martes, 13 de agosto de 2013

ETERNAMENTE…


     La única decisión a la que los hombres no tenían que enfrentarse era la más dolorosa de todas. Era una decisión a la que sólo se enfrentaron las madres en Auschwitz-Birkenau en junio de 1944. Aunque muchas de las mujeres de Therensienstadt tenían el privilegio de vivir en el campo en Auschwitz-Birkenau con sus hijos, en junio de 1944 ya sabían que serían enviadas a las cámaras de gas. Debido a los fuertes bombardeos sobre Alemania por los aliados, los nazis necesitaban mano de obra y realizaron una selección en el campo familiar a finales de junio. Las madres de niños pequeños tenían la posibilidad de presentarse para que las seleccionaran como trabajadoras, o la de quedarse con sus hijos y ser enviadas a la cámara de gas. Sólo 2 de alrededor de 600 madres de niños pequeños se presentaron para la selección; todas las demás decidieron quedarse con sus hijos hasta el final.

Ruth Bondy ( Mujeres en el Holocausto, apartado de mujeres en Therensienstadt y Birkenau)

Editado por Dalia Ofer y Lehore J. Weitzman.


       S’acabó, s’acabó, s’acabó. Aún queda algo de tiempo, no mucho, su valoración: lo más preciado que poseo junto con mi hijo; hasta que se abra esa puerta y todas nosotras entremos agarrotadas a nuestros hijos; no queremos dejar vida suelta, la de ellos va unida a la nuestra desde el nacimiento hasta la muerte; si un hijo muere una madre también muere; la puerta se cerrará y esta sala quedará vacía, no por mucho tiempo; llenaremos la contigua, la llenaremos a rebosar hasta casi no poder respirar y en un aire ya viciado: gritos, lamentos, desesperación…hasta que un gas nos amaine, nos reduzca al silencio. Aún no s’acabó, queda algo, aún no s’acabado, un cuarto de hora: 15 minutos, media hora:30 minutos, 10 minutos, 5 minutos; necesito desmenuzar el tiempo, que éste me suene a números; aquí estamos acostumbrados a ellos, los llevamos incrustados en la piel; los nombres apenas se usan; somos un rebaño y como tal carecemos de individualidad; nos cuentan, si damos exacto, cuenta perfecta, si no revuelo, investigación, la aritmética nunca falla. Nos hemos desnudado, otras aún se están desnudando, desnudamos a nuestros hijos; aquí la palabra desnudez adquiere un tono grisáceo; si nos arrimamos contra una pared hasta podemos camuflarnos, su gris y nuestro gris casi es el mismo, con un ligero toque de marrón muy desvaído; nuestra ropa pende de unos colgadores, algunas de mis compañeras la dejan sobre los bancos; estamos de pie o sentadas, nuestros hijos a nuestro lado, de la mano o agarrándose a nuestras piernas, los más pequeños en brazos; casi no tienen espacio para agitarse, para desfogar su infancia, sus juegos; siempre y cuando la malnutrición, la debilidad anímica todavía no hubieran minado sus energías. Por nada del mundo queremos que se alejen de nosotras, estamos constantemente pendientes de su presencia; ese instinto de madres agudiza nuestra percepción sobre ellos, aunque nuestros sentidos parezcan aturdidos y nuestros gestos extenuados  por la vida en el campo, nuestra mirada siempre está al acecho  y con las zarpas dispuestas ante cualquier contratiempo. Casi no hay pudor, ¿qué pudor puede haber ante cuerpos esqueléticos carentes de atracción y deseo? De querer ocultar solamente la fealdad, la decrepitud, una vejez prematura adquirida por una vejación física y anímica; recordarnos lustrosas amarga el pensamiento, pero ya no hay nada que recordar, o tal vez sí, el “ modus vivendi”, por llamarlo de alguna manera, de cada día nos ha hecho olvidar lo que fuimos, y así no puede ser, lo que fuimos lo seguimos siendo, pese a quien le pese; estos instantes en que sólo tenemos presente y pasado adquieren gran magnificencia, deberían ser como una especie de resumen de nuestras vidas, aunque nuestras mentes estén embotadas por las penurias, un último esfuerzo sería propio de la dignidad humana; somos tratadas como animales que van al matadero, para el opresor no somos nadie, simplemente unas mujeres que se han negado a rendirle pleitesía, a oponerse a un servicio solicitado por quedarse con sus hijos, porque nosotras somos nuestros hijos y nuestros hijos somos nosotras; son muy pequeños para caminar solos, no están aún preparados para la vida y  menos para la muerte, para la locura mucho menos, por eso este camino de locos lo recorreremos juntos, abrazados, presionándoles contra nosotras como si quisiéramos que regresaran a nuestro vientre, arrepintiéndonos de haberles dado a luz y entregado al mundo.¡Cuánto barullo hay aquí adentro! La cabeza me da vueltas y necesito abrazar a mi hijo, me encuentro desorientada, ¡ojalá  tuviera a alguien que me cogiese de la mano para guiarme!; sé que nuestro destino está detrás de aquella puerta, no está lejos, pero me parece una distancia abismal; a pesar de la fuerza y de la madurez de una persona adulta me siento como una niña pequeña, un poco mayor que mi hijo y tan perdida como él. Nos miramos unas a otras, asustadas, agitadas, descontroladas, ofuscadas, extraviadas…adas, adas, adas y más adas, hadas de un cuento de terror, de una pesadilla. Estoy en los huesos; reconozco que nunca he estado muy gorda debido a mi profesión, pero ahora la poca grasa que se interponía entre la piel y el hueso ha desaparecido. Siempre he destacado por mi delgadez, pero mi estado actual es preocupante, mejor dicho, sería preocupante en una vida normal, fuera del campo; aquí ser un esqueleto andante está al orden del día, es el pan nuestro de cada día, y me relamo tan solo de pensar en un mendrugo de pan; miro a mi hijo y un temblor recorre mi cuerpo endeble al no poder darle ni una miga; el hambre se ha adueñado de nosotros todos, en cuerpo y alma. Toda la negatividad del ser humano ha recaído en nosotras y nuestros hijos. Nos han esquilado como a ovejas y no hemos dicho ni mu, ellas protestan, balan, dicen be, be, be, be, nosotras ni mu, mu, mu, mu, ni un solo mu; tan pronto como entramos en el campo creyeron despojarnos de nuestra feminidad cortándonos el pelo; que lo hicieran por higiene, es posible, pero eran conscientes de que el pelo para una mujer ha sido un rasgo de su coquetería  y arma de seducción; aquí adentro todo lo que signifique desposeimiento será aceptado como normal. Sin embargo, no se dieron cuenta de que nuestras facciones se realzaban, al carecer de pelo y maquillaje más el trabajo forzado y la hambruna contribuyeron a que nuestro rostro manifestase nuestra alma; en él se podía leer, no en caligrafía sino en unos ojos desorbitados, pómulos hundidos, dentaduras salientes y un gris pálido en la piel como si la sangre se hubiese negado a tintarla de rosa, el olor, el dolor y el color de nuestro interior. Si en el mundo exterior siempre nos hemos esforzado por demostrar y ser portadoras de belleza, aquí es la cara opuesta. ¿Existe el futuro? En mi caso no, en mis condiciones no; mis compañeras y yo estamos abocadas a desaparecer junto con nuestros hijos, ellos podían ser el futuro, pero el futuro lo absorberá el presente; todos estos niños desconocerán los tiempos verbales de futuro, ni los simples ni los perfectos porque su época es imperfecta. Famélico como está y aún así cuánto se parece a su padre; qué felices fuimos cuando vino al mundo, al otro mundo, no contábamos con éste, éste desbarajustó nuestros planes de vida y no sólo la nuestra, la de millones de personas también. Necesitábamos concebir un hijo, toda mi vida, desde muy pequeña, había estado dedicada a mi profesión: la danza. Primero fue un sueño infantil para convertirse en una realidad en la edad adulta; años enteros disciplinando un cuerpo, doblegándolo a ejercicios rutinarios para más tarde liberarlo y entregarlo a la perfección de unos movimientos en el escenario; lo había logrado todo: reconocimiento de la crítica y de unos aplausos que cada noche llenaban mis oídos, animándome a seguir creando ensoñaciones, a soñar y a hacer soñar, y de pronto me di cuenta de que los años pasaban, de que mi cuerpo necesitaba procrear en un sentido material, tangible; me dije a mí misma que ya era hora de bajar de la nubes y de poner los pies sobre tierra firme; toda la energía que acumulaba mi cuerpo podía dividirse, compartirla y nada mejor que con un hijo. Fueron nueve meses de auténtico descubrimiento; mi cuerpo iba cambiando poco a poco; mi cuerpo siempre fue algo cambiante, como las fases de la luna, no era el mismo a las diez de la mañana que a las diez de la noche; los movimientos y gestos que realizaba rutinariamente durante el día en tareas de la vida cotidiana, cuando subía a un escenario, se arraigaban a una música que me poseía; me dejaba llevar y ya no era consciente de aquella mujer que hacía unos instantes había estado entre bambalinas; pertenecía a un mundo de sueños y era un ensueño para todo aquel público, para mi público que me contemplaba desde la profunda oscuridad de la sala. Me entregaba al mundo espiritualmente por  medio de mi cuerpo,  pero este cuerpo mío me pedía algo más no tan espiritual sino más “mamífero”, y llegó Donalbai, mio figlio, io la sua madre. En la clínica, cuando después de dar a luz lo pusieron sobre mi pecho, me quedé atónita, paralizada, casi ni podía tocarle, era tanta la fragilidad que veía en él que mis manos se vieron empujadas por una música inconsciente a acariciarle; con el primer roce me dieron ganas de darle el mundo, pero mis manos estaban vacías y solamente dispuestas a cogerle. Y sin embargo, le prometí en pacto de silencio, como la primera complicidad entre madre e hijo, llevarle al teatro en andas y en volandas una vez que estuviera repuesta; así fue, después de algunos días y ya de vuelta a casa allí nos fuimos los dos; de camino, él en su carrito y yo empujándolo, advertí que mis pies volvían a adquirir la agilidad de la que siempre habían gozado, aceleré el paso sin querer y con la rapidez de una coda me encontré en mi segunda casa; entramos por la puerta de artistas, era una hora en la que el teatro solía estar casi vacío; llevé a mi hijo recién nacido a mi camerino, me hacía una enorme ilusión que sintiera el ambiente en que vivía su madre; sabía que era muy pequeño para comprender, pero me fue imposible contenerme porque tanto él como mi vocación por la danza eran mi vida. Me vestí de blanco y calcé mis zapatillas, a él también lo había vestido de blanco; no había nadie por los pasillos y me dirigí al escenario, amparándolo contra mi pecho me situé en el centro, reinaba una profunda oscuridad y silencio tanto en el aforo como en escena, me temía un llanto y el llanto se desencadenó, los dos lloramos, ¿los motivos? Nadie los sabe; para no alargar la angustia pulsé un interruptor y un foco proyectó un círculo perfecto de luz, una luna llena, nosotros dos en el centro y el miedo se diluyó, las tinieblas dieron paso a la luz, le miré y una serenidad semidormida cubría su rostro, al oído le susurré:” ¡Eh! Donalbai, despierta, estamos en el universo”, entonces, sin salirme de aquel círculo lo volví a estrechar contra mi pecho, me elevé y empecé a girar en la punta de mis pies, y giré y giré, y giré y giré, y giré y giré, y mi corazón se alegró y bombeó la sangre con más fluidez, sentí sus latidos y susurré de nuevo a Donalbai: “Escucha, así late nuestro universo”. Mis pies ahora están estropeados, desfigurados, maltratados, inutilizados, apretujados...ados, ados, ados y más ados, todo esto es un mal hado. Lo que llevaba puesto no tiene nombre, llamarlo calzado sería un insulto, en su momento fueron unas botas, lo que son ahora ni parecido, están tan ajadas que ni forma tienen; a veces me apretaban, cuando aflojaba los cordeles con que las sujetaba, la suela se desprendía de un lado, ampollas y durezas, por no decir unos pies completamente desfigurados hacían que caminara con dificultad; y esos harapos que cubrían mi cuerpo, ese jersey de lana que me lo agencié después de muchas artimañas y gracias a él el frío del invierno no calaba tan fácilmente mis huesos; mira, ahora todas estas humildes posesiones, esta segunda piel mía, están colgadas y mis botas en el suelo, estoy completamente desnuda, igual que mi hijo, mis compañeras otro tanto, pero siempre quedan algunas rezagadas en desnudarse y en desnudar a los suyos; les damos el trabajo hecho, una vez cadáveres directamente al crematorio, qué crudo es decirlo, qué crudo es asimilar la realidad; nuestros huesos se marcan a través de la piel, nuestros pechos se han convertido en pellejos, nuestras caderas han perdido su redondez y adquieren la forma de la pelvis; volviendo la vista atrás, nunca me hubiera imaginado que mi vida tuviese un final tan trágico. A decir verdad, nunca o muy poco había pensado en la muerte, estaba demasiado ocupada con mi juventud y mis éxitos; el final lo veía muy lejano y siempre con la convicción de  que según habría sido la vida así sería la muerte, ésta última magnificada como si fuera la escena final sobre un escenario; en la ficción me había muerto tantas veces que me imaginaba que, llegado el momento, todo sería igual, aunque todo esto visto desde la lejanía. Ésta es mi realidad, estoy frente al fin y la imaginación ya no funciona, el tiempo se acorta; todas las que estamos aquí con nuestros hijos somos víctimas de una época, de un momento en la historia de la humanidad que  nos ha tocado vivir, los acontecimientos nos han arrastrado hasta este abismo, inocentes; hemos intentado preservar el futuro que representaban nuestros hijos y por una decisión nuestra de lo más humana y natural nos condenan, nos aniquilan. No podemos luchar contra ese empuje, contra ese imán que se encuentra detrás de aquella puerta y que atrae los cuerpos, pero en nuestras mentes, en mi mente ¿aún no queda un rescoldo de rebeldía de aquella armonía en la que estaba envuelta mi vida? ¿qué ha sido de  mis sueños pasados y futuros, de mis ilusiones? Me niego a pensar que no quede una brasa incandescente entre la ceniza. Aquí todo es ceniza, cuando se entra en este campo se intuye el destino de cada persona: convertirse en ceniza, la hay por todas partes, esas chimeneas la escupen constantemente, se respira en el aire, se palpa en cualquier cosa que se toca y ese color gris ceniza, que todo lo cubre, captura el auténtico color de la escasa naturaleza que nos rodea, hierba sólo hierba y nosotros todos, seres humanos nos convertimos en cenizos, en malas sombras que pululan por el campo, figuras fantasmales de la degeneración de gente sencilla, corriente, engañada. Me rebelo contra la palabra; es cómico rebelarse contra un sonido, y sin embargo, en éste se halla su contenido, quiero que esa zeta en su articulación interdental, fricativa y sorda exteriorice la rabia que ahoga mi garganta, la voy a pronunciar en voz baja, sofocada para que su articulación salga de mí y vuelva otra vez a mí: ceniza, ceniza, ceniza, ceniza, zeniza, zeniza, zeniza, zeniza, zeniza, zeniza, ze-ni-za, ze-ni-za, ze-ni-za, ze-ni-za… la ceniza va a ser el zenit de nuestra vida. Nadie se ha enterado de mi travesura, ni mi hijo tampoco, ya hay bastante tensión en el ambiente como para crisparlo en el último momento con mi arranque de rabia. Y mi familia ¿qué fue de mi familia? Mi mente está tan embotada en estos momentos que no consigo poner orden en ella, me debato entre el recuerdo y el olvido, quiero aprovechar cada instante para llenarlo con algún suceso importante de mi vida, pero esta debilidad mental me lo desbarajusta. Ya fue hace tiempo cuando vi a mis padres y hermano por última vez; nos separaron, ni un instante para decirnos adiós; lo que antes había sido un núcleo familiar compacto quedó diseccionado en partes y cada uno fue enviado en una dirección y destino diferentes. Quiero pensar en ellos y necesito pensar en ellos, son mi vínculo con el pasado, pero el presente es tan tenso y absorbente, tan exigente conmigo misma, que su recuerdo pertenece a una nebulosa, precisaría de más tiempo y tranquilidad para que su imagen se hiciese más nítida en mi mente; eso no es posible. La ceniza no solamente vela los cuerpos sino también las mentes. Mis seres queridos ¿qué ha sido de ellos? Mis amigos, mis conocidos, estamos perdidos, esparcidos en un mundo hostil, dando tumbos, con la esperanza de que en algún momento nuestra época sedimente en aguas más tranquilas, algunos nos quedaremos en el camino y los que continúen, que encuentren sosiego y comprensión en un mundo más justo. ¿Qué será de Entrambasaguas? Mi amado y padre de mi hijo; lo quise y lo quiero con locura, pensar en él produce en mi mente una sensación de felicidad, ¿dónde andará? ¿dónde andará? ¿dónde andará? ¿dóndandará? ¿dóndandará? ¿dóndandará?...¿Sabrá que estamos aquí? Incertidumbre, nada más que incertidumbre. Por muy lejos que esté, mi hijo me lo acerca, tan solo con mirar su rostro, tiene un parecido tan enorme con su padre, son como dos gotas de agua, salvando las edades, claro. Fuimos, ya no volveremos a serlo, los dos tan felices; hubiésemos necesitado más tiempo para consolidar la pareja, compartir más vivencias hasta llegar a la convicción de que estábamos destinados el uno al otro, de que ambos recorreríamos el mismo camino hasta el final; sin embargo, los años que estuvimos juntos fueron de una completa armonía, nunca surgieron problemas entre nosotros, podía decirse que vivíamos en una luna de miel; decidimos concebir a Donalbai de mutuo acuerdo; una vez que éste llegó al mundo nos hizo comprender que nuestra innata soledad se veía abocada hacia él, era nuestra confluencia, un punto de partida en el que ambos deberíamos abandonar nuestra individualidad para canalizarla hacia nuestro hijo. ¡Oh Entrambasaguas! Por un instante quiero saborear este recuerdo, no sé dónde estarás, pero en el silencio de mi mente, de este mundo y en el de la muerte revivir esa experiencia me hace sentir más unida a ti; ¿sabes? En estos momentos le he dado la mano a Donalbai, me ha mirado y en sus ojos te veo reflejado, le he dado un beso en la mejilla, a ti te daría dos: uno en la mejilla y otro en la boca, uno de cariño y otro de pasión. ¡Qué tonta me pongo! Cuando me sale mi lado romántico me pongo tan meliflua, en estos momentos hasta lo cursi resulta tan embriagador; ¡hacía tanto tiempo que no experimentaba estas sensaciones! Ahora que estoy en vena voy a evocar un recuerdo de nosotros tres; nunca se lo he contado a nadie, me parece el momento idóneo para hacer una confesión; nunca nos hicimos una foto donde estuviéramos los tres, quizá por dejadez o por…no lo sé, pero yo en mi mente conservo una que nos representa como familia, como una unidad de tres miembros, no marca ningún hecho sobresaliente, simplemente un instante de nuestras vidas, cotidiano y visto desde fuera, sin estar implicado, insignificante. Entrambasaguas no sé si lo recordarás: era una tarde de invierno y estábamos en casa, nuestro hijo comenzaba a dar sus primeros pasos, tú decidiste situarte en un extremo del pasillo y yo en el otro; yo lo sostendría y ambos nos dirigiríamos hacia ti; me gustaría saber el porqué, pero esa acción se me quedó grabada; estaba descalza y fui inmediatamente a calzarme, me puse mis zapatillas de ballet y mientras ataba las cintas me di cuenta de que no podía ayudar a mi hijo a caminar si no las llevaba puestas; no era apropiado llevar otra clase de calzado, me parecía la gran ocasión para que ambos, yo con paso firme y él titubeando, empezáramos a dar los primeros pasos en su vida incipiente; me puse de puntillas, amparé su cuerpo y la torpeza de sus pies en contacto con el suelo me hicieron evocar la torpeza de mis diminutos dedos, en edad infantil, al posarlos sobre las teclas de un piano; no hizo falta invocar a Chopin, su Berceuse (audición:http://www.youtube.com/watch?v=u_vdFjK2tYY&feature=youtu.be) nos acompañó en nuestro pequeño recorrido, el dar un pasito era pulsar una tecla y deseé que todos los pasos que diese en su largo camino de por vida fuesen tan musicales como éstos primeros. Mis pies pisando seguros junto a los de él, años de ensayos, de giras por los teatros del mundo soñando y haciendo soñar, y aquí a mi lado mi sueño, mi propio sueño hecho realidad y al final tú, mi Entrambasaguas, aguardándonos con los brazos abiertos; los tres nos fundimos en un gran abrazo, fue nuestra escena final, quién nos iba a decir que nunca más íbamos a estar tan juntos. ¿Por qué nunca existe una foto o un justificante de momentos improvisados, claves en una vida? A medida que pasa el tiempo aquí adentro crece la agitación, cada vez se oyen más llantos de niños, ellos no son conscientes de lo que ocurre más allá de esa puerta, nosotras sí lo sabemos; en el aire se respira la fatalidad, esta situación tan sórdida da a entender un destino trágico y los niños lo presienten. Donalbai está a mi lado, a veces me da la mano, otras la suelta, pero no se aparta de mí, recorreremos juntos los últimos metros. Miro a mi alrededor; somos seres anónimos, venimos de procedencias diversas, en una vida normal seguro que no nos encontraríamos nunca; el destino nos ha juntado en una senda que nos conducirá a un mismo fin. Me hubiese gustado intimar con mis compañeras, a algunas las conozco de vista por habérmelas cruzado en el campo o por haber intercambiado unas palabras en situaciones puntuales, a otras seguro que también, pero aquí el paso de unas semanas puede causar auténticos estragos en el físico de una persona y lo que hoy se reconoce al cabo de algún tiempo sorprende la novedad. ¿Cómo estaré yo? Ni un espejo para mirarme, flaca, eso sí, como mi hijo, hecha un adefesio, gris, camuflada en el entorno, camaleónica, en ese cambio tan radical desde que entré aquí hasta ahora que voy a salir: desde el rosa carne al gris ceniza. ¿No  me quedará aún algo de sangre para colorear mi rostro? A mi hijo le encantaba colorear una vez que terminaba sus dibujos, cogía los lápices de colores y les deshacía la punta hincando color y energía en aquel pequeño mundo de una hoja de papel. Por decir algo, sé que estoy pálida, descolorida, gris, a mi cuerpo ya no le puedo hacer nada, ¿entrar en carnes con la velocidad de un rayo? Ausgeschlossen, ausgeschlossen, ausgeschlossen…lo admito, entraré por aquella puerta como esqueleto andante y saldré como esqueleto yacente. Pero ¿y mi rostro? ¿el espejo de mi alma? Como que me llamo Sebe de Abades que no voy a ir pálida, me niego a pasar al otro mundo sin llevarme el color de éste. ¡He pronunciado mi nombre! Me suena a otra persona; estaba acostumbrada a identificarme con un número que apenas lo reconozco, voy a repetirlo: Seb d’Abad, Seb d’Abad, Seb d’Abad, Seb d’Abad, Seb d’Abad…ese acento francés le queda tan bien. Veo que aún quedan en mí restos de mi otra vida, esos pequeños toques de gusto y delicadeza que impregnaban instantes convirtiéndolos en únicos; la ternura de un gesto, la observación con el consiguiente comentario incisivo, pero no hiriente…todo gozaba de sutileza. Aquí lo que han logrado los opresores es embrutecernos, o al menos eso eran sus intenciones, externamente es posible que lo hayan conseguido; internamente hay como un desdoblamiento de conciencia, una sometida sin duda a ellos y otra que conserva las cualidades innatas y adquiridas de ese ser, ésta segunda es la que estoy descubriendo en mí; creía que me la habían anulado, pero tan pronto empiezo a escarbar en mi interior, hay algo que brota, que me dice que aún estoy viva, que la dignidad de la vida por muy poca que me quede está presente y dispuesta a luchar, a defender su honorabilidad. Nos han denigrado hasta más no poder, han jugado con nuestras vidas como han querido y no han podido con nosotras, han puesto en una balanza nuestros destinos: la vida o la muerte, pero la vida que habíamos llevado en nuestras entrañas durante nueve meses nos reclamaba, no podíamos abandonarla, dejarla en sus manos; y llegó la sabia decisión, sin dudarlo, surgida de una conciencia limpia, valiente: nos abrazamos a nuestros hijos, no éramos una dualidad, éramos una unidad. He razonado conmigo misma y en ese aspecto estoy tranquila y convencida de haber tomado esa decisión, quizá necesitaba una última revisión a lo que ha dado paso a mi destino; no queda ningún rescoldo de arrepentimiento. El tiempo se acelera, aquí ya estamos preparadas, estamos desnudas y nuestros hijos también, igual que cuando los trajimos al mundo, entrar y salir de él requiere despojo; contemplar rostros y leer en ellos el estado de su alma es nuestro último paisaje, casi ni podemos movernos, entraremos en manada, nadie pronunciará palabras hermosas de despedida, no agitaré mis brazos en señal de vuelo, no giraré indefinidamente como tantas veces había hecho en escena, no rotaré con la ayuda de rotación de la tierra; vamos a desaparecer sin más, sin una poesía, sin una oración, sin saber lo que nos depara el más allá; me niego a que estos últimos instantes de mi vida sean tan áridos; para empezar necesito color, sangre que corre por mi cuerpo: manifiéstate en mi rostro, yo te conjuro…pellizcaré mis mejillas y morderé mis labios… me hago daño, no me importa, me ruborizo, noto un ligero calorcillo en la piel, y en mis labios también, sigo mordiéndolos hasta que brote un rojo pasión, esta es mi pasión, una pasión a base de tormentos, la pasión amorosa es otra, muy distinta, irreconocible ahora. Ya soy una mujer bella, no, aún me falta algo, mojaré con saliva mis pestañas, una bonita mirada lo dice todo, me encuentro guapa, experimento la misma sensación que ante el espejo, una última mirada antes de entrar en escena, una última visual para asegurarme de que estoy perfecta. Ahora no tengo nada que ofrecer; en un escenario el artista se entrega a su arte y a recrear sueños, y aquí, en este escenario, no hay cabida para soñar, han eliminado en nosotras esa capacidad; en este espacio sórdido estamos sujetas a la realidad en su estado más crudo, pero ya Sebe de Abades, y en su pronunciación francesa Seb d’Abad, en nombre de los sueños me opongo, como representante del arte de la danza me rebelo contra esta indiferencia ante la muerte; me corroe esta resignación por no explotar hasta el último momento un rayo de ilusión, por no rebuscar en nuestra mente aturdida algo que diese origen a una sonrisa de despedida; es tanta la barbarie que ha recaído sobre nosotras que quizá mis compañeras hayan llegado a un punto de desesperación tan insoportable que, el poco ánimo que les queda, es arrastrar los pies y recorrer los pocos metros que las separan de la puerta. Yo haré lo mismo, con mi hijo Donalbai, los dos nos agarraremos de la mano y juntos daremos los últimos pasos sobre la tierra, sobre esta tierra que tanto es nuestra como de ellos, aunque los opresores sólo han sabido mancharla, pero mis pasos van a ser muy especiales; espero tener energías para lograr una pequeña ilusión que ahora se me encapricha. No quiero perder el color del rostro, intentaré conservarlo hasta el final, pellizcaré de vez en cuando las mejillas, o lo que queda de ellas, y morderé los labios, humedeceré las pestañas con saliva, tendré un aspecto saludable, o cómico. En esto consiste mi coquetería, es todo tan natural…A mi cuerpo ni le toco, ya está tocado por el hambre, la enfermedad. Donalbai, hijo, tú también estás asustado, no me extraña, este estado de espera trastorna los sentidos, todas nos miramos, agarramos a nuestros hijos, los más pequeños a duras penas se mantienen en brazos, los mayores caminarán, el trayecto no es largo, unos cuantos pasos y el recorrido sobre la tierra habrá terminado. Donalbai, hijo, quisiera decirte tantas cosas y no sé por dónde empezar; no encuentro un comienzo porque quizá no haya más que decir, me he secado, no tengo palabras, en ningún idioma habrá palabras para explicar esta terrible sequía que se ha extendido sobre la tierra, el dolor donde mejor está es en el silencio porque exteriorizarlo es inútil, nadie lo oye; agárrate a mi mano, los dos vamos juntos a dar nuestros últimos pasos, yo te traje a este mundo con la idea de que caminaras por él, de que fueras un gran caminante y descubrieras todas las bellezas y logros que el ser humano ha alcanzado, pero es todo lo contrario, esto que nos rodea es la cara oculta, el lado oscuro del hombre, lo inconfesable, lo salvaje, el animal. Pero mamá aún sigue soñando porque siempre ha creído en la belleza, ésta ha estado muy presente en todos sus actos y en el escenario, un granito de arena más para que el mundo fuese un poco mejor. ¿Qué me dices, cariño? No te oigo, habla un poco más alto, hay tanto revuelo; ya, ya, ya te entiendo, tienes sed, yo también, todos tenemos sed, debemos aguantar, aquí nadie nos va a socorrer. Sitio, sitio, sitio, sitio, sitio, sitio, sitio, sitio, sitio, sitio, sitio, aguanta un poco más, pronto todo va pasar. ¿Qué pasa?...¿qué pasa? La puerta se está abriendo, la procesión va a comenzar. Donalbai, júntate a mí, y caminemos despacio, cuatro o cinco pasos antes de llegar al umbral; mamá te cogerá en brazos, no sé de dónde voy a sacar fuerzas porque tú ya estás crecidito, sin embargo sé que lo voy a conseguir, entonces yo me alzaré y caminaré en la punta de los pies, como si calzase mis zapatillas de ballet, no quiero pisar ni que pises esta tierra, ya  no pertenecemos a ella…Donalbai a mis brazos, cariño, abrázame fuerte…No oyes, escucha, escucha, escucha, escucha, escucha, la canción de otra tierra, una nueva tierra nos canta…


   Wohin ich geh’? Ich geh’, ich wandre in die Berge.

Ich suche Ruhe für mein einsam Herz.

Ich wandle nach der Heimat! Meine Stätte!

Ich werde niemals in die Ferne schweifen.

Still ist mein Herz und harret seiner Stunde!

Die liebe Erde allüberall

Blüht auf im Lenz und grünt auf Neu!

Allüberall und ewig blauen licht die Fernen!

Ewig… ewig…



   ¿ Dónde voy? Voy, camino por las montañas.

Busco paz para mi solitario corazón.

¡Camino hacia la patria! ¡A mi morada!

Nunca más recorreré el mundo.

Mi corazón está tranquilo y espera su hora.

¡La amada Tierra por todas partes

florece en primavera y reverdece de nuevo!

¡Por todas partes y eternamente se ilumina de azules

                                                   en la lontananza!

Eternamente…eternamente…


                                   Das Lied von der Erde

                                          Gustav Mahler


      (final de) La canción de la tierra.

                           Gustav Mahler