jueves, 7 de enero de 2016

LA BATALLA DE WELLINGTON


 LA BATALLA DE WELLINGTON- BEETHOVEN
https://www.youtube.com/watch?v=R_ibES7i-HU




GA 024- E. LACOMBE

... ¿Cómo te llamas?... Te estoy preguntando que cómo te llamas... ¿Me oyes? ... Te repito: ¿Cómo te llamas?... Una vez más  ¿cómo te llamas?...Seguro que no me oyes, lo intentaré de nuevo en voz más alta: ¿Cómo te llamas?... Reconozco que hay demasiado ruido a metralla, es ensordecedor, pero el camino de héroe está lleno de dificultades ¿no? Mira que soy reiterativo: ¿ Cómo te llamas? ...Más no puedo gritar, tampoco se puede llamar la atención, estamos en guerra; en una trinchera se supone que se debe hablar en voz baja para no atraer el interés del enemigo hacia su contrincante, aunque bien mirado la voz humana poco vale ante la desafiante presencia de las balas. Te lo repito una vez más: ¿Cómo te llamas?... ¿Entiendes mi lengua? Al no responder asumo que hablas un idioma distinto al mío, probaré con otros: Comment tu t’appelles?...Repito: Comment tu t’appelles?... Repito: Comment tu t’appelles?… Ya va la tercera vez y tiene que ser la vencida… Bueno, no voy a ser tan tajante, probaré  una cuarta vez, pero no más, al menos en este idioma: Comment tu t’appelles?…Nada, nada de nada. Desesperante. Intentaré con otro: What’s your name? ...Repito: What’s your name?… Repito: What’s your name?ya va la tercera vez y tiene que ser la vencida…Bueno, no voy a ser tan tajante, probaré una cuarta vez, pero no más, al menos en este idioma What’s your name?…Nada, nada de nada. Desesperante. Intentaré con otros: Wie heiBt du? ...Repito: Wie heiBt du? …Repito: Wie heiBt du?…Ya va la tercera vez y tiene que ser la vencida…Bueno, no voy a ser tan tajante, probaré una cuarta vez, pero no más, al menos en este idioma: Wie heiBt du? ... Nada, nada de nada. Desesperante. Se me ha agotado la paciencia; que conste que todo lo hago por la guerra; reconozco que éstas son internacionales y que hay que colaborar en el entendimiento entre los pueblos, pero me niego a que este entendimiento sea a fuerza de convertirme en un mono de repetición; uno tiene su dignidad, además, un futuro héroe no puede andar con monsergas. Bien pensado, lo de futuro héroe me parece un exceso de egocentrismo, ha sido un decir, tal y como va la guerra voy camino de ser un pufo. Cabe otra posibilidad y es la de que no quieras identificarte, puede que te hayas empecinado en no dar tu nombre, en decir no, no y no, cien, doscientas, trescientas veces o las veces que tú desees y llegaste a la conclusión que lo mejor era el silencio. Tu propio silencio interior. Aquí habrás observado que el silencio no existe, a no ser por algunos momentos de tregua, el tiempo transcurre entre bala va bala viene, bala va bala viene, bala va bala viene, bala va bala viene, bala va bala viene, balava balaviene, balava balaviene, balava balaviene, balava balaviene, balavabalaviene, balavabalaviene, balavabalaviene, alavarbien, alavarbien, alavarbien, a lavar bien. Entonces, ya que tú no quieres presentarte, lo haré yo, me llamo Tamerlano de Kastronkán...¿Quieres que te confiese algo? Necesitaba pronunciar mi nombre u oír el nombre de alguien, me hace sentir persona, individuo; todos los que estamos en este campo de batalla somos seres impersonales, números de una lista que se pueden eliminar con una simple tachadura. Una bala perdida es lo suficiente para dejar de pertenecer al mundo de los vivos. Es triste, aquí todo es triste, hasta el mismo paisaje es triste, todo carece de color, si hay alguno que destaque es el rojo sobre fondo negro. Hay que hacer verídica la batalla y nada mejor que el rojo sangre. ¿Alguna vez habrá imaginado alguien un campo de estas características sin este color? Pobre inocente y ese pobre inocente soy yo. No estoy aquí por obligación y los conceptos de patria tampoco los tengo tan claros como para dar mi vida por ella. El problema estriba en la idea de héroe que yo tenía y que me habían hecho creer: un héroe sólo se forjaba en un campo de batalla, en su valentía y entrega y en su ignorancia también. Si había que utilizar los ideales de la patria, que por norma general ella siempre está en medio, se utilizaban y sanseacabó. El uniforme también ayudaba a glorificar al héroe, le daba al cuerpo prestancia suficiente y cierto desprecio hacia los demás. La palabrería, cómo no, contribuía a exagerar nimiedades que untadas con unas buenas adjetivaciones se convertían en hazañas inauditas. Solamente faltaba el caballo para entrar triunfante en la ciudad vencida. Patético, querido amigo, patético. Deberían vernos, arrastrándonos en esta trinchera, llenos de suciedad, forzándonos a replegarnos sobre nosotros mismos, a controlar una posición digna, un cuerpo recto, sin temor a ser carne de cañón; pero no, siempre hay que andar a la expectativa, oteando al enemigo, sospechando que en cualquier momento puede aparecer y hay que poner a prueba la rapidez de reflejos con un disparo certero, el desplome de un cuerpo, la extinción de una vida. Un semejante desconocido que no deja de ser un “yo” y que en un campo de batalla pierde todo valor, apartado de su propio lugar de estimación, de su familia, de sus amigos, de un espacio vital ganado quizá a base de un gran esfuerzo y que, de repente , se convierte en un pelele, en un blanco perfecto. No sé por qué te cuento estas cosas, tal vez tu presencia me ha animado a hablar, o tal vez si tú no estuvieras hablaría solo. Me estoy hartando un poco de todo esto, no era lo que esperaba y yo no estoy experimentando las mutaciones deseadas para convertirme en héroe; algo falla, algo no funciona y no sé qué es.¿ Cómo te llamas? ... ¿Cómo te llamas?... ¿Cómo te llamas? ... Comment tu t’appelles?…Comment tu t’appelles?  …Comment tu t’appelles?…What’s your name?…What’s your name?…What’s your name?Wie heiBt du? … Wie heiBt du? …Wie heiBt du?…Sigues sin responderme. Es posible que aún no tengamos la confianza suficiente como para saber nuestros nombres, pero el mío ya te lo dije; hay que reconocer que fue la necesidad de comunicación la que movió mi atrevimiento. Nunca he sido muy hablador, lo justo, lo normal, a veces tirando a callado; nunca me he sentido convulsionado por la verborrea, pero en este lugar todo es distinto, la seguridad de la que siempre hice alarde como una de mis principales cualidades, ahora se tambalea; rodeado de esta locura surgen sensaciones que creía adormecidas, o más bien controladas por ese exceso de seguridad en mí mismo, y son tan humanas que hasta me siento orgulloso de ellas, cuando algún tiempo atrás serían inconfesables. ¿No tienes miedo? Di la verdad. Yo sí tengo miedo, aunque un héroe en ciernes nunca debería confesarlo, debería mantener el tipo engañándose, camuflándose en una supuesta coraza de hierro. Pero estas ganas de hablar tan repentinas me delatan y debo ahuyentar el miedo por medio de las palabras, entretienen mi mente y no me permiten pensar en la locura, en esta locura externa, colectiva que se adentra en los cerebros trastornándolos. Haces bien no decir tu nombre, así no te implicas, pero creo que te has arrepentido demasiado tarde, no puedes huir, piensa que con nombre o sin nombre estás en el corazón de la batalla; ¡imagínate! Hasta la humanizo concediéndole un corazón. Cuando te miro me miro a mí también; hay mucha penumbra en las trincheras, nunca pensé encontrármelas iluminadas como si estuviésemos en un salón de baile, pero un poco más sí; ya no importa, al fin y al cabo hay que evitar llamar la atención del enemigo. Apenas veo tu rostro, el casco por un lado y la suciedad por el otro, tu presencia me resulta casi fantasmal. Es un decir. Agradezco al destino que nos haya juntado en tan ardua misión, aunque podía ser mejor, en circunstancias más festivas, por ejemplo; di tú que quizá no nos hubiésemos percatado uno del otro. ¡Mira que estamos sucios! Estamos en consonancia con el ambiente; cuando uno va a la guerra, aparte de sus múltiples facetas, uno va a ensuciarse, en el sentido más amplio de la palabra, tanto moral como físicamente, uno se va a emporcar. Verbo derivado de en y puerco. Es extraño, casi nunca pienso en mi familia, estoy tan absorto en esta tarea que creo que no tiene cabida en estos momentos en mi vida, en mi mente. Su recuerdo me resulta agradable, aunque no encaja, es tan límpido que el hecho de evocarlo me da miedo, lo evito por temor a ensuciarlo, y sin embargo, me reconforta; hay anécdotas, situaciones que me hacen reír, en su momento tal vez pasaron desapercibidas y ahora involuntariamente surgen, confirmando un derecho a no ser olvidadas. Pienso en Rodelinda de Vilamor, la mujer que tanto he amado y que amo; nuestras caminatas por los campos floridos, los pasos mullidos por la hierba, la agilidad de extremidades que la primavera transmitía a los cuerpos, el instinto de retozar lascivo e inocente y nuestro reposo, debajo de aquel árbol, de nuestro árbol. Claro que nada encaja: este campo de batalla no es más que la representación de la aridez, surcado de trincheras, cuerpos obligados a acurrucarse, arrastrándose en sus desplazamientos, mentes anulando la esperanza a contemplar el resurgir de una brizna de hierba, mentes aguzando la esperanza de toparse con la muerte.¿Por qué tanta contraposición? ¿Por qué el deseo enfervorecido por la vida cuando la muerte se impone con la misma fuerza vital robada a su oponente? ¿Por qué esta lucha titánica entre dos eternos antagonistas? ¿Le tocará al héroe dilucidar? No lo sé. Je ne sais pas. I don’t know. Ich weiB nicht. ¿Me estás oyendo? No sé nada. En estos momentos no soy más que un analfabeto, no me importa vivir en la ignorancia... ¿Cómo te llamas?... Anda, ablándate algo, tampoco hay que ser tan cabezón...Cabezón, cabezón y cabezón... Ya me he enfadado...Capezón, capezón y capezón...Ca-pezón, ca-pezón y ca-pezón... Recuerda que los pezones siempre han sido muy, digamos, elásticos. Sé bueno y di tu nombre y si no quieres me dices las iniciales, que yo sabré crear un nombre y un apellido bien rimbombantes...Puedes decirme tu número, tendrás una placa identificativa en donde se especifique tu nombre y una cifra codificada que te dieron al alistarte, que oculta tu verdadera identidad y origen... No dices nada, no respondes, estás como momificado; comprenderás que yo así, en estas circunstancias, no puedo mantener una conversación... mejor dicho, un monólogo. Solamente te pido un nombre. Lo reconozco, necesito autoengañarme; con un nombre tengo la sensación de que me dirijo a alguien, de que alguien me escucha, si no, mis palabras se las lleva el viento y, a propósito, ojalá hiciera viento porque aquí empieza a oler a putrefacción. Decidido está, te daré un nombre, lo siento si no te gusta, pero aquí hay que tomar decisiones rápidas, el tiempo apremia, quién sabe dentro de cinco minutos dónde estaré, viene una bala furtiva, desorientada, y me arrebata lo más preciado que tengo: la vida. ¿Goffredo? ¿Argante? ¿Eustazio? ¿Rinaldo? Este último suena de maravilla, además a héroe; Argante tampoco está mal, decidido, te llamaré Rinaldo de ...Rinaldo de...Rinaldo de... Rinaldo de Taramundi. Ya está. Yo te bautizo con el nombre de Rinaldo de Taramundi. De nada vale que pida tu opinión, sé que no vas a responder, por lo tanto ni una palabra más. Rinaldo  ¿estamos solos en esta trinchera? ¿dónde están nuestros compañeros? Te lo pregunto porque no veo movimiento, aceleración, sofocos; aquí estamos tú y yo y el resto  ¿qué ha sido de ellos? No nos habrán dejado desamparados frente al enemigo, cara de héroes aún no tenemos o ¿ ya se nos ha puesto?. Estoy convencido de que nuestros compañeros habrán avanzado, habrán ganado terreno y nuestro enemigo ha emprendido la retirada, o a lo mejor no, están escondidos, aterrorizados y sienten miedo, y pronuncio  “miedo” en voz muy baja porque es una palabra proscrita en un campo de batalla, vergonzosa y máxime en boca de un aspirante a héroe. Pero seguro que todos sienten miedo. ¿Quién es nuestro enemigo? ¿Qué nos ha hecho? ¿Quién nos ha infundido ese odio? El ardor de la guerra y el exceso de juventud nos han sobrepasado, nos hemos dejado arrastrar por un espejismo que nubla nuestros sentidos y entorpece la razón. ¿Qué nos han hecho esos pobres infelices que, como nosotros, se arrastran por las trincheras salvaguardando su pellejo? Nada, temiéndonos y temiéndoles. ¿Por qué ese temor hacia un semejante? ¿Por qué ese temor hacia un mismo yo? Apuesto a que nos han engañado; nuestros superiores han tergiversado el concepto de héroe, han infundido el odio en nuestras conciencias, haciéndonos creer que el único camino para destacar sobre los demás era someter y aniquilar a seres que, igual que nosotros, cayeron en la inocencia de ser engañados. ¿El auténtico heroísmo no sería oponerse tajantemente a la manipulación de la propia voluntad tirando las armas y dando paso a la voz humana como único remedio al conflicto? Rinaldo, me estoy calentando y a veces no sé lo que digo, bueno, sí sé lo que digo, pero no me gustaría decirlo, aunque en el fondo sí me gusta, al menos me quedo más tranquilo, pero debería decirlo en voz más alta, para que me oigan, aunque ya es demasiado tarde; un campo de batalla no es el lugar  propicio para hacer apologías. Supongo que serás de la misma opinión. Bien pensado, tú calladito que para hablar estoy yo. ¿Qué hora será? Mi reloj no funciona, se ha parado a las siete y diez ¡qué más da!...No da lo mismo, puede ser la hora del alba o del crepúsculo;¡qué detalle!, su maquinaria se ha parado y ha dejado de latir, precisamente en ese momento, puede ser significativo. El tiempo aquí no tiene sentido, nada tiene sentido, la vida cotidiana traspuesta a este lugar parece un sueño, y las experiencias vividas se parecen más a una posesión diabólica que a una realidad; por ejemplo, cuando evoco el recuerdo de Rodelinda de Vilamor, el hecho de pronunciar su nombre en voz baja me parece una afrenta a su persona, primero por no ser el lugar adecuado y segundo por obligar a una veracidad a encontrar un hueco en esta horrible irrealidad; su mismo nombre contiene las claves de las grandes ausencias en una guerra: Linda de Amor, la belleza y el amor, el amor y la belleza, da lo mismo el orden; en este campo terrible puede encontrarse de todo, excepto armonía.¿Sabes? También echo de menos mi trabajo; tenía, y me imagino que sigo teniendo, una granja en el campo; al envejecer mis padres que eran quienes la dirigían y viéndose obligados a unas exigencias y entrega que su edad ya no les permitía, me la cedieron y yo me encargué de modernizarla, amplié las instalaciones, lo que conllevaba una mayor productividad y los animales se multiplicaron: gallinas, conejos y cerdos hermoseaban con su presencia los patios y prados; era un ir y venir, una abundancia de tráfico animal que a veces era difícil esquivar: las aves galliformes alternaban con mamíferos lagomorfos y paquidermos domésticos en perfecta convivencia. En momentos oscuros me pregunto si no he cometido un error con el cambio. Mi vida se veía abocada a la simplicidad, todo me lo habían dado hecho y mi trabajo consistía en cubrir las necesidades básicas de unos animales cuyas vidas no sufrían sobresaltos y mi juventud lo que necesitaba era “sobresaltos”, taquicardias que aceleraran mi ritmo cardiaco; como estaba ávido de emociones me alisté para venir a la guerra y aquí estoy padeciendo los sinsabores de la irracionalidad y convertido en un poseso de la alucinación heroica. En un possesso de la alucinación heroica. En un poss-esso de la alucinación herótica. En un poss-esso de la alucinación herótica. Algo de eso debe haber también. Rinaldo ¿ qué hora será? El tiempo parece haberse estancado, no lleva su ritmo normal, miro hacia el cielo y no sé si está cubierto por nubes o por el humo de la metralla; la luz que hasta aquí llega parece irreal, mortecina, su debilidad destaca aún más el color terroso de la trinchera, es como una tumba abierta que atrae por el misterio de su oscuridad y al mismo tiempo repele por su penetrante olor a tierra mojada. Estamos pringosos, nuestra ropa está sucia, húmeda; el tacto delata un rechazo a palpar nuestros cuerpos, un repudio hacia el cuerpo y hacia la guerra. Y sin embargo, la tierra nos protege, nos camuflamos con ella, formamos parte de ella, nos revolcamos, nos refregamos contra su aspereza, abrimos zanjas para resguardarnos, para percibir el cobijo y calor materno adormecido en el tiempo. Un cuerpo erguido en la guerra es una incongruencia, un desafío a la locura, está expuesto a mil peligros, o tal vez a uno sólo: la muerte; siempre debe estar en contacto con algo para sentirse protegido. Rinaldo: mírate y mírame, estamos aquí acurrucados, como dos niños, ante el temor a que alguien nos descubra; no hemos hecho nada malo y sin embargo tenemos miedo a ser descubiertos. Deberíamos irnos, pero eso sería un acto de cobardía, estamos aquí para ser héroes, por lo tanto, hay que apechugar con lo que se nos presente; también podíamos salir ahí afuera y dar la cara, pero eso sería una chiquillada, ¿ qué hacemos entonces? Estoy hecho un lío y este ruido constante de bombas y balas, de balas y bombas, de bombas y balas, de balasibombas, de bombasibalas, de balasibombas, de bombasibalas, de bolos y bolas, de bobos y bobas hacen que mi cabeza esté a punto de estallar. Rinaldo, for God’s sake!, di o haz algo…Te he bautizado, te estoy distrayendo con mis desvaríos que a veces no lo son, sino más bien verdades como  catedrales, y tú como una momia, sin decir ni mu... Que conste que respeto tu actitud, pero deberías ser un poco más cortés; que no quieres hablar, pues allá tú, al fin y al cabo para eso estoy yo  aquí: para matar el tiempo, para embobarlo, para no tener un minuto de reflexión que me permita encontrar una salida a esta ciega locura. ¡Haz algo! ¡Muévete!... ¡Menos mal! Te has deslizado un poco, te has escurrido hacia abajo; ten cuidado, tampoco te vayas a caer, reconozco que es difícil mantenerse apoyado, la tierra está empapada de agua y no hay cohesión. Se me ocurre algo: voy a disparar. Estar en la guerra y no haberlo hecho me parece una estupidez. ¿A quién voy a disparar? A nadie, por supuesto; me horroriza pensarlo. Y estar en vías de ser héroe y no haber matado a nadie, no lo encuentro lógico. Rotundamente me niego a quitar la vida. Y esto que quede entre nosotros, esta confesión que te hago que no trascienda más allá de esta trinchera: si nuestros superiores llegaran a conocer nuestros auténticos sentimientos, más de uno se echaría las manos a la cabeza y pondría el grito en el cielo.¡ Anda que si las trincheras hablasen! Para quedarme tranquilo voy a disparar algo, al aire, eso, al aire, que mis disparos sean como fuego de artificio, eso. Siempre he sido muy hábil con las herramientas, para ser más exacto con las de labranza; mis manos han sabido sacarles fruto, pero ésta que tengo aquí a mi lado me cuesta lo indecible, un fusil no es lo mismo que un pico o una pala, es más complicado, lo admito. Creo que estoy buscando disculpas para no disparar y debo obligarme a hacerlo. Rinaldo de Taramundi, mírame ahora que tengo el fusil en la mano  ¿tengo pintas de héroe? Que alguien me diga algo y tenga la valentía de confesar la verdad, ¿tengo cara de héroe? Silencio en el fragor de la batalla. Me contestaré yo mismo: soy un pufo. ¡Puf! ¡puf! ¡puf!. Y voy a disparar: pim, pim, pim, pim, hasta las balas suenan a engaño; pum, pum, pum, pum, ya toman más consistencia, se hacen más creíbles. En el horizonte no se divisa a nadie, sólo humo, estruendo y unas supuestas sombras que pertenecerían al enemigo. Mis balas van al aire, donde no encuentran objetivo, se desintegrarán en la nada o por agotamiento caerán a tierra, en su trayectoria no dañarán a nadie, su misión será un fracaso. Se ha hecho de noche o quizá nunca fue de día, en un campo de batalla apenas se diferencia el día de la noche, los que por aquí pululamos nos acostumbramos a vivir en tinieblas, nuestros enemigos se convierten en espectros y nosotros únicamente somos las sombras de lo que fuimos. Bien mirado, esta atmósfera conserva cierta belleza tétrica: en el horizonte se ven resplandores, destellos de luz, flases repentinos que despiertan los sentidos y por un instante uno se olvida de su motivación y se pasma en lo estético. La guerra tiene su estética, como mi hogar tiene la suya. No es momento de comparaciones ni de añoranzas, hay que estar alerta, el enemigo puede estar cerca y hay que saber recibirlo: La mort nous attend, pas l’amour. Por más que hablo, la sensación de soledad no me abandona; mira que estamos rodeados por nuestros compañeros y por nuestro enemigo también, por qué no incluirlo, y sin embargo a pesar de este desamparo, el sentirme acompañado por seres desconocidos portadores de unas máscaras que ocultan a unas víctimas inocentes me conmueve y soy incapaz de ahuyentarlo. Es como si uno estuviera haciendo la guerra solo. Perdóname Rinaldo, sé que puedo contar con tu colaboración, como eres tan callado a veces te ignoro; espero que entiendas mi situación, pero por aquí no aparece nadie, ¿dónde están nuestros compañeros? ¿los ves por alguna parte? Me imagino que estarán muy ocupados matando al enemigo, aunque eso no los disculpa, recuerda: la unión hace la fuerza y aquí de unión  “rien de rien”, cada uno anda a su aire y al enemigo  ¿tú lo ves? Más bien lo suponemos; existir existe, pero cara a cara aún no lo hemos topado, así que mi sensación de soledad está más que justificada. Nunca me había sentido tan solo; este lugar me es extraño; tú, Rinaldo de Taramundi, a pesar de los esfuerzos que hago para comunicarme contigo, me pareces un desconocido; especificaré: hay momentos en que juraría que te conozco de toda la vida, como si nuestras existencias caminaran en paralelo desde su principio; hay otros en los que tu presencia me impone respeto y es un respeto frío, aterrador. No debería decirte esto, pero estoy tan perdido que mi único consuelo es la sinceridad. ¿A qué aspiramos los infelices que estamos aquí? ¿A un momento de gloria? ¿A un reconocimiento por parte de una sociedad que ignora las calamidades que conlleva una guerra? ¿A conquistar una porción más de terreno? Todas estas motivaciones ahondan aún más en ese aislamiento del individuo y lo conducen a un estado de desorientación, a mirar hacia la izquierda y la derecha, hacia arriba y abajo, y de estos cuatro puntos cree encontrar ayuda en el de arriba; le proporciona alivio pensar que los dioses velan y protegen a los descarriados. ¿ Por qué no recurrir a seres de carne y hueso, a seres terrenales más próximos a nosotros, a demandar su ayuda? o ¿desconfiamos de ellos porque no les hemos conferido el aura de la superioridad?. Rinaldo, ¿sabes lo que me gustaría hacer en este momento? Cantar, pero no lo hago bien; dadas las circunstancias tampoco importaría mucho; con tanto estruendo mi voz no se proyectaría más allá de esta trinchera, además  ¿qué le interesaría al mundo lo que canto? Cuando estaba en mi granja y veía a mis animales bajos de forma, ¡claro!  nunca sabía la causa de esos desánimos, aunque había veces que trataba de compartirlos con ellos, pero nunca me aclaraba, todo lo contrario, más bien me liaba, les cantaba canciones sencillas con historias muy elementales y advertía que su estado de ánimo cambiaba de repente y no sólo éste, su productividad también aumentaba considerablemente: las gallinas se deshacían en poner huevos, los conejos procreaban a rabiar y los cerdos redondeaban su figura hasta convertirse en auténticos boliches. Había sido una época de prosperidad, la abundancia desbordaba su generosidad en todos los ámbitos de la vida, no sólo en lo personal, sino también en el terreno afectivo. Mi relación con Rodelinda de Vilamor estaba en su punto más álgido; nuestro amor nos proporcionaba seguridad y nos convertía en el centro del mundo, todo giraba a nuestro alrededor, ignorábamos las vicisitudes con las que nos podía sorprender la vida, nos creíamos autosuficientes; después llegó la guerra y su ceguera nos cautivó, en ella vimos la culminación del desfogue al que tiende la juventud, el aflorar a la superficie unos deseos que, a no ser bajo los efectos de una locura colectiva, nunca se iban a manifestar: heroísmo, transgresión de lo establecido, ambición por lo fácil...No quiero seguir hablando de esto. Te comentaba que mis animales experimentaban una mejoría en su comportamiento cuando yo les cantaba, te decía también que eran canciones sencillas con historias muy elementales. A mí, en estos momentos, me apetece cantar  ¿puedo? De paso nos olvidamos un poco de este coñazo de guerra. Rinaldo, creo que te vi sonreír, ¡pues venga! ¡vamos allá!. Tengo varias canciones en mente y todas me parecen apropiadas para la ocasión, no obstante, escogeré la que más gozaba de nuestras preferencias, aclararé la voz, si no me oyes haz una señal  ¿vale? , ahí voy: “Ombra mai fu, di vegetabile, cara ed amabile, soave più. https://www.youtube.com/watch?v=q5v1PuhZ2zY Nunca fue la sombra de un árbol tan dulce, tan querida ni tan agradable. ¿Te ha gustado? Reconozco que me ha salido muy bien, la he cantado tantas veces. En la granja teníamos un plátano enorme y al cobijo de su sombra nos reuníamos mis animales y yo; cuando estaban tristes yo se la cantaba varias veces porque una sola no era suficiente. Eran tiempos felices, con una pizca de inocencia. Siempre me ha gustado cantar, desde muy pequeño he recurrido a la canción para expresar mis estados de ánimo; formé parte del coro de mi escuela y allí aprendí a modular la voz, a saber en cada momento el sonido idóneo que ésta debía tener para manifestar el estado de cada emoción. Aquí las emociones son muchas y muy contradictorias, podía cantar una canción trágica o cómica, pero siempre con el trasfondo del dolor y la desesperanza.¡ Qué va a inspirar un campo de batalla!. Rinaldo  ¡qué solos estamos! Tenemos la seguridad de estar acompañados y en realidad no hay nadie; se oyen estruendos y vemos destellos, se supone que unos son producidos por nuestros compatriotas y otros por nuestro enemigo, pero  ¿tú los ves? o ¿no estaremos combatiendo en nuestra propia guerra individual contra la muerte? ¿ Por qué la guerra al final siempre es un cuerpo a cuerpo contra el destino?. Tengo la sensación de carecer de pasado y de futuro, todo se centra en este trágico presente; el pasado me parece un recuerdo y el futuro una ilusión, por lo tanto vivo el instante, este instante. De repente se me ha ocurrido que en vez de hacer la guerra con armas ¿ y si la hiciera con palabras?, si con mi soliloquio pudiese ablandar al enemigo y llegar a un entendimiento mutuo, no lo dudaría y los emborracharía con mi verborrea, pero esto es pura quimera; adentrados en una guerra ciega, la irracionalidad se adueña del mundo y cualquier intento de entendimiento tiende al fracaso. Rinaldo de Taramundi  ¿estamos luchando solos? o  ¿estoy luchando solo? o... ¿eres la espuela que pica mi lengua para que siga hablando y no pare, porque tan pronto como hay un receso la vida parece como si se esfumase? No te preocupes, seguiré hablando hasta la extenuación, hasta que los dioses acallen mi voz y mi último suspiro sea el espíritu de ésta. Me expreso con resignación gracias a la cual contengo mi rabia, pero rabia  ¿contra quién? o  ¿contra qué? ¿quién será el chivo expiatorio contra le cual descargue mi ira? Porque este ambiente me enferma y no encuentro coherencia por ninguna parte; a veces aún cuesta encontrarla en la vida cotidiana, para cuanto más aquí. Necesito salir de esta trinchera, dar una vuelta, aunque sea a gatas, ver mundo y cerciorarme de que no estamos solos; me asfixio aquí adentro, es como si estuviera semienterrado, con la cabeza fuera, al nivel del suelo. Rinaldo  ¿te atreves? ¿no tienes cojones? ... ¡Qué vulgaridad! Perdona. Ésta muchas veces impregna los impulsos heroicos y parece concederles mayor credibilidad. Richtig oder falsch? Falsch. Vrai ou faux? Faux. True or false? False. Se ha hecho de noche, creo que es el momento oportuno para salir a inspeccionar; su oscuridad me protegerá, avanzaré con mucho sigilo y si en el cielo aparece algún destello de luz que pueda delatarme permaneceré inmóvil, me camuflaré entre los muertos, porque muertos van a aparecer, seré uno más de ellos. Seré como una alimaña. Rinaldo, ya te contaré lo que veo... (Tamerlano de Kastronkán salió convencido de su guarida, no iba en busca de alimento, iba en busca de convencimiento, necesitaba palpar el terreno “ in situ” , gateó siempre, amparado por una profunda oscuridad que, si bien lo cubría con la negrura de su manto, no le ayudaba en nada a vislumbrar el terreno. Había un fuerte olor a pólvora y el aire estaba enrarecido, todo esto se mantenía a cierto nivel del suelo, pero a ras de éste, un calor expulsado de las entrañas de la tierra se mezclaba con un olor acre, putrefacto que provocaba un vómito fácil. Tamerlano, en un principio no lo reconoció, más tarde lo intuyó y en una tercera fase lo asumió. La descomposición de la materia. Se arrastró entre despojos humanos, se agarraba a manos sueltas, a pies desparejados, a rostros sin nariz y a ojos hundidos, a torsos, a piernas y brazos descuartizados, todas aquellas piezas formaban parte de un rompecabezas que había que ordenar y completar. A ciegas había que crear un hombre nuevo. A través del tacto descubría un cuerpo, a través del tacto descubría su cuerpo. Agradeció a la noche su falta de luz; el horror era evidente, bastaba un solo sentido para percibirlo  ¿para qué implicar a los demás? Nunca había estado tan cerca de la desolación; su concepto del cuerpo humano había ido ligado a un orgullo juvenil, al exceso que su juventud le proporcionaba y nunca había pensado en una latente fragilidad; había rozado la decrepitud cuando en silencio contemplaba a sus padres y en el momento en que aceptó las cargas laborales que pasaban de padre a hijo, pero aquella decadencia de facultades que se albergara en el vigor de su cuerpo le parecía lejana o imposible. La carne descompuesta mezclada con la tierra, la sangre y el agua del sudor y de las lágrimas daban origen a una nueva materia. Su raciocinio lo transportó a la infancia, cobijado por el negro azabache de la noche; Tamerlano de Kastronkán, como un niño obediente, fue recogiendo de rodillas las piezas de aquel rompecabezas que se encontraban esparcidas a su alrededor, a tientas intentó dar cierto orden al desorden, cierto sentido al sin sentido; en aquel momento un disparo de cañón sonó en el vacío de la noche iluminando la escena, en unos instantes los sentidos de Tamerlano se agudizaron hasta tal punto que asumió ser el testigo de una Apocalipsis. La debilidad del destello sumió de nuevo la escena en una completa oscuridad. Bendita ésta que empaña la realidad. Tamerlano quiso decir algo, no pudo. Ninguna frase o frases tendrían sentido para expresar tal descripción, un gemido ahogado en su garganta le concedió cierta serenidad, una madurez repentina le ayudó a controlar sus emociones. Quiso incorporarse, ponerse de pie, casi le era imposible, al final lo logró. Le parecía un lujo mantenerse erguido, quería ser el reclamo de una bala furtiva y que ésta acertara, derribara la altivez de permanecer vivo y lo devolviera al mundo de la horizontalidad; sería la única manera de compartir la condición humana, de solidarizarse con aquéllos cuya suerte les había abandonado, al fin y al cabo todos formaban parte de la misma batalla. Tamerlano miró a su alrededor y no vio a nadie; la oscuridad y el silencio eran tan profundos que les pareció estar flotando en el vacío; la rabia le provocaba a desafiar a alguien, pero nadie le veía, formaba parte de una mancha negra, de una abstracción que lo camuflaba convirtiéndolo en un ser hipotético. Decepcionado, se arrodilló; ya que en la tierra no encontraba consuelo, por casualidad, miró hacia el cielo; no se veía nada, el aire estaba cargado, ambos conservaban la misma tonalidad, no se diferenciaban, ambos eran tinieblas; alzó su rostro intentando perforar con la mirada aquella barrera espesa que lo aislaba de lo sublime y no lo logró; el fracaso inclinó su cabeza, juntó sus manos en señal de oración y no rezó; la posición era correcta y sus intenciones lo ennoblecían, pero de su boca no salió ninguna palabra que insinuara la más mínima súplica. Debería volver a la trinchera y contarle a Rinaldo lo que había visto; la palabra  “contar” lo estremeció, quizá no necesitara expresar su horror de una manera oral, su rostro demostraría lo experimentado. Y empezó a gatear, a veces había obstáculos que se interponían en su camino y entonces reptaba; su marcha era a tientas, sin sentido; su orientación le fallaba en la oscuridad, sabía que donde hubiese un desnivel, allí iba a encontrar su refugio. Y llegó a su trinchera y se sintió cómodo, como  si volviera a su hogar, aunque sin recibimiento de bienvenida; el lugar adonde había ido a parar no era el mismo en el que se encontraba antes con Rinaldo; en voz muy baja lo llamó, nadie daba señales de vida, la trinchera parecía estar vacía, gateando recorrió unos cuantos metros y al fin se encontró con Rinaldo en la misma posición como lo había dejado: apoyado contra la tierra; lo contempló de forma diferente, le parecía otra persona, a pesar de la falta de claridad, y aunque la hubiera, aquel cuerpo era distinto, tenía ganas de contarle lo que había visto y al mismo tiempo había algo que lo retraía. Por un momento quiso abrazarle llevado por la alegría del reencuentro, se contuvo, se empezó a repetir que Rinaldo no era el mismo, había sufrido una metamorfosis...) Rinaldo! Rinaldo! Rinaldo! Sono io, Tamerlano, come va?.No sé cómo voy a contarte lo que vi , es tanto el horror, son tantas las decepciones e incoherencias que solamente mis ojos al llenarse de lágrimas pueden dar testimonio del dolor que presencié. Rinaldo, me encuentro decepcionado y engañado, engañado en dos sentidos: fui engañado y he engañado también. Me han engañado haciéndome creer que la guerra era la panacea donde se moldeaba su valor, coraje, valentía... Todos esos sustantivos que alimentan el ego de cualquier hombre y yo he engañado porque no he sabido corresponder a esas exigencias; todo lo contrario, he sabido responder a unas exigencias innatas, sentimentaloides, tales como la compasión, el extravío y la reflexión. Rinaldo  ¿qué hacemos aquí? Por una vez en tu vida di algo, muévete, dispara tu fusil, pero di algo, di algo que conceda cierta coherencia a esta situación; yo ya no tengo palabras, palabras que se digan en frases para expresar ideas; miro tu figura ensombrecida y me parece que no corresponde al lugar idóneo, estamos fuera de contexto. Aquí todo está fuera de contexto. Tengo frío, debo abrigarme, siempre traigo una manta pequeña conmigo, te ayudaré a cubrirte con la tuya... Rinaldo, casi no te veo el rostro, tu palidez lo ilumina, acabo de tocarte la mejilla y las manos y están heladas, la muerte es así de fría... Che spavento! Dio mio! Rinaldo è morto, Rinaldo è morto, Rinaldo è morto. Rinaldo  ¿Cuándo has muerto? ¿Antes o después de que me marchara? ... ¡Qué preguntas tan estúpidas! Ni de vivo me has hablado ¡qué voy a esperar ahora de muerto! No sé qué decirte, no se me ocurre nada... En esa posición estás incómodo, voy a colocarte un poco para que estés más presentable: limpiaré tu rostro con mi pañuelo, aunque no esté muy limpio al menos aclararé tus facciones y cerraré tus ojos; el cielo no vale la pena contemplarlo, está demasiado sucio, las nubes y el humo que lo cubren velan la esperanza y las ilusiones que hemos puesto en este lugar. Rinaldo de Taramundi, nunca he estado en mi vida tan cerca de la muerte, la que acabo de ver dispersa por ese campo de batalla me parece la ignominia más grande que se le puede hacer a un ser humano; la muerte, a nuestro pesar, tiene que recibirse en silencio, con respeto y recogimiento; a vernos todos en ella, a inclinar nuestra cabeza reflexivamente y quebrar la rigidez con que el orgullo obliga a ésta. Rinaldo, no sé si habrás estado vivo o muerto durante este soliloquio; da lo mismo, al menos hablé, al menos liberé la rabia, en voz baja traté de ordenar el mundo y de recomponer al hombre y  no he hecho nada, aclaré pequeñas parcelas de mi mente, como muchos otros hombres en múltiples campos de batalla llegarían al mismo convencimiento. Rinaldo de Taramundi, en estos momentos, cuando todo lo que nos rodea retorna a su segundo plano porque el corazón pide paso para hablar, por más que me esfuerzo no encuentro palabras hermosas que decirte, ésas que empleamos en la vida para ensalzar lo que nos agrada; recuerda, soy hombre de campo y tampoco soy muy ilustrado, no soy un hombre creyente que con facilidad hiciera brotar de su boca la oración más indicada. Y sin embargo, mereces que diga algo hermoso en tu honor... No se me ocurre nada, te puedo cantar algo, aunque las canciones que me vienen a la mente no son las más propicias para este momento... Ya recuerdo una, hace tanto tiempo que no la canto, la aprendí de pequeño en el colegio, en el coro, nos subían a una tarima y desde allí proyectábamos la voz hacia aquellas enormes bóvedas, creyendo que traspasarían sus gruesas piedras, con la esperanza de que fueran oídas más allá del recinto sagrado. Rinaldo de Taramundi, con una voz perdida en las edades del hombre y de la mujer, con una voz de niño-niña, de hombre-mujer, tu compañero de armas, Tamerlano de Kastronkán, te canta de rodillas su canción:
https://www.youtube.com/watch?v=teDVFRjrOvA
                                   

Oh Lord, whose mercies numberless

O’er all thy works prevail:

Though daily Man thy laws transgress,

Thy patience cannot fail.


If yet his sin be not too great,

The busy fiend control;

Yet longer for repentance wait,

And heal his wounded soul.

David. Saúl de Handel


                           Oh Señor, cuya infinita misericordia

                            Se extiende a todas sus obras:

                            Aunque cada día el hombre transgreda tus leyes,

                            Tu paciencia no puede desfallecer




                            Si todavía su falta no es demasiado grande

                            Refrena al demonio que la espolea

                            Dale todavía más tiempo para que se arrepienta

                            Y cure su alma herida.

 

jueves, 22 de octubre de 2015

CÁLIZ


MMVIII-Primavera.(Rembrandt serie). Anasor Ed Searom
      Cada noche atravieso este parque de los olivos; nunca falto a mi cita, a excepción de los lunes, que ese día cierra el bar. Siempre acudo; es muy raro que deje de ir, salvo algún acontecimiento importante que me lo impida; pero mi vida no está llena de acontecimientos importantes, lo único a destacar es esta cita; procuro no faltar nunca. La noche de los lunes se me hace eterna; deambulo por mi habitación sin rumbo, tratando de serenar un sistema nervioso que el tiempo ha disparado y que sólo frena la acción compulsiva de unas idas y venidas, ya que por más que he empleado la razón, ésta no funciona. Agotado me tumbo en la cama y el cansancio del día laboral más el nervio relajado colaboran a que pronto me quede dormido, a que el sueño se encargue de borrar en la mente esa noche vacía. Cada noche este parque adquiere una configuración distinta, depende de la luz de la luna y del tiempo que haga. Los olivos presentan infinidad de formas, algunas de ellas fantasmales y sin embargo, no me dan miedo, no soy un hombre susceptible a impresiones de terror, más bien trato de contemplar éstas bajo el prisma de una belleza mórbida, resultándome a veces atractivas; sus troncos, ásperos y retorcidos se asemejan en cierta medida a mis dedos; los dedos de mis manos no pertenecen a un hombre cultivado, a un hombre criado en un bienestar ni social ni laboral; yo no trabajo en una empresa cuyo ambiente y herramientas se caracterizan por la suavidad de texturas y finura de precisión; yo soy un obrero de la construcción, rodeado siempre de asperezas, de tareas en donde la fuerza de las manos es vital para superarlas, y claro, día a día y hora a hora los dedos de mis manos adquieren una rudeza que solamente un trabajo agresivo puede conceder. No me avergüenzo de mi oficio, todo lo contrario, es el sustento de mi vida, pero reconozco lo que hay de positivo y negativo en él. Estos olivos no son lo mismo de día que de noche; cuando el sol los ilumina adquieren ciertas tonalidades difíciles de captar a primera vista, de su gris verdoso innato pueden surgir unos rosas y malvas suaves que solamente una contemplación profunda puede desvelar; de noche son distintos, también el que los contempla es distinto, la oscuridad los cubre ofertando cientos de interpretaciones a la mente ávida de descubrir sensaciones fantásticas; para mí son sencillamente viejos conocidos. Atravesar este parque es como si fuese la antesala a un mundo nuevo; mi vida normal no tiene nada que ver con la que experimento después de pasar por entre estos árboles de olivos, son como cribas, separan a la perfección el yo externo de mi yo interno. Me siento cómodo ya en esta antesala porque sé fijo que voy a ver a mi Ángel. De día y a ciertas horas este parque se puebla de niños, de sus juegos y gritos, la alegría se desborda y corre a raudales por sus paseos; de noche la gravedad de la existencia se ensaña en seres que sólo mima la oscuridad, a veces me cruzo con algunos y es esa presencia instantánea, esa sorpresa la que me confirma que caminamos por una tierra de nadie, faltos de rumbo; entonces acelero el paso para llegar al bar, para dejar atrás aquel parque que me obliga a encontrarme con seres que no deseo conocer porque ya los conozco demasiado bien, porque ya me conozco demasiado bien. No sé ni adónde van ni de dónde vienen, yo sí sé que vengo de la realidad y voy hacia la ensoñación. Una vez que salgo de mi parque me dirijo hacia mi bar, poseo a ambos, la ansiedad ha hecho que estos dos lugares formen parte de mí y emplee posesivos para hacerlos más míos, más familiares. Tan pronto como se sale del parque de los olivos, el bar está muy cerca, se ve el rótulo iluminado y en letras verdes se identifica con el nombre de “Casa d’Esperante”. La entrada es muy normal, como la de miles de bares dispersos por toda la geografía del país. A medida que me aproximo siento un ligero nerviosismo que, hasta podía decir, me resulta reconfortante; en mi estómago revolotea un cosquilleo causado por una ansiedad y alegría que hacen que titubee al caminar, recuperando inmediatamente la decisión hacia mi objetivo. Hay como una especie de suspense en los últimos pasos antes de entrar, éstos se amortiguan sobre el asfalto, la suela del zapato ya no fricciona la superficie, hay una ralentización en el cuerpo y sus gestos. Asir el pomo de la puerta y girarlo marca la entrada hacia un mundo deseado y el abandono voluntario de otro que permanece inamovible, señalando la existencia de una cruda realidad a la cual hay que regresar. La temperatura y el ambiente cambian, su invisibilidad se transforma, y los que allí entramos nos hacemos transparentes, la mentira no existe, no hay nada que aparentar, nuestros pesares los dejamos reposar sobre la barra del bar. Afuera y adentro, adentro y afuera, afuera y adentro, adentro y afuera, afuera y adentro, adentro y afuera. Equilibrarse en el umbral de la puerta, marcar con el propio cuerpo el punto límite entre el interior y el exterior, entre el exterior y el interior, entre el interior y el exterior, entre la realidad y la ensoñación. Si en el exterior hay noche y estrellas en el interior también existen la noche y las estrellas, pero éstas son artificiales, intencionadas, puestas a propósito para crear un ambiente que incite a la confesión. “Casa d’Esperante” carece de lujo, sus clientes tampoco lo valorarían, nos da lo mismo la decoración: el diseño, el color o el material poco importan a seres rudos, cansados de una jornada laboral en la que el trabajo aniquila cualquier iniciativa de elevación estética, a lo máximo que podemos aspirar es a beber un vaso de vino y en él ahogar amarguras. La oscuridad es importante y estas pequeñas luces blancas diseminadas por la sala también lo son, forman lo que se podía llamar una noche estrellada; proyectan un haz de luz perpendicular que, sin querer, ilumina un espacio mínimo logrando que le cliente vislumbre su entorno y no tropiece contra alguna silla o mesa. Casi siempre estamos los mismos, esparcidos a lo largo de la barra, de pie o sentados en un taburete, apoyados en los codos e inclinados sobre un vaso de vino o cerveza, buscamos descanso y refugio; a medida que vamos llegando, miramos de soslayo la ausencia de alguno, al comprobar que nadie falta, que todo el mundo ha cumplido con su cita, cada uno se dedica a la bebida; en el fondo formamos una familia involuntaria y forzada. Todos somos seres independientes, solitarios, quemados por la existencia, cualquier iniciativa a entablar una conversación supondría un esfuerzo desmedido, ya que si la vida se ha desgastado, indudablemente las palabras también carecen de impulso y se dejan arrastrar por el silencio. De fondo, en la lejanía, en los confines del mundo se oye una música machacona que con su ritmo proporciona unos latidos a una atmósfera anclada en el mutismo. Dos o tres parejas sentadas en la oscuridad deshacen sus manos agarrándolas fuertemente, negándose a verse separados, tratando de mantener aquel contacto ante la proximidad de un tiempo de despedida y una distancia. Y yo busco con desesperación a mi Ángel, tan pronto llego y tras de mí oigo cómo la puerta se cierra, asumo que he abandonado un mundo para entrar en otro. Me tranquilizo al verla, tengo miedo de que algún día, al entrar, no la encuentre; hoy en día ella significa mucho para mí. La primera impresión es de adivinarla en la penumbra, detrás de la barra, sirviendo a algún cliente o con los brazos cruzados mirando hacia la puerta, mirando hacia mí; no quiero ser presuntuoso, pero no puedo evitarlo; la verdad es que eso me gustaría: que me estuviese esperando, pero no, no debo albergar falsas esperanzas, son fantasías mías, nunca me ha dado motivos para hacerme ilusiones. Me dirijo hacia mi lugar; los asiduos tenemos nuestro propio espacio en la barra, cada uno sabe dónde acoplarse, cada uno sabe dónde no se puede poner porque invadiría terreno ajeno. El hecho de situarse en el lugar correcto y asignado por el propio uso significa descarga, lugar de descarga, lugar de descarga del cansancio, es como si cada uno portase un bulto y allí aligerara su peso. Todos tenemos nuestra postura, podemos estar más inclinados hacia la derecha o hacia la izquierda, pero cargando los hombros y la espalda sobre la barra, y con la cabeza inclinada, esto siempre, como portando una cruz invisible sobre nuestras espaldas. No nos hablamos, estamos en nuestro propio mundo, mundos inconexos, imposibilidad de adentrarse en ellos. Miro a mi Ángel, está alejada, está sirviendo a un cliente más bebida. Yo nunca solicito su atención, tan pronto me ve ya viene junto a mí trayendo una copa y una botella de vino tinto, muy tinto, muy negro y muy rojo, como la sangre, así es el vino de esta región, muy cargado. Nunca supe por qué me lo sirve en copa en vez de vaso; he notado que a los otros clientes siempre se lo pone en vaso; no creo que haya preferencias, no obstante, nunca se lo pregunté y nunca se lo preguntaré. Cuando se me acerca, aparta la mirada porque sabe que la observo detenidamente; es el único momento del día en el que veo algo hermoso, al menos para mí es hermosa, a lo mejor no vuelvo a tener la oportunidad de tenerla tan cerca, por eso aprovecho su cortesía al servirme para clavar mis ojos en ella, para robarles al instante y a la proximidad el privilegio de contemplarla. Su piel es blanca, de esa blancura que sólo se consigue morando en claustros y en lugares de recogimiento en donde el sol no penetra, en donde el frío y el silencio se alían con la eternidad. Impensable un color bronceado, impensable que el astro rey dejara su huella en aquella piel. Su mirada, nunca fijándola en nada concreto, siempre vagando en la atmósfera, en lo onírico. Y sus manos, tan suaves; solamente una vez las toqué cuando me estaba sirviendo vino, con mucho sigilo las rocé, percibí que eran como la seda en contraposición a las mías cuya aspereza salta a la vista y al tacto. Nunca más volví a intentarlo, un miedo al rechazo, un pánico a un nuevo intento que pudiera poner de manifiesto una rudeza y vulgaridad me lo impedía. Así que la contemplo distante aunque el deseo de tenerla cerca suaviza mis miedos. Mis manos, siempre mis manos, inocentemente me delatan y sin embargo, no las culpo, me siento orgulloso de ellas, han servido para edificar tantas cosas: mes mains, mes mains, mes mains, mes mains, mes mens, mes mens, mes mens, me men, me men, me men, memen, memen, memen, memán, memán, memán, mamán, mamán, mamán, mamá, mamá, mamá. Mi Ángel, cuando no está ocupada sirviendo, se aleja de la barra y se apoya contra la pared, se cruza de brazos y nos cuida; ésa ha sido la sensación que he tenido desde hace algún tiempo; aunque mire al vacío, a la nada, sabe que tiene que velar por aquellas almas en pena que ante ella se explayan; somos seres perdidos en el tiempo que buscamos reposo. Si bien nuestras miradas recaen en el vaso de vino que tenemos ante nosotros, al levantar los ojos de aquel pequeño mundo líquido nos la encontramos frente a frente reivindicando y contraponiendo una realidad tergiversada por el alcohol a una realidad tangible. Nunca la he deseado carnalmente; no es el tipo de mujer que un hombre hubiese querido poseer para desahogar su instinto; en ella existe cierta espiritualidad que aniquila la líbido empobreciendo la carne en su conquista por el espíritu. No es una mujer voluptuosa de formas, más bien es frágil; en sus ademanes no expresa firmeza o desaire, delicadeza sería la palabra exacta para calificar su desenvoltura. Saber que al cabo del día tengo a alguien a quien contemplar hace que la jornada me sea más llevadera, hace que el maquinismo y robotización de mi trabajo pase a un segundo plano y que la humanidad que poseo durante el día se convierta en ilusión y durante la noche en realidad ilusoria. Soy albañil y en muchas ocasiones tengo que desempeñar otros oficios, depende del momento, hay veces que ejerzo de fontanero, de pintor, lo que manden, pero debo dejar claro que mi oficio es el de albañil. En la emigración tuve que aprender de todo, no se me brindaron oportunidades para mejorar mi estatus, por más que lo intenté el destino sólo me abría las puertas y las ventanas de la construcción, y nunca mejor dicho porque a parte de hacerlas también entré, salí y miré por ellas. Era yo muy joven cuando decidí emigrar; reconozco que no llevaba preparación, había abandonado mis estudios ya que era incapaz de estar sentado delante de un libro durante más de un cuarto de hora seguido; los libros siempre me han producido una especie de desazón, de desasosiego al advertir su presencia, un sudor frío me invadía al abrirlos, al ver tanta letra impresa, solamente sus imágenes me mantenían fijo a la silla; aquello era un suplicio y de la noche a la mañana dejé a un lado mi tormento, a pesar de una fuerte presión familiar para que me retractara de la decisión tomada. Estaba comprobado que yo no había nacido para los libros, ni ellos para mí. Empecé a hacer chapuzas relacionadas con la construcción; ahora con el tiempo puedo decir que se vislumbraba lo que más tarde llegaría a ser: un albañil cualificado, sí, sí, un albañil cualificado, que nadie lo ponga en duda, no sólo lo digo yo sino que mis jefes son de la misma opinión, a cada uno lo suyo. Animado por mi juventud y por las ganas de comerme el mundo decidí hacer las maletas e irme a otro país en busca de mejores oportunidades; a la edad en la que yo me fui, veintidós o veintitrés años, uno nunca piensa en las penurias, el brillo del triunfo es capaz de cegar a la juventud más desbordante para no presentir que el fracaso juega en igualdad de condiciones. Me adapté a las condiciones de mi país de acogida lo mejor que pude; al principio tuve serios problemas con la lengua. A medida que pasaba el tiempo la empecé a entender, pero nunca logré pensar en ella, era simplemente un instrumento más de trabajo, muy limitado, eso sí, sabía frases coloquiales que, a base de oírlas, habían dejado poso en mi memoria; en mi comunicación con los demás estaba siempre presente esa barrera idiomática que impide expresar los sentimientos tal y como  se manifiestan, quedando como constreñidos, carentes de emotividad. Allí me casé y fui padre de una niña; mi matrimonio duró poco, apenas cinco años; a veces me pregunto cuál fue el motivo de tal fracaso; inclinado sobre esta copa de vino la pregunta me bombardea constantemente y la única solución que tengo es acelerar su bebida para que pronto una nube cubra una respuesta dubitativa y nada aclaratoria. Me casé muy ilusionado, con una nativa de mi país de trabajo, especifico lo de trabajo porque nunca lo acepté como de adopción, de ese sentimiento me enteré mucho más tarde. Era una mujer muy hermosa, con las facciones propias de su raza: una piel blanca, un pelo rubio y unos ojos azules que desprendían claridad y blancura propias del sol de su tierra. Pronto me enamoré de ella; este hecho me llevó al convencimiento de que me había integrado de pleno derecho en la vida de aquel país, de que era uno más de ellos, un ciudadano con privilegios, y todo por el simple hecho de haberme enamorado de una congénere. Hablábamos poco, mis esfuerzos y sus esfuerzos por entendernos terminaban en unas sonrisas pardillas que dejaban entrever que casi no nos habíamos comprendido. Quizá la soledad y la extrañeza de sentirme en una tierra distante habían influido en mi enamoramiento, no lo pongo en duda. El tener a alguien a mi lado me ayudaba a superar esas sensaciones de abandono. Fuera como fuese, el caso es que yo la quería; su presencia llenaba el hueco de la incomprensión de los demás, de esa familiaridad inencontrable que se experimenta cuando uno está en compañía de los suyos. Los primeros meses fueron de una entrega total, de tanta entrega que nació nuestra hija, físicamente muy parecida a su madre, de mí poco tenía; cuando la miraba trataba de buscar algún rasgo que confirmara mi participación en su engendramiento y llegaba a la conclusión de que tal vez había puesto poco empeño; en aquel momento la ceguera de padre no me permitía ver con claridad la tontería de tal creencia. Nuestra relación se fue deteriorando sin saber cómo, quizá yo pasaba mucho tiempo en el andamio y ella en la oficina; era secretaria, y los dos lugares eran incompatibles, además era mujer de cierta cultura y sabía desenvolverse en todos los ambientes con facilidad, es decir, una mujer con don de gentes. Yo era bastante tímido aunque no falto de decisión. Me alegro de que nuestra hija haya quedado bajo su tutela, sé que ella sabrá darle el empuje y los estudios necesarios para que enfoque su vida y el mundo de la forma más conveniente. Yo carezco de conocimientos, los básicos nada más, mi vida se apoya en la destreza no en la inteligencia. Me gano mi sustento con la habilidad de mis manos; si soy sincero no hace falta estrujarse el cerebro para colocar cuatro ladrillos, pero también reconozco que ladrillo a ladrillo he construido casas, he creado hogares para que otros se albergaran; nunca se puede tener todo. Poco participé en la educación de nuestra hija; a medida que nuestra relación se enfriaba aumentó el distanciamiento; yo pasaba más tiempo en el andamio y ella en la oficina; la niña la dejábamos aparcada en la guardería. Cuando decidimos separarnos aún permanecí algún tiempo allí; las veía y conversaba con ellas, pero la parquedad de palabras, la falta de fluidez en el idioma extranjero, limitaban la expresividad a un nivel muy bajo. Al encontrarme solo la añoranza de mi tierra se acrecentó y empecé a echar de menos a mi gente; cuando volví me di cuenta de que todo y todos habían cambiado, mis familiares y amigos habían seguido sendas distintas. Me equivoqué al pensar que mi soledad se iba a mitigar con el retorno, lo único que conseguí fue acentuar más esa sensación; no obstante, tenía el consuelo de estar en tierra conocida y entre conocidos, pero ya no entre amigos. Hoy en día el contacto con mi exmujer casi es nulo: en fechas muy señaladas donde la frialdad y la cortesía se manifiestan con una falta de ganas disimulada. Ahora mi hija es adulta, ha finalizado sus estudios en la universidad y busca trabajo; es posible que esté enamorada, ella nunca me lo ha confirmado, pero estoy seguro de que con esa voz tan dulce y melodiosa que tiene habrá conquistado a más de uno de sus compañeros de estudios. Las pocas veces que hablo con ella por teléfono me parecen los instantes más preciosos que poseo; la verdad es que me siento muy  orgulloso; creo que es lo mejor que he hecho en mi vida. En mi cartera, llevo dos fotos muy escondidas de ella, una cuando era bebé y otra de adulta; de vez en cuando las miro, de vez en cuando contemplo transcurrir el tiempo, de vez en cuando contemplo la naturaleza seguir su curso, de vez en cuando me doy cuenta de que me hago mayor, muy mayor, muy mayor, muy mayo, muy mayo, muy mayo, muy junio, muy julio, muy agosto, muy septiembre, muy octubre, muy noviembre, muy diciembre y el año se termina y hay un año más. Le deseo todo lo mejor. Yo he rehecho mi vida en esta gran ciudad, si se entiende por rehacer el vivir y trabajar en ella, si se entiende por rehacer el llevar una vida en pareja, declaro que no. Lo he intentado varias veces, pero siempre me he topado con el fracaso; creo que estoy abocado a él, aunque mi Ángel siga siendo mi esperanza remota. Pongo mucho  empeño en mis relaciones y, sin querer, se desmoronan; deben de ser como esos muros que se van construyendo ladrillo a ladrillo y por una inclemencia del tiempo pronto se vienen abajo, no por falta de calidad de los materiales y de la buena mano de obra, sino por el sobresalto de una fuerte ráfaga de viento, por ejemplo. Tengo la sensación de que he sabido construir casas y no frases. He colaborado en crear grandes edificios; ladrillo a ladrillo los muros y paredes han ido creciendo, han ido cerrando y dividiendo espacios, han ido separando estancias y ambientes y cuando uno está próximo a rematar y observa la obra en su conjunto, se da cuenta de que ha colaborado en el progreso y la modernidad, que con un pequeño grano de arena uno ha ayudado a crear las catedrales de la opulencia, hogares lujosos, para gente lujosa, hogares sencillos para gente sencilla; y yo que en realidad tengo la solución en mis manos no he sabida crear mi propio hogar, hacer mi propia casa, con mis propias ideas, mis propias manos y alojar en ella a mi familia. Familia tuve, pero ya no tengo; ganas de levantar una casa tuve, pero ya no tengo. Me faltan ilusiones, la única que me queda se ha vuelto rutinaria, asequible y sin pretensiones: venir aquí cada noche y beber mi vino tinto, de un rojo intenso como la sangre y contemplar a mi Ángel. ¿Frases? Nunca supe crear frases, me faltan las palabras; quizá nunca supe pronunciar la frase ideal en el momento preciso; la rudeza de mis gestos junto con el temor a no demostrar una soltura que estuviese a la altura de las circunstancias cohibían aún más mi timidez de expresión haciendo unas frases entrecortadas y temblorosas ocasionadas por unos nervios agarrotados en mi garganta. Mi auténtico sentimiento siempre se quedaba para mí y si lograba expresarlo casi era a medias, la torpeza de mi apocamiento conducía a mi interlocutor a una falta de interés y a que mis propias palabras cayeran en la indiferencia. Sobre esta copa de vino lo he pensado muchas veces: debería haberme esforzado más en hablar con mi exmujer a pesar del idioma; si yo hubiera puesto más empeño y ella hubiese puesto un poco del suyo quizá pudiéramos haber estado hoy juntos. Pero ya no es momento de lamentaciones, el pasado pertenece a un tiempo pretérito y no presente. De nada sirve conjugar unos tiempos verbales que nos acerquen o alejen de la realidad, ésta se presenta ante uno con verdades actualizadas. Cada noche rememoro el rito de un hogar feliz, viniendo a este bar, a estas horas es como estar en familia, apenas nos conocemos y, sin embargo, nos transmitimos calor hogareño; apostaría el sueldo de un mes y estoy seguro de que ganaría a que todos los que aquí estamos no tenemos adónde ir; son momentos de estar al cobijo, de no deambular por las calles, de sentirse acompañados; el día ha sido pesado y el trabajo hace mella en unos cuerpos no ya tan jóvenes, por eso los volcamos sobre esta barra del bar, no solamente cargados con el esfuerzo físico sino también por la carencia de ilusiones y de acogida familiar. Muchas veces me apetecería tomar un buen café cargado para que me despejara este sopor profundo ocasionado por el agotamiento y el desánimo, pero es mi Ángel la que me trae esta copa de vino tinto, rojo como la sangre, y me lo pone delante y como un niño obediente poco a poco me lo voy bebiendo en el transcurso de la velada; no tengo el valor suficiente para rechazarlo; sería tan sencillo que con una mano lo apartara de mí y le pidiera amablemente que me trajera un café cargado, muy cargado, pero me falta el impulso, el gesto al rechazo, el gesto del desaire a poder ofenderla. Igualmente sería tan sencillo pronunciar una frase mágica: nimm den Leidenskelch von mir, aparta de mí este cáliz, no quiero beberlo, no me angusties más de lo que estoy, dame algo para que me despeje y pueda ver más claro. Y no tengo solución, como un corderito me resigno a seguir mi camino y agacho la cabeza y bebo, bebo hasta entorpecerme, hasta creerme que mañana será un nuevo día y algo cambiará. El sabor del vino y su reflejo en la copa me engañan, levanto la cabeza y veo a mi Ángel, a mi Ángel, a mi Ange, a mi Engel, Ángel, Angel, Ange, Engel; Angel, Ange, Engel; Angel+Ange+Engel= Angle. Y veo un ángulo, uno de los muchos a los que estoy acostumbrado cada día, ángulos formados por paredes, techos y suelos, infinidad de laberintos que superponiéndose se elevan a las alturas creando edificios; en uno de ésos, en uno de sus múltiples habitáculos yo poseo un apartamento: dos habitaciones, un salón, una cocina y un cuarto de baño, para mí es suficiente, no necesito más espacio, me sobra el que tengo. Está muy cerca de este bar, los pisos más altos se pueden ver desde el exterior, con atravesar el parque de los olivos uno ya esta en él. No me gusta acostarme temprano, tampoco duermo a pesar de estar cansado, necesito venir aquí. No tengo horarios fijos excepto el laboral y esta cita diaria; son los únicos que mantienen mi obligación, ando suelto como un perro vagabundo y se me puede encontrar en cualquier parte, pero al final del día siempre recalo en este bar, en parte es mi segundo hogar. Alguien me dijo un día que si hubiese un terremoto, éste nunca me pillaría en casa, y no iba muy descaminado. Las comidas las hago donde me encuentro, unas veces en casa otras cerca del trabajo; no soy muy exigente, cualquier cosa me va aunque tengo predilección por las carnes; reconozco que mi trabajo tiene un desgaste físico y he de compensarlo con un buen plato y un vaso de vino tinto. En estos últimos años confieso que el vino me ha reconfortado en demasía; he buscado en él consuelo y refugio, he sabido aliviar la intensidad de percepción con que a veces se presenta la vida y sus carencias; me ha atontado, aunque nunca he estado borracho, me ha dado el punto de alcanzar una sonrisa cuando la tristeza acechaba con su sombra; ¿ por qué no decirlo? Le estoy agradecido por ser un fiel aliado de mi desdicha, por distraerme, por humedecer mis labios cuándo éstos están secos por el silencio, por traerme a este bar pues aquí tiene un sabor distinto, quizá más amargo, pero más verdadero… necesito beber un trago, mi boca está seca. La mayor parte del día la paso en las alturas, mi trabajo casi siempre se desarrolla en los “ aires”, tan pronto estoy en el piso veinte como me mandan al piso treinta y siete; según el edificio en el que esté trabajando la panorámica de la ciudad puede ser magnífica; en el descanso, cuando me paro a tomar algo, en vez de conversar con mis compañeros, me retiro y busco algún lugar apartado del edificio en construcción desde donde pueda contemplar la ciudad; desconecto inmediatamente de mi labor y de donde estoy y extiendo la mirada sobre ese mar de cemento, me quedo en silencio para captar su murmullo, para imaginarme muy superficialmente las vidas de todas esas gentes que recorren las calles, que entran y salen, que suben y bajan, que aceleran y desaceleran, que caen y se levantan, que se pierden y se encuentran, que...que...que... Por un momento me doy cuenta de que entro en contacto con ellos por medio de la reflexión, me siento uno más al inmiscuirme, aunque nada más sea por medio del pensamiento, en sus acciones diarias; no importa lo alto que yo esté, también bajo y participo de los mismos movimientos y preocupaciones. Desde aquí arriba parece como si todo fuese distinto y no es así, cambia la forma de mirar, la perspectiva aérea mueve a la reflexión, pero nada más. Los edificios de la ciudad conservan una misma altura aproximada, salvo la antigüedad y la modernidad que despuntan hacia el cielo: las torres y las cúpulas de las iglesias reclaman su presencia por veteranía; los semirascacielos también se presentan como seres emergentes, vivos, desbordantes de futuro. Y yo aquí en uno de ellos ayudándolo a prosperar, a crecer, a convertirse en soporte de hogares en próximas generaciones. Me acerco al bordillo y miro directamente hacia abajo, no tengo vértigo, no me asusta el vacío, estoy acostumbrado; las profundidades me son tan familiares desde lo alto como desde sí mismas. Con el alba me elevo hacia el cielo, con el crepúsculo desciendo hacia la tierra. Durante el día convivo con la claridad, llegada la noche me sumerjo en la oscuridad, ¿qué tienen de común estas dos palabras? Nada tan sólo la terminación: dad. ¿Qué voy a dar? Nada, no tengo nada que dar, quizá tenga algo que recibir, pero no sé de quién. Dad! dad! dad! dad!¡papá! ¡papá! ¡papá! ¡papá!. Si para acceder a mi trabajo tengo que coger un montacargas que me lleve al piso indicado, para llegar aquí tengo que atravesar ese parque de olivos; son dos trayectos completamente distintos: uno es elevarse en línea recta el otro es sumergirse en línea recta también. Las finalidades de los dos destinos son las metas de mi vida: un trabajo y una búsqueda de hogar. El primero logrado, en el segundo hubo un intento, fallido, y en camino de no conseguir uno nuevo. Tanta claridad y tanta oscuridad, me muevo entre ellas, ambientan mis acciones, me delatan y me ocultan. El día y la noche. Y ahora es de noche. Al entrar en este bar”La casa d’Esperante” es como si me adentrara aún más en la noche de la noche, como si lo negro fuese aún más negro, como si yo aún fuese más yo, el yo más auténtico. El yo del andamio es un yo extrovertido, ágil, desenvuelto en su trabajo, servicial con los compañeros, dispuesto a echar una mano en lo que sea necesario; el yo del bar es un yo profundo, igual que el sonido que arrastra un eructo en su marcha hacia el exterior; vapuleado por la existencia, fatigado al no encontrar un lugar acogedor de reposo, que descansa incómodamente sobre esta barra de bar y que si por la mañana veía una hermosa panorámica aérea de la ciudad extenderse ante sus ojos, ahora lo único que tiene es una visión reducida de un vaso de vino tinto. Por la mañana la superficie de ese mundo es sólida, por la noche es líquida. Por la mañana todo es aridez, por la noche humedad. ¿Qué estamos todos haciendo aquí? ¿Qué esperamos? ¿A quién esperamos? Creo sencillamente  que venimos a pasar el tiempo, a que el tiempo transcurra en compañía de alguien, pero a distancia, la sola presencia basta. Imposible cualquier acercamiento, el único hacia el vaso. ¿Qué esperamos en Casa  d’Esperante? ¿Esperar o Esperanza? Esperar ¿por quién?, Esperanza ¿en quién? ¿Quién le habrá puesto este nombre? ¿Tendrá un segundo significado que oculte alguna intención? Uno de los clientes asiduos ya se ha marchado, quizá quiera descansar o alguien lo aguarda; poco a poco iremos abandonando el local por separado, nunca juntos; la ausencia de alguno indica el declive de la noche, el decir adiós a una jornada monótona que remata en un descanso merecido aunque frustrante. Ya no estamos los de siempre, su marcha nos predispone hacia un próximo desalojo del bar, pero los que allí quedamos nos hacemos los morosos, yo cojo mi copa y empiezo a darle vueltas como si en sus giros quisiera desentenderme de la despedida; algún otro mira fijamente el vaso dejando caer la insinuación en saco roto. Los que quedamos queremos alargar la estancia, me digo a mí mismo, un poco más y miro a mi Ángel, en sus ojos no advierto reprobación, me quedo tranquilo y bebo un poco, el vino me sabe mejor. La música machacona parece haberse suavizado, sí, estoy seguro; no creo que sean los efectos del alcohol los que hayan amortiguado su percepción, tampoco he bebido tanto como para estar ligeramente apocado. Mi Ángel está pendiente de mí, cuando se me está terminando el vino, sin quedar vacía mi copa, viene y me la vuelve a llenar; no quiere que pase sed; suelo beber dos o tres copas de vino tinto, muy tinto, muy negro y muy rojo, como la sangre, así es el vino de esta región, muy cargado. Hay silencio, mucho silencio a pesar de la música ambiental; ésta no entra en las mentes y las tonifica, es algo que está en el aire y nada más, como el humo, se aguanta, se soporta y se asimila  como una incomodidad de las relaciones sociales. La música se extingue poco a poco en el silencio del bar; me sorprende la agudización de los sonidos por la mañana y por la noche también; cuando estoy en la obra el gorjeo de algunos pájaros me parece una irrupción divina en la cotidianeidad del trabajo, una crispación que se agradece sobre todo en las primeras horas del día, pues anuncia la frescura de una jornada, de un día más en la vida de uno. Cuando el edificio aún está en estructura, sin divisiones, pequeñas bandadas de pájaros lo atraviesan, rápidos como flechas, sin apenas darnos cuenta, los que allí estamos, de percibir su paso y de que han herido el corazón de un coloso de cemento. Por la noche aquí, no hay pájaros, no hay viento, no hay lluvia, no hay nieve...Las inclemencias del tiempo no cuentan, estamos al cobijo, estamos protegidos de cualquier agresión externa; pero nuestro interior sí está herido, no importa la causa, no importa el sujeto o la acción que lo haya ocasionado, nuestro cuerpo es lo suficientemente inteligente y discreto para exteriorizar nuestras más íntimas convulsiones; sin querer, la forma en la que estamos sentados delata una inconformidad con nosotros mismos. La música al comienzo, al entrar, era agresiva, incitaba a la agitación, que si bien no se manifestaba en una coordinación, sí ayudaba a que la mente alterara su tranquilidad y entrara en ebullición; ahora se ha vuelto tranquila, sosegada; el cansancio va haciendo mella en cada uno de nosotros, pero yo resisto, me empeño en salir de último y siempre lo consigo. Poco a poco las luces del local se irán apagando, irán amortiguando su intensidad y nos irán despidiendo, excepto una cuya llama agonizará en el último instante; entonces “ La Casa d’Esperante” quedará a oscuras, desaparecerá en la noche y con la noche hasta que el nuevo día abra una vez más sus cortinas con la esperanza de ver “La Casa d’Esperante”. Sin que se dé cuenta, miro a mi Ángel, recorro con la mirada su cuerpo de arriba abajo, necesito constatar una realidad, su existencia; de repente me mira y me sorprende, bajo mis ojos y los clavo en mi copa y en el líquido rojo se diluye una ilusión. Miro a mi alrededor y compruebo que ya estoy solo, el resto de la clientela se ha marchado, lo he conseguido, como siempre saldré de último; es un abandono agradecido, deseado, es posible que sospechen algo, que mi única intención es quedarme con ella a solas; no me importa, mi fijación a este taburete y a mi copa son capaces de desechar cualquier idea de desarraigo sin haber cumplido mis deseos. Las luces se han extinguido salvo una que proyecta luz intensa, blanca, en línea recta, que comunica techo y suelo, es como una estrella, es la única estrella que brilla en el firmamento de este bar. Estos momentos siempre me han parecido mágicos, tal vez sea la magia que exista en mi día a día, en ellos se condensan mis deseos de expresarme, de dar rienda suelta a mis sentimientos, de encontrar las palabras idóneas que configuren y den cuerpo a lo que realmente siente mi corazón. Cada noche, cada vez que vengo aquí trato de suavizar mi rudeza, sobre todo la externa: me ducho, me afeito, me pongo mis mejores galas y hasta me echo un poco de agua de colonia para ahuyentar la manía de que todavía sigo oliendo a andamio. Una vez arreglado me miro al espejo y una sonrisa adolescente de aprobación me confirma que ya estoy dispuesto para salir. Alegre e ilusionado me vengo hacia aquí creyendo que mi aspecto físico me ayudará a encontrar las palabras exactas, dignas de mis sentimientos, pero durante el transcurso de la noche me convenzo de que me he convertido en mudo, de que carezco de recursos, de que mi destreza reside en mis manos y no en la palabra y de que mi medio de expresión externa es agarrándome a este taburete y a mi copa, extinguiendo el tiempo hasta un límite. No tengo valor para decir: nimm den Leidenskelch von mir. Aparta de mi este cáliz. Sería ceder, sería rendirme. Estoy sujeto a mi destino y lo recibo con los brazos abiertos, bebiendo un buen trago de vino tinto, por muy amargo que sea lo acepto. Ha llegado el instante de mirarnos a los ojos, sabemos que nadie nos observa, que nadie puede presenciar nuestro silencio y torpeza, que nadie puede interrumpirnos y que si nuestra mirada tiene que perdurar más en ese instante nadie sorprenderá nuestra entrega, nadie, sólo nosotros. En mi mente las palabras se agolpan, se entremezclan, pero no encuentran orden ni vínculo de expresión, soy un Orfeo torpe ¡ qué le voy a hacer!, mi Eurídice sabrá llenar mi silencio con su voz. Creo que ha llegado la hora de irme, sobre la barra del bar dejo discretamente unas monedas; quiero que sea un acto insignificante; en el fondo creo que es injusto pagar por algo que es mío, ese vino es como si formara parte de mi cosecha. Involuntariamente la noche se ha adentrado en este local, en la  “Casa d’Esperante” y la última estrella vacila, su energía disminuye y antes de que todo sea oscuridad una mirada de despedida; la música ambiental ha enmudecido, yo me levanto y me dirijo hacia la puerta, antes de abrirla, me vuelvo para decir “hasta mañana”, pero ya no veo nada, es de noche y una voz desde el fondo del bar canta: https://www.youtube.com/watch?v=onz2sYMV4Yg
 


                  Quest’asilo ameno e grato

                   Del riposo il terren,

                   È il soggiorno ridente

                   Beato del sommo ben:

                   Non ingombra l’alma sicura pura,

                   L’aura tranquilla gira, spira

                   La calma piacere nel sen:

                   E dell’ anima il dolore muore,

                   Fuggendo il casto terren.

 

 

                   Este refugio ameno y grato,

                   Tierra del reposo,

                   Es la residencia riente

                   Y feliz del dios supremo:

                   Ligera el alma segura y pura

                   Por la brisa tranquila vaga, espira

                   El sosegado placer en el seno,

                   Y del alma el dolor muere,

                   Huyendo de esta casta tierra.         Eurídice

 

                         Orfeo y Eurídice- Ch. W. Gluck

 

lunes, 17 de agosto de 2015

HABAKKUK, HABAKK


HABACUC
HABACUC (IL ZUCCONE)
,DONATELLO
 



                                                                                                     
 

LA PIEDAD FLORENTINA
MIGUEL ANGEL,.
NICODEMO

 
                                                                                                                           
 





Debo darme prisa; tengo poco tiempo, entre avión y avión; quiero aprovechar ese intervalo para visitar a Habakkuk; cogeré un taxi, andando no llegaría nunca: “ Taxi, taxi, lléveme al Museo dell’ Opera, por favor”. Hace tiempo que no hablo con Habakkuk, he estado tan ocupado últimamente; mi profesión me ha mantenido tan alejado de estas tierras que lo he tenido un poco abandonado; siempre me ha gustado hablar con él, al menos puedo explayarme a gusto; desahogarme y si se da el caso contarle mis preocupaciones e intimidades; en el mundo de los negocios en el que me desenvuelvo nadie tiene tiempo para nadie; nuestras conversaciones se mantienen a niveles profesionales y burocráticos; tan pronto se adentra uno en ámbitos propios del ser humano, la gente huye o finge oír, y en el fondo hacen oídos sordos a las palabras. ¿Cómo estará Habakkuk? Pues tan calvo como siempre, la verdad es que nunca tuvo pelo y ahora con el paso de los años no creo que esté hecho un melenudo, iría contra natura. Yo tampoco puedo hablar de mí, mi cabellera no es muy abundante y una incipiente calvicie anuncia un futuro de una terrible escasez capilar. Nos consolaremos mutuamente. “Dése prisa, por favor, tengo poco tiempo”. Hay un tráfico muy denso e impide una circulación fluida. Recuerdo perfectamente la primera vez que vine a esta ciudad, hace ya tiempo de eso, estaba recién casado, no sé por qué motivo mi esposa decidió quedarse en el hotel, quizá por cansancio; habían sido unos días agotadores recorriendo museos e iglesias con un calor insoportable y yo, mientras ella descansaba,  volví a uno de aquellos museos que ya habíamos visitado y entré en él, era el Museo dell’Opera donde vive Habbakkuk, ¿por qué volví allí? No lo sé, el caso es que lo recorrí de nuevo y me paré instintivamente delante de él, nos miramos y aquella mirada selló nuestra amistad; fue nuestro primer encuentro, a partir de entonces sigo visitándole, no con la regularidad deseada, qué le voy a hacer. Mi vida, desde siempre ha estado unida a una especie de agitación, de prisas, de no concebirla si no hay un movimiento perpetuo; desde que era muy pequeño hasta hoy en día he estado ligado a una desazón que nunca he llegado a saber si era innata o adquirida por un estilo de vida que me implantaron cuando era niño; el caso es que nunca he estado a gusto conmigo mismo si no me comía el tiempo; y siempre tiene que ser un tiempo futuro, el presente no me vale y el pasado me ha parecido ya inservible. Mi profesión me exige proyectos a largo plazo, soy ejecutivo y pertenezco a una empresa multinacional; nunca estoy quieto, aunque parezca que tengo momentos de reposo porque mi cuerpo se encuentra en estado de relajación: sentado o recostado mi mente bulle y transmite a todo  mi ser, por medio del sistema nervioso, un desasosiego que hace que éste se rebele a través de unos síntomas más propios de una demostración pirotécnica que de un cuerpo humano. Aerofagia, meteorismo, flatulencia, dispepsia, todo esto puedo albergar en mi sistema digestivo por no tomarme la vida más relajadamente. Hoy por hoy esto sería imposible, además tampoco estoy dispuesto a que por cuatro pe-di-tooos, inoportunos e indiscretos, deba abandonar una brillante carrera profesional. “Dése prisa, por favor, a ver si llegamos pronto al Museo dell’Opera; siento instigarle de esta manera, pero tengo poco tiempo”. “Relájese señor, ya queda poco, estamos muy cerca”. Llevo una vida tan cronometrada y de aceleración extrema que no saboreo los instantes más simples que respiro; prometo que cuando esté con Habakukkk estaré sereno; mantendré la compostura como si fuera un niño obediente, de hecho el encontrarme con él me relaja; diría que me hace sentir más humano; me olvido de mi vida profesional que anula la normalidad de mi persona. “Ya hemos llegado, señor”. “Al fin, tome el importe y quédese con el cambio, gracias por su rapidez”. Nunca cojo el tique de entrada, o no me ven, o hacen que no me ven, o se creen que soy uno más de la familia de esculturas que aquí residen, o mi cara les resulta tan conocida que asimilan que pertenezco al edificio, y eso que hace algún tiempo que no vengo por aquí, sea como sea yo entro. ¿Dónde estará Hhhabakukkk? No lo encuentro, juraría que estaba en esta sala con las demás esculturas, ¿lo habrán cambiado? Voy a seguir buscando...Voilà, allí está; lo han dejado solo y tiene una nueva iluminación; es una sala grande para una única escultura; la luz proyectada hacia él hace que resalte en medio de la penumbra; posee una gran fuerza, es impactante. ¿Qué habrá en esta sala contigua? Voy a mirar; desde mi última visita ha habido algunos cambios que alteran la ubicación;  todo será cuestión de indagar. ¡Oh! Si han puesto a Nikkko; lo han dejado solo también, levantando a ese hombre y esas dos mujeres ayudándole; aún no lo han logrado, no han conseguido ponerlo de pie; mira que ya llevan años intentándolo y no hay manera. Estoy convencido de que necesitarán más ayuda. Me gusta como están iluminados, hasta la penumbra que los rodea resulta acogedora... Tengo una idea, si después de hablar con Habakuk me queda tiempo, les echaré una mano... Voy a dejarme de monsergas ya que el tiempo apremia y voy a hablar con él: Hola, Hablakukk, ¿cómo estás? Disculpa por no haberte visitado antes; he estado tan ocupado que no he tenido tiempo de venir por aquí; pensarás que esto no es disculpa y te lo creerás a medias, pero es la verdad. Estos últimos meses mi empresa me ha mantenido alejado de estas tierras y ahí  estriba el motivo de mi pequeña deserción; aprovechando el intervalo que tengo entre avión y avión he venido a verte; sé lo que me vas a decir: que debo dejar de andar por las nubes y fijar los pies en la tierra; es un buen consejo viniendo de un hombre tan terrenal. Echaba de menos nuestras conversaciones, bueno, llamar conversación a lo nuestro es mucho calificar, digamos monólogos porque llamarlo diálogo también me parece una exageración; al fin y al cabo tú sólo me escuchas y yo hablo y hablo y hablo y hablok y hablok y hablok y hhhablok y hhhablokkk y hhhablokkk... y tú no dices nada; también es cierto que hay interlocutores que son parcos en palabras por no decir mudos y el que lleva la conversación es el otro; sea como sea yo hablo y tú escuchas porque hablar los dos al mismo tiempo sería la incomprensión y además éste no es el caso. Tampoco entiendo mucho la razón de venir aquí a desahogarme; voy a serte sincero Haaabakukkk y que no te parezca mal, pero es la verdad, no eres más que una mole de piedra, muy bien esculpida, eso sí, y nada más. Me hubiese sido más sencillo tomarle simpatía a una pared para poder hablar con ella y mira por dónde no ha sido así. ¿No te habrá sentado mal lo que acabo de decir? La verdad es la verdad: tú piedra, yo carne; yo carne, tú piedra; tú piedra, yo carne... Además, creo que debes sentirte orgulloso de que muchas veces venga desde tan lejos a hacerte una visita; pocos visitantes lo harán con tanta asiduidad. El caso, Habbblakuk, es que a veces llego a la conclusión de que pertenezco a un mundo de locos; el tiempo transcurre con tanta aceleración o lo hago transcurrir con tanta aceleración que soy incapaz de asimilar los acontecimientos que me rodean  y lo que es más triste: mi propia vida. Esa aceleración origina un menosprecio hacia el pasado; éste queda relegado a un segundo plano y el mirar hacia atrás exige una dedicación que no vale la pena acometer. Y sin embargo, vengo aquí, me sitúo frente a ti, y creo que eres el freno, el punto de descanso y reflexión a mi vida acelerada. Tú, Hablakukkk, representas el tiempo pasado, la experiencia. Si hablases, cuántas anécdotas podrías contarme, porque no me dirás que no has conocido gente, además, siempre has sido un testigo mudo de  la sociedad de estos últimos siglos; por la forma en que te han mirado estoy seguro de que has sacado tus propias conclusiones sobre el ser humano, ¿hemos cambiado tanto?, ¿hemos mejorado o empeorado? Externamente es posible que hayamos avanzado; me refiero a la indumentaria, costumbres y avances científicos, pero en nuestro interior, nuestra persona, creo que aún nos seguimos moviendo por instintos primarios. Quizá no estés de acuerdo; ver el mundo desde un pedestal confiere a la persona cierto privilegio; contemplar a los demás desde las alturas puede interpretarse como una postura de desprecio; el que yo te mire desde un nivel inferior puede tomarse en un sentido de súplica; me da lo mismo la conclusión a la que se llegue, eso no nos concierne ya que no es nuestro caso, tanto tú como yo a pesar del nivel en el que nos encontramos nos hablamos de tú a tú. Tu expresión me indica que tienes y quieres decirme algo; tómate el tiempo que sea necesario... mejor pensado, no tanto porque hay que reconocer que llevas años para decir algo y aún no te has decidido, y sigues tan lozano y fresco como una lechuga; piensa que yo no dispongo del mismo tiempo y tengo tendencia a marchitarme, la materia de la que estoy hecho es caduca. No obstante, sigo hablando para que te animes. Hay poca gente hoy en el museo, tanto esta sala como las contiguas están prácticamente vacías, mejor así; la ausencia de público facilita la intimidad y ya no digamos esta penumbra. No sé de quién habrá sido la idea; el hecho de ubicaros a ti en una sala solo, en una sola sala, en una salo sola, en una losa sola, en una laso losa y a Nnniko en otra me ha parecido extraordinario. Hablando de frivolidades, Habbaqukkk, ¿puedo decirte algo? Me gusta la ropa que llevas puesta, no sé por qué, pero la encuentro... la encuentro...la encuentro... ¿cómo decir? Contemporánea, eso, contemporánea y  ¿qué me dices de tu corte de pelo? Moderno, muy moderno. Hay que andar con los tiempos, sería la frase idónea en esta situación; pero tú eres atemporal, eres una coincidencia del momento y del tiempo a lo largo de los siglos. Cambiando de tema, el pobre de Nikooo cómo se esfuerza en levantar a ese hombre y no lo consigue, pues no será por falta de tiempo; esas dos mujeres poco pueden ayudarle, además le falta una pierna, seguro que lo habrán herido en la guerra. ¿Sabes? Creo que nos juntamos tres víctimas de nuestras propias circunstancias: Niiikooo víctima de un esfuerzo inútil, tú incapaz de poder hablar y yo implicado en unas prisas que no me conducen a nada. Hablakkkuk, tengo cierta curiosidad desde la primera vez que vine a este museo; pude haberla satisfecho en mis anteriores visitas, pero la pregunta siempre se me iba y ahora me gustaría aclararla: ¿ por qué este museo se llama dell’ Opera? Porque aquí estáis todos mudos y yo no me voy a creer que por la noche os dedicáis a cantar o ¿sí?. Me llevaría una gran sorpresa. Si así fuera me gustaría participar, aunque me sería imposible, mis prisas me lo impiden. ¿ O este edificio fue en su momento un teatro dell’ Opera? No me lo parece, no tiene trazas de eso. De día fijo que no abrís la boca y ¿de noche? Puede que esto sea un misterio, lo dejaré como tal. Es agradable la temperatura que reina en el museo; por norma general las temperaturas que predominan en estos lugares de exhibición y de conservación, ¿por qué no?, siempre son medias, nunca llegan a extremas; os cuidan bien, aunque hay que decir que la pintura es mucho más frágil que la escultura; vosotros sois más duros, estáis hechos para vivir a la intemperie; apuesto que algunos de tus compañeros que aquí moran, quizá y no por gusto, han pasado más tiempo al aire libre, aguantando las inclemencias del tiempo, que bajo un techo protector, pero así es la vida. Hablakuqqq, ¿por qué me miras tan fijamente?, ¿qué me quieres decir? Soy muy torpe y no sé leer en la mirada o tal vez un poco, sacaría conclusiones erróneas; la palabra sería la solución más acertada, no te cohibas y habla, soy todo oídos. Admiro a alguna gente que pulula por los museos; admiro la interpretación que saben hacer de gestos, colores, sombras y que poseen ese toque especial de sensibilidad para con las artes plásticas; aparte de ese don innato a éste también hay que educarlo y para eso hay que tener tiempo, sobre todo esforzarse por tenerlo; yo soy un hombre muy ocupado, un hombre lleno de prisas, que quiere abarcarlo todo y que por avaricia apenas logra nada, pero el mundo, más concretamente mi vida que en él se desenvuelve, está montado de esta manera y me arrastra y me dejo llevar y no pongo impedimentos ¿ debería rebelarme aunque sólo fuera por un momento?... Nnnikkko toda una vida intentando levantar a ese hombre y no lo ha conseguido; da la sensación de haberse quedado congelado en un instante de esfuerzo; representa una generosidad hacia el prójimo paralizada, a punto de lograrlo o de desistir. Es tenaz y me consta que alcanzará su meta con o sin ayuda. Hablacuc, tanto tú como Nico, sois duros, estáis hechos de un material duro, el mármol; yo soy frágil, estoy hecho de carne, un material perecedero, si no se le insufla vida se deteriora y se corrompe; no estoy hecho para perdurar, soy caduco; vosotros estáis destinados para la eternidad, para resistir al tiempo, sencillamente os habéis quedado a punto de... y yo estoy a punto de...pertenecemos a futuros inmediatos, a lo que nos pueda acontecer dentro de cinco, seis, siete... segundos o dentro de un cuarto de hora, pero no más. ¿Cuánto mides? Calculo de uno noventa a dos metros más o menos, y ¿Niccco?  Él mide mucho más, unos dos metros, es corpulento, lo necesita para levantar un cuerpo muerto, yo mido menos ¡qué más da! ¡para qué entrar en detalles! ¿Sabes? Ni mi familia, ni mis amigos, ni mi empresa están enterados de estas visitas; las ignoran, y yo nunca les he hecho ningún comentario, es algo mío, personal, es un lapso en el tiempo, inexistente en una globalidad, ignorado entre los acontecimientos del día a día, de la cotidianidad. Vengo aquí cargado de prisas, pero sea como sea, intento venir. ¿Qué provecho saco de estas visitas? No lo sé; es lamentable el haber hecho esta pregunta, estoy pensando como hombre de empresa; éste siempre ve beneficios en todas partes y si no, abandona el objetivo y enfoca las miras hacia otros intereses; si mis allegados se enterasen me dirían que es una pérdida de tiempo y que no estoy para tales despilfarros; no lo considero así, no creo ni en tal pérdida y no me importa que lo llegasen a saber, creo que es mi secreto, por llamarlo de alguna manera, y aunque fuera un secreto a voces me daría igual, ¿ qué cuestionan la finalidad y la cordura de dichas visitas? Eso sólo me concierne a mí. Quizá venga aquí a encontrar respuestas a unas preguntas que en silencio me hago y que nadie me sabe responder, aunque aquí tampoco soluciono nada porque tú no hablas Hablllaqukkk y con Nikooo ya ni lo intento pues veo que está absorto en su tarea y sería inútil atraer su atención. Me conformo con el simple hecho de verme motivado a cuestionarme y a mantener la esperanza en lo de estar a punto de... “¿Dónde ha quedado mi prisa? Después de llevar un rato hablando me he tranquilizado y aquellas ansias por cumplir con un tiempo prefijado han amainado, como todo está a punto de... ¿Qué espero? ¿qué va a suceder? Si soy realista diría que nada, pero como en estos momentos me encuentro esperanzado diría que cualquier cosa de lo ya previsible: que Hablak hablará, que Miko logrará levantar a ese hombre y que yo me iré o me quedaré. Todo está a punto de suceder, quedan unos instantes nada más, a lo sumo minutos. Se me ocurre algo: ¿y si perdiera el  avión?, ¿y si estuviera a punto de perderlo? Podría pasar que tuviera que alterar toda una agenda de trabajo o sencillamente desdramatizar una situación a la que se le ha concedido demasiado interés y que sólo sería un retraso, una arritmia sin importancia en el latir cotidiano de una vida, pero de mí dependen muchas decisiones y la organización laboral de mucha gente; debo repetirme y convencerme de que no soy necesario, pueden pasar sin mí, me echarían en falta los primeros días, pronto cubrirían mi puesto con otro compañero. Tú ¿qué opinas, Jablakkk? No opinas nada  ¿no crees que sería interesante de que yo un hombre importante, de enorme responsabilidad, cumplidor de las normas laborales a rajatabla, exigente, cometiera un pequeño fallo y estuviera a punto de perder el avión, consciente de lo que eso significa, y transgrediera una rutina, un ritmo de aceleración y que pusiera como disculpa una excusa tan poco lógica como que  “he estado a punto de”? “ No, señores, estoy a punto de... Estoy a punto de... no, señores, seamos más internacionales, ya que somos una empresa multinacional, seamos más universales, hablemos en las lenguas en las que nos desenvolvemos, practiquemos el don de lenguas, repitan conmigo: “ estar a punto de” “être sur le point de” ‘to be about to’ ,drauf und dran sein zu’ “essere sul punto di”, señores, estoy a punto de..., a punto de...a punto de...de...”. Así me expresaría ante el comité general de empresa, pero me quedaría congelado en ese punto, en ese instante, en esa décima de segundo en el que la rabia se paraliza, se frena en la garganta y permite a las palabras que contengan su ira. Jablakkkuppp, ¿no estaré harto de todo esto?¿ No crees que debería dejarme de tantos remilgos y lo que es un futuro inmediato se convirtiera en un presente real y verídico? Decirles que ya está bien de exigencias, de majaderías y que, como un niño cuando se emberrincha, sólo quiere peace, peace, peace, pice, pice, pice, pi:s, pi:s, pi:s, pis, pis, pis. Seguimos erguidos, los tres seguimos erguidos, de pie, manteniendo el tipo y no desfallecemos y  ¿si cantáramos?, ¿qué te parece? No es mala idea, pero el único que terminaría haciéndolo sería yo, tú no estás por la labor y Mikkko  ¡ya ves! A lo suyo. Si supiera que cantándote te ayudaría a hablar, no lo dudes que lo haría, te cantaría en voz baja y, para no llamar la atención, al oído, a pesar de que estás tan alto me las arreglaría para que mi canto fuera como un susurro. Sabes que me encantaría; hace tanto tiempo que de mi boca no salen unas notas armoniosas; mi voz se ha convertido en una especie de máquina de dar órdenes, mis palabras configuran frases en códigos preestablecidos y empleados según las profesiones, la mía tiene los suyos propios. Día tras día, una serie de situaciones desencadena un vocabulario y una frases que sólo permanecen en la superficie, órdenes o decisiones siempre en beneficio de la empresa, claro está, y si en algún momento aparece una grieta por donde aflora un sentimiento rápidamente ésta es cubierta por un pase instantáneo de indiferencia. En casa que es el lugar en donde la confianza desnuda las manías y las anima a sincerarse, yo no tengo tiempo, miento, sí tengo tiempo; pero estoy casi siempre agotado, hablo con mi esposa sobre los acontecimientos diarios de la vida familiar y en el transcurso de la conversación, si me abandona el interés por lo comentado, un derrumbe interior se produce en mí causado por el cansancio, sumergiéndome en una somnolencia con la cual la lástima que por mí siente mi esposa no osa enfrentarse. Es chocante que venga aquí a reconocer que me gustaría cantar, que me gustaría que cantáramos, tal vez porque te veo inmóvil y  “a narices”, perdona por la expresión, me tendrías que escuchar, ¡a todo el mundo le gusta que le escuchen! O  ¿a ti no? Piensa que estás a punto de...a punto de...de...de... Piensa que aquí el único que está dispuesto a escucharte soy yo. Hace tanto tiempo que no canto, creo que desde que mis hijos eran pequeños; entonces aún disponía de tiempo y de ganas, ahora ya no me motivan; indudablemente han crecido y están en esa adolescencia en que la fantasía infantil se ha perdido y esa frágil e incipiente cordura les llevaría a pensar que su padre se ha vuelto un poco majareta. Siempre cantábamos algo antes de que se acostaran; ahora casi ni los veo y cuando por casualidad me topo con ellos en casa me resultan casi seres extraños, aunque instintivamente algo me dice que son mis hijos. Mi tiempo marcha a un paso más acelerado, su tiempo no alcanza al mío, nunca llegan a igualarse; yo no puedo ralentizar y ellos no pueden apurar; está visto que no sincronizamos, los pierdo y me pierden, nos perdemos; yo pierdo, tú pierdes, él pierde, nosotros perdemos, vosotros perdéis y ellos pierden. Siempre hay algo que perder. Hasta yo puedo perder mi avión  ¿por qué no? Ablakkkukkk  ¿por qué no me hablas? ¿Por qué te niegas a hablar? Yo sé que durante tu vida “activa” fuiste profeta y los profetas, no lo negarás, siempre han tenido mucho pico; disculpa por decírtelo tan clara y familiarmente, es verdad, ¿por qué ahora no decides romper con tu vida “pasiva” y volver a la  “activa”? Te lo digo por activa y por pasiva, o como quieras, por pasiva y por activa  ¿por qué carajo no hablas de una vez? ¡Mira que eres tozudo! Pues a eso no hay quien me gane. Ya sabes que recuperar las buenas costumbres, siempre sienta bien ¿o no? Además te pasaste tu buen tiempo profetizando ¿ ya no hay nada más que profetizar? ¿Está todo dicho? ¿El verbo profetizar ha caído en desuso? O ¿hay miedo a que el profe atice? Los pro-fetos o pro-jetas siempre han atizado con la palabra; en cierto modo habéis hecho vuestra revolución muy sutilmente; como quien no quiere la cosa habéis alzado vuestra arma, que ha sido la palabra, para anunciar un futuro más o menos próximo o lejano, pero no inmediato; el futuro inmediato lo tenemos nosotros: Nico, tú y yo. Querido amigo, estamos a punto de... estamos a punto de... a punto de...punto de...de... de...estamos a punto de caramelo. Si tú no hablas, si Nicko no levanta a ese hombre de una vez y si yo no pierdo el avión ahora, no lo lograremos nunca... Para que veas, daré yo el primer paso: ya he decidido perder el avión, me quedaré aquí, mi futuro inmediato se ha convertido en un presente real, ¿a qué esperas?, ¿a qué esperáis?, ¿tienes miedo a perder algo? Más no puedo hacer. Ya no me quedan recursos para hacerte hablar; creo que lo he intentado todo; no se me ocurre nada, o tal vez sí, a lo mejor necesitas unas palabras mágicas que te hagan salir de tu encantamiento y las que me vienen a la memoria son las de siempre, las que sin querer te he estado repitiendo durante este encuentro: “ Hablakuk hablak”  “Hablakuk hablak” “Hablakuk hablak”  “Hablakuk hablak” “Hablakuk hablak”  “ Hablakuk hablak”  “Hablakuk hablak” “ Hablakuk hablak” “ Hablakuk hablak”  “Hablakuk hablak”  “Habla, habla de una vez o te maldeciré para siempre”.