martes, 14 de octubre de 2014

NO LO SÉ

                                                                s/t. Elisa M. Queiroz


 Siempre cogía una pequeña silla plegable que había pertenecido a una de sus hijas; él y su esposa se la habían comprado como parte del mobiliario de su dormitorio; Fraialde había sido su última hija, una niña muy especial, especial en el sentido de que había venido a destiempo, sin contar con ella; sus dos primeras hijas habían nacido seguidas y ésta última con un lapso de tiempo bastante considerable con relación a sus hermanas. Había sido muy bien recibida y entre los múltiples regalos que le hicieron, sus padres habían decidido regalarle una sillita con una mesita para que jugara en un espacio habilitado en su dormitorio. Una vez que hubo crecido se retiraron todos los muebles: cama, armario, mesa de noche, y ¡ cómo no! La sillita con su mesita; aquel espacio se volvió a llenar con muebles adaptados ya a una edad mayor. Los que de allí salieron se guardaron en un trastero, excepto la sillita que el padre cogió y guardó en sitio privado. Sólo la cogía una vez al año, era en otoño, siempre en otoño, en esta estación se sentía más sensible, más receptivo consigo mismo y con su entorno; recién salido del verano y la incorporación al trabajo lo había apartado un poco de sí: los viajes en familia, el sol, la playa, el encuentro con las amistades lo habían deslumbrado; era un espejismo que desde hacía tiempo experimentaba y le hacía creer que había vivido para la calle, para el exterior, como si hubiese entregado su vida a la frivolidad perdiendo así algo de una vida interior, o riqueza interior. En parte aquel derroche, aquella entrega tenía un lado positivo: disfrutaba de su familia. El sol y el mar y sus viajes a lo largo de la costa, compendiadas todas esas experiencias en un recuerdo, le hacían llegar a la conclusión de que serían momentos irrepetibles y de que nunca más, ni en lugar ni en tiempo, aquellas vibraciones volverían a sacudirlo. El retorno al trabajo significaba asentarse, o lo que podía ser más crudo, volver a la realidad. Aunque los primeros días le costaba adaptarse de nuevo a la rutina, pronto se incorporaba a las tareas de su trabajo sin problema alguno. Tan pronto como las ínfulas del estío se habían evaporado y esto tardaba algunos meses, el concepto de hombre con los pies sobre la tierra volvía a renacer en él, dejaba de vivir de un recuerdo y su vida enfocaba sus miras hacía un futuro próximo. Un día. No era un día señalado en el calendario, marcado a propósito, a lo sumo podía estar premeditado con dos o tres días de antelación; durante aquella jornada desaparecía de su trabajo y de la vida familiar sin decir nada, sin dar explicaciones. Su esposa, que no había observado esto las primeras veces, en años sucesivos empezó a notar aquella ausencia, aunque casi inadvertida, aquellas quince horas: desde las ocho de la mañana hasta los diez de la noche. Aquello la ponía en un estado de sospecha que solamente desaparecía al verlo entrar de regreso por la puerta y darle un beso, se miraban a los ojos y ella podía ver en ellos una serenidad y un equilibrio que ahuyentaban cualquier indicio de infidelidad, devolviéndole la confianza en él. No obstante, la curiosidad la carcomía. En alguna ocasión había llamado a su trabajo en busca de averiguación, pero quien cogía el teléfono se limitaba a dar constancia de su ausencia sin más explicaciones. Lo que más la sacaba de quicio era la “ sillita” ¿ para qué diablos necesitaba él aquella “ sillita”? ¿ para sentarse en ella? La verdad es que muy cómodo no podía estar, ésta era otra de las tantas dudas que la asaltaban; el uso que hacía de una pieza de mobiliario tan funcional, si era una “ sillita “ de niños. Al no encontrar una explicación en la palabra “ sillita” encontró en ella su desahogo. Durante aquel día la curiosidad, el desasosiego, la incertidumbre machacaban la palabra hasta triturarla, su mente reaccionaba ante aquella frase: ¿ para qué diablos necesitaba él aquella “ sillita”? de una forma demoledora, porque ya no era en sí el significado propio de la frase, sino la ocultación que subyacía bajo ella ante otras preguntas tales como: ¿ y dónde estaba? ¿ qué hacía?....Podía decirse que aquella pregunta era el principio de muchas otras que, por educación y cobardía, había elegido como insignia de sus temores. Le hubiese gustado preguntar al objeto, pero como sabía que la “ sillita” no respondería, la tomaba con ésta: sillita, sichita, sishita, shichita, chishita, chichita, shishita...hasta que en su mente agotaba todas las posibles de combinaciones; llegaba al final de aquel día extenuada de darle tantas vueltas a la cabeza; la serenidad llegaba cuando llegaba su esposo, al verlo entrar por la puerta con la sillita, aquella palabra volvía a recobrar su sentido más simple… Acostumbrado ya a la rutina laboral, al día a día, a lo que era en realidad su vida, cogió un calendario y escogió un día al azar, en voz baja se dijo pasado mañana, pues pasado mañana, no había más que dudar.¿Qué significaba para él aquel día? Nunca se supo dar una respuesta, aunque se la hubiera planteado; desde hacía tiempo era como una necesidad, como la necesidad de beber un vaso de agua cuando se tiene sed y no surge ningún planteamiento a esa acción porque se considera algo innato, propio. Su comportamiento durante aquella jornada era normal: llevar aquella “ sillita” plegable era como llevar un pequeño maletín, su caminar era flexible, pero había en él la motivación de un fin, desechando lo superfluo para dirigirse inmediatamente hacia lo importante. Sería inútil cualquier juicio externo ante su actitud, cualquier explicación se descalificaría ante la virulencia de su decisión. Los preparativos de aquella jornada eran de lo más normales: se levantaba, se aseaba, se vestía, desayunaba y marchaba, rutina pura y dura solamente rota por un detalle: “ la shichita”; en su marcha, al salir de casa la llevaba, no la ocultaba, durante aquel día formaba parte de él, por decirlo de alguna manera, era como si fuera una extremidad más, ésta le iba a proporcionar una visión distinta de su realidad. Su esposa al verlo salir de casa le daba un beso sin atreverse a hacer ningún comentario; la imagen que proporcionaban su esposo y la “chichita” era impactante y patética para ella, ante el asombro se quedaba muda. Al mismo tiempo la curiosidad la carcomía. Él salía tranquilamente y se dirigía a su lugar de destino, aquel día no era su trabajo, aquel día tenía dos destinos, iba siempre caminando a ellos. Caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, a veces tropezaba, caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, si había algún charco metía el pie y chapoteaba el agua, caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, se quedaba parado, pensativo, desorientado, como no sabiendo adónde ir, pero pronto una brújula imaginaria le indicaba su norte y caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, pasaba junto a gente y la miraba, caminaba, caminaba,  caminaba, caminaba y por fin allí estaba su primer destino: la guardería. Ya no tenía a quien llevar, sus hijas habían ido allí y pasado los primeros años de su vida en aquel centro; habían jugado y aprendido sus primeras letras, de eso hace ya tiempo, no obstante, él aún conservaba una buena relación con algunos profesores; para toda la familia habían sido unos años de felicidad, el llevarlas y traerlas junto con una participación directa en las actividades escolares hacían que se estrechasen más los vínculos familiares; la superación, el verlas crecer... cualquier cosa que se hiciese siempre iba en grado ascendente; una vez cumplida aquella etapa tuvieron que cambiar de centro y aquella fase infantil de descubrimiento y sorpresa se convirtió en una adaptación al sistema escolar con sus deberes y obligaciones, lo que hacía que aquellos primeros años se contemplasen con cierta nostalgia. Procuraba llegar recién empezada la clase, una vez que todos los niños estaban sentados en sus sillitas y a sus respectivas mesitas, él entraba en la clase en donde su hija pequeña Fraialde había estado, saludaba discretamente a la profesora, conocida de la familia por haber sido la tutora de sus hijas, abría la “ chishita” y se sentaba a una mesa como si fuera uno más de los alumnos. Había dos acciones que hacían que algo cambiase en su interior: experimentaba un reajuste en su madurez y su mundo adquiría equilibrio, aunque a veces tuviera miedo a perderlo ya que la “ chishita” no era lo bastante ancha y estable para él, desplegarla y agacharse para sentarse significaban despojarse de sus atributos de adulto; todo lo que ello conllevaba de aprendizaje positivo y negativo para la vida, y recobrar la fascinación de la inocencia, de lo nuevo que en alguna parte de su ser aún estaba latente. Al sentarse su cuerpo tenía que doblarse, sus rodillas estaban a la altura del cuerpo, sus manos tocaban con facilidad el suelo, más o menos se había nivelado con aquellos niños. Los observaba y echaba de menos su forma de mirar, de moverse, de reaccionar con sus compañeros; él permanecía inmóvil, como paralizado, temiendo perder en un despiste cualquier descubrimiento, sentía como su cuerpo se empequeñecía en solidaridad con ellos y al mismo tiempo su sensibilidad se afinaba enriqueciendo y ampliando su concepto de lo humano. Lo miraban como a un extraño al principio, pasadas dos horas estaba integrado en su mundo; se quedaba como un bobo contemplando las tareas que hacían, éstas tan secillas y originales que rompían ciertos esquemas de su mundo adulto; durante toda su estancia en la guardería no pronunció ni una palabra; él, un intruso, le parecía que si de su boca salía alguna frase podía profanar aquel universo, por eso, de vez en cuando, canturreaba muy en voz baja, como para su interior y aquello le proporcionaba armonía para estar en aquel ambiente; más de una vez se quedó pasmado de admiración ante cosas y hechos, pensaba en sus hijas a aquella edad; le sorprendió que un niño se hubiese levantado dos veces para irse a contemplar a un espejo que estaba a su misma altura; mirar fijamente su imagen reflejada en aquella superficie y volver de nuevo a su asiento junto a sus compañeros, no había pedido permiso, sintió seguramente la necesidad de verse, de constatar que era una realidad; él tampoco había pedido permiso para dejar su trabajo durante aquella jornada, sentiría seguramente la necesidad de ver, de constatar que había otra realidad, pero ésta se extendía ante sus ojos, reflejo de sí mismo. Sintió curiosidad por saber cómo se vería en aquel espejo y esperó al recreo, fue derechito hacia él y en su posición normal solamente se contemplaban sus piernas y pies; había que agacharse, su cuerpo debía perder rigidez y ponerse a la altura; se agachó y se vio, se sonrió, su sonrisa contenía mucho de comprensión y de satisfacción también. En aquella posición cantó algo en voz baja, no supo lo qué, sencillamente había sido una improvisación. Se fue al patio de recreo, de repente se le acercó un niño de la clase donde él había estado y solicitó su ayuda: que le atara los cordones de los tenis; se agachó obedientemente y se los ató, a continuación se aproximaron un segundo y un tercero con ellos arrastrando por el suelo, se los ató, y ataría un cuarto, un quinto, un sexto, un séptimo, un octavo, un noveno, un décimo, un undécimo al llegar al duodécimo se cansaría y pararía, cambiaría de posición, se arrodillaría y continuaría atando cordones de zapatos. Eternamente. Su nueva profesión. De repente alguien cogió su mano; la sorpresa le hizo descubrir a una niña que lo conducía, se dejó llevar, entregó toda su voluntad sin oponer resistencia; dieron varias vueltas por el patio de recreo sin finalidad alguna; de vez en cuando se miraban y no decían nada, habían estado caminando en círculo, no se habían mareado, habían deambulado por aquel espacio realmente corto, y él se sentía relajado, tranquilo, con la sensación de que hacía tiempo que no caminaba tan lentamente y tan sin sentido. La niña lo dejó en la mitad del patio, solo, y sintió temor, entonces la palabra “ soledad” para él adquirió un nuevo matiz, lo que podía tener de trágico era el temor y la hostilidad proveniente del mundo circundante; tanta algarabía a su alrededor: gritos, risas, agitación, le proporcionaba seguridad en el futuro. Su representación. Dio varias vueltas en círculo sobre sí mismo, mirando de arriba abajo y trazó con líneas invisibles un mundo. El tiempo de recreo había finalizado y volvieron de nuevo a clase, todos se sentaron y él también; la profesora empezó a repartir unas hojas de papel y unos lápices para iniciarse en la escritura, a él se lo había saltado, pero con un gesto de demanda, también le dio lo mismo; todos empezaron a escribir, a imitar una copia, la torpeza era evidente, miró a su alrededor y comprobó que el trazado era inseguro, el suyo también; no le importaba, lo que realmente destacaba era aquel instante, estaba asistiendo a la germinación del conocimiento. Terminada aquella tarea, pasaron a colorear una serie de dibujos que la profesora había repartido, él también quiso colorear, cada uno podía hacer como quisiera, arbitrariamente según sus gustos, había que respetar los márgenes de las figuras, sin salirse el color de ellas, ésa era una de las condiciones; empezaron y él miró tanto al niño que estaba sentado a su derecha como a la niña de su izquierda; los lápices de colores en sus manos no tenían freno y no respetaban márgenes, se dejaban llevar por la originalidad de cada uno; él, al ver aquella libertad de creación, se dejó llevar y se salió, y mezcló los colores como quiso y dio rienda suelta a aquel nervio contenido que lo había obligado, en la tarea anterior, a escribir siempre delante de un espacio entre dos líneas… Sin darse cuenta la mañana ya había transcurrido, la profesora daba por finalizada la jornada matutina e indicaba a los niños que se dirigieran al comedor; de las clases se abrieron las puertas concentrándose todos en el patio, la algarabía surgía de nuevo ante sus ojos y oídos, éstos últimos grabaron aquel sonido. Era hora de irse, su misión allí había llegado a su fin; se preguntó qué había hecho, por qué su estancia en la guardería y no pudo dar una contestación, lo que sí se encontraba era más “completo”, esa era la conclusión a la que había llegado a la hora de abandonar aquel recinto; se despidió de la profesora y en voz muy baja susurró: “ hasta el año que viene”. Emprendió camino con aquel sonido que aún conservaba en sus oídos, miró el reloj y vio que era hora de comer algo; entró en el primer autoservicio que encontró y eligió dos bocadillos, algo de dulce y una bebida, pagó y se fue a comerlos a un parque próximo, se sentó en un banco y sobre su regazo extendió una servilleta, allí efectuó la comida del mediodía. Para la estación en la que estaba, el tiempo era bastante agradable, comía tranquilamente y de repente se sobresaltó al pensar si había dejado la “ sisita” en la guardería, se tranquilizó pues ésta se hallaba a su lado, sobre el banco. Pasó parte de la tarde sentado en el parque sin hacer nada, sin pensar en nada, sencillamente vegetó, podía compararse con cualquiera de las plantas que lo rodeaban. De vez en cuando contemplaba los árboles que denotaban el otoño en sus ramas, advertía la caída de alguna hoja que muy discretamente se posaba sobre el suelo, aquel vuelo lánguido e indicador del final de su periplo. ¿Por qué no había en sus observaciones nada de poesía? En otro momento a lo mejor sí, pero aquel día no estaba para ínfulas, para adornos, las experiencias de aquella jornada eran para vivirlas simple y llanamente. La luz del día menguaba, hacía que la tarde se acortara alargando la noche, esto lo impulsó a levantarse, a tirar en una papelera los envoltorios de su comida y a coger su “ chisita”; emprendería camino hacia su nueva meta. La residencia de ancianos estaba en dirección opuesta a la guardería, pensó en el antagonismo de los dos lugares, pero esta observación pasó, en aquel momento, sin nada a destacar. Mientras caminaba acercó su mano libre a la nariz, la olió y advirtió que todavía conservaba el olor a guardería, se llenó de satisfacción. Durante el trayecto y mientras caminaba se sintió flotar, sus pies lo conducían hacia aquel destino, de hecho no tuvo que obligarse a pedir información o a orientarse para llegar a la residencia, había como una especie de atracción que le abría paso entre las calles, no había muchos transeúntes, la hora que era señalaba el comienzo de la retirada, del recogimiento; caminaba dándole cierto vaivén a  la “ sixita”, podía decirse que en algunos momentos jugaba con ella, acompañaba los movimientos con un silbido trinado, a veces se le escapaba algún saltito que disimulaba con la normalidad de un paso firme y serio. Pronto llegó allí, en la residencia también lo conocían, su madre había estado ingresada unos meses y al igual que en la guardería había dejado amistades; timbró y le abrió una de las cuidadoras, fue recibido con una sonrisa de acogida por parte de alguien que se conoce, pero que hace tiempo que no se ve y, no obstante, un buen recuerdo hace que se le abran las puertas. Al entrar captó un olor característico, no trató de calificarlo, le parecía injusto, por lo tanto aquella percepción se perdió en el olvido; había llegado justo a una hora del aseo, después de intercambiar algunas frases con la cuidadora fue conducido a una sala pequeña, casi vacía, solamente una silla y una gran palangana estaban situadas en el centro, una luz concentraba toda su potencia sobre un espacio reducido que únicamente englobaba aquel mobiliario, el resto estaba en penumbra. Cuando entró sintió como si se hubiera creado el silencio, esperó de pie contemplando aquel círculo de luz que se marcaba en el suelo, allí estaban la silla y la palangana; la cuidadora había ido a buscar a un anciano, de vuelta se lo presentó y se dieron la mano, ella había pronunciado su nombre, pero él no lo advirtió, la presencia de aquel hombre mayor anulaba la palabra porque encajaba a la perfección con el silencio ambiental. Se movía torpemente y le costaba caminar, se ayudaba de un bastón, él trató de transmitirle impulso cogiéndole de un brazo, pero la torpeza contuvo su energía y la imposibilidad se hizo evidente. Lo ayudó a sentarse exhalando un suspiro de alivio; pronto llegó la cuidadora trayendo uno toalla y agua caliente. La vertió en la palangana y pronto los dejó a solas, se situó delante del anciano, abrió su “ chillita” y se sentó; volvía a ver el mundo desde un nivel diferente de lo normal, empezó a desatarle los cordones de los zapatos, recordó los que había atado en la guardería, hubo un intento de comparación fallido, le quitó los calcetines y le remangó ligeramente los pantalones, con mucho cuidado introdujo aquellos pies dentro de la palangana y dejó que reposaran, muy lentamente levantó la cabeza y contempló aquel rostro, y después sus manos, y después sus pies, y después se imaginó su vida, y después... y después... y después... y después todo lo que podía representar aquella figura en el espacio y en el tiempo. Se miraban, pero eran  incapaces de decirse algo; la edad había deteriorado la piel y para suavizar el impacto visual de aquel rostro, tarareó algo en voz muy baja intentando, por medio de la música, armonizar facciones y existencia; la luz destacaba todas las imperfecciones sumiendo los ojos en dos profundos huecos negros en donde a ésta le estaba vetada la entrada. Sintió la necesidad de cogerle la mano, de levantarle y llevarlo con él a dar unas vueltas en círculo como había hecho aquella niña en la guardería, pero se contuvo, sabía que aquello no iba a ser posible; se limitó a lavarle los pies, no era porque los tuviera sucios, aquel gesto lo consideró como un rito, como una especie de gratitud a un hombre caído y desconocido; el agua estaba en calma, demasiado en calma y creyó oportuno para alegrar la trascendencia del momento chapotear un poco, chapoteó y salpicó también; él se había animado, pero del anciano no obtuvo ninguna respuesta, poseía el estatismo innato de su edad, sus movimientos eran obligados, siempre motivados por algo para cumplir una necesidad perentoria. Ante él y desde su posición inferior podía contemplarlo como una estatua, pero tampoco era eso, aquel anciano poseía vida, una vida calma, distinta al concepto de vitalidad que él atribuía a la existencia. Se dejó de razonamientos y se dedicó a la contemplación; por un momento fijó su mirada en él y vació su mente, de repente surgió una palabra: destino, se sobresaltó y para salir del análisis de su significado, se entregó de lleno a su tarea conduciendo su atención hacia aquellos pies. La planta estaba endurecida, se preguntó cuánto camino habían andado, por qué lugares habían pisado, en su trayecto el terreno había sido llano o pedregoso, con cuestas o pendientes... pasó sus manos por aquellos pies, sin frotar, acariciándolos con la ayuda que aportaba el agua, se sintió humilde y trató de transmitir candor a sus gestos; en el agua vio reflejada la luz, al anciano, al anciano y a sí mismo; estuvo un rato con la mirada fija sobre aquella superficie, sin moverse, pensativo, pero sin pensar, con la mente vacía en un lapso de tiempo en el que había que insertar renovados conceptos humanos. Perdió el ensimismamiento con el sonido del agua, aquel hombre había movido los pies y agitado el agua, mostraba inquietud; cogió la toalla y enjugó primeramente la planta, después los dedos terminando por secar los pies en su totalidad. Les puso los calcetines y los zapatos y ató los cordones, recordó éstos en la guardería, arrastrándose, comparación fallida; retiró la palangana y el anciano pudo poner los pies sobre tierra firme, le colocó el dobladillo de los pantalones y esperaron a que llegase la cuidadora, pronto entró, intentó retirar la palangana y la silla, pero le dijo que no se preocupase que ya se encargaría ella de hacerlo más tarde. Le ayudó a levantar a aquel hombre, se despidieron, ambos se dijeron algo, farfullaron algo sin sentido, una incoherencia que se ajustaba a lo ilógico de la situación. Él le dio las gracias a ella y en voz muy baja susurró: “ hasta el año que viene”. Los dos desaparecieron tras la puerta, una imagen vista y no vista; recorrió con la mirada todo aquel espacio donde había estado, parándose en la silla y en la palangana; cogió su “ llillita”, apagó la luz y con ella su círculo y cerró la puerta, en la oscuridad quedaba guardada su acción. Se encaminó a la salida sin hacer ruido suponiendo que muchos de sus moradores ya estaban descansando; la calle estaba vacía, se notaba el contraste de temperatura; fue caminando a casa, aunque hacía fresco, era agradable atravesar la ciudad; el hecho de caminar lo volvería a la realidad, aquel día había sido una excepción, como un punto y aparte, un día distinto y necesario, aunque a primera vista la necesidad no se veía por ninguna parte, ni a una segunda, ni a una tercera, ni a una cuarta vista; no era una necesidad externa, impuesta desde afuera, era interna, propia de él, por lo tanto un razonamiento ajeno carecía de sentido. Al entrar en el portal de su casa se despidió de aquel día; empleó el mismo saludo de despedida que había pronunciado dos veces durante aquella jornada: “ hasta el año que viene”, lo dijo en un tono de voz aún más bajo, como no queriendo remarcar lo importante y lo excepcional que poseía aquel día. Subió las escaleras a pie, había rechazado coger el ascensor, aquello le proporcionó más tiempo para reflexionar y preparar su entrada en el hogar, miró su “llisita” y comprobó que ésta estaba llegando al final de su descomposición verbal. Abrió la puerta y en una simultaneidad de acciones su esposa salió de la sala de estar, se acercó a él y lo besó, se besaron, como para aligerar su carga ella le cogió la “ s-i-l-l-i-t-a” y advirtió una desmembración en su estructura, le preguntó dónde había estado, qué había hecho y a tales cuestiones él siempre respondía sinceramente: “ no lo sé”.

miércoles, 6 de agosto de 2014

EL VALS TRISTE



                                                                                     Retrato, R. de Lege


                                 




Me he vestido de historia, con mi propia historia: me he puesto este vestido negro que me ciñe el cuerpo como un corsé y al llegar a las caderas se expande dando volumen y libertad de movimientos a mis piernas; tiene el largo ideal, por debajo de la rodilla, para mostrar todavía unas pantorrillas de muy buen ver; siempre he estado muy orgullosa de mis piernas; creo que he sacado provecho de ellas, entiéndase en el buen sentido de la palabra: nunca para provocar, siempre para armonizar un cuerpo en su caminar y dar un toque de elegancia a toda mi figura. Pude haberme puesto un vestido estampado que tengo de flores rojas  y fondo negro, muy bonito también, pero es mucho más reciente y por un momento, cuando me contemplé en el espejo con él, tuve la impresión de parecer un jardín volante cuando bailara el vals; es muy suelto y volátil y me sienta perfectamente, pero en el último instante y llevada por los recuerdos, me decidí por éste negro. Me lo puse en la boda de mi hijo y en cenas a las que asistí con mi marido, me trae a la mente gratos recuerdos que nunca más volverán a acontecer: mi hijo por ausencia y mi marido por fallecimiento. De mis joyas para qué hablar, las que llevo puestas han pasado un estricto control de selección; nunca me ha gustado jactarme de lo que tengo, pero confieso que han sido  mi debilidad, puedo decir que poseo algunas de cierto valor como estos dos anillos de brillantes regalo de mi esposo por el nacimiento de nuestros hijos o éste otro de platino que hace juego con estos pendientes colgantes regalo también suyo en el primer aniversario de nuestra boda; no puedo olvidarme de mi alianza matrimonial siempre unida a mí, tanto en mis tareas de madre como de esposa, tanto en los buenos como en los malos momentos, muy pocas veces me la he quitado, más bien diría que forma parte de mi dedo, es como un huesecillo que conforma una mano. Añadamos dos anillos más, los regalados por mis hijos con el dinero ganado de su primer sueldo; fue un gran detalle por su parte pues supieron sacrificar las ilusiones primerizas a las que siempre va destinado el primer dinero para regalarle a su madre un capricho que a la vez que cumplían un gusto era también el signo incipiente de su propia independencia económica. Mis dedos meñiques portan dos pequeños sellos con las iniciales de mis hijos; casi nunca los pusieron o si lo hicieron alguna vez fue para evitar que yo me enfadase; creo que fue un regalo por alguno de sus cumpleaños, hasta ni yo recuerdo el motivo de capricho tan inútil. Y todas estas pulseras que se entrelazan debido a su abundancia con colgantes y monedas y que para lo único que sirven es para entorpecer el movimiento ligero de mis brazos, fruto de una economía boyante y adquiridas a base de antojos infantiloides, eso sí, siempre marcando acontecimientos más o menos importantes en mi vida; no son más que el símbolo de que soy una mujer caprichosa y mimada. Por último ya, mi  collar de perlas, se enrosca alrededor de mi cuello cuatro, cinco o seis veces, según mi propio gusto; cuando era más joven con una vuelta era suficiente; me gustaba su perpendicularidad y vaivén sobre mi pecho, ahora me conformo con enroscarlo para que muy dignamente sepa disimular la piel flácida de mi cuello. ¿Por qué me he cargado con tanta “metralla” para bailar un vals? No lo sé; lo único que puedo decir es que no he podido contenerme; ha sido un desenfreno tan inconsciente que, aunque admito que me he convertido en un expositor de joyería, no lo lamento. ¡Oh¡ mon Dieu¡  olvidaba mis pies, mis pies, mis pies, mis pies, tan importantes para bailar y máxime un vals, para deslizarse suavemente sobre la superficie del salón y así dejarse llevar con más facilidad y dar vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vuelas y vuelas y vuelas y vuelas y vuelas y vuelas... hasta marearse, hasta convertirse en un tiovivo y el vómito despunta por salir. Dudas y más dudas en la elección de mis zapatos; en la maleta había traído seis o siete pares; tenía que escoger unos que fuesen a juego con mi vestido, o más bien conmigo misma; ya no sólo se trataba de que pegaran con él, sino con mis joyas también, con todo mi ser. No me costó mucho decidirme por estas sandalias negras de tacón de aguja; cuando las elegí no pensaba en la comodidad, está claro; la coquetería de buscar una esbeltez y un lucimiento en el baile nubló mi raciocinio de lo práctico. No me arrepiento, aunque reconozco que estoy destrozando los pies. De acuerdo conmigo misma en la elección de la indumentaria, llegó el momento del maquillaje; sabía que tenía que cargarlo, crear a base de capas una máscara que ocultase cualquier indicio de rubor y de amilanamiento; el desamparo y la indefensión bajo ningún concepto podrían aflorar a la superficie. Me cebé con la polvera, la dejé seca; cuando me miré fijamente en el espejo no me reconocía, me alegré, aunque admitía que era un espectro de mí misma y continué con la restauración: sombreé mis párpados de un azul intenso tratando de imitar la tonalidad del cielo en los días luminosos; no hubo una pizca de moderación, pude haber suavizado su intensidad, pero un desenfreno hacia el derroche y lo chabacano me empujaba hasta límites insospechados; también creé pestañas en donde la aridez jamás hubiese esperado encontrar rival. Los labios los pintaría con un carmín rojo pasión; no había duda, la decisión no había sido tomada instantáneamente, era una decisión arcaica, de siglos. Con muy buen pulso perfilé más allá de sus límites unos labios finos que habían perdido su escasa carnosidad; froté con lascivia la barra de carmín para extraer un volumen inexistente y que solamente un rojo intenso y brillante podía falsificar. Lancé un beso al vacío para desentumecer una costumbre que el tiempo había convertido en desuso. Eché de menos a mi marido, pero aquel beso le iba dedicado. La laca de uñas sería del mismo color. Pinté tanto las de las manos como las de los pies; a medida que estaba en la labor, en mi imaginación vi cómo poco a poco se iban convirtiendo en garras, cómo aquel esmalte las endurecía y reclamaban una presa; cuando terminé y ya se habían secado, froté su superficie con un paño para extraer aún más brillo. Una vez completamente compuesta en la penumbra de la habitación de mi hotel, de un hotel, con lo que este nombre conlleva de anonimato, me contemplé en el espejo y vi que, lo que de allí sobresalía, eran unas manchas de rojo intenso, de un rojo pasión que luchaban por destacar entre los destellos de algunas de mis joyas. La fiera estaba preparada para el ataque. No me cabía en la cabeza que la imagen que se reflejaba sobre aquella superficie fuera yo; mi vestido negro se camuflaba en la penumbra y si me movía perdía mi presencia, pero el rojo permanecía al acecho. ¿Qué hacía yo con aquellas pintas en una tierra extraña? Eso quisiera yo saber. O tal vez ya lo supiera desde hacía algunos años, pero hay acciones que carecen de nombre y solamente al realizarse adquieren una verdadera calificación. Después de contemplarme algunos momentos me di cuenta de que no difería tanto de la mujer que yo me creía que era, sencillamente me había vestido para luchar, me había puesto mis pinturas de guerra para agarrarme a lo poco que me quedaba y las únicas armas que tenía eran mis uñas, todo lo demás era pura parafernalia. Y salí con mis amigas a bailar un vals. Y en ello estoy. Necesitaba marearme; que todo me diera vueltas de una forma natural, captar mi entorno en movimiento sin ninguna clase de aditivos como podía ser la bebida; saber que el  mundo gira y, sin embargo, yo giro más rápido que él; tener el atrevimiento de retar a las leyes de la naturaleza; perder la cordura y en su ausencia admitir que la locura forma parte de la sensatez. Y aquí estoy como una loca dando vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vuelas y vuelas y vuelas y vuelas y vuelas. Este hombre al cual estoy agarrada me sabe llevar, su mano en mi talle me protege en los giros, algunos son bruscos, pero hay que adaptarse a la música, hay que compenetrarse con ella. Estas sandalias de tacón de aguja me están matando, a veces resbalo y sin embargo este desconocido me equilibra, no me deja caer, en algún momento tengo la sensación de arrastrar los pies y él tira de mí y me reincorpora a su ritmo, no debemos perder el ritmo. ¿Qué hago yo agarrada a este hombre que ni siquiera conozco? Hasta antes de empezar el vals era un ser anónimo, un ser inexistente para mí que vivía en esta ciudad y que se dedicaba a sacar a bailar a mujeres maduras, a conducirlas en unos pasos torpes y desconocidos para ellas, a levantarlas en sus tropiezos y encarrilarlas al ritmo de la música. En las pocas lagunas de luz que hay en esta pista de baile, trato a hurtadillas de observar su rostro; me falta atrevimiento para mirarle fijamente, y reconozco que es un hombre atractivo de fuertes facciones varoniles, el ideal para tener una aventura; su complexión la siento en la forma en cómo me coge y me cimbrea y sobre todo cuando apoyo mi mano sobre su hombro, pero me falta el deseo; yo no he venido aquí en busca de ninguna aventura, yo he venido aquí en busca de... Yo he venido aquí en busca de... Yo he venido aquí en busca de... Yo he venido aquí  para distraerme; bueno, no para distraerme... Sí, para distraerme también, pero... No lo sé. O tal vez sí: para agarrarme a la vida, a la poca que me pueda quedar, aunque no soy excesivamente mayor, sí lo suficiente como para reconocer que la naturaleza tiene un límite y yo me estoy aproximando a él, sobrepasarlo es pura gratuidad; mi coquetería me lo prohibe, no diré mi edad. Y aquí estoy dando vueltas y vueltas en este vals triste que arrastra sus notas, que parece como si se forzara a existir, como si su única finalidad fuera arrastarme con él a mí también. Miro a mi desconocido y en un giro me agarro fuertemente a su cuello, mis uñas, mis garras, se clavan en él; tengo miedo a caerme, fuerzo a mis pies a buscar una estabilidad, a que sus uñas se claven sobre esa superficie resbaladiza y no lo consigo, por mucho esmalte rojo que haya usado para vigorizarlas; es posible que la suela de mis sandalias tenga que ver con el desliz. Intuyo los motivos que me han traído aquí, a esta ciudad del sur, cálida, rebosante de luz, costera, bañada por un mar de aguas cristalinas y templadas; todo lo opuesto a mi ciudad de provincias: del norte, fría, grisácea, del interior, rodeada por altas montañas cuyas cimas rozan las nubes. Una me eleva la otra me sumerge. En una la cotidianeidad en la otra la novedad. La decisión de venir fue repentina, dije un sí sin pensarlo, como si tuviera la necesidad perentoria de confraternizar con lo positivo y como si en ese mismo instante, al pronunciar ese monosílabo ahuyentara lo negativo. Fue en una reunión de amigas donde surgió la idea; los fines de semana nos juntamos en casa de una de ellas para hablar y comentar los acontecimientos y anécdotas que le han ocurrido a cada una; allí sale de todo: desde los problemas familiares hasta las pequeñas alegrías, cualquier tontería puede dar origen a una sonrisa o romper con la costumbre, pero todo envuelto en una lasitud monótona, aburrida. La voz de una de ellas rompió el molde: “¿ por qué no hacemos un viaje?”. El sí unánime no se hizo esperar y todas las miradas se clavaron en mí, nadie creía que asintiese con tanta espontaneidad; siempre soy de las que, al tomar una decisión, paso a ésta por un tamiz reflexivo para descartar la idea de un posible arrepentimiento. Festejamos con intercambios de sonrisas nuestro mutuo acuerdo, éramos como niñas felices a las que sólo nos faltaba saltar en nuestras sillas desbordantes de alegría. Mis amigas y yo estamos solas, vivimos solas, los avatares de la vida han abierto las puertas de par en par a la soledad y a que ésta entre en nosotras adueñándose de nuestros días y noches, desplazando los recuerdos de compañía por un sentimiento desolado unipersonal. Cada una de nosotras tiene vivienda propia, unas vivimos en pisos, otras en casas de campo; seguimos conservando lo que en algún tiempo fue un hogar, lo que queda de él es como si fuera los restos de un naufragio. Nuestros hogares han quedado vacíos, la vida ha entrado en ellos violentándolos, arrebatándonos a nuestros seres queridos bien por fallecimiento o bien por divorcio; nuestros hijos han volado reclamando su independencia, en una palabra: donde antes había conversaciones, gritos infantiles convertidos más tarde en voces borreguiles de la adolescencia que a su vez derivaron en adultas, alguna discusión que otra, ruidos múltiples señal de cohabitación, ahora solamente hay silencio. Mi marido y yo habíamos hecho tantos planes para cuando llegase su jubilación: hacer algún viaje, ir a la compra juntos, reunirnos con amigos para hablar sin prisas, pero siempre together, together, together, together, together, for ever together, juntos para siempre, como si fuésemos el título de una canción. Y sobre todo bailar, desde que nos habíamos casado nunca volvimos a hacerlo. Da la sensación de que el hecho de bailar sólo pertenece a la juventud y no es así, pero fue así. Bailar, bailar, bailar, bailar, balar, balar, balar, balar. Aquí estoy desfogándome, dando vueltas como una loca y siento vergüenza, oculto mi rostro sobre el hombro de este desconocido, temiendo que alguien me reconozca y pueda prejuzgarme. No, mis intenciones no son las que a primera vista puedan parecer; mi libido se ha entregado a la fidelidad del esposo fallecido; creo que mi único propósito es la supervivencia, aferrarme a este desconocido como móvil de una energía de rotación que me vincule a este mundo que gira en torno al sol. El sol, tan presente en esta tierra, tan tórrido para mentes que provienen del frío, capaz de asustar a la soledad más recalcitrante. ¿Para qué ocultarme? Aquí nadie me conoce, las únicas, mis amigas que a fin de cuentas son mis cómplices, almas desamparadas perdidas en la oscuridad de esta sala de baile, tonteando con alguien que les haga revivir ilusiones crepusculares. ¿Qué hora será? ¡ Qué más da¡ no hay prisa, es de noche , nada más. ¿Dónde estarán? ¿ Estarán bailando también o sentadas? Me alegro de que lo pasen bien, se lo merecen, se merecen igual que yo que, durante unos días, el olvido se posesione de la cruda realidad y una alegría ficticia alterne con un destino ciego y sórdido. Aquí adentro no somos más que sombras, hemos perdido nuestra identidad, las oscuridad se confabula con el anonimato a no ser por un ramalazo de luz que azote algún cuerpo, entonces éste vuelve a adquirir la titularidad de persona.¿Cuántos estaremos aquí?¿Cuántos hombres y mujeres estaremos danzando aquí en esta antesala del desguace? ¿Cuántos estarán buscando llenar con un amor de fast food  and take away el vacío dejado por amores conyugales y filiales? Desolación. Este vals triste nos agita, damos tumbos sin sentido, nos mareamos y cuando creemos que nuestra compostura va a claudicar nos agarrotamos a nuestro compañero de baile con uñas y dientes. Apostaría que casi todos los que estamos aquí no somos oriundos de esta ciudad, confluimos en ella provenientes de distintos lugares del país, arrastrando el bagaje de toda una vida. Aquí uno tiene la sensación de que cualquier peso se aligera, como si el sol fuese el inductor de espejismos impropios para una cierta edad. Ayer me bañé; hacía años que no me metía en el mar, el agua estaba tibia y limpia, daba gusto chapotear en ella, me sentí rejuvenecer, era como si recobrara una energía que había dejado anclada hacía tiempo. Nadé hasta que me cansé; la sensación de flotar, de mantenerme en el agua sin ahondar, de avanzar, hizo que recobrase confianza en el pasado, al constatar que aquello que había aprendido en una época anterior todavía estaba vigente. Más tarde me tumbé al sol, dejé que aquellas gotas de agua se secasen junto con mi bañador y después le planté cara, me incorporé y sin gafas me enfrenté a él, su luz y calor entraron por mis sentidos y advertí que algo me había perdido, el haber malgastado inconscientemente un tiempo sin haberlo aprovechado. Ferdi...Ferdi...Ferdi... No voy a dar ningún nombre, no quiero dar ningún nombre, estoy aquí de incógnito, no quiero que salga a relucir ningún nombre, ni el mío, ni el de mi marido, ni el de mis hijos, cualquier pista podría desvelar mi identidad, sencillamente soy una mujer con un pasado, un presente y un futuro incierto. Una desconocida en una tierra conocida. Se me ha escapado lo de Ferdi...Diré: mi marido y yo pudimos haber disfrutado mucho más de lo que lo hemos hecho, pero siempre surgían inconvenientes que había que superar; siempre antepusimos el cuidado y la educación de nuestros hijos a la diversión; la puesta en marcha de nuestra pequeña empresa exigió un tiempo de dedicación y cuando nos dimos cuenta nuestra juventud y parte de la madurez las habíamos entregado a unos dignos propósitos; lo que sí nos había quedado era un rescoldo de no haber cogido un poquito de aquel tiempo para nosotros mismos. La jubilación la veíamos como la época ideal para recobrar un tiempo de ocio y disfrute que nunca habíamos tenido. De repente la enfermedad apareció, Fer...Fer...Mi marido y yo zanjamos cualquier actividad empresarial y nos dedicamos a la búsqueda de un remedio; a medida que recorríamos médicos y hospitales nuestras ilusiones de diversión menguaban concentrándose en el deseo único de recobrar la salud. Después de dos años de una entrega absoluta por hacerlo feliz y de distraerlo de su enfermedad, el destino se interpuso en nuestras vidas separándolo de mí irremediablemente; nuestras ilusiones compartidas se truncaron para siempre y de golpe me encontré sola con mis hijos ya mayores, haciendo sus vidas, y yo una mujer mimada, mimada, mimada, mimada, mimada y de repente memada, memada, memada, memada, me-ma-da. Necesito dar vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vueltas y vuelas y vuelas y vuelas y vuelas y vuelas y vuelas en este vals triste y agitar la cabeza de un lado a otro para deshacer mi peinado, para que estos pendientes colgantes azoten mis mejillas y su desenfreno ahuyente la idea de derrumbe moral. Cuando llegamos hace tres días, lo primero que hicimos, una vez que tomamos posesión de nuestras respectivas habitaciones en el hotel, fue ponernos en contacto con  la ciudad; desde la estación el taxi nos trajo en volandas y sólo podíamos ver el bullicio de las gentes por las calles y eso sí, muchas tiendas. Pero mi primera visión, digamos mi primera panorámica fue desde la terraza de mi habitación; tan pronto como hube colocado mi ropa en el armario y después de haberme refrescado un poco, lo primero que hice fue salir a contemplar lo que se me ofrecía. El hotel estaba situado al lado de la playa y la vista que tenía de mar adentro era impresionante; no me dio miedo, la mezcla de azules entre el cielo y el mar me transmitió serenidad y me di cuenta de yo llevaba un vestido estampado con los mismos colores, ¿ casualidad? Tal vez, el caso era que no desentonaba con mi entorno. El cielo estaba impoluto, sin rastro de nubes; la superficie del mar sosegada, sin ningún barco que alterase la línea recta del horizonte y sin embargo, ambos ocultando valiosos secretos inconfesables. Mirar hacia arriba o al frente era comulgar sin vacilaciones con la vida, era entregar el propio espíritu al espíritu misterioso de una dimensión del universo que solamente con el vértigo y la atracción de gravedad de la tierra confirmaba la   propia naturaleza humana y terrenal dejando la divina al vacío de las alturas. Mirar hacia abajo o a la derecha e izquierda era entrar en contacto con la realidad del ser humano: edificios mastodónticos y enjambres de personas se confabulaban para atemorizar a una pobre mujer cuyo mundo había transcurrido entre su familia y un reducido número de amigos. Temblé ante tal enfrentamiento, lo sublime, lo divino y lo humano se presentaban juntos; nunca había reparado en eso ni en muchas otras cosas. Me dije: éste es mi mundo, ésta es ahora mi vida y lo poco o mucho que me queda de ella la agarraré con uñas pintadas de rojo, sin ocasionar sangre, pero coincidiendo con ésta en su intenso color. Estaba aterrorizada y para asimilar ese reconocimiento necesitaba un caldo de cultivo donde llevarlo a cabo, y nada mejor que el anonimato, ya que la duda de su efectividad pululaba con descaro. De repente me di cuenta de que había quedado con mis  amigas en la recepción del hotel para ir a dar una vuelta y ponernos en contacto con aquel mundo; la idea de su compañía me tranquilizó, el sentirme arropada por alguien difuminó por completo la sombra de la angustia que había surgido en la habitación; sus sonrisas y el buen humor fueron el complemento ideal para que despertaran en mí cierto atrevimiento pues mi timidez siempre lo había controlado. Las puertas del hotel se abrieron automáticamente y sin querer ya estábamos en la calle, el espectáculo comenzaba; el sol brillaba resplandeciente y nos recibía con su calidez haciéndonos olvidar el frío, nos brindaba su familiaridad y nos acogía como si nos conociera de toda la vida, la sensación de extrañeza pronto se diluyó ante tanta cordialidad. Muy pronto nos absorbió el gentío, un largo y amplio paseo bordeaba la playa y nos incluimos en su marcha, había que desentumecerse del viaje y nada mejor que incorporarnos al ritmo de la ciudad. No sabía para dónde mirar, no daba abasto ante la cantidad de novedades que se me presentaban y que me eran difíciles de asimilar. Permanecí callada durante un buen rato ya que el sentido de la vista se había adueñado de cualquier iniciativa verbal; una distracción posesiva me había apartado de la proximidad de mis amigas hasta que una coincidencia en un choque de miradas nos advirtió de nuestra mutua existencia. Del asombro que me causaban aquellos rascacielos y de su diversidad de formas no iba a hablar; era evidente que aquel silencio delataba una sorpresa para la cual las palabras no tienen sentido por falta de espontaneidad. Aquel contraste entre cemento y arena, su aridez, trastocaban en cierta medida aquel concepto de tierra, aire, agua y fuego; fuego, agua, aire y tierra; aire, agua, fuego y tierra...Mírese como se mire el concepto parece indisoluble. Tierra: la que pisaba; aire: aquel cielo azul, inmenso; agua: el mar; fuego: el sol. Casi no se podía caminar, era tanto el gentío que por allí paseaba que a veces había que esquivar a los que venían de frente; en esos pequeños desvíos nos veíamos obligadas, sin querer, a toparnos con los rostros de nuestros adversarios de paseo, nos mirábamos extrañados, inquisitivos, deseando averiguar identidad y procedencia, pero el sentido de la marcha obligaba a la curiosidad a perder energía y aquel hombre o mujer que hacía unos instantes gozaba de una presencia real, física, a los dos minutos de que una se hubiese cruzado con él o ella caía en el anonimato y olvido. Desde que falleció mi Ferdi...Desde que falleció mi esposo siento una especie de amor-odio ante las multitudes; al mismo tiempo que me siento acompañada, también las temo; me siento integrada y a la vez rechazada, tanto esa integración como ese rechazo provienen de mí; yo me los he creado, inventado, quizá la soledad en la que me he sumido trate de ponerse en contacto con otras soledades de la misma especie y en su avance experimente una retroacción ante lo desconocido, es decir, por falta de decisión y valentía ésta permanece intacta. Es muy ilustrativo contemplar el rostro de la gente cara a cara; se podrían sacar grandes enseñanzas de su comportamiento, sentimientos y de la propia estética de la persona. Por lo que observo tanto en mis amigas como en mí y en todas estas almas peregrinas que por este paseo deambulan es una ausencia total de compañía: alguien que te lleve a comprar un globo o un helado y que lo comparta contigo, alguien que cuando vayas a cruzar una calle ciegamente, con riesgo de accidente, te aguarde en la acera y te felicite por tu atrevimiento sabiendo que tus ojos sólo estaban puestos en él; chiquilladas que se presentan en la edad adulta, que fortalecen una experiencia curtida en sinsabores y que solamente una inocencia e ingenuidad rescatadas de la infancia pueden alegrar. Cada uno de nosotros, caminantes por esta senda de la oferta y de la demanda, deberíamos llevar un cartel en el pecho que dijera: “Gran oferta de temporada, si necesita compañía aquí me tiene, contémpleme, estúdieme, esto es lo que hay, o me toma o me deja”. Me encuentro algo mareada, no hago más que dar vueltas y vueltas y eso que es un vals triste que si llega a ser alegre echaría la bilis. ¿ Desde hace cuánto tiempo que no me veo rodeada por unos brazos protectores? Desde mucho antes del fallecimiento de Ferdi... de mi marido. Ya durante su enfermedad había perdido las ganas de hacerme arrumacos; era yo la que llevaba la iniciativa; en el fondo le gustaban y yo por ver en su rostro un rayo de felicidad era capaz de hacer cualquier cosa. Admitía que el ímpetu del amor lo canalizaba hacia su curación y no hacia mí. He de reconocer que he sido atrevida, si alguien me hubiese dicho, hace algún tiempo atrás, que iba a sacar a un hombre a bailar habría jurado por lo más sagrado que yo nunca lo haría. Y bien mirado tampoco fue así. Mis amigas y yo habíamos decidido con anterioridad salir a bailar hoy; aparte de gozar del clima, de la playa, de caras nuevas; por la noche era como obligado ir a bailar, no sé la causa, pero el baile no podía faltar. Era obvio que había que cumplir unas expectativas nacidas en el ámbito de una vida cotidiana y monótona y que aquí era el lugar idóneo para llevarlas a cabo; el atrevimiento con un toque de descaro, en esta ciudad, iba que ni pintado; en una ciudad de provincias sería inimaginable; siempre pensando que a unas mujeres maduras y entradas en años se les exige cierto grado de sensatez. Nuestra finalidad no era tampoco perder la cabeza, más bien era reajustar nuestras vidas, los años y los múltiples avatares habían descolocado nuestras posiciones y si con un baile todo volvía a un orden, no se hable más y adelante. Cuando entramos en este salón de baile mi primera impresión fue la de haber perdido la vista, a no ser por algunas ráfagas de luz destellante que me tranquilizaron y la sensación de desgracia repentina se escabulló en la oscuridad. Sin saber cómo, la música de vals nos transportó hasta el centro de la pista de baile; el cuerpo se compenetró con la fluidez suave de aquellas notas y por un momento me sentí flotar; había bastantes parejas flotando, al observar su entrega me di cuenta de mi individualidad; mis amigas me habían dejado sola, habían desaparecido como atraídas por un magnetismo extremo a la pista de baile; no soporté el vacío que me rodeaba y me alejé hasta la barra del bar, terminé allí como había podido terminar en los servicios, tal vez fue la luz que allí reinaba la que me atrajo como fiel mariposa. Es una situación incómoda, de desarraigo, saber a ciencia cierta que una no pertenece allí, que se está de prestado, y que únicamente la conciencia de un comportamiento social retiene a una. Si hubiera cerca una columna me habría apoyado en ella; mi falta de protección reclamaba cobijo, al no tenerla me acerqué a la barra y deje reposar mi codo, no sabía qué hacer con las manos, un nerviosismo las agitaba e instintivamente me agarroté con mis uñas rojas al borde. Lo ideal hubiese sido haber fumado un cigarrillo y con gestos sofisticados haber disfrazado aquella nerviosa inseguridad, pero como no fumo había que descartar aquel posible recurso. El colmo llegó cuando apareció el camarero preguntándome qué deseaba beber; me quedé en blanco, no me apetecía tomar nada, quizá una infusión, pero el lugar no me pareció idóneo para pedir tal frugalidad y, para evitar una sonrisa burlona por su parte, me decidí por algo fuerte, por lo que tomaba mi marido: un güisqui. La palabra sonó extraña en mi boca, más extraño sería su sabor; era uno de esos vocablos a los que el oído se acostumbra y, sin embargo, una nunca pronuncia; llegado su momento suena como si se hubiera roto con unas normas habituales de vocabulario para incorporar una nueva palabra intrusa y rimbombante. El siguiente paso fue aún más difícil cuando me especificó: ¿Qué marca de güisqui desea tomar la señora? Esa pregunta me descolocó, me perdí en la nada, porque nada sabía de nombres de güisquis. Para disimular mi ignorancia y fingiendo una seguridad a punto de desmoronarse, pronuncié el primer nombre que se me vino a la imaginación: “ Un Odoardo de Cascallá”; miré fijamente al camarero para descifrar en su rostro el susto de haber oído una barbaridad, pero muy comedido asintió y fue en busca de mi demanda. Ni yo misma me lo creía, ¿existiría en realidad aquel güisqui con tal nombre? El resultado dentro de unos momentos. Mientras esperaba me dediqué a escudriñar los rostros que bullían por la barra del bar; aquella luz intensa, chillona nos traicionaba, nos iluminaba como si fuéramos los personajes patéticos de una película de terror; los rostros de los hombres, más naturales al carecer de aditivos cosméticos, mostraban el paso de los años con dignidad aunque no exentos de decrepitud por muchos aires juveniles que intentaban fingir; nosotras, las mujeres que allí estábamos, todas más o menos de la misma edad, abandonadas de la frescura que imprime la edad en sus momentos más álgidos, y ahora poseídas por un toque rancio que gratuitamente dona la vejez, nos mirábamos asustadas, al comprobar que la máscara que     habíamos creado en nuestra restauración, no surtía el efecto deseado debido a una luz traicionera que, sin miramientos, destapaba un tiempo que con tanto esmero habíamos intentado ocultar. Quelle horreur! Quelle horreur! Quelle horreur! Quelle erreur! Quelle erreur! Quelle erreur! Quelle horreur et erreur! Mon Dieu! ¡Qué horror y error! ¡ Qué orror y herror!¡ Qué horror y herror!¡Qué orror y error!. Saqué de mi bolsillo un espejo pequeño y confirmé lo sospechado, lo guardé y aparté de aquella luz malvada, hiriente, mi lugar junto a ella, pero no con ella, en la penumbra. Y llegó el camarero con mi güisqui, posó el vaso sobre la barra y, entre sus dedos, mientras cogía la botella para echarme el líquido, puede entrever la  marca, efectivamente allí ponía “ Odoardo de Cascallá” un “ juiski” rancio y añejo como yo. No daba crédito a lo que veía, realmente existía aquella bebida, me alegré de que mi imaginación concordara con la realidad. Pagué y con la desenvoltura que había aprendido instantáneamente de aquellas mujeres cercanas a mí de cómo tragar el alcohol, cogí mi vaso con un gesto de veteranía y sorbí mi primer trago; de repente decidí no beber más, aquella amargura y ardor se pasearon por mi esófago dejando una estela de fuego hasta llegar al estómago; entreabrí la boca para exhalar un rechazo y mantuve la compostura como niña buena y obediente.¿ Por qué tantos preámbulos para bailar un vals? ¿ Por qué no ir directamente al grano? Necesitaba una pareja, un desconocido, éste desconocido con el cual estoy bailando, nadie puede bailar un vals solo; si en realidad yo únicamente he venido a bailar un vals y además triste. Lo del sol y del baño me ha parecido una experiencia emocionante, pero mi meta, mi objetivo era simplemente bailar... un vals...triste. Era una fijación que existía en alguna parte de mi mente y que, sin querer, surgió y ahí está. Alguien me había estado observando y no me había dado cuenta, para mí era una situación embarazosa, hacía mucho tiempo que ningún hombre me había mirado tan fijamente; por un momento pensé en la cantidad de sandeces que me diría y puse cara de asco; no soportaba las impertinencias que un hombre joven puede decirle a una mujer madura; pronto cambié de opinión y de semblante cuando se acercó a mí y muy amablemente me preguntó mi nombre. No respondí a pesar de sus buenos modales, estaba de incógnito, qué le importaba a él cómo me llamaba, era una de las miles de mujeres que venían cada año en busca de la calidez de esta tierra, en busca de la calidez de... Yo estaría aquí seis o siete días y quizá no volvería más. Un encuentro tan fortuito apenas deja huella. Para identificarme sería suficiente decir: soy una mujer del norte, del frío, del cielo gris. Silencio. Al ver que no había facilidad para entablar conversación volvió a insistir, y me preguntó de nuevo mi nombre, le miré a los ojos como fiel representante del silencio y no dije nada. Pasaron segundos y minutos, podría haber pasado una eternidad que mi boca no se abriría para pronunciar mi verdadero nombre. Al final fue él quien se presentó: “ Me llamo Cadmus de Cereixido”. Como no iba a ser menos rompí mi silencio con un nombre para la historia: “ Yo me llamo Dalinda de Vilarbacú”. Ambos mentíamos. Instalados en la mentira no había mucho que decirse, habiendo motivo de conversación podrían surgir muchas más, pero ese no sería el caso. El silencio se erigió entre los dos. Como hombre de mundo supo interpretar perfectamente mis deseos, mejor dicho mi deseo: me brindó su mano para salir a bailar mi vals, digo mi vals porque decir “ nuestro” vals sería implicarlo en una cuestión personal que sólo a mí concernía. Le entregué la mía y con paso firme, decidido y no exento de coquetería me dirigí en su compañía hacia la pista de baile. Empezaron a tocar el Vals Triste y él me atrajo hacia sí, por un momento me sentí retraída, tímida, nuestros rostros casi se tocaban y no pude evitar el apoyar mi frente sobre su hombro para ocultar una vergüenza infantil e inocente. Miré a las otras parejas que nos rodeaban bailando con desenvoltura y desparpajo y eso me envalentonó; un vals triste, mi Vals Triste no lo bailaría cohibida, lo bailaría suelta, ágil, abandonándome a mí misma y me diría: Ob ich nicht höre?  Ob ich die Musik nicht höre? Sie kommt doch aus mir (1).¿ Si no la oigo? ¿ si no oigo la música? Ella viene de mí. Me entregué a ella; mis uñas y mis labios rojos estaban dispuestos a mantenerme firme, en caso de que hubiese algún resbalón ellas sabrían dónde agarrarse, en caso de declive emocional mis labios sabrían pronunciar las palabras exactas para vigorizar mi deseo. Durante los primeros compases y las primeras vueltas surgió la añoranza, eché de menos a mi marido, si la vida fuera justa yo debería estar bailando con él y no con este desconocido. A medida que girábamos sueños irrealizados de felicidad danzaban a mi alrededor; con la cabeza inclinada hacia atrás respiraba el ambiente de aquella sala, mis pendientes azotaban mis mejillas y cosquilleaban mi cuello con ligera lascivia, inhalaba aquel aire cargado de humo y de oscuridad, de suave veneno y me di cuenta de que era reconfortante a veces ser consciente de cierta locura embriagadora. De pronto incliné la cabeza sobre el hombro de mi desconocido cuando una idea fugitiva sobre la presencia de mis hijos atravesó mi mente; no soportaría su compasión, aunque ellos tampoco entenderían mi desfase; desde su mayoría de edad habían estado reclamando el vivir su vida; lo entiendo perfectamente, y a mí, la poca vida que me quedaba reclamaba ser vivida en tiempo de vals. La vergüenza que había hecho inclinar mi cabeza como acto reflejo, el orgullo la elevaba como insignia de los restos de amor por la vida. Miré a aquel hombre a los ojos, carecían de expresión, sencillamente cumplía su oficio; con mis uñas rojas el atrevimiento era descarado; traté de abrir unos labios carnosos para ponerlos en marcha, para que insinuaran algunas palabras hermosas, y lo único que obtuve fue una sonrisa, ¡ claro! Casi todos los valses carecen de letra o él no supo interpretar mis intenciones, y sin embargo, necesitaba que alguien me dijese algo bonito, pero ese alguien ya no está conmigo, sé que me dedicaría una frase llena de ternura y yo me derretiría sin poderlo evitar. Ya que nadie me dice nada me inventaré algo, aunque soy muy mala improvisando, mejor será confiar en la memoria que siempre tiene alguna sorpresa para momentos nostálgicos, ¡ ah, sí! Ya recuerdo: https://www.youtube.com/watch?v=fumXaNlU8co
Sarem felici, perchè tu m’ami, Alferdi..., Non è vero?... Amami, Alferdi...Amami quant’io t’amo! Addio!.Seremos  felices, porque tú me amas, Alferdi...¿No es cierto? ...¡Ámame, Alferdi... Ámame tanto como yo a ti! ¡Adiós!. Me he emocionado, no he podido evitarlo, pero este ambiente es lo suficientemente seco como para que cualquier lágrima en su irrupción se solidifique al instante. Estoy entregada de lleno a este vals, es como si en él se condensara toda mi vida, la energía que me transmite hace reavivar mi existencia, mi sencilla existencia, llena de cordura y vinculada siempre a unas normas establecidas, cumplidora con mis deberes de madre y esposa; bien me merezco este vals porque ya no tengo misión, mis misiones se han terminado, las he llevado a cabo lo mejor que he podido y sabido. Mi vida es este momento, se ha concentrado en este tiempo de vals, de vals triste. Me siento torpe, ya no son mis sandalias de tacón alto las que me hacen resbalar, son las torpezas de la edad; si no fuera por este compañero de baile que hace esfuerzos por mantenerme erguida, estaría en el suelo, yacería en él por inutilidad; ahora siento que no bailamos compenetrados, que yo me pierdo y no logro ponerme a su altura, cada uno anda a su ritmo y, sin embargo, con la soltura de un caballero me arrastra hasta recuperar mi equilibrio, convierte en tierna dejadez y abandono mi inútil destreza. Intento mirar mis pies, es como si anduvieran a su aire, como si mi mente no los controlara, pero sé que sus uñas rojas, en un momento de desarraigo, se asirán al suelo para no marchar...para no marchar...para no marchar. Y ahora esta luz roja, intensa, en medio de la pista, que acaba de encenderse, que me asusta, que nos ha puesto al descubierto ante un posible enemigo, ¿ a qué viene? ¿ pretende advertirnos de un peligro? Los que aquí estamos bailando nos hemos sobresaltado, nos ha despertado de nuestra penumbra y todos somos desconocidos; mis amigas han desaparecido perdidas en el jolgorio, y yo aquí sola, con mi vestido negro y cargada de joyas, con mis sandalias de tacón alto, mis labios y uñas chorreando un color rojo sangre e iluminada por una luz roja que me señalan como vestida para la eternidad. Vuelven otra vez las tinieblas, esa luz espantadiza se ha extinguido y la penumbra nos envuelve otra vez y yo sigo colgada a este desconocido, a este hombre joven que me engancha a la vida mediante estos giros, vaivenes y turbulencias siempre dulcificados por los acordes de este vals. Me he cansado de hablar, de razonar, de explicar; esas palabras encadenadas que forman frases han dejado de surtir su efecto terapéutico y solamente la acción reaviva mi sentido de la existencia, sola me enfrento a ella y lo único que puedo decir es que, mientras que esta música de vals tiste perdure, seguiré viva. Por lo tanto diré para mis adentros:                  

                                Schweig, und tanze. (2)
                                (calla y baila)
                           
(1) y (2) audición :  https://www.youtube.com/watch?v=GGnD-JkvWaA   

                                                           

martes, 17 de junio de 2014

NÉCESSAIRE

   
Sol-RGF 


Nécessaire : adj necesario, ria; preciso, sa // m lo necesario, lo indispensable // Neceser.


Neceser : ( Del fr. Necéssaire) m. Caja o estuche con diversos objetos de tocador, costura, etc…






   Aquella mujer, fuera donde fuese, siempre llevaba consigo su neceser; sin él, se sentía desamparada, olvidada por la belleza. Cada vez que se enfrentaba al mundo temía que su crudeza pudiese afectar su rostro, el exponente de la desnudez de su alma. Por eso, cuando advertía cierta tirantez en las facciones de su cara, recurría a su neceser. De él extraía un pequeño espejo circular, perfecto en su trazado, copia fidedigna de la redondez del mundo; se observaba y cuando no se reconocía, sacaba un walkman con auriculares de botón, los introducía en sus oídos, presionaba una tecla en aquel artilugio y de su interior brotaba una voz que le cantaba expandiéndose por todo su cuerpo: de norte a sur, de este a oeste, desde profundidades abismales hasta espacios infinitos, le decía:
https://www.youtube.com/watch?v=nmb_4pU9wMw


Breit’ über mein Haupt dein schwarzes Haar,

Neig’zu mir dein Angesicht,

Da strömt in die Seele so hell und klar


Mir deiner Augen Licht.




Ich will nicht droben der Sonne Pracht,


Noch der Sterne leuchtenden Kranz,


Ich will nur deiner Locken Nacht


Und deiner Blicke Glanz.         


                                         R. Strauss


                                                       


Una vez escuchadas estas palabras y música, el reflejo del mundo sobre aquel espejo esférico había cambiado. Aquel mundo externo y el propio interno de aquella mujer habían recuperado su equilibrio, su belleza. Esta se manifestaba de nuevo en una insignificancia.




Traducción: Extiende sobre mi cabeza tu negro cabello,// inclina tu rostro hacia mí,//que fluya en mi alma, tan clara y pura la luz de tus ojos.


   No quiero el esplendor del sol,// ni la reluciente corona de estrellas,// sólo quiero la noche de tus rizos y el brillo de tu mirada.


miércoles, 23 de abril de 2014

UNA VOZ


                 

                                                             Ópera estatal de Viena



Hace frío, mucho frío. Las calles todavía conservan la nieve que cayó la semana pasada; a estas horas de la noche el cielo está limpio, las estrellas y la luna brillan con esa intensidad y destello que proporciona una noche de helada. Hay poca gente en las calles, algunos transeúntes que se apresuran a coger un tranvía, cuatro o cinco personas pasean sin prisa, envueltos en sus abrigos y cubiertos por unos sombreros que les dan un toque de misterio, con los brazos cruzados sobre el pecho protegen su cuerpo, su calor, su intimidad, su individualidad ante la confluencia de calles y su vacío. No hay nada que temer, cualquier agresión externa por parte de un malhechor quedaría congelada en el mismo instante de su ejecución. No sé qué hora será, no creo que sea muy tarde, la representación terminó a las diez y media, quizá sean las doce aproximadamente; hoy no me apetecía salir a celebrar con mis compañeros el éxito conseguido; a decir verdad la soprano y el coro estuvieron magníficos y yo también ¡qué caray! Por una vez en la vida quiero  valorar mi trabajo en su justa medida y dejar aparcada la modestia al menos durante unos momentos. Debería haber ido con todo el elenco artístico a tomar algo a un clásico café que está cerca del teatro, pero esta noche me he escabullido no sé cómo, lo he conseguido a pesar de los requerimientos por parte de mis compañeros y de un grupo de admiradores; me he quedado en el camerino, he pasado el cerrojo y cada vez que alguien golpeaba en la puerta daba largas hasta que cesó la insistencia y me quedé solo. Fue con dolor de corazón, ellos no merecían ese desplante, pero tenía que hacerlo, estoy seguro de que supieron disculparme. He dejado a propósito mi reloj en el camerino, es el mismo que llevaba puesto el día que entré por primera vez en este teatro que está a mis espaldas; el tiempo desde entonces hasta ahora ha ido muy deprisa, ha sido como un sueño del cual hay que despertar. Necesito hablar en voz baja aunque no tenga un interlocutor directo a quien dirigirme. Mi voz adquiere un tono de confidencia cuya proyección alcanzaría una distancia, como mucho, de dos metros; en el escenario es distinto, la voz hay que lanzarla fuera del espacio escénico para que llegue a la audiencia, para que los oyentes capten los sentimientos del personaje que uno ha asumido, aunque haya momentos de profunda introspección y el texto debiera cantarse casi en un susurro, su alma tiene que llegar, sea como sea, a la homóloga del que la escucha. Pero ahora no estoy en el escenario, hablo para el frío. Me gusta el vapor que se forma cuando mi aliento contrasta con la baja temperatura, si la voz tuviera una representación física, me gustaría que fuera ésta: un vapor; un vapor que se desvanece en el aire, un gas que proviene de las profundidades de un volcán y se libera en el espacio. Tampoco quiero que me escuchen, el hecho de mantener una conversación con el frío sólo me concierne a mí, quiero que sea una conversación muy especial, mejor casi que una conversación será una confesión. Siempre he mantenido mi privacidad al margen de la vida social y de las exigencias mediáticas que mi profesión requiere, sólo y exclusivamente he hecho declaraciones públicas si tenían que ver con mis actuaciones o vida profesional; mi voz únicamente ha exteriorizado los sentimientos e intimidades de mis personajes. Me debo a ellos y si estoy aquí es por ellos. Nada más. Sin embargo, este diálogo entre el frío y yo, o entre yo y el frío tiene cierta relevancia, sobre todo para mí porque es una toma de decisión, puede que implique a muchos más, pero es ante todo una decisión propia, madurada con tiempo y no a la ligera. Creo que ha llegado el momento de exteriorizarla a la hora y lugar propicios. Este teatro de la ópera ha significado mucho en mi vida, cada vez que vengo a él es como si entrara en mi casa, me siento familiar y cómodo. Recuerdo la primera vez que llegué aquí, era invierno también y hacía frío, mucho frío. Yo provengo de un país del norte, donde el blanco es el color imperante, gran parte del año la nieve cubre ciudades y campos; aunque durante la primavera y el verano ésta se derrite, el colorido casi chillón propio de estas estaciones no cuaja, siempre subyace una capa blanquecina que suaviza esa intensidad y nos recuerda que el blanco y el frío van parejos. Muchas veces me he preguntado si mi voz no será fruto de esa unión, o quizá la haya sobrevalorado creyéndome que debería tener unos orígenes nobles o enraizados en la tradición, nada más lejos de la realidad; soy hijo de trabajadores, por casualidad mi voz destacaba en el coro del colegio y poco a poco fui ampliando sus posibilidades a base de insistencia, tanto por parte de mis padres como por la mía, ellos con sus aportaciones económicas y yo con mucho empeño. En el colegio siempre fui un alumno mediano, había asignaturas que tragaba, pero no digería, las ciencias eran un suplicio para mí, las letras compensaban el aburrimiento que las otras me proporcionaban, ¿ quién me iba a decir que la admiración que profesaba a los profesores de historia y literatura, por su entrega a la materia y por hacerme sentir en sus explicaciones la vida de aquellos héroes reales o ficticios, influirían a la hora de encarnar yo mis propios personajes? Me hubiese gustado, mientras estaba sentado en mi pupitre inmerso en aquellos desvaríos heroicos, que alguien me susurrara al oído y me dijera: “ Presta mucha, mucha atención, algún día tú los harás creíbles”. Cuando estoy en escena, con ciertos personajes, a veces se apodera de mí un frío glacial arrastrado por un alud de recuerdos que impacta en mi voz  y hace  que suene distinta, como si alguien me poseyera y exigiera por derecho expresar sus sentimientos más profundos; entonces es cuando me doy cuenta de que no soy dueño de mi voz, que está al servicio de otros y que yo sencillamente exteriorizo el sentir de mi especie. La primera vez que llegué a Viens, a esta ciudad muy querida, también era invierno, hacía frío, mucho frío. Del aeropuerto al hotel cogí un taxi e instigué al conductor a que se diera prisa, no es porque llegara tarde; mi actuación en este coliseo no era hasta dentro de unos días, tenía tiempo de ensayar, lo que sí necesitaba era estar frente a este edificio y asimilar la oportunidad que se me brindaba de actuar en él, todas las actuaciones que había llevado a cabo, hasta aquel entonces, las había realizado en mi país, un país con muy poca tradición operística, pero para mí era suficiente, además tenía allí a mis maestros a los cuales pedía consejo y muy amablemente me dirigían y orientaban para subsanar errores. Pero había llegado la hora de enfrentarme solo a la vida y en ella debería usar mi arma de trabajo lo  mejor posible, había decidido que de ella iba a vivir: mi voz. Los primeros instantes ante este teatro de la ópera fueron de desafío, tenía que vencer aquella timidez repentina, mezcla de respeto y temor a un posible fracaso, no sólo tenía que desafiar a aquel edificio sino también lo que su interior representaba para un cantante de ópera, no primerizo, pero sí con poca experiencia. En el silencio de aquella tarde gélida de invierno, el frío parecía como si incubara aún las voces que allí habían cantado y sus muros desprendieran el eco que un tráfico no podía silenciar. Un escalofrío sacudió mi cuerpo y en su agitación espantó al miedo conduciéndome a la serena reflexión de que lo haría lo mejor posible y en voz baja me dije: “ je le ferai de mon mieux”, de mon mieux, de mon mieux, de mon mieux, de mon vieux, de mon vieux, de mon vieux, de mon vienne, de mon vienne, de ma Vienne. Di una vuelta a todo el edificio, una segunda y una tercera, como si fuera un rito primitivo; me paré ante su fachada, lo observé detenidamente, capté su globalidad y lo poseí. Desconocía aún los éxitos que allí iba a tener, mi futuro, casi categóricamente, dependía del éxito o del fracaso de aquella primera actuación; durante aquellos días de ensayo traté de distraerme, no prestando importancia a lo que aquella oportunidad representaba, trataba de evadirme paseando por la ciudad, visitando sus museos, entregando mi atención a los cuadros allí expuestos; y sin embargo, mi corazón seguía latiendo en otro lugar y a otro ritmo. Durante las pruebas de vestuario, cuando me miraba al espejo apenas me reconocía externamente, me sentaban tan bien aquellas ropas, estaban tan bien confeccionadas que talmente me transportaban a su época, y eso que faltaban los decorados y coro para lograr la ambientación completa; no obstante mi estado anímico era como el de un niño, en estado de alerta total, con los ojos abiertos de par en par para descubrir lo desconocido. Y había llegado el día, todo estaba preparado, hice una comida muy frugal y antes de ir al teatro me fui a dar una vuelta, por un momento tuve la intención de telefonear a mis familiares y profesores en busca de ánimo y consejo; desistí del intento, tenía que enfrentarme ante mi destino en silencio, ya no  me valían las palabras, las frases ordenadas según un rigor gramático y pronunciadas con la entonación de conversación normal; había aprendido a hablar a través de mis personajes, y ellos hablan con la vibración que el alma transmite al lenguaje que es la música.¿ Qué me importaba que me desearan suerte o que me dijeran que tuviera cuidado al dar tal nota, si ya no era yo sino el personaje al cual encarnaba, que usaba mi voz y con ella mi alma para exteriorizar sus sentimientos más íntimos? En aquellos momentos mi voz reposaba en el silencio y del silencio saldría para conmover en el silencio expectante del aforo. Regresé con mucho tiempo de antelación, cada paso que daba era como si perdiera algo de mi mismo. Cuando llegué, entré por la puerta destinada a los artistas; nunca había asimilado hasta aquel entonces lo que esa palabra significaba; un orgullo moderado me hizo erguir, aunque muy consciente de la enorme responsabilidad que un artista tiene por no querer defraudar. Si bien todo el mundo se mostró muy amable y servicial conmigo, durante los ensayos no había tenido tiempo de hacer realmente unos amigos. El director de orquesta, el de escena... hasta el último tramoyista me brindaron su ayuda creando al recién llegado un ambiente de cordialidad y bienestar; mis compañeros de reparto, no quiero olvidarme de ellos, me arroparon con el afecto que se profesa a un bebé llegado a este mundo, indudablemente el ambiente del que yo provenía era muy distinto de aquél en el que estaba. Por muy bien que pudiera cantar mi personaje, si no hubiera sido por ellos jamás habría alcanzado el éxito logrado. Hoy en día muchos de ellos aún siguen en activo y cuando coincidimos en algún reparto nos sentimos como en familia. Me senté en mi camerino ya vestido y maquillado y pedí que me dejasen solo hasta el momento de salir a escena, necesitaba estar a solas, conmigo mismo y con mi voz, no quería hablar con nadie, solamente que mi voz reposara en su silencio. En ciertos momentos me había figurado que los nervios se apoderarían de mí; pues no, una serenidad y seguridad habían renacido en mi interior provenientes del enorme amor que brotaba hacia mi profesión. Me miré al espejo y me sonreí, bajo aquel maquillaje de hombre contradictorio, de profundas luchas internas y de victorias conseguidas por medio de grandes esfuerzos, subyacía un niño, un adolescente, un hombre joven cuyos principios se basaban en la sencillez, pero que tenía que enfrentarse a personajes implicados en los torbellinos de las pasiones humanas y además tenía que hacerlos creíbles. Allí estaba yo y mi personaje, mi personaje y yo, yo y mi personaje, mi personaje y yo, moi et mon personnage, mon personnage et moi, moi et mon personnage, ma personne et moi, moi et ma personne, ma personne et moi, moi et personne, personne et moi, moi et personne, personne...Golpearon a la puerta, aviso para salir a escena, me levanté de la silla impulsado por un deber en el cual no cabían retrocesos; en mi interior susurraba una voz diciéndome: “ Taillefer, a cantar en el campo de batalla”. Dicho esto, la distancia entre el camerino y el escenario no existió. Una vez en escena miré hacia el aforo y no vi nada, todo estaba negro y en silencio a no ser por unas cuantas luces distanciadas por los palcos que marcaban una realidad espacial. De aquella mezcla de negro y silencio se desprendían  la espera y el ansia por oírme cantar. En aquel momento me di cuenta de que nunca podría cantarle a un auditorio, a unos oyentes; de ellos esperaría aplausos o silbidos, aprobación, rechazo, crítica constructiva o destructiva, pero siempre serían manifestaciones externas por medio de palabras o gestos; la única forma de llegar realmente a ellos sería dirigirme a su alma, olvidarme de que ésta tenía un representación física, iría de alma a alma y como nexo de unión la voz. Así canté aquella noche, así canté en las múltiples noches sucesivas, así canté esta noche. La auténtica condición humana del personaje la supe transmitir directamente a la de los oyentes. Creo que si no lograra alcanzar ese punto de reflexión siempre cantaría con cierto temor. La victoria fue rotunda, luché en el campo de batalla con la única arma que poseía: mi voz. Los aplausos y los bravos eran la señal externa de que mi voz había dado en el blanco, había alcanzado su meta; los admitía como comprobante externo de aquella comunicación interior, pero yo no los buscaba como halago. A partir del éxito de aquella noche las puertas de los grandes teatros de ópera de todo el mundo se me fueron abriendo, he ido ampliando el repertorio y el espíritu de mis personajes ha ido pululando por todos ellos. He viajado por todos los continentes, he conocido a celebridades, he tenido aventuras amorosas, he subido a palacios y he bajado a los suburbios; todas mis experiencias vitales me han acontecido gracias a mi voz, sin ella, éstas no tendrían sentido y sin ellas, ésta no se habría alimentado del conocimiento del ser humano. Han sido unos años de idas y venidas, de no parar un instante, de coger aviones, de una búsqueda desesperada de algo o de alguien, sin encontrar nunca reposo, sin tener unos momentos para dejarlo todo y pararme a reflexionar, vaciar mi cabeza de ruidos medioambientales y poder diferenciar los que pertenecen al mundo circundante o al mío propio. En los ensayos algunas veces me ha sorprendido la agresividad con que tocaba la sección de viento o de metal confundiéndola con sonidos mecánicos o estruendos procedente de accidentes más que de un efecto musical. Hace frío, mucho frío, llevo puesto un abrigo negro que me protege, que me cubre como si fuera una capa; apenas hay gente en la calle, escasea el tráfico también. Nunca más volveré a cantar, tenía que decirlo y ya lo he dicho. No ha sido ni una decisión fácil ni difícil, sencillamente ha sido una decisión. Sé que mi voz está en uno de sus mejores momentos, que aún me quedan años de rodar por los escenarios del mundo y de cosechar grandes triunfos; todo esto me lo dirían mis amigos y la crítica, pero no me importa, estoy cansado de palabras y necesito quedarme en silencio. En este teatro entré callado y salgo callado, todo lo que tenía que decir lo dije en él, todo lo que tengo que decir lo digo en los escenarios. Se ha halagado mi voz hasta límites insospechados:” Tiene una de las voces más bellas, aterciopeladas, radiantes y ardientes de la escena actual; su voz es viril, carnal y de una sensualidad indómita, el timbre es de irresistibles brillos dorados...”y así sucesivamente. No niego que muchos de los elogios me los he aprendido de memoria, no para complacerme en ellos sino para sorprenderme de ellos. Todo esto siempre me ha parecido excesivo. Reconozco que la voz es el instrumento de comunicación por antonomasia, es el más directo, el que exterioriza unos sentimientos y les da forma, de otro modo permanecerían ocultos. Mi aportación sería la de dar cierta musicalidad a esa forma, pero nada más. Toda profesión, si en verdad se la quiere, exige unos sacrificios, yo quizá haya sacrificado mi vida privada; siempre fui consciente de que una familia requiere una dedicación: si quería tener una esposa e hijos , debería echar raíces en alguna parte, eso de verlos entre avión y avión no me parecía una aportación justa, así que, sin querer, el tiempo ha ido transcurriendo y en mí se ha ido cimentando la idea de ser un ciudadano del mundo, de no parar nunca. Sin embargo, creo que ha llegado la hora de tomarse las cosas con más calma, más reposadamente; si mal no recuerdo mi agenda estaba cubierta hasta dentro de cuatro o cinco años; ya no lo está, mi decisión de no volver a cantar desencadenará una serie de acontecimientos a los cuales debo enfrentarme; no me preocupan, no sé qué voy a hacer ni adónde voy a ir, pero precisamente es eso: el no saber nada, el no estar programado, es lo que me reconforta. Quizá tenga que darle descanso a mi voz, a veces he abusado de ella en exceso, y he olvidado que es un instrumento frágil; tampoco creo que esa sea la causa de la toma de mi decisión. Tal vez el estado ideal del ser humano sea el silencio, provenimos de él y nos dirigimos hacia él, ese intervalo hay que cubrirlo con algo y ese algo es la voz. No soy más que una voz entre millones, una voz que por decisión propia ha decidido callar, que no la han acallado y que ha tenido la libertad de expresarse y de expresar los sentimientos humanos a través de sus personajes. No voy a desvelar mi identidad, no voy a dar mi nombre, a estas horas y vacía la calle ¿a quién le interesaría? Y aunque estuviese llena de gente ya no soy... ya no soy...Es igual, me gustaría identificarme como” la voz que viene del frío” y que está en el frío. El frío lo conserva todo, ¿conservará la voz? A lo mejor. Creo que he pasado más tiempo sobre los escenarios que fuera de ellos, mirando hacia atrás y desde la perspectiva que da el tiempo, toda mi existencia hasta ahora con sus acontecimientos más o menos importantes se concentra en un único espacio: un escenario. En realidad mi vida comenzó aquel día en el que puse el pie en este teatro que está a mis espaldas y  que ahora forma parte del decorado de mi declaración; mi infancia y juventud fueron como un preámbulo, una obertura a todos los eventos que a partir de entonces iban a acontecer. Tengo la sensación de que aquellos dos períodos duraron poco, o quizá mi vida posterior hizo que se achicaran por falta de atención hacia ellos. Fueron tantas las novedades e imprevistos que siguieron que hasta el olvido se justifica por sí solo. Había épocas del año, cuando tenía hueco en mis actuaciones, en las que regresaba a mi país; en un principio creía que era por nostalgia, más tarde me di cuenta de que no lo echaba de menos, excepto a mis familiares y allegados, mis padres eran el vínculo que me unía con mi tierra. Reconozco que gracias a ellos soy quien soy, sus esfuerzos y mi empeño han conseguido que abrazara una profesión que me ha abierto las puertas de la expresión en su espectro más amplio. No obstante, sé que sigo siendo aquél, pero más humanamente enriquecido. Hasta ahora mi auténtico hogar ha sido el escenario, mi familia y los personajes que he cantado; allí me he emocionado, me he alegrado también, he experimentado desde las emociones más sublimes hasta las más viles; por lo tanto debo considerarme un hombre curtido en vidas. Los aplausos, las ovaciones, los bravos, me parece que ya forman parte de un tiempo anterior, de un tiempo lejano, y sin embargo, hace unas horas estaba inmerso en ellos. Me siento muy agradecido por tantas muestras de cariño que he recibido por parte del público, de mi público; sé que en este mundo muchos cantantes de ópera tienen unos fervientes admiradores, que los siguen y miman y que a veces, cuando alguna actuación no cumple las expectativas soñadas, pueden ser juzgados muy duramente; pero creo que éste no ha sido mi caso, si en algún momento no he alcanzado el nivel que se esperaba, siempre me han tratado con benevolencia, a ellos también les debo lo que soy. Cuando sepan lo de mi renuncia van a sentirse decepcionados, ya no me volverán a ver sobre un escenario, mi nombre desaparecerá de los repartos, ya no seré el cantante de ópera que los ha ilusionado y los ha hecho sublimar; me gustaría que mi presencia física, mi nombre no fueran tan necesarios, me gustaría que admitieran ambos conceptos como meros soportes de una voz y nada más, pero el tiempo se encargará de solventar estas ausencias y únicamente quedará mi voz en el recuerdo, deseo que ésta pase a otro plano, a otra presencia. He hecho muchas grabaciones, casi todos los personajes que he representado en escena los he llevado al disco en magníficas producciones; si alguien me quiere recordar, mi voz revivirá en un círculo. De este modo yo no estaré físicamente presente, pero mi esencia, mi voz podría oírse dónde y cuándo se quisiera. Si antes mi público venía a mí, ahora yo iré a él.  Podré vivir en cualquier parte, me acostumbraré a todos los hogares; cada vez que de noche se apague una luz y con ella la realidad cotidiana mi voz conducirá, a quien lo desee, a las profundidades del sentimiento humano , sin miedos, con paso seguro y con la firmeza de no resbalar. Me he quedado inmóvil, el frío me ha paralizado y no estoy paralizado, me ha congelado y no estoy congelado, estoy perfectamente bien, me he convertido en una estatua delante de mi teatro, y en mi ciudad, en la ciudad que ha sido testigo de mis éxitos, en Wien, en Wein, en Veine, en Vienne, en Viens, en Bien. Hace frío, mucho frío, necesitaba esta inmovilidad, hablar desde el sosiego, desde la reflexión, desde el frío, desde la noche. Esta noche ha sido muy especial, nadie sabía que era la noche de mi despedida, canté lo mejor que supe, puedo decir que era todo yo, emití cada nota con plena entrega, poniendo en mi canto la experiencia que a lo largo de mi vida profesional había adquirido; ellos no sabían que era la última vez que me veían en el escenario; nadie lo sabía, ni mis allegados, ni mi representante, para qué lo iba a decir, el revuelo que se va a armar va a ser mayúsculo, pero yo no estaré presente, una vez que me abandone esta parálisis, saldré corriendo, sí, necesito correr, lo presiento. Ya no puedo vivir solamente en los teatros, vengo observando desde hace tiempo que una élite se ha adueñado de mi voz, se creen que la pueden privatizar y hacer uso exclusivo de ella y no es así, nunca he cantado para nadie en particular, siempre he cantado para quien esté dispuesto a abrir las puertas de la sensibilidad y de la comunicación. El negarme a permanecer callado no significa que haya perdido interés en poder transmitir a través de mi voz emociones y sentimientos, todo lo contrario; lo que sí creo es que he pasado a otra etapa; que me haya decidido por el mutismo no quiere decir desánimo, a lo que ahora quiero dar paso no es a mi persona, es a mi voz y sólo a ella, yo ya no cuento. Nadie me vendrá a ver a un teatro de la ópera, pero todo el mundo podrá oírme en su hogar o donde lo desee; mis grabaciones ahí quedan, quiero que cualquiera disfrute de ellas como yo he disfrutado en su participación. La voz profunda, sincera está hecha para la noche, la noche posee un silencio especial, reposado, cualquier canto adquiere nuevos significados, múltiples interpretaciones y concentración absoluta; durante el día éste solamente formaría parte de un fondo al cual no se le prestaría atención, llenaría el hueco de un silencio remoto y siempre se vería relegado a un segundo plano; conversaciones, ruidos de la vida cotidiana se impondrían hasta llegar a anularlo. Cuando comienza cualquier función las luces se apagan y se hace de noche, se alza el telón y sobre la escena aparece un mundo al cual una magia desconocida nos empuja. Al final de la jornada, cuando buscamos un reposo, cuando la luminosidad del día nos ha cegado con sus responsabilidades y hartos de exigencias pulsamos el último interruptor que apaga la luz de nuestro hogar, en ese instante otra magia desconocida nos empuja a soñar. Cuando se alzaba el telón yo le cantaba a la oscuridad de la sala, cuando se apague la última luz de cualquier hogar yo cantaré. No sé por qué, pero creo que me voy a convertir en un cantante de ópera casero, me da la risa, en el fondo no es mala idea. Mi repertorio es muy amplio, si se indaga en una ópera uno se encuentra con trances aplicables a ciertos estados de ánimo que pueden transferirse del personaje al oyente; mi voz está dispuesta a cantarle al triste, al alegre, al soñador, al amante...o a aquél que desespere un cambio. Me ofrezco a hacer vibrar: a que camine el impedido, a que cante el mudo, a que estalle de amor el apocado, a que llore el que se siente seco... a que el triángulo se convierta en rectángulo, a que el círculo se convierta en elipse... ¿ Alguien da más? Y sé que lo lograré. Críticos y expertos en la materia han hablado de mi voz y de mi persona, recuerdo algunos de sus halagos con cariño; alguna que otra mala crítica también he tenido, pero he sabido asimilarla y la he incorporado a mi aprendizaje como consejo constructivo. De todas esas voces que me han ensalzado o vituperado desde periódicos, radio o televisión, hay una que conservo en mi mente, fresca, como el día en el que se pronunció aquella frase que considero uno de los elogios más hermosos que me han dedicado. Fue en una ciudad del mundo, en un teatro de ópera del mundo, a una hora y en una noche del mundo y yo canté para “ il mondo”; la voz surgió de la oscuridad, de la noche que se había apoderado de aquel aforo; no sé si provenía del patio de butacas, de platea, de anfiteatro o de paraíso, pero presiento que venía del paraíso. Aprovechando un silencio, una voz, no sé si era de hombre o de mujer, qué más da, era sencillamente una voz y dijo: (Audición: https://www.youtube.com/watch?v=vTBBLN4pNEg&feature=youtu.be ), Mein tapfrer Taillefer, komm! Trink mir Bescheid!. Du hast mir viel gesungen in Lieb’ und in Leid; doch heut im Hastingsfelde dein Sang und dein Klang, der tönet mir den Ohren mein Leben lang’*. Mi valiente Taillefer, ven,¡ bebe a mi salud! Mucho me has cantado en las alegrías y en las penas, pero la canción que hoy has cantado en el campo de batalla de Hastings sonará en mis oídos durante toda mi vida. No sé si lo he conseguido, pero si cuando he cantado, alguien se ha perdido, se ha abandonado en algún campo de batalla, puedo sentirme el hombre más dichoso de la tierra. Y aquel día, al final de la representación las luces se encendieron; con la mirada recorrí el teatro de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de abajo arriba, de arriba abajo en busca de aquella voz...aquella voz se había perdido en medio de la batalla de aplausos y bravos. No importaba, sonará en mi interior a lo largo de toda mi vida, será mi propio eco. Hace frío, mucho frío, no sé qué hora es, no quiero saber nada, las calles han quedado desiertas, casi no hay coches y yo aquí a solas con mi teatro; no me gustan las despedidas, una última mirada a este edificio; entré en silencio, salgo en silencio, lo digo con todas las ilusiones más que cumplidas, creo que ha llegado el momento de incorporarme al silencio de la noche, no sé dónde iré, no quiero saber nada, lo importante es empezar a correr, en ese mismo instante mi voz callará, se helará... ya estoy corriendo, me callo...  

*” Taillefer” de Richard Strauss.