jueves, 22 de octubre de 2015

CÁLIZ


MMVIII-Primavera.(Rembrandt serie). Anasor Ed Searom
      Cada noche atravieso este parque de los olivos; nunca falto a mi cita, a excepción de los lunes, que ese día cierra el bar. Siempre acudo; es muy raro que deje de ir, salvo algún acontecimiento importante que me lo impida; pero mi vida no está llena de acontecimientos importantes, lo único a destacar es esta cita; procuro no faltar nunca. La noche de los lunes se me hace eterna; deambulo por mi habitación sin rumbo, tratando de serenar un sistema nervioso que el tiempo ha disparado y que sólo frena la acción compulsiva de unas idas y venidas, ya que por más que he empleado la razón, ésta no funciona. Agotado me tumbo en la cama y el cansancio del día laboral más el nervio relajado colaboran a que pronto me quede dormido, a que el sueño se encargue de borrar en la mente esa noche vacía. Cada noche este parque adquiere una configuración distinta, depende de la luz de la luna y del tiempo que haga. Los olivos presentan infinidad de formas, algunas de ellas fantasmales y sin embargo, no me dan miedo, no soy un hombre susceptible a impresiones de terror, más bien trato de contemplar éstas bajo el prisma de una belleza mórbida, resultándome a veces atractivas; sus troncos, ásperos y retorcidos se asemejan en cierta medida a mis dedos; los dedos de mis manos no pertenecen a un hombre cultivado, a un hombre criado en un bienestar ni social ni laboral; yo no trabajo en una empresa cuyo ambiente y herramientas se caracterizan por la suavidad de texturas y finura de precisión; yo soy un obrero de la construcción, rodeado siempre de asperezas, de tareas en donde la fuerza de las manos es vital para superarlas, y claro, día a día y hora a hora los dedos de mis manos adquieren una rudeza que solamente un trabajo agresivo puede conceder. No me avergüenzo de mi oficio, todo lo contrario, es el sustento de mi vida, pero reconozco lo que hay de positivo y negativo en él. Estos olivos no son lo mismo de día que de noche; cuando el sol los ilumina adquieren ciertas tonalidades difíciles de captar a primera vista, de su gris verdoso innato pueden surgir unos rosas y malvas suaves que solamente una contemplación profunda puede desvelar; de noche son distintos, también el que los contempla es distinto, la oscuridad los cubre ofertando cientos de interpretaciones a la mente ávida de descubrir sensaciones fantásticas; para mí son sencillamente viejos conocidos. Atravesar este parque es como si fuese la antesala a un mundo nuevo; mi vida normal no tiene nada que ver con la que experimento después de pasar por entre estos árboles de olivos, son como cribas, separan a la perfección el yo externo de mi yo interno. Me siento cómodo ya en esta antesala porque sé fijo que voy a ver a mi Ángel. De día y a ciertas horas este parque se puebla de niños, de sus juegos y gritos, la alegría se desborda y corre a raudales por sus paseos; de noche la gravedad de la existencia se ensaña en seres que sólo mima la oscuridad, a veces me cruzo con algunos y es esa presencia instantánea, esa sorpresa la que me confirma que caminamos por una tierra de nadie, faltos de rumbo; entonces acelero el paso para llegar al bar, para dejar atrás aquel parque que me obliga a encontrarme con seres que no deseo conocer porque ya los conozco demasiado bien, porque ya me conozco demasiado bien. No sé ni adónde van ni de dónde vienen, yo sí sé que vengo de la realidad y voy hacia la ensoñación. Una vez que salgo de mi parque me dirijo hacia mi bar, poseo a ambos, la ansiedad ha hecho que estos dos lugares formen parte de mí y emplee posesivos para hacerlos más míos, más familiares. Tan pronto como se sale del parque de los olivos, el bar está muy cerca, se ve el rótulo iluminado y en letras verdes se identifica con el nombre de “Casa d’Esperante”. La entrada es muy normal, como la de miles de bares dispersos por toda la geografía del país. A medida que me aproximo siento un ligero nerviosismo que, hasta podía decir, me resulta reconfortante; en mi estómago revolotea un cosquilleo causado por una ansiedad y alegría que hacen que titubee al caminar, recuperando inmediatamente la decisión hacia mi objetivo. Hay como una especie de suspense en los últimos pasos antes de entrar, éstos se amortiguan sobre el asfalto, la suela del zapato ya no fricciona la superficie, hay una ralentización en el cuerpo y sus gestos. Asir el pomo de la puerta y girarlo marca la entrada hacia un mundo deseado y el abandono voluntario de otro que permanece inamovible, señalando la existencia de una cruda realidad a la cual hay que regresar. La temperatura y el ambiente cambian, su invisibilidad se transforma, y los que allí entramos nos hacemos transparentes, la mentira no existe, no hay nada que aparentar, nuestros pesares los dejamos reposar sobre la barra del bar. Afuera y adentro, adentro y afuera, afuera y adentro, adentro y afuera, afuera y adentro, adentro y afuera. Equilibrarse en el umbral de la puerta, marcar con el propio cuerpo el punto límite entre el interior y el exterior, entre el exterior y el interior, entre el interior y el exterior, entre la realidad y la ensoñación. Si en el exterior hay noche y estrellas en el interior también existen la noche y las estrellas, pero éstas son artificiales, intencionadas, puestas a propósito para crear un ambiente que incite a la confesión. “Casa d’Esperante” carece de lujo, sus clientes tampoco lo valorarían, nos da lo mismo la decoración: el diseño, el color o el material poco importan a seres rudos, cansados de una jornada laboral en la que el trabajo aniquila cualquier iniciativa de elevación estética, a lo máximo que podemos aspirar es a beber un vaso de vino y en él ahogar amarguras. La oscuridad es importante y estas pequeñas luces blancas diseminadas por la sala también lo son, forman lo que se podía llamar una noche estrellada; proyectan un haz de luz perpendicular que, sin querer, ilumina un espacio mínimo logrando que le cliente vislumbre su entorno y no tropiece contra alguna silla o mesa. Casi siempre estamos los mismos, esparcidos a lo largo de la barra, de pie o sentados en un taburete, apoyados en los codos e inclinados sobre un vaso de vino o cerveza, buscamos descanso y refugio; a medida que vamos llegando, miramos de soslayo la ausencia de alguno, al comprobar que nadie falta, que todo el mundo ha cumplido con su cita, cada uno se dedica a la bebida; en el fondo formamos una familia involuntaria y forzada. Todos somos seres independientes, solitarios, quemados por la existencia, cualquier iniciativa a entablar una conversación supondría un esfuerzo desmedido, ya que si la vida se ha desgastado, indudablemente las palabras también carecen de impulso y se dejan arrastrar por el silencio. De fondo, en la lejanía, en los confines del mundo se oye una música machacona que con su ritmo proporciona unos latidos a una atmósfera anclada en el mutismo. Dos o tres parejas sentadas en la oscuridad deshacen sus manos agarrándolas fuertemente, negándose a verse separados, tratando de mantener aquel contacto ante la proximidad de un tiempo de despedida y una distancia. Y yo busco con desesperación a mi Ángel, tan pronto llego y tras de mí oigo cómo la puerta se cierra, asumo que he abandonado un mundo para entrar en otro. Me tranquilizo al verla, tengo miedo de que algún día, al entrar, no la encuentre; hoy en día ella significa mucho para mí. La primera impresión es de adivinarla en la penumbra, detrás de la barra, sirviendo a algún cliente o con los brazos cruzados mirando hacia la puerta, mirando hacia mí; no quiero ser presuntuoso, pero no puedo evitarlo; la verdad es que eso me gustaría: que me estuviese esperando, pero no, no debo albergar falsas esperanzas, son fantasías mías, nunca me ha dado motivos para hacerme ilusiones. Me dirijo hacia mi lugar; los asiduos tenemos nuestro propio espacio en la barra, cada uno sabe dónde acoplarse, cada uno sabe dónde no se puede poner porque invadiría terreno ajeno. El hecho de situarse en el lugar correcto y asignado por el propio uso significa descarga, lugar de descarga, lugar de descarga del cansancio, es como si cada uno portase un bulto y allí aligerara su peso. Todos tenemos nuestra postura, podemos estar más inclinados hacia la derecha o hacia la izquierda, pero cargando los hombros y la espalda sobre la barra, y con la cabeza inclinada, esto siempre, como portando una cruz invisible sobre nuestras espaldas. No nos hablamos, estamos en nuestro propio mundo, mundos inconexos, imposibilidad de adentrarse en ellos. Miro a mi Ángel, está alejada, está sirviendo a un cliente más bebida. Yo nunca solicito su atención, tan pronto me ve ya viene junto a mí trayendo una copa y una botella de vino tinto, muy tinto, muy negro y muy rojo, como la sangre, así es el vino de esta región, muy cargado. Nunca supe por qué me lo sirve en copa en vez de vaso; he notado que a los otros clientes siempre se lo pone en vaso; no creo que haya preferencias, no obstante, nunca se lo pregunté y nunca se lo preguntaré. Cuando se me acerca, aparta la mirada porque sabe que la observo detenidamente; es el único momento del día en el que veo algo hermoso, al menos para mí es hermosa, a lo mejor no vuelvo a tener la oportunidad de tenerla tan cerca, por eso aprovecho su cortesía al servirme para clavar mis ojos en ella, para robarles al instante y a la proximidad el privilegio de contemplarla. Su piel es blanca, de esa blancura que sólo se consigue morando en claustros y en lugares de recogimiento en donde el sol no penetra, en donde el frío y el silencio se alían con la eternidad. Impensable un color bronceado, impensable que el astro rey dejara su huella en aquella piel. Su mirada, nunca fijándola en nada concreto, siempre vagando en la atmósfera, en lo onírico. Y sus manos, tan suaves; solamente una vez las toqué cuando me estaba sirviendo vino, con mucho sigilo las rocé, percibí que eran como la seda en contraposición a las mías cuya aspereza salta a la vista y al tacto. Nunca más volví a intentarlo, un miedo al rechazo, un pánico a un nuevo intento que pudiera poner de manifiesto una rudeza y vulgaridad me lo impedía. Así que la contemplo distante aunque el deseo de tenerla cerca suaviza mis miedos. Mis manos, siempre mis manos, inocentemente me delatan y sin embargo, no las culpo, me siento orgulloso de ellas, han servido para edificar tantas cosas: mes mains, mes mains, mes mains, mes mains, mes mens, mes mens, mes mens, me men, me men, me men, memen, memen, memen, memán, memán, memán, mamán, mamán, mamán, mamá, mamá, mamá. Mi Ángel, cuando no está ocupada sirviendo, se aleja de la barra y se apoya contra la pared, se cruza de brazos y nos cuida; ésa ha sido la sensación que he tenido desde hace algún tiempo; aunque mire al vacío, a la nada, sabe que tiene que velar por aquellas almas en pena que ante ella se explayan; somos seres perdidos en el tiempo que buscamos reposo. Si bien nuestras miradas recaen en el vaso de vino que tenemos ante nosotros, al levantar los ojos de aquel pequeño mundo líquido nos la encontramos frente a frente reivindicando y contraponiendo una realidad tergiversada por el alcohol a una realidad tangible. Nunca la he deseado carnalmente; no es el tipo de mujer que un hombre hubiese querido poseer para desahogar su instinto; en ella existe cierta espiritualidad que aniquila la líbido empobreciendo la carne en su conquista por el espíritu. No es una mujer voluptuosa de formas, más bien es frágil; en sus ademanes no expresa firmeza o desaire, delicadeza sería la palabra exacta para calificar su desenvoltura. Saber que al cabo del día tengo a alguien a quien contemplar hace que la jornada me sea más llevadera, hace que el maquinismo y robotización de mi trabajo pase a un segundo plano y que la humanidad que poseo durante el día se convierta en ilusión y durante la noche en realidad ilusoria. Soy albañil y en muchas ocasiones tengo que desempeñar otros oficios, depende del momento, hay veces que ejerzo de fontanero, de pintor, lo que manden, pero debo dejar claro que mi oficio es el de albañil. En la emigración tuve que aprender de todo, no se me brindaron oportunidades para mejorar mi estatus, por más que lo intenté el destino sólo me abría las puertas y las ventanas de la construcción, y nunca mejor dicho porque a parte de hacerlas también entré, salí y miré por ellas. Era yo muy joven cuando decidí emigrar; reconozco que no llevaba preparación, había abandonado mis estudios ya que era incapaz de estar sentado delante de un libro durante más de un cuarto de hora seguido; los libros siempre me han producido una especie de desazón, de desasosiego al advertir su presencia, un sudor frío me invadía al abrirlos, al ver tanta letra impresa, solamente sus imágenes me mantenían fijo a la silla; aquello era un suplicio y de la noche a la mañana dejé a un lado mi tormento, a pesar de una fuerte presión familiar para que me retractara de la decisión tomada. Estaba comprobado que yo no había nacido para los libros, ni ellos para mí. Empecé a hacer chapuzas relacionadas con la construcción; ahora con el tiempo puedo decir que se vislumbraba lo que más tarde llegaría a ser: un albañil cualificado, sí, sí, un albañil cualificado, que nadie lo ponga en duda, no sólo lo digo yo sino que mis jefes son de la misma opinión, a cada uno lo suyo. Animado por mi juventud y por las ganas de comerme el mundo decidí hacer las maletas e irme a otro país en busca de mejores oportunidades; a la edad en la que yo me fui, veintidós o veintitrés años, uno nunca piensa en las penurias, el brillo del triunfo es capaz de cegar a la juventud más desbordante para no presentir que el fracaso juega en igualdad de condiciones. Me adapté a las condiciones de mi país de acogida lo mejor que pude; al principio tuve serios problemas con la lengua. A medida que pasaba el tiempo la empecé a entender, pero nunca logré pensar en ella, era simplemente un instrumento más de trabajo, muy limitado, eso sí, sabía frases coloquiales que, a base de oírlas, habían dejado poso en mi memoria; en mi comunicación con los demás estaba siempre presente esa barrera idiomática que impide expresar los sentimientos tal y como  se manifiestan, quedando como constreñidos, carentes de emotividad. Allí me casé y fui padre de una niña; mi matrimonio duró poco, apenas cinco años; a veces me pregunto cuál fue el motivo de tal fracaso; inclinado sobre esta copa de vino la pregunta me bombardea constantemente y la única solución que tengo es acelerar su bebida para que pronto una nube cubra una respuesta dubitativa y nada aclaratoria. Me casé muy ilusionado, con una nativa de mi país de trabajo, especifico lo de trabajo porque nunca lo acepté como de adopción, de ese sentimiento me enteré mucho más tarde. Era una mujer muy hermosa, con las facciones propias de su raza: una piel blanca, un pelo rubio y unos ojos azules que desprendían claridad y blancura propias del sol de su tierra. Pronto me enamoré de ella; este hecho me llevó al convencimiento de que me había integrado de pleno derecho en la vida de aquel país, de que era uno más de ellos, un ciudadano con privilegios, y todo por el simple hecho de haberme enamorado de una congénere. Hablábamos poco, mis esfuerzos y sus esfuerzos por entendernos terminaban en unas sonrisas pardillas que dejaban entrever que casi no nos habíamos comprendido. Quizá la soledad y la extrañeza de sentirme en una tierra distante habían influido en mi enamoramiento, no lo pongo en duda. El tener a alguien a mi lado me ayudaba a superar esas sensaciones de abandono. Fuera como fuese, el caso es que yo la quería; su presencia llenaba el hueco de la incomprensión de los demás, de esa familiaridad inencontrable que se experimenta cuando uno está en compañía de los suyos. Los primeros meses fueron de una entrega total, de tanta entrega que nació nuestra hija, físicamente muy parecida a su madre, de mí poco tenía; cuando la miraba trataba de buscar algún rasgo que confirmara mi participación en su engendramiento y llegaba a la conclusión de que tal vez había puesto poco empeño; en aquel momento la ceguera de padre no me permitía ver con claridad la tontería de tal creencia. Nuestra relación se fue deteriorando sin saber cómo, quizá yo pasaba mucho tiempo en el andamio y ella en la oficina; era secretaria, y los dos lugares eran incompatibles, además era mujer de cierta cultura y sabía desenvolverse en todos los ambientes con facilidad, es decir, una mujer con don de gentes. Yo era bastante tímido aunque no falto de decisión. Me alegro de que nuestra hija haya quedado bajo su tutela, sé que ella sabrá darle el empuje y los estudios necesarios para que enfoque su vida y el mundo de la forma más conveniente. Yo carezco de conocimientos, los básicos nada más, mi vida se apoya en la destreza no en la inteligencia. Me gano mi sustento con la habilidad de mis manos; si soy sincero no hace falta estrujarse el cerebro para colocar cuatro ladrillos, pero también reconozco que ladrillo a ladrillo he construido casas, he creado hogares para que otros se albergaran; nunca se puede tener todo. Poco participé en la educación de nuestra hija; a medida que nuestra relación se enfriaba aumentó el distanciamiento; yo pasaba más tiempo en el andamio y ella en la oficina; la niña la dejábamos aparcada en la guardería. Cuando decidimos separarnos aún permanecí algún tiempo allí; las veía y conversaba con ellas, pero la parquedad de palabras, la falta de fluidez en el idioma extranjero, limitaban la expresividad a un nivel muy bajo. Al encontrarme solo la añoranza de mi tierra se acrecentó y empecé a echar de menos a mi gente; cuando volví me di cuenta de que todo y todos habían cambiado, mis familiares y amigos habían seguido sendas distintas. Me equivoqué al pensar que mi soledad se iba a mitigar con el retorno, lo único que conseguí fue acentuar más esa sensación; no obstante, tenía el consuelo de estar en tierra conocida y entre conocidos, pero ya no entre amigos. Hoy en día el contacto con mi exmujer casi es nulo: en fechas muy señaladas donde la frialdad y la cortesía se manifiestan con una falta de ganas disimulada. Ahora mi hija es adulta, ha finalizado sus estudios en la universidad y busca trabajo; es posible que esté enamorada, ella nunca me lo ha confirmado, pero estoy seguro de que con esa voz tan dulce y melodiosa que tiene habrá conquistado a más de uno de sus compañeros de estudios. Las pocas veces que hablo con ella por teléfono me parecen los instantes más preciosos que poseo; la verdad es que me siento muy  orgulloso; creo que es lo mejor que he hecho en mi vida. En mi cartera, llevo dos fotos muy escondidas de ella, una cuando era bebé y otra de adulta; de vez en cuando las miro, de vez en cuando contemplo transcurrir el tiempo, de vez en cuando contemplo la naturaleza seguir su curso, de vez en cuando me doy cuenta de que me hago mayor, muy mayor, muy mayor, muy mayo, muy mayo, muy mayo, muy junio, muy julio, muy agosto, muy septiembre, muy octubre, muy noviembre, muy diciembre y el año se termina y hay un año más. Le deseo todo lo mejor. Yo he rehecho mi vida en esta gran ciudad, si se entiende por rehacer el vivir y trabajar en ella, si se entiende por rehacer el llevar una vida en pareja, declaro que no. Lo he intentado varias veces, pero siempre me he topado con el fracaso; creo que estoy abocado a él, aunque mi Ángel siga siendo mi esperanza remota. Pongo mucho  empeño en mis relaciones y, sin querer, se desmoronan; deben de ser como esos muros que se van construyendo ladrillo a ladrillo y por una inclemencia del tiempo pronto se vienen abajo, no por falta de calidad de los materiales y de la buena mano de obra, sino por el sobresalto de una fuerte ráfaga de viento, por ejemplo. Tengo la sensación de que he sabido construir casas y no frases. He colaborado en crear grandes edificios; ladrillo a ladrillo los muros y paredes han ido creciendo, han ido cerrando y dividiendo espacios, han ido separando estancias y ambientes y cuando uno está próximo a rematar y observa la obra en su conjunto, se da cuenta de que ha colaborado en el progreso y la modernidad, que con un pequeño grano de arena uno ha ayudado a crear las catedrales de la opulencia, hogares lujosos, para gente lujosa, hogares sencillos para gente sencilla; y yo que en realidad tengo la solución en mis manos no he sabida crear mi propio hogar, hacer mi propia casa, con mis propias ideas, mis propias manos y alojar en ella a mi familia. Familia tuve, pero ya no tengo; ganas de levantar una casa tuve, pero ya no tengo. Me faltan ilusiones, la única que me queda se ha vuelto rutinaria, asequible y sin pretensiones: venir aquí cada noche y beber mi vino tinto, de un rojo intenso como la sangre y contemplar a mi Ángel. ¿Frases? Nunca supe crear frases, me faltan las palabras; quizá nunca supe pronunciar la frase ideal en el momento preciso; la rudeza de mis gestos junto con el temor a no demostrar una soltura que estuviese a la altura de las circunstancias cohibían aún más mi timidez de expresión haciendo unas frases entrecortadas y temblorosas ocasionadas por unos nervios agarrotados en mi garganta. Mi auténtico sentimiento siempre se quedaba para mí y si lograba expresarlo casi era a medias, la torpeza de mi apocamiento conducía a mi interlocutor a una falta de interés y a que mis propias palabras cayeran en la indiferencia. Sobre esta copa de vino lo he pensado muchas veces: debería haberme esforzado más en hablar con mi exmujer a pesar del idioma; si yo hubiera puesto más empeño y ella hubiese puesto un poco del suyo quizá pudiéramos haber estado hoy juntos. Pero ya no es momento de lamentaciones, el pasado pertenece a un tiempo pretérito y no presente. De nada sirve conjugar unos tiempos verbales que nos acerquen o alejen de la realidad, ésta se presenta ante uno con verdades actualizadas. Cada noche rememoro el rito de un hogar feliz, viniendo a este bar, a estas horas es como estar en familia, apenas nos conocemos y, sin embargo, nos transmitimos calor hogareño; apostaría el sueldo de un mes y estoy seguro de que ganaría a que todos los que aquí estamos no tenemos adónde ir; son momentos de estar al cobijo, de no deambular por las calles, de sentirse acompañados; el día ha sido pesado y el trabajo hace mella en unos cuerpos no ya tan jóvenes, por eso los volcamos sobre esta barra del bar, no solamente cargados con el esfuerzo físico sino también por la carencia de ilusiones y de acogida familiar. Muchas veces me apetecería tomar un buen café cargado para que me despejara este sopor profundo ocasionado por el agotamiento y el desánimo, pero es mi Ángel la que me trae esta copa de vino tinto, rojo como la sangre, y me lo pone delante y como un niño obediente poco a poco me lo voy bebiendo en el transcurso de la velada; no tengo el valor suficiente para rechazarlo; sería tan sencillo que con una mano lo apartara de mí y le pidiera amablemente que me trajera un café cargado, muy cargado, pero me falta el impulso, el gesto al rechazo, el gesto del desaire a poder ofenderla. Igualmente sería tan sencillo pronunciar una frase mágica: nimm den Leidenskelch von mir, aparta de mí este cáliz, no quiero beberlo, no me angusties más de lo que estoy, dame algo para que me despeje y pueda ver más claro. Y no tengo solución, como un corderito me resigno a seguir mi camino y agacho la cabeza y bebo, bebo hasta entorpecerme, hasta creerme que mañana será un nuevo día y algo cambiará. El sabor del vino y su reflejo en la copa me engañan, levanto la cabeza y veo a mi Ángel, a mi Ángel, a mi Ange, a mi Engel, Ángel, Angel, Ange, Engel; Angel, Ange, Engel; Angel+Ange+Engel= Angle. Y veo un ángulo, uno de los muchos a los que estoy acostumbrado cada día, ángulos formados por paredes, techos y suelos, infinidad de laberintos que superponiéndose se elevan a las alturas creando edificios; en uno de ésos, en uno de sus múltiples habitáculos yo poseo un apartamento: dos habitaciones, un salón, una cocina y un cuarto de baño, para mí es suficiente, no necesito más espacio, me sobra el que tengo. Está muy cerca de este bar, los pisos más altos se pueden ver desde el exterior, con atravesar el parque de los olivos uno ya esta en él. No me gusta acostarme temprano, tampoco duermo a pesar de estar cansado, necesito venir aquí. No tengo horarios fijos excepto el laboral y esta cita diaria; son los únicos que mantienen mi obligación, ando suelto como un perro vagabundo y se me puede encontrar en cualquier parte, pero al final del día siempre recalo en este bar, en parte es mi segundo hogar. Alguien me dijo un día que si hubiese un terremoto, éste nunca me pillaría en casa, y no iba muy descaminado. Las comidas las hago donde me encuentro, unas veces en casa otras cerca del trabajo; no soy muy exigente, cualquier cosa me va aunque tengo predilección por las carnes; reconozco que mi trabajo tiene un desgaste físico y he de compensarlo con un buen plato y un vaso de vino tinto. En estos últimos años confieso que el vino me ha reconfortado en demasía; he buscado en él consuelo y refugio, he sabido aliviar la intensidad de percepción con que a veces se presenta la vida y sus carencias; me ha atontado, aunque nunca he estado borracho, me ha dado el punto de alcanzar una sonrisa cuando la tristeza acechaba con su sombra; ¿ por qué no decirlo? Le estoy agradecido por ser un fiel aliado de mi desdicha, por distraerme, por humedecer mis labios cuándo éstos están secos por el silencio, por traerme a este bar pues aquí tiene un sabor distinto, quizá más amargo, pero más verdadero… necesito beber un trago, mi boca está seca. La mayor parte del día la paso en las alturas, mi trabajo casi siempre se desarrolla en los “ aires”, tan pronto estoy en el piso veinte como me mandan al piso treinta y siete; según el edificio en el que esté trabajando la panorámica de la ciudad puede ser magnífica; en el descanso, cuando me paro a tomar algo, en vez de conversar con mis compañeros, me retiro y busco algún lugar apartado del edificio en construcción desde donde pueda contemplar la ciudad; desconecto inmediatamente de mi labor y de donde estoy y extiendo la mirada sobre ese mar de cemento, me quedo en silencio para captar su murmullo, para imaginarme muy superficialmente las vidas de todas esas gentes que recorren las calles, que entran y salen, que suben y bajan, que aceleran y desaceleran, que caen y se levantan, que se pierden y se encuentran, que...que...que... Por un momento me doy cuenta de que entro en contacto con ellos por medio de la reflexión, me siento uno más al inmiscuirme, aunque nada más sea por medio del pensamiento, en sus acciones diarias; no importa lo alto que yo esté, también bajo y participo de los mismos movimientos y preocupaciones. Desde aquí arriba parece como si todo fuese distinto y no es así, cambia la forma de mirar, la perspectiva aérea mueve a la reflexión, pero nada más. Los edificios de la ciudad conservan una misma altura aproximada, salvo la antigüedad y la modernidad que despuntan hacia el cielo: las torres y las cúpulas de las iglesias reclaman su presencia por veteranía; los semirascacielos también se presentan como seres emergentes, vivos, desbordantes de futuro. Y yo aquí en uno de ellos ayudándolo a prosperar, a crecer, a convertirse en soporte de hogares en próximas generaciones. Me acerco al bordillo y miro directamente hacia abajo, no tengo vértigo, no me asusta el vacío, estoy acostumbrado; las profundidades me son tan familiares desde lo alto como desde sí mismas. Con el alba me elevo hacia el cielo, con el crepúsculo desciendo hacia la tierra. Durante el día convivo con la claridad, llegada la noche me sumerjo en la oscuridad, ¿qué tienen de común estas dos palabras? Nada tan sólo la terminación: dad. ¿Qué voy a dar? Nada, no tengo nada que dar, quizá tenga algo que recibir, pero no sé de quién. Dad! dad! dad! dad!¡papá! ¡papá! ¡papá! ¡papá!. Si para acceder a mi trabajo tengo que coger un montacargas que me lleve al piso indicado, para llegar aquí tengo que atravesar ese parque de olivos; son dos trayectos completamente distintos: uno es elevarse en línea recta el otro es sumergirse en línea recta también. Las finalidades de los dos destinos son las metas de mi vida: un trabajo y una búsqueda de hogar. El primero logrado, en el segundo hubo un intento, fallido, y en camino de no conseguir uno nuevo. Tanta claridad y tanta oscuridad, me muevo entre ellas, ambientan mis acciones, me delatan y me ocultan. El día y la noche. Y ahora es de noche. Al entrar en este bar”La casa d’Esperante” es como si me adentrara aún más en la noche de la noche, como si lo negro fuese aún más negro, como si yo aún fuese más yo, el yo más auténtico. El yo del andamio es un yo extrovertido, ágil, desenvuelto en su trabajo, servicial con los compañeros, dispuesto a echar una mano en lo que sea necesario; el yo del bar es un yo profundo, igual que el sonido que arrastra un eructo en su marcha hacia el exterior; vapuleado por la existencia, fatigado al no encontrar un lugar acogedor de reposo, que descansa incómodamente sobre esta barra de bar y que si por la mañana veía una hermosa panorámica aérea de la ciudad extenderse ante sus ojos, ahora lo único que tiene es una visión reducida de un vaso de vino tinto. Por la mañana la superficie de ese mundo es sólida, por la noche es líquida. Por la mañana todo es aridez, por la noche humedad. ¿Qué estamos todos haciendo aquí? ¿Qué esperamos? ¿A quién esperamos? Creo sencillamente  que venimos a pasar el tiempo, a que el tiempo transcurra en compañía de alguien, pero a distancia, la sola presencia basta. Imposible cualquier acercamiento, el único hacia el vaso. ¿Qué esperamos en Casa  d’Esperante? ¿Esperar o Esperanza? Esperar ¿por quién?, Esperanza ¿en quién? ¿Quién le habrá puesto este nombre? ¿Tendrá un segundo significado que oculte alguna intención? Uno de los clientes asiduos ya se ha marchado, quizá quiera descansar o alguien lo aguarda; poco a poco iremos abandonando el local por separado, nunca juntos; la ausencia de alguno indica el declive de la noche, el decir adiós a una jornada monótona que remata en un descanso merecido aunque frustrante. Ya no estamos los de siempre, su marcha nos predispone hacia un próximo desalojo del bar, pero los que allí quedamos nos hacemos los morosos, yo cojo mi copa y empiezo a darle vueltas como si en sus giros quisiera desentenderme de la despedida; algún otro mira fijamente el vaso dejando caer la insinuación en saco roto. Los que quedamos queremos alargar la estancia, me digo a mí mismo, un poco más y miro a mi Ángel, en sus ojos no advierto reprobación, me quedo tranquilo y bebo un poco, el vino me sabe mejor. La música machacona parece haberse suavizado, sí, estoy seguro; no creo que sean los efectos del alcohol los que hayan amortiguado su percepción, tampoco he bebido tanto como para estar ligeramente apocado. Mi Ángel está pendiente de mí, cuando se me está terminando el vino, sin quedar vacía mi copa, viene y me la vuelve a llenar; no quiere que pase sed; suelo beber dos o tres copas de vino tinto, muy tinto, muy negro y muy rojo, como la sangre, así es el vino de esta región, muy cargado. Hay silencio, mucho silencio a pesar de la música ambiental; ésta no entra en las mentes y las tonifica, es algo que está en el aire y nada más, como el humo, se aguanta, se soporta y se asimila  como una incomodidad de las relaciones sociales. La música se extingue poco a poco en el silencio del bar; me sorprende la agudización de los sonidos por la mañana y por la noche también; cuando estoy en la obra el gorjeo de algunos pájaros me parece una irrupción divina en la cotidianeidad del trabajo, una crispación que se agradece sobre todo en las primeras horas del día, pues anuncia la frescura de una jornada, de un día más en la vida de uno. Cuando el edificio aún está en estructura, sin divisiones, pequeñas bandadas de pájaros lo atraviesan, rápidos como flechas, sin apenas darnos cuenta, los que allí estamos, de percibir su paso y de que han herido el corazón de un coloso de cemento. Por la noche aquí, no hay pájaros, no hay viento, no hay lluvia, no hay nieve...Las inclemencias del tiempo no cuentan, estamos al cobijo, estamos protegidos de cualquier agresión externa; pero nuestro interior sí está herido, no importa la causa, no importa el sujeto o la acción que lo haya ocasionado, nuestro cuerpo es lo suficientemente inteligente y discreto para exteriorizar nuestras más íntimas convulsiones; sin querer, la forma en la que estamos sentados delata una inconformidad con nosotros mismos. La música al comienzo, al entrar, era agresiva, incitaba a la agitación, que si bien no se manifestaba en una coordinación, sí ayudaba a que la mente alterara su tranquilidad y entrara en ebullición; ahora se ha vuelto tranquila, sosegada; el cansancio va haciendo mella en cada uno de nosotros, pero yo resisto, me empeño en salir de último y siempre lo consigo. Poco a poco las luces del local se irán apagando, irán amortiguando su intensidad y nos irán despidiendo, excepto una cuya llama agonizará en el último instante; entonces “ La Casa d’Esperante” quedará a oscuras, desaparecerá en la noche y con la noche hasta que el nuevo día abra una vez más sus cortinas con la esperanza de ver “La Casa d’Esperante”. Sin que se dé cuenta, miro a mi Ángel, recorro con la mirada su cuerpo de arriba abajo, necesito constatar una realidad, su existencia; de repente me mira y me sorprende, bajo mis ojos y los clavo en mi copa y en el líquido rojo se diluye una ilusión. Miro a mi alrededor y compruebo que ya estoy solo, el resto de la clientela se ha marchado, lo he conseguido, como siempre saldré de último; es un abandono agradecido, deseado, es posible que sospechen algo, que mi única intención es quedarme con ella a solas; no me importa, mi fijación a este taburete y a mi copa son capaces de desechar cualquier idea de desarraigo sin haber cumplido mis deseos. Las luces se han extinguido salvo una que proyecta luz intensa, blanca, en línea recta, que comunica techo y suelo, es como una estrella, es la única estrella que brilla en el firmamento de este bar. Estos momentos siempre me han parecido mágicos, tal vez sea la magia que exista en mi día a día, en ellos se condensan mis deseos de expresarme, de dar rienda suelta a mis sentimientos, de encontrar las palabras idóneas que configuren y den cuerpo a lo que realmente siente mi corazón. Cada noche, cada vez que vengo aquí trato de suavizar mi rudeza, sobre todo la externa: me ducho, me afeito, me pongo mis mejores galas y hasta me echo un poco de agua de colonia para ahuyentar la manía de que todavía sigo oliendo a andamio. Una vez arreglado me miro al espejo y una sonrisa adolescente de aprobación me confirma que ya estoy dispuesto para salir. Alegre e ilusionado me vengo hacia aquí creyendo que mi aspecto físico me ayudará a encontrar las palabras exactas, dignas de mis sentimientos, pero durante el transcurso de la noche me convenzo de que me he convertido en mudo, de que carezco de recursos, de que mi destreza reside en mis manos y no en la palabra y de que mi medio de expresión externa es agarrándome a este taburete y a mi copa, extinguiendo el tiempo hasta un límite. No tengo valor para decir: nimm den Leidenskelch von mir. Aparta de mi este cáliz. Sería ceder, sería rendirme. Estoy sujeto a mi destino y lo recibo con los brazos abiertos, bebiendo un buen trago de vino tinto, por muy amargo que sea lo acepto. Ha llegado el instante de mirarnos a los ojos, sabemos que nadie nos observa, que nadie puede presenciar nuestro silencio y torpeza, que nadie puede interrumpirnos y que si nuestra mirada tiene que perdurar más en ese instante nadie sorprenderá nuestra entrega, nadie, sólo nosotros. En mi mente las palabras se agolpan, se entremezclan, pero no encuentran orden ni vínculo de expresión, soy un Orfeo torpe ¡ qué le voy a hacer!, mi Eurídice sabrá llenar mi silencio con su voz. Creo que ha llegado la hora de irme, sobre la barra del bar dejo discretamente unas monedas; quiero que sea un acto insignificante; en el fondo creo que es injusto pagar por algo que es mío, ese vino es como si formara parte de mi cosecha. Involuntariamente la noche se ha adentrado en este local, en la  “Casa d’Esperante” y la última estrella vacila, su energía disminuye y antes de que todo sea oscuridad una mirada de despedida; la música ambiental ha enmudecido, yo me levanto y me dirijo hacia la puerta, antes de abrirla, me vuelvo para decir “hasta mañana”, pero ya no veo nada, es de noche y una voz desde el fondo del bar canta: https://www.youtube.com/watch?v=onz2sYMV4Yg
 


                  Quest’asilo ameno e grato

                   Del riposo il terren,

                   È il soggiorno ridente

                   Beato del sommo ben:

                   Non ingombra l’alma sicura pura,

                   L’aura tranquilla gira, spira

                   La calma piacere nel sen:

                   E dell’ anima il dolore muore,

                   Fuggendo il casto terren.

 

 

                   Este refugio ameno y grato,

                   Tierra del reposo,

                   Es la residencia riente

                   Y feliz del dios supremo:

                   Ligera el alma segura y pura

                   Por la brisa tranquila vaga, espira

                   El sosegado placer en el seno,

                   Y del alma el dolor muere,

                   Huyendo de esta casta tierra.         Eurídice

 

                         Orfeo y Eurídice- Ch. W. Gluck

 

lunes, 17 de agosto de 2015

HABAKKUK, HABAKK


HABACUC
HABACUC (IL ZUCCONE)
,DONATELLO
 



                                                                                                     
 

LA PIEDAD FLORENTINA
MIGUEL ANGEL,.
NICODEMO

 
                                                                                                                           
 





Debo darme prisa; tengo poco tiempo, entre avión y avión; quiero aprovechar ese intervalo para visitar a Habakkuk; cogeré un taxi, andando no llegaría nunca: “ Taxi, taxi, lléveme al Museo dell’ Opera, por favor”. Hace tiempo que no hablo con Habakkuk, he estado tan ocupado últimamente; mi profesión me ha mantenido tan alejado de estas tierras que lo he tenido un poco abandonado; siempre me ha gustado hablar con él, al menos puedo explayarme a gusto; desahogarme y si se da el caso contarle mis preocupaciones e intimidades; en el mundo de los negocios en el que me desenvuelvo nadie tiene tiempo para nadie; nuestras conversaciones se mantienen a niveles profesionales y burocráticos; tan pronto se adentra uno en ámbitos propios del ser humano, la gente huye o finge oír, y en el fondo hacen oídos sordos a las palabras. ¿Cómo estará Habakkuk? Pues tan calvo como siempre, la verdad es que nunca tuvo pelo y ahora con el paso de los años no creo que esté hecho un melenudo, iría contra natura. Yo tampoco puedo hablar de mí, mi cabellera no es muy abundante y una incipiente calvicie anuncia un futuro de una terrible escasez capilar. Nos consolaremos mutuamente. “Dése prisa, por favor, tengo poco tiempo”. Hay un tráfico muy denso e impide una circulación fluida. Recuerdo perfectamente la primera vez que vine a esta ciudad, hace ya tiempo de eso, estaba recién casado, no sé por qué motivo mi esposa decidió quedarse en el hotel, quizá por cansancio; habían sido unos días agotadores recorriendo museos e iglesias con un calor insoportable y yo, mientras ella descansaba,  volví a uno de aquellos museos que ya habíamos visitado y entré en él, era el Museo dell’Opera donde vive Habbakkuk, ¿por qué volví allí? No lo sé, el caso es que lo recorrí de nuevo y me paré instintivamente delante de él, nos miramos y aquella mirada selló nuestra amistad; fue nuestro primer encuentro, a partir de entonces sigo visitándole, no con la regularidad deseada, qué le voy a hacer. Mi vida, desde siempre ha estado unida a una especie de agitación, de prisas, de no concebirla si no hay un movimiento perpetuo; desde que era muy pequeño hasta hoy en día he estado ligado a una desazón que nunca he llegado a saber si era innata o adquirida por un estilo de vida que me implantaron cuando era niño; el caso es que nunca he estado a gusto conmigo mismo si no me comía el tiempo; y siempre tiene que ser un tiempo futuro, el presente no me vale y el pasado me ha parecido ya inservible. Mi profesión me exige proyectos a largo plazo, soy ejecutivo y pertenezco a una empresa multinacional; nunca estoy quieto, aunque parezca que tengo momentos de reposo porque mi cuerpo se encuentra en estado de relajación: sentado o recostado mi mente bulle y transmite a todo  mi ser, por medio del sistema nervioso, un desasosiego que hace que éste se rebele a través de unos síntomas más propios de una demostración pirotécnica que de un cuerpo humano. Aerofagia, meteorismo, flatulencia, dispepsia, todo esto puedo albergar en mi sistema digestivo por no tomarme la vida más relajadamente. Hoy por hoy esto sería imposible, además tampoco estoy dispuesto a que por cuatro pe-di-tooos, inoportunos e indiscretos, deba abandonar una brillante carrera profesional. “Dése prisa, por favor, a ver si llegamos pronto al Museo dell’Opera; siento instigarle de esta manera, pero tengo poco tiempo”. “Relájese señor, ya queda poco, estamos muy cerca”. Llevo una vida tan cronometrada y de aceleración extrema que no saboreo los instantes más simples que respiro; prometo que cuando esté con Habakukkk estaré sereno; mantendré la compostura como si fuera un niño obediente, de hecho el encontrarme con él me relaja; diría que me hace sentir más humano; me olvido de mi vida profesional que anula la normalidad de mi persona. “Ya hemos llegado, señor”. “Al fin, tome el importe y quédese con el cambio, gracias por su rapidez”. Nunca cojo el tique de entrada, o no me ven, o hacen que no me ven, o se creen que soy uno más de la familia de esculturas que aquí residen, o mi cara les resulta tan conocida que asimilan que pertenezco al edificio, y eso que hace algún tiempo que no vengo por aquí, sea como sea yo entro. ¿Dónde estará Hhhabakukkk? No lo encuentro, juraría que estaba en esta sala con las demás esculturas, ¿lo habrán cambiado? Voy a seguir buscando...Voilà, allí está; lo han dejado solo y tiene una nueva iluminación; es una sala grande para una única escultura; la luz proyectada hacia él hace que resalte en medio de la penumbra; posee una gran fuerza, es impactante. ¿Qué habrá en esta sala contigua? Voy a mirar; desde mi última visita ha habido algunos cambios que alteran la ubicación;  todo será cuestión de indagar. ¡Oh! Si han puesto a Nikkko; lo han dejado solo también, levantando a ese hombre y esas dos mujeres ayudándole; aún no lo han logrado, no han conseguido ponerlo de pie; mira que ya llevan años intentándolo y no hay manera. Estoy convencido de que necesitarán más ayuda. Me gusta como están iluminados, hasta la penumbra que los rodea resulta acogedora... Tengo una idea, si después de hablar con Habakuk me queda tiempo, les echaré una mano... Voy a dejarme de monsergas ya que el tiempo apremia y voy a hablar con él: Hola, Hablakukk, ¿cómo estás? Disculpa por no haberte visitado antes; he estado tan ocupado que no he tenido tiempo de venir por aquí; pensarás que esto no es disculpa y te lo creerás a medias, pero es la verdad. Estos últimos meses mi empresa me ha mantenido alejado de estas tierras y ahí  estriba el motivo de mi pequeña deserción; aprovechando el intervalo que tengo entre avión y avión he venido a verte; sé lo que me vas a decir: que debo dejar de andar por las nubes y fijar los pies en la tierra; es un buen consejo viniendo de un hombre tan terrenal. Echaba de menos nuestras conversaciones, bueno, llamar conversación a lo nuestro es mucho calificar, digamos monólogos porque llamarlo diálogo también me parece una exageración; al fin y al cabo tú sólo me escuchas y yo hablo y hablo y hablo y hablok y hablok y hablok y hhhablok y hhhablokkk y hhhablokkk... y tú no dices nada; también es cierto que hay interlocutores que son parcos en palabras por no decir mudos y el que lleva la conversación es el otro; sea como sea yo hablo y tú escuchas porque hablar los dos al mismo tiempo sería la incomprensión y además éste no es el caso. Tampoco entiendo mucho la razón de venir aquí a desahogarme; voy a serte sincero Haaabakukkk y que no te parezca mal, pero es la verdad, no eres más que una mole de piedra, muy bien esculpida, eso sí, y nada más. Me hubiese sido más sencillo tomarle simpatía a una pared para poder hablar con ella y mira por dónde no ha sido así. ¿No te habrá sentado mal lo que acabo de decir? La verdad es la verdad: tú piedra, yo carne; yo carne, tú piedra; tú piedra, yo carne... Además, creo que debes sentirte orgulloso de que muchas veces venga desde tan lejos a hacerte una visita; pocos visitantes lo harán con tanta asiduidad. El caso, Habbblakuk, es que a veces llego a la conclusión de que pertenezco a un mundo de locos; el tiempo transcurre con tanta aceleración o lo hago transcurrir con tanta aceleración que soy incapaz de asimilar los acontecimientos que me rodean  y lo que es más triste: mi propia vida. Esa aceleración origina un menosprecio hacia el pasado; éste queda relegado a un segundo plano y el mirar hacia atrás exige una dedicación que no vale la pena acometer. Y sin embargo, vengo aquí, me sitúo frente a ti, y creo que eres el freno, el punto de descanso y reflexión a mi vida acelerada. Tú, Hablakukkk, representas el tiempo pasado, la experiencia. Si hablases, cuántas anécdotas podrías contarme, porque no me dirás que no has conocido gente, además, siempre has sido un testigo mudo de  la sociedad de estos últimos siglos; por la forma en que te han mirado estoy seguro de que has sacado tus propias conclusiones sobre el ser humano, ¿hemos cambiado tanto?, ¿hemos mejorado o empeorado? Externamente es posible que hayamos avanzado; me refiero a la indumentaria, costumbres y avances científicos, pero en nuestro interior, nuestra persona, creo que aún nos seguimos moviendo por instintos primarios. Quizá no estés de acuerdo; ver el mundo desde un pedestal confiere a la persona cierto privilegio; contemplar a los demás desde las alturas puede interpretarse como una postura de desprecio; el que yo te mire desde un nivel inferior puede tomarse en un sentido de súplica; me da lo mismo la conclusión a la que se llegue, eso no nos concierne ya que no es nuestro caso, tanto tú como yo a pesar del nivel en el que nos encontramos nos hablamos de tú a tú. Tu expresión me indica que tienes y quieres decirme algo; tómate el tiempo que sea necesario... mejor pensado, no tanto porque hay que reconocer que llevas años para decir algo y aún no te has decidido, y sigues tan lozano y fresco como una lechuga; piensa que yo no dispongo del mismo tiempo y tengo tendencia a marchitarme, la materia de la que estoy hecho es caduca. No obstante, sigo hablando para que te animes. Hay poca gente hoy en el museo, tanto esta sala como las contiguas están prácticamente vacías, mejor así; la ausencia de público facilita la intimidad y ya no digamos esta penumbra. No sé de quién habrá sido la idea; el hecho de ubicaros a ti en una sala solo, en una sola sala, en una salo sola, en una losa sola, en una laso losa y a Nnniko en otra me ha parecido extraordinario. Hablando de frivolidades, Habbaqukkk, ¿puedo decirte algo? Me gusta la ropa que llevas puesta, no sé por qué, pero la encuentro... la encuentro...la encuentro... ¿cómo decir? Contemporánea, eso, contemporánea y  ¿qué me dices de tu corte de pelo? Moderno, muy moderno. Hay que andar con los tiempos, sería la frase idónea en esta situación; pero tú eres atemporal, eres una coincidencia del momento y del tiempo a lo largo de los siglos. Cambiando de tema, el pobre de Nikooo cómo se esfuerza en levantar a ese hombre y no lo consigue, pues no será por falta de tiempo; esas dos mujeres poco pueden ayudarle, además le falta una pierna, seguro que lo habrán herido en la guerra. ¿Sabes? Creo que nos juntamos tres víctimas de nuestras propias circunstancias: Niiikooo víctima de un esfuerzo inútil, tú incapaz de poder hablar y yo implicado en unas prisas que no me conducen a nada. Hablakkkuk, tengo cierta curiosidad desde la primera vez que vine a este museo; pude haberla satisfecho en mis anteriores visitas, pero la pregunta siempre se me iba y ahora me gustaría aclararla: ¿ por qué este museo se llama dell’ Opera? Porque aquí estáis todos mudos y yo no me voy a creer que por la noche os dedicáis a cantar o ¿sí?. Me llevaría una gran sorpresa. Si así fuera me gustaría participar, aunque me sería imposible, mis prisas me lo impiden. ¿ O este edificio fue en su momento un teatro dell’ Opera? No me lo parece, no tiene trazas de eso. De día fijo que no abrís la boca y ¿de noche? Puede que esto sea un misterio, lo dejaré como tal. Es agradable la temperatura que reina en el museo; por norma general las temperaturas que predominan en estos lugares de exhibición y de conservación, ¿por qué no?, siempre son medias, nunca llegan a extremas; os cuidan bien, aunque hay que decir que la pintura es mucho más frágil que la escultura; vosotros sois más duros, estáis hechos para vivir a la intemperie; apuesto que algunos de tus compañeros que aquí moran, quizá y no por gusto, han pasado más tiempo al aire libre, aguantando las inclemencias del tiempo, que bajo un techo protector, pero así es la vida. Hablakuqqq, ¿por qué me miras tan fijamente?, ¿qué me quieres decir? Soy muy torpe y no sé leer en la mirada o tal vez un poco, sacaría conclusiones erróneas; la palabra sería la solución más acertada, no te cohibas y habla, soy todo oídos. Admiro a alguna gente que pulula por los museos; admiro la interpretación que saben hacer de gestos, colores, sombras y que poseen ese toque especial de sensibilidad para con las artes plásticas; aparte de ese don innato a éste también hay que educarlo y para eso hay que tener tiempo, sobre todo esforzarse por tenerlo; yo soy un hombre muy ocupado, un hombre lleno de prisas, que quiere abarcarlo todo y que por avaricia apenas logra nada, pero el mundo, más concretamente mi vida que en él se desenvuelve, está montado de esta manera y me arrastra y me dejo llevar y no pongo impedimentos ¿ debería rebelarme aunque sólo fuera por un momento?... Nnnikkko toda una vida intentando levantar a ese hombre y no lo ha conseguido; da la sensación de haberse quedado congelado en un instante de esfuerzo; representa una generosidad hacia el prójimo paralizada, a punto de lograrlo o de desistir. Es tenaz y me consta que alcanzará su meta con o sin ayuda. Hablacuc, tanto tú como Nico, sois duros, estáis hechos de un material duro, el mármol; yo soy frágil, estoy hecho de carne, un material perecedero, si no se le insufla vida se deteriora y se corrompe; no estoy hecho para perdurar, soy caduco; vosotros estáis destinados para la eternidad, para resistir al tiempo, sencillamente os habéis quedado a punto de... y yo estoy a punto de...pertenecemos a futuros inmediatos, a lo que nos pueda acontecer dentro de cinco, seis, siete... segundos o dentro de un cuarto de hora, pero no más. ¿Cuánto mides? Calculo de uno noventa a dos metros más o menos, y ¿Niccco?  Él mide mucho más, unos dos metros, es corpulento, lo necesita para levantar un cuerpo muerto, yo mido menos ¡qué más da! ¡para qué entrar en detalles! ¿Sabes? Ni mi familia, ni mis amigos, ni mi empresa están enterados de estas visitas; las ignoran, y yo nunca les he hecho ningún comentario, es algo mío, personal, es un lapso en el tiempo, inexistente en una globalidad, ignorado entre los acontecimientos del día a día, de la cotidianidad. Vengo aquí cargado de prisas, pero sea como sea, intento venir. ¿Qué provecho saco de estas visitas? No lo sé; es lamentable el haber hecho esta pregunta, estoy pensando como hombre de empresa; éste siempre ve beneficios en todas partes y si no, abandona el objetivo y enfoca las miras hacia otros intereses; si mis allegados se enterasen me dirían que es una pérdida de tiempo y que no estoy para tales despilfarros; no lo considero así, no creo ni en tal pérdida y no me importa que lo llegasen a saber, creo que es mi secreto, por llamarlo de alguna manera, y aunque fuera un secreto a voces me daría igual, ¿ qué cuestionan la finalidad y la cordura de dichas visitas? Eso sólo me concierne a mí. Quizá venga aquí a encontrar respuestas a unas preguntas que en silencio me hago y que nadie me sabe responder, aunque aquí tampoco soluciono nada porque tú no hablas Hablllaqukkk y con Nikooo ya ni lo intento pues veo que está absorto en su tarea y sería inútil atraer su atención. Me conformo con el simple hecho de verme motivado a cuestionarme y a mantener la esperanza en lo de estar a punto de... “¿Dónde ha quedado mi prisa? Después de llevar un rato hablando me he tranquilizado y aquellas ansias por cumplir con un tiempo prefijado han amainado, como todo está a punto de... ¿Qué espero? ¿qué va a suceder? Si soy realista diría que nada, pero como en estos momentos me encuentro esperanzado diría que cualquier cosa de lo ya previsible: que Hablak hablará, que Miko logrará levantar a ese hombre y que yo me iré o me quedaré. Todo está a punto de suceder, quedan unos instantes nada más, a lo sumo minutos. Se me ocurre algo: ¿y si perdiera el  avión?, ¿y si estuviera a punto de perderlo? Podría pasar que tuviera que alterar toda una agenda de trabajo o sencillamente desdramatizar una situación a la que se le ha concedido demasiado interés y que sólo sería un retraso, una arritmia sin importancia en el latir cotidiano de una vida, pero de mí dependen muchas decisiones y la organización laboral de mucha gente; debo repetirme y convencerme de que no soy necesario, pueden pasar sin mí, me echarían en falta los primeros días, pronto cubrirían mi puesto con otro compañero. Tú ¿qué opinas, Jablakkk? No opinas nada  ¿no crees que sería interesante de que yo un hombre importante, de enorme responsabilidad, cumplidor de las normas laborales a rajatabla, exigente, cometiera un pequeño fallo y estuviera a punto de perder el avión, consciente de lo que eso significa, y transgrediera una rutina, un ritmo de aceleración y que pusiera como disculpa una excusa tan poco lógica como que  “he estado a punto de”? “ No, señores, estoy a punto de... Estoy a punto de... no, señores, seamos más internacionales, ya que somos una empresa multinacional, seamos más universales, hablemos en las lenguas en las que nos desenvolvemos, practiquemos el don de lenguas, repitan conmigo: “ estar a punto de” “être sur le point de” ‘to be about to’ ,drauf und dran sein zu’ “essere sul punto di”, señores, estoy a punto de..., a punto de...a punto de...de...”. Así me expresaría ante el comité general de empresa, pero me quedaría congelado en ese punto, en ese instante, en esa décima de segundo en el que la rabia se paraliza, se frena en la garganta y permite a las palabras que contengan su ira. Jablakkkuppp, ¿no estaré harto de todo esto?¿ No crees que debería dejarme de tantos remilgos y lo que es un futuro inmediato se convirtiera en un presente real y verídico? Decirles que ya está bien de exigencias, de majaderías y que, como un niño cuando se emberrincha, sólo quiere peace, peace, peace, pice, pice, pice, pi:s, pi:s, pi:s, pis, pis, pis. Seguimos erguidos, los tres seguimos erguidos, de pie, manteniendo el tipo y no desfallecemos y  ¿si cantáramos?, ¿qué te parece? No es mala idea, pero el único que terminaría haciéndolo sería yo, tú no estás por la labor y Mikkko  ¡ya ves! A lo suyo. Si supiera que cantándote te ayudaría a hablar, no lo dudes que lo haría, te cantaría en voz baja y, para no llamar la atención, al oído, a pesar de que estás tan alto me las arreglaría para que mi canto fuera como un susurro. Sabes que me encantaría; hace tanto tiempo que de mi boca no salen unas notas armoniosas; mi voz se ha convertido en una especie de máquina de dar órdenes, mis palabras configuran frases en códigos preestablecidos y empleados según las profesiones, la mía tiene los suyos propios. Día tras día, una serie de situaciones desencadena un vocabulario y una frases que sólo permanecen en la superficie, órdenes o decisiones siempre en beneficio de la empresa, claro está, y si en algún momento aparece una grieta por donde aflora un sentimiento rápidamente ésta es cubierta por un pase instantáneo de indiferencia. En casa que es el lugar en donde la confianza desnuda las manías y las anima a sincerarse, yo no tengo tiempo, miento, sí tengo tiempo; pero estoy casi siempre agotado, hablo con mi esposa sobre los acontecimientos diarios de la vida familiar y en el transcurso de la conversación, si me abandona el interés por lo comentado, un derrumbe interior se produce en mí causado por el cansancio, sumergiéndome en una somnolencia con la cual la lástima que por mí siente mi esposa no osa enfrentarse. Es chocante que venga aquí a reconocer que me gustaría cantar, que me gustaría que cantáramos, tal vez porque te veo inmóvil y  “a narices”, perdona por la expresión, me tendrías que escuchar, ¡a todo el mundo le gusta que le escuchen! O  ¿a ti no? Piensa que estás a punto de...a punto de...de...de... Piensa que aquí el único que está dispuesto a escucharte soy yo. Hace tanto tiempo que no canto, creo que desde que mis hijos eran pequeños; entonces aún disponía de tiempo y de ganas, ahora ya no me motivan; indudablemente han crecido y están en esa adolescencia en que la fantasía infantil se ha perdido y esa frágil e incipiente cordura les llevaría a pensar que su padre se ha vuelto un poco majareta. Siempre cantábamos algo antes de que se acostaran; ahora casi ni los veo y cuando por casualidad me topo con ellos en casa me resultan casi seres extraños, aunque instintivamente algo me dice que son mis hijos. Mi tiempo marcha a un paso más acelerado, su tiempo no alcanza al mío, nunca llegan a igualarse; yo no puedo ralentizar y ellos no pueden apurar; está visto que no sincronizamos, los pierdo y me pierden, nos perdemos; yo pierdo, tú pierdes, él pierde, nosotros perdemos, vosotros perdéis y ellos pierden. Siempre hay algo que perder. Hasta yo puedo perder mi avión  ¿por qué no? Ablakkkukkk  ¿por qué no me hablas? ¿Por qué te niegas a hablar? Yo sé que durante tu vida “activa” fuiste profeta y los profetas, no lo negarás, siempre han tenido mucho pico; disculpa por decírtelo tan clara y familiarmente, es verdad, ¿por qué ahora no decides romper con tu vida “pasiva” y volver a la  “activa”? Te lo digo por activa y por pasiva, o como quieras, por pasiva y por activa  ¿por qué carajo no hablas de una vez? ¡Mira que eres tozudo! Pues a eso no hay quien me gane. Ya sabes que recuperar las buenas costumbres, siempre sienta bien ¿o no? Además te pasaste tu buen tiempo profetizando ¿ ya no hay nada más que profetizar? ¿Está todo dicho? ¿El verbo profetizar ha caído en desuso? O ¿hay miedo a que el profe atice? Los pro-fetos o pro-jetas siempre han atizado con la palabra; en cierto modo habéis hecho vuestra revolución muy sutilmente; como quien no quiere la cosa habéis alzado vuestra arma, que ha sido la palabra, para anunciar un futuro más o menos próximo o lejano, pero no inmediato; el futuro inmediato lo tenemos nosotros: Nico, tú y yo. Querido amigo, estamos a punto de... estamos a punto de... a punto de...punto de...de... de...estamos a punto de caramelo. Si tú no hablas, si Nicko no levanta a ese hombre de una vez y si yo no pierdo el avión ahora, no lo lograremos nunca... Para que veas, daré yo el primer paso: ya he decidido perder el avión, me quedaré aquí, mi futuro inmediato se ha convertido en un presente real, ¿a qué esperas?, ¿a qué esperáis?, ¿tienes miedo a perder algo? Más no puedo hacer. Ya no me quedan recursos para hacerte hablar; creo que lo he intentado todo; no se me ocurre nada, o tal vez sí, a lo mejor necesitas unas palabras mágicas que te hagan salir de tu encantamiento y las que me vienen a la memoria son las de siempre, las que sin querer te he estado repitiendo durante este encuentro: “ Hablakuk hablak”  “Hablakuk hablak” “Hablakuk hablak”  “Hablakuk hablak” “Hablakuk hablak”  “ Hablakuk hablak”  “Hablakuk hablak” “ Hablakuk hablak” “ Hablakuk hablak”  “Hablakuk hablak”  “Habla, habla de una vez o te maldeciré para siempre”.

jueves, 18 de junio de 2015

EXALTACIÓN






BR007- E. Lacombe

     Aquella situación le parecía imposible, inverosímil. Por más que trataba de buscar un hueco en su cabeza para aceptar el accidente y sus consecuencias, más bien sus consecuencias, no hallaba ni el más mínimo espacio. Sus opiniones sobre la muerte siempre habían sido bastante tajantes, la asumía como parte del destino del ser humano; sin embargo, los preámbulos tales como alargamientos de la agonía, sufrimientos... se le escapaban de las manos y de la lógica también. Intentaba razonarlos, analizarlos, darles la vuelta, enfocarlos desde cierta distancia o, a veces, aproximarse a ellos buscando siempre el poder encontrar una aceptación coherente, pero nada, cuanto más intentaba profundizar, menos claro lo tenía. Aquel accidente de su esposo la había dejado en un caos total; sus pensamientos no fluían con la claridad que era de esperar, no concebía cómo aquel amor que se habían profesado durante toda su vida pudiera terminar de una forma tan catastrófica y desoladora. Llevaba más de un mes en coma y no tenía ni trazas de recuperarse, al menos recuperar un poco la consciencia; poder despedirse de él y él de ella, fundirse en un último beso, lo veía difícil; los médicos le habían dado muy pocas esperanzas por no decir ningunas, éstas se mantenían desde un punto verbal, semántico, pero no real. Lo había amado tanto y lo seguía amando; como mujer adulta empleaba el verbo amar en toda plenitud, sin haber perdido un ápice de la fogosidad de su juventud, no había disminuido la intensidad de los años jóvenes, en su madurez aún seguía amando a aquel hombre con el equilibrio que da un amor entregado y años de convivencia. Durante aquellos días de hospitalización había aprendido que la ciencia había puesto todos los medios a su alcance para reanimarlo, a medida que el tiempo transcurría y se cerraban las puertas de la recuperación, se abrían otras que conducían hacia un trágico final. Había sido una gran luchadora durante su vida, había tenido que remontar muchas dificultades, el enfrentarse a la muerte de su ser amado no la acobardaba, más bien la envalentonaba, la aceptaría, pero con despedida. Quería abrazarlo, besarlo, acariciarlo, mimarlo, hacerle carantoñas, y que él fuera consciente de ello; no estaba dispuesta a hacer todo aquello a una momia; era la única condición que le ponía a la muerte, a la vida o a quien fuera. Sentada en la silla de la habitación contemplaba a aquel cuerpo inerte, rodeado de aparatos y tubos que mantenían unas constantes vitales, pero nada más; más de una vez le entraron ganas de levantarse y darle unas bofetadas con la energía que aún le proporcionaba la pasión amorosa para que despertase y volviese a la realidad; el cariño la refrenaba, sabía que si él fuera consciente de la situación, trataría por todos los medios de salir de ella, estaba abandonado a su destino. Durante el día ella subía la persiana de la ventana para que entrase la luz, deseaba que el calor del sol calentara la estancia y transmitiera su energía a aquel cuerpo; por la noche apenas la bajaba, lo necesario para conservar cierta intimidad; también creía que la oscuridad podía colaborar con su vigor a recuperar a su amado. Su mundo, que siempre había gozado de una gran amplitud, ahora se veía reducido a cuatro paredes y más que a cuatro paredes a unos artilugios que, de noche, marcaban niveles, constantes, números, sonidos débiles, eso sí, todos con una gran profusión de colores. Después de hablar con los médicos con bastante frecuencia y harta de no hallar en sus palabras un mínimo de esperanza, se preguntaba si el amor que se habían profesado y que se profesaban no habría dejado energía suficiente para reanimar un cuerpo, su cuerpo. A veces su desesperación era tan fuerte que aquella palabra  “energía” taladraba su mente y creía poderla encontrar en cualquier parte, sobre todo en la naturaleza: el día, la noche, el fuego, el viento... clamaría al cielo si hiciese falta con tal de devolver por unos instantes, el tiempo que se pueda gastar en una despedida, un suspiro de consciencia. Todo el tiempo le era poco para estar con él; iba a casa disparada y regresaba disparada, allí se aseaba, comía muy poco y el ansia de volver al hospital la alimentaba, porque su alimento era estar en su compañía; en aquella silla dormitaba, descansaba por decirlo de alguna manera, ya que su sistema nervioso la ponía eléctrica, en el duermevela su cuerpo de vez en cuando se agitaba y producía unas descargas, unas ligeras convulsiones que la despertaban, se volvía a quedar adormitada con una sonrisa en el rostro, como si pensara que ella era la productora de su propia energía, una autosuficiencia  que impedía una relajación profunda. Le gustaba asearlo; cuando venían las auxiliares a hacer esta tarea, procuraba inmiscuirse en ella, la dejaban terminar por completo, el amor que ponía en el aseo del rostro era como si marcara cada una de sus facciones una vez más: con una esponja húmeda repasaba la frente, las cejas, los ojos, la nariz y la boca concluyendo en el mentón, todo un rito iniciático, un conjuro para que aquel hombre despertara de su hechizo. Los médicos, las enfermeras o cualquier persona que se allegara a aquella habitación sabían que había algo de mágico, algo que se apartaba de los cánones tradicionales de la medicina; en aquel espacio reinaba el silencio, los sonidos emitidos por las máquinas o los externos causados por las idas y venidas del personal sanitario no parecían interrumpir la marcha en aquel nido de cariño. Ella siempre tenía un libro cerca, lo abría y se lo ponía a leer, hacía unas paradas y apartaba la vista dirigiéndola hacia él; aunque no leyera en voz alta, todo lo que su mente recibía a través de la lectura, en cierto modo telepáticamente, deseaba transmitírselo, deseaba compartir con él la magia de aquellas palabras; a veces se quedaba dormida y el libro se caía al suelo, la caída la despertaba borrando inmediatamente el efecto narcótico de la aventura y haciéndola volver a la realidad cruda y dolorosa. Para suavizar el choque recordaba los buenos momentos de su historia de amor; a veces echaba en falta no haber tenido hijos, pero en el fondo tampoco lo lamentaba, sabía que al tenerlos habría tenido que diversificar el cariño; el tenerlo sólo a él, hacía que todos los cuidados y atenciones fuesen dirigidos hacia su hombre amado. Cuando no estaban juntos se sentía perdida, como fuera del mundo, al no verlo físicamente se lo imaginaba y aquella idea abstracta le era suficiente para saber que no estaba sola. Iba a echarlo mucho de menos, prefería no pensar en su futuro, la tragedia se había cebado con ellos, aquel accidente de coche sería la causa de su eterna separación; se entregaría a la tragedia y a su destino, pero siempre y cuando hubiese una digna despedida. En realidad desconocía el origen de aquel emperramiento, de aquella obstinación por despedirse, en parte era una especie de exigencia al destino, era como ceder ante él y al mismo tiempo reclamarle un tributo por aquella cesión. Había ciertas horas en que sabía que nadie iba a entrar en la habitación, entonces las aprovechaba para acercarse a la cama y cogerle las manos, se las acariciaba, ¿con qué intención?  ¿para tranquilizarlo? ¿para despertarlo? Lo desconocía, desconocía todo, de lo que sí estaba segura era de la distancia de la silla a la cama, le parecía remota; estando junto a él el universo quedaba reducido a ellos dos. Lo besaba a escondidas temiendo ser descubierta y a cualquier reproche ella saltaría y se enfrentaría a quien fuera, su cariño era inmune ante la objeción; pasaba la mano por su pelo para asentarlo, aunque la situación que él presentaba no daba para despeinarse; aquellos toques la tranquilizaban, era como el toque de aprobación al aseo de un hijo por parte de una madre sin cuyo parabién ni uno ni otro se quedan tranquilos. Volvía a sentarse resignada, pero esta resignación duraba poco y al cabo de unos momentos un estado de exaltación se adueñaba de ella; despotricaba contra aquellos aparatos en voz baja, les lanzaba miradas asesinas que, si surtieran efecto, destruirían todo aquel tinglado. La rabia tenía su límite y quedaba desahogada durante un buen rato, y volvía una vez más, y rabiaba, rabiaba, rabiaba, rabiaba, rabiaba, rabeaba, rabeaba, rabeaba, rabeaba, rabeaba igual que un perro rabea el rabo de un lado a otro... babeaba, babeaba, babeaba, babeaba, babeaba igual que un perro babea asado de calor. Agotada se quedaba en la silla, adormitada por el exceso de esfuerzo y el desgaste de energía. Tan pronto como despertaba y volvía a cierto estado de lucidez analizaba aquella rabia pasada, creyéndola amainada por los efectos narcóticos del sueño; la sentía todavía más latente, aunque eso sí, suavizada por agotamiento físico. Algo tenía que cambiar. Alguien tenía que cambiar. Algo y alguien tenían que cambiar. La habitación se le venía encima y salió disparada del hospital; el aire fresco de la calle chocó contra su frente, contra su rabia, contra posibles ideas malsanas; el mundo seguía caminando, seguía otro ritmo; respiró profundamente esperando que aquella situación aportara la normalidad que existía en el exterior; se fijó en los pacientes que entraban y salían, o tal vez eran familiares como ella que proporcionaban compañía al desconsuelo; se sintió identificada con ellos y por unos instantes compartió en secreto las mismas penurias; se tranquilizó al pensar que no era el único ser en el mundo que estaba en aquellas circunstancias; finalizado su autoengaño, volvió a la habitación disparada por temor a que algo pasara y ella no estuviese presente; subió las escaleras en volandas como si fuese llevada por una realidad y no por un temor infundado; una obsesión que la obligaba a estar clavada al lado del lecho de su amado. Se sentó y comprobó que todo seguía igual; de nuevo la desesperación, tampoco hubiese esperado encontrarlo despierto ni muerto, ni ella misma sabía lo qué hubiese esperado: attendre, attendre, attendre, attendre, attendre, attadre, attadre, attadre, attada, attada, attada, atada, atada, atada a la indecisión. Con las piernas juntas, las manos en el regazo y la cabeza inclinada prometió portase bien, ser una niña buena, convertirse en una adulta coherente y razonable; al quererlo asumir, su interior voló por los aires; la coherencia y la razón quedaron hechas añicos; aquella imagen, digna representación de la obediencia, se desconfiguró; hubo una relajación en la contención y las extremidades perdieron compostura, elevó el rostro y sus ojos se volvieron a clavar en él. El mirarle era como absorber su compañía y adueñarse de ella para toda la eternidad; le hubiese gustado que aquella situación hubiese tenido lugar en un entorno más natural, sin tantos cables y aparatos, más romántico, eso, “plus romantique”, pero era lo que había; el estar entre aquellos artilugios daba a la escena un toque futurista, cosa que a ella no le hacía gracia, hubiese preferido estar metida más entre carne que entre metal. Además la palabra futuro carecía de perspectiva, en su situación para ella sólo contaba el instante, aquellos mismos instantes que compartían juntos, más allá del presente no se divisaba nada, tal vez una incógnita. Trataba de almacenarlos en su mente en su estado más puro para más tarde poder echar mano de ellos y alimentarse. Se le ocurrió pensar en el tratamiento que le estaban dando a su ser querido, ya había pensado en él muchas veces; había confiado en la experiencia de los médicos, pero al no encontrar resultados positivos había empezado a cuestionar su eficacia; le hubiese gustado poder criticarlo, la rabia la hubiese llevado a ello, sin embargo, su reconocimiento a ser lega en la materia la retenía dando origen a una búsqueda de remedios alejados de la medicina. El contemplar aquellos cables y aparatos la conducía a algo familiar, usual, buscaba alguna referencia en la proximidad de la memoria y no encontraba nada, aunque tenía el presentimiento de que pronto iba a hallar algo. ¿La ayudaría el recuerdo? Indudablemente si hurgara en él podía toparse con las experiencias más hermosas de su vida, estaba segura de que en alguno de aquellos momentos sublimes que había pasado con él estaba la clave para llevar a cabo su finalidad obsesiva: el recobro de su consciencia. La despedida. Pronunció en voz alta el adjetivo  “sublime”, absorbió la primera sílaba  “sub” exhaló lo que quedaba  “lime”, creyó ver una alteración en el parpadeo de las luces de aquellos artilugios; analizó esa sensación desde un punto de vista real, no alucinatorio y sospechó y sospechó y sospechó y SOS-pechó y SOS-pechó y SOS-pechó y SOS-pecho y SOS-pecho y SOS-pecho,¿ Habría algún barco a punto de naufragar? ¡Qué cosas se le ocurrían!...Ha! Das Schiff! Von Norden seh’  ich’s nahen  (¡ Ah! ¡El barco! ¡Lo veo acercarse desde el norte!) y aquellas palabras ¿ de dónde procedían? Le eran familiares, contenían música, pertenecían a una experiencia vivida; su mente empezó a dar vueltas, ella las había pronunciado, ellos las habían pronunciado, el mundo las había pronunciado y cayó en la cuenta; se quedó callada temiendo que alguien descubriera su contenido; recordó a la perfección dónde y cuándo las había cantado, sí, sí, las había cantado, las habían cantado, ella a él, él a ella; lo miró postrado en el lecho, herido y de pronto pensó en una locura, locura como una acción extraordinaria, acción llevada a cabo con pleno juicio, acción que rompe con la normativa establecida, acción que quebranta un comportamiento para ennoblecer una conducta. Había tomado una decisión: se levantó y se acercó a su amado para compartirla, pasó la mano sobre su rostro con la intención de transmitir mediante el tacto su locura; sus facciones no se inmutaron, ella advirtió que él se anticipaba a su voluntad. Le hizo gracia al pensar que tras aquella locura adulta yacía un capricho infantil. Le colocó las sábanas, aunque ya estaban colocadas; asentó su cabello, aunque ya estaba asentado, indirectamente lo iba preparando para el gran acontecimiento; esperaría hasta la noche, cuando todo estuviese en silencio; pernoctaría allí, en aquella habitación, pero antes iría a su casa a buscar el arma del crimen; se sintió protagonista de una película de misterio y como tal salió disparada del hospital con el sigilo que el momento requería; en su casa fue directamente a coger el arma con la que consumaría su fechoría; la miró fijamente y le pareció ridículo el calificar aquel artilugio de arma asesina, si bien en el fondo le daba un toque romántico a aquella su locura pasional, era un pequeño aparato de música llamado técnicamente MP3LOG3.257/41= LOG3.257- LOG41; en él tenían grabados fragmentos de música que adoraban, compartían los auriculares, o bien él cogía el derecho y ella el izquierdo o viceversa, daba igual, el caso era que en los momentos álgidos ambos se derretían. Lo guardó en el bolso y abandonó su hogar, disparada hacía el hospital; cuando llegó la enfermera ya había pasado la revisión, en el ambiente reinaba la paz y el sosiego; se sentó, se había fatigado, reconocía que aquella situación había acelerado su ritmo de vida, pero todo lo hacía por estar a su lado, por estar cinco minutos más a su lado, o cuatro, o tres, o dos, o uno, daba lo  mismo cómo se cuantificara el tiempo, pero siempre a su lado. Tan pronto como se tranquilizó, pensó en su plan, primeramente cerraría la puerta que siempre estaba entreabierta¡¡¡ plafff!!! Ya estaba. Los dos se habían quedado aislados del mundo, viviendo el uno para el otro; miró para aquellos aparatos y cables que en cierto modo mantenían a su ser amado conectado a la vida y pensó que un aparato y un cable más poco iban a importar, al menos éstos lo conectarían al amor, a su amor. Se acercó a él con paso ceremonial portando en sus manos el arma oferente, se inclinó sobre él y le susurró al oído varias veces: “Das Schiff, das Schiff, das Schiff, von Norden”, colocó aquel pequeño aparato de música sobre el corazón de su amado, un auricular en un oído de él y otro en el de ella, presionó un botón y un mundo sonoro se abrió para ellos. Cogió su mano como siempre lo había hecho, ahora más que nunca, jamás se había sentido tan próxima a él; le miró fijamente a los ojos, aunque éstos estaban cerrados, tenía la seguridad de que en cualquier momento los abriría; con su despedida desafiarían a la ciencia y a la adversidad. La música transcurría en completa exaltación, las palabras se sucedían encadenándose: “Sagt’ ich’s nicht, dass sie noch lebt, noch Leben mir webt? Die mir Isolde einzig enthält, wie wär Isolde mir aus der Welt?” ¿No lo decía yo que ella vivía todavía y sigue tejiendo vida para mí? Puesto que Isolda es la única que para mí contiene el mundo, ¿cómo iba a estar para mí Isolda fuera del mundo? Al llegar a este punto chocaron dos mundos, uno real, el exterior, otro caótico, el interior; los baremos con sus cifras se dispararon, aquellos aparatos habían entrado en un estado de locura incontrolada, cuando se oyó : “ Hahei! Der freude! Hell am Tage zu mir Isolde! Isolde zu mir! Siehst du sie selbst?” ¡Hahai! ¡De la alegría! ¡ En pleno día viene Isolda hacia mí! ¡Isolda hacia mí viene! ¿ La ves a ella?; sonó un disparo, los dos se dispararon , con aquel “ bang” se creó el mundo, él abrió los ojos y la contempló, ella hizo lo mismo, ambos se fundieron en un beso eterno, aquella unión duró lo que la música y las palabras tardaron en consumarse, como tiempo unos instantes, como historia una eternidad: O diese Sonne! Ha, dieser Tag! Ha, dieser Wonne sonnigster Tag! Jagendes Blut, jauchzender Mut! Lust ohne Massen, freudiges Rasen! Auf des Lagers Bann wie sie ertragen! Wohlauf und daran, wo die Herzen schlagen! Tristan der Held, in jubelnder Kraft, hat sich vom Tod emporgerafft! ¡Oh, este sol! ¡Ah, este día! ¡Ah, día radiante de esta delicia! ¡Sangre impetuosa, ánimo jubiloso! ¡Placer sin medida, delirio de alegría! ¿Cómo soportaros, estando atado a este lecho? ¡Arriba, vamos adonde laten los corazones! ¡Tristán, el héroe, con fuerza jubilosa se ha arrancado de las garras de la muerte!...Die mir die Wunde auf ewig schliesse- sie naht wie ein Held, sie naht mir zum Heil! Wegeh’ die Welt meiner jauchzenden Eil’! La que me cerrará para siempre la herida...¡se acerca como un héroe, se acerca para sanarme! ¡Que el mundo desaparezca ante mi jubilosa prisa! En su despedida se oyeron unas palabras en la lejanía: Tristan! Geliebter! Tristan! Ha!...Isolde!, ¡ Tristán! ¡Amado mío! ¡Tistán! ¡Tristán! ¡Ah!...¡Isolda!
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