martes, 15 de septiembre de 2026

MORGEN (MAÑANA)

                                                            

                                                                      S/T-H. Duprilot

 


   La carretera de circunvalación rodeaba aquella pacífica ciudad y mantenía apartados los rugidos de aquellos motores que se deslizaban por todo su asfalto, impedía a la velocidad entrometerse en una vida en donde imperaban una lentitud y una supuesta tranquilidad interna que, vista desde la rapidez de aquel punto, podía ser creíble. Los vehículos cegados por la rapidez desprendían cierto desaire, en oposición a aquella exaltación de sosiego en la que se sumía la ciudad. La vía de circunvalación representaba para los habitantes un alivio al pensar que una de las locuras de la vida moderna (la viteeeeessssseee) se hallaba a cierta distancia; la paz de  espíritu de aquella reflexión les llevaba a un desprecio inconsciente al intrusismo. Paralela a esta vía se extendía un paseo que los caprichos del azar habían ido formando y por donde, cuando hacía buen tiempo, la gente paseaba y se agotaba en grandes caminatas para deshacer unas grasas que había acumulado en su vida sedentaria. El paseo tenía aproximadamente la misma longitud que la carretera, no era tan ancho, eso sí, pero su cercanía ponía con desfachatez esa oposición entre velocidad y lentitud, esa oposición entre tracción mecánica y animal; en una palabra y para resumir, el azar “se regodeó a recochineo” y para separar ambas vías, éste también creó una zona verde gracias a la participación de una naturaleza humilde que, con su hierba, cubrió una línea de terreno que mostraba los desechos causados por las excavadoras en la construcción de una acelerada modernidad; en esa franja de terreno crecía toda clase de arbustos libres de una estética ambiental bajo el control del hombre; de vez en cuando surgía algún pedrusco en señal de recuerdo a lo que antes había sido el terreno; ahora, servía de descanso a aquellos caminantes cuando la fatiga los castigaba en el largo trayecto; había un ligero desnivel, la vía de circunvalación se elevaba un poco más que el paseo; desde ella y desde el interior de los vehículos la mirada adquiría cierta superioridad y un desdén hacia lo que había surgido espontáneamente. Según la vía servía para acelerar el espacio y el tiempo, el paseo servía para recrearse en ambos. Según por la vía circulaba un hombre apresurado, arrastrado por el destino a tragar una vida lo más rápidamente posible, por el paseo circulaban hombres y mujeres que se obligaban a saborear la vida de un modo más pausado, conscientes de que en la lentitud se encontraba un alivio y un respiro a la vida desenfrenada que les había tocado vivir…¡¡¡¡ZZZZAAAAASSSSSSS!!!!...Como el primer trazo impulsivo de un lápiz sobre la superficie de un papel había llegado la primavera. Era una tarde soleada de la estación incipiente, el sol asustaba los fríos residuales de un crudo invierno en unos cuerpos que, pudorosos, se exponían a un calor inmaduro, temerosos ante un retroceso. El paseo se había llenado de caminantes que, como las lagartijas, se exponían a una iluminación cálida para reavivar el ánimo después del tiempo transcurrido en unas guaridas cómodas pero carentes de ambiente natural; aunque abrigados todavía, ofrecían el rostro y las manos a que los rayos solares descamaran la piel del frío y la palidez se tornase en un suave bronceado. Paseaban en grupos, los había familiares y de amistad, había parejas e individuos solitarios; había gente que aquello de caminar se lo tomaba muy en serio, o al menos eso era lo que ellos creían, pues en su vestimenta había un acople entre ejercicio y ropa, es decir, como si al ir vestido de calle o como se va habitualmente, el hecho de pasear no cumpliera su efecto, pero en su mayoría todos vestían normalmente. En esas idas y venidas se hablaba pausadamente en sincronía con la marcha que se llevase, se comentaban los típicos acontecimientos del día acaecidos en la ciudad, en la nación, en el mundo o ya a un nivel interplanetario, pero al fin y al cabo, la noticia era lo de menos, aquellos pasos había que acompañarlos con algo, y qué mejor que una buena charla interesante o banal; había saludos y adioses porque en el fondo los habitantes de aquella ciudad, mejor dicho, de aquella pequeña ciudad, se conocían y las conversaciones eran interrumpidas al verse obligados a emplear la típica fórmula de cortesía y que, a veces, hacía que se perdiera el hilo de la charla. Entre las cinco y las siete eran las horas álgidas de concurrencia, no sólo por el paseo en cantidad de gente sino también por la vía de circunvalación con el enorme tráfico de coches. EL batiburrillo que allí se armaba entre el tráfico animal y mecánico, sobre todo éste último, hacía alterar la vida placentera de algunos animales que por los alrededores pastaban, moraban o comían en sus cochiqueras, por ejemplo: las vacas que pastaban plácidamente se sentían alteradas en su rumiar y levantaban la cabeza para constatar lo inusitado de la situación; las gallinas, que a punto de poner el huevo, veían alterada su sensibilidad y  manifestaban indecisión, al final se animaban empujadas un poco por la llegada de la nueva estación; los cerdos, en plena euforia alimenticia, aceleraban su comida movidos por la algarabía procedente del exterior y también porque se sentían ligeramente implicados en aquel jolgorio por su proximidad genética a los humanos. Por el paseo caminaban gentes de todas las edades: desde un niño de tierna edad hasta un anciano de edad tardía, también había perros, sus dueños los llevaban sujetos a unas cuerdas extensibles que a propio capricho alargaban o retraían, todo dependía del comportamiento despendolado del animal, ya que había algunos que, si por instinto fuera, se lanzarían a los coches como atraídos por la velocidad, porque ellos en su cuerpo eran portadores de la misma también, pero siempre hay un instante nefasto en el que el dueño presiona un botón y el perro es impulsado retroactivamente y, en esos momentos, el animal se pregunta si, en realidad, aquello de que el perro es el mejor amigo del hombre sigue vigente ante semejante faena; después  de contener las ganas de morder a alguien, reflexiona y llega al convencimiento de que es un animal bueno y fiel y su intento por querer entender a los humanos le parece tarea imposible; también había niños aprendiendo a montar en bicicleta; no era el lugar adecuado, impedían el libre paseo y muchas veces los caminantes tenían que hacer eses para poder esquivar a estos pequeños intrusos que lo único que hacían era incordiar, pero como el tiempo era maravilloso, el sol estaba a rabiar y había tantas ganas de disfrutar del ambiente primaveral todo se aguantaba, pero no se olvidaba. Se diría que la gente que abundaba por allí paseaba por voluntad propia, sin obligación, sencillamente por placer; sin embargo, había otra cuya necesidad era urgente, empujada por los médicos a hacer alguna clase de ejercicio con fines terapéuticos. Con caridad inconsciente se había configurado un espacio para aquellos impedidos cuyo andar era mucho más lento de lo normal, se situaba a la izquierda del paseo, por allí se forzaba a la naturaleza a hacer esfuerzos sobrehumanos en unos cuerpos en los que la edad se había cebado y a pesar del empeño los ánimos se habían consumido: más que caminar se arrastraban por aquel sendero que les conducía hacia un calvario siendo fieles portadores de una cruz invisible, y sin embargo, había orgullo en la imposibilidad del sacrificio. La tarde primaveral transcurría llena de paz, de esa paz que sólo irradia la naturaleza y que, por momentos, hace creer en una felicidad momentánea y palpable, hasta que se cae en la cuenta de que no es más que una palabra abstracta que representa ortográficamente una “abastrakacción”… Y la tarde poco a poco se alejaba con el día dando paso al crepúsculo, el sol iba perdiendo energías y ese debilitamiento de la luz espantaba a los paseantes que paulatinamente se retiraban hacia sus hogares; la ruta quedaba vacía, muy pocos agotaban los últimos pasos de una jornada que tocaba a su fin; las luces de la vía de circunvalación se encendían para clarificar un trayecto incansable a unos vehículos que no dejaban de pasar en mayor o en menor grado; también a esas horas ellos se abandonaban al sosiego y desdeñaban una velocidad que permanecía vigente en aquella carretera para aquéllos que todavía quisieran poseerla…¡¡¡PPPPPPPiiiinnnn!!!...Como un punto instantáneo marcado sobre una “i”, un caminante aparece en la lejanía, solo, como si hubiera escapado de un cuaderno de ortografía; no hay más letras a su alrededor para formar una palabra, para formar un sentido. La noche, insistente, ha difuminado al crepúsculo hasta tal punto que ya lo ha ennegrecido. No son horas de pasear, son horas de no existir para el mundo, de acurrucarse y de que durante un tiempo de descanso nadie exista para nadie. Y aquel caminante surge en la penumbrosa lontananza, no para tomar el sol, claro está, surge del origen del movimiento, él sencillamente camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, camina, Camina, CAmina, CAMina, CAMIna, CAMINa, CAMINA, CAMINA, CAMINA, CAMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURRANA, CARMINA BURRANA, CARMINA BURRANA, CARMINA BURRA NA, CARMINA BURRA NA, CARMINA BURRA NA, CARMINA BUR RANA, CARMINA BUR RANA, CARMINA BUR RANA…Catuli Carmina. Su andar es uniforme, imperturbable; mira siempre hacia adelante, como hipnotizado hacia una meta, hacia un destino; todo lo que le rodea forma parte de un entorno, pero él lo ignora y no permite que lo distraiga, su paso es inalterable, robotizado; si en su trayecto se cruza con alguien, ni lo mira, esa presencia cercana es como un soplo de aire instantáneo, sin importancia, la percepción de una insignificancia que no se graba en la mente. La ciudad a un lado y el campo al otro y él en la línea divisoria; en su marcha secciona un espacio y pone de manifiesto la existencia de dos mundos: campo y ciudad o ciudad y campo; no mira ni hacia un lado ni hacia otro y él es consciente de que proviene de uno de ellos. Por su aspecto se diría que es un hombre de ciudad; la ciudad pone rígidos los cuerpos para que desprendan cierta altanería, el campo los fustiga para que desprendan cierta humildad. Él, sin lugar a dudas, pertenece a la ciudad, es un esclavo de ella, de sus costumbres, de sus servidumbres, sin querer, se ha convertido en su siervo aunque nunca se haya parado a pensarlo. El empecinamiento en caminar y caminar es como una huida de algo que no se soporta y se echa mano del ejercicio físico para paliar la pesadez del espíritu y lo único que se consigue es castigar el cuerpo, ya que la rigidez sigue adueñándose de él, el sello de la ciudad es imborrable: ese paso marcial, esa  mirada fija en el infinito lo ejercitan y lo envalentonan ante cualquier obstáculo interpuesto en su camino, a saber rechazarlo y echarlo bien hacia un lado o bien hacia otro, sin conmiseraciones. Todo él es pura osadía; sabe abrirse paso, perfora el terreno que le rodea y él camina, camina, camina, camina, camin, camin, camin, cami, cami, cami, cam, cam, cam,ca, ca, ca,c,c,c…La noche lo envuelve, la luna y las estrellas salen y lo observan, se sorprenden ante tanta decisión y en el fondo se reservan una sonrisa burlona; saben, como fuente de sentimientos, que aquel ser, en apariencia indestructible, alberga unas debilidades, tal vez aún ignoradas. Se nota que es un hombre exigente, acostumbrado a tomar serias decisiones requeridas por su trabajo, un hombre acostumbrado a mandar, a poner a sus subordinados a cada uno en su sitio y todo este cúmulo de autoridad proyectado hacia los demás, tiene un efecto reflejo hacia sí mismo, pero él está tan dentro de su papel que se desconoce y se entrega de lleno a una representación tragicómica, patética del ser humano. Los coches continúan pasando, despreciando su velocidad; el hombre marcha en dirección opuesta, su mente se vacía de unas cargas que a cada paso que da, siente que dejan un lastre por el camino y que sus huellas marcan un sendero sembrado de despojos. Se aproxima una pareja de adolescentes haciéndose arrumacos; no caminan recto, nunca se habían trazado unas eses tan perfectas como las que vienen haciendo estos dos tórtolos, son la antítesis de aquel hombre; han huido de una vigilancia o de una prohibición y se refugian en la distancia, en el cobijo de la noche; sus cuerpos son inestables, se tambalean, las cosquillas de los arrumacos les obligan a retorcerse, a contonearse como si estuvieran poseídos por una danza irrefrenable. Ellos pertenecían a aquella primavera naciente, a aquella danza que cada año sacudía la tierra y los cuerpos, a un desenfreno de una naturaleza animal y vegetal; y llegaron a la altura del caminante y se separaron; él no les miró, pero una sonrisa se insinuó en sus labios, era un acto reflejo, nada más, no había sabido interpretar el anuncio de la nueva estación. Aquel hombre caminaba en cualquier época del año, daba lo mismo que fuera primavera o verano, otoño o invierno, otoño o verano, primavera o invierno, primavera u otoño, invierno o verano…mejor, primavera ¡¡¡uuuuuuuuuuuu!!! otoño, tampoco importa la hora del día, dependía siempre de su tiempo libre, aunque tenía una debilidad por el crepúsculo; él lo ignoraba, como ignoraba que tanto al alba como al crepúsculo la sensibilidad tiende a afinarse, a percibir el mundo de un modo más sutil. Siempre que podía se escapaba a esa hora a cumplir con su caminata; los días de lluvia o mal tiempo no importaban, se cogía un paraguas y se abrigaba con un chaquetón y ¡ale! a tragar kilómetros. Su tiempo cronológico no se  medía en horas, ni en minutos, ni en segundos, se calculaba en medidas de longitud: centímetros, metros, kilómetros. Su tiempo atmosférico variaba desde un chubasco de poca monta hasta una lluvia torrencial, desde un sol abrasador hasta un nublado deprimente, él cargaba con sus tiempos espartanamente. Seguía caminando, caminando, caminando, caminando, caminando, camin…ando, camin…ando, camin…ando, camin…ando, come in…ando, come in…ando, come in…ando, come in…ando, come…ando, come…ando, come…ando, come…ando, come…ando…ando…ando…ando…Yo ando, tú andas, él anda, ella anda, nosotros andamos, vosotros andáis, ellos y ellas andan. Everybody walks. Dogs walk too. Todo el mundo camina. Los perros también. Un perro vagabundo se acerca, camina libremente sin ataduras de nadie, pero se tambalea, lugar idóneo para un animal abandonado: la senda del olvido; ¿habrá comido algo? ¡quién sabe! El abandono lleva a la improvisación, si por casualidad se topa con algo comestible se lo tragará y si no, aguantará; su cuerpo delata señales de mucho aguantar, las costillas se le marcan y su pelo presenta ciertas calvas, ¿un despojo andante? Quizá. Al llegar a la misma altura del caminante, el perro le mira, sin ninguna intención de súplica o de mendicidad, su única ilusión es la de encontrar unos ojos creados de una misma materialidad, de un mismo brillo. El hombre no le mira, su indiferencia se extiende a un radio de acción bastante amplio, y sin embargo, al estar ambos en línea recta, uno cerca del otro, algo en su interior se mueve, no sabe lo que es, es una anomalía que provoca una alteración en su paso, intenta no prestarle atención, pero se da cuenta de que el paseo de ese día ha sido diferente al de los otros. Se alejan en direcciones opuestas y tanto el caminante como el animal se vuelven a convertir en unos puntos que coronan un largo recorrido………..Está lloviendo, la climatología en primavera es muy variable: ayer hizo un día tan hermoso y hoy todo lo contrario ¡quién lo diría!. El caminante está a punto de pasar, sí, por allí viene, protege su cuerpo con una gabardina y se cubre con un paraguas; es un hombre decidido y no teme a las inclemencias del tiempo, camina con paso firme, no, no tan firme, hay que fijarse mucho, pero existe una pequeña alteración, si se cuentan los pasos se sabrá dónde reside esa anomalía: un paso, dos pasos, tres pasos, cuatro pasos, cinco pasos, seis pasos, siete pasitos, ocho pasos, nueve pasos, diez pasos, once pasos, doce pasos, trece pasos, catorce pasitos, quince pasos, dieciséis pasos, diecisiete pasos, dieciocho pasos, diecinueve pasos, veinte pasos, veintiún pasitos, veintidós pasos, veintitrés pas…,veinticuatro…, veinticin…, veinti…, vein…Se puede observar que cada siete pasos hay una disminución de energía y longitud, es decir, no es un paso sino un pasito; la firmeza del paso se ha suavizado y se ha convertido en un pasito. Répétons: un pasito, un pasito, un pasito, un pasito, un vasito, un vasito, un vasito, un vasito, un besito, un besito, un besito, un besito. El caminante se da cuenta de que es la única persona que en esos momentos pasea por el sendero; el caminante no se da cuenta, pero trata de endurecerse ante aquella flaqueza a la cual acaba de sucumbir inconscientemente, necesita justificar aquel fallo y no tiene a nadie que le escuche, la única solución es justificarse ante sí  mismo, engañarse a sí mismo, seguir manteniendo la creencia en algo que ya no tiene razón de ser y espantarse ante el hecho de que algo tan insignificante como puede ser un pasito=un vasito=un besito haya sacudido unos cimientos que de por sí y en un principio eran tan sólidos; pronto recupera su orgullo y sigue su caminar firme, resuelto, aunque con anomalía; ésta decide guardársela en su interior, en sus profundidades, alejada de la superficie por temor a que salga a relucir. La lluvia arrecia y él se siente protegido con su paraguas contra aquella agresión, el viento lo agita, pero lo domina con sabia destreza; se figura navegando en alta mar en un pequeño bote y él enfrentándose ante un temporal endemoniado; una ráfaga de viento y lluvia lo libera de su ensoñación, se queda tranquilo por haber escapado de aquel espejismo. Ante la adversidad meteorológica él marcha y marcha y marcha y marcha et il marche et marche et marche et marche et marche et marshe et marshe et marsh et mars et il est au mois de mars et il devient Mars, le dieu de la guerre et il devient aussi Mars, la planète. Y marcha y marcha y marcha y marcha y marcha y marzo y está en el mes de marzo y se convierte en Marte, el dios de la guerra y también se convierte en Marte, el planeta. Vuelve a estar una vez más reconfortado ante tanto poder y gloria y por un momento cree haber engañado a la naturaleza, pero ésta, que es muy aguda, sabe hacer la puñeta cuando uno menos lo espera, y al cabo de unos segundos, después de haberse esfumado los planetas y los dioses, le recuerda aquello de la anomalía, es decir, aquello de pasito=vasito=besito. El camino está desierto y por primera vez aquel hombre percibe el medio circundante, mira hacia un lado y hacia otro, la ciudad y el campo entran en su interior a través de la lluvia y del viento; se nota extraño y se lamenta de no haber prestado atención antes a todo aquello y sigue su marcha…y allí en medio, en aquella franja de césped que divide el paseo y la vía de circunvalación, aparece un fardo, un bulto, un tumor expulsado por la naturaleza, húmedo, empapado, calado hasta su interior, inmóvil como una piedra sobre la cual descansar; el caminante al pasar junto a él, conservando todavía aquella costumbre ciega de no mirar, de despreciar, desdeña el fardo con energía invisible y acelera el paso, se aleja como si presintiera un temor, una premonición de una alteración futura, una hecatombe a cuyo destino pudiera escapar; cuanto más se aleja, más se empequeñece, su enorme seguridad se tambalea y ya no son pasos los que él da, son unas grandes zancadas que lo transportan arrastrándolo lejos de aquel presagio; no se puede parar, descansar para tomar aliento sería ceder ante lo desconocido, sería abandonar unas exigencias que se había impuesto y a las cuales había prestado un gran empeño; huye despavorido y necesita llegar urgentemente a su hogar, se encerrará en su casa, se desvestirá y se meterá desnudo en su cama, se envolverá entre las mantas y las sábanas, se acurrucará porque un frío y una humedad agitarán su cuerpo y por primera vez en su vida de adulto advertirá que es un fardo, un bulto, un tumor. Aquello que desdeñó en el camino posiblemente era carne, carne como la suya; despreció su acción, despreció su orgullo, despreció su altanería y se obligó a dormir, pero no pudo; se agarró a su cuerpo intentando ayudarlo y se convenció de que no era él a quien debía ayudar sino a alguien desconocido, ¿a un fardo? Era posible. No durmió, dormir significaba descansar, sabía que no podía descansar; su vida, hasta entonces, había sido pura actividad y ahora ésta debería cambiar en otra dirección. Se pellizcó en un brazo con la intención de que el dolor absorbiera sus pensamientos, pero no lo logró y reconoció que se había convertido en la pura obsesión de algo que, en otro momento de su vida, hubiera sido una banalidad. Palpó su cuerpo y su carne era frágil, adicta al dolor y pensó en aquella coraza que él mismo se había creado ¿para qué?, ahora que había conseguido un autocontrol y su autoridad imperaba en su trabajo y sobre sí mismo, ¿qué le había pasado? ¿qué había pasado en su mundo, en aquel mundo que había hecho a su medida y que le parecía imperturbable? No podía dar crédito a lo que experimentaba; por un momento, trató de anular aquel encuentro y se decía que el supuesto fardo bien podía ser de ropa, bien podía ser de papeles, bien podía ser de basura, bien podía ser de materiales desechables, bien podía ser…bien podía ser…bien podía ser…bien podía ser…mal podía ser algo humano; al llegar a esta última reflexión, en sus oídos oyó una voz, un grito que retumbó en todo su cerebro y ya no tuvo la valentía de anular nada, admitió plenamente que lo que contenía aquel fardo era carne humana, era un ser humano semejante a él. Deseó estar en el día siguiente, quería ya verse caminando en plena acción, pero su actividad no sería solamente física, también sería una actividad de ayuda y el hecho de pensar en qué podía “ayudar” sin saber aún cómo lo ennobleció. El ansia de estar en un nuevo día lo adormeció, el tiempo también colaboró y todas las obligaciones, tareas y responsabilidades que el hombre tenía que acometer en aquel intervalo antes de la hora de salida para caminar transcurrieron a la velocidad del sonido………….El día estaba nublado, gris, indeciso a mantenerse o deshacerse en agua, como la víspera; resistía, hay días grises que calan el ánimo y ése sería uno de ellos, la lluvia lo lavaría muy superficialmente. El caminante ya estaba en marcha, mantenía el paso uniforme aunque sabía que cada siete “pasitos” afloraba aquella anomalía, no le importaba; ahora miraba para ambos lados en busca de su obsesión, ¿cuánto habían cambiado las cosas en dos o en tres días? ¿por qué un hecho tan insignificante a primera vista, como era el de encontrar un fardo, había revuelto unos principios que en realidad, vistos los resultados, no eran auténticos sino ficticios? Es igual que cuando alguien encuentra un tesoro y advierte que desde ese momento su existencia va a variar en muchos aspectos, sobre todo el poder adquisitivo va a trastocar los enfoques de su vida; aquí ocurriría lo mismo, él no habría encontrado un tesoro, o tal vez sí, no en el sentido material de la palabra, más bien en un sentido de revuelco espiritual. Mientras caminaba, reflexionaba, cosa que antes nunca había conseguido; la rigidez con la que había impregnado su vida, sus actos e incluso a aquéllos que lo rodeaban, se había soliviantado y derivado hacia una ternura y comprensión que él antes nunca había conocido. Ese día grisáceo, con tendencia a la depresión, al contrario que a cualquier otro espíritu, a él lo empujaba a buscar un colorido más vivo para su ánimo. En una búsqueda intermitente, a lo lejos divisa su otra anomalía; la primera había sido cuando se había topado con el perro y la otra, con esto, con el fardo; visto desde la distancia era algo que no concordaba con el ambiente que lo rodeaba, era un ser descontextualizado que causaba una incomodidad a la vista, tanto por el lugar donde se hallaba como por el aspecto que poseía; a medida que se aproximaba, crecía su curiosidad para comprobar la apariencia de lo que había sido su obsesión; cuando llegó hasta el fardo, sus últimos pasos no habían sido normales, tenía la sensación de haber sido empujado, de haber sido arrastrado hasta aquel rechazo, hasta aquel tumor de la naturaleza; una vez delante de él, se sintió tranquilo e interiormente algo se desplomó, una especie de muro que ocultaba una visibilidad; lo miró fijamente, le clavó la mirada hasta intentar perforar la capa que cubría su alma; en su vida jamás había tenido una visión semejante, era lo que se temía: un ser humano, un ser de carne y hueso, por mucho que intentara rechazarlo era un ser hecho de la misma materia que él, no era un fardo de trapos o de papeles; aquella voz, o mejor, aquel grito ahogado sin sonido que retumbó en su cerebro era la confirmación de una especie que reclamaba ayuda. Acurrucado, sentado sobre una piedra, todo su cuerpo era un bulto, sus extremidades estaban plegadas y la cabeza muy baja casi formaba parte del tronco, unas manos enormes, arrugadas, ásperas, abruptas, cubrían su rostro, sobre la hierba yacía un bastón; daba la espalda hacia la vía de circunvalación, su posición era despreciativa, era como rechazar aquella velocidad y al mismo tiempo sentirse rechazado por ella, era una reciprocidad extraña, de impotencia; a través de aquellas manos su rostro era impenetrable. El caminante lo contemplaba fijamente y por su mente pasaban imágenes de algunos de sus subordinados a los cuales él había tratado con indiferencia y se preguntaba si aquellos hombres o mujeres no hubiesen necesitado un instante de atención por su parte más que su desdén, pero cualquier remordimiento que ahora pudiera tener pertenecía a su otra vida que no tenía que lamentar ya que todos sus actos se habían movido bajo el signo de la ignorancia, una ignorancia de sí mismo y de los demás y que ahora intentaba rectificar. Era evidente que con el rostro oculto por sus manos, mejor dicho, por sus herramientas de trabajo, aquel hombre no quería ver el mundo; ¿por qué había ido a parar allí? ¿habría abandonado su hogar? ¿de dónde venía? y ¿adónde iba? ¿quién era?. El caminante permaneció inmóvil contemplándolo un minuto, dos minutos, tres  minutos, cuatro minutos, cinco minutos, seis minutos, siete minutos, ocho menutos, nueve menutos, diez menutos, once menutos, doce menudos, trece menudos, catorce menudos, quince menudos, dieciséis menudos, diecisiete menudos, dieciocho menudos, diecinueve menudos, veinte menudos…menudos, menudos, menudos, menudos, menudos, menudos, menudos; menudos: vientre, manos y sangre de las reses que se matan; menudos: en las aves, pescuezo, alones, pies, intestinos, higadillo, molleja, madrecilla, etc; menudos: monedas que suelen llevarse sueltas; menudo: ant. miserable, escaso, apocado. Para el caminante aquel tiempo transcurrido había servido para descuartizar parte de su vida pasada, para dejar a un lado la superfluidad, que había sido mucha y al otro los valores humanos, que habían sido escasos, muy escasos. Se fijó en las manos de aquel hombre sedente, cansado, y se miró las suyas, se dio cuenta de que podían servir como herramientas de ayuda y no simplemente para firmar órdenes o portadoras de importantes documentos; se inclinó e intentó ver el rostro de aquel enmascarado asiendo sus manos, tratándolas de apartar suavemente, transmitiendo en su propósito un inicio de amistad, pero todo fue en vano porque aquellas manos no eran miembros independientes de aquel cuerpo, sino que formaban una misma masa con el rostro por medio de un agarrotamiento de seguridad; lo volvió a intentar y el fracaso lo convenció de su inutilidad; se enderezó y pensó en otra nueva estrategia: lo cogería por las axilas y se esforzaría en levantarlo; así fue, contaría hasta tres y lo impulsaría hacia arriba: uno, dos y treesssss…otra vez: uno, dos y treeessss…ota vez: uno, dos y tleeessss…ota ves: uno, dos y tleeessss…ota ves: uno, dos y tleeessss. Ni a la octava ni a la novena “ves”, a aquel hombre era imposible levantarlo, era levantar un cuerpo muerto y sin colaboración por su parte, el esfuerzo tan enorme reventaba a cualquiera y máxime al caminante que no estaba acostumbrado a trabajos forzados. Se distanció unos cuantos pasos como si al alejarse pudiera hallar alguna solución, se dio media vuelta y lo miró fijamente con cierta perspectiva; lo contempló y por un momento pensó en cejar en el intento, pero había llegado demasiado lejos, ciertos aspectos de su vida se habían puesto en entredicho y el terreno que había conquistado lo compensaba con creces porque sabía que como persona, como ser humano, había madurado y el volverse atrás sería un retroceso, un detrimento de aquel sano orgullo que como ser pensante antes nunca había experimentado. El caminante volvió junto al hombre, se quedó quieto y la velocidad despreciativa que desprendían los vehículos parecía flagelar la espalda de aquella figura sedente como si quisiera vapulearlo y expulsarlo de su terreno. El caminante sabía qué solución darle, de lo que sí estaba seguro era de que algo tenía que hacer y de repente se echa a correr como un loco y en su locura a grandes zancadas traga distancia, espacio y tiempo, se dirige a su hogar como fuente de soluciones, las encuentra y en un abrir y cerrar de ojos, es más, en un tris se halla en el día siguiente…El caminante se encuentra al comienzo de su recorrido, su paseo le parece diferente, lleno de intenciones; sus bolsillos van cargados de infinidad de pequeños artilugios, de golosinas, de insignificancias y esto simplemente para contentar a un desconocido; acorta el paso para reflexionar sobre lo que está haciendo y no sale de su asombro, no se conoce, antes nunca había hecho nada por nadie y si alguna vez lo había intentado era para sacar beneficio de la hipocresía de su acto; en su interior experimentaba una alegría infantil que se exteriorizaba en unos saltitos a la pata coja acompañados por un canturreo desconocido, lejano, uterino. Él también sabía cantar, hacía años que aquella cualidad la había dado por perdida y su propia naturaleza la había desdeñado por falta de uso o porque, en su vida, ya no necesitaba echar mano de la armonía y ahora, sin querer, “la voici”; con las manos en los bolsillos podía distinguir cada objeto que llevaba en ellos: desde el coche de juguete más diminuto a otro un poco más grande y ya con ruedas móviles, desde el caramelo ácido envuelto en un papel crujiente hasta la piruleta más plana de asidera de palo; la alegría de poder hacer algo por alguien había empujado a aquel hombre a arrasar con lo primero que se le presentaba al alcance de sus manos y de hecho su casa quedó barrida de “bibelots” y golosinas que, si bien en un principio carecían de significado, a la larga clarificaban mucho la personalidad de su dueño; en aquellos momentos a aquel hombre le importaba un pepino, un rábano, un pimiento o cualquier clase de hortaliza, un análisis minucioso de su personalidad. Se imaginaba la alegría, más la sorpresa que aquel hombre iba a tener ante la presencia de sus obsequios, él, que nunca había sido dado a manifestaciones de generosidad, pues se había creído que siempre había estado por encima de acciones dadivosas; por un momento pensó en un asno con sus alforjas llenas y por un momento también pensó en sí mismo con sus bolsillos llenos; se sonrió y no se enfadó por la similitud de la situación; su paso era lento como sería el de aquel supuesto animal que a duras penas mantiene el equilibrio para no inclinarse ni hacia un lado ni hacia otro. La ciudad, el campo y la velocidad de la vida moderna a la cual había pertenecido, todo lo que le rodeaba en aquellos momentos se convertía en un telón blanco y hacía resaltar aquel tumor oscuro que no sabía de dónde había surgido, pero que era una realidad tangible, la contradicción a una vida del bienestar y que ignora su otra cara, una cara más tétrica, pero más auténtica también. La escultura de carne sedente continuaba en la misma posición, con las manos cubriendo el rostro, plegado sobre sí mismo, en nada había cambiado con relación a la vez anterior. El caminante se aproximó sigilosamente, por respeto a la firme decisión que aquel hombre había tomado para consigo mismo y para hacer notar su presencia posó una de sus manos sobre la cabeza del desconocido y la movió desde la parte superior de la frente hacia la parte de atrás del cráneo, como si en esa zona frontal se albergaran los resentimientos y con su mano inconscientemente pudiera espantarlos y quedar libre de ellos; nada ocurrió, la masa tumoral no sufrió ningún cambio; el caminante permaneció frío, indiferente, habría que tomar otras medidas: sacó de su bolsillo un pequeño coche de ruedas móviles y empezó a ponerlo en movimiento dándole cuerda, éstas se dispararon dando vueltas y él comenzó a hacer ruido parecido al del motor de un coche cuando se pone en marcha: rrrrrrrrmmmmmm m m m…rrrrrrmmmmm m m m…rrrrrrmmmmm m m m…rrrrrrmmmmm m m m m m m…Al principio costó su trabajo, pero después…rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrmmmmmmmm. Pero no resultó. Al caminante le dio pena de que su idea no lograra el éxito deseado porque a él le servía de relajación en aquellas jornadas de trabajo intensivo y riguroso en las que se les exigía un rendimiento de superhombre y al llegar a casa, cogía su cochecito, le daba cuerda y en él metía los sinsabores y las sinrazones de su vida, se dejaba llevar por aquel sencillo mecanismo infantiloide dando tumbos y chocando contra figuritas sobre la superficie de una mesa; cuando la cuerda se agotaba y el cochecito quedaba exangüe, algo se extinguía en él y quedaba mirándolo fijamente, es decir, en el limbo. En parte tampoco le había preocupado mucho, al fin y al cabo había sido un primer intento y él estaba seguro de que tenía recursos suficientes para lograr de aquel hombre alguna respuesta; volvió a meter la mano en su bolsillo y sacó varias monedas, hizo un cuenco con ambas manos y las hizo tintinear acercándolas al oído del hombre: ninguna reacción. Ante el rechazo, había que intentarlo de nuevo, pero antes de proseguir, su mirada volvió a clavarse sobre la globalidad de aquel hombre ante aquella incógnita de una normalidad inusual; también dirigió la vista hacia el bastón que seguía echado en el suelo; el único pensamiento que le vino a la mente fue el de un enorme misterio de la condición humana y se preguntó si no debería dejar las cosas como estaban, es decir, dejar a aquel hombre con su actitud ante la vida y no interferir para nada en su decisión, pero el caminante había experimentado un cambio, un cambio que había valorado como muy positivo y muy necesario para enfocar su vida futura, por eso, él se sentía agradecido ante aquel cuerpo, ante aquel hombre, ante aquella persona; su presencia había causado turbación, la suficiente para despertar en el caminante humildad, la propia y aquélla hacia un semejante; guardó las monedas en el bolsillo y hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hirgó, hirgó, hirgó, hirgó, hirgó, higó, higó, higó, higó, higo, higo, higo y extrajo una piruleta en forma de higo, envuelta en papel de celofán, se la acercó al oído desenvolviéndola con el crujido suficiente del envoltorio para ver si de alguna manera se despertaba en él alguna reacción; también se la acercó por delante de la cara, más concretamente se la puso delante de sus narices aunque éstas estuvieran cubiertas por las manos, con la sana intención de que colaborara el olor a dulce desprendido por la piruleta, por la piroleta, por la peroleta, por la purileta, por la pirilata, por la pirilate, por la peralita, por la… por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén. Otro intento fracasado, ni se inmutó; estaba claro que los objetos, fueran de la clase que fuesen carecían de efectividad. Recapacitó ante el fracaso y se dio cuenta de que los recursos de los que había echado mano eran aquéllos a los que él estaba acostumbrado: la materialidad de las cosas; ¿era, de ese modo, como se comunicaba con sus semejantes? ¿no habría un medio más humano para transmitir emociones? Se entristeció y al mismo tiempo se alegró, como antes lo había hecho, de todos aquellos cambios que había experimentado, casi no se reconocía; se entristeció por no haberlo logrado con anterioridad, como si la transfiguración fuese un simple capricho de la voluntad y la experiencia le estaba demostrando que todo requería su tiempo y un silencio por parte de la propia naturaleza humana, una vez completados estos dos ciclos surge la autenticidad. Se había acostumbrado a mandar, pero las leyes naturales desconocen los imperativos y ahora había llegado el punto de rendir las armas y de entregarlas a una verdadera humanidad; cuando se dirigía a sus iguales o a sus subordinados empleaba palabras y frases arquetípicas, sin modulación, frías, calculadas para que provocaran el efecto requerido; aquella boca desprendía palabras que formaban conceptos dominantes provenientes de una parte del cerebro que aún no había evolucionado de su estado más primitivo; la garganta y el corazón estaban ausentes en la transmisión del entendimiento humano; y una vez más se dio cuenta de que el único modo para llegar a aquel hombre iba a ser la palabra, no la palabra como él la entendía, sino una palabra impulsada por aquella parte del cerebro depurada de cualquier clase de barbarismo y que supiera comunicar a ciertas partes del cuerpo, como la garganta y el corazón, la fraternidad humana. El caminante habría apostado media vida y habría dicho un “no” rotundo a todo lo que estaba pasando si alguien en un momento anterior le hubiese vaticinado la sucesión de hechos que estaba experimentando; después de estas reflexiones ya no despegaba su mirada de aquel bulto, de aquella forma humana que se negaba férreamente a ver el mundo, necesitaba estar a su misma altura, de pie como él estaba, la contemplación caía en picado, era una contemplación humillante, devastadora, la misma que había empleado en su despacho, sentado en aquel elevado sillón giratorio observando a sus trabajadores; se arrodilló con la intención de que su rostro estuviera a la misma altura que el de aquel desconocido y vio desde muy cerca que a través de las comisuras de sus dedos no se infiltraba luz a su interior, estaban tan firmemente agarrotados a aquel rostro que ninguna fuerza física los desprendería; ¿por qué aquel empeño en no querer ver la luz del día? ¿por qué aquel empeño en no querer ver el sol? ¿la desolación no necesita claridad para salir de ella? Nunca había visto tan de cerca unas manos embrutecidas por el trabajo, los dedos eran largos y anchos, ásperos, las venas y tendones se marcaban como si estuvieran en relieve y por un momento el caminante se preguntó, al estar tan próximo al desconocido, si podría haber una especie de telepatía, una transmisión de pensamientos entre ambos, un mismo pensamiento con una misma intención, pero sabía que iba a ser inútil cualquier otro intento, tenía la firmeza necesaria como para creer que sería la palabra la salida a aquel estado de postración, no sabría qué decirle, no se le ocurriría nada hermoso, tendría que concentrarse, tendría que apelar a todos los descubrimientos acaecidos los últimos días para que en un instante mente y cuerpo respondieran al unísono. Para el caminante, a  partir de ahora, todo iba a ser diferente, el mañana tendría que ver con el hoy en cuanto a tiempo cronológico, pero no en cuanto a significado; llevaba días sin pronunciar palabra y tenía miedo a decir incongruencias, pero la motivación que lo empujaba era lo suficientemente coherente para descartar cualquier temor. Carraspeó varias veces porque sentía que algo se agolpaba en su garganta, como si le impidiese respirar. El tumor tremó. ¿Por qué el desconocido había permanecido imperturbable ante el ruido del cochecito de juguete, de las monedas y del envoltorio de la piruleta y ahora se agitó por un simple carraspeo? La voz humana. En su mente algo se estaba organizando, en su garganta existía un picorcillo y su corazón bombeaba; se acercó al oído del desconocido susurrándole inconscientemente esta canción: “Und morgen wird die Sonne wieder scheinen” Y mañana de nuevo el sol brillará. Al oír este comienzo de la canción, el tumor dejó al descubierto su rostro, el caminante fijó su mirada en él y en los ojos azules del desconocido vio reflejado su futuro y en los de él el anciano vio reflejado su pasado, porque aquel rostro misterioso era el de un anciano, surcado por infinidad de arrugas a la espera de un mañana. Pasado y futuro unidos en un mismo punto concéntrico: el presente. “Und auf dem Wege, den ich gehen werde”, “Wird uns, die Glücklichen, sie wieder einen”, “inmitten dieser sonnenatmenden Erde” Y por los caminos que voy a recorrer, nos unirá a nosotros, afortunados mortales, en medio de esta tierra que respira su luz. Instintivamente los dos hombres se pusieron de pie, el anciano cogió su bastón y el caminante siguió cantando con voz un poco más alta aquella canción que no sabía de dónde provenía, como tampoco sabía el principio de aquel movimiento que se estaba originando: “Und zu dem Strand, dem weiten, wogenblauen”, “Werden wir still und langsam niedersteigen”, “Stumm werden wir uns in die Augen schauen”, “Und auf uns sinkt des Glückes stummes  Schweigen…” Y hacia la playa, la playa lejana de olas azules, bajaremos tranquilos a paso lento, mudos nos miraremos a los ojos, y el silencio de la felicidad nos envolverá. Ahora ya eran dos caminantes para un mismo recorrido, dos eslabones perdidos en busca de una cadena indefinida, una cadena compuesta por diminutos mundos independientes y solitarios. Y empezaron a caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar…………..

 Joyce DiDonato - Richard Strauss - Morgen              

                                               Morgen

                                                                  Lied de R. Strauss

Und morgen wird die Sonne wieder scheinen

Und auf dem Wege, den ich gehen werde,

Wird uns, die Glücklichen, sie wieder einen

Inmitten dieser sonnenatmenden Erde.

 

Und zu dem Strand, dem weiten, wogenblauen,

Werden wir still und langsam niedersteigen,

Stumm werden wir uns in die Augen schauen,

Und auf uns sinkt des Glückes stummes Schweigen…

 

Y mañana de nuevo el sol brillará,

y por los caminos que voy a recorrer,

nos unirá a nosotros, afortunados mortales,

en medio de esta tierra que respira su luz.

 

Y hacia la playa, la playa lejana de olas azules,

bajaremos tranquilos, a paso lento,

mudos, nos miraremos a los ojos

y el silencio de la felicidad no envolverá.