lunes, 12 de junio de 2017

LA TOMA DE LA BASTILLA



                                                             
S/T. I. Prieto

Nunca había pensado que pudiera sentirse tan desorientada al haber llegado al estado de madurez en el que se encontraba; para ella era una etapa de la vida en la que la propia existencia y  el mundo que la rodeaban poseían la clave del equilibrio, donde no se daba ni se demandaba nada, sencillamente se gozaba con lo que se tenía en dulce armonía con uno mismo y sus circunstancias. Desde hacía unos meses Amandina no era la misma, algo había cambiado en ella, externamente la relación con sus semejantes y su familia era la correcta, la de siempre, había sido la portadora de unas costumbres y de un estilo de vida digno de su clase social: una alta burguesía, emparentada con algún noble antepasado; su esposo e hijos habían sido para ella una parte de su mundo, la otra parte pertenecía a actos y convencionalismos sociales con los que cumplía a la perfección, se integraba a las exigencias de su clase sin pensar en otras múltiples opciones, salidas o rumbo que podía darle a su vida; la habían educado de aquella manera y ella actuaba en consonancia con lo que se le había inculcado, cualquier pregunta capciosa que se formulara relacionada con su ambiente era desechada al instante; a ella le habían propuesto un proyecto de vida que había aceptado de primer grado y cualquier opción que no fuera aquélla ni se formulaba, dando paso a una ignorancia supina y al rechazo a todo aquello que no perteneciera a su círculo y convencionalismos. El comportamiento y la relación con su esposo e hijos seguían siendo tan encantadores como siempre. Amandita era un encanto, encantadora, ora, ora, ora, ora y más ora. Sería una estupidez que la tomara con ellos, eran seres inocentes y no tenían nada que ver con aquel malestar que experimentaba desde hacía algunos meses, la misma palabra se explicaba por sí sola: mal estar. Ese desasosiego se exteriorizaba a veces en posiciones de su cuerpo y siempre esa posición iba acompañada de una pregunta contradictoria: ¿por qué me siento rígida con las piernas y no de otra manera? ¿por qué mi cabeza desprende un gesto del altiveza y no de otra manera? ¿por qué mis manos desprecian cualquier innovación ajena a mi vida y no de otra manera? Podrían enumerarse gran cantidad de preguntas que demostraban que algo en su interior ya no encajaba. De vez en cuando solía quedar con unas amigas en alguna cafetería selecta del centro de la ciudad, hablaban de lo habitual: compromisos sociales, moda, relación con sus hijos y esposos, nunca de los acontecimientos que movían al mundo, para ellas las noticias de actualidad, logros sociales, descubrimientos científicos pertenecían a otro “planeta” no al suyo. Amanlina había advertido que a lo largo del tiempo aquellas reuniones habían dejado de tener sentido, se mantenían por no perder la costumbre; a medida que los hijos habían crecido y se les estaban yendo de las manos y sus esposos formaban parte de una institución, más que de un cónyuge, la temática de las conversaciones se mantenía para no caer en el silencio y éste había que llenarlo de palabras, por muy repetitivas que fueran y siempre sobre lo mismo, significaba un triunfo para no caer en el tedio, o lo que podía aún ser peor, en el propio vacío; por eso en los últimos meses, cogía su coche y algún día durante la semana se dejaba ver por un bar o cafetería de la periferia de la gran ciudad; al principio le había costado mucho decidirse a dar aquel paso, salir de su círculo suponía un riesgo, pero era tal el hastío que se envalentonó; pedía un café con leche, permanecía en silencio y prestaba oídos a todas las conversaciones que había a su alrededor, éstas trataban de necesidades económicas, de problemas familiares, de enfermedades, de trabajadores en paro... todas estaban motivadas por una gran necesidad de expresarse, de no dejar dentro algo que corroe, al exteriorizarlas hasta se lograba cierto alivio...Amandila lo escuchaba todo en silencio y daba vueltas con la cucharilla a su café con leche, la posición de su cuerpo, ligeramente inclinado sobre la mesa adquiría sumisión, como si el profundo y serio sentido de lo que oía pesase sobre sus espaldas y la obligara a portar una carga. No encontraba palabras, ni soluciones, sólo iba allí para llenar su silencio con palabras coherentes. ¡Qué distintas eran aquellas existencias de la suya! No tenían nada que ver y, sin embargo, con su presencia demostraba que había un nexo entre ella y aquel mundo, una unión invisible, una especie de lucha casi imperceptible por lo humano, por unos derechos que, aunque ella los desconociese en su mayor parte y externamente no lo demostrase, reclamaban una imposición, ¿sería aquel malestar su origen remoto? Pero ¿qué tenía ella que reclamar si era la persona menos indicada? Su posición social se lo había dado todo: bienestar, desahogo económico, cultura...Y en el fondo, desde hacía unos meses sentía un desasosiego, una especie de revuelta contra sí misma, una inconformidad que no sabía si era hacia sí o hacia los demás. Su forma de hablar siempre había sido suave, dotada de cierta morosidad, pero muy musical; no obstante, últimamente había advertido aspereza, una especie de atonalidad en el fluir de la frase, había una entonación especial en algunas sílabas que por su fuerza e intensidad se podrían calificar de rabiosas; era algo inconsciente y cuyo control se le iba de las manos. Envuelta en la vorágine del conformismo y la comodidad su vida transcurría dentro de lo normal a no ser por esa atonalidad que trataba de disimular, aunque a veces se desbocara. En las últimas reuniones con sus amigas se había mostrado ausente, como si todo lo que se decía no fuera con ella, de vez en cuando su rostro mostraba cambiantes grados de atención, de su boca apenas salían frases o palabras sueltas, un sí o un no eran los monosílabos que la mantenían unida a la conversación y a su intencionalidad. En casa nadie había notado alteración alguna, con sus hijos continuaba una relación fluida, pero esporádica, estaban estudiando en la universidad, tenían su independencia dentro del hogar, sus entradas y salidas no guardaban unos horarios, si por casualidad coincidían en las comidas Amandiña trataba de charlar con ellos en un tono afable, esforzándose por contactar con ellos y sus problemas, en parte era como querer recobrar a aquellos niños que habían sido, lo único que lograba era una  conversación amable, pero fría y carente de intimidad; al hacerse adultos habían perdido esa familiaridad infantil que ella echaba de menos. De su esposo sólo podía hablar como un hombre cariñoso, atento, eso sí, entregado a sus negocios, pero no por eso abandonaba las obligaciones con su familia; era consciente de que ya sus hijos no requerían ciertas atenciones debido a su edad y éstas eran dirigidas a su esposa, siempre era atento con sus manifestaciones de cariño, su amor por ella lo conservaba como el primer día, ella hacia él lo demostraba de igual manera, estaba dispuesta a recibir cualquier arrumaco o achuchón correspondiendo con un beso, si bien todo se mantenía dentro de un grado de moderación. La palabra pasión también existía aunque relegada a instantes íntimos y de gran calentón. Amandalein nunca había conocido lo que era la necesidad y junto con la palabra, la experiencia. A esta carencia había que sumarle unas cuantas más que al no pertenecer a su posición social, a su estilo de vida, formaban parte de otro estrato social: la clase trabajadora con la cual estaba entrando en contacto mediante aquellas salidas a las afueras de la ciudad a tomar su café con leche.¿Rebelarse ante la injusticia? Imposible, no tendría ni acción ni palabra, le faltaría el arranque que causa la rabia ante la sumisión, su educación no le permitiría una salida de tono, su personalidad estaba sujeta a férreos cánones de conducta que tenía que observar y estaban tan profundamente enraizados en su ser que quebrantarlos sería como ir en contra de su propia naturaleza; lo comprendía y también comprendía que desde hacía unos meses notaba esa incomodidad o sería una especie de rebeldía juvenil ante lo establecido, ese gustillo por llevar la contraria al mundo adulto, ese querer patalear ante la rabieta al no poder conseguir lo que se desea. En su juventud nunca había experimentado la sensación de rebelarse contra algo o alguien, a sus quince años sí había pasado por la edad de la tontería y ésta aún la había acompañado hasta muy entrada la madurez, pero no la causada por la edad sino por la reinante de su posición social… Todo había empezado unos meses atrás, aproximadamente hacía un año, lo achacó al recibir la programación de la temporada siguiente de ópera. Parigggggi, la ciudad que tanto amaba y donde había transcurrido toda su vida, ofertaba una amplia selección de actos culturales durante todo el año, podía elegir entre una ópera o un ballet, una exposición de pintura o la última  “performance” del artista más innovador; intentaba seleccionar con cuidado, las modernidades y los excesos en el arte le gustaban, pero siempre que conservaran un gusto estético, los despropósitos los dejaba a un lado, acudía a ellos si no había otra elección más interesante. La empresa de su esposo formaba parte de los benefactores del teatro de la ópera, por tanto, gozaban de cierta prioridad al adquirir las localidades, siempre tenían las mismas, eran de buena visibilidad; cuando recibió el programa le echó un vistazo a toda la programación, naturalmente había óperas, conciertos, recitales, unos la atraían más que otros, pero no experimentó nada en especial hasta que llegó al mes de julio, más concretamente el 14 de julio y un programa doble “ Salomé” y “ Electra”; todo era inusual, el mes, el día y la doble programación; de repente sintió una especie de desasosiego, trató de razonarlo, pero cuanto más empeño ponía, más aumentaba su mal-estar; no encontraba los motivos y, sin embargo, sabía que algo la había alterado, para tranquilizar su ansiedad se dijo que se sentía “atonal”. Pasado el momento del impacto ella fue advirtiendo, durante los meses siguientes, pequeños cambios que si bien a primera vista u oído no eran perceptibles al momento, sí fijándose detenidamente surgían ciertas alteraciones, sobre todo en la voz. Supo desde un principio que iría a aquella función, aquel día; aquella fecha se le había clavado en la mente y todo lo que aconteciera hasta aquel entonces iba a tener como finalidad aquella jornada. No pensó en impedimentos personales o familiares, sintió como si un nuevo destino la transportara ciegamente hasta aquella representación, arrastrándola a su pesar hasta su propia representación. El programa le parecía espléndido, fuera de lo normal, había admirado a aquellas dos mujeres por la sinceridad con la que se expresaban, la lujuria de Salomé y la venganza de Electra brotaban de ellas con toda naturalidad, las acompañaba una música exuberante rasgada por la atonalidad; Amanduca carecía de aquella fuerza para expresar su desasosiego, pero ¿en qué consistía éste? Y ¿cuál era su origen? No eran la lujuria ni la venganza ¿sería una inconformidad hacia la injusticia, ante la desigualdad de los seres humanos? Durante su visita a los barrios periféricos y obreros había observado un mundo distinto al suyo en el que subsistir día a día se convertía en necesidad primordial, para ella todas aquellas necesidades se hallaban en el peldaño más bajo de sus preferencias, podía decirse que estaban implícitas en su clase social y que ya ni se cuestionaban por estar resueltas. Cuando entraba en aquellos cafés trataba de pasar lo más desapercibidamente posible, vestía ropa sencilla y se sentaba en una mesa alejada de la barra del bar, tomaba su café con leche y así condescendía con aquella gente, también se convertía en espía: observaba todo y cuanto acontecía, cuando alguna madre traía de la mano a su niño ella sentía un regocijo interno, pues la infancia aportaba vivacidad a aquel ambiente apesadumbrado; observaba a aquellos niños tal vez con otros ojos; sus propios hijos, de su misma edad, no mostraban ese brillo y desparpajo en la mirada por tragarse el mundo, sus gestos no poseían la agilidad y la desenvoltura para agitarlo; sus hijos habían nacido dentro de un núcleo familiar y éste social donde una mirada era sencillamente una mirada y un gesto una postura estudiada y armoniosa con el momento y las circunstancias. Le daba vueltas al café con leche para disolver el azúcar, para crear una mezcla o una pócima para ver si de alguna forma nivelaba las desigualdades; se quedaba en silencio y escuchaba el bullicio del local y las voces atonales que sobresalían de él, el tintineo de la cucharilla contra el vaso removiendo el azúcar originaba un remolino de leche, un remolino en busca de soluciones que deglutía su misma vorágine. No sabía por qué sentía aquella indignación, nunca nadie le había hecho nada como para experimentar ese mal-estar, o tal vez fuera ese conformismo en el que había estado viviendo lo que provocaba esa especie de rebeldía, desconocida para ella; se sorprendía por su inconformidad, al fin y al cabo no tenía motivo de rechazo, todo se le había dado hecho. Si bien aquella revolución interna apenas había demostrado indicios externos, los únicos, sus pequeñas alteraciones de voz: aquel fuera de tono o también la modulación, sí había cambiado su vestimenta, ésta había perdido su lujo, tanto en los complementos como en conjuntar distintas prendas de vestir: la camisa ya no tenía que ir a juego con la chaqueta, ni los zapatos con el bolso, ni las pulseras con los anillos... Su maquillaje perdió intensidad y colorín, era más natural y suave, a veces simplemente se lavaba la cara y al mirarse en el espejo se encontraba tan guapa como antes, más auténtica. En casa tanto su esposo como sus hijos habían advertido este cambio y demostrado su aceptación con halagos, pero más bien lo habían tomado como un cambio de estilismo que como un signo de innovación y alteración internas. Marcó en un calendario aquella fecha y sabía que lo hacía no como recordatorio sino para resaltar el día y su importancia; importancia que aún no tenía clara, pero sí intuía que habría un antes y un después. Sin saber cómo, se sintió sobrada en muchos aspectos, por ejemplo, en pequeñas posesiones personales: cuando abría sus armarios y los veía tan llenos de ropa, experimentaba una sensación de ahogo, como si todo aquello se le viniese encima y quisiera aplastarla, muchas de aquellas prendas ni las había puesto o como mucho una vez, habían sido capricho de un instante, y con la facilidad con que vinieron así también se desharía de ellas; las eligió a capricho, sin prestar mucha atención, llamó a una asociación de caridad y ella misma en su coche allí se las llevó, no lo consideró un acto altruista ni limosnero, aquello solamente había sido un acto de desahogo, de liberación, un lastre que pesaba en su estado de sin-razón. Estando sola en casa pensaba en sus heroínas de ópera favoritas, las admiraba y algunas veces le hubiese gustado ser una de ellas por un momento, le apasionaban las de Bellini y Donizetti, siempre alcanzando aquel punto de locura por amor, aquellas melodías infinitas que hacían volar sus emociones y la empujaban a un trance de flotación, más de una vez le hubiese gustado desmayarse por amor, aunque pareciera ridículo, perder el sentido en brazos de su esposo hubiera sido la asimilación de su personaje. Pero era una mujer actual y todos aquellos desvaríos ya no se llevaban, si aquella escena hubiese ocurrido en realidad él habría llamado al médico y ella habría experimentado una pérdida de romanticismo, se habría sentido decepcionada. Sus nuevas heroínas no se andaban con monsergas, llamaban al pan, pan y al vino, vino, sus emociones se expresaban tal y como las sentían, sus caprichos, sus deseos lujuriosos y vengativos salían de sus bocas como lenguas de fuego. A Amandisca, cada vez que por su mente pasaban estas palabras: “como leguas de fuego” le entraba un ardor heroico por todo aquello que llevaba dentro y no sabía cómo exteriorizarlo, entonces corría desesperada a mirar un calendario para ver si faltaba mucho tiempo para aquella fecha. No tenía ni idea de lo que iba a ocurrir aquel día, era un día de ópera más, aunque en su interior presagiaba algo diferente y nuevo… El verano se había presentado repentinamente y las altas temperaturas hacían bullir la sangre en los cuerpos, también se apoderaban de los estados de ansiedad, acelerando aún más su propia aceleración; sus acciones requerían un freno constante de conciencia, a veces cuando comía apenas masticaba, deglutía los alimentos con una rapidez asombrosa, entonces trataba de recordar algún nocturno de Chopin, eso la tranquilizaba y la llevaba a ralentizar aquel instinto primario por devorar disminuyendo el estado de ansiedad; a la hora de comer siempre había sido muy pausada, el trayecto del tenedor desde el plato a la boca llevaba su tiempo, ella reconocía esto, y sin embargo era presa de un estado anímico que estaba fuera de su control. No era una mujer trabajadora, en el sentido de poseer una profesión, su familia adinerada y su esposo, un potente industrial, le permitían llevar una vida desahogada; el servicio doméstico se encargaba de todas las labores del hogar, por lo tanto, ella gozaba de ociosidad ocupándola a su edad adulta en proseguir aquellas clases de música y ballet que desde pequeña había iniciado; pero las horas de ocio diarias habían aumentado, una vez criados sus hijos, ya adultos y universitarios, ella disponía de más tiempo que empleaba, sin querer, en pensar. Sin querer trataba de analizar el mundo, siguiendo sin alterar su rutina diaria y ocupándose de compromisos sociales, siempre hallaba un momento en qué pensar, durante aquellos últimos meses de desasosiego supo separar la banalidad de lo que era realmente importante. Solamente a sus propios ojos su vida empezó a poseer cierta importancia, cosa que antes nunca se había planteado, importancia en el sentido de haber una causa, un motivo por el que luchar. El inconformismo, aquella especie de rebeldía que la oponía contra algo, quizá contra lo establecido. Indudablemente todo aquel cambio influyó en la posición del cuerpo al caminar, siempre caminaba erguida con orgullo de clase, como pavoneándose de lo que se tiene; ahora seguía caminando de igual manera, pero con el orgullo perdido, adquiría una posición de afrontamiento, dispuesta a luchar por defender algo; se esforzaba por aclarar cuáles eran los motivos que la empujaban a tal proeza, nunca los tuvo muy claros, de lo que sí estaba segura era de que aquella rebeldía le era necesaria, tenía que protestar contra algo y aunque ciertos motivos pudieran parecer superficiales en ella, estaban muy enraizados en su ser, ella se convertía en portadora de una protesta, un reconocimiento callado de su clase ante la injusticia. La indiferencia y el desconocimiento que mostraba ante las distintas clases sociales y sus dificultades poco a poco se fueron convirtiendo en reconocimiento y respeto, tratando de solidarizarse con ellas de una forma callada e inconsciente. Pariggggi era su ciudad amada, donde había nacido y había transcurrido su vida. Había conocido otras ciudades con su esposo, les gustaba viajar, bien en viajes de placer o de negocios acompañándolo y había concluido que como su ciudad natal no había ninguna. En los últimos meses le había dado por caminar, caminaba bastante, a lo largo del río que atravesaba la ciudad: La Seine= le sein (el Sena= el seno), ¿cómo había surgido aquella actividad si a ella nunca le había dado por hacer ejercicio a no ser el de sus clases de ballet? Fue algo extraño e inexplicable, algo repentino, un día hablando a la hora de comer con toda la familia surgió de sus labios el nombre de aquel río: La Seine y automáticamente llevó una mano hacia uno de sus senos, hacia el izquierdo, sintió unos latidos arrítmicos como si su corazón, situado a buen recaudo dentro de la cavidad torácica, quisiera hacerse palpable y exhaló un suspiro, una especie de sentimiento que unificaba lo físico con lo psíquico, desde entonces sintió la necesidad de dar grandes paseos a lo largo de su cauce. Las caminatas las efectuaba a la tarde baja, cuando el calor había amainado, iba en el sentido en que las aguas van hacia su desembocadura al mar. Las caminatas nunca las había tomado como una actividad deportiva, era consciente del ejercicio que hacía en ellas, pero las consideraba “une autre chose”, de hecho no se vestía deportivamente, iba con ropa normal, de calle, eso sí, procuraba llevar un calzado cómodo. Partía desde su casa cerca del río y seguía aquellos paseos que lo bordeaban dejándose llevar por el fluir de las aguas, se sentía frágil ante el caudal, contemplaba la amplitud del paisaje y todos aquellos edificios egregios que formaban parte de la historia de la ciudad, era como pasear a lo largo de los siglos, los contemplaba de pasada y en ellos ponía imaginación, a veces se sonreía por lo descabelladas que podían ser sus fantasías. Cuando no los miraba, miraba para el río y su cauce y entonces no pensaba en nada, aquel fluir de las aguas era como una limpieza de ideas, el único deseo que producía su mente era poder llegar como ellas al mar; contemplándolas, ideas nefastas la asediaban y pensaba en aquellos pobres incautos que se habían dejado seducir por el vértigo lanzándose a la corriente; sin querer, se apartó un poco del muro que separaba el paseo del río, no había peligro, era de mediana altura y le daba por la cadera, lo que sí se había entregado era su estado de ansiedad al flujo de las aguas, caminando y observándolas tenía la sensación de que el tiempo pasaba más rápido, como si su propio movimiento y el externo del agua empujaran al paso de los días en su aceleración... Y fue verdad, el río Seine y el ansia, que se albergaba en su pecho, aceleraron al máximo el tiempo. Pronto se encontró a una semana del deseado acontecimiento, y tuvo la sensación de tener que preparar muchas cosas, su mente se llenó de obligaciones inexistentes que, en el fondo, no eran más que ínfulas de su imaginación; lo que en realidad solamente tenía que verificar eran las localidades de la ópera, su esposo, por razones de viaje de trabajo no iba a poder asistir; en conciencia llevó una gran alegría cuando le comunicó su imposibilidad, debía estar sola, aquella sería su representación, donde expondría su rebeldía, su inconformidad, su mal-estar, su desasosiego... Casi siempre asistían los dos a las representaciones, ambos disfrutaban del espectáculo musical, pero en aquel día y en aquella función Amandorla necesitaba confraternizar con su soledad. No anuló la localidad de su esposo, aquel asiento vacío recordaría su ausencia, y eso era poco más o menos lo que tenía que hacer y sin embargo, ella seguía pensando en las muchas cosas que tenía que hacer, se decía que no podía perder el tiempo en nimiedades y que tenía mucho que hacer, y dale con que tenía muchas cosas que hacer, se había creado unas tareas imaginables que no lograba saber cuáles eran, tal vez aquella ocupación y preocupación en tener mucho que hacer la ayudaba a que el tiempo transcurriera mucho más deprisa; se inventó algo, algo que ya el servicio doméstico se encargaba de hacer: ordenar armarios, en aquellos días todos los armarios de la casa, en su sentido más amplio, quedaron ordenados, también la despensa. Por un momento aquel sentido del orden tan obsesivo le pareció como una proyección a querer ordenar el mundo y lo que en realidad hacía era ubicar el suyo, hacerlo más factible a su comodidad… Sin darse cuenta llegó la fecha señalada, había amanecido un sol radiante y el día se presentaba caluroso, típico del mes de julio, lo comprobó en el calendario: 14 de julio, su ansia parecía haber amainado y todo lo que hizo durante la jornada fue prepararse para la representación de la tarde. La casa estaba vacía, solamente quedaba una asistenta, todo el mundo había salido o estaba de vacaciones; centrada en los preparativos comenzó la mañana por tomar un baño y lavar detenidamente el cabello, era largo y negro, el baño pronto lo tomó, pero el acicalamiento del pelo fue duradero, al terminar lo recogió en un moño. No se maquilló, se miró al espejo y se encontró igual de bella que con pintura, pensó en ciertas tribus y sus pinturas de guerra, pero ella no iba a la guerra. A pesar del cuidado con que hacía todo, no había intención alguna en sus preparativos, eran llevados a cabo inconscientemente, como arrastrados por una rutina inexistente; arregló las uñas de las manos y no les dio esmalte, quería ir lo más natural posible, esta vez era todo lo contrario de cuando ella solía ir a la ópera con su esposo, era el recargamiento en persona tanto a nivel de arreglo estético como de vestuario. Aunque en su vida cotidiana el lujo era discreto, cuando llegaba el momento de ir a la ópera sacaba sus mejores joyas y vestidos y entraba en el mundo de la ostentación. Ese día sería diferente, ni mejor ni peor, diferente. Permaneció en silencio casi toda la jornada, le bastarían las voces y la música que escucharía por la tarde; deambuló por las diversas salas y habitaciones de su casa, palpó muebles y contempló cuadros, abrió armarios y figuró ponerse vestidos, manoseó joyas, acarició fotos, en una palabra, recapituló su vida. Se sentía ligera, ágil, tanto en cuerpo como en mente, para seguir manteniendo aquella sensación creyó conveniente hacer ligera la comida del mediodía; una vez terminada tomó un café muy cargado, muy negro, le echó un poco de azúcar y lo revolvió, recordó los cafés con leche que tomaba en las cafeterías de las afueras de la ciudad, agitó la cuchara y se creó un remolino, una pequeña parte de su rostro se reflejaba en el líquido, pensó en aquella gente y sin más preámbulos cogió la taza y lo bebió; así transcurrió la tarde sentada en una silla frente a una taza de café, descansando de una agitación no física sino emocional; la última semana la había alejado de su rutina, y ese momento era el ideal para hacer un resumen, no se aclaró nada, todos sus pensamientos tendían hacia esa hora de la tarde en la que ella entraría en la ópera; intentó razonar, pero tal vez sus ideas estaban más claras unos meses antes que en ese momento. Miró el reloj y comprobó que faltaban dos horas para la representación, decidió empezar a prepararse, se dirigió al vestidor de su dormitorio, como sonámbula abrió una puerta de uno de sus armarios y sacó su vestido de ballet junto con sus zapatillas y uno de sus abrigos de pieles, se acercó a su joyero y cogió un collar de perlas cuyas vueltas cubrían su cuello, regalo de su abuela y perteneciente a la familia desde hacía tres siglos, rechazó el resto de adornos; todo lo colocó encima de la cama excepto las zapatillas de ballet, las cuales situó a los pies de ésta. Estos preparativos habían gozado de una enorme sencillez, todo lo contrario a ocasiones anteriores, cuando le llevaba mucho tiempo y a veces perdía la paciencia en elegir el modelo que llevaría a la ópera. Esta vez no dudó, fue ciega a la elección como si fuera el uniforme obligado para la ocasión, lo contempló encima de la cama: vio aquel vestido tan blanco con las zapatillas haciendo juego, y uno de sus abrigos de piel negra, por su mente no surgió la duda de qué pintaba un abrigo de pieles en pleno mes de julio, si aquél era su uniforme tenía que ponérselo sin más miramientos, el collar de perlas le trajo recuerdos de su abuela y el momento en que se lo dio: el día en que llegó a su mayoría de edad. Aquellas prendas y aquella joya serían los signos externos de su inconformidad, de su rebeldía, junto con su pelo y la ayuda de un gesto. Decidió vestirse, desde entonces se prometió no hablar palabra, o en caso extremo las necesarias, entró en un mutismo en que los gestos eran la exteriorización de su intimidad; con parsimonia se fue poniendo la ropa, con la medida que exigía el rito de una celebración, una vez que hubo finalizado su arreglo se miró en el espejo, interiormente sabía que era ella, externamente no se reconocía; una pregunta muda surgió al ver su reflejo: ¿a dónde vas? Por supuesto no hubo respuesta, había como un impulso desconocido por el cual todo lo que hacía la arrastraba hacia aquella hora, hubo una mirada de compasión de su otro yo hacia la figura del espejo, no le hizo caso y terminó de recomponerse. Su coquetería no se cuestionó si su aspecto estético encajaba dentro de las coordenadas de la moda, ya no existía aquella idea. Cogió la entrada y la metió en un bolso pequeño, echó el abrigo de pieles sobre sus hombros, sintió calor, fuego, abandonó su hogar y cogió un taxi, llegaría puntual, le dijo al taxista: “a la ópera de la Bastilla”, salió disparado como una bala, la dejó delante del edificio, ella misma abrió la puerta y salió, ardía de calor, se dirigió a la entrada, entregó su billete y una vez que el portero lo hubo verificado, con una sonrisa de bienvenida la invitó a entrar, Amandina se quedó inmóvil y con un gesto de rebeldía y renuncia se soltó el pelo, dejó caer de sus hombros su abrigo de pieles al suelo, con la mano agarró el collar de perlas que cubría su cuello en su totalidad y tiró de él, las perlas se soltaron y cayeron por sus senos, dejándose llevar por la corriente del Sena y para concluir su acto heroico elevó su cuerpo, en la punta de sus pies y en sus zapatillas blancas de ballet.            

14 de julio   

Amandina de Vilauxe y de Chouzan, de Mourulle et de Sacardebois, de Vilar d’Ortelle et de Cristosende tomó la Bastilla.

miércoles, 1 de marzo de 2017

LA CATEDRAL SONORA



  
 
TM006-E. LACOMBE

 Sinfonía Nº 3 con órgano de C. Saint-Saéns


 Jugaba con los números, hacía infinidad de combinaciones, siempre resultaban cantidades exorbitantes, nunca los utilizaba de dos en dos o de tres en tres, eran cinco o seis, pero  nunca los leía como una unidad, los pronunciaba en voz baja de uno en uno como si cada cifra tuviera una característica propia, a veces, sin querer, surgían en otra lengua y trataba de vocalizar y pronunciar correctamente como si de un escolar principiante de idiomas se tratara, sin embargo, él los había oído con acentos muy diferentes y en circunstancias que nada tenían que ver con un aula. Según el resultado se sonreía, si por eso se entiende una mueca de los labios más o menos agraciada, pero fingida, o se quedaba serio, con amargura en la mirada observaba un número de cinco cifras tatuado en el antebrazo y cualquier señal de emoción humana desaparecía de todo su ser; intentar descifrar en su rostro alguna sensación era como enfrentarse ante un libro en blanco, como si de él hubiera desaparecido toda señal de conocimiento o cualquier indicio que pudiera conducir a un experto a una interpretación del sentimiento humano. Él, por supuesto, había renegado de su lengua y de cualquier otra para poder manifestarse; las palabras quedaban muy limitadas, carecían de la fuerza necesaria para expresar la magnitud de sus experiencias en el campo de concentración. Lo que allí había sucedido, ninguna lengua por muy rica en léxico que ésta fuera, alcanzaría a describir lo acontecido; por eso lo mejor era aceptar el silencio, no tratar de aclarar nada al menos verbalmente, solamente gestos, actitudes, decisiones... lo que fuera, pero todo llevado a cabo en silencio, cualquier palabra o frase aclaratoria sería estéril. Había renegado de su nombre e identidad, excepto en un momento muy puntual, en  “ese” momento, él recuperaba la dignidad perdida, en  “ese” momento él recuperaba las fuerzas para seguir existiendo, en “ese” momento él se reencarnaba en la persona que había sido y superaba las bajezas y sufrimientos que había padecido. Durante el resto del tiempo, divídase éste como se divida, él era un número, uno entre miles; un nombre y unos apellidos situaban a un individuo dentro de un contexto familiar, de un origen, en lugares en donde unos antepasados habían ido procreando llegando hasta él, entregándole el relevo y diciéndole: “a  ti te toca ahora la sucesión”. Pero todo se cortó repentinamente, de un tajo. Hubo un antes y un después, nada que ver un tiempo con el otro, nada que ver una vida con la otra, ¿había surgido un nuevo ser? No, había surgido un número, uno entre miles o millones, combinados marcaban a un individuo, más bien una ficha para ser archivada en un cajón; quizá en el fondo no era más que una cartulina con números y algunos datos que ya no tenían nada que ver con lo que él era. El mundo le molestaba, estar con gente le recordaba lo que podía haber sido y no era, su lenguaje mal ordenado le hacía daño y huía por miedo a que su sensibilidad se quebrara. Se había convertido en un hombre quebradizo cuando se sentía rodeado por seres de su misma especie, acorralado también sería una palabra que lo definiría perfectamente. En soledad se mantenía firme y hasta le quedaban fuerzas para subsistir. En sus congéneres había perdido la confianza, habían sido tantos los engaños y las vejaciones que ya no esperaba nada de nadie, además él ya no daba motivos para un acercamiento. El tajo había sido decisivo en el sentido más amplio de la palabra. ¿Cómo había ido a parar allí? Se dejó arrastrar por los acontecimientos, abrumado por haber vivido con tanta gente hacinada en los barracones del campo necesitaba sentir un espacio abierto a su alrededor, que cuando caminara no se tropezara con nadie, y si deseaba mover los brazos con libertad no encontrara barreras que se lo impidieran; en  el campo había vivido encogido, en cuclillas; el simple hecho de estar de pie, sin verse rodeado de gente le facilitaba una respiración más serena y lo alejaba de aquel tan temible agobio. ¿Por qué había ido a parar allí? Era como el resto de un naufragio, las olas lo habían depositado en una playa, para ser más exactos en aquella playa. Había llegado allí por casualidad, después de atravesar países, de recorrer las calles de sus ciudades, de caminar por carreteras y senderos en un peregrinar sin sentido, sin una meta, se paró allí; en un principio creyó que era un alto más en su huida, necesitaba caminar y caminar y caminar y caminar y caminar y caminar y ca-minar y ca-minar y ca-minar y ka-minar y ka-minar y ka-minar y minar y minar y  minar y minar un futuro, necesitaba alejarse de aquel campo de concentración; aunque sus fuerzas decayesen muchas veces, casi nunca cogía un medio de trasporte, el movimiento de sus piernas y el paso firme y adhesivo al suelo de sus pies, no exento de desgarro sobre superficies terrosas, convertían cada vez más a la lejanía en un espacio distante y minado, éste quedaba labrado sobre un suelo en el que el olvido trataba de imponer su presencia. Más tarde se dio cuenta del motivo por el cual había recalado allí, había intentado proseguir su ruta, varias veces había cogido su ligero equipaje de mano para emprender la marcha, pero algo lo retenía; sí, sí, sí, tenía equipaje de mano, una maleta de madera, pequeña, ligera, que contenía “ cosas”, algo indefinido: “algo”, un secreto, secretos y que siempre llevaba con él, si se agitaba se oían ruidos de  “cosas” que se golpeaban unas contra otras; necesitaba llevarla, contribuía a darle un aspecto de procedencia y destino, de ir de un punto a otro, procedencia: sí, ¿destino? De andar sin rumbo fijo. Y sin embargo, en el fondo sabía que su apariencia era muy distinta a su realidad, el rumbo se lo daba su día a día, el saber si podría comer o dónde podría dormir, adónde sus pasos lo encaminarían  esa jornada, de quién huiría, en dónde se escondería como actos reflejos a situaciones pasadas que todavía no asumía como irreales en su realidad. El terror aún lo poseía, por eso aquel caminar y caminar por terrenos lisos o pedregosos, era como si se fuese despojando, entre tumbos, tropezones, caídas y el volverse a levantar, de todo aquel lastre acumulado en su alma y en su cuerpo. En la marcha se maravillaba con la contemplación de los paisajes, la naturaleza se le ofrecía en todo el esplendor de las estaciones; había sido una gran acogedora, a medida que caminaba, muchas veces cabizbajo, no dejaba de contemplar los múltiples paisajes que tanto a un lado como a otro del camino se extendían; buscaba descanso a la sombra de un árbol y también cobijo, muchas veces había dormido a la intemperie teniendo como cabezal el tronco de algún árbol que se elevaba con todo su follaje hacia el lejano cielo. En el campo no había tenido tiempo de añorar la sencillez de la cotidianidad y en su caso, el trabajo exhausto y una lucha por la supervivencia hacían que los instantes de descanso y de ensoñaciones se sumieran en un sueño espeso y corto. En aquel espacio concentracionario se había consumido, menguado, empequeñecido, cualquier participio tendente a la aniquilación sería bien acogido. Necesitaba espacios abiertos; el simple hecho de caminar por rutas despobladas, rodeado de baja vegetación o de extensiones inmensas sin que ningún obstáculo entorpeciera la mirada en busca del horizonte, eso producía un enderezamiento de su cuerpo tonificando su ánimo, apartando la dejadez para otros momentos inconscientes de abandono. ¿Qué destino lo había llevado a aquella playa? ¿Qué o quién lo había encaminado hasta allí? No sabría dar una explicación, lo que sí podría decir es que cuando pisó por primera vez la arena de la playa, algo se hundió en ella, había algo de él en aquel entorno, aunque nunca estuviera allí antes, algo le resultaba conocido, familiar. Él había estado en playas anteriormente al estallido de la guerra, a su ingreso en el campo de C.(le asustaba la pronunciación completa de aquella palabra), pero todo lo anterior a..., pero todo lo anterior a..., pero todo lo anterior a aquella brecha había intentado olvidarlo, arrinconarlo en su mente, guardarlo en un cofre cerrado con llave y hundirlo en lo más profundo de la memoria. Sus familiares y amigos más allegados habían desaparecido, se habían desplomado por aquella brecha, evocarlos sería revivir una felicidad que no encajaba en su realidad, en su persona. Y sin embargo, en aquella playa había algo de su vida precedente; contempló sus huellas en la arena, la línea acuosa del horizonte y las rocas, los acantilados y las cuevas que en su base se abrían. Su primer contacto lo recordaba perfectamente: había sido en invierno, el mar estaba agitado, la marea subía ligeramente hasta que advirtió que tenía los pies mojados y fríos, fue una sensación de despertar, como si estuviera atontado y de repente una lucidez lo concitase con el pasado. Aquel frío recorrió su cuerpo y su mente, el agua que llegaba hasta sus tobillos le molestó en un principio, después le agradó, chapoteó los pies, quiso expulsar el agua de sus zapatos desgastados, pero ésta ya se salía sin mucho esfuerzo, le gustó, dejó que la marea subiese hasta sus rodillas y por supuesto, sus pantalones también se mojaron y su abrigo largo medio andrajoso también se mojó, los “secretos” de su interior también se mojaron;  huyó de la marea hacia lo alto de las rocas para estar en zona seca, pero en el fondo, en lo más profundo de su caverna interior aquello le encantó. Hacía muchísimo tiempo que no empleaba el verbo “encantar”, para él había caído en desuso, hubo momentos en que sí abundaba en su vocabulario, en el sentido más amplio del término, cuando algo le maravillaba quedaba bajo un encantamiento; en el presente todo era distinto, mejor era no entrar en él, y sin embargo, aquella mojadura de sus raíces le había encantado; en aquel momento verbalmente no lo habría manifestado, entraría en un estado de zorrería y mutismo absolutos, eso lo chinchaba. Desde las rocas fue accediendo a lo alto del acantilado y desde allí contempló el mar y su convulsión; el color natural, que sería el azul en un día de sol, le había llegado la hora a la gama de los grises; una bruma hacía que la línea del horizonte se hubiese difuminado y en planos de diferentes intensidades el gris se adueñaba de cielo y mar. Miró hacia abajo y los acantilados formaban arcos, como los de las catedrales góticas...como los de las catedrales góticas... como los de las catedrales góticas... Y aquella comparación le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó. Miró rápidamente hacia el mar y éste sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba y recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó y recordó su sinfonía. Quedó paralizado y en silencio, como si después de una tempestad viniese la calma, como si hubiese descubierto un secreto y alguien lo hubiese pillado con las manos en la masa. De repente supo que allí tenía que quedarse, en aquel lugar había algo que lo unía a su pasado, allí encontraba una vinculación con aquel otro yo positivo anterior al campo de C.; su pesimismo,  su autoanulación  después de las experiencias vividas parecía que quedaban relegadas ante aquella otra brecha que se abría esperanzadora o al menos que aportaba cierta luz a su mundo, que había estado sumido en tinieblas. El hecho de asentarse en aquel lugar, la decisión, no fue fácil de tomar. Después de su liberación se le había metido en la cabeza que su misión, en caso de que tuviera alguna, era caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, ca-minar, ca-minar, ca-minar, animar, animar, animar, animar ¿ a quién o a qué?...minar, minar, minar, minar sin fin. Creía que al caminar, poco a poco se iba desprendiendo de todo aquel lastre de humillaciones acumulado durante sus años de cautiverio, de igual manera el tiempo y el alejamiento del campo de C. contribuirían a la anulación de la experiencia. Allí, por un instante experimentó con aquella sensación una bocanada de aire fresco; en su ánimo hubo una ligera sacudida, recorrió con la mirada lo que le rodeaba y recordó su sinfonía, durante algún tiempo se quedaría allí: un año, dos años, tres años, cuatro años, cinco años... contó por los dedos, éstos se movían con torpeza, como entumecidos y a cada uno le asignó un año, como un niño. Tomar una decisión repentina a largo plazo le asustó, no estaba para decisiones solemnes y definitivas, sencillamente se quedaría allí durante algún tiempo who knew?. ¿Dónde viviría y de qué viviría? Había aprendido a subsistir con poca cosa, con muy poca cosa; con lo más ínfimo, casi del aire; había dormido en un camastro, en cuanto cabía el cuerpo, cualquier estiramiento era un despropósito, hacinado con cientos de cuerpos en un barracón, por lo tanto un simple cobertizo sería suficiente. Buscó por las cercanías de la playa y encontró una cabaña abandonada, la adecentó, tiró con todo lo superfluo de su interior, y la hizo habitable con poca cosa; a su alrededor había un pequeño terreno y lo convirtió en huerto, allí cultivaba verduras y poco más, solamente para cubrir las necesidades personales. Para ganar algún dinero hacía trabajos esporádicos: tanto podía ayudar a los campesinos del contorno como bajaba al pequeño puerto pesquero y echaba una mano a los pescadores; le faltaba la constancia para tener un trabajo fijo, además, éste impediría su libertad; había días que se levantaba sin ánimo, desfallecido, las fuerzas le abandonaban y era incapaz de llevar a cabo cualquier tarea física; se sentaba fuera de su cabaña y contemplaba su huerta, siempre con mirada gacha, si la marea estaba baja iba hacia la playa y allí se sentaba también con mirada gacha, como si su espíritu bajo aquellas circunstancias no le permitiera tener unas miras más amplias; quedaba pensativo observando sus manos, a veces, sus dedos tomaban posiciones verdaderamente expresivas como queriendo extraer sensaciones, distribuyendo órdenes y era entonces cuando experimentaba la necesidad de tener una rama entre sus manos, se levantaba y hacía gestos como si estuviera dirigiendo una orquesta. Recordaba su sinfonía. Recordaba su pasado. Recordaba aquel gran éxito que le abriría las puertas de todas las salas de conciertos. Esa evocación le insuflaba ganas de vivir, sabía que no era el mismo, pero aunque nada más fuera por unos instantes eso le ayudaba a seguir tirando de su existencia; después se volvía a sentar con el ánimo reconfortado y con la voluntad de reconstruir su sinfonía en la memoria. Sabía que allí no se había quedado en vano. Aquel lugar, aquella playa habían encendido una chispa y por muy pequeña que ésta fuera llevaría a algo. Con sus diversos trabajos ejercitaba las manos, las desentumecía, poco a poco iban recobrando ligereza, si bien en un principio su agarrotamiento era un símbolo externo de sufrimiento e impotencia, más tarde fueron aflojando para dar paso a  la búsqueda de su sinfonía. Mientras ayudaba a los campesinos o pescadores en sus labores se daba cuenta de que aquél no era su trabajo, había torpeza en la ejecución y alejaba esta sensación tarareando para sí algunas notas de su catedral sonora, su sinfonía. Todos sus pensamientos se centraban en el presente, nunca iban más allá del día a día, el futuro no le preocupaba, se conformaba con existir en el instante de la reflexión; del pasado para qué hablar, ni del más reciente ni del más pretérito, había borrado cualquier huella a excepción hecha de esa pequeña brecha que había surgido en la memoria y que le proporcionaba una bocanada de aire fresco a su vida. Siempre tenía algún momento al día o por la noche para pasear por la playa; desde allí contemplaba los grandes arcos formados entre las rocas que el mar había erosionado; entraba en alguna de aquellas cuevas rocosas y le gustaba su oscuridad, pero siempre mirando hacia la salida, aquel contraste de sombra y luz lo relajaba porque allá, a lo lejos, siempre veía el mar, enmarcado por la forma desigual de la entrada; entraba y salía deprisa varias veces y el contraste le parecía algo mágico: ver y no ver, luz y oscuridad y de fondo el sonido suave de la proximidad de las olas. De noche dormía mal, le era difícil conciliar el sueño y cuando lo conseguía siempre se despertaba de un sobresalto y con convulsiones; no recordaba lo que soñaba, entonces, antes de quedarse echado prefería levantarse e irse a caminar por la playa, allí a la luz de la luna si la había y si no en plena oscuridad arrastraba los pies buscando la línea divisoria entre las olas y la arena, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando,  arrrassssstrannnndooooooo, arrrraaaassstrannnndddooo........los pieeeeesssssss. Caminaba con los ojos cerrados, solamente lo guiaba la percepción de la planta del pie con la suavidad de la ola al extinguirse en la arena, aquella suavidad y su frío parecían amainar aquel cuerpo convulso de hacía unos momentos; después regresaba a la cabaña y se echaba en otro camastro, pero éste mucho más amplio y mullido y aunque no durmiera descansaba, descansaba de aquella fatiga crónica que había adquirido durante aquel período de internamiento en el campo de C.; ya no volvería a quedarse dormido, no pensaba en nada, y si su sinfonía surgía en su mente no era una sonrisa sino una claridad lo que iluminaba aquel rostro opaco. Poco a poco y en momentos inesperados su catedral sonora iba tomando cuerpo. Una vez que ya la había recreado en su memoria, cada movimiento aparecía intacto, no había lagunas, el primero se componía de un adagio-allegro moderato-poco adagio, el segundo de un allegro moderato-presto y el tercero de un maestoso-allegro, su sinfonía estaba completa y él se sintió completo también. Como persona lo habían aniquilado, pero aún quedaba algo de él, de aquel otro yo, por lo tanto su mente no estaba tan destruida, destrucción, destrucción, destrucción, des-truc-ción, des-truc-ción, des-truc-ción y miró su número en el antebrazo, apartó la mirada y ésta quedó suspendida en el vacío, intentó pronunciar su nombre y no pudo, lo intentó una segunda vez junto con sus apellidos y le pareció tan difícil como mover una montaña, un nudo en su garganta se lo impedía; reconoció que si algo tenía de positivo en él, al menos hasta aquel entonces, era su sinfonía. En momentos de ocio bajaba a la playa, se había hecho un bastón con una rama de árbol y aparte de servirle de apoyo, que eso era lo de menos, escribía notas sobre la arena con él, luego las borraba y volvía de nuevo; ¿por qué se encontraba tan bien allí? Aquella podía ser una playa como otra cualquiera, pero tenía algo muy especial y eran sus rocas, sus arcos, sus cuevas, en sí el entorno proporcionaba una perpendicularidad, una altura, un vértigo desde lo alto de los acantilados. Y fue una vez que hubo completado su sinfonía cuando se dio cuenta de su atracción. La situó en un momento y en un lugar. Viajó al pasado en una máquina del tiempo y recordó aquella tarde de invierno en aquella catedral: …lo esperaba un coche para llevarlo allí, tenía que dirigir la sinfonía nº3 con órgano de C. Saint-Saëns; en el último momento cambió de opinión y decidió caminar, aún era temprano, el concierto era a las ocho, hacía bastante frío y se abrigó; sabía que su interpretación sería decisiva  para su futura carrera como director de orquesta, y en el fondo no estaba nervioso como requería la ocasión, se sentía henchido de amor hacia aquella música que adoraba, se decía que nada saldría mal, y efectivamente nada salió mal, todo salió perfecto, parfait, perfect, perfekkkktttt, perfettttttoooo. Caminaba ensimismado, envuelto en un abrigo negro y sombrero, miraba a la gente irradiando amabilidad, hizo un alto y entró en una cafetería, se tomó un café con leche y eso lo reconfortó; salió, miró el reloj y comprobó que aún le quedaba tiempo, siguió caminando, en su paso por las calles más céntricas de la ciudad su atención no recaía sobre nada o nadie en particular, iba como en una nube, su mente estaba imbuida por la música que aquella noche iba a dirigir; la fachada de la catedral estaba iluminada y su interior lleno a rebosar, entró por una puerta lateral y se dirigió a la sacristía, allí se despojó de su abrigo y sombrero, recompuso el traje que parecía algo desaliñado por el peso del abrigo y esperó con los componentes de la orquesta a que fuese la hora de comenzar el concierto; hablaban entre ellos de banalidades, de todos dependía el éxito del programa, intentó entrar en la conversación, pero aquella realidad del momento parecía lejana, y su mente estaba completamente ausente; entonces decidió salir de la sacristía sin que nadie lo viera y desde un rincón oscuro echó una visual a la nave central, tanto ésta como las laterales estaban llenas público, también había mucha gente de pie; la iluminación era tenue, intimista; las vidrieras no transparentaban el día, sus colores se adormecían durante la noche. Aquella contemplación le pareció mágica y deseó ya salir, no hacer esperar más al público porque la música podía perder parte de su energía; retrocedió unos pasos y tocó la piedra de la pared, estaba helada, el contraste con las palmas de sus manos, que estaban hirviendo, hizo que entrase en contacto directo con aquel edificio; recordó el órgano y su entrada en el tercer movimiento, era la voz de la catedral bramando, inmediatamente se dio cuenta de que la catedral y él se habían unido para siempre en el tiempo. Empezaron a salir los músicos y a sentarse en sus sillas, pronto la orquesta estaba al completo con sus dos pianos y órgano. Miró hacia lo alto y el organista estaba ya en su puesto; el interior enmudeció, el silencio reinaba en el espacio y en las mentes de los oyentes, el frío que la piedra conservaba desde hacía siglos calaba los cuerpos abrigados de los allí presentes; el tiempo se paralizó, las piedras, aunque quisiesen hablar de su historia, enmudecerían a la espera de lo que iban a oír. Salió de su rincón oscuro como si se tratase de la cueva de los tiempos; el público aplaudió, pero sus ovaciones quedaban lejanas, todo su yo estaba a punto de estallar, también sabía que una vez comenzado el concierto, con la primera nota, su equilibrio estaba asegurado; ignoró todo ser viviente que le rodeaba, solamente la catedral y la música creaban un conjunto perfecto; dudó en coger la batuta, descartó la idea, sus dedos eran lo suficientemente ágiles para dirigir la sinfonía; cerró los ojos y se lanzó al vacío, al ensueño, estuvo flotando durante toda la ejecución, se transportó por el tiempo, éste, que se albergaba en aquellas naves, en los altares con su pátina de antigüedad y plegarias, lo llevó en volandas al pasado y al futuro; cuando llegó el instante de acometer el tercer movimiento, la entrada del órgano lo asentó en la tierra, sintió como si aterrizara, sus bramidos lo fijaban al suelo señalándole que aquél era su hábitat, la lucha entre órgano y orquesta dio al último “ allegro” el final esperado. A pesar del frío los cuerpos allí presentes habían entrado en calor, el comprobante del hecho fue la inmensa ovación recibida. Desde entonces su fama fue en aumento, pero pronto llegaron los años oscuros y ocurrió la hecatombe y ocurrió lo que nunca habría debido ocurrir, pero ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió el dios Ocur se rio de la humanidad. Y después de aquellos años la paz volvió, volvió a aquella playa, pero no a su alma, aún estaba herida, únicamente cuando recordaba su sinfonía, su catedral sonora, era cuando cierto equilibrio nivelaba su espíritu. Siempre le había gustado compartir sus inquietudes, ahora no tenía con quién, aquella música no podía ser sólo para él, necesitaba un público, allí no había público, pero había el mar inmenso, el inmenso mar, no tenía ni orquesta ni público, pero tenía su mente y en ella su catedral sonora reconstruida y el mar, siempre su sinfonía y el mar, y la playa, y las rocas de la playa, y la arena de la playa, y aquellos acantilados con sus arcos y altura, y sus cuevas, y el espacio; todo ayudaba a la reconstrucción sonora, a la reconstrucción de una vida partiendo de unos cimientos sólidos. La vida allí durante el tiempo transcurrido desde su llegada había sido tranquila; las experiencias vividas en el campo de C. le impedían intimar con los lugareños. La relación con ellos era cordial aunque exenta de confidencias, cuando colaboraba en algún trabajo, en las conversaciones surgidas con el trato. Él nunca entraba en ellas, procuraba mantenerse apartado de comentarios por miedo a que pudieran hacerle preguntas relacionadas con el pasado; era un hombre callado y se limitaba a cumplir con su tarea. Las remuneraciones que recibía por su labor le eran suficientes para subsistir, muchas de ellas las realizaba maquinalmente, como había hecho en el campo de C., pero sabía que aquello no era una vida,  su vida; lo que lo mantenía vivo, lo que le inyectaba ganas de continuar su existencia era aquella música, el resto era un aderezo. No siempre se sentía con fuerzas para ir a la playa y ejecutar su sinfonía, el mar también tenía que ayudar; cuando subía la marea era el momento más propicio, lo abandonaba todo, cualquier trabajo que estuviese haciendo quedaba pospuesto para otro momento, la subida de la marea era como una llamada del más allá. En la playa nunca se presentaba con la ropa que llevaba puesta, tenía que cambiarse como lo hacía y lo hizo aquella noche cuando dirigió en la catedral; no podía ir vestido de cualquier manera, entonces iba elegante, con el traje que le confería dignidad y con unos buenos zapatos negros que conjuntaban con su atuendo. Ahora se dirigía a su cabaña y abría la maleta, aquella maleta de madera, aquella maleta de madera donde guardaba “secretos”, de ella sacaba un  uniforme a rayas... o era un hábito a rayas...o era una camisa de fuerza y un pantalón a rayas... o era un sudario a rayas o una mortaja a rayas confeccionados para cubrir un cuerpo humano, de cualquier talla...o era sencillamente algo para cubrir cuerpos famélicos, desangelados, descangallados, descompuestos, des...des...des...Lo extendía sobre el camastro para estirarlo, para contemplarlo; los recuerdos acechaban y por un momento sintió como si tuviese ganas de sollozar, pero en su interior ya no le quedaba agua sobrante para despilfarrar, la restante formaba parte de su complexión física y no psíquica; se desnudaba por completo y se lo ponía, podía creerse que se encontraba incómodo con él, pues no, porque llevar aquel uniforme significaba enfrentar el horror y la belleza. Cuando era sabedor de que subía la marea cumplía ordenadamente con los ritos de vestirse, cogía una silla y se dirigía a la playa, allí la colocaba en medio y trataba de asegurarla enterrando en la arena un poco sus patas, se sentaba, alejaba sus ojos y dejaba que la mirada fuese llevada por el movimiento de las olas, a medida que se acercaban ésta era arrastrada por ellas, entonces su mente empezaba a trabajar y la sinfonía tomaba cuerpo. Cuando el agua llegaba a sus pies descalzos, entonces era el inicio, el primer movimiento con su adagio-allegro moderato-poco adagio y el segundo con su allegro moderato-presto, observaba poco a poco como el agua iba cubriendo sus pies, sus piernas ....y la música crecía en intensidad a medida que las olas helaban su cuerpo, se sentía como renovado, como si el agua lo lavase y arrastrara las impurezas dejándolo limpio; bajaba la cabeza y se miraba con la sorpresa de no reconocerse y fuera la primera vez que tenía conocimiento de sí mismo. Parecía increíble, no se movía, sólo su mente se hallaba en plena ebullición; se dejaba calar hasta los huesos, aquéllos que aún marcaban a través de la piel la hambruna padecida. El tercer movimiento lo reservaba para otra ocasión; esperaba las tormentas como agua de mayo, únicamente lo llevaba a cabo si había tempestad en el mar; tan pronto oía el primer trueno y el oleaje estaba agitado sabía que ése era el momento; repetía el mismo preámbulo: vestirse para la ocasión, esa vez no llevaba ninguna silla, iba a la lucha, con su uniforme a rayas, descalzo, dispuesto a entregarse al último movimiento. Era un gladiador, solo ante el peligro; era como si todas las energías acumuladas en su cuerpo, muchas o pocas, lucharan por la existencia, lucharan por el poder decir “aún estoy vivo”. Entonces, aquel hombre adquiría un nombreEsperante. El bramido del órgano envuelto en una gran ola lo derribó, lo arrastró hasta las rocas, se levantó y el cielo escupió rayos, Esperante escupió también, agua marina; de pie enfrentándose a las olas empezó a dar unos pasitos, titubeando, esperando a que alguna lo arrastrase de nuevo hacia atrás, eso le gustaba porque se volvería a levantar y se encararía una vez más con el océano. En su mente el tercer movimiento de su sinfonía continuaba en sincronía con el mar embravecido, el agua lo golpeaba, pero él resistía; se decía que cosas peores le habían sucedido y las había superado. Aquella vorágine de agua lo ponía a prueba, pero su instinto de supervivencia era superior a todos los océanos; hubo un momento en que fue arrastrado por las olas hasta el interior de una de las cuevas, salió triunfante, tambaleándose, eso sí. Había regresado a la oscuridad y retornaba a la luz; en medio de la playa, solo, con su uniforme a rayas parecía tan desvalido y al mismo tiempo tan desafiante. En la mente de Esperante su catedral sonora tocaba a su fin, contempló la playa y sus acantilados y en la última apoteosis musical se enfrentó a la embestida de una gran ola y dijo:”J’ai donné ici tout ce que je pouvais donner”. Aquí he dado todo lo que podía dar.
                  

miércoles, 30 de noviembre de 2016

"REPTARE"

                         

Douce attente. Anne M. Cutolo
 La habían paseado por todo el mundo. Desde muy pequeña había sido un continuo ir y venir, una procesión interminable de clínicas privadas a hospitales públicos en busca de una solución a su problema: sus piernas no funcionaban, carecían de movimiento, no había coordinación entre su cerebro y sus extremidades inferiores. Al ver que la ciencia no resolvía nada, habían decidido, como último intento, recurrir a la religión; se dirigieron a los grandes centros de peregrinación empujándola en una silla de ruedas, ofertándola con la esperanza de que su súplica fuera atendida, de que la conmiseración de unas deidades bajase hacia ellos, hacia aquella hija única en la que habían depositado el sentido de sus vidas. Si en las manos de los médicos de aquellas clínicas especializadas habían entregado a su hija y parte de su capital, a la religión habían entregado toda la esperanza de curación que los humanos no le habían sabido dar. Monetariamente hablando, era una familia de recursos, pero los desplazamientos de un país a otro, el alojamiento en hoteles y el elevado coste de las intervenciones quirúrgicas habían hecho tambalear su economía aunque su solidez permanecía estable. En cuanto a su fe, ésta ya no estaba cimentada sobre unas bases firmes de entereza y credulidad; habían echado mano de ella como último recurso, como recuerdo a una educación que les habían inculcado y que en un momento determinado, más bien por desesperación, habían sacado a flote. Cuando la esperanza se diluía siempre quedaba la resignación. Se había acostumbrado desde muy pequeña a mantener en su rostro una sonrisa expectante en sus viajes de ida; cada vez que la citaban para una nueva intervención, un ánimo renovado surgía en ella, se convencía a sí misma de que aquel intento iba a ser el definitivo y que abandonaría de una vez por todas aquella silla de ruedas, una silla anormal para su anormalidad; su movimiento, su desenvolvimiento diario reposaba en la tracción que le proporcionaba aquel artilugio, ya formaba parte de ella; fuera donde fuese siempre estaría pegado a ella, a no ser que la benevolencia de algún alma caritativa decidiera portarla en brazos, intento que a medida que crecía iba cejando paulatinamente. A la salida de la clínica y ya de vuelta a casa una terrible ansiedad la acongojaba, el postoperatorio era una época en la que las suposiciones la asediaban y presentaban un futuro incierto, lleno de luces y sombras. A medida que pasaban los días, el tiempo dividido en múltiples y diminutas cronologías confirmaba lo fallido de la intervención quirúrgica. Las ilusiones se desplomaban y para dar ánimos a aquéllos que la rodeaban y también para animarse a sí misma, aquella sonrisa expectante que en un principio cubría su rostro, era sustituida por una resignación enmascarada por otra sonrisa, pero esta vez ficticia. Su mirada se dirigía hacia sus piernas, las causantes de su malestar, de sus preocupaciones, de su incertidumbre, de la negación de su futuro, de la imposibilidad a llevar una vida normal... las causantes de ser el eje en torno al cual giraban ella y los suyos. Durante sus primeros años consideraba sus extremidades como algo suyo, algo que se había quedado rezagado y que había que forzar para ponerlo al ritmo lógico de su desarrollo; por una parte su interés en progresar y por otra la ayuda externa que recibía de los médicos, ambas voluntades la conducirían a un final exitoso. Sin embargo, al llegar a su madurez, harta de albergar esperanzas, el tiempo la convenció  de que en él no podía confiar, un falso amigo con el cual era inútil contar. Los animales a lo largo de su evolución siempre han ido mejorando su especie, se han ido adaptando al medio ambiente: su aspecto, sus extremidades, su organismo han ido cambiando según surgían sus necesidades. En ella, lo inservible, lo muerto, no tendría cambio posible, como mucho tendería hacia la degradación. Físicamente creció con normalidad, pasó de la infancia a la juventud y de la juventud a  la madurez con unas facciones de niña a adolescente y de adolescente a mujer sin que éstas se vieran afectadas por el dolor, pero sí por una resignación endurecida, lo que proporcionaba a los músculos del rostro cierta flexibilidad hacia una sonrisa desganada. Siempre había sabido estar en cualquier situación: con el talle erguido y un cruce de brazos reposado en el regazo aguantaba conversaciones, comentarios, chismorreos  (que dejaba pasar con una caída de párpados y la mirada clavada en el vacío) siempre participando en ellos muy superficialmente, más bien por obligación que por devoción. En la parte de su físico donde más se había ensañado la vida era en sus piernas; el bisturí se había deslizado a lo largo de ellas irrefrenablemente, como en una pendiente de esquí, atraído por el vértigo hacia unos pies independientes, abandonados cada uno a sí mismo y en donde encontraría el término a un incisivo corte. ¿Qué esperarían encontrar allí los médicos? ¿Reavivar lo irreavivable? ¿Reanimar lo irreanimable? ¿Reparar lo irreparable? ¿Regular lo irregulable? ... ir a, ir a, ir a, ir a, ira, ira, ira, ira y solamente ira lo que de allí se desprendía hacia aquella iranía de la existencia. Una vez que los médicos habían creído que su misión había finalizado, que su ciencia había servido para algo, zurcían aquella cicatriz para que las enmiendas que en su interior se habían llevado a cabo fructificasen. El tiempo sería el encargado de dar el veredicto final. La perspectiva que ella tenía de sus miembros inferiores siempre era en picado, los contemplaba con interés antes y después de una operación, con la ilusión inocente de insuflarles aquel movimiento tan esperado; cuando el resultado era negativo, que siempre fue negativo y que siempre será negativo, el desaliento la corroía y despreciaba sus piernas con todas sus fuerzas; deseaba que aquella parte de su cuerpo no existiese, que aquellas extremidades no formasen parte de su ser, desearía apartarlas de su vista y enterrarlas en el olvido; pero aquellos colgajos humanos siempre le pertenecerían. Asimilada su discapacidad tanto por su parte como por la de sus padres y no abandonando un último rayo de esperanza en el futuro de la ciencia ya que la religión sólo albergaba verborrea, la vida debía tomar nuevos cauces, enfoques diferentes. Desde muy pequeña se la había educado con exquisitez; como la asistencia a clase muchas veces fallaba debido a los períodos de convalecencia, se la reforzaba con profesores particulares para que mantuviese el ritmo que el curso escolar exigía. Como alumna siempre trataba de cumplir con sus tareas, pronto recuperaba los períodos que sus ingresos clínicos exigían poniéndose al día con facilidad. Mientras fue pequeña nunca se cuestionó el porqué del estudio, asumía que era una obligación propia de su edad, no había otra cosa que hacer, por lo tanto el tiempo lo había que ocupar en algo y ese algo era la ampliación de conocimientos por medio de los libros. Siempre había tenido tiempo para jugar, siempre había sabido distribuirlo equitativamente; después de hacer sus deberes dedicaba alguna hora a jugar evadiéndose de unas responsabilidades que, aunque aceptadas, la privaban del disfrute de su infancia. A medida que crecía aumentaba su interés por ciertas asignaturas con las que experimentaba un enriquecimiento espiritual, un sentido del mundo más amplio y enriquecedor que muchas veces  se veía menguado por una atmósfera hospitalaria agobiante y deprimente. Las notas se disparaban en las materias que le hacían tilín, en las que le hacían tolón el interés decrecía a medida que profundizaba en ellas, las soportaba gracias a un estado de alelamiento justo en el instante en el que entraba el profesor, era presentir su presencia, era caer en el abandono. Por supuesto, en la asignatura de educación física hacía acto de presencia, se limitaba a contemplar a sus compañeros en la ejecución de ejercicios físicos, si bien en un principio había sentido cierta envidia al no poder participar en ellos, más tarde la impotencia se encargaría de amainar aquella tendencia a la ecuanimidad. La agilidad que conlleva el movimiento le parecía un don selectivo de unos cuantos seres humanos, cuando en realidad pertenecía a una gran mayoría. Le gustaba contemplar a sus compañeros de clase ir de un lado a otro, dar volteretas, doblarse, girar, saltar, correr, trasladarse con la agitación de sus propias piernas y no por medios mecánicos, es decir, para ella una normalidad convertida en imposibilidad. Siempre había oído decir a sus padres que se tenía que preparar para el futuro, que debería gozar de una independencia profesional que sólo proporcionaba el estudio, la economía correspondería legársela ellos, pero ésta podía no ser duradera, por lo tanto su devenir había que afianzarlo de alguna manera y qué mejor que el estudio que era algo intransferible y propio de cada individuo. A medida que transcurría el tiempo aquellas leves insinuaciones que, por norma, se dejaban caer a la hora de la comida se habían  convertido en insistencias que rallaban la pesadez, lo que demostraba una preocupación velada por su futuro, lo que demostraba una preocupación velada por su incapacidad, lo que demostraba una preocupación velada por sus limitaciones, lo que demostraba una preocupación velada por su mundo circundante, lo que demostraba una preocupación velada por un posible rechazo de la sociedad...Discapacidad, f.= Calidad de discapacitado; discapacitado, da. Adj.= minusválido; minusválido, da. Adj.= Dícese de la persona incapacitada, por lesión congénita o adquirida para ciertos trabajos, movimientos, deportes etc.; incapacidad, f. = Falta de capacidad para hacer, recibir o aprender una cosa...Dis, in; dis, in; dis, in; disín, disín, disín; in, dis; in dis; in dis; indís, indís, indís. Ella nunca se había sentido discriminada por nadie, las relaciones que había tenido con sus compañeros y amigos de clase, sus familiares y allegados siempre le habían demostrado un afecto comedido, nunca movidos por la lástima y siempre movidos por la afabilidad de su persona. Pero ella era consciente de que vivía en un mundo cambiante, en constante movimiento y eso era de lo que carecía: su propio movimiento, éste para incorporarlo a aquél. Ya que la naturaleza la había privado de algo, esperaba encontrar otro algo en algo o alguien indefinidos; para que su vida adquiriese un equilibrio necesitaba suplir aquella carencia de movimiento por lo indefinido. Nunca había tenido amigos íntimos, con dos o tres compañeros de clase mantenía cierta relación, pero no dejaba de ser superficial o de cooperación con las tareas escolares; lo que se dice profundizar en sentimientos de amistad lo desconocía; sus padres habían sido sus confidentes, en realidad eran quienes estaban entregados a ella, la ayudaban en todo lo que podían no sólo monetaria sino anímicamente también. Ellos tres habían creado un  microcosmos en el que era difícil penetrar, estaba formado por una serie de ideas fijas, inalterables y siempre en constante superación, una de ellas eran las operaciones: el encontrar una mejoría en su sucesión, si en una se atisbaba el más mínimo indicio de movimiento, eso indicaba  que había que pasar a la siguiente; el sacrificio de aquel cuerpo no importaba siempre y cuando respondiera a la inutilidad de unas exigencias. Una vez que los médicos se convencieron de que la experimentación en aquellas piernas mórbidas carecía de sentido, se lo dejaron saber muy disimuladamente a base de conjeturas esperanzadoras en futuras y quizá remotas intervenciones quirúrgicas. A sus padres los podían engañar, a ella ya no. Con el convencimiento llegó el silencio, como si en la última operación la vaciasen, le extirparan la poca esperanza que le quedaba y dejaran un cuerpo hueco, un templo de vacío. Por supuesto, ella seguiría manifestándose ante sus padres como siempre: amable y cordial; la armonía estaba presente en sus relaciones aunque sustentada en un quebrantamiento que, por temor, no cedía. Externamente su comportamiento era normal si bien se había quedado parca en palabras, hablaba lo justo evitando atributos que dieran “coloratura” a unos forzados sustantivos; sus frases eran escuetas, a veces contundentes, su estructura era de lo más simple: un sujeto, un verbo y unos complementos, éstos ordenados con rigor, como si una gramática inconsciente imperara sobre cada uno de sus elementos. Las palabras la habían decepcionado, aportaban significados falsos, esperanzas incumplidas; por eso, de ellas sólo quería conservar lo justo, lo imprescindible, la expresión de las ideas en toda su sobriedad. Vació de la mente lo superfluo ocupando su espacio el silencio; ¿cómo llenarlo?  ¿con qué llenarlo?  Temía encontrar una solución a base de palabras, podían traicionarla; mejor sería dejarlo para lo indefinido. Aquel silencio había creado un vacío en aquel templo que había que llenar con un eco, pero un eco de ¿ qué? o de ¿quién?. Vivían en la ciudad de Navehondo  (con hache aspirada); adoraba pronunciar el nombre de su ciudad, experimentaba un gran alivio en su pecho, era como si la angustia abandonara su cuerpo en aquella hache  alada: primero inspiraba y después espiraba, inspiraba, espiraba, inspiraba, espiraba, inspiraba, espiraba, inspiraba, espiraba, inspiraba, espiraba, se inspiraba, expiraba, se inspiraba, expiraba, se inspiraba, expiraba, se inspiraba, expiraba, se piraba, se piraba, se piraba y terminaba pirada. Era una ciudad moderna, cosmopolita, en donde la agitación tanto del tráfico como de sus gentes desafiaba las normas de la tranquilidad, aquella ebullición ponía de manifiesto un empeño por explotar la vida, por extaer de ella el máximo rendimiento y disfrute. Ella veía aquello y se convencía de que por mucho interés que pusiera nunca estaría a la altura de las circunstancias, podría participar en aquel movimiento, pero nunca formaría parte de él. Desde su piso, una vivienda cómoda y grande, tendente al lujo, situado en uno de los edificios más altos de Navehondo ( con hache aspirada), podía divisar la ciudad en toda su extensión, descaradamente se ofrecía a ella, la retaba a participar en sus múltiples facetas: desde una vida laboral hasta un inocente desenfreno oculto en una oscura promiscuidad. No tenía motivos para negarse, ¿su silla de ruedas? No era una excusa, sabía manejarse en ella perfectamente y de hecho se paseaba por las calles con normalidad, eso sí, siempre motivada por alguna compra, no por el placer de distracción que podían proporcionarle sus gentes y tiendas. La aceptación a no alcanzar la normalidad de movimientos que deseaba la retraía, no solamente a nivel verbal sino también gestual; si sus palabras escaseaban al expresar sus ideas y deseos, sus gestos de manos habían empobrecido, sus brazos habían adquirido una torpeza propia de un incipiente entumecimiento, ¿sus piernas?  Ya no se citaban porque formaban parte de lo innombrable. Había veces que estaba más próxima a una momia que a un ser de carne y hueso. Vista desde la lejanía y sentada en su silla de ruedas, en aquella galería que daba a la ciudad podía decirse que era la antítesis del movimiento, la contemplación acusadora de lo inalcanzable, el espectro del deseo imposible del ser humano. Sin embargo, la posición de su cuerpo en aquella silla era de espera, esperaba lo indefinido. Se puede esperar de pie o sentado, pero cuando la espera es larga se toma asiento, no se puede estar cansado cuando lo esperado llega; ¿a quién aguardaba? ¿qué aguardaba? Cuando la monotonía se adueña de la vida cotidiana sólo queda aguardar la sorpresa de lo inesperado para hacer que el día a día sea más soportable. Era consciente de que, para que su vida adquiriese un rumbo, debía ser ella misma la que se obligara a buscarlo, ir a su encuentro; por muy bien que se encontrara allí, en aquel piso o en la casa de la montaña donde confluían aquellos dos ríos nadie iba a orientarla en la dirección a tomar, nadie iba a ir allí a su encuentro, a ella le tocaba salir al exterior en busca de ... en busca de ... en busca de ...en busca de lo indefinido, por llamarlo de algún modo. Sabía que si quería ser una mujer de su tiempo tendría que buscar su propio sustento, su propio medio de vida, un trabajo naturalmente sería lo más apropiado, aparte de proporcionarle una independencia económica también la pondría en contacto con el resto de la civilización, y esto último era casi lo más importante, apartarla de aquel aislamiento al que estaba sometida debido a las circunstancias. Era cómodo apoyarse en la economía familiar, tampoco la iba a rechazar, la suerte se había presentado de ese modo, pues  ¡bienvenida sea!. Estaba decidida, pero tendría que empezar poco a poco; temía que su incorporación a una vida laboral no fuera lo bastante eficiente; la lentitud, la casi incapacidad para realizar muchas tareas podían ser impedimento en un  momento dado en aquel mundo en el que el movimiento desaforado por unas ansias de cambio constantes hacía perecedero cualquier valor humano que en otro tiempo hubiese sido perdurable. De pequeña había sido muy querida, eso la había llevado a desarrollar una sensibilidad casi enfermiza, cualquier desarreglo por pequeño que fuera en una conducta lo advertía; por eso, siempre había sido muy exigente consigo misma, deseaba que los demás supieran responder de igual modo que ella lo hacía, aunque la época que le había tocado vivir carecía de tales miramientos. Incorporar aquella sensibilidad a un mundo tan exigente no iba a ser fácil, pero tenía que proponérselo. Empezó a salir, casi siempre con sus padres o con alguno de los dos; las amistades escolares que conservaba no participaban de sus gustos ni de su estilo de vida, habían tomado otros derroteros más acordes con sus edades; habían dejado para más adelante un clasicismo de costumbres y vivían su juventud con desenfreno y en loco despropósito. Ella había intentado unirse a ellos, pero se había dado cuenta de que ni los alcanzaba y de que era un impedimento, retrayéndolos en aquella marcha desaforada por la deglución de la existencia. Se tenía que amoldar al ritmo de los mayores, un ritmo lento y pausado como el de sus movimientos. Sin embargo, en aquel templo de vacío conservaba espacio para llenarlo con la energía propia de su malograda juventud; ¿cómo lo llenaría? Había dos soluciones: con la desesperación por no alcanzar lo deseado o con la resignación depositada en una esperanza desconocida e insegura. Medida a tomar: el silencio. Una vez por semana salía a degustar los paladares del mundo. Navehondo ( con hache aspirada) ofrecía la posibilidad de visitar muchos restaurantes internacionales donde se podían degustar los variados platos de las cocinas de países exóticos; era una forma de ampliar conceptos y motivo de conversación, la parquedad de palabras se veía incitada por la opinión de la novedad. Comentaban y trataban de adivinar los diferentes ingredientes que componían los platos tradicionales, se asombraban al verificar que algunos países, a pesar de su lejanía, coincidían usando los mismos componentes, logrando sabores distintos. Ella manifestaba su parecer escuetamente, aunque el plato le resultase delicioso, éste nunca influía en su acritud; lo que sí le alegraba el ánimo era el colorido y la presentación. A veces, se asemejaban a composiciones pictóricas. Yendo de unos platos a otros no solamente se viajaba por el mundo sino que también se hacía un recorrido por la historia del arte contemporáneo: en el primero se podía encontrar un cubismo y en el segundo un expresionismo abstracto para terminar en un postre con un informalismo descarado; claro que todos estos “ismos” dependían de la maestría de un buen cocinero y muchos de aquellos restaurantes presumían de tenerlo. También le gustaba la ambientación, en algunos era como estar en la selva por la abundancia de vegetación, en otros era como estar en el desierto por la sobriedad y escasez de mobiliario; fuera donde fuese parecía que lo circundante aportaba un sabor diferente a cada comida. Todo ayudaba a romper con una monotonía, a poner de manifiesto que el mundo no era las cuatro paredes de una casa protectora, éste pululaba de un lado a otro y ella debía formar parte de él. Si la comida en lugar de ser al mediodía era por la noche, una vez rematada iban al cine o al teatro, esto era lo que más le ilusionaba; nunca se hubiera atrevido a decir a sus padres que por ella podían prescindir de la cena, que lo que realmente le importaba era adentrarse en la oscuridad de aquellas salas. El cine era acción, las imágenes sobre la pantalla la absorbían, le transmitían su ritmo, insuflaban en el estatismo de su cuerpo impulso hacia la movilidad. La oscuridad la protegía empujándola a dar rienda suelta a sus más íntimos anhelos, a contemplar magnificados sobre la pantalla unos primeros pasos, sus primeros pasos ejecutados por actores. El silencio de la sala acallaba su propio silencio, el silencio de la sala acallaba sus deseos, el silencio de la sala la enmudecía y la hacía volver a la realidad. Cuando salían tenía la sensación de haber despertado de un sueño; el choque no era tan fuerte porque estaba acompañada. Nunca hablaban de la película por temor a la disparidad de pareceres, nunca hablaban de la película por temor a dañar la intimidad de lo inconfesable. Si en el cine un proyector lanzaba sobre la pantalla unas imágenes, en el teatro ella se proyectaba sobre los personajes. Si tuviera que elegir entre las dos artes, aun dudándolo, se quedaría con el escenario. El teatro siempre le había parecido un misterio, seres de carne y hueso inmolando su vida para hacer creíble la tragedia o la comedia de unos semejantes. Cuando empezaba la representación observaba atentamente a cada uno de los personajes y, sin querer, al cabo de unos veinte o treinta minutos ya se sentía identificada con alguno de ellos, se olvidaba de sí misma y se adentraba en su piel, sufría o reía, amaba u odiaba, vivía o moría, vestía o desnudaba su alma a capricho de la ficción, pero eso sí, en silencio; externamente se diría que estaba interesada por la obra, pero nada más, su cuerpo permanecía sentado mientras que su interior ya no le pertenecía, vivía en el escenario. Esta entrega se entiende por la falta de emociones para llenar su existencia, aquellas sensaciones eran la esencia del ser humano, eran su propia esencia y nunca las había experimentado, sus días habían transcurrido... sus días habían transcurrido... sus días habían transcurrido... sus días habían transcurrido en busca de…  en busca de remedio para  ¿su cuerpo o para su alma? La búsqueda de remedio para su cuerpo había fracasado, ahora quedaba solamente buscar un remedio para su espíritu herido  ¿dónde encontrarlo?  En lo indefinido. La experiencia de interpretar mudamente aquellos personajes había despertado en ella las ganas de manifestar estruendosamente aquellas emociones, propias y no ajenas, vividas y no interpretadas; y una vez más volvía a caer en el silencio porque no hallaba solución a sus tan necesitados deseos. Salía del teatro con la idea de haber vivido un poco más; de regreso a casa miraba a la gente esperando vislumbrar en su rostro las vivencias que el espectáculo le había ofrecido, pero todo el mundo caminaba en silencio ocultando sus emociones en la sala oscura de su propio teatro interior… Pero hubo un día, un día cualquiera, un día de un mes cualquiera, un día de un mes de un año cualquiera, un día que se debería escribir con mayúsculas o se debería decir: “ Érase un día...” en lugar de “ Érase una vez...”, un día en el que algo pasó, en el que un pronombre indefinido lo generalizó todo, ese “ algo” incluía a seres y cosas, a todo lo que puede estar relacionado con una vida, a su sentido. Hubo un día en que su madre decidió no salir, no le apetecía, alegó que se sentía indispuesta, que le dolía la cabeza, estaba rara, le pesaba la existencia y nada mejor en estos casos que dejar al sujeto solo, consigo mismo para equilibrar su existir; entonces su padre y ella salieron a cenar, aquel día escogieron un restaurante normal, un restaurante típico que servían comidas de la zona, Navehondo ( con hache aspirada) era la capital de una región famosa por su gastronomía; a decir verdad ni uno ni otro tenían mucho apetito, pidieron verdura y eso fue todo, estarían más ligeros, más ligeros ¿ para qué? Ellos también estaban raros; el final del día,  de aquel día se presentaba sórdido. Durante la cena hubo enormes lagunas de silencio, apenas hablaron; de repente su padre sugirió cambiar de espectáculo; aquella irrupción tan súbita la asustó; no supo qué responder, si se guiaba por las ganas se iría para casa, pero para complacer a su padre asintió  ¿qué señal externa confirmaba aquella aceptación? Sencillamente se dejó llevar. Su padre propuso que en vez de ir al cine o al teatro irían a otra clase de espectáculo; a ella aquellas últimas palabras le sonaban a experimentación, le sonaban a operaciones fracasadas, por lo tanto había que buscar otra clase de remedios o había que probar otra clase de soluciones. Permanecía callada. Su padre disparó: “Iremos al ballet”. Ella se estremeció. Los vasos que se encontraban sobre la mesa acusaron la sacudida, sus dos silencios amplificaron el tintineo. En aquel momento no supo el porqué de aquella alteración, la palabra “ballet” formaba parte de un diccionario, no de su propio vocabulario. La distancia que había entre el restaurante y el teatro no era mucha, aquel paseo les vendría de perlas; pagada la cuenta, su padre se levantó y la ayudó a desenvolverse en su silla de ruedas, a aquella hora había bastante gente y las mesas estaban ocupadas, el espacio era muy pequeño y había inconveniente en deslizarse entre las sillas, muy disimuladamente esquivó su ayuda, se las arreglaría sola para llegar a la salida. Se sentía irritada y no sabía por qué, quizá por la idea de la novedad, pero no, eso no era. Una vez en la calle, se intercambiaron miradas y su padre marcó el camino, no podían ir a la misma altura, ella se adelantó, él un poco más rezagado. Le molestaba su presencia, le molestaba su vínculo, quería estar sola, quería llevar su vida como en una  “procesión del silencio”. La gente llenaba las calles y se abría paso como si algo tirase de ella, como hipnotizada por  “la forza del destino”.https://www.youtube.com/watch?v=GHk1RmPzA5E En aquellos momentos todo le molestaba, deseó encontrarse en una autopista a solas, en su silla de ruedas y sin ningún obstáculo ponerse en marcha hacía un punto de destino, no un lugar físico sino abstracto. Era tan ciega aquella obsesión carente de perspectivas que sintió miedo; éste era nuevo, desconocido, era diferente al que había sentido antes de cada operación, a pesar de la experiencia. Pavor, sería la palabra más correcta; se sentía tan desprotegida, tan desangelada que repentinamente recordó aquellos lugares de peregrinaje donde solían llevarla en busca de remedio, recordó también las súplicas de los peregrinos, que ella nunca había formulado porque nunca había tenido fe en ellas; y sin embargo, ahora, ya que no hallaba consuelo en nadie, al menos encontrarlo en unas fórmulas mágicas. Sin saber de dónde provenían aquellas palabras, si del hielo o del fuego, dijo para sí: Non mi lasciar, socorrimi, pietà, Signor, pietà! Deh! non m’abbandonar, pieta di me, Signor…https://www.youtube.com/watch?v=cut_2iSOEtMSólo ella las oyó, sus entrañas y las entrañas de la tierra, los cielos no acusaron respuesta. Llegaron al teatro y se paró en seco, se había quedado sin fuerzas para entrar, o quizá le faltaba aquel empuje que la había conducido hasta allí. Sin energías para manejar su silla de ruedas se dejó llevar por su padre, no le importaban nada las localidades que había elegido, solamente estaba a la expectativa de cómo él obraba. La llevó hasta la primera fila, la visión del escenario era completa pues éste aún quedaba a unos cuantos metros de donde ella se hallaba, le entregó el programa de mano y su padre retrocedió, retrocedió, retrocedió, retrocedió, retrocedió, retro-cedió, retro-cedió, retro-cedió, cedió, cedió, cedió, cedió, cedió, cedió su tutela y la entregaba a lo indefinido. El se sentó alejado, en la penumbra de la sala, se había convertido en una sombra del pasado y ella se volvió para mirarlo, sólo captó una silueta gris, remota, que ya formaba parte de los recuerdos de su infancia. Antes de la representación, el escenario se iluminaba con una luz tenue y mortecina; el padre contempló a su hija en aquel contraluz y se sintió orgulloso. Aunque los dos estaban distantes a ambos los unía aquel preludio de silencio; el teatro se había llenado y nunca se habían sentido tan solos porque una espera en soledad se hace eterna. Cogió el programa de mano para entretener su inquietud y leer el contenido, no pudo, en la portada aparecía escrita una palabra en caligrafía ondulada, de letras enlazadas: “Giselle”. Fue incapaz de seguir leyendo, aquella palabra y la imagen que allí se presentaba la conmocionaron. Aquella mujer de blanco y de puntillas más aquel nombre que coronaba su imagen le parecieron la entrada hacia una nueva dimensión. Dejó el programa sobre su regazo, al alcance de la vista y muy suavemente palpó sus piernas, no transmitían nada a sus pies, sus pies eran diferentes a los de aquella mujer, ella era diferente a aquella mujer, no tenían nada en común o tal vez  ¿tenían más en común de lo que en un principio se pensaba?. Nunca había estado tan cerca de un escenario, le pareció estar en el límite de dos mundos, ¿a cuál pertenecía? Sin lugar a dudas al del misterio; el real le sonaba a algo pasado, caduco, a una época que se había quedado atrás, a una imposición; el de ahora era un deseo incubado quizá mucho tiempo atrás. Las luces de la sala se apagaron y el misterio comenzó. Las luces del escenario se encendieron y el misterio comenzó. La música comenzó y desde los primeros compases el misterio la absorbió. Lo que oía y lo que veía concordaban a la perfección, ya estaba poseída por lo indefinido. Calificar aquello de música y de danza, de danza y música le parecía de una ignorancia supina, aquello era mucho más, no sólo afectaba a su espíritu sino también a su cuerpo, no sólo lo había percibido con los sentidos sino su cuerpo también se había sentido vapuleado. Aquel impacto lo había experimentado en todo su ser, aquel  “impakto” lo había experimentado en sus carnes, aquel  “impakto” lo había experimentado en su alma. Si en el teatro vivía la vida de aquellos personajes, en el espectáculo de lo indefinido además de vivir su vida compartía sus movimientos que eran la sublimación de su deseo. La música arropaba aquel mundo y se sintió aniquilada por ella, en su persona había algo que moría, pero renacía otra nueva. Por sus brazos y manos notó una energía como queriendo brotar de ellos unos sentimientos exclusivos del lenguaje oral y que ahora podía expresar mediante gestos. Si antes sus piernas eran la inutilidad de su cuerpo, además, por pleno convencimiento, ahora éstas adquirían protagonismo en un plano diferente. Contemplar su rostro durante la representación era contemplar la fascinación, era como encontrar el tesoro, era como encontrar el tesoro que ilusiona al niño en su infancia. Con sus manos, una colocada sobre la otra en su pecho, representaba una de esas imágenes místicas poseída por una visión celestial y en sus ojos un diluvio de lágrimas. Durante el tiempo de la representación no vivió, soñó. Su corazón no latía con normalidad o como en realidad debería latir en la vida diaria, se sobresaltaba, brincaba, se apaciguaba según la emociones del momento. En dos horas aproximadamente había nacido, amado y había muerto, una vida condensada en tan poco tiempo le pareció la esencia de una existencia. Cuando la representación terminó el público enfervorizado se puso de pie y aplaudió hasta el agotamiento; se volvió para mirar a su padre que también estaba arrebatado por la emoción y en un hilo de sospecha advirtió que sus aplausos no iban dirigidos hacia el escenario sino hacia ella. Miró a la primera bailarina y se miró a sí misma, no había diferencia, no eran dos personas, era una y en el estruendo de la sala dijo en voz muy baja: “Giselle”. Inclinó la cabeza varias veces para dar las gracias a su público y se quedó en silencio, de su boca nunca más volvería a brotar una palabra, pero sí, más tarde, una frase definitiva. A la salida del teatro la gente bullía, se notaba que la vorágine que se había desencadenado en el escenario se había transmitido a los allí presentes; de vuelta a casa y como de costumbre no expresaron opiniones sobre el espectáculo, pero era evidente que algo había cambiado: ella ya no era la misma y su padre la miraba con ojos diferentes; si antes portaba un nombre y unos apellidos que hacían patente la pertenencia a una familia y a unos orígenes, llegado aquel momento y experimentada la transfiguración, su pasado carecía de valor como tal, sencillamente había sido una vigilia, una antesala al momento crucial. Le gustaba que su padre fuese a su misma altura, todo lo contrario que antes de entrar, estaba a su alcance para hacerle una pregunta clave, aquella pregunta que había surgido justo a la salida del teatro: “¿Por qué me has traído aquí?” Pero aquella duda había brotado en silencio y en silencio permanecería. Ya no importaba si él lo había hecho a propósito o no, “la forza del destino” se había apoderado de ella y eso era lo que contaba. ¿Por qué ciertas preguntas transcendentales nunca tienen respuestas? O si la tienen ¿siempre acaban en mutismo? Deseaba terminar su recorrido lo antes posible y llegar a casa, aquella distancia se le hacía penosa, era como un  “via crucis” con paradas en cada semáforo, miraba la luz roja con el embrujo de un cambio repentino, el verde la hechizaba. La gente que se topaba al cruzar la calle le parecía perteneciente a un mundo anterior, su nuevo mundo aportaba seres diferentes, de ensueño. Antes, a los habitantes de Navehondo  (con hache aspirada) los había contemplado con admiración, con el orgullo de sentirse una más de ellos, ahora formaban parte de una ilusión perdida. Quizá sería la última vez que estuviese en contacto con una multitud de seres reales, de carne y hueso; quizá sus próximos contactos serían con seres volátiles, incorpóreos, fantásticos. Llegaron al portal de la casa, su padre con aliento entrecortado por la marcha que habían llevado, ella no se había dado cuenta. Cogieron el ascensor que los impulsó a las alturas, los números que marcaban los pisos nunca se habían sucedido con tanta rapidez, al llegar a su planta las puertas se abrieron y el vacío de aquella caja los expulsó. La madre aguardaba en la sala de estar ya recuperada de aquella cuentista indisposición. Los recibió con una sonrisa en el rostro que pronto se tornó macilento al ver que su “niña” venía cambiada. La “ñiña” ya no era la misma “ñiña” de antes, se había vuelto ñoña, “la ñiña boñita” había dado paso a una mujer poseída por un sueño, por su sueño; por una ilusión, por su ilusión. No era... no era... no era... ¿Cómo se llamaba antes?...Ahora se llamaba Giselle. Su madre no se atrevió a decir nada, sabía que cualquier frase que pronunciara iba a caer en la ignorancia, cualquier intención que llevasen sus palabras para su hija iban a carecer de valor, iban a pertenecer a un tiempo pasado, a un antiguo país en donde el idioma aún no había evolucionado. ¿Sus padres se habrían confabulado para urdir aquella trama? No le importaba, aunque la duda alternase con la incógnita, no estaba resentida hacia ellos, se sentía poseída por un destino al que se dirigía ciegamente y por plena voluntad. Se dieron las buenas noches mediante gestos, todo muy convencional, como si nada hubiese pasado y se fue hacia su dormitorio, cerró la puerta y echó una mirada global a su habitación, aquélla había sido su morada durante los años de su existencia, que no eran muchos, pero que no iban a ser muchos más; aquella atmósfera  la agobiaba, le parecía respirar aire impuro, contaminado por las falsas ilusiones, decepciones y pequeñas alegrías que allí se habían gastado, necesitaba aire fresco para que sus sueños tomasen forma. Abrió la puerta de su armario ropero y contempló los vestidos, camisas, jerséis, pantalones que la habían cubierto y adornado, a veces la habían disfrazado también. Abundaban los colores oscuros y las hechuras amplias, todo para camuflar defectos, todo para que a la superficie no afloraran las deformidades. Desde aquel momento decidió vestir de blanco, como Giselle, Giselle siempre vestía de blanco, ella se vestiría como Giselle puesto que Giselle era ella. De todas las prendas que allí colgaban escogió un vestido blanco que nunca se había puesto, había sido un regalo de sus padres para cuando se presentase  “una ocasión”, nunca se había presentado tal ambigua ocasión y aquel era el momento de usarlo. Con sus limitaciones y resignación de costumbre se lo puso, apartó de su vista la ropa que había estado llevando y la arrinconó, la borró. Era un vestido blanco como la nieve, vaporoso, en donde el significado sustituía a la materia; se miró al espejo y en él vio reflejada la serenidad, una serenidad de espíritu que antes nunca había experimentado, sonrió con complicidad a aquella imagen y agitó los brazos en el aire como había visto en el teatro y por un instante creyó elevarse, los bajó y se volvió a posar sobre su silla. Se tiró al suelo. En su caída sintió la atracción del abismo, un vacío espacial; echada sobre la alfombra, se arrastró, reptó igual que las serpientes y desde aquella horizontalidad el mundo le pareció diferente. Lo que había visto y oído había cambiado la percepción de su pequeño universo. Aquella música y aquel movimiento se habían adueñado de ella, las notas de la sección de cuerda le habían transmitido una energía que estimulaba tanto su mente como su cuerpo; su sistema nervioso estaba electrizado, impulsada por sus brazos reptó y reptó y reptó y reptó y reptó y reptó y reptó y repató y repató y repató y repató y repató y repató y repateó y repateó y repateó y repateó y repateó de rabia... Le hubiera gustado patear con los pies o bien patear las calles, pero tendría que conformarse con reptar, reptar, reptar, reptar, reptar, repetar, repetar, repetar, repetar, repitar, repitar, repitar, repitar, repetir, repetir, repetir, repetir, repetir su reptar. Reptó por toda la habitación, se adentró en sus rincones más recónditos y se dio cuenta de que las cosas desde allí abajo adquirían una nueva significación. La visión que ella tenía de su dormitorio desde su silla de ruedas no concordaba con el espacio completo que le ofrecía su nueva posición, le agradaba estar echada y captar un mundo tan tridimensionado; había que tener en cuenta que en su nueva vida se abrirían espacios insólitos que habría que aceptar como una dimensión más de aquel futuro. Se arrastró hasta su silla agotada, nunca había hecho un esfuerzo físico tan encomiable y aquello era solamente el principio. Había sido un día lleno de emociones y de decisiones también. Nunca lo hubiera imaginado, pero de ahora en adelante podía imaginar cualquier cosa. Era tarde y debería acostarse, echada sobre la cama analizaba con minuciosidad el nuevo rumbo que tomaría su vida en el futuro; con ayuda de la penumbra y la bienvenida del sueño se abandonaría a sí misma vaciándose de preocupaciones y sobresaltos. Cuando se despertó al día siguiente le pareció como si hubiera renacido, sus ideas se habían clarificado y en sueños había tomado sus decisiones. Aquella mañana a la hora del desayuno sus padres la encontraron radiante, no sabrían explicarlo, pero advertían que de ella emanaba un equilibrio que solamente se posee cuando existe una armonía entre el propio interior y el mundo circundante. Se sentían conformes con aquella nueva decisión, la contemplaron y no se atrevieron a decir nada, desayunaron en silencio intercambiando miradas, no pronunciaron ni una palabra, la gran ausente: la música de la víspera. Tomaron líquidos, ayudarían a limpiar asperezas y preocupaciones pasadas. Una vez que hubieron terminado, Giselle cogió un papel y una pluma y escribió con una caligrafía distinta a la suya; si antes las palabras las escribía entrecortadamente, ahora era una línea continua modulada por unas curvas que formaban un grafismo concertado. Expresó sus deseos en tinta negra sobre la extensión de una cuartilla en blanco, le pareció un desierto donde podían formularse, con ayuda de su dedo y sobre la arena, infinidad de anhelos. Constató por escrito que le gustaría irse a  vivir a la casa de la montaña; no dijo los motivos, tampoco se los preguntaron, haría una serie de compras y le pidió a sus padres que la llevasen, éstos no se opusieron. Se miraron entre ellos y reconocieron que no era una hija quien se lo pedía sino un destino. Aquella misma mañana Giselle salió a comprar lo que deseaba, podía haberse llevado infinidad de cosas, pero para ella sólo contaban: aquella música y un vestido blanco. Lo primero que hizo fue ir a una tienda y comprar “su” música; cuando el dependiente le entregó el disco se reconoció en la carátula, allí estaba ella y coronando el rostro su nombre escrito de  “aquella manera”. Se sonrió y con el dedo índice acarició aquella circunferencia absorbiendo la grabación con el tacto, haciéndola suya. Su cuerpo vibró como un padre con su hijo pequeño en brazos. Se dirigió a su tienda habitual de ropa y buscó la blancura, sólo le importaba el color y la volatilidad de la materia, la hechura era lo de menos y lo encontró; entre infinidad de modelos, entre infinidad de colores, entre infinidad de telas allí estaba su uniforme; entre infinidad de hombres, entre infinidad de mujeres, entre infinidad de seres humanos allí estaba ella; al cogerlo lo acarició y con la suavidad de la palma de su mano lo mimó. Sentada en su silla de ruedas se exhibió con el vestido ante un espejo, la transfiguración se había llevado a cabo, si interiormente ya era Giselle, su aspecto externo confirmaba la absoluta aceptación. Ordenó que se lo envolviesen con extremo cuidado temiendo su deterioro, se lo entregaron, pagó y desapareció. Al llegar a casa mostró sus compras, las desempaquetó con el ritual del misterio y con una radiante sorpresa en su rostro, ella misma no daba crédito a sus posesiones, le parecían tanto y al mismo tiempo tan poco. Sus padres la observaron y con la resignación del lo inalcanzable contemplaron el futuro de su hija: dos objetos que materialmente carecían de valor, pero de profunda significación para ella. Quizá no la comprendieron del todo, al menos lo intentaron y en aquel intento por entender su felicidad demostraron una gran benevolencia. El resto de aquel día transcurrió anodinamente, el tiempo no volvió a dejar huella hasta llegar a la noche; en un pequeño bolso de mano metió sus posesiones, era su neceser, lo indispensable: su disco, redondo como el mundo, redondo como una rueda que implica movimiento, redondo como un abrazo, redondo como una lágrima que en su marcha marca un camino descendente y aquel vestido blanco que con su claridad imitaba al día y en su textura al aire y a la tierra; cerró la cremallera, cerró el baúl del tesoro, encerró un secreto. Estaba preparada para ir al fin del mundo. Aquella noche dormiría apaciblemente, en silencio, como el que existe antes de una tormenta: un silencio atronador. Se levantó sonriente, con la seguridad de que aquel día era el comienzo de un nuevo existir. Sus padres estaban preparados para llevarla a la casa de la montaña; los tres estaban dichosos porque un deseo pronto iba a realizarse y en éste un pasado de espejismos convertido en una convencida realidad. Se acomodaron en el coche y su padre se puso en marcha, abandonó Navehondo  (con hache aspirada) hasta que se extinguió en una lejanía rezagada. El día había amanecido luminoso, cargado de una luz que avivaba los colores de la naturaleza y por lo tanto el ánimo; Giselle contemplaba el paisaje como algo ya visto, pero no reconocido ni valorado; le parecía que la velocidad aportaba cierta musicalidad y deformación cuando observaba los diferentes planos en los que se presentaba el paisaje. Siempre que sus padres la llevaban a alguna parte en coche, la palabra  “conducción” se presentaba vinculada a las ruedas y a su sentido de rotación, parecía que en vez de tener piernas tuviese ruedas, en cierto sentido así era. Los viajes le habían parecido un peregrinar en busca de remedios, pocos habían hecho por placer, pero éste era diferente, estaba segura de que al final encontraría la solución y de que además sería el definitivo. En todo el trayecto no se dijeron nada, su sola presencia bastaba para darse calor y sostener la convicción de un apoyo mutuo. Desde el asiento trasero observó a sus padres como si fuera la última vez, forzándose a grabar en la memoria la imagen de perfil que de los dos captaba. De su corazón brotó el agradecimiento, de el de ellos la comprensión que habían demostrado respetando su decisión y esos sentimientos envueltos en silencio, envueltos en su propio lenguaje. El viaje se aproximaba a su fin y sintió un ligero escalofrío, temía una parada súbita, un corte de la velocidad que la conducción proporcionaba a su cuerpo y al hecho de enfrentarse ante el embrujo de su decisión. Llegaron, bajaron, entraron. One, two, three, stop. One, two, three, down. One, two, three, in. La casa olía a cerrado, había que airearla. Las veces que venían era como desconectar, desenchufar sus vidas de una envolvente agitación y hallar la paz, dejar a un lado el empuje que, sin querer, la vida moderna les infundía. Abrieron todas las ventanas y la naturaleza irrumpió sin permiso; pronto las habitaciones se impregnaron del auténtico ambiente a vegetación, los diferentes sonidos de la fauna autóctona quebraron el silencio sepulcral de aquellas salas en donde el tiempo, por falta de expansión, había permanecido aletargado, momificado. Giselle lo primero que hizo fue aproximarse a un gran ventanal que daba a los dos ríos, desde allí se divisaba una panorámica completa, tanto de las montañas elevándose hacia el cielo en busca de lo onírico, como de aquellos dos ríos que minaban las bases de aquellos enormes cíclopes de tierra y roca en una marcha a ciegas hacia unas entrañas habitadas por seres mitológicos. Contempló en su globalidad lo que la naturaleza le ofertaba, lo que la tierra, el mundo y el universo ponían a su alcance y al pensar en éste último elevó los ojos al cielo, como escudriñando un más allá, y exhaló un suspiro musical. La percepción de todo aquello ahora le parecía diferente, antes dejaba que su mirada recorriera lentamente las cumbres de aquellas montañas para deslizarse por sus laderas, hasta caer en picado y flotar sobre las aguas cristalinas y misteriosas de los dos ríos. Ahora ya no era su mirada la que se paseaba por aquellas hondonadas o se adentraba en la umbría frialdad de los bosques, ahora era ella misma, la que en persona y como parte integrante de aquel cosmos se deslizaba con todo su ser, reivindicando su digna aportación a la naturaleza. Desde el ventanal se sonrió y su sonrisa acortó distancias, se sentía en armonía tanto con el árbol más frondoso como con la brizna de hierba más insignificante, ya no era un ser extraño al medio, era ya un ser integrado en el medio. Mientras tanto sus padres habían puesto en orden la casa, habían reordenado lo ordenado, le habían dado el toque de habitabilidad a lo dormido. Una vez terminada esta tarea sintieron la necesidad de irse, nada ni nadie los echaba, pero el espacio que ellos llenaban en aquella casa había sido sustituido por un volumen indefinido que los llevaba al convencimiento de que su misión había terminado; claudicaron al asumir que Giselle había encontrado su lugar en el mundo. En medio de aquel paisaje había un hueco para ella, la naturaleza le abría sus brazos y ella se entregaba con la inocencia ante la novedad, era la portadora de una música indefinida que empuja el movimiento de la evolución. Con mucho sigilo se acercaron e hicieron notar su presencia con el roce suave de una mano sobre su hombro; Giselle que estaba absorta en su contemplación apartó la mirada de la inmensidad y se centró en la cercanía, en los ojos cristalinos y acuosos de sus padres. La besaron y la acariciaron con la delicadeza suficiente como para no alterar la belleza que desprendía su rostro; no hubo palabras de despedida ni gestos de adiós, fueron apartándose de ella, en retroceso, sin darle la espalda, querían contemplarla en aquel contraluz y que la luz del sol marcase con fuerza su rostro y talle; las puertas no se cerraron, permanecieron abiertas y desde la entrada Giselle quedó enmarcada en un cuadro para la eternidad. El ruido del coche señaló la partida, el silencio su deglución en la distancia. Se había quedado sola, eso era la primera impresión que se podía tener, pero en realidad ella ya nunca más volvería a estar sola: tenía su música. Sería su representante en un nuevo mundo. Aquel día transcurrió carente de realidad espacial y cronológica, fue un día plano reflejado en las aguas de aquellos dos ríos Rin y Sil, Sil y Rin, Rin-Sil; Sil-Rin, Ril-Sin, Sin-Ril, fue un día plano reflejado en las aguas de aquel río SinRil. Desde aquel ventanal y con mirada penetrante trataba de bucear en las profundas aguas al encuentro de otros seres. Cuando venían a pasar unos días de asueto durante el verano, en esas noches tórridas y claras propias de la estación, donde la luna parecía aún más real y viva reflejada en las mansas aguas que en el cielo, Giselle percibía la presencia de vida humana en aquellas profundidades. De vez en cuando se desprendían destellos antinaturales parecidos a los del oro, de la luna no podían ser pues ésta sólo desprendía plata. Estas observaciones siempre las había hecho desde un punto de vista de observadora, nunca desde un punto de vista participativo, ahora todo esto había cambiado; Giselle no se conformaba con contemplar su entorno, formaba ya parte de él y lo comprendía. Se apartó del ventanal y en su silla de ruedas dio una vuelta por toda la casa, palpó muebles y objetos de decoración para afianzar la idea de que lo tocado era real y no imaginario, su nueva percepción ambiental a veces la engañaba; terminado el pequeño recorrido se acercó al reproductor de discos y puso su música a gran volumen, tan pronto como escuchó los primeros compases se tiró, se precipitó, se derrumbó, se despeñó, se arrojó al suelo. Reptó por todas las salas de la casa, subió por paredes y techo, circundó muebles y obstáculos y volvió a reptar hasta su silla. No se sentía fatigada, aquello había sido una prueba solamente. Si su movimiento cesó, la música también cesó; aquel cuerpo ya no se comprendía sin su música y aquella música ya no se comprendía sin su cuerpo. Cuerpo y música, música y cuerpo. Dualidad inseparable. El silencio se adueñó del crepúsculo, el sonido de la vegetación y de los pájaros se adormecía lentamente a medida que la noche se abría paso entre los últimos rescoldos del día. Y en silencio volvió a aquel ventanal, se centró en él, ya no permanecía a un lado semioculta por la cortina, desde cualquier punto de aquel paisaje cualquiera podía divisarla, Giselle se enfrentaba sola al mundo. Desde su silla de ruedas, su cruz hasta entonces, sintió que la acribillaba una profunda soledad tanto pretérita como futura, pero había llegado el momento de ahuyentar aquella sensación, de engañarse con que no estaba sola. Miró fijamente las aguas de sus ríos traspasándolas hasta sus profundidades y allí en el fondo, como en el fondo de su alma, contempló  “as lavandeiras” que habitaban en el río Sil lavando y puliendo pepitas de oro y en el Rin: sus hijas conservando el oro que despertaría la codicia del ser humano. ¿Qué aportaría Giselle? Su música. Al pensar en ésta, en su interior brotó una voz que cantaba retumbando en todo su cuerpo: “ Ich komme- ich komme- ich komme- ich komme- ich komme” Ya voy.https://www.youtube.com/watch?v=5GpUHfQTrRA Se miró reparando que en aquella silla de ruedas se sentaba una mujer diferente a la que hacía unos momentos ocupaba aquel lugar; su coquetería le susurró que no estaba vestida para la ocasión y se puso inmediatamente su vestido de un blanco descarado que afrentaba el negro de la noche incipiente. Se sintió hermosa, ya sólo le quedaba por poner de nuevo su música y así lo hizo; la melodía empujó la silla hasta el ventanal, contempló aquel mundo aéreo y el silencio que éste le proporcionaba, a él le entregaba sus últimas palabras en voz alta: “ Ich bin Giselle” Yo soy Giselle. Su boca quedó sellada para siempre, de ahora en adelante sus emociones las expresaría mediante el movimiento. Reptó hacia aquel mundo acuático. Reptó hacia las profundidades. Reptó hacia su propio abismo. https://www.youtube.com/watch?v=BbYlMnFgp3c&t=71