martes, 14 de abril de 2015

L'HOMBRE GIACOMETTI




Hombres que andan. A. Giacometti
    El hombre= l'hombre= l'ombre= la sombra (fr.)


El viento silbaba, venía por todas partes y se iba por todas partes, tenía un solo obstáculo: el edificio de estilo herreriano que se alzaba majestuoso frente a una enorme explanada. Lo golpeaba, lo azotaba, pero éste, impertérrito, mantenía un señorío de siglos, curtido ya en desequilibrios atmosféricos. Por el cielo huían las nubes, a intervalos ocultaban el sol, pero cuando se le permitía salir lo iluminaba todo de una luz blanca y con ganas de calentar. Todo estaba limpio, la agitación del viento había barrido cualquier impureza de la atmósfera; en la fachada de aquel edificio sobresalían sus diversos volúmenes, marcados por una limpieza de líneas y sobre la explanada nada se movía. Se podía decir que todo estaba dispuesto para sacar la foto ideal o pintar el cuadro ideal; ni rastro de ser humano que perturbara el estatismo de aquel entorno. El viento silbaba y si se aguzaba el oído, hasta se oía cantar. Era increíble que una simple inclemencia del tiempo ahuyentara a unos posibles paseantes; los árboles que rodeaban el entorno se retorcían de cólicos y su pelambrera se agitaba como la de una coqueta jovenzuela. Un desierto se hacía invisible y un vacío camuflado se dejaba sentir en el ambiente. El ser humano había desaparecido de la faz de la tierra; una peste imaginaria había devastado lo vivo, sólo quedaban los vestigios de un pasado simbolizado en piedra. El viento silbaba y remarcaba más la ausencia de un ser vivo. La explanada se ofrecía a quien quisiera pisarla, a que alguien quisiera jugar en ella, pasear por ella, llenarla con su presencia. El contemplador tenía ante sí un enorme rectángulo de piedra, igual que el edificio de estilo herreriano que le servía de fondo, para ser atravesado y que el trayecto del desconocido dejase una huella imborrable hacia un destino lejano. Sería recto, firme, sabiendo fijamente adonde dirigirse, como si alguien lo aguardara. Todo el mundo se ha recogido en sus casas, no se atreven a salir ¿por qué? El viento, por muy fuerte que sople, no molesta a nadie, empuja a caminar y si uno le pone imaginación hasta puede ayudar a emprender vuelo. Hay serenidad en el paisaje a pesar de la agitación invisible de las corrientes de aire… Por la izquierda, a lo lejos, se acerca alguien; es difícil discernir de quién se trata; hay que darle tiempo a que se aproxime: un hombre o una mujer, tal vez unos niños van a atravesar la explanada; se va a romper la sensación de abandono, de olvido, que desprendía todo el entorno.¿ Por qué no se han quedado en su hogar? Tiene que haber algún motivo, algo que los obligue a salir de casa, a caminar y caminar y caminar y caminar. A peregrinar. A peregrinar por el mundo constantemente, sin parar, sin hacer un alto en el camino. Les voilà, un homme et un enfant, un enfant et un homme, un hombre y un niño. El hombre tiene cuarenta y ocho años y el niño ocho años, podía ser que el niño tuviera cuarenta y ocho años y el hombre ocho años ¿ por qué no? El hombre protege al niño, le da la mano, se dan la mano,  la otra mano queda libre ¿a quién asirá? Su paso es firme, siempre al mismo ritmo, aunque el viento los empuja, ellos ejercen resistencia, se oponen a ser vencidos. El niño mira al hombre con la confianza que brota de la inocencia, el hombre mira al niño con la seguridad que brota de la experiencia. Se sienten seguros al convertirse en protector y protegido. Han entrado en el rectángulo de la explanada, extienden su mirada para captar una realidad espacial, globalizar en un instante su existencia en ese lugar para perder inmediatamente su perpetuidad, ya que son sabedores de no pertenecer a ningún espacio concreto. Son una marcha incesante cuya finalidad está implícita en el mismo movimiento, unos peregrinos que caminan por el mundo reivindicando la condición humana. Visten con normalidad, como cualquier otro día; no llevan ropas especiales para protegerse de las inclemencias del tiempo; a ellos no les afectan estas alteraciones. Cuando el viento se da cuenta deja de silbar y canta, su canto es casi imperceptible, pero canta. A veces el hombre pasa su mano por encima del hombro del niño para protegerle, para atraerlo hacía sí, para que no se aleje. Él, como hombre adulto afianza su peso sobre el terreno, su firmeza tiende hacia la tierra, hacia la piedra. Sus pasos, aunque son cortos, son de peso, demoledores. El niño expresa su alegría con una sonrisa, sabe que siempre habrá una mano que ahuyente el acecho del peligro. El viento, a pesar de su ímpetu, al acercarse a ellos se suaviza, les canta, pero para entenderlo hay que prestar atención y tiempo, y carecen de ambas cosas. Se hallan en el medio y medio de la explanada, el edificio de estilo herreriano parece un mastodonte; miran al cielo y el correr de las nubes al pasar sobre su cubierta engaña a los caminantes con un inmediato desplome, pero no se asustan, saben que nada de eso ocurrirá. Apenas se detienen, deben proseguir su marcha, como si alguien los aguardara y no quisieran hacerle esperar. Et voilà, un vieillard, un anciano se apoya contra el edificio, se protege del viento, éste lo resguarda de su furia; su complexión es de una gran fragilidad, es un hombre de ochenta y cuatro años, quebradizo, una simple corriente de aire lo derribaría y lo haría añicos, aguarda pacientemente, tal vez esté acostumbrado a la conmiseración ajena, a que alguien le brinde una mano. El niño y el hombre se percatan de su presencia y se aproximan a él; el niño se suelta del hombre, el hombre se suelta del niño, se separan unos cuantos pasos; con el anciano forman tres puntos que unidos entre sí derivan en triángulo. El niño mira al anciano, el hombre mira al anciano, el anciano mira a ambos, los tres se miran, la explanada los mira, el edificio de estilo herreriano los mira, los árboles que rodean aquel conjunto monumental los miran, las nubes precipitadas en su marcha los miran, el sol que logra asomarse los mira también y los obsequia con su luz que proyecta contra sus cuerpos. De aquellos cuerpos iluminados se desprenden tres sombras alargadas, muy alargadas, indefinidas. Hay un silencio. Los tres hombres permanecen inmóviles. El hombre permanece inmóvil. El universo permanece inmóvil. El tiempo permanece inmóvil. Nada se mueve, excepto el viento que ya no silba, canta. En el centro de aquel triángulo hay un punto donde confluyen las miradas, los tres hombres se observan, se contemplan y se dan cuenta de que cada uno contiene algo de los otros. Se ha creado una figura geométrica: un triángulo equilátero cuyos vértices están designados por números y no por letras, 8, 48, 84. A su vez este triángulo está insertado en un rectángulo, el rectángulo de la explanada. En aquel silencio se fragua una pregunta, en aquel silencio se fragua un deterioro; el anciano rasga el mutismo de los tres: tengo miedo a que el aire me empuje y me tire ¿podríais ayudarme, por favor? No hubo respuesta, las palabras carecían de significado, la acción sería la encargada de responder a la súplica. Las tres miradas se habían convertido en una sola, aquel hombre lograba contemplar su vida unificando el tiempo, su tiempo. El hombre sabía que había que partir, proseguir el camino, se acercó al niño y lo cogió de la mano, le dejaba cierta movilidad, era consciente de la agitación de sus años. Al anciano le dio la mano libre y lo atrajo hacia sí, entrelazaron sus brazos y la protección reanimó el deterioro. Se pusieron en marcha, los tres juntos, el triángulo abandonó el rectángulo, el sol volvió a iluminar a aquellos cuerpos y de ellos se desprendió una larga sombra, la sombra de un hombre caminando, la larga sombra de un hombre en su largo caminar. El hombre desapareció en su camino. La explanada quedó en soledad y el viento cantó:
        

         Oft denk´ ich, sie sind nur ausgegangen!
                               
    Bald werden sie wieder nach Hause gelangen!

         Der Tag ist schön! O sei nicht bang!

         Sie machen nur einen weiten Gang.

        

         Jawohl, sie sind nur ausgegangen

         Und werden jetzt nach Hause gelangen.

         O sei nicht bang, der Tag ist schön!

         Sie machen nur den Gang zu jenen Höhn!

        

         Sie sind uns nur vorausgegangen

         Und werden nicht wieder nach Haus verlangen!

         Wir holen sie ein auf jenen Höhn im Sonnenschein!

         Der Tag ist schön auf jenen Höhn!


                                                                         Oft denk´ ich, sie sind nur ausgegangen

                                                                                    Kindertotenlieder- G. Mahler


        

         ¡ A menudo creo que sólo han salido!

         ¡pronto volverán de nuevo a casa!

         ¡ el día es hermoso! ¡ oh, no te inquietes!

         solamente están dando un largo paseo.


         Claro, sólo han salido

         Y ahora volverán a casa

         oh, no te inquietes, ¡el día es hermoso!

         ¡ solamente se han ido a pasear hasta aquellas colinas!


         Sólo nos han precedido

         ¡ y ya no querrán regresar a casa!

         ¡ iremos a su encuentro en aquellas colinas, a pleno sol!

         ¡ el día es hermoso en aquellas colinas!


                                                                                         “A menudo creo que sólo han salido”

                                                                                           Canciones a la muerte de los niños

                                                                                                                                   G. Mahler