miércoles, 30 de noviembre de 2016

"REPTARE"

                         

Douce attente. Anne M. Cutolo
 La habían paseado por todo el mundo. Desde muy pequeña había sido un continuo ir y venir, una procesión interminable de clínicas privadas a hospitales públicos en busca de una solución a su problema: sus piernas no funcionaban, carecían de movimiento, no había coordinación entre su cerebro y sus extremidades inferiores. Al ver que la ciencia no resolvía nada, habían decidido, como último intento, recurrir a la religión; se dirigieron a los grandes centros de peregrinación empujándola en una silla de ruedas, ofertándola con la esperanza de que su súplica fuera atendida, de que la conmiseración de unas deidades bajase hacia ellos, hacia aquella hija única en la que habían depositado el sentido de sus vidas. Si en las manos de los médicos de aquellas clínicas especializadas habían entregado a su hija y parte de su capital, a la religión habían entregado toda la esperanza de curación que los humanos no le habían sabido dar. Monetariamente hablando, era una familia de recursos, pero los desplazamientos de un país a otro, el alojamiento en hoteles y el elevado coste de las intervenciones quirúrgicas habían hecho tambalear su economía aunque su solidez permanecía estable. En cuanto a su fe, ésta ya no estaba cimentada sobre unas bases firmes de entereza y credulidad; habían echado mano de ella como último recurso, como recuerdo a una educación que les habían inculcado y que en un momento determinado, más bien por desesperación, habían sacado a flote. Cuando la esperanza se diluía siempre quedaba la resignación. Se había acostumbrado desde muy pequeña a mantener en su rostro una sonrisa expectante en sus viajes de ida; cada vez que la citaban para una nueva intervención, un ánimo renovado surgía en ella, se convencía a sí misma de que aquel intento iba a ser el definitivo y que abandonaría de una vez por todas aquella silla de ruedas, una silla anormal para su anormalidad; su movimiento, su desenvolvimiento diario reposaba en la tracción que le proporcionaba aquel artilugio, ya formaba parte de ella; fuera donde fuese siempre estaría pegado a ella, a no ser que la benevolencia de algún alma caritativa decidiera portarla en brazos, intento que a medida que crecía iba cejando paulatinamente. A la salida de la clínica y ya de vuelta a casa una terrible ansiedad la acongojaba, el postoperatorio era una época en la que las suposiciones la asediaban y presentaban un futuro incierto, lleno de luces y sombras. A medida que pasaban los días, el tiempo dividido en múltiples y diminutas cronologías confirmaba lo fallido de la intervención quirúrgica. Las ilusiones se desplomaban y para dar ánimos a aquéllos que la rodeaban y también para animarse a sí misma, aquella sonrisa expectante que en un principio cubría su rostro, era sustituida por una resignación enmascarada por otra sonrisa, pero esta vez ficticia. Su mirada se dirigía hacia sus piernas, las causantes de su malestar, de sus preocupaciones, de su incertidumbre, de la negación de su futuro, de la imposibilidad a llevar una vida normal... las causantes de ser el eje en torno al cual giraban ella y los suyos. Durante sus primeros años consideraba sus extremidades como algo suyo, algo que se había quedado rezagado y que había que forzar para ponerlo al ritmo lógico de su desarrollo; por una parte su interés en progresar y por otra la ayuda externa que recibía de los médicos, ambas voluntades la conducirían a un final exitoso. Sin embargo, al llegar a su madurez, harta de albergar esperanzas, el tiempo la convenció  de que en él no podía confiar, un falso amigo con el cual era inútil contar. Los animales a lo largo de su evolución siempre han ido mejorando su especie, se han ido adaptando al medio ambiente: su aspecto, sus extremidades, su organismo han ido cambiando según surgían sus necesidades. En ella, lo inservible, lo muerto, no tendría cambio posible, como mucho tendería hacia la degradación. Físicamente creció con normalidad, pasó de la infancia a la juventud y de la juventud a  la madurez con unas facciones de niña a adolescente y de adolescente a mujer sin que éstas se vieran afectadas por el dolor, pero sí por una resignación endurecida, lo que proporcionaba a los músculos del rostro cierta flexibilidad hacia una sonrisa desganada. Siempre había sabido estar en cualquier situación: con el talle erguido y un cruce de brazos reposado en el regazo aguantaba conversaciones, comentarios, chismorreos  (que dejaba pasar con una caída de párpados y la mirada clavada en el vacío) siempre participando en ellos muy superficialmente, más bien por obligación que por devoción. En la parte de su físico donde más se había ensañado la vida era en sus piernas; el bisturí se había deslizado a lo largo de ellas irrefrenablemente, como en una pendiente de esquí, atraído por el vértigo hacia unos pies independientes, abandonados cada uno a sí mismo y en donde encontraría el término a un incisivo corte. ¿Qué esperarían encontrar allí los médicos? ¿Reavivar lo irreavivable? ¿Reanimar lo irreanimable? ¿Reparar lo irreparable? ¿Regular lo irregulable? ... ir a, ir a, ir a, ir a, ira, ira, ira, ira y solamente ira lo que de allí se desprendía hacia aquella iranía de la existencia. Una vez que los médicos habían creído que su misión había finalizado, que su ciencia había servido para algo, zurcían aquella cicatriz para que las enmiendas que en su interior se habían llevado a cabo fructificasen. El tiempo sería el encargado de dar el veredicto final. La perspectiva que ella tenía de sus miembros inferiores siempre era en picado, los contemplaba con interés antes y después de una operación, con la ilusión inocente de insuflarles aquel movimiento tan esperado; cuando el resultado era negativo, que siempre fue negativo y que siempre será negativo, el desaliento la corroía y despreciaba sus piernas con todas sus fuerzas; deseaba que aquella parte de su cuerpo no existiese, que aquellas extremidades no formasen parte de su ser, desearía apartarlas de su vista y enterrarlas en el olvido; pero aquellos colgajos humanos siempre le pertenecerían. Asimilada su discapacidad tanto por su parte como por la de sus padres y no abandonando un último rayo de esperanza en el futuro de la ciencia ya que la religión sólo albergaba verborrea, la vida debía tomar nuevos cauces, enfoques diferentes. Desde muy pequeña se la había educado con exquisitez; como la asistencia a clase muchas veces fallaba debido a los períodos de convalecencia, se la reforzaba con profesores particulares para que mantuviese el ritmo que el curso escolar exigía. Como alumna siempre trataba de cumplir con sus tareas, pronto recuperaba los períodos que sus ingresos clínicos exigían poniéndose al día con facilidad. Mientras fue pequeña nunca se cuestionó el porqué del estudio, asumía que era una obligación propia de su edad, no había otra cosa que hacer, por lo tanto el tiempo lo había que ocupar en algo y ese algo era la ampliación de conocimientos por medio de los libros. Siempre había tenido tiempo para jugar, siempre había sabido distribuirlo equitativamente; después de hacer sus deberes dedicaba alguna hora a jugar evadiéndose de unas responsabilidades que, aunque aceptadas, la privaban del disfrute de su infancia. A medida que crecía aumentaba su interés por ciertas asignaturas con las que experimentaba un enriquecimiento espiritual, un sentido del mundo más amplio y enriquecedor que muchas veces  se veía menguado por una atmósfera hospitalaria agobiante y deprimente. Las notas se disparaban en las materias que le hacían tilín, en las que le hacían tolón el interés decrecía a medida que profundizaba en ellas, las soportaba gracias a un estado de alelamiento justo en el instante en el que entraba el profesor, era presentir su presencia, era caer en el abandono. Por supuesto, en la asignatura de educación física hacía acto de presencia, se limitaba a contemplar a sus compañeros en la ejecución de ejercicios físicos, si bien en un principio había sentido cierta envidia al no poder participar en ellos, más tarde la impotencia se encargaría de amainar aquella tendencia a la ecuanimidad. La agilidad que conlleva el movimiento le parecía un don selectivo de unos cuantos seres humanos, cuando en realidad pertenecía a una gran mayoría. Le gustaba contemplar a sus compañeros de clase ir de un lado a otro, dar volteretas, doblarse, girar, saltar, correr, trasladarse con la agitación de sus propias piernas y no por medios mecánicos, es decir, para ella una normalidad convertida en imposibilidad. Siempre había oído decir a sus padres que se tenía que preparar para el futuro, que debería gozar de una independencia profesional que sólo proporcionaba el estudio, la economía correspondería legársela ellos, pero ésta podía no ser duradera, por lo tanto su devenir había que afianzarlo de alguna manera y qué mejor que el estudio que era algo intransferible y propio de cada individuo. A medida que transcurría el tiempo aquellas leves insinuaciones que, por norma, se dejaban caer a la hora de la comida se habían  convertido en insistencias que rallaban la pesadez, lo que demostraba una preocupación velada por su futuro, lo que demostraba una preocupación velada por su incapacidad, lo que demostraba una preocupación velada por sus limitaciones, lo que demostraba una preocupación velada por su mundo circundante, lo que demostraba una preocupación velada por un posible rechazo de la sociedad...Discapacidad, f.= Calidad de discapacitado; discapacitado, da. Adj.= minusválido; minusválido, da. Adj.= Dícese de la persona incapacitada, por lesión congénita o adquirida para ciertos trabajos, movimientos, deportes etc.; incapacidad, f. = Falta de capacidad para hacer, recibir o aprender una cosa...Dis, in; dis, in; dis, in; disín, disín, disín; in, dis; in dis; in dis; indís, indís, indís. Ella nunca se había sentido discriminada por nadie, las relaciones que había tenido con sus compañeros y amigos de clase, sus familiares y allegados siempre le habían demostrado un afecto comedido, nunca movidos por la lástima y siempre movidos por la afabilidad de su persona. Pero ella era consciente de que vivía en un mundo cambiante, en constante movimiento y eso era de lo que carecía: su propio movimiento, éste para incorporarlo a aquél. Ya que la naturaleza la había privado de algo, esperaba encontrar otro algo en algo o alguien indefinidos; para que su vida adquiriese un equilibrio necesitaba suplir aquella carencia de movimiento por lo indefinido. Nunca había tenido amigos íntimos, con dos o tres compañeros de clase mantenía cierta relación, pero no dejaba de ser superficial o de cooperación con las tareas escolares; lo que se dice profundizar en sentimientos de amistad lo desconocía; sus padres habían sido sus confidentes, en realidad eran quienes estaban entregados a ella, la ayudaban en todo lo que podían no sólo monetaria sino anímicamente también. Ellos tres habían creado un  microcosmos en el que era difícil penetrar, estaba formado por una serie de ideas fijas, inalterables y siempre en constante superación, una de ellas eran las operaciones: el encontrar una mejoría en su sucesión, si en una se atisbaba el más mínimo indicio de movimiento, eso indicaba  que había que pasar a la siguiente; el sacrificio de aquel cuerpo no importaba siempre y cuando respondiera a la inutilidad de unas exigencias. Una vez que los médicos se convencieron de que la experimentación en aquellas piernas mórbidas carecía de sentido, se lo dejaron saber muy disimuladamente a base de conjeturas esperanzadoras en futuras y quizá remotas intervenciones quirúrgicas. A sus padres los podían engañar, a ella ya no. Con el convencimiento llegó el silencio, como si en la última operación la vaciasen, le extirparan la poca esperanza que le quedaba y dejaran un cuerpo hueco, un templo de vacío. Por supuesto, ella seguiría manifestándose ante sus padres como siempre: amable y cordial; la armonía estaba presente en sus relaciones aunque sustentada en un quebrantamiento que, por temor, no cedía. Externamente su comportamiento era normal si bien se había quedado parca en palabras, hablaba lo justo evitando atributos que dieran “coloratura” a unos forzados sustantivos; sus frases eran escuetas, a veces contundentes, su estructura era de lo más simple: un sujeto, un verbo y unos complementos, éstos ordenados con rigor, como si una gramática inconsciente imperara sobre cada uno de sus elementos. Las palabras la habían decepcionado, aportaban significados falsos, esperanzas incumplidas; por eso, de ellas sólo quería conservar lo justo, lo imprescindible, la expresión de las ideas en toda su sobriedad. Vació de la mente lo superfluo ocupando su espacio el silencio; ¿cómo llenarlo?  ¿con qué llenarlo?  Temía encontrar una solución a base de palabras, podían traicionarla; mejor sería dejarlo para lo indefinido. Aquel silencio había creado un vacío en aquel templo que había que llenar con un eco, pero un eco de ¿ qué? o de ¿quién?. Vivían en la ciudad de Navehondo  (con hache aspirada); adoraba pronunciar el nombre de su ciudad, experimentaba un gran alivio en su pecho, era como si la angustia abandonara su cuerpo en aquella hache  alada: primero inspiraba y después espiraba, inspiraba, espiraba, inspiraba, espiraba, inspiraba, espiraba, inspiraba, espiraba, inspiraba, espiraba, se inspiraba, expiraba, se inspiraba, expiraba, se inspiraba, expiraba, se inspiraba, expiraba, se piraba, se piraba, se piraba y terminaba pirada. Era una ciudad moderna, cosmopolita, en donde la agitación tanto del tráfico como de sus gentes desafiaba las normas de la tranquilidad, aquella ebullición ponía de manifiesto un empeño por explotar la vida, por extaer de ella el máximo rendimiento y disfrute. Ella veía aquello y se convencía de que por mucho interés que pusiera nunca estaría a la altura de las circunstancias, podría participar en aquel movimiento, pero nunca formaría parte de él. Desde su piso, una vivienda cómoda y grande, tendente al lujo, situado en uno de los edificios más altos de Navehondo ( con hache aspirada), podía divisar la ciudad en toda su extensión, descaradamente se ofrecía a ella, la retaba a participar en sus múltiples facetas: desde una vida laboral hasta un inocente desenfreno oculto en una oscura promiscuidad. No tenía motivos para negarse, ¿su silla de ruedas? No era una excusa, sabía manejarse en ella perfectamente y de hecho se paseaba por las calles con normalidad, eso sí, siempre motivada por alguna compra, no por el placer de distracción que podían proporcionarle sus gentes y tiendas. La aceptación a no alcanzar la normalidad de movimientos que deseaba la retraía, no solamente a nivel verbal sino también gestual; si sus palabras escaseaban al expresar sus ideas y deseos, sus gestos de manos habían empobrecido, sus brazos habían adquirido una torpeza propia de un incipiente entumecimiento, ¿sus piernas?  Ya no se citaban porque formaban parte de lo innombrable. Había veces que estaba más próxima a una momia que a un ser de carne y hueso. Vista desde la lejanía y sentada en su silla de ruedas, en aquella galería que daba a la ciudad podía decirse que era la antítesis del movimiento, la contemplación acusadora de lo inalcanzable, el espectro del deseo imposible del ser humano. Sin embargo, la posición de su cuerpo en aquella silla era de espera, esperaba lo indefinido. Se puede esperar de pie o sentado, pero cuando la espera es larga se toma asiento, no se puede estar cansado cuando lo esperado llega; ¿a quién aguardaba? ¿qué aguardaba? Cuando la monotonía se adueña de la vida cotidiana sólo queda aguardar la sorpresa de lo inesperado para hacer que el día a día sea más soportable. Era consciente de que, para que su vida adquiriese un rumbo, debía ser ella misma la que se obligara a buscarlo, ir a su encuentro; por muy bien que se encontrara allí, en aquel piso o en la casa de la montaña donde confluían aquellos dos ríos nadie iba a orientarla en la dirección a tomar, nadie iba a ir allí a su encuentro, a ella le tocaba salir al exterior en busca de ... en busca de ... en busca de ...en busca de lo indefinido, por llamarlo de algún modo. Sabía que si quería ser una mujer de su tiempo tendría que buscar su propio sustento, su propio medio de vida, un trabajo naturalmente sería lo más apropiado, aparte de proporcionarle una independencia económica también la pondría en contacto con el resto de la civilización, y esto último era casi lo más importante, apartarla de aquel aislamiento al que estaba sometida debido a las circunstancias. Era cómodo apoyarse en la economía familiar, tampoco la iba a rechazar, la suerte se había presentado de ese modo, pues  ¡bienvenida sea!. Estaba decidida, pero tendría que empezar poco a poco; temía que su incorporación a una vida laboral no fuera lo bastante eficiente; la lentitud, la casi incapacidad para realizar muchas tareas podían ser impedimento en un  momento dado en aquel mundo en el que el movimiento desaforado por unas ansias de cambio constantes hacía perecedero cualquier valor humano que en otro tiempo hubiese sido perdurable. De pequeña había sido muy querida, eso la había llevado a desarrollar una sensibilidad casi enfermiza, cualquier desarreglo por pequeño que fuera en una conducta lo advertía; por eso, siempre había sido muy exigente consigo misma, deseaba que los demás supieran responder de igual modo que ella lo hacía, aunque la época que le había tocado vivir carecía de tales miramientos. Incorporar aquella sensibilidad a un mundo tan exigente no iba a ser fácil, pero tenía que proponérselo. Empezó a salir, casi siempre con sus padres o con alguno de los dos; las amistades escolares que conservaba no participaban de sus gustos ni de su estilo de vida, habían tomado otros derroteros más acordes con sus edades; habían dejado para más adelante un clasicismo de costumbres y vivían su juventud con desenfreno y en loco despropósito. Ella había intentado unirse a ellos, pero se había dado cuenta de que ni los alcanzaba y de que era un impedimento, retrayéndolos en aquella marcha desaforada por la deglución de la existencia. Se tenía que amoldar al ritmo de los mayores, un ritmo lento y pausado como el de sus movimientos. Sin embargo, en aquel templo de vacío conservaba espacio para llenarlo con la energía propia de su malograda juventud; ¿cómo lo llenaría? Había dos soluciones: con la desesperación por no alcanzar lo deseado o con la resignación depositada en una esperanza desconocida e insegura. Medida a tomar: el silencio. Una vez por semana salía a degustar los paladares del mundo. Navehondo ( con hache aspirada) ofrecía la posibilidad de visitar muchos restaurantes internacionales donde se podían degustar los variados platos de las cocinas de países exóticos; era una forma de ampliar conceptos y motivo de conversación, la parquedad de palabras se veía incitada por la opinión de la novedad. Comentaban y trataban de adivinar los diferentes ingredientes que componían los platos tradicionales, se asombraban al verificar que algunos países, a pesar de su lejanía, coincidían usando los mismos componentes, logrando sabores distintos. Ella manifestaba su parecer escuetamente, aunque el plato le resultase delicioso, éste nunca influía en su acritud; lo que sí le alegraba el ánimo era el colorido y la presentación. A veces, se asemejaban a composiciones pictóricas. Yendo de unos platos a otros no solamente se viajaba por el mundo sino que también se hacía un recorrido por la historia del arte contemporáneo: en el primero se podía encontrar un cubismo y en el segundo un expresionismo abstracto para terminar en un postre con un informalismo descarado; claro que todos estos “ismos” dependían de la maestría de un buen cocinero y muchos de aquellos restaurantes presumían de tenerlo. También le gustaba la ambientación, en algunos era como estar en la selva por la abundancia de vegetación, en otros era como estar en el desierto por la sobriedad y escasez de mobiliario; fuera donde fuese parecía que lo circundante aportaba un sabor diferente a cada comida. Todo ayudaba a romper con una monotonía, a poner de manifiesto que el mundo no era las cuatro paredes de una casa protectora, éste pululaba de un lado a otro y ella debía formar parte de él. Si la comida en lugar de ser al mediodía era por la noche, una vez rematada iban al cine o al teatro, esto era lo que más le ilusionaba; nunca se hubiera atrevido a decir a sus padres que por ella podían prescindir de la cena, que lo que realmente le importaba era adentrarse en la oscuridad de aquellas salas. El cine era acción, las imágenes sobre la pantalla la absorbían, le transmitían su ritmo, insuflaban en el estatismo de su cuerpo impulso hacia la movilidad. La oscuridad la protegía empujándola a dar rienda suelta a sus más íntimos anhelos, a contemplar magnificados sobre la pantalla unos primeros pasos, sus primeros pasos ejecutados por actores. El silencio de la sala acallaba su propio silencio, el silencio de la sala acallaba sus deseos, el silencio de la sala la enmudecía y la hacía volver a la realidad. Cuando salían tenía la sensación de haber despertado de un sueño; el choque no era tan fuerte porque estaba acompañada. Nunca hablaban de la película por temor a la disparidad de pareceres, nunca hablaban de la película por temor a dañar la intimidad de lo inconfesable. Si en el cine un proyector lanzaba sobre la pantalla unas imágenes, en el teatro ella se proyectaba sobre los personajes. Si tuviera que elegir entre las dos artes, aun dudándolo, se quedaría con el escenario. El teatro siempre le había parecido un misterio, seres de carne y hueso inmolando su vida para hacer creíble la tragedia o la comedia de unos semejantes. Cuando empezaba la representación observaba atentamente a cada uno de los personajes y, sin querer, al cabo de unos veinte o treinta minutos ya se sentía identificada con alguno de ellos, se olvidaba de sí misma y se adentraba en su piel, sufría o reía, amaba u odiaba, vivía o moría, vestía o desnudaba su alma a capricho de la ficción, pero eso sí, en silencio; externamente se diría que estaba interesada por la obra, pero nada más, su cuerpo permanecía sentado mientras que su interior ya no le pertenecía, vivía en el escenario. Esta entrega se entiende por la falta de emociones para llenar su existencia, aquellas sensaciones eran la esencia del ser humano, eran su propia esencia y nunca las había experimentado, sus días habían transcurrido... sus días habían transcurrido... sus días habían transcurrido... sus días habían transcurrido en busca de…  en busca de remedio para  ¿su cuerpo o para su alma? La búsqueda de remedio para su cuerpo había fracasado, ahora quedaba solamente buscar un remedio para su espíritu herido  ¿dónde encontrarlo?  En lo indefinido. La experiencia de interpretar mudamente aquellos personajes había despertado en ella las ganas de manifestar estruendosamente aquellas emociones, propias y no ajenas, vividas y no interpretadas; y una vez más volvía a caer en el silencio porque no hallaba solución a sus tan necesitados deseos. Salía del teatro con la idea de haber vivido un poco más; de regreso a casa miraba a la gente esperando vislumbrar en su rostro las vivencias que el espectáculo le había ofrecido, pero todo el mundo caminaba en silencio ocultando sus emociones en la sala oscura de su propio teatro interior… Pero hubo un día, un día cualquiera, un día de un mes cualquiera, un día de un mes de un año cualquiera, un día que se debería escribir con mayúsculas o se debería decir: “ Érase un día...” en lugar de “ Érase una vez...”, un día en el que algo pasó, en el que un pronombre indefinido lo generalizó todo, ese “ algo” incluía a seres y cosas, a todo lo que puede estar relacionado con una vida, a su sentido. Hubo un día en que su madre decidió no salir, no le apetecía, alegó que se sentía indispuesta, que le dolía la cabeza, estaba rara, le pesaba la existencia y nada mejor en estos casos que dejar al sujeto solo, consigo mismo para equilibrar su existir; entonces su padre y ella salieron a cenar, aquel día escogieron un restaurante normal, un restaurante típico que servían comidas de la zona, Navehondo ( con hache aspirada) era la capital de una región famosa por su gastronomía; a decir verdad ni uno ni otro tenían mucho apetito, pidieron verdura y eso fue todo, estarían más ligeros, más ligeros ¿ para qué? Ellos también estaban raros; el final del día,  de aquel día se presentaba sórdido. Durante la cena hubo enormes lagunas de silencio, apenas hablaron; de repente su padre sugirió cambiar de espectáculo; aquella irrupción tan súbita la asustó; no supo qué responder, si se guiaba por las ganas se iría para casa, pero para complacer a su padre asintió  ¿qué señal externa confirmaba aquella aceptación? Sencillamente se dejó llevar. Su padre propuso que en vez de ir al cine o al teatro irían a otra clase de espectáculo; a ella aquellas últimas palabras le sonaban a experimentación, le sonaban a operaciones fracasadas, por lo tanto había que buscar otra clase de remedios o había que probar otra clase de soluciones. Permanecía callada. Su padre disparó: “Iremos al ballet”. Ella se estremeció. Los vasos que se encontraban sobre la mesa acusaron la sacudida, sus dos silencios amplificaron el tintineo. En aquel momento no supo el porqué de aquella alteración, la palabra “ballet” formaba parte de un diccionario, no de su propio vocabulario. La distancia que había entre el restaurante y el teatro no era mucha, aquel paseo les vendría de perlas; pagada la cuenta, su padre se levantó y la ayudó a desenvolverse en su silla de ruedas, a aquella hora había bastante gente y las mesas estaban ocupadas, el espacio era muy pequeño y había inconveniente en deslizarse entre las sillas, muy disimuladamente esquivó su ayuda, se las arreglaría sola para llegar a la salida. Se sentía irritada y no sabía por qué, quizá por la idea de la novedad, pero no, eso no era. Una vez en la calle, se intercambiaron miradas y su padre marcó el camino, no podían ir a la misma altura, ella se adelantó, él un poco más rezagado. Le molestaba su presencia, le molestaba su vínculo, quería estar sola, quería llevar su vida como en una  “procesión del silencio”. La gente llenaba las calles y se abría paso como si algo tirase de ella, como hipnotizada por  “la forza del destino”.https://www.youtube.com/watch?v=GHk1RmPzA5E En aquellos momentos todo le molestaba, deseó encontrarse en una autopista a solas, en su silla de ruedas y sin ningún obstáculo ponerse en marcha hacía un punto de destino, no un lugar físico sino abstracto. Era tan ciega aquella obsesión carente de perspectivas que sintió miedo; éste era nuevo, desconocido, era diferente al que había sentido antes de cada operación, a pesar de la experiencia. Pavor, sería la palabra más correcta; se sentía tan desprotegida, tan desangelada que repentinamente recordó aquellos lugares de peregrinaje donde solían llevarla en busca de remedio, recordó también las súplicas de los peregrinos, que ella nunca había formulado porque nunca había tenido fe en ellas; y sin embargo, ahora, ya que no hallaba consuelo en nadie, al menos encontrarlo en unas fórmulas mágicas. Sin saber de dónde provenían aquellas palabras, si del hielo o del fuego, dijo para sí: Non mi lasciar, socorrimi, pietà, Signor, pietà! Deh! non m’abbandonar, pieta di me, Signor…https://www.youtube.com/watch?v=cut_2iSOEtMSólo ella las oyó, sus entrañas y las entrañas de la tierra, los cielos no acusaron respuesta. Llegaron al teatro y se paró en seco, se había quedado sin fuerzas para entrar, o quizá le faltaba aquel empuje que la había conducido hasta allí. Sin energías para manejar su silla de ruedas se dejó llevar por su padre, no le importaban nada las localidades que había elegido, solamente estaba a la expectativa de cómo él obraba. La llevó hasta la primera fila, la visión del escenario era completa pues éste aún quedaba a unos cuantos metros de donde ella se hallaba, le entregó el programa de mano y su padre retrocedió, retrocedió, retrocedió, retrocedió, retrocedió, retro-cedió, retro-cedió, retro-cedió, cedió, cedió, cedió, cedió, cedió, cedió su tutela y la entregaba a lo indefinido. El se sentó alejado, en la penumbra de la sala, se había convertido en una sombra del pasado y ella se volvió para mirarlo, sólo captó una silueta gris, remota, que ya formaba parte de los recuerdos de su infancia. Antes de la representación, el escenario se iluminaba con una luz tenue y mortecina; el padre contempló a su hija en aquel contraluz y se sintió orgulloso. Aunque los dos estaban distantes a ambos los unía aquel preludio de silencio; el teatro se había llenado y nunca se habían sentido tan solos porque una espera en soledad se hace eterna. Cogió el programa de mano para entretener su inquietud y leer el contenido, no pudo, en la portada aparecía escrita una palabra en caligrafía ondulada, de letras enlazadas: “Giselle”. Fue incapaz de seguir leyendo, aquella palabra y la imagen que allí se presentaba la conmocionaron. Aquella mujer de blanco y de puntillas más aquel nombre que coronaba su imagen le parecieron la entrada hacia una nueva dimensión. Dejó el programa sobre su regazo, al alcance de la vista y muy suavemente palpó sus piernas, no transmitían nada a sus pies, sus pies eran diferentes a los de aquella mujer, ella era diferente a aquella mujer, no tenían nada en común o tal vez  ¿tenían más en común de lo que en un principio se pensaba?. Nunca había estado tan cerca de un escenario, le pareció estar en el límite de dos mundos, ¿a cuál pertenecía? Sin lugar a dudas al del misterio; el real le sonaba a algo pasado, caduco, a una época que se había quedado atrás, a una imposición; el de ahora era un deseo incubado quizá mucho tiempo atrás. Las luces de la sala se apagaron y el misterio comenzó. Las luces del escenario se encendieron y el misterio comenzó. La música comenzó y desde los primeros compases el misterio la absorbió. Lo que oía y lo que veía concordaban a la perfección, ya estaba poseída por lo indefinido. Calificar aquello de música y de danza, de danza y música le parecía de una ignorancia supina, aquello era mucho más, no sólo afectaba a su espíritu sino también a su cuerpo, no sólo lo había percibido con los sentidos sino su cuerpo también se había sentido vapuleado. Aquel impacto lo había experimentado en todo su ser, aquel  “impakto” lo había experimentado en sus carnes, aquel  “impakto” lo había experimentado en su alma. Si en el teatro vivía la vida de aquellos personajes, en el espectáculo de lo indefinido además de vivir su vida compartía sus movimientos que eran la sublimación de su deseo. La música arropaba aquel mundo y se sintió aniquilada por ella, en su persona había algo que moría, pero renacía otra nueva. Por sus brazos y manos notó una energía como queriendo brotar de ellos unos sentimientos exclusivos del lenguaje oral y que ahora podía expresar mediante gestos. Si antes sus piernas eran la inutilidad de su cuerpo, además, por pleno convencimiento, ahora éstas adquirían protagonismo en un plano diferente. Contemplar su rostro durante la representación era contemplar la fascinación, era como encontrar el tesoro, era como encontrar el tesoro que ilusiona al niño en su infancia. Con sus manos, una colocada sobre la otra en su pecho, representaba una de esas imágenes místicas poseída por una visión celestial y en sus ojos un diluvio de lágrimas. Durante el tiempo de la representación no vivió, soñó. Su corazón no latía con normalidad o como en realidad debería latir en la vida diaria, se sobresaltaba, brincaba, se apaciguaba según la emociones del momento. En dos horas aproximadamente había nacido, amado y había muerto, una vida condensada en tan poco tiempo le pareció la esencia de una existencia. Cuando la representación terminó el público enfervorizado se puso de pie y aplaudió hasta el agotamiento; se volvió para mirar a su padre que también estaba arrebatado por la emoción y en un hilo de sospecha advirtió que sus aplausos no iban dirigidos hacia el escenario sino hacia ella. Miró a la primera bailarina y se miró a sí misma, no había diferencia, no eran dos personas, era una y en el estruendo de la sala dijo en voz muy baja: “Giselle”. Inclinó la cabeza varias veces para dar las gracias a su público y se quedó en silencio, de su boca nunca más volvería a brotar una palabra, pero sí, más tarde, una frase definitiva. A la salida del teatro la gente bullía, se notaba que la vorágine que se había desencadenado en el escenario se había transmitido a los allí presentes; de vuelta a casa y como de costumbre no expresaron opiniones sobre el espectáculo, pero era evidente que algo había cambiado: ella ya no era la misma y su padre la miraba con ojos diferentes; si antes portaba un nombre y unos apellidos que hacían patente la pertenencia a una familia y a unos orígenes, llegado aquel momento y experimentada la transfiguración, su pasado carecía de valor como tal, sencillamente había sido una vigilia, una antesala al momento crucial. Le gustaba que su padre fuese a su misma altura, todo lo contrario que antes de entrar, estaba a su alcance para hacerle una pregunta clave, aquella pregunta que había surgido justo a la salida del teatro: “¿Por qué me has traído aquí?” Pero aquella duda había brotado en silencio y en silencio permanecería. Ya no importaba si él lo había hecho a propósito o no, “la forza del destino” se había apoderado de ella y eso era lo que contaba. ¿Por qué ciertas preguntas transcendentales nunca tienen respuestas? O si la tienen ¿siempre acaban en mutismo? Deseaba terminar su recorrido lo antes posible y llegar a casa, aquella distancia se le hacía penosa, era como un  “via crucis” con paradas en cada semáforo, miraba la luz roja con el embrujo de un cambio repentino, el verde la hechizaba. La gente que se topaba al cruzar la calle le parecía perteneciente a un mundo anterior, su nuevo mundo aportaba seres diferentes, de ensueño. Antes, a los habitantes de Navehondo  (con hache aspirada) los había contemplado con admiración, con el orgullo de sentirse una más de ellos, ahora formaban parte de una ilusión perdida. Quizá sería la última vez que estuviese en contacto con una multitud de seres reales, de carne y hueso; quizá sus próximos contactos serían con seres volátiles, incorpóreos, fantásticos. Llegaron al portal de la casa, su padre con aliento entrecortado por la marcha que habían llevado, ella no se había dado cuenta. Cogieron el ascensor que los impulsó a las alturas, los números que marcaban los pisos nunca se habían sucedido con tanta rapidez, al llegar a su planta las puertas se abrieron y el vacío de aquella caja los expulsó. La madre aguardaba en la sala de estar ya recuperada de aquella cuentista indisposición. Los recibió con una sonrisa en el rostro que pronto se tornó macilento al ver que su “niña” venía cambiada. La “ñiña” ya no era la misma “ñiña” de antes, se había vuelto ñoña, “la ñiña boñita” había dado paso a una mujer poseída por un sueño, por su sueño; por una ilusión, por su ilusión. No era... no era... no era... ¿Cómo se llamaba antes?...Ahora se llamaba Giselle. Su madre no se atrevió a decir nada, sabía que cualquier frase que pronunciara iba a caer en la ignorancia, cualquier intención que llevasen sus palabras para su hija iban a carecer de valor, iban a pertenecer a un tiempo pasado, a un antiguo país en donde el idioma aún no había evolucionado. ¿Sus padres se habrían confabulado para urdir aquella trama? No le importaba, aunque la duda alternase con la incógnita, no estaba resentida hacia ellos, se sentía poseída por un destino al que se dirigía ciegamente y por plena voluntad. Se dieron las buenas noches mediante gestos, todo muy convencional, como si nada hubiese pasado y se fue hacia su dormitorio, cerró la puerta y echó una mirada global a su habitación, aquélla había sido su morada durante los años de su existencia, que no eran muchos, pero que no iban a ser muchos más; aquella atmósfera  la agobiaba, le parecía respirar aire impuro, contaminado por las falsas ilusiones, decepciones y pequeñas alegrías que allí se habían gastado, necesitaba aire fresco para que sus sueños tomasen forma. Abrió la puerta de su armario ropero y contempló los vestidos, camisas, jerséis, pantalones que la habían cubierto y adornado, a veces la habían disfrazado también. Abundaban los colores oscuros y las hechuras amplias, todo para camuflar defectos, todo para que a la superficie no afloraran las deformidades. Desde aquel momento decidió vestir de blanco, como Giselle, Giselle siempre vestía de blanco, ella se vestiría como Giselle puesto que Giselle era ella. De todas las prendas que allí colgaban escogió un vestido blanco que nunca se había puesto, había sido un regalo de sus padres para cuando se presentase  “una ocasión”, nunca se había presentado tal ambigua ocasión y aquel era el momento de usarlo. Con sus limitaciones y resignación de costumbre se lo puso, apartó de su vista la ropa que había estado llevando y la arrinconó, la borró. Era un vestido blanco como la nieve, vaporoso, en donde el significado sustituía a la materia; se miró al espejo y en él vio reflejada la serenidad, una serenidad de espíritu que antes nunca había experimentado, sonrió con complicidad a aquella imagen y agitó los brazos en el aire como había visto en el teatro y por un instante creyó elevarse, los bajó y se volvió a posar sobre su silla. Se tiró al suelo. En su caída sintió la atracción del abismo, un vacío espacial; echada sobre la alfombra, se arrastró, reptó igual que las serpientes y desde aquella horizontalidad el mundo le pareció diferente. Lo que había visto y oído había cambiado la percepción de su pequeño universo. Aquella música y aquel movimiento se habían adueñado de ella, las notas de la sección de cuerda le habían transmitido una energía que estimulaba tanto su mente como su cuerpo; su sistema nervioso estaba electrizado, impulsada por sus brazos reptó y reptó y reptó y reptó y reptó y reptó y reptó y repató y repató y repató y repató y repató y repató y repateó y repateó y repateó y repateó y repateó de rabia... Le hubiera gustado patear con los pies o bien patear las calles, pero tendría que conformarse con reptar, reptar, reptar, reptar, reptar, repetar, repetar, repetar, repetar, repitar, repitar, repitar, repitar, repetir, repetir, repetir, repetir, repetir su reptar. Reptó por toda la habitación, se adentró en sus rincones más recónditos y se dio cuenta de que las cosas desde allí abajo adquirían una nueva significación. La visión que ella tenía de su dormitorio desde su silla de ruedas no concordaba con el espacio completo que le ofrecía su nueva posición, le agradaba estar echada y captar un mundo tan tridimensionado; había que tener en cuenta que en su nueva vida se abrirían espacios insólitos que habría que aceptar como una dimensión más de aquel futuro. Se arrastró hasta su silla agotada, nunca había hecho un esfuerzo físico tan encomiable y aquello era solamente el principio. Había sido un día lleno de emociones y de decisiones también. Nunca lo hubiera imaginado, pero de ahora en adelante podía imaginar cualquier cosa. Era tarde y debería acostarse, echada sobre la cama analizaba con minuciosidad el nuevo rumbo que tomaría su vida en el futuro; con ayuda de la penumbra y la bienvenida del sueño se abandonaría a sí misma vaciándose de preocupaciones y sobresaltos. Cuando se despertó al día siguiente le pareció como si hubiera renacido, sus ideas se habían clarificado y en sueños había tomado sus decisiones. Aquella mañana a la hora del desayuno sus padres la encontraron radiante, no sabrían explicarlo, pero advertían que de ella emanaba un equilibrio que solamente se posee cuando existe una armonía entre el propio interior y el mundo circundante. Se sentían conformes con aquella nueva decisión, la contemplaron y no se atrevieron a decir nada, desayunaron en silencio intercambiando miradas, no pronunciaron ni una palabra, la gran ausente: la música de la víspera. Tomaron líquidos, ayudarían a limpiar asperezas y preocupaciones pasadas. Una vez que hubieron terminado, Giselle cogió un papel y una pluma y escribió con una caligrafía distinta a la suya; si antes las palabras las escribía entrecortadamente, ahora era una línea continua modulada por unas curvas que formaban un grafismo concertado. Expresó sus deseos en tinta negra sobre la extensión de una cuartilla en blanco, le pareció un desierto donde podían formularse, con ayuda de su dedo y sobre la arena, infinidad de anhelos. Constató por escrito que le gustaría irse a  vivir a la casa de la montaña; no dijo los motivos, tampoco se los preguntaron, haría una serie de compras y le pidió a sus padres que la llevasen, éstos no se opusieron. Se miraron entre ellos y reconocieron que no era una hija quien se lo pedía sino un destino. Aquella misma mañana Giselle salió a comprar lo que deseaba, podía haberse llevado infinidad de cosas, pero para ella sólo contaban: aquella música y un vestido blanco. Lo primero que hizo fue ir a una tienda y comprar “su” música; cuando el dependiente le entregó el disco se reconoció en la carátula, allí estaba ella y coronando el rostro su nombre escrito de  “aquella manera”. Se sonrió y con el dedo índice acarició aquella circunferencia absorbiendo la grabación con el tacto, haciéndola suya. Su cuerpo vibró como un padre con su hijo pequeño en brazos. Se dirigió a su tienda habitual de ropa y buscó la blancura, sólo le importaba el color y la volatilidad de la materia, la hechura era lo de menos y lo encontró; entre infinidad de modelos, entre infinidad de colores, entre infinidad de telas allí estaba su uniforme; entre infinidad de hombres, entre infinidad de mujeres, entre infinidad de seres humanos allí estaba ella; al cogerlo lo acarició y con la suavidad de la palma de su mano lo mimó. Sentada en su silla de ruedas se exhibió con el vestido ante un espejo, la transfiguración se había llevado a cabo, si interiormente ya era Giselle, su aspecto externo confirmaba la absoluta aceptación. Ordenó que se lo envolviesen con extremo cuidado temiendo su deterioro, se lo entregaron, pagó y desapareció. Al llegar a casa mostró sus compras, las desempaquetó con el ritual del misterio y con una radiante sorpresa en su rostro, ella misma no daba crédito a sus posesiones, le parecían tanto y al mismo tiempo tan poco. Sus padres la observaron y con la resignación del lo inalcanzable contemplaron el futuro de su hija: dos objetos que materialmente carecían de valor, pero de profunda significación para ella. Quizá no la comprendieron del todo, al menos lo intentaron y en aquel intento por entender su felicidad demostraron una gran benevolencia. El resto de aquel día transcurrió anodinamente, el tiempo no volvió a dejar huella hasta llegar a la noche; en un pequeño bolso de mano metió sus posesiones, era su neceser, lo indispensable: su disco, redondo como el mundo, redondo como una rueda que implica movimiento, redondo como un abrazo, redondo como una lágrima que en su marcha marca un camino descendente y aquel vestido blanco que con su claridad imitaba al día y en su textura al aire y a la tierra; cerró la cremallera, cerró el baúl del tesoro, encerró un secreto. Estaba preparada para ir al fin del mundo. Aquella noche dormiría apaciblemente, en silencio, como el que existe antes de una tormenta: un silencio atronador. Se levantó sonriente, con la seguridad de que aquel día era el comienzo de un nuevo existir. Sus padres estaban preparados para llevarla a la casa de la montaña; los tres estaban dichosos porque un deseo pronto iba a realizarse y en éste un pasado de espejismos convertido en una convencida realidad. Se acomodaron en el coche y su padre se puso en marcha, abandonó Navehondo  (con hache aspirada) hasta que se extinguió en una lejanía rezagada. El día había amanecido luminoso, cargado de una luz que avivaba los colores de la naturaleza y por lo tanto el ánimo; Giselle contemplaba el paisaje como algo ya visto, pero no reconocido ni valorado; le parecía que la velocidad aportaba cierta musicalidad y deformación cuando observaba los diferentes planos en los que se presentaba el paisaje. Siempre que sus padres la llevaban a alguna parte en coche, la palabra  “conducción” se presentaba vinculada a las ruedas y a su sentido de rotación, parecía que en vez de tener piernas tuviese ruedas, en cierto sentido así era. Los viajes le habían parecido un peregrinar en busca de remedios, pocos habían hecho por placer, pero éste era diferente, estaba segura de que al final encontraría la solución y de que además sería el definitivo. En todo el trayecto no se dijeron nada, su sola presencia bastaba para darse calor y sostener la convicción de un apoyo mutuo. Desde el asiento trasero observó a sus padres como si fuera la última vez, forzándose a grabar en la memoria la imagen de perfil que de los dos captaba. De su corazón brotó el agradecimiento, de el de ellos la comprensión que habían demostrado respetando su decisión y esos sentimientos envueltos en silencio, envueltos en su propio lenguaje. El viaje se aproximaba a su fin y sintió un ligero escalofrío, temía una parada súbita, un corte de la velocidad que la conducción proporcionaba a su cuerpo y al hecho de enfrentarse ante el embrujo de su decisión. Llegaron, bajaron, entraron. One, two, three, stop. One, two, three, down. One, two, three, in. La casa olía a cerrado, había que airearla. Las veces que venían era como desconectar, desenchufar sus vidas de una envolvente agitación y hallar la paz, dejar a un lado el empuje que, sin querer, la vida moderna les infundía. Abrieron todas las ventanas y la naturaleza irrumpió sin permiso; pronto las habitaciones se impregnaron del auténtico ambiente a vegetación, los diferentes sonidos de la fauna autóctona quebraron el silencio sepulcral de aquellas salas en donde el tiempo, por falta de expansión, había permanecido aletargado, momificado. Giselle lo primero que hizo fue aproximarse a un gran ventanal que daba a los dos ríos, desde allí se divisaba una panorámica completa, tanto de las montañas elevándose hacia el cielo en busca de lo onírico, como de aquellos dos ríos que minaban las bases de aquellos enormes cíclopes de tierra y roca en una marcha a ciegas hacia unas entrañas habitadas por seres mitológicos. Contempló en su globalidad lo que la naturaleza le ofertaba, lo que la tierra, el mundo y el universo ponían a su alcance y al pensar en éste último elevó los ojos al cielo, como escudriñando un más allá, y exhaló un suspiro musical. La percepción de todo aquello ahora le parecía diferente, antes dejaba que su mirada recorriera lentamente las cumbres de aquellas montañas para deslizarse por sus laderas, hasta caer en picado y flotar sobre las aguas cristalinas y misteriosas de los dos ríos. Ahora ya no era su mirada la que se paseaba por aquellas hondonadas o se adentraba en la umbría frialdad de los bosques, ahora era ella misma, la que en persona y como parte integrante de aquel cosmos se deslizaba con todo su ser, reivindicando su digna aportación a la naturaleza. Desde el ventanal se sonrió y su sonrisa acortó distancias, se sentía en armonía tanto con el árbol más frondoso como con la brizna de hierba más insignificante, ya no era un ser extraño al medio, era ya un ser integrado en el medio. Mientras tanto sus padres habían puesto en orden la casa, habían reordenado lo ordenado, le habían dado el toque de habitabilidad a lo dormido. Una vez terminada esta tarea sintieron la necesidad de irse, nada ni nadie los echaba, pero el espacio que ellos llenaban en aquella casa había sido sustituido por un volumen indefinido que los llevaba al convencimiento de que su misión había terminado; claudicaron al asumir que Giselle había encontrado su lugar en el mundo. En medio de aquel paisaje había un hueco para ella, la naturaleza le abría sus brazos y ella se entregaba con la inocencia ante la novedad, era la portadora de una música indefinida que empuja el movimiento de la evolución. Con mucho sigilo se acercaron e hicieron notar su presencia con el roce suave de una mano sobre su hombro; Giselle que estaba absorta en su contemplación apartó la mirada de la inmensidad y se centró en la cercanía, en los ojos cristalinos y acuosos de sus padres. La besaron y la acariciaron con la delicadeza suficiente como para no alterar la belleza que desprendía su rostro; no hubo palabras de despedida ni gestos de adiós, fueron apartándose de ella, en retroceso, sin darle la espalda, querían contemplarla en aquel contraluz y que la luz del sol marcase con fuerza su rostro y talle; las puertas no se cerraron, permanecieron abiertas y desde la entrada Giselle quedó enmarcada en un cuadro para la eternidad. El ruido del coche señaló la partida, el silencio su deglución en la distancia. Se había quedado sola, eso era la primera impresión que se podía tener, pero en realidad ella ya nunca más volvería a estar sola: tenía su música. Sería su representante en un nuevo mundo. Aquel día transcurrió carente de realidad espacial y cronológica, fue un día plano reflejado en las aguas de aquellos dos ríos Rin y Sil, Sil y Rin, Rin-Sil; Sil-Rin, Ril-Sin, Sin-Ril, fue un día plano reflejado en las aguas de aquel río SinRil. Desde aquel ventanal y con mirada penetrante trataba de bucear en las profundas aguas al encuentro de otros seres. Cuando venían a pasar unos días de asueto durante el verano, en esas noches tórridas y claras propias de la estación, donde la luna parecía aún más real y viva reflejada en las mansas aguas que en el cielo, Giselle percibía la presencia de vida humana en aquellas profundidades. De vez en cuando se desprendían destellos antinaturales parecidos a los del oro, de la luna no podían ser pues ésta sólo desprendía plata. Estas observaciones siempre las había hecho desde un punto de vista de observadora, nunca desde un punto de vista participativo, ahora todo esto había cambiado; Giselle no se conformaba con contemplar su entorno, formaba ya parte de él y lo comprendía. Se apartó del ventanal y en su silla de ruedas dio una vuelta por toda la casa, palpó muebles y objetos de decoración para afianzar la idea de que lo tocado era real y no imaginario, su nueva percepción ambiental a veces la engañaba; terminado el pequeño recorrido se acercó al reproductor de discos y puso su música a gran volumen, tan pronto como escuchó los primeros compases se tiró, se precipitó, se derrumbó, se despeñó, se arrojó al suelo. Reptó por todas las salas de la casa, subió por paredes y techo, circundó muebles y obstáculos y volvió a reptar hasta su silla. No se sentía fatigada, aquello había sido una prueba solamente. Si su movimiento cesó, la música también cesó; aquel cuerpo ya no se comprendía sin su música y aquella música ya no se comprendía sin su cuerpo. Cuerpo y música, música y cuerpo. Dualidad inseparable. El silencio se adueñó del crepúsculo, el sonido de la vegetación y de los pájaros se adormecía lentamente a medida que la noche se abría paso entre los últimos rescoldos del día. Y en silencio volvió a aquel ventanal, se centró en él, ya no permanecía a un lado semioculta por la cortina, desde cualquier punto de aquel paisaje cualquiera podía divisarla, Giselle se enfrentaba sola al mundo. Desde su silla de ruedas, su cruz hasta entonces, sintió que la acribillaba una profunda soledad tanto pretérita como futura, pero había llegado el momento de ahuyentar aquella sensación, de engañarse con que no estaba sola. Miró fijamente las aguas de sus ríos traspasándolas hasta sus profundidades y allí en el fondo, como en el fondo de su alma, contempló  “as lavandeiras” que habitaban en el río Sil lavando y puliendo pepitas de oro y en el Rin: sus hijas conservando el oro que despertaría la codicia del ser humano. ¿Qué aportaría Giselle? Su música. Al pensar en ésta, en su interior brotó una voz que cantaba retumbando en todo su cuerpo: “ Ich komme- ich komme- ich komme- ich komme- ich komme” Ya voy.https://www.youtube.com/watch?v=5GpUHfQTrRA Se miró reparando que en aquella silla de ruedas se sentaba una mujer diferente a la que hacía unos momentos ocupaba aquel lugar; su coquetería le susurró que no estaba vestida para la ocasión y se puso inmediatamente su vestido de un blanco descarado que afrentaba el negro de la noche incipiente. Se sintió hermosa, ya sólo le quedaba por poner de nuevo su música y así lo hizo; la melodía empujó la silla hasta el ventanal, contempló aquel mundo aéreo y el silencio que éste le proporcionaba, a él le entregaba sus últimas palabras en voz alta: “ Ich bin Giselle” Yo soy Giselle. Su boca quedó sellada para siempre, de ahora en adelante sus emociones las expresaría mediante el movimiento. Reptó hacia aquel mundo acuático. Reptó hacia las profundidades. Reptó hacia su propio abismo. https://www.youtube.com/watch?v=BbYlMnFgp3c&t=71