viernes, 13 de octubre de 2017

LA CREACIÓN-I



                                                     
S/T- Antonio Murado
                            
Bertar-ido Oberto Grimoaldo de Ons y de Camos, de Imende y de Cecebre, de Trasancos y de Visma... y así sucesivamente una lista interminable de nombres y de títulos en donde la paciencia comprueba su límite y en un momento de desesperación echa mano de la brevedad para quedarse con: Bertar-ido de Ons. Bertar-ido de Ons pertenecía a una de esas familias nobles que a lo largo de los siglos habían acumulado títulos, posesiones y riqueza, unas veces por medios dignos y otras utilizando tácticas vergonzosas impropias de auténticos seres humanos, pues fue en una de éstas, siglos atrás, cuando el rey decidió desterrar a sus antepasados poniendo rumbo hacia un nuevo continente. La suerte les siguió acompañando y si ya eran ricos por naturaleza, por decirlo de alguna manera, su olfato se agudizó con los aires frescos del nuevo mundo, surgieron trapicheos y artimañas a gran escala que contribuyeron a que prosperaran como la espuma. Bertar-ido de Ons conocía a la perfección la historia de sus antepasados; sus padres, desde muy pequeño( era hijo único), se habían volcado en él, educándole para ser el heredero universal de aquel imperio; lo habían enviado a las mejores universidades y había respondido a la perfección logrando buenas calificaciones; el futuro se abría ante él con los mejores augurios, podía decirse que el vínculo con el devenir estaba asegurado y para mantener el contacto con el pasado, sus padres, desde la más tierna infancia, le contaban la historia de la familia desde sus orígenes hasta nuestros días, hasta él. Los hechos que le narraban siempre estaban en consonancia con su edad; a medida que iba creciendo le explicaban en profundidad ciertas situaciones que en años anteriores no habría podido comprender. La voz de su madre era susurrante e historiaba cada acontecimiento primorosamente; su padre siempre magnificaba algún detalle que a ella podía habérsele olvidado enfatizar. Aquella narración tenía lugar cuando sus padres estaban juntos, bien durante la sobremesa o después de la cena. Ninguno de ellos se hubiera atrevido a contar algo sin estar el otro presente; se apoyaban mutuamente, era una tarea de dos, estando juntos se reforzaban por temor a que surgiera alguna brecha inconfesable y así a ambos la enmienda les sería más fácil. Bertar-ido era un hombre callado, todo aquel bombardeo de acontecimientos a lo largo de la historia de su familia lo asimilaba resignadamente, hasta le parecía divertido; admitía que el ser humano cuando no tiene nada interesante que decir recurre a hablar del tiempo o de otras banalidades para ahuyentar su silencio y, sin embargo, a él, cuando estaban los tres juntos, es decir, la familia al completo, se lo llenaban con una historia edulcorada de unos antepasados que, por  propios e íntimos deseos suyos, más valía que permanecieran en el sueño eterno, que no incordiaran al renacer en el recuerdo; por lo tanto la resignación era llevadera. Durante su infancia Bertar-ide se lo pasaba muy bien escuchando las heroicidades de sus ancestros. El saber que la sangre que corría por sus venas era la misma que en épocas pretéritas había enardecido a sus parientes lejanos, insuflaba un incipiente orgullo que, con el paso del tiempo y la madurez, se convertiría en un rechazo ante tanto fingimiento y falsedad. Si cuando niño eran sus ancestros como adulto eran sus cabestros. Bertar-idu siempre había aceptado aquella historia no como verdadera sino como posible; las sospechas ante tanta perfección se aclararon cuando después de terminar sus estudios en la universidad se tomó un año de asueto y decidió viajar al continente de sus orígenes, allí investigó seriamente acerca de su familia, recorrió territorios que aún le pertenecían y descubrió que toda su inmensa fortuna estaba basada en falacias y sumisiones. De regreso nunca dijo nada a sus padres de lo que había averiguado, nunca les pidió explicaciones por tal engaño, éste no era de sus progenitores, el engaño no se sabía de quién era, se había estado fraguando a lo largo de los siglos y con él había arrastrado la credulidad de las gentes. De mayor y ya al cargo de los múltiples negocios de sus padres, de vez en cuando y en ocasiones especiales, aún seguían regodeándose en los logros alcanzados a través del tiempo; Bertar-idi bajaba la mirada y la fijaba en un punto del suelo, le parecía que mirar al frente era retar al futuro y exigirle una continuidad. Su silencio desorientaba e infravaloraba aquellas palabras que desprendían las bocas de sus padres para terminar descarriándose en la atmósfera de una sala. El engaño se sumía en el silencio; pero una nueva cantilena apareció en el horizonte, su insistencia amainó la ya muy desgastada historia ancestral y ésta hizo su acto de presencia de una manera machacona, aunque tenue y veladamente: sus padres al ver que su hijo empezaba a entrar en años y no se decidía a contraer matrimonio, tal vez ésta fuera una preocupación secundaria, sencillamente era un primer paso para lograr su objetivo que era tener un heredero, temblaron ante la posibilidad de quedarse sin sucesión; ¿de qué les habrían valido tantos esfuerzos si toda una dinastía se quedaba anclada en el silencio? Sabían que la tarea era ardua y que tampoco disponían de tanto tiempo; se pusieron manos a la obra conscientes de que ya no instigaban a un niño sino a un hombre: preguntas cuyos rodeos ponían en evidencia una ingenuidad y falta de tacto en espera de una respuesta que nunca llegaba, insinuaciones ávidas de aclaraciones, todo un entramado que siempre conducía a un silencio, un silencio proveniente de siglos atrás, que albergaba un resentimiento hacia el engaño y que se personificaba en la figura de Retar-ido de Ons. La costumbre hizo que supiera diferenciar entre las palabras provenientes del corazón de unos padres a las de unos interesados, su respeto hacia ellos seguía siendo fiel, su distancia abismal. Aunque su proximidad física era cercana, su espíritu se encontraba a años luz del de ellos. Muchas veces se había preguntado quién le había otorgado aquel papel indeseado, nadie le había dado una opción para poder elegir, nunca nadie le había dicho qué quieres hacer o a qué profesión quieres dedicarte; de cuna su destino estaba marcado, lo asumió con dignidad y el éxito siempre lo acompañó; su ejercicio en el mundo financiero había llegado a cotas muy altas, si ponía el ojo en alguna inversión seguro que las ganancias se duplicaban o triplicaban; sus colaboradores se admiraban ante el olfato mostrado y los elogios le llovían del cielo; su respuesta ante ellos era un profundo silencio, cualquier señal de ostentación o de orgullo por su parte permanecía en la nada. Alguna vez se había dicho para sí que todo era cuestión de herencia y se había reído cínicamente. Cumplía, su deber era cumplir, nada más. Sabía que de él y de sus decisiones dependían aprovechados, advenedizos, necesitados y un sin fin de divisiones dentro de la escala social a los cuales iba dirigida su compasión callada y servicial. Bertar-ido d’Ons desde que había llegado a una edad adulta sabía que el mundo que le rodeaba no era el suyo; una insatisfacción de índole desconocida lo poseía, ¿espiritual? En su mundo aquel adjetivo hubiese parecido un esnobismo, ¿crónica? Tal vez sí, ¿heredada? Y  ¿por qué no? Si se hereda la fortuna, una insatisfacción crónica es admisible. Y ¿por qué no una insatisfacción espiritual crónica heredada? Qué más da el nombre, el caso es que desde que había hecho aquel primer viaje al continente de sus orígenes, aquel año que se había tomado sabático, fue desde entonces cuando empezó a sentirse  “insatisfecho”. A medida que el tiempo transcurría y se encontraba más inmerso en el mundo de las finanzas, su estado anímico se deterioraba y añoraba aquel año crucial en el que había aprendido y se había enterado de que había otros estilos de vida diferentes al suyo, otras opciones que podían convertirse en posibilidades futuras, pero pasado el tiempo veía que aquellas posibilidades eran pura quimera. Durante todo el año trabajaba de sol a sol, era una máquina de producir dinero y ésta no podía pararse; en su mundo las exigencias de superación eran prioritarias ante cualquier otro inconveniente, el “ cada vez más” se anteponía por la fuerza demandando una exclusividad de dedicación; ni que decir tiene que Retor-ido de Ons vivía bien, en la opulencia, claro está, pero una opulencia medida, contenida, no derrochadora o dada a fastos; poseía toda una planta en uno de los rascacielos más altos de aquella metrópolis, estaba dividida en dos partes: una zona dedicada a su trabajo con un enorme despacho y varias salas colindantes y su hogar, para él trabajo y hogar iban parejos. El mobiliario de su pequeño “ palacio” era de maderas nobles y líneas rectas, la austeridad y la falta de recargamiento de estilo hacían que rezumaran en el ambiente seriedad y recogimiento, no frialdad. Las paredes tanto de la zona de trabajo como la que pertenecía a su vida privada estaban pintadas de blanco a la cal y el suelo era negro, dotado de una ligera rugosidad para evitar resbalones en caso de andar con los pies descalzos; la nota de color la proporcionaban enormes lienzos que cubrían parte de las paredes; Retur-ido de Ons amaba la pintura, en particular había dos estilos que le fascinaban uno era el expresionismo salvaje y otro la abstracción lírica, el primero decoraba su área de trabajo; aquella agresividad de pincelada y color chillón, aquellas figuras rabiosas eran los estímulos ideales para incitar a tomar decisiones, estratégicamente situados en su despacho  y en la sala de juntas empujaban a los allí reunidos a una batalla campal encarnizada. En sus aposentos era otra cosa, la abstracción lírica se derretía en tonalidades suaves, manchas difusas y luminosas cuya interpretación conducía al contemplador a mundos oníricos y de amplios espacios, en una palabra, un remanso de paz ante las exigencias de un mundo moderno; y también se podía añadir a sus preferencias un tercer estilo que descubrió en aquél su primer viaje al viejo continente: era una predilección secreta e indescifrable, una atracción que lo retrotraía a tiempos lejanos, anclados en el medievo, su gusto por unas pequeñas tablas que representaban escenas bíblicas pertenecientes a ese periodo se desarrolló hasta tal punto que, sin querer, se convirtió en un experto; le atraían aquellas imágenes tan perfectamente pintadas, sus fondos con unas ciudades perdidas en la perspectiva, su color por donde el tiempo había pasado su mano respetando,  y su buen estado de conservación, eran joyas que se sostenían entre las manos, que se podían acercar o alejar a capricho para contemplarlas mejor, igual que se gira una piedra preciosa para que desprenda sus destellos. El significado de la representación siempre le pareció hermético, distante, incomprensible, pero atractivo. Naturalmente que poseía él algunas tablas, pero no estaban en exposición por decirlo de alguna manera, colgaban en su dormitorio: había un tríptico sobre la cabecera de su cama, una tabla a los pies, otra a la derecha y una más a la izquierda; eran todos cuadros muy pequeños, excepto el tríptico, que tenía un tamaño ligeramente mayor, comparados con los enormes lienzos que colgaban en el resto de las estancias. Todo dormitorio tiene su propia privacidad, el suyo no tenía nada de especial, salvo un silencio misterioso que le proporcionaban aquellas cuatro tablas, situadas en el centro de unas paredes enormes y desnudas. Daba la sensación de que al acostarse y apagar la luz una máquina del tiempo se ponía en marcha. Allí reposaba Retir-ado de Ons de sus jornadas agotadoras de trabajo, una vez que cerraba aquella puerta deseaba no existir para el mundo, para su mundo. Descansar, ¿qué significado tenía para él aquella palabra? Se tomaba vacaciones esporádicas cuando se lo permitían sus compromisos, pero había una excepción que era fija, inalterable: la segunda semana del mes de diciembre el mundo entero podía venirse abajo que él lo dejaba todo, lo abandonaba todo; aquella semana era sagrada, nada de lo que le rodeaba cotidianamente existía; sus padres y sus colaboradores más próximos lo sabían y ya ni se atrevían a proponerle ningún cambio de actitud; al acercarse aquellas fechas aquel hombre experimentaba una mutación que se exteriorizaba en una especie de serenidad y espiritualidad que el resto del año no poseía; estaba como ido, pero conservando una armonía con las cosas más insignificantes de modo que al verlo no se le podía rehuir sino contemplar. Una semana antes de la susodicha empezaba el desalojo: todos los muebles y cuadros que llenaban aquellos espacios o cubrían los muros eran transportados a un almacén y allí descansaban durante aquellos siete días; el área de trabajo quedaba vacía, desnuda; una vez que el eco de una voz se adueñaba de aquel espacio, se traía a su despacho una mesa, una silla y un camastro y durante diez mil ochenta minutos la pobreza se instalaba en medio de la riqueza; se colocaban en una esquina, creando un ambiente de recogimiento entre los ángulos formados por las paredes y el suelo; un enorme vacío se extendía por el resto de aquella superficie, entonces su despacho adquiría la horizontalidad y extensión de un campo de trigo recién segado. Retor-ido de Ons no era un hombre dado a las excentricidades ni caprichos como suele ocurrir entre las gentes acaudaladas, aquel trasiego no sólo era material sino emocional también, sus más allegados sabían a ciencia cierta que aquella irrupción en su vida no pertenecía a una rareza de hombre rico, era una necesidad, su propia necesidad y como tal así la respetaban y colaboraban en las alteraciones de ritmo; nunca nadie pronunció una opinión crítica hacia su jefe, simplemente su actitud estaba envuelta en un misterio que sólo a él y a la naturaleza incumbían. Era una fase lunar. Durante aquella semana las noches eran las más largas del año, la oscuridad y la climatología se adentraban en el día devorándolo: lluvia, niebla, viento o nieve hacían acto de presencia con facilidad, la atmósfera se revolvía sin motivo aparente, Ons se revolvía, pero con motivo inconfesable; se diría que había una sincronización entre él y la naturaleza. Durante aquel tiempo también sus trajes descansaban en el guardarropa, aquellas corazas de tonos oscuros que retenían cualquier atisbo emocional, que mantenían el cuerpo rígido e impermeables ante cualquier afección, aún allí conservaban su hieratismo; todos eran cambiados por un jersey de lana gruesa beis claro y unos pantalones de paño marrón oscuro, calzaba unas sandalias de cuero bastante cerradas, también del mismo color que los pantalones; se cortaba el pelo al cero, de vez en cuando palpaba la cabeza y tenía la sensación de que ahora sus ideas podían fluir con más libertad; cuando se lo cortaban se contemplaba en el espejo situado frente a él y observaba cómo el pelo caía sobre sus hombros y se deslizaba hacia el suelo; una vez concluida la tarea del peluquero, se levantaba y pisaba su cabello sin querer, consciente de que allí quedaba algo de su anterioridad. Antes de ponerse su hábito se tomaba una ducha de agua caliente, más caliente de lo normal, sin jabones, sin perfumes; su piel adquiría la limpieza exclusiva que solamente el agua pura puede dar. De Ons estaba preparado para afrontar aquella semana como cada año; una alegría interior transmitía seguridad y serenidad a su figura, caminaba de distinta manera, su paso era sosegado y firme, para él la palabra zozobrar era inexistente. Su retiro de siete días comenzaba con el paso de cerrojos. A las doce de la noche del primer día, a la última campanada del reloj se sumaba el sonido seco y tajante de puertas cerradas. El delirio de la realidad se ponía en marcha para Bertar-ido d’Ons. Durante tres días permanecía enclaustrado en las salas dedicadas a las zonas de trabajo, los cuatro días restantes, ésos eran otra cosa. Le llamaba la atención el silencio reinante en aquellos espacios; siempre estaban atestados de gente apresurada, obcecada cada una en su misión, podía pasearse por ellos sin toparse con nadie, no le pararían para consultarle; la electrónica había sido retirada también, el murmullo metálico de las máquinas o el timbre de los teléfonos habían desaparecido. Una vez que se quedaba solo lo primero que hacía era acercarse a los enormes ventanales de su despacho; durante el día dejaban pasar la luz del sol, allí arriba daba la sensación de ser más intensa, a ésta se le podía sumar la iluminación eléctrica, cegando ambas por un exceso de claridad. Pero ahora de noche estaba a oscuras, había apagado las luces, y el resplandor de la ciudad allí abajo se vislumbraba desde aquella altura ¡ qué espacios tan diferentes!, en medio de una vorágine de gente, de coches, de locura, no importaba la hora que fuera, se hallaba un diminuto oasis de paz, su paz. Muy pocas veces se había apoyado en una de las cristaleras con el tiempo suficiente para contemplar aquella gigantesca metrópolis, ¿una vez al año? Seguro que sí, muchas veces se había exigido buscar tiempo para poder gozar de las pequeñas cosas ya que las grandes lo habían absorbido demandándole una dedicación, desdeñando, a su pesar, una exigencia incondicional de las pequeñas. Una vez al año, era muy poco, había que conformarse, lo que sí trataba era de vivir aquella semana intensamente: las reflexiones hechas en silencio, las preguntas que nunca tenían respuesta, las emociones que convulsionaban su cuerpo durante aquellos diez mil ochenta minutos deberían permanecer intactas a lo largo de los restantes trescientos cincuenta y ocho días del año, nunca muertas, a lo sumo dormidas. Primero la mirada buscaba una lejanía que nunca encontraba, la mole de un rascacielos ponía tope a un deseo, y era hormigón, cristal, hierro el material de un horizonte. Se percibían siluetas de personas paradas o en movimiento, algunas aún trabajando a aquellas horas, otras aprovechando el paro nocturno para limpiar y seguir manteniendo un orden. Aquello sucedía cada día como muchas otras cosas imperceptibles para él, el mundo de la nimiedad también le rodeaba y no se daba cuenta, todo contribuía a crear la vida, la importancia y la insignificancia existían por igual, pero al parecer él tendía hacia la primera, aunque muchas veces no por voluntad propia. El hecho de que su pensamiento se entretuviese en aquella simplicidad le parecía un lujo que sólo las pequeñas cosas proporcionaban. Aquellos días para Ido de Ons servían para despojarse de lo material y de una manera de pensar anclada en el beneficio propio y ajeno de sus múltiples empresas, un egoísmo que lo cotidiano convertía en un inocente juego de adultos. Se quedaba allí parado, con la mente en blanco, mirando hacia el vacío y era cuando sentía pasar el tiempo porque le dedicaba su atención, se daba cuenta de que no hacía nada y eso le reconfortaba, le habían enseñado que había que sacar provecho de cada instante y ahora lo despilfarraba a gusto; quiso reír, pero su paz lo había dejado anonadado. De Ons Ido siempre caminaba erguido, rígido, cualquiera se hubiese preguntado si era él así o sus trajes-coraza contribuían a aquella parquedad de movimientos, sus gestos se habían adaptado a su trabajo y sobre todo a mantener una postura omnisciente, cualquier fisura por donde pudiera aparecer un atisbo de ignorancia rápidamente debería ser disimulada; durante aquellos días su cuerpo adquiría posturas que él mismo desconocía y se preguntaba dónde las había aprendido o si tenían un origen genético en sus antepasados. Estaba acostumbrado a estudiarlo todo, a analizar en detalle pormenores; sin embargo, aquella semana aportaba desorientación, perplejidad, aconteciera lo que aconteciese, un razonamiento lógico escapaba de su control y se dejaba llevar, arrastrar por lo desconocido. Su cuerpo había adquirido tres posiciones muy limitadas: de pie, sentado y acostado, cualquier otra durante el resto del año le hubiera parecido inapropiada, señal de decaimiento y falta de prepotencia, y sin embargo, durante aquellos siete días todo era factible, cualquier cosa podía suceder. Experimentaba una serie de fases corpóreas que a medida que iba transcurriendo la noche se manifestaban en posturas que siempre le sorprendían: se apoyaba contra la pared y su espalda hacía fuerza, oponiendo resistencia a un posible desplome, las palmas abiertas de las manos también colaboraban en aquel hipotético evento; otras veces esforzaba enormemente el cuello para mirar hacia arriba y en el alto techo encontraba los mismos recursos: luces, salidas de aire, alarmas para el fuego... cuando bajaba la cabeza sus vértebras cervicales agradecían la rutina, una exigencia fuera de lo normal contenía un malestar. El suelo representaba para él un sinfín de recursos, se sentaba contra la pared y cruzaba las piernas como si estuviera meditando, a veces las estiraba y fijaba la vista en la punta de los pies, también andaba a gatas y daba sus pequeñas carrerillas, de repente se paraba para coger aliento, pero eso era lo de menos porque una gran carcajada lo reconfortaba y le sabía a gloria al constatar que aún le quedaban restos sublimes de infancia. Después de recorrer varias veces aquel espacio “oficial”, un peso adulto le obligaba a tumbarse sobre el suelo boca abajo, desde allí miraba su humilde mobiliario, desde la perspectiva del suelo contemplar las alturas y en penumbra significaba que aquella mesa, silla y camastro pertenecían a un gigante; sonó otra carcajada, pero con sabor distinto, amargo y le costó mucho reconocerse en ella; el sinsabor desaparecía cuando juntaba las piernas y pegaba los brazos al cuerpo; entonces no pensaba en nada, con la cabeza apoyada de lado contra el suelo, éste se presentaba como una vasta llanura en plena noche, sopló con intención de agitar lo sembrado, pero se equivocó, era un terreno baldío. Y no hacía nada, o al menos al tiempo que permanecía echado sobre el suelo no se le podía calificar de aprovechamiento, sencillamente no hacía nada, descansaba sobre una superficie dura, como mucha gente a esas horas de la noche, en aquella gigantesca metrópolis. Durante el resto del año él también reposaba en una cama confortable, pero tan pronto se echaba sobre ella se quedaba instantáneamente dormido, el agotamiento lo vencía y el mullido lo abrazaba hasta desistir ante unos instantes de reflexión. El suelo mantenía su cuerpo rígido, ofreciéndole una incomodidad que le obligaba a cambiar de posición, poco a poco se iba encogiendo hasta quedar en posición fetal, así sentía cómo latía su corazón y en el silencio aquella especie de pasos parecían acompañar al tiempo. Esta posición siempre le había parecido primaria y para asumirla debía despojarse del concepto de hombre y de sus atributos y enfocarla como algo simple y natural. Esos siete días significaban encontrarse con su yo, el de siempre, pero magnificado en múltiples facetas; a veces se entristecía al pensar en lo limitada y rutinaria que le parecía su vida, vinculada a la tradición y al lucro; sin embargo, la llegada de aquella semana era dar la bienvenida a un aire fresco que tonificaba la idea de la existencia de una riqueza interior. A continuación se levantaba lentamente y estiraba los brazos y piernas como si hubiese estado aletargado durante siglos. Miró la ciudad a través de los enormes ventanales, si bien unos le proporcionaban una vista parcial otros se la brindaban más extensa aunque ceñida por el agobio y la construcción. La oscuridad se había adentrado en aquella sala y casi no se diferenciaba el interior del exterior, eran las altas horas de la noche y el silencio reinaba en la atmósfera del aquel espacio, era la hora de pulsar un botón, el botón. Sobre una de aquellas paredes blancas, infinitas, desiertas se hallaba un botón negro, un punto negro, una mancha redondeada negra, un incordio para aquel blanco impoluto; sabía que pulsarlo señalaba la entrada en otra dimensión, en un mundo diferente en donde las emociones se ordenaban por sí solas y se perdía su control, en donde la voluntad se dejaba llevar, en donde la racionalidad no encontraba explicación. De Ido Ons se aproximaba a la mancha negra con cierto nerviosismo, a tientas, adelantando la mano para que el tacto descubriera la redondez de un pulsador, por si la oscuridad no era suficiente cerraba los ojos, así el suspense estaba garantizado; a veces lo utilizaba y una música ambiental llenaba aquel espacio, una música vacía para llenar un vacío, una música que sonaba a música, una música forzada a ser escuchada, una música que creía ingenuamente que ahuyentaba soledades y que lo único que causaba era crispación de nervios. Con los dedos de una mano podían contarse las veces que había pulsado aquel botón a lo largo del año, la invalidez de un manco le hubiera sido suficiente. Sin embargo, aquella noche todo era diferente, su dedo índice iba a ser el causante de una convulsión. Lo que iba a suceder a continuación formaba parte de las grandes incógnitas de aquella semana, ¿explicaciones? ¿orígenes? ¿soluciones? Daba lo mismo, la vida arrastraba a la voluntad y a la razón. No había nada que entender, no había nada que razonar. Acercó las palmas de las manos a la pared, viajó con ellas por la superficie y ambas coincidieron en un mismo punto negro, una mancha negra. Su dedo índice de la mano derecha pulsó el caos y:,, Im Anfange schuf Gott Himmel und Erde’’,https://www.youtube.com/watch?v=Lk20166o4kQ al principio Dios creó cielo y tierra. Poco a poco la planta alta de aquel rascacielos dedicada exclusivamente a zona de trabajo y vivienda de Ons Ido de fue llenándose de una música que perdía su esencia como tal para convertirse en presencia abstracta, en existencia. Se alejó de la pared y se situó en medio de aquel espacio, erguido, con los brazos perpendiculares al cuerpo y en el rostro una expresión trascendental aguardó hasta que un coro hizo acto de presencia: “ Christ vient de ressusciter!”https://www.youtube.com/watch?v=sj8F5n1ml7M ¡Cristo acaba de resucitar! y él se preguntó:” Qu’entends-je?” ¿Qué oigo? A partir de ahí las voces le respondieron: Quittant du tombeau le séjour funeste, au parvis céleste il monte plus beau...”Abandonando la funesta morada de la tumba, se eleva transfigurado al pórtico celeste… y se perdió en aquellas palabras. Sintió una presión muy fuerte sobre sus hombros, una carga que le obligaba a ceder, un peso que hacía que sus piernas se doblaran y que siempre cayera de rodillas, en aquella posición no sabía qué hacer; se encontraba perdido, era consciente de que arrodillarse implicaba súplica, pero suplicar a quién; le sobraban las manos, no encontraban sentido para posicionarse y las dejaba caer, se entregaba a un tiempo marcado por una presencia ambiental que lo inundaba de espiritualidad aunque desconocía el origen. Esa situación le perturbaba porque no encontraba explicación. La música se extinguía y con ella Ons de Ido. Un agotamiento interior se apoderaba de él, mentalmente era incapaz de clarificar ideas, estaba ofuscado; físicamente era como si hubiese estado arrastrando un gran peso, permanecía arrodillado en silencio, respiraba profundamente y una desorientación lo conducía al camastro, allí se echaba durante unas horas y su cuerpo descansaba, el sueño aliviaba unas heridas eternas que solamente el inconsciente podía curar y despertaba con el alba, un espectáculo que siempre se perdía de ordinario; le hubiese gustado estar en el campo o en el mar, en esos lugares la panorámica era completa, pero tenía que conformarse con la que le proporcionaban los ventanales de su despacho, aquélla era su auténtica panorámica. El sol tardaba en verlo, pero la luz poco a poco se imponía, era fría, distante, el contemplarla causaba escalofríos, pero era la luz. La alimentación de aquellos días era muy frugal, le parecía oportuno que la escasez formara parte también de su vida, era el momento ideal para que una abundancia penitente valorara el sentido de la necesidad. El no hacer nada durante aquella semana le permitía liberarse de las obligaciones que lo sujetaban a horarios, caminaba en círculo o en línea recta por aquel espacio que le era tan familiar, tejía una tela invisible y creaba una danza que exorcizaba la cotidianidad. A veces se echaba en el suelo boca arriba y se dejaba bañar por la luz intensa que penetraba a través de los ventanales, absorbía su energía y se quedaba inmóvil; aquel estado de aletargamiento le parecía cómico, ya que era inusual en él, siempre tan atareado y activo. Al situar aquellos siete días en un periodo de tiempo de trescientos cincuenta y ocho días le parecían insignificantes, pero eran de vital importancia para él, aportaban un sentido a su existencia, aunque no tuvieran un resultado material; las mismas preguntas latentes, sus mudas respuestas, sus fases corpóreas que a veces pertenecían más a la alineación que a la cordura, la confusión de aquella semana daba sentido a las restantes del año. Si bien durante un día normal, obcecado en sus importantes responsabilidades, no se daba cuenta de lo acontecido en aquel corto tiempo, sí existía en su mente la vivencia de algo distinto que había experimentado y eso lo mantenía firme, dispuesto a luchar por aquellas sensaciones verdaderas. Aquellos tres primeros días transcurrían en un santiamén, al no estar sujetos ni a horas, ni a minutos, ni a segundos, formaban una unidad compacta, en donde los acontecimientos eran marcados sólo por lo sobresaliente. Una vez concluidos Ido Ons de sabía que había que emprender el viaje, hacía bastantes al año, todos eran de negocios, claro está, pero éste era diferente, especial, era “el viaje”; no le aguardaban reuniones, encuentros con magnates de las finanzas, decisiones tajantes, nada de eso; sencillamente le aguardaba el encuentro. A la hora nona del tercer día sabía que había llegado el momento de partir. Con la misma ropa que llevaba se envolvía en un grueso abrigo de lana marrón oscuro, el clima en el viejo continente era muy crudo en aquellas fechas y aún le quedaba un largo camino por recorrer hasta su destino. El secreto de su meta era hermético, sólo él lo sabía, nadie más. El viaje en sí desde que cogía su avión privado, es decir, desde que despegaba hasta que aterrizaba era un tiempo inexistente, él y el mundo exterior permanecían distantes, no estaban en contacto, por lo tanto cualquier método para cuantificarlo era nulo; sin embargo su mundo interno continuaba en ebullición. La tela de su abrigo era gruesa, el aislante perfecto para rechazar cualquier incursión externa. Una vez dispuesto, cogía su ascensor privado que lo bajaba hasta el garaje y allí cogía su coche privado cuyo chofer privado también lo conducía hacia el aeropuerto para coger su avión privado. Aquella privacidad maquinal: ascensor, coche, avión, era la trama de un largo viaje. Una vez en el avión se sentaba al lado de una de las ventanillas; le gustaba ver cómo despegaba y la panorámica que desde allí podía contemplar; se pasmaba ante la aceleración que adquiría la máquina y cómo la superficie de la pista de despegue se desdibujaba y emborronaba y en un momento álgido levantaba vuelo, se imaginaba que así debían de hacer los pájaros, natural en ellos, artificial en él. Desde el comienzo del viaje hasta el final no se levantaba de su asiento, excepto si tenía que ir al servicio, allí dormitaba, pensaba, se revolvía en él para encontrar una postura confortable, en aquel viaje no usaba las comodidades que su avión privado poseía, no se echaba en un cómodo sillón o escogía una bebida, eso lo hacía en sus viajes de negocios; en ese viaje especial era un pasajero normal, sin privilegios, único también, pero no por eso se concedía ciertos excesos. Durante aquella semana podía pasarse perfectamente sin todo aquello, era su semana de austeridad, semana de reflexión también. La distancia entre el nuevo continente, al cual él pertenecía, y el viejo era como fortalecer unos vínculos entre el presente y el pasado, era como si sobre el océano tuviese lugar un reencuentro familiar, el ayer y el hoy de unos ancestros con su representante actual; al pensar en esto, a Artber Mos ed se le revolvían las tripas y no sólo las tripas sino todo su ser. Recordaba a sus padres en su viejo empeño de continuidad, en que aquel imperio económico se extendiese y multiplicara; él siempre había actuado según unas normas establecidas, los había contentado logrando que sus empresas financieras alcanzaran los puntos más altos en el mundo del dinero, pero en medio de todo el florecimiento de riqueza latía con energía una rebelión callada, potencialmente podía equipararse a la codicia, no a la suya, a la otra. Su rechazo se ponía de manifiesto durante aquella semana, el silencio y el secretismo que la llenaban era una señal de que algo no iba bien, de que la firmeza de un imperio no reposaba en unos cimientos  muy sólidos. En las alturas y sobre el océano las ideas parecían verse con más claridad y más tajantes también. Sobre aquella inmensidad de líquido y en aguas de nadie le hubiese gustado gritar desde una ventanilla, pero estaba convencido de que su rebeldía se basaba en el silencio y no en la furia. El piloto le informó de que ya estaban sobrevolando el viejo continente y experimentó como si algo en su interior se desconectase y diese paso hacia algo nuevo y deseado; el avión aterrizaría en el corazón de aquel antiguo mundo, sentía que el pasado se apoderaba de él y que encajaban perfectamente; a medida que el avión perdía altura, la tierra de sus antepasados se le aproximaba cada vez más, ansiaba volverla a pisar, como cada año, en su viaje especial; sintió cómo las ruedas entraban en contacto con el suelo, sintió cómo él entraba en contacto con su yo más profundo. Casi siempre llegaban al alba, un coche lo aguardaba para conducirlo tierra adentro, tan pronto como ponía el pie en suelo firme lanzaba una amplia mirada a todo lo que le rodeaba: el cielo y la tierra eran parecidos a los del nuevo continente, pero el olor, los sonidos, lo inmaterial eran completamente distintos, respiraba profundamente para impregnarse de aquellas sustancias etéreas. Ajustaba su abrigo, el frío así se lo ordenaba y entraba en el coche, era grande, negro y reluciente, daba los buenos días al chofer en un idioma extranjero y salvo la despedida, con un formulismo parecido, allí adentro no se cruzaban más palabras. El tráfico era compacto, salir del aeropuerto a aquellas horas de la mañana y adentrarse en las autopistas era arriesgarse a la lentitud; aunque él no tenía prisa, aquella crispación reflejada en el rostro de los demás conductores, lo apartaba de su estado reflexivo; cualquier otro día aquella situación la hubiera aceptado con normalidad, ¡cuántas veces se quedó retenido en un atasco y lo tomó con paciencia! Sin embargo, todo eso pertenecía a su vida diaria y no a esa semana especial. La experiencia del conductor hizo que pronto se alejaran del tumulto y por salidas secundarias llegasen a las afueras; el coche enfiló una carretera que llevaba hasta el campo, iban en dirección hacia un pequeño pueblo, si bien en un principio el paisaje era a base de tierra llana, campos labrados, terrenos en donde la mano del hombre plasmaba su esfuerzo, más tarde se hacía abrupto y montañoso, la carretera se había estrechado para derivar en un camino por donde el coche casi ni cabía; el suelo presentaba de vez en cuando algunos baches y hacía que el cuerpo de Odi- Artber de Son  se tambalease, le hacía gracia aquella agitación que alteraba su estabilidad, tanto lo obligaba a ir hacia delante como hacia atrás, a izquierda o a derecha, la seriedad de la misión mostraba su lado cómico. Pararon en una posada, se sentó a una mesa y tomó algo, se encontraba cansado, no había hecho ningún esfuerzo, pero su estado de ánimo acusaba cierta tristeza y pesadumbre; se despidió del chofer, lo vio alejarse y al cerrar la puerta tras de sí se dio cuenta de su soledad, el resto del camino tendría que recorrerlo solo; no obstante, se sentía bien, el calor reinante en la posada y la luz amarillenta hicieron que su mente se quedara en blanco; su mirada permanecía fija en un punto de la mesa, hipnotizado por una veta de madera; las voces que oía cercanas, por falta de atención parecían gozar de una leve lejanía, la gente que allí estaba hablaba en una lengua extranjera, le entró un interés repentino por compararla con algunos de los sonidos de su idioma y pensó en la evolución lenta y cambiante que el hombre primitivo tuvo que experimentar para expresarse. Estaba en la tierra de sus antepasados y desconocía su lengua, el modo de expresar sus emociones, su comunicación con los demás, sencillamente lo único que le habían transmitido de ellos era la conveniencia; tampoco descubría nada nuevo, durante aquel año sabático que había tomado después de la universidad y el viaje que había hecho al viejo continente habían bastado para aclarar ciertos puntos oscuros del pasado de la familia que, a medida que pasaban los años, mostraban la evidencia del engaño. En cualquier otro momento se hubiera alterado, pero esa semana pertenecía al silencio y tampoco era la adecuada para hacer reproches, lo que importaba era que él se contentaba de estar allí; por un momento sintió ganas de hablar, de decirles algo tan simple como que él era uno  más de ellos; la barrera infranqueable del idioma lo retuvo y permaneció acurrucado durante algún tiempo más, aunque con el ánimo dispuesto a proseguir su camino. Su conciencia le marcó un límite y se puso de pie como  impulsado por un resorte, dejó un dinero sobre la mesa y salió, le quedaba el último trecho por recorrer; fue directo hacia una caballeriza, el día estaba declinando y era hora de coger a su caballo negro Adragonte, aquel animal significaba un vínculo con el pasado, era dócil y noble, lo echaba de menos en su vida cotidiana, pero reconocía que su estirpe pertenecía a aquellas tierras desde muy antiguo, llevárselo sería como arrancarlo de su mundo, por eso, aún en la distancia procuraba que estuviese bien cuidado; cuando Tarido-Ver de Ons se acercó a él, éste se quedó inmóvil, se miraron fijamente, relinchó con suavidad y  su amo se dio cuenta de la alegría del reencuentro, acarició su pelo negro azabache y le susurró al oído palabras indescifrables, fórmulas mágicas y ancestrales que los unían a un pasado remoto; Idobertar d’Ons no dejaba de acariciarlo, los humanos y los animales poseen cualidades difíciles de palpar, son conceptos abstractos sin representación física; el hecho de acariciar a Adragonte era palpar la nobleza de un animal hacia su amo y el orgullo sincero de un amo por tener a su lado un amigo tan fiel. Un mozo vino a ensillarlo y el hombre se montó en su caballo, salieron de la caballeriza y ya casi era de noche, en aquella tierra y época del año la oscuridad se tragaba con mucha rapidez la luz del día, a trote lento se dirigieron hacia la entrada del bosque; era un bosque de robles y castaños centenarios, el tiempo había conseguido que sus troncos y ramas adquiriesen formas antropomorfas, sus retorcimientos y delirios de elevación los convertían en almas en pena, suplicando a  la noche alivio para su desdicha. Ni el caballero ni su caballo tenían miedo, ni el hombre ni el animal tenían miedo. La noche no debía ser señal de miedo sino de unidad. Estaban dispuestos: el caballero a acometer su último recorrido, y el caballo a portar fielmente a su caballero hacia su deseo; ambos miraron hacia el bosque, apenas se diferenciaba ya de la noche, Bertar-odi de Nos pensó en su encuentro, en aquella cita anual a  la cual se obligaba a asistir, vencía cualquier obstáculo para no faltar, era el punto culminante de su semana de retiro, era el enigma final al que había que encontrar una respuesta. Se inclinó hacia delante y le susurró a Adragonte: “Courons!https://www.youtube.com/watch?v=sw0UQ8_CWms “¡Corramos!”, el caballo se puso a trotar y entró en la boca del lobo , había que ir más deprisa y en mitad del bosque gritó: “ Courons, hop! hop! hop!” mil voces lo secundaron con un eco, Adragonte se abría camino entre los árboles, las ramas y las hojas secas crujían a su paso. A no ser por esos ruidos que marcaban la firmeza del suelo se hubiese dicho que todo estaba flotando en oscuridad; la velocidad de la marcha hizo que el abrigo del caballero se abriera y que éste entregara su pecho a la bravura y al reto mientras que la tela se dejaba agitar por la aceleración del instante pasado. B-e-r-t-a-r-i-d-o d-e O-n-s  se encontraba alterado, como poseído por una fuerza ajena a su voluntad, pero consciente de su euforia; de vez en cuando gritaba: “ Courons, Adragonte, courons, hop! hop! hop! hopp! hopp! hopp! hup! hup! hup!”, al cabo de un rato volvía a la carga:” hip! hip! hip! hap! hap! hap! hep! hep! hep!”, el eco de su voz se había duplicado, ya eran dos mil llegando a alcanzar en su punto más álgido las dos mil trescientas cuarenta y cinco voces. La oscuridad había adquirido su voz, sus múltiples voces propias. No se identificaba con sus propios gritos, no daba crédito a que él pudiera entrar en aquella locura, chillando y descomponiéndose, su comportamiento le parecía fuera de lo normal, no era sólo él, en esos momentos se representaba y representaba a todo su pasado, a la fuerza de ese pasado que había cargado sobre sus hombros el lastre que se había acumulado a lo largo de tantos años, en aquella carrera agitaba la cabeza de un lado hacia otro intentando vislumbrar entre los troncos del bosque alguna luz, algo que destacase en la oscuridad; al no descubrir nada, más rabia le entraba y más furioso se ponía. Cabalgó durante un buen rato sin preocuparle dónde debía parar, aquel trance ni siquiera le concedía la clarividencia del límite; sin embargo, Adragonte sabía perfectamente adónde llevar a su caballero, sabía el lugar exacto donde dejarlo; a medida que se iban acercando disminuía la rapidez y eso contribuía a que el hombre recobrara la cordura. Habían llegado a un claro del bosque que estaba en pendiente y allí en el fondo se adivinaba un río, el sonido de unas aguas invisibles y distantes marcaban el abismo; en medio de aquel descampado se hallaba una ermita en ruinas, estaba abandonada desde hacía años y se brindaba a cualquiera que pasara por allí, su situación era privilegiada, el bosque la cobijaba, sólo los conocedores de la zona sabían de su existencia, él sabía de ella desde aquel viaje que había hecho después de sus estudios, había descubierto que toda la región le pertenecía por herencia de sus antepasados y cada año volvía por las mismas fechas, era el final de un peregrinaje; la ermita siempre estaba abierta, era de piedra, cualquiera que pasara por allí podía morar en ella sin temor a ser expulsado, el pillaje carecía de sentido ya que estaba vacía a no ser por una silla, unas cuantas velas y la figura de un crucificado mutilado que se mantenía en lo alto de un altar pequeño y de piedra, el suelo también lo era, este material proporcionaba y conservaba un frío existente durante todo el año que aumentaba en los meses de otoño e invierno. Bertar-ido de Ons había llegado a su destino. Sereno, bajó del caballo y se equilibró, la carrera hasta allí le pareció un sueño, había recuperado su integridad en un instante; no se veía nada, el frío era intenso y abotonó su abrigo, los sonidos del bosque y del agua subrayaban una naturaleza que empezaba a adormecerse a primeras horas de la noche, otro mundo muy distinto al suyo; después de la tempestad febril que lo había acosado en el camino, ahora llegaba la calma con el gorjeo de algunos pájaros y el roce de unas ramas contra otras; le pareció estar perdido en el tiempo y de su noción, inspiró y espiró, sus pulmones necesitaban aquel aire para renovarse, una última mirada a la oscuridad antes de entrar en otra muy distinta. Adragonte resopló, no lo veía, pero estaba allí. Se dirigió a la puerta y la arrastró para abrirla, la cerró y en ese impulso, en el exterior, dejó a su yo publico para entregarse a un yo más profundo y espiritual, se dirigió como pudo hacia el altar y encendió las velas que allí estaban, con el chasquido del primer fósforo el crucificado apareció, destacó en la oscuridad, con las velas alumbradas intentó buscar el rostro de aquel hombre de madera, pero siempre permanecía oculto, con la cabeza inclinada hacia delante, sólo sobresalía una cabeza coronada de espinas, y del cuerpo las partes de mayor relieve; en una esquina se encontraba la silla, la cogió y la situó en medio, frente al crucificado, el resto del lugar estaba vacío, se sentó. Dos hombres frente a frente, como si estuviesen dispuestos ante un desafío, Bertar-ido levantó la cabeza y contempló la escultura en toda su dimensión: de aquella imitación humana sólo quedaba un tronco, una cabeza, y parte de unas extremidades inferiores, las manos y brazos habían desaparecido, los pies y las piernas de la rodilla hacia abajo también habían desaparecido, lo  que quedaba era una patética aparición: la figura estaba tallada en madera, el escultor había demostrado sus habilidades no sólo en la cabeza rodeada de una corona de espinas sino también en el cuerpo, marcando una anatomía agotada por el sufrimiento, el rostro continuaba sumido en tinieblas; de la policromía se había encargado el tiempo, atenuando un colorido que en su momento había gozado de viveza, la madera estaba agrietada y en cierto modo ajada, todo esto acentuaba una pertenencia pretérita, antigua. ¿Qué había sido de sus extremidades? Lo más seguro es que no hubieran podido soportar los avatares del tiempo. La cabeza, tronco y lo que quedaba de las piernas aún conservaban su origen matérico primario: el de pertenecer a un tronco de árbol, a uno de aquellos que había llenado el bosque. La luz amarillenta de las velas se centraba solamente en un punto del recinto: en un cuerpo inerte. Desde la oscuridad de Ons lo contemplaba para ver si podía sacar alguna conclusión y tomar decisiones, pero aquella situación se le escapaba de las manos; una deformación profesional lo empujaba a obrar y no lo lograba, éste no era el caso cotidiano en el que todo se resuelve. La primera y única vez que había contemplado aquel rostro había sido también la primera vez que había venido a estas tierras, en su viaje posuniversitario, lo había visto a la luz del día, a partir de entonces permanecía en la oscuridad. En su mente se agolpaban múltiples preguntas que luchaban por salir, pero una serenidad las sosegaba al notar que nunca llegaría una respuesta. Bertarido de Ons miraba con fijeza aquella representación, en silencio, con la certeza de que las palabras y su orden carecían de sentido, preguntas y respuestas estaban fuera de lugar. Había recorrido medio mundo para asistir a una contemplación, cada año hacía lo mismo, cada año haría lo mismo  ¿valía realmente la pena? La respuesta era el silencio, el silencio de la noche, el silencio del mundo, su propio silencio y Dios creó el silencio.



                                                                                                                                                                   












lunes, 12 de junio de 2017

LA TOMA DE LA BASTILLA



                                                             
S/T. I. Prieto

Nunca había pensado que pudiera sentirse tan desorientada al haber llegado al estado de madurez en el que se encontraba; para ella era una etapa de la vida en la que la propia existencia y  el mundo que la rodeaban poseían la clave del equilibrio, donde no se daba ni se demandaba nada, sencillamente se gozaba con lo que se tenía en dulce armonía con uno mismo y sus circunstancias. Desde hacía unos meses Amandina no era la misma, algo había cambiado en ella, externamente la relación con sus semejantes y su familia era la correcta, la de siempre, había sido la portadora de unas costumbres y de un estilo de vida digno de su clase social: una alta burguesía, emparentada con algún noble antepasado; su esposo e hijos habían sido para ella una parte de su mundo, la otra parte pertenecía a actos y convencionalismos sociales con los que cumplía a la perfección, se integraba a las exigencias de su clase sin pensar en otras múltiples opciones, salidas o rumbo que podía darle a su vida; la habían educado de aquella manera y ella actuaba en consonancia con lo que se le había inculcado, cualquier pregunta capciosa que se formulara relacionada con su ambiente era desechada al instante; a ella le habían propuesto un proyecto de vida que había aceptado de primer grado y cualquier opción que no fuera aquélla ni se formulaba, dando paso a una ignorancia supina y al rechazo a todo aquello que no perteneciera a su círculo y convencionalismos. El comportamiento y la relación con su esposo e hijos seguían siendo tan encantadores como siempre. Amandita era un encanto, encantadora, ora, ora, ora, ora y más ora. Sería una estupidez que la tomara con ellos, eran seres inocentes y no tenían nada que ver con aquel malestar que experimentaba desde hacía algunos meses, la misma palabra se explicaba por sí sola: mal estar. Ese desasosiego se exteriorizaba a veces en posiciones de su cuerpo y siempre esa posición iba acompañada de una pregunta contradictoria: ¿por qué me siento rígida con las piernas y no de otra manera? ¿por qué mi cabeza desprende un gesto del altiveza y no de otra manera? ¿por qué mis manos desprecian cualquier innovación ajena a mi vida y no de otra manera? Podrían enumerarse gran cantidad de preguntas que demostraban que algo en su interior ya no encajaba. De vez en cuando solía quedar con unas amigas en alguna cafetería selecta del centro de la ciudad, hablaban de lo habitual: compromisos sociales, moda, relación con sus hijos y esposos, nunca de los acontecimientos que movían al mundo, para ellas las noticias de actualidad, logros sociales, descubrimientos científicos pertenecían a otro “planeta” no al suyo. Amanlina había advertido que a lo largo del tiempo aquellas reuniones habían dejado de tener sentido, se mantenían por no perder la costumbre; a medida que los hijos habían crecido y se les estaban yendo de las manos y sus esposos formaban parte de una institución, más que de un cónyuge, la temática de las conversaciones se mantenía para no caer en el silencio y éste había que llenarlo de palabras, por muy repetitivas que fueran y siempre sobre lo mismo, significaba un triunfo para no caer en el tedio, o lo que podía aún ser peor, en el propio vacío; por eso en los últimos meses, cogía su coche y algún día durante la semana se dejaba ver por un bar o cafetería de la periferia de la gran ciudad; al principio le había costado mucho decidirse a dar aquel paso, salir de su círculo suponía un riesgo, pero era tal el hastío que se envalentonó; pedía un café con leche, permanecía en silencio y prestaba oídos a todas las conversaciones que había a su alrededor, éstas trataban de necesidades económicas, de problemas familiares, de enfermedades, de trabajadores en paro... todas estaban motivadas por una gran necesidad de expresarse, de no dejar dentro algo que corroe, al exteriorizarlas hasta se lograba cierto alivio...Amandila lo escuchaba todo en silencio y daba vueltas con la cucharilla a su café con leche, la posición de su cuerpo, ligeramente inclinado sobre la mesa adquiría sumisión, como si el profundo y serio sentido de lo que oía pesase sobre sus espaldas y la obligara a portar una carga. No encontraba palabras, ni soluciones, sólo iba allí para llenar su silencio con palabras coherentes. ¡Qué distintas eran aquellas existencias de la suya! No tenían nada que ver y, sin embargo, con su presencia demostraba que había un nexo entre ella y aquel mundo, una unión invisible, una especie de lucha casi imperceptible por lo humano, por unos derechos que, aunque ella los desconociese en su mayor parte y externamente no lo demostrase, reclamaban una imposición, ¿sería aquel malestar su origen remoto? Pero ¿qué tenía ella que reclamar si era la persona menos indicada? Su posición social se lo había dado todo: bienestar, desahogo económico, cultura...Y en el fondo, desde hacía unos meses sentía un desasosiego, una especie de revuelta contra sí misma, una inconformidad que no sabía si era hacia sí o hacia los demás. Su forma de hablar siempre había sido suave, dotada de cierta morosidad, pero muy musical; no obstante, últimamente había advertido aspereza, una especie de atonalidad en el fluir de la frase, había una entonación especial en algunas sílabas que por su fuerza e intensidad se podrían calificar de rabiosas; era algo inconsciente y cuyo control se le iba de las manos. Envuelta en la vorágine del conformismo y la comodidad su vida transcurría dentro de lo normal a no ser por esa atonalidad que trataba de disimular, aunque a veces se desbocara. En las últimas reuniones con sus amigas se había mostrado ausente, como si todo lo que se decía no fuera con ella, de vez en cuando su rostro mostraba cambiantes grados de atención, de su boca apenas salían frases o palabras sueltas, un sí o un no eran los monosílabos que la mantenían unida a la conversación y a su intencionalidad. En casa nadie había notado alteración alguna, con sus hijos continuaba una relación fluida, pero esporádica, estaban estudiando en la universidad, tenían su independencia dentro del hogar, sus entradas y salidas no guardaban unos horarios, si por casualidad coincidían en las comidas Amandiña trataba de charlar con ellos en un tono afable, esforzándose por contactar con ellos y sus problemas, en parte era como querer recobrar a aquellos niños que habían sido, lo único que lograba era una  conversación amable, pero fría y carente de intimidad; al hacerse adultos habían perdido esa familiaridad infantil que ella echaba de menos. De su esposo sólo podía hablar como un hombre cariñoso, atento, eso sí, entregado a sus negocios, pero no por eso abandonaba las obligaciones con su familia; era consciente de que ya sus hijos no requerían ciertas atenciones debido a su edad y éstas eran dirigidas a su esposa, siempre era atento con sus manifestaciones de cariño, su amor por ella lo conservaba como el primer día, ella hacia él lo demostraba de igual manera, estaba dispuesta a recibir cualquier arrumaco o achuchón correspondiendo con un beso, si bien todo se mantenía dentro de un grado de moderación. La palabra pasión también existía aunque relegada a instantes íntimos y de gran calentón. Amandalein nunca había conocido lo que era la necesidad y junto con la palabra, la experiencia. A esta carencia había que sumarle unas cuantas más que al no pertenecer a su posición social, a su estilo de vida, formaban parte de otro estrato social: la clase trabajadora con la cual estaba entrando en contacto mediante aquellas salidas a las afueras de la ciudad a tomar su café con leche.¿Rebelarse ante la injusticia? Imposible, no tendría ni acción ni palabra, le faltaría el arranque que causa la rabia ante la sumisión, su educación no le permitiría una salida de tono, su personalidad estaba sujeta a férreos cánones de conducta que tenía que observar y estaban tan profundamente enraizados en su ser que quebrantarlos sería como ir en contra de su propia naturaleza; lo comprendía y también comprendía que desde hacía unos meses notaba esa incomodidad o sería una especie de rebeldía juvenil ante lo establecido, ese gustillo por llevar la contraria al mundo adulto, ese querer patalear ante la rabieta al no poder conseguir lo que se desea. En su juventud nunca había experimentado la sensación de rebelarse contra algo o alguien, a sus quince años sí había pasado por la edad de la tontería y ésta aún la había acompañado hasta muy entrada la madurez, pero no la causada por la edad sino por la reinante de su posición social… Todo había empezado unos meses atrás, aproximadamente hacía un año, lo achacó al recibir la programación de la temporada siguiente de ópera. Parigggggi, la ciudad que tanto amaba y donde había transcurrido toda su vida, ofertaba una amplia selección de actos culturales durante todo el año, podía elegir entre una ópera o un ballet, una exposición de pintura o la última  “performance” del artista más innovador; intentaba seleccionar con cuidado, las modernidades y los excesos en el arte le gustaban, pero siempre que conservaran un gusto estético, los despropósitos los dejaba a un lado, acudía a ellos si no había otra elección más interesante. La empresa de su esposo formaba parte de los benefactores del teatro de la ópera, por tanto, gozaban de cierta prioridad al adquirir las localidades, siempre tenían las mismas, eran de buena visibilidad; cuando recibió el programa le echó un vistazo a toda la programación, naturalmente había óperas, conciertos, recitales, unos la atraían más que otros, pero no experimentó nada en especial hasta que llegó al mes de julio, más concretamente el 14 de julio y un programa doble “ Salomé” y “ Electra”; todo era inusual, el mes, el día y la doble programación; de repente sintió una especie de desasosiego, trató de razonarlo, pero cuanto más empeño ponía, más aumentaba su mal-estar; no encontraba los motivos y, sin embargo, sabía que algo la había alterado, para tranquilizar su ansiedad se dijo que se sentía “atonal”. Pasado el momento del impacto ella fue advirtiendo, durante los meses siguientes, pequeños cambios que si bien a primera vista u oído no eran perceptibles al momento, sí fijándose detenidamente surgían ciertas alteraciones, sobre todo en la voz. Supo desde un principio que iría a aquella función, aquel día; aquella fecha se le había clavado en la mente y todo lo que aconteciera hasta aquel entonces iba a tener como finalidad aquella jornada. No pensó en impedimentos personales o familiares, sintió como si un nuevo destino la transportara ciegamente hasta aquella representación, arrastrándola a su pesar hasta su propia representación. El programa le parecía espléndido, fuera de lo normal, había admirado a aquellas dos mujeres por la sinceridad con la que se expresaban, la lujuria de Salomé y la venganza de Electra brotaban de ellas con toda naturalidad, las acompañaba una música exuberante rasgada por la atonalidad; Amanduca carecía de aquella fuerza para expresar su desasosiego, pero ¿en qué consistía éste? Y ¿cuál era su origen? No eran la lujuria ni la venganza ¿sería una inconformidad hacia la injusticia, ante la desigualdad de los seres humanos? Durante su visita a los barrios periféricos y obreros había observado un mundo distinto al suyo en el que subsistir día a día se convertía en necesidad primordial, para ella todas aquellas necesidades se hallaban en el peldaño más bajo de sus preferencias, podía decirse que estaban implícitas en su clase social y que ya ni se cuestionaban por estar resueltas. Cuando entraba en aquellos cafés trataba de pasar lo más desapercibidamente posible, vestía ropa sencilla y se sentaba en una mesa alejada de la barra del bar, tomaba su café con leche y así condescendía con aquella gente, también se convertía en espía: observaba todo y cuanto acontecía, cuando alguna madre traía de la mano a su niño ella sentía un regocijo interno, pues la infancia aportaba vivacidad a aquel ambiente apesadumbrado; observaba a aquellos niños tal vez con otros ojos; sus propios hijos, de su misma edad, no mostraban ese brillo y desparpajo en la mirada por tragarse el mundo, sus gestos no poseían la agilidad y la desenvoltura para agitarlo; sus hijos habían nacido dentro de un núcleo familiar y éste social donde una mirada era sencillamente una mirada y un gesto una postura estudiada y armoniosa con el momento y las circunstancias. Le daba vueltas al café con leche para disolver el azúcar, para crear una mezcla o una pócima para ver si de alguna forma nivelaba las desigualdades; se quedaba en silencio y escuchaba el bullicio del local y las voces atonales que sobresalían de él, el tintineo de la cucharilla contra el vaso removiendo el azúcar originaba un remolino de leche, un remolino en busca de soluciones que deglutía su misma vorágine. No sabía por qué sentía aquella indignación, nunca nadie le había hecho nada como para experimentar ese mal-estar, o tal vez fuera ese conformismo en el que había estado viviendo lo que provocaba esa especie de rebeldía, desconocida para ella; se sorprendía por su inconformidad, al fin y al cabo no tenía motivo de rechazo, todo se le había dado hecho. Si bien aquella revolución interna apenas había demostrado indicios externos, los únicos, sus pequeñas alteraciones de voz: aquel fuera de tono o también la modulación, sí había cambiado su vestimenta, ésta había perdido su lujo, tanto en los complementos como en conjuntar distintas prendas de vestir: la camisa ya no tenía que ir a juego con la chaqueta, ni los zapatos con el bolso, ni las pulseras con los anillos... Su maquillaje perdió intensidad y colorín, era más natural y suave, a veces simplemente se lavaba la cara y al mirarse en el espejo se encontraba tan guapa como antes, más auténtica. En casa tanto su esposo como sus hijos habían advertido este cambio y demostrado su aceptación con halagos, pero más bien lo habían tomado como un cambio de estilismo que como un signo de innovación y alteración internas. Marcó en un calendario aquella fecha y sabía que lo hacía no como recordatorio sino para resaltar el día y su importancia; importancia que aún no tenía clara, pero sí intuía que habría un antes y un después. Sin saber cómo, se sintió sobrada en muchos aspectos, por ejemplo, en pequeñas posesiones personales: cuando abría sus armarios y los veía tan llenos de ropa, experimentaba una sensación de ahogo, como si todo aquello se le viniese encima y quisiera aplastarla, muchas de aquellas prendas ni las había puesto o como mucho una vez, habían sido capricho de un instante, y con la facilidad con que vinieron así también se desharía de ellas; las eligió a capricho, sin prestar mucha atención, llamó a una asociación de caridad y ella misma en su coche allí se las llevó, no lo consideró un acto altruista ni limosnero, aquello solamente había sido un acto de desahogo, de liberación, un lastre que pesaba en su estado de sin-razón. Estando sola en casa pensaba en sus heroínas de ópera favoritas, las admiraba y algunas veces le hubiese gustado ser una de ellas por un momento, le apasionaban las de Bellini y Donizetti, siempre alcanzando aquel punto de locura por amor, aquellas melodías infinitas que hacían volar sus emociones y la empujaban a un trance de flotación, más de una vez le hubiese gustado desmayarse por amor, aunque pareciera ridículo, perder el sentido en brazos de su esposo hubiera sido la asimilación de su personaje. Pero era una mujer actual y todos aquellos desvaríos ya no se llevaban, si aquella escena hubiese ocurrido en realidad él habría llamado al médico y ella habría experimentado una pérdida de romanticismo, se habría sentido decepcionada. Sus nuevas heroínas no se andaban con monsergas, llamaban al pan, pan y al vino, vino, sus emociones se expresaban tal y como las sentían, sus caprichos, sus deseos lujuriosos y vengativos salían de sus bocas como lenguas de fuego. A Amandisca, cada vez que por su mente pasaban estas palabras: “como leguas de fuego” le entraba un ardor heroico por todo aquello que llevaba dentro y no sabía cómo exteriorizarlo, entonces corría desesperada a mirar un calendario para ver si faltaba mucho tiempo para aquella fecha. No tenía ni idea de lo que iba a ocurrir aquel día, era un día de ópera más, aunque en su interior presagiaba algo diferente y nuevo… El verano se había presentado repentinamente y las altas temperaturas hacían bullir la sangre en los cuerpos, también se apoderaban de los estados de ansiedad, acelerando aún más su propia aceleración; sus acciones requerían un freno constante de conciencia, a veces cuando comía apenas masticaba, deglutía los alimentos con una rapidez asombrosa, entonces trataba de recordar algún nocturno de Chopin, eso la tranquilizaba y la llevaba a ralentizar aquel instinto primario por devorar disminuyendo el estado de ansiedad; a la hora de comer siempre había sido muy pausada, el trayecto del tenedor desde el plato a la boca llevaba su tiempo, ella reconocía esto, y sin embargo era presa de un estado anímico que estaba fuera de su control. No era una mujer trabajadora, en el sentido de poseer una profesión, su familia adinerada y su esposo, un potente industrial, le permitían llevar una vida desahogada; el servicio doméstico se encargaba de todas las labores del hogar, por lo tanto, ella gozaba de ociosidad ocupándola a su edad adulta en proseguir aquellas clases de música y ballet que desde pequeña había iniciado; pero las horas de ocio diarias habían aumentado, una vez criados sus hijos, ya adultos y universitarios, ella disponía de más tiempo que empleaba, sin querer, en pensar. Sin querer trataba de analizar el mundo, siguiendo sin alterar su rutina diaria y ocupándose de compromisos sociales, siempre hallaba un momento en qué pensar, durante aquellos últimos meses de desasosiego supo separar la banalidad de lo que era realmente importante. Solamente a sus propios ojos su vida empezó a poseer cierta importancia, cosa que antes nunca se había planteado, importancia en el sentido de haber una causa, un motivo por el que luchar. El inconformismo, aquella especie de rebeldía que la oponía contra algo, quizá contra lo establecido. Indudablemente todo aquel cambio influyó en la posición del cuerpo al caminar, siempre caminaba erguida con orgullo de clase, como pavoneándose de lo que se tiene; ahora seguía caminando de igual manera, pero con el orgullo perdido, adquiría una posición de afrontamiento, dispuesta a luchar por defender algo; se esforzaba por aclarar cuáles eran los motivos que la empujaban a tal proeza, nunca los tuvo muy claros, de lo que sí estaba segura era de que aquella rebeldía le era necesaria, tenía que protestar contra algo y aunque ciertos motivos pudieran parecer superficiales en ella, estaban muy enraizados en su ser, ella se convertía en portadora de una protesta, un reconocimiento callado de su clase ante la injusticia. La indiferencia y el desconocimiento que mostraba ante las distintas clases sociales y sus dificultades poco a poco se fueron convirtiendo en reconocimiento y respeto, tratando de solidarizarse con ellas de una forma callada e inconsciente. Pariggggi era su ciudad amada, donde había nacido y había transcurrido su vida. Había conocido otras ciudades con su esposo, les gustaba viajar, bien en viajes de placer o de negocios acompañándolo y había concluido que como su ciudad natal no había ninguna. En los últimos meses le había dado por caminar, caminaba bastante, a lo largo del río que atravesaba la ciudad: La Seine= le sein (el Sena= el seno), ¿cómo había surgido aquella actividad si a ella nunca le había dado por hacer ejercicio a no ser el de sus clases de ballet? Fue algo extraño e inexplicable, algo repentino, un día hablando a la hora de comer con toda la familia surgió de sus labios el nombre de aquel río: La Seine y automáticamente llevó una mano hacia uno de sus senos, hacia el izquierdo, sintió unos latidos arrítmicos como si su corazón, situado a buen recaudo dentro de la cavidad torácica, quisiera hacerse palpable y exhaló un suspiro, una especie de sentimiento que unificaba lo físico con lo psíquico, desde entonces sintió la necesidad de dar grandes paseos a lo largo de su cauce. Las caminatas las efectuaba a la tarde baja, cuando el calor había amainado, iba en el sentido en que las aguas van hacia su desembocadura al mar. Las caminatas nunca las había tomado como una actividad deportiva, era consciente del ejercicio que hacía en ellas, pero las consideraba “une autre chose”, de hecho no se vestía deportivamente, iba con ropa normal, de calle, eso sí, procuraba llevar un calzado cómodo. Partía desde su casa cerca del río y seguía aquellos paseos que lo bordeaban dejándose llevar por el fluir de las aguas, se sentía frágil ante el caudal, contemplaba la amplitud del paisaje y todos aquellos edificios egregios que formaban parte de la historia de la ciudad, era como pasear a lo largo de los siglos, los contemplaba de pasada y en ellos ponía imaginación, a veces se sonreía por lo descabelladas que podían ser sus fantasías. Cuando no los miraba, miraba para el río y su cauce y entonces no pensaba en nada, aquel fluir de las aguas era como una limpieza de ideas, el único deseo que producía su mente era poder llegar como ellas al mar; contemplándolas, ideas nefastas la asediaban y pensaba en aquellos pobres incautos que se habían dejado seducir por el vértigo lanzándose a la corriente; sin querer, se apartó un poco del muro que separaba el paseo del río, no había peligro, era de mediana altura y le daba por la cadera, lo que sí se había entregado era su estado de ansiedad al flujo de las aguas, caminando y observándolas tenía la sensación de que el tiempo pasaba más rápido, como si su propio movimiento y el externo del agua empujaran al paso de los días en su aceleración... Y fue verdad, el río Seine y el ansia, que se albergaba en su pecho, aceleraron al máximo el tiempo. Pronto se encontró a una semana del deseado acontecimiento, y tuvo la sensación de tener que preparar muchas cosas, su mente se llenó de obligaciones inexistentes que, en el fondo, no eran más que ínfulas de su imaginación; lo que en realidad solamente tenía que verificar eran las localidades de la ópera, su esposo, por razones de viaje de trabajo no iba a poder asistir; en conciencia llevó una gran alegría cuando le comunicó su imposibilidad, debía estar sola, aquella sería su representación, donde expondría su rebeldía, su inconformidad, su mal-estar, su desasosiego... Casi siempre asistían los dos a las representaciones, ambos disfrutaban del espectáculo musical, pero en aquel día y en aquella función Amandorla necesitaba confraternizar con su soledad. No anuló la localidad de su esposo, aquel asiento vacío recordaría su ausencia, y eso era poco más o menos lo que tenía que hacer y sin embargo, ella seguía pensando en las muchas cosas que tenía que hacer, se decía que no podía perder el tiempo en nimiedades y que tenía mucho que hacer, y dale con que tenía muchas cosas que hacer, se había creado unas tareas imaginables que no lograba saber cuáles eran, tal vez aquella ocupación y preocupación en tener mucho que hacer la ayudaba a que el tiempo transcurriera mucho más deprisa; se inventó algo, algo que ya el servicio doméstico se encargaba de hacer: ordenar armarios, en aquellos días todos los armarios de la casa, en su sentido más amplio, quedaron ordenados, también la despensa. Por un momento aquel sentido del orden tan obsesivo le pareció como una proyección a querer ordenar el mundo y lo que en realidad hacía era ubicar el suyo, hacerlo más factible a su comodidad… Sin darse cuenta llegó la fecha señalada, había amanecido un sol radiante y el día se presentaba caluroso, típico del mes de julio, lo comprobó en el calendario: 14 de julio, su ansia parecía haber amainado y todo lo que hizo durante la jornada fue prepararse para la representación de la tarde. La casa estaba vacía, solamente quedaba una asistenta, todo el mundo había salido o estaba de vacaciones; centrada en los preparativos comenzó la mañana por tomar un baño y lavar detenidamente el cabello, era largo y negro, el baño pronto lo tomó, pero el acicalamiento del pelo fue duradero, al terminar lo recogió en un moño. No se maquilló, se miró al espejo y se encontró igual de bella que con pintura, pensó en ciertas tribus y sus pinturas de guerra, pero ella no iba a la guerra. A pesar del cuidado con que hacía todo, no había intención alguna en sus preparativos, eran llevados a cabo inconscientemente, como arrastrados por una rutina inexistente; arregló las uñas de las manos y no les dio esmalte, quería ir lo más natural posible, esta vez era todo lo contrario de cuando ella solía ir a la ópera con su esposo, era el recargamiento en persona tanto a nivel de arreglo estético como de vestuario. Aunque en su vida cotidiana el lujo era discreto, cuando llegaba el momento de ir a la ópera sacaba sus mejores joyas y vestidos y entraba en el mundo de la ostentación. Ese día sería diferente, ni mejor ni peor, diferente. Permaneció en silencio casi toda la jornada, le bastarían las voces y la música que escucharía por la tarde; deambuló por las diversas salas y habitaciones de su casa, palpó muebles y contempló cuadros, abrió armarios y figuró ponerse vestidos, manoseó joyas, acarició fotos, en una palabra, recapituló su vida. Se sentía ligera, ágil, tanto en cuerpo como en mente, para seguir manteniendo aquella sensación creyó conveniente hacer ligera la comida del mediodía; una vez terminada tomó un café muy cargado, muy negro, le echó un poco de azúcar y lo revolvió, recordó los cafés con leche que tomaba en las cafeterías de las afueras de la ciudad, agitó la cuchara y se creó un remolino, una pequeña parte de su rostro se reflejaba en el líquido, pensó en aquella gente y sin más preámbulos cogió la taza y lo bebió; así transcurrió la tarde sentada en una silla frente a una taza de café, descansando de una agitación no física sino emocional; la última semana la había alejado de su rutina, y ese momento era el ideal para hacer un resumen, no se aclaró nada, todos sus pensamientos tendían hacia esa hora de la tarde en la que ella entraría en la ópera; intentó razonar, pero tal vez sus ideas estaban más claras unos meses antes que en ese momento. Miró el reloj y comprobó que faltaban dos horas para la representación, decidió empezar a prepararse, se dirigió al vestidor de su dormitorio, como sonámbula abrió una puerta de uno de sus armarios y sacó su vestido de ballet junto con sus zapatillas y uno de sus abrigos de pieles, se acercó a su joyero y cogió un collar de perlas cuyas vueltas cubrían su cuello, regalo de su abuela y perteneciente a la familia desde hacía tres siglos, rechazó el resto de adornos; todo lo colocó encima de la cama excepto las zapatillas de ballet, las cuales situó a los pies de ésta. Estos preparativos habían gozado de una enorme sencillez, todo lo contrario a ocasiones anteriores, cuando le llevaba mucho tiempo y a veces perdía la paciencia en elegir el modelo que llevaría a la ópera. Esta vez no dudó, fue ciega a la elección como si fuera el uniforme obligado para la ocasión, lo contempló encima de la cama: vio aquel vestido tan blanco con las zapatillas haciendo juego, y uno de sus abrigos de piel negra, por su mente no surgió la duda de qué pintaba un abrigo de pieles en pleno mes de julio, si aquél era su uniforme tenía que ponérselo sin más miramientos, el collar de perlas le trajo recuerdos de su abuela y el momento en que se lo dio: el día en que llegó a su mayoría de edad. Aquellas prendas y aquella joya serían los signos externos de su inconformidad, de su rebeldía, junto con su pelo y la ayuda de un gesto. Decidió vestirse, desde entonces se prometió no hablar palabra, o en caso extremo las necesarias, entró en un mutismo en que los gestos eran la exteriorización de su intimidad; con parsimonia se fue poniendo la ropa, con la medida que exigía el rito de una celebración, una vez que hubo finalizado su arreglo se miró en el espejo, interiormente sabía que era ella, externamente no se reconocía; una pregunta muda surgió al ver su reflejo: ¿a dónde vas? Por supuesto no hubo respuesta, había como un impulso desconocido por el cual todo lo que hacía la arrastraba hacia aquella hora, hubo una mirada de compasión de su otro yo hacia la figura del espejo, no le hizo caso y terminó de recomponerse. Su coquetería no se cuestionó si su aspecto estético encajaba dentro de las coordenadas de la moda, ya no existía aquella idea. Cogió la entrada y la metió en un bolso pequeño, echó el abrigo de pieles sobre sus hombros, sintió calor, fuego, abandonó su hogar y cogió un taxi, llegaría puntual, le dijo al taxista: “a la ópera de la Bastilla”, salió disparado como una bala, la dejó delante del edificio, ella misma abrió la puerta y salió, ardía de calor, se dirigió a la entrada, entregó su billete y una vez que el portero lo hubo verificado, con una sonrisa de bienvenida la invitó a entrar, Amandina se quedó inmóvil y con un gesto de rebeldía y renuncia se soltó el pelo, dejó caer de sus hombros su abrigo de pieles al suelo, con la mano agarró el collar de perlas que cubría su cuello en su totalidad y tiró de él, las perlas se soltaron y cayeron por sus senos, dejándose llevar por la corriente del Sena y para concluir su acto heroico elevó su cuerpo, en la punta de sus pies y en sus zapatillas blancas de ballet.            

14 de julio   

Amandina de Vilauxe y de Chouzan, de Mourulle et de Sacardebois, de Vilar d’Ortelle et de Cristosende tomó la Bastilla.

miércoles, 1 de marzo de 2017

LA CATEDRAL SONORA



  
 
TM006-E. LACOMBE

 Sinfonía Nº 3 con órgano de C. Saint-Saéns


 Jugaba con los números, hacía infinidad de combinaciones, siempre resultaban cantidades exorbitantes, nunca los utilizaba de dos en dos o de tres en tres, eran cinco o seis, pero  nunca los leía como una unidad, los pronunciaba en voz baja de uno en uno como si cada cifra tuviera una característica propia, a veces, sin querer, surgían en otra lengua y trataba de vocalizar y pronunciar correctamente como si de un escolar principiante de idiomas se tratara, sin embargo, él los había oído con acentos muy diferentes y en circunstancias que nada tenían que ver con un aula. Según el resultado se sonreía, si por eso se entiende una mueca de los labios más o menos agraciada, pero fingida, o se quedaba serio, con amargura en la mirada observaba un número de cinco cifras tatuado en el antebrazo y cualquier señal de emoción humana desaparecía de todo su ser; intentar descifrar en su rostro alguna sensación era como enfrentarse ante un libro en blanco, como si de él hubiera desaparecido toda señal de conocimiento o cualquier indicio que pudiera conducir a un experto a una interpretación del sentimiento humano. Él, por supuesto, había renegado de su lengua y de cualquier otra para poder manifestarse; las palabras quedaban muy limitadas, carecían de la fuerza necesaria para expresar la magnitud de sus experiencias en el campo de concentración. Lo que allí había sucedido, ninguna lengua por muy rica en léxico que ésta fuera, alcanzaría a describir lo acontecido; por eso lo mejor era aceptar el silencio, no tratar de aclarar nada al menos verbalmente, solamente gestos, actitudes, decisiones... lo que fuera, pero todo llevado a cabo en silencio, cualquier palabra o frase aclaratoria sería estéril. Había renegado de su nombre e identidad, excepto en un momento muy puntual, en  “ese” momento, él recuperaba la dignidad perdida, en  “ese” momento él recuperaba las fuerzas para seguir existiendo, en “ese” momento él se reencarnaba en la persona que había sido y superaba las bajezas y sufrimientos que había padecido. Durante el resto del tiempo, divídase éste como se divida, él era un número, uno entre miles; un nombre y unos apellidos situaban a un individuo dentro de un contexto familiar, de un origen, en lugares en donde unos antepasados habían ido procreando llegando hasta él, entregándole el relevo y diciéndole: “a  ti te toca ahora la sucesión”. Pero todo se cortó repentinamente, de un tajo. Hubo un antes y un después, nada que ver un tiempo con el otro, nada que ver una vida con la otra, ¿había surgido un nuevo ser? No, había surgido un número, uno entre miles o millones, combinados marcaban a un individuo, más bien una ficha para ser archivada en un cajón; quizá en el fondo no era más que una cartulina con números y algunos datos que ya no tenían nada que ver con lo que él era. El mundo le molestaba, estar con gente le recordaba lo que podía haber sido y no era, su lenguaje mal ordenado le hacía daño y huía por miedo a que su sensibilidad se quebrara. Se había convertido en un hombre quebradizo cuando se sentía rodeado por seres de su misma especie, acorralado también sería una palabra que lo definiría perfectamente. En soledad se mantenía firme y hasta le quedaban fuerzas para subsistir. En sus congéneres había perdido la confianza, habían sido tantos los engaños y las vejaciones que ya no esperaba nada de nadie, además él ya no daba motivos para un acercamiento. El tajo había sido decisivo en el sentido más amplio de la palabra. ¿Cómo había ido a parar allí? Se dejó arrastrar por los acontecimientos, abrumado por haber vivido con tanta gente hacinada en los barracones del campo necesitaba sentir un espacio abierto a su alrededor, que cuando caminara no se tropezara con nadie, y si deseaba mover los brazos con libertad no encontrara barreras que se lo impidieran; en  el campo había vivido encogido, en cuclillas; el simple hecho de estar de pie, sin verse rodeado de gente le facilitaba una respiración más serena y lo alejaba de aquel tan temible agobio. ¿Por qué había ido a parar allí? Era como el resto de un naufragio, las olas lo habían depositado en una playa, para ser más exactos en aquella playa. Había llegado allí por casualidad, después de atravesar países, de recorrer las calles de sus ciudades, de caminar por carreteras y senderos en un peregrinar sin sentido, sin una meta, se paró allí; en un principio creyó que era un alto más en su huida, necesitaba caminar y caminar y caminar y caminar y caminar y caminar y ca-minar y ca-minar y ca-minar y ka-minar y ka-minar y ka-minar y minar y minar y  minar y minar un futuro, necesitaba alejarse de aquel campo de concentración; aunque sus fuerzas decayesen muchas veces, casi nunca cogía un medio de trasporte, el movimiento de sus piernas y el paso firme y adhesivo al suelo de sus pies, no exento de desgarro sobre superficies terrosas, convertían cada vez más a la lejanía en un espacio distante y minado, éste quedaba labrado sobre un suelo en el que el olvido trataba de imponer su presencia. Más tarde se dio cuenta del motivo por el cual había recalado allí, había intentado proseguir su ruta, varias veces había cogido su ligero equipaje de mano para emprender la marcha, pero algo lo retenía; sí, sí, sí, tenía equipaje de mano, una maleta de madera, pequeña, ligera, que contenía “ cosas”, algo indefinido: “algo”, un secreto, secretos y que siempre llevaba con él, si se agitaba se oían ruidos de  “cosas” que se golpeaban unas contra otras; necesitaba llevarla, contribuía a darle un aspecto de procedencia y destino, de ir de un punto a otro, procedencia: sí, ¿destino? De andar sin rumbo fijo. Y sin embargo, en el fondo sabía que su apariencia era muy distinta a su realidad, el rumbo se lo daba su día a día, el saber si podría comer o dónde podría dormir, adónde sus pasos lo encaminarían  esa jornada, de quién huiría, en dónde se escondería como actos reflejos a situaciones pasadas que todavía no asumía como irreales en su realidad. El terror aún lo poseía, por eso aquel caminar y caminar por terrenos lisos o pedregosos, era como si se fuese despojando, entre tumbos, tropezones, caídas y el volverse a levantar, de todo aquel lastre acumulado en su alma y en su cuerpo. En la marcha se maravillaba con la contemplación de los paisajes, la naturaleza se le ofrecía en todo el esplendor de las estaciones; había sido una gran acogedora, a medida que caminaba, muchas veces cabizbajo, no dejaba de contemplar los múltiples paisajes que tanto a un lado como a otro del camino se extendían; buscaba descanso a la sombra de un árbol y también cobijo, muchas veces había dormido a la intemperie teniendo como cabezal el tronco de algún árbol que se elevaba con todo su follaje hacia el lejano cielo. En el campo no había tenido tiempo de añorar la sencillez de la cotidianidad y en su caso, el trabajo exhausto y una lucha por la supervivencia hacían que los instantes de descanso y de ensoñaciones se sumieran en un sueño espeso y corto. En aquel espacio concentracionario se había consumido, menguado, empequeñecido, cualquier participio tendente a la aniquilación sería bien acogido. Necesitaba espacios abiertos; el simple hecho de caminar por rutas despobladas, rodeado de baja vegetación o de extensiones inmensas sin que ningún obstáculo entorpeciera la mirada en busca del horizonte, eso producía un enderezamiento de su cuerpo tonificando su ánimo, apartando la dejadez para otros momentos inconscientes de abandono. ¿Qué destino lo había llevado a aquella playa? ¿Qué o quién lo había encaminado hasta allí? No sabría dar una explicación, lo que sí podría decir es que cuando pisó por primera vez la arena de la playa, algo se hundió en ella, había algo de él en aquel entorno, aunque nunca estuviera allí antes, algo le resultaba conocido, familiar. Él había estado en playas anteriormente al estallido de la guerra, a su ingreso en el campo de C.(le asustaba la pronunciación completa de aquella palabra), pero todo lo anterior a..., pero todo lo anterior a..., pero todo lo anterior a aquella brecha había intentado olvidarlo, arrinconarlo en su mente, guardarlo en un cofre cerrado con llave y hundirlo en lo más profundo de la memoria. Sus familiares y amigos más allegados habían desaparecido, se habían desplomado por aquella brecha, evocarlos sería revivir una felicidad que no encajaba en su realidad, en su persona. Y sin embargo, en aquella playa había algo de su vida precedente; contempló sus huellas en la arena, la línea acuosa del horizonte y las rocas, los acantilados y las cuevas que en su base se abrían. Su primer contacto lo recordaba perfectamente: había sido en invierno, el mar estaba agitado, la marea subía ligeramente hasta que advirtió que tenía los pies mojados y fríos, fue una sensación de despertar, como si estuviera atontado y de repente una lucidez lo concitase con el pasado. Aquel frío recorrió su cuerpo y su mente, el agua que llegaba hasta sus tobillos le molestó en un principio, después le agradó, chapoteó los pies, quiso expulsar el agua de sus zapatos desgastados, pero ésta ya se salía sin mucho esfuerzo, le gustó, dejó que la marea subiese hasta sus rodillas y por supuesto, sus pantalones también se mojaron y su abrigo largo medio andrajoso también se mojó, los “secretos” de su interior también se mojaron;  huyó de la marea hacia lo alto de las rocas para estar en zona seca, pero en el fondo, en lo más profundo de su caverna interior aquello le encantó. Hacía muchísimo tiempo que no empleaba el verbo “encantar”, para él había caído en desuso, hubo momentos en que sí abundaba en su vocabulario, en el sentido más amplio del término, cuando algo le maravillaba quedaba bajo un encantamiento; en el presente todo era distinto, mejor era no entrar en él, y sin embargo, aquella mojadura de sus raíces le había encantado; en aquel momento verbalmente no lo habría manifestado, entraría en un estado de zorrería y mutismo absolutos, eso lo chinchaba. Desde las rocas fue accediendo a lo alto del acantilado y desde allí contempló el mar y su convulsión; el color natural, que sería el azul en un día de sol, le había llegado la hora a la gama de los grises; una bruma hacía que la línea del horizonte se hubiese difuminado y en planos de diferentes intensidades el gris se adueñaba de cielo y mar. Miró hacia abajo y los acantilados formaban arcos, como los de las catedrales góticas...como los de las catedrales góticas... como los de las catedrales góticas... Y aquella comparación le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó. Miró rápidamente hacia el mar y éste sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba y recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó y recordó su sinfonía. Quedó paralizado y en silencio, como si después de una tempestad viniese la calma, como si hubiese descubierto un secreto y alguien lo hubiese pillado con las manos en la masa. De repente supo que allí tenía que quedarse, en aquel lugar había algo que lo unía a su pasado, allí encontraba una vinculación con aquel otro yo positivo anterior al campo de C.; su pesimismo,  su autoanulación  después de las experiencias vividas parecía que quedaban relegadas ante aquella otra brecha que se abría esperanzadora o al menos que aportaba cierta luz a su mundo, que había estado sumido en tinieblas. El hecho de asentarse en aquel lugar, la decisión, no fue fácil de tomar. Después de su liberación se le había metido en la cabeza que su misión, en caso de que tuviera alguna, era caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, ca-minar, ca-minar, ca-minar, animar, animar, animar, animar ¿ a quién o a qué?...minar, minar, minar, minar sin fin. Creía que al caminar, poco a poco se iba desprendiendo de todo aquel lastre de humillaciones acumulado durante sus años de cautiverio, de igual manera el tiempo y el alejamiento del campo de C. contribuirían a la anulación de la experiencia. Allí, por un instante experimentó con aquella sensación una bocanada de aire fresco; en su ánimo hubo una ligera sacudida, recorrió con la mirada lo que le rodeaba y recordó su sinfonía, durante algún tiempo se quedaría allí: un año, dos años, tres años, cuatro años, cinco años... contó por los dedos, éstos se movían con torpeza, como entumecidos y a cada uno le asignó un año, como un niño. Tomar una decisión repentina a largo plazo le asustó, no estaba para decisiones solemnes y definitivas, sencillamente se quedaría allí durante algún tiempo who knew?. ¿Dónde viviría y de qué viviría? Había aprendido a subsistir con poca cosa, con muy poca cosa; con lo más ínfimo, casi del aire; había dormido en un camastro, en cuanto cabía el cuerpo, cualquier estiramiento era un despropósito, hacinado con cientos de cuerpos en un barracón, por lo tanto un simple cobertizo sería suficiente. Buscó por las cercanías de la playa y encontró una cabaña abandonada, la adecentó, tiró con todo lo superfluo de su interior, y la hizo habitable con poca cosa; a su alrededor había un pequeño terreno y lo convirtió en huerto, allí cultivaba verduras y poco más, solamente para cubrir las necesidades personales. Para ganar algún dinero hacía trabajos esporádicos: tanto podía ayudar a los campesinos del contorno como bajaba al pequeño puerto pesquero y echaba una mano a los pescadores; le faltaba la constancia para tener un trabajo fijo, además, éste impediría su libertad; había días que se levantaba sin ánimo, desfallecido, las fuerzas le abandonaban y era incapaz de llevar a cabo cualquier tarea física; se sentaba fuera de su cabaña y contemplaba su huerta, siempre con mirada gacha, si la marea estaba baja iba hacia la playa y allí se sentaba también con mirada gacha, como si su espíritu bajo aquellas circunstancias no le permitiera tener unas miras más amplias; quedaba pensativo observando sus manos, a veces, sus dedos tomaban posiciones verdaderamente expresivas como queriendo extraer sensaciones, distribuyendo órdenes y era entonces cuando experimentaba la necesidad de tener una rama entre sus manos, se levantaba y hacía gestos como si estuviera dirigiendo una orquesta. Recordaba su sinfonía. Recordaba su pasado. Recordaba aquel gran éxito que le abriría las puertas de todas las salas de conciertos. Esa evocación le insuflaba ganas de vivir, sabía que no era el mismo, pero aunque nada más fuera por unos instantes eso le ayudaba a seguir tirando de su existencia; después se volvía a sentar con el ánimo reconfortado y con la voluntad de reconstruir su sinfonía en la memoria. Sabía que allí no se había quedado en vano. Aquel lugar, aquella playa habían encendido una chispa y por muy pequeña que ésta fuera llevaría a algo. Con sus diversos trabajos ejercitaba las manos, las desentumecía, poco a poco iban recobrando ligereza, si bien en un principio su agarrotamiento era un símbolo externo de sufrimiento e impotencia, más tarde fueron aflojando para dar paso a  la búsqueda de su sinfonía. Mientras ayudaba a los campesinos o pescadores en sus labores se daba cuenta de que aquél no era su trabajo, había torpeza en la ejecución y alejaba esta sensación tarareando para sí algunas notas de su catedral sonora, su sinfonía. Todos sus pensamientos se centraban en el presente, nunca iban más allá del día a día, el futuro no le preocupaba, se conformaba con existir en el instante de la reflexión; del pasado para qué hablar, ni del más reciente ni del más pretérito, había borrado cualquier huella a excepción hecha de esa pequeña brecha que había surgido en la memoria y que le proporcionaba una bocanada de aire fresco a su vida. Siempre tenía algún momento al día o por la noche para pasear por la playa; desde allí contemplaba los grandes arcos formados entre las rocas que el mar había erosionado; entraba en alguna de aquellas cuevas rocosas y le gustaba su oscuridad, pero siempre mirando hacia la salida, aquel contraste de sombra y luz lo relajaba porque allá, a lo lejos, siempre veía el mar, enmarcado por la forma desigual de la entrada; entraba y salía deprisa varias veces y el contraste le parecía algo mágico: ver y no ver, luz y oscuridad y de fondo el sonido suave de la proximidad de las olas. De noche dormía mal, le era difícil conciliar el sueño y cuando lo conseguía siempre se despertaba de un sobresalto y con convulsiones; no recordaba lo que soñaba, entonces, antes de quedarse echado prefería levantarse e irse a caminar por la playa, allí a la luz de la luna si la había y si no en plena oscuridad arrastraba los pies buscando la línea divisoria entre las olas y la arena, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando,  arrrassssstrannnndooooooo, arrrraaaassstrannnndddooo........los pieeeeesssssss. Caminaba con los ojos cerrados, solamente lo guiaba la percepción de la planta del pie con la suavidad de la ola al extinguirse en la arena, aquella suavidad y su frío parecían amainar aquel cuerpo convulso de hacía unos momentos; después regresaba a la cabaña y se echaba en otro camastro, pero éste mucho más amplio y mullido y aunque no durmiera descansaba, descansaba de aquella fatiga crónica que había adquirido durante aquel período de internamiento en el campo de C.; ya no volvería a quedarse dormido, no pensaba en nada, y si su sinfonía surgía en su mente no era una sonrisa sino una claridad lo que iluminaba aquel rostro opaco. Poco a poco y en momentos inesperados su catedral sonora iba tomando cuerpo. Una vez que ya la había recreado en su memoria, cada movimiento aparecía intacto, no había lagunas, el primero se componía de un adagio-allegro moderato-poco adagio, el segundo de un allegro moderato-presto y el tercero de un maestoso-allegro, su sinfonía estaba completa y él se sintió completo también. Como persona lo habían aniquilado, pero aún quedaba algo de él, de aquel otro yo, por lo tanto su mente no estaba tan destruida, destrucción, destrucción, destrucción, des-truc-ción, des-truc-ción, des-truc-ción y miró su número en el antebrazo, apartó la mirada y ésta quedó suspendida en el vacío, intentó pronunciar su nombre y no pudo, lo intentó una segunda vez junto con sus apellidos y le pareció tan difícil como mover una montaña, un nudo en su garganta se lo impedía; reconoció que si algo tenía de positivo en él, al menos hasta aquel entonces, era su sinfonía. En momentos de ocio bajaba a la playa, se había hecho un bastón con una rama de árbol y aparte de servirle de apoyo, que eso era lo de menos, escribía notas sobre la arena con él, luego las borraba y volvía de nuevo; ¿por qué se encontraba tan bien allí? Aquella podía ser una playa como otra cualquiera, pero tenía algo muy especial y eran sus rocas, sus arcos, sus cuevas, en sí el entorno proporcionaba una perpendicularidad, una altura, un vértigo desde lo alto de los acantilados. Y fue una vez que hubo completado su sinfonía cuando se dio cuenta de su atracción. La situó en un momento y en un lugar. Viajó al pasado en una máquina del tiempo y recordó aquella tarde de invierno en aquella catedral: …lo esperaba un coche para llevarlo allí, tenía que dirigir la sinfonía nº3 con órgano de C. Saint-Saëns; en el último momento cambió de opinión y decidió caminar, aún era temprano, el concierto era a las ocho, hacía bastante frío y se abrigó; sabía que su interpretación sería decisiva  para su futura carrera como director de orquesta, y en el fondo no estaba nervioso como requería la ocasión, se sentía henchido de amor hacia aquella música que adoraba, se decía que nada saldría mal, y efectivamente nada salió mal, todo salió perfecto, parfait, perfect, perfekkkktttt, perfettttttoooo. Caminaba ensimismado, envuelto en un abrigo negro y sombrero, miraba a la gente irradiando amabilidad, hizo un alto y entró en una cafetería, se tomó un café con leche y eso lo reconfortó; salió, miró el reloj y comprobó que aún le quedaba tiempo, siguió caminando, en su paso por las calles más céntricas de la ciudad su atención no recaía sobre nada o nadie en particular, iba como en una nube, su mente estaba imbuida por la música que aquella noche iba a dirigir; la fachada de la catedral estaba iluminada y su interior lleno a rebosar, entró por una puerta lateral y se dirigió a la sacristía, allí se despojó de su abrigo y sombrero, recompuso el traje que parecía algo desaliñado por el peso del abrigo y esperó con los componentes de la orquesta a que fuese la hora de comenzar el concierto; hablaban entre ellos de banalidades, de todos dependía el éxito del programa, intentó entrar en la conversación, pero aquella realidad del momento parecía lejana, y su mente estaba completamente ausente; entonces decidió salir de la sacristía sin que nadie lo viera y desde un rincón oscuro echó una visual a la nave central, tanto ésta como las laterales estaban llenas público, también había mucha gente de pie; la iluminación era tenue, intimista; las vidrieras no transparentaban el día, sus colores se adormecían durante la noche. Aquella contemplación le pareció mágica y deseó ya salir, no hacer esperar más al público porque la música podía perder parte de su energía; retrocedió unos pasos y tocó la piedra de la pared, estaba helada, el contraste con las palmas de sus manos, que estaban hirviendo, hizo que entrase en contacto directo con aquel edificio; recordó el órgano y su entrada en el tercer movimiento, era la voz de la catedral bramando, inmediatamente se dio cuenta de que la catedral y él se habían unido para siempre en el tiempo. Empezaron a salir los músicos y a sentarse en sus sillas, pronto la orquesta estaba al completo con sus dos pianos y órgano. Miró hacia lo alto y el organista estaba ya en su puesto; el interior enmudeció, el silencio reinaba en el espacio y en las mentes de los oyentes, el frío que la piedra conservaba desde hacía siglos calaba los cuerpos abrigados de los allí presentes; el tiempo se paralizó, las piedras, aunque quisiesen hablar de su historia, enmudecerían a la espera de lo que iban a oír. Salió de su rincón oscuro como si se tratase de la cueva de los tiempos; el público aplaudió, pero sus ovaciones quedaban lejanas, todo su yo estaba a punto de estallar, también sabía que una vez comenzado el concierto, con la primera nota, su equilibrio estaba asegurado; ignoró todo ser viviente que le rodeaba, solamente la catedral y la música creaban un conjunto perfecto; dudó en coger la batuta, descartó la idea, sus dedos eran lo suficientemente ágiles para dirigir la sinfonía; cerró los ojos y se lanzó al vacío, al ensueño, estuvo flotando durante toda la ejecución, se transportó por el tiempo, éste, que se albergaba en aquellas naves, en los altares con su pátina de antigüedad y plegarias, lo llevó en volandas al pasado y al futuro; cuando llegó el instante de acometer el tercer movimiento, la entrada del órgano lo asentó en la tierra, sintió como si aterrizara, sus bramidos lo fijaban al suelo señalándole que aquél era su hábitat, la lucha entre órgano y orquesta dio al último “ allegro” el final esperado. A pesar del frío los cuerpos allí presentes habían entrado en calor, el comprobante del hecho fue la inmensa ovación recibida. Desde entonces su fama fue en aumento, pero pronto llegaron los años oscuros y ocurrió la hecatombe y ocurrió lo que nunca habría debido ocurrir, pero ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió el dios Ocur se rio de la humanidad. Y después de aquellos años la paz volvió, volvió a aquella playa, pero no a su alma, aún estaba herida, únicamente cuando recordaba su sinfonía, su catedral sonora, era cuando cierto equilibrio nivelaba su espíritu. Siempre le había gustado compartir sus inquietudes, ahora no tenía con quién, aquella música no podía ser sólo para él, necesitaba un público, allí no había público, pero había el mar inmenso, el inmenso mar, no tenía ni orquesta ni público, pero tenía su mente y en ella su catedral sonora reconstruida y el mar, siempre su sinfonía y el mar, y la playa, y las rocas de la playa, y la arena de la playa, y aquellos acantilados con sus arcos y altura, y sus cuevas, y el espacio; todo ayudaba a la reconstrucción sonora, a la reconstrucción de una vida partiendo de unos cimientos sólidos. La vida allí durante el tiempo transcurrido desde su llegada había sido tranquila; las experiencias vividas en el campo de C. le impedían intimar con los lugareños. La relación con ellos era cordial aunque exenta de confidencias, cuando colaboraba en algún trabajo, en las conversaciones surgidas con el trato. Él nunca entraba en ellas, procuraba mantenerse apartado de comentarios por miedo a que pudieran hacerle preguntas relacionadas con el pasado; era un hombre callado y se limitaba a cumplir con su tarea. Las remuneraciones que recibía por su labor le eran suficientes para subsistir, muchas de ellas las realizaba maquinalmente, como había hecho en el campo de C., pero sabía que aquello no era una vida,  su vida; lo que lo mantenía vivo, lo que le inyectaba ganas de continuar su existencia era aquella música, el resto era un aderezo. No siempre se sentía con fuerzas para ir a la playa y ejecutar su sinfonía, el mar también tenía que ayudar; cuando subía la marea era el momento más propicio, lo abandonaba todo, cualquier trabajo que estuviese haciendo quedaba pospuesto para otro momento, la subida de la marea era como una llamada del más allá. En la playa nunca se presentaba con la ropa que llevaba puesta, tenía que cambiarse como lo hacía y lo hizo aquella noche cuando dirigió en la catedral; no podía ir vestido de cualquier manera, entonces iba elegante, con el traje que le confería dignidad y con unos buenos zapatos negros que conjuntaban con su atuendo. Ahora se dirigía a su cabaña y abría la maleta, aquella maleta de madera, aquella maleta de madera donde guardaba “secretos”, de ella sacaba un  uniforme a rayas... o era un hábito a rayas...o era una camisa de fuerza y un pantalón a rayas... o era un sudario a rayas o una mortaja a rayas confeccionados para cubrir un cuerpo humano, de cualquier talla...o era sencillamente algo para cubrir cuerpos famélicos, desangelados, descangallados, descompuestos, des...des...des...Lo extendía sobre el camastro para estirarlo, para contemplarlo; los recuerdos acechaban y por un momento sintió como si tuviese ganas de sollozar, pero en su interior ya no le quedaba agua sobrante para despilfarrar, la restante formaba parte de su complexión física y no psíquica; se desnudaba por completo y se lo ponía, podía creerse que se encontraba incómodo con él, pues no, porque llevar aquel uniforme significaba enfrentar el horror y la belleza. Cuando era sabedor de que subía la marea cumplía ordenadamente con los ritos de vestirse, cogía una silla y se dirigía a la playa, allí la colocaba en medio y trataba de asegurarla enterrando en la arena un poco sus patas, se sentaba, alejaba sus ojos y dejaba que la mirada fuese llevada por el movimiento de las olas, a medida que se acercaban ésta era arrastrada por ellas, entonces su mente empezaba a trabajar y la sinfonía tomaba cuerpo. Cuando el agua llegaba a sus pies descalzos, entonces era el inicio, el primer movimiento con su adagio-allegro moderato-poco adagio y el segundo con su allegro moderato-presto, observaba poco a poco como el agua iba cubriendo sus pies, sus piernas ....y la música crecía en intensidad a medida que las olas helaban su cuerpo, se sentía como renovado, como si el agua lo lavase y arrastrara las impurezas dejándolo limpio; bajaba la cabeza y se miraba con la sorpresa de no reconocerse y fuera la primera vez que tenía conocimiento de sí mismo. Parecía increíble, no se movía, sólo su mente se hallaba en plena ebullición; se dejaba calar hasta los huesos, aquéllos que aún marcaban a través de la piel la hambruna padecida. El tercer movimiento lo reservaba para otra ocasión; esperaba las tormentas como agua de mayo, únicamente lo llevaba a cabo si había tempestad en el mar; tan pronto oía el primer trueno y el oleaje estaba agitado sabía que ése era el momento; repetía el mismo preámbulo: vestirse para la ocasión, esa vez no llevaba ninguna silla, iba a la lucha, con su uniforme a rayas, descalzo, dispuesto a entregarse al último movimiento. Era un gladiador, solo ante el peligro; era como si todas las energías acumuladas en su cuerpo, muchas o pocas, lucharan por la existencia, lucharan por el poder decir “aún estoy vivo”. Entonces, aquel hombre adquiría un nombreEsperante. El bramido del órgano envuelto en una gran ola lo derribó, lo arrastró hasta las rocas, se levantó y el cielo escupió rayos, Esperante escupió también, agua marina; de pie enfrentándose a las olas empezó a dar unos pasitos, titubeando, esperando a que alguna lo arrastrase de nuevo hacia atrás, eso le gustaba porque se volvería a levantar y se encararía una vez más con el océano. En su mente el tercer movimiento de su sinfonía continuaba en sincronía con el mar embravecido, el agua lo golpeaba, pero él resistía; se decía que cosas peores le habían sucedido y las había superado. Aquella vorágine de agua lo ponía a prueba, pero su instinto de supervivencia era superior a todos los océanos; hubo un momento en que fue arrastrado por las olas hasta el interior de una de las cuevas, salió triunfante, tambaleándose, eso sí. Había regresado a la oscuridad y retornaba a la luz; en medio de la playa, solo, con su uniforme a rayas parecía tan desvalido y al mismo tiempo tan desafiante. En la mente de Esperante su catedral sonora tocaba a su fin, contempló la playa y sus acantilados y en la última apoteosis musical se enfrentó a la embestida de una gran ola y dijo:”J’ai donné ici tout ce que je pouvais donner”. Aquí he dado todo lo que podía dar.