lunes, 12 de junio de 2017

LA TOMA DE LA BASTILLA



                                                             
S/T. I. Prieto

Nunca había pensado que pudiera sentirse tan desorientada al haber llegado al estado de madurez en el que se encontraba; para ella era una etapa de la vida en la que la propia existencia y  el mundo que la rodeaban poseían la clave del equilibrio, donde no se daba ni se demandaba nada, sencillamente se gozaba con lo que se tenía en dulce armonía con uno mismo y sus circunstancias. Desde hacía unos meses Amandina no era la misma, algo había cambiado en ella, externamente la relación con sus semejantes y su familia era la correcta, la de siempre, había sido la portadora de unas costumbres y de un estilo de vida digno de su clase social: una alta burguesía, emparentada con algún noble antepasado; su esposo e hijos habían sido para ella una parte de su mundo, la otra parte pertenecía a actos y convencionalismos sociales con los que cumplía a la perfección, se integraba a las exigencias de su clase sin pensar en otras múltiples opciones, salidas o rumbo que podía darle a su vida; la habían educado de aquella manera y ella actuaba en consonancia con lo que se le había inculcado, cualquier pregunta capciosa que se formulara relacionada con su ambiente era desechada al instante; a ella le habían propuesto un proyecto de vida que había aceptado de primer grado y cualquier opción que no fuera aquélla ni se formulaba, dando paso a una ignorancia supina y al rechazo a todo aquello que no perteneciera a su círculo y convencionalismos. El comportamiento y la relación con su esposo e hijos seguían siendo tan encantadores como siempre. Amandita era un encanto, encantadora, ora, ora, ora, ora y más ora. Sería una estupidez que la tomara con ellos, eran seres inocentes y no tenían nada que ver con aquel malestar que experimentaba desde hacía algunos meses, la misma palabra se explicaba por sí sola: mal estar. Ese desasosiego se exteriorizaba a veces en posiciones de su cuerpo y siempre esa posición iba acompañada de una pregunta contradictoria: ¿por qué me siento rígida con las piernas y no de otra manera? ¿por qué mi cabeza desprende un gesto del altiveza y no de otra manera? ¿por qué mis manos desprecian cualquier innovación ajena a mi vida y no de otra manera? Podrían enumerarse gran cantidad de preguntas que demostraban que algo en su interior ya no encajaba. De vez en cuando solía quedar con unas amigas en alguna cafetería selecta del centro de la ciudad, hablaban de lo habitual: compromisos sociales, moda, relación con sus hijos y esposos, nunca de los acontecimientos que movían al mundo, para ellas las noticias de actualidad, logros sociales, descubrimientos científicos pertenecían a otro “planeta” no al suyo. Amanlina había advertido que a lo largo del tiempo aquellas reuniones habían dejado de tener sentido, se mantenían por no perder la costumbre; a medida que los hijos habían crecido y se les estaban yendo de las manos y sus esposos formaban parte de una institución, más que de un cónyuge, la temática de las conversaciones se mantenía para no caer en el silencio y éste había que llenarlo de palabras, por muy repetitivas que fueran y siempre sobre lo mismo, significaba un triunfo para no caer en el tedio, o lo que podía aún ser peor, en el propio vacío; por eso en los últimos meses, cogía su coche y algún día durante la semana se dejaba ver por un bar o cafetería de la periferia de la gran ciudad; al principio le había costado mucho decidirse a dar aquel paso, salir de su círculo suponía un riesgo, pero era tal el hastío que se envalentonó; pedía un café con leche, permanecía en silencio y prestaba oídos a todas las conversaciones que había a su alrededor, éstas trataban de necesidades económicas, de problemas familiares, de enfermedades, de trabajadores en paro... todas estaban motivadas por una gran necesidad de expresarse, de no dejar dentro algo que corroe, al exteriorizarlas hasta se lograba cierto alivio...Amandila lo escuchaba todo en silencio y daba vueltas con la cucharilla a su café con leche, la posición de su cuerpo, ligeramente inclinado sobre la mesa adquiría sumisión, como si el profundo y serio sentido de lo que oía pesase sobre sus espaldas y la obligara a portar una carga. No encontraba palabras, ni soluciones, sólo iba allí para llenar su silencio con palabras coherentes. ¡Qué distintas eran aquellas existencias de la suya! No tenían nada que ver y, sin embargo, con su presencia demostraba que había un nexo entre ella y aquel mundo, una unión invisible, una especie de lucha casi imperceptible por lo humano, por unos derechos que, aunque ella los desconociese en su mayor parte y externamente no lo demostrase, reclamaban una imposición, ¿sería aquel malestar su origen remoto? Pero ¿qué tenía ella que reclamar si era la persona menos indicada? Su posición social se lo había dado todo: bienestar, desahogo económico, cultura...Y en el fondo, desde hacía unos meses sentía un desasosiego, una especie de revuelta contra sí misma, una inconformidad que no sabía si era hacia sí o hacia los demás. Su forma de hablar siempre había sido suave, dotada de cierta morosidad, pero muy musical; no obstante, últimamente había advertido aspereza, una especie de atonalidad en el fluir de la frase, había una entonación especial en algunas sílabas que por su fuerza e intensidad se podrían calificar de rabiosas; era algo inconsciente y cuyo control se le iba de las manos. Envuelta en la vorágine del conformismo y la comodidad su vida transcurría dentro de lo normal a no ser por esa atonalidad que trataba de disimular, aunque a veces se desbocara. En las últimas reuniones con sus amigas se había mostrado ausente, como si todo lo que se decía no fuera con ella, de vez en cuando su rostro mostraba cambiantes grados de atención, de su boca apenas salían frases o palabras sueltas, un sí o un no eran los monosílabos que la mantenían unida a la conversación y a su intencionalidad. En casa nadie había notado alteración alguna, con sus hijos continuaba una relación fluida, pero esporádica, estaban estudiando en la universidad, tenían su independencia dentro del hogar, sus entradas y salidas no guardaban unos horarios, si por casualidad coincidían en las comidas Amandiña trataba de charlar con ellos en un tono afable, esforzándose por contactar con ellos y sus problemas, en parte era como querer recobrar a aquellos niños que habían sido, lo único que lograba era una  conversación amable, pero fría y carente de intimidad; al hacerse adultos habían perdido esa familiaridad infantil que ella echaba de menos. De su esposo sólo podía hablar como un hombre cariñoso, atento, eso sí, entregado a sus negocios, pero no por eso abandonaba las obligaciones con su familia; era consciente de que ya sus hijos no requerían ciertas atenciones debido a su edad y éstas eran dirigidas a su esposa, siempre era atento con sus manifestaciones de cariño, su amor por ella lo conservaba como el primer día, ella hacia él lo demostraba de igual manera, estaba dispuesta a recibir cualquier arrumaco o achuchón correspondiendo con un beso, si bien todo se mantenía dentro de un grado de moderación. La palabra pasión también existía aunque relegada a instantes íntimos y de gran calentón. Amandalein nunca había conocido lo que era la necesidad y junto con la palabra, la experiencia. A esta carencia había que sumarle unas cuantas más que al no pertenecer a su posición social, a su estilo de vida, formaban parte de otro estrato social: la clase trabajadora con la cual estaba entrando en contacto mediante aquellas salidas a las afueras de la ciudad a tomar su café con leche.¿Rebelarse ante la injusticia? Imposible, no tendría ni acción ni palabra, le faltaría el arranque que causa la rabia ante la sumisión, su educación no le permitiría una salida de tono, su personalidad estaba sujeta a férreos cánones de conducta que tenía que observar y estaban tan profundamente enraizados en su ser que quebrantarlos sería como ir en contra de su propia naturaleza; lo comprendía y también comprendía que desde hacía unos meses notaba esa incomodidad o sería una especie de rebeldía juvenil ante lo establecido, ese gustillo por llevar la contraria al mundo adulto, ese querer patalear ante la rabieta al no poder conseguir lo que se desea. En su juventud nunca había experimentado la sensación de rebelarse contra algo o alguien, a sus quince años sí había pasado por la edad de la tontería y ésta aún la había acompañado hasta muy entrada la madurez, pero no la causada por la edad sino por la reinante de su posición social… Todo había empezado unos meses atrás, aproximadamente hacía un año, lo achacó al recibir la programación de la temporada siguiente de ópera. Parigggggi, la ciudad que tanto amaba y donde había transcurrido toda su vida, ofertaba una amplia selección de actos culturales durante todo el año, podía elegir entre una ópera o un ballet, una exposición de pintura o la última  “performance” del artista más innovador; intentaba seleccionar con cuidado, las modernidades y los excesos en el arte le gustaban, pero siempre que conservaran un gusto estético, los despropósitos los dejaba a un lado, acudía a ellos si no había otra elección más interesante. La empresa de su esposo formaba parte de los benefactores del teatro de la ópera, por tanto, gozaban de cierta prioridad al adquirir las localidades, siempre tenían las mismas, eran de buena visibilidad; cuando recibió el programa le echó un vistazo a toda la programación, naturalmente había óperas, conciertos, recitales, unos la atraían más que otros, pero no experimentó nada en especial hasta que llegó al mes de julio, más concretamente el 14 de julio y un programa doble “ Salomé” y “ Electra”; todo era inusual, el mes, el día y la doble programación; de repente sintió una especie de desasosiego, trató de razonarlo, pero cuanto más empeño ponía, más aumentaba su mal-estar; no encontraba los motivos y, sin embargo, sabía que algo la había alterado, para tranquilizar su ansiedad se dijo que se sentía “atonal”. Pasado el momento del impacto ella fue advirtiendo, durante los meses siguientes, pequeños cambios que si bien a primera vista u oído no eran perceptibles al momento, sí fijándose detenidamente surgían ciertas alteraciones, sobre todo en la voz. Supo desde un principio que iría a aquella función, aquel día; aquella fecha se le había clavado en la mente y todo lo que aconteciera hasta aquel entonces iba a tener como finalidad aquella jornada. No pensó en impedimentos personales o familiares, sintió como si un nuevo destino la transportara ciegamente hasta aquella representación, arrastrándola a su pesar hasta su propia representación. El programa le parecía espléndido, fuera de lo normal, había admirado a aquellas dos mujeres por la sinceridad con la que se expresaban, la lujuria de Salomé y la venganza de Electra brotaban de ellas con toda naturalidad, las acompañaba una música exuberante rasgada por la atonalidad; Amanduca carecía de aquella fuerza para expresar su desasosiego, pero ¿en qué consistía éste? Y ¿cuál era su origen? No eran la lujuria ni la venganza ¿sería una inconformidad hacia la injusticia, ante la desigualdad de los seres humanos? Durante su visita a los barrios periféricos y obreros había observado un mundo distinto al suyo en el que subsistir día a día se convertía en necesidad primordial, para ella todas aquellas necesidades se hallaban en el peldaño más bajo de sus preferencias, podía decirse que estaban implícitas en su clase social y que ya ni se cuestionaban por estar resueltas. Cuando entraba en aquellos cafés trataba de pasar lo más desapercibidamente posible, vestía ropa sencilla y se sentaba en una mesa alejada de la barra del bar, tomaba su café con leche y así condescendía con aquella gente, también se convertía en espía: observaba todo y cuanto acontecía, cuando alguna madre traía de la mano a su niño ella sentía un regocijo interno, pues la infancia aportaba vivacidad a aquel ambiente apesadumbrado; observaba a aquellos niños tal vez con otros ojos; sus propios hijos, de su misma edad, no mostraban ese brillo y desparpajo en la mirada por tragarse el mundo, sus gestos no poseían la agilidad y la desenvoltura para agitarlo; sus hijos habían nacido dentro de un núcleo familiar y éste social donde una mirada era sencillamente una mirada y un gesto una postura estudiada y armoniosa con el momento y las circunstancias. Le daba vueltas al café con leche para disolver el azúcar, para crear una mezcla o una pócima para ver si de alguna forma nivelaba las desigualdades; se quedaba en silencio y escuchaba el bullicio del local y las voces atonales que sobresalían de él, el tintineo de la cucharilla contra el vaso removiendo el azúcar originaba un remolino de leche, un remolino en busca de soluciones que deglutía su misma vorágine. No sabía por qué sentía aquella indignación, nunca nadie le había hecho nada como para experimentar ese mal-estar, o tal vez fuera ese conformismo en el que había estado viviendo lo que provocaba esa especie de rebeldía, desconocida para ella; se sorprendía por su inconformidad, al fin y al cabo no tenía motivo de rechazo, todo se le había dado hecho. Si bien aquella revolución interna apenas había demostrado indicios externos, los únicos, sus pequeñas alteraciones de voz: aquel fuera de tono o también la modulación, sí había cambiado su vestimenta, ésta había perdido su lujo, tanto en los complementos como en conjuntar distintas prendas de vestir: la camisa ya no tenía que ir a juego con la chaqueta, ni los zapatos con el bolso, ni las pulseras con los anillos... Su maquillaje perdió intensidad y colorín, era más natural y suave, a veces simplemente se lavaba la cara y al mirarse en el espejo se encontraba tan guapa como antes, más auténtica. En casa tanto su esposo como sus hijos habían advertido este cambio y demostrado su aceptación con halagos, pero más bien lo habían tomado como un cambio de estilismo que como un signo de innovación y alteración internas. Marcó en un calendario aquella fecha y sabía que lo hacía no como recordatorio sino para resaltar el día y su importancia; importancia que aún no tenía clara, pero sí intuía que habría un antes y un después. Sin saber cómo, se sintió sobrada en muchos aspectos, por ejemplo, en pequeñas posesiones personales: cuando abría sus armarios y los veía tan llenos de ropa, experimentaba una sensación de ahogo, como si todo aquello se le viniese encima y quisiera aplastarla, muchas de aquellas prendas ni las había puesto o como mucho una vez, habían sido capricho de un instante, y con la facilidad con que vinieron así también se desharía de ellas; las eligió a capricho, sin prestar mucha atención, llamó a una asociación de caridad y ella misma en su coche allí se las llevó, no lo consideró un acto altruista ni limosnero, aquello solamente había sido un acto de desahogo, de liberación, un lastre que pesaba en su estado de sin-razón. Estando sola en casa pensaba en sus heroínas de ópera favoritas, las admiraba y algunas veces le hubiese gustado ser una de ellas por un momento, le apasionaban las de Bellini y Donizetti, siempre alcanzando aquel punto de locura por amor, aquellas melodías infinitas que hacían volar sus emociones y la empujaban a un trance de flotación, más de una vez le hubiese gustado desmayarse por amor, aunque pareciera ridículo, perder el sentido en brazos de su esposo hubiera sido la asimilación de su personaje. Pero era una mujer actual y todos aquellos desvaríos ya no se llevaban, si aquella escena hubiese ocurrido en realidad él habría llamado al médico y ella habría experimentado una pérdida de romanticismo, se habría sentido decepcionada. Sus nuevas heroínas no se andaban con monsergas, llamaban al pan, pan y al vino, vino, sus emociones se expresaban tal y como las sentían, sus caprichos, sus deseos lujuriosos y vengativos salían de sus bocas como lenguas de fuego. A Amandisca, cada vez que por su mente pasaban estas palabras: “como leguas de fuego” le entraba un ardor heroico por todo aquello que llevaba dentro y no sabía cómo exteriorizarlo, entonces corría desesperada a mirar un calendario para ver si faltaba mucho tiempo para aquella fecha. No tenía ni idea de lo que iba a ocurrir aquel día, era un día de ópera más, aunque en su interior presagiaba algo diferente y nuevo… El verano se había presentado repentinamente y las altas temperaturas hacían bullir la sangre en los cuerpos, también se apoderaban de los estados de ansiedad, acelerando aún más su propia aceleración; sus acciones requerían un freno constante de conciencia, a veces cuando comía apenas masticaba, deglutía los alimentos con una rapidez asombrosa, entonces trataba de recordar algún nocturno de Chopin, eso la tranquilizaba y la llevaba a ralentizar aquel instinto primario por devorar disminuyendo el estado de ansiedad; a la hora de comer siempre había sido muy pausada, el trayecto del tenedor desde el plato a la boca llevaba su tiempo, ella reconocía esto, y sin embargo era presa de un estado anímico que estaba fuera de su control. No era una mujer trabajadora, en el sentido de poseer una profesión, su familia adinerada y su esposo, un potente industrial, le permitían llevar una vida desahogada; el servicio doméstico se encargaba de todas las labores del hogar, por lo tanto, ella gozaba de ociosidad ocupándola a su edad adulta en proseguir aquellas clases de música y ballet que desde pequeña había iniciado; pero las horas de ocio diarias habían aumentado, una vez criados sus hijos, ya adultos y universitarios, ella disponía de más tiempo que empleaba, sin querer, en pensar. Sin querer trataba de analizar el mundo, siguiendo sin alterar su rutina diaria y ocupándose de compromisos sociales, siempre hallaba un momento en qué pensar, durante aquellos últimos meses de desasosiego supo separar la banalidad de lo que era realmente importante. Solamente a sus propios ojos su vida empezó a poseer cierta importancia, cosa que antes nunca se había planteado, importancia en el sentido de haber una causa, un motivo por el que luchar. El inconformismo, aquella especie de rebeldía que la oponía contra algo, quizá contra lo establecido. Indudablemente todo aquel cambio influyó en la posición del cuerpo al caminar, siempre caminaba erguida con orgullo de clase, como pavoneándose de lo que se tiene; ahora seguía caminando de igual manera, pero con el orgullo perdido, adquiría una posición de afrontamiento, dispuesta a luchar por defender algo; se esforzaba por aclarar cuáles eran los motivos que la empujaban a tal proeza, nunca los tuvo muy claros, de lo que sí estaba segura era de que aquella rebeldía le era necesaria, tenía que protestar contra algo y aunque ciertos motivos pudieran parecer superficiales en ella, estaban muy enraizados en su ser, ella se convertía en portadora de una protesta, un reconocimiento callado de su clase ante la injusticia. La indiferencia y el desconocimiento que mostraba ante las distintas clases sociales y sus dificultades poco a poco se fueron convirtiendo en reconocimiento y respeto, tratando de solidarizarse con ellas de una forma callada e inconsciente. Pariggggi era su ciudad amada, donde había nacido y había transcurrido su vida. Había conocido otras ciudades con su esposo, les gustaba viajar, bien en viajes de placer o de negocios acompañándolo y había concluido que como su ciudad natal no había ninguna. En los últimos meses le había dado por caminar, caminaba bastante, a lo largo del río que atravesaba la ciudad: La Seine= le sein (el Sena= el seno), ¿cómo había surgido aquella actividad si a ella nunca le había dado por hacer ejercicio a no ser el de sus clases de ballet? Fue algo extraño e inexplicable, algo repentino, un día hablando a la hora de comer con toda la familia surgió de sus labios el nombre de aquel río: La Seine y automáticamente llevó una mano hacia uno de sus senos, hacia el izquierdo, sintió unos latidos arrítmicos como si su corazón, situado a buen recaudo dentro de la cavidad torácica, quisiera hacerse palpable y exhaló un suspiro, una especie de sentimiento que unificaba lo físico con lo psíquico, desde entonces sintió la necesidad de dar grandes paseos a lo largo de su cauce. Las caminatas las efectuaba a la tarde baja, cuando el calor había amainado, iba en el sentido en que las aguas van hacia su desembocadura al mar. Las caminatas nunca las había tomado como una actividad deportiva, era consciente del ejercicio que hacía en ellas, pero las consideraba “une autre chose”, de hecho no se vestía deportivamente, iba con ropa normal, de calle, eso sí, procuraba llevar un calzado cómodo. Partía desde su casa cerca del río y seguía aquellos paseos que lo bordeaban dejándose llevar por el fluir de las aguas, se sentía frágil ante el caudal, contemplaba la amplitud del paisaje y todos aquellos edificios egregios que formaban parte de la historia de la ciudad, era como pasear a lo largo de los siglos, los contemplaba de pasada y en ellos ponía imaginación, a veces se sonreía por lo descabelladas que podían ser sus fantasías. Cuando no los miraba, miraba para el río y su cauce y entonces no pensaba en nada, aquel fluir de las aguas era como una limpieza de ideas, el único deseo que producía su mente era poder llegar como ellas al mar; contemplándolas, ideas nefastas la asediaban y pensaba en aquellos pobres incautos que se habían dejado seducir por el vértigo lanzándose a la corriente; sin querer, se apartó un poco del muro que separaba el paseo del río, no había peligro, era de mediana altura y le daba por la cadera, lo que sí se había entregado era su estado de ansiedad al flujo de las aguas, caminando y observándolas tenía la sensación de que el tiempo pasaba más rápido, como si su propio movimiento y el externo del agua empujaran al paso de los días en su aceleración... Y fue verdad, el río Seine y el ansia, que se albergaba en su pecho, aceleraron al máximo el tiempo. Pronto se encontró a una semana del deseado acontecimiento, y tuvo la sensación de tener que preparar muchas cosas, su mente se llenó de obligaciones inexistentes que, en el fondo, no eran más que ínfulas de su imaginación; lo que en realidad solamente tenía que verificar eran las localidades de la ópera, su esposo, por razones de viaje de trabajo no iba a poder asistir; en conciencia llevó una gran alegría cuando le comunicó su imposibilidad, debía estar sola, aquella sería su representación, donde expondría su rebeldía, su inconformidad, su mal-estar, su desasosiego... Casi siempre asistían los dos a las representaciones, ambos disfrutaban del espectáculo musical, pero en aquel día y en aquella función Amandorla necesitaba confraternizar con su soledad. No anuló la localidad de su esposo, aquel asiento vacío recordaría su ausencia, y eso era poco más o menos lo que tenía que hacer y sin embargo, ella seguía pensando en las muchas cosas que tenía que hacer, se decía que no podía perder el tiempo en nimiedades y que tenía mucho que hacer, y dale con que tenía muchas cosas que hacer, se había creado unas tareas imaginables que no lograba saber cuáles eran, tal vez aquella ocupación y preocupación en tener mucho que hacer la ayudaba a que el tiempo transcurriera mucho más deprisa; se inventó algo, algo que ya el servicio doméstico se encargaba de hacer: ordenar armarios, en aquellos días todos los armarios de la casa, en su sentido más amplio, quedaron ordenados, también la despensa. Por un momento aquel sentido del orden tan obsesivo le pareció como una proyección a querer ordenar el mundo y lo que en realidad hacía era ubicar el suyo, hacerlo más factible a su comodidad… Sin darse cuenta llegó la fecha señalada, había amanecido un sol radiante y el día se presentaba caluroso, típico del mes de julio, lo comprobó en el calendario: 14 de julio, su ansia parecía haber amainado y todo lo que hizo durante la jornada fue prepararse para la representación de la tarde. La casa estaba vacía, solamente quedaba una asistenta, todo el mundo había salido o estaba de vacaciones; centrada en los preparativos comenzó la mañana por tomar un baño y lavar detenidamente el cabello, era largo y negro, el baño pronto lo tomó, pero el acicalamiento del pelo fue duradero, al terminar lo recogió en un moño. No se maquilló, se miró al espejo y se encontró igual de bella que con pintura, pensó en ciertas tribus y sus pinturas de guerra, pero ella no iba a la guerra. A pesar del cuidado con que hacía todo, no había intención alguna en sus preparativos, eran llevados a cabo inconscientemente, como arrastrados por una rutina inexistente; arregló las uñas de las manos y no les dio esmalte, quería ir lo más natural posible, esta vez era todo lo contrario de cuando ella solía ir a la ópera con su esposo, era el recargamiento en persona tanto a nivel de arreglo estético como de vestuario. Aunque en su vida cotidiana el lujo era discreto, cuando llegaba el momento de ir a la ópera sacaba sus mejores joyas y vestidos y entraba en el mundo de la ostentación. Ese día sería diferente, ni mejor ni peor, diferente. Permaneció en silencio casi toda la jornada, le bastarían las voces y la música que escucharía por la tarde; deambuló por las diversas salas y habitaciones de su casa, palpó muebles y contempló cuadros, abrió armarios y figuró ponerse vestidos, manoseó joyas, acarició fotos, en una palabra, recapituló su vida. Se sentía ligera, ágil, tanto en cuerpo como en mente, para seguir manteniendo aquella sensación creyó conveniente hacer ligera la comida del mediodía; una vez terminada tomó un café muy cargado, muy negro, le echó un poco de azúcar y lo revolvió, recordó los cafés con leche que tomaba en las cafeterías de las afueras de la ciudad, agitó la cuchara y se creó un remolino, una pequeña parte de su rostro se reflejaba en el líquido, pensó en aquella gente y sin más preámbulos cogió la taza y lo bebió; así transcurrió la tarde sentada en una silla frente a una taza de café, descansando de una agitación no física sino emocional; la última semana la había alejado de su rutina, y ese momento era el ideal para hacer un resumen, no se aclaró nada, todos sus pensamientos tendían hacia esa hora de la tarde en la que ella entraría en la ópera; intentó razonar, pero tal vez sus ideas estaban más claras unos meses antes que en ese momento. Miró el reloj y comprobó que faltaban dos horas para la representación, decidió empezar a prepararse, se dirigió al vestidor de su dormitorio, como sonámbula abrió una puerta de uno de sus armarios y sacó su vestido de ballet junto con sus zapatillas y uno de sus abrigos de pieles, se acercó a su joyero y cogió un collar de perlas cuyas vueltas cubrían su cuello, regalo de su abuela y perteneciente a la familia desde hacía tres siglos, rechazó el resto de adornos; todo lo colocó encima de la cama excepto las zapatillas de ballet, las cuales situó a los pies de ésta. Estos preparativos habían gozado de una enorme sencillez, todo lo contrario a ocasiones anteriores, cuando le llevaba mucho tiempo y a veces perdía la paciencia en elegir el modelo que llevaría a la ópera. Esta vez no dudó, fue ciega a la elección como si fuera el uniforme obligado para la ocasión, lo contempló encima de la cama: vio aquel vestido tan blanco con las zapatillas haciendo juego, y uno de sus abrigos de piel negra, por su mente no surgió la duda de qué pintaba un abrigo de pieles en pleno mes de julio, si aquél era su uniforme tenía que ponérselo sin más miramientos, el collar de perlas le trajo recuerdos de su abuela y el momento en que se lo dio: el día en que llegó a su mayoría de edad. Aquellas prendas y aquella joya serían los signos externos de su inconformidad, de su rebeldía, junto con su pelo y la ayuda de un gesto. Decidió vestirse, desde entonces se prometió no hablar palabra, o en caso extremo las necesarias, entró en un mutismo en que los gestos eran la exteriorización de su intimidad; con parsimonia se fue poniendo la ropa, con la medida que exigía el rito de una celebración, una vez que hubo finalizado su arreglo se miró en el espejo, interiormente sabía que era ella, externamente no se reconocía; una pregunta muda surgió al ver su reflejo: ¿a dónde vas? Por supuesto no hubo respuesta, había como un impulso desconocido por el cual todo lo que hacía la arrastraba hacia aquella hora, hubo una mirada de compasión de su otro yo hacia la figura del espejo, no le hizo caso y terminó de recomponerse. Su coquetería no se cuestionó si su aspecto estético encajaba dentro de las coordenadas de la moda, ya no existía aquella idea. Cogió la entrada y la metió en un bolso pequeño, echó el abrigo de pieles sobre sus hombros, sintió calor, fuego, abandonó su hogar y cogió un taxi, llegaría puntual, le dijo al taxista: “a la ópera de la Bastilla”, salió disparado como una bala, la dejó delante del edificio, ella misma abrió la puerta y salió, ardía de calor, se dirigió a la entrada, entregó su billete y una vez que el portero lo hubo verificado, con una sonrisa de bienvenida la invitó a entrar, Amandina se quedó inmóvil y con un gesto de rebeldía y renuncia se soltó el pelo, dejó caer de sus hombros su abrigo de pieles al suelo, con la mano agarró el collar de perlas que cubría su cuello en su totalidad y tiró de él, las perlas se soltaron y cayeron por sus senos, dejándose llevar por la corriente del Sena y para concluir su acto heroico elevó su cuerpo, en la punta de sus pies y en sus zapatillas blancas de ballet.            

14 de julio   

Amandina de Vilauxe y de Chouzan, de Mourulle et de Sacardebois, de Vilar d’Ortelle et de Cristosende tomó la Bastilla.