jueves, 31 de mayo de 2018

8=1000


  
                                                                 
Retrato-Pascal Laloy

Cuando le dijeron que no podía hablar, se llevó una gran sorpresa; una alegría interior lo embargaba y no sabía por qué; en el fondo esperaba aquella prohibición, algo que interrumpiera la monotonía de su trabajo. Hacía tiempo que notaba molestias en la garganta, pero la entrega que mostraba en su profesión le impedía disponer del momento idóneo para visitar al otorrino; entre clase y clase un día se escapó, abandonó sus quehaceres y fue en busca de un remedio a aquel malestar que, cuando alzaba la voz, se convertía en dolor, obligándole primeramente a bajar el volumen e intensidad hasta quedarse sin poder pronunciar una palabra en medio de una explicación. Era catedrático de matemáticas, media vida de entrega para hacer entender a sus alumnos unos números, una abstracción. Le daba rabia estar embebido en un teorema y de repente tener que abandonarlo por un impedimento físico; era tal la valoración que concedía a su materia que estaba por encima de cualquier obstáculo que pudiera proporcionarle su vida privada, o incluso física. El diagnóstico había sido claro: unas cuerdas vocales estaban muy delicadas y necesitaban reposo, era obligado coger unos meses de descanso para que otra vez su garganta recuperara su estado óptimo; no debería hablar nada durante aquel periodo de tiempo, nada de nada, nada de nada, nada de nada, nada de nata, nada de nata, nada de nata, nata de nada, nata de nada, nata de nada... Nata de nata. El médico fue tajante; dio su veredicto  con palabras cortantes haciendo una incisión en su vida de meses: cuatro serían suficientes. Cuando pronunció ese número él se estremeció ya que sonaba diferente en boca de un facultativo; quizá él lo articularía de otra manera. Fuera de clase los números parecían tener otra significación, otra intención; trabajaba con ellos en fórmulas, en teoremas... extraía de ellos conclusiones que, para una persona no vinculada a las matemáticas, sonarían a chino; en la vida normal un número podía alcanzar la simplicidad más común. Tendría que coger una baja por enfermedad, nunca le había pasado tal cosa, y en el fondo se alegraba sin saber el motivo del regocijo, las matemáticas podían seguir su rumbo sin su imprescindible figura. Nunca había barajado la posibilidad de no hablar, era algo tan elemental como el ver, oír, tocar... capacidades tan asumidas a su persona que si prescindía de alguna de ellas le parecía no ser el mismo, y sin embargo, cuando el médico pronunció aquella prohibición, de repente sintió curiosidad. Le vendría bien dejar durante algún tiempo su actividad cotidiana y centrarse un poco en aquella nueva faceta que implicaba la comunicación con los demás por medio del gesto o como mucho por la palabra escrita. En un primer momento esta última opción la dio como válida, pero pronto la descartó; sentía verdadera curiosidad por saber cómo se desenvolvería en aquel nuevo campo de expresión que era la mímica; nunca lo había hecho y ya no tenía tiempo para que alguien lo orientara; pensó en sus clases, en el momento en que estaba en el estrado explicando algún problema, se esforzaba por dejarse entender, ese esfuerzo no sólo lo demostraba en una elección de términos comprensibles, sino también en una gesticulación atrayente e inteligible facilitando la dificultad y la resolución del problema propuesto; sencillamente haría lo mismo, pero sin la palabra. Una de las primeras preguntas que le surgieron fue qué haría durante aquellos meses, estaba excluida la idea de continuar trabajando en un estudio de investigación sobre la relación entre las matemáticas y la música; lo aparcaría durante ese tiempo, se dedicaría a descubrir el mundo desde un punto de vista relajado, viviendo el día a día como receptor y no como transmisor, viajaría, pero al azar, sin un destino prefijado o una meta que cumplir, siempre que cogía un avión era por razones profesionales: bien a congresos o bien a la presentación de ponencias; lo que en realidad necesitaba era “perderse” y nada mejor que aprovechar aquellos meses para oír y no para hablar. Se dedicaría a oír, para comunicarse con los demás emplearía el gesto, fuera donde fuese el idioma del que se serviría sería uno muy primitivo: el lenguaje de las manos. Ante la nueva propuesta y el inesperado reto pegó un salto, manifestación externa nada común en él ya que su comportamiento estaba en parte supeditado a la seriedad que, según cómo y quién la mirara, podía aparentar aquella materia su modus vivendi. La conclusión a  la que había llegado era que con un tratamiento y aquellos cuatro meses de reposo vocal, su voz estaría de nuevo en forma; la responsabilidad que concedía a sus clases y a sus trabajos de investigación se resentirían ligeramente, en el aula un sustituto lo remplazaría durante aquel tiempo y sus proyectos podían esperar. Cuando abandonó la consulta del otorrino ya había asumido su nueva situación; no cogió ningún transporte público para regresar a la facultad, al día siguiente iría allí para entregar su parte de baja y explicarles la causa de aquel cese temporal. ¿Explicación verbal? No, gestuallll. No diría nada a nadie, ni a sus familiares ni amigos más allegados, sencillamente tenía que quedarse callado, a fin de cuentas cuatro meses pasaban deprisa; le resultó gracioso pensar que a veces en sus clases reclamaba silencio, y ahora él se lo tenía que imponer a sí mismo. Se sentó en un banco que había en la acera cerca de la consulta, era una calle muy transitada tanto en el sentido peatonal como de automóviles, no estaba cansado, estaba bien, pero creyó que en el hecho de sentarse las ideas que le afluían tomarían también un cierto descanso, se acurrucó y subió el cuello de su cazadora, era noviembre y ya empezaba a hacer frío; con la cabeza baja, como si le pesara, fijó la mirada en el suelo de la acera, en sus baldosas y en los cuadrados que formaban, sobre ellos pisaban los transeúntes, las suelas de sus zapatos desprendían ciertos sonidos, describían sus pisadas, no todos eran iguales: la suela de goma sonaba de distinta manera que una de cuero, por ejemplo; influía también la forma de pisar o la rapidez del paso. Advirtió que toda aquella apreciación era algo nuevo y simple para él, algo que nunca había valorado, bien por falta de tiempo, bien por falta de atención o ambas cosas. A un segundo plano había relegado la vista, comparó los dos sentidos y a ésta la calificó de simple; algo que entraba por los ojos y se asimilaba instantáneamente, aquella sensación carecía de dificultad de entendimiento; el oído exigía tal vez una mayor apreciación, un esfuerzo por parte del oyente. Empezó a contar pasos, a veces era tanta la avalancha que se perdía en el recuento, él mismo, un experto, se perdía entre los números. Decidió levantarse e ir hacia su apartamento caminando, le sorprendió aquella decisión, no estaba acostumbrado al ejercicio físico, lo evitaba siempre que tenía a mano algún medio de transporte público; no tenía coche propio, la velocidad y las matemáticas no concordaban con su persona, había una especie de discordia entre ambas y como resultado una distracción y falta de interés ante cualquier artilugio de tracción mecánica; no se dio prisa, estaba paseando, algo inhabitual en él ya que siempre andaba acelerado, no podía perder tiempo, obsesión que a veces lo martirizaba, no concebía su mundo si  no estaba ocupado en algo, un momento de descanso significaba inutilidad, menosprecio del tiempo, como si éste llegase a cotizar en bolsa y no pudiera permitirse el lujo de malgastarlo aunque solamente fuera un poco. Advirtió el sonido de su paso, amortiguado por la suelas de goma de sus zapatos; un pisar discreto, casi inapreciable; la vista lo guiaba y prestaba especial atención a todos aquellos sonidos que lo rodeaban, ninguno en concreto, todos formaban parte de la vida cotidiana, y se alegró de caminar, de oír, de ver y de no hablar. Su pacto de silencio con el mundo había empezado, aquella caminata era el comienzo de un largo paseo, tenía la sensación que ante él se extendía un trayecto y al final de éste un punto: una línea recta que tenía como límite un punto. Un razonamiento de lo más simple, había llegado a la conclusión de la simplicidad. No quería liarse con las palabras, le parecía que no era el momento de demostrar nada, no estaba teorizando y no estaba tampoco en ninguna de sus clases. Siguió caminando lentamente, de todos aquellos rostros desconocidos que contemplaba se fijaba únicamente en sus bocas: las había cerradas, como la de él, otras articulaban palabras dirigidas a un interlocutor, no podía captarlas, pero cuando pasaban junto a su lado, percibía su aliento, su intención. Hubo un momento en el que se sintió transportado por la distracción y tropezó contra una anciana, en ese mismo instante su mente envió una señal de disculpa verbal que se frenó al llegar a la boca, convirtiendo la palabra en un gesto labial que adquirió su punto álgido en una sonrisa indulgente. Para olvidar el percance que no encajaba en las circunstancias del momento miró de repente hacia la izquierda y vio un escaparate, se acercó y allí estaban expuestos unos jerseis, sintió necesidad de comprar uno, entró, se lo probó, pagó y salió con él puesto, ¿capricho? ¿antojo infantil? ¿tenía frío? Nobody knows Nadie lo sabe. Como no había sido suficiente contemplarse en el espejo del probador, volvió al escaparate y observó su reflejo en el cristal, la imagen que allí se presentaba de él carecía de nitidez,  era un contraluz, la compra apenas era visible, la cazadora la cubría, en el fondo le daba lo mismo, se conformó con verse reflejado, algo en él se preguntaba si había cambiado, la tranquilidad llegó por la ausencia de sorpresa, todo seguía igual, había reconocido su figura, su silencio no daba señales externas. Aunque el frío había aumentado, siguió caminando, pasó por delante de una agencia de viajes y se paró, ante sí tenía ofertado medio mundo, no tenía interés en visitar un país o ciudad determinados, tampoco quería ir en viaje cultural; estaba seguro de que deseaba hacer un viaje, pero no con las intenciones con las que se suelen hacer: visitar los monumentos principales, saborear la gastronomía, comprar algún recuerdo, entrar en contacto con las gentes... Nada de eso. Al ir leyendo aquellos nombres geográficos instintivamente iba haciendo una selección, descartó desde un principio un viaje generalizado a un país, se decidiría por una ciudad, sí, seguro, exclusivamente una ciudad y la elegiría al azar, se pasearía por ella y oiría sus sonidos y no hablaría nada, en una palabra, se perdería, exacto lo que quería, se perdería entre sus calles, sus gentes, sus voces y él mudo. No entró en la agencia, no le comprenderían, no le entenderían,  ni haciendo uso de la palabra, cosa prohibida, captarían sus intenciones; empezó a acelerar el paso hacia su apartamento, en el silencio de internet estaba la clave, buscaría y estaba seguro de que allí encontraría su destino. Hacía tiempo que no caminaba tan deprisa, hubo un momento en que llegó al sofoco, el temor a perder aquella idea lo aceleraba, necesitaba con urgencia llegar a su punto de destino para ver culminada su realización; se paró en seco, reflexionó y cierta cordura aminoró su marcha; continuó a paso normal, aunque de vez en cuando una ligereza de nervio lo impulsaba a dar zancadas. Había llegado a su apartamento, abrió la puerta y un enorme vacío golpeó su rostro, aún no se había acostumbrado a la ausencia de su compañera, cuando estaba en casa y ella oía las llaves en el cerrojo siempre venía a su encuentro y le daba un beso en los labios, según había pasado el día así era de apasionado, él se dejaba llevar, después de estar inmerso en un mundo que le absorbía la mente, obligándole a una máxima concentración, el llegar a casa era como llegar a un oasis; ella lo besaba y le hacía cosquillas, él se retorcía y liberaba aquel cuerpo de un entumecimiento intelectual entregándose ambos a una concupiscencia que los dejaba relajados en cuerpo y alma. Pero todo aquello había pasado, no quería recordar otra vez las causas de su ruptura, hacía meses ya de aquello y ambos lo habían aceptado de buen grado, aunque todavía quedasen rescoldos de su ausencia; llevó la mano a su boca y con los dedos frotó los labios como queriendo dar con aquel pase una capa de olvido. Fue inmediatamente hacia la sala donde estaba el ordenador y se adentró en internet, buscó la página correspondiente y aquello era una oferta masiva de viajes; había decidido buscar al azar, elegiría por el número de vuelo, no por el destino, empezaron a desfilar números y números, le gustaban todos, bueno, no todos, había unos más que otros, por ejemplo los que tenían el número 8 gozaban de cierta preferencia, se decidió por el vuelo 1860,  estaría una semana aproximadamente por lo tanto escogería el viaje de vuelta, le gustó mucho el número de vuelo 1911; hizo clic y empezó a dar sus datos, apenas había prestado atención a la ciudad a donde iría, en un momento de abandono se dijo que para perderse cualquier ciudad le valía, reflexionó y le concedió importancia efímera a aquel instante, sabiendo que la verdad subyacía en aquel comentario. Durante toda la operación de reserva, forma de pago, identificación...advirtió aquel sonido de clic, le llamó la atención, indudablemente estaba cansado de oírlo, pero en aquel momento tomó su relevancia y pulsó varias veces y muchas, muchas más, queriendo extraer un significado a aquella especie de lenguaje, respondía a sus órdenes que se confirmaban en la pantalla, pero nada más, su dedo índice hizo clic hasta el agotamiento, hasta el entumecimiento, hasta que una ira cargada de rabia se desahogó ante aquel aparato inteligente, pero mudo. Se sonrió, aquella actitud le pareció más una actuación teatral que una descarga anímica. ¿Qué suerte le había deparado su elección? Buscó en la pantalla la ciudad, al primer momento no la encontró, pero pronto descubrió su destino: era la ciudad de Mönch, no le sonaba a nada, mejor, era lo que quería, sabía que a medida que pasaban las horas se familiarizaría con el nombre, se haría una idea de lugar, sería un destino como otro cualquiera. Saldría dentro de dos días, por lo tanto al día siguiente iría a la facultad a entregar el parte de baja y prepararía un bolso con lo necesario para el viaje. El día lo pasó corrigiendo unas pruebas y trabajos que hacía tiempo tenía pendientes, cenó temprano y se acostó. Podía decirse que durmió bien aquella noche, tuvo sueños, no pesadillas, había números que aparecían y desaparecían, pero había dos que insistían, aún tratando de eludirlos, su presencia era machacona, eran el 1000 y el 8. Al despertar, se esforzó por recordar lo que había soñado, pero lo único que sacaba en limpio y tenía claro eran aquellas cifras. Habituado a trabajar con números quiso buscarles un significado, el secreto de una clave, los colocó de todas las formas posibles; empleó fórmulas que no conducían a conclusiones, tanto los mareó que decidió abandonar el intento y dejarlos como estaban. Se levantó, a aquellas horas siempre encendía la radio, mientras se aseaba y desayunaba le gustaba escuchar las noticias, aquel día no lo hizo, se había levantado con la sensación de que su percepción auditiva se había agudizado, por un momento pensó en una manía que lo estaba asediando, sin embargo, cuando abrió el grifo de la ducha o manejaba los instrumentos del afeitado, percibía aquellos sonidos con más claridad; también podía ser que se había mentalizado y predispuesto a agudizar el sentido del oído, sí, seguro que era eso. Mientras se afeitaba su rostro se reflejaba en un espejo redondo de aumento, se contempló y como para asustar la imagen del reflejado, lanzó aliento y la superficie se empañó, desapareció, con el dedo escribió el 8, lo borró, se vio, más aliento, desapareció, escribió 1000, lo borró y se vio de nuevo, su cara a medio afeitar allí lo aguardaba. Cogió el metro para ir a la facultad, iba a ser la primera vez que ampliamente se expresaría en su nuevo lenguaje, le costó arrancar, vio sorpresa en el rostro de sus compañeros de departamento, asociarlo a él a la mímica solamente era algo extraño, si bien siempre había sido muy expresivo en gestos, éstos iban acompañados por medio de la palabra, ambos lenguajes completaban una perfecta comprensión de sus intenciones; comprobó que no era necesario gesticular mucho, había que simplificar las ideas con unos cuantos gestos concisos, rotundos; su interlocutor pronto captó su significado y así fue, se despidió de sus compañeros que le desearon una pronta mejoría. Al salir se encontró con unos alumnos que lo pararon para hacerle algunas preguntas sobre unos seminarios, no respondió, se limitó a llevar el dedo índice a sus labios en señal de abstención, con aquel signo harpocrático daba comienzo su voto oficial de silencio. De vuelta a casa decidió coger el metro de nuevo, por los pasillos que conducían a los diferentes andenes oyó cómo los pasos de la gente resonaban en sus idas y venidas, casi siempre obligados por la prisa, apenas se captaban murmullos o conversaciones; entró en un vagón, se sentó y observó los rostros de las personas que le rodeaban, por sus facciones algunos parecían ser extranjeros, le hubiera gustado oírles hablar en su idioma respectivo, pero el chirriar de un freno largo y agudo lo distrajo de su caprichoso deseo; leyó rótulos que lanzaban mensajes publicitarios, simplemente por el mero hecho de leerlos, sin captar su contenido ni intenciones, en uno de ellos sobresalía la cifra 1000, pero aquello fue una ráfaga y nada más. Aunque no había sonidos a destacar, podía decirse que los vagones sonaban a lleno, a multitud, a agitación en las paradas y a reposo en la marcha; se dio cuenta de que estaba llegando a su destino, se levantó y su mirada se clavó en un panel donde estaba expuesta la red del metro, era amplia, muy amplia, con múltiples líneas que conducían a cualquier parte de la ciudad, vio allí la línea 8, un 8, pero aquello fue una ráfaga y nada más. El metro se paró y bajó, tanteó la salida y oyó cómo las puertas del vagón se cerraban tras de sí. Hacía frío en la calle, apuró el paso al mismo tiempo que subía el cuello de su cazadora y se encogía ligeramente, en realidad no sentía frío, el jersey que había comprado le proporcionaba el calorcillo suficiente como para espantar, al menos por el momento, las incidencias de la estación; se diría que aquel encogimiento era una especie de recogimiento sobre sí mismo, el tiempo y las circunstancias personales del momento eran ideales para semejante actitud. La salida del metro quedaba muy cerca del edificio de apartamentos donde vivía, llegó a la puerta y decidió dar una vuelta por el barrio, aquel trayecto le había parecido muy corto, caminar un poco no le vendría mal, nunca lo había hecho por capricho; el desplazarse andando siempre había sido una obligación, tan pronto tenía un medio de transporte a su alcance no lo dudaba y lo cogía, pero todo había cambiado y con aquel ejercicio empezaba a sentirse aliviado y  no sabía por qué; nunca había descubierto su barrio, desconocía la gente que le rodeaba y que por proximidad formaba parte de su entorno, aunque por voluntad propia no entrara en el círculo de su privacidad; hasta entonces él se había limitado a considerar que su apartamento estaba en un lugar de la ciudad, le había tocado al norte, como si fuera al sur, al este o al oeste, le habría dado igual, el espacio que contaba para él era el que estaba comprendido entre las cuatro paredes de su apartamento, que tampoco era tanto, unos 60’20 metros cuadrados para ser exactos... Acostumbrado a jugar con los números sumó el 6 y el 2 y le dio la suma elemental de 8, pero aquello fue una ráfaga y nada más. Visto algún tiempo atrás, él habría dicho que había bullicio en “aquel” barrio, después de haber caminado durante un rato diría “su” barrio. La verdad es que había ambiente en sus calles, tenía buen comercio y tiendas pequeñas de ultramarinos, nunca se había fijado en ello, la compra la hacía en un supermercado; sintió la necesidad de confraternizar con sus vecinos, tal impulso lo llevó a entrar en una  de ellas y compró un kilo de peras, compró peras como bien podían haber sido manzanas, plátanos o patatas, por poner un ejemplo, lo imprevisible del acto no dio tiempo a pensar ni en la necesidad ni en la cantidad de la compra; lo primero que vio lo cogió, a su modo creyó que, de esa manera, había cumplido con sus vecinos. La impresión que le habían dado aquellas calles, sus edificios, sus gentes había sido muy favorable, hasta llegó a sentir un ligero orgullo por vivir entre ellos, no había sentido hostilidad, más bien un ambiente afable y acogedor. Llegó al portal de su edificio, vivía en una cuarta planta, a veces subía a pie, todo dependía de su estado de ánimo o de su concienciación por hacer algo de ejercicio; iba a coger el ascensor, estaba decidido, pulsó el botón de llamada, comprobó de dónde venía: planta 8, aquello fue una ráfaga y nada más, entró, y también entró en duda, ¿planta 4 u 8? Ridícula situación, le dio inmediatamente al 4, presionó fuerte para asegurar que la otro opción estaba descartada; en el ascensor revisó la compra que había hecho y en aquel kilo de peras le habían entrado 8 unidades, aquello fue una ráfaga y nada más; le apetecía comer una, pero se contuvo, no era el lugar, podía ser cuestión de minutos, cuando entrara en su apartamento, se comería una o dos, tres...o las 8 si fuera necesario; aquella autorreflexión le sonaba a consejo adulto, el que va dirigido a un niño para controlar sus caprichos y así poder educar el dominio de su voluntad; su yo adulto ejercía un influjo sobre su yo infantil, aceptó el consejo de buen grado y como niño obediente salió del ascensor, abrió la puerta del apartamento, la cerró y se dirigió a la cocina dispuesto a comerse una pera o dos o tres...o las 8. Cogió una pieza y la lavó, acto seguido le pegó un mordisco; apenas la había masticado cuando el sonido onomatopéyico del asco sacudió el silencio, su garganta se resistió, a pesar de su intención de no hablar y de hecho no habló, sencillamente había sido un sonido de rechazo, algo a: ¡¡¡ ajjj!!! ¡¡¡ ajjj!!! ¡¡¡ajjj!!! ¡¡¡acht!!! ¡¡¡acht!!! ¡¡¡acht!!! ¿qué pintaba ahí “acht”(8 en alemán)? Escupió el bocado en la taza del váter y soltó agua, la amargura del momento se la llevó aquel potente chorro por senderos desconocidos; volvió a coger la pera, la observó y comprobó que estaba en buen estado, conclusión: seguramente había masticado alguna parte que estaba mazada, se comió el resto y le supo a gloria, se comió una más y una más y una más, ya eran cuatro y se puso ante sí el cartel de “stop”. Después preparó la bolsa de viaje para tenerla dispuesta al día siguiente. Sentía verdadera impaciencia por verse ya en el avión rumbo a la ciudad de Mönch, por un momento sintió curiosidad por saber algo sobre el lugar pero repentinamente decayó su interés y se dijo que iba allí para  “perderse”; en un principio aquella palabra le sonó a una especie de desenfreno pasional, a dar rienda suelta a instintos carnales, y sin embargo, al hacer una frase con ella: “me he perdido”, la intención cambiaba por completo, era admitir que se había extraviado, que no sabía dónde estaba; él, un hombre adulto, poseedor de unas facultades desarrolladas a lo largo del tiempo y de las experiencias, aquello de estar  “perdido” le sonaba a algo infantil, a la búsqueda de alguien para que lo situara de nuevo en la dirección correcta, o también todo lo contrario, a arreglárselas uno mismo para salir de la situación. Insistió en la idea de  “perderse”, no buscaría información sobre aquella ciudad. El resto del día transcurrió sin pena ni gloria, más con pena que con gloria, ningún hecho a destacar, la rutina convertía a momentos del día en pura mecánica, actos robotizados que se llevaban a cabo inconscientemente. Detestaba hacer las tareas de casa: lavar, hacer la limpieza, planchar...Con la misma fuerza con que detestaba todo aquello, con la misma fuerza aceptaba, a regañadientes, el cumplir con la obligación de mantener un orden en su hogar. El día que tenía marcado para realizar aquellas labores, necesitaba una mentalización especial, se despojaba de toda intelectualidad y se convertía en un autómata de la limpieza, a veces se aceleraba para que aquellas tareas terminasen pronto y no cayeran en un punto de reflexión, lo calificaba de tiempo perdido. Se acostó y durmió perfectamente, no soñó con números, se levantó relajado, reconoció que había dormido profundamente, que había estado en otra dimensión. Miró el reloj y comprobó que se acercaba la hora de ir al aeropuerto, tendría que coger un taxi; echó una última visual al apartamento para asegurarse de que todo quedaba bien; vaciló en el último momento, no sabía si llevar la cazadora o un chaquetón, se decidió por éste último sabedor de que lo abrigaría mucho más, se lo puso, cogió la bolsa y cerró con llave la puerta, sonó un golpe decisivo, seco. En la calle paró un taxi, sin querer, miró el número de matrícula, una cifra más, nada a destacar. Mediante gestos indicó al taxista la dirección a seguir, éste para asegurarse hizo una aclaración verbal y él se la confirmó con un asentimiento de cabeza. Se sintió ridículo cuando extendió los brazos y balanceó el cuerpo de un lado a otro imitando a un avión, al fin y al cabo, era una de las primeras veces que se expresaba en aquel nuevo lenguaje y con un solo intento le habían entendido perfectamente, pronto desapareció aquella sensación de comicidad al estar avalada por el éxito. El coche se puso en marcha, acto seguido el taxista encendió la radio, escogió emisora, y una música urbana llenó aquel pequeño espacio; se adaptaba perfectamente a la situación y a todo aquel paisaje de calles, transeúntes y automóviles que desde el interior se le ofertaban a la vista, mirara hacia donde mirase; el taxista lo observaba de vez en cuando por el espejo retrovisor, a su vez él también advertía que era observado; durante todo el trayecto no se dijeron nada, una lógica aplastante no daba lugar a un razonamiento sobre aquel mutismo. Camino del aeropuerto, una avalancha de coches llenaba todos los carriles que conducían a él, aquella música era la ideal, tal era su integración con lo que veía, que pronto empezó a marcar el compás, disimuladamente sus pies se dejaban ir, chasqueaba los dedos de las manos, su cuerpo iba y venía de adelante atrás y de detrás a adelante, sin querer, quedó poseído por aquel ritmo; el taxista lo vio y aceleró, subió el volumen de la radio, él sintió que tragaba el espacio y el tiempo a una velocidad más rápida de lo normal. Una parada brusca lo hizo volver a la realidad, habían llegado al aeropuerto, miró el taxímetro, redondeó la cuenta dejándole 8 céntimos de propina, pero aquello fue una ráfaga y nada más, el taxista cogió el dinero con gesto esquivo, como queriéndose alejar pronto de aquel individuo que, poseído por el ritmo, mostraba indicios de insania. Cogió la bolsa de viaje y automáticamente se le abrieron las puertas del aeropuerto, comprobó en las pantallas el número de su vuelo y se dirigió al mostrador correspondiente, entregó la información y justificantes que había conseguido por internet y una empleada de la compañía en la que iba a volar le tramitó el pasaje; con voz cálida le pidió el carné de identidad, se lo dio con un gesto volátil en consonancia con su voz etérea; entregó el equipaje y se le devolvió la documentación con el billete ya reglado, siguió las instrucciones que le habían dado, pasó los controles de revisión y se dirigió a la puerta de embarque; desde que entró en el aeropuerto hasta que llegó allí había sido un recorrido dirigido por números y letras, rótulos que indicaban adónde ir, pantallas que marcaban horarios y números de vuelo, ¡qué fácil podía perderse uno! No tenía necesidad de ir a ningún sitio para “perderse”, bastaba con dejarse llevar a lo largo de aquellos interminables pasillos, no prestar atención a ninguna de aquellas indicaciones y la “perdición” podía ser total, pero aquélla no era su voluntad; extraviarse en un aeropuerto era algo artificial, necesitaba una ciudad y sus calles y algo más, desconocía ese algo más, estaba seguro de que lo encontraría allí, no era nada material, tangible. Había llegado con antelación y se sentó a la espera de la llamada de embarque, miró con detenimiento su billete: comprobó el número de vuelo, de asiento y muchos otros números cuyo significado desconocía, indudablemente le eran familiares aunque con otra interpretación, con otra misión. Donde se encontraba era un enorme hall, allí aguardaban los pasajeros a ser reclamados para tomar su avión. A través de grandes ventanales se divisaba el desplazamiento de aviones, contempló toda aquella escena con indiferencia, como si el material del que estaban hechos fuera indigno de atención,  volvió la mirada hacia la gente que le rodeaba, todos compartían su mismo destino, durante dos o tres horas de vuelo permanecerían juntos, llegados a su destino cada uno cogería un rumbo desconocido, se perderían en la inmensidad de una ciudad. Del bolsillo sacó un cuadernillo y un lápiz y escribió varias veces el nombre de aquella ciudad, empezó a derivarlo, tenía costumbre de hacer algo parecido con los números: Mönch, Mönch, Mönch, Mönche, Mönche, Mönche...Moncho...No, Moncho, no, Mönje, Mönje, Mönje, Monje, Monje, Monje; Munich, Munich, Munich, Münche, Münche, Münche, Münje, Münje, Münje. ¿Lo había hecho bien? Miró a sus vecinos de al lado esperando una confirmación, lo ignoraban, no habían prestado atención a lo que estaba haciendo, se dio cuenta de que estaba rodeado de extraños, cada cual estaba absorto en su mundo, se sintió solo y contempló con cariño los garabatos que había hecho en la hoja de papel. Había llegado la hora de embarcar, se levantó e hizo cola, pronto entró en el avión, buscó su asiento, le había tocado al lado de la ventanilla, miró a través de ella y vio parte del ala de su avión, también algo de pista, algún camión cisterna y poco más, gris y más gris, líneas horizontales, alguna mancha de rojo, aquel encuadre le llevó a pensar en una pintura abstracta; observó cómo entraban sus compañeros de vuelo y tomaban asiento, volvió a mirar por la ventanilla y sin prestar atención leyó 1000, tardío de reflejos, segundos más tarde se dio cuenta de aquella cifra, no sabía dónde, no sabía cómo..., pero aquello fue una ráfaga y nada más. Por un momento pensó en la revisión que le habían hecho, había tenido que vaciar sus bolsillos, despojarse de su chaquetón y pasar a través de un control electrónico, no le detectaron nada peligroso que pudiera alterar la seguridad del vuelo, no se cuestionó tampoco la importancia o no del momento, se sonrió de la simple e inocente sospecha que ensombrecía su persona, un hombre de números que nunca había tenido un arma en sus manos. Aviso, el avión estaba preparado para despegar, los motores se pusieron en marcha y su rugido encogió el corazón, hubo silencio como queriendo con él dar una mayor concentración al despegue; pronto aquel aparato se estabilizó en el aire y los comentarios y la relajación volvieron a surgir en los pasajeros. Él se había olvidado de traer un libro para leer, la azafata le dio a elegir un periódico, pero él negó con la cabeza, en aquel momento no le interesaban las noticias del mundo; tampoco le apetecía mirar el exterior, solamente se contemplaban nubes y bruma, algo indefinido, una mezcla de ambas. Decidió matar el tiempo y pensó en una película de terror, aquella frase le sonó a crimen, pues él nunca lo desperdiciaba, siempre tenía sus ocupaciones. Sacó del bolsillo aquel cuadernillo y un lápiz, lo abrió en una página cualquiera y se enfrentó a la blancura de ésta; ¿Qué haría? ¿Dibujaría? ¿Escribiría? Nada surgía, aquel pequeño espacio en blanco le pareció una extensión enorme, desértica y sin querer escribió en la mitad de la página los números 8=1000, no le encontró significado y los repitió una y mil veces hasta que cubrió toda la hoja de papel con aquella especie de ecuación, no dejó ni un espacio libre, había creado una tela entretejiendo aquellos números, como un niño obediente había cumplido con el castigo que se le había impuesto por una falta de orden. Se quedó dormido y el sueño se encargó de que el tiempo de viaje se redujera hasta toparse con la sorpresa del despertar. Estaban llegando, guardó el cuadernillo y abrochó el cinturón de seguridad, miró por la ventanilla y lo que veía lo hizo volver a la realidad: veía campos labrados, granjas, autopistas que conducían a la ciudad, estos indicios y algunos más indicaban proximidad, también la pérdida de altitud del avión colaboraba en la confirmación de un aterrizaje inminente. Llegó. Pisó aquel suelo, el suelo de aquella tierra, de aquel país por donde iba a caminar. Estaba decidido a caminar y por supuesto a no hablar, lo primero contrarrestaría lo segundo. Cogió un taxi y le mostró al taxista una hoja de papel donde estaba escrita la dirección del hotel, no tuvo que hacer ningún gesto, nada que aclarar, la predisposición a una posible mímica se refrenó y el coche se puso en marcha, el aeropuerto aún estaba lejos del centro de la ciudad, pero pronto llegaron o al menos eso le pareció, cambió rápidamente de opinión cuando miró el taxímetro en el momento de pagar, le pareció caro, eso quería decir que la distancia había sido considerable. Pagó. Cogió el chaquetón y la bolsa de viaje y se presentó en la recepción del hotel, prometió explicarse por medio de gestos solamente, el recepcionista lo entendió a la perfección, pero cuando tuvo que decir su nombre se sorprendió de tal manera que instintivamente una de sus manos tapó la boca y la otra la llevó hacia el pecho, se sintió un extraño de sí mismo, como si no fuera él y fuese otro; se vio en la obligación de coger un bolígrafo y apuntar su nombre y apellidos, los escribió correctamente, mecánicamente también, en el trazo cierta inseguridad. El hotel era acogedor y no muy grande, cuando bajó del taxi le había echado una visual al edificio, tenía una fachada clásica y al mismo tiempo mostraba cierto toque de modernidad. El recepcionista le dio la llave de su habitación después de verificar la reserva y rellenar una ficha, su número era el 108, se sorprendió al ver el 8, al 10 le faltaban dos ceros, su imaginación los añadió sin más vacilaciones, pero aquello fue una ráfaga y nada más. Subió por las escaleras, le pareció que coger el ascensor para ir a un primer piso era señal de inutilidad, su habitación era la número 8, la abrió, daba a la calle, era muy luminosa, sacó de la bolsa alguna ropa y la ordenó en el armario, fue al baño y se aseó, refrescó la cara con agua fría, lo necesitaba, tenía la sensación de que cada músculo de su rostro se había entumecido a causa del viaje, pronto recuperó la expresividad facial. En conjunto la habitación estaba bien, se acercó a la ventana y contempló la calle, era muy transitada, se notaba que estaba en el centro, si alguien le hubiera preguntado por qué lo sabía, habría respondido porque olía a casco antiguo de ciudad. Se moría de ganas por pronunciar el nombre de aquel lugar, recordó su prohibición, recordó su prohibición de hablar y, sin embargo, lo repitió en su interior, en su mente, sí, en su mente, y tuvo una repercusión en todo su cuerpo, se estremeció, igual que le pasa a un edificio a causa de un estruendo, vibró. Era media mañana y el cielo estaba gris, hacía frío, ya lo había advertido al bajar del taxi; al adivinar la presencia de la pregunta obligada sobre lo que iba a hacer, sin dar opciones a ninguna otra clase de proposición, impuso el verbo caminar, era una decisión tomada. Oyó las campanadas de un reloj, le parecieron solemnes, nunca antes un instante de su vida había estado marcado por un sonido tan majestuoso, trató de buscarlo, venía de detrás de los edificios, al otro lado de la calle, miró hacia lo alto con la idea de descubrir las torres de una iglesia o catedral, pero no vio nada, y no obstante, tenía la seguridad de que procedía de un lugar sagrado. Aquellas campanadas podían ser inicio, el punto de partida de su caminar. Por un momento pensó en pedir en recepción un plano de la ciudad, eso era por lógica lo que se debería hacer y algunas veces lo había hecho en sus viajes de trabajo, pero sabía que esta vez no, había venido a caminar; le volvió a extrañar aquella finalidad, cualquiera hubiese pensado que aquella idea de caminar por una ciudad desconocida era una especie de esnobismo, rareza o desvarío; él, sin embargo, con el paso de las horas había asimilado aquella actitud como normal, incluso como si fuese una necesidad. Cogió el chaquetón, se lo puso y bajo a la calle, hacía frío, se abotonó la prenda de abrigo y empezó su peregrinar por las calles del casco antiguo, empezó a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a caminar, a camilar, a camilar, a camilar, a cavinar, a  cavinar, a cavinar, a cavilar, a cavilar, a cavilar, a cavilar, a cavilar, a cavilar, a cavilar, a cavilar, a cavilar, a cavilar. 8= 1000. A cavilar y a caminar, a cavilar y a caminar, a cavilar y a caminar, a cavilar y a caminar, a cavilar y a caminar, a cavilar y a caminar... ¿Qué había visto? ¿Dónde había leído aquellos números? Se había perdido en sus pensamientos y en la acción, ¿Qué significaba aquella ecuación? ¿Era una incógnita? Retrocedió lo ya andado en búsqueda de aquella misteriosa igualdad. Llegó a una gran plaza, la recorrió con la mirada destacando un edificio neoclásico con una gran pancarta: 8=1000, sintió orgullo, trató de razonarlo siguiendo su costumbre de encontrar el porqué a cada cosa, aquello carecía de solución matemática, quizá era el enorme tamaño de aquellos números, eran muy desproporcionados, el contraste de aquellas dimensiones con las cifras garabateadas en una hoja de papel podía ser la causa de aquel sano orgullo. Se acercó al edificio y constató que era el teatro de la ópera, lo primero que le vino a la  memoria es que aquella ecuación no podía corresponder con el título de una ópera; no era un experto en el género lírico, pero casi garantizaba que era un espectáculo distinto, fuera lo que fuese, decidió ir a verlo, tampoco le importaba la clave de aquellos números y ni se molestó en tener más información sobre el evento, en aquel momento sólo confiaba en el futuro como factor aclaratorio de aquel misterio. Se dirigió a la taquilla para comprar una entrada, con el dedo índice y cierto movimiento firme de éste daba a entender que deseaba una localidad, el empleado le mostró la pantalla del ordenador donde se veía la capacidad del aforo, estaba todo ocupado, no quedaba ni un asiento vacío, se entristeció, sintió como si se apagarán algunas luces, como si el destino lo privara de la aclaración de aquella incógnita; de repente, una de aquellas butacas parpadeó y quedó vacía, era un lugar de preferencia, era el palco del rey, no lo dudó y señaló en la pantalla la voluntad de reservar aquel asiento, su dedo índice tembló varias veces, bien movido por la emoción o por el nerviosismo, pagó con tarjeta, le dieron la correspondiente entrada y se fue, se cercioró de la fecha y la hora del espectáculo, era el día 8, aquel mismo día, a las 8 de la tarde, pero aquello fue una ráfaga y nada más; hasta las 8 de la tarde no quería saber nada de lo que iba a ver y a escuchar. Sintió debilidad y comió una salchicha en un puesto callejero, le supo a gloria, bebió una cerveza y también le supo a gloria, se sentía en la gloria, el haber conseguido aquella localidad para poder presenciar un espectáculo que iba a aclarar la incógnita de aquellas cifras que lo perseguían los últimos días, le parecía una ironía del destino. Se sentó en un banco para reposar un poco lo que había deglutido, había comido demasiado rápido y bebido también; era la primera vez que compraba una entrada para un espectáculo sin saber qué era lo que iba a ver, pero eran precisamente esa ignorancia y esa ecuación lo que despertaban en él un interés muy especial. Allí sentado, tranquilizó su exaltación y contempló pasar a la gente; envuelto por el frío y acurrucado por el calorcillo que le proporcionaba su chaquetón entró en un estado de sopor y sintió un profundo silencio que lo aislaba del bullicio de la calle, se sintió un punto solitario en un espacio indeterminado, se dio cuenta de que estaba perdido, abandonado a la intemperie, en su mente busco un árbol para cobijarse, no lo encontró. Aquella imposibilidad lo reavivó y miró hacia un lado y hacia otro, como si estuviera buscando a alguien advirtiendo la realidad de un país ajeno, de una ciudad ajena. Miró el reloj y aún quedaban algunas horas para la hora de la función, decidió caminar, recorrió lentamente las calles del casco antiguo de la ciudad, de vez en cuando se paraba delante de algún monumento, lo contemplaba sin prestar una atención especial, más bien como descanso y proseguía su camino, oyó unas campanadas que le sobresaltaron,  venían de muy cerca, el sonido lo guió y se encontró con la catedral, o al menos eso supuso por lo importante de su fachada y torres; no lo dudó, entró y se sentó en uno de los bancos, lo heló el silencio, apenas había luz en el interior, a través de los ventanales poca claridad se dejaba pasar, unas cuantas velas diseminadas por algunos altares marcaban pequeños focos de luz, se sentó con los brazos cruzados y las piernas juntas, después un poco más separadas, con ellas hacia la izquierda y hacia la derecha, apoyó las manos en el regazo y sintió que no se sentaba bien, que no encontraba la posición correcta de su cuerpo, se sintió incómodo, hacía tiempo que no entraba en un lugar sagrado, podía ser la falta de costumbre también, se tranquilizó y permaneció en silencio durante un buen rato; con la cabeza inclinada reflexionó sobre su vida, nada en especial, muchos de ellos eran pasajes sin importancia, anécdotas que algunas lo llevaban a esbozar una sonrisa, y sin embargo, no se sentía bien, o mejor dicho, no se sentaba bien; miró a su alrededor y vio a una mujer arrodillada absorta en un profundo rezo, le entraron ganas de hacer lo mismo y la imitó, se arrodilló, junto las manos en señal de oración e inclinó la cabeza tanto que en vez de dar muestras de recogimiento más bien parecía que se había quedado dormido; permaneció así un buen rato, aquella posición le pareció cómoda, o si bien no era tan cómoda, al menos su cuerpo había encontrado sosiego. En consonancia con las circunstancias trató de orar, pero en su mente no encontró ninguna plegaria u oración y se quedó en silencio, con su silencio, con su conocido silencio, dejó que el frío del recinto lo calara hasta los huesos; aquél no era un frío normal, era un frío de siglos, se quedó inmóvil, quería sentir que el tiempo afectase a su cuerpo, cualquier movimiento brusco podía alterar aquella percepción, el estar de rodillas le aportaba una sensación de paz, de perdón, aunque ésta última no sabía el porqué; con las manos unidas a imitación de la mujer, levantó el rostro y lanzó una mirada global a aquel espacio interior, una vez concluida se levantó y salió, en su mente no se había formulado ninguna frase acorde con la intencionalidad del lugar: ni una súplica, ni un arrepentimiento, ni un deseo, ni una plegaria, ni un agradecimiento estaban en sus intenciones. Al salir a la calle se despabiló sacudiendo los pies y ajustándose el chaquetón y siguió caminando, caminando, caminando, caminando, caminando, caminando, caminando, cavilando, cavilando, cavilando, cavilando, cavilando, cavilando, ca-minando, ca-minando, ca-minando, ca-minando, ca-minando, ca-minando, minando las distancias y se paró a contemplar un escaparate, era de ropa, no se fijó en nada en concreto, no tenía intención de comprar nada, tampoco creía que fuera el momento ideal, interrumpiría la finalidad de la caminata, perdería continuidad; reanudó la marcha, la marcha, la marcha, la marcha, la marcha, la marcha, la mata, la mata, la mata, la mata, la macha, la macha, la macha, la macha...De repente oyó unos sollozos, miró a su alrededor, a la gente que pasaba junto a él y no vio indicios de ningún lamento, bajó la vista y halló la causa: un niño se había perdido, se enterneció con él y se puso a su misma altura, trató de consolarlo y con un pañuelo le secó las lágrimas; no le dijo nada, quizá por un momento hubiese roto la promesa de no hablar, pero en realidad no se le ocurría nada, tampoco le entendería, hablaría otro idioma, se ayudaría de la mirada y los gestos; el niño dejó de sollozar, sus ojos seguían llenos de lágrimas, a él también le pasó lo mismo, al contemplar aquel rostro infantil lo percibió a través del agua, como adulto se supo contener y el cauce de lágrimas no desbordó sus ojos, le dio la mano para que con el tacto la condición de extravío perdiera en intensidad, ambos sintieron una sensación recíproca, por unos instantes, él, aquella “su perdición” estaba a buen recaudo, se sintió tan niño como él. A su lado apareció un adulto, él lo miró, por la edad aparentaba ser su abuelo, tan pronto como el niño lo vio se le acercó, se dijeron algo, no los entendió y se alejaron como abuelo y nieto confraternizando como tales; su mano quedó vacía, agachado durante unos instantes esperó que aquel hueco se llenase con algo, desistió y se levantó, en medio de la calle permaneció desorientado mirando para todas partes, después de un rato volvió en sí, es decir, se reestructuró y se dio cuenta de que posiblemente podía ser la hora de la función; había anochecido y enfriado la temperatura, la calle parecía distinta, con todas las luces ya encendidas y la claridad que desprendían los escaparates se creaba un ambiente acogedor; miró el reloj y advirtió que aún le sobraba tiempo, decidió seguir caminando y dirigirse al recinto a pie, no sabía exactamente dónde estaba, pero tenía la sensación de que el teatro de la ópera no se encontraba lejos; se dejó orientar por un flujo de personas que iban hacia una misma dirección, efectivamente todas aquellas almas confluían en una gran plaza; en calles contiguas también se daban las mismas circunstancias, todos se dirigían a la entrada del teatro, contempló por última vez la gran pancarta donde se exponía aquella ecuación, dentro, por fin, descubriría la gran incógnita; todas aquellas almas empezaron a entrar a través de varias puertas, él enseñó su entrada, algo le dijo el hombre que verificó su tique, no lo entendió, tampoco le había prestado mucha atención, pero por lo que en él se indicaba, su asiento era fácil de encontrar; antes de subir unas escaleras cogió un folleto, el programa de mano, no lo miró, quería estar sentado en el palco del rey para descubrir la sorpresa de lo que le deparaba. Dejó el chaquetón en el guardarropa, se cercioró del palco que le correspondía y antes de entrar, se quedó inmóvil delante de la cortina que separaba el acceso al interior o al exterior de su palco; dependía de cómo se mirara, en su mente hubo una confusión entre interior y exterior, entre izquierda y derecha, entre arriba y abajo, entre adelante y atrás. Se dejó de pamplinas, cogió la cortina, respiró profundamente, irguió la cabeza y por primera vez fue rey de sí mismo; había más gente en el palco, la ignoró, agarró su cetro, su programa de mano enrollado y se sentó. El público empezaba a llenar los palcos, la vista del escenario era magnífica y sintió silencio, su propio silencio; con su voz en reposo tuvo la sensación de que su oído se agudizaba, como si todos sus sentidos se centraran en él; su percepción auditiva estaba dispuesta a captar sus sentimientos más íntimos, en un instante por su mente pasaron acontecimientos de su vida en ráfaga queriéndose concentrar y preparar para los próximos momentos, algo se iba a resolver, algo iba a dar sentido, a sincronizar con su existencia, se despojó de banalidades y se centró en su futuro inmediato; el aforo estaba al completo, los palcos estaban abarrotados de público, se asomó por encima del balcón y sintió el vacío y con él el vértigo, se retiró y se sentó correctamente, erguido, pero cómodo; los músicos ya habían ocupado sus asientos y el escenario empezaba a llenarse con los miembros del coro, eran cientos de personas que se concentraban en el escenario de la vida; con una seguridad matemática apostó que serían mil, no los había contado, pero sí, estaba seguro de que serían mil, cogió su cetro desenrollado, su programa de mano y leyó la primera página: Mahler sinfonía n. 8 en mi bemol mayor, “Sinfonía de los 1000”, volvió a leer: Symphony n. 8 in E flat major “Symphony of a Thousand”, volvió a leer: Symphonie n. 8 en mi bémol majeur  “Symphonie des Mille” , volvió a leer: 8 Sinfonie in Es-Dur  “Sinfonie der Tausand”, volvió a leer: Sinfonia n.8in mi bemolle Maggiore “Sinfonia dei mille”...Dirigió la vista al director, estaba a punto de dar la entrada a la orquesta, pronto entró el coro irrumpiendo con un: “Veni, creator spiritus, mentes tuorum visita...” Ven espíritu del creador, visita las mentes de tu gente...Al oír aquello supo que la ecuación era perfecta. No deseó nada, ni vivir ni morir, al llegar al coro final, al coro místico, se agarró con todas sus fuerzas a un dulce susurro que se fue ampliando hasta culminar en una explosión de sonido; entonces el tiempo se paró y él “se perdió” en el tiempo.











viernes, 26 de enero de 2018

LA CREACIÓN-II




                                                                                                                                     
S/T-Antonio Murado
                                                         

Roda-linda de Marma y de Tourisa, de Benencia, de Vionta y de Noro era una mujer isla que la tierra había regalado a un inmenso océano; era diminuta, frágil, casi siempre a punto de quebrarse; su edad ya muy avanzada, noventa y dos años, atraía la atención hacia unos cuidados protectores por temor a que aquella fragilidad pudiera desplomarse, hacerse añicos. Su rostro estaba cubierto de arrugas, grietas profundas en una piel de seda, los párpados poseídos por la flacidez ensombrecían su mirada, casi ocultaban unos ojos azules, brillantes, vivos que transmitían la alegría de comerse el mundo; una nariz fina, pequeña y una comisura que formaba una boca, sin labios, en donde la sensualidad se había inhibido hacía tiempo; sus orejas, con la edad, se habían agrandado creando unos pabellones auditivos receptores a cualquier sonido, inocentemente disimulados por una caída de pelo, por una melena corta y blanca que le llegaba un poco más abajo del lóbulo de la oreja; su frente se cubría parcialmente por un mechón de pelo proveniente del lado izquierdo con dirección hacia el derecho y donde una horquilla negra contenía un posible desprendimiento; estirando aquella piel podría contemplarse un rostro infantil que conservaba la misma alegría, ingenuidad y desparpajo que poseyera en su infancia. Su cuerpo era diminuto y muy delgado con tendencia a encorvarse, a replegarse sobre sí misma; caminaba a paso corto, mejor dicho, a pasitos cortos, a saltitos cortos como los pajaritos, como no queriendo adueñarse del espacio pisado, como si le pareciera impúdico adueñarse de algo que ya no le pertenecía. El concepto que su avanzada edad le había aportado era el de no ocupar lugar, el de no estorbar, el de que su presencia, el espacio que ésta pudiera llenar, no impidiera y perturbara la marcha del mundo; bajo ningún concepto ella quería ser un estorbo, como ya no era útil en él, tampoco deseaba entrometerse en su aceleración, reconocía que pertenecía más al sosiego que a la agitación. A sus noventa y dos años aceptaba su existencia como un regalo de la vida y por ello le estaba agradecida, pero no quería abusar, con ella ya había sido suficientemente generosa, todo lo que le había pedido le había sido concedido, a pesar de los muchos esfuerzos que en algunos casos tuvo que superar. Era viuda desde hacía tiempo y sus dos hijos estaban casados, tenía tres nietos que, cuando la visitaban, la llenaban de orgullo y alegría, pero sus visitas eran esporádicas, cada vez que los veía advertía el paso del tiempo en ellos: más altos, más delgados, más adultos, más de todo y ella a su manera advertía una reciprocidad inversa: menos de todo. Vivían bastante lejos, aprovechaban algunas vacaciones para venir a visitarla, cuando no tenían proyectos de viaje cumplían con la obligación de verla, aunque ella sabía que no venían por su propio gusto, venían forzados y con sonrisa forzada; no obstante, los recibía con los brazos abiertos y los colmaba con los mejores servicios que estaban a su alcance y dentro de sus posibilidades: cocinaba para ellos, hablaba con sus nietos, les hacía infinidad de preguntas, quería conocer su mundo, un mundo inalcanzable ya para ella, cuando llegaban o se marchaban los besaba y entre sus manos cogía sus rostros, los contemplaba de cerca; como eran tan altos y ella tan baja existía un empeño de doblamiento y estiramiento, ejercicio gimnástico que a ambas partes confortaba. Una vez, dos veces, tres veces al año, esto ocurría de vez en cuando; Roda-linda de Tourisa nunca se enfadaba, tenían que hacer su vida, se contentaba con saber que se encontraban bien, que su felicidad era la suya y que ella era un recuerdo para ellos, un recuerdo que había que avivar una, dos o tres veces al año o ninguna y por su propia voluntad; ella nunca exigía ni pedía nada. Su edad era la de la conformidad, la de la contemplación, la de no ocupar lugar, la de las pequeñas cosas, la de caminar sin dejar huella, la de entrar sin ser vista... la de todo, la de existir en silencio. Roda-linda de Benencia vivía sola en un piso de una ciudad costera, no muy grande, lo suficiente como para no conocerse sus habitantes; le encantaba el mar, desde la ventana de la sala podía contemplarlo a su gusto, con toda amplitud; abajo se extendía una playa por donde paseaba, hiciera el tiempo que hiciese, siempre daba sus paseos, le gustaba arrastrar los pies por la arena y se daba media vuelta para observar el surco que había dejado, estaba segura de que al día siguiente aquella marca ya no existiría, la marea se encargaría de borrarla; amaba el ruido del mar, en especial el de las olas, se preguntaba si en realidad aquel sonido era la auténtica voz de aquella agua azul, cristalina, fría; cuando se aproximaba a la orilla jugueteaba con las olas al  “aquí te pillo, aquí te mojo”, pero nunca sus pies se vieron atrapados por el agua, solamente se mojaban si ella quería, y ella solamente quería en verano y en aquella semana; no gozaba de buena salud y un exceso podía pagarlo caro, durante el resto de las estaciones tentaba el riesgo, nada más. Roda-linda de Vionta recibía una pensión mensual que cubría todos sus gastos; durante sus largos años de vida había aprendido a controlar el dinero, sabía cuánto podía gastar y ahorrar, el dinero se había convertido para ella en algo elástico, algo para estirar o aflojar; lo que recibía le era suficiente, nunca se atrevía a pedir más, creía que ya no tenía derecho a exigir, ¡como casi no existía!; indudablemente los gastos se duplicaban cuando venían sus hijos y nietos, pero tampoco le preocupaban, sus visitas eran tan escasas que no la metían en ningún apuro. Vivía con absoluta sencillez y esta sencillez la ponía en contacto con el mundo de las pequeñas cosas, inapreciable a una mirada imbuida en lo material. Si su participación en la sociedad en la cual le había tocado vivir era nula, su edad ya no le permitía llevar una vida productiva en lo material, sí aportaba una alegría a cada acto que realizaba, saboreaba el instante y disfrutaba de él, nunca lo magnificaba, aprovechaba su autenticidad, alejando cualquier pompa. Verla comer una manzana podía ser una maravilla: arte al pelarla y cortarla, delicadeza al llevar cada pequeño troza a la boca, discreción al masticarla, saborearla como si fuese el mejor manjar del mundo, agradecimiento por lo dado y recibido y finalmente sonrisa por el momento vivido. Su edad le permitía el lujo de experimentar la vida con plenitud de sensaciones, cada momento era poseerlo y disfrutar de él al máximo, como si no hubiera una segunda oportunidad; durante todo el año su vida podía calificarse de monótona, ningún acontecimiento extraordinario dejaba una huella imborrable que marcara un hecho a destacar, a recordar, nunca había nada, ella ya no estaba hecha para acontecimientos relevantes, estaba hecha para la insignificancia; descubrir su vida diaria paso a paso sería caer en el aburrimiento porque éste se estancaría en lo superficial, no se adentraría en los ritos sencillos que cada acción monótona conlleva, pero que para ella eran como un dar gracias por el momento gratuito que se le había concedido. Y todo se veía condensado en aquella semana del mes de diciembre, en la segunda semana del mes de diciembre, en aquellos siete días del mes de diciembre, en aquellas ciento sesenta y ocho horas del mes  de diciembre, en aquellos diez mil ochenta minutos del mes de diciembre, la sencillez y el agradecimiento hacían acto de presencia en el mundo. Eran días fríos, lluviosos, carentes de luz, grises, llenos de nieblas y la noche acechando, robándole claridad al día, imponiéndose con desfachatez. Roda-linda de Noro encajaba perfectamente en el ambiente, la climatología tenía en ella su representación humana, por ella los días carecían de sol, la templanza del clima ni se atrevía a asomarse, las nubes se deshacían en lluvias, en llanto por ella y ella se diluía, se dejaba llevar por los caprichos de la atmósfera del momento. En un calendario que colgaba en su cocina, aquella semana surgía como por arte de magia, como un deseo incontrolado al cual uno no se resiste; con anterioridad contaba los días deprisa, con ansia, queriendo acelerar su paso y que llegara de una vez la fecha soñada, igual que una colegiala cuenta los días que quedan para la llegada de las vacaciones. Los siete días, los pasaría como siempre, en su ciudad, en su casa, exceptuando una noche… Y llegó el primer día, y surgió de la nada, Roda-linda de Marma, de Tourisa, de Benencia, de Vionta y de Noro se convertía en la aristócrata de sus sentimientos. Se levantó muy temprano, a la hora de maitines, mucho antes de que amaneciera; no hizo falta poner el despertador, una euforia por la vida la despertaba y la hacía saltar de la cama, con dificultad, pero saltaba; durante aquella semana los achaques quedaban en un segundo plano, una vitalidad desconocida la ayudaba a superar cualquier impedimento que su salud precaria pudiera ocasionar, lo desafiaba y rompía con todas las normas que se había impuesto para evitar cualquier recaída o empeoramiento de salud. Se aseaba, era lo primero que hacía, siempre lavaba el rostro con agua fría, no importaba la estación del año en la que estuviera, siempre fría, sentía que aquella frialdad estiraba las arrugas y las grietas no eran tan profundas; no se maquillaba nunca, ya no había nada que maquillar, el derrame era irreversible, irreparable; inconscientemente con el dedo índice figuraba rizar unas pestañas que casi no existían y con un pase ligero por la comisura de la boca insinuaba colorear unos labios que no había; se esmeraba en peinarse bien, en que aquella media melena blanca tuviera su justa caída y que el mechón de pelo que atravesaba su frente de lado a lado quedase bien sujeto con la horquilla negra, ésta, con luz indirecta y a cierta distancia sobre la superficie blanca de su pelo lacio, daba la sensación de formar una brecha, una hendidura en el cráneo, un pasadizo al pasado; cada uno de los pasos en su aseo formaban parte de un antiguo rito y época, cuando poseía belleza y había que adornarla. Terminado el paripé, Linda se contemplaba en el espejo, sonreía sin saber el motivo, infinidad de rostros se superponían, infinidad de historias se superponían, infinidad de recuerdos se superponían y toda una vida concluía en aquel rostro, en su rostro; en aquella sonrisa no había lamentaciones, remordimientos, rencores, era una sonrisa alegre, agradecida, feliz. Ya estaba dispuesta a enfrentarse al día, ya estaba presentable, con esta idea salió del cuarto de baño en camisón blanco y envuelta en un chal grueso de lana negra, se precipitó hacia la ventana de la sala para comprobar si el alba había despuntado, el mar estaba en calma, se adivinaba, aún no se veía; le daba tiempo a desayunar y a vestirse, fue a la cocina y se preparó una tacita de café con leche, no tomaba nada más. A aquella hora del día tan temprana, no le apetecía nada sólido y aquel líquido lo bebía no por gusto, sino para ayudar a ingerir un sinfín de píldoras, tabletas y cápsulas que mantenían sus achaques a raya y que sin las cuales, por prescripción médica, estaba abocada a un final precipitado; lo del final lo tenía asumido y lo de tragar tantos remedios era como retarlo, como bromear con él para ver quién podía más, pero sabía que a la larga ella sería la perdedora; antes de ingerirlas las ordenaba por colores o formas o echaba a suerte a ver cuál le tocaba primero, había dos malvas, una de color más intenso que la otra, que eran las últimas en tomar, le daban pena, creía que mejor estaban en el mundo exterior alegrando la vista; cuando les llegaba el turno las tragaba precipitadamente para alejar de la visión el motivo de su remordimiento. Se fue al dormitorio y se vistió, ¿qué se puso? Ropa, ropa en sentido generalizado y primario, para cubrirse, para protegerse del frío, prendas atemporales que no marcaban moda, carentes de estilo, desestructuradas, cuya finalidad era cubrir un cuerpo, conservar y dar calor a un ser humano desposeído de la fuente de la juventud; superpuso algunas, sin sentido de la estética hasta que notó que estaba ya resguardada contra el frío; las mujeres de las cavernas se protegían de las inclemencias del tiempo, ella también. Se apresuró al máximo, pero la edad ponía freno a la desenvoltura, quería estar en la playa a la hora en que despuntara el alba, no quería perderse el espectáculo; cogió un grueso abrigo de paño negro, lo que en tiempos remotos sería una piel de oso, se lo puso y cubrió la cabeza con una pañoleta negra quedando su rostro enmarcado con el aspecto de la viudez; no cogió el ascensor, aquella semana estaba hecha para los excesos, bajó las escaleras a duras penas, por gusto, por lo tanto la mortificación carecía de valor, cuando llegó al portal estaba casi sin respiración y se apoyó contra el pasamanos, recobró el aliento, tan pronto como se recuperó, sin perder más tiempo, se lanzó a la calle, la cruzó y se fue a la playa; estaba desierta, había bruma y mirar hacia mar adentro era como penetrar en tinieblas; ya se veía algo, el contorno empezaba a perfilarse, a diferenciarse. Roda, después de un primer contacto con el lugar, se puso a caminar, aquel paseo le era familiar, era el que siempre hacía, si no a aquella hora a otra; el pasear por la playa “l’encantaba” aunque durante aquella semana tenía un significado especial, era como darlo por última vez, como si fuese una despedida, aunque lo repitiera durante esos siete días, el llevarlo a cabo cada vez era como decir adiós y al mismo tiempo como la esperanza de efectuarlo al día siguiente. Desde un extremo al otro de la playa Roda rodaba, arrastraba los pies, calzados en unas zapatillas negras de paño, por la arena, a veces se enterraban y la humedad las traspasaba y no tenía miedo a que su salud peligrara. Aquel ascenso y descenso de la marea nunca lo había entendido bien, saber que era producido por la atracción del sol y la luna le era suficiente, era como si el agua del mar estuviese bendita, por lo tanto no podía causar daño alguno, todo lo contrario, sería beneficiosa; a propósito y con algún esfuerzo enterraba la  punta de la zapatilla en la arena y después la sacudía, unas cuantas veces más y se daba cuenta de que estaba escarbando un pequeño hoyo, si tuviera a su alcance algunas conchas las enterraría allí, alisaría la superficie con la suela de la zapatilla y se marcharía, se prometería que en el camino de vuelta no volvería a pisar sobre el mismo lugar; descartada aquella posibilidad un pensamiento premonitorio la sacudió, no se asustó y siguió rodando, rodando, rodando, rodando, rodando, rodando, descansó un momento y siguió dodando, dodando, dodando, dodando, dodando, hasta que volvió al punto de partida, se paró y advirtió que el amanecer se presentaba gris, frío, lluvioso, y deseó mojarse e imploró a las fuerzas de la naturaleza que tal cosa sucediera y así fue, una lluvia menuda bajó del cielo para cumplir el deseo de Linda-roda de Marma; se quedó quieta, indefensa, dejándose calar hasta los huesos, chorreando, miró hacia el cielo para ver si descubría algo y nada había solamente H2O, para completar su deseo salió de su letargo y corrió hacia el mar, fue ciega a las olas y metió los pies en el agua, sintió una culpa infantil por haber cometido una trastada: había mojado las zapatillas; miró a su alrededor y no había nadie, por lo tanto nadie la había visto; la sensación de haber desobedecido pronto desapareció, se escudó en la necesidad, en una necesidad repentina y desconocida por romper normas, por infringir unas leyes que solamente la inocencia de la niñez puede exculpar, se quedó mirando para sus zapatillas mojadas como una tonta y un razonamiento adulto le aconsejaba que había que cambiarse de ropa y de calzado. Cruzó la calle y entró en el portal de su casa, subir hasta un cuarto piso por las escaleras le parecía un esfuerzo sobrehumano así que optó por coger el ascensor, la esperaba, abrió la puerta y pulsó el número siete, subió hasta el séptimo piso, volvió a pulsar y le dio al número uno, bajó hasta el primero, volvió a pulsar y le dio al número cuatro, subió hasta el cuarto no  “l’apetecía” salir e ir a su vivienda, volvió a pulsar y le dio al número dos, bajó hasta el segundo y así estuvo durante más de media hora sube y baja, sube y baja, sube y baja, sube y baja, subibaja, subibaja, subibaja, subibaja, subibaja, sobaibaja, sobaibaja, sobaibaja, cuando se cansó, paró, cuando se mareó, paró. A aquellas horas de la mañana daba gusto disfrutar de las ventajas de la técnica; Dalinda siempre creía que había llegado tarde al mundo de las máquinas, ella pertenecía al trabajo manual, a la frase  “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, tan pronto descubrió las ventajas y comodidades que proporcionaban ciertos artilugios no dudó en usarlos hasta el punto de explotarlos como si fueran juguetes: ascensores, aspiradoras, batidoras... todo lo que conllevara un ahorro de esfuerzo humano y de movimiento elemental suspiraba por ello: ascensor = subibaja, aspiradora =  d’aquí p’allá, batidora = rodación ...El ruido producido por estos aparatos también  “l’encantaba”. A veces comparaba el ruido hecho por una escoba y una aspiradora, herramientas usadas por ella según cronología, y opinaba que una escoba frotaba, rascaba y una aspiradora aspiraba, absorbía, ambas tenían la misma finalidad, pero empleaban medios distintos. Volvió a pulsar el botón del cuarto piso y allí se paró, a aquella hora casi nadie usaba el ascensor, motivo suficiente para cometer su pequeña travesura; pocos inquilinos habitaban el inmueble y los que había ya no estaban en edad productiva, jubilados como ella o gentes del interior que habían comprado una vivienda para los fines de semana o las vacaciones y así poder aprovechar el mar. Lindadá salió del ascensor y entró en su piso decidida a cambiarse de ropa, consciente de la humedad que portaba, fue derecha a su dormitorio, se desvistió, se secó con una toalla y se puso un vestido negro de lana de corte saco, unas gruesas medias negras y unos zapatos negros, el camuflaje era casi perfecto, sobresalía la cabellera blanca, pero también tenía solución; se miró al espejo, se gustó, no había lugar para el concepto de adefesio; por un momento pensó en transgredir la discreción poniéndose con el vestido unas medias rojas y unos zapatos blancos, pero algo la asustó, volviendo a una rapidez estética urgentemente. Tener planes de futuro a su edad le parecía desperdiciar el tiempo, alucinar con un mundo mejor, ella ya no lo vería; su aspiración máxima era llegar al día siguiente y conservar su alegría, que ningún empeoramiento de su salud pudiera privarla del goce de sentir las pequeñas cosas de cada día; el futuro no le pertenecía, el presente era un regalo, y el pasado lo era todo, Rodada era el pasado en el presente y éste era un regalo, por lo tanto Linda- Roda de Tourisa era un regalo para la vida, su presencia y aspecto aportaban la inconformidad de una eterna juventud, el grito silencioso de la existencia, la humildad de la gratitud. Aquella semana era la ideal para recordar, era lo fijo, lo conseguido, era la persona idónea para dar testimonio del pasado, de su pasado. Su hogar se había quedado demasiado grande para ella sola, le sobraba espacio; cuando vivía su marido y sus hijos estaban con ellos, las estancias se llenaban de bullicio, su presencia afianzaba una compañía que el tiempo se encargaría de disgregar, pero ella durante aquellos días trataba de reunir sus recuerdos, de avivarlos. Se dirigió al salón y subió las persianas, la luz del día se filtraba a través de unos visillos blancos, iluminó aquel espacio de una claridad fría, distante, incolora; sobre un aparador se alineaban una serie de retratos, semiocultos en la penumbra, listos para pasar revisión, hasta allí apenas alcanzaba el día. Roda de Tourisa,  durante aquella semana y todos los días los revisaba, en ellos se reflejaba su historia, su pequeña historia, una historia contada a base de imágenes, muchas de ellas improvisadas, otras estudiadas; el contemplar aquellas fotos no implicaba añoranza, sino compañía, no echaba de menos el momento en que fueron tomadas y cómo fueron vividas, formaban parte de su vida pasada: de su infancia, de su juventud y madurez sumándose a su vejez, todos aquellos apartados formaban una vida, su vida y eso era todo; observarlas allí alineadas le daba la sensación de compañía; durante aquellos siete días cobraban un significado especial, daban la sensación de convertirse en presencia física y Linda de Noro necesitaba sentir que, para alcanzar la meta propuesta, la compañía de sus seres queridos le era indispensable; sin coger ningún retrato en particular los contemplaba en su globalidad, los miraba fijamente como queriendo reanimarlos con la fuerza de los ojos, en su intento instaba al momento vivido y reflejado en la instantánea a cobrar vida, a que su inmovilidad se animara y sus figuras empezaran a moverse y a hablar; y siempre había una mirada muy especial a una foto: su marido y ella con sus hijos, éstos aún eran pequeños, podía recordar perfectamente las circunstancias que la motivaron: estaban paseando al lado del mar y a ella se le ocurrió que al primer desconocido que pasara junto a ellos le pediría que les hiciera una foto, dicho y hecho, posaron como una piña, juntitos, formando un bloque de mármol sólido, sonrieron todos porque la felicidad los desbordaba y ahora Roda de Vionta también sonreía, pero su sonrisa ya no se dirigía a una cámara, sino a la vida. Una vez terminada la revisión y confortado su espíritu, cogía una silla y la acercaba a la ventana, corría el visillo y se sentaba allí a leer el periódico, le gustaba leer con luz natural; solamente lo compraba el domingo, tenía para entretenerse toda la semana. Las noticias de política internacional eran sus preferidas: saber lo que pasaba en el mundo la obligaba a actualizarse, vivir la actualidad era como compartir las preocupaciones de  miles de personas implicadas en el acontecimiento; cuando la noticia era leída, quizá el jueves o el viernes, ésta ya había transcurrido, motivo y consecuencia habían cambiado, eso no le importaba, tampoco iba a ser una militante activa en lo acaecido; era lógico que siempre llevara retraso, la lentitud de la edad se había instalado en su vida y nada podía hacerla cambiar; una vez que terminaba de leer la información que la ponía al corriente de las desavenencias entre las distintas naciones, guerras, desajustes económicos y demás, pasaba las páginas ávida por encontrar los dibujos de chistes que la ponían de buen humor, algunos de ellos casi no los entendía porque estaban basados en la rabiosa actualidad, ¡cómo siempre llegaba tarde a la noticia!, no obstante, le resultaban graciosos y así, era una forma de aceptar con alegría el momento que le había tocado vivir. Cuando se daba cuenta era ya la hora de la comida, Dalinda de Marma como fiel representante de la insignificancia comía insignificancias, sus múltiples achaques le impedían deleitarse con platos copiosos y excesivamente condimentados, cualquier cosa que podía comer siempre era contraproducente a alguna parte de la geografía de su cuerpo, así que su estómago se había acostumbrado a pequeñas dosis de comida y éste se había encogido; comía como un pajarito: una lonchita de..., un trocito de..., una pizquita de..., un chorrito de..., un vasito de... y como resultado a tanto diminutivo siempre: una cagadita de..., una meadita de... daba la sensación de quedarse en el intento. El menú de un día normal podía ser: una lonchita de jamón cocido y otra de queso, un pedacito de pan, y de postre una frutita o un yogurcito, para beber un vasito de agua. ¡Dios todopoderoso dirige tu mirada hasta ésta tu sierva y líbrala de una indigestión!. Cualquier ser humano perteneciente al mundo de la abundancia enfermaría ante tanta pequeñez, la opulencia de cualquier reino de este mundo sucumbiría ante la insignificancia de Marma, Tourisa, Benencia, Vionta y Noro. Terminada la comida se echaba en el sofá a dormir una pequeña siesta, aquel descanso le venía a las mil maravillas; había momentos del día en los que se encontraba realmente cansada, aunque su ánimo la empujaba y no era proclive al decaimiento, los años no perdonaban y un reposo de vez en cuando se agradecía. Poco se diferenciaba aquella semana especial de las del resto del año, realizaba cosas inhabituales, rompía con algunas normas que se había autoprohibido, pero todas esas alteraciones apenas apartaban su vida de la rutina diaria, a excepción de una salida por la noche. A su edad vivir era captar el instante, agarrarlo con todas sus fuerzas; con la cabeza apoyada contra el respaldo del sofá trataba de representar el momento final, el paso de la vida a la muerte: respirar o no respirar; aparte de un descanso, la siesta significaba una especie de ensayo, quería experimentar lo que sentiría llegado el momento, obligaba a la conciencia a grabar cada segundo de ese hálito de vida, pero en el intento se quedaba dormida, al cabo de un cuarto de hora o veinte minutos se despertaba y reconocía que así de sencillo debía de ser el tránsito. No le tenía miedo a la muerte, la aceptaba de buen grado, sabía que formaba parte de ella, que desde su nacimiento iba unida a su ser como algo irremediable; durante los años de juventud y madurez había permanecido en un segundo plano y formaba parte de un concepto distante, a medida que los años pasaban reconoció la vejez y la miró cara a cara admitiéndola como su dama de compañía más próxima. Aunque estaba sola, no estaba sola. Dudó entre ir a la compra o quedarse en casa y optó por lo segundo; solía ir a comprar a primeras horas de la tarde, el supermercado estaba más vacío y podía husmear con comodidad, sin necesidad de agobios; se obligaba a ir con frecuencia, en vez de hacer una compra general un día determinado, la dosificaba en varios días para motivarse a caminar y a hacer ejercicio; ni que decir tiene que nunca venía excesivamente cargada, siempre con paquetitos adaptados al contenido; de paso observaba la abundancia de productos alimenticios que se exponían, sólo por curiosidad no por codicia, le parecía que toda aquella oferta ya no le pertenecía, los beneficiarios serían las nuevas generaciones ansiosas por probar nuevos gustos y educar paladares, a ella cualquier insignificancia le era suficiente, a veces tenía la sensación de que el aire la alimentaba. No, aquella tarde no saldría, se quedaría en casa sin hacer nada; siempre estaba haciendo algo, a su ritmo eso sí, el tiempo procuraba ocuparlo, pero a veces deseaba no hacer nada, la diferencia entre algo y nada le parecía abismal, el pensar en ello la desesperaba; se quedaría echada en el sofá y dejaría la mente en blanco... aún no habían pasado cinco minutos cuando un impulso la incitaba a la acción, con el impulso la decisión repentina y urgente de regar las plantas; tenía un balcón lleno de plantas de muy diversas clases, le gustaba regarlas y al mismo tiempo hablar con ellas; algunas que eran de poco agua, nadaban en ella, se daba cuenta una vez regadas, se lamentaba de haberlo hecho, cuando se enviciaba en su conversación con ellas, perdía el sentido de la medida, eran tantas las ganas de hablar con alguien que, al no tener con quién, las plantas pagaban su exceso repentino de comunicación; las observaba y les concedía adjetivos sublimando su belleza, les quitaba las hojas secas y cuando había alguna que parecía mustia le cantaba en voz baja, musitando palabras de ánimo llevadas por un ritmo de barcarola; había días que eran los únicos seres vivos con los que mantenía contacto, abusaba de su inmovilidad, sabía que la tenían que oír, que no huirían de su presencia; ella tampoco las cansaba, las colmaba de halagos y ensalzaba su hermosura y por si fuera poco aún les cantaba; Benencia de Roda desprendía cariño a todo aquel que se le acercaba, aunque el físico que le proporcionaba su edad no estuviera en consonancia con el concepto que cualquier persona tenga de la representación de cariño, más bien representaba la indefensión . Y llegó la hora nona y con ella el crepúsculo, esas horas últimas de la tarde la despistaban, anochecía muy temprano y la climatología tampoco ayudaba a una noción clara del tiempo; saldría aquella noche, no esperaría al último día como había hecho años anteriores, ya puesta a tomar decisiones la salida sería ese día. Se sentó en la cocina con la idea de comer, de cenar algo, pero no tenía apetencia por nada en particular, mentalmente recorrió las existencias que tenía en la nevera y en la despensa, se decidió por un yogur, tenía que tomar algo, pasando una noche en vela con el estómago vacío estaría propensa a la debilidad; lo tomó sin ganas, con cara de asco ante la obligación que se había impuesto, a pesar del azúcar que le había echado no sabía mejor, sencillamente no tenía apetito; el yogur no necesitaba masticarlo, se dejaba tragar con facilidad y así fue, cuando se dio cuenta ya había desaparecido ante sus ojos y se alegraba de que estuviera en su estómago; como una niña se sorprendió ante semejante proeza y oyó en su interior una voz que la felicitaba, un reflejo infantil iluminó su rostro y quedó confortada; con un gesto mecánico limpió los labios con una servilleta como si se hubiera zampado un copioso manjar y éste hubiera dejado huellas a su paso, nada de eso, ese gesto clausuraba la admisión de cualquier otro alimento. Pensó en dónde iba a ir, estaba claro que iría al hospital, la visita que hacía al año durante esa semana era muy especial, se apartaba de las normas establecidas que cualquier persona tiene para ir a tal lugar: bien como paciente o bien como visitante de un enfermo. Linda de Vionta alguna vez había ido a visitar a algún conocido y naturalmente como paciente había estado ingresada infinidad de veces debido a sus múltiples achaques, años atrás había sido una asidua en la institución, había pasado una mala racha de salud y cada dos por tres o tres por dos o dos por tles o tles por dols o dols pol tles o tles pol dols, el hospital se había convertido en su segunda casa; hubo un momento en que estaba convencida de que la conocían más por dentro que por fuera: las analíticas y las radiografías habían sido para ella el pan nuestro de cada día, los ingresos tanto habían durado días como semanas; ahora se encontraba relativamente bien, con los tratamientos que estaba tomando parecía que todo seguía el cauce de cierta normalidad. Conocía perfectamente el hospital, sabía por dónde entrar y salir, estaba informada de todas las plantas y a lo que estaba dedicada cada una de ellas, también sabía que había unos horarios de visitas y otros de consultas que intentaba respetar cuando iba, pero aquella noche infringiría la normativa, por el hecho de haber estado ingresada y de haber permanecido cierto tiempo allí, creía que podía gozar de algún privilegio especial y aquella noche se lo concedería; esperaría hasta más tarde, cuando el hospital gozara del reposo nocturno,  entonces ella entraría por urgencias, su persona se diluiría en el silencio y la oscuridad y pasaría sin ser advertida. Apagó la luz de la cocina y se dirigió hacia la ventana de la sala, desde allí contempló el mar, esforzó la mirada para ver más allá: el horizonte, la línea recta que divide el cielo y el mar y no vio nada, una oscuridad gélida lo envolvía todo; miró hacia abajo, a la calle, estaba iluminada, no vio a nadie, experimentó una sensación de vacío, de perdida de la existencia y por un momento no existió, deambuló por toda la casa a oscuras, flotando entre los muebles sin rozarlos, abrazando la nada y no atrapando nada, carecía de sombra por falta de presencia física, el negro de su atuendo la camuflaba, había desaparecido en el ambiente y sin querer se convirtió en recuerdo: cada una de las salas de su casa rezumaba historia vivida, por su mente transcurrieron retazos de su vida pasada, de su familia, de sus hijos, todo lo contemplaba a la perfección, en aquellas salas oscuras, su mente proyectaba las imágenes sobre una pantalla negra, y le pareció una paradoja que un recuerdo se viera con tanta nitidez sobre un lienzo tan negro; se arrimó a la pared y ensayó cómo escabullirse de una sala a otra, pegada al muro entraría en el hospital buscando los lugares de penumbra; siempre lo había hecho y le había dado buen resultado, auque existía el temor de haber perdido facultades; pasó de la sala a la cocina, de la cocina al cuarto de baño, del cuarto de baño a un dormitorio teniendo como punto en común el pasillo y la estrategia era perfecta; entró en el cuarto de baño encendiendo la luz inmediatamente, necesitaba verse reflejada en el espejo para constatar que existía, que ocupaba un lugar en el espacio, que su presencia aún no había sido arrebatada por el vacío; se tranquilizó al mirar su reflejo, los ojos que la contemplaban eran los suyos, la luz del baño que la iluminaba procedía de la parte superior del espejo, era una luz directa que caía sobre toda su figura, surgió una pregunta: ¿y ahora qué? Se negó a responder a su propio reflejo, por temor a una respuesta incoherente, cambió rápidamente de tema y pensó en su visita al hospital, con aquella preocupación asustó la idea ante cualquier tema trascendental; a aquellas horas del día su rostro ya mostraba señales de fatiga, de salud quebradiza y sonrió al pensar en volver una vez más a aquél su segundo hogar; haber estado ingresada tantas veces la había puesto en contacto con un mundo diferente al suyo, la mayor parte de su vida había gozado de excelente salud, ignoraba lo que era el sufrimiento y el dolor, a excepción de algunos episodios de su vida: enfermedades de sus hijos, fallecimiento de su esposo y pocas cosas más, el resto de sus días habían transcurrido sin que aparecieran esas sensaciones aflictivas, cuando las experimentó en sus carnes se dio cuenta de que otra dimensión más del ser humano se abría ante ella; a su pesar al principio, las aceptó con resignación, más tarde, equilibrando y enriqueciendo el concepto que tenía de humanidad; al verse desprovista de salud y con el dolor transfigurando el rostro ajeno sintió seguridad y fuerza ante el decaimiento y unas ganas terribles de superación. Siempre había sido generosa, pero esta generosidad se vio incrementada al desear compartir con los demás lo bueno y malo de ella, creía que lo malo suyo menguaría con la bondad ajena y lo bueno enriquecería al prójimo aún más. Pasó su dedo índice por los párpados inferiores queriendo estirarlos y borrar ojeras, al instante recuperaron su flacidez, se dio cuenta de que el tiempo no perdona y le daba la razón también; tanta compresión ante la adversidad hacía que su comportamiento derrochara generosidad en demasía. Contempló el atuendo que llevaba, lo consideró el apropiado para la ocasión, carente de lujo, sobrio, aquel vestido negro de lana de corte saco, las gruesas medias negras y los zapatos negros planos le daban un aspecto de viuda en el rigor del luto; no tenía que negar nada, era viuda, aunque para unos ese color fuera señal de desconsuelo y aflicción para ella era simplemente el color del camuflaje, aún más, lo intensificaría aún más, cubriría su cabeza con un gran pañuelo y se pondría un abrigo, tanto una prenda como la otra serían negras, naturalmente; no se pondría adornos, atraer la atención hacia la banalidad restaría importancia a su misión, la sobriedad que la cubría mostraba una entrega a una finalidad: la caída que poseía aquel vestido, su austeridad y su corte, hecho a puro tijerazo, hacían de él una superficie resbaladiza a cualquier halago. Aseguró la horquilla, aquel mechón de pelo blanco que cruzaba su frente debería inmovilizarse, molestaría cualquier señal de coquetería desdejada. Una mirada crítica la recorrió de arriba abajo, se aceptó y el consentimiento final llegó cuando su mano dio un último toque a su cabellera; lo que le faltaba era ponerse el abrigo y cubrir la cabeza con una pañoleta; se dirigió a su dormitorio y abrió la puerta del armario, cogió aquellas prendas y se las puso, se las ajustó bien para que el frío de la calle no le penetrara y volvió al cuarto de baño, se miró de nuevo en el espejo y solamente un rostro y unas manos destacaban en la penumbra, la piel había adquirido un blanco de nieve resaltando aquellas partes como un bajorrelieve. Rodalindademarmadetourisadebenencia deviontadenoro, al ver culminada su transfiguración, sintió un escalofrío que recorrió su cuerpo, algo de ella se quedaba atrás para dar paso a otra mujer, intentó pronunciar su nombre y apellidos rápido y seguido, creando un “legato” entre todos ellos, por temor a una pérdida de cohesión, por temor a que algo se desintegrara; en el intento había sílabas que se entrecortaban, algo pasaba, algo fallaba y se quedó en silencio, solamente un golpe fuerte y seco proveniente del exterior marcaría un antes y un después. Comprobó la hora y vio que era la ideal para ponerse en marcha; durante el año deseaba la llegada de esa salida, de esa hora, de ese día que destacaba del resto de los trescientos sesenta y cinco, estaba ése que infringía la rutina y que alimentaba a los otros, que les daba un sentido realzando la vida aún en el más mínimo instante; para ella el salir sola a aquella hora de la noche y la finalidad que la movía convulsionaban su mundo y el mundo despertaba de un letargo innato para que abriera los ojos y contemplara una creación particular. Salió del cuarto de baño y fue hacia la sala donde tenía preparada una bolsa de plástico negra y en su interior una manta de lana blanca, su capa de entronización; recorrió su piso cerrando cada una de las puertas de sus distintas dependencias para no llevarse nada y para que nada pudiera abandonarlas y dejarlas vacías, para que todo quedara tal y como estaba; Rolindada estaba dispuesta a emprender su corto viaje llevando por maleta aquella bolsa de plástico negra. Abrió y cerró la puerta de su hogar en un santiamén, alguien que hubiese contemplado la escena habría dicho que quien había traspasado el umbral de aquella puerta no era un ser humano sino una corriente de aire; llamó el ascensor, estaba en la planta baja, subió haciendo el típico ruido y por un instante quiso pronunciar la palabra “chitón” para amainar la sacudida de la parada en seco, no le dio tiempo, las puertas ya se habían abierto y entró con la misma rapidez con la que había dejado su hogar, sin que una imagen congelada diese testimonio de sus movimientos, una perfecta técnica escurridiza empezaba a manifestarse; el ascensor la bajó a la planta baja, no encendió la luz, el portal estaba a oscuras, no tenía miedo a la oscuridad porque ella era oscuridad, a media voz pronunció su nombre y sus apellidos: Roda-linda de Marma y de Tourisa, de Benencia, de Vionta y de Noro se quedaba allí, quieta, sola, sin pronunciar una palabra más, la mujer que daba un paso hacia delante ya no era aquélla, era la otra; tiró del pomo de la puerta del portal, la abrió, salió y un golpe fuerte y seco retumbó en el  universo, die Königin der Nacht, la Reina de la Noche se ponía en marcha. Las calles estaban vacías, todavía no era muy tarde, pero las inclemencias del tiempo empujaban a las gentes a permanecer en sus hogares; caminaba arrimada a las fachadas, buscaba los puntos de penumbra porque sabía que pertenecía a la oscuridad y no a la claridad; vista desde lejos y con la increíble agilidad con la que se movía se diría que era una sombra huidiza, la sombra de un alma en busca de su dueño; se adentraba por las calles menos iluminadas, experimentaba un rechazo hacia las luces de la calle y cuando se vio alejada del centro respiró con alivio; el hospital estaba situado al oeste de la ciudad, en medio de un terreno llano y apartado de edificaciones, la calle por la que caminaba era una de las que desembocaban en aquella dirección; contempló el edificio en la distancia y se preguntó si aquél no sería su castillo. En aquel paisaje urbano reinaba la paz, la noche era fría y había una ligera neblina; el hospital, al menos externamente, parecía gozar de sosiego, las ambulancias estaban ancladas en sus puestos en espera a una salida fortuita y no se veía a nadie por los alrededores, la mayoría de las ventanas ya no tenían luz, señal de reposo; aminoró el paso, no tenía que apresurarse, no tenía que huir de la luz, nadie la estaba esperando, por lo tanto no tenía ningún motivo para intranquilizarse; había unos focos que marcaban el camino a seguir y proyectaban una luz tenue, había penumbra suficiente para que ella se sintiera a sus anchas; sabía que la entrada principal estaba cerrada y se dirigió a la de urgencias, conocía perfectamente todos los pasadizos que la conducirían a las plantas superiores; antes de entrar y en la oscuridad, exhaló un profundo suspiro como queriendo librarse de un lastre que ocupaba lugar y aligerarse, para hacer factible una supuesta invisibilidad. Entró sin ser vista, sin ser oída, sin ser olida, sin ser palpada, sin ser degustada, entró sin ser. Una corriente de aire impulsó a abrir unas puertas mecánicas, no un ser, no su ser, yo no soy, tú no eres, él no es, ella no es, nosotros no somos, vosotros no sois y ellos no son, ellas no son. Subió unas escaleras que llevaban a la primera planta: medicina interna y se dirigió a la sala de estar, estaba a oscuras, no había nadie y se sentó en un rincón, no lejos de la puerta, donde ninguna enfermera pudiera verla; estaban en su sala y de vez en cuando salía alguna para atender a un enfermo; hubo un momento en que cesó la agitación, un silencio se extendió por el pasillo y las habitaciones de los enfermos; acurrucada en su silla y envuelta en su abrigo, die Königin der Nacht transgredía las leyes de la visibilidad, aguzó el oído y creyó que era el momento ideal para robar, para robar lo imposible, lo inalcanzable: la voz humana, pero ésta llevada al límite del sufrimiento, del estertor; aquel silencio era resquebrajado a intervalos por una queja de dolor; ella conocía perfectamente aquel sonido, de su garganta alguna vez había salido algo parecido, sintió compasión, inclinó la cabeza y cruzó las manos sobre su corazón, buscó palabras ante la pena, no las halló; de otra habitación una frase inconexa y sin sentido se esforzaba por lanzar un mensaje, pero falleció en su misma incomprensión; próxima a ella, como si estuviese al otro lado del tabique al cual daba la espalda, una respiración ronca y anhelosa luchaba por subsistir, por atrapar un instante más de vida, pero caminaba sobre arenas movedizas y su deglución era irremediable. Absorber aquella realidad no le resultaba difícil, ella había experimentado alguna de aquellas sensaciones, lo que había contribuido a una compresión y a un comportamiento por su parte hacia todo aquél que sufriera; sin embargo, no se afligía, la voz humana podía expresar múltiples facetas, en múltiples situaciones. En aquella planta todavía permaneció un buen rato, empapándose de aquellas voces: dolorosas, quejumbrosas, incomprensibles, algunas casi inaudibles, terminales; todas formaban parte de la vida, aceptada esa reflexión, la inundó un profundo optimismo que la animó a levantarse, cogió su bolsa y acechó a las enfermeras desde la puerta, el ambiente seguía gozando de tranquilidad absoluta; como había venido así se fue, sin dejar rastro aparente, aunque ahora el aire poseyera un gramo más de armonía sonora. Salió de aquella planta como ella deseaba, sin ser vista, sin ser advertida y se dirigió hacia la maternidad; muchos de aquellos pasillos le eran muy conocidos, por ellos había paseado para desentumecer unas piernas que, por falta de ejercicio, parecían inertes por el exceso de estar encamada; ese día no era el caso, había venido en visita muy especial y allí no estaba como paciente sino como ladrona; esa palabra la asustó, era una palabra fuerte, pero alivió su contenido al pensar que si alguna vez “ladrona” adquiría un matiz de dignidad era en aquel caso en particular, su caso particular. En las horas de visita los pasillos y habitaciones siempre estaban llenos de gente y, sin embargo, por la noche era todo lo contrario, el vacío proporcionaba al reposo cierta seguridad; la comparación le pareció simple, se alegraba de advertir aquella diferencia. Cuando entró en la planta de maternidad el olor era distinto; acostumbrada a un olor muy característico: a enfermedad, a medicinas y desinfectante, todos estos elementos se entremezclaban entre sí, en una atmósfera cargada de calor que impregnaba los rincones más recónditos de cualquiera de sus dependencias; sin embargo, allí era todo lo contrario, sintió auténticas ganas de vivir; por supuesto, entró sin ser advertida, en un suspiro se vio trasladada a la sala de estar de aquella planta, estaba vacía, a oscuras, se sentó al lado de una ventana, por otros años sabía, o no sabía, por qué estando allí, necesitaba tener cerca una conexión hacia el exterior, en cualquier otra parte del edificio no le importaría, allí sí, un cordón umbilical entre la planta de maternidad y el mundo exterior era indispensable. Allí sentada, en la oscuridad, se sintió más reina que nunca, más dueña de su reino, una profunda paz  interior la inundó tratando de reunificarla: juntando los pies y las piernas, entrelazando las manos en busca de una oración e inclinando la cabeza cubierta por la pañoleta negra, su rostro se perdía en la nada, ella se había convertido en noche, la noche se había convertido en ella, el único símbolo externo de aquella reunificación eran unas manos juntas en un intento de crear frases sin palabras, solamente era un intento, el silencio lo llenaba todo. Permaneció en esa posición durante un buen rato, concentrada en sí misma, como preparándose para algo que iba a acontecer; en aquella sala hacía calor y respirar resultaba bastante sofocante, sabía que más tarde o más temprano abriría aquella ventana; se levantó y sacando de la bolsa la manta blanca se cubrió con aquella capa de la cabeza a los pies, del bolsillo de su abrigo cogió una pinza de la ropa, de madera, e hizo que ésta ejerciera las veces de un broche de brillantes sujetando ambas partes de la manta en la mitad de su pecho, abrió la ventana de par en par y el frío de la noche la sacudió. Die Königin der Nacht estaba entronizada. Se volvió a sentar y desde su silla contempló el exterior, se contempló, a pesar de la niebla y del frío todo estaba en calma, de afuera no había que esperar nada, ella esperaba algo de allí adentro, algo iba a suceder allí adentro, todo era cuestión de esperar y esperó, esperó, esperó, esperó, esperó, esperó, desesperó, desesperó, desesperó, desesperó, desesperó, desesperó, desesperó... En su espera aquella figura blanca creó un lugar, reclamó un espacio, si en un principio lo negro se había camuflado con  lo negro, ahora lo blanco luchaba por resaltar en la oscuridad; acurrucada y envuelta en su gruesa capa aguardaba, aguardaba, aguardaba, aguardaba, aguardaba, aguardaba, aguantaba, aguantaba, aguantaba, aguantaba, aguantaba, guardaba, guardaba, guardaba, guardaba, guardaba, guardaba, ella aguardaba y guardaba un secreto, un misterio. En aquella planta reinaba la paz, el silencio, un silencio intenso, casi molesto, y sin esperarlo, de repente, éste se rasgó: el grito de un recién nacido quebró la estabilidad del mundo, primero fue un grito agudo, estremecedor, derivando en un llanto rebelde, quejumbroso, desafiante, largo, sostenido en el tiempo. Rodalinda de Marma y de Tourisa, de Benencia, de Vionta y de Noro se agarró con todas sus fuerzas a aquel grito y llevó las manos a su vientre y sintió vida en él, acto seguido las llevó a su corazón y sintió morirse, comprobó que vida y muerte caminaban juntas; deseó morir en aquel instante como había deseado vivir en otro anterior, se sintió feliz, se entregaba a la voluntad del mundo, pero antes quería cumplir un pequeño capricho, un antojo y se dio cuenta de que la infancia y la vejez no estaban tan distantes, deseó cantar en voz muy bajita, para sí, como si fuera una nana, deseó que su voz sin fuerzas ya, se uniera a aquel grito potente y los dos se esparcieran por el espacio, se volvió hacia la ventana y Rodalinda cantó:


Deh! tu, bell’anima,

che al ciel ascendi,

a me rivolgiti,

con te mi prendi:

così scordartmi,

così lasciarmi,

non puoi, bell’anima,

nel mio dolor,

non puoi scordarmi...........................y Dios creó el sonido.                  






¡Ay! Tu bella alma

que al cielo asciendes,

vuélvete hacia mí,

llévame contigo:

así olvidarme,

así dejarme,

no puedes, bella alma,

con mi dolor,

no puedes olvidarme...

                                    Capuletos y Montescos

                                                V. Bellini