martes, 14 de octubre de 2014

NO LO SÉ

                                                                s/t. Elisa M. Queiroz


 Siempre cogía una pequeña silla plegable que había pertenecido a una de sus hijas; él y su esposa se la habían comprado como parte del mobiliario de su dormitorio; Fraialde había sido su última hija, una niña muy especial, especial en el sentido de que había venido a destiempo, sin contar con ella; sus dos primeras hijas habían nacido seguidas y ésta última con un lapso de tiempo bastante considerable con relación a sus hermanas. Había sido muy bien recibida y entre los múltiples regalos que le hicieron, sus padres habían decidido regalarle una sillita con una mesita para que jugara en un espacio habilitado en su dormitorio. Una vez que hubo crecido se retiraron todos los muebles: cama, armario, mesa de noche, y ¡ cómo no! La sillita con su mesita; aquel espacio se volvió a llenar con muebles adaptados ya a una edad mayor. Los que de allí salieron se guardaron en un trastero, excepto la sillita que el padre cogió y guardó en sitio privado. Sólo la cogía una vez al año, era en otoño, siempre en otoño, en esta estación se sentía más sensible, más receptivo consigo mismo y con su entorno; recién salido del verano y la incorporación al trabajo lo había apartado un poco de sí: los viajes en familia, el sol, la playa, el encuentro con las amistades lo habían deslumbrado; era un espejismo que desde hacía tiempo experimentaba y le hacía creer que había vivido para la calle, para el exterior, como si hubiese entregado su vida a la frivolidad perdiendo así algo de una vida interior, o riqueza interior. En parte aquel derroche, aquella entrega tenía un lado positivo: disfrutaba de su familia. El sol y el mar y sus viajes a lo largo de la costa, compendiadas todas esas experiencias en un recuerdo, le hacían llegar a la conclusión de que serían momentos irrepetibles y de que nunca más, ni en lugar ni en tiempo, aquellas vibraciones volverían a sacudirlo. El retorno al trabajo significaba asentarse, o lo que podía ser más crudo, volver a la realidad. Aunque los primeros días le costaba adaptarse de nuevo a la rutina, pronto se incorporaba a las tareas de su trabajo sin problema alguno. Tan pronto como las ínfulas del estío se habían evaporado y esto tardaba algunos meses, el concepto de hombre con los pies sobre la tierra volvía a renacer en él, dejaba de vivir de un recuerdo y su vida enfocaba sus miras hacía un futuro próximo. Un día. No era un día señalado en el calendario, marcado a propósito, a lo sumo podía estar premeditado con dos o tres días de antelación; durante aquella jornada desaparecía de su trabajo y de la vida familiar sin decir nada, sin dar explicaciones. Su esposa, que no había observado esto las primeras veces, en años sucesivos empezó a notar aquella ausencia, aunque casi inadvertida, aquellas quince horas: desde las ocho de la mañana hasta los diez de la noche. Aquello la ponía en un estado de sospecha que solamente desaparecía al verlo entrar de regreso por la puerta y darle un beso, se miraban a los ojos y ella podía ver en ellos una serenidad y un equilibrio que ahuyentaban cualquier indicio de infidelidad, devolviéndole la confianza en él. No obstante, la curiosidad la carcomía. En alguna ocasión había llamado a su trabajo en busca de averiguación, pero quien cogía el teléfono se limitaba a dar constancia de su ausencia sin más explicaciones. Lo que más la sacaba de quicio era la “ sillita” ¿ para qué diablos necesitaba él aquella “ sillita”? ¿ para sentarse en ella? La verdad es que muy cómodo no podía estar, ésta era otra de las tantas dudas que la asaltaban; el uso que hacía de una pieza de mobiliario tan funcional, si era una “ sillita “ de niños. Al no encontrar una explicación en la palabra “ sillita” encontró en ella su desahogo. Durante aquel día la curiosidad, el desasosiego, la incertidumbre machacaban la palabra hasta triturarla, su mente reaccionaba ante aquella frase: ¿ para qué diablos necesitaba él aquella “ sillita”? de una forma demoledora, porque ya no era en sí el significado propio de la frase, sino la ocultación que subyacía bajo ella ante otras preguntas tales como: ¿ y dónde estaba? ¿ qué hacía?....Podía decirse que aquella pregunta era el principio de muchas otras que, por educación y cobardía, había elegido como insignia de sus temores. Le hubiese gustado preguntar al objeto, pero como sabía que la “ sillita” no respondería, la tomaba con ésta: sillita, sichita, sishita, shichita, chishita, chichita, shishita...hasta que en su mente agotaba todas las posibles de combinaciones; llegaba al final de aquel día extenuada de darle tantas vueltas a la cabeza; la serenidad llegaba cuando llegaba su esposo, al verlo entrar por la puerta con la sillita, aquella palabra volvía a recobrar su sentido más simple… Acostumbrado ya a la rutina laboral, al día a día, a lo que era en realidad su vida, cogió un calendario y escogió un día al azar, en voz baja se dijo pasado mañana, pues pasado mañana, no había más que dudar.¿Qué significaba para él aquel día? Nunca se supo dar una respuesta, aunque se la hubiera planteado; desde hacía tiempo era como una necesidad, como la necesidad de beber un vaso de agua cuando se tiene sed y no surge ningún planteamiento a esa acción porque se considera algo innato, propio. Su comportamiento durante aquella jornada era normal: llevar aquella “ sillita” plegable era como llevar un pequeño maletín, su caminar era flexible, pero había en él la motivación de un fin, desechando lo superfluo para dirigirse inmediatamente hacia lo importante. Sería inútil cualquier juicio externo ante su actitud, cualquier explicación se descalificaría ante la virulencia de su decisión. Los preparativos de aquella jornada eran de lo más normales: se levantaba, se aseaba, se vestía, desayunaba y marchaba, rutina pura y dura solamente rota por un detalle: “ la shichita”; en su marcha, al salir de casa la llevaba, no la ocultaba, durante aquel día formaba parte de él, por decirlo de alguna manera, era como si fuera una extremidad más, ésta le iba a proporcionar una visión distinta de su realidad. Su esposa al verlo salir de casa le daba un beso sin atreverse a hacer ningún comentario; la imagen que proporcionaban su esposo y la “chichita” era impactante y patética para ella, ante el asombro se quedaba muda. Al mismo tiempo la curiosidad la carcomía. Él salía tranquilamente y se dirigía a su lugar de destino, aquel día no era su trabajo, aquel día tenía dos destinos, iba siempre caminando a ellos. Caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, a veces tropezaba, caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, si había algún charco metía el pie y chapoteaba el agua, caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, se quedaba parado, pensativo, desorientado, como no sabiendo adónde ir, pero pronto una brújula imaginaria le indicaba su norte y caminaba, caminaba, caminaba, caminaba, pasaba junto a gente y la miraba, caminaba, caminaba,  caminaba, caminaba y por fin allí estaba su primer destino: la guardería. Ya no tenía a quien llevar, sus hijas habían ido allí y pasado los primeros años de su vida en aquel centro; habían jugado y aprendido sus primeras letras, de eso hace ya tiempo, no obstante, él aún conservaba una buena relación con algunos profesores; para toda la familia habían sido unos años de felicidad, el llevarlas y traerlas junto con una participación directa en las actividades escolares hacían que se estrechasen más los vínculos familiares; la superación, el verlas crecer... cualquier cosa que se hiciese siempre iba en grado ascendente; una vez cumplida aquella etapa tuvieron que cambiar de centro y aquella fase infantil de descubrimiento y sorpresa se convirtió en una adaptación al sistema escolar con sus deberes y obligaciones, lo que hacía que aquellos primeros años se contemplasen con cierta nostalgia. Procuraba llegar recién empezada la clase, una vez que todos los niños estaban sentados en sus sillitas y a sus respectivas mesitas, él entraba en la clase en donde su hija pequeña Fraialde había estado, saludaba discretamente a la profesora, conocida de la familia por haber sido la tutora de sus hijas, abría la “ chishita” y se sentaba a una mesa como si fuera uno más de los alumnos. Había dos acciones que hacían que algo cambiase en su interior: experimentaba un reajuste en su madurez y su mundo adquiría equilibrio, aunque a veces tuviera miedo a perderlo ya que la “ chishita” no era lo bastante ancha y estable para él, desplegarla y agacharse para sentarse significaban despojarse de sus atributos de adulto; todo lo que ello conllevaba de aprendizaje positivo y negativo para la vida, y recobrar la fascinación de la inocencia, de lo nuevo que en alguna parte de su ser aún estaba latente. Al sentarse su cuerpo tenía que doblarse, sus rodillas estaban a la altura del cuerpo, sus manos tocaban con facilidad el suelo, más o menos se había nivelado con aquellos niños. Los observaba y echaba de menos su forma de mirar, de moverse, de reaccionar con sus compañeros; él permanecía inmóvil, como paralizado, temiendo perder en un despiste cualquier descubrimiento, sentía como su cuerpo se empequeñecía en solidaridad con ellos y al mismo tiempo su sensibilidad se afinaba enriqueciendo y ampliando su concepto de lo humano. Lo miraban como a un extraño al principio, pasadas dos horas estaba integrado en su mundo; se quedaba como un bobo contemplando las tareas que hacían, éstas tan secillas y originales que rompían ciertos esquemas de su mundo adulto; durante toda su estancia en la guardería no pronunció ni una palabra; él, un intruso, le parecía que si de su boca salía alguna frase podía profanar aquel universo, por eso, de vez en cuando, canturreaba muy en voz baja, como para su interior y aquello le proporcionaba armonía para estar en aquel ambiente; más de una vez se quedó pasmado de admiración ante cosas y hechos, pensaba en sus hijas a aquella edad; le sorprendió que un niño se hubiese levantado dos veces para irse a contemplar a un espejo que estaba a su misma altura; mirar fijamente su imagen reflejada en aquella superficie y volver de nuevo a su asiento junto a sus compañeros, no había pedido permiso, sintió seguramente la necesidad de verse, de constatar que era una realidad; él tampoco había pedido permiso para dejar su trabajo durante aquella jornada, sentiría seguramente la necesidad de ver, de constatar que había otra realidad, pero ésta se extendía ante sus ojos, reflejo de sí mismo. Sintió curiosidad por saber cómo se vería en aquel espejo y esperó al recreo, fue derechito hacia él y en su posición normal solamente se contemplaban sus piernas y pies; había que agacharse, su cuerpo debía perder rigidez y ponerse a la altura; se agachó y se vio, se sonrió, su sonrisa contenía mucho de comprensión y de satisfacción también. En aquella posición cantó algo en voz baja, no supo lo qué, sencillamente había sido una improvisación. Se fue al patio de recreo, de repente se le acercó un niño de la clase donde él había estado y solicitó su ayuda: que le atara los cordones de los tenis; se agachó obedientemente y se los ató, a continuación se aproximaron un segundo y un tercero con ellos arrastrando por el suelo, se los ató, y ataría un cuarto, un quinto, un sexto, un séptimo, un octavo, un noveno, un décimo, un undécimo al llegar al duodécimo se cansaría y pararía, cambiaría de posición, se arrodillaría y continuaría atando cordones de zapatos. Eternamente. Su nueva profesión. De repente alguien cogió su mano; la sorpresa le hizo descubrir a una niña que lo conducía, se dejó llevar, entregó toda su voluntad sin oponer resistencia; dieron varias vueltas por el patio de recreo sin finalidad alguna; de vez en cuando se miraban y no decían nada, habían estado caminando en círculo, no se habían mareado, habían deambulado por aquel espacio realmente corto, y él se sentía relajado, tranquilo, con la sensación de que hacía tiempo que no caminaba tan lentamente y tan sin sentido. La niña lo dejó en la mitad del patio, solo, y sintió temor, entonces la palabra “ soledad” para él adquirió un nuevo matiz, lo que podía tener de trágico era el temor y la hostilidad proveniente del mundo circundante; tanta algarabía a su alrededor: gritos, risas, agitación, le proporcionaba seguridad en el futuro. Su representación. Dio varias vueltas en círculo sobre sí mismo, mirando de arriba abajo y trazó con líneas invisibles un mundo. El tiempo de recreo había finalizado y volvieron de nuevo a clase, todos se sentaron y él también; la profesora empezó a repartir unas hojas de papel y unos lápices para iniciarse en la escritura, a él se lo había saltado, pero con un gesto de demanda, también le dio lo mismo; todos empezaron a escribir, a imitar una copia, la torpeza era evidente, miró a su alrededor y comprobó que el trazado era inseguro, el suyo también; no le importaba, lo que realmente destacaba era aquel instante, estaba asistiendo a la germinación del conocimiento. Terminada aquella tarea, pasaron a colorear una serie de dibujos que la profesora había repartido, él también quiso colorear, cada uno podía hacer como quisiera, arbitrariamente según sus gustos, había que respetar los márgenes de las figuras, sin salirse el color de ellas, ésa era una de las condiciones; empezaron y él miró tanto al niño que estaba sentado a su derecha como a la niña de su izquierda; los lápices de colores en sus manos no tenían freno y no respetaban márgenes, se dejaban llevar por la originalidad de cada uno; él, al ver aquella libertad de creación, se dejó llevar y se salió, y mezcló los colores como quiso y dio rienda suelta a aquel nervio contenido que lo había obligado, en la tarea anterior, a escribir siempre delante de un espacio entre dos líneas… Sin darse cuenta la mañana ya había transcurrido, la profesora daba por finalizada la jornada matutina e indicaba a los niños que se dirigieran al comedor; de las clases se abrieron las puertas concentrándose todos en el patio, la algarabía surgía de nuevo ante sus ojos y oídos, éstos últimos grabaron aquel sonido. Era hora de irse, su misión allí había llegado a su fin; se preguntó qué había hecho, por qué su estancia en la guardería y no pudo dar una contestación, lo que sí se encontraba era más “completo”, esa era la conclusión a la que había llegado a la hora de abandonar aquel recinto; se despidió de la profesora y en voz muy baja susurró: “ hasta el año que viene”. Emprendió camino con aquel sonido que aún conservaba en sus oídos, miró el reloj y vio que era hora de comer algo; entró en el primer autoservicio que encontró y eligió dos bocadillos, algo de dulce y una bebida, pagó y se fue a comerlos a un parque próximo, se sentó en un banco y sobre su regazo extendió una servilleta, allí efectuó la comida del mediodía. Para la estación en la que estaba, el tiempo era bastante agradable, comía tranquilamente y de repente se sobresaltó al pensar si había dejado la “ sisita” en la guardería, se tranquilizó pues ésta se hallaba a su lado, sobre el banco. Pasó parte de la tarde sentado en el parque sin hacer nada, sin pensar en nada, sencillamente vegetó, podía compararse con cualquiera de las plantas que lo rodeaban. De vez en cuando contemplaba los árboles que denotaban el otoño en sus ramas, advertía la caída de alguna hoja que muy discretamente se posaba sobre el suelo, aquel vuelo lánguido e indicador del final de su periplo. ¿Por qué no había en sus observaciones nada de poesía? En otro momento a lo mejor sí, pero aquel día no estaba para ínfulas, para adornos, las experiencias de aquella jornada eran para vivirlas simple y llanamente. La luz del día menguaba, hacía que la tarde se acortara alargando la noche, esto lo impulsó a levantarse, a tirar en una papelera los envoltorios de su comida y a coger su “ chisita”; emprendería camino hacia su nueva meta. La residencia de ancianos estaba en dirección opuesta a la guardería, pensó en el antagonismo de los dos lugares, pero esta observación pasó, en aquel momento, sin nada a destacar. Mientras caminaba acercó su mano libre a la nariz, la olió y advirtió que todavía conservaba el olor a guardería, se llenó de satisfacción. Durante el trayecto y mientras caminaba se sintió flotar, sus pies lo conducían hacia aquel destino, de hecho no tuvo que obligarse a pedir información o a orientarse para llegar a la residencia, había como una especie de atracción que le abría paso entre las calles, no había muchos transeúntes, la hora que era señalaba el comienzo de la retirada, del recogimiento; caminaba dándole cierto vaivén a  la “ sixita”, podía decirse que en algunos momentos jugaba con ella, acompañaba los movimientos con un silbido trinado, a veces se le escapaba algún saltito que disimulaba con la normalidad de un paso firme y serio. Pronto llegó allí, en la residencia también lo conocían, su madre había estado ingresada unos meses y al igual que en la guardería había dejado amistades; timbró y le abrió una de las cuidadoras, fue recibido con una sonrisa de acogida por parte de alguien que se conoce, pero que hace tiempo que no se ve y, no obstante, un buen recuerdo hace que se le abran las puertas. Al entrar captó un olor característico, no trató de calificarlo, le parecía injusto, por lo tanto aquella percepción se perdió en el olvido; había llegado justo a una hora del aseo, después de intercambiar algunas frases con la cuidadora fue conducido a una sala pequeña, casi vacía, solamente una silla y una gran palangana estaban situadas en el centro, una luz concentraba toda su potencia sobre un espacio reducido que únicamente englobaba aquel mobiliario, el resto estaba en penumbra. Cuando entró sintió como si se hubiera creado el silencio, esperó de pie contemplando aquel círculo de luz que se marcaba en el suelo, allí estaban la silla y la palangana; la cuidadora había ido a buscar a un anciano, de vuelta se lo presentó y se dieron la mano, ella había pronunciado su nombre, pero él no lo advirtió, la presencia de aquel hombre mayor anulaba la palabra porque encajaba a la perfección con el silencio ambiental. Se movía torpemente y le costaba caminar, se ayudaba de un bastón, él trató de transmitirle impulso cogiéndole de un brazo, pero la torpeza contuvo su energía y la imposibilidad se hizo evidente. Lo ayudó a sentarse exhalando un suspiro de alivio; pronto llegó la cuidadora trayendo uno toalla y agua caliente. La vertió en la palangana y pronto los dejó a solas, se situó delante del anciano, abrió su “ chillita” y se sentó; volvía a ver el mundo desde un nivel diferente de lo normal, empezó a desatarle los cordones de los zapatos, recordó los que había atado en la guardería, hubo un intento de comparación fallido, le quitó los calcetines y le remangó ligeramente los pantalones, con mucho cuidado introdujo aquellos pies dentro de la palangana y dejó que reposaran, muy lentamente levantó la cabeza y contempló aquel rostro, y después sus manos, y después sus pies, y después se imaginó su vida, y después... y después... y después... y después todo lo que podía representar aquella figura en el espacio y en el tiempo. Se miraban, pero eran  incapaces de decirse algo; la edad había deteriorado la piel y para suavizar el impacto visual de aquel rostro, tarareó algo en voz muy baja intentando, por medio de la música, armonizar facciones y existencia; la luz destacaba todas las imperfecciones sumiendo los ojos en dos profundos huecos negros en donde a ésta le estaba vetada la entrada. Sintió la necesidad de cogerle la mano, de levantarle y llevarlo con él a dar unas vueltas en círculo como había hecho aquella niña en la guardería, pero se contuvo, sabía que aquello no iba a ser posible; se limitó a lavarle los pies, no era porque los tuviera sucios, aquel gesto lo consideró como un rito, como una especie de gratitud a un hombre caído y desconocido; el agua estaba en calma, demasiado en calma y creyó oportuno para alegrar la trascendencia del momento chapotear un poco, chapoteó y salpicó también; él se había animado, pero del anciano no obtuvo ninguna respuesta, poseía el estatismo innato de su edad, sus movimientos eran obligados, siempre motivados por algo para cumplir una necesidad perentoria. Ante él y desde su posición inferior podía contemplarlo como una estatua, pero tampoco era eso, aquel anciano poseía vida, una vida calma, distinta al concepto de vitalidad que él atribuía a la existencia. Se dejó de razonamientos y se dedicó a la contemplación; por un momento fijó su mirada en él y vació su mente, de repente surgió una palabra: destino, se sobresaltó y para salir del análisis de su significado, se entregó de lleno a su tarea conduciendo su atención hacia aquellos pies. La planta estaba endurecida, se preguntó cuánto camino habían andado, por qué lugares habían pisado, en su trayecto el terreno había sido llano o pedregoso, con cuestas o pendientes... pasó sus manos por aquellos pies, sin frotar, acariciándolos con la ayuda que aportaba el agua, se sintió humilde y trató de transmitir candor a sus gestos; en el agua vio reflejada la luz, al anciano, al anciano y a sí mismo; estuvo un rato con la mirada fija sobre aquella superficie, sin moverse, pensativo, pero sin pensar, con la mente vacía en un lapso de tiempo en el que había que insertar renovados conceptos humanos. Perdió el ensimismamiento con el sonido del agua, aquel hombre había movido los pies y agitado el agua, mostraba inquietud; cogió la toalla y enjugó primeramente la planta, después los dedos terminando por secar los pies en su totalidad. Les puso los calcetines y los zapatos y ató los cordones, recordó éstos en la guardería, arrastrándose, comparación fallida; retiró la palangana y el anciano pudo poner los pies sobre tierra firme, le colocó el dobladillo de los pantalones y esperaron a que llegase la cuidadora, pronto entró, intentó retirar la palangana y la silla, pero le dijo que no se preocupase que ya se encargaría ella de hacerlo más tarde. Le ayudó a levantar a aquel hombre, se despidieron, ambos se dijeron algo, farfullaron algo sin sentido, una incoherencia que se ajustaba a lo ilógico de la situación. Él le dio las gracias a ella y en voz muy baja susurró: “ hasta el año que viene”. Los dos desaparecieron tras la puerta, una imagen vista y no vista; recorrió con la mirada todo aquel espacio donde había estado, parándose en la silla y en la palangana; cogió su “ llillita”, apagó la luz y con ella su círculo y cerró la puerta, en la oscuridad quedaba guardada su acción. Se encaminó a la salida sin hacer ruido suponiendo que muchos de sus moradores ya estaban descansando; la calle estaba vacía, se notaba el contraste de temperatura; fue caminando a casa, aunque hacía fresco, era agradable atravesar la ciudad; el hecho de caminar lo volvería a la realidad, aquel día había sido una excepción, como un punto y aparte, un día distinto y necesario, aunque a primera vista la necesidad no se veía por ninguna parte, ni a una segunda, ni a una tercera, ni a una cuarta vista; no era una necesidad externa, impuesta desde afuera, era interna, propia de él, por lo tanto un razonamiento ajeno carecía de sentido. Al entrar en el portal de su casa se despidió de aquel día; empleó el mismo saludo de despedida que había pronunciado dos veces durante aquella jornada: “ hasta el año que viene”, lo dijo en un tono de voz aún más bajo, como no queriendo remarcar lo importante y lo excepcional que poseía aquel día. Subió las escaleras a pie, había rechazado coger el ascensor, aquello le proporcionó más tiempo para reflexionar y preparar su entrada en el hogar, miró su “llisita” y comprobó que ésta estaba llegando al final de su descomposición verbal. Abrió la puerta y en una simultaneidad de acciones su esposa salió de la sala de estar, se acercó a él y lo besó, se besaron, como para aligerar su carga ella le cogió la “ s-i-l-l-i-t-a” y advirtió una desmembración en su estructura, le preguntó dónde había estado, qué había hecho y a tales cuestiones él siempre respondía sinceramente: “ no lo sé”.