martes, 15 de octubre de 2019

DAFNE EN RIBEIRA SACRA



                                                         
S/T-KFK

Soy una mujer de asfalto, de cemento y de hormigón, digo esto porque siempre he estado rodeada por estos materiales: asfalto por su horizontalidad, cemento y hormigón por su perpendicularidad; son elementos duros muy difícilmente quebrantables, aunque sí débiles ante fuertes temblores sísmicos, es decir a los terremotos; me gustan los dos términos, podía ampliar más estos conceptos y añadiría: sacudidas, agitaciones, turbamientos…es suficiente; el caso es que para mí la naturaleza, en un sentido muy amplio, ha permanecido distante; la veía en el cine en su inmensidad, en los parterres que abundan en las ciudades como elementos decorativos o en los árboles que ensombrecen nuestras calles, nunca como algo vivido y que formara parte de uno mismo; si alguien pidiera mi parecer sobre una simple planta en una maceta, me quedaría muda y no sabría qué decir; no estoy acostumbrada a responder a preguntas tan elementales, mi vida está o estaba dedicada a resolver asuntos de más envergadura ¡cómo iba yo a dar mi opinión sobre cosas tan nimias!. Volviendo a los terremotos…terre-motos, terre-motos, terre-motos, tierra-motos, tierra-motos, tierra-motos, tierra de motos o motos de tierra…movida de tierra, movida de tierra, movida de tierra, me gusta…pero mejor temblores…no estoy tan segura…consultaré en el diccionario. Terremoto: concusión o sacudida del terreno, ocasionada por fuerzas que actúan en lo interior del globo; temblor: terremoto de escasa intensidad. Cotejando terremoto y temblor, lo mío fue un terremoto con todas las de la ley; más aplicable en mi caso sería la definición: terremoto es la concusión o sacudida del cuerpo, ocasionada por fuerzas que actúan en lo interior del alma. ¿Que cómo me llamo? Tengo identidad propia, como todo el mundo: un nombre y unos apellidos; provengo de una familia acomodada en donde el estudio era la base que auguraba un futuro de éxitos, un futuro de logros en donde lo económico, lo monetario se anteponía al placer de conocimientos y enfoque de vida que los libros proporcionaban; estar ante un libro significaba estar ante una herramienta que iba a dar unos frutos materiales; ¿frutos elevados o espirituales? Eso ni por casualidad rozaba la mente. Pues como decía, tenía nombre y apellidos y ¿títulos? A tutiplén (Forma viciosa del latín totus, todo, y plenus, lleno), de vicio; en mi tarjeta de presentación ya no cabían, había que hacer una sinopsis y quedarse con los más rimbombantes, es decir, con los de más bombo o bomba; me quedaría con la bomba, es más potente, más contundente desde un punto de vista destructivo. Decía que tenía nombre y apellidos y títulos a mares; no dije que era arquitecta, pero lo digo ahora; pues a todo esto y a mucho, mucho más renuncié; me hice un baño de despojo y de ahora en adelante me llamo simplemente Dafne y ya no soy arquitecta, soy una ninfa, sí, tal y como suena: una ninfa; también suena a locura, me importa un bledo; cuando lo dije, más de uno se quedó perplejo, me sigue importando un…comino; ha sido una decisión tajante e irrefutable. Nunca en mi vida había cometido una locura, pues mira por dónde había llegado el momento; el mundo está hecho de locuras, algunas terriblemente deplorables, otras terriblemente milagrosas; la  mía pertenece a éstas últimas, yo no la llamaría una locura milagrosa, mejor una lo-cura  “miraculeuse” y ya puestos porque ritma “merveilleuse”, en resumen  y para que quede más “chic”: une cure miraculeuse et merveilleuse, una cura milagrosa y maravillosa. Desde muy pequeña mis hermanos y yo fuimos educados para continuar una saga de arquitectos que desde mi abuelo paterno gozaba de enorme prestigio; no tenía otra opción, las nuevas generaciones estaban abocadas a lo mismo, descarriarse sería inaudito, así que tanto mis hermanos como yo seguimos la vía que se nos había impuesto como corderitos, sin rechistar; quiero decir que soy la única chica de tres hermanos, aclarado esto, la palabra rebelión no estaba asumida en un principio, más tarde y ante la toma de actitud personal se digirió malamente y la familia, mi familia, ante tal situación, se posicionó diciendo hipócritamente que la “niña” había cogido un berrinche, una “locurilla” pasajera debido al exceso de trabajo y que el tiempo se encargaría de volver todo a la normalidad; todos se quedaron tan panchos y la familia recuperó de nuevo su dignidad; ante tal desaguisado yo no dije nada, ni una palabra; me dirigí a mí misma, me llamé por ni nuevo nombre Dafne, porque ya no era la de antes, y me dije que una ninfa no pertenecía a un plano terrenal, había unas cuestiones que eran muy terrenales y muy de los humanos y que una deidad no entraba en ellas; no quiero que se malinterprete el uso del término “deidad” con sentido presuntuoso, yo me lo aplico desde el punto de vista de la fantasía, del ensueño; creo que nunca antes de tomar mi decisión había soñado con los ojos abiertos ni había fantaseado con libertad. Siempre he sido una mujer muy cuadriculada, de pequeña también, no solamente por mi profesión sino también por mi carácter; tengo la sensación de que me he movido entre triángulos, cuadrados, rectángulos, rombos y romboides, trapecios y trapezoides; la línea recta siempre me ha perseguido, espero que con mi nueva actitud ante la vida la línea curva me acompañe en esta etapa. Más de una vez he recurrido a las fotos de mi infancia para intentar vislumbrar en aquel entonces rasgos de mi carácter; he de confesar que las facciones principales de mi rostro actual permanecen intactas indudablemente alteradas por la edad, claro, pero cualquiera me reconocería aunque no me viera en años; mi rostro es cuadrado, mi cráneo es cuadrado y lo que él contiene hecho de miles y miles de cuadraditos, en una palabra algo parecido a un robot o la inexpresividad en persona. Estoy hablando en presente, pero pronto esta descripción pertenecerá al pasado porque todo en mí está empezando a cambiar. A lo largo de mi vida todo ha sido una ceguera por triunfar, por lograr todo aquello que me proponía y por el camino he dejado lo que yo llamaría en su momento “pequeñeces” y que forman la sal, la sustancia de la vida; menos mal que aún estoy a tiempo de rectificar; tengo cuarenta y cinco años y es una edad ideal tanto desde el punto de vista interno como externo de ocasionar un terremoto. Si hace algunos años alguien me preguntara cómo veía mi futuro, yo le diría que recto, en línea recta, disparado hacia el éxito, de hecho siempre gocé de él, lo que necesitaba era más ambición y ésta no faltaba, ¿mi meta? No tenía, el adverbio “más” siempre estaba presente en mi mente taladrándome de todas las maneras posibles: más, más, más…plus, plus, plus…più, più, più…more, more, more…meh, meh, meh, meh, meh, meh, mar, mar, mar, mar hasta poder abarcar toda su inmensidad. Y de repente un día estando de viaje mi torre de marfil se colapsó, se vino abajo y quedó hecha añicos y yo tan campante porque en el fondo, en mi yo más profundo, en mi subsuelo deseaba ardientemente que algo o alguien ocasionaran un terremoto. Amigos, amigos íntimos no tengo, unos cuantos conocidos que pertenecen a un círculo laboral; no he sabido cultivar la amistad, por un lado la falta de tiempo, mi entrega absoluta al trabajo, por otro mi temperamento reservado y esquivo, nunca se me ha dado la condescendencia; al prójimo siempre lo he visto con ojos de recelo y nunca le he dado un margen de confianza por temor a que influyera en mis planes; cuando en mi mente se asomaba la idea de amistad, de gozar de una intimidad con alguien en quien yo pudiera confiar tanto mis penas como alegrías, esa idea se iluminaba e iluminaba mi rostro, pero era algo muy fugaz y rápidamente perdía en intensidad; la facilidad con la que yo alcanzaba mis metas propuestas, en el campo de los sentimientos esa facilidad empequeñecía hasta el punto de que anulaba en mí cualquier intento de superación y pronto mis ocupaciones y mis preocupaciones por el trabajo espantaban esa ilusión y la despedían al mundo del subconsciente. Si he de ser sincera tampoco soy una desgraciada en el amor, eso creo, aunque no muy experimentada, por eso temo que mi juicio al respecto no sea muy fiable; para qué nos vamos a engañar: ese amor pasional del que la gente habla, ese amor sublime por el que se abandona todo y los amantes entran en una especie de paroxismo amatorio: yo no soy el caso, además, semejante rapto a mí nunca me afectaría porque mi mente siempre antepondría unas preferencias materiales a unas “sublimales”; lo que decía, soy cuadrada. Que no soy una desgraciada en el amor, tampoco creo que sea muy agraciada; tengo un pretendiente que me sigue y me persigue, es como una carga,  se llama Apolo, aunque dependiendo del estado de ánimo en el que me encuentre su nombre puedo derivarlo hasta deshacer en ello una rabia que no sé de dónde me viene y que me ayuda a quitar esa pesadez de encima; es la pesadez de Apolo, apolo, apolo, apolo, a-pollo, a-pollo, a-pollo, a-pollo, a-pollo, a-pollon, a-pollon, a-pollon, a-pollon, a-pollon. Diccionario. Pollo: cría que sacan de cada huevo las aves y particularmente las gallinas. Pollo: escupitajo, esputo…escupit-ajo, escupit-ajo, escupit-ajo, es-puto, es-puto, es-puto, exputo, exputo, exputo…Ya me encuentro más ligera, es que mi vida ha estado siempre llena de cargas de todas clases. Con mis hermanos he creado un buen equipo, la empresa familiar ha alcanzado cotas inimaginables de rentabilidad; hemos destruido y construido a capricho sin darnos cuenta del enorme deterioro que podíamos haber ocasionado a una naturaleza que se nos ofrecía en su estado más hermoso de eclosión; yo, de aquellas, desconocía…desconocía…bueno, para ser sincera era consciente del daño que se causaba, pero cegada por unos pingües beneficios lo negaba rotundamente, no dejando a un análisis ni un atisbo de recurso o de oposición ante el deterioro medioambiental cometido; hoy sí me doy cuenta, pero aquel entonces era otra etapa de mi vida y yo era otra, ahora estoy en otra nueva y soy otra muy distinta. Otro, otra, otros, otras; ya no soy la misma y eso que estoy al comienzo de mi transformación. Como dije soy o era una mujer de asfalto, de cemento y de hormigón o de cualquier material que ayude a erigir edificios que se disparen hacia el cielo; la tierra es lo de menos, se puede hacer con ella lo que uno quiera, arrasarla si hace falta; lo importante es levantar moles de cemento con tal de que en la tabla de baremos las estadísticas marquen su nivel más alto. Cuando estaba envuelta en esa vorágine, era incapaz de pensar plenamente en la naturaleza, para mí ésta estaba distante: en el campo, en el mar, en fotografías, en el cine, en los libros…nunca en estado directo, bien en la lejanía o en un soporte de papel o celuloide, pero insisto nada palpable. Sé que de muy pequeña y alguna vez con el colegio fui a ver el mar, sin embargo, no conservo un recuerdo nítido de él, del campo más de lo mismo; teníamos un chalet en una urbanización de la sierra donde íbamos a veces, además nosotros la habíamos construido y eran escasos los fines de semana cuando nos reuníamos allí; la idea no cuajó quizá porque al vernos la familia ya los días de semana volver de nuevo los sábados y domingos a la convivencia familiar era demasiado, diría que demasiado aguante. Toda mi vida prácticamente la hice en la ciudad, no solamente en ésta sino también viajando a otras, los negocios y buscando ampliar ideas eran mis principales motivos, por lo tanto cualquiera llega a la conclusión con facilidad de que yo era lega en el tema naturaleza; así después hubo el choque que hubo, es decir el terremoto. Conclusión: he de separar claramente dos etapas de mi vida: una primera, la anterior y otra, la actual o el comienzo de la actual, no impidiendo que en el futuro pudiera haber otras, who knows!. Todo comenzó involuntariamente, sin buscar nada; en el norte habíamos proyectado construir una serie de viviendas por lo tanto el estudio de arquitectura, por unanimidad y en especial mis hermanos, había decidido enviarme allí para inspeccionar el terreno; no hubo ninguna oposición por mi parte ya que, y no sabía el porqué, me ilusionaba romper la rutina; hacía meses que no salía del estudio y el tiempo, una primavera que declinaba ya al verano, radiante, atrayente, no daba otra opción más que a entregarse a ella; en aquel momento ignoraba lo que aquel viaje iba a ocasionarme; era una salida normal como muchas veces había hecho, si no yo algún otro de mis hermanos, para efectuar las comprobaciones necesarias de un nuevo proyecto. Cogí mi coche, tampoco sabía el porqué, ya que esa clase de viajes siempre los suelo hacer en avión, éste es más rápido indudablemente y aparte de eso la estancia suele ser de dos a tres días como mucho si todo sale bien, o expresado en otros términos: un viaje relámpago. Me dirigía al noroeste de la península; desde el primer momento en que puse el coche en marcha tuve una sensación extraña y digo esto porque la finalidad, la auténtica finalidad que yo llevaba era profesional, pues bien, ésta parecía quedarse relegada a un segundo plano y un impulso intencionado, desconocido, se anteponía situándose al frente de mi voluntad dominándola, como si un imán en el infinito me atrajese. Abandoné la gran urbe con su mole de edificios, sus materiales: cemento, hierro, cristal…todo me resultaba tan familiar, pero en aquella visión había algo de despreciativo, de ofensivo y a medida que el coche avanzaba, era como si esas sensaciones aumentaran una agresividad hacia mí. Poco a poco y al mismo tiempo que surgía un nuevo paisaje, esa impresión perturbadora se diluía ante las inmensas planicies que se extendían ante mis ojos, era dar rienda suelta al sentido de la vista, no había obstáculos que impidiesen alargar la mirada, era como un ejercicio ocular al poder buscar en la lejanía el punto más distante, captarlo y darse cuenta de las libertades que los sentidos aportan en momentos concretos. Todo aquello era un preludio de lo desconocido y, sin embargo, yo aceleraba y ralentizaba, aceleraba y ralentizaba, aceleraba y ralentizaba, aceleraba y ralentizaba, me aceleraba el deseo, me ralentizaba el temor; podía haberme tomado un descanso en el camino para serenar mi inquietud y me era imposible, mi pie sobre el acelerador marcaba unos impulsos a los que mi voluntad era incapaz de frenar. De repente el paisaje cambió; ya no eran aquellas inmensas planicies que me habían servido como introducción; la vegetación coloreaba por doquier una gama de verdes que se dejaba introducir por los sentidos, montañas escarpadas permitían que sus riberas las bañasen ríos cristalinos y que cientos de viñedos escalonaran sus laderas y de vez en cuando entre esa naturaleza abrupta de árboles y matorrales asomaban pequeñas iglesias románicas dando un toque de espiritualidad, introduciendo en aquella tierra una gracia que solamente los dioses pueden conceder. Entré en un gran silencio, un silencio interior y reflexivo, igual que el que habría experimentado si hubiese estado en una de aquellas iglesias, un silencio monacal  y de siglos; tuve que parar y salir del coche, algo me oprimía y una vez afuera respiré profundamente, una brisa ligera refrescó mi rostro, las ramas de aquellos árboles y su follaje habían despertado en mí algo indescriptible, algo que en palabras no sabría expresar, solamente una reacción ante esa sensación, un acto confirmaría su asimilación, en  mi caso un acto de rebeldía. Con gran esfuerzo volví a la normalidad, es decir, a darme cuenta de la finalidad de mi viaje; cumplí con todas las normas establecidas: inspección del terreno, hablé con los encargados de obras…todo lo llevé a rajatabla, pero a medida que iba ejecutando cada uno de los pasos para que al final se llevase a cabo aquella serie de viviendas advertía que mi interés había decaído, me había mecanizado y como una autómata reaccionaba a unos impulsos predeterminados, ya no me importaba mi trabajo. Aunque actué de una forma serena, sabía que aquel viaje había causado un revuelo en el enfoque de mi vida. De vuelta a la gran urbe, el viaje había sido en silencio, aquel paisaje que había atraído mi atención, durante el regreso fue atravesado sin pena ni gloria, no porque ya no me interesara sino porque estaba segura de que volvería a verlo una próxima vez; conduje como llevada por un arrebato, la distancia y el tiempo transcurrieron como si fuesen segundos, mi mente se vio ocupada por la idea de lo contemplado y de lo poco vivido y por un retorno, un retorno que, si bien por el momento aún no estaba confirmado, sería definitivo. Durante los días siguientes a mi regreso todo transcurrió aparentemente con normalidad, controlaba mis emociones y mantenía una pose distante, mi ritmo de trabajo transcurría como de costumbre, aunque en mi interior algo bullía, algo “se cocía”. Recuerdo un día, y creo que fue la primera señal externa de mi transformación, me fui de compras; mi armario estaba lleno de trajes de chaqueta oscuros, blusas blancas, zapatos de tacón negros…mi indumentaria estaba formada por uniformes, así de claro, era una ropa que ayudaba a mantener una compostura seria y si a esto añadimos mi carácter esquivo, mi aspecto era como el de un sargento, dispuesta a dar órdenes; me extrañó aquella idea repentina por las compras y salí disparada de  mi despacho; entré en unos grandes almacenes y me dirigí a la sección de ropa de mujer; sabía y al mismo tiempo no sabía lo que quería, confiaba en la sorpresa, en la sacudida que se produce cuando uno ve algo que le gusta, como si ese algo ya estuviera dentro de ti y esa inclinación hacia la posesión confirmara una devolución a su dueño; me compré varios vestidos, blusas y pantalones, no reparé en el diseño, solamente en el color y el estampado, sobre todo el color; inconscientemente estaba buscando todo aquel colorido que, a través de los sentidos, había captado en mi viaje; una vez finalizada la compra y como no podía esperar más me fui a un probador y me puse una de aquellas prendas: un vestido con estampaciones vegetales y una gama de verdes sobre fondo amarillo que me cambiaba por completo, ni yo misma me reconocía en el espejo, me quedé alelada al ver la imagen reflejada, el pasmo cubría mi rostro; por un momento pensé que había perdido el sentido de mi gusto, siempre me había vestido de oscuro, por no decir casi de negro y al verme de golpe como un semáforo mi sentido estético se tambaleaba, pero pronto todo cambió cuando advertí que mi rostro desprendía una sonrisa de consentimiento, aquel vestido le sentaba tan bien a mi cara, le daba luz, expresividad. Cargada con las bolsas de las compras volví al trabajo, el shock iba a ser de órdago, pero me interesaba que de alguna manera el personal se fuera enterando sutilmente de lo que se avecinaba, las conclusiones vendrían más tarde, había que empezar a abonar el terreno. Mi despacho podría decir mucho de mi carácter; me había llevado tiempo decorarlo, había puesto un gran empeño en todos sus detalles ya que pasaba largas jornadas debatiendo proyectos, celebrando reuniones…en una palabra: construyendo un mundo y en ocasiones destruyéndolo; casi era mi segundo hogar; todo era muy sobrio, muy…muy…muy minimalista: el mobiliario me había llevado tiempo diseñarlo porque me había empeñado en ser yo quien diera las pautas y que encajara dentro de mis ideas estéticas de lo que era un mueble; la elección de cuadros había sido muy estricta: no admitiría ninguna pintura si no era abstracción geométrica; la luz era indirecta con lagunas de sombras, pero lo que más me gustaba de mi despacho era aquel enorme ventanal que ocupaba toda una pared y desde donde se veía una panorámica de la ciudad yaciendo a mis pies; ahora, después de algún tiempo transcurrido, analizando mi posición en aquel ventanal y desde una perspectiva más humilde, creo que en aquellos momentos  experimentaba una especie de placer mórbido: yo tan alta, yo tan orgullosa de mi posición en la empresa familiar…los ciudadanos tan bajos, tan sujetos a unas necesidades básicas de subsistencia…aquel placer enfermizo contenía la clave del sometimiento y no me daba cuenta, era incapaz de autoanalizarme, de valorar mis virtudes y mis vilezas como ser humano y sencillamente porque no tenía tiempo, ¿cómo…cómo…, iba a pronunciar mi nombre anterior, iba a perder tiempo en asuntos de naturaleza humana? Quiero insistir en mi nuevo nombre: me llamo Dafne. Pues de repente aquel habitáculo que era la representación de la sobriedad, el culto a la línea recta cambió; si yo había cambiado ya no sólo interior, sino externamente también, a mi despacho no le quedaba otro remedio, así que puse manos a la obra; se avecinaba otro shock; me fui a la floristería más próxima en donde encargué que me trajeran laurel, ramas de laurel; me miraron extrañados e insistí, insistí ante una negativa que se advertía en su desorientación, al cabo de tres días mi despacho contenía tres floreros enormes con ramas de laurel situados en puntos estratégicos de mi mesa de trabajo, distanciados, y yo en medio, uno más entre ellos, un cuarto. Entorno a mí se creó un silencio y hasta quizá a éste se le sumaba cierto distanciamiento; comprobaba que mis hermanos y el personal se acercaban a mí con sigilo, con temor ante una reacción extraña mía; yo en mi interior empezaba a sentir que  me encaminaba hacia una nueva vida, no experimentaba ningún rechazo ante la novedad, ante lo que me depararía el futuro; indudablemente que hablaría con todos ellos, que aclararía mi actitud y mis últimas “rarezas”, aunque la palabra abandono significaba no decir nada, desaparecer, de estar a no estar, de existir en un ambiente a dejar un vacío y ocupar una nueva posición en otro diferente, pero para abandonar todo necesitaba un empuje definitivo, una llamada que reclamara mi presencia en otro lugar, una voz que me calara hondo y me atrajera hacia ella; el paisaje lo tenía, las intenciones también, una voz que me planteara lo que fui y lo que iba a ser y en su atracción me ayudara a contemplar mi pasado sin rencor y mi futuro. Decidida estaba a dejarlo todo, mi exitosa carrera como arquitecta pertenecía a otra etapa de mi vida, mis privilegios y mis comodidades ya no los necesitaba, mis escarceos amorosos con Ap-pollo, por llamarlo de alguna manera, me importaban un comino o un bledo. Diccionario: comino: Hierba de la familia de las umbelíferas, con tallo ramoso y acanalado, hojas divididas en lacinias filiformes y agudas…bledo: Planta anual de la familia de las quenopodiáceas de tallos rastreros, de unos tres centímetros de largo…Las definiciones podían ser más completas, pero en este caso no procede, pues mi intención es aclarar que mi vocabulario poco a poco se enriquecía con términos pertenecientes a la vegetación, a la naturaleza…natura, nature, Natur; en una palabra, nada ni nadie me retenía, sin querer poco a poco me iba despojando de mis ataduras; mi trabajo que había sido siempre el eje de mi vida iba quedando relegado a un segundo plano por no decir a un tercer, a un cuarto, a un quinto…a una insignificancia. Y volví a aquella tierra, necesitaba volver a contemplarla; la decisión fue repentina, impulsos súbitos eran los que me movían en los últimos tiempos, esta vez no eran motivos profesionales, simplemente era un capricho; a mis hermanos y colaboradores les dije que me iba a ausentar durante unos días, no di más explicaciones, con actitud airada me fui, di un portazo, presentí que con aquel golpe mi pasado había quedado encerrado para siempre. Era ya pleno verano, hice una maleta pequeña y en ella metí toda aquella ropa que había comprado; para ir a tono y en casa, antes de ponerme en marcha, me puse aquel vestido con estampaciones vegetales y una gama de verdes sobre fondo amarillo; me sentaba de maravilla, me veía con otros ojos, me sentía diferente, en mí había renacido una nueva mujer; el verano estaba en todo su esplendor y aquel viaje empezaba a estar lleno de nuevas sensaciones; salí de noche, el cielo estaba poblado de múltiples estrellas y cruzar aquellos cientos de kilómetros de extensiones antes de llegar a aquella tierra me parecía como una obertura mágica que iba a dar paso a un romance de un ser humano con la naturaleza; llevaba las ventanillas del coche cerradas, las abrí, si no lo hacía me ahogaba; ese frescor con cierto toque cálido de las noches de verano inundó el coche, a medida que aceleraba la sensación de ser llevada en volandas me cautivó, me sonreí y me dejé arrastrar por la carcajada al pensar que yo antes había sido tan terrenal y ahora andaba por los aires; aquel reírme de mí misma me renovó, siempre había carecido de humor, pero era muy saludable empezar de alguna manera y sobre todo conmigo misma; nunca olvidaré aquella noche, el cielo y la tierra no tenían límites, mirar el horizonte era no captar una meta, era estar conduciendo entre dos infinitudes hasta que llegó el alba y su sutil y pausada claridad me fue devolviendo una realidad, una nueva tierra, la tierra que me había prometido; a media mañana ya estaba inmersa en plena naturaleza, no sabía hacia dónde mirar, todo me absorbía, todo lo contemplaba con ojos infantiles, con esos ojos ante la novedad, con ansias de posesión; mi mente se limpiaba de todas aquellas preocupaciones, responsabilidades, obligaciones, rutinas que la habían ocupado y se llenaba de nuevo de árboles, ríos, cascadas, monasterios…paré el coche cerca de un rio, como atraída por sus aguas, inconscientemente me acerqué y me descalcé, primero la planta de mis pies notaron la tierra y su textura después me fui metiendo poco a poco en el agua, sin quitarme la ropa, hasta que ésta me llegaba hasta la cintura y de repente como arrastrada por los pies por deidades acuáticas me sumergí por completo, fue mi bautismo de inmersión, emergí radiante y dejé que el sol cegara mis ojos, me obligó a cerrarlos, cuando los abrí de nuevo no reconocía a aquella pobre mujer que había sido, ya no lo era, ahora era sencillamente Dafne, de profesión una ninfa; empecé a caminar por los alrededores y mi ropa se fue secando paulatinamente; aquellos senderos contenían una gran variedad de vegetación, apostaría que en un metro cuadrado uno encontraría abundante flora y fauna, y sin darme cuenta me adentré en un bosque de robles, también había castaños, al contemplarlos un escalofrío recorrió mi espalda y mi columna vertebral se enderezó, tanto mis extremidades superiores como inferiores internamente recibieron una sacudida, una descarga eléctrica hacia una tendencia al crecimiento, a la voluntad de compararme con aquellos árboles centenarios, al estar a su misma altura; me dije en voz muy baja, como un susurro entre tanto follaje: ellos, robles y castaños, yo, laurel; asumida la reflexión, al ir caminando y caminaba descalza absorbiendo los nutrientes que la tierra me brindaba, en otro tiempo sería impensable que yo anduviese con los pies desnudos, me entraron unas ganas tremendas de cantar, algo también  impensable en otro tiempo, canturreé algo, pero algo incoherente, sentía la necesidad de que alguien me guiara en mi intento, pero me conformé al reconocer que estaba contenta; era mediodía y me entraron unas ganas terribles de comer; me sorprendió esa urgente necesidad ya que nunca he sido una mujer de muchos apetitos, siempre la sobriedad moldeó mi alimentación; volví a mi coche y me recompuse, me adecenté para volver a la civilización; abandoné aquellos senderos y me dirigí a…y me dirigí a… y me dirigí a…no lo sabía…sí, a comer, por el camino a ninguna parte encontraría restaurantes donde pararme, aunque a medida que iba conduciendo éstos no aparecían; me di cuenta de que todavía pensaba como mujer de ciudad, no importaba, una cantina donde me sirvieran comida típica sería lo ideal, efectivamente al cabo de unos kilómetros encontré una que me ofertaba buenos platos de la región y buen vino; aparqué el coche y entré, los lugareños que allí estaban no me miraron con extrañeza, enseguida su semblante mostró una amable acogida, pronto me sentí como si estuviera en casa; me dirigí a una mujer de mediana edad y le dije que quería comer, me indicó una mesa y allí me senté, ordené comida de la tierra y vino, vino de aquellos bancales y de sus vides; si bien aquel fruto lo había captado por la vista, era hora ya de que el gusto paladeara la savia, la sangre de aquella tierra; habitualmente nunca tomaba vino, en raras excepciones, a la hora de las comidas bebía agua; fue una elección sin dudarlo, me sorprendió, aunque bien mirado todo lo que me estaba pasando se convertía en una auténtica sorpresa para mí; empleé tiempo en saborear aquellos alimentos que se me ofrecían con su sabor natural exentos de elaboraciones sofisticadas, acompañados de un vino delicioso; mis comidas siempre habían sido frugales, rápidas y hasta cierto punto afectadamente refinadas, nunca tenía tiempo, por fin había almorzado con calma, siendo consciente de lo que masticaba y de lo que bebía; pagué y salí de la cantina, me senté en una terraza exterior desde donde se contemplaba un rio encañonado por altas montañas, aquel vino tinto que había bebido procedía de los bancales que escalonaban aquellas laderas; volví la mirada hacia un lado y divisé el campanario de una pequeña iglesia románica, me entraron unas ganas tremendas de visitarla, pero me obligué a reposar, a hacer la digestión y me dije que después allí iría; la tarde era tan agradable y la temperatura tan acogedora que sesteé durante un buen rato, al despertar advertí que me sentía como nueva: aquella comida y aquel vino con sus efluvios habían cooperado en hacer de mí aquella nueva mujer; fresca y radiante decidí visitar aquella iglesia; pedí información en la cantina y me dijeron que estaba muy cerca y no necesitaba coger el coche, seguí un sendero señalado por un indicador y me dejé llevar por él, atravesé un bosque y me envolvió el frescor y la sombra que su ramaje me proporcionaba, miré hacia el cielo azul y no lo vi, vi una bóveda verde que me cubría y de vez en cuando oía el canto de los pájaros que moraban entre aquel inmenso follaje; sentí una  envidia enorme por aquella entrega altruista de la naturaleza y otra vez me dije en voz muy baja, como un susurro del viento entre las hojas: ellos, robles y castaños, yo, laurel; proseguí mi camino y allá en una hondonada vislumbré una pequeña iglesia, bajé una pendiente y me encontré frente a ella. Cualquier profesión influye en ciertos aspectos en la visión que esa persona tiene de la vida; en aquellos momentos la contemplación de aquella iglesia románica fue una interpretación del arte románico bajo la perspectiva de una arquitecta, aunque ya quedaba poco de esa mujer; la admiré y su sencillez cautivó la idea de que con tan pocos elementos arquitectónicos se decía tanto; empujé la puerta, estaba abierta y allí me metí; estaba vacía, completamente vacía y en penumbra, conservaba aquel frescor que proporcionan  la piedra y los siglos, un tremendo contraste con el exterior, sentí un escalofrío que recorría mi espalda, mis extremidades se estremecieron y tuve la sensación de que un tiempo no el actual, sino uno pretérito se apoderara de mí; me pregunté si experimentar el vacío proporcionaba aquella sensación y no encontré respuesta porque de repente me encontré desubicada, como flotando en un tiempo que no era el mío; una enorme paz y silencio moraban en mi interior, era algo extraño ya que anteriormente esos dos conceptos no coincidían con las impresiones que yo captaba en esos momentos y sentí temor a perderlos pues paz y silencio era lo que necesitaba; volví en mí y me di cuenta de que mis pies se posaban sobre el suelo, sobre un suelo de piedra, un material que yo apenas usaba en mis proyectos; me descalcé, si antes había pisado aquella tierra, pisaría también esa piedra base de la pequeña iglesia románica y de golpe se me ocurrió: base de mi hogar, de  mi futuro hogar; me quedé pasmada con esta ocurrencia ya que inconscientemente era lo que estaba buscando; me calcé y en la penumbra la arquitecta que todavía quedaba en mí empezó a trazar líneas, divisiones, mejoras…y cerrando la puerta me dije: ya basta, todo quedará como estaba. Busqué mi coche desesperadamente, necesitaba escuchar a alguien o algo para que centraran de nuevo mi vida; aquella experiencia me había descolocado y precisaba del mundo actual, mi mundo, aún no me había desprendido por completo de él; llegué en un abrir y cerrar de ojos, vi mi coche, entré y lo primero que hice fue encender la radio; la voz o las voces que de allí surgieran recompondrían a aquella mujer que se había dispersado hacía unos momentos; las voces que escuchaba me transmitían noticias de actualidad, de una actualidad rabiosa y de un mundo convulso del que cada vez me sentía más distante; busqué música y la hallé, al principio no conecté con ella porque el volumen estaba muy bajo, luego lo subí, mi coche se inundó de un sonido y sobre todo de una voz que me arrebataron por completo; por fin el milagro se había producido, un terremoto sacudió todo mi cuerpo y aquellas palabras que tanto había buscado como confirmación de mi cambio me llamaban, me atraían hacia ellas y asentí a su mensaje:
https://www.youtube.com/watch?v=5GpUHfQTrRA
                         Ich komme- ich komme-

                         Grünende Brüder…

                         Süss durchströmt mich

                         Der Erde Saft!

                         Dir entgegen-

                         In Blättern und Zweigen-

                         Keuschestes Licht!



                         (Ya voy- ya voy-

                         Hermanos de verdor…

                        ¡Suavemente me invade

                        El jugo de la tierra!

                        Hacia ti-

                        En hojas y ramas-

                        ¡luz tan pura!)

Salí del coche y me acerqué al borde del camino, desde allí mi mirada se paseó por todo aquel paisaje que se extendía en un radio de trescientos sesenta grados y mi decisión estaba tomada: ya no pertenecía al mundo de los humanos sino a la naturaleza; mi coche que estaba abierto seguía desprendiendo aquella voz y como despedida de mi mundo y entrada en uno nuevo seguí asintiendo a aquel mensaje:

                       Apollo! Bruder!

                      Nimm…mein…Gezweige…

                      Wind…Wind…

                      Spiele mit mir!

                      Selige Vögel,

                      Wohnet in mir…

                      Menschen…Freunde…

                      Nehmt mich…als Zeichen

                      Unsterblicher Liebe…



                     (¡Apolo! ¡Hermano!

                     Coge… mis…ramas…

                     Viento…Viento…

                     ¡Juega conmigo!

                     Pájaros bienaventurados,

                     Habitad en mí…

                     Humanos… amigos…

                     Acogedme…en señal de amor eterno…)

                                             Dafne (escena final) R. Strauss.

(Hay que aclarar que Dafne regresó a casa durante unos días para poner en orden lo que había sido su vida anterior, es decir, volvió a su despacho y sobre la mesa dejó una rama de laurel; en sus oídos vibraban aquellas notas: ich komme…ich komme…ich komme…En su garganta se hicieron realidad: ich komme…ich komme…ich komme…ya voy…ya voy…ya voy…)





                       

                 



      

martes, 7 de mayo de 2019

BENEDICTUS


                                    
S/T. KFK

Benedictus, Missa Solemnis. Beethoven
 Musulmán: se le llamaba así al prisionero judío que había abandonado cualquier esperanza, y que había sido abandonado por sus compañeros, ya no poseía un estado de conocimiento que le permitiera comparar entre el bien y el mal, nobleza y bajeza, espiritualidad y no espiritualidad. Era un cadáver ambulante. Parecían árabes en oración, hacían los movimientos típicos de los árabes cuando rezan, de esta forma se denominaba a los que estaban muriendo de desnutrición en Auschwitz. En este campo de concentración los judíos no morían como judíos. Los musulmanes se encontraban en la posición extrema de seguir o no siendo seres humanos, ellos marcaban el límite en donde el hombre pasaba a ser no-hombre. Gracias al musulmán se había eliminado para siempre la distinción entre el hombre y no-hombre. 

El musulmán, Giorgio Agamben.





   El musulmán era el lugar de un experimento, en que la moral misma, la humanidad misma, se ponían en duda. Era una figura límite de una especie particular en que pierden todo su sentido, no sólo categorías como dignidad y respeto, sino la idea de un límite ético.

Primo Levi.





   “Musulmán: sobre todo usado en Auschwitz, el término parece provenir de la postura típica de estos detenidos, encogidos sobre sí mismos, las piernas dobladas a la manera “oriental”, el rostro rígido como una máscara. 

Enciclopedia Judaica.




 
La máquina vivía en un estado de ansiedad constante, podía haber momentos en los que ésta se mitigase ligeramente, pero el tiempo se había convertido en inquietud, en una agitación de ánimo que concedía a la máquina atributos humanos; su existir se limitaba a anhelar un momento, un momento en el año, un momento sin fecha; sabía que siempre sería a la caída de la tarde, un momento en el que se despide el día y la noche pide paso, un momento en el que la luz y el color se transfiguran, un momento en el que el lenguaje inventa las palabras crepúsculo y ocaso y ambas conllevan la decadencia, un momento cegador y de desorientación en el que uno mira a su alrededor y no sabe si continuar o retroceder, o desplomarse sin vida ante el abandono de la existencia, un momento de recapitulación entre lo vivo y lo muerto, un  momento…un momento…un momento…un momento…un momento…un momento…un momento……….un memento. La máquina se hallaba en una nave enorme, rectangular, muy larga, ¿en una nave o embarcación?  ¿en una nave espacial? ¿en la nave principal de un templo? La máquina se hallaba en una nave enorme, rectangular, muy larga, tanto las paredes como el techo y el suelo estaban pintados de blanco, de un blanco a la cal; en el extremo opuesto a donde se encontraba la máquina había una puerta también rectangular, blanca, siempre cerrada, solamente se abría en ese “momento”, en el “momento” del “memento”. La nave (o embarcación) estaba iluminada por una luz que podía cambiar de intensidad creando ambientes: o bien se disparaba hacia una claridad cegadora o bien decaía hasta niveles casi de penumbra. La máquina era rectangular, en medidas del mismo tamaño que la puerta, como si la recortaran de la pared opuesta, era blanca, vista a cierta distancia tenía la forma de un ataúd colocado en vertical, poseía dos ojos redondos, grandes de cristal, incrustados sobre la superficie frontal, estaban dotados de párpados; podía decirse que era una máquina creada para la contemplación; no era útil, no desempeñaba tareas que pudiesen ayudar al hombre en su trabajo cotidiano, se limitaba a observar, a constatar un hecho que tenía lugar una vez al año y para el cual existía, en su esencia no encontraba explicación a lo presenciado, se pasmaba, sus ojos permanecían abiertos ante lo visto, asumiendo una escena que trataba de analizar, pero al no encontrarle explicación en sus entendederas, empezaba a parpadear, primero lentamente queriendo cortar con aquella visión y al mismo tiempo encontrar una revelación instantánea; al no haber solución parpadeaba más deprisa para ahuyentarla y al mismo tiempo para convencerse y dar crédito a lo que veía, sencillamente se pasmaba, eso era todo. Aquella máquina, aparte de poseer aquellos portentosos ojos, estaba dotada de unos sensores distribuidos por todo su andamiaje interno que la hacían sensible a la música, a aquellos parpadeos se sumaban unos temblores que la dejaban en un estado de agitación tan caótico que hasta después de algunas horas no recobraba su entereza. El ambiente que se respiraba en aquel espacio era gélido, se mantenía una temperatura constante, fría, la iluminación era tenue, el blanco a la cal con el que toda la nave (espacial) estaba pintada daba una sensación de esterilización en donde los gérmenes quedaban automáticamente destruidos. El tiempo transcurría con medida, pero sin marcar acontecimientos banales, solamente el “momento” del “memento” y éste surgía instantáneamente, igual que se produce un disparo imprevisto y la conmoción lo ocupa todo. Toda la existencia se condensa en ese tiempo, más o menos duradero, el resto es vegetar. El vacío reinaba siempre en aquella nave  (del templo), a excepción de dos volúmenes: la máquina que permanecía fija y cuya presencia apenas ocupaba en aquel inmenso espacio y la aparición de un supuesto hombre que surgía por aquella puerta. Máquina-hombre, hombre-máquina eran los dos únicos moradores en la inmensidad de un espacio, pero limitado por cuatro paredes, cuatro muros, cuatro paredones…al paredón. Todo lo que tenía lugar allí adentro carecía de relación alguna con el resto del mundo, éste giraba a su aire, indiferente ante cualquier acontecimiento; por supuesto, la nave también tanto podía estar en tierra, mar o aire. Y el silencio, naturalmente, el silencio era indispensable en aquel vacío, maridaban a la perfección, no se oía nada, el ruido del exterior no llegaba allí, aquel espacio estaba insonorizado, ni transmitía ni recibía ondas acústicas, lo que pudiera ocurrir era experimentado solamente por la máquina y aquel supuesto hombre. Cuando llegaba el “momento” del “memento”  no había enfrentamiento entre los dos, la máquina se dedicaba exclusivamente a contemplar, a pasmarse ante lo que presenciaba y oía, y el supuesto hombre pasaba indiferente, ignorando la otra presencia, para él nadie ni nada existía, con su aparición justificaba una presencia humana, un único ejemplo de entre otros muchos parecidos, cumplía su misión, una misión reivindicativa, silenciosa, sin aspavientos, mostrando un hombre sin atributos, abandonado por la dignidad humana y cuya existencia transcurría entre dos extremos: infancia y vejez. Torpeza, desorientación, renuncia, debilidad, miedo… siempre carencias. Llegado el momento en aquella nave (espacial) no se originaban palabras, frases ni ninguna clase de sonido provenientes de la garganta de aquel supuesto hombre, todo se expresaba a través del movimiento y gestos que se veían impulsados por una energía musical. Aquel cuerpo por sí solo no tenía la fuerza, ni la motivación suficiente para caminar, para exteriorizar la poca vida que conservaba en su interior. El concepto que tenía la máquina del hombre era completamente distinto, ella, consciente de que había sido inventada por él, le había concedido cualidades superiores, inmutables; al contemplarlo en esa situación de desamparo, su concepto cambiaba y hacía que ampliara más su conocimiento del ser humano hacia terrenos ocultos, pero más enriquecedores, sabía que no podía hacer nada por él y, sin embargo, trataba de comprenderlo. Máquina-hombre, hombre-máquina, sus relaciones siempre habían sido correctas, serviciales, eso era todo. Cuando lo veía, experimentaba ciertas sensaciones no propias de una máquina, era como si algo de lo que él hubiera perdido recayera sobre ella proporcionándole una mayor comprensión sobre aquel supuesto-hombre. Al observar su apariencia descubría a un ser que ya no era dueño de su propio cuerpo, en su deterioro contemplaba la cara opuesta de aquel hombre superior que, como inventor suyo, le había inculcado una idea perfecta de sí mismo, idea errónea ante la imagen presenciada. Aquel hombre ya no era el ser racional poseedor de unas cualidades adultas, llegado a la plenitud de su madurez; lo que habían hecho con él era convertirlo en una esencia de espiritualidad que sólo unas vibraciones emocionales podían mover. Aquella aparición tenía lugar en cualquier época del año, pero siempre en el ocaso de un día; en aquella nave (del templo) las estaciones no se percibían, el mundo exterior no tenía cabida… Big Ben, ¡¡atención!! suena una gran campana, la máquina se pone en alerta, ya todo va a comenzar, a ese sonido le sigue un gran silencio y de repente se origina el Big Bang; las luces de la nave( embarcación ) relucen a su máxima potencia, la máquina abre los ojos de par en par, mirando fijamente hacia la puerta, la entrada de las notas suaves de un violín producen la energía suficiente para que aquella puerta se abra lentamente y alguien se mueva. Hay una profunda oscuridad en el espacio más allá de la puerta, se diría negrura, se diría que se abre una tumba y que de ella surge un resucitado, un no-hombre hace su aparición, una gruesa manta de lana blanca lo envuelve de la cabeza a los pies, su rostro apenas es perceptible, sólo sus manos y pies sobresalen, sus manos sujetan ambos lados de la manta conservando su identidad, su temperatura, su físico…su yo. Sus pies se mueven por el impulso de la música de violín, da pasos muy cortos, inseguros, proporcionándole una marcha tambaleante, manteniendo un equilibrio forzado. Una piel muy fina, seca y de un gris pálido cubre tanto sus manos como sus pies. Estas partes de su cuerpo son puro hueso llegando a pensar que el resto es otro tanto. La máquina observa perpleja aquella marcha procesional, no parpadea y cuando lo hace es como para coger un respiro o una búsqueda de credibilidad ante lo visto, en su interior sus sensores captan aquella música haciéndola vulnerable y participativa, sin moverse ella también camina al ritmo impuesto de aquel ser, en aquella vibración musical ella percibe que, en el exterior, fuera de aquellos muros, existen seres humanos implicados en una marcha parecida: arrastrando los pies, arrastrando los pies, arrastrando los pies… rastreando con los pies, rastreando con los pies, rastreando con los pies la senda de algo o alguien. El no-hombre arrastra los pies y ligeramente la manta, trata de mantenerse erguido, pero la encorvadura de sus hombros y espalda delatan un cuerpo a punto de desplomarse. Se diría que mientras existiese aquella música existiría un soplo de vida para impulsar el movimiento; camina hacia el centro de la nave (espacial), en sentido más o menos recto, tambaleándose, de repente se para y presta oídos a unas palabras que se entremezclan con el violín: benedictus, qui venit in momine Domini. La música continúa, pero tanto él como la máquina se quedan paralizados, él entiende y reflexiona, ella no capta nada, escudriña las reacciones del no-hombre y sigue sin comprender nada, aquel leguaje le es desconocido, parpadea incesantemente y se da cuenta de que no está programada para su comprensión; no sabe el porqué, pero se admira, las palabras se repiten, unas veces lo hacen voces independientes, otras un coro, junto con el violín arropan al no-hombre que de nuevo se pone en marcha y un paso procesional atraviesa la nave  (del templo) dejando tras de sí soledad y ausencia. Hay momentos en los que aquel cuerpo adquiere cierta volatilidad, la tierra no ejerce sobre él su gravedad; la fragilidad, a pesar de la gruesa manta de lana que lo envuelve, da la sensación de elevarlo, de apartarlo del suelo, de él se desprende un imperativo, una orden: dad; en su conjunto hay una entrega, una existencia para los demás. Benedictus, qui venit in nomine Domini y la procesión continua, se aproxima al centro de la nave (embarcación), su rostro poco a poco va haciéndose más visible, el hermetismo, que en un principio lo caracterizaba al estar cubierto por la manta, va despojando su incógnita. Va perdiendo su caparazón por el camino, lo que le había servido de abrigo va desprendiéndose de él paulatinamente y de repente se halla en el centro y centro del rectángulo, el no-hombre ya está a la vista en su totalidad, lleva una especie de uniforme blanco, la tela es áspera, parece pintada a la cal ocultando unas rayas propias del material, una chaqueta y un pantalón cubren su cuerpo; rostro, manos y pies al descubierto. Es un esqueleto andante. La piel de manos y pies transparenta tendones y huesos dando la sensación de alargamiento, su rostro es una calavera: los ojos profundamente hundidos, sobresaliendo las órbitas de éstos y los pómulos, la mirada apagada y expresión de indiferencia, cualquier cualidad humana lo ha abandonado. Se ha parado, hay cierta distancia entre él y la máquina, mira al frente, sin un punto de referencia, al vacío, no se da cuenta de que es observado, la máquina está perpleja, ni siquiera parpadea, la imagen del hombre que éste le había hecho creer de sí mismo no tiene parangón con lo presenciado, ¿cuál es la auténtica? ¿será una mezcla de la superposición de ambas imágenes?. La música continúa, el violín sigue marcando un paso, unos pasos que en aquel momento están parados, el no-hombre permanece inmóvil, mirando al infinito.  Benedictus, qui venit in nomine Domini. Osanna in excelsis. Y vuelve a reanudar la marcha, tuerce hacia la derecha, se dirige hacia la pared, continua tambaleándose, quizá ahora haya más torpeza y lentitud, los brazos caídos denotan falta de ánimo y de impulso para caminar, su mente está en blanco, igual que la pared que se antepone a él; podría decirse que lo único que lo mantiene erguido, y para eso externo, es aquella música que con el violín y las voces a coro lo envuelven en una atmósfera apacible, vivificadora. Si en ese instante la música cesara, el no-hombre dejaría de vivir. Lleva el pelo muy corto, casi al cero; la barba, también tiene barba de días, lo que le da un aspecto de mendigo. La música del violín sigue impulsándolo hasta que llega un momento en el que ésta junto con las voces y el coro se elevan y aquel cuerpo se desploma, un  templo de miles de años en busca de lo absoluto se viene abajo, primero cae de rodillas y a continuación se ve impulsado hacia adelante, un hombre en oración. Benedictus, qui venit in nomine Domini. La máquina está perpleja, un razonamiento ante lo visto se queda corto, su capacidad analítica no funciona, única conclusión: aquel es otro hombre, un hombre dimensional, un hombre ampliado. Le quedan pocos metros para llegar a la pared, en aquella posición le será imposible llegar hasta ella, la extenuación lo aniquila, intenta levantarse, no puede, se va arrastrando empujado por la música de violín, llega a la pared, al muro…al paredón, su superficie es áspera, pero blanca, quiere incorporarse y se apoya en él, trepa ligeramente aunque no logra ponerse de pie, permanece arrodillado, un último esfuerzo, en un último suspiro, de su bolsillo extrae un carboncillo, y a duras penas levanta el brazo, traza dos líneas temblorosas: una vertical y otra horizontal, resultado una cruz primaria. En el punto de confluencia de las dos líneas el principio y el final, la vida y la muerte, el no-hombre contra el paredón, la máquina estupefacta y la música languideciendo. El “momento” del “memento” ha cesado. Benedictus, qui venit in nomine Domini. Osanna in excelsis.



   Benedictus, qui venit in nomine Domini. Osanna in excelsis.

Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo.

                         Benedictus, Missa Solemnis
                                             Beethoven.







   

lunes, 21 de enero de 2019

URDILDE D'ENALAPRIL



                                                        
La Venus de las flores-Jerjes Llopis
Se llamó, se llama y se llamará  Urdilde d’Enalapril. Fue, es y será una mujer sin edad. Las vicisitudes de su vida absorbieron cualquier huella dejada por el paso del tiempo en todo su cuerpo; su rostro, que era el que podía delatar su deterioro, siempre mostraba unos rasgos atemporales; sólo la luz fiel aliada de sus estados de ánimo insinuaba si en aquellos instantes pertenecía a un pasado, a un presente o a un futuro. La luz mimaba su rostro, sabía disimular sus luchas internas y realzaba sus pocas y pequeñas alegrías. De no observarla fijamente, se diría que podía pasar desapercibida: su estatura era mediana, no era gruesa, tendía más bien hacia la delgadez, lo que la aproximaba a un quebrantamiento de sus gestos; su nariz era muy recta, muy perfilada y de sus orejas, casi siempre ocultas por su cabello, sobresalían unos lóbulos alargados, como forzados por unos pendientes de oro y diamantes debido al peso de la opulencia; su piel era pálida, siempre pálida, nunca lograba adquirir ese bronceado suave y saludable que le proporcionaba su aliada: la luz, ésta solamente se limitaba a interpretar no a incrustar; el color de sus ojos era…el color de sus ojos era…el color de sus ojos era indefinible, a veces cualquiera hubiera dicho que era azul cielo o gris perla, otras negro azabache, azul cobalto o verde hierba, pero siempre, el color que fuera, ligado a un soporte natural; a decir verdad, aquellos ojos carecían de color, no eran más que una pantalla para tapar dos huecos que ocultaban el paso hacia un abismo personal; su boca se proyectaba al exterior rebordeada por unos labios carnosos, casi siempre herméticos, dispuestos a esbozar una mueca fingida, eran rojos, rojos pasión, quizá por lo mucho que había besado; sus dientes eran tan blancos como la nieve y fríos como ella porque las palabras no habían sabido derretir esa frialdad; su cuello era largo y frágil y lo parecía aún más cuando se malpensaba que su intención era separar cada vez más aquel cuerpo de aquella cabeza, para que cada uno funcionase por sí solo, como si cada batalla que tenía lugar en aquel cerebro no implicara al cuerpo, o como si cada desarreglo que acontecía en aquel cuerpo no implicara un sufrimiento al cerebro. Alrededor de aquella cabeza se enroscaba una larga trenza; estaba entretejida con firmeza, fijada al cráneo por unas horquillas que, a veces y según estuvieran colocadas, parecían espinas, todo en conjunto sería una corona de espinas; su cabellera era negra, de un negro azabache, un negro falso porque ocultaba infinidad de canas, aquel negro también delataba los residuos de cierta coquetería y ésta, a su vez, una vaga ilusión por la vida. Urdilde vivía sola, en una casa de un piso, semidestartalada, no era de su propiedad, en la planta baja había un pequeño rótulo donde se podía leer: “se vende” y daba un número de teléfono: 3x-5=9-4x. Nunca nadie había llamado a aquel número. Nunca nadie habría respondido a una información porque lo que estaba escrito en letra desigual en aquel letrero era una mentira, una falacia urdida por un dueño con ánimo de expulsar a aquella mujer de su lugar de reposo; pero ya nunca nadie se atrevió, se atreve ni se atreverá a comprar esa casa ya que el instinto del supuesto comprador le revelaría que mercar aquella morada era mercar a aquella mujer, sería algo parecido a morada=mujer, mujer=morada, las dos se incluían en el mismo lote, serían inseparables. La casa era un caparazón que protegía la fragilidad de un cuerpo y al mismo tiempo aquel cuerpo insuflaba vida a un material a punto de desmoronarse. La gente que pasaba por allí delante ignoraba la existencia del edificio, el tiempo lo había cubierto con una pátina en donde la discreción sobresalía por su opacidad; estaba a las afueras de la ciudad, era un barrio decadente, en algún tiempo había gozado de cierto prestigio, pero ahora era el punto de mira, la carnaza de constructores en busca de espacio para erigir colmenas y especular con la necesidad innata de cobijo del ser humano. Los moradores de aquellas casas eran gente mayor o matrimonios jóvenes cuyos recursos económicos era limitados, los alquileres eran prudentes y podían pagarse sin hacer grandes estiramientos del presupuesto familiar. Urdilde trabajaba, todos los días se levantaba temprano, se arreglaba y cogía un autobús que la dejaba en el centro de la ciudad. No amaba su trabajo, para ella era como un suplicio que había que soportar. Aparte de la remuneración que conseguía por él también era una forma de mantenerse en contacto con la civilización, siempre y cuando se entienda como civilización el toparse cada mañana con la misma gente en el autobús y sobre todo con sus compañeros de oficina; su relación con éstos era distante, muy distante, kilométrica; ella se limitaba simplemente a cumplir, a realizar una serie de labores que tenía asumidas, más allá de eso ya nada le incumbía, no se entrometía en las conversaciones de sus compañeros, ni en las bromas que muchas veces torpemente disfrazadas iban dirigidas hacia ella; todo lo que estaba impregnado de vulgaridad o de hirientes intenciones le resbalaba, había como un rechazo interno proveniente de una riqueza de espíritu que hacía que lo que no contuviese una cierta bondad de acercamiento automáticamente era despedido, apartado; externamente ella no lo manifestaba ni con muecas ni con ademanes despreciativos; era muy comedida, era un especie de irradiación que lanzaba hacia todos aquéllos que intentaban mofarse de ella. Urdilde era una presencia turbadora, su discreción albergaba un silencio en el que retumbaban las frustraciones de los que la consideraban una víctima, su víctima y no la veían como una mujer de una enorme vida interior; aquéllos que reconocían su valía comulgaban con ella en silencio, pero eran muy pocos los que la sabían valorar por no decir nadie; si a alguno de sus compañeros se le preguntara qué opinión tenían de ella, ninguno sabría responder, sus sentimientos nunca afloraban, sabía que si los expresaba no iba a ser comprendida, solamente a ciertas horas de la noche ella se manifestaba tal y como era, pero ésas eran unas horas secretas para los demás, la luz que tanto la mimaba iluminaba su abismo interior y evidenciaba las luces y sombras de una vida, de su vida. A Urdilde también se la rechazaba por no cumplir unas normas establecidas con su indumentaria; la ropa que solía llevar era un poco “démodée”; entre sus compañeros y compañeras había una rivalidad por quién iba más a la última moda; ella no entraba en ese juego, sus vestidos pertenecían a temporadas pasadas, se notaba que eran de buena calidad y estaban bien confeccionados aunque el paso del tiempo los había deformado y deslustrado la brillantez de lo nuevo; no la dejaban pertenecer a la actualidad, a esa actualidad rabiosa por la que sus compañeros luchaban; a ella, por ejemplo, un traje de chaqueta no la situaba en el momento presente sino que la retrotraía a un tiempo pasado de juventud y flirteos amorosos cuando a cualquier prenda el cuerpo le transmitía una alegre coquetería, pero, lo que más exacerbaba a los que la rodeaban era aquella trenza que rodeaba su cráneo; a mucha gente le hubiese gustado agarrarla y tirar de ella, deshacerla y en esa rabia manifiesta personificar una ira primaria hacia todo aquello que no sigue unas normas establecidas; sin embargo, aquella trenza contenía un misterio que confería a su dueña una aureola de personaje mítico, enclavado en un tiempo remoto y reencarnado en aquella discreta mujer. En la oficina, en el pequeño espacio que se le concedía dentro de una enorme sala, a veces y cuando el trabajo no la agobiaba, se quedaba en silencio, en aquel silencio que ella conocía a la perfección y al cual ella estaba habituada, no le extrañaba porque lo había asumido nombrándolo posesivamente como “su silencio”; prestaba atención a cualquier ruido o murmullo y se pasmaba ante la novedad; en su silencio sólo retumbaban los ecos de su propio interior, ni se parecían en lo más mínimo a los que pululaban por un espacio tan ajeno a su voluntad; los analizaba y reconocía, los ruidos desprendidos por las máquinas eran distintos a los que ella estaba acostumbrada, los que pertenecían a su mundo sonaban a nimiedad, a imperceptibilidad: la caída del agua al abrir un grifo, el giro de una llave al abrir o cerrar una puerta, sus propios pasos al subir o bajar las escaleras de su casa, el clic que producía el interruptor de  aquella bombilla al encenderse e iluminar su rostro o el sonido a sorpresa al verse delatada por aquella amarillenta claridad. Todo lo que se producía fuera del ámbito más íntimo y restringido de su ser, le parecía que estaba asistiendo a la creación de un nuevo lenguaje por parte de los objetos o de aquellas máquinas infernales que cohabitaban con ellos en la oficina. En cuanto a las voces de sus compañeros las diferenciaba todas, su oído se había vuelto muy sensible a la voz humana, muchas veces no le importaba el contenido de la conversación sino los distintos niveles de entonación de las frases y en lo que éstas podían acabar: temblaba ante una voz autoritaria, se enternecía ante una voz melosa, carraspeaba  como acto reflejo ante una voz ronca y se desmoronaba ante una voz suplicante. La voz humana se había convertido en su punto débil; desfallecía ante cualquiera que le hablase con ternura, se infantilizaba hasta tal punto que hubiese deseado que la acariciasen; para Urdilde d’Enalapril una voz lo podía significar todo, desde un suspiro hasta una declaración de principios para seguir viviendo y así lo era, así lo será, así lo fue, así lo está siendo, así lo habría sido, así lo habrá sido, así lo sería, así lo había sido y cualquier capricho de tiempo verbal porque así lo es. Desde su pequeño hábitat, ella observaba toda una jerarquización, unas luchas internas por trepar a un puesto más alto, allí la traición se había enmascarado de sutileza apenas perceptible, nada afloraba al exterior, pero los espíritus se debatían por subir un peldaño en una escalera infinita en donde no había una meta, cada cual se la imponía según su grado de codicia. Urdilde ni por un momento había pensado en incorporarse a aquel torbellino, para ella no era más que un espectáculo al cual asistía; si en algún momento rondó por su cabeza aquella idea, unos principios de humildad la retenían y un espíritu de confraternidad para con los demás la alejaban de unas posibles fuentes de sometimiento para sí y para sus semejantes; el hecho de no entrar en aquella vorágine significaba no estar de acuerdo con ella, por eso trataba de hacerse invisible por miedo a ser despedida, aunque tampoco hubiese sido una gran pérdida, lo que la motivaba a estar allí era el contacto con otros seres humanos y el poder ser útil en la medida de sus posibilidades; se podía decir que solamente había tres lugares en donde existía una aproximación hacia sus orígenes y eran: la oficina, el autobús y las tiendas donde hacía sus compras. En la oficina era donde más tiempo pasaba, por lo tanto tenía más oportunidades para experimentar una ligera convivencia; tanto en el autobús como en las tiendas eran unas fórmulas de cortesía muy desgastadas y la típica frase que surgía motivada por la finalidad a la cual la llevaba allí. Económicamente lo que ganaba le era suficiente, se sorprendía al oír comentar a sus compañeros que a duras penas llegaban a fin de mes debido a un exceso de gastos incontrolados; a ella le hubiese gustado darles algún dinero y no prestárselo, pero reconocía que una generosidad tan manifiesta con gente allegada nunca es prudente porque crearía unas expectativas a las cuales ella no siempre estaría dispuesta a ceder. Urdilde era una mujer muy austera tanto en sus comidas como en sus costumbres; a media mañana disfrutaba de un pequeño descanso en el trabajo, bajaba a una cafetería a tomarse un café con leche y un dulce, los saboreaba con tanto gusto que se convertían en una opípara comida llevada a cabo en un lujoso restaurante. En su casa apenas cocinaba, se alimentaba a base de frutas, verduras y productos lácteos ya que ella no podía perder el tiempo delante de un fogón; necesitaba vivir, respirar cada instante de vida conscientemente, analíticamente; consideraba que su cuerpo podía subsistir con cualquier cosa, pero que su mente estaba hecha para las exquisiteces de las vivencias, de los sueños, de las locuras y era en las abstracciones de ese mundo en las que ella quería detenerse, recrearse, anclarse, formar parte de esa irrealidad y simbolizarlas como la realidad que en algún tiempo fueron. Bebía mucha agua, tenía la convicción de que la limpiaba por dentro y de que a aquello que tocaba le transmitía una sensación de pureza o de saciedad. No tomaba bebidas alcohólicas, nublaban la percepción sensorial; decía que la vida había que captarla tal y como se presentaba en ese momento, con su crudeza o liviandad, pero siempre consciente de su aceptación. De sus costumbres, a simple vista, poco habría que decir, era mujer de horarios, a simple vista, muy normales; a simple vista se la podría juzgar como una mujer anodina, escurridiza, una persona más del montón de una gran ciudad, de una avalancha en un paso de peatones arrastrados por la fiebre de cruzar. A simple vista, en un gran espacio ese era posiblemente el juicio que se podía obtener, en un gran espacio a la velocidad de un instante; a vista fija y en pequeño espacio, con la lentitud del transcurso de un siglo el juicio cambiaba por completo; por ejemplo, lo ya dicho, su presencia en la oficina causaba perturbación, ¿cuáles eran los motivos de ese malestar? Nadie se había puesto a reflexionar sobre ellos, bien por falta de tiempo o bien porque ella podía ser el reflejo de unos desasosiegos que era mejor no tocar, dejar flotar en el apacible subconsciente. Cuando la jornada de trabajo se daba por terminada, sobre su mesa dejaba todo ordenado para el día siguiente, cogía sus bártulos, se despedía de sus compañeros escuetamente y se dirigía a la calle; aquéllos eran unos instantes de una gran ansiedad, lo que causaba una aceleración en su paso y en el contoneo de su cuerpo, temía que algo la retuviera y le impidiera salir; deseaba con todas sus fuerzas superar aquella línea que delimitaba claramente trabajo y libertad; Urdilde tenía el presentimiento de que cada vez que traspasaba aquella línea, tanto a la entrada por la mañana como a la salida por la tarde, algo se transformaba en ella y de que la auténtica Urdilde existía fuera de aquel edificio, una vez allí adentro era como adquirir una personalidad distinta, era una suplantación. Una vez en la calle miraba el cielo, no le importaba si estaba despejado o cubierto; el cielo, para ella, siempre había sido una inmensidad, una infinitud hacia donde exhalar el último suspiro residual de una jornada de trabajo, con él se iban unas obligaciones impuestas y al mismo tiempo fingidas, una forma de pensar moldeada por la empresa para su propio beneficio, una esclavitud velada que sólo aquéllos dados a la reflexión se daban cuenta de las artimañas; Urdilde era una privilegiada, todo lo captaba, sabía que la vida exigía una servidumbre para con las personas o bien para con las cosas y ella respondía inmolándose en un profundo silencio; cuando sus superiores tomaban ciertas medidas barriobajeras con los clientes o incluso con los mismos empleados, su mutismo se sumergía en el dolor de una especie en donde el engaño no tenía cabida y ella huía, huía, huía, huía, huía, huía, huía, huía, fuía, fuía, fuía, fuía, fuía, fuía, fuía, fuyait, fuyait, fuyait, fuyait, fuyait, fuyait, fuyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba…y caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, regresaba a casa caminando, de vuelta nunca cogía el autobús, a cada paso que daba creía que recuperaba el auténtico yo, a medida que recobraba su confianza daba pequeños saltos de alegría y se paraba delante de los escaparates para ver los últimos dictados de la moda aunque a ella aquellos modelos no le iban, se alegraba de que a otras mujeres les quedaran bien y manifestaran su coquetería mediante aquellos estampados fantásticos y chillones, y de paso ella miraba de soslayo su reflejo en el cristal del escaparate, se ajustaba su trenza y se sentía hermosa, muy hermosa, una hermosura que solamente ella percibía porque era la exteriorización de su vida interior. Conforme consigo misma, volvía a ser Urdilde d’Enalapril, con nombre y apellido, durante su jornada laboral era Urdilde a secas, una vez afuera no sólo recuperaba su identidad completa sino también sus atributos físicos y espirituales. Entraba en un supermercado para comprar el sustento de cada día, le agobiaba aquella deslumbrante claridad, los rótulos de los productos en oferta y aquella música de fondo a veces interrumpida por una voz femenina reclamando la presencia de alguien u ofertando unos servicios a los que nadie hacía caso; ella sabía a la perfección adónde dirigirse, no se dejaba seducir ni por los bajos precios ni por el atractivo envoltorio de los alimentos; en su cesto de la compra ponía lo que en realidad necesitaba, pagaba y salía a cajas destempladas; había días en que se sentía burlada y ridícula como si ella no supiera qué comprar sin que nadie dirigiera sus gustos o poner de manifiesto su ignorancia en materia alimenticia; siempre compraba poca cantidad, se entristecía, por ejemplo, cuando unas manzanas se estropeaban por sobreabundancia; se podía decir que comía como un pajarito, cualquier cosita la hartaba y su estómago era también como el de un pajarito, su alimento ideal sería el alpiste y no hablaba, piaba. Con su compra hecha y una vez en la calle, contemplaba el bullicio de la gente, para ella aquello era un espectáculo: las prisas, los coches que circulaban en procesión, aquel ruido de fondo de la ciudad que, fuera donde fuese, se enquistaba en los cerebros y ni siquiera de noche los abandonaba; la mezcla de colores, luces de neón y rótulos que hacían de algunas fachadas la portada ideal de cualquier libro de texto dirigido a jóvenes; para Urdilde era asistir a un espectáculo “in situ”, como si fuese un personaje más de la trama, con la salvedad de que a ella le gustaba esa colaboración, no estaba allí obligada, estaba por su propia apetencia; aunque su personaje no tenía diálogo, era una figurante más en aquel decorado que a no ser por esos mudos personajes la ciudad se convertiría en una ciudad muerta; su papel era el de una espía que observa en silencio todo lo que la rodea; como ella, también hay niños espías que al ser rechazados por sus compañeros a participar en el juego, desde un rincón, éstos se limitan a observarlos prometiéndose que algún día ellos también serán los personajes principales de algún espectáculo. Urdilde sabía que era la única protagonista importante en su teatro, no asistían espectadores, ella era a la vez actriz y espectadora en la tragicomedia de su vida. Asumido su papel de figurante, sabía el tiempo que debía estar en escena y cuando se retiraba hacia bambalinas, entonces era el momento de proseguir su marcha encaminándose hacia un lugar que ella adoraba, era un pequeño templo donde compraba las ofrendas que llevaría a casa, era una floristería. Su amor por las flores era tal que se había convertido en un vicio, en un vicio sano y hermoso; gastaba casi todo lo que ganaba en flores, no le importaba en absoluto si lo que obtenía con el sudor de su frente lo empleaba en conseguir belleza ¡bendito sea el despilfarro!; estaba convencida de que la sublimación del derroche era cuando éste ayudaba a uno a adueñarse de la hermosura y ella podía permitirse ese lujo; cada quince días de esa floristería partía una furgoneta cargada de toda clase de rosas y de todos los colores con que la naturaleza las dotó, exceptuando las blancas, en dirección a su casa; las marchitas las reemplazaba por las nuevas, frescas y olorosas y entonces aquella casa semidestartalada, con el rótulo de “se vende” adquiría una revalorización, pues contenía la generosidad de una naturaleza evidenciada en aquellas flores; como la casa no era muy grande y la cantidad de rosas era excesiva, apenas se circulaba por el pasillo y el comedor que eran las partes de la casa por donde más se transitaba. A Urdilde le encantaba que los pétalos de las rosas rozasen su cuerpo, era como si los dedos de sus amantes la acariciasen y la reclamasen para sí; a veces aquellas flores se deshojaban y sus pétalos caían al suelo, ella, descalza, los pisaba y se dejaba deslizar, ocasionándose con frecuencia algún resbalón, pero también le gustaba poner a prueba su equilibrio para que éste se tambalease; nunca se caía manteniéndose erguida y orgullosa. Cada vez que entraba en aquella floristería era como entrar en un paraíso de vegetación, observaba las plantas con extremo cuidado y fijaba la mirada en todos sus brotes, le parecía pura magia la renovación constante de la vida y después de esa euforia se entristecía al ver unos pasos más allá a unos pájaros enjaulados privados de libertad. Cuando la dueña de la tienda captaba su figura nunca le preguntaba qué era lo que deseaba; su presencia allí, sin ninguna clase de intercambio verbal, era lo suficientemente explícita para saber lo que ella quería. A ella no le daban un ramo de rosas blancas y las cogía, no, no y no; a ella le ofertaban un ramo de rosas blancas y ella las abrazaba y las apoyaba contra su pecho, a pesar de sus bártulos cruzaba los brazos y las cobijaba entre ellos, como si fuera la portadora de un tesoro inconfesable. A la salida del trabajo, hiciera el tiempo que hiciese, se dirigía a aquella tienda como una niña obediente a por el sustento espiritual de cada día: eran rosas especiales, del color de la nieve, cegadoras como ella, frías, más bien heladas, pero ella las templaría, las derretiría. Nunca pagaba diariamente, al final de mes, una vez que ella cobraba su salario y no queriendo tener entre sus manos ni monedas ni billetes, no le agradaba su tacto, le parecía malsano y enfermizo, pagaba religiosamente y transacción rematada hasta el próximo mes. Había alguna época del año en que era difícil conseguir las rosas especiales que ella deseaba, pero en ese aspecto nunca quería hablar de impedimentos, se volvía exigente y era capaz de morder; eran su capricho, y los caprichos se consiguen si hace falta pateando. Salía de la floristería y se encaminaba hacia su casa, cada paso que daba sentía que se alejaba de un mundo que le era ajeno y que se acercaba un poco más hacia sí misma. Miraba sus rosas con tanto primor y ternura que se diría que portaba entre sus brazos a un recién nacido ¿sería aquel ramo de flores lo que realmente apreciaba en la vida? Ella sabía que no, que su vida estaba llena de pequeños y grandes amores y que aquellas rosas eran un punto de partida, la materialización de unas vivencias, de unos sueños a los cuales recurría para seguir respirando. Al encontrarse ya próxima a su casa, muy disimuladamente cogía una de las rosas, la besaba y la dejaba caer al asfalto, deseaba que alguien desconocido la cogiera, no le importaba quién fuera, era su recuerdo diario a aquel mundo que ella abandonaba por unas horas y del cual no conservaba ningún rencor, era su señal de agradecimiento. Abrió la puerta de su hogar y echó un último vistazo a la luz del día, desde aquel momento la luz artificial la iluminaría en la penumbra; cerró la puerta con gran estruendo y el mundo entero retumbó, y el mundo entero retumbó, y el mundo entero retumbó, y el mundo entero retumbó, y el mundo entero retumbá, y el mundo entero retumbá, y el mundo entero retumbá, y el mundo entero retomba, y el mundo entero retomba, y el mundo entero retomba, y el mundo entero tomba, y el mundo entero tomba, y el mundo entero tumba, y el mundo entero tumba, y el mundo entero es una tumba. Subió las escaleras a oscuras, sonorizando sus pasos mediante el roce de la suela de sus zapatos con los peldaños, como si quisiera advertir a alguien de su presencia, pero ella sabía y el mundo entero sabía también que aquella casa siempre estaba vacía de cualquier persona física, exceptuándola a ella; lo que trataba era de advertirse a sí misma de que su vida interior comenzaba en aquel momento. Encendía las luces de toda la casa muy deprisa para que aquella sinfonía de color le diera la bienvenida, observaba sus rosas con la sorpresa de ver siempre algo nuevo, si había alguna hoja o algún pétalo marchito lo apartaba, era como una nota discordante en aquella inmensidad musical del color, exhalaba un suspiro y ya se sentía integrada en su ambiente; sus rosas se extendía por toda la casa, en todas las habitaciones e incluso en la cocina y en el cuarto de baño; cuando hacía verduras o ensaladas siempre les echaba un pétalo porque creía que sus platos carecían de magia si no les incorporaba algo de lo que ella amaba. Comulgaba con esos pétalos. De repente apagaba las luces a excepción de una bombilla que era la que la iluminaba; temía que el exceso de luz pudiera afectar al colorido de sus flores, después se dirigía a su cuarto y en la oscuridad se desnudaba y se ponía una túnica, medio bata, medio camisón: era blanca, de un blanco fosforescente, la había confeccionado ella; a pesar de su torpeza para esos menesteres, se las había ingeniado para hacer unas cortinas también, para ambas cosas había comprado una tela volátil, casi transparente, de visillo; su primera intención había sido confeccionar las cortinas, pero al ver que le quedaba tela sobrante decidió aprovecharla y ponerse un reto al llevar a cabo la hechura de dicha prenda; mal que pudo llevó a buen término su tarea aunque siempre con la duda a poder superarla en futuros intentos; había llegado a la conclusión de que le gustaba estar en consonancia con su casa y de qué mejor modo que vistiendo ambas la misma tela. ¡Se sentía tan cómoda con su túnica!; la ropa que se ponía para ir a la oficina la oprimía, marcaba su cuerpo y eso a veces la ponía nerviosa, se sentía objeto de reclamo, su única intención era reclamar sus recuerdos y con ellos su vida auténtica. Se paseaba descalza por su casa y recorría las habitaciones observando sus rosas que descansaban en hermosos floreros de fino cristal; había zonas de penumbra y aunque no llegaba a verlas con toda claridad extendía su brazo, las rozaba y así comprobaba que seguían embelleciendo aún en la oscuridad. Urdilde había creado su mundo, un mundo hecho a base de experiencias vividas y de reminiscencias pasadas; quien lo viera desde fuera podría considerarlo irreal, al límite de la locura, pero para ella todo aquello era tan real como que respiraba y siempre al límite de la cordura. En su hogar perdía la noción de tiempo, era estar en armonía consigo misma y con lo que le rodeaba; en su lugar de trabajo había momentos en que le embargaba una gran pesadez y no apartaba la vista de las agujas del reloj, las miraba fijamente queriendo hipnotizarlas y manejarlas a su libre albedrío; allí el tiempo se arrastraba lentamente y con él a sus incondicionales seguidores; sólo la luz del día le marcaba unas pautas de conducta a seguir y eso influía en su estado de ánimo; a la hora del crepúsculo advertía que su sensibilidad se agudizaba, que era mucho más vulnerable a ciertas vibraciones que iban a extenderse a lo largo de la noche; con el último rayo de sol Urdilde sabía que debía coger aquellas rosas blancas a las cuales había venido abrazada y depositarlas en el florero de cristal más fino que ella poseía, si a éste se le acariciaba suavemente desprendía una sonata, si la caricia era un poco más intensa una sinfonía llegando a alcanzar cotas impensables como puede ser una ópera; se  diría que aquel florero poseía cualidades mágicas, pero no, eran cualidades sensoriales, todo en aquella casa eran sensaciones; cuando terminaba de colocarlas las observaba a cierta distancia y con la observación venía el recuerdo: a los hombres que amó nunca les había exigido nada material, si por voluntad propia y sin insinuaciones por parte de ella deseaban obsequiarla, lo mejor que podían hacer era regalarle un ramo de rosas blancas, el colorido ya se lo daría ella según su estado de ánimo; muy pocos se habían percatado de sus gustos, pero aquéllos que la supieron entender siempre se los habían cumplido muy inconscientemente. Solía cenar muy poca cosa, los alimentos copiosos le producían un entorpecimiento de mente y su sensibilidad se atrofiaba hasta el punto de caer en la dejadez; tomaba fruta, un yogur y para rematar una pastilla de chocolate del negro, del más puro en cacao, bebía un vaso de leche y éste servía de colofón a una merienda-cena que siempre tenía lugar a la hora del abandono del día por la noche, después se dirigía al cuarto de baño y con mucho cuidado desprendía su corona, es decir su trenza, y la deshacía para cepillarla y la cepillaba y la cepillaba y la cepillaba y la zipillaba y la zipillaba y la zipillaba y la zarandeaba y la zarandeaba y la zarandeaba y la zarandeaba hasta convertirla en un zipizape; con ella extendida se contemplaba en el espejo y se identificaba con aquella imagen: la de una María Magdalena, la de una M. Magdalena, la de una M. Magdalena, la de una M. Majadena, la de una M. Majadena, la de una M. Majadena, la de una M. Majadera, la de una M. Majadera, la de una M. Majadera; había visto a aquella mujer en infinidad de cuadros y era su misma representación; el cabello le llegaba hasta la cintura, una vez cepillado le gustaba zarandearlo de un lado a otro como si fuera una cortina, cuando se cansaba y se mareaba paraba, más sosegada y con el nervio relajado la melena la recogía en una trenza más ligera y la dejaba caer sobre su pecho izquierdo; se observaba el rostro también y paseaba las yemas de los dedos con un suave movimiento sobre cada una de sus facciones como si de un piano se tratase y supiera extraer de cada uno de aquellos toques una nota musical; se sonreía, la luz que proyectaba una bombilla situada en la parte superior del espejo la iluminaba perfectamente, comprobaba que no estaba sola, un rostro atemporal la miraba, quizá podía ser el suyo o tal vez el de otra persona de  mucho tiempo atrás reencarnada en ella, eso la perturbaba y se preguntaba por su edad; por su mente pasaban unos planos analíticos que tanto podían retrotraerla a unos años infantiles como proyectarla a miles de años luz; su edad era un número que se trataba de pronunciar en una milésima de segundo, es decir nada, o es decir todo. Le encantaba hacer muecas, su rostro pasaba de lo trágico a lo cómico, de la angustia al miedo, del placer al dolor, del extravío al encuentro y ella se reconocía en cada una de aquellas máscaras sin tiempo porque esos estados de ánimo eran innatos y propios de su especie, no la sorprendían para nada. Daba un último paseo por la casa para comprobar si todo quedaba bien y se dirigía a su dormitorio para echarse sobre su cama, sobre unas sábanas de un blanco fosforescente, sobre un colchón rígido que mantenía su cuerpo en línea recta, sobre un suelo de madera en ciertos lugares carcomida, sobre unos cimientos de una casa frágiles debido ya a la antigüedad y sobre una tierra perteneciente a un mundo. Aunque todavía no eran horas de descansar, de quedarse dormida ni de hacer su llamada telefónica, todos esos momentos previos ella los empleaba para reflexionar, se exigía pensar en sí misma y en los acontecimientos que la rodeaban, bien aquéllos que la implicaban o bien aquéllos otros que no le incumbían por ser externos y por no afectarla directamente. Durante el día no había tenido tiempo para pensar, su vida la había entregado a los demás, a su trabajo, pero no de forma altruista, trabajaba porque creía en aquello de: ganarás el pan con el sudor de tu frente; lo creía con toda sus fuerzas ya que nunca nada se le había concedido gratuitamente ni en el terreno material ni en el emocional; en ambos había luchado como una auténtica leona, sobre todo en éste último. Tenía joyas que habían marcado logros importantes en su vida, pasiones llegadas al límite que lo que quedaba de ellas eran el recuerdo y un símbolo; no tenía muchas, las suficientes como para reavivar ilusiones, pero nunca se las ponía, las contemplaba, rememoraba hechos lo suficientemente analizados que hacían que se enfrentase al mundo con un orgullo y una valentía por lo vivido. A veces en voz muy baja se llamaba “gastadora”, le gustaba esa palabra, le parecía un exceso, ¡como siempre había sido tan comedida en sus gastos!, entonces miraba sus rosas y cualquier calificativo perdía su valor, cualquier adjetivo peyorativo dirigido hacia la belleza que simbolizaban aquellas rosas se autoanulaba. ¿Posesiones? Cuatro prendas de vestir y un sueldo mensual que le servía para pagar el alquiler de aquella casa y eso era todo y suficiente. Echada boca arriba sobre su cama era como estar acostada en un campo de hierba percibiendo las vibraciones de un submundo animal y vegetal y al mismo tiempo reposando la mirada en un cielo perteneciente a un macrocosmos en el que Urdilde flotaba apaciblemente. Los días de fuerte viento o lluvia se levantaba de un salto para abrir las ventanas, media turbada, como si el dios Eolo la reclamara, las abría de par en par y aquel aire y aquella lluvia provenientes de las profundidades del cielo se adentraba con el ímpetu de una guerra en aquella casa; se asomaba y dejaba que el viento la envolviera, su túnica y las cortinas se convertían en torbellinos, había momentos en que adquirían el potencial de unas alas y Urdilde era como un ave funesta sin rumbo luchando contra los elementos; si el viento era muy frío, éste la traspasaba dejando su cuerpo insensible, inexistente creyendo que sólo su mente era el único residuo que quedaba de su ser; si había lluvia, ésta la calaba hasta la médula, empapaba su túnica y ciento de pliegues se pegaban a su figura adquiriendo el clasicismo de una estatua. Aquella unión con las fuerzas de una naturaleza desbocada la tonificaba, era como recibir una energía de unos dioses que entre los humanos ella no encontraba. Echada sobre su cama, seguía reflexionando y la reflexión dirigía sus gestos, muchas veces llevaba sus dedos hacia su boca y perfilaba cientos de veces sus labios, pensando en aquellos hombres que la habían amado, que la habían tenido entre sus brazos y la habían estrujado queriendo así demostrar su cariño al quebrarla. Urdilde había sentido el aliento y una entrega pasional en la unión de aquellos labios con el hombre, pero nunca había conseguido de ninguno de ellos una palabra o una frase, esto último sería pedir demasiado, solamente se expresaría por medio de la mirada, por medio de esos rayos de luz que desprendería el alma humana a través de los ojos; cuando ella los besaba pasionalmente buscaba en su mirada algún rayo, pero esas miradas se esquivaban y si por suerte captaba alguna la conducía a la oscuridad abismal de un origen y hacía de aquella pasión momentánea una amargura de una procedencia y de un destino desconocidos; y Urdilde se hundía y se hundía y se hundía y se hundía y se hundía y se hundía y se hundía y se fundía y se fundía y se fundía y se fundía y se fundía y se fundía en la miseria, en la nada. Su mano descendía hasta su cuello y descansaba un instante como queriendo incubar el recuerdo de un beso, torcía la cabeza hacia un lado y un cosquilleo sacudía su cuerpo y su mano continuaba bajando hasta sus pechos, hasta sus pezones que en un instante de ilusión se habían puesto turgentes y pensó en las bocas que los habían succionado, ninguna había sido infantil, inocente; todas había sido devoradoras, egoístas al querer extraer el placer, quizá, sin el beneficio del otro. Y su mano continuaba su viaje a lo largo de un cuerpo que en ciertos momentos le parecía ajeno a su persona, como si su mente y él tuviesen una relación extraña, algo semejante al rechazo, pero ella se obligaba a que esta compenetración fuera lo más llevadera posible. Llegó a su ombligo y con el dedo índice empezó a hacer círculos a su alrededor formando una gran espiral teniendo a éste como punto de origen, origen de un vientre, origen de la vida. Huyendo rápidamente de aquel pensamiento causante de un incipiente temor, posó la mano sobre su pubis y con ella extendida lo cubrió no por vergüenza sino por misterio; sabía que allí se conservaba el misterio de sus entregas, los hombres la habían penetrado y ella se había entregado a ellos sin saber el porqué: ¿quizá por amor? Tal vez, pero no lo tenía tan seguro, de lo que sí respondía era de que algo misterioso la inducía a aquel abandono de sí misma, como si al entregarse la alejara de una gélida soledad que habitaba en su interior desde tiempos remotos y encontrara en los brazos de lo ajeno un soporte para no desplomarse, para no derretirse. Los fluidos viscosos que a sus entrañas se adentraban portaban vida, pero no respuestas y esa carencia malograba cualquier idea remota de germinación, y aquella parte íntima de su cuerpo era su meta; ahora le tocaba el turno a su mente dirigirse por sí sola. Reflexionaba de nuevo sobre los acontecimientos acaecidos durante el día, ninguno era relevante, pero formaban parte de su vida, de ella misma y no todo iba a ser convulsión, después de la tempestad siempre viene la calma y es en esos momentos de serenidad cuando se hace una valoración objetiva de lo sucedido. Sus logros y sus fracasos la ennoblecían pues los admitía tal y como habían venido, no se avergonzaba ni se enorgullecía de ellos, la vida tenía un sonido, una melodía que la maravillaba. Echada sobre aquel blanco de nieve llevaba las manos hacia su frente como para aplacar sus emociones, sabía que, a pesar de su lograda serenidad, sus sentimientos se habían pulido muy finamente y poseían una delicada fragilidad, por eso, de vez en cuando de sus ojos brotaba alguna lágrima y de no ser así sus ojos se ahogaban en lágrimas, en lágrimas, en lágrimas, en lágrimas, in lacrimas, in lacrimas, in lacrimas, in lacrime, in lacrime, in lacrime. Tampoco lloraba o se inundaba sin motivo, a veces reconocía que era de lágrima fácil. Siempre al llegar la noche y después de las reflexiones, del recorrido por su cuerpo para equilibrarlo con la vida y de la valoración de su autoestima, una “furtiva lacrima” debería brotar de sus ojos; todas las lágrimas llevan un sentido descendente, el sentido de la gravedad hacia la tierra. Sus lágrimas, al estar echada, no resbalaban por sus mejillas sino que en su recorrido atravesaban sus sienes y ancoraban en sus oídos adentrándose hasta el tímpano, entonces era la hora esperada para hacer la llamada telefónica, una llamada hacia el más allá: de la mesita de noche cogía un teléfono y a ciegas marcaba un número infinito, de la infinitud del universo, marcaba y marcaba y marcaba y marcaba y marcaba y marcaba y marcaba y  marcaba y marcaba y marcaba y marcaba números y números y números y números y números  y números hasta crear un código que daba acceso a su alma; llevaba el auricular al oído y de él surgía una voz de las profundidades del sonido que le cantaba: Breit’über mein Haupt dein schwarzes Haar, neig’zu mir dein Angesicht, da strömt in die Seele so hell und klar mir deiner Augen Licht. Extiende tu negro pelo sobre mi cabeza, inclina tu rostro hacia mí, entonces derrama en mi alma, tan clara y limpia, la luz de tus ojos. Una vez oídas las últimas palabras alargaba el brazo y con un tic encendía una bombilla situada sobre la cabecera de su cama, la luz proyectada transparentaba todo su cuerpo, nada se veía, de él solamente se desprendía blancura, y la voz proseguía su canción: Ich will nicht droben der Sonne Pracht, noch der Sterne leuchtenden Kranz, ich will nur deiner Locken Nacht und deiner Blicke Glanz. No quiero el esplendor del sol, ni la guirlanda brillante de las estrellas, solamente deseo la noche de tu pelo y la luz de tu mirada. El tiempo transcurrido en aquella canción le pareció una vida al completo, era como si aquella letra condensara su pasado, su presente y su futuro en una palabra: un deseo.https://www.youtube.com/watch?v=nmb_4pU9wMw



Breit’über mein Haupt dein schwarzes Haar,

neig’zu mir dein Angesicht,

da strömt in die Seele so hell und klar

mir deiner Augen Licht.



Ich will nicht droben der Sonne Pracht,

noch der Sterne leuchtenden Kranz,

ich will nur deiner Locken Nacht

und deiner Blicke Glanz.



Extiende tu negro pelo sobre mi cabeza,

inclina tu rostro hacia mí,

entonces derrama en mi alma, tan clara

y limpia, la luz de tus ojos.



No quiero el esplendor del sol,

ni la guirlanda brillante de las estrellas,

solamente deseo la noche de tu pelo

y la luz de tu mirada.

                  Richard Strauss-Breit’über mein Haupt dein schwarzes Haar…