miércoles, 1 de marzo de 2017

LA CATEDRAL SONORA



  
 
TM006-E. LACOMBE

 Sinfonía Nº 3 con órgano de C. Saint-Saéns


 Jugaba con los números, hacía infinidad de combinaciones, siempre resultaban cantidades exorbitantes, nunca los utilizaba de dos en dos o de tres en tres, eran cinco o seis, pero  nunca los leía como una unidad, los pronunciaba en voz baja de uno en uno como si cada cifra tuviera una característica propia, a veces, sin querer, surgían en otra lengua y trataba de vocalizar y pronunciar correctamente como si de un escolar principiante de idiomas se tratara, sin embargo, él los había oído con acentos muy diferentes y en circunstancias que nada tenían que ver con un aula. Según el resultado se sonreía, si por eso se entiende una mueca de los labios más o menos agraciada, pero fingida, o se quedaba serio, con amargura en la mirada observaba un número de cinco cifras tatuado en el antebrazo y cualquier señal de emoción humana desaparecía de todo su ser; intentar descifrar en su rostro alguna sensación era como enfrentarse ante un libro en blanco, como si de él hubiera desaparecido toda señal de conocimiento o cualquier indicio que pudiera conducir a un experto a una interpretación del sentimiento humano. Él, por supuesto, había renegado de su lengua y de cualquier otra para poder manifestarse; las palabras quedaban muy limitadas, carecían de la fuerza necesaria para expresar la magnitud de sus experiencias en el campo de concentración. Lo que allí había sucedido, ninguna lengua por muy rica en léxico que ésta fuera, alcanzaría a describir lo acontecido; por eso lo mejor era aceptar el silencio, no tratar de aclarar nada al menos verbalmente, solamente gestos, actitudes, decisiones... lo que fuera, pero todo llevado a cabo en silencio, cualquier palabra o frase aclaratoria sería estéril. Había renegado de su nombre e identidad, excepto en un momento muy puntual, en  “ese” momento, él recuperaba la dignidad perdida, en  “ese” momento él recuperaba las fuerzas para seguir existiendo, en “ese” momento él se reencarnaba en la persona que había sido y superaba las bajezas y sufrimientos que había padecido. Durante el resto del tiempo, divídase éste como se divida, él era un número, uno entre miles; un nombre y unos apellidos situaban a un individuo dentro de un contexto familiar, de un origen, en lugares en donde unos antepasados habían ido procreando llegando hasta él, entregándole el relevo y diciéndole: “a  ti te toca ahora la sucesión”. Pero todo se cortó repentinamente, de un tajo. Hubo un antes y un después, nada que ver un tiempo con el otro, nada que ver una vida con la otra, ¿había surgido un nuevo ser? No, había surgido un número, uno entre miles o millones, combinados marcaban a un individuo, más bien una ficha para ser archivada en un cajón; quizá en el fondo no era más que una cartulina con números y algunos datos que ya no tenían nada que ver con lo que él era. El mundo le molestaba, estar con gente le recordaba lo que podía haber sido y no era, su lenguaje mal ordenado le hacía daño y huía por miedo a que su sensibilidad se quebrara. Se había convertido en un hombre quebradizo cuando se sentía rodeado por seres de su misma especie, acorralado también sería una palabra que lo definiría perfectamente. En soledad se mantenía firme y hasta le quedaban fuerzas para subsistir. En sus congéneres había perdido la confianza, habían sido tantos los engaños y las vejaciones que ya no esperaba nada de nadie, además él ya no daba motivos para un acercamiento. El tajo había sido decisivo en el sentido más amplio de la palabra. ¿Cómo había ido a parar allí? Se dejó arrastrar por los acontecimientos, abrumado por haber vivido con tanta gente hacinada en los barracones del campo necesitaba sentir un espacio abierto a su alrededor, que cuando caminara no se tropezara con nadie, y si deseaba mover los brazos con libertad no encontrara barreras que se lo impidieran; en  el campo había vivido encogido, en cuclillas; el simple hecho de estar de pie, sin verse rodeado de gente le facilitaba una respiración más serena y lo alejaba de aquel tan temible agobio. ¿Por qué había ido a parar allí? Era como el resto de un naufragio, las olas lo habían depositado en una playa, para ser más exactos en aquella playa. Había llegado allí por casualidad, después de atravesar países, de recorrer las calles de sus ciudades, de caminar por carreteras y senderos en un peregrinar sin sentido, sin una meta, se paró allí; en un principio creyó que era un alto más en su huida, necesitaba caminar y caminar y caminar y caminar y caminar y caminar y ca-minar y ca-minar y ca-minar y ka-minar y ka-minar y ka-minar y minar y minar y  minar y minar un futuro, necesitaba alejarse de aquel campo de concentración; aunque sus fuerzas decayesen muchas veces, casi nunca cogía un medio de trasporte, el movimiento de sus piernas y el paso firme y adhesivo al suelo de sus pies, no exento de desgarro sobre superficies terrosas, convertían cada vez más a la lejanía en un espacio distante y minado, éste quedaba labrado sobre un suelo en el que el olvido trataba de imponer su presencia. Más tarde se dio cuenta del motivo por el cual había recalado allí, había intentado proseguir su ruta, varias veces había cogido su ligero equipaje de mano para emprender la marcha, pero algo lo retenía; sí, sí, sí, tenía equipaje de mano, una maleta de madera, pequeña, ligera, que contenía “ cosas”, algo indefinido: “algo”, un secreto, secretos y que siempre llevaba con él, si se agitaba se oían ruidos de  “cosas” que se golpeaban unas contra otras; necesitaba llevarla, contribuía a darle un aspecto de procedencia y destino, de ir de un punto a otro, procedencia: sí, ¿destino? De andar sin rumbo fijo. Y sin embargo, en el fondo sabía que su apariencia era muy distinta a su realidad, el rumbo se lo daba su día a día, el saber si podría comer o dónde podría dormir, adónde sus pasos lo encaminarían  esa jornada, de quién huiría, en dónde se escondería como actos reflejos a situaciones pasadas que todavía no asumía como irreales en su realidad. El terror aún lo poseía, por eso aquel caminar y caminar por terrenos lisos o pedregosos, era como si se fuese despojando, entre tumbos, tropezones, caídas y el volverse a levantar, de todo aquel lastre acumulado en su alma y en su cuerpo. En la marcha se maravillaba con la contemplación de los paisajes, la naturaleza se le ofrecía en todo el esplendor de las estaciones; había sido una gran acogedora, a medida que caminaba, muchas veces cabizbajo, no dejaba de contemplar los múltiples paisajes que tanto a un lado como a otro del camino se extendían; buscaba descanso a la sombra de un árbol y también cobijo, muchas veces había dormido a la intemperie teniendo como cabezal el tronco de algún árbol que se elevaba con todo su follaje hacia el lejano cielo. En el campo no había tenido tiempo de añorar la sencillez de la cotidianidad y en su caso, el trabajo exhausto y una lucha por la supervivencia hacían que los instantes de descanso y de ensoñaciones se sumieran en un sueño espeso y corto. En aquel espacio concentracionario se había consumido, menguado, empequeñecido, cualquier participio tendente a la aniquilación sería bien acogido. Necesitaba espacios abiertos; el simple hecho de caminar por rutas despobladas, rodeado de baja vegetación o de extensiones inmensas sin que ningún obstáculo entorpeciera la mirada en busca del horizonte, eso producía un enderezamiento de su cuerpo tonificando su ánimo, apartando la dejadez para otros momentos inconscientes de abandono. ¿Qué destino lo había llevado a aquella playa? ¿Qué o quién lo había encaminado hasta allí? No sabría dar una explicación, lo que sí podría decir es que cuando pisó por primera vez la arena de la playa, algo se hundió en ella, había algo de él en aquel entorno, aunque nunca estuviera allí antes, algo le resultaba conocido, familiar. Él había estado en playas anteriormente al estallido de la guerra, a su ingreso en el campo de C.(le asustaba la pronunciación completa de aquella palabra), pero todo lo anterior a..., pero todo lo anterior a..., pero todo lo anterior a aquella brecha había intentado olvidarlo, arrinconarlo en su mente, guardarlo en un cofre cerrado con llave y hundirlo en lo más profundo de la memoria. Sus familiares y amigos más allegados habían desaparecido, se habían desplomado por aquella brecha, evocarlos sería revivir una felicidad que no encajaba en su realidad, en su persona. Y sin embargo, en aquella playa había algo de su vida precedente; contempló sus huellas en la arena, la línea acuosa del horizonte y las rocas, los acantilados y las cuevas que en su base se abrían. Su primer contacto lo recordaba perfectamente: había sido en invierno, el mar estaba agitado, la marea subía ligeramente hasta que advirtió que tenía los pies mojados y fríos, fue una sensación de despertar, como si estuviera atontado y de repente una lucidez lo concitase con el pasado. Aquel frío recorrió su cuerpo y su mente, el agua que llegaba hasta sus tobillos le molestó en un principio, después le agradó, chapoteó los pies, quiso expulsar el agua de sus zapatos desgastados, pero ésta ya se salía sin mucho esfuerzo, le gustó, dejó que la marea subiese hasta sus rodillas y por supuesto, sus pantalones también se mojaron y su abrigo largo medio andrajoso también se mojó, los “secretos” de su interior también se mojaron;  huyó de la marea hacia lo alto de las rocas para estar en zona seca, pero en el fondo, en lo más profundo de su caverna interior aquello le encantó. Hacía muchísimo tiempo que no empleaba el verbo “encantar”, para él había caído en desuso, hubo momentos en que sí abundaba en su vocabulario, en el sentido más amplio del término, cuando algo le maravillaba quedaba bajo un encantamiento; en el presente todo era distinto, mejor era no entrar en él, y sin embargo, aquella mojadura de sus raíces le había encantado; en aquel momento verbalmente no lo habría manifestado, entraría en un estado de zorrería y mutismo absolutos, eso lo chinchaba. Desde las rocas fue accediendo a lo alto del acantilado y desde allí contempló el mar y su convulsión; el color natural, que sería el azul en un día de sol, le había llegado la hora a la gama de los grises; una bruma hacía que la línea del horizonte se hubiese difuminado y en planos de diferentes intensidades el gris se adueñaba de cielo y mar. Miró hacia abajo y los acantilados formaban arcos, como los de las catedrales góticas...como los de las catedrales góticas... como los de las catedrales góticas... Y aquella comparación le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó, le sonó. Miró rápidamente hacia el mar y éste sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba, sonaba y recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó, recordó y recordó su sinfonía. Quedó paralizado y en silencio, como si después de una tempestad viniese la calma, como si hubiese descubierto un secreto y alguien lo hubiese pillado con las manos en la masa. De repente supo que allí tenía que quedarse, en aquel lugar había algo que lo unía a su pasado, allí encontraba una vinculación con aquel otro yo positivo anterior al campo de C.; su pesimismo,  su autoanulación  después de las experiencias vividas parecía que quedaban relegadas ante aquella otra brecha que se abría esperanzadora o al menos que aportaba cierta luz a su mundo, que había estado sumido en tinieblas. El hecho de asentarse en aquel lugar, la decisión, no fue fácil de tomar. Después de su liberación se le había metido en la cabeza que su misión, en caso de que tuviera alguna, era caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, caminar, ca-minar, ca-minar, ca-minar, animar, animar, animar, animar ¿ a quién o a qué?...minar, minar, minar, minar sin fin. Creía que al caminar, poco a poco se iba desprendiendo de todo aquel lastre de humillaciones acumulado durante sus años de cautiverio, de igual manera el tiempo y el alejamiento del campo de C. contribuirían a la anulación de la experiencia. Allí, por un instante experimentó con aquella sensación una bocanada de aire fresco; en su ánimo hubo una ligera sacudida, recorrió con la mirada lo que le rodeaba y recordó su sinfonía, durante algún tiempo se quedaría allí: un año, dos años, tres años, cuatro años, cinco años... contó por los dedos, éstos se movían con torpeza, como entumecidos y a cada uno le asignó un año, como un niño. Tomar una decisión repentina a largo plazo le asustó, no estaba para decisiones solemnes y definitivas, sencillamente se quedaría allí durante algún tiempo who knew?. ¿Dónde viviría y de qué viviría? Había aprendido a subsistir con poca cosa, con muy poca cosa; con lo más ínfimo, casi del aire; había dormido en un camastro, en cuanto cabía el cuerpo, cualquier estiramiento era un despropósito, hacinado con cientos de cuerpos en un barracón, por lo tanto un simple cobertizo sería suficiente. Buscó por las cercanías de la playa y encontró una cabaña abandonada, la adecentó, tiró con todo lo superfluo de su interior, y la hizo habitable con poca cosa; a su alrededor había un pequeño terreno y lo convirtió en huerto, allí cultivaba verduras y poco más, solamente para cubrir las necesidades personales. Para ganar algún dinero hacía trabajos esporádicos: tanto podía ayudar a los campesinos del contorno como bajaba al pequeño puerto pesquero y echaba una mano a los pescadores; le faltaba la constancia para tener un trabajo fijo, además, éste impediría su libertad; había días que se levantaba sin ánimo, desfallecido, las fuerzas le abandonaban y era incapaz de llevar a cabo cualquier tarea física; se sentaba fuera de su cabaña y contemplaba su huerta, siempre con mirada gacha, si la marea estaba baja iba hacia la playa y allí se sentaba también con mirada gacha, como si su espíritu bajo aquellas circunstancias no le permitiera tener unas miras más amplias; quedaba pensativo observando sus manos, a veces, sus dedos tomaban posiciones verdaderamente expresivas como queriendo extraer sensaciones, distribuyendo órdenes y era entonces cuando experimentaba la necesidad de tener una rama entre sus manos, se levantaba y hacía gestos como si estuviera dirigiendo una orquesta. Recordaba su sinfonía. Recordaba su pasado. Recordaba aquel gran éxito que le abriría las puertas de todas las salas de conciertos. Esa evocación le insuflaba ganas de vivir, sabía que no era el mismo, pero aunque nada más fuera por unos instantes eso le ayudaba a seguir tirando de su existencia; después se volvía a sentar con el ánimo reconfortado y con la voluntad de reconstruir su sinfonía en la memoria. Sabía que allí no se había quedado en vano. Aquel lugar, aquella playa habían encendido una chispa y por muy pequeña que ésta fuera llevaría a algo. Con sus diversos trabajos ejercitaba las manos, las desentumecía, poco a poco iban recobrando ligereza, si bien en un principio su agarrotamiento era un símbolo externo de sufrimiento e impotencia, más tarde fueron aflojando para dar paso a  la búsqueda de su sinfonía. Mientras ayudaba a los campesinos o pescadores en sus labores se daba cuenta de que aquél no era su trabajo, había torpeza en la ejecución y alejaba esta sensación tarareando para sí algunas notas de su catedral sonora, su sinfonía. Todos sus pensamientos se centraban en el presente, nunca iban más allá del día a día, el futuro no le preocupaba, se conformaba con existir en el instante de la reflexión; del pasado para qué hablar, ni del más reciente ni del más pretérito, había borrado cualquier huella a excepción hecha de esa pequeña brecha que había surgido en la memoria y que le proporcionaba una bocanada de aire fresco a su vida. Siempre tenía algún momento al día o por la noche para pasear por la playa; desde allí contemplaba los grandes arcos formados entre las rocas que el mar había erosionado; entraba en alguna de aquellas cuevas rocosas y le gustaba su oscuridad, pero siempre mirando hacia la salida, aquel contraste de sombra y luz lo relajaba porque allá, a lo lejos, siempre veía el mar, enmarcado por la forma desigual de la entrada; entraba y salía deprisa varias veces y el contraste le parecía algo mágico: ver y no ver, luz y oscuridad y de fondo el sonido suave de la proximidad de las olas. De noche dormía mal, le era difícil conciliar el sueño y cuando lo conseguía siempre se despertaba de un sobresalto y con convulsiones; no recordaba lo que soñaba, entonces, antes de quedarse echado prefería levantarse e irse a caminar por la playa, allí a la luz de la luna si la había y si no en plena oscuridad arrastraba los pies buscando la línea divisoria entre las olas y la arena, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando, arrastrando,  arrrassssstrannnndooooooo, arrrraaaassstrannnndddooo........los pieeeeesssssss. Caminaba con los ojos cerrados, solamente lo guiaba la percepción de la planta del pie con la suavidad de la ola al extinguirse en la arena, aquella suavidad y su frío parecían amainar aquel cuerpo convulso de hacía unos momentos; después regresaba a la cabaña y se echaba en otro camastro, pero éste mucho más amplio y mullido y aunque no durmiera descansaba, descansaba de aquella fatiga crónica que había adquirido durante aquel período de internamiento en el campo de C.; ya no volvería a quedarse dormido, no pensaba en nada, y si su sinfonía surgía en su mente no era una sonrisa sino una claridad lo que iluminaba aquel rostro opaco. Poco a poco y en momentos inesperados su catedral sonora iba tomando cuerpo. Una vez que ya la había recreado en su memoria, cada movimiento aparecía intacto, no había lagunas, el primero se componía de un adagio-allegro moderato-poco adagio, el segundo de un allegro moderato-presto y el tercero de un maestoso-allegro, su sinfonía estaba completa y él se sintió completo también. Como persona lo habían aniquilado, pero aún quedaba algo de él, de aquel otro yo, por lo tanto su mente no estaba tan destruida, destrucción, destrucción, destrucción, des-truc-ción, des-truc-ción, des-truc-ción y miró su número en el antebrazo, apartó la mirada y ésta quedó suspendida en el vacío, intentó pronunciar su nombre y no pudo, lo intentó una segunda vez junto con sus apellidos y le pareció tan difícil como mover una montaña, un nudo en su garganta se lo impedía; reconoció que si algo tenía de positivo en él, al menos hasta aquel entonces, era su sinfonía. En momentos de ocio bajaba a la playa, se había hecho un bastón con una rama de árbol y aparte de servirle de apoyo, que eso era lo de menos, escribía notas sobre la arena con él, luego las borraba y volvía de nuevo; ¿por qué se encontraba tan bien allí? Aquella podía ser una playa como otra cualquiera, pero tenía algo muy especial y eran sus rocas, sus arcos, sus cuevas, en sí el entorno proporcionaba una perpendicularidad, una altura, un vértigo desde lo alto de los acantilados. Y fue una vez que hubo completado su sinfonía cuando se dio cuenta de su atracción. La situó en un momento y en un lugar. Viajó al pasado en una máquina del tiempo y recordó aquella tarde de invierno en aquella catedral: …lo esperaba un coche para llevarlo allí, tenía que dirigir la sinfonía nº3 con órgano de C. Saint-Saëns; en el último momento cambió de opinión y decidió caminar, aún era temprano, el concierto era a las ocho, hacía bastante frío y se abrigó; sabía que su interpretación sería decisiva  para su futura carrera como director de orquesta, y en el fondo no estaba nervioso como requería la ocasión, se sentía henchido de amor hacia aquella música que adoraba, se decía que nada saldría mal, y efectivamente nada salió mal, todo salió perfecto, parfait, perfect, perfekkkktttt, perfettttttoooo. Caminaba ensimismado, envuelto en un abrigo negro y sombrero, miraba a la gente irradiando amabilidad, hizo un alto y entró en una cafetería, se tomó un café con leche y eso lo reconfortó; salió, miró el reloj y comprobó que aún le quedaba tiempo, siguió caminando, en su paso por las calles más céntricas de la ciudad su atención no recaía sobre nada o nadie en particular, iba como en una nube, su mente estaba imbuida por la música que aquella noche iba a dirigir; la fachada de la catedral estaba iluminada y su interior lleno a rebosar, entró por una puerta lateral y se dirigió a la sacristía, allí se despojó de su abrigo y sombrero, recompuso el traje que parecía algo desaliñado por el peso del abrigo y esperó con los componentes de la orquesta a que fuese la hora de comenzar el concierto; hablaban entre ellos de banalidades, de todos dependía el éxito del programa, intentó entrar en la conversación, pero aquella realidad del momento parecía lejana, y su mente estaba completamente ausente; entonces decidió salir de la sacristía sin que nadie lo viera y desde un rincón oscuro echó una visual a la nave central, tanto ésta como las laterales estaban llenas público, también había mucha gente de pie; la iluminación era tenue, intimista; las vidrieras no transparentaban el día, sus colores se adormecían durante la noche. Aquella contemplación le pareció mágica y deseó ya salir, no hacer esperar más al público porque la música podía perder parte de su energía; retrocedió unos pasos y tocó la piedra de la pared, estaba helada, el contraste con las palmas de sus manos, que estaban hirviendo, hizo que entrase en contacto directo con aquel edificio; recordó el órgano y su entrada en el tercer movimiento, era la voz de la catedral bramando, inmediatamente se dio cuenta de que la catedral y él se habían unido para siempre en el tiempo. Empezaron a salir los músicos y a sentarse en sus sillas, pronto la orquesta estaba al completo con sus dos pianos y órgano. Miró hacia lo alto y el organista estaba ya en su puesto; el interior enmudeció, el silencio reinaba en el espacio y en las mentes de los oyentes, el frío que la piedra conservaba desde hacía siglos calaba los cuerpos abrigados de los allí presentes; el tiempo se paralizó, las piedras, aunque quisiesen hablar de su historia, enmudecerían a la espera de lo que iban a oír. Salió de su rincón oscuro como si se tratase de la cueva de los tiempos; el público aplaudió, pero sus ovaciones quedaban lejanas, todo su yo estaba a punto de estallar, también sabía que una vez comenzado el concierto, con la primera nota, su equilibrio estaba asegurado; ignoró todo ser viviente que le rodeaba, solamente la catedral y la música creaban un conjunto perfecto; dudó en coger la batuta, descartó la idea, sus dedos eran lo suficientemente ágiles para dirigir la sinfonía; cerró los ojos y se lanzó al vacío, al ensueño, estuvo flotando durante toda la ejecución, se transportó por el tiempo, éste, que se albergaba en aquellas naves, en los altares con su pátina de antigüedad y plegarias, lo llevó en volandas al pasado y al futuro; cuando llegó el instante de acometer el tercer movimiento, la entrada del órgano lo asentó en la tierra, sintió como si aterrizara, sus bramidos lo fijaban al suelo señalándole que aquél era su hábitat, la lucha entre órgano y orquesta dio al último “ allegro” el final esperado. A pesar del frío los cuerpos allí presentes habían entrado en calor, el comprobante del hecho fue la inmensa ovación recibida. Desde entonces su fama fue en aumento, pero pronto llegaron los años oscuros y ocurrió la hecatombe y ocurrió lo que nunca habría debido ocurrir, pero ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocurrió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió, ocur-rió el dios Ocur se rio de la humanidad. Y después de aquellos años la paz volvió, volvió a aquella playa, pero no a su alma, aún estaba herida, únicamente cuando recordaba su sinfonía, su catedral sonora, era cuando cierto equilibrio nivelaba su espíritu. Siempre le había gustado compartir sus inquietudes, ahora no tenía con quién, aquella música no podía ser sólo para él, necesitaba un público, allí no había público, pero había el mar inmenso, el inmenso mar, no tenía ni orquesta ni público, pero tenía su mente y en ella su catedral sonora reconstruida y el mar, siempre su sinfonía y el mar, y la playa, y las rocas de la playa, y la arena de la playa, y aquellos acantilados con sus arcos y altura, y sus cuevas, y el espacio; todo ayudaba a la reconstrucción sonora, a la reconstrucción de una vida partiendo de unos cimientos sólidos. La vida allí durante el tiempo transcurrido desde su llegada había sido tranquila; las experiencias vividas en el campo de C. le impedían intimar con los lugareños. La relación con ellos era cordial aunque exenta de confidencias, cuando colaboraba en algún trabajo, en las conversaciones surgidas con el trato. Él nunca entraba en ellas, procuraba mantenerse apartado de comentarios por miedo a que pudieran hacerle preguntas relacionadas con el pasado; era un hombre callado y se limitaba a cumplir con su tarea. Las remuneraciones que recibía por su labor le eran suficientes para subsistir, muchas de ellas las realizaba maquinalmente, como había hecho en el campo de C., pero sabía que aquello no era una vida,  su vida; lo que lo mantenía vivo, lo que le inyectaba ganas de continuar su existencia era aquella música, el resto era un aderezo. No siempre se sentía con fuerzas para ir a la playa y ejecutar su sinfonía, el mar también tenía que ayudar; cuando subía la marea era el momento más propicio, lo abandonaba todo, cualquier trabajo que estuviese haciendo quedaba pospuesto para otro momento, la subida de la marea era como una llamada del más allá. En la playa nunca se presentaba con la ropa que llevaba puesta, tenía que cambiarse como lo hacía y lo hizo aquella noche cuando dirigió en la catedral; no podía ir vestido de cualquier manera, entonces iba elegante, con el traje que le confería dignidad y con unos buenos zapatos negros que conjuntaban con su atuendo. Ahora se dirigía a su cabaña y abría la maleta, aquella maleta de madera, aquella maleta de madera donde guardaba “secretos”, de ella sacaba un  uniforme a rayas... o era un hábito a rayas...o era una camisa de fuerza y un pantalón a rayas... o era un sudario a rayas o una mortaja a rayas confeccionados para cubrir un cuerpo humano, de cualquier talla...o era sencillamente algo para cubrir cuerpos famélicos, desangelados, descangallados, descompuestos, des...des...des...Lo extendía sobre el camastro para estirarlo, para contemplarlo; los recuerdos acechaban y por un momento sintió como si tuviese ganas de sollozar, pero en su interior ya no le quedaba agua sobrante para despilfarrar, la restante formaba parte de su complexión física y no psíquica; se desnudaba por completo y se lo ponía, podía creerse que se encontraba incómodo con él, pues no, porque llevar aquel uniforme significaba enfrentar el horror y la belleza. Cuando era sabedor de que subía la marea cumplía ordenadamente con los ritos de vestirse, cogía una silla y se dirigía a la playa, allí la colocaba en medio y trataba de asegurarla enterrando en la arena un poco sus patas, se sentaba, alejaba sus ojos y dejaba que la mirada fuese llevada por el movimiento de las olas, a medida que se acercaban ésta era arrastrada por ellas, entonces su mente empezaba a trabajar y la sinfonía tomaba cuerpo. Cuando el agua llegaba a sus pies descalzos, entonces era el inicio, el primer movimiento con su adagio-allegro moderato-poco adagio y el segundo con su allegro moderato-presto, observaba poco a poco como el agua iba cubriendo sus pies, sus piernas ....y la música crecía en intensidad a medida que las olas helaban su cuerpo, se sentía como renovado, como si el agua lo lavase y arrastrara las impurezas dejándolo limpio; bajaba la cabeza y se miraba con la sorpresa de no reconocerse y fuera la primera vez que tenía conocimiento de sí mismo. Parecía increíble, no se movía, sólo su mente se hallaba en plena ebullición; se dejaba calar hasta los huesos, aquéllos que aún marcaban a través de la piel la hambruna padecida. El tercer movimiento lo reservaba para otra ocasión; esperaba las tormentas como agua de mayo, únicamente lo llevaba a cabo si había tempestad en el mar; tan pronto oía el primer trueno y el oleaje estaba agitado sabía que ése era el momento; repetía el mismo preámbulo: vestirse para la ocasión, esa vez no llevaba ninguna silla, iba a la lucha, con su uniforme a rayas, descalzo, dispuesto a entregarse al último movimiento. Era un gladiador, solo ante el peligro; era como si todas las energías acumuladas en su cuerpo, muchas o pocas, lucharan por la existencia, lucharan por el poder decir “aún estoy vivo”. Entonces, aquel hombre adquiría un nombreEsperante. El bramido del órgano envuelto en una gran ola lo derribó, lo arrastró hasta las rocas, se levantó y el cielo escupió rayos, Esperante escupió también, agua marina; de pie enfrentándose a las olas empezó a dar unos pasitos, titubeando, esperando a que alguna lo arrastrase de nuevo hacia atrás, eso le gustaba porque se volvería a levantar y se encararía una vez más con el océano. En su mente el tercer movimiento de su sinfonía continuaba en sincronía con el mar embravecido, el agua lo golpeaba, pero él resistía; se decía que cosas peores le habían sucedido y las había superado. Aquella vorágine de agua lo ponía a prueba, pero su instinto de supervivencia era superior a todos los océanos; hubo un momento en que fue arrastrado por las olas hasta el interior de una de las cuevas, salió triunfante, tambaleándose, eso sí. Había regresado a la oscuridad y retornaba a la luz; en medio de la playa, solo, con su uniforme a rayas parecía tan desvalido y al mismo tiempo tan desafiante. En la mente de Esperante su catedral sonora tocaba a su fin, contempló la playa y sus acantilados y en la última apoteosis musical se enfrentó a la embestida de una gran ola y dijo:”J’ai donné ici tout ce que je pouvais donner”. Aquí he dado todo lo que podía dar.