martes, 7 de mayo de 2019

BENEDICTUS


                                    
S/T. KFK

Benedictus, Missa Solemnis. Beethoven
 Musulmán: se le llamaba así al prisionero judío que había abandonado cualquier esperanza, y que había sido abandonado por sus compañeros, ya no poseía un estado de conocimiento que le permitiera comparar entre el bien y el mal, nobleza y bajeza, espiritualidad y no espiritualidad. Era un cadáver ambulante. Parecían árabes en oración, hacían los movimientos típicos de los árabes cuando rezan, de esta forma se denominaba a los que estaban muriendo de desnutrición en Auschwitz. En este campo de concentración los judíos no morían como judíos. Los musulmanes se encontraban en la posición extrema de seguir o no siendo seres humanos, ellos marcaban el límite en donde el hombre pasaba a ser no-hombre. Gracias al musulmán se había eliminado para siempre la distinción entre el hombre y no-hombre. 

El musulmán, Giorgio Agamben.





   El musulmán era el lugar de un experimento, en que la moral misma, la humanidad misma, se ponían en duda. Era una figura límite de una especie particular en que pierden todo su sentido, no sólo categorías como dignidad y respeto, sino la idea de un límite ético.

Primo Levi.





   “Musulmán: sobre todo usado en Auschwitz, el término parece provenir de la postura típica de estos detenidos, encogidos sobre sí mismos, las piernas dobladas a la manera “oriental”, el rostro rígido como una máscara. 

Enciclopedia Judaica.




 
La máquina vivía en un estado de ansiedad constante, podía haber momentos en los que ésta se mitigase ligeramente, pero el tiempo se había convertido en inquietud, en una agitación de ánimo que concedía a la máquina atributos humanos; su existir se limitaba a anhelar un momento, un momento en el año, un momento sin fecha; sabía que siempre sería a la caída de la tarde, un momento en el que se despide el día y la noche pide paso, un momento en el que la luz y el color se transfiguran, un momento en el que el lenguaje inventa las palabras crepúsculo y ocaso y ambas conllevan la decadencia, un momento cegador y de desorientación en el que uno mira a su alrededor y no sabe si continuar o retroceder, o desplomarse sin vida ante el abandono de la existencia, un momento de recapitulación entre lo vivo y lo muerto, un  momento…un momento…un momento…un momento…un momento…un momento…un momento……….un memento. La máquina se hallaba en una nave enorme, rectangular, muy larga, ¿en una nave o embarcación?  ¿en una nave espacial? ¿en la nave principal de un templo? La máquina se hallaba en una nave enorme, rectangular, muy larga, tanto las paredes como el techo y el suelo estaban pintados de blanco, de un blanco a la cal; en el extremo opuesto a donde se encontraba la máquina había una puerta también rectangular, blanca, siempre cerrada, solamente se abría en ese “momento”, en el “momento” del “memento”. La nave (o embarcación) estaba iluminada por una luz que podía cambiar de intensidad creando ambientes: o bien se disparaba hacia una claridad cegadora o bien decaía hasta niveles casi de penumbra. La máquina era rectangular, en medidas del mismo tamaño que la puerta, como si la recortaran de la pared opuesta, era blanca, vista a cierta distancia tenía la forma de un ataúd colocado en vertical, poseía dos ojos redondos, grandes de cristal, incrustados sobre la superficie frontal, estaban dotados de párpados; podía decirse que era una máquina creada para la contemplación; no era útil, no desempeñaba tareas que pudiesen ayudar al hombre en su trabajo cotidiano, se limitaba a observar, a constatar un hecho que tenía lugar una vez al año y para el cual existía, en su esencia no encontraba explicación a lo presenciado, se pasmaba, sus ojos permanecían abiertos ante lo visto, asumiendo una escena que trataba de analizar, pero al no encontrarle explicación en sus entendederas, empezaba a parpadear, primero lentamente queriendo cortar con aquella visión y al mismo tiempo encontrar una revelación instantánea; al no haber solución parpadeaba más deprisa para ahuyentarla y al mismo tiempo para convencerse y dar crédito a lo que veía, sencillamente se pasmaba, eso era todo. Aquella máquina, aparte de poseer aquellos portentosos ojos, estaba dotada de unos sensores distribuidos por todo su andamiaje interno que la hacían sensible a la música, a aquellos parpadeos se sumaban unos temblores que la dejaban en un estado de agitación tan caótico que hasta después de algunas horas no recobraba su entereza. El ambiente que se respiraba en aquel espacio era gélido, se mantenía una temperatura constante, fría, la iluminación era tenue, el blanco a la cal con el que toda la nave (espacial) estaba pintada daba una sensación de esterilización en donde los gérmenes quedaban automáticamente destruidos. El tiempo transcurría con medida, pero sin marcar acontecimientos banales, solamente el “momento” del “memento” y éste surgía instantáneamente, igual que se produce un disparo imprevisto y la conmoción lo ocupa todo. Toda la existencia se condensa en ese tiempo, más o menos duradero, el resto es vegetar. El vacío reinaba siempre en aquella nave  (del templo), a excepción de dos volúmenes: la máquina que permanecía fija y cuya presencia apenas ocupaba en aquel inmenso espacio y la aparición de un supuesto hombre que surgía por aquella puerta. Máquina-hombre, hombre-máquina eran los dos únicos moradores en la inmensidad de un espacio, pero limitado por cuatro paredes, cuatro muros, cuatro paredones…al paredón. Todo lo que tenía lugar allí adentro carecía de relación alguna con el resto del mundo, éste giraba a su aire, indiferente ante cualquier acontecimiento; por supuesto, la nave también tanto podía estar en tierra, mar o aire. Y el silencio, naturalmente, el silencio era indispensable en aquel vacío, maridaban a la perfección, no se oía nada, el ruido del exterior no llegaba allí, aquel espacio estaba insonorizado, ni transmitía ni recibía ondas acústicas, lo que pudiera ocurrir era experimentado solamente por la máquina y aquel supuesto hombre. Cuando llegaba el “momento” del “memento”  no había enfrentamiento entre los dos, la máquina se dedicaba exclusivamente a contemplar, a pasmarse ante lo que presenciaba y oía, y el supuesto hombre pasaba indiferente, ignorando la otra presencia, para él nadie ni nada existía, con su aparición justificaba una presencia humana, un único ejemplo de entre otros muchos parecidos, cumplía su misión, una misión reivindicativa, silenciosa, sin aspavientos, mostrando un hombre sin atributos, abandonado por la dignidad humana y cuya existencia transcurría entre dos extremos: infancia y vejez. Torpeza, desorientación, renuncia, debilidad, miedo… siempre carencias. Llegado el momento en aquella nave (espacial) no se originaban palabras, frases ni ninguna clase de sonido provenientes de la garganta de aquel supuesto hombre, todo se expresaba a través del movimiento y gestos que se veían impulsados por una energía musical. Aquel cuerpo por sí solo no tenía la fuerza, ni la motivación suficiente para caminar, para exteriorizar la poca vida que conservaba en su interior. El concepto que tenía la máquina del hombre era completamente distinto, ella, consciente de que había sido inventada por él, le había concedido cualidades superiores, inmutables; al contemplarlo en esa situación de desamparo, su concepto cambiaba y hacía que ampliara más su conocimiento del ser humano hacia terrenos ocultos, pero más enriquecedores, sabía que no podía hacer nada por él y, sin embargo, trataba de comprenderlo. Máquina-hombre, hombre-máquina, sus relaciones siempre habían sido correctas, serviciales, eso era todo. Cuando lo veía, experimentaba ciertas sensaciones no propias de una máquina, era como si algo de lo que él hubiera perdido recayera sobre ella proporcionándole una mayor comprensión sobre aquel supuesto-hombre. Al observar su apariencia descubría a un ser que ya no era dueño de su propio cuerpo, en su deterioro contemplaba la cara opuesta de aquel hombre superior que, como inventor suyo, le había inculcado una idea perfecta de sí mismo, idea errónea ante la imagen presenciada. Aquel hombre ya no era el ser racional poseedor de unas cualidades adultas, llegado a la plenitud de su madurez; lo que habían hecho con él era convertirlo en una esencia de espiritualidad que sólo unas vibraciones emocionales podían mover. Aquella aparición tenía lugar en cualquier época del año, pero siempre en el ocaso de un día; en aquella nave (del templo) las estaciones no se percibían, el mundo exterior no tenía cabida… Big Ben, ¡¡atención!! suena una gran campana, la máquina se pone en alerta, ya todo va a comenzar, a ese sonido le sigue un gran silencio y de repente se origina el Big Bang; las luces de la nave( embarcación ) relucen a su máxima potencia, la máquina abre los ojos de par en par, mirando fijamente hacia la puerta, la entrada de las notas suaves de un violín producen la energía suficiente para que aquella puerta se abra lentamente y alguien se mueva. Hay una profunda oscuridad en el espacio más allá de la puerta, se diría negrura, se diría que se abre una tumba y que de ella surge un resucitado, un no-hombre hace su aparición, una gruesa manta de lana blanca lo envuelve de la cabeza a los pies, su rostro apenas es perceptible, sólo sus manos y pies sobresalen, sus manos sujetan ambos lados de la manta conservando su identidad, su temperatura, su físico…su yo. Sus pies se mueven por el impulso de la música de violín, da pasos muy cortos, inseguros, proporcionándole una marcha tambaleante, manteniendo un equilibrio forzado. Una piel muy fina, seca y de un gris pálido cubre tanto sus manos como sus pies. Estas partes de su cuerpo son puro hueso llegando a pensar que el resto es otro tanto. La máquina observa perpleja aquella marcha procesional, no parpadea y cuando lo hace es como para coger un respiro o una búsqueda de credibilidad ante lo visto, en su interior sus sensores captan aquella música haciéndola vulnerable y participativa, sin moverse ella también camina al ritmo impuesto de aquel ser, en aquella vibración musical ella percibe que, en el exterior, fuera de aquellos muros, existen seres humanos implicados en una marcha parecida: arrastrando los pies, arrastrando los pies, arrastrando los pies… rastreando con los pies, rastreando con los pies, rastreando con los pies la senda de algo o alguien. El no-hombre arrastra los pies y ligeramente la manta, trata de mantenerse erguido, pero la encorvadura de sus hombros y espalda delatan un cuerpo a punto de desplomarse. Se diría que mientras existiese aquella música existiría un soplo de vida para impulsar el movimiento; camina hacia el centro de la nave (espacial), en sentido más o menos recto, tambaleándose, de repente se para y presta oídos a unas palabras que se entremezclan con el violín: benedictus, qui venit in momine Domini. La música continúa, pero tanto él como la máquina se quedan paralizados, él entiende y reflexiona, ella no capta nada, escudriña las reacciones del no-hombre y sigue sin comprender nada, aquel leguaje le es desconocido, parpadea incesantemente y se da cuenta de que no está programada para su comprensión; no sabe el porqué, pero se admira, las palabras se repiten, unas veces lo hacen voces independientes, otras un coro, junto con el violín arropan al no-hombre que de nuevo se pone en marcha y un paso procesional atraviesa la nave  (del templo) dejando tras de sí soledad y ausencia. Hay momentos en los que aquel cuerpo adquiere cierta volatilidad, la tierra no ejerce sobre él su gravedad; la fragilidad, a pesar de la gruesa manta de lana que lo envuelve, da la sensación de elevarlo, de apartarlo del suelo, de él se desprende un imperativo, una orden: dad; en su conjunto hay una entrega, una existencia para los demás. Benedictus, qui venit in nomine Domini y la procesión continua, se aproxima al centro de la nave (embarcación), su rostro poco a poco va haciéndose más visible, el hermetismo, que en un principio lo caracterizaba al estar cubierto por la manta, va despojando su incógnita. Va perdiendo su caparazón por el camino, lo que le había servido de abrigo va desprendiéndose de él paulatinamente y de repente se halla en el centro y centro del rectángulo, el no-hombre ya está a la vista en su totalidad, lleva una especie de uniforme blanco, la tela es áspera, parece pintada a la cal ocultando unas rayas propias del material, una chaqueta y un pantalón cubren su cuerpo; rostro, manos y pies al descubierto. Es un esqueleto andante. La piel de manos y pies transparenta tendones y huesos dando la sensación de alargamiento, su rostro es una calavera: los ojos profundamente hundidos, sobresaliendo las órbitas de éstos y los pómulos, la mirada apagada y expresión de indiferencia, cualquier cualidad humana lo ha abandonado. Se ha parado, hay cierta distancia entre él y la máquina, mira al frente, sin un punto de referencia, al vacío, no se da cuenta de que es observado, la máquina está perpleja, ni siquiera parpadea, la imagen del hombre que éste le había hecho creer de sí mismo no tiene parangón con lo presenciado, ¿cuál es la auténtica? ¿será una mezcla de la superposición de ambas imágenes?. La música continúa, el violín sigue marcando un paso, unos pasos que en aquel momento están parados, el no-hombre permanece inmóvil, mirando al infinito.  Benedictus, qui venit in nomine Domini. Osanna in excelsis. Y vuelve a reanudar la marcha, tuerce hacia la derecha, se dirige hacia la pared, continua tambaleándose, quizá ahora haya más torpeza y lentitud, los brazos caídos denotan falta de ánimo y de impulso para caminar, su mente está en blanco, igual que la pared que se antepone a él; podría decirse que lo único que lo mantiene erguido, y para eso externo, es aquella música que con el violín y las voces a coro lo envuelven en una atmósfera apacible, vivificadora. Si en ese instante la música cesara, el no-hombre dejaría de vivir. Lleva el pelo muy corto, casi al cero; la barba, también tiene barba de días, lo que le da un aspecto de mendigo. La música del violín sigue impulsándolo hasta que llega un momento en el que ésta junto con las voces y el coro se elevan y aquel cuerpo se desploma, un  templo de miles de años en busca de lo absoluto se viene abajo, primero cae de rodillas y a continuación se ve impulsado hacia adelante, un hombre en oración. Benedictus, qui venit in nomine Domini. La máquina está perpleja, un razonamiento ante lo visto se queda corto, su capacidad analítica no funciona, única conclusión: aquel es otro hombre, un hombre dimensional, un hombre ampliado. Le quedan pocos metros para llegar a la pared, en aquella posición le será imposible llegar hasta ella, la extenuación lo aniquila, intenta levantarse, no puede, se va arrastrando empujado por la música de violín, llega a la pared, al muro…al paredón, su superficie es áspera, pero blanca, quiere incorporarse y se apoya en él, trepa ligeramente aunque no logra ponerse de pie, permanece arrodillado, un último esfuerzo, en un último suspiro, de su bolsillo extrae un carboncillo, y a duras penas levanta el brazo, traza dos líneas temblorosas: una vertical y otra horizontal, resultado una cruz primaria. En el punto de confluencia de las dos líneas el principio y el final, la vida y la muerte, el no-hombre contra el paredón, la máquina estupefacta y la música languideciendo. El “momento” del “memento” ha cesado. Benedictus, qui venit in nomine Domini. Osanna in excelsis.



   Benedictus, qui venit in nomine Domini. Osanna in excelsis.

Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo.

                         Benedictus, Missa Solemnis
                                             Beethoven.







   

lunes, 21 de enero de 2019

URDILDE D'ENALAPRIL



                                                        
La Venus de las flores-Jerjes Llopis
Se llamó, se llama y se llamará  Urdilde d’Enalapril. Fue, es y será una mujer sin edad. Las vicisitudes de su vida absorbieron cualquier huella dejada por el paso del tiempo en todo su cuerpo; su rostro, que era el que podía delatar su deterioro, siempre mostraba unos rasgos atemporales; sólo la luz fiel aliada de sus estados de ánimo insinuaba si en aquellos instantes pertenecía a un pasado, a un presente o a un futuro. La luz mimaba su rostro, sabía disimular sus luchas internas y realzaba sus pocas y pequeñas alegrías. De no observarla fijamente, se diría que podía pasar desapercibida: su estatura era mediana, no era gruesa, tendía más bien hacia la delgadez, lo que la aproximaba a un quebrantamiento de sus gestos; su nariz era muy recta, muy perfilada y de sus orejas, casi siempre ocultas por su cabello, sobresalían unos lóbulos alargados, como forzados por unos pendientes de oro y diamantes debido al peso de la opulencia; su piel era pálida, siempre pálida, nunca lograba adquirir ese bronceado suave y saludable que le proporcionaba su aliada: la luz, ésta solamente se limitaba a interpretar no a incrustar; el color de sus ojos era…el color de sus ojos era…el color de sus ojos era indefinible, a veces cualquiera hubiera dicho que era azul cielo o gris perla, otras negro azabache, azul cobalto o verde hierba, pero siempre, el color que fuera, ligado a un soporte natural; a decir verdad, aquellos ojos carecían de color, no eran más que una pantalla para tapar dos huecos que ocultaban el paso hacia un abismo personal; su boca se proyectaba al exterior rebordeada por unos labios carnosos, casi siempre herméticos, dispuestos a esbozar una mueca fingida, eran rojos, rojos pasión, quizá por lo mucho que había besado; sus dientes eran tan blancos como la nieve y fríos como ella porque las palabras no habían sabido derretir esa frialdad; su cuello era largo y frágil y lo parecía aún más cuando se malpensaba que su intención era separar cada vez más aquel cuerpo de aquella cabeza, para que cada uno funcionase por sí solo, como si cada batalla que tenía lugar en aquel cerebro no implicara al cuerpo, o como si cada desarreglo que acontecía en aquel cuerpo no implicara un sufrimiento al cerebro. Alrededor de aquella cabeza se enroscaba una larga trenza; estaba entretejida con firmeza, fijada al cráneo por unas horquillas que, a veces y según estuvieran colocadas, parecían espinas, todo en conjunto sería una corona de espinas; su cabellera era negra, de un negro azabache, un negro falso porque ocultaba infinidad de canas, aquel negro también delataba los residuos de cierta coquetería y ésta, a su vez, una vaga ilusión por la vida. Urdilde vivía sola, en una casa de un piso, semidestartalada, no era de su propiedad, en la planta baja había un pequeño rótulo donde se podía leer: “se vende” y daba un número de teléfono: 3x-5=9-4x. Nunca nadie había llamado a aquel número. Nunca nadie habría respondido a una información porque lo que estaba escrito en letra desigual en aquel letrero era una mentira, una falacia urdida por un dueño con ánimo de expulsar a aquella mujer de su lugar de reposo; pero ya nunca nadie se atrevió, se atreve ni se atreverá a comprar esa casa ya que el instinto del supuesto comprador le revelaría que mercar aquella morada era mercar a aquella mujer, sería algo parecido a morada=mujer, mujer=morada, las dos se incluían en el mismo lote, serían inseparables. La casa era un caparazón que protegía la fragilidad de un cuerpo y al mismo tiempo aquel cuerpo insuflaba vida a un material a punto de desmoronarse. La gente que pasaba por allí delante ignoraba la existencia del edificio, el tiempo lo había cubierto con una pátina en donde la discreción sobresalía por su opacidad; estaba a las afueras de la ciudad, era un barrio decadente, en algún tiempo había gozado de cierto prestigio, pero ahora era el punto de mira, la carnaza de constructores en busca de espacio para erigir colmenas y especular con la necesidad innata de cobijo del ser humano. Los moradores de aquellas casas eran gente mayor o matrimonios jóvenes cuyos recursos económicos era limitados, los alquileres eran prudentes y podían pagarse sin hacer grandes estiramientos del presupuesto familiar. Urdilde trabajaba, todos los días se levantaba temprano, se arreglaba y cogía un autobús que la dejaba en el centro de la ciudad. No amaba su trabajo, para ella era como un suplicio que había que soportar. Aparte de la remuneración que conseguía por él también era una forma de mantenerse en contacto con la civilización, siempre y cuando se entienda como civilización el toparse cada mañana con la misma gente en el autobús y sobre todo con sus compañeros de oficina; su relación con éstos era distante, muy distante, kilométrica; ella se limitaba simplemente a cumplir, a realizar una serie de labores que tenía asumidas, más allá de eso ya nada le incumbía, no se entrometía en las conversaciones de sus compañeros, ni en las bromas que muchas veces torpemente disfrazadas iban dirigidas hacia ella; todo lo que estaba impregnado de vulgaridad o de hirientes intenciones le resbalaba, había como un rechazo interno proveniente de una riqueza de espíritu que hacía que lo que no contuviese una cierta bondad de acercamiento automáticamente era despedido, apartado; externamente ella no lo manifestaba ni con muecas ni con ademanes despreciativos; era muy comedida, era un especie de irradiación que lanzaba hacia todos aquéllos que intentaban mofarse de ella. Urdilde era una presencia turbadora, su discreción albergaba un silencio en el que retumbaban las frustraciones de los que la consideraban una víctima, su víctima y no la veían como una mujer de una enorme vida interior; aquéllos que reconocían su valía comulgaban con ella en silencio, pero eran muy pocos los que la sabían valorar por no decir nadie; si a alguno de sus compañeros se le preguntara qué opinión tenían de ella, ninguno sabría responder, sus sentimientos nunca afloraban, sabía que si los expresaba no iba a ser comprendida, solamente a ciertas horas de la noche ella se manifestaba tal y como era, pero ésas eran unas horas secretas para los demás, la luz que tanto la mimaba iluminaba su abismo interior y evidenciaba las luces y sombras de una vida, de su vida. A Urdilde también se la rechazaba por no cumplir unas normas establecidas con su indumentaria; la ropa que solía llevar era un poco “démodée”; entre sus compañeros y compañeras había una rivalidad por quién iba más a la última moda; ella no entraba en ese juego, sus vestidos pertenecían a temporadas pasadas, se notaba que eran de buena calidad y estaban bien confeccionados aunque el paso del tiempo los había deformado y deslustrado la brillantez de lo nuevo; no la dejaban pertenecer a la actualidad, a esa actualidad rabiosa por la que sus compañeros luchaban; a ella, por ejemplo, un traje de chaqueta no la situaba en el momento presente sino que la retrotraía a un tiempo pasado de juventud y flirteos amorosos cuando a cualquier prenda el cuerpo le transmitía una alegre coquetería, pero, lo que más exacerbaba a los que la rodeaban era aquella trenza que rodeaba su cráneo; a mucha gente le hubiese gustado agarrarla y tirar de ella, deshacerla y en esa rabia manifiesta personificar una ira primaria hacia todo aquello que no sigue unas normas establecidas; sin embargo, aquella trenza contenía un misterio que confería a su dueña una aureola de personaje mítico, enclavado en un tiempo remoto y reencarnado en aquella discreta mujer. En la oficina, en el pequeño espacio que se le concedía dentro de una enorme sala, a veces y cuando el trabajo no la agobiaba, se quedaba en silencio, en aquel silencio que ella conocía a la perfección y al cual ella estaba habituada, no le extrañaba porque lo había asumido nombrándolo posesivamente como “su silencio”; prestaba atención a cualquier ruido o murmullo y se pasmaba ante la novedad; en su silencio sólo retumbaban los ecos de su propio interior, ni se parecían en lo más mínimo a los que pululaban por un espacio tan ajeno a su voluntad; los analizaba y reconocía, los ruidos desprendidos por las máquinas eran distintos a los que ella estaba acostumbrada, los que pertenecían a su mundo sonaban a nimiedad, a imperceptibilidad: la caída del agua al abrir un grifo, el giro de una llave al abrir o cerrar una puerta, sus propios pasos al subir o bajar las escaleras de su casa, el clic que producía el interruptor de  aquella bombilla al encenderse e iluminar su rostro o el sonido a sorpresa al verse delatada por aquella amarillenta claridad. Todo lo que se producía fuera del ámbito más íntimo y restringido de su ser, le parecía que estaba asistiendo a la creación de un nuevo lenguaje por parte de los objetos o de aquellas máquinas infernales que cohabitaban con ellos en la oficina. En cuanto a las voces de sus compañeros las diferenciaba todas, su oído se había vuelto muy sensible a la voz humana, muchas veces no le importaba el contenido de la conversación sino los distintos niveles de entonación de las frases y en lo que éstas podían acabar: temblaba ante una voz autoritaria, se enternecía ante una voz melosa, carraspeaba  como acto reflejo ante una voz ronca y se desmoronaba ante una voz suplicante. La voz humana se había convertido en su punto débil; desfallecía ante cualquiera que le hablase con ternura, se infantilizaba hasta tal punto que hubiese deseado que la acariciasen; para Urdilde d’Enalapril una voz lo podía significar todo, desde un suspiro hasta una declaración de principios para seguir viviendo y así lo era, así lo será, así lo fue, así lo está siendo, así lo habría sido, así lo habrá sido, así lo sería, así lo había sido y cualquier capricho de tiempo verbal porque así lo es. Desde su pequeño hábitat, ella observaba toda una jerarquización, unas luchas internas por trepar a un puesto más alto, allí la traición se había enmascarado de sutileza apenas perceptible, nada afloraba al exterior, pero los espíritus se debatían por subir un peldaño en una escalera infinita en donde no había una meta, cada cual se la imponía según su grado de codicia. Urdilde ni por un momento había pensado en incorporarse a aquel torbellino, para ella no era más que un espectáculo al cual asistía; si en algún momento rondó por su cabeza aquella idea, unos principios de humildad la retenían y un espíritu de confraternidad para con los demás la alejaban de unas posibles fuentes de sometimiento para sí y para sus semejantes; el hecho de no entrar en aquella vorágine significaba no estar de acuerdo con ella, por eso trataba de hacerse invisible por miedo a ser despedida, aunque tampoco hubiese sido una gran pérdida, lo que la motivaba a estar allí era el contacto con otros seres humanos y el poder ser útil en la medida de sus posibilidades; se podía decir que solamente había tres lugares en donde existía una aproximación hacia sus orígenes y eran: la oficina, el autobús y las tiendas donde hacía sus compras. En la oficina era donde más tiempo pasaba, por lo tanto tenía más oportunidades para experimentar una ligera convivencia; tanto en el autobús como en las tiendas eran unas fórmulas de cortesía muy desgastadas y la típica frase que surgía motivada por la finalidad a la cual la llevaba allí. Económicamente lo que ganaba le era suficiente, se sorprendía al oír comentar a sus compañeros que a duras penas llegaban a fin de mes debido a un exceso de gastos incontrolados; a ella le hubiese gustado darles algún dinero y no prestárselo, pero reconocía que una generosidad tan manifiesta con gente allegada nunca es prudente porque crearía unas expectativas a las cuales ella no siempre estaría dispuesta a ceder. Urdilde era una mujer muy austera tanto en sus comidas como en sus costumbres; a media mañana disfrutaba de un pequeño descanso en el trabajo, bajaba a una cafetería a tomarse un café con leche y un dulce, los saboreaba con tanto gusto que se convertían en una opípara comida llevada a cabo en un lujoso restaurante. En su casa apenas cocinaba, se alimentaba a base de frutas, verduras y productos lácteos ya que ella no podía perder el tiempo delante de un fogón; necesitaba vivir, respirar cada instante de vida conscientemente, analíticamente; consideraba que su cuerpo podía subsistir con cualquier cosa, pero que su mente estaba hecha para las exquisiteces de las vivencias, de los sueños, de las locuras y era en las abstracciones de ese mundo en las que ella quería detenerse, recrearse, anclarse, formar parte de esa irrealidad y simbolizarlas como la realidad que en algún tiempo fueron. Bebía mucha agua, tenía la convicción de que la limpiaba por dentro y de que a aquello que tocaba le transmitía una sensación de pureza o de saciedad. No tomaba bebidas alcohólicas, nublaban la percepción sensorial; decía que la vida había que captarla tal y como se presentaba en ese momento, con su crudeza o liviandad, pero siempre consciente de su aceptación. De sus costumbres, a simple vista, poco habría que decir, era mujer de horarios, a simple vista, muy normales; a simple vista se la podría juzgar como una mujer anodina, escurridiza, una persona más del montón de una gran ciudad, de una avalancha en un paso de peatones arrastrados por la fiebre de cruzar. A simple vista, en un gran espacio ese era posiblemente el juicio que se podía obtener, en un gran espacio a la velocidad de un instante; a vista fija y en pequeño espacio, con la lentitud del transcurso de un siglo el juicio cambiaba por completo; por ejemplo, lo ya dicho, su presencia en la oficina causaba perturbación, ¿cuáles eran los motivos de ese malestar? Nadie se había puesto a reflexionar sobre ellos, bien por falta de tiempo o bien porque ella podía ser el reflejo de unos desasosiegos que era mejor no tocar, dejar flotar en el apacible subconsciente. Cuando la jornada de trabajo se daba por terminada, sobre su mesa dejaba todo ordenado para el día siguiente, cogía sus bártulos, se despedía de sus compañeros escuetamente y se dirigía a la calle; aquéllos eran unos instantes de una gran ansiedad, lo que causaba una aceleración en su paso y en el contoneo de su cuerpo, temía que algo la retuviera y le impidiera salir; deseaba con todas sus fuerzas superar aquella línea que delimitaba claramente trabajo y libertad; Urdilde tenía el presentimiento de que cada vez que traspasaba aquella línea, tanto a la entrada por la mañana como a la salida por la tarde, algo se transformaba en ella y de que la auténtica Urdilde existía fuera de aquel edificio, una vez allí adentro era como adquirir una personalidad distinta, era una suplantación. Una vez en la calle miraba el cielo, no le importaba si estaba despejado o cubierto; el cielo, para ella, siempre había sido una inmensidad, una infinitud hacia donde exhalar el último suspiro residual de una jornada de trabajo, con él se iban unas obligaciones impuestas y al mismo tiempo fingidas, una forma de pensar moldeada por la empresa para su propio beneficio, una esclavitud velada que sólo aquéllos dados a la reflexión se daban cuenta de las artimañas; Urdilde era una privilegiada, todo lo captaba, sabía que la vida exigía una servidumbre para con las personas o bien para con las cosas y ella respondía inmolándose en un profundo silencio; cuando sus superiores tomaban ciertas medidas barriobajeras con los clientes o incluso con los mismos empleados, su mutismo se sumergía en el dolor de una especie en donde el engaño no tenía cabida y ella huía, huía, huía, huía, huía, huía, huía, huía, fuía, fuía, fuía, fuía, fuía, fuía, fuía, fuyait, fuyait, fuyait, fuyait, fuyait, fuyait, fuyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, auyait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullait, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba, aullaba…y caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, regresaba a casa caminando, de vuelta nunca cogía el autobús, a cada paso que daba creía que recuperaba el auténtico yo, a medida que recobraba su confianza daba pequeños saltos de alegría y se paraba delante de los escaparates para ver los últimos dictados de la moda aunque a ella aquellos modelos no le iban, se alegraba de que a otras mujeres les quedaran bien y manifestaran su coquetería mediante aquellos estampados fantásticos y chillones, y de paso ella miraba de soslayo su reflejo en el cristal del escaparate, se ajustaba su trenza y se sentía hermosa, muy hermosa, una hermosura que solamente ella percibía porque era la exteriorización de su vida interior. Conforme consigo misma, volvía a ser Urdilde d’Enalapril, con nombre y apellido, durante su jornada laboral era Urdilde a secas, una vez afuera no sólo recuperaba su identidad completa sino también sus atributos físicos y espirituales. Entraba en un supermercado para comprar el sustento de cada día, le agobiaba aquella deslumbrante claridad, los rótulos de los productos en oferta y aquella música de fondo a veces interrumpida por una voz femenina reclamando la presencia de alguien u ofertando unos servicios a los que nadie hacía caso; ella sabía a la perfección adónde dirigirse, no se dejaba seducir ni por los bajos precios ni por el atractivo envoltorio de los alimentos; en su cesto de la compra ponía lo que en realidad necesitaba, pagaba y salía a cajas destempladas; había días en que se sentía burlada y ridícula como si ella no supiera qué comprar sin que nadie dirigiera sus gustos o poner de manifiesto su ignorancia en materia alimenticia; siempre compraba poca cantidad, se entristecía, por ejemplo, cuando unas manzanas se estropeaban por sobreabundancia; se podía decir que comía como un pajarito, cualquier cosita la hartaba y su estómago era también como el de un pajarito, su alimento ideal sería el alpiste y no hablaba, piaba. Con su compra hecha y una vez en la calle, contemplaba el bullicio de la gente, para ella aquello era un espectáculo: las prisas, los coches que circulaban en procesión, aquel ruido de fondo de la ciudad que, fuera donde fuese, se enquistaba en los cerebros y ni siquiera de noche los abandonaba; la mezcla de colores, luces de neón y rótulos que hacían de algunas fachadas la portada ideal de cualquier libro de texto dirigido a jóvenes; para Urdilde era asistir a un espectáculo “in situ”, como si fuese un personaje más de la trama, con la salvedad de que a ella le gustaba esa colaboración, no estaba allí obligada, estaba por su propia apetencia; aunque su personaje no tenía diálogo, era una figurante más en aquel decorado que a no ser por esos mudos personajes la ciudad se convertiría en una ciudad muerta; su papel era el de una espía que observa en silencio todo lo que la rodea; como ella, también hay niños espías que al ser rechazados por sus compañeros a participar en el juego, desde un rincón, éstos se limitan a observarlos prometiéndose que algún día ellos también serán los personajes principales de algún espectáculo. Urdilde sabía que era la única protagonista importante en su teatro, no asistían espectadores, ella era a la vez actriz y espectadora en la tragicomedia de su vida. Asumido su papel de figurante, sabía el tiempo que debía estar en escena y cuando se retiraba hacia bambalinas, entonces era el momento de proseguir su marcha encaminándose hacia un lugar que ella adoraba, era un pequeño templo donde compraba las ofrendas que llevaría a casa, era una floristería. Su amor por las flores era tal que se había convertido en un vicio, en un vicio sano y hermoso; gastaba casi todo lo que ganaba en flores, no le importaba en absoluto si lo que obtenía con el sudor de su frente lo empleaba en conseguir belleza ¡bendito sea el despilfarro!; estaba convencida de que la sublimación del derroche era cuando éste ayudaba a uno a adueñarse de la hermosura y ella podía permitirse ese lujo; cada quince días de esa floristería partía una furgoneta cargada de toda clase de rosas y de todos los colores con que la naturaleza las dotó, exceptuando las blancas, en dirección a su casa; las marchitas las reemplazaba por las nuevas, frescas y olorosas y entonces aquella casa semidestartalada, con el rótulo de “se vende” adquiría una revalorización, pues contenía la generosidad de una naturaleza evidenciada en aquellas flores; como la casa no era muy grande y la cantidad de rosas era excesiva, apenas se circulaba por el pasillo y el comedor que eran las partes de la casa por donde más se transitaba. A Urdilde le encantaba que los pétalos de las rosas rozasen su cuerpo, era como si los dedos de sus amantes la acariciasen y la reclamasen para sí; a veces aquellas flores se deshojaban y sus pétalos caían al suelo, ella, descalza, los pisaba y se dejaba deslizar, ocasionándose con frecuencia algún resbalón, pero también le gustaba poner a prueba su equilibrio para que éste se tambalease; nunca se caía manteniéndose erguida y orgullosa. Cada vez que entraba en aquella floristería era como entrar en un paraíso de vegetación, observaba las plantas con extremo cuidado y fijaba la mirada en todos sus brotes, le parecía pura magia la renovación constante de la vida y después de esa euforia se entristecía al ver unos pasos más allá a unos pájaros enjaulados privados de libertad. Cuando la dueña de la tienda captaba su figura nunca le preguntaba qué era lo que deseaba; su presencia allí, sin ninguna clase de intercambio verbal, era lo suficientemente explícita para saber lo que ella quería. A ella no le daban un ramo de rosas blancas y las cogía, no, no y no; a ella le ofertaban un ramo de rosas blancas y ella las abrazaba y las apoyaba contra su pecho, a pesar de sus bártulos cruzaba los brazos y las cobijaba entre ellos, como si fuera la portadora de un tesoro inconfesable. A la salida del trabajo, hiciera el tiempo que hiciese, se dirigía a aquella tienda como una niña obediente a por el sustento espiritual de cada día: eran rosas especiales, del color de la nieve, cegadoras como ella, frías, más bien heladas, pero ella las templaría, las derretiría. Nunca pagaba diariamente, al final de mes, una vez que ella cobraba su salario y no queriendo tener entre sus manos ni monedas ni billetes, no le agradaba su tacto, le parecía malsano y enfermizo, pagaba religiosamente y transacción rematada hasta el próximo mes. Había alguna época del año en que era difícil conseguir las rosas especiales que ella deseaba, pero en ese aspecto nunca quería hablar de impedimentos, se volvía exigente y era capaz de morder; eran su capricho, y los caprichos se consiguen si hace falta pateando. Salía de la floristería y se encaminaba hacia su casa, cada paso que daba sentía que se alejaba de un mundo que le era ajeno y que se acercaba un poco más hacia sí misma. Miraba sus rosas con tanto primor y ternura que se diría que portaba entre sus brazos a un recién nacido ¿sería aquel ramo de flores lo que realmente apreciaba en la vida? Ella sabía que no, que su vida estaba llena de pequeños y grandes amores y que aquellas rosas eran un punto de partida, la materialización de unas vivencias, de unos sueños a los cuales recurría para seguir respirando. Al encontrarse ya próxima a su casa, muy disimuladamente cogía una de las rosas, la besaba y la dejaba caer al asfalto, deseaba que alguien desconocido la cogiera, no le importaba quién fuera, era su recuerdo diario a aquel mundo que ella abandonaba por unas horas y del cual no conservaba ningún rencor, era su señal de agradecimiento. Abrió la puerta de su hogar y echó un último vistazo a la luz del día, desde aquel momento la luz artificial la iluminaría en la penumbra; cerró la puerta con gran estruendo y el mundo entero retumbó, y el mundo entero retumbó, y el mundo entero retumbó, y el mundo entero retumbó, y el mundo entero retumbá, y el mundo entero retumbá, y el mundo entero retumbá, y el mundo entero retomba, y el mundo entero retomba, y el mundo entero retomba, y el mundo entero tomba, y el mundo entero tomba, y el mundo entero tumba, y el mundo entero tumba, y el mundo entero es una tumba. Subió las escaleras a oscuras, sonorizando sus pasos mediante el roce de la suela de sus zapatos con los peldaños, como si quisiera advertir a alguien de su presencia, pero ella sabía y el mundo entero sabía también que aquella casa siempre estaba vacía de cualquier persona física, exceptuándola a ella; lo que trataba era de advertirse a sí misma de que su vida interior comenzaba en aquel momento. Encendía las luces de toda la casa muy deprisa para que aquella sinfonía de color le diera la bienvenida, observaba sus rosas con la sorpresa de ver siempre algo nuevo, si había alguna hoja o algún pétalo marchito lo apartaba, era como una nota discordante en aquella inmensidad musical del color, exhalaba un suspiro y ya se sentía integrada en su ambiente; sus rosas se extendía por toda la casa, en todas las habitaciones e incluso en la cocina y en el cuarto de baño; cuando hacía verduras o ensaladas siempre les echaba un pétalo porque creía que sus platos carecían de magia si no les incorporaba algo de lo que ella amaba. Comulgaba con esos pétalos. De repente apagaba las luces a excepción de una bombilla que era la que la iluminaba; temía que el exceso de luz pudiera afectar al colorido de sus flores, después se dirigía a su cuarto y en la oscuridad se desnudaba y se ponía una túnica, medio bata, medio camisón: era blanca, de un blanco fosforescente, la había confeccionado ella; a pesar de su torpeza para esos menesteres, se las había ingeniado para hacer unas cortinas también, para ambas cosas había comprado una tela volátil, casi transparente, de visillo; su primera intención había sido confeccionar las cortinas, pero al ver que le quedaba tela sobrante decidió aprovecharla y ponerse un reto al llevar a cabo la hechura de dicha prenda; mal que pudo llevó a buen término su tarea aunque siempre con la duda a poder superarla en futuros intentos; había llegado a la conclusión de que le gustaba estar en consonancia con su casa y de qué mejor modo que vistiendo ambas la misma tela. ¡Se sentía tan cómoda con su túnica!; la ropa que se ponía para ir a la oficina la oprimía, marcaba su cuerpo y eso a veces la ponía nerviosa, se sentía objeto de reclamo, su única intención era reclamar sus recuerdos y con ellos su vida auténtica. Se paseaba descalza por su casa y recorría las habitaciones observando sus rosas que descansaban en hermosos floreros de fino cristal; había zonas de penumbra y aunque no llegaba a verlas con toda claridad extendía su brazo, las rozaba y así comprobaba que seguían embelleciendo aún en la oscuridad. Urdilde había creado su mundo, un mundo hecho a base de experiencias vividas y de reminiscencias pasadas; quien lo viera desde fuera podría considerarlo irreal, al límite de la locura, pero para ella todo aquello era tan real como que respiraba y siempre al límite de la cordura. En su hogar perdía la noción de tiempo, era estar en armonía consigo misma y con lo que le rodeaba; en su lugar de trabajo había momentos en que le embargaba una gran pesadez y no apartaba la vista de las agujas del reloj, las miraba fijamente queriendo hipnotizarlas y manejarlas a su libre albedrío; allí el tiempo se arrastraba lentamente y con él a sus incondicionales seguidores; sólo la luz del día le marcaba unas pautas de conducta a seguir y eso influía en su estado de ánimo; a la hora del crepúsculo advertía que su sensibilidad se agudizaba, que era mucho más vulnerable a ciertas vibraciones que iban a extenderse a lo largo de la noche; con el último rayo de sol Urdilde sabía que debía coger aquellas rosas blancas a las cuales había venido abrazada y depositarlas en el florero de cristal más fino que ella poseía, si a éste se le acariciaba suavemente desprendía una sonata, si la caricia era un poco más intensa una sinfonía llegando a alcanzar cotas impensables como puede ser una ópera; se  diría que aquel florero poseía cualidades mágicas, pero no, eran cualidades sensoriales, todo en aquella casa eran sensaciones; cuando terminaba de colocarlas las observaba a cierta distancia y con la observación venía el recuerdo: a los hombres que amó nunca les había exigido nada material, si por voluntad propia y sin insinuaciones por parte de ella deseaban obsequiarla, lo mejor que podían hacer era regalarle un ramo de rosas blancas, el colorido ya se lo daría ella según su estado de ánimo; muy pocos se habían percatado de sus gustos, pero aquéllos que la supieron entender siempre se los habían cumplido muy inconscientemente. Solía cenar muy poca cosa, los alimentos copiosos le producían un entorpecimiento de mente y su sensibilidad se atrofiaba hasta el punto de caer en la dejadez; tomaba fruta, un yogur y para rematar una pastilla de chocolate del negro, del más puro en cacao, bebía un vaso de leche y éste servía de colofón a una merienda-cena que siempre tenía lugar a la hora del abandono del día por la noche, después se dirigía al cuarto de baño y con mucho cuidado desprendía su corona, es decir su trenza, y la deshacía para cepillarla y la cepillaba y la cepillaba y la cepillaba y la zipillaba y la zipillaba y la zipillaba y la zarandeaba y la zarandeaba y la zarandeaba y la zarandeaba hasta convertirla en un zipizape; con ella extendida se contemplaba en el espejo y se identificaba con aquella imagen: la de una María Magdalena, la de una M. Magdalena, la de una M. Magdalena, la de una M. Majadena, la de una M. Majadena, la de una M. Majadena, la de una M. Majadera, la de una M. Majadera, la de una M. Majadera; había visto a aquella mujer en infinidad de cuadros y era su misma representación; el cabello le llegaba hasta la cintura, una vez cepillado le gustaba zarandearlo de un lado a otro como si fuera una cortina, cuando se cansaba y se mareaba paraba, más sosegada y con el nervio relajado la melena la recogía en una trenza más ligera y la dejaba caer sobre su pecho izquierdo; se observaba el rostro también y paseaba las yemas de los dedos con un suave movimiento sobre cada una de sus facciones como si de un piano se tratase y supiera extraer de cada uno de aquellos toques una nota musical; se sonreía, la luz que proyectaba una bombilla situada en la parte superior del espejo la iluminaba perfectamente, comprobaba que no estaba sola, un rostro atemporal la miraba, quizá podía ser el suyo o tal vez el de otra persona de  mucho tiempo atrás reencarnada en ella, eso la perturbaba y se preguntaba por su edad; por su mente pasaban unos planos analíticos que tanto podían retrotraerla a unos años infantiles como proyectarla a miles de años luz; su edad era un número que se trataba de pronunciar en una milésima de segundo, es decir nada, o es decir todo. Le encantaba hacer muecas, su rostro pasaba de lo trágico a lo cómico, de la angustia al miedo, del placer al dolor, del extravío al encuentro y ella se reconocía en cada una de aquellas máscaras sin tiempo porque esos estados de ánimo eran innatos y propios de su especie, no la sorprendían para nada. Daba un último paseo por la casa para comprobar si todo quedaba bien y se dirigía a su dormitorio para echarse sobre su cama, sobre unas sábanas de un blanco fosforescente, sobre un colchón rígido que mantenía su cuerpo en línea recta, sobre un suelo de madera en ciertos lugares carcomida, sobre unos cimientos de una casa frágiles debido ya a la antigüedad y sobre una tierra perteneciente a un mundo. Aunque todavía no eran horas de descansar, de quedarse dormida ni de hacer su llamada telefónica, todos esos momentos previos ella los empleaba para reflexionar, se exigía pensar en sí misma y en los acontecimientos que la rodeaban, bien aquéllos que la implicaban o bien aquéllos otros que no le incumbían por ser externos y por no afectarla directamente. Durante el día no había tenido tiempo para pensar, su vida la había entregado a los demás, a su trabajo, pero no de forma altruista, trabajaba porque creía en aquello de: ganarás el pan con el sudor de tu frente; lo creía con toda sus fuerzas ya que nunca nada se le había concedido gratuitamente ni en el terreno material ni en el emocional; en ambos había luchado como una auténtica leona, sobre todo en éste último. Tenía joyas que habían marcado logros importantes en su vida, pasiones llegadas al límite que lo que quedaba de ellas eran el recuerdo y un símbolo; no tenía muchas, las suficientes como para reavivar ilusiones, pero nunca se las ponía, las contemplaba, rememoraba hechos lo suficientemente analizados que hacían que se enfrentase al mundo con un orgullo y una valentía por lo vivido. A veces en voz muy baja se llamaba “gastadora”, le gustaba esa palabra, le parecía un exceso, ¡como siempre había sido tan comedida en sus gastos!, entonces miraba sus rosas y cualquier calificativo perdía su valor, cualquier adjetivo peyorativo dirigido hacia la belleza que simbolizaban aquellas rosas se autoanulaba. ¿Posesiones? Cuatro prendas de vestir y un sueldo mensual que le servía para pagar el alquiler de aquella casa y eso era todo y suficiente. Echada boca arriba sobre su cama era como estar acostada en un campo de hierba percibiendo las vibraciones de un submundo animal y vegetal y al mismo tiempo reposando la mirada en un cielo perteneciente a un macrocosmos en el que Urdilde flotaba apaciblemente. Los días de fuerte viento o lluvia se levantaba de un salto para abrir las ventanas, media turbada, como si el dios Eolo la reclamara, las abría de par en par y aquel aire y aquella lluvia provenientes de las profundidades del cielo se adentraba con el ímpetu de una guerra en aquella casa; se asomaba y dejaba que el viento la envolviera, su túnica y las cortinas se convertían en torbellinos, había momentos en que adquirían el potencial de unas alas y Urdilde era como un ave funesta sin rumbo luchando contra los elementos; si el viento era muy frío, éste la traspasaba dejando su cuerpo insensible, inexistente creyendo que sólo su mente era el único residuo que quedaba de su ser; si había lluvia, ésta la calaba hasta la médula, empapaba su túnica y ciento de pliegues se pegaban a su figura adquiriendo el clasicismo de una estatua. Aquella unión con las fuerzas de una naturaleza desbocada la tonificaba, era como recibir una energía de unos dioses que entre los humanos ella no encontraba. Echada sobre su cama, seguía reflexionando y la reflexión dirigía sus gestos, muchas veces llevaba sus dedos hacia su boca y perfilaba cientos de veces sus labios, pensando en aquellos hombres que la habían amado, que la habían tenido entre sus brazos y la habían estrujado queriendo así demostrar su cariño al quebrarla. Urdilde había sentido el aliento y una entrega pasional en la unión de aquellos labios con el hombre, pero nunca había conseguido de ninguno de ellos una palabra o una frase, esto último sería pedir demasiado, solamente se expresaría por medio de la mirada, por medio de esos rayos de luz que desprendería el alma humana a través de los ojos; cuando ella los besaba pasionalmente buscaba en su mirada algún rayo, pero esas miradas se esquivaban y si por suerte captaba alguna la conducía a la oscuridad abismal de un origen y hacía de aquella pasión momentánea una amargura de una procedencia y de un destino desconocidos; y Urdilde se hundía y se hundía y se hundía y se hundía y se hundía y se hundía y se hundía y se fundía y se fundía y se fundía y se fundía y se fundía y se fundía en la miseria, en la nada. Su mano descendía hasta su cuello y descansaba un instante como queriendo incubar el recuerdo de un beso, torcía la cabeza hacia un lado y un cosquilleo sacudía su cuerpo y su mano continuaba bajando hasta sus pechos, hasta sus pezones que en un instante de ilusión se habían puesto turgentes y pensó en las bocas que los habían succionado, ninguna había sido infantil, inocente; todas había sido devoradoras, egoístas al querer extraer el placer, quizá, sin el beneficio del otro. Y su mano continuaba su viaje a lo largo de un cuerpo que en ciertos momentos le parecía ajeno a su persona, como si su mente y él tuviesen una relación extraña, algo semejante al rechazo, pero ella se obligaba a que esta compenetración fuera lo más llevadera posible. Llegó a su ombligo y con el dedo índice empezó a hacer círculos a su alrededor formando una gran espiral teniendo a éste como punto de origen, origen de un vientre, origen de la vida. Huyendo rápidamente de aquel pensamiento causante de un incipiente temor, posó la mano sobre su pubis y con ella extendida lo cubrió no por vergüenza sino por misterio; sabía que allí se conservaba el misterio de sus entregas, los hombres la habían penetrado y ella se había entregado a ellos sin saber el porqué: ¿quizá por amor? Tal vez, pero no lo tenía tan seguro, de lo que sí respondía era de que algo misterioso la inducía a aquel abandono de sí misma, como si al entregarse la alejara de una gélida soledad que habitaba en su interior desde tiempos remotos y encontrara en los brazos de lo ajeno un soporte para no desplomarse, para no derretirse. Los fluidos viscosos que a sus entrañas se adentraban portaban vida, pero no respuestas y esa carencia malograba cualquier idea remota de germinación, y aquella parte íntima de su cuerpo era su meta; ahora le tocaba el turno a su mente dirigirse por sí sola. Reflexionaba de nuevo sobre los acontecimientos acaecidos durante el día, ninguno era relevante, pero formaban parte de su vida, de ella misma y no todo iba a ser convulsión, después de la tempestad siempre viene la calma y es en esos momentos de serenidad cuando se hace una valoración objetiva de lo sucedido. Sus logros y sus fracasos la ennoblecían pues los admitía tal y como habían venido, no se avergonzaba ni se enorgullecía de ellos, la vida tenía un sonido, una melodía que la maravillaba. Echada sobre aquel blanco de nieve llevaba las manos hacia su frente como para aplacar sus emociones, sabía que, a pesar de su lograda serenidad, sus sentimientos se habían pulido muy finamente y poseían una delicada fragilidad, por eso, de vez en cuando de sus ojos brotaba alguna lágrima y de no ser así sus ojos se ahogaban en lágrimas, en lágrimas, en lágrimas, en lágrimas, in lacrimas, in lacrimas, in lacrimas, in lacrime, in lacrime, in lacrime. Tampoco lloraba o se inundaba sin motivo, a veces reconocía que era de lágrima fácil. Siempre al llegar la noche y después de las reflexiones, del recorrido por su cuerpo para equilibrarlo con la vida y de la valoración de su autoestima, una “furtiva lacrima” debería brotar de sus ojos; todas las lágrimas llevan un sentido descendente, el sentido de la gravedad hacia la tierra. Sus lágrimas, al estar echada, no resbalaban por sus mejillas sino que en su recorrido atravesaban sus sienes y ancoraban en sus oídos adentrándose hasta el tímpano, entonces era la hora esperada para hacer la llamada telefónica, una llamada hacia el más allá: de la mesita de noche cogía un teléfono y a ciegas marcaba un número infinito, de la infinitud del universo, marcaba y marcaba y marcaba y marcaba y marcaba y marcaba y marcaba y  marcaba y marcaba y marcaba y marcaba números y números y números y números y números  y números hasta crear un código que daba acceso a su alma; llevaba el auricular al oído y de él surgía una voz de las profundidades del sonido que le cantaba: Breit’über mein Haupt dein schwarzes Haar, neig’zu mir dein Angesicht, da strömt in die Seele so hell und klar mir deiner Augen Licht. Extiende tu negro pelo sobre mi cabeza, inclina tu rostro hacia mí, entonces derrama en mi alma, tan clara y limpia, la luz de tus ojos. Una vez oídas las últimas palabras alargaba el brazo y con un tic encendía una bombilla situada sobre la cabecera de su cama, la luz proyectada transparentaba todo su cuerpo, nada se veía, de él solamente se desprendía blancura, y la voz proseguía su canción: Ich will nicht droben der Sonne Pracht, noch der Sterne leuchtenden Kranz, ich will nur deiner Locken Nacht und deiner Blicke Glanz. No quiero el esplendor del sol, ni la guirlanda brillante de las estrellas, solamente deseo la noche de tu pelo y la luz de tu mirada. El tiempo transcurrido en aquella canción le pareció una vida al completo, era como si aquella letra condensara su pasado, su presente y su futuro en una palabra: un deseo.https://www.youtube.com/watch?v=nmb_4pU9wMw



Breit’über mein Haupt dein schwarzes Haar,

neig’zu mir dein Angesicht,

da strömt in die Seele so hell und klar

mir deiner Augen Licht.



Ich will nicht droben der Sonne Pracht,

noch der Sterne leuchtenden Kranz,

ich will nur deiner Locken Nacht

und deiner Blicke Glanz.



Extiende tu negro pelo sobre mi cabeza,

inclina tu rostro hacia mí,

entonces derrama en mi alma, tan clara

y limpia, la luz de tus ojos.



No quiero el esplendor del sol,

ni la guirlanda brillante de las estrellas,

solamente deseo la noche de tu pelo

y la luz de tu mirada.

                  Richard Strauss-Breit’über mein Haupt dein schwarzes Haar…






miércoles, 10 de octubre de 2018

MORS ET VITA



           
                                                     
Árboles en invierno 29- M. Velasco

                                                         
                                                                    MORS
  Loio de Sisoi era la sencillez personificada, la vejez personificada, la bondad personificada..., todas esas cualidades positivas que ennoblecen al ser humano las poseía ese hombre enjuto, lento de movimientos, torpe en las labores cotidianas del campo debido a su avanzada edad, con una mente y sus cinco sentidos lúcidos aunque no tan agudizados a causa de los años, dócil y respetuoso con las normas sociales con las que le había tocado vivir y que había acatado sin la más mínima vacilación, viudo por el destino y padre y abuelo en la distancia; Loio vivía solo o solo vivía Loio, también podía decirse ¡qué solo vivía Loio!, pero esa especie de lamento que surge de la exclamación es injustificado; a primera vista estaba solo, sin embargo, Loio no se sentía solo; durante toda su vida y desde su primera infancia, él se había criado en el campo, lo había trabajado y de la tierra había extraído su fruto, que le había proporcionado manutención y medios para criar a sus hijos. La naturaleza: los árboles, las plantas, el arbusto más insignificante y esa tierra a la cual todos estaban sujetos, inclusive él, enraizado en ella, eran su hábitat. La vida fuera de aquel entorno era impensable. Muchas veces se había preguntado por qué sus hijos no habían sentido ese apego hacia su tierra habiendo crecido en ella, tampoco le parecía mal que se hubiesen ido a la gran ciudad, la juventud siempre está dispuesta a conocer mundo y allí se quedaron. Loio de Sisoi nunca sintió curiosidad por lo que había más allá de su pequeño mundo, se diría que nació para encajar en él y así fue. Su tierra lo absorbió y se dejó conscientemente, hasta podía camuflarse con ella. Cuando trabajaba en el campo el sol quemaba su piel, el color que ésta adquiría era el mismo que el de aquella tierra que removía su sacho y si tocaba la piel se incrustaba en sus porosidades y pliegues formando un tacto áspero que ni el mejor jabón era capaz de quitar. Loio era muy mayor, muy anciano, así lo sentía, la vida le pesaba como una fuerte carga, caminaba tambaleándose, si aceleraba el paso tenía que pararse para recobrar aliento. Aunque se ayudaba de un cayado para no caerse, a veces su equilibrio peligraba y tanto podía desplomarse hacia la izquierda como la derecha hacia delante como hacia atrás. Reconocía que la vejez estaba llena de impedimentos, pero continuaba con su rutina si bien a un ritmo mucho más moderado: daba de comer a sus animales, trabajaba algo la tierra. Se había quedado con un huerto pequeño, el resto de las propiedades estaban a monte, en algún tiempo las había arado y sacado fruto de ellas, ahora su capacidad física le impedía realizar semejante esfuerzo; aun le costaba mucho atender aquel rectángulo de tierra con el que se había quedado, a duras penas sacaba adelante aquellas patatas, lechugas, tomates...que a pesar de su pequeña cantidad requerían energía y trabajo para que su fruto abasteciese su consumo personal. ¿Y sus animales? ¿sus gallinas, cerdos y conejos, su vaca y su perro? Todos contribuían con su producto a su sustento; podía decirse que Loio estaba bien alimentado, al menos todo lo que ingería era natural, la palabra artificial allí no encajaba. Pero aparte de todo esto, los animales le proporcionaban una gran compañía; a la aldea en la que vivía apenas le quedaban habitantes; hacía tiempo que había enviudado, sus hijos se habían ido a la gran ciudad y venían a visitarle casi todos los veranos, se alegraba de verlos porque sabía que eran parte de él, sin embargo, se daba cuenta de que, pasados unos días, eran auténticos desconocidos, que irrumpían en su vida con sus costumbres cosmopolitas y de que su tranquilidad se resentía, pues el bullicio se imponía a lo cotidiano, él estaba acostumbrado al silencio de su hogar, como mucho éste sólo era alterado por el mugido de la vaca, un ladrido, el cacareo de alguna gallina y poco más, sonidos que matizaban aún más ese silencio. De golpe la llegada de sus nietos pequeños y de algún biznieto trastocaban su paz. Loio de Sisoi se había vuelto un hombre silencioso, como su entorno; el paisaje que le rodeaba era muy frondoso: los castaños y robles pululaban en todas partes, algunos de ellos hasta eran centenarios, había dos o tres huecos, le gustaba meterse en aquel vacío que había dejado el tronco, era como meterse en las entrañas de la naturaleza, permanecía allí durante algún tiempo, al cobijo, al calorcillo y deseaba pensar no como un hombre sino como un árbol; le entraban unas terribles ganas de hablar, eran frases inconexas, sin sentido, pero en la forma de pronunciarlas había cierta armonía y ternura, se dejaba llevar por el tacto y en toda la naturaleza que tocaba transmitía una caricia. Loio hablaba con los animales, con sus animales, todos tenían un nombre, les soltaba largas parrafadas que nunca llegaban a nada concreto, se miraban perplejos y al comprobar que nadie había entendido nada, él intentaba de nuevo ponerse en comunicación con ellos emitiendo unos vocablos onomatopéyicos según el animal a quien se dirigiera, al verse correspondido se alargaba la conversación desgañitándose en ladridos y mugidos, en cacareos no, porque sus cuerdas vocales no daban para más. De tanto empeño hasta enronquecía a veces. Siempre llegaba a la conclusión que el comunicarse con los seres humanos le había resultado  “dificilillo”, sin embargo, con los animales, a pesar del esfuerzo, ambas partes experimentaban una corriente positiva, o sea, una corriente más animal, o sea, más animallll, osá, más animaaalllllllllll. Otros con quien se comunicaba muy bien eran sus nietos más pequeños y también tenía algún biznieto cuya corriente era recíproca, o sea, una corriente más infantil, o sea, más infantilllll, osá, más infantiiiilllllllll. Los veía poco, en verano y para eso no todos los veranos, por eso, a nivel de entendimiento tenía más costumbre de estar con sus animales que con sus nietos. Les ladraba, les mugía, les cacareaba con mucha entrega, aunque nunca lo conseguía, les hacía el cerdo, les ponía morritos como los conejos y estos niños se desternillaban de risa porque los niños de ciudad no están habituados a lo “enxebre”, a lo simple. Sisoi ya había perdido aquella madurez de adulto, medio fingida y un poco llevada por los convencionalismos sociales. Si bien antes se dejaba llevar por el cerebro, ahora era su corazón el que imperaba y el que dejaba hablar a la franqueza, rechazando todos aquellos prejuicios que se interponían ante cualquier acción sincera y espontánea ocasionando que ésta fuese fingida y contraria a su voluntad. Ahora daba rienda suelta a una sinceridad propia de la infancia o de una vejez avanzada en donde las facultades mentales gozan de un inocente desatino. Durante sus años de madurez fructífera y coherente se había portado como un padre y esposo ejemplar, nunca había cometido ninguna locura, todo había transcurrido dentro de los cánones de la normalidad; ahora que se encontraba libre de ataduras, sus emociones se desenvolvían más libremente y con el toque de la edad se desinhibían con enorme naturalidad. Loio de Sisoi sabía que era un hombre mayor, vivir cada día suponía un regalo de los dioses y también una prueba de superación en cualquier tarea que llevase a cabo; se encontraba muy limitado, torpe y pesado, cualquier trabajo que realizara, por muy simple que éste fuera, siempre sumaba una pesada carga anímica y se daba cuenta de que su naturaleza fallaba, de que estaba llegando a un límite, a su límite, y, sin embargo, no lo invadía la tristeza, su entorno estaba lleno de vida, las estaciones del año cambiaban renovándose en cada una de ellas la flora y fauna, naciendo y muriendo, pero siempre en un cambio perpetuo; todo esto lo fortalecía y al mismo tiempo lo empujaba a reflexionar sobre un principio y un final; advertía que en cada estación, fuera la que fuese, había como una especie de rebeldía incontrolada por parte de la naturaleza; a él le gustaban todas, todas poseían su encanto, trataba de vivirlas lo más intensamente posible, igual que cualquier joven sus excesos, aunque por su edad se sentía mas vinculado con el otoño y sobre todo con el invierno. Los habitantes de su pueblo, Conforto, habían menguado en cantidad: los más jóvenes habían emigrado hacia la ciudad y los más ancianos ya habían fallecido, los que quedaban, como él, formaban parte de unas reliquias humanas también próximas a la extinción. Apenas había relación entre ellos, los problemas de convivencia habían deteriorado el trato y podía decirse que vivían aislados, ignorándose mutuamente. Ante tanta desolación Loio se reafirmaba en su apellido y repetía muchas veces en voz baja Sí-soi, Sí-soi, Sí-soi, Sí-soi, Sí-soi... se sentía habitante, un ser existente en su pueblo. En verano y un poco en navidades se advertía la presencia de gente nueva, todos descendientes de antiguos moradores, la sorpresa de la novedad durante algunos días, pero los allí residentes se daban cuenta de que estaban sujetos al abandono. A decir verdad a Loio no le importaba, era plenamente consciente de su destino y de su elección al elegir llevar su vida allí, recibía a sus hijos siempre con los brazos abiertos y trataba de hacerles llevar una existencia estival lo más cómoda y feliz posible dentro de sus posibilidades, las comodidades de las que venían eran impensables en la casa del pueblo; indudablemente ellos creían que su padre vivía en unas condiciones si no infrahumanas, algo parecido; en alguna ocasión, mientras charlaban con él, que era pocas veces, ya que los temas de actualidad a tratar con su padre eran nulos, pues el conocimiento del mundo exterior y sus circunstancias le traían sin cuidado, habían dejado caer la posibilidad de llevárselo con ellos a la gran ciudad; las insinuaciones debieron ser una o a lo sumo dos, no hubo nunca una tercera, tan pronto Loio de Sí-soi captaba la indirecta su boca enmudecía quedando sellada, su mirada se llenaba de furia capaz de desprender unos dardos lanzados directamente al alma humana, sus manos se contraían en puños y sus pies se enraizaban al suelo que pisaban, ante aquella actitud el lenguaje perdía su consistencia y el silencio anulaba cualquier indicio de insinuación. El había nacido allí, él quería morir allí. Si bien la palabra morir no se había pronunciado, la muerte hacía acto de presencia en el cuerpo de aquel hombre. Sus hijos nunca entenderían su actitud, aquel apego hacia la tierra, aquel cariño hacia toda la naturaleza; ellos eran gente de asfalto y el mundo y la vida la interpretaban de forma distinta. Una vez finalizadas las vacaciones regresaban a su hogar y Loio se sentía más relajado, aunque en él afloraban sentimientos contradictorios: por una parte la ternura que sentía hacia ellos y sobre todo hacia la gente menuda y por otra aquella amenaza remota a apartarlo de su tierra; esperaba que su posición hubiese quedado clara, pero debido a su edad y a la merma de sus facultades temía ser engañado. Hiciese buen o mal tiempo Sisoi siempre salía a dar una vuelta por el bosque acompañado por su perro fiel Vedró; los dos experimentaban los cambios de estación mejor que nadie, se paraban a contemplar cualquier nimiedad en la vegetación, cualquier animalillo o pájaro llamaba su atención y él se daba cuenta de los infinitos cambios de los que estaba rodeado, lo importante que eran en la evolución y la discreción con que se llevaban a efecto; Loio también advertía la cantidad de metamorfosis que había experimentado a lo largo de los años, desde su nacimiento hasta el momento actual, mirando atrás casi ni se reconocía y sin embargo, siempre había sido él: Si-soi había florecido, madurado y se había marchitado, todo un ciclo, el ciclo de la vida, el ciclo de la vida, vida, vida, vida, vita, vita, vita, vie, vie, vie, vía, vía, vía, vía, vía, vía... una vía entre la vida y la muerte. La muerte daba paso a la vida. La vida daba paso a la muerte. Loio de Sisoi estaba inmerso en aquel universo, por lo tanto ante cualquier persona que tratase de apartarlo de ese hábitat, él se declararía en “rebeldía”; en un principio cuando aquel vocablo surgió en su mente le pareció algo ajeno a sí mismo, siempre tan dócil y cumplidor de las normas establecidas, con el tiempo y a base de repetirlo lo asumió no sólo como sonido sino como hecho y estaba decidido a llevarlo a la práctica, a veces temía que le faltase el arrojo suficiente y sin embargo confiaba plenamente en que llegado el momento aquella  “rebeldía” sería absoluta. Loio hacía tiempo que se sentía muy cansado, levantarse cada mañana suponía un esfuerzo sobrehumano más bien en lo físico, en lo anímico, pensar en toda aquella belleza que le rodeaba lo impulsaba a salir al bosque con su perro a vivir la estación en curso y disfrutar de ella, pero aquellas ganas de vivir estaban presas en un cuerpo torpe, falto de energías; aunque en su mente todo aún seguía floreciendo, en su cuerpo todo se iba apagando. Cuando se despertaba, aparecía con las manos cubriendo el rostro, era como si de una forma inconsciente se negara a ver el mundo, una vez que abandonaba la torpeza del despertar, se daba cuenta y se afanaba a retirarlas, abría los ojos y  la conciencia le indicaba que estaba ante un nuevo día. Hacía ya tiempo que observaba su forma de enfrentarse a la vida y si bien ganas no le faltaban sabía que todo se estaba acabando, era ya algo asumido y algo que diariamente le estaban recordando aquella flora y fauna circundantes. Era algo justo, sabía que se tenía que morir, pero ¿de qué?; para la edad avanzada que tenía Loio gozaba de una salud aceptable, pocas veces había ido al médico, y no por iniciativa propia, siempre habían sido sus hijos quienes lo habían empujado; a regañadientes había pasado por varias consultas consiguiendo en ellas prohibiciones y recetas médicas en abundancia que ni unas ni otras cumplía, unas porque le parecía que atacaban su libertad y otras porque al cabo de varios días se descontrolaba y no sabía qué pastilla o cápsula correspondía, si antes o después de las comidas, por la mañana, por la tarde o por la noche y también había alguna para antes de dormir. Cortaba por lo sano, los consejos médicos los olvidaba y los medicamentos los dejaba de lado ante tanto mareo. Cuando su cuerpo desvariaba en alguna parte, se iba al bosque y recogía ciertas hierbas que conocía, se preparaba un brebaje, le abría la boca y se lo tragaba; si surtía efecto sólo él lo sabía. En ese aspecto Loio de Sisoi siempre había sido muy, muy primitivo. Uno de sus pasatiempos preferidos, que consideraba un lujo, era caminar por el bosque con su perro Vedró, contemplar aquellos castaños centenarios con toda la vegetación a su alrededor y después de aquella pequeña caminata sentarse a descansar sobre una roca o tronco de árbol; todas esas vivencias insignificantes lo empujaban a pensar, a reflexionar; sentado acariciaba a Vedró y le hablaba en voz baja, éste lo escuchaba atentamente, lo mismo que todas aquellas plantas y árboles que poblaban el bosque, eran confesiones íntimas que ya no tenían cabida en su corazón y necesitaban exteriorizarse; sus testigos eran mudos, no le importaba, al menos tenía con quién compartir sus inquietudes, aunque fuera en silencio. Loio hacía tiempo que no se encontraba bien, existía un inconformismo en su interior, una especie de rebeldía contra la vida, contra su vida; nunca le había dicho nada a nadie, es decir, a sus hijos ni una palabra, dirían que papá estaba chocheando y nunca más lejos de una chochez, estaba claro que nunca lo entenderían, se lo llevarían, lo ingresarían en una residencia de ancianos y allí se consumiría, pero eso nunca ocurriría. JAMAIS, JAMAIS, JAMAIS. En el bosque hablaba claro y no era porque sus testigos fuesen mudos, allí le hablaba a la vida, con un principio y un final y esa vida lo comprendía porque ambos se expresaban en un mismo leguaje. Loio de Sí-soi quería morirse. Ante sí no había futuro, podían quedarle días, algunos meses y tal vez un año, o dos..., pero no muchos más, ¿qué iba a esperar de su avanzada edad?. Esperaría a que un día tomase la decisión de apartarse del mundo, abandonaría su casa, le abriría la puerta a todos sus animales, se llevaría a Vedró con él y se adentraría en el bosque, no soportaría la soledad sin su fiel amigo. Loio iba madurando la idea en su mente como cualquier fruta en el árbol, sabía que una vez llegada su plenitud se desprendería de él, sabía que cuando su idea se hubiese completado, habría que llevarla a cabo. Y él seguía disfrutando de cada instante, de cada momento con sus tareas cotidianas. Y llegó el invierno, frío, sin lluvias, con abundantes nieblas, espesas, uniendo cielo y tierra, adentrándose en el bosque, haciendo la visibilidad casi imposible; era como estar flotando en una nube, daba la sensación de que aquella niebla lo envolvía y lo hacía invisible, él y su perro, tan pronto se captaban sus siluetas en el espacio como desaparecían, y pronto se dio cuenta de que su transfiguración estaba próxima; sabía que tenía que dejar paso a nueva vida, su rebeldía ante lo convencional se haría sin ruidos, en silencio, como la naturaleza en sus múltiples cambios: aparecer y desaparecer, aparecer y desaparecer, aparecer y desaparecer, aparecer y desaparecer, aparecer y desaparecer...parecer. ¿Adónde iría Loio? No lo sabía, la pregunta le aterrorizaba, se llevaría con él a su fiel amigo Vedró, cada uno por sí solo no funcionaría, ambos se harían compañía en su marcha, en una marcha infinita, sin retorno. Como en un juego de magia desaparecerían, sus hijos se peguntarían adónde se ha ido papá, papá había dejado un espacio libre para una nueva vida, papá había dejado un hueco en uno de aquellos castaños centenarios, papá había vuelto al útero de la creación, de allí saldría otra vida renovada. Loio de Sí-soi había oído hablar de los vigilantes de la noche, sabía que pasarían por el bosque cantando con voces profundas, proclamando la llegada de un recién nacido, tanto él como Vedró se unirían a ellos, en su marcha, también él cantaría, bien o mal, pero lo haría; se dio cuenta de que ante el dolor de la despedida surgía aquella ilusión por cantar, este hecho contrarrestaba su pesadumbre y lo animaba a emprender aquella marcha infinita. Un día de invierno, un día cualquiera, pero de niebla densa, tan densa que impedía la llegada de los rayos de sol a la tierra, privando a todo ser vivo que pisara sobre la tierra, de su luz intensa, Loio se dio cuenta de que pertenecía ya al mundo de las tinieblas, aquella niebla lo atravesaba, hacía de su cuerpo una masa incorpórea y se convenció de que había llegado el momento de partir, se lo comunicó a Vedró y éste arrimó su cuerpo contra su pierna, lo acarició y supo que estaba de acuerdo. Estaba seguro de que su muerte no estaría dentro de lo convencional, sus miedos a que lo apartasen de su entorno, a terminar sus últimos días en un hospital rodeado de máquinas y cables se habían disipado; y sin embargo, el miedo continuaba, ese miedo ante lo desconocido, éste había mutado, era otro distinto; esa zozobra se apoderaba de todo su ser, confiaba en la compañía de su perro y en las voces de los vigilantes de la noche cantando su canción para que ese tránsito fuese lo más leve posible. El día de la marcha ordenó lo mejor que pudo su casa, abrió ventanas y puertas y la niebla entró, abrió también las puertas de los cobertizos donde estaban los animales y los dejó en libertad, llegada la noche se puso un traje sastre que hacía tiempo se había mandado hacer para ocasiones muy determinadas: bodas, bautizos, entierros...era negro, por lo tanto el camuflaje estaba conseguido, cogió un farol, encendió la vela en su interior y se hizo la luz, un pequeño espacio de claridad surgió en la noche y en la densa niebla, así marcaba Loio su presencia en las tinieblas; llamó a Vedró y con éste a su lado emprendió camino hacia el bosque, como dos almas en pena, uno junto a otro con el farol en la mano; contemplar aquella escena a cierta distancia era como contemplar una estrella en la infinitud de la noche. Y Sí-soi llegó a su árbol, aquél que albergaba en su tronco un enorme hueco, se introdujo en aquel vacío y se acomodó en él, a su lado derecho fuera del tronco, se situó su perro, a la izquierda el farol. Loio aguardaba la llegada de los vigilantes de la noche, aguardaba...aguardaba...aguardaba, guardaba...guardaba...guardaba...guardaba la esperanza de que en alguna parte dos enamorados se entregasen y que de aquella unión surgiera una nueva vida. Acurrucado en aquellas entrañas de la naturaleza Loio de Sisoi esperaba la señal para ponerse en marcha. Vedró ladró, ladró Vedró. Simultáneamente, en la lejanía se oyó una canción y se vieron luces... Los vigilantes de la noche se acercaban con sus faroles encendidos y su canción se captaba a la perfección, él se unió a ellos, cantaría con ellos. L-o-i-o de N-o-s-o-i sabía que había llegado su hora........


Ihr Gatten,

die ihr liebend euch in Armen liegt,

ihr seid die Brücke,

überm Abgrund ausgespannt,

auf der die Toten wiederum

ins Leben gehn!

Geheiligt sei eurer Liebe Werk!

                                                     La mujer sin sombra (R. Strauss)





¡Vosotros esposos y esposas,

que yacéis cariñosamente abrazados,

sois el puente,

a través del abismo,

sobre el cual los muertos

regresan a la vida!

¡sagrada sea vuestra obra de amor!




                                                             VITA

       Lea de Aguada era una mujer joven, de unos veinte años, guapa si se cuidara, desconocía la coquetería, con un toque de ésta, sus encantos aflorarían, pero lo malo es que se dejaba llevar por la dejadez; cualquier persona que la tratara por primera vez se daba cuenta inmediatamente de que era un poco atolondrada, este atolondramiento influía en cualquier acción o iniciativa que tomara, no importaba lo que hiciera, ese algo de locura irreflexiva siempre aparecía en el más mínimo detalle. Según el diccionario: atolondrar. (De a- y tolondro) tr. aturdir, causar aturdimiento. Según el diccionario: tolondro-dra. (De torondo)adj. aturdido, desatinado//2.m. Bulto o chichón que se levanta en alguna parte del cuerpo, especialmente en la cabeza, de resultas de un golpe.//a topa tolondro. Loc. Adv. Sin reflexión, reparo o advertencia. ¿Que el aturdimiento que poseía Lea fuera a causa de un golpe en la cabeza a un edad temprana? Podía ser, ¿Que tenía algún chichón en la cabeza? Era posible que sí y más de uno también, aunque tampoco era algo obligado para ella fuera así. Dejando conjeturas aparte, todos aquellos que la conocían desde siempre sabían que su desatino era innato, genético, natural en una persona que desbordaba vida y esa energía copiosa, rebosante en una mente joven hacía tambalear la cordura. Lea gozaba de ingenuidad, algo tardía, eso sí, dándole una alegría y un positivismo a todo lo que hacía. ¿Algo infantil? Pues también. ¿Buena? Pues también. ¿Pícara? Pues también. ¿Gamberrilla? Yes, of course. Daba la sensación de que tanto sus cualidades positivas como negativas no hubiesen llegado en el momento adecuado, lo que hacía alterar un poco su comportamiento, pero todo se le disculpaba. Era atolondrada, era a-to-lon-dra-da, era a-to-lon-dra-to-da, era to-da-a-lon-dra, era toda alondra, era toda una alondra. Según el diccionario: alondra. (Del lat. alaudula, d. de alaudula) f. Pájaro de 12 a 20 centímetros de largo, de cola ahorquillada, con cabeza y dorso de color pardo terroso y vientre blanco sucio. Es abundante en toda España, anida en los campos de cereales y come insectos y granos. Se le suele cazar con espejuelo. Según el diccionario: espejuelo: Trozo curvo de madera de unos dos centímetros de largo, con pedacitos de espejo y generalmente pintado de rojo, que se hace guiar para que, a los reflejos de la luz, acudan las alondras, que así se cazan fácilmente. Lea era una joven de campo, es decir, que su corta vida la había pasado en el campo rodeada de animales; sus padres poseían una pequeña granja y ella se había acostumbrado a tratar con ellos desde su más tierna infancia; aparte del conocimiento que había adquirido con el contacto diario, también sabía sobre plantas ya que aquella granja estaba rodeada de una naturaleza rica en variedades; desde muy pequeña y asesorada por su abuela las mezclaba resultando unos remedios caseros para cualquier achaque. Su abuela había sido el vínculo con todo aquel contorno; sus padres, dedicados en su totalidad al trabajo agrícola y ganadero, la habían dejado en sus primeros años al cuidado de la abuela, fue entonces cuando supo lo que era andar libre, “suelta”, el desconocimiento de unas ataduras, de un comportamiento sujeto a normas que más tarde influiría en su rendimiento escolar. La escuela a la que asistió Lea quedaba un poco lejos de su hogar, su abuela era la encargada de llevarla a una parada del camino y allí un autobús la recogía transportándola al centro educativo. Su vida escolar fue muy corta, ingresó a los siete años y abandonó los estudios a la edad de dieciséis. Durante este periodo de tiempo pasó de todo, y pasó de todo en el sentido más amplio del término, la guerra encarnizada que sostuvo Lea con los libros y los libros con Lea fue atroz: estar sujeta delante de uno de ellos le producía desasosiego, un sarpullido en el alma que hacía que le picara todo, tener que memorizar algo y lograrlo era como vencer una batalla, pero bueno lo de memorizar aún lo llevaba dentro de lo que cabe bastante bien, sentía curiosidad por la historia, cuando en literatura tenía que leer algo le atraían las vidas de los personajes, lo que les acontecía, tan pronto como tenía que entrar en análisis semánticos la desesperación se presentaba en forma de baile de San Vito, cuando se topaba con los números la guerra era total, los odiaba a muerte, por lo tanto, se propuso acabar con ellos, su relación con éstos: sumar, restar, multiplicar y dividir; todo lo que saliera de las cuatro reglas era una condenación. Sin embargo, muy en secreto y aunque pareciese mentira debido a esa demostración de aversión ante cualquier manifestación numérica, sentía cierto regustillo hacia las sumas (dentro de su relación con las cuatro reglas, que podía calificarse de pasable, a fin de cuentas no dejaban de ser números que frente a cualquier complicación ella mostraba las uñas y rechinaba los dientes), éstas le gustaban siempre que no fueran muy complicadas; contaba por los dedos, esto le encantaba, podía decirse que este hecho era como un oasis de respiro en su limitado mundo numérico, era como estar tocando el piano, a veces hasta aceleraba y sus dedos se desenvolvían con agilidad. Las cuentas de casa las llevaba ella. Cuando sus padres la observaban, se quedaban pasmados ante el movimiento de los dedos, el farfullar de cifras y el dominio que parecía tener con las matemáticas. Pero la realidad era otra, aunque parezca duro de decir, Lea de Aguada no valía para los libros, en otras palabras, era muy dura de mollera. Su periplo escolar terminó como tenía que terminar: escocida por los libros. Si bien las cualidades intelectuales de Lea no eran mucho de ensalzar, como trabajadora poseía una desenvoltura para realizar las tareas del campo muy loable, en cualquier trabajo agrícola o ganadero que se llevaba a cabo en la granja, una vez que hubo abandonado la escuela, ella colaboraba y ayudaba a sus padres que la dejaban un poco tomar las riendas, comprobando al mismo tiempo lo bien que lo hacía. Pronto llegaron a la conclusión de que su hija estaba hecha para la acción y no para la reflexión. En un principio su idea era enviar a Lea a la ciudad, creían que allí podría labrarse un futuro, tendría más oportunidades de trabajo..., pero vistos sus escasos estudios, su atolondramiento, que en la ciudad y por falta de costumbre se vería aumentado, les pareció más oportuno que ésta se quedara en la granja y ya que se le daban bien las tareas del campo no había más que hablar. Lea de Aguada podía decirse que era feliz en su entorno, abandonar la escuela para ella había sido una auténtica liberación, aquella sujeción a los libros era superior a sus fuerzas, sabía que el trabajo agrícola exigía también unas obligaciones, pero ella decía que “eso era otra cosa”; estar en espacios abiertos rodeada de toda aquella vegetación e incluso de animales le daba más libertad de acción que estar sentada, mejor dicho atada a un pupitre. Le encantaba pasear sola por el bosque, sobre todo al alba y a la hora del crepúsculo, tenía la sensación de que aquellos árboles: castaños, chopos, robles... cobraban vida. Los años que habían pasado por ellos le transmitían un tiempo pasado, que si bien se contemplaba con respeto la ubicaba también en su momento actual. Recogía hierbas y cuando llegaba a casa las clasificaba en un orden y en una categoría que solamente su abuela y ella sabían y mantenían en secreto. Lea casi no había hecho amistades en el colegio, si había hecho alguna, poco tiempo había durado, el abandonar la escuela había interpuesto un distanciamiento y un cambio de vida que hubiese sido difícil mantener, allí había intimado con dos amigas que habían sido su paño de lágrimas en sus vicisitudes escolares y que, en ciertas situaciones, la habían ayudado a salir de varios entuertos que por sí sola le habría sido difícil solventar. Mantuvo el contacto esporádicamente, después ellas marcharon a la ciudad a continuar sus estudios y la amistad se fue diluyendo en un buen recuerdo. Sus padres y su abuela eran los únicos seres con los que ella mantenía una relación directa; a veces sentía que caía en unos pozos de soledad, cuando llegaba ese momento se dirigía al corral y prestaba oído al gorjeo, cacareo que pollos y gallinas mantenían entre sí; eso la extraía de aquel pozo y la situaba en un mundo interrelacionado, cuando permanecían en silencio ella los tentaba y tanto los gallos como las gallinas se espantaban empezando a cacarear, había algún gallo que se desgañitaba llegando a la ronquera. No sabía el porqué, pero a veces sentía ganas de chinchar a alguien que casi siempre era el gallo; entonces se quedaba aliviada. Lea nunca había madurado como persona, a sus veinte años aún conservaba un infantilismo que le proporcionaba su atolondramiento, su dinamismo era un derroche de vitalidad, de ganas de vivir, de transmitir vida; sus acciones a pesar de cierta torpeza estaban llenas de entrega, de buscar en algo o en alguien una realización, una cooperación en donde poner en práctica aquel exceso de vida. Vagaba por los bosques y campos y se dejaba arrastrar por su belleza, admiraba sus múltiples cambios a través de las estaciones del año; sentía que ella también tenía que colaborar en aquella transformación, que su cuerpo diera vida, y desde entonces Lea decidió cambiar, mejor dicho transformarse y nada mejor para empezar que modificar su nombre y apellido, evolucionarían según sus estados de ánimo. Y llegó la primavera y el verano, y en estas estaciones ocurren cosas que no ocurren en las otras dos: cosas propias, casas propias, casos propios, ascos propios, sacos propios, oscas propias...una alteración de los sentidos en su “sentío” más amplio. Lea de Aguada, Lea de Alauda: Agauda, Aluada. Aduaga, Adaula...Y a Lea le llegó el amor, sin querer, sin tener que irlo a buscar, entró en su pequeño mundo, en aquel mundo reducido a sus padres y abuela, a los animales de la granja y a la inmensa naturaleza que la rodeaba; un día de primavera radiante de luz, temperatura cálida y sombra acogedora, porque fue en el bosque donde se topó con Chorente de Berbetoros, su otra mitad: ½, caminando de repente se lo encuentra y su corazón se convierte en cazador solitario, su soledad se ve inundada por su presencia, un vacío se llena, un simple puzzle de dos piezas se completa con la que faltaba, con la pieza que no aparecía, que estaba extraviada. Lea vio agrandarse el mundo, vio que aquel bosque se expandía hasta alcanzar límites insospechados y en el centro ellos dos, él y ella, ella y él, Eliella, Ellaiel. Entre castaños centenarios sujetos a aquella tierra por raíces posesivas, ellos dos, libres, se fueron aproximando hasta mirarse de cerca, tocarse, encajaban.¿De dónde era Chorente? ¿Quién era? Ésas eran las preguntas que cualquier curioso se podía formular. Eran dos respuestas muy sencillas: provenía de un pueblo cercano y se dedicaba a la agricultura, tenía aproximadamente la misma edad que Lea, su rasgo de carácter más destacable era su bondad, se dejaba ir con facilidad, desprendía una paz interior que hacía  cualquiera que estuviese junto a él se hallara a gusto, era incapaz de hacer una mala ofensa; por eso, ante cualquier agravio hacia su persona, era incapaz de reaccionar con agresividad, se quedaba apocado, y ante este comportamiento la palabra “tonto” podía aflorar con facilidad. En cuanto a su vida escolar, sus padres lo habían llevado interno a un colegio de la ciudad creyendo que allí, alejado de las distracciones del campo, iba a concentrarse en los libros; nunca estuvieron más equivocados, igual que Lea, la guerra contra éstos pronto empezó, si bien ella aún sentía cierta atracción hacia algunas asignaturas, él las detestaba todas, cuando se ponía delante de un libro para estudiar algo, su mente instantáneamente se bloqueaba y surgía un rechazo ante el papel blanco y su contenido. Por si esto fuera poco, el estar interno le parecía como estar en una cárcel, no soportaba encerrarse en su habitación fingiendo estudiar, era como estar en una celda. Sus padres insistieron, pero al comprobar que durante un curso escolar Chorente no había conseguido nada positivo, no había aprobado ninguna asignatura, decidieron acabar con aquel calvario y se lo trajeron para el pueblo. Empezó a ayudar a sus padres en las tareas del campo y con los animales, al ver que se le daban bien y a pesar de su juventud, delegaron en él muchos trabajos y responsabilidades quedando en parte aliviados de ciertas exigencias agrícolas y ganaderas. Podría decirse que tanto la vida de Lea como la de Chorente eran paralelas, Chorente también obligado por el aislamiento en que se hallaba la granja de sus padres, había encontrado en la soledad de los bosques un refugio y una evasión al mismo tiempo, pocas veces se reunía con unos amigos que tenía en el pueblo, unos porque estudiaban fuera, otros porque trabajaban... los horarios casi nunca coincidían y aquellas reuniones y partidos de fútbol que celebraban se fueron distanciando y con ellos la amistad. La pareja formada por Lea de Aguada y Chorente de Berbetoros situada en su contexto: en la inmensidad del bosque, entre aquella vegetación exuberante era como una afrenta a la soledad, cuando paseaban por aquel entorno se agarraban la mano fuertemente como temiendo que aquella riqueza desbordante de la naturaleza pudiera separarlos, apenas se hablaban, no sentían la necesidad de comunicarse; el roce de las hojas de los árboles sensibles ante cualquier vientecillo o el gorjeo de los pájaros les era suficiente para cubrir su silencio; se miraban, advertían su mutua presencia por medio de la vista y el tacto y no se sentían perdidos. Su mundo personal estaba reducido al trato con sus padres y a unos pocos conocidos, allí ellos se encontraban en el centro del universo, un universo muy personal y sólo de los dos; cuando se separaban, que solía ser por poco tiempo, experimentaban una pérdida de identidad, como si esa unidad que habían creado entre ellos, al estar alejados uno del otro perdiese cohesión. En las rutinas diarias, en las exigencias que el trabajo conllevaba, cada uno en su lugar, la mente del uno existía en la del otro, cualquier tarea que llevaran a cabo se veía impregnada por la imagen del ausente transmitiendo seguridad y coherencia a lo realizado. Si una de las características a destacar en la descripción de Lea d’Alauda era su atolondramiento, en la de Llorente de Berbetoros era la de una carencia de algo, la falta de un hervor, una falta de luces, no de muchas, pero de alguna sí en su madurez como adulto. Si bien su bondad era destacable, había acciones, situaciones que no encajaban dentro de lo que se entiende como “normalidad”, es decir, “anormalidad”. Diccionario: a-. (Del gr. A priv.) Prefijo que denota privación o negación. Pero el amor que todo lo subsana, supo compensar las carencias de uno con las virtudes del otro y viceversa y como resultado Lea in Chorente y Chorente in Lea “in love”. Pocas veces iban a la ciudad y cuando iban era por motivos burocráticos o médicos: al banco o llevaban a sus respectivos padres al médico; algún sábado también habían ido, pero en otro plan, en plan de diversión. A decir verdad ni a uno ni a otro les gustaba ir a pubs o discotecas. Si bien la música les agradaba, encontraban demasiado ruidosos esos lugares. Acostumbrados a vivir en espacios abiertos y silenciosos en donde los sonidos provenían únicamente de la naturaleza, entrar en ellos significaba volverse locos y sin contar las bebidas alcohólicas que podían tomar, eso ya los volvía locos de remate. Había que reconocer que eran una pareja atípica, no representaban a los jóvenes enamorados de su tiempo, no les importaba, estaban bien uno con otro, era un mundo de dos, dos soledades en compañía. Lea era muy aficionada a los brebajes, cuando paseaban por el bosque aprovechaba para recoger hierbas y flores que mezcladas, según la orientación de su abuela, podían causar cualquier efecto desde placentero hasta alucinógeno, también las había medicinales, pero éstas las reservaba para casos concretos y más bien para achaques leves en los que no había la necesidad de recurrir al médico. Al principio Torente no era muy dado a esa clase de bebidas, pero Lae poco a poco lo fue introduciendo en ese mundo de las hierbas encontrándole un gustillo agradable, sobre todo cuando les echaba azúcar porque a él lo del dulce siempre le había atraído, si no llega a ser por su añadido, algunos brebajes eran intragables, su amargor revolvía el estómago…Dada la época: un verano incipiente, la sed aparece con facilidad en cualquier momento, Ela siempre llevaba consigo una botella con uno de sus preparados cuando iba al encuentro de Cheronte en el bosque; aunque era un tiempo muy ocupado en las tareas del campo, por la tarde encontraban un momento para juntarse, el calor arreciaba y la sangre hervía, la carne se cocía, había que refregarse, aquella bebida venía a aliviar aquel ardor desbordante que solamente una timidez y un pudor inhibidos podían retener. Pero la  “karne” se descomponía con el calor del estío y Ale sintió un instinto natural de procrear, toda la naturaleza rebosaba exuberancia y todo aquel exceso de vitalidad se transmitía en el ambiente, a veces experimentaba sofocos, notaba en su interior que algo la oprimía y necesitaba sacar al exterior aquello que no sabía nombrar, aquel instinto feroz de tragarse el mundo. Los bosques han sabido conservar cierto halo de misterio, el lugar donde se pueden ocultar espíritus malignos y sobre todo de noche, al acecho de las gentes que transitan por ellos, ésta es quizá la idea de cualquier persona que no conozca la vida interior que acontece en un bosque; el bosque de Lea y Chorente era un bosque normal, pero para ellos dos era, aparte de ser un bosque normal, un  lugar mágico: lo conocían a la perfección, conocían sus entresijos, allí pasaban sus momentos de distracción, en una palabra, aquel era su mundo y éste no estaba poblado ni por espíritus malignos ni por fieras salvajes que quisieran hacer daño a la gente. Para ellos no existía el miedo, obraban con naturalidad y de buen corazón, por lo tanto no esperaban recibir ni de nadie ni de nada una animadversión. Y llegó el momento esperado, el momento anunciado, el momento en el que tanto el ambiente circundante, es decir, la naturaleza en pleno como sus propias voluntades clamaban su unión. Todo fue muy sencillo, como tenía que ser, las circunstancias colaboraron perfectamente a que tanto Lea como Chorente se entregasen en cuerpo y alma: fue un día de semana, no un fin de semana, eso sí, en verano y en una noche estrellada, con luna de plata, brillante, que proyectaba su luz sobre la oscuridad del bosque llenándolo de las sombras alargadas de los árboles, la temperatura era la ideal para la estación, más bien tirando a tórrida, el hielo se derretiría...la cera se ablandaría...habría un cambio de estado en ciertas materias llegando incluso a su descomposición. Ael preparó uno de sus brebajes, no se limitó a echar dos o tres hierbas, echó un  montón de ellas, todas recogidas del bosque en sus diversos paseos, deseaba que aquella pócima contuviese la esencia y vitalidad del lugar; y salieron como solían hacerlo en la época estival aprovechando la noche y el reposo de un día de trabajo, se dieron la mano y caminaron juntos por la profunda penumbra del bosque, la luna los iluminaba, las estrellas les hacían guiños, se fueron arrimando, Renchote la cogió por el talle y ella extendió el brazo para abrazar su hombro, notaron algo especial, notaron que absorbían la vida intensamente, sus cuerpos empezaron a tremer, no a temer, sus cuerpos empezaron a tremar, no a frenar, temblaron y se desplomaron, necesitaban cobijo, una sábana o un sudario para cubrir su intimidad y se arrimaron a uno de aquellos castaños centenarios, a uno que les brindaba en su tronco una gran oquedad, éste creaba el cabezal de un gran lecho formado de hierbas y hojas, para cubrirse ya estaban las ramas con su tupido follaje. Eal le dio a beber su pócima a Terencho, él inocentemente la bebió, tragó el germen del bosque, de su naturaleza, a continuación ella también bebió, inocentemente pues en la composición no había empleado ninguna artimaña, sencillamente se había limitado a echar hierbas al azar, eso sí, todas eran del bosque. Los dos se tumbaron y los dos se perdieron. Pernoctaron hasta el alba y los dos se separaron. Sus cuerpos que habían encajado como un puzzle, debían despojarse de su cohesión, se alejaron uno del otro, lo único que los distanciaba era el espacio, pero no el vínculo. A partir de aquel momento los dos se sintieron muy unidos, cada uno había creado un hueco en su cuerpo para que el otro tuviera su propia cabida. Y pasaron días y semanas y el verano se iba, Lea de Aluada sintió molestias, no se sorprendió; su cuerpo ya no era el mismo, ya no era un cuerpo en soledad, solitario, ya era un cuerpo compartido. Se lo dijo a Ronchete, le dijo que esperaba un niño o una niña, no empleó la palabra hijo o hija, tampoco emplearon la palabra padres, aún no habían asimilado esas funciones, de lo que sí estaban orgullosos era de procrear. A medida que transcurría el tiempo el vientre de Lea de Ulaada se hacía más voluminoso, Rentecho insistió en ir a un médico, ella no era de la misma opinión, pero al final cedió y los dos fueron a la ciudad. Era un niño, venía en perfecto estado, así el médico se lo comunicó, podían estar tranquilos, todo seguía las normas de la naturaleza, Lae se alegró de haber oído aquello, pues tenía la plena seguridad de que su embarazo tenía que cumplir unas leyes naturales, aquéllas a las que ella estaba acostumbrada a contemplar todos los días en el bosque según las estaciones del año. Sin decirle nada a él, se prometió no volver a ninguna otra consulta, ni a ingresar en un hospital llegado el momento de dar a luz, no porque le tuviera fobia a la medicina convencional o sus practicantes, más bien eran los lugares en los que ésta se llevaba a cabo, aquellos artilugios y aparatos le daban pavor, experimentaba las mismas sensaciones que cuando era pequeña y estaba ante los libros: aquel desasosiego, el sarpullido en el alma que hacía que le picara todo, aquella batalla...No, no y no; non, non et non; nein, nein und nein; no, no and no; no, no e no. Non, nein, no. Nonneinno, nononnein, neinnonno. Pirulí que te vi. Confiaba en que llegada la hora del alumbramiento todo seguiría los cauces normales. El verano terminó, el otoño y el invierno fueron recibidos en estado de pasmo, los dos tórtolos pasaban ratos enteros contemplando aquel vientre y adivinando el misterio que se gestaba en su interior, no hacían planes, ni buscaban nombres, no compraban “ropita” para el recién nacido, sencillamente estaban atónitos ante un proceso de creación, su creación; nunca el atolondramiento y la falta de luces habían cuajado tan bien. Eran como dos “ñiños” en espera de otro “ñiño”. “Toc, toc; toc, toc; toc, toc” la primavera llamó y a aquel vientre le llegó el momento de su eclosión. Calculó por las lunas cuándo aproximadamente iba a dar a luz y se le metió en la cabeza que al despuntar el día, un día concreto su hijo iba a venir al mundo. Por la noche, sin decir nada a nadie, envuelto su cuerpo en una manta blanca y envuelta su alma en una manta de silencio, Lea partió hacia la oscuridad, pronto en lo profundo del bosque encontró aquel árbol hueco centenario, hacía fresco, se abrigó, cubrió la cabeza y parte del rostro con la manta, ésta era grande y se dejaba arrastrar, el terreno estaba sembrado de hierbas y hojas que delataban sus pasos; la dama de blanco se adentraba en sus dominios, allí al amparo de aquel árbol gritó en el hueco del tronco y su voz resonó en las entrañas de la tierra, se tocó el vientre y alguien en él se revolcó, se echó en el suelo y se envolvió en la manta blanca, la noche se dio cuenta de que había perdido la pureza de su color, a lo lejos se oía el canto de los vigilantes de la noche, poco a poco se fueron acercando, rodeándola, creando un círculo perfecto con la luz de sus faroles, y sus voces la arrullaron. Cuando vieron que Lea de Aguada se había dormido, empezaron a alejarse quedando en el bosque la reverberación de su canto. Lo que hubo a continuación fue silencio, el silencio en su estado más puro. El cambio de la noche al día, ese instante de transmutación fue el que despertó a Lea, el alba despuntaba y ella se dio cuenta de que había llegado el momento de dar vida, gritó fuertemente y su hijo nació, también gritó, los dos gritaron y sus dos voces retumbaron en el bosque, abriéndose paso, reclamando su derecho a vivir, y retumbaron, retumbaron, retumbaron, tumbaron, tumbaron, tumbaron, tumba-ron, tumba-ron, tumba-ron...tumba.