S/T-H. Duprilot
La carretera de circunvalación
rodeaba aquella pacífica ciudad y mantenía apartados los rugidos de aquellos
motores que se deslizaban por todo su asfalto, impedía a la velocidad
entrometerse en una vida en donde imperaban una lentitud y una supuesta tranquilidad
interna que, vista desde la rapidez de aquel punto, podía ser creíble. Los
vehículos cegados por la rapidez desprendían cierto desaire, en oposición a
aquella exaltación de sosiego en la que se sumía la ciudad. La vía de
circunvalación representaba para los habitantes un alivio al pensar que una de
las locuras de la vida moderna (la viteeeeessssseee) se hallaba a cierta
distancia; la paz de espíritu de aquella
reflexión les llevaba a un desprecio inconsciente al intrusismo. Paralela a
esta vía se extendía un paseo que los caprichos del azar habían ido formando y
por donde, cuando hacía buen tiempo, la gente paseaba y se agotaba en grandes
caminatas para deshacer unas grasas que había acumulado en su vida sedentaria.
El paseo tenía aproximadamente la misma longitud que la carretera, no era tan
ancho, eso sí, pero su cercanía ponía con desfachatez esa oposición entre
velocidad y lentitud, esa oposición entre tracción mecánica y animal; en una
palabra y para resumir, el azar “se regodeó a recochineo” y para separar ambas
vías, éste también creó una zona verde gracias a la participación de una
naturaleza humilde que, con su hierba, cubrió una línea de terreno que mostraba
los desechos causados por las excavadoras en la construcción de una acelerada
modernidad; en esa franja de terreno crecía toda clase de arbustos libres de
una estética ambiental bajo el control del hombre; de vez en cuando surgía
algún pedrusco en señal de recuerdo a lo que antes había sido el terreno;
ahora, servía de descanso a aquellos caminantes cuando la fatiga los castigaba
en el largo trayecto; había un ligero desnivel, la vía de circunvalación se
elevaba un poco más que el paseo; desde ella y desde el interior de los
vehículos la mirada adquiría cierta superioridad y un desdén hacia lo que había
surgido espontáneamente. Según la vía servía para acelerar el espacio y el
tiempo, el paseo servía para recrearse en ambos. Según por la vía circulaba un
hombre apresurado, arrastrado por el destino a tragar una vida lo más rápidamente
posible, por el paseo circulaban hombres y mujeres que se obligaban a saborear
la vida de un modo más pausado, conscientes de que en la lentitud se encontraba
un alivio y un respiro a la vida desenfrenada que les había tocado
vivir…¡¡¡¡ZZZZAAAAASSSSSSS!!!!...Como el primer trazo impulsivo de un lápiz
sobre la superficie de un papel había llegado la primavera. Era una tarde
soleada de la estación incipiente, el sol asustaba los fríos residuales de un
crudo invierno en unos cuerpos que, pudorosos, se exponían a un calor inmaduro,
temerosos ante un retroceso. El paseo se había llenado de caminantes que, como
las lagartijas, se exponían a una iluminación cálida para reavivar el ánimo
después del tiempo transcurrido en unas guaridas cómodas pero carentes de
ambiente natural; aunque abrigados todavía, ofrecían el rostro y las manos a
que los rayos solares descamaran la piel del frío y la palidez se tornase en un
suave bronceado. Paseaban en grupos, los había familiares y de amistad, había
parejas e individuos solitarios; había gente que aquello de caminar se lo
tomaba muy en serio, o al menos eso era lo que ellos creían, pues en su
vestimenta había un acople entre ejercicio y ropa, es decir, como si al ir
vestido de calle o como se va habitualmente, el hecho de pasear no cumpliera su
efecto, pero en su mayoría todos vestían normalmente. En esas idas y venidas se
hablaba pausadamente en sincronía con la marcha que se llevase, se comentaban
los típicos acontecimientos del día acaecidos en la ciudad, en la nación, en el
mundo o ya a un nivel interplanetario, pero al fin y al cabo, la noticia era lo
de menos, aquellos pasos había que acompañarlos con algo, y qué mejor que una
buena charla interesante o banal; había saludos y adioses porque en el fondo
los habitantes de aquella ciudad, mejor dicho, de aquella pequeña ciudad, se
conocían y las conversaciones eran interrumpidas al verse obligados a emplear
la típica fórmula de cortesía y que, a veces, hacía que se perdiera el hilo de
la charla. Entre las cinco y las siete eran las horas álgidas de concurrencia,
no sólo por el paseo en cantidad de gente sino también por la vía de
circunvalación con el enorme tráfico de coches. EL batiburrillo que allí se
armaba entre el tráfico animal y mecánico, sobre todo éste último, hacía alterar
la vida placentera de algunos animales que por los alrededores pastaban,
moraban o comían en sus cochiqueras, por ejemplo: las vacas que pastaban
plácidamente se sentían alteradas en su rumiar y levantaban la cabeza para
constatar lo inusitado de la situación; las gallinas, que a punto de poner el
huevo, veían alterada su sensibilidad y
manifestaban indecisión, al final se animaban empujadas un poco por la
llegada de la nueva estación; los cerdos, en plena euforia alimenticia,
aceleraban su comida movidos por la algarabía procedente del exterior y también
porque se sentían ligeramente implicados en aquel jolgorio por su proximidad
genética a los humanos. Por el paseo caminaban gentes de todas las edades:
desde un niño de tierna edad hasta un anciano de edad tardía, también había
perros, sus dueños los llevaban sujetos a unas cuerdas extensibles que a propio
capricho alargaban o retraían, todo dependía del comportamiento despendolado
del animal, ya que había algunos que, si por instinto fuera, se lanzarían a los
coches como atraídos por la velocidad, porque ellos en su cuerpo eran
portadores de la misma también, pero siempre hay un instante nefasto en el que
el dueño presiona un botón y el perro es impulsado retroactivamente y, en esos
momentos, el animal se pregunta si, en realidad, aquello de que el perro es el
mejor amigo del hombre sigue vigente ante semejante faena; después de contener las ganas de morder a alguien,
reflexiona y llega al convencimiento de que es un animal bueno y fiel y su
intento por querer entender a los humanos le parece tarea imposible; también
había niños aprendiendo a montar en bicicleta; no era el lugar adecuado,
impedían el libre paseo y muchas veces los caminantes tenían que hacer eses
para poder esquivar a estos pequeños intrusos que lo único que hacían era
incordiar, pero como el tiempo era maravilloso, el sol estaba a rabiar y había
tantas ganas de disfrutar del ambiente primaveral todo se aguantaba, pero no se
olvidaba. Se diría que la gente que abundaba por allí paseaba por voluntad
propia, sin obligación, sencillamente por placer; sin embargo, había otra cuya
necesidad era urgente, empujada por los médicos a hacer alguna clase de
ejercicio con fines terapéuticos. Con caridad inconsciente se había configurado
un espacio para aquellos impedidos cuyo andar era mucho más lento de lo normal,
se situaba a la izquierda del paseo, por allí se forzaba a la naturaleza a
hacer esfuerzos sobrehumanos en unos cuerpos en los que la edad se había cebado
y a pesar del empeño los ánimos se habían consumido: más que caminar se
arrastraban por aquel sendero que les conducía hacia un calvario siendo fieles
portadores de una cruz invisible, y sin embargo, había orgullo en la
imposibilidad del sacrificio. La tarde primaveral transcurría llena de paz, de
esa paz que sólo irradia la naturaleza y que, por momentos, hace creer en una
felicidad momentánea y palpable, hasta que se cae en la cuenta de que no es más
que una palabra abstracta que representa ortográficamente una “abastrakacción”…
Y la tarde poco a poco se alejaba con el día dando paso al crepúsculo, el sol
iba perdiendo energías y ese debilitamiento de la luz espantaba a los paseantes
que paulatinamente se retiraban hacia sus hogares; la ruta quedaba vacía, muy
pocos agotaban los últimos pasos de una jornada que tocaba a su fin; las luces
de la vía de circunvalación se encendían para clarificar un trayecto incansable
a unos vehículos que no dejaban de pasar en mayor o en menor grado; también a
esas horas ellos se abandonaban al sosiego y desdeñaban una velocidad que
permanecía vigente en aquella carretera para aquéllos que todavía quisieran
poseerla…¡¡¡PPPPPPPiiiinnnn!!!...Como un punto instantáneo marcado sobre una
“i”, un caminante aparece en la lejanía, solo, como si hubiera escapado de un
cuaderno de ortografía; no hay más letras a su alrededor para formar una
palabra, para formar un sentido. La noche, insistente, ha difuminado al
crepúsculo hasta tal punto que ya lo ha ennegrecido. No son horas de pasear,
son horas de no existir para el mundo, de acurrucarse y de que durante un
tiempo de descanso nadie exista para nadie. Y aquel caminante surge en la
penumbrosa lontananza, no para tomar el sol, claro está, surge del origen del
movimiento, él sencillamente camina, camina, camina, camina, camina, camina,
camina, camina, camina, camina, camina, Camina, CAmina, CAMina, CAMIna, CAMINa,
CAMINA, CAMINA, CAMINA, CAMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA, CARMINA,
CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA, CARMINA BURANA,
CARMINA BURRANA, CARMINA BURRANA, CARMINA BURRANA, CARMINA BURRA NA, CARMINA
BURRA NA, CARMINA BURRA NA, CARMINA BUR RANA, CARMINA BUR RANA, CARMINA BUR
RANA…Catuli Carmina. Su andar es uniforme, imperturbable; mira siempre hacia
adelante, como hipnotizado hacia una meta, hacia un destino; todo lo que le
rodea forma parte de un entorno, pero él lo ignora y no permite que lo distraiga,
su paso es inalterable, robotizado; si en su trayecto se cruza con alguien, ni
lo mira, esa presencia cercana es como un soplo de aire instantáneo, sin
importancia, la percepción de una insignificancia que no se graba en la mente.
La ciudad a un lado y el campo al otro y él en la línea divisoria; en su marcha
secciona un espacio y pone de manifiesto la existencia de dos mundos: campo y
ciudad o ciudad y campo; no mira ni hacia un lado ni hacia otro y él es
consciente de que proviene de uno de ellos. Por su aspecto se diría que es un
hombre de ciudad; la ciudad pone rígidos los cuerpos para que desprendan cierta
altanería, el campo los fustiga para que desprendan cierta humildad. Él, sin
lugar a dudas, pertenece a la ciudad, es un esclavo de ella, de sus costumbres,
de sus servidumbres, sin querer, se ha convertido en su siervo aunque nunca se
haya parado a pensarlo. El empecinamiento en caminar y caminar es como una
huida de algo que no se soporta y se echa mano del ejercicio físico para paliar
la pesadez del espíritu y lo único que se consigue es castigar el cuerpo, ya
que la rigidez sigue adueñándose de él, el sello de la ciudad es imborrable: ese
paso marcial, esa mirada fija en el
infinito lo ejercitan y lo envalentonan ante cualquier obstáculo interpuesto en
su camino, a saber rechazarlo y echarlo bien hacia un lado o bien hacia otro,
sin conmiseraciones. Todo él es pura osadía; sabe abrirse paso, perfora el
terreno que le rodea y él camina, camina, camina, camina, camin, camin, camin,
cami, cami, cami, cam, cam, cam,ca, ca, ca,c,c,c…La noche lo envuelve, la luna
y las estrellas salen y lo observan, se sorprenden ante tanta decisión y en el
fondo se reservan una sonrisa burlona; saben, como fuente de sentimientos, que
aquel ser, en apariencia indestructible, alberga unas debilidades, tal vez aún
ignoradas. Se nota que es un hombre exigente, acostumbrado a tomar serias
decisiones requeridas por su trabajo, un hombre acostumbrado a mandar, a poner
a sus subordinados a cada uno en su sitio y todo este cúmulo de autoridad
proyectado hacia los demás, tiene un efecto reflejo hacia sí mismo, pero él
está tan dentro de su papel que se desconoce y se entrega de lleno a una
representación tragicómica, patética del ser humano. Los coches continúan
pasando, despreciando su velocidad; el hombre marcha en dirección opuesta, su
mente se vacía de unas cargas que a cada paso que da, siente que dejan un
lastre por el camino y que sus huellas marcan un sendero sembrado de despojos.
Se aproxima una pareja de adolescentes haciéndose arrumacos; no caminan recto,
nunca se habían trazado unas eses tan perfectas como las que vienen haciendo
estos dos tórtolos, son la antítesis de aquel hombre; han huido de una
vigilancia o de una prohibición y se refugian en la distancia, en el cobijo de
la noche; sus cuerpos son inestables, se tambalean, las cosquillas de los
arrumacos les obligan a retorcerse, a contonearse como si estuvieran poseídos
por una danza irrefrenable. Ellos pertenecían a aquella primavera naciente, a
aquella danza que cada año sacudía la tierra y los cuerpos, a un desenfreno de
una naturaleza animal y vegetal; y llegaron a la altura del caminante y se
separaron; él no les miró, pero una sonrisa se insinuó en sus labios, era un
acto reflejo, nada más, no había sabido interpretar el anuncio de la nueva
estación. Aquel hombre caminaba en cualquier época del año, daba lo mismo que
fuera primavera o verano, otoño o invierno, otoño o verano, primavera o
invierno, primavera u otoño, invierno o verano…mejor, primavera ¡¡¡uuuuuuuuuuuu!!!
otoño, tampoco importa la hora del día, dependía siempre de su tiempo libre,
aunque tenía una debilidad por el crepúsculo; él lo ignoraba, como ignoraba que
tanto al alba como al crepúsculo la sensibilidad tiende a afinarse, a percibir
el mundo de un modo más sutil. Siempre que podía se escapaba a esa hora a
cumplir con su caminata; los días de lluvia o mal tiempo no importaban, se
cogía un paraguas y se abrigaba con un chaquetón y ¡ale! a tragar kilómetros.
Su tiempo cronológico no se medía en
horas, ni en minutos, ni en segundos, se calculaba en medidas de longitud:
centímetros, metros, kilómetros. Su tiempo atmosférico variaba desde un
chubasco de poca monta hasta una lluvia torrencial, desde un sol abrasador
hasta un nublado deprimente, él cargaba con sus tiempos espartanamente. Seguía
caminando, caminando, caminando, caminando, caminando, camin…ando, camin…ando,
camin…ando, camin…ando, come in…ando, come in…ando, come in…ando, come in…ando,
come…ando, come…ando, come…ando, come…ando, come…ando…ando…ando…ando…Yo ando,
tú andas, él anda, ella anda, nosotros andamos, vosotros andáis, ellos y ellas
andan. Everybody walks. Dogs walk too.
Todo el mundo camina. Los perros también. Un perro vagabundo se acerca, camina
libremente sin ataduras de nadie, pero se tambalea, lugar idóneo para un animal
abandonado: la senda del olvido; ¿habrá comido algo? ¡quién sabe! El abandono
lleva a la improvisación, si por casualidad se topa con algo comestible se lo
tragará y si no, aguantará; su cuerpo delata señales de mucho aguantar, las
costillas se le marcan y su pelo presenta ciertas calvas, ¿un despojo andante?
Quizá. Al llegar a la misma altura del caminante, el perro le mira, sin ninguna
intención de súplica o de mendicidad, su única ilusión es la de encontrar unos
ojos creados de una misma materialidad, de un mismo brillo. El hombre no le
mira, su indiferencia se extiende a un radio de acción bastante amplio, y sin
embargo, al estar ambos en línea recta, uno cerca del otro, algo en su interior
se mueve, no sabe lo que es, es una anomalía que provoca una alteración en su
paso, intenta no prestarle atención, pero se da cuenta de que el paseo de ese
día ha sido diferente al de los otros. Se alejan en direcciones opuestas y
tanto el caminante como el animal se vuelven a convertir en unos puntos que
coronan un largo recorrido………..Está lloviendo, la climatología en primavera es
muy variable: ayer hizo un día tan hermoso y hoy todo lo contrario ¡quién lo
diría!. El caminante está a punto de pasar, sí, por allí viene, protege su
cuerpo con una gabardina y se cubre con un paraguas; es un hombre decidido y no
teme a las inclemencias del tiempo, camina con paso firme, no, no tan firme,
hay que fijarse mucho, pero existe una pequeña alteración, si se cuentan los
pasos se sabrá dónde reside esa anomalía: un paso, dos pasos, tres pasos,
cuatro pasos, cinco pasos, seis pasos, siete pasitos, ocho pasos, nueve pasos,
diez pasos, once pasos, doce pasos, trece pasos, catorce pasitos, quince pasos,
dieciséis pasos, diecisiete pasos, dieciocho pasos, diecinueve pasos, veinte
pasos, veintiún pasitos, veintidós pasos, veintitrés pas…,veinticuatro…,
veinticin…, veinti…, vein…Se puede observar que cada siete pasos hay una
disminución de energía y longitud, es decir, no es un paso sino un pasito; la
firmeza del paso se ha suavizado y se ha convertido en un pasito. Répétons: un pasito, un pasito, un
pasito, un pasito, un vasito, un vasito, un vasito, un vasito, un besito, un
besito, un besito, un besito. El caminante se da cuenta de que es la única
persona que en esos momentos pasea por el sendero; el caminante no se da
cuenta, pero trata de endurecerse ante aquella flaqueza a la cual acaba de
sucumbir inconscientemente, necesita justificar aquel fallo y no tiene a nadie
que le escuche, la única solución es justificarse ante sí mismo, engañarse a sí mismo, seguir
manteniendo la creencia en algo que ya no tiene razón de ser y espantarse ante
el hecho de que algo tan insignificante como puede ser un pasito=un vasito=un
besito haya sacudido unos cimientos que de por sí y en un principio eran tan
sólidos; pronto recupera su orgullo y sigue su caminar firme, resuelto, aunque
con anomalía; ésta decide guardársela en su interior, en sus profundidades,
alejada de la superficie por temor a que salga a relucir. La lluvia arrecia y
él se siente protegido con su paraguas contra aquella agresión, el viento lo
agita, pero lo domina con sabia destreza; se figura navegando en alta mar en un
pequeño bote y él enfrentándose ante un temporal endemoniado; una ráfaga de
viento y lluvia lo libera de su ensoñación, se queda tranquilo por haber
escapado de aquel espejismo. Ante la adversidad meteorológica él marcha y
marcha y marcha y marcha et il marche et
marche et marche et marche et marche et marshe et marshe et marsh et mars et il
est au mois de mars et il devient Mars, le dieu de la guerre et il devient
aussi Mars, la planète. Y marcha
y marcha y marcha y marcha y marcha y marzo y está en el mes de marzo y se
convierte en Marte, el dios de la guerra y también se convierte en Marte, el
planeta. Vuelve a estar una vez más reconfortado ante tanto poder y gloria y
por un momento cree haber engañado a la naturaleza, pero ésta, que es muy
aguda, sabe hacer la puñeta cuando uno menos lo espera, y al cabo de unos
segundos, después de haberse esfumado los planetas y los dioses, le recuerda
aquello de la anomalía, es decir, aquello de pasito=vasito=besito. El camino
está desierto y por primera vez aquel hombre percibe el medio circundante, mira
hacia un lado y hacia otro, la ciudad y el campo entran en su interior a través
de la lluvia y del viento; se nota extraño y se lamenta de no haber prestado
atención antes a todo aquello y sigue su marcha…y allí en medio, en aquella
franja de césped que divide el paseo y la vía de circunvalación, aparece un
fardo, un bulto, un tumor expulsado por la naturaleza, húmedo, empapado, calado
hasta su interior, inmóvil como una piedra sobre la cual descansar; el
caminante al pasar junto a él, conservando todavía aquella costumbre ciega de
no mirar, de despreciar, desdeña el fardo con energía invisible y acelera el
paso, se aleja como si presintiera un temor, una premonición de una alteración
futura, una hecatombe a cuyo destino pudiera escapar; cuanto más se aleja, más
se empequeñece, su enorme seguridad se tambalea y ya no son pasos los que él
da, son unas grandes zancadas que lo transportan arrastrándolo lejos de aquel
presagio; no se puede parar, descansar para tomar aliento sería ceder ante lo
desconocido, sería abandonar unas exigencias que se había impuesto y a las
cuales había prestado un gran empeño; huye despavorido y necesita llegar
urgentemente a su hogar, se encerrará en su casa, se desvestirá y se meterá
desnudo en su cama, se envolverá entre las mantas y las sábanas, se acurrucará
porque un frío y una humedad agitarán su cuerpo y por primera vez en su vida de
adulto advertirá que es un fardo, un bulto, un tumor. Aquello que desdeñó en el
camino posiblemente era carne, carne como la suya; despreció su acción,
despreció su orgullo, despreció su altanería y se obligó a dormir, pero no
pudo; se agarró a su cuerpo intentando ayudarlo y se convenció de que no era él
a quien debía ayudar sino a alguien desconocido, ¿a un fardo? Era posible. No
durmió, dormir significaba descansar, sabía que no podía descansar; su vida,
hasta entonces, había sido pura actividad y ahora ésta debería cambiar en otra
dirección. Se pellizcó en un brazo con la intención de que el dolor absorbiera
sus pensamientos, pero no lo logró y reconoció que se había convertido en la
pura obsesión de algo que, en otro momento de su vida, hubiera sido una
banalidad. Palpó su cuerpo y su carne era frágil, adicta al dolor y pensó en
aquella coraza que él mismo se había creado ¿para qué?, ahora que había
conseguido un autocontrol y su autoridad imperaba en su trabajo y sobre sí
mismo, ¿qué le había pasado? ¿qué había pasado en su mundo, en aquel mundo que
había hecho a su medida y que le parecía imperturbable? No podía dar crédito a
lo que experimentaba; por un momento, trató de anular aquel encuentro y se
decía que el supuesto fardo bien podía ser de ropa, bien podía ser de papeles,
bien podía ser de basura, bien podía ser de materiales desechables, bien podía
ser…bien podía ser…bien podía ser…bien podía ser…mal podía ser algo humano; al
llegar a esta última reflexión, en sus oídos oyó una voz, un grito que retumbó
en todo su cerebro y ya no tuvo la valentía de anular nada, admitió plenamente
que lo que contenía aquel fardo era carne humana, era un ser humano semejante a
él. Deseó estar en el día siguiente, quería ya verse caminando en plena acción,
pero su actividad no sería solamente física, también sería una actividad de
ayuda y el hecho de pensar en qué podía “ayudar” sin saber aún cómo lo
ennobleció. El ansia de estar en un nuevo día lo adormeció, el tiempo también
colaboró y todas las obligaciones, tareas y responsabilidades que el hombre
tenía que acometer en aquel intervalo antes de la hora de salida para caminar
transcurrieron a la velocidad del sonido………….El día estaba nublado, gris,
indeciso a mantenerse o deshacerse en agua, como la víspera; resistía, hay días
grises que calan el ánimo y ése sería uno de ellos, la lluvia lo lavaría muy
superficialmente. El caminante ya estaba en marcha, mantenía el paso uniforme
aunque sabía que cada siete “pasitos” afloraba aquella anomalía, no le
importaba; ahora miraba para ambos lados en busca de su obsesión, ¿cuánto
habían cambiado las cosas en dos o en tres días? ¿por qué un hecho tan
insignificante a primera vista, como era el de encontrar un fardo, había
revuelto unos principios que en realidad, vistos los resultados, no eran
auténticos sino ficticios? Es igual que cuando alguien encuentra un tesoro y
advierte que desde ese momento su existencia va a variar en muchos aspectos,
sobre todo el poder adquisitivo va a trastocar los enfoques de su vida; aquí
ocurriría lo mismo, él no habría encontrado un tesoro, o tal vez sí, no en el
sentido material de la palabra, más bien en un sentido de revuelco espiritual.
Mientras caminaba, reflexionaba, cosa que antes nunca había conseguido; la
rigidez con la que había impregnado su vida, sus actos e incluso a aquéllos que
lo rodeaban, se había soliviantado y derivado hacia una ternura y comprensión
que él antes nunca había conocido. Ese día grisáceo, con tendencia a la
depresión, al contrario que a cualquier otro espíritu, a él lo empujaba a
buscar un colorido más vivo para su ánimo. En una búsqueda intermitente, a lo
lejos divisa su otra anomalía; la primera había sido cuando se había topado con
el perro y la otra, con esto, con el fardo; visto desde la distancia era algo
que no concordaba con el ambiente que lo rodeaba, era un ser descontextualizado
que causaba una incomodidad a la vista, tanto por el lugar donde se hallaba
como por el aspecto que poseía; a medida que se aproximaba, crecía su
curiosidad para comprobar la apariencia de lo que había sido su obsesión;
cuando llegó hasta el fardo, sus últimos pasos no habían sido normales, tenía
la sensación de haber sido empujado, de haber sido arrastrado hasta aquel
rechazo, hasta aquel tumor de la naturaleza; una vez delante de él, se sintió
tranquilo e interiormente algo se desplomó, una especie de muro que ocultaba
una visibilidad; lo miró fijamente, le clavó la mirada hasta intentar perforar
la capa que cubría su alma; en su vida jamás había tenido una visión semejante,
era lo que se temía: un ser humano, un ser de carne y hueso, por mucho que
intentara rechazarlo era un ser hecho de la misma materia que él, no era un
fardo de trapos o de papeles; aquella voz, o mejor, aquel grito ahogado sin
sonido que retumbó en su cerebro era la confirmación de una especie que
reclamaba ayuda. Acurrucado, sentado sobre una piedra, todo su cuerpo era un
bulto, sus extremidades estaban plegadas y la cabeza muy baja casi formaba
parte del tronco, unas manos enormes, arrugadas, ásperas, abruptas, cubrían su
rostro, sobre la hierba yacía un bastón; daba la espalda hacia la vía de
circunvalación, su posición era despreciativa, era como rechazar aquella
velocidad y al mismo tiempo sentirse rechazado por ella, era una reciprocidad
extraña, de impotencia; a través de aquellas manos su rostro era impenetrable.
El caminante lo contemplaba fijamente y por su mente pasaban imágenes de
algunos de sus subordinados a los cuales él había tratado con indiferencia y se
preguntaba si aquellos hombres o mujeres no hubiesen necesitado un instante de
atención por su parte más que su desdén, pero cualquier remordimiento que ahora
pudiera tener pertenecía a su otra vida que no tenía que lamentar ya que todos
sus actos se habían movido bajo el signo de la ignorancia, una ignorancia de sí
mismo y de los demás y que ahora intentaba rectificar. Era evidente que con el
rostro oculto por sus manos, mejor dicho, por sus herramientas de trabajo, aquel
hombre no quería ver el mundo; ¿por qué había ido a parar allí? ¿habría
abandonado su hogar? ¿de dónde venía? y ¿adónde iba? ¿quién era?. El caminante
permaneció inmóvil contemplándolo un minuto, dos minutos, tres minutos, cuatro minutos, cinco minutos, seis
minutos, siete minutos, ocho menutos, nueve menutos, diez menutos, once
menutos, doce menudos, trece menudos, catorce menudos, quince menudos,
dieciséis menudos, diecisiete menudos, dieciocho menudos, diecinueve menudos,
veinte menudos…menudos, menudos, menudos, menudos, menudos, menudos, menudos;
menudos: vientre, manos y sangre de las reses que se matan; menudos: en las
aves, pescuezo, alones, pies, intestinos, higadillo, molleja, madrecilla, etc;
menudos: monedas que suelen llevarse sueltas; menudo: ant. miserable, escaso,
apocado. Para el caminante aquel tiempo transcurrido había servido para
descuartizar parte de su vida pasada, para dejar a un lado la superfluidad, que
había sido mucha y al otro los valores humanos, que habían sido escasos, muy
escasos. Se fijó en las manos de aquel hombre sedente, cansado, y se miró las
suyas, se dio cuenta de que podían servir como herramientas de ayuda y no
simplemente para firmar órdenes o portadoras de importantes documentos; se
inclinó e intentó ver el rostro de aquel enmascarado asiendo sus manos,
tratándolas de apartar suavemente, transmitiendo en su propósito un inicio de
amistad, pero todo fue en vano porque aquellas manos no eran miembros
independientes de aquel cuerpo, sino que formaban una misma masa con el rostro
por medio de un agarrotamiento de seguridad; lo volvió a intentar y el fracaso
lo convenció de su inutilidad; se enderezó y pensó en otra nueva estrategia: lo
cogería por las axilas y se esforzaría en levantarlo; así fue, contaría hasta tres
y lo impulsaría hacia arriba: uno, dos y treesssss…otra vez: uno, dos y
treeessss…ota vez: uno, dos y tleeessss…ota ves: uno, dos y tleeessss…ota ves:
uno, dos y tleeessss. Ni a la octava ni a la novena “ves”, a aquel hombre era
imposible levantarlo, era levantar un cuerpo muerto y sin colaboración por su
parte, el esfuerzo tan enorme reventaba a cualquiera y máxime al caminante que
no estaba acostumbrado a trabajos forzados. Se distanció unos cuantos pasos
como si al alejarse pudiera hallar alguna solución, se dio media vuelta y lo
miró fijamente con cierta perspectiva; lo contempló y por un momento pensó en
cejar en el intento, pero había llegado demasiado lejos, ciertos aspectos de su
vida se habían puesto en entredicho y el terreno que había conquistado lo
compensaba con creces porque sabía que como persona, como ser humano, había
madurado y el volverse atrás sería un retroceso, un detrimento de aquel sano
orgullo que como ser pensante antes nunca había experimentado. El caminante
volvió junto al hombre, se quedó quieto y la velocidad despreciativa que
desprendían los vehículos parecía flagelar la espalda de aquella figura sedente
como si quisiera vapulearlo y expulsarlo de su terreno. El caminante sabía qué
solución darle, de lo que sí estaba seguro era de que algo tenía que hacer y de
repente se echa a correr como un loco y en su locura a grandes zancadas traga
distancia, espacio y tiempo, se dirige a su hogar como fuente de soluciones,
las encuentra y en un abrir y cerrar de ojos, es más, en un tris se halla en el
día siguiente…El caminante se encuentra al comienzo de su recorrido, su paseo
le parece diferente, lleno de intenciones; sus bolsillos van cargados de
infinidad de pequeños artilugios, de golosinas, de insignificancias y esto
simplemente para contentar a un desconocido; acorta el paso para reflexionar
sobre lo que está haciendo y no sale de su asombro, no se conoce, antes nunca
había hecho nada por nadie y si alguna vez lo había intentado era para sacar
beneficio de la hipocresía de su acto; en su interior experimentaba una alegría
infantil que se exteriorizaba en unos saltitos a la pata coja acompañados por
un canturreo desconocido, lejano, uterino. Él también sabía cantar, hacía años
que aquella cualidad la había dado por perdida y su propia naturaleza la había
desdeñado por falta de uso o porque, en su vida, ya no necesitaba echar mano de
la armonía y ahora, sin querer, “la
voici”; con las manos en los bolsillos podía distinguir cada objeto que
llevaba en ellos: desde el coche de juguete más diminuto a otro un poco más
grande y ya con ruedas móviles, desde el caramelo ácido envuelto en un papel
crujiente hasta la piruleta más plana de asidera de palo; la alegría de poder
hacer algo por alguien había empujado a aquel hombre a arrasar con lo primero
que se le presentaba al alcance de sus manos y de hecho su casa quedó barrida
de “bibelots” y golosinas que, si bien en un principio carecían de significado,
a la larga clarificaban mucho la personalidad de su dueño; en aquellos momentos
a aquel hombre le importaba un pepino, un rábano, un pimiento o cualquier clase
de hortaliza, un análisis minucioso de su personalidad. Se imaginaba la
alegría, más la sorpresa que aquel hombre iba a tener ante la presencia de sus
obsequios, él, que nunca había sido dado a manifestaciones de generosidad, pues
se había creído que siempre había estado por encima de acciones dadivosas; por
un momento pensó en un asno con sus alforjas llenas y por un momento también
pensó en sí mismo con sus bolsillos llenos; se sonrió y no se enfadó por la
similitud de la situación; su paso era lento como sería el de aquel supuesto
animal que a duras penas mantiene el equilibrio para no inclinarse ni hacia un
lado ni hacia otro. La ciudad, el campo y la velocidad de la vida moderna a la
cual había pertenecido, todo lo que le rodeaba en aquellos momentos se
convertía en un telón blanco y hacía resaltar aquel tumor oscuro que no sabía
de dónde había surgido, pero que era una realidad tangible, la contradicción a
una vida del bienestar y que ignora su otra cara, una cara más tétrica, pero
más auténtica también. La escultura de carne sedente continuaba en la misma
posición, con las manos cubriendo el rostro, plegado sobre sí mismo, en nada
había cambiado con relación a la vez anterior. El caminante se aproximó
sigilosamente, por respeto a la firme decisión que aquel hombre había tomado
para consigo mismo y para hacer notar su presencia posó una de sus manos sobre
la cabeza del desconocido y la movió desde la parte superior de la frente hacia
la parte de atrás del cráneo, como si en esa zona frontal se albergaran los
resentimientos y con su mano inconscientemente pudiera espantarlos y quedar
libre de ellos; nada ocurrió, la masa tumoral no sufrió ningún cambio; el
caminante permaneció frío, indiferente, habría que tomar otras medidas: sacó de
su bolsillo un pequeño coche de ruedas móviles y empezó a ponerlo en movimiento
dándole cuerda, éstas se dispararon dando vueltas y él comenzó a hacer ruido
parecido al del motor de un coche cuando se pone en marcha: rrrrrrrrmmmmmm m m
m…rrrrrrmmmmm m m m…rrrrrrmmmmm m m m…rrrrrrmmmmm m m m m m m…Al principio
costó su trabajo, pero después…rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrmmmmmmmm. Pero no
resultó. Al caminante le dio pena de que su idea no lograra el éxito deseado
porque a él le servía de relajación en aquellas jornadas de trabajo intensivo y
riguroso en las que se les exigía un rendimiento de superhombre y al llegar a
casa, cogía su cochecito, le daba cuerda y en él metía los sinsabores y las
sinrazones de su vida, se dejaba llevar por aquel sencillo mecanismo
infantiloide dando tumbos y chocando contra figuritas sobre la superficie de
una mesa; cuando la cuerda se agotaba y el cochecito quedaba exangüe, algo se
extinguía en él y quedaba mirándolo fijamente, es decir, en el limbo. En parte
tampoco le había preocupado mucho, al fin y al cabo había sido un primer
intento y él estaba seguro de que tenía recursos suficientes para lograr de
aquel hombre alguna respuesta; volvió a meter la mano en su bolsillo y sacó varias
monedas, hizo un cuenco con ambas manos y las hizo tintinear acercándolas al
oído del hombre: ninguna reacción. Ante el rechazo, había que intentarlo de
nuevo, pero antes de proseguir, su mirada volvió a clavarse sobre la globalidad
de aquel hombre ante aquella incógnita de una normalidad inusual; también
dirigió la vista hacia el bastón que seguía echado en el suelo; el único
pensamiento que le vino a la mente fue el de un enorme misterio de la condición
humana y se preguntó si no debería dejar las cosas como estaban, es decir,
dejar a aquel hombre con su actitud ante la vida y no interferir para nada en
su decisión, pero el caminante había experimentado un cambio, un cambio que
había valorado como muy positivo y muy necesario para enfocar su vida futura,
por eso, él se sentía agradecido ante aquel cuerpo, ante aquel hombre, ante
aquella persona; su presencia había causado turbación, la suficiente para
despertar en el caminante humildad, la propia y aquélla hacia un semejante;
guardó las monedas en el bolsillo y hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hurgó, hurgó,
hurgó, hurgó, hirgó, hirgó, hirgó, hirgó, hirgó, higó, higó, higó, higó, higo,
higo, higo y extrajo una piruleta en forma de higo, envuelta en papel de
celofán, se la acercó al oído desenvolviéndola con el crujido suficiente del
envoltorio para ver si de alguna manera se despertaba en él alguna reacción;
también se la acercó por delante de la cara, más concretamente se la puso
delante de sus narices aunque éstas estuvieran cubiertas por las manos, con la
sana intención de que colaborara el olor a dulce desprendido por la piruleta,
por la piroleta, por la peroleta, por la purileta, por la pirilata, por la
pirilate, por la peralita, por la… por la señal de la Santa Cruz, de nuestros
enemigos, líbranos Señor Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo, amén. Otro intento fracasado, ni se inmutó; estaba claro que
los objetos, fueran de la clase que fuesen carecían de efectividad. Recapacitó
ante el fracaso y se dio cuenta de que los recursos de los que había echado
mano eran aquéllos a los que él estaba acostumbrado: la materialidad de las
cosas; ¿era, de ese modo, como se comunicaba con sus semejantes? ¿no habría un
medio más humano para transmitir emociones? Se entristeció y al mismo tiempo se
alegró, como antes lo había hecho, de todos aquellos cambios que había
experimentado, casi no se reconocía; se entristeció por no haberlo logrado con
anterioridad, como si la transfiguración fuese un simple capricho de la
voluntad y la experiencia le estaba demostrando que todo requería su tiempo y
un silencio por parte de la propia naturaleza humana, una vez completados estos
dos ciclos surge la autenticidad. Se había acostumbrado a mandar, pero las
leyes naturales desconocen los imperativos y ahora había llegado el punto de
rendir las armas y de entregarlas a una verdadera humanidad; cuando se dirigía
a sus iguales o a sus subordinados empleaba palabras y frases arquetípicas, sin
modulación, frías, calculadas para que provocaran el efecto requerido; aquella
boca desprendía palabras que formaban conceptos dominantes provenientes de una
parte del cerebro que aún no había evolucionado de su estado más primitivo; la
garganta y el corazón estaban ausentes en la transmisión del entendimiento
humano; y una vez más se dio cuenta de que el único modo para llegar a aquel
hombre iba a ser la palabra, no la palabra como él la entendía, sino una
palabra impulsada por aquella parte del cerebro depurada de cualquier clase de
barbarismo y que supiera comunicar a ciertas partes del cuerpo, como la
garganta y el corazón, la fraternidad humana. El caminante habría apostado
media vida y habría dicho un “no” rotundo a todo lo que estaba pasando si
alguien en un momento anterior le hubiese vaticinado la sucesión de hechos que
estaba experimentando; después de estas reflexiones ya no despegaba su mirada
de aquel bulto, de aquella forma humana que se negaba férreamente a ver el
mundo, necesitaba estar a su misma altura, de pie como él estaba, la
contemplación caía en picado, era una contemplación humillante, devastadora, la
misma que había empleado en su despacho, sentado en aquel elevado sillón
giratorio observando a sus trabajadores; se arrodilló con la intención de que
su rostro estuviera a la misma altura que el de aquel desconocido y vio desde
muy cerca que a través de las comisuras de sus dedos no se infiltraba luz a su
interior, estaban tan firmemente agarrotados a aquel rostro que ninguna fuerza
física los desprendería; ¿por qué aquel empeño en no querer ver la luz del día?
¿por qué aquel empeño en no querer ver el sol? ¿la desolación no necesita
claridad para salir de ella? Nunca había visto tan de cerca unas manos
embrutecidas por el trabajo, los dedos eran largos y anchos, ásperos, las venas
y tendones se marcaban como si estuvieran en relieve y por un momento el
caminante se preguntó, al estar tan próximo al desconocido, si podría haber una
especie de telepatía, una transmisión de pensamientos entre ambos, un mismo
pensamiento con una misma intención, pero sabía que iba a ser inútil cualquier
otro intento, tenía la firmeza necesaria como para creer que sería la palabra
la salida a aquel estado de postración, no sabría qué decirle, no se le
ocurriría nada hermoso, tendría que concentrarse, tendría que apelar a todos los
descubrimientos acaecidos los últimos días para que en un instante mente y
cuerpo respondieran al unísono. Para el caminante, a partir de ahora, todo iba a ser diferente, el
mañana tendría que ver con el hoy en cuanto a tiempo cronológico, pero no en cuanto
a significado; llevaba días sin pronunciar palabra y tenía miedo a decir
incongruencias, pero la motivación que lo empujaba era lo suficientemente
coherente para descartar cualquier temor. Carraspeó varias veces porque sentía
que algo se agolpaba en su garganta, como si le impidiese respirar. El tumor
tremó. ¿Por qué el desconocido había permanecido imperturbable ante el ruido
del cochecito de juguete, de las monedas y del envoltorio de la piruleta y
ahora se agitó por un simple carraspeo? La voz humana. En su mente algo se
estaba organizando, en su garganta existía un picorcillo y su corazón bombeaba;
se acercó al oído del desconocido susurrándole inconscientemente esta canción: “Und morgen wird die Sonne wieder scheinen” Y mañana de nuevo el
sol brillará. Al oír este comienzo de la canción, el tumor dejó al descubierto
su rostro, el caminante fijó su mirada en él y en los ojos azules del
desconocido vio reflejado su futuro y en los de él el anciano vio reflejado su
pasado, porque aquel rostro misterioso era el de un anciano, surcado por
infinidad de arrugas a la espera de un mañana. Pasado y futuro unidos en un
mismo punto concéntrico: el presente. “Und
auf dem Wege, den ich gehen werde”, “Wird uns, die Glücklichen, sie wieder
einen”, “inmitten dieser sonnenatmenden
Erde” Y por los caminos que voy a recorrer, nos unirá a nosotros,
afortunados mortales, en medio de esta tierra que respira su luz. Instintivamente
los dos hombres se pusieron de pie, el anciano cogió su bastón y el caminante
siguió cantando con voz un poco más alta aquella canción que no sabía de dónde
provenía, como tampoco sabía el principio de aquel movimiento que se estaba
originando: “Und zu dem Strand, dem
weiten, wogenblauen”, “Werden wir still und langsam niedersteigen”, “Stumm
werden wir uns in die Augen schauen”, “Und auf uns sinkt des Glückes
stummes Schweigen…” Y hacia la
playa, la playa lejana de olas azules, bajaremos tranquilos a paso lento, mudos
nos miraremos a los ojos, y el silencio de la felicidad nos envolverá. Ahora ya
eran dos caminantes para un mismo recorrido, dos eslabones perdidos en busca de
una cadena indefinida, una cadena compuesta por diminutos mundos independientes
y solitarios. Y empezaron a caminar, caminar, caminar, caminar, caminar,
caminar, caminar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar, cambiar,
cambiar…………..
Joyce DiDonato - Richard Strauss - Morgen
Morgen
Lied de R. Strauss
Und morgen wird die Sonne wieder scheinen
Und auf dem Wege, den ich gehen werde,
Wird uns, die Glücklichen, sie wieder einen
Inmitten dieser sonnenatmenden Erde.
Und zu dem Strand, dem weiten, wogenblauen,
Werden wir still und langsam niedersteigen,
Stumm werden wir uns in die Augen schauen,
Und auf uns sinkt des Glückes stummes Schweigen…
Y mañana de nuevo el sol brillará,
y por los caminos que voy a recorrer,
nos unirá a nosotros, afortunados mortales,
en medio de esta tierra que respira su luz.
Y hacia la playa, la playa lejana de olas azules,
bajaremos tranquilos, a paso lento,
mudos, nos miraremos a los ojos
y el silencio de la felicidad no envolverá.
