lunes, 17 de agosto de 2015

HABAKKUK, HABAKK


HABACUC
HABACUC (IL ZUCCONE)
,DONATELLO
 



                                                                                                     
 

LA PIEDAD FLORENTINA
MIGUEL ANGEL,.
NICODEMO

 
                                                                                                                           
 





Debo darme prisa; tengo poco tiempo, entre avión y avión; quiero aprovechar ese intervalo para visitar a Habakkuk; cogeré un taxi, andando no llegaría nunca: “ Taxi, taxi, lléveme al Museo dell’ Opera, por favor”. Hace tiempo que no hablo con Habakkuk, he estado tan ocupado últimamente; mi profesión me ha mantenido tan alejado de estas tierras que lo he tenido un poco abandonado; siempre me ha gustado hablar con él, al menos puedo explayarme a gusto; desahogarme y si se da el caso contarle mis preocupaciones e intimidades; en el mundo de los negocios en el que me desenvuelvo nadie tiene tiempo para nadie; nuestras conversaciones se mantienen a niveles profesionales y burocráticos; tan pronto se adentra uno en ámbitos propios del ser humano, la gente huye o finge oír, y en el fondo hacen oídos sordos a las palabras. ¿Cómo estará Habakkuk? Pues tan calvo como siempre, la verdad es que nunca tuvo pelo y ahora con el paso de los años no creo que esté hecho un melenudo, iría contra natura. Yo tampoco puedo hablar de mí, mi cabellera no es muy abundante y una incipiente calvicie anuncia un futuro de una terrible escasez capilar. Nos consolaremos mutuamente. “Dése prisa, por favor, tengo poco tiempo”. Hay un tráfico muy denso e impide una circulación fluida. Recuerdo perfectamente la primera vez que vine a esta ciudad, hace ya tiempo de eso, estaba recién casado, no sé por qué motivo mi esposa decidió quedarse en el hotel, quizá por cansancio; habían sido unos días agotadores recorriendo museos e iglesias con un calor insoportable y yo, mientras ella descansaba,  volví a uno de aquellos museos que ya habíamos visitado y entré en él, era el Museo dell’Opera donde vive Habbakkuk, ¿por qué volví allí? No lo sé, el caso es que lo recorrí de nuevo y me paré instintivamente delante de él, nos miramos y aquella mirada selló nuestra amistad; fue nuestro primer encuentro, a partir de entonces sigo visitándole, no con la regularidad deseada, qué le voy a hacer. Mi vida, desde siempre ha estado unida a una especie de agitación, de prisas, de no concebirla si no hay un movimiento perpetuo; desde que era muy pequeño hasta hoy en día he estado ligado a una desazón que nunca he llegado a saber si era innata o adquirida por un estilo de vida que me implantaron cuando era niño; el caso es que nunca he estado a gusto conmigo mismo si no me comía el tiempo; y siempre tiene que ser un tiempo futuro, el presente no me vale y el pasado me ha parecido ya inservible. Mi profesión me exige proyectos a largo plazo, soy ejecutivo y pertenezco a una empresa multinacional; nunca estoy quieto, aunque parezca que tengo momentos de reposo porque mi cuerpo se encuentra en estado de relajación: sentado o recostado mi mente bulle y transmite a todo  mi ser, por medio del sistema nervioso, un desasosiego que hace que éste se rebele a través de unos síntomas más propios de una demostración pirotécnica que de un cuerpo humano. Aerofagia, meteorismo, flatulencia, dispepsia, todo esto puedo albergar en mi sistema digestivo por no tomarme la vida más relajadamente. Hoy por hoy esto sería imposible, además tampoco estoy dispuesto a que por cuatro pe-di-tooos, inoportunos e indiscretos, deba abandonar una brillante carrera profesional. “Dése prisa, por favor, a ver si llegamos pronto al Museo dell’Opera; siento instigarle de esta manera, pero tengo poco tiempo”. “Relájese señor, ya queda poco, estamos muy cerca”. Llevo una vida tan cronometrada y de aceleración extrema que no saboreo los instantes más simples que respiro; prometo que cuando esté con Habakukkk estaré sereno; mantendré la compostura como si fuera un niño obediente, de hecho el encontrarme con él me relaja; diría que me hace sentir más humano; me olvido de mi vida profesional que anula la normalidad de mi persona. “Ya hemos llegado, señor”. “Al fin, tome el importe y quédese con el cambio, gracias por su rapidez”. Nunca cojo el tique de entrada, o no me ven, o hacen que no me ven, o se creen que soy uno más de la familia de esculturas que aquí residen, o mi cara les resulta tan conocida que asimilan que pertenezco al edificio, y eso que hace algún tiempo que no vengo por aquí, sea como sea yo entro. ¿Dónde estará Hhhabakukkk? No lo encuentro, juraría que estaba en esta sala con las demás esculturas, ¿lo habrán cambiado? Voy a seguir buscando...Voilà, allí está; lo han dejado solo y tiene una nueva iluminación; es una sala grande para una única escultura; la luz proyectada hacia él hace que resalte en medio de la penumbra; posee una gran fuerza, es impactante. ¿Qué habrá en esta sala contigua? Voy a mirar; desde mi última visita ha habido algunos cambios que alteran la ubicación;  todo será cuestión de indagar. ¡Oh! Si han puesto a Nikkko; lo han dejado solo también, levantando a ese hombre y esas dos mujeres ayudándole; aún no lo han logrado, no han conseguido ponerlo de pie; mira que ya llevan años intentándolo y no hay manera. Estoy convencido de que necesitarán más ayuda. Me gusta como están iluminados, hasta la penumbra que los rodea resulta acogedora... Tengo una idea, si después de hablar con Habakuk me queda tiempo, les echaré una mano... Voy a dejarme de monsergas ya que el tiempo apremia y voy a hablar con él: Hola, Hablakukk, ¿cómo estás? Disculpa por no haberte visitado antes; he estado tan ocupado que no he tenido tiempo de venir por aquí; pensarás que esto no es disculpa y te lo creerás a medias, pero es la verdad. Estos últimos meses mi empresa me ha mantenido alejado de estas tierras y ahí  estriba el motivo de mi pequeña deserción; aprovechando el intervalo que tengo entre avión y avión he venido a verte; sé lo que me vas a decir: que debo dejar de andar por las nubes y fijar los pies en la tierra; es un buen consejo viniendo de un hombre tan terrenal. Echaba de menos nuestras conversaciones, bueno, llamar conversación a lo nuestro es mucho calificar, digamos monólogos porque llamarlo diálogo también me parece una exageración; al fin y al cabo tú sólo me escuchas y yo hablo y hablo y hablo y hablok y hablok y hablok y hhhablok y hhhablokkk y hhhablokkk... y tú no dices nada; también es cierto que hay interlocutores que son parcos en palabras por no decir mudos y el que lleva la conversación es el otro; sea como sea yo hablo y tú escuchas porque hablar los dos al mismo tiempo sería la incomprensión y además éste no es el caso. Tampoco entiendo mucho la razón de venir aquí a desahogarme; voy a serte sincero Haaabakukkk y que no te parezca mal, pero es la verdad, no eres más que una mole de piedra, muy bien esculpida, eso sí, y nada más. Me hubiese sido más sencillo tomarle simpatía a una pared para poder hablar con ella y mira por dónde no ha sido así. ¿No te habrá sentado mal lo que acabo de decir? La verdad es la verdad: tú piedra, yo carne; yo carne, tú piedra; tú piedra, yo carne... Además, creo que debes sentirte orgulloso de que muchas veces venga desde tan lejos a hacerte una visita; pocos visitantes lo harán con tanta asiduidad. El caso, Habbblakuk, es que a veces llego a la conclusión de que pertenezco a un mundo de locos; el tiempo transcurre con tanta aceleración o lo hago transcurrir con tanta aceleración que soy incapaz de asimilar los acontecimientos que me rodean  y lo que es más triste: mi propia vida. Esa aceleración origina un menosprecio hacia el pasado; éste queda relegado a un segundo plano y el mirar hacia atrás exige una dedicación que no vale la pena acometer. Y sin embargo, vengo aquí, me sitúo frente a ti, y creo que eres el freno, el punto de descanso y reflexión a mi vida acelerada. Tú, Hablakukkk, representas el tiempo pasado, la experiencia. Si hablases, cuántas anécdotas podrías contarme, porque no me dirás que no has conocido gente, además, siempre has sido un testigo mudo de  la sociedad de estos últimos siglos; por la forma en que te han mirado estoy seguro de que has sacado tus propias conclusiones sobre el ser humano, ¿hemos cambiado tanto?, ¿hemos mejorado o empeorado? Externamente es posible que hayamos avanzado; me refiero a la indumentaria, costumbres y avances científicos, pero en nuestro interior, nuestra persona, creo que aún nos seguimos moviendo por instintos primarios. Quizá no estés de acuerdo; ver el mundo desde un pedestal confiere a la persona cierto privilegio; contemplar a los demás desde las alturas puede interpretarse como una postura de desprecio; el que yo te mire desde un nivel inferior puede tomarse en un sentido de súplica; me da lo mismo la conclusión a la que se llegue, eso no nos concierne ya que no es nuestro caso, tanto tú como yo a pesar del nivel en el que nos encontramos nos hablamos de tú a tú. Tu expresión me indica que tienes y quieres decirme algo; tómate el tiempo que sea necesario... mejor pensado, no tanto porque hay que reconocer que llevas años para decir algo y aún no te has decidido, y sigues tan lozano y fresco como una lechuga; piensa que yo no dispongo del mismo tiempo y tengo tendencia a marchitarme, la materia de la que estoy hecho es caduca. No obstante, sigo hablando para que te animes. Hay poca gente hoy en el museo, tanto esta sala como las contiguas están prácticamente vacías, mejor así; la ausencia de público facilita la intimidad y ya no digamos esta penumbra. No sé de quién habrá sido la idea; el hecho de ubicaros a ti en una sala solo, en una sola sala, en una salo sola, en una losa sola, en una laso losa y a Nnniko en otra me ha parecido extraordinario. Hablando de frivolidades, Habbaqukkk, ¿puedo decirte algo? Me gusta la ropa que llevas puesta, no sé por qué, pero la encuentro... la encuentro...la encuentro... ¿cómo decir? Contemporánea, eso, contemporánea y  ¿qué me dices de tu corte de pelo? Moderno, muy moderno. Hay que andar con los tiempos, sería la frase idónea en esta situación; pero tú eres atemporal, eres una coincidencia del momento y del tiempo a lo largo de los siglos. Cambiando de tema, el pobre de Nikooo cómo se esfuerza en levantar a ese hombre y no lo consigue, pues no será por falta de tiempo; esas dos mujeres poco pueden ayudarle, además le falta una pierna, seguro que lo habrán herido en la guerra. ¿Sabes? Creo que nos juntamos tres víctimas de nuestras propias circunstancias: Niiikooo víctima de un esfuerzo inútil, tú incapaz de poder hablar y yo implicado en unas prisas que no me conducen a nada. Hablakkkuk, tengo cierta curiosidad desde la primera vez que vine a este museo; pude haberla satisfecho en mis anteriores visitas, pero la pregunta siempre se me iba y ahora me gustaría aclararla: ¿ por qué este museo se llama dell’ Opera? Porque aquí estáis todos mudos y yo no me voy a creer que por la noche os dedicáis a cantar o ¿sí?. Me llevaría una gran sorpresa. Si así fuera me gustaría participar, aunque me sería imposible, mis prisas me lo impiden. ¿ O este edificio fue en su momento un teatro dell’ Opera? No me lo parece, no tiene trazas de eso. De día fijo que no abrís la boca y ¿de noche? Puede que esto sea un misterio, lo dejaré como tal. Es agradable la temperatura que reina en el museo; por norma general las temperaturas que predominan en estos lugares de exhibición y de conservación, ¿por qué no?, siempre son medias, nunca llegan a extremas; os cuidan bien, aunque hay que decir que la pintura es mucho más frágil que la escultura; vosotros sois más duros, estáis hechos para vivir a la intemperie; apuesto que algunos de tus compañeros que aquí moran, quizá y no por gusto, han pasado más tiempo al aire libre, aguantando las inclemencias del tiempo, que bajo un techo protector, pero así es la vida. Hablakuqqq, ¿por qué me miras tan fijamente?, ¿qué me quieres decir? Soy muy torpe y no sé leer en la mirada o tal vez un poco, sacaría conclusiones erróneas; la palabra sería la solución más acertada, no te cohibas y habla, soy todo oídos. Admiro a alguna gente que pulula por los museos; admiro la interpretación que saben hacer de gestos, colores, sombras y que poseen ese toque especial de sensibilidad para con las artes plásticas; aparte de ese don innato a éste también hay que educarlo y para eso hay que tener tiempo, sobre todo esforzarse por tenerlo; yo soy un hombre muy ocupado, un hombre lleno de prisas, que quiere abarcarlo todo y que por avaricia apenas logra nada, pero el mundo, más concretamente mi vida que en él se desenvuelve, está montado de esta manera y me arrastra y me dejo llevar y no pongo impedimentos ¿ debería rebelarme aunque sólo fuera por un momento?... Nnnikkko toda una vida intentando levantar a ese hombre y no lo ha conseguido; da la sensación de haberse quedado congelado en un instante de esfuerzo; representa una generosidad hacia el prójimo paralizada, a punto de lograrlo o de desistir. Es tenaz y me consta que alcanzará su meta con o sin ayuda. Hablacuc, tanto tú como Nico, sois duros, estáis hechos de un material duro, el mármol; yo soy frágil, estoy hecho de carne, un material perecedero, si no se le insufla vida se deteriora y se corrompe; no estoy hecho para perdurar, soy caduco; vosotros estáis destinados para la eternidad, para resistir al tiempo, sencillamente os habéis quedado a punto de... y yo estoy a punto de...pertenecemos a futuros inmediatos, a lo que nos pueda acontecer dentro de cinco, seis, siete... segundos o dentro de un cuarto de hora, pero no más. ¿Cuánto mides? Calculo de uno noventa a dos metros más o menos, y ¿Niccco?  Él mide mucho más, unos dos metros, es corpulento, lo necesita para levantar un cuerpo muerto, yo mido menos ¡qué más da! ¡para qué entrar en detalles! ¿Sabes? Ni mi familia, ni mis amigos, ni mi empresa están enterados de estas visitas; las ignoran, y yo nunca les he hecho ningún comentario, es algo mío, personal, es un lapso en el tiempo, inexistente en una globalidad, ignorado entre los acontecimientos del día a día, de la cotidianidad. Vengo aquí cargado de prisas, pero sea como sea, intento venir. ¿Qué provecho saco de estas visitas? No lo sé; es lamentable el haber hecho esta pregunta, estoy pensando como hombre de empresa; éste siempre ve beneficios en todas partes y si no, abandona el objetivo y enfoca las miras hacia otros intereses; si mis allegados se enterasen me dirían que es una pérdida de tiempo y que no estoy para tales despilfarros; no lo considero así, no creo ni en tal pérdida y no me importa que lo llegasen a saber, creo que es mi secreto, por llamarlo de alguna manera, y aunque fuera un secreto a voces me daría igual, ¿ qué cuestionan la finalidad y la cordura de dichas visitas? Eso sólo me concierne a mí. Quizá venga aquí a encontrar respuestas a unas preguntas que en silencio me hago y que nadie me sabe responder, aunque aquí tampoco soluciono nada porque tú no hablas Hablllaqukkk y con Nikooo ya ni lo intento pues veo que está absorto en su tarea y sería inútil atraer su atención. Me conformo con el simple hecho de verme motivado a cuestionarme y a mantener la esperanza en lo de estar a punto de... “¿Dónde ha quedado mi prisa? Después de llevar un rato hablando me he tranquilizado y aquellas ansias por cumplir con un tiempo prefijado han amainado, como todo está a punto de... ¿Qué espero? ¿qué va a suceder? Si soy realista diría que nada, pero como en estos momentos me encuentro esperanzado diría que cualquier cosa de lo ya previsible: que Hablak hablará, que Miko logrará levantar a ese hombre y que yo me iré o me quedaré. Todo está a punto de suceder, quedan unos instantes nada más, a lo sumo minutos. Se me ocurre algo: ¿y si perdiera el  avión?, ¿y si estuviera a punto de perderlo? Podría pasar que tuviera que alterar toda una agenda de trabajo o sencillamente desdramatizar una situación a la que se le ha concedido demasiado interés y que sólo sería un retraso, una arritmia sin importancia en el latir cotidiano de una vida, pero de mí dependen muchas decisiones y la organización laboral de mucha gente; debo repetirme y convencerme de que no soy necesario, pueden pasar sin mí, me echarían en falta los primeros días, pronto cubrirían mi puesto con otro compañero. Tú ¿qué opinas, Jablakkk? No opinas nada  ¿no crees que sería interesante de que yo un hombre importante, de enorme responsabilidad, cumplidor de las normas laborales a rajatabla, exigente, cometiera un pequeño fallo y estuviera a punto de perder el avión, consciente de lo que eso significa, y transgrediera una rutina, un ritmo de aceleración y que pusiera como disculpa una excusa tan poco lógica como que  “he estado a punto de”? “ No, señores, estoy a punto de... Estoy a punto de... no, señores, seamos más internacionales, ya que somos una empresa multinacional, seamos más universales, hablemos en las lenguas en las que nos desenvolvemos, practiquemos el don de lenguas, repitan conmigo: “ estar a punto de” “être sur le point de” ‘to be about to’ ,drauf und dran sein zu’ “essere sul punto di”, señores, estoy a punto de..., a punto de...a punto de...de...”. Así me expresaría ante el comité general de empresa, pero me quedaría congelado en ese punto, en ese instante, en esa décima de segundo en el que la rabia se paraliza, se frena en la garganta y permite a las palabras que contengan su ira. Jablakkkuppp, ¿no estaré harto de todo esto?¿ No crees que debería dejarme de tantos remilgos y lo que es un futuro inmediato se convirtiera en un presente real y verídico? Decirles que ya está bien de exigencias, de majaderías y que, como un niño cuando se emberrincha, sólo quiere peace, peace, peace, pice, pice, pice, pi:s, pi:s, pi:s, pis, pis, pis. Seguimos erguidos, los tres seguimos erguidos, de pie, manteniendo el tipo y no desfallecemos y  ¿si cantáramos?, ¿qué te parece? No es mala idea, pero el único que terminaría haciéndolo sería yo, tú no estás por la labor y Mikkko  ¡ya ves! A lo suyo. Si supiera que cantándote te ayudaría a hablar, no lo dudes que lo haría, te cantaría en voz baja y, para no llamar la atención, al oído, a pesar de que estás tan alto me las arreglaría para que mi canto fuera como un susurro. Sabes que me encantaría; hace tanto tiempo que de mi boca no salen unas notas armoniosas; mi voz se ha convertido en una especie de máquina de dar órdenes, mis palabras configuran frases en códigos preestablecidos y empleados según las profesiones, la mía tiene los suyos propios. Día tras día, una serie de situaciones desencadena un vocabulario y una frases que sólo permanecen en la superficie, órdenes o decisiones siempre en beneficio de la empresa, claro está, y si en algún momento aparece una grieta por donde aflora un sentimiento rápidamente ésta es cubierta por un pase instantáneo de indiferencia. En casa que es el lugar en donde la confianza desnuda las manías y las anima a sincerarse, yo no tengo tiempo, miento, sí tengo tiempo; pero estoy casi siempre agotado, hablo con mi esposa sobre los acontecimientos diarios de la vida familiar y en el transcurso de la conversación, si me abandona el interés por lo comentado, un derrumbe interior se produce en mí causado por el cansancio, sumergiéndome en una somnolencia con la cual la lástima que por mí siente mi esposa no osa enfrentarse. Es chocante que venga aquí a reconocer que me gustaría cantar, que me gustaría que cantáramos, tal vez porque te veo inmóvil y  “a narices”, perdona por la expresión, me tendrías que escuchar, ¡a todo el mundo le gusta que le escuchen! O  ¿a ti no? Piensa que estás a punto de...a punto de...de...de... Piensa que aquí el único que está dispuesto a escucharte soy yo. Hace tanto tiempo que no canto, creo que desde que mis hijos eran pequeños; entonces aún disponía de tiempo y de ganas, ahora ya no me motivan; indudablemente han crecido y están en esa adolescencia en que la fantasía infantil se ha perdido y esa frágil e incipiente cordura les llevaría a pensar que su padre se ha vuelto un poco majareta. Siempre cantábamos algo antes de que se acostaran; ahora casi ni los veo y cuando por casualidad me topo con ellos en casa me resultan casi seres extraños, aunque instintivamente algo me dice que son mis hijos. Mi tiempo marcha a un paso más acelerado, su tiempo no alcanza al mío, nunca llegan a igualarse; yo no puedo ralentizar y ellos no pueden apurar; está visto que no sincronizamos, los pierdo y me pierden, nos perdemos; yo pierdo, tú pierdes, él pierde, nosotros perdemos, vosotros perdéis y ellos pierden. Siempre hay algo que perder. Hasta yo puedo perder mi avión  ¿por qué no? Ablakkkukkk  ¿por qué no me hablas? ¿Por qué te niegas a hablar? Yo sé que durante tu vida “activa” fuiste profeta y los profetas, no lo negarás, siempre han tenido mucho pico; disculpa por decírtelo tan clara y familiarmente, es verdad, ¿por qué ahora no decides romper con tu vida “pasiva” y volver a la  “activa”? Te lo digo por activa y por pasiva, o como quieras, por pasiva y por activa  ¿por qué carajo no hablas de una vez? ¡Mira que eres tozudo! Pues a eso no hay quien me gane. Ya sabes que recuperar las buenas costumbres, siempre sienta bien ¿o no? Además te pasaste tu buen tiempo profetizando ¿ ya no hay nada más que profetizar? ¿Está todo dicho? ¿El verbo profetizar ha caído en desuso? O ¿hay miedo a que el profe atice? Los pro-fetos o pro-jetas siempre han atizado con la palabra; en cierto modo habéis hecho vuestra revolución muy sutilmente; como quien no quiere la cosa habéis alzado vuestra arma, que ha sido la palabra, para anunciar un futuro más o menos próximo o lejano, pero no inmediato; el futuro inmediato lo tenemos nosotros: Nico, tú y yo. Querido amigo, estamos a punto de... estamos a punto de... a punto de...punto de...de... de...estamos a punto de caramelo. Si tú no hablas, si Nicko no levanta a ese hombre de una vez y si yo no pierdo el avión ahora, no lo lograremos nunca... Para que veas, daré yo el primer paso: ya he decidido perder el avión, me quedaré aquí, mi futuro inmediato se ha convertido en un presente real, ¿a qué esperas?, ¿a qué esperáis?, ¿tienes miedo a perder algo? Más no puedo hacer. Ya no me quedan recursos para hacerte hablar; creo que lo he intentado todo; no se me ocurre nada, o tal vez sí, a lo mejor necesitas unas palabras mágicas que te hagan salir de tu encantamiento y las que me vienen a la memoria son las de siempre, las que sin querer te he estado repitiendo durante este encuentro: “ Hablakuk hablak”  “Hablakuk hablak” “Hablakuk hablak”  “Hablakuk hablak” “Hablakuk hablak”  “ Hablakuk hablak”  “Hablakuk hablak” “ Hablakuk hablak” “ Hablakuk hablak”  “Hablakuk hablak”  “Habla, habla de una vez o te maldeciré para siempre”.

jueves, 18 de junio de 2015

EXALTACIÓN






BR007- E. Lacombe

     Aquella situación le parecía imposible, inverosímil. Por más que trataba de buscar un hueco en su cabeza para aceptar el accidente y sus consecuencias, más bien sus consecuencias, no hallaba ni el más mínimo espacio. Sus opiniones sobre la muerte siempre habían sido bastante tajantes, la asumía como parte del destino del ser humano; sin embargo, los preámbulos tales como alargamientos de la agonía, sufrimientos... se le escapaban de las manos y de la lógica también. Intentaba razonarlos, analizarlos, darles la vuelta, enfocarlos desde cierta distancia o, a veces, aproximarse a ellos buscando siempre el poder encontrar una aceptación coherente, pero nada, cuanto más intentaba profundizar, menos claro lo tenía. Aquel accidente de su esposo la había dejado en un caos total; sus pensamientos no fluían con la claridad que era de esperar, no concebía cómo aquel amor que se habían profesado durante toda su vida pudiera terminar de una forma tan catastrófica y desoladora. Llevaba más de un mes en coma y no tenía ni trazas de recuperarse, al menos recuperar un poco la consciencia; poder despedirse de él y él de ella, fundirse en un último beso, lo veía difícil; los médicos le habían dado muy pocas esperanzas por no decir ningunas, éstas se mantenían desde un punto verbal, semántico, pero no real. Lo había amado tanto y lo seguía amando; como mujer adulta empleaba el verbo amar en toda plenitud, sin haber perdido un ápice de la fogosidad de su juventud, no había disminuido la intensidad de los años jóvenes, en su madurez aún seguía amando a aquel hombre con el equilibrio que da un amor entregado y años de convivencia. Durante aquellos días de hospitalización había aprendido que la ciencia había puesto todos los medios a su alcance para reanimarlo, a medida que el tiempo transcurría y se cerraban las puertas de la recuperación, se abrían otras que conducían hacia un trágico final. Había sido una gran luchadora durante su vida, había tenido que remontar muchas dificultades, el enfrentarse a la muerte de su ser amado no la acobardaba, más bien la envalentonaba, la aceptaría, pero con despedida. Quería abrazarlo, besarlo, acariciarlo, mimarlo, hacerle carantoñas, y que él fuera consciente de ello; no estaba dispuesta a hacer todo aquello a una momia; era la única condición que le ponía a la muerte, a la vida o a quien fuera. Sentada en la silla de la habitación contemplaba a aquel cuerpo inerte, rodeado de aparatos y tubos que mantenían unas constantes vitales, pero nada más; más de una vez le entraron ganas de levantarse y darle unas bofetadas con la energía que aún le proporcionaba la pasión amorosa para que despertase y volviese a la realidad; el cariño la refrenaba, sabía que si él fuera consciente de la situación, trataría por todos los medios de salir de ella, estaba abandonado a su destino. Durante el día ella subía la persiana de la ventana para que entrase la luz, deseaba que el calor del sol calentara la estancia y transmitiera su energía a aquel cuerpo; por la noche apenas la bajaba, lo necesario para conservar cierta intimidad; también creía que la oscuridad podía colaborar con su vigor a recuperar a su amado. Su mundo, que siempre había gozado de una gran amplitud, ahora se veía reducido a cuatro paredes y más que a cuatro paredes a unos artilugios que, de noche, marcaban niveles, constantes, números, sonidos débiles, eso sí, todos con una gran profusión de colores. Después de hablar con los médicos con bastante frecuencia y harta de no hallar en sus palabras un mínimo de esperanza, se preguntaba si el amor que se habían profesado y que se profesaban no habría dejado energía suficiente para reanimar un cuerpo, su cuerpo. A veces su desesperación era tan fuerte que aquella palabra  “energía” taladraba su mente y creía poderla encontrar en cualquier parte, sobre todo en la naturaleza: el día, la noche, el fuego, el viento... clamaría al cielo si hiciese falta con tal de devolver por unos instantes, el tiempo que se pueda gastar en una despedida, un suspiro de consciencia. Todo el tiempo le era poco para estar con él; iba a casa disparada y regresaba disparada, allí se aseaba, comía muy poco y el ansia de volver al hospital la alimentaba, porque su alimento era estar en su compañía; en aquella silla dormitaba, descansaba por decirlo de alguna manera, ya que su sistema nervioso la ponía eléctrica, en el duermevela su cuerpo de vez en cuando se agitaba y producía unas descargas, unas ligeras convulsiones que la despertaban, se volvía a quedar adormitada con una sonrisa en el rostro, como si pensara que ella era la productora de su propia energía, una autosuficiencia  que impedía una relajación profunda. Le gustaba asearlo; cuando venían las auxiliares a hacer esta tarea, procuraba inmiscuirse en ella, la dejaban terminar por completo, el amor que ponía en el aseo del rostro era como si marcara cada una de sus facciones una vez más: con una esponja húmeda repasaba la frente, las cejas, los ojos, la nariz y la boca concluyendo en el mentón, todo un rito iniciático, un conjuro para que aquel hombre despertara de su hechizo. Los médicos, las enfermeras o cualquier persona que se allegara a aquella habitación sabían que había algo de mágico, algo que se apartaba de los cánones tradicionales de la medicina; en aquel espacio reinaba el silencio, los sonidos emitidos por las máquinas o los externos causados por las idas y venidas del personal sanitario no parecían interrumpir la marcha en aquel nido de cariño. Ella siempre tenía un libro cerca, lo abría y se lo ponía a leer, hacía unas paradas y apartaba la vista dirigiéndola hacia él; aunque no leyera en voz alta, todo lo que su mente recibía a través de la lectura, en cierto modo telepáticamente, deseaba transmitírselo, deseaba compartir con él la magia de aquellas palabras; a veces se quedaba dormida y el libro se caía al suelo, la caída la despertaba borrando inmediatamente el efecto narcótico de la aventura y haciéndola volver a la realidad cruda y dolorosa. Para suavizar el choque recordaba los buenos momentos de su historia de amor; a veces echaba en falta no haber tenido hijos, pero en el fondo tampoco lo lamentaba, sabía que al tenerlos habría tenido que diversificar el cariño; el tenerlo sólo a él, hacía que todos los cuidados y atenciones fuesen dirigidos hacia su hombre amado. Cuando no estaban juntos se sentía perdida, como fuera del mundo, al no verlo físicamente se lo imaginaba y aquella idea abstracta le era suficiente para saber que no estaba sola. Iba a echarlo mucho de menos, prefería no pensar en su futuro, la tragedia se había cebado con ellos, aquel accidente de coche sería la causa de su eterna separación; se entregaría a la tragedia y a su destino, pero siempre y cuando hubiese una digna despedida. En realidad desconocía el origen de aquel emperramiento, de aquella obstinación por despedirse, en parte era una especie de exigencia al destino, era como ceder ante él y al mismo tiempo reclamarle un tributo por aquella cesión. Había ciertas horas en que sabía que nadie iba a entrar en la habitación, entonces las aprovechaba para acercarse a la cama y cogerle las manos, se las acariciaba, ¿con qué intención?  ¿para tranquilizarlo? ¿para despertarlo? Lo desconocía, desconocía todo, de lo que sí estaba segura era de la distancia de la silla a la cama, le parecía remota; estando junto a él el universo quedaba reducido a ellos dos. Lo besaba a escondidas temiendo ser descubierta y a cualquier reproche ella saltaría y se enfrentaría a quien fuera, su cariño era inmune ante la objeción; pasaba la mano por su pelo para asentarlo, aunque la situación que él presentaba no daba para despeinarse; aquellos toques la tranquilizaban, era como el toque de aprobación al aseo de un hijo por parte de una madre sin cuyo parabién ni uno ni otro se quedan tranquilos. Volvía a sentarse resignada, pero esta resignación duraba poco y al cabo de unos momentos un estado de exaltación se adueñaba de ella; despotricaba contra aquellos aparatos en voz baja, les lanzaba miradas asesinas que, si surtieran efecto, destruirían todo aquel tinglado. La rabia tenía su límite y quedaba desahogada durante un buen rato, y volvía una vez más, y rabiaba, rabiaba, rabiaba, rabiaba, rabiaba, rabeaba, rabeaba, rabeaba, rabeaba, rabeaba igual que un perro rabea el rabo de un lado a otro... babeaba, babeaba, babeaba, babeaba, babeaba igual que un perro babea asado de calor. Agotada se quedaba en la silla, adormitada por el exceso de esfuerzo y el desgaste de energía. Tan pronto como despertaba y volvía a cierto estado de lucidez analizaba aquella rabia pasada, creyéndola amainada por los efectos narcóticos del sueño; la sentía todavía más latente, aunque eso sí, suavizada por agotamiento físico. Algo tenía que cambiar. Alguien tenía que cambiar. Algo y alguien tenían que cambiar. La habitación se le venía encima y salió disparada del hospital; el aire fresco de la calle chocó contra su frente, contra su rabia, contra posibles ideas malsanas; el mundo seguía caminando, seguía otro ritmo; respiró profundamente esperando que aquella situación aportara la normalidad que existía en el exterior; se fijó en los pacientes que entraban y salían, o tal vez eran familiares como ella que proporcionaban compañía al desconsuelo; se sintió identificada con ellos y por unos instantes compartió en secreto las mismas penurias; se tranquilizó al pensar que no era el único ser en el mundo que estaba en aquellas circunstancias; finalizado su autoengaño, volvió a la habitación disparada por temor a que algo pasara y ella no estuviese presente; subió las escaleras en volandas como si fuese llevada por una realidad y no por un temor infundado; una obsesión que la obligaba a estar clavada al lado del lecho de su amado. Se sentó y comprobó que todo seguía igual; de nuevo la desesperación, tampoco hubiese esperado encontrarlo despierto ni muerto, ni ella misma sabía lo qué hubiese esperado: attendre, attendre, attendre, attendre, attendre, attadre, attadre, attadre, attada, attada, attada, atada, atada, atada a la indecisión. Con las piernas juntas, las manos en el regazo y la cabeza inclinada prometió portase bien, ser una niña buena, convertirse en una adulta coherente y razonable; al quererlo asumir, su interior voló por los aires; la coherencia y la razón quedaron hechas añicos; aquella imagen, digna representación de la obediencia, se desconfiguró; hubo una relajación en la contención y las extremidades perdieron compostura, elevó el rostro y sus ojos se volvieron a clavar en él. El mirarle era como absorber su compañía y adueñarse de ella para toda la eternidad; le hubiese gustado que aquella situación hubiese tenido lugar en un entorno más natural, sin tantos cables y aparatos, más romántico, eso, “plus romantique”, pero era lo que había; el estar entre aquellos artilugios daba a la escena un toque futurista, cosa que a ella no le hacía gracia, hubiese preferido estar metida más entre carne que entre metal. Además la palabra futuro carecía de perspectiva, en su situación para ella sólo contaba el instante, aquellos mismos instantes que compartían juntos, más allá del presente no se divisaba nada, tal vez una incógnita. Trataba de almacenarlos en su mente en su estado más puro para más tarde poder echar mano de ellos y alimentarse. Se le ocurrió pensar en el tratamiento que le estaban dando a su ser querido, ya había pensado en él muchas veces; había confiado en la experiencia de los médicos, pero al no encontrar resultados positivos había empezado a cuestionar su eficacia; le hubiese gustado poder criticarlo, la rabia la hubiese llevado a ello, sin embargo, su reconocimiento a ser lega en la materia la retenía dando origen a una búsqueda de remedios alejados de la medicina. El contemplar aquellos cables y aparatos la conducía a algo familiar, usual, buscaba alguna referencia en la proximidad de la memoria y no encontraba nada, aunque tenía el presentimiento de que pronto iba a hallar algo. ¿La ayudaría el recuerdo? Indudablemente si hurgara en él podía toparse con las experiencias más hermosas de su vida, estaba segura de que en alguno de aquellos momentos sublimes que había pasado con él estaba la clave para llevar a cabo su finalidad obsesiva: el recobro de su consciencia. La despedida. Pronunció en voz alta el adjetivo  “sublime”, absorbió la primera sílaba  “sub” exhaló lo que quedaba  “lime”, creyó ver una alteración en el parpadeo de las luces de aquellos artilugios; analizó esa sensación desde un punto de vista real, no alucinatorio y sospechó y sospechó y sospechó y SOS-pechó y SOS-pechó y SOS-pechó y SOS-pecho y SOS-pecho y SOS-pecho,¿ Habría algún barco a punto de naufragar? ¡Qué cosas se le ocurrían!...Ha! Das Schiff! Von Norden seh’  ich’s nahen  (¡ Ah! ¡El barco! ¡Lo veo acercarse desde el norte!) y aquellas palabras ¿ de dónde procedían? Le eran familiares, contenían música, pertenecían a una experiencia vivida; su mente empezó a dar vueltas, ella las había pronunciado, ellos las habían pronunciado, el mundo las había pronunciado y cayó en la cuenta; se quedó callada temiendo que alguien descubriera su contenido; recordó a la perfección dónde y cuándo las había cantado, sí, sí, las había cantado, las habían cantado, ella a él, él a ella; lo miró postrado en el lecho, herido y de pronto pensó en una locura, locura como una acción extraordinaria, acción llevada a cabo con pleno juicio, acción que rompe con la normativa establecida, acción que quebranta un comportamiento para ennoblecer una conducta. Había tomado una decisión: se levantó y se acercó a su amado para compartirla, pasó la mano sobre su rostro con la intención de transmitir mediante el tacto su locura; sus facciones no se inmutaron, ella advirtió que él se anticipaba a su voluntad. Le hizo gracia al pensar que tras aquella locura adulta yacía un capricho infantil. Le colocó las sábanas, aunque ya estaban colocadas; asentó su cabello, aunque ya estaba asentado, indirectamente lo iba preparando para el gran acontecimiento; esperaría hasta la noche, cuando todo estuviese en silencio; pernoctaría allí, en aquella habitación, pero antes iría a su casa a buscar el arma del crimen; se sintió protagonista de una película de misterio y como tal salió disparada del hospital con el sigilo que el momento requería; en su casa fue directamente a coger el arma con la que consumaría su fechoría; la miró fijamente y le pareció ridículo el calificar aquel artilugio de arma asesina, si bien en el fondo le daba un toque romántico a aquella su locura pasional, era un pequeño aparato de música llamado técnicamente MP3LOG3.257/41= LOG3.257- LOG41; en él tenían grabados fragmentos de música que adoraban, compartían los auriculares, o bien él cogía el derecho y ella el izquierdo o viceversa, daba igual, el caso era que en los momentos álgidos ambos se derretían. Lo guardó en el bolso y abandonó su hogar, disparada hacía el hospital; cuando llegó la enfermera ya había pasado la revisión, en el ambiente reinaba la paz y el sosiego; se sentó, se había fatigado, reconocía que aquella situación había acelerado su ritmo de vida, pero todo lo hacía por estar a su lado, por estar cinco minutos más a su lado, o cuatro, o tres, o dos, o uno, daba lo  mismo cómo se cuantificara el tiempo, pero siempre a su lado. Tan pronto como se tranquilizó, pensó en su plan, primeramente cerraría la puerta que siempre estaba entreabierta¡¡¡ plafff!!! Ya estaba. Los dos se habían quedado aislados del mundo, viviendo el uno para el otro; miró para aquellos aparatos y cables que en cierto modo mantenían a su ser amado conectado a la vida y pensó que un aparato y un cable más poco iban a importar, al menos éstos lo conectarían al amor, a su amor. Se acercó a él con paso ceremonial portando en sus manos el arma oferente, se inclinó sobre él y le susurró al oído varias veces: “Das Schiff, das Schiff, das Schiff, von Norden”, colocó aquel pequeño aparato de música sobre el corazón de su amado, un auricular en un oído de él y otro en el de ella, presionó un botón y un mundo sonoro se abrió para ellos. Cogió su mano como siempre lo había hecho, ahora más que nunca, jamás se había sentido tan próxima a él; le miró fijamente a los ojos, aunque éstos estaban cerrados, tenía la seguridad de que en cualquier momento los abriría; con su despedida desafiarían a la ciencia y a la adversidad. La música transcurría en completa exaltación, las palabras se sucedían encadenándose: “Sagt’ ich’s nicht, dass sie noch lebt, noch Leben mir webt? Die mir Isolde einzig enthält, wie wär Isolde mir aus der Welt?” ¿No lo decía yo que ella vivía todavía y sigue tejiendo vida para mí? Puesto que Isolda es la única que para mí contiene el mundo, ¿cómo iba a estar para mí Isolda fuera del mundo? Al llegar a este punto chocaron dos mundos, uno real, el exterior, otro caótico, el interior; los baremos con sus cifras se dispararon, aquellos aparatos habían entrado en un estado de locura incontrolada, cuando se oyó : “ Hahei! Der freude! Hell am Tage zu mir Isolde! Isolde zu mir! Siehst du sie selbst?” ¡Hahai! ¡De la alegría! ¡ En pleno día viene Isolda hacia mí! ¡Isolda hacia mí viene! ¿ La ves a ella?; sonó un disparo, los dos se dispararon , con aquel “ bang” se creó el mundo, él abrió los ojos y la contempló, ella hizo lo mismo, ambos se fundieron en un beso eterno, aquella unión duró lo que la música y las palabras tardaron en consumarse, como tiempo unos instantes, como historia una eternidad: O diese Sonne! Ha, dieser Tag! Ha, dieser Wonne sonnigster Tag! Jagendes Blut, jauchzender Mut! Lust ohne Massen, freudiges Rasen! Auf des Lagers Bann wie sie ertragen! Wohlauf und daran, wo die Herzen schlagen! Tristan der Held, in jubelnder Kraft, hat sich vom Tod emporgerafft! ¡Oh, este sol! ¡Ah, este día! ¡Ah, día radiante de esta delicia! ¡Sangre impetuosa, ánimo jubiloso! ¡Placer sin medida, delirio de alegría! ¿Cómo soportaros, estando atado a este lecho? ¡Arriba, vamos adonde laten los corazones! ¡Tristán, el héroe, con fuerza jubilosa se ha arrancado de las garras de la muerte!...Die mir die Wunde auf ewig schliesse- sie naht wie ein Held, sie naht mir zum Heil! Wegeh’ die Welt meiner jauchzenden Eil’! La que me cerrará para siempre la herida...¡se acerca como un héroe, se acerca para sanarme! ¡Que el mundo desaparezca ante mi jubilosa prisa! En su despedida se oyeron unas palabras en la lejanía: Tristan! Geliebter! Tristan! Ha!...Isolde!, ¡ Tristán! ¡Amado mío! ¡Tistán! ¡Tristán! ¡Ah!...¡Isolda!
https://www.youtube.com/watch?v=o1Km85zftPI
 

martes, 14 de abril de 2015

L'HOMBRE GIACOMETTI




Hombres que andan. A. Giacometti
    El hombre= l'hombre= l'ombre= la sombra (fr.)


El viento silbaba, venía por todas partes y se iba por todas partes, tenía un solo obstáculo: el edificio de estilo herreriano que se alzaba majestuoso frente a una enorme explanada. Lo golpeaba, lo azotaba, pero éste, impertérrito, mantenía un señorío de siglos, curtido ya en desequilibrios atmosféricos. Por el cielo huían las nubes, a intervalos ocultaban el sol, pero cuando se le permitía salir lo iluminaba todo de una luz blanca y con ganas de calentar. Todo estaba limpio, la agitación del viento había barrido cualquier impureza de la atmósfera; en la fachada de aquel edificio sobresalían sus diversos volúmenes, marcados por una limpieza de líneas y sobre la explanada nada se movía. Se podía decir que todo estaba dispuesto para sacar la foto ideal o pintar el cuadro ideal; ni rastro de ser humano que perturbara el estatismo de aquel entorno. El viento silbaba y si se aguzaba el oído, hasta se oía cantar. Era increíble que una simple inclemencia del tiempo ahuyentara a unos posibles paseantes; los árboles que rodeaban el entorno se retorcían de cólicos y su pelambrera se agitaba como la de una coqueta jovenzuela. Un desierto se hacía invisible y un vacío camuflado se dejaba sentir en el ambiente. El ser humano había desaparecido de la faz de la tierra; una peste imaginaria había devastado lo vivo, sólo quedaban los vestigios de un pasado simbolizado en piedra. El viento silbaba y remarcaba más la ausencia de un ser vivo. La explanada se ofrecía a quien quisiera pisarla, a que alguien quisiera jugar en ella, pasear por ella, llenarla con su presencia. El contemplador tenía ante sí un enorme rectángulo de piedra, igual que el edificio de estilo herreriano que le servía de fondo, para ser atravesado y que el trayecto del desconocido dejase una huella imborrable hacia un destino lejano. Sería recto, firme, sabiendo fijamente adonde dirigirse, como si alguien lo aguardara. Todo el mundo se ha recogido en sus casas, no se atreven a salir ¿por qué? El viento, por muy fuerte que sople, no molesta a nadie, empuja a caminar y si uno le pone imaginación hasta puede ayudar a emprender vuelo. Hay serenidad en el paisaje a pesar de la agitación invisible de las corrientes de aire… Por la izquierda, a lo lejos, se acerca alguien; es difícil discernir de quién se trata; hay que darle tiempo a que se aproxime: un hombre o una mujer, tal vez unos niños van a atravesar la explanada; se va a romper la sensación de abandono, de olvido, que desprendía todo el entorno.¿ Por qué no se han quedado en su hogar? Tiene que haber algún motivo, algo que los obligue a salir de casa, a caminar y caminar y caminar y caminar. A peregrinar. A peregrinar por el mundo constantemente, sin parar, sin hacer un alto en el camino. Les voilà, un homme et un enfant, un enfant et un homme, un hombre y un niño. El hombre tiene cuarenta y ocho años y el niño ocho años, podía ser que el niño tuviera cuarenta y ocho años y el hombre ocho años ¿ por qué no? El hombre protege al niño, le da la mano, se dan la mano,  la otra mano queda libre ¿a quién asirá? Su paso es firme, siempre al mismo ritmo, aunque el viento los empuja, ellos ejercen resistencia, se oponen a ser vencidos. El niño mira al hombre con la confianza que brota de la inocencia, el hombre mira al niño con la seguridad que brota de la experiencia. Se sienten seguros al convertirse en protector y protegido. Han entrado en el rectángulo de la explanada, extienden su mirada para captar una realidad espacial, globalizar en un instante su existencia en ese lugar para perder inmediatamente su perpetuidad, ya que son sabedores de no pertenecer a ningún espacio concreto. Son una marcha incesante cuya finalidad está implícita en el mismo movimiento, unos peregrinos que caminan por el mundo reivindicando la condición humana. Visten con normalidad, como cualquier otro día; no llevan ropas especiales para protegerse de las inclemencias del tiempo; a ellos no les afectan estas alteraciones. Cuando el viento se da cuenta deja de silbar y canta, su canto es casi imperceptible, pero canta. A veces el hombre pasa su mano por encima del hombro del niño para protegerle, para atraerlo hacía sí, para que no se aleje. Él, como hombre adulto afianza su peso sobre el terreno, su firmeza tiende hacia la tierra, hacia la piedra. Sus pasos, aunque son cortos, son de peso, demoledores. El niño expresa su alegría con una sonrisa, sabe que siempre habrá una mano que ahuyente el acecho del peligro. El viento, a pesar de su ímpetu, al acercarse a ellos se suaviza, les canta, pero para entenderlo hay que prestar atención y tiempo, y carecen de ambas cosas. Se hallan en el medio y medio de la explanada, el edificio de estilo herreriano parece un mastodonte; miran al cielo y el correr de las nubes al pasar sobre su cubierta engaña a los caminantes con un inmediato desplome, pero no se asustan, saben que nada de eso ocurrirá. Apenas se detienen, deben proseguir su marcha, como si alguien los aguardara y no quisieran hacerle esperar. Et voilà, un vieillard, un anciano se apoya contra el edificio, se protege del viento, éste lo resguarda de su furia; su complexión es de una gran fragilidad, es un hombre de ochenta y cuatro años, quebradizo, una simple corriente de aire lo derribaría y lo haría añicos, aguarda pacientemente, tal vez esté acostumbrado a la conmiseración ajena, a que alguien le brinde una mano. El niño y el hombre se percatan de su presencia y se aproximan a él; el niño se suelta del hombre, el hombre se suelta del niño, se separan unos cuantos pasos; con el anciano forman tres puntos que unidos entre sí derivan en triángulo. El niño mira al anciano, el hombre mira al anciano, el anciano mira a ambos, los tres se miran, la explanada los mira, el edificio de estilo herreriano los mira, los árboles que rodean aquel conjunto monumental los miran, las nubes precipitadas en su marcha los miran, el sol que logra asomarse los mira también y los obsequia con su luz que proyecta contra sus cuerpos. De aquellos cuerpos iluminados se desprenden tres sombras alargadas, muy alargadas, indefinidas. Hay un silencio. Los tres hombres permanecen inmóviles. El hombre permanece inmóvil. El universo permanece inmóvil. El tiempo permanece inmóvil. Nada se mueve, excepto el viento que ya no silba, canta. En el centro de aquel triángulo hay un punto donde confluyen las miradas, los tres hombres se observan, se contemplan y se dan cuenta de que cada uno contiene algo de los otros. Se ha creado una figura geométrica: un triángulo equilátero cuyos vértices están designados por números y no por letras, 8, 48, 84. A su vez este triángulo está insertado en un rectángulo, el rectángulo de la explanada. En aquel silencio se fragua una pregunta, en aquel silencio se fragua un deterioro; el anciano rasga el mutismo de los tres: tengo miedo a que el aire me empuje y me tire ¿podríais ayudarme, por favor? No hubo respuesta, las palabras carecían de significado, la acción sería la encargada de responder a la súplica. Las tres miradas se habían convertido en una sola, aquel hombre lograba contemplar su vida unificando el tiempo, su tiempo. El hombre sabía que había que partir, proseguir el camino, se acercó al niño y lo cogió de la mano, le dejaba cierta movilidad, era consciente de la agitación de sus años. Al anciano le dio la mano libre y lo atrajo hacia sí, entrelazaron sus brazos y la protección reanimó el deterioro. Se pusieron en marcha, los tres juntos, el triángulo abandonó el rectángulo, el sol volvió a iluminar a aquellos cuerpos y de ellos se desprendió una larga sombra, la sombra de un hombre caminando, la larga sombra de un hombre en su largo caminar. El hombre desapareció en su camino. La explanada quedó en soledad y el viento cantó:
        

         Oft denk´ ich, sie sind nur ausgegangen!
                               
    Bald werden sie wieder nach Hause gelangen!

         Der Tag ist schön! O sei nicht bang!

         Sie machen nur einen weiten Gang.

        

         Jawohl, sie sind nur ausgegangen

         Und werden jetzt nach Hause gelangen.

         O sei nicht bang, der Tag ist schön!

         Sie machen nur den Gang zu jenen Höhn!

        

         Sie sind uns nur vorausgegangen

         Und werden nicht wieder nach Haus verlangen!

         Wir holen sie ein auf jenen Höhn im Sonnenschein!

         Der Tag ist schön auf jenen Höhn!


                                                                         Oft denk´ ich, sie sind nur ausgegangen

                                                                                    Kindertotenlieder- G. Mahler


        

         ¡ A menudo creo que sólo han salido!

         ¡pronto volverán de nuevo a casa!

         ¡ el día es hermoso! ¡ oh, no te inquietes!

         solamente están dando un largo paseo.


         Claro, sólo han salido

         Y ahora volverán a casa

         oh, no te inquietes, ¡el día es hermoso!

         ¡ solamente se han ido a pasear hasta aquellas colinas!


         Sólo nos han precedido

         ¡ y ya no querrán regresar a casa!

         ¡ iremos a su encuentro en aquellas colinas, a pleno sol!

         ¡ el día es hermoso en aquellas colinas!


                                                                                         “A menudo creo que sólo han salido”

                                                                                           Canciones a la muerte de los niños

                                                                                                                                   G. Mahler



                  

        


          

lunes, 9 de febrero de 2015

GRIS-ELDA


La espera. KFK
        Gris. Adj. Dícese del color que resulta de la mezcla de blanco y negro o azul. Blanco. Adj. De color de nieve o leche. Es el color de la luz solar, no descompuesta en los varios colores del espectro. Negro. Adj. De color totalmente oscuro, como el carbón, y en realidad falto de todo color. Griselda. S. Nombre propio. Dícese de la mujer que resulta de la mezcla de blanco y negro. Griselda habitaba en un mundo carente de una pluralidad de colores; en él sólo tenían cabida el blanco y el negro o el negro y el blanco, el orden de preferencia no importaba, ella era una mezcla exacta de los dos, en igualdad de proporciones. La blancura de su piel era la fiel representante de la nieve o de la leche o de la luz solar, por qué no, en contraposición a aquella túnica negra, amplia, que cubría su cuerpo, salvaguardando las formas de una figura aún casi perfecta de una mujer adulta, entrando en una edad en la que la belleza se diluye en la dignidad que aportan el tiempo y la serenidad de espíritu. Griselda tenía años como para tener nietos, poseía la experiencia suficiente para transmitir los avatares del alma humana en todas sus fases para abrir el camino a seres inocentes ante los misterios de la vida. Aquella túnica confería a Griselda cierta atemporalidad; a veces y según la imaginación del que la mirase podía situarla en la Edad Media o incluso en la mismísima modernidad; no tenía unas hechuras muy definidas para vincularla a una época concreta; daba la sensación de que el paño había salido del telar sin haber sufrido muchos cambios en su confección. Sin embargo, aquel negro y el porte que ella le concedía le daban un aire de secretismo que nadie se hubiera atrevido a mancillar. Y sobre aquel hábito que solamente alternaba con otros iguales por razones higiénicas que fácilmente podían vincularla a una orden religiosa, llevaba un largo y hermoso collar de perlas. ¿ El origen de aquellas perlas? Nadie lo sabía, formaban parte del misterio de su individualidad, cada una de ellas representaba momentos felices o desventurados  de su existencia. Todas eran desiguales, mostraban alteraciones de forma y color, tanto las había redondeadas como ligeramente ahuevadas, tanto las había grises como marengas; las madreperlas en el fondo del mar también manifestaban irregularidades ante la perfección; los seres humanos en el fondo de su alma  también manifestaban irregularidades ante el equilibrio. Cuando caminaba, en aquellas perlas había cierta movilidad de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, como tratando de enroscarse en sus pechos, pero aquellos eran unos escarceos inocentes, carentes de toda voluptuosidad. Aparte de aquel hábito y collar que le otorgaban una personalidad única, había otra característica que junto con las anteriores la marcaban con el distintivo de la exclusividad: sus zapatos. Eran unos zapatos de tacón alto, de charol negro y de corte salón. Había algo de intangible, de inexplicable en esos detalles. Cualquier observador nato hubiese afirmado que aquellos zapatos tenían algo de mágico en el sentido de que la aislaban y la protegían contra inclemencias ajenas. El tacón subía o bajaba inconscientemente a razón de los peligros que pudieran acecharla; la elevaban cuando la tierra se mostraba áspera y quebradiza y la descendían para confirmarle que ella era tierra también; el brillo del charol rechazaba automáticamente cualquier aversión hacia su persona y el negro ocultaba la fragilidad que reposaba en sus pies; el corte salón daba a éstos un toque de elegancia y donaire al caminar. Había que reconocer que la indumentaria de Griselda era atípica, única: su nombre, su ropa y su persona podían formar parte de una galería de personajes exclusivos, propios y fieles representantes del mundo que les había tocado vivir, fruto de una sociedad adversa a la verdad e hipócrita consigo misma. Y de su rostro, ¿ qué había que decir? Había arrugas en la piel, había surcos en la tierra, eso era todo. El contorno de los ojos y de la boca se había desdibujado, por eso usaba algo de maquillaje para perfilar y realzar sus facciones. Una raya negra a lo largo del bordillo del párpado resaltaba una mirada fija, penetrante, y otra rojo suave delimitaba el color del labio del resto de la piel. Su pelo teñido de negro azabache ocultaba la blancura de una cabellera que había evolucionado desde su color natural: negro, pasando por el grisáceo de las canas hasta convertirse en blanco y éste a su vez volver a retomar un falso color primigenio. Así era Griselda, el punto intermedio donde convergían el negro y el blanco, el blanco y el negro, el negro y el blanco, el blanco y el negro, los negros y los blancos, los blancos y los negros, los negros y los blancos, los blancos y los negros. Griselda vivía en la pequeña ciudad de Entrecinsa, donde todos los habitantes se conocían o eso creían; por supuesto, la tonalidad que envolvía a su gente era gris. Por el enclave de la villa, el otoño y el invierno formaban parte de una sola estación, los cielos siempre eran grises y cuando llegaba el frío, éste acarreaba unas nieblas densas que impregnaban a cuerpos y almas de una tristura que inducía al monocolor: gristura. Las fachadas de los edificios se veían asediadas y cedían su tintura, aunque fuese de vivos colores, ante la monocromía. La primavera y el verano formaban la otra estación; en la época estival, cuando el sol derretía su luz  y calor sobre la tierra, la lejanía siempre conservaba una niebla grisácea que impedía contemplarla con toda nitidez. Sin querer y muy disimuladamente, aquel color se había ido adueñando de personas , edificios y enseres y nadie se había dado cuenta, excepto Griselda. Griselda lo sentía, lo vivía, era como un reconstituyente que en vez de tomarlo por prescripción médica en forma de jarabe o pastillas, ella lo respiraba tonificando su espíritu y empujándola a seguir viviendo. A simple vista su vida parecía monótona, carente de sentido, la vida de una mujer de cierta edad que consume el día en unas tareas rutinarias y que encamina sus pasos hacia un final depositado en manos del destino. No, Griselda era mucho más, Griselda era la representante del amor fiel, del amor sin condiciones, del amor que ama en silencio, del amor cuyo oficio es el de ser un simple cazador solitario, pero esto y mucho más envuelto en el celofán de la discreción y del hermetismo. Vivía sola en un edificio de veinte viviendas; la suya no era muy grande, aproximadamente unos noventa metros cuadrados; le sobraba, si quería podía navegar por sus salas ya que el mobiliario era relativamente escaso, siempre había vivido allí y se conformaba con aquel espacio; le parecía que era suficiente, nunca se había cuestionado el mudarse a otro piso más grande o más pequeño, tenía muy asumido su sentido de posesión, la vida que impregnaba su contenido no la iba a encontrar en ninguna otra parte. Las paredes eran de un blanco inmaculado, periódicamente las encalaba, había oído decir que la cal mataba los gérmenes que propagan las enfermedades; no había cuadros colgados en ninguna de las habitaciones, ni recuerdos que desviasen la atención de aquella blancura hacia preguntas incómodas de velada respuesta. Los muebles poseían una austeridad monacal, eran todos de líneas rectas, la línea curva ni la conocían; el aparador, la mesa y las sillas eran de aristas cortantes; un lego en los andares de la casa, si no prestaba cuidado, podía hacerse daño; aunque allí nunca entraba casi nadie. Griselda sabía deslizarse entre los muebles sin sentirse agredida por la madera, porque eso sí, todos los muebles que ella poseía, aunque escasos, eran de madera y algunos de maderas nobles. Le gustaba pasar la mano por su superficie, se maravillaba cómo de una materia tan hosca las manos diestras de un artesano habían alcanzado tan alto grado de utilidad y perfección. La sala de estar y el comedor formaban un mismo conjunto aunque delimitados los dos ambientes: era un salón amplio, a la derecha según se entraba estaba el comedor y a la izquierda la sala; los muebles que configuraban ambas estancias eran los típicos de cualquier hogar, los ya mencionados: el aparador, largo, muy largo, ocupando el espacio de toda una pared, una mesa amplia con seis sillas a su alrededor y en el lado opuesto dos sofás de cuero azul marino con dos mesas, una de ellas centrada y la otra supletoria donde se hallaban un televisor, una radio y un teléfono; todos bastante obsoletos bien por falta de uso o bien porque su misión había perdido interés para la dueña. Indudablemente los tres la ponían en contacto con el mundo exterior, un mundo convulso y agresivo, muy diferente al suyo. El dormitorio, tan desaborido como lo descrito con anterioridad: una cama amplia, una mesilla de noche, un armario enorme y una silla, todo en madera de castaño; sobre la cabecera de la cama el vacío, ninguna señal de pertenecer a un credo, ninguna señal de gustos florales o paisajísticos, solamente un espacio en blanco. El cuarto de baño contenía las mismas piezas de saneamiento que ya se incluían en la edificación salvo una aportación personal: una cortina que se extendía a lo largo del baño para salvaguardar su desnudez e intimidad; sobre una repisa se exponían diferentes productos de maquillaje que la ayudaban a restaurarse física y emocionalmente, trazando líneas o dando color a lo ya difuminado. Y de la cocina poco más que decir: una cocina eléctrica, una nevera, un fregadero y unos armarios, desgastados todos por el trasiego de unas cacerolas en su ardua tarea de colaborar con la subsistencia. Las dos estancias restantes permanecían vacías o semivacías, eran espacios muertos, inútiles. En una de ellas almacenaba cajas u objetos a los cuales podía echar mano en un hipotético momento; una idea previsora, pero no factible. Una cama plegable aguardaba siempre la llegada de un invitado que nunca aparecía. En la otra sala no había nada, únicamente cierto eco a vacío y siempre que Griselda pronunciara algunas palabras o frases, acontecimiento muy poco probable ya que gozaba de una evidente parquedad de palabra. Su casa se iluminaba a base de una lluvia de bombillas, de los techos pendían unos cables y en sus extremos unos globos de cristal que despedían una luz amarillenta; apenas las encendía, aprovechaba el día que entraba a través de las ventanas y de noche poco uso hacía de la electricidad salvo en casos muy contados, por ejemplo para buscar algo en donde el tacto podía confundirla. Le gustaba deslizarse entre la oscuridad, percibía la presencia de cualquier mueble a centímetros de distancia, su propio vestido negro la camuflaba y no creaba volumen, su propio negro se fundía con el negro de la oscuridad. En realidad era obscuridad. En realidad hasta podía apellidarse Obscuridad: Griselda Obscuridad, Griselda Obs-curidad, Griselda Obs, Griselda Obscutité, Griselda Darkness, Griselda Dark-ness, Griselda Dunkelheit, Griselda Dunkel, todos podían servir a la perfección como nombres artísticos. En la ciudad de Entrecinsa había transcurrido su vida, allí había ido a la escuela; en su etapa adulta había ejercido el oficio de modista y en su madurez disfrutaba de una pensión que cubría con creces sus necesidades básicas. Nunca había sido una mujer caprichosa, sus gustos en el vestir o en el usar joyas siempre habían estado dentro de los límites de la moderación; opinaba que una mujer tenía que modelar al vestido y no viceversa. Un vestido o una joya deberían formar parte de los eventos diarios del portador, deberían mostrar en el desgaste sus estados de ánimo, es decir, ser como una segunda piel, con las mismas sensaciones. Griselda sabía perfectamente a qué clase de telas se les podía transmitir la alegría o el dolor, sabía cuáles podían liberar o enjugar las emociones. Este era un don que poseía, no innato sino adquirido; los años de oficio le habían aportado una experiencia que no se encontraba en los libros, sólo en la repetición. Bajo una máscara de monotonía Griselda ocultaba una vida interior muy intensa; para cualquier mortal los puntos álgidos del día se encuentran por la mañana; durante estas horas las ideas se presentan con más clarividencia, fluyen con mejor soltura, hasta parecen más proclives a su posible realización; al llegar la tarde y entrada la noche el ánimo que las motiva se ve empañado por una evanescencia donde la desilusión se vislumbra acompañada del decaimiento. El día para Griselda era todo lo contrario, por la mañana era “ piano” hasta concluir por la noche en un clamoroso “ cres...cen...do”. Su día era como una sinfonía romántica con sus diversos movimientos y al final una gran apoteosis donde confluían todos los instrumentos. Se levantaba con el alba; según la época del año un reloj oculto le indicaba la hora en la que despuntaba el sol y ella con él marcaban el inicio de una jornada particular; abandonaba la cama y se dirigía hacia la ventana, levantaba la persiana y el contraluz de los edificios proclamaba la llegada del nuevo día. Se quedaba mirando fijamente para ellos y el gris incipiente de aquel cielo de fondo poco a poco se convertía en un gris intenso que contemplado en silencio inducía al secreto. El comienzo de los días siempre le había parecido mágico, aunque repetitivo, lo consideraba como un exceso de vida, un derroche. Aquella ventana despojada de cortinas era el justo encuadre de una vida exterior; desde allí contemplaba la calle, los transeúntes atareados en su marcha al trabajo,  en ser puntuales y nunca llegar tarde; una vida activa a la cual ella había pertenecido y que por razones de edad y productividad había dejado atrás; la miraba con ojos de espectador, no de actor. En camisón, desde aquel rectángulo que formaba la ventana se dirigía como fiel peregrina y con los pies descalzos hacia un cuadro, hacia un retrato que se hallaba sobre el aparador y junto a éste una vela. Eran los únicos objetos que se encontraban sobre esta superficie, eran los únicos objetos que se encontraban sobre la superficie de los muebles de aquella casa; por decirlo de alguna manera eran la única huella de decoración de una superficie desértica. Era una foto en blanco y negro, el tiempo casi la había vuelto gris; besaba en el rostro la imagen de un hombre y después la yema de un dedo borraba el vestigio de un desgaste imposible. Su mirada traspasaba el cristal y una vez sobre el papel llegaba al recuerdo, se detenía en él y en el rostro de Griselda se reflejaba el instante, un instante de amor. La vela se había apagado, no era eterna, siempre procuraba tenerla encendida, sobre todo de noche o al menos durante las horas en que el día no alcanzaba a iluminar con luz propia aquel espacio. Tenía la sensación de que no había vida si no había claridad. Era un momento de reflexión, era el momento de hacer un resumen rápido de todo lo vivido, de condensar en unos minutos las pinceladas básicas trazadas sobre el lienzo de su existencia. El aproximar aquel retrato a su pecho ayudaba a un juicio sereno de los hechos motivo de la reflexión. Terminada ésta, volvía a colocar aquella foto en su lugar, con mucho cuidado, sobre aquel amplio desierto que era la superficie del aparador, junto a la vela, la luz nocturna. Después se dirigía al cuarto de baño para asearse y una vez terminada esta tarea regresaba a su dormitorio para poner su hábito y calzar aquellos zapatos de tacón alto, negros, de charol, de corte salón. Aquel primer momento del día no era el único en el que se ponía en contacto con aquella foto; a veces necesitaba urgentemente contemplarla, sobre todo cuando sentía que caía en un pozo de vacío, cuando en torno a ella los seres humanos desaparecían, se diluían en la nada; entonces era el momento de apresurarse a coger aquel retrato y mirarlo de cerca, dejar que una simple imagen fotográfica la ilusionara con la existencia de aquel hombre lejano y distante. Estas visitas nunca tenían hora fija, todo dependía de su estado anímico; sin embargo, las que no fallaban eran la de la mañana al levantarse y la de antes de acostarse. Riselda se clavaba como fiel penitente ante aquel cuadrado para darle la bienvenida con la llegada del día, o para despedirlo cuando se presentaba la noche y llamaba al abandono. La contemplación de aquella foto era su antídoto ante el fuerte sabor amargo que a veces poseía la vida. Cuando tenía que hacer compras, solía hacerlas por las mañanas; iba siempre a su supermercado que se hallaba al final de la calle, en línea recta, si tenía que girar nunca lo hacía en ángulo curvilíneo siempre en ángulo recto, agudo u obtuso, obtuso, obtuso, obtuso, obotuso, obotuso, obotuso, robotuso, robotuso, robotuso, robot-uso, robot-uso, robot-uso, es decir, a usanza de un robot. El hecho de que Riselda saliera a la calle implicaba una finalidad, una finalidad “ para hacer algo” , no por el simple hecho de decir: “ me voy a la calle”. En el primer contacto con el mundo exterior era obligado presionar un interruptor invisible para que ocasionara una adaptación instantánea al medio ambiente; el frío o el calor eran como dos bofetadas que la despertaban de su mundo interior y la situaban en un mundo real. Caminaba con solemnidad, aunque con cierta rigidez; sus brazos caían en perpendicular a lo largo del cuerpo, como si estuvieran acostumbrados a cargar con pesos; cuando venía de vuelta del supermercado siempre portaba dos bolsas, una en cada mano, eso la equilibraba; aquellos zapatos de tacón alto a veces la hacían zozobrar, pero ella nunca se había caído, desplomarse sería herir su orgullo. Andaba siempre en línea recta, su caminar estaba marcado por el ritmo cadencioso de sus tacones, si bien podía haber alguna alteración apenas perceptible, era como si involuntariamente marcara el paso; la suela del zapato no se arrastraba y el tacón caía con todo su peso sobre la acera produciendo un sonido metálico a tachuela. Indicaba un tiempo, un intervalo de segundos entre tic y tac, entre tiqui-tiqui, tiqui-tiqui, tiqui-tiqui, tiqui-tiqui, tiqui-tiqui... Miraba en línea recta, hacia la lejanía, hacia la finalidad. A veces, durante el trayecto se cruzaba con alguna vecina que la saludaba y ella sin darse cuenta le respondía mecánicamente con un adiós escueto, sin el adorno de una sonrisa o de un gesto cordial. Siempre le había concedido a las palabras su justo valor, nada de florituras que entorpeciesen su significado exacto. Cuando entraba en el supermercado se robotizaba; sabía a la perfección dónde se encontraban los productos que deseaba y no perdía el tiempo por secciones que no le interesaban; al llegar a la caja no intercambiaba ninguna palabra con la cajera, simplemente leía el importe, pagaba, se cargaba y se iba. De regreso a su hogar, ya equilibrada, volvía en línea recta, un poco más lenta eso sí: el peso, aunque ligero, ralentizaba el paso y daba la sensación de querer clavar los tacones en el asfalto. Podía parecer una tontería, pero Riselda advertía que eso afianzaba su seguridad, era algo contradictorio: al mismo tiempo que el tacón la aislaba del suelo, existía la tendencia a clavarse en él, a buscar tierra y enterrarse en ella. Tan pronto como llegaba a casa se ponía a cocinar, le gustaba, el estar entre cacerolas no significaba ningún contratiempo, lo que sí le hubiera complacido es tener para quién, tener unos invitados que la motivaran y poder colmar sus gustos gastronómicos. Pero hacía mucho tiempo que a su mesa no se sentaba nadie, el hombre del retrato se había perdido en el mundo y el hijo que tenían la visitaba esporádicamente, también el mundo lo había absorbido, la habían dejado sola; en la mente, su ausencia la había llenado con el recuerdo y con una fantasía exacerbada que trastocaba una realidad tangible; admitía su soledad, pero no descartaba la esperanza de un futuro reencuentro; cada vez que ponía la mesa le hubiese encantado colocar dos platos más; sin embargo, tenía que conformarse con el suyo solamente. Muchas veces se esmeraba en cocinar platos que eran auténticas delicias, los paladeaba y se complacía en su sabor emitiendo juicios con frecuencia adversos; era muy dura consigo misma en cuestión de paladares. Ya que nadie opinaba sobre sus cualidades culinarias, alguien debía hacerlo y ella era su propio juez. Hubiese sido una gran cocinera en un restaurante de categoría, pero el destino la llevó por otros derroteros y fue modista; moldeó cuerpos y ocultó defectos, resaltó proporciones donde no las había y disimuló volúmenes donde sobraban. Siempre cumpliendo gustos, siempre complaciendo a aquéllos o aquéllas que nunca supieron valorar su entrega. Cuando terminaba de comer fregaba los platos y se hacía un café muy cargado, muy negro; se sentaba y bebía a pequeños sorbos aquel líquido, pensaba. Durante la sobremesa se habla, se comentan cosas; ella, como no tenía con quién, pensaba, ¿ en qué? En sí misma. Cuando cogía la taza para sorber un poco, partes de su rostro se agitaban sobre la superficie negra del café; se asustaba al verse irreconocible; parecían las facciones de otra persona las que allí se reflejaban, como si alguien desconocido la estuviera espiando. Un sopor la adentraba en el sueño y éste a su  vez en el recuerdo; dormitaba ligeramente y poco a poco despertaba despejándose su mente; durante aquellas primeras horas de la tarde no tenía nada que hacer, mejor dicho, nunca tenía nada que hacer, sus obligaciones habían pasado a un segundo plano, cualquier imposición, a no ser que fuese concertada por ella, carecía de urgencia; consideraba que ya había trabajado suficiente y que sus responsabilidades habían pertenecido a una etapa anterior, por lo tanto podía permitirse el capricho de despilfarrar las horas a su gusto. Aquel era el momento de recapitular; durante su periodo laboral y debido a las exigencias del trabajo le quedaba poco tiempo para analizar en detalle lo que había sido su vida, la vorágine de las ocupaciones le había concedido pocos momentos de profunda reflexión. Sentada, con los brazos cruzados, miraba fijamente los blancos azulejos de la pared, delante de ella y sobre la mesa su taza de café negro, solo. Riselda vestía, como de costumbre, su hábito negro, su collar de perlas, sus zapatos negros, de charol, de tacón alto, de corte salón. Se diría que se vestía para la ocasión, para ese momento determinado, pero esa ocasión, ese momento determinado lo era desde que se levantaba hasta que se acostaba. Siempre estaba elegante, según su criterio, cada hora del día. El análisis comenzaba con un resumen global que poco a poco se iba desgranando en pequeñas parcelas; nunca había reprobación, admitía por igual éxitos y fracasos, ambos los consideraba positivos, por lo tanto el hecho de rememorar acontecimientos pasados no era una lamentación, era el afianzamiento de una realidad. Su paso por la vida había sido caminar sola, por eso siempre había calzado zapatos de tacón alto que, al andar, rompieran el silencio con un firme taconeo. Crio a su hijo con esmerado cariño, pero sabía, tal vez por instinto animal, que la iba a dejar sola; había alguna ley promulgada en alguna parte y aplicable únicamente a ella que lo decía, una ley natural no humana. Lo mismo sucedía con el hombre que había amado; su presencia física había desaparecido de su lado hacía tiempo, pero ella seguía adorándolo como el primer día; advertía que cuanto más tiempo transcurría más se afianzaba su cariño por él; lo único que había olvidado era su nombre por falta de pronunciación; su imagen, su forma de ser se conservaban intactos en su mente como siempre. Su vida había estado marcada por acontecimientos que incumplían las leyes de los hombres, que las desobedecían; aunque se hubiese empeñado en respetarlas había un destino que la conducía a la contradicción, a imponer a su pesar su voluntad. Sus sentimientos se anteponían a cualquier impedimento que se opusiera a su realización; existía una fuerza salvaje en ellos que se abalanzaba contra su freno. Riselda, sin el beneplácito de las leyes de su tiempo, se había entregado al hombre que había amado, ¿ por amor? ¿ por placer? Naturalmente que sí, pero sobre todo por una terrible sensación de soledad, una soledad arcaica, primaria que necesitaba una compañía para su complementación, una vez cumplida aquella dualidad: soledad y compañía se sintió integrada en el universo. Ella y su amado podían ser la vida y la muerte, el bien y el mal, el día y la noche, el amor y el odio, el hombre y la mujer, el sonido y el silencio...Sólo con el paso del tiempo llegó a comprender la dimensión que alcanzaría aquella cópula; unos minutos que se proyectaron a lo largo de toda su vida, unos minutos de los que vivió y alimentó su alma. El rememorar aquel día le parecía como extraer una ingenuidad infantil, un pudor inocente, como extraer una niña de una mujer: era un día de primavera, hermoso, exuberante de flora y fauna, la tierra coqueteaba con el universo. Los dos habían salido a dar una vuelta por el campo, sin ninguna intención, el tiempo exigía respirar aire libre, gozar de aquella luz e intensidad. Riselda reconoció con el paso de los años    que aquélla había sido su época de color, éste se adentraba en sus sentidos por medio de la naturaleza: las distintas tonalidades de verdes y ocres de árboles y hierba, las manchas salpicadas de las florecillas de vivos colores que se extendían por la superficie de los campos, el azul intenso del cielo que a veces se veía suavizado por el  paso de alguna nube transparente... Todas esas impresiones de colorido, más tarde, se sustituyeron por el blanco y el negro derivando a gris. Si en aquellos momentos existían esos colores, ella nunca los captó; la ceguera que le producía la viveza de otros chillones entorpecía la agudeza de una sensibilidad hacia tonalidades más discretas. De la mano, los dos caminaron por campos, subieron montañas y atravesaron riachuelos, respiraron aire y llegado el cansancio se sentaron sobre la hierba mullida, la tierra que servía de base los acogió como miembros de una misma materia. Retozaron. La líbido se encabritó. Ella cedió al deseo y la tierra la absorbió, él, el universo, la cubrió. Iselda lo abrazó, durante aquellos instantes el cielo y la tierra se tocaron , vibraron y se fusionaron dando origen a una nueva existencia. Pasado el desfogue apareció el sosiego tomando posiciones: los dos echados boca arriba contemplaron el cielo, ante tanta inmensidad se sintieron tan diminutos y perdidos que tuvieron miedo y se cogieron las manos. El tacto conformaría un nuevo leguaje. Ella se incorporó y con el índice derecho fue marcando unos pequeños puntos invisibles sobre el rostro de él, moteó cada una de sus facciones y al llegar a la boca derrochó magia con aquellos suaves toques, un cosquilleo lo hizo sonreír y ella aprovechó para besarlo, en la caverna de su tórax resonó una canción: “ Mild und leise, wie er lächelt; wie das Auge hold er öffnet...”. Cómo sonríe, suave y dulce; cómo abre gentilmente los ojos... Esas palabras poco a poco se fueron diluyendo en puntos y se esparcieron por todo su cuerpo. Después de aquel encuentro el hombre desapareció; nunca se preguntó el porqué; tal vez lo que nunca ocurre en años, ocurre en un instante cualquiera; tal vez la conjunción entre cielo y tierra ocurre una vez  en la vida o en siglos o nunca. Iselda asumió su momento. Al cabo de nueve meses, el hueco espacial que había dejado aquel hombre se vio cubierto por la llegada de un recién nacido; desde un principio supo diferenciar aquellos dos amores, nada tenían en común el uno con el otro, uno era causa el otro efecto. A medida que su hijo iba creciendo los rasgos del padre adquirían consistencia en su rostro. Ella lo sabía, nadie más; había recorrido con la yema del dedo cada una de las facciones de aquel hombre y su seguridad  confirmaba la evidencia. Lo crió y lo educó con todo el esmero que proporciona el cariño; lo envió a los mejores colegios para que le inculcaran no solamente conceptos sino también un estilo de vida; deseaba que cuando él anduviese por el mundo supiera desenvolverse y luchar, pero sin olvidar que en él encontraría belleza que le tocaría descubrir. Cuando llegó a la edad adulta y con sus estudios terminados decidió marcharse; no sabía cómo decírselo a su madre; temía que sus palabras, por muy rebuscadas que fueran y las menos hirientes, pudieran afectarla. Escogió un domingo cualquiera, quizá porque los domingos a él le parecían más adecuados y el aspecto físico de su madre era más radiante, pero ella, aunque él no lo advirtiera, siempre estaba radiante: con su hábito, sus perlas y zapatos negros de tacón alto la convertían, sin querer, en un icono del amor entregado, incondicional. Cuando se sentaron el uno frente al otro se creó cierta solemnidad; muchas veces habían estado así, pero en aquel momento reinaba un ambiente de confesión. Iselda leía en la mirada de su hijo la falta de soltura para expresar su toma de decisión. Para facilitarle una fluidez de palabra, le cogió las manos y fue ella la primera en hablar, le preguntó: “ Deseas irte, ¿ verdad?”  y él con voz temblorosa respondió: “ Debo irme”. Iselda no se sorprendió por la respuesta y recibió con serenidad lo ya asumido hacía tiempo. En su frase empleó el verbo “ deber”, eso implicaba obligación, obligación con quién o con qué. Eso nunca se lo preguntaría. Él debía cumplir con su vida que estaría llena de múltiples exigencias, y solamente era a él a quien le tocaba llevarlas a cabo. Tampoco le preguntó cuándo pensaba marcharse, no le estorbaba, todo lo contrario, su compañía ahuyentaba el vacío de soledad que siempre la rodeaba, su presencia casi era la premonición de una futura ausencia. No tardó mucho, cuando lo vio con una simple maleta se estremeció, no podía comprender cómo parte de una vida cabía en tan poco espacio; ella tampoco tenía tantas posesiones: las vivencias y los recuerdos, puras abstracciones, no ocupaban lugar y cada uno lo llevaba consigo en su mente y en su corazón. Cuando se despidieron, hijo frente a madre, madre frente a hijo, se miraron fijamente a los ojos para registrar sus dos imágenes en la memoria; ella se acercó y cobijó aquel rostro en la concavidad de sus manos, ya no contemplaba a su hijo, contemplaba a un hombre, no se atrevió a besarlo en las mejillas, lo besó en la frente, ya no contemplaba a su hijo, contemplaba a un niño. Sus últimas palabras fueron: “ Adiós madre” y sus correspondientes “Adiós hombre”. Desde aquel entonces la presencia física de su hijo despareció para convertirse en una voz que de vez en cuando se abría paso a través del auricular del teléfono, aquel aparato obsoleto, que hacía compañía a una radio y a un televisor abandonados del mundo, recobraba utilidad con un ring. Al principio solía llamarla con frecuencia; era posible que tuviese dificultades en adaptarse a su nueva vida y necesitara oír el consuelo de una voz acogedora; ella siempre supo escucharle, aunque nunca entraban en pormenores, a veces la conversación se cortaba en seco, un hueco de silencio y derivaba hacia trivialidades, quizá por temor a entrar en asuntos personales importantes y a herir sus respectivas sensibilidades. A medida que transcurría el tiempo las llamadas se fueron distanciando e Iselda se dio cuenta de que su hijo ya había encontrado su lugar, su espacio vital. Aquel insoportable silencio entre llamada y llamada, de meses de duración, la conducía a un estado de ánimo entre el anhelo y la desesperación; aprendió a interpretar en la entonación, pausas e intensidad de las palabras de su hijo, la vida que llevaba, analizaba los más mínimos detalles, sopesaba los adjetivos empelados, si su voz era nítida o ronca, su forma de respirar, si había seguridad en sus frases; su oído se había afinado hasta límites insospechados y todo por un cariño ciego de madre. De aquellas escuetas conversaciones ella creó el mundo ficticio de su hijo, nunca supo en realidad cómo vivía, se diría que lo había inventado de oído. La escasez de llamadas dio paso al silencio, a no tener ganas de hablar con nadie, a emplear un vocabulario coloquial en situaciones habituales y repetitivas, de su boca salían las palabras por cuentagotas, su riqueza léxica la guardaba para sí , para expresar sus sentimientos en la intimidad, en su silencio interior. Y volvió la mirada hacia su otro hombre, hacia aquella ausencia, hacia aquel otro silencio. De él ya no esperaba nada más; de su hijo aún podía albergar una esperanza remota y, sin embargo, tanto uno como otro eran sus esperanzas imposibles; sobre ese punto podía convertirse en atea y quedarse tan relajada. Pero la idea, la existencia de esa idea, la idea de la existencia de aquel hombre le daba fuerzas para seguir viviendo. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, hiciera lo que hiciese, en su mente había una fijación que según las circunstancias ocupaba un primer o segundo plano , pero siempre estaba presente con mayor o menor intensidad. La acompañaba hasta en su más mínimos actos. No se sentía sola; cuando tomaba alguna decisión compartía con ella el acierto o el fracaso; le daba el equilibrio suficiente para aceptar cualquier desenlace sin lamentaciones. Cualquier cosa que hiciera se impregnaba de un aroma especial con tan sólo pensar en él. No sentía vergüenza, a pesar del paso del tiempo y de sus años, al admitir que seguía enamorada, quizá le faltase la valentía repentina del tímido para proclamarlo a los cuatro vientos. El retiro le había proporcionado más momentos de complacencia en su fijación; si bien, cuando trabajaba, su tarea la mantenía diversificada en los detalles minuciosos de su oficio; ahora gozaba de aquel tiempo que la había tenido sumida en la responsabilidad. Alguna vez pensó si no lo había amado suficientemente; había épocas del año, durante su etapa laboral, en las que estaba absorta por el trabajo y las exigencias descabelladas de muchas de sus clientas. Temía que el amor aletargado a lo único que conducía era al olvido; más tarde comprobó que estaba equivocada. Cuando en realidad se ama, nunca se ha dejado ni se dejará de amar. Su vida a nivel sentimental la había llenado aquel hombre, su hijo había sido el resultado, pero el misterio se hallaba en aquel hombre, ¿ por qué aquel hombre y no otro? ¿ qué pócima le había dado para que su mirada se dirigiera hacia él? Durante su vida se había cruzado con otros hombres y habían pasado sin rozar sus emociones. ¿ Sería verdad aquello de que la tierra y el cielo sólo se juntan una vez en la vida? O ¿ sería un razonamiento infantil sin fundamento? ¿ Qué clase de amor era el suyo si hasta había olvidado el nombre de su amado? Con él también se habían ido unas palabras mediante las cuales el alma significaba su sentir más profundo y sin embargo, aunque no verbal ni externamente, sí continuaban existiendo en un lenguaje hermético, quizá jeroglífico. En algún momento temió que aquella idea fija no fuese más que una obsesión, un capricho ilusorio de su mente que la rondaba para burlarse de una desamparada fragilidad; pero no, no se engañaba, cuando cogía entre sus manos aquel retrato para acercarlo a sus labios y besarlo, era como atraer el universo hacia sí, al distanciarlo era llenar el espacio con aquel mismo universo, pero compartido por dos. De qué pocas cosas dependía Iselda para existir; podía prescindir de todo lo material que la rodeaba y centrarse sencillamente en su amor; dejaría de comer y con la mirada clavada en el vacío recibiría de él la esencia de una imagen que saciaría su hambre. Cuando llega la vejez en muchos casos existir es ser tocado, acariciado; en otros existir es advertir la presencia ausente del ser amado. Iselda tenía resuelta su vida, no iba a cambiar nada, no lamentaba nada, tampoco echaba de menos nada, en esa nada, al no estar henchida por una materialidad superflua siempre tendría cabida un sueño de amor eterno. Su pasado, presente y futuro consistían en respirar para vivir, para mantener la llama de aquel amor incondicional. Después de aquella larga, solitaria y soliloquiada sobremesa, Iselda se levantó y se acercó a la ventana para ver lo que ocurría en el mundo exterior: la luz del día se iba debilitando, y una niebla gris, muy disimuladamente cambiaba la percepción de la tonalidad de las cosas y personas. En la calle, como de costumbre, la vida mundana, trajinada, bulliciosa, hecha para el exhibicionismo. Y sin embargo, en aquella vivienda: el silencio, el misticismo, la oración profana. Era la hora de encender la vela y de reponerla si ya se había consumido. La luz eléctrica no se encendía en aquel piso salvo en contadas excepciones, la oscuridad impregnaría cada una de las estancias, deslizarse por ellas era cuestión de tacto y de percepción espacial, Iselda jamás tropezaba contra nada, jamás, jamás, jamás, jamais, jamais, jamais, nunca, nunca, nunca, never, never, never. Flotaba. Con la oscuridad venía el silencio, solamente interrumpido por el taconeo de aquellos zapatos de tacón alto, negros, de charol, de corte salón. Si un reloj marca el tiempo con su tic-tac, el silencio lo marcaban sus tacones; era un sonido metálico, a hierro, un sonido premonitorio a guerra, a rebeldía contra la incomprensión, la incomunicación, el aislamiento, la humillación, la intolerancia. Era desplegar banderas; el hábito de Iselda era desplegable, carecía de cíngulo para marcar su cintura, pero poseía aquel collar de perlas con el que podía rodear al mundo, su mundo. A pesar del negro reinante en aquellas estancias, la blancura de las paredes, cientos de veces encaladas maniáticamente, desprendían una fosforescencia dando paso a un gris intenso y nebuloso. Su tacto se agudizaba, sentía la necesidad de tocar superficies y formas, en la yema de sus dedos concentraba su poder sensitivo donde afluía el resto de los sentidos. Lo primero que hacía era palpar su collar, iba de perla en perla, de cuenta en cuenta, sus dedos recreaban la forma y un insospechado impulso religioso anhelaba extraer una oración de aquel rosario infinito. Las palabras se agolpaban en su garganta y estrangulaban aquel sublime intento. Inspiraba y aquel aire se cobijaba en el centro de su pecho, entre sus dos senos, en la angustia. Paseaba la palma de sus manos por la superficie de los muebles, por el desierto como ella decía en un arranque de confianza que se concedía para sí; tocaba también la textura de su túnica, de su hábito, que al llegar aquella hora perdía su confección para convertirse en un enorme lienzo, en un sudario negro no para exponer el dolor sino el amor. Encendió la vela y con ella la ceremonia diaria a un dios desconocido dio comienzo. Su llama iluminó el retrato, el retrato iluminó el alma de Iselda. Cada día, pero nunca a la misma hora, todo dependía de la estación del año, cuando la luz solar va perdiendo consistencia, dando paso a un gris debilitado por la proximidad de la noche, en ese instante atemporal en el que el ser humano pierde contacto con el mundo externo para adentrarse en su propio yo, en el que el crepúsculo no es más que un paso hacia un negro nocturno, Iselda se sentía acorralada. Aquel mundo que dejaba era como si la culpara, como si un dedo invisible la señalara como la transgresora de sus leyes; entonces cargada con aquel fardo de culpabilidad inocente se sentía desplomar, pero para que eso no ocurriera con sus zapatos de tacón alto, negros, de charol y de corte salón pisaba fuertemente y apoyaba su espalda contra la pared. Era una pared maestra, de las que mantienen un edificio, de las que mantienen el desplome de un cuerpo. También era larga, contra ella no se había colocado nada y de ella nada se había colgado. Sencillamente era una pared provocativamente blanca, desnuda. Iselda se centró en ella y quiso hablar, pero no pudo; quiso llorar, pero no pudo; quiso morder de rabia, pero no pudo; quiso patalear, pero no pudo; quiso gritar, pero no pudo; quiso cantar, pero no pudo, su collar se rebeló estrangulando aquella garganta, le prohibía la justificación de su amor. A medida que las perlas presionaban su cuello y para aliviar aquel tirano mutismo, sus brazos empezaron a elevarse en forma de cruz, siempre a nivel de la pared. Su túnica empezó a desconfigurarse, desplegándose desde los brazos hasta la altura de las rodillas formando un rectángulo perfecto, posición injusta de castigo infantil, pero justa como pizarra escolar en donde exponer los conocimientos de una asignatura o la profundidad de unos sentimientos. Sabía que no habría palabras, ni formación de frases, ni lenguaje sonoro conocido para expresarse; suspiró y en ese mismo instante comenzó la descomposición de su collar de perlas: sobre su túnica negra cada una de ellas, formando grupos de seis, mezclándose las perfectas con las imperfectas creaban un leguaje para ciegos, para sordos, para mudos o para cualquiera que quisiera ver en la oscuridad. Isolda cantó en silencio y para el silencio:
https://www.youtube.com/watch?v=gbbEBt5mP6w


                   Mild und leise wie er lächelt,

                   Wie das Auge hold er öffnet,       

                   Seht ihr’s, Freunde?  

                   Seht ihr’s nicht?

                   Immer lichter, wie er leuchtet,

                   Stern- umstrahlet

                   Hoch sich hebt?

                   Seht ihr’s nicht?

                   Wie das Herz

                   Ihm mutig schwillt,

                   Voll und hehr

                   Im Busen ihm quillt?

                   Wie den Lippen,

                   Wonnig mild,

                   Süsser Atem sanft entweht,

                   Freunde! Seht!

                   Fühlt und seht ihr’s nicht?

                   Höre ich nur

                   Diese weise,

                   Die so wundervoll und leise,

                   Wonne klagend,

                   Alles sagend,

                   Mild versöhnend aus ihm tönend,

                   In mich dringet, auf sich schwinget,

                   Hold erhallend

                   Um mich klinget?

                   Heller schallend, mich umwallend,

                   Sind es Wellen sanfter Lüfte?

                   Sind es Wogen wonniger Düfte?

                   Wie sie schwellen, mich umrauschen,

                   Soll ich atmen, soll ich lauschen?

                  Soll ich schlürfen, untertauchen?

                   Süss in Dürften

                   Mich verhauchen?

                   In dem wogenden Schwall,

                   In dem tönenden Schall,

                   In des Welt- Atems

                   Wehendem All

                   Ertrinken, versinken

                   Unbewusst

                   Höchste Lust!       


                                                        Muerte de amor 

                                                        Tristán e Isolda – R. Wagner



                   Cómo su sonrisa es dulce y ligera,

                   Cómo abre tiernamente los ojos,

                   ¿ lo veis, amigos?

                   ¿ No lo veis?

                   ¿ Cómo brilla cada vez más radiante,

                   cada vez más fuerte,

                   rodeado de estrellas?

                   ¿ Acaso no lo podéis ver?

                   ¿ Cómo su corazón

                   se inflama valientemente

                   y cómo su pecho late

                   sublime y fuerte?

                   Cómo de sus labios se escapa

                   Un dulce aliento,

                   Delicioso, suave y delicado,

                   Amigos, ¡mirad!

                   ¿ No lo veis, no lo sentís?

                   ¿ Soy yo sola la que escucho

                   esta melodía

                   que, tan ligera, tan maravillosa,

                   suspirando de felicidad,

                   diciéndolo todo,

                   dulce y conciliadora, se eleva de él,

                   toma impulso, penetra en mí,

                   suena en torno mío

                   divinamente vibrante?

                   ¿ Estas voces más claras que me rodean

                   son ondas de brisas suaves?

                   ¿ Son olas de perfumes deliciosos?

                   ¿ Cómo se hinchan, cómo me embriagan,

                   debo respirar, debo mirar?

                   ¿ Debo saborear, sumergirme en ellas?

                   ¿ Dulcemente evaporarme

                   en esos perfumes?

                   En el torrente de las olas,

                   En el sonido resonante,

                   En el Todo que respira

                   El aliento del mundo,

                   Ahogarme, hundirme,

                   Perder conciencia,

                   ¡voluptuosidad suprema!