida, se paró y advirtió que el amanecer se presentaba gris, frío, lluvioso, y deseó mojarse e imploró a las fuerzas de la naturaleza que tal cosa sucediera y así fue, una lluvia menuda bajó del cielo para cumplir el deseo de Linda-roda de Marma; se quedó quieta, indefensa, dejándose calar hasta los huesos, chorreando, miró hacia el cielo para ver si descubría algo y nada había solamente H2O, para completar su deseo salió de su letargo y corrió hacia el mar, fue ciega a las olas y metió los pies en el agua, sintió una culpa infantil por haber cometido una trastada: había mojado las zapatillas; miró a su alrededor y no había nadie, por lo tanto nadie la había visto; la sensación de haber desobedecido pronto desapareció, se escudó en la necesidad, en una necesidad repentina y desconocida por romper normas, por infringir unas leyes que solamente la inocencia de la niñez puede exculpar, se quedó mirando para sus zapatillas mojadas como una tonta y un razonamiento adulto le aconsejaba que había que cambiarse de ropa y de calzado. Cruzó la calle y entró en el portal de su casa, subir hasta un cuarto piso por las escaleras le parecía un esfuerzo sobrehumano así que optó por coger el ascensor, la esperaba, abrió la puerta y pulsó el número siete, subió hasta el séptimo piso, volvió a pulsar y le dio al número uno, bajó hasta el primero, volvió a pulsar y le dio al número cuatro, subió hasta el cuarto no  “l’apetecía” salir e ir a su vivienda, volvió a pulsar y le dio al número dos, bajó hasta el segundo y así estuvo durante más de media hora sube y baja, sube y baja, sube y baja, sube y baja, subibaja, subibaja, subibaja, subibaja, subibaja, sobaibaja, sobaibaja, sobaibaja, cuando se cansó, paró, cuando se mareó, paró. A aquellas horas de la mañana daba gusto disfrutar de las ventajas de la técnica; Dalinda siempre creía que había llegado tarde al mundo de las máquinas, ella pertenecía al trabajo manual, a la frase  “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, tan pronto descubrió las ventajas y comodidades que proporcionaban ciertos artilugios no dudó en usarlos hasta el punto de explotarlos como si fueran juguetes: ascensores, aspiradoras, batidoras... todo lo que conllevara un ahorro de esfuerzo humano y de movimiento elemental suspiraba por ello: ascensor = subibaja, aspiradora =  d’aquí p’allá, batidora = rodación ...El ruido producido por estos aparatos también  “l’encantaba”. A veces comparaba el ruido hecho por una escoba y una aspiradora, herramientas usadas por ella según cronología, y opinaba que una escoba frotaba, rascaba y una aspiradora aspiraba, absorbía, ambas tenían la misma finalidad, pero empleaban medios distintos. Volvió a pulsar el botón del cuarto piso y allí se paró, a aquella hora casi nadie usaba el ascensor, motivo suficiente para cometer su pequeña travesura; pocos inquilinos habitaban el inmueble y los que había ya no estaban en edad productiva, jubilados como ella o gentes del interior que habían comprado una vivienda para los fines de semana o las vacaciones y así poder aprovechar el mar. Lindadá salió del ascensor y entró en su piso decidida a cambiarse de ropa, consciente de la humedad que portaba, fue derecha a su dormitorio, se desvistió, se secó con una toalla y se puso un vestido negro de lana de corte saco, unas gruesas medias negras y unos zapatos negros, el camuflaje era casi perfecto, sobresalía la cabellera blanca, pero también tenía solución; se miró al espejo, se gustó, no había lugar para el concepto de adefesio; por un momento pensó en transgredir la discreción poniéndose con el vestido unas medias rojas y unos zapatos blancos, pero algo la asustó, volviendo a una rapidez estética urgentemente. Tener planes de futuro a su edad le parecía desperdiciar el tiempo, alucinar con un mundo mejor, ella ya no lo vería; su aspiración máxima era llegar al día siguiente y conservar su alegría, que ningún empeoramiento de su salud pudiera privarla del goce de sentir las pequeñas cosas de cada día; el futuro no le pertenecía, el presente era un regalo, y el pasado lo era todo, Rodada era el pasado en el presente y éste era un regalo, por lo tanto Linda- Roda de Tourisa era un regalo para la vida, su presencia y aspecto aportaban la inconformidad de una eterna juventud, el grito silencioso de la existencia, la humildad de la gratitud. Aquella semana era la ideal para recordar, era lo fijo, lo conseguido, era la persona idónea para dar testimonio del pasado, de su pasado. Su hogar se había quedado demasiado grande para ella sola, le sobraba espacio; cuando vivía su marido y sus hijos estaban con ellos, las estancias se llenaban de bullicio, su presencia afianzaba una compañía que el tiempo se encargaría de disgregar, pero ella durante aquellos días trataba de reunir sus recuerdos, de avivarlos. Se dirigió al salón y subió las persianas, la luz del día se filtraba a través de unos visillos blancos, iluminó aquel espacio de una claridad fría, distante, incolora; sobre un aparador se alineaban una serie de retratos, semiocultos en la penumbra, listos para pasar revisión, hasta allí apenas alcanzaba el día. Roda de Tourisa,  durante aquella semana y todos los días los revisaba, en ellos se reflejaba su historia, su pequeña historia, una historia contada a base de imágenes, muchas de ellas improvisadas, otras estudiadas; el contemplar aquellas fotos no implicaba añoranza, sino compañía, no echaba de menos el momento en que fueron tomadas y cómo fueron vividas, formaban parte de su vida pasada: de su infancia, de su juventud y madurez sumándose a su vejez, todos aquellos apartados formaban una vida, su vida y eso era todo; observarlas allí alineadas le daba la sensación de compañía; durante aquellos siete días cobraban un significado especial, daban la sensación de convertirse en presencia física y Linda de Noro necesitaba sentir que, para alcanzar la meta propuesta, la compañía de sus seres queridos le era indispensable; sin coger ningún retrato en particular los contemplaba en su globalidad, los miraba fijamente como queriendo reanimarlos con la fuerza de los ojos, en su intento instaba al momento vivido y reflejado en la instantánea a cobrar vida, a que su inmovilidad se animara y sus figuras empezaran a moverse y a hablar; y siempre había una mirada muy especial a una foto: su marido y ella con sus hijos, éstos aún eran pequeños, podía recordar perfectamente las circunstancias que la motivaron: estaban paseando al lado del mar y a ella se le ocurrió que al primer desconocido que pasara junto a ellos le pediría que les hiciera una foto, dicho y hecho, posaron como una piña, juntitos, formando un bloque de mármol sólido, sonrieron todos porque la felicidad los desbordaba y ahora Roda de Vionta también sonreía, pero su sonrisa ya no se dirigía a una cámara, sino a la vida. Una vez terminada la revisión y confortado su espíritu, cogía una silla y la acercaba a la ventana, corría el visillo y se sentaba allí a leer el periódico, le gustaba leer con luz natural; solamente lo compraba el domingo, tenía para entretenerse toda la semana. Las noticias de política internacional eran sus preferidas: saber lo que pasaba en el mundo la obligaba a actualizarse, vivir la actualidad era como compartir las preocupaciones de  miles de personas implicadas en el acontecimiento; cuando la noticia era leída, quizá el jueves o el viernes, ésta ya había transcurrido, motivo y consecuencia habían cambiado, eso no le importaba, tampoco iba a ser una militante activa en lo acaecido; era lógico que siempre llevara retraso, la lentitud de la edad se había instalado en su vida y nada podía hacerla cambiar; una vez que terminaba de leer la información que la ponía al corriente de las desavenencias entre las distintas naciones, guerras, desajustes económicos y demás, pasaba las páginas ávida por encontrar los dibujos de chistes que la ponían de buen humor, algunos de ellos casi no los entendía porque estaban basados en la rabiosa actualidad, ¡cómo siempre llegaba tarde a la noticia!, no obstante, le resultaban graciosos y así, era una forma de aceptar con alegría el momento que le había tocado vivir. Cuando se daba cuenta era ya la hora de la comida, Dalinda de Marma como fiel representante de la insignificancia comía insignificancias, sus múltiples achaques le impedían deleitarse con platos copiosos y excesivamente condimentados, cualquier cosa que podía comer siempre era contraproducente a alguna parte de la geografía de su cuerpo, así que su estómago se había acostumbrado a pequeñas dosis de comida y éste se había encogido; comía como un pajarito: una lonchita de..., un trocito de..., una pizquita de..., un chorrito de..., un vasito de... y como resultado a tanto diminutivo siempre: una cagadita de..., una meadita de... daba la sensación de quedarse en el intento. El menú de un día normal podía ser: una lonchita de jamón cocido y otra de queso, un pedacito de pan, y de postre una frutita o un yogurcito, para beber un vasito de agua. ¡Dios todopoderoso dirige tu mirada hasta ésta tu sierva y líbrala de una indigestión!. Cualquier ser humano perteneciente al mundo de la abundancia enfermaría ante tanta pequeñez, la opulencia de cualquier reino de este mundo sucumbiría ante la insignificancia de Marma, Tourisa, Benencia, Vionta y Noro. Terminada la comida se echaba en el sofá a dormir una pequeña siesta, aquel descanso le venía a las mil maravillas; había momentos del día en los que se encontraba realmente cansada, aunque su ánimo la empujaba y no era proclive al decaimiento, los años no perdonaban y un reposo de vez en cuando se agradecía. Poco se diferenciaba aquella semana especial de las del resto del año, realizaba cosas inhabituales, rompía con algunas normas que se había autoprohibido, pero todas esas alteraciones apenas apartaban su vida de la rutina diaria, a excepción de una salida por la noche. A su edad vivir era captar el instante, agarrarlo con todas sus fuerzas; con la cabeza apoyada contra el respaldo del sofá trataba de representar el momento final, el paso de la vida a la muerte: respirar o no respirar; aparte de un descanso, la siesta significaba una especie de ensayo, quería experimentar lo que sentiría llegado el momento, obligaba a la conciencia a grabar cada segundo de ese hálito de vida, pero en el intento se quedaba dormida, al cabo de un cuarto de hora o veinte minutos se despertaba y reconocía que así de sencillo debía de ser el tránsito. No le tenía miedo a la muerte, la aceptaba de buen grado, sabía que formaba parte de ella, que desde su nacimiento iba unida a su ser como algo irremediable; durante los años de juventud y madurez había permanecido en un segundo plano y formaba parte de un concepto distante, a medida que los años pasaban reconoció la vejez y la miró cara a cara admitiéndola como su dama de compañía más próxima. Aunque estaba sola, no estaba sola. Dudó entre ir a la compra o quedarse en casa y optó por lo segundo; solía ir a comprar a primeras horas de la tarde, el supermercado estaba más vacío y podía husmear con comodidad, sin necesidad de agobios; se obligaba a ir con frecuencia, en vez de hacer una compra general un día determinado, la dosificaba en varios días para motivarse a caminar y a hacer ejercicio; ni que decir tiene que nunca venía excesivamente cargada, siempre con paquetitos adaptados al contenido; de paso observaba la abundancia de productos alimenticios que se exponían, sólo por curiosidad no por codicia, le parecía que toda aquella oferta ya no le pertenecía, los beneficiarios serían las nuevas generaciones ansiosas por probar nuevos gustos y educar paladares, a ella cualquier insignificancia le era suficiente, a veces tenía la sensación de que el aire la alimentaba. No, aquella tarde no saldría, se quedaría en casa sin hacer nada; siempre estaba haciendo algo, a su ritmo eso sí, el tiempo procuraba ocuparlo, pero a veces deseaba no hacer nada, la diferencia entre algo y nada le parecía abismal, el pensar en ello la desesperaba; se quedaría echada en el sofá y dejaría la mente en blanco... aún no habían pasado cinco minutos cuando un impulso la incitaba a la acción, con el impulso la decisión repentina y urgente de regar las plantas; tenía un balcón lleno de plantas de muy diversas clases, le gustaba regarlas y al mismo tiempo hablar con ellas; algunas que eran de poco agua, nadaban en ella, se daba cuenta una vez regadas, se lamentaba de haberlo hecho, cuando se enviciaba en su conversación con ellas, perdía el sentido de la medida, eran tantas las ganas de hablar con alguien que, al no tener con quién, las plantas pagaban su exceso repentino de comunicación; las observaba y les concedía adjetivos sublimando su belleza, les quitaba las hojas secas y cuando había alguna que parecía mustia le cantaba en voz baja, musitando palabras de ánimo llevadas por un ritmo de barcarola; había días que eran los únicos seres vivos con los que mantenía contacto, abusaba de su inmovilidad, sabía que la tenían que oír, que no huirían de su presencia; ella tampoco las cansaba, las colmaba de halagos y ensalzaba su hermosura y por si fuera poco aún les cantaba; Benencia de Roda desprendía cariño a todo aquel que se le acercaba, aunque el físico que le proporcionaba su edad no estuviera en consonancia con el concepto que cualquier persona tenga de la representación de cariño, más bien representaba la indefensión . Y llegó la hora nona y con ella el crepúsculo, esas horas últimas de la tarde la despistaban, anochecía muy temprano y la climatología tampoco ayudaba a una noción clara del tiempo; saldría aquella noche, no esperaría al último día como había hecho años anteriores, ya puesta a tomar decisiones la salida sería ese día. Se sentó en la cocina con la idea de comer, de cenar algo, pero no tenía apetencia por nada en particular, mentalmente recorrió las existencias que tenía en la nevera y en la despensa, se decidió por un yogur, tenía que tomar algo, pasando una noche en vela con el estómago vacío estaría propensa a la debilidad; lo tomó sin ganas, con cara de asco ante la obligación que se había impuesto, a pesar del azúcar que le había echado no sabía mejor, sencillamente no tenía apetito; el yogur no necesitaba masticarlo, se dejaba tragar con facilidad y así fue, cuando se dio cuenta ya había desaparecido ante sus ojos y se alegraba de que estuviera en su estómago; como una niña se sorprendió ante semejante proeza y oyó en su interior una voz que la felicitaba, un reflejo infantil iluminó su rostro y quedó confortada; con un gesto mecánico limpió los labios con una servilleta como si se hubiera zampado un copioso manjar y éste hubiera dejado huellas a su paso, nada de eso, ese gesto clausuraba la admisión de cualquier otro alimento. Pensó en dónde iba a ir, estaba claro que iría al hospital, la visita que hacía al año durante esa semana era muy especial, se apartaba de las normas establecidas que cualquier persona tiene para ir a tal lugar: bien como paciente o bien como visitante de un enfermo. Linda de Vionta alguna vez había ido a visitar a algún conocido y naturalmente como paciente había estado ingresada infinidad de veces debido a sus múltiples achaques, años atrás había sido una asidua en la institución, había pasado una mala racha de salud y cada dos por tres o tres por dos o dos por tles o tles por dols o dols pol tles o tles pol dols, el hospital se había convertido en su segunda casa; hubo un momento en que estaba convencida de que la conocían más por dentro que por fuera: las analíticas y las radiografías habían sido para ella el pan nuestro de cada día, los ingresos tanto habían durado días como semanas; ahora se encontraba relativamente bien, con los tratamientos que estaba tomando parecía que todo seguía el cauce de cierta normalidad. Conocía perfectamente el hospital, sabía por dónde entrar y salir, estaba informada de todas las plantas y a lo que estaba dedicada cada una de ellas, también sabía que había unos horarios de visitas y otros de consultas que intentaba respetar cuando iba, pero aquella noche infringiría la normativa, por el hecho de haber estado ingresada y de haber permanecido cierto tiempo allí, creía que podía gozar de algún privilegio especial y aquella noche se lo concedería; esperaría hasta más tarde, cuando el hospital gozara del reposo nocturno,  entonces ella entraría por urgencias, su persona se diluiría en el silencio y la oscuridad y pasaría sin ser advertida. Apagó la luz de la cocina y se dirigió hacia la ventana de la sala, desde allí contempló el mar, esforzó la mirada para ver más allá: el horizonte, la línea recta que divide el cielo y el mar y no vio nada, una oscuridad gélida lo envolvía todo; miró hacia abajo, a la calle, estaba iluminada, no vio a nadie, experimentó una sensación de vacío, de perdida de la existencia y por un momento no existió, deambuló por toda la casa a oscuras, flotando entre los muebles sin rozarlos, abrazando la nada y no atrapando nada, carecía de sombra por falta de presencia física, el negro de su atuendo la camuflaba, había desaparecido en el ambiente y sin querer se convirtió en recuerdo: cada una de las salas de su casa rezumaba historia vivida, por su mente transcurrieron retazos de su vida pasada, de su familia, de sus hijos, todo lo contemplaba a la perfección, en aquellas salas oscuras, su mente proyectaba las imágenes sobre una pantalla negra, y le pareció una paradoja que un recuerdo se viera con tanta nitidez sobre un lienzo tan negro; se arrimó a la pared y ensayó cómo escabullirse de una sala a otra, pegada al muro entraría en el hospital buscando los lugares de penumbra; siempre lo había hecho y le había dado buen resultado, auque existía el temor de haber perdido facultades; pasó de la sala a la cocina, de la cocina al cuarto de baño, del cuarto de baño a un dormitorio teniendo como punto en común el pasillo y la estrategia era perfecta; entró en el cuarto de baño encendiendo la luz inmediatamente, necesitaba verse reflejada en el espejo para constatar que existía, que ocupaba un lugar en el espacio, que su presencia aún no había sido arrebatada por el vacío; se tranquilizó al mirar su reflejo, los ojos que la contemplaban eran los suyos, la luz del baño que la iluminaba procedía de la parte superior del espejo, era una luz directa que caía sobre toda su figura, surgió una pregunta: ¿y ahora qué? Se negó a responder a su propio reflejo, por temor a una respuesta incoherente, cambió rápidamente de tema y pensó en su visita al hospital, con aquella preocupación asustó la idea ante cualquier tema trascendental; a aquellas horas del día su rostro ya mostraba señales de fatiga, de salud quebradiza y sonrió al pensar en volver una vez más a aquél su segundo hogar; haber estado ingresada tantas veces la había puesto en contacto con un mundo diferente al suyo, la mayor parte de su vida había gozado de excelente salud, ignoraba lo que era el sufrimiento y el dolor, a excepción de algunos episodios de su vida: enfermedades de sus hijos, fallecimiento de su esposo y pocas cosas más, el resto de sus días habían transcurrido sin que aparecieran esas sensaciones aflictivas, cuando las experimentó en sus carnes se dio cuenta de que otra dimensión más del ser humano se abría ante ella; a su pesar al principio, las aceptó con resignación, más tarde, equilibrando y enriqueciendo el concepto que tenía de humanidad; al verse desprovista de salud y con el dolor transfigurando el rostro ajeno sintió seguridad y fuerza ante el decaimiento y unas ganas terribles de superación. Siempre había sido generosa, pero esta generosidad se vio incrementada al desear compartir con los demás lo bueno y malo de ella, creía que lo malo suyo menguaría con la bondad ajena y lo bueno enriquecería al prójimo aún más. Pasó su dedo índice por los párpados inferiores queriendo estirarlos y borrar ojeras, al instante recuperaron su flacidez, se dio cuenta de que el tiempo no perdona y le daba la razón también; tanta compresión ante la adversidad hacía que su comportamiento derrochara generosidad en demasía. Contempló el atuendo que llevaba, lo consideró el apropiado para la ocasión, carente de lujo, sobrio, aquel vestido negro de lana de corte saco, las gruesas medias negras y los zapatos negros planos le daban un aspecto de viuda en el rigor del luto; no tenía que negar nada, era viuda, aunque para unos ese color fuera señal de desconsuelo y aflicción para ella era simplemente el color del camuflaje, aún más, lo intensificaría aún más, cubriría su cabeza con un gran pañuelo y se pondría un abrigo, tanto una prenda como la otra serían negras, naturalmente; no se pondría adornos, atraer la atención hacia la banalidad restaría importancia a su misión, la sobriedad que la cubría mostraba una entrega a una finalidad: la caída que poseía aquel vestido, su austeridad y su corte, hecho a puro tijerazo, hacían de él una superficie resbaladiza a cualquier halago. Aseguró la horquilla, aquel mechón de pelo blanco que cruzaba su frente debería inmovilizarse, molestaría cualquier señal de coquetería desdejada. Una mirada crítica la recorrió de arriba abajo, se aceptó y el consentimiento final llegó cuando su mano dio un último toque a su cabellera; lo que le faltaba era ponerse el abrigo y cubrir la cabeza con una pañoleta; se dirigió a su dormitorio y abrió la puerta del armario, cogió aquellas prendas y se las puso, se las ajustó bien para que el frío de la calle no le penetrara y volvió al cuarto de baño, se miró de nuevo en el espejo y solamente un rostro y unas manos destacaban en la penumbra, la piel había adquirido un blanco de nieve resaltando aquellas partes como un bajorrelieve. Rodalindademarmadetourisadebenencia deviontadenoro, al ver culminada su transfiguración, sintió un escalofrío que recorrió su cuerpo, algo de ella se quedaba atrás para dar paso a otra mujer, intentó pronunciar su nombre y apellidos rápido y seguido, creando un “legato” entre todos ellos, por temor a una pérdida de cohesión, por temor a que algo se desintegrara; en el intento había sílabas que se entrecortaban, algo pasaba, algo fallaba y se quedó en silencio, solamente un golpe fuerte y seco proveniente del exterior marcaría un antes y un después. Comprobó la hora y vio que era la ideal para ponerse en marcha; durante el año deseaba la llegada de esa salida, de esa hora, de ese día que destacaba del resto de los trescientos sesenta y cinco, estaba ése que infringía la rutina y que alimentaba a los otros, que les daba un sentido realzando la vida aún en el más mínimo instante; para ella el salir sola a aquella hora de la noche y la finalidad que la movía convulsionaban su mundo y el mundo despertaba de un letargo innato para que abriera los ojos y contemplara una creación particular. Salió del cuarto de baño y fue hacia la sala donde tenía preparada una bolsa de plástico negra y en su interior una manta de lana blanca, su capa de entronización; recorrió su piso cerrando cada una de las puertas de sus distintas dependencias para no llevarse nada y para que nada pudiera abandonarlas y dejarlas vacías, para que todo quedara tal y como estaba; Rolindada estaba dispuesta a emprender su corto viaje llevando por maleta aquella bolsa de plástico negra. Abrió y cerró la puerta de su hogar en un santiamén, alguien que hubiese contemplado la escena habría dicho que quien había traspasado el umbral de aquella puerta no era un ser humano sino una corriente de aire; llamó el ascensor, estaba en la planta baja, subió haciendo el típico ruido y por un instante quiso pronunciar la palabra “chitón” para amainar la sacudida de la parada en seco, no le dio tiempo, las puertas ya se habían abierto y entró con la misma rapidez con la que había dejado su hogar, sin que una imagen congelada diese testimonio de sus movimientos, una perfecta técnica escurridiza empezaba a manifestarse; el ascensor la bajó a la planta baja, no encendió la luz, el portal estaba a oscuras, no tenía miedo a la oscuridad porque ella era oscuridad, a media voz pronunció su nombre y sus apellidos: Roda-linda de Marma y de Tourisa, de Benencia, de Vionta y de Noro se quedaba allí, quieta, sola, sin pronunciar una palabra más, la mujer que daba un paso hacia delante ya no era aquélla, era la otra; tiró del pomo de la puerta del portal, la abrió, salió y un golpe fuerte y seco retumbó en el  universo, die Königin der Nacht, la Reina de la Noche se ponía en marcha. Las calles estaban vacías, todavía no era muy tarde, pero las inclemencias del tiempo empujaban a las gentes a permanecer en sus hogares; caminaba arrimada a las fachadas, buscaba los puntos de penumbra porque sabía que pertenecía a la oscuridad y no a la claridad; vista desde lejos y con la increíble agilidad con la que se movía se diría que era una sombra huidiza, la sombra de un alma en busca de su dueño; se adentraba por las calles menos iluminadas, experimentaba un rechazo hacia las luces de la calle y cuando se vio alejada del centro respiró con alivio; el hospital estaba situado al oeste de la ciudad, en medio de un terreno llano y apartado de edificaciones, la calle por la que caminaba era una de las que desembocaban en aquella dirección; contempló el edificio en la distancia y se preguntó si aquél no sería su castillo. En aquel paisaje urbano reinaba la paz, la noche era fría y había una ligera neblina; el hospital, al menos externamente, parecía gozar de sosiego, las ambulancias estaban ancladas en sus puestos en espera a una salida fortuita y no se veía a nadie por los alrededores, la mayoría de las ventanas ya no tenían luz, señal de reposo; aminoró el paso, no tenía que apresurarse, no tenía que huir de la luz, nadie la estaba esperando, por lo tanto no tenía ningún motivo para intranquilizarse; había unos focos que marcaban el camino a seguir y proyectaban una luz tenue, había penumbra suficiente para que ella se sintiera a sus anchas; sabía que la entrada principal estaba cerrada y se dirigió a la de urgencias, conocía perfectamente todos los pasadizos que la conducirían a las plantas superiores; antes de entrar y en la oscuridad, exhaló un profundo suspiro como queriendo librarse de un lastre que ocupaba lugar y aligerarse, para hacer factible una supuesta invisibilidad. Entró sin ser vista, sin ser oída, sin ser olida, sin ser palpada, sin ser degustada, entró sin ser. Una corriente de aire impulsó a abrir unas puertas mecánicas, no un ser, no su ser, yo no soy, tú no eres, él no es, ella no es, nosotros no somos, vosotros no sois y ellos no son, ellas no son. Subió unas escaleras que llevaban a la primera planta: medicina interna y se dirigió a la sala de estar, estaba a oscuras, no había nadie y se sentó en un rincón, no lejos de la puerta, donde ninguna enfermera pudiera verla; estaban en su sala y de vez en cuando salía alguna para atender a un enfermo; hubo un momento en que cesó la agitación, un silencio se extendió por el pasillo y las habitaciones de los enfermos; acurrucada en su silla y envuelta en su abrigo, die Königin der Nacht transgredía las leyes de la visibilidad, aguzó el oído y creyó que era el momento ideal para robar, para robar lo imposible, lo inalcanzable: la voz humana, pero ésta llevada al límite del sufrimiento, del estertor; aquel silencio era resquebrajado a intervalos por una queja de dolor; ella conocía perfectamente aquel sonido, de su garganta alguna vez había salido algo parecido, sintió compasión, inclinó la cabeza y cruzó las manos sobre su corazón, buscó palabras ante la pena, no las halló; de otra habitación una frase inconexa y sin sentido se esforzaba por lanzar un mensaje, pero falleció en su misma incomprensión; próxima a ella, como si estuviese al otro lado del tabique al cual daba la espalda, una respiración ronca y anhelosa luchaba por subsistir, por atrapar un instante más de vida, pero caminaba sobre arenas movedizas y su deglución era irremediable. Absorber aquella realidad no le resultaba difícil, ella había experimentado alguna de aquellas sensaciones, lo que había contribuido a una compresión y a un comportamiento por su parte hacia todo aquél que sufriera; sin embargo, no se afligía, la voz humana podía expresar múltiples facetas, en múltiples situaciones. En aquella planta todavía permaneció un buen rato, empapándose de aquellas voces: dolorosas, quejumbrosas, incomprensibles, algunas casi inaudibles, terminales; todas formaban parte de la vida, aceptada esa reflexión, la inundó un profundo optimismo que la animó a levantarse, cogió su bolsa y acechó a las enfermeras desde la puerta, el ambiente seguía gozando de tranquilidad absoluta; como había venido así se fue, sin dejar rastro aparente, aunque ahora el aire poseyera un gramo más de armonía sonora. Salió de aquella planta como ella deseaba, sin ser vista, sin ser advertida y se dirigió hacia la maternidad; muchos de aquellos pasillos le eran muy conocidos, por ellos había paseado para desentumecer unas piernas que, por falta de ejercicio, parecían inertes por el exceso de estar encamada; ese día no era el caso, había venido en visita muy especial y allí no estaba como paciente sino como ladrona; esa palabra la asustó, era una palabra fuerte, pero alivió su contenido al pensar que si alguna vez “ladrona” adquiría un matiz de dignidad era en aquel caso en particular, su caso particular. En las horas de visita los pasillos y habitaciones siempre estaban llenos de gente y, sin embargo, por la noche era todo lo contrario, el vacío proporcionaba al reposo cierta seguridad; la comparación le pareció simple, se alegraba de advertir aquella diferencia. Cuando entró en la planta de maternidad el olor era distinto; acostumbrada a un olor muy característico: a enfermedad, a medicinas y desinfectante, todos estos elementos se entremezclaban entre sí, en una atmósfera cargada de calor que impregnaba los rincones más recónditos de cualquiera de sus dependencias; sin embargo, allí era todo lo contrario, sintió auténticas ganas de vivir; por supuesto, entró sin ser advertida, en un suspiro se vio trasladada a la sala de estar de aquella planta, estaba vacía, a oscuras, se sentó al lado de una ventana, por otros años sabía, o no sabía, por qué estando allí, necesitaba tener cerca una conexión hacia el exterior, en cualquier otra parte del edificio no le importaría, allí sí, un cordón umbilical entre la planta de maternidad y el mundo exterior era indispensable. Allí sentada, en la oscuridad, se sintió más reina que nunca, más dueña de su reino, una profunda paz  interior la inundó tratando de reunificarla: juntando los pies y las piernas, entrelazando las manos en busca de una oración e inclinando la cabeza cubierta por la pañoleta negra, su rostro se perdía en la nada, ella se había convertido en noche, la noche se había convertido en ella, el único símbolo externo de aquella reunificación eran unas manos juntas en un intento de crear frases sin palabras, solamente era un intento, el silencio lo llenaba todo. Permaneció en esa posición durante un buen rato, concentrada en sí misma, como preparándose para algo que iba a acontecer; en aquella sala hacía calor y respirar resultaba bastante sofocante, sabía que más tarde o más temprano abriría aquella ventana; se levantó y sacando de la bolsa la manta blanca se cubrió con aquella capa de la cabeza a los pies, del bolsillo de su abrigo cogió una pinza de la ropa, de madera, e hizo que ésta ejerciera las veces de un broche de brillantes sujetando ambas partes de la manta en la mitad de su pecho, abrió la ventana de par en par y el frío de la noche la sacudió. Die Königin der Nacht estaba entronizada. Se volvió a sentar y desde su silla contempló el exterior, se contempló, a pesar de la niebla y del frío todo estaba en calma, de afuera no había que esperar nada, ella esperaba algo de allí adentro, algo iba a suceder allí adentro, todo era cuestión de esperar y esperó, esperó, esperó, esperó, esperó, esperó, desesperó, desesperó, desesperó, desesperó, desesperó, desesperó, desesperó... En su espera aquella figura blanca creó un lugar, reclamó un espacio, si en un principio lo negro se había camuflado con  lo negro, ahora lo blanco luchaba por resaltar en la oscuridad; acurrucada y envuelta en su gruesa capa aguardaba, aguardaba, aguardaba, aguardaba, aguardaba, aguardaba, aguantaba, aguantaba, aguantaba, aguantaba, aguantaba, guardaba, guardaba, guardaba, guardaba, guardaba, guardaba, ella aguardaba y guardaba un secreto, un misterio. En aquella planta reinaba la paz, el silencio, un silencio intenso, casi molesto, y sin esperarlo, de repente, éste se rasgó: el grito de un recién nacido quebró la estabilidad del mundo, primero fue un grito agudo, estremecedor, derivando en un llanto rebelde, quejumbroso, desafiante, largo, sostenido en el tiempo. Rodalinda de Marma y de Tourisa, de Benencia, de Vionta y de Noro se agarró con todas sus fuerzas a aquel grito y llevó las manos a su vientre y sintió vida en él, acto seguido las llevó a su corazón y sintió morirse, comprobó que vida y muerte caminaban juntas; deseó morir en aquel instante como había deseado vivir en otro anterior, se sintió feliz, se entregaba a la voluntad del mundo, pero antes quería cumplir un pequeño capricho, un antojo y se dio cuenta de que la infancia y la vejez no estaban tan distantes, deseó cantar en voz muy bajita, para sí, como si fuera una nana, deseó que su voz sin fuerzas ya, se uniera a aquel grito potente y los dos se esparcieran por el espacio, se volvió hacia la ventana y Rodalinda cantó:


Deh! tu, bell’anima,

che al ciel ascendi,

a me rivolgiti,

con te mi prendi:

così scordartmi,

così lasciarmi,

non puoi, bell’anima,

nel mio dolor,

non puoi scordarmi...........................y Dios creó el sonido.                  






¡Ay! Tu bella alma

que al cielo asciendes,

vuélvete hacia mí,

llévame contigo:

así olvidarme,

así dejarme,

no puedes, bella alma,

con mi dolor,

no puedes olvidarme...

                                    Capuletos y Montescos

                                                V. Bellini

viernes, 13 de octubre de 2017

LA CREACIÓN-I



                                                     
S/T- Antonio Murado
                            
Bertar-ido Oberto Grimoaldo de Ons y de Camos, de Imende y de Cecebre, de Trasancos y de Visma... y así sucesivamente una lista interminable de nombres y de títulos en donde la paciencia comprueba su límite y en un momento de desesperación echa mano de la brevedad para quedarse con: Bertar-ido de Ons. Bertar-ido de Ons pertenecía a una de esas familias nobles que a lo largo de los siglos habían acumulado títulos, posesiones y riqueza, unas veces por medios dignos y otras utilizando tácticas vergonzosas impropias de auténticos seres humanos, pues fue en una de éstas, siglos atrás, cuando el rey decidió desterrar a sus antepasados poniendo rumbo hacia un nuevo continente. La suerte les siguió acompañando y si ya eran ricos por naturaleza, por decirlo de alguna manera, su olfato se agudizó con los aires frescos del nuevo mundo, surgieron trapicheos y artimañas a gran escala que contribuyeron a que prosperaran como la espuma. Bertar-ido de Ons conocía a la perfección la historia de sus antepasados; sus padres, desde muy pequeño( era hijo único), se habían volcado en él, educándole para ser el heredero universal de aquel imperio; lo habían enviado a las mejores universidades y había respondido a la perfección logrando buenas calificaciones; el futuro se abría ante él con los mejores augurios, podía decirse que el vínculo con el devenir estaba asegurado y para mantener el contacto con el pasado, sus padres, desde la más tierna infancia, le contaban la historia de la familia desde sus orígenes hasta nuestros días, hasta él. Los hechos que le narraban siempre estaban en consonancia con su edad; a medida que iba creciendo le explicaban en profundidad ciertas situaciones que en años anteriores no habría podido comprender. La voz de su madre era susurrante e historiaba cada acontecimiento primorosamente; su padre siempre magnificaba algún detalle que a ella podía habérsele olvidado enfatizar. Aquella narración tenía lugar cuando sus padres estaban juntos, bien durante la sobremesa o después de la cena. Ninguno de ellos se hubiera atrevido a contar algo sin estar el otro presente; se apoyaban mutuamente, era una tarea de dos, estando juntos se reforzaban por temor a que surgiera alguna brecha inconfesable y así a ambos la enmienda les sería más fácil. Bertar-ido era un hombre callado, todo aquel bombardeo de acontecimientos a lo largo de la historia de su familia lo asimilaba resignadamente, hasta le parecía divertido; admitía que el ser humano cuando no tiene nada interesante que decir recurre a hablar del tiempo o de otras banalidades para ahuyentar su silencio y, sin embargo, a él, cuando estaban los tres juntos, es decir, la familia al completo, se lo llenaban con una historia edulcorada de unos antepasados que, por  propios e íntimos deseos suyos, más valía que permanecieran en el sueño eterno, que no incordiaran al renacer en el recuerdo; por lo tanto la resignación era llevadera. Durante su infancia Bertar-ide se lo pasaba muy bien escuchando las heroicidades de sus ancestros. El saber que la sangre que corría por sus venas era la misma que en épocas pretéritas había enardecido a sus parientes lejanos, insuflaba un incipiente orgullo que, con el paso del tiempo y la madurez, se convertiría en un rechazo ante tanto fingimiento y falsedad. Si cuando niño eran sus ancestros como adulto eran sus cabestros. Bertar-idu siempre había aceptado aquella historia no como verdadera sino como posible; las sospechas ante tanta perfección se aclararon cuando después de terminar sus estudios en la universidad se tomó un año de asueto y decidió viajar al continente de sus orígenes, allí investigó seriamente acerca de su familia, recorrió territorios que aún le pertenecían y descubrió que toda su inmensa fortuna estaba basada en falacias y sumisiones. De regreso nunca dijo nada a sus padres de lo que había averiguado, nunca les pidió explicaciones por tal engaño, éste no era de sus progenitores, el engaño no se sabía de quién era, se había estado fraguando a lo largo de los siglos y con él había arrastrado la credulidad de las gentes. De mayor y ya al cargo de los múltiples negocios de sus padres, de vez en cuando y en ocasiones especiales, aún seguían regodeándose en los logros alcanzados a través del tiempo; Bertar-idi bajaba la mirada y la fijaba en un punto del suelo, le parecía que mirar al frente era retar al futuro y exigirle una continuidad. Su silencio desorientaba e infravaloraba aquellas palabras que desprendían las bocas de sus padres para terminar descarriándose en la atmósfera de una sala. El engaño se sumía en el silencio; pero una nueva cantilena apareció en el horizonte, su insistencia amainó la ya muy desgastada historia ancestral y ésta hizo su acto de presencia de una manera machacona, aunque tenue y veladamente: sus padres al ver que su hijo empezaba a entrar en años y no se decidía a contraer matrimonio, tal vez ésta fuera una preocupación secundaria, sencillamente era un primer paso para lograr su objetivo que era tener un heredero, temblaron ante la posibilidad de quedarse sin sucesión; ¿de qué les habrían valido tantos esfuerzos si toda una dinastía se quedaba anclada en el silencio? Sabían que la tarea era ardua y que tampoco disponían de tanto tiempo; se pusieron manos a la obra conscientes de que ya no instigaban a un niño sino a un hombre: preguntas cuyos rodeos ponían en evidencia una ingenuidad y falta de tacto en espera de una respuesta que nunca llegaba, insinuaciones ávidas de aclaraciones, todo un entramado que siempre conducía a un silencio, un silencio proveniente de siglos atrás, que albergaba un resentimiento hacia el engaño y que se personificaba en la figura de Retar-ido de Ons. La costumbre hizo que supiera diferenciar entre las palabras provenientes del corazón de unos padres a las de unos interesados, su respeto hacia ellos seguía siendo fiel, su distancia abismal. Aunque su proximidad física era cercana, su espíritu se encontraba a años luz del de ellos. Muchas veces se había preguntado quién le había otorgado aquel papel indeseado, nadie le había dado una opción para poder elegir, nunca nadie le había dicho qué quieres hacer o a qué profesión quieres dedicarte; de cuna su destino estaba marcado, lo asumió con dignidad y el éxito siempre lo acompañó; su ejercicio en el mundo financiero había llegado a cotas muy altas, si ponía el ojo en alguna inversión seguro que las ganancias se duplicaban o triplicaban; sus colaboradores se admiraban ante el olfato mostrado y los elogios le llovían del cielo; su respuesta ante ellos era un profundo silencio, cualquier señal de ostentación o de orgullo por su parte permanecía en la nada. Alguna vez se había dicho para sí que todo era cuestión de herencia y se había reído cínicamente. Cumplía, su deber era cumplir, nada más. Sabía que de él y de sus decisiones dependían aprovechados, advenedizos, necesitados y un sin fin de divisiones dentro de la escala social a los cuales iba dirigida su compasión callada y servicial. Bertar-ido d’Ons desde que había llegado a una edad adulta sabía que el mundo que le rodeaba no era el suyo; una insatisfacción de índole desconocida lo poseía, ¿espiritual? En su mundo aquel adjetivo hubiese parecido un esnobismo, ¿crónica? Tal vez sí, ¿heredada? Y  ¿por qué no? Si se hereda la fortuna, una insatisfacción crónica es admisible. Y ¿por qué no una insatisfacción espiritual crónica heredada? Qué más da el nombre, el caso es que desde que había hecho aquel primer viaje al continente de sus orígenes, aquel año que se había tomado sabático, fue desde entonces cuando empezó a sentirse  “insatisfecho”. A medida que el tiempo transcurría y se encontraba más inmerso en el mundo de las finanzas, su estado anímico se deterioraba y añoraba aquel año crucial en el que había aprendido y se había enterado de que había otros estilos de vida diferentes al suyo, otras opciones que podían convertirse en posibilidades futuras, pero pasado el tiempo veía que aquellas posibilidades eran pura quimera. Durante todo el año trabajaba de sol a sol, era una máquina de producir dinero y ésta no podía pararse; en su mundo las exigencias de superación eran prioritarias ante cualquier otro inconveniente, el “ cada vez más” se anteponía por la fuerza demandando una exclusividad de dedicación; ni que decir tiene que Retor-ido de Ons vivía bien, en la opulencia, claro está, pero una opulencia medida, contenida, no derrochadora o dada a fastos; poseía toda una planta en uno de los rascacielos más altos de aquella metrópolis, estaba dividida en dos partes: una zona dedicada a su trabajo con un enorme despacho y varias salas colindantes y su hogar, para él trabajo y hogar iban parejos. El mobiliario de su pequeño “ palacio” era de maderas nobles y líneas rectas, la austeridad y la falta de recargamiento de estilo hacían que rezumaran en el ambiente seriedad y recogimiento, no frialdad. Las paredes tanto de la zona de trabajo como la que pertenecía a su vida privada estaban pintadas de blanco a la cal y el suelo era negro, dotado de una ligera rugosidad para evitar resbalones en caso de andar con los pies descalzos; la nota de color la proporcionaban enormes lienzos que cubrían parte de las paredes; Retur-ido de Ons amaba la pintura, en particular había dos estilos que le fascinaban uno era el expresionismo salvaje y otro la abstracción lírica, el primero decoraba su área de trabajo; aquella agresividad de pincelada y color chillón, aquellas figuras rabiosas eran los estímulos ideales para incitar a tomar decisiones, estratégicamente situados en su despacho  y en la sala de juntas empujaban a los allí reunidos a una batalla campal encarnizada. En sus aposentos era otra cosa, la abstracción lírica se derretía en tonalidades suaves, manchas difusas y luminosas cuya interpretación conducía al contemplador a mundos oníricos y de amplios espacios, en una palabra, un remanso de paz ante las exigencias de un mundo moderno; y también se podía añadir a sus preferencias un tercer estilo que descubrió en aquél su primer viaje al viejo continente: era una predilección secreta e indescifrable, una atracción que lo retrotraía a tiempos lejanos, anclados en el medievo, su gusto por unas pequeñas tablas que representaban escenas bíblicas pertenecientes a ese periodo se desarrolló hasta tal punto que, sin querer, se convirtió en un experto; le atraían aquellas imágenes tan perfectamente pintadas, sus fondos con unas ciudades perdidas en la perspectiva, su color por donde el tiempo había pasado su mano respetando,  y su buen estado de conservación, eran joyas que se sostenían entre las manos, que se podían acercar o alejar a capricho para contemplarlas mejor, igual que se gira una piedra preciosa para que desprenda sus destellos. El significado de la representación siempre le pareció hermético, distante, incomprensible, pero atractivo. Naturalmente que poseía él algunas tablas, pero no estaban en exposición por decirlo de alguna manera, colgaban en su dormitorio: había un tríptico sobre la cabecera de su cama, una tabla a los pies, otra a la derecha y una más a la izquierda; eran todos cuadros muy pequeños, excepto el tríptico, que tenía un tamaño ligeramente mayor, comparados con los enormes lienzos que colgaban en el resto de las estancias. Todo dormitorio tiene su propia privacidad, el suyo no tenía nada de especial, salvo un silencio misterioso que le proporcionaban aquellas cuatro tablas, situadas en el centro de unas paredes enormes y desnudas. Daba la sensación de que al acostarse y apagar la luz una máquina del tiempo se ponía en marcha. Allí reposaba Retir-ado de Ons de sus jornadas agotadoras de trabajo, una vez que cerraba aquella puerta deseaba no existir para el mundo, para su mundo. Descansar, ¿qué significado tenía para él aquella palabra? Se tomaba vacaciones esporádicas cuando se lo permitían sus compromisos, pero había una excepción que era fija, inalterable: la segunda semana del mes de diciembre el mundo entero podía venirse abajo que él lo dejaba todo, lo abandonaba todo; aquella semana era sagrada, nada de lo que le rodeaba cotidianamente existía; sus padres y sus colaboradores más próximos lo sabían y ya ni se atrevían a proponerle ningún cambio de actitud; al acercarse aquellas fechas aquel hombre experimentaba una mutación que se exteriorizaba en una especie de serenidad y espiritualidad que el resto del año no poseía; estaba como ido, pero conservando una armonía con las cosas más insignificantes de modo que al verlo no se le podía rehuir sino contemplar. Una semana antes de la susodicha empezaba el desalojo: todos los muebles y cuadros que llenaban aquellos espacios o cubrían los muros eran transportados a un almacén y allí descansaban durante aquellos siete días; el área de trabajo quedaba vacía, desnuda; una vez que el eco de una voz se adueñaba de aquel espacio, se traía a su despacho una mesa, una silla y un camastro y durante diez mil ochenta minutos la pobreza se instalaba en medio de la riqueza; se colocaban en una esquina, creando un ambiente de recogimiento entre los ángulos formados por las paredes y el suelo; un enorme vacío se extendía por el resto de aquella superficie, entonces su despacho adquiría la horizontalidad y extensión de un campo de trigo recién segado. Retor-ido de Ons no era un hombre dado a las excentricidades ni caprichos como suele ocurrir entre las gentes acaudaladas, aquel trasiego no sólo era material sino emocional también, sus más allegados sabían a ciencia cierta que aquella irrupción en su vida no pertenecía a una rareza de hombre rico, era una necesidad, su propia necesidad y como tal así la respetaban y colaboraban en las alteraciones de ritmo; nunca nadie pronunció una opinión crítica hacia su jefe, simplemente su actitud estaba envuelta en un misterio que sólo a él y a la naturaleza incumbían. Era una fase lunar. Durante aquella semana las noches eran las más largas del año, la oscuridad y la climatología se adentraban en el día devorándolo: lluvia, niebla, viento o nieve hacían acto de presencia con facilidad, la atmósfera se revolvía sin motivo aparente, Ons se revolvía, pero con motivo inconfesable; se diría que había una sincronización entre él y la naturaleza. Durante aquel tiempo también sus trajes descansaban en el guardarropa, aquellas corazas de tonos oscuros que retenían cualquier atisbo emocional, que mantenían el cuerpo rígido e impermeables ante cualquier afección, aún allí conservaban su hieratismo; todos eran cambiados por un jersey de lana gruesa beis claro y unos pantalones de paño marrón oscuro, calzaba unas sandalias de cuero bastante cerradas, también del mismo color que los pantalones; se cortaba el pelo al cero, de vez en cuando palpaba la cabeza y tenía la sensación de que ahora sus ideas podían fluir con más libertad; cuando se lo cortaban se contemplaba en el espejo situado frente a él y observaba cómo el pelo caía sobre sus hombros y se deslizaba hacia el suelo; una vez concluida la tarea del peluquero, se levantaba y pisaba su cabello sin querer, consciente de que allí quedaba algo de su anterioridad. Antes de ponerse su hábito se tomaba una ducha de agua caliente, más caliente de lo normal, sin jabones, sin perfumes; su piel adquiría la limpieza exclusiva que solamente el agua pura puede dar. De Ons estaba preparado para afrontar aquella semana como cada año; una alegría interior transmitía seguridad y serenidad a su figura, caminaba de distinta manera, su paso era sosegado y firme, para él la palabra zozobrar era inexistente. Su retiro de siete días comenzaba con el paso de cerrojos. A las doce de la noche del primer día, a la última campanada del reloj se sumaba el sonido seco y tajante de puertas cerradas. El delirio de la realidad se ponía en marcha para Bertar-ido d’Ons. Durante tres días permanecía enclaustrado en las salas dedicadas a las zonas de trabajo, los cuatro días restantes, ésos eran otra cosa. Le llamaba la atención el silencio reinante en aquellos espacios; siempre estaban atestados de gente apresurada, obcecada cada una en su misión, podía pasearse por ellos sin toparse con nadie, no le pararían para consultarle; la electrónica había sido retirada también, el murmullo metálico de las máquinas o el timbre de los teléfonos habían desaparecido. Una vez que se quedaba solo lo primero que hacía era acercarse a los enormes ventanales de su despacho; durante el día dejaban pasar la luz del sol, allí arriba daba la sensación de ser más intensa, a ésta se le podía sumar la iluminación eléctrica, cegando ambas por un exceso de claridad. Pero ahora de noche estaba a oscuras, había apagado las luces, y el resplandor de la ciudad allí abajo se vislumbraba desde aquella altura ¡ qué espacios tan diferentes!, en medio de una vorágine de gente, de coches, de locura, no importaba la hora que fuera, se hallaba un diminuto oasis de paz, su paz. Muy pocas veces se había apoyado en una de las cristaleras con el tiempo suficiente para contemplar aquella gigantesca metrópolis, ¿una vez al año? Seguro que sí, muchas veces se había exigido buscar tiempo para poder gozar de las pequeñas cosas ya que las grandes lo habían absorbido demandándole una dedicación, desdeñando, a su pesar, una exigencia incondicional de las pequeñas. Una vez al año, era muy poco, había que conformarse, lo que sí trataba era de vivir aquella semana intensamente: las reflexiones hechas en silencio, las preguntas que nunca tenían respuesta, las emociones que convulsionaban su cuerpo durante aquellos diez mil ochenta minutos deberían permanecer intactas a lo largo de los restantes trescientos cincuenta y ocho días del año, nunca muertas, a lo sumo dormidas. Primero la mirada buscaba una lejanía que nunca encontraba, la mole de un rascacielos ponía tope a un deseo, y era hormigón, cristal, hierro el material de un horizonte. Se percibían siluetas de personas paradas o en movimiento, algunas aún trabajando a aquellas horas, otras aprovechando el paro nocturno para limpiar y seguir manteniendo un orden. Aquello sucedía cada día como muchas otras cosas imperceptibles para él, el mundo de la nimiedad también le rodeaba y no se daba cuenta, todo contribuía a crear la vida, la importancia y la insignificancia existían por igual, pero al parecer él tendía hacia la primera, aunque muchas veces no por voluntad propia. El hecho de que su pensamiento se entretuviese en aquella simplicidad le parecía un lujo que sólo las pequeñas cosas proporcionaban. Aquellos días para Ido de Ons servían para despojarse de lo material y de una manera de pensar anclada en el beneficio propio y ajeno de sus múltiples empresas, un egoísmo que lo cotidiano convertía en un inocente juego de adultos. Se quedaba allí parado, con la mente en blanco, mirando hacia el vacío y era cuando sentía pasar el tiempo porque le dedicaba su atención, se daba cuenta de que no hacía nada y eso le reconfortaba, le habían enseñado que había que sacar provecho de cada instante y ahora lo despilfarraba a gusto; quiso reír, pero su paz lo había dejado anonadado. De Ons Ido siempre caminaba erguido, rígido, cualquiera se hubiese preguntado si era él así o sus trajes-coraza contribuían a aquella parquedad de movimientos, sus gestos se habían adaptado a su trabajo y sobre todo a mantener una postura omnisciente, cualquier fisura por donde pudiera aparecer un atisbo de ignorancia rápidamente debería ser disimulada; durante aquellos días su cuerpo adquiría posturas que él mismo desconocía y se preguntaba dónde las había aprendido o si tenían un origen genético en sus antepasados. Estaba acostumbrado a estudiarlo todo, a analizar en detalle pormenores; sin embargo, aquella semana aportaba desorientación, perplejidad, aconteciera lo que aconteciese, un razonamiento lógico escapaba de su control y se dejaba llevar, arrastrar por lo desconocido. Su cuerpo había adquirido tres posiciones muy limitadas: de pie, sentado y acostado, cualquier otra durante el resto del año le hubiera parecido inapropiada, señal de decaimiento y falta de prepotencia, y sin embargo, durante aquellos siete días todo era factible, cualquier cosa podía suceder. Experimentaba una serie de fases corpóreas que a medida que iba transcurriendo la noche se manifestaban en posturas que siempre le sorprendían: se apoyaba contra la pared y su espalda hacía fuerza, oponiendo resistencia a un posible desplome, las palmas abiertas de las manos también colaboraban en aquel hipotético evento; otras veces esforzaba enormemente el cuello para mirar hacia arriba y en el alto techo encontraba los mismos recursos: luces, salidas de aire, alarmas para el fuego... cuando bajaba la cabeza sus vértebras cervicales agradecían la rutina, una exigencia fuera de lo normal contenía un malestar. El suelo representaba para él un sinfín de recursos, se sentaba contra la pared y cruzaba las piernas como si estuviera meditando, a veces las estiraba y fijaba la vista en la punta de los pies, también andaba a gatas y daba sus pequeñas carrerillas, de repente se paraba para coger aliento, pero eso era lo de menos porque una gran carcajada lo reconfortaba y le sabía a gloria al constatar que aún le quedaban restos sublimes de infancia. Después de recorrer varias veces aquel espacio “oficial”, un peso adulto le obligaba a tumbarse sobre el suelo boca abajo, desde allí miraba su humilde mobiliario, desde la perspectiva del suelo contemplar las alturas y en penumbra significaba que aquella mesa, silla y camastro pertenecían a un gigante; sonó otra carcajada, pero con sabor distinto, amargo y le costó mucho reconocerse en ella; el sinsabor desaparecía cuando juntaba las piernas y pegaba los brazos al cuerpo; entonces no pensaba en nada, con la cabeza apoyada de lado contra el suelo, éste se presentaba como una vasta llanura en plena noche, sopló con intención de agitar lo sembrado, pero se equivocó, era un terreno baldío. Y no hacía nada, o al menos al tiempo que permanecía echado sobre el suelo no se le podía calificar de aprovechamiento, sencillamente no hacía nada, descansaba sobre una superficie dura, como mucha gente a esas horas de la noche, en aquella gigantesca metrópolis. Durante el resto del año él también reposaba en una cama confortable, pero tan pronto se echaba sobre ella se quedaba instantáneamente dormido, el agotamiento lo vencía y el mullido lo abrazaba hasta desistir ante unos instantes de reflexión. El suelo mantenía su cuerpo rígido, ofreciéndole una incomodidad que le obligaba a cambiar de posición, poco a poco se iba encogiendo hasta quedar en posición fetal, así sentía cómo latía su corazón y en el silencio aquella especie de pasos parecían acompañar al tiempo. Esta posición siempre le había parecido primaria y para asumirla debía despojarse del concepto de hombre y de sus atributos y enfocarla como algo simple y natural. Esos siete días significaban encontrarse con su yo, el de siempre, pero magnificado en múltiples facetas; a veces se entristecía al pensar en lo limitada y rutinaria que le parecía su vida, vinculada a la tradición y al lucro; sin embargo, la llegada de aquella semana era dar la bienvenida a un aire fresco que tonificaba la idea de la existencia de una riqueza interior. A continuación se levantaba lentamente y estiraba los brazos y piernas como si hubiese estado aletargado durante siglos. Miró la ciudad a través de los enormes ventanales, si bien unos le proporcionaban una vista parcial otros se la brindaban más extensa aunque ceñida por el agobio y la construcción. La oscuridad se había adentrado en aquella sala y casi no se diferenciaba el interior del exterior, eran las altas horas de la noche y el silencio reinaba en la atmósfera del aquel espacio, era la hora de pulsar un botón, el botón. Sobre una de aquellas paredes blancas, infinitas, desiertas se hallaba un botón negro, un punto negro, una mancha redondeada negra, un incordio para aquel blanco impoluto; sabía que pulsarlo señalaba la entrada en otra dimensión, en un mundo diferente en donde las emociones se ordenaban por sí solas y se perdía su control, en donde la voluntad se dejaba llevar, en donde la racionalidad no encontraba explicación. De Ido Ons se aproximaba a la mancha negra con cierto nerviosismo, a tientas, adelantando la mano para que el tacto descubriera la redondez de un pulsador, por si la oscuridad no era suficiente cerraba los ojos, así el suspense estaba garantizado; a veces lo utilizaba y una música ambiental llenaba aquel espacio, una música vacía para llenar un vacío, una música que sonaba a música, una música forzada a ser escuchada, una música que creía ingenuamente que ahuyentaba soledades y que lo único que causaba era crispación de nervios. Con los dedos de una mano podían contarse las veces que había pulsado aquel botón a lo largo del año, la invalidez de un manco le hubiera sido suficiente. Sin embargo, aquella noche todo era diferente, su dedo índice iba a ser el causante de una convulsión. Lo que iba a suceder a continuación formaba parte de las grandes incógnitas de aquella semana, ¿explicaciones? ¿orígenes? ¿soluciones? Daba lo mismo, la vida arrastraba a la voluntad y a la razón. No había nada que entender, no había nada que razonar. Acercó las palmas de las manos a la pared, viajó con ellas por la superficie y ambas coincidieron en un mismo punto negro, una mancha negra. Su dedo índice de la mano derecha pulsó el caos y:,, Im Anfange schuf Gott Himmel und Erde’’,https://www.youtube.com/watch?v=Lk20166o4kQ al principio Dios creó cielo y tierra. Poco a poco la planta alta de aquel rascacielos dedicada exclusivamente a zona de trabajo y vivienda de Ons Ido de fue llenándose de una música que perdía su esencia como tal para convertirse en presencia abstracta, en existencia. Se alejó de la pared y se situó en medio de aquel espacio, erguido, con los brazos perpendiculares al cuerpo y en el rostro una expresión trascendental aguardó hasta que un coro hizo acto de presencia: “ Christ vient de ressusciter!”https://www.youtube.com/watch?v=sj8F5n1ml7M ¡Cristo acaba de resucitar! y él se preguntó:” Qu’entends-je?” ¿Qué oigo? A partir de ahí las voces le respondieron: Quittant du tombeau le séjour funeste, au parvis céleste il monte plus beau...”Abandonando la funesta morada de la tumba, se eleva transfigurado al pórtico celeste… y se perdió en aquellas palabras. Sintió una presión muy fuerte sobre sus hombros, una carga que le obligaba a ceder, un peso que hacía que sus piernas se doblaran y que siempre cayera de rodillas, en aquella posición no sabía qué hacer; se encontraba perdido, era consciente de que arrodillarse implicaba súplica, pero suplicar a quién; le sobraban las manos, no encontraban sentido para posicionarse y las dejaba caer, se entregaba a un tiempo marcado por una presencia ambiental que lo inundaba de espiritualidad aunque desconocía el origen. Esa situación le perturbaba porque no encontraba explicación. La música se extinguía y con ella Ons de Ido. Un agotamiento interior se apoderaba de él, mentalmente era incapaz de clarificar ideas, estaba ofuscado; físicamente era como si hubiese estado arrastrando un gran peso, permanecía arrodillado en silencio, respiraba profundamente y una desorientación lo conducía al camastro, allí se echaba durante unas horas y su cuerpo descansaba, el sueño aliviaba unas heridas eternas que solamente el inconsciente podía curar y despertaba con el alba, un espectáculo que siempre se perdía de ordinario; le hubiese gustado estar en el campo o en el mar, en esos lugares la panorámica era completa, pero tenía que conformarse con la que le proporcionaban los ventanales de su despacho, aquélla era su auténtica panorámica. El sol tardaba en verlo, pero la luz poco a poco se imponía, era fría, distante, el contemplarla causaba escalofríos, pero era la luz. La alimentación de aquellos días era muy frugal, le parecía oportuno que la escasez formara parte también de su vida, era el momento ideal para que una abundancia penitente valorara el sentido de la necesidad. El no hacer nada durante aquella semana le permitía liberarse de las obligaciones que lo sujetaban a horarios, caminaba en círculo o en línea recta por aquel espacio que le era tan familiar, tejía una tela invisible y creaba una danza que exorcizaba la cotidianidad. A veces se echaba en el suelo boca arriba y se dejaba bañar por la luz intensa que penetraba a través de los ventanales, absorbía su energía y se quedaba inmóvil; aquel estado de aletargamiento le parecía cómico, ya que era inusual en él, siempre tan atareado y activo. Al situar aquellos siete días en un periodo de tiempo de trescientos cincuenta y ocho días le parecían insignificantes, pero eran de vital importancia para él, aportaban un sentido a su existencia, aunque no tuvieran un resultado material; las mismas preguntas latentes, sus mudas respuestas, sus fases corpóreas que a veces pertenecían más a la alineación que a la cordura, la confusión de aquella semana daba sentido a las restantes del año. Si bien durante un día normal, obcecado en sus importantes responsabilidades, no se daba cuenta de lo acontecido en aquel corto tiempo, sí existía en su mente la vivencia de algo distinto que había experimentado y eso lo mantenía firme, dispuesto a luchar por aquellas sensaciones verdaderas. Aquellos tres primeros días transcurrían en un santiamén, al no estar sujetos ni a horas, ni a minutos, ni a segundos, formaban una unidad compacta, en donde los acontecimientos eran marcados sólo por lo sobresaliente. Una vez concluidos Ido Ons de sabía que había que emprender el viaje, hacía bastantes al año, todos eran de negocios, claro está, pero éste era diferente, especial, era “el viaje”; no le aguardaban reuniones, encuentros con magnates de las finanzas, decisiones tajantes, nada de eso; sencillamente le aguardaba el encuentro. A la hora nona del tercer día sabía que había llegado el momento de partir. Con la misma ropa que llevaba se envolvía en un grueso abrigo de lana marrón oscuro, el clima en el viejo continente era muy crudo en aquellas fechas y aún le quedaba un largo camino por recorrer hasta su destino. El secreto de su meta era hermético, sólo él lo sabía, nadie más. El viaje en sí desde que cogía su avión privado, es decir, desde que despegaba hasta que aterrizaba era un tiempo inexistente, él y el mundo exterior permanecían distantes, no estaban en contacto, por lo tanto cualquier método para cuantificarlo era nulo; sin embargo su mundo interno continuaba en ebullición. La tela de su abrigo era gruesa, el aislante perfecto para rechazar cualquier incursión externa. Una vez dispuesto, cogía su ascensor privado que lo bajaba hasta el garaje y allí cogía su coche privado cuyo chofer privado también lo conducía hacia el aeropuerto para coger su avión privado. Aquella privacidad maquinal: ascensor, coche, avión, era la trama de un largo viaje. Una vez en el avión se sentaba al lado de una de las ventanillas; le gustaba ver cómo despegaba y la panorámica que desde allí podía contemplar; se pasmaba ante la aceleración que adquiría la máquina y cómo la superficie de la pista de despegue se desdibujaba y emborronaba y en un momento álgido levantaba vuelo, se imaginaba que así debían de hacer los pájaros, natural en ellos, artificial en él. Desde el comienzo del viaje hasta el final no se levantaba de su asiento, excepto si tenía que ir al servicio, allí dormitaba, pensaba, se revolvía en él para encontrar una postura confortable, en aquel viaje no usaba las comodidades que su avión privado poseía, no se echaba en un cómodo sillón o escogía una bebida, eso lo hacía en sus viajes de negocios; en ese viaje especial era un pasajero normal, sin privilegios, único también, pero no por eso se concedía ciertos excesos. Durante aquella semana podía pasarse perfectamente sin todo aquello, era su semana de austeridad, semana de reflexión también. La distancia entre el nuevo continente, al cual él pertenecía, y el viejo era como fortalecer unos vínculos entre el presente y el pasado, era como si sobre el océano tuviese lugar un reencuentro familiar, el ayer y el hoy de unos ancestros con su representante actual; al pensar en esto, a Artber Mos ed se le revolvían las tripas y no sólo las tripas sino todo su ser. Recordaba a sus padres en su viejo empeño de continuidad, en que aquel imperio económico se extendiese y multiplicara; él siempre había actuado según unas normas establecidas, los había contentado logrando que sus empresas financieras alcanzaran los puntos más altos en el mundo del dinero, pero en medio de todo el florecimiento de riqueza latía con energía una rebelión callada, potencialmente podía equipararse a la codicia, no a la suya, a la otra. Su rechazo se ponía de manifiesto durante aquella semana, el silencio y el secretismo que la llenaban era una señal de que algo no iba bien, de que la firmeza de un imperio no reposaba en unos cimientos  muy sólidos. En las alturas y sobre el océano las ideas parecían verse con más claridad y más tajantes también. Sobre aquella inmensidad de líquido y en aguas de nadie le hubiese gustado gritar desde una ventanilla, pero estaba convencido de que su rebeldía se basaba en el silencio y no en la furia. El piloto le informó de que ya estaban sobrevolando el viejo continente y experimentó como si algo en su interior se desconectase y diese paso hacia algo nuevo y deseado; el avión aterrizaría en el corazón de aquel antiguo mundo, sentía que el pasado se apoderaba de él y que encajaban perfectamente; a medida que el avión perdía altura, la tierra de sus antepasados se le aproximaba cada vez más, ansiaba volverla a pisar, como cada año, en su viaje especial; sintió cómo las ruedas entraban en contacto con el suelo, sintió cómo él entraba en contacto con su yo más profundo. Casi siempre llegaban al alba, un coche lo aguardaba para conducirlo tierra adentro, tan pronto como ponía el pie en suelo firme lanzaba una amplia mirada a todo lo que le rodeaba: el cielo y la tierra eran parecidos a los del nuevo continente, pero el olor, los sonidos, lo inmaterial eran completamente distintos, respiraba profundamente para impregnarse de aquellas sustancias etéreas. Ajustaba su abrigo, el frío así se lo ordenaba y entraba en el coche, era grande, negro y reluciente, daba los buenos días al chofer en un idioma extranjero y salvo la despedida, con un formulismo parecido, allí adentro no se cruzaban más palabras. El tráfico era compacto, salir del aeropuerto a aquellas horas de la mañana y adentrarse en las autopistas era arriesgarse a la lentitud; aunque él no tenía prisa, aquella crispación reflejada en el rostro de los demás conductores, lo apartaba de su estado reflexivo; cualquier otro día aquella situación la hubiera aceptado con normalidad, ¡cuántas veces se quedó retenido en un atasco y lo tomó con paciencia! Sin embargo, todo eso pertenecía a su vida diaria y no a esa semana especial. La experiencia del conductor hizo que pronto se alejaran del tumulto y por salidas secundarias llegasen a las afueras; el coche enfiló una carretera que llevaba hasta el campo, iban en dirección hacia un pequeño pueblo, si bien en un principio el paisaje era a base de tierra llana, campos labrados, terrenos en donde la mano del hombre plasmaba su esfuerzo, más tarde se hacía abrupto y montañoso, la carretera se había estrechado para derivar en un camino por donde el coche casi ni cabía; el suelo presentaba de vez en cuando algunos baches y hacía que el cuerpo de Odi- Artber de Son  se tambalease, le hacía gracia aquella agitación que alteraba su estabilidad, tanto lo obligaba a ir hacia delante como hacia atrás, a izquierda o a derecha, la seriedad de la misión mostraba su lado cómico. Pararon en una posada, se sentó a una mesa y tomó algo, se encontraba cansado, no había hecho ningún esfuerzo, pero su estado de ánimo acusaba cierta tristeza y pesadumbre; se despidió del chofer, lo vio alejarse y al cerrar la puerta tras de sí se dio cuenta de su soledad, el resto del camino tendría que recorrerlo solo; no obstante, se sentía bien, el calor reinante en la posada y la luz amarillenta hicieron que su mente se quedara en blanco; su mirada permanecía fija en un punto de la mesa, hipnotizado por una veta de madera; las voces que oía cercanas, por falta de atención parecían gozar de una leve lejanía, la gente que allí estaba hablaba en una lengua extranjera, le entró un interés repentino por compararla con algunos de los sonidos de su idioma y pensó en la evolución lenta y cambiante que el hombre primitivo tuvo que experimentar para expresarse. Estaba en la tierra de sus antepasados y desconocía su lengua, el modo de expresar sus emociones, su comunicación con los demás, sencillamente lo único que le habían transmitido de ellos era la conveniencia; tampoco descubría nada nuevo, durante aquel año sabático que había tomado después de la universidad y el viaje que había hecho al viejo continente habían bastado para aclarar ciertos puntos oscuros del pasado de la familia que, a medida que pasaban los años, mostraban la evidencia del engaño. En cualquier otro momento se hubiera alterado, pero esa semana pertenecía al silencio y tampoco era la adecuada para hacer reproches, lo que importaba era que él se contentaba de estar allí; por un momento sintió ganas de hablar, de decirles algo tan simple como que él era uno  más de ellos; la barrera infranqueable del idioma lo retuvo y permaneció acurrucado durante algún tiempo más, aunque con el ánimo dispuesto a proseguir su camino. Su conciencia le marcó un límite y se puso de pie como  impulsado por un resorte, dejó un dinero sobre la mesa y salió, le quedaba el último trecho por recorrer; fue directo hacia una caballeriza, el día estaba declinando y era hora de coger a su caballo negro Adragonte, aquel animal significaba un vínculo con el pasado, era dócil y noble, lo echaba de menos en su vida cotidiana, pero reconocía que su estirpe pertenecía a aquellas tierras desde muy antiguo, llevárselo sería como arrancarlo de su mundo, por eso, aún en la distancia procuraba que estuviese bien cuidado; cuando Tarido-Ver de Ons se acercó a él, éste se quedó inmóvil, se miraron fijamente, relinchó con suavidad y  su amo se dio cuenta de la alegría del reencuentro, acarició su pelo negro azabache y le susurró al oído palabras indescifrables, fórmulas mágicas y ancestrales que los unían a un pasado remoto; Idobertar d’Ons no dejaba de acariciarlo, los humanos y los animales poseen cualidades difíciles de palpar, son conceptos abstractos sin representación física; el hecho de acariciar a Adragonte era palpar la nobleza de un animal hacia su amo y el orgullo sincero de un amo por tener a su lado un amigo tan fiel. Un mozo vino a ensillarlo y el hombre se montó en su caballo, salieron de la caballeriza y ya casi era de noche, en aquella tierra y época del año la oscuridad se tragaba con mucha rapidez la luz del día, a trote lento se dirigieron hacia la entrada del bosque; era un bosque de robles y castaños centenarios, el tiempo había conseguido que sus troncos y ramas adquiriesen formas antropomorfas, sus retorcimientos y delirios de elevación los convertían en almas en pena, suplicando a  la noche alivio para su desdicha. Ni el caballero ni su caballo tenían miedo, ni el hombre ni el animal tenían miedo. La noche no debía ser señal de miedo sino de unidad. Estaban dispuestos: el caballero a acometer su último recorrido, y el caballo a portar fielmente a su caballero hacia su deseo; ambos miraron hacia el bosque, apenas se diferenciaba ya de la noche, Bertar-odi de Nos pensó en su encuentro, en aquella cita anual a  la cual se obligaba a asistir, vencía cualquier obstáculo para no faltar, era el punto culminante de su semana de retiro, era el enigma final al que había que encontrar una respuesta. Se inclinó hacia delante y le susurró a Adragonte: “Courons!https://www.youtube.com/watch?v=sw0UQ8_CWms “¡Corramos!”, el caballo se puso a trotar y entró en la boca del lobo , había que ir más deprisa y en mitad del bosque gritó: “ Courons, hop! hop! hop!” mil voces lo secundaron con un eco, Adragonte se abría camino entre los árboles, las ramas y las hojas secas crujían a su paso. A no ser por esos ruidos que marcaban la firmeza del suelo se hubiese dicho que todo estaba flotando en oscuridad; la velocidad de la marcha hizo que el abrigo del caballero se abriera y que éste entregara su pecho a la bravura y al reto mientras que la tela se dejaba agitar por la aceleración del instante pasado. B-e-r-t-a-r-i-d-o d-e O-n-s  se encontraba alterado, como poseído por una fuerza ajena a su voluntad, pero consciente de su euforia; de vez en cuando gritaba: “ Courons, Adragonte, courons, hop! hop! hop! hopp! hopp! hopp! hup! hup! hup!”, al cabo de un rato volvía a la carga:” hip! hip! hip! hap! hap! hap! hep! hep! hep!”, el eco de su voz se había duplicado, ya eran dos mil llegando a alcanzar en su punto más álgido las dos mil trescientas cuarenta y cinco voces. La oscuridad había adquirido su voz, sus múltiples voces propias. No se identificaba con sus propios gritos, no daba crédito a que él pudiera entrar en aquella locura, chillando y descomponiéndose, su comportamiento le parecía fuera de lo normal, no era sólo él, en esos momentos se representaba y representaba a todo su pasado, a la fuerza de ese pasado que había cargado sobre sus hombros el lastre que se había acumulado a lo largo de tantos años, en aquella carrera agitaba la cabeza de un lado hacia otro intentando vislumbrar entre los troncos del bosque alguna luz, algo que destacase en la oscuridad; al no descubrir nada, más rabia le entraba y más furioso se ponía. Cabalgó durante un buen rato sin preocuparle dónde debía parar, aquel trance ni siquiera le concedía la clarividencia del límite; sin embargo, Adragonte sabía perfectamente adónde llevar a su caballero, sabía el lugar exacto donde dejarlo; a medida que se iban acercando disminuía la rapidez y eso contribuía a que el hombre recobrara la cordura. Habían llegado a un claro del bosque que estaba en pendiente y allí en el fondo se adivinaba un río, el sonido de unas aguas invisibles y distantes marcaban el abismo; en medio de aquel descampado se hallaba una ermita en ruinas, estaba abandonada desde hacía años y se brindaba a cualquiera que pasara por allí, su situación era privilegiada, el bosque la cobijaba, sólo los conocedores de la zona sabían de su existencia, él sabía de ella desde aquel viaje que había hecho después de sus estudios, había descubierto que toda la región le pertenecía por herencia de sus antepasados y cada año volvía por las mismas fechas, era el final de un peregrinaje; la ermita siempre estaba abierta, era de piedra, cualquiera que pasara por allí podía morar en ella sin temor a ser expulsado, el pillaje carecía de sentido ya que estaba vacía a no ser por una silla, unas cuantas velas y la figura de un crucificado mutilado que se mantenía en lo alto de un altar pequeño y de piedra, el suelo también lo era, este material proporcionaba y conservaba un frío existente durante todo el año que aumentaba en los meses de otoño e invierno. Bertar-ido de Ons había llegado a su destino. Sereno, bajó del caballo y se equilibró, la carrera hasta allí le pareció un sueño, había recuperado su integridad en un instante; no se veía nada, el frío era intenso y abotonó su abrigo, los sonidos del bosque y del agua subrayaban una naturaleza que empezaba a adormecerse a primeras horas de la noche, otro mundo muy distinto al suyo; después de la tempestad febril que lo había acosado en el camino, ahora llegaba la calma con el gorjeo de algunos pájaros y el roce de unas ramas contra otras; le pareció estar perdido en el tiempo y de su noción, inspiró y espiró, sus pulmones necesitaban aquel aire para renovarse, una última mirada a la oscuridad antes de entrar en otra muy distinta. Adragonte resopló, no lo veía, pero estaba allí. Se dirigió a la puerta y la arrastró para abrirla, la cerró y en ese impulso, en el exterior, dejó a su yo publico para entregarse a un yo más profundo y espiritual, se dirigió como pudo hacia el altar y encendió las velas que allí estaban, con el chasquido del primer fósforo el crucificado apareció, destacó en la oscuridad, con las velas alumbradas intentó buscar el rostro de aquel hombre de madera, pero siempre permanecía oculto, con la cabeza inclinada hacia delante, sólo sobresalía una cabeza coronada de espinas, y del cuerpo las partes de mayor relieve; en una esquina se encontraba la silla, la cogió y la situó en medio, frente al crucificado, el resto del lugar estaba vacío, se sentó. Dos hombres frente a frente, como si estuviesen dispuestos ante un desafío, Bertar-ido levantó la cabeza y contempló la escultura en toda su dimensión: de aquella imitación humana sólo quedaba un tronco, una cabeza, y parte de unas extremidades inferiores, las manos y brazos habían desaparecido, los pies y las piernas de la rodilla hacia abajo también habían desaparecido, lo  que quedaba era una patética aparición: la figura estaba tallada en madera, el escultor había demostrado sus habilidades no sólo en la cabeza rodeada de una corona de espinas sino también en el cuerpo, marcando una anatomía agotada por el sufrimiento, el rostro continuaba sumido en tinieblas; de la policromía se había encargado el tiempo, atenuando un colorido que en su momento había gozado de viveza, la madera estaba agrietada y en cierto modo ajada, todo esto acentuaba una pertenencia pretérita, antigua. ¿Qué había sido de sus extremidades? Lo más seguro es que no hubieran podido soportar los avatares del tiempo. La cabeza, tronco y lo que quedaba de las piernas aún conservaban su origen matérico primario: el de pertenecer a un tronco de árbol, a uno de aquellos que había llenado el bosque. La luz amarillenta de las velas se centraba solamente en un punto del recinto: en un cuerpo inerte. Desde la oscuridad de Ons lo contemplaba para ver si podía sacar alguna conclusión y tomar decisiones, pero aquella situación se le escapaba de las manos; una deformación profesional lo empujaba a obrar y no lo lograba, éste no era el caso cotidiano en el que todo se resuelve. La primera y única vez que había contemplado aquel rostro había sido también la primera vez que había venido a estas tierras, en su viaje posuniversitario, lo había visto a la luz del día, a partir de entonces permanecía en la oscuridad. En su mente se agolpaban múltiples preguntas que luchaban por salir, pero una serenidad las sosegaba al notar que nunca llegaría una respuesta. Bertarido de Ons miraba con fijeza aquella representación, en silencio, con la certeza de que las palabras y su orden carecían de sentido, preguntas y respuestas estaban fuera de lugar. Había recorrido medio mundo para asistir a una contemplación, cada año hacía lo mismo, cada año haría lo mismo  ¿valía realmente la pena? La respuesta era el silencio, el silencio de la noche, el silencio del mundo, su propio silencio y Dios creó el silencio.



                                                                                                                                                                   












lunes, 12 de junio de 2017

LA TOMA DE LA BASTILLA



                                                             
S/T. I. Prieto

Nunca había pensado que pudiera sentirse tan desorientada al haber llegado al estado de madurez en el que se encontraba; para ella era una etapa de la vida en la que la propia existencia y  el mundo que la rodeaban poseían la clave del equilibrio, donde no se daba ni se demandaba nada, sencillamente se gozaba con lo que se tenía en dulce armonía con uno mismo y sus circunstancias. Desde hacía unos meses Amandina no era la misma, algo había cambiado en ella, externamente la relación con sus semejantes y su familia era la correcta, la de siempre, había sido la portadora de unas costumbres y de un estilo de vida digno de su clase social: una alta burguesía, emparentada con algún noble antepasado; su esposo e hijos habían sido para ella una parte de su mundo, la otra parte pertenecía a actos y convencionalismos sociales con los que cumplía a la perfección, se integraba a las exigencias de su clase sin pensar en otras múltiples opciones, salidas o rumbo que podía darle a su vida; la habían educado de aquella manera y ella actuaba en consonancia con lo que se le había inculcado, cualquier pregunta capciosa que se formulara relacionada con su ambiente era desechada al instante; a ella le habían propuesto un proyecto de vida que había aceptado de primer grado y cualquier opción que no fuera aquélla ni se formulaba, dando paso a una ignorancia supina y al rechazo a todo aquello que no perteneciera a su círculo y convencionalismos. El comportamiento y la relación con su esposo e hijos seguían siendo tan encantadores como siempre. Amandita era un encanto, encantadora, ora, ora, ora, ora y más ora. Sería una estupidez que la tomara con ellos, eran seres inocentes y no tenían nada que ver con aquel malestar que experimentaba desde hacía algunos meses, la misma palabra se explicaba por sí sola: mal estar. Ese desasosiego se exteriorizaba a veces en posiciones de su cuerpo y siempre esa posición iba acompañada de una pregunta contradictoria: ¿por qué me siento rígida con las piernas y no de otra manera? ¿por qué mi cabeza desprende un gesto del altiveza y no de otra manera? ¿por qué mis manos desprecian cualquier innovación ajena a mi vida y no de otra manera? Podrían enumerarse gran cantidad de preguntas que demostraban que algo en su interior ya no encajaba. De vez en cuando solía quedar con unas amigas en alguna cafetería selecta del centro de la ciudad, hablaban de lo habitual: compromisos sociales, moda, relación con sus hijos y esposos, nunca de los acontecimientos que movían al mundo, para ellas las noticias de actualidad, logros sociales, descubrimientos científicos pertenecían a otro “planeta” no al suyo. Amanlina había advertido que a lo largo del tiempo aquellas reuniones habían dejado de tener sentido, se mantenían por no perder la costumbre; a medida que los hijos habían crecido y se les estaban yendo de las manos y sus esposos formaban parte de una institución, más que de un cónyuge, la temática de las conversaciones se mantenía para no caer en el silencio y éste había que llenarlo de palabras, por muy repetitivas que fueran y siempre sobre lo mismo, significaba un triunfo para no caer en el tedio, o lo que podía aún ser peor, en el propio vacío; por eso en los últimos meses, cogía su coche y algún día durante la semana se dejaba ver por un bar o cafetería de la periferia de la gran ciudad; al principio le había costado mucho decidirse a dar aquel paso, salir de su círculo suponía un riesgo, pero era tal el hastío que se envalentonó; pedía un café con leche, permanecía en silencio y prestaba oídos a todas las conversaciones que había a su alrededor, éstas trataban de necesidades económicas, de problemas familiares, de enfermedades, de trabajadores en paro... todas estaban motivadas por una gran necesidad de expresarse, de no dejar dentro algo que corroe, al exteriorizarlas hasta se lograba cierto alivio...Amandila lo escuchaba todo en silencio y daba vueltas con la cucharilla a su café con leche, la posición de su cuerpo, ligeramente inclinado sobre la mesa adquiría sumisión, como si el profundo y serio sentido de lo que oía pesase sobre sus espaldas y la obligara a portar una carga. No encontraba palabras, ni soluciones, sólo iba allí para llenar su silencio con palabras coherentes. ¡Qué distintas eran aquellas existencias de la suya! No tenían nada que ver y, sin embargo, con su presencia demostraba que había un nexo entre ella y aquel mundo, una unión invisible, una especie de lucha casi imperceptible por lo humano, por unos derechos que, aunque ella los desconociese en su mayor parte y externamente no lo demostrase, reclamaban una imposición, ¿sería aquel malestar su origen remoto? Pero ¿qué tenía ella que reclamar si era la persona menos indicada? Su posición social se lo había dado todo: bienestar, desahogo económico, cultura...Y en el fondo, desde hacía unos meses sentía un desasosiego, una especie de revuelta contra sí misma, una inconformidad que no sabía si era hacia sí o hacia los demás. Su forma de hablar siempre había sido suave, dotada de cierta morosidad, pero muy musical; no obstante, últimamente había advertido aspereza, una especie de atonalidad en el fluir de la frase, había una entonación especial en algunas sílabas que por su fuerza e intensidad se podrían calificar de rabiosas; era algo inconsciente y cuyo control se le iba de las manos. Envuelta en la vorágine del conformismo y la comodidad su vida transcurría dentro de lo normal a no ser por esa atonalidad que trataba de disimular, aunque a veces se desbocara. En las últimas reuniones con sus amigas se había mostrado ausente, como si todo lo que se decía no fuera con ella, de vez en cuando su rostro mostraba cambiantes grados de atención, de su boca apenas salían frases o palabras sueltas, un sí o un no eran los monosílabos que la mantenían unida a la conversación y a su intencionalidad. En casa nadie había notado alteración alguna, con sus hijos continuaba una relación fluida, pero esporádica, estaban estudiando en la universidad, tenían su independencia dentro del hogar, sus entradas y salidas no guardaban unos horarios, si por casualidad coincidían en las comidas Amandiña trataba de charlar con ellos en un tono afable, esforzándose por contactar con ellos y sus problemas, en parte era como querer recobrar a aquellos niños que habían sido, lo único que lograba era una  conversación amable, pero fría y carente de intimidad; al hacerse adultos habían perdido esa familiaridad infantil que ella echaba de menos. De su esposo sólo podía hablar como un hombre cariñoso, atento, eso sí, entregado a sus negocios, pero no por eso abandonaba las obligaciones con su familia; era consciente de que ya sus hijos no requerían ciertas atenciones debido a su edad y éstas eran dirigidas a su esposa, siempre era atento con sus manifestaciones de cariño, su amor por ella lo conservaba como el primer día, ella hacia él lo demostraba de igual manera, estaba dispuesta a recibir cualquier arrumaco o achuchón correspondiendo con un beso, si bien todo se mantenía dentro de un grado de moderación. La palabra pasión también existía aunque relegada a instantes íntimos y de gran calentón. Amandalein nunca había conocido lo que era la necesidad y junto con la palabra, la experiencia. A esta carencia había que sumarle unas cuantas más que al no pertenecer a su posición social, a su estilo de vida, formaban parte de otro estrato social: la clase trabajadora con la cual estaba entrando en contacto mediante aquellas salidas a las afueras de la ciudad a tomar su café con leche.¿Rebelarse ante la injusticia? Imposible, no tendría ni acción ni palabra, le faltaría el arranque que causa la rabia ante la sumisión, su educación no le permitiría una salida de tono, su personalidad estaba sujeta a férreos cánones de conducta que tenía que observar y estaban tan profundamente enraizados en su ser que quebrantarlos sería como ir en contra de su propia naturaleza; lo comprendía y también comprendía que desde hacía unos meses notaba esa incomodidad o sería una especie de rebeldía juvenil ante lo establecido, ese gustillo por llevar la contraria al mundo adulto, ese querer patalear ante la rabieta al no poder conseguir lo que se desea. En su juventud nunca había experimentado la sensación de rebelarse contra algo o alguien, a sus quince años sí había pasado por la edad de la tontería y ésta aún la había acompañado hasta muy entrada la madurez, pero no la causada por la edad sino por la reinante de su posición social… Todo había empezado unos meses atrás, aproximadamente hacía un año, lo achacó al recibir la programación de la temporada siguiente de ópera. Parigggggi, la ciudad que tanto amaba y donde había transcurrido toda su vida, ofertaba una amplia selección de actos culturales durante todo el año, podía elegir entre una ópera o un ballet, una exposición de pintura o la última  “performance” del artista más innovador; intentaba seleccionar con cuidado, las modernidades y los excesos en el arte le gustaban, pero siempre que conservaran un gusto estético, los despropósitos los dejaba a un lado, acudía a ellos si no había otra elección más interesante. La empresa de su esposo formaba parte de los benefactores del teatro de la ópera, por tanto, gozaban de cierta prioridad al adquirir las localidades, siempre tenían las mismas, eran de buena visibilidad; cuando recibió el programa le echó un vistazo a toda la programación, naturalmente había óperas, conciertos, recitales, unos la atraían más que otros, pero no experimentó nada en especial hasta que llegó al mes de julio, más concretamente el 14 de julio y un programa doble “ Salomé” y “ Electra”; todo era inusual, el mes, el día y la doble programación; de repente sintió una especie de desasosiego, trató de razonarlo, pero cuanto más empeño ponía, más aumentaba su mal-estar; no encontraba los motivos y, sin embargo, sabía que algo la había alterado, para tranquilizar su ansiedad se dijo que se sentía “atonal”. Pasado el momento del impacto ella fue advirtiendo, durante los meses siguientes, pequeños cambios que si bien a primera vista u oído no eran perceptibles al momento, sí fijándose detenidamente surgían ciertas alteraciones, sobre todo en la voz. Supo desde un principio que iría a aquella función, aquel día; aquella fecha se le había clavado en la mente y todo lo que aconteciera hasta aquel entonces iba a tener como finalidad aquella jornada. No pensó en impedimentos personales o familiares, sintió como si un nuevo destino la transportara ciegamente hasta aquella representación, arrastrándola a su pesar hasta su propia representación. El programa le parecía espléndido, fuera de lo normal, había admirado a aquellas dos mujeres por la sinceridad con la que se expresaban, la lujuria de Salomé y la venganza de Electra brotaban de ellas con toda naturalidad, las acompañaba una música exuberante rasgada por la atonalidad; Amanduca carecía de aquella fuerza para expresar su desasosiego, pero ¿en qué consistía éste? Y ¿cuál era su origen? No eran la lujuria ni la venganza ¿sería una inconformidad hacia la injusticia, ante la desigualdad de los seres humanos? Durante su visita a los barrios periféricos y obreros había observado un mundo distinto al suyo en el que subsistir día a día se convertía en necesidad primordial, para ella todas aquellas necesidades se hallaban en el peldaño más bajo de sus preferencias, podía decirse que estaban implícitas en su clase social y que ya ni se cuestionaban por estar resueltas. Cuando entraba en aquellos cafés trataba de pasar lo más desapercibidamente posible, vestía ropa sencilla y se sentaba en una mesa alejada de la barra del bar, tomaba su café con leche y así condescendía con aquella gente, también se convertía en espía: observaba todo y cuanto acontecía, cuando alguna madre traía de la mano a su niño ella sentía un regocijo interno, pues la infancia aportaba vivacidad a aquel ambiente apesadumbrado; observaba a aquellos niños tal vez con otros ojos; sus propios hijos, de su misma edad, no mostraban ese brillo y desparpajo en la mirada por tragarse el mundo, sus gestos no poseían la agilidad y la desenvoltura para agitarlo; sus hijos habían nacido dentro de un núcleo familiar y éste social donde una mirada era sencillamente una mirada y un gesto una postura estudiada y armoniosa con el momento y las circunstancias. Le daba vueltas al café con leche para disolver el azúcar, para crear una mezcla o una pócima para ver si de alguna forma nivelaba las desigualdades; se quedaba en silencio y escuchaba el bullicio del local y las voces atonales que sobresalían de él, el tintineo de la cucharilla contra el vaso removiendo el azúcar originaba un remolino de leche, un remolino en busca de soluciones que deglutía su misma vorágine. No sabía por qué sentía aquella indignación, nunca nadie le había hecho nada como para experimentar ese mal-estar, o tal vez fuera ese conformismo en el que había estado viviendo lo que provocaba esa especie de rebeldía, desconocida para ella; se sorprendía por su inconformidad, al fin y al cabo no tenía motivo de rechazo, todo se le había dado hecho. Si bien aquella revolución interna apenas había demostrado indicios externos, los únicos, sus pequeñas alteraciones de voz: aquel fuera de tono o también la modulación, sí había cambiado su vestimenta, ésta había perdido su lujo, tanto en los complementos como en conjuntar distintas prendas de vestir: la camisa ya no tenía que ir a juego con la chaqueta, ni los zapatos con el bolso, ni las pulseras con los anillos... Su maquillaje perdió intensidad y colorín, era más natural y suave, a veces simplemente se lavaba la cara y al mirarse en el espejo se encontraba tan guapa como antes, más auténtica. En casa tanto su esposo como sus hijos habían advertido este cambio y demostrado su aceptación con halagos, pero más bien lo habían tomado como un cambio de estilismo que como un signo de innovación y alteración internas. Marcó en un calendario aquella fecha y sabía que lo hacía no como recordatorio sino para resaltar el día y su importancia; importancia que aún no tenía clara, pero sí intuía que habría un antes y un después. Sin saber cómo, se sintió sobrada en muchos aspectos, por ejemplo, en pequeñas posesiones personales: cuando abría sus armarios y los veía tan llenos de ropa, experimentaba una sensación de ahogo, como si todo aquello se le viniese encima y quisiera aplastarla, muchas de aquellas prendas ni las había puesto o como mucho una vez, habían sido capricho de un instante, y con la facilidad con que vinieron así también se desharía de ellas; las eligió a capricho, sin prestar mucha atención, llamó a una asociación de caridad y ella misma en su coche allí se las llevó, no lo consideró un acto altruista ni limosnero, aquello solamente había sido un acto de desahogo, de liberación, un lastre que pesaba en su estado de sin-razón. Estando sola en casa pensaba en sus heroínas de ópera favoritas, las admiraba y algunas veces le hubiese gustado ser una de ellas por un momento, le apasionaban las de Bellini y Donizetti, siempre alcanzando aquel punto de locura por amor, aquellas melodías infinitas que hacían volar sus emociones y la empujaban a un trance de flotación, más de una vez le hubiese gustado desmayarse por amor, aunque pareciera ridículo, perder el sentido en brazos de su esposo hubiera sido la asimilación de su personaje. Pero era una mujer actual y todos aquellos desvaríos ya no se llevaban, si aquella escena hubiese ocurrido en realidad él habría llamado al médico y ella habría experimentado una pérdida de romanticismo, se habría sentido decepcionada. Sus nuevas heroínas no se andaban con monsergas, llamaban al pan, pan y al vino, vino, sus emociones se expresaban tal y como las sentían, sus caprichos, sus deseos lujuriosos y vengativos salían de sus bocas como lenguas de fuego. A Amandisca, cada vez que por su mente pasaban estas palabras: “como leguas de fuego” le entraba un ardor heroico por todo aquello que llevaba dentro y no sabía cómo exteriorizarlo, entonces corría desesperada a mirar un calendario para ver si faltaba mucho tiempo para aquella fecha. No tenía ni idea de lo que iba a ocurrir aquel día, era un día de ópera más, aunque en su interior presagiaba algo diferente y nuevo… El verano se había presentado repentinamente y las altas temperaturas hacían bullir la sangre en los cuerpos, también se apoderaban de los estados de ansiedad, acelerando aún más su propia aceleración; sus acciones requerían un freno constante de conciencia, a veces cuando comía apenas masticaba, deglutía los alimentos con una rapidez asombrosa, entonces trataba de recordar algún nocturno de Chopin, eso la tranquilizaba y la llevaba a ralentizar aquel instinto primario por devorar disminuyendo el estado de ansiedad; a la hora de comer siempre había sido muy pausada, el trayecto del tenedor desde el plato a la boca llevaba su tiempo, ella reconocía esto, y sin embargo era presa de un estado anímico que estaba fuera de su control. No era una mujer trabajadora, en el sentido de poseer una profesión, su familia adinerada y su esposo, un potente industrial, le permitían llevar una vida desahogada; el servicio doméstico se encargaba de todas las labores del hogar, por lo tanto, ella gozaba de ociosidad ocupándola a su edad adulta en proseguir aquellas clases de música y ballet que desde pequeña había iniciado; pero las horas de ocio diarias habían aumentado, una vez criados sus hijos, ya adultos y universitarios, ella disponía de más tiempo que empleaba, sin querer, en pensar. Sin querer trataba de analizar el mundo, siguiendo sin alterar su rutina diaria y ocupándose de compromisos sociales, siempre hallaba un momento en qué pensar, durante aquellos últimos meses de desasosiego supo separar la banalidad de lo que era realmente importante. Solamente a sus propios ojos su vida empezó a poseer cierta importancia, cosa que antes nunca se había planteado, importancia en el sentido de haber una causa, un motivo por el que luchar. El inconformismo, aquella especie de rebeldía que la oponía contra algo, quizá contra lo establecido. Indudablemente todo aquel cambio influyó en la posición del cuerpo al caminar, siempre caminaba erguida con orgullo de clase, como pavoneándose de lo que se tiene; ahora seguía caminando de igual manera, pero con el orgullo perdido, adquiría una posición de afrontamiento, dispuesta a luchar por defender algo; se esforzaba por aclarar cuáles eran los motivos que la empujaban a tal proeza, nunca los tuvo muy claros, de lo que sí estaba segura era de que aquella rebeldía le era necesaria, tenía que protestar contra algo y aunque ciertos motivos pudieran parecer superficiales en ella, estaban muy enraizados en su ser, ella se convertía en portadora de una protesta, un reconocimiento callado de su clase ante la injusticia. La indiferencia y el desconocimiento que mostraba ante las distintas clases sociales y sus dificultades poco a poco se fueron convirtiendo en reconocimiento y respeto, tratando de solidarizarse con ellas de una forma callada e inconsciente. Pariggggi era su ciudad amada, donde había nacido y había transcurrido su vida. Había conocido otras ciudades con su esposo, les gustaba viajar, bien en viajes de placer o de negocios acompañándolo y había concluido que como su ciudad natal no había ninguna. En los últimos meses le había dado por caminar, caminaba bastante, a lo largo del río que atravesaba la ciudad: La Seine= le sein (el Sena= el seno), ¿cómo había surgido aquella actividad si a ella nunca le había dado por hacer ejercicio a no ser el de sus clases de ballet? Fue algo extraño e inexplicable, algo repentino, un día hablando a la hora de comer con toda la familia surgió de sus labios el nombre de aquel río: La Seine y automáticamente llevó una mano hacia uno de sus senos, hacia el izquierdo, sintió unos latidos arrítmicos como si su corazón, situado a buen recaudo dentro de la cavidad torácica, quisiera hacerse palpable y exhaló un suspiro, una especie de sentimiento que unificaba lo físico con lo psíquico, desde entonces sintió la necesidad de dar grandes paseos a lo largo de su cauce. Las caminatas las efectuaba a la tarde baja, cuando el calor había amainado, iba en el sentido en que las aguas van hacia su desembocadura al mar. Las caminatas nunca las había tomado como una actividad deportiva, era consciente del ejercicio que hacía en ellas, pero las consideraba “une autre chose”, de hecho no se vestía deportivamente, iba con ropa normal, de calle, eso sí, procuraba llevar un calzado cómodo. Partía desde su casa cerca del río y seguía aquellos paseos que lo bordeaban dejándose llevar por el fluir de las aguas, se sentía frágil ante el caudal, contemplaba la amplitud del paisaje y todos aquellos edificios egregios que formaban parte de la historia de la ciudad, era como pasear a lo largo de los siglos, los contemplaba de pasada y en ellos ponía imaginación, a veces se sonreía por lo descabelladas que podían ser sus fantasías. Cuando no los miraba, miraba para el río y su cauce y entonces no pensaba en nada, aquel fluir de las aguas era como una limpieza de ideas, el único deseo que producía su mente era poder llegar como ellas al mar; contemplándolas, ideas nefastas la asediaban y pensaba en aquellos pobres incautos que se habían dejado seducir por el vértigo lanzándose a la corriente; sin querer, se apartó un poco del muro que separaba el paseo del río, no había peligro, era de mediana altura y le daba por la cadera, lo que sí se había entregado era su estado de ansiedad al flujo de las aguas, caminando y observándolas tenía la sensación de que el tiempo pasaba más rápido, como si su propio movimiento y el externo del agua empujaran al paso de los días en su aceleración... Y fue verdad, el río Seine y el ansia, que se albergaba en su pecho, aceleraron al máximo el tiempo. Pronto se encontró a una semana del deseado acontecimiento, y tuvo la sensación de tener que preparar muchas cosas, su mente se llenó de obligaciones inexistentes que, en el fondo, no eran más que ínfulas de su imaginación; lo que en realidad solamente tenía que verificar eran las localidades de la ópera, su esposo, por razones de viaje de trabajo no iba a poder asistir; en conciencia llevó una gran alegría cuando le comunicó su imposibilidad, debía estar sola, aquella sería su representación, donde expondría su rebeldía, su inconformidad, su mal-estar, su desasosiego... Casi siempre asistían los dos a las representaciones, ambos disfrutaban del espectáculo musical, pero en aquel día y en aquella función Amandorla necesitaba confraternizar con su soledad. No anuló la localidad de su esposo, aquel asiento vacío recordaría su ausencia, y eso era poco más o menos lo que tenía que hacer y sin embargo, ella seguía pensando en las muchas cosas que tenía que hacer, se decía que no podía perder el tiempo en nimiedades y que tenía mucho que hacer, y dale con que tenía muchas cosas que hacer, se había creado unas tareas imaginables que no lograba saber cuáles eran, tal vez aquella ocupación y preocupación en tener mucho que hacer la ayudaba a que el tiempo transcurriera mucho más deprisa; se inventó algo, algo que ya el servicio doméstico se encargaba de hacer: ordenar armarios, en aquellos días todos los armarios de la casa, en su sentido más amplio, quedaron ordenados, también la despensa. Por un momento aquel sentido del orden tan obsesivo le pareció como una proyección a querer ordenar el mundo y lo que en realidad hacía era ubicar el suyo, hacerlo más factible a su comodidad… Sin darse cuenta llegó la fecha señalada, había amanecido un sol radiante y el día se presentaba caluroso, típico del mes de julio, lo comprobó en el calendario: 14 de julio, su ansia parecía haber amainado y todo lo que hizo durante la jornada fue prepararse para la representación de la tarde. La casa estaba vacía, solamente quedaba una asistenta, todo el mundo había salido o estaba de vacaciones; centrada en los preparativos comenzó la mañana por tomar un baño y lavar detenidamente el cabello, era largo y negro, el baño pronto lo tomó, pero el acicalamiento del pelo fue duradero, al terminar lo recogió en un moño. No se maquilló, se miró al espejo y se encontró igual de bella que con pintura, pensó en ciertas tribus y sus pinturas de guerra, pero ella no iba a la guerra. A pesar del cuidado con que hacía todo, no había intención alguna en sus preparativos, eran llevados a cabo inconscientemente, como arrastrados por una rutina inexistente; arregló las uñas de las manos y no les dio esmalte, quería ir lo más natural posible, esta vez era todo lo contrario de cuando ella solía ir a la ópera con su esposo, era el recargamiento en persona tanto a nivel de arreglo estético como de vestuario. Aunque en su vida cotidiana el lujo era discreto, cuando llegaba el momento de ir a la ópera sacaba sus mejores joyas y vestidos y entraba en el mundo de la ostentación. Ese día sería diferente, ni mejor ni peor, diferente. Permaneció en silencio casi toda la jornada, le bastarían las voces y la música que escucharía por la tarde; deambuló por las diversas salas y habitaciones de su casa, palpó muebles y contempló cuadros, abrió armarios y figuró ponerse vestidos, manoseó joyas, acarició fotos, en una palabra, recapituló su vida. Se sentía ligera, ágil, tanto en cuerpo como en mente, para seguir manteniendo aquella sensación creyó conveniente hacer ligera la comida del mediodía; una vez terminada tomó un café muy cargado, muy negro, le echó un poco de azúcar y lo revolvió, recordó los cafés con leche que tomaba en las cafeterías de las afueras de la ciudad, agitó la cuchara y se creó un remolino, una pequeña parte de su rostro se reflejaba en el líquido, pensó en aquella gente y sin más preámbulos cogió la taza y lo bebió; así transcurrió la tarde sentada en una silla frente a una taza de café, descansando de una agitación no física sino emocional; la última semana la había alejado de su rutina, y ese momento era el ideal para hacer un resumen, no se aclaró nada, todos sus pensamientos tendían hacia esa hora de la tarde en la que ella entraría en la ópera; intentó razonar, pero tal vez sus ideas estaban más claras unos meses antes que en ese momento. Miró el reloj y comprobó que faltaban dos horas para la representación, decidió empezar a prepararse, se dirigió al vestidor de su dormitorio, como sonámbula abrió una puerta de uno de sus armarios y sacó su vestido de ballet junto con sus zapatillas y uno de sus abrigos de pieles, se acercó a su joyero y cogió un collar de perlas cuyas vueltas cubrían su cuello, regalo de su abuela y perteneciente a la familia desde hacía tres siglos, rechazó el resto de adornos; todo lo colocó encima de la cama excepto las zapatillas de ballet, las cuales situó a los pies de ésta. Estos preparativos habían gozado de una enorme sencillez, todo lo contrario a ocasiones anteriores, cuando le llevaba mucho tiempo y a veces perdía la paciencia en elegir el modelo que llevaría a la ópera. Esta vez no dudó, fue ciega a la elección como si fuera el uniforme obligado para la ocasión, lo contempló encima de la cama: vio aquel vestido tan blanco con las zapatillas haciendo juego, y uno de sus abrigos de piel negra, por su mente no surgió la duda de qué pintaba un abrigo de pieles en pleno mes de julio, si aquél era su uniforme tenía que ponérselo sin más miramientos, el collar de perlas le trajo recuerdos de su abuela y el momento en que se lo dio: el día en que llegó a su mayoría de edad. Aquellas prendas y aquella joya serían los signos externos de su inconformidad, de su rebeldía, junto con su pelo y la ayuda de un gesto. Decidió vestirse, desde entonces se prometió no hablar palabra, o en caso extremo las necesarias, entró en un mutismo en que los gestos eran la exteriorización de su intimidad; con parsimonia se fue poniendo la ropa, con la medida que exigía el rito de una celebración, una vez que hubo finalizado su arreglo se miró en el espejo, interiormente sabía que era ella, externamente no se reconocía; una pregunta muda surgió al ver su reflejo: ¿a dónde vas? Por supuesto no hubo respuesta, había como un impulso desconocido por el cual todo lo que hacía la arrastraba hacia aquella hora, hubo una mirada de compasión de su otro yo hacia la figura del espejo, no le hizo caso y terminó de recomponerse. Su coquetería no se cuestionó si su aspecto estético encajaba dentro de las coordenadas de la moda, ya no existía aquella idea. Cogió la entrada y la metió en un bolso pequeño, echó el abrigo de pieles sobre sus hombros, sintió calor, fuego, abandonó su hogar y cogió un taxi, llegaría puntual, le dijo al taxista: “a la ópera de la Bastilla”, salió disparado como una bala, la dejó delante del edificio, ella misma abrió la puerta y salió, ardía de calor, se dirigió a la entrada, entregó su billete y una vez que el portero lo hubo verificado, con una sonrisa de bienvenida la invitó a entrar, Amandina se quedó inmóvil y con un gesto de rebeldía y renuncia se soltó el pelo, dejó caer de sus hombros su abrigo de pieles al suelo, con la mano agarró el collar de perlas que cubría su cuello en su totalidad y tiró de él, las perlas se soltaron y cayeron por sus senos, dejándose llevar por la corriente del Sena y para concluir su acto heroico elevó su cuerpo, en la punta de sus pies y en sus zapatillas blancas de ballet.            

14 de julio   

Amandina de Vilauxe y de Chouzan, de Mourulle et de Sacardebois, de Vilar d’Ortelle et de Cristosende tomó la Bastilla.