jueves, 28 de noviembre de 2024

AMAS POR LA BELLEZA...


                                                           
                                                

S/T. Maxime Frairot

 


Los turistas empezaban a llegar a la catedral gótica; se les había citado en el exterior, más concretamente en la puerta principal de la gran fachada. Iban llegando poco a poco, sin prisas, en pequeños grupos, de cuatro en cuatro, de tres en tres, de dos en dos, de uno en uno, es decir, éstos últimos: solos. No había aceleración en ser puntuales porque inconscientemente sabían que lo que iban a visitar carecía de tiempo y esa atemporalidad se despertaba en ellos por medio de un magnetismo invisible que desprendían aquellas piedras que, colocadas con maestría, se elevaban hacia el cielo absorbiendo toda una energía cronológica y atmosférica. Se les podía observar desde distintos ángulos: desde la plaza que se extendía ante la fachada principal, se les veía que acudían hacia un punto de reunión, como esos colegiales que abandonan cualquier actividad física ante el sonido del timbre que marca el final de una tarea y se les exige una formación en grupo rápida, contundente; ahora bien, hay que aclarar que rapidez y contundencia no imperaban entre los turistas, más bien era lentitud; se diría que la subrayaban arrastrando suavemente los pies sobre la piedra de la plaza y en el momento en que elevaban sus cabezas para contemplar estupefactos la magnificencia de aquel edificio que, a través de los siglos, había abatido todos los estilos arquitectónicos posteriores. Sus cabezas se echaban hacia atrás, hasta el límite en el que la nuca no cedía más, parecían soportar sobre sus frentes la altura y ese enorme esfuerzo de cientos de hombres que colaboraron sufridamente a que la tierra estuviese un poco más cerca del cielo. Pasados esos instantes de “estupefakción” y de entumecimiento del cuello, los turistas volvían a su marcha más completos, mejor dicho, más cargados. Otro ángulo privilegiado era desde lo alto de una de las torres. Contemplados desde aquella altura sus características físicas se diluían en una perpendicularidad distante, convirtiéndose en diminutos puntos movibles hacia uno más estático. La panorámica de la plaza era asombrosa y completa, se les podía observar desde la lejanía como por las calles adyacentes confluir hacia su cita, una cita con un tiempo pasado. Si se extendía  la mirada hacia el horizonte, ésta se quedaba atrapada en un mare- magnum de edificios incontrolados que impedían atisbar la más mínima línea horizontal y no permitían contemplar los límites de la ciudad. Pero la catedral gótica tenía otras perspectivas, no era necesario mirar solamente hacia abajo o hacia el horizonte, también uno era libre de mirar hacia arriba y mirando hacia arriba uno se topaba con la infinitud del cielo. La modernidad se permitía el lujo de robar espacio al terreno y delimitarlo, podía cavar hasta las entrañas de la tierra y desde allí dispararse como un cohete en forma de moles de hormigón, pero siempre se llegaría a un punto de gravedad, a un punto en el que el muelle retornaría a su matriz para adquirir de nuevo su posición primigenia. La modernidad no se atreve a robar espacio al espacio, es buena conocedora de sus limitaciones, no se apoya sobre bases etéreas, sabe que sus fundamentos se encuentran en la materialidad de las cosas. Contemplada la catedral gótica desde un plano inferior y otro superior, queda un plano intermedio que es a través de las vidrieras. Al situarse delante del gran rosetón en el exterior observando cómo los turistas llegaban, se adquiría un vértigo para querer saltar e incorporarse a ellos; se diferenciaba su físico claramente, ya no eran sólo unos puntos, éstos poseían cierto colorido y había un movimiento procedente de unas extremidades, se diría que el punto, abstracción en la distancia, había derivado hacia un realismo plástico debido a una aproximación al objeto. Era agradable verles con su lentitud, portaban una parsimonia semejante a los preparativos de una ceremonia religiosa, y en el fondo lo que aquella visita iba a ser era la ceremonia de la contemplación de un tiempo puesta de manifiesto en unas piedras sabiamente ordenadas y labradas. Situarse detrás del gran rosetón en el interior sería otro capricho, un capricho lleno de colorido debido a la gran variedad de tonalidades de color que, mediante la luz que entraba por las vidrieras, desprendían éstas. Las vidrieras eran una de las atracciones de la catedral gótica ante el gris cenizo de la piedra. Los visitantes a veces se preguntaban cómo un edificio de pilares y de construcción tan robustos dejaba perforar en sus muros unas ventanas compuestas por la fragilidad de unos cristales de color, pero el secreto de la belleza radica en su espontaneidad, así los turistas podían ser vistos bajo múltiples colores, bajo múltiples puntos abstractos o reales. Y llegaban y llegaban y llegaban y llegaban dos y llegaban cuatro y llegaba uno y llegaban cinco y llegaban tres y llegaban seis y llegaba uno y llegaban y llegaban y llegaban. La catedral gótica era su punto de encuentro. Estaba situada en el corazón de la nación, estaba situada en el corazón de un continente llamado Europa; se alzaba orgullosa y se dejaba ver desde cualquier lugar a pesar de los enormes edificios que pululaban por la ciudad; mostraba su antigüedad y nobleza adquiridas por las luchas que la habían rodeado y por los acontecimientos y ceremonias que allí adentro habían tenido lugar; era la representación de un tiempo pasado y todos los ciudadanos se sentían orgullosos de haber nacido en esa ciudad porque así demostraban que no pertenecían a una generación espontánea sino que provenían de unas ancestrales que habían colaborado en su construcción; se abría al mundo como el corazón palpitante de un continente milenario rico en sabiduría y maestro en las bellas artes; sus torres eran las más altas de su estilo, hasta tal punto que casi rozaban las nubes y podían codearse con el vuelo de los pájaros y queriendo exagerar aún más con el de los aviones, ¡ ahí queda eso! El mundo representado por sus turistas la admiraba y de esta admiración siempre surgía una unión de hermandad que se echaba de menos una vez vueltos a sus respectivos países, pero en el recuerdo quedaba aquella cita, aquellos momentos compartidos con gentes de otros lugares que en un templo y a una hora sagrada cruzaron sus destinos. Los turistas ya casi estaban al completo, aunque siempre se esperaba la llegada de un rezagado que algún despiste había demorado. La guía aún no había aparecido, pero ellos eran conscientes de que la cita era allí: en la puerta principal de la gran fachada y había que esperar. Se miraban, pero no se hablaban, había temor a expresarse en un idioma ininteligible para aquél a quien el mensaje fuese dirigido; sólo hablaban entre ellos quienes se conocían con anterioridad, es decir, los que ya venían juntos; sin embargo, en el ambiente reinaban unas ansias de acercamiento e intimidad que, dadas las circunstancias, solamente las miradas inquisitivas podían saciar; se miraban unos a otros, se clavaba la vista en los rasgos del otro, en el color del pelo y de la tez con la ilusión de adivinar la procedencia, pero siempre quedaban dudas; en lo que sí había cierta lógica era en que los rubios provenían del norte y los morenos del sur; una vez escudriñados los orígenes, se aguardaba con impaciencia la llegada de la guía, sin ella había un sensación de rebaño abandonado, de no saber si aguardar o darse media vuelta…y de repente surge el milagro: voici le guide. En los rostros aflora una sonrisa de alivio, se exhalan suspiros que ponen fin a la espera; la guía derrocha encanto y amabilidad no solamente en el rostro, su cuerpo se mueve graciosillo y posee la prestancia de un cascabel, ella transmite sus cualidades y los turistas se sienten como corderillos saltarines y amorosos. Todo el mundo queda en silencio, ya que ella empieza a hablar, da instrucciones y proyecta la voz de forma que la oigan los componentes del grupo, que cada vez se hace más “compákato” para una mejor “kapatación” de las explicaciones. Se expresa en un idioma en el que todos la entienden; parece raro, pero es cierto; parece un milagro, pero es cierto y nada mejor que éste pues es el lugar idóneo para que ocurran tales proezas; pues sí, sí, parece un milagro, pero es cierto. La gente, a primera vista, creería que iba a darse una situación babélica, a crearse un batiburrillo donde todos se volverían medio locos por entender y por hacerse entender; pues no, porque ellos entienden perfectamente a la guía y el hacerse entender aún no ha llegado, pero puede que llegue. In short, it seems a miracle, but it is true. En resumen, parece un milagro, pero es cierto. La guía encabeza el grupo, abre la puerta y entra el rebaño y con él la luz exterior que por unos instantes proyecta el rectángulo de la puerta sobre el suelo empedrado; se cierra la puerta: adiós pérfido mundo, bienvenidos al mundo del frío y del silencio; tan pronto se adentran en el recinto sagrado los cuerpos de los turistas se ven sacudidos por un escalofrío, se reajustan sus prendas de abrigo y la oscuridad despierta su espiritualidad; aquel frío y aquella oscuridad secular retroceden a cualquier ser humano en el tiempo y le hacen sentir una aproximación cronológica hacia unos semejantes que vivieron en otra época y en los cuales, a pesar del abismo temporal en hábitos de vida y evolución del pensamiento, su esencia pasada y presente permanece “intákata”. El olor es también muy característico, es el de a antigüedad; el frío allí albergado y la oscuridad que todo lo cubre traspasan las piedras y madera y de ellas se desprende lo rancio del tiempo que se extiende por los lugares más recónditos de la catedral y sólo es suavizado por el tufo a cera que desprenden los cirios, y es cuando algo arde, también algo se purifica y en este caso es el ambiente. A ambos lados laterales de la nave central se alinean pequeñas capillas que se perfilan en la densa penumbra gracias a unas cuantas velas encendidas que al desprender su luz débil y parpadeante clarean lo negro y surge un gris en el contorno de los altares. Las candelas encendidas proporcionan un ambiente espacial, una especie de cielo estrellado al nivel del visitante que se acerca a ellas y clava su mirada en señal de respuesta a una pregunta misteriosa que no ha sido formulada; si quiere las puede apagar de un soplo, pero no se extinguirían porque representan agradecimientos, deseos cumplidos, pequeñas parcelas del alma humana sin las cuales ésta no sería tal. A los santos que habitan en estos altares los protege la penumbra, sólo están visibles para aquéllos cuyos ojos pueden atravesar la barrera de la incredulidad, impulsados por la fe; para los otros, para el resto, los santos forman parte del entorno, seres de yeso o madera en actitudes patéticas o conciliadoras; también hay mujeres arrodilladas que miran hacia lo alto en busca de una telepatía entre ellas y su santo de devoción, pero la espiritualidad no reside en estas imágenes, está en el frío, en esos escalofríos que sacuden los cuerpos. Los turistas están parados a la entrada, aún no se han puesto en marcha, cada vez se agrupan más, el brusco cambio de temperatura los une aparte de que la guía se dirige a ellos en un tono de voz más bajo para no molestar a aquéllos ajenos a la visita. El recinto, por su gravedad, incita al susurro, a un fraseo hilado que suavemente entra en el oído transmitiendo al cerebro una sensación de equilibrio ambiental que desecha cualquier atonalidad. Los turistas están muy próximos unos a otros porque la guía, en su idioma inteligible para todo el mundo, comienza a explicar los orígenes de la catedral, quiénes fueron sus constructores, el tiempo empleado and so on and on and on and on and on and on and on and on and on……. Todos prestan gran interés ante la información suministrada por ella, pero cuando el bombardeo de datos y de hechos acaecidos se extralimita, hay “cabecitas” que no pueden con tanto y entonces optan por evadirse hacia otros mundos donde impera la sencillez de los sentidos; mirándoles al rostro se diría que la mayoría estaban entregados en cuerpo y mente a la historia allí contada, había otros que estaban entregados en cuerpo, pero su mente andaba a su aire; unos pocos, los menos, estaban entregados en mente, pero su cuerpo andaba libre, andaba free, andaba libre, andaba frei, andaba libero, es decir, andaba de un “liber” muy subido y había dos seres que no estaban entregados ni en cuerpo ni en mente, sencillamente estaban…sencillamente estaban solos, estaban alone, estaban seuls, estaban allein, estaban soli; estaban solos, es decir estaban de un “solus” muy subido. Aquellas dos criaturas eran: un hombre solo y una mujer sola. ¿Cuáles serían sus nombres? ¿Por qué esa urgente curiosidad de saber la identidad de alguien que está solo? ¿Falta la compañía de alguna persona a su lado para dar un punto de referencia a la especie a la cual pertenece? ¿No hay especies de un único individuo? Ellos dos pertenecen a la especie universal, lo que ocurre es que se han refugiado en sí mismos. Él era alto, moreno y llevaba puesto…mejor dicho, envolvía su cuerpo en una gabardina amplia, muy amplia y larga, muy larga que hacía resaltar una delgadez exagerada e impulsaba su altura hacia un nivel que sobrepasaba la media de los allí reunidos. Ella era alta, rubia y llevaba puesto…mejor dicho, envolvía su cuerpo en una gabardina amplia, muy amplia y larga, muy larga que hacía resaltar su delgadez exagerada e impulsaba su altura hacia un nivel que sobrepasaba la media de los allí reunidos. Detalles y observaciones sueltos a destacar: las gabardinas eran oscuras, de un gris muy oscuro casi tirando a negro, el pelo de él era muy, muy corto y el de ella era una media melena rubia. Orígenes: por el color de la tez y rasgos se diría que él provenía del sur y ella del norte. El sur: sol, claridad, calidez, alegría; el norte: escasez de sol, oscuridad, frialdad, tristeza. Dentro del grupo se situaban en lados opuestos y a veces donde cuadraba, no se conocían, pero presentían que algo en el ambiente había sacudido su soledad, tal vez aquel frío que poseía cualidades para atravesar cualquier cuerpo; de hecho, ellos dos, inconscientemente fueron los primeros en ajustarse sus prendas. Estaba visto que el frío y el silencio que se extendían por las capas superiores del templo habían contribuido a una manifestación externa de “leur solitude”, hacia una manifestación externa de “l’homme solitude” y de “la femme solitude”. El grupo marchaba lentamente, las cabezas no daban abasto en sus giros de derecha a izquierda y de arriba abajo, tan pronto se encontraban contemplando una bóveda como de repente a su derecha aparecía una tumba de un personaje destacado enterrado allí. Los cuellos ya no podían más, las vértebras cervicales, haciendo gala de amor al arte, resistían pacientemente y no acusaban fatiga alguna. “L’homme solitude” y “la femme solitude” se dejaban llevar, prestaban atención a las indicaciones de la guía, pero era una atención sin interés, desganada, anémica; en aquel dejarse arrastrar había una especie de flotación involuntaria que conducía a la dejadez, hacia un cruce de destinos que ellos ignoraban y que pronto se produciría. Los turistas proseguían haciendo de vez en cuando comentarios entre ellos siempre en voz baja, sobre todo cuando se trataba de algún caso anecdótico originado por la sorpresa. Llegaron a una zona apartada donde había varias tumbas a ras de suelo cubiertas con sus lápidas y sus respectivas inscripciones, el grupo se diseminó un poco para ver y descifrar unas letras jeroglíficas; a no ser por la ayuda de la guía y la buena voluntad de cada uno, aquello era ininteligible; todos creyeron en lo que ella les decía, pero la voluntad mantenía una interrogante no cerrando la puerta ante la duda; una vez que todo el mundo cejó en el empeño de la lectura, la guía les invitó a pisar sobre la tumbas ya que la piedra que las cubría, a no ser por las inscripciones, pertenecía más al suelo empedrado de la catedral que a un auténtico reposo eterno; como niños ante el cese de una prohibición, no dudaron en caminar sobre ellas creyendo experimentar alguna sensación nueva, algo que proviniera de aquella fosa hermética, que les sirviera de acontecimiento insólito para contar en su vida rutinaria; todos pisaron por encima agudizando las sensaciones a lo que podía acontecer, no aconteció nada; una vez superada la tentación, nadie comentó que hubiese percibido una vibración que se apartase de lo normal; el noventa y ocho por ciento de los turistas no estaban hechos para vibrar; la cotidianidad había moldeado sus mentes hasta tal punto que sus experiencias sensoriales no sobrepasaban la barrera de lo habitual, de lo anodino, del vivir por vivir. Aquello que había podido llegar a cotas de experimentación sensorial sobrehumanas se había quedado en agua de borrajas ¡¡¡aaajjj!!!. Como ha quedado claro el noventa y ocho por ciento no se había enterado de nada. Rien de rien. Na de na. Pero había un dos por ciento, “dos aguilillas” que se había enterado de todo, experimentado todo; abierta la veda, a la guía le fue imposible controlar los impulsos de los guiados a pisar, hubo que aguadar unos momentos para que se despejase la zona y el interés trasvasado a otro lugar. Aquel hombre solo y aquella mujer sola, aunque se habían adivinado, todavía no se habían encontrado frente a frente, cada uno sobre una tumba diferente, con los pies muy fijos sobre las lápidas, se cruzaron las miradas, se clavaron con la mirada y se traspasaron con la mirada; la mirada se había convertido en el testigo fiel y mudo de aquel encuentro; desde aquel reposo eterno sellado por los siglos, desde aquel silencio conservado intacto, desde aquella soledad de  muerte y desde aquel frío que la tierra mima para la germinación, aquellos dos cuerpos lejanos, apartados por una enorme distancia, existentes en un espacio distinto y convergentes en un mismo punto tremaron. El mundo propio de cada uno se desplomó y de aquella mirada punzante advirtieron que emergía uno nuevo para los dos. No se dijeron nada, nada había que decirse porque la palabra se había expresado en la mirada, tampoco se aproximaron uno a otro porque los mundos deben contemplarse a cierta distancia. Sus compañeros de visita ya se habían reagrupado para proseguir y los aguardaban sin prisa como haciendo un receso en la sucesión de descubrimientos históricos y artísticos pasados y de aquellos otros futuros que se avecinaban. Se incorporaron al grupo por separado, pero entretejidos por un fino hilo invisible y elástico que mantenía sus presencias accesibles ante el temor a una soledad molesta. El grupo emprendió la marcha encabezada por la guía, ésta seguía gesticulando y hablando en su idioma inteligible para todos, pasaron al coro y admiraron la sillería por su belleza y estado de conservación, algunos tomaron asiento para descansar, otros para comprobar si desde aquellos acomodos el mundo se veía de distinta manera llegando a la conclusión de que éste se hacía más duro. La guía seguía embalada: parole, parole, parole, parole, parole, parole hasta que exhaló las últimas palabras e hizo la promesa callada y solemne de que por un momento ella había cumplido con la historia. Enmudeció. Se tomó un respiro y dejó a los turistas a su libre albedrío pasear y contemplar el coro; sobre éste se elevaba un órgano disparando sus tubos hacia las alturas infinitas de la catedral; algunos se dieron cuenta de que eran los pulmones que exhalaban el aliento sagrado de plegarias y oraciones que allí tenían lugar; diez de entre ellos tocados por el frío espiritual empezaron a canturrear; cualquiera diría que de repente se había adueñado de ellos una locura o embrujo; pues no, la penumbra ambiental y la impregnación que poseía la madera tallada del coro por tantos siglos de cánticos impulsaban a las almas sensibles a cantar. Como el vuelo de un pájaro en un lugar cerrado se extendió el primer susurro: “Liebst du um Schönheit, o nicht mich liebe” Amas por la belleza, entonces no me ames. Esta primera frase lanzada al vacío resonó contra las carnes de los allí presentes y se quedaron helados, pero “l’homme solitude” y “la femme solitude” sintieron que se les rasgaban sus carnes y que un desmedido calor fundía sus cuerpos en uno, se miraron cada uno desde donde se encontraban y asintieron. Siguió un segundo susurro: “Liebe die Sonne, sie trägt ein goldnes Haar” Ama al sol por sus cabellos dorados; cuando ella oyó esto último llevó la mano hacia su pelo y lo acarició, lo puso en orden y advirtió que se sentía hermosa ya que nunca había observado que su media melena rubia pudiera compararse con los cabellos dorados del sol. La guía, al ver que la situación se empezaba a desfasar llamó al orden y volvió a tener reunidos a todos los turistas a su alrededor, como si fueran una familia bien avenida; Había que convencerse de que ya no lo eran; de entre ellos había surgido una pareja y, por supuesto, un coro. Los destinos de ambos eran incontrolados, impredecibles; si se dice que el amor es un pájaro rebelde que nadie puede amaestrar y que la música es la vibración del universo ¿qué se podría esperar? Una explosión: ¡¡¡bbbooommm!!!. Por mucho que se esforzase la guía, el grupo ya no era el mismo, habían surgido disidentes; no obstante, la marcha proseguía y en aquel momento todos elevaron la mirada hacia las vidrieras; habían llegado a un punto en que las divisaban al completo; el contraste entre penumbra y luz era demoledor. La catedral, por ley natural, poseía y albergaba a perpetuidad aquella penumbra que había adquirido con el tiempo, nadie ni nada podían usurpársela; el frío allí conservado gozaba de los mismos derechos ¿por qué aquella luz intensa tamizada por el color del cristal irrumpía en el oscuro sosiego de aquella morada sagrada? La belleza allí no tenía parangón: haces de luz atravesaban las naves y la admiración de los contempladores, el pasmo ante lo insólito, ante una especie de belleza que se apartaba de los cánones de lo cotidiano, hacía pensar que aquel fenómeno de contrastes poseía una espiritualidad que sólo y exclusivamente se daba entre aquellas piedras. Si bien esa penumbra representaba la noche oscura del alma, aquella luz proveniente de las alturas aportaba claridad a esa noche que ya no sería tan oscura desde entonces. Aquellos turistas llegados de todos los confines de aquel continente, sin querer, habían descubierto la belleza espiritual; en su interior sintieron como una renovación de algo indefinible y aquel día reconocieron que eran mucho mejores que el día anterior, es decir, que la víspera, es decir, que antes. En aquel punto permanecieron un buen rato tratando de grabar en la memoria todo el arco iris de colores, figuras, animales y vegetación que se dejaban transparentar con el paso de la luz; sería inútil expresarlo con palabras o gestos, hay sensaciones que no bastan con los propios sentidos aguzados a tope, hay que implicar a todo el mundo. No hubo respuesta verbal por parte de nadie a excepción del coro que susurró: “Liebst du um Jungend, o nicht mich liebe!” Amas por la juventud, entonces ¡no me ames!. El hombre y la mujer, la pareja, tremaron; se sintieron heridos en su juventud, dudaron por un momento si aquella muda atracción correspondía solamente a su edad, pero pronto cayeron en la cuenta de que el tiempo era un elemento más de aquel incipiente amor; la fuerza que trataba de unirlos se basaba en una soledad secular que arrastraba cada uno individualmente como un lastre de sus antepasados y al llegar a aquel lugar eclosionó; en su silencio tanto el hombre como la mujer reflexionaron en el hecho de que, hasta que sus miradas no se cruzaran, se creían portadores de una carga innata a una especie y que mientras no se encontraran con otro congénere para compartirla, cada uno tendría que soportarla con resignación; ellos parecían los elegidos para ayudarse recíprocamente a portar la suya propia. No se vieron, pero exhalaron un soplo de vida que el frío heló uniendo a los dos. Después de haber contemplado aquel despliegue de luz y de la exaltación de ánimos ante tanta belleza, las almas se sosegaron y encontraron su paz en unas plegarias que provenían de una capilla lateral; el grupo permanecía inmóvil y  no parecía tener ganas de proseguir su marcha, se sentía paralizado; prestaron oídos para intentar descifrar aquel idioma que no era el mismo que la guía empleaba para dirigirse a ellos, les era ininteligible y, sin embargo, había palabras que conservaban cierta similitud con el que ellos hablaban; conclusión: la catedral hablaba también, tenía su  propio lenguaje, muy personal, eso sí, el propio de sus comienzos y que apenas había evolucionado, pese a la gran afluencia de visitantes que allí entraban. La guía dio unas ligeras palmaditas para movilizar al grupo y agilizarlo de su parálisis; no se movían, habían llegado a un punto de desorientación; las palabras habían hecho mella en sus mentes; pasado y presente se entrelazaban, había algo de extraño en la comunicación oral que les dejaba levitando en un espacio atemporal. Al comprobar el estado de alelamiento en el que habían entrado, la guía dio otra vez unas palmaditas, éstas un poco más estruendosas para ver si salían de su letargo…no había manera; descartó las palmaditas y decidió entregarse de lleno a un zapateado: tacatacatacatacatááá…tacatacatacatacatááá…otra vez: tacatacatacatacatacatacatacatacatacatááááááááá´…otra vez: tacatacatacatacatacatacatacatacatacatacáááááááááááááááááááááááááááááááá…; al fin había conseguido que esa “a” larga los hiciese volver en sí. Era consciente de que el “tacataca” no había servido para nada, el secreto se encontraba en la “a” larga. Se reprochó el haber recurrido a semejante artimaña, tal vez su comportamiento no había sido el más adecuado para tan sagrado lugar, pero hay momentos en que la razón se ve cubierta por una ceguera que impide analizar los acontecimientos con la suficiente claridad, ¡quién no ha perdido alguna vez los papeles!. El coro susurró: “Liebe den Frühling der jung ist jedes Jahr!” Ama a la primavera que rejuvenece cada año. Al oír el verbo rejuvenecer, todos los turistas se pusieron en marcha, la primavera les había dado energías para continuar. La pareja que se hallaba un poco distante, sin querer, se aproximó y se unió al cortejo, casi caminaban uno junto a otro. Se acercaban al altar mayor poco a poco, poco a poco, poco a poco, peco a pocu, peco a pocu, peco a pocu, peu a pocu, peu a pocu, peu a pocu, peu à peu, peu à peu, peu à peu…y llegaron. El altar mayor se ofrecía ante sus ojos imponente, era una labor encomiable lo que allí había llevado a cabo el artista: se representaba un juicio final y la guía con todo el esmero del mundo se explayaba a sus anchas dando detalles de cómo el artista había hecho tal o cual figura relevante y lo que cada una de sus secuencias mostraba con relación al conjunto en general; después de tan detallada explicación y de haber entendido por completo su significado, sus almas se encogieron y en sus oídos retumbaba un sonido acusador de trompetas, era como si fuesen llamados a asistir a un juicio parecido e instintivamente se reagruparon para sentirse más protegidos. “L’homme solitude” y “la femme solitude” habían llegado a un punto de contigüidad, no se tocaban, los separaba un centímetro, aquella distancia era abismal, equivalía a la distancia que cada uno había recorrido desde su origen hasta aquel lugar, estaban a punto de rozarse, pero aún no había llegado el momento; se miraron y se defendieron de la amenaza de aquellas trompetas, su proximidad los protegía ante cualquier peligro y contemplaron el retablo como obra de arte libre de cualquier otro significado. Un grupo de estudiantes pululaba por allí también, atentos a las explicaciones que les daba un profesor; en sus rostros se adivinaba una ausencia mental absoluta, su presencia representaba el significado de una obligación, nada más; el interés se manifestaba en el empeño del profesor con sus explicaciones, pero éstas caían en saco roto y ellos por respeto o por miedo ante una reprimenda, no se atrevían a comunicarle que todo aquello les resbalaba y arrastraban los pies que soportaban un cuerpo cargado de una indiferencia e ignorancia absolutas. El coro se recuperó después de tan patética y apocalíptica visión y susurró: “Liebst du um Schätze, o nicht mich liebe!” Amas por tesoros, entonces no me ames. Aquel hombre y aquella mujer juguetearon con sus dedos y se tocaron, buscaban tesoros entre ellos y no los hallaron, sus dedos estaban libres de anillos o de ataduras que eran lo que podían significar; las gabardinas que cubrían sus cuerpos habían perdido ese aspecto hermético y ligeramente desabrochadas caían en perpendicular de lo alto a lo bajo de sus cuerpos dándoles un aire a dos columnas semejantes a las de la catedral; sintieron frío y tremaron, se miraron y descubrieron que “los tesoros estaban en el destello de sus ojos”…¡cursi, muy cursi! Desde el altar mayor se percibía una panorámica completa de la catedral: su altura, sus vidrieras, sus naves tan espaciosas, todo un mundo se conservaba intacto allí, un mundo ancestral completamente diferente al de donde ellos provenían; se recrearon en aquella contemplación y cada uno de los miembros de aquel grupo se apartó unos pasos de su compañero de visita, había que aislarse, refugiarse en sí mismo y reflexionar; había que comparar el mundo propio con el que allí se ofrecía y la conclusión era que nada tenía que ver uno con otro; se diría que eran opuestos; todos eran conscientes de que no podían abandonar el mundo al que pertenecían porque era abandonar su yo presente, su realidad, su justificante de existencia, y sin embargo, en el fondo anhelaban una parte de aquél en el que estaban, sobre todo, aquel frío que tan hondamente les había calado; aquel frío poseía esa espiritualidad que muchos de ellos nunca habían experimentado, algo nuevo que les hacía ver las cosas desde otra perspectiva y creaba una armonía entre el mundo externo y el propio, y todos tuvieron esa misma sensación, aunque sin confesarlo, porque sentían esa vergüenza adulta a exteriorizar los impulsos del alma. Era ridícula su actitud: se lanzaban miradas esquivas y cada uno se despistaba con un movimiento de cabeza tendente a la indiferencia, miraban para todos lados porque sabían que si fijaban sus ojos en los de cualquier compañero descubrirían sus secretos y se desnudarían ante un desconocido; se encontraban perdidos ante aquella nueva faceta y al mismo tiempo orgullosos de comprobar que eran receptivos ante los caprichos misteriosos de la existencia. De la pareja se diría que existía en un plano vegetativo, o sea, vegetaba porque tanto él como ella estaban en Babia, en Babia, en Babia, en Babia, en Babio, en Babio, en Babio, en Babio, en Bobio, en Bobio, en Bobio, en Bobio, en Bobo, en Bobo, e Bobo n, e Bobo n, e Bobo n, e Bobo n, e Bobos, Bobos, Bobos, Bobos, Bobos, en dos palabras: ¡estaban bobos! Y el coro al unísono susurró: “Liebe der Meerfrau, sie hat viel Perlen klar!” Ama a la sirena con sus muchas perlas luminosas. Todos salieron de su reflexión, todos miraron hacia atrás sin saber el motivo viéndose reflejados en un espejo imaginario, no se reconocieron en él, aunque su yo físico era el mismo, su yo interno había cambiado, su yo=hoy, era distinto de su yo=ayer. Sobre el ara del altar y sin tocar la superficie, flotaba la figura de un hombre con los brazos extendidos en forma de cruz; penetrando en su contemplación se percibía el origen del material al cual había recurrido el artista para tallar aquella imagen: sencillamente habían sido dos maderas, dos pequeños troncos, troncos procedentes de unos árboles, tal vez crecidos en un bosque y muy enraizados en la tierra; en las profundidades del subsuelo yacía el origen primario de aquel material que gracias a un don de un artista desconocido había sabiamente esculpido aquella figura: cabeza, cuerpo y extremidades inferiores eran de una misma pieza: un tronco; una rigidez grisácea era la nota predominante de aquel cuerpo o intento de cuerpo; pequeñas incisiones y angulosidades se adentraban en la madera para diferenciar las partes corpóreas de aquel “hombre palo”; de su rostro sobresalían unos enormes ojos almendrados como si quisiesen hipnotizar al mundo; en su cuerpo se insinuaban unas costillas y una pequeña hendidura en el costado derecho; las piernas y pies se dejaban caer llevados por unos dedos desproporcionados y tirantes atraídos por el peso de una perpendicularidad para mantener la rigidez y cierto toque de hieratismo; de las extremidades superiores, se disparaban dos brazos de un tronco con la clara intención de sobrepasar los límites de la cruz a la cual toda la figura estaba sujeta. Huidos de aquel juicio final la vista se posaba obligatoriamente sobre aquel “hombre palo” y surgían unas interrogantes en cuyo interior reinaba el vacío; no había palabras para rellenar aquel hueco. Se miran intentando averiguar en el rostro ajeno alguna interpretación a aquella figura y, al no hallar respuesta para esa supuesta pregunta, se encogen de hombros y ante esta contracción automáticamente sus brazos se van elevando adquiriendo forma de cruz; se vuelven a mirar ante la reacción asombrosa que ha tomado su cuerpo y acto seguido clavan sus ojos en el “hombre palo”. Él está clavado. No habla. No emite palabras. Su mirada hipnotiza al mundo. ¿Por qué ellos están con los brazos extendidos en forma de cruz? Todos han sido empujados por una mano oculta a un cruce de caminos, han portado una cruz invisible a lo largo del tiempo y ahora se han manifestado en la extensión de sus brazos; procedentes de diferentes lugares de aquel continente han cruzado sus destinos allí; debajo de sus pies también existe una gran cruz: la planta de la catedral aún conserva cierto trazado primitivo y todos se encuentran ante aquel “hombre-palo-cruz” ante aquel “ser-materia-forma”. “L’homme solitude” y “la femme solitude”, de repente, y sin querer porque los impulsos humanos desechan los razonamientos, se encontraron frente a frente ante el “hombre palo” con los brazos en forma de cruz como él. Ellos una vez que lo hubieron contemplado y fijado sus ojos en los de él, deslizaron la mirada hacia su costado derecho y movidos por un resorte se dieron media vuelta y se situaron uno frente a otro, con sus brazos en cruz, se aproximaron paso a paso clavándose la mirada, atravesándose el costado con el deseo, saciando su sed de soledad, temblando ante el frío espiritual y sus brazos perdieron rigidez moldeándose para dar un abrazo eterno. Se abrazaron. Comprobaron que encajaban y reconocieron que eran dos piezas de un rompecabezas de un universo infinito, dos palos flotando en un espacio que por una fuerza desconocida se habían cruzado en un camino solitario procedente de la nada y que conducía hacia la nada. Escudriñaron sus respectivos rostros para aprenderse de memoria, para no olvidarse, para amarse en la distancia y al pensar en ésta se besaron y no se dijeron nada, pero el beso contenía palabras de amor y exclamó: “Liebst du um Liebe, o ja mich liebe!” “Liebe mich immer, dich lieb’ ich immer, immerdar!” Amas por amor, entonces ¡ámame! Ámame siempre, pues yo te amaré por toda la eternidad. Había terminado la visita, el destino había cumplido su capricho y con el mismo interés que había promovido aquel encuentro, con el mismo interés lo había desconvocado. Los turistas sabían que había llegado la hora de regresar a sus países de origen; se despidieron de la guía y a continuación cada uno hizo una sinopsis de lo que había vivido: para el recuerdo la catedral y todo su potencial interno, el encuentro con aquellas otras gentes procedentes de aquel continente llamado Europa; para la vista, gusto, olfato y tacto el abrazo y el beso de “l’homme solitude” y de “la femme solitude” y para el oído el susurro del coro. La pareja se dio la mano y se dirigió hasta la salida de la catedral seguida por sus compañeros de visita, una vez en la puerta ambos se despidieron levantando los brazos en forma de cruz y susurrando:

(16) Mahler - Liebst du um Schönheit - YouTube

Liebst du um Schönheit, o nicht mich liebe!

Liebe die Sonne, sie trägt ein goldnes Haar!

Liebst du um Jugend, o nicht mich liebe!

Liebe den Frühling, der jung ist jedes Jahr!

Liebst du um Schätze, o nicht mich liebe!

Liebe der Meerfrau, sie hat viel Perlen klar!

Liebst du um Liebe, o ja mich liebe!

Liebe mich immer, dich lieb’ ich immer, immerdar!

 

Amas por la belleza, entonces ¡no me ames!

Ama al sol con sus cabellos dorados.

Amas por la juventud, entonces ¡no me ames!

Ama a la primavera que rejuvenece cada año.

Amas por tesoros, entonces ¡no me ames!

Ama a la sirena con sus muchas perlas luminosas.

Amas por amor, entonces ¡ámame!

Ámame siempre, pues yo te amaré por toda la eternidad.

 

                               Liebst du um Schönheit

                               Friedrich Rückert-G. Mahler.

 

lunes, 18 de marzo de 2024

VIVO EN MI CANCIÓN




 Cuadros:

“Autorretrato” (1628), Rembrandt van Rjin.

“Desnudo de hombre sentado” (autorretrato), Egon Schiele.

“Cristo muerto sostenido por un ángel”, Antonello de Messina.


Hiob 49-Stephan R. Warnemünde

 

Ich bin der Welt abhanden gekommen, estoy perdido para el mundo, lo he abandonado por voluntad propia, nadie me ha obligado a tomar esta decisión; hacía mucho tiempo que mi mente maquinaba esta desvinculación, pero eran tantos los impedimentos que me sujetaban a mi vida anterior que llegó un momento en el que me dije: hasta aquí llegué; al principio, cuando la idea estaba en ciernes y siempre muy bien acogida desde sus orígenes, temía a no atreverme a dar el paso definitivo hacia una ruptura; me veía muy vinculado a mi mundo, a desdeñar todo aquello que con tanto esfuerzo me había costado sudor y lágrimas; había creado todo un imperio industrial al cual me agarraba porque al tenerlo entre mis manos, al poderlo manejar, el sentido de posesión enardecía mi orgullo, por eso había que tomar con cautela aquella idea, sopesarla, no fuera a ser un desacierto caprichoso que más tarde tuviera que lamentar; desde un principio en mi fuero de la conciencia sabía que no iba a errar, no obstante me di algún tiempo para que éste tanteara tal decisión; a decir verdad fue de lo más sencillo dar el paso, además, me quedé tan pancho. Mi vida anterior se había complicado hasta tal extremo que mis resoluciones no sólo dependían de mí sino de un gran número de consejeros, organismos, técnicas de marketing, modernidades que se me escapaban de las manos y de la mente, aparte de la edad, ya no me veía capacitado para dirigir el tinglado que, sin querer, había surgido de una pequeña industria sin ánimo de grandes expectativas hasta convertirse en la mastodóntica maraña industrial que es hoy en día; se lo he dejado todo a mis hijos, ellos son los que se encargan de dirigirla y por lo que observo lo están haciendo bien, diría que muy bien. Yo soy un hombre de origen humilde, no me las doy de víctima, pero es verdad; de pequeño tuve una preparación muy elemental, tampoco fui un buen alumno, los estudios que adquirí fueron a base de renquear con la mayor parte de las asignaturas en las que, a no ser por el empuje de mis padres, no habría logrado ni un mínimo nivel aceptable. En una palabra: no estaba hecho para los libros, sino para el trabajo; mis hermanos y yo (éramos cuatro varones) salimos adelante gracias a una entrega encomiable por parte de padre y madre, si bien en nuestra familia la economía siempre se mantenía en mínimos, el espíritu de superación sobresalía ante cualquier iniciativa de prosperidad; ninguno de los cuatro hermanos logramos estudios universitarios, el trabajo era nuestra esperanza de vida y con gran tesón todos nos hicimos un hueco en una sociedad exigente que demandaba sacrificio sobre todo para aquél que partía de cero…Ahora que lo pienso el cero nunca me ha abandonado: partí de cero y al cero me dirijo, lo llevo conmigo desde el principio hasta el final, ¿cero con “c” o con “z”? Ahora que lo pronuncio me suena a nota, no a una nota musical, era a la nota escolar que un profesor de matemáticas me concedía en mi época infantil ante el rotundo fracaso de un examen; en voz alta leía las calificaciones: primero era el nombre del alumno, había un silencio y a continuación envuelto en rabia escupía un número: “cero”, nunca lo admití con “c”, siempre pensé que me merecía un cero, pero con “z”:”zero”; ¡cuántos números, cifras millonarias no habré ocasionado con mi entramado industrial!; mis aspiraciones nunca habían sido exorbitantes, quería abrirme camino en la vida creando una empresa familiar para poder llevar una existencia digna tanto para mí como para mi familia, pero no sé cómo el destino o la suerte, tal vez, se extralimitaron conmigo llegando a alcanzar cotas insospechadas de poder y riqueza que en ningún momento tenían hueco en mi mente; en los escasos instantes que mi vida tan atareada concedía a la reflexión, yo mismo me asustaba del potencial adquisitivo que había logrado, rodeándome de un mundo que me parecía impropio de un ser humano debido al exceso, llegando a veces al agobio y al asqueamiento, pero nunca dije nada a mi entorno: veía a mi esposa e hijos contentos, pues a callar, a callar, a callar, a callar…y de tanto callar se fue enquistando una obsesión declinante, de abandono, de saber con certeza que llegaría un día en que pronunciaría unas palabras mágicas: “ ahí os queda todo”, pero ese día aún no estaba fijado, la edad y la experiencia lo marcarían con sencillez, sin pompa, y así es como fue. Mit der ich sonst viele Zeit verdorben, en el que sin embargo malgasté mucho tiempo. No sé por qué le estoy hablando a esta grabadora desde hace un momento, hace tiempo que no hablo, aunque haya abandonado el mundo eso no significa que no desee hablar; ya me he acostumbrado a estar en silencio, ya no me va el hablar por hablar, el hablar para dar órdenes, para dirigir; sin querer y a medida que iba entrando en años he ido cediendo en el cargo de presidente y dando paso a mis hijos que son ahora quienes manejan “el imperio”, me he ido quedando callado porque ya advertía que mi voz, que proyectaba mis ideas, carecía del potencial, del arranque que en un principio poseía, me daba cuenta de que debía transferir a otras voces la mía y casi no hablaba porque no tenía interlocutor; ahora estoy en situación parecida, de esta grabadora sé que no voy a obtener ninguna oposición ante los pareceres que yo exprese; como buena máquina, fiel a los dictámenes de su diseñador, conservará mi habla y en ésta mis últimas palabras, mis sentimientos y ¡cómo no! mi canción. Otra de las grandes sorpresas que me ha dado la vida ahora es la afición a cantar, jamás en mis largos años de existencia había experimentado tal necesidad, porque es una necesidad; supe y sé que siempre he cantado terriblemente mal y lo sigo haciendo, pero me da igual, soy consciente de que  me sienta bien, me tranquiliza; el cantar equilibra mi mundo pasado, presente y futuro: amaina el ímpetu de mi juventud si algo queda, la realidad se muestra tal como es y cubrirá unas carencias futuras propias de la edad avanzada. No me importa si alguien escucha esta grabación en algún tiempo posterior, simplemente estoy hablando y acreditando un momento actual y real de mi vida, no es una confesión tampoco, sencillamente hablo de mí  en mi presente realidad… Vivo en esta pequeña casa rodeada de bosques, la compré hace mucho tiempo cuando aquel hombre emprendedor que yo fui empezaba a adquirir ganancias con sus primeros éxitos empresariales, esto fue mucho antes de que todo se desbocara, mi esposa y yo la habíamos comprado con la idea de pasar fines de semana o algunos días de asueto con nuestros hijos, pero ni la pisamos, surgió la marabunta, aquel emprendedor que se conformaba con la sencillez de logros insignificantes se vio arrastrado por un tinglado empresarial que crecía como la espuma, las pequeñas ilusiones se magnificaron y su esencia primigenia quedó relegada al olvido…Echo tanto de menos a mi esposa Guisande. Estuve tan enamorado de ella y lo sigo estando a pesar de su ausencia. Su fallecimiento hace cinco años me dejo extraviado, con un enorme vacío, ya que lo llenaba todo, su sensibilidad era tan exquisita que aquello que tocaba o decía lo insuflaba con su impronta tan personal, algo muy innato en ella; durante estos cinco años he pensado mucho en nuestra relación; en mis años mozos reconozco que fui un poco cabra loca y algo picaflor, contemplaba la vida en toda su amplitud y esa euforia juvenil y vital me incitaba a poder abarcarlo todo, a desearlo todo e ignoraba lo que era la renuncia; durante este tiempo su ausencia me ha convertido en un hombre más reflexivo y su añoranza no ha sido tan dolorosa porque he aprendido a valorar todo lo que Guisande me aportó; últimamente hay un verbo que asedia mi mente, que surge cuando evoco su recuerdo y es el verbo “pulir”, reconozco que ella me pulió, pulió a aquel hombre que estaba hecho para el trabajo, para lo material, que ignoraba que detrás de toda superficie hay una esencia espiritual que hay que sacar a la luz; a no ser por su sensibilidad seguiría siendo un pobre hombre rico y me habría perdido el gran descubrimiento que enardece el espíritu humano: el arte. Guisande fue la que creó nuestra colección de arte, ni por asomo se me habría ocurrido convertirme en coleccionista, pero el dinero abundaba, había que invertirlo, aunque no creo que éste fuera el móvil principal; era su naturaleza lo que la empujaba a rodearse de lo bello, su sensibilidad se proyectaba hacia un equilibrio con la belleza impuesta por unos cánones sin rechazar el lado oscuro que ésta pueda manifestar; era muy consciente de la época que le había tocado vivir, si al principio nuestras adquisiciones se basaban en obras clásicas, pronto se vieron alteradas con pintura moderna; sabía que eran tiempos convulsos, por lo tanto el arte estaba con ellos, necesitaba adquirir algunas de aquellas pinturas que atestiguasen momentos en los que ella había estado presente, su esfuerzo por mantener en la colección una estética externa sin menospreciar los atrevimientos del arte moderno era muy laudable. Sie hat so lange nichts von mir vernommen, sie mag wohl glauben, ich sei gestorben! ¡Hace tanto que no se habla de mí, que bien puede parecer que estoy muerto!. ¿Cómo descubrí mi canción? Indudablemente a no ser por Guisande, yo, por  mis conocimientos personales me habría sido imposible; hace tiempo vino a buscarme a mis “cuarteles generales” y me dijo que la acompañara, no insinuó el motivo, estaba muy ocupado, pero me lo pidió de tal forma que no pude negarme, delegué en otros mis tareas y  me fui con ella; era una noche de invierno y a pesar del frío fuimos caminando, ambos íbamos muy abrigados y sin embargo sentí la necesidad de cogerla del brazo, de atraerla hacia mí y de formar una única unidad corpórea; durante el trayecto ni por un momento me cuestioné dónde se hallaba nuestra meta, tampoco nos hablamos, rodeados por aquel aire gélido nos mirábamos y sentí que me daba lo mismo el fin que nos aguardaba porque con ella me iría al fin del mundo, ya no era aquel superhombre que los demás veían en mí, era un simple hombre en el que afloraban unos sentimientos de lo más sencillo y conducidos por ella me llenaban de felicidad; y llegamos donde teníamos que llegar, donde Guisande quería llegar, adonde yo no sabía llegar: una sala de conciertos; me dejé llevar por ella porque desconocía el protocolo de un lugar frecuentado por las emociones; mi mundo, o al menos eso era lo que creía, pertenecía a lo material, a lo tangible; las emociones pululaban por un plano superior al cual solamente unos cuantos privilegiados tenían acceso, yo me excluía de ellos y era por ignorancia porque a la larga y gracias a Guisande, descubrí que también tenía un hueco, que detrás de una fachada de prepotencia existía una sensibilidad capaz de experimentar alteraciones anímicas y espirituales innatas en todo ser humano; dejamos nuestros abrigos en el guardarropa, nos entregaron unos programas de mano y tomamos asiento, la sala estaba abarrotada de público, me encontraba como un pez fuera del agua, pero llegó un momento en que sólo tenía ojos para Guisande y el escenario; de repente todo lo que me rodeaba pasó a un segundo plano y la música comenzó; he de decir que al principio me costó mucho entrar en aquel mundo de armonías, me encontraba perdido entre aquellas sonoridades a las que no estaba acostumbrado; a medida que la música seguía su curso me di cuenta de que aquello era otro mundo, el programa que estaban interpretando me era desconocido, eran canciones ejecutadas por un cantante acompañado de orquesta; no era muy entendido, pero lo que allí se interpretaba me llegaba al corazón; no sé lo que me pasó con una de aquellas canciones que me quedé paralizado, me sorprendió de tal manera que era como si llegase a descubrir algo que llevaba tiempo buscando, me sentí desorientado y alcancé la mano de Guisande, estaba como hipnotizada con aquella música, me miró y me sonrió y en su rostro leí una confirmación como diciéndome: aquí tienes tu canción; acepté la idea rápidamente por su brillantez y mi instinto de posesión se agazapó sobre ella, pero al mismo tiempo algo en mi interior me retuvo convenciéndome de que no estaba en mi mundo material donde todo se compra y todo se vende, tendría que conformarme con escucharla y sobre todo con sentirla; desde aquel entonces ha permanecido callada, a la espera de que yo pudiera prestarle atención, de tener el tiempo suficiente para entregarme a ella y ahora, mi momento actual es el idóneo para disfrutarla…sigo preguntándome por qué le hablo a esta grabadora, tal vez porque motiva mi discurso, mi monólogo ¡quién me iba a decir que terminaría hablando solo! ¡Quién me iba a decir que terminaría viviendo solo sin estar rodeado por una corte de aduladores pululando por mi entorno casi las veinticuatro horas del día! ¡Quién me iba a decir que después de haber amasado una fortuna me iba a quedar únicamente con una canción y tres cuadros! ¡Quién me iba a decir que después de vivir en mansiones mi refugio, mi mirada, iba a ser esta pequeña casa rodeada de bosques adquirida por unas ganancias en ciernes que apenas pude disfrutar y que es ahora en mi madurez, más bien diría en mi vejez, cuando le saco partido! ¡Quién  me iba a decir que quedé del asfalto hasta la coronilla y que ahora me paseo por estos bosques como Perico por su casa gozando de la naturaleza durante las diferentes estaciones del año!. Ahora tengo tiempo para todo, no hago grandes cosas, pero me doy cuenta de que soy muy receptivo con los pequeños instantes del día, soy muy consciente de ellos, los saboreo y encuentro que hay vida, que mi vida no sólo estaba formada por la toma de grandes decisiones que, con sus preocupaciones, me alejaban de una pausada reflexión; creo que el auténtico yo se encuentra en mi primera etapa de vida, es decir, mi infancia y mi juventud, porque actuaba tal y como era: no tenía nada que perder, y ahora, porque no tengo nada que ganar, enfoco mi vida y puedo hablar de ella con toda claridad, con la objetividad que me proporciona el tiempo y al no haber intereses de por medio: al pan, pan y al vino, vino; y hablando de vino me apetece una copa, se me seca la boca y es de hablar ¡ojalá lo compartiera con alguien! Aunque siempre puedo brindar por la salud de un futuro oyente; mi otra etapa, la de madurez, la del desenfreno, la del enriquecimiento, la del poderío, la del pudrimiento también…la del pudrerío…creo que me estoy inventando esta palabra, ¿irán ligados ambos conceptos? En muchos casos sí, pero prefiero callarme, pues esa etapa, que ha ocupado la mayor parte de mi existencia, la considero como la del fingimiento, la de la anulación del ser humano en aras del éxito, arrasando con todo lo que se interponía, ciego por llegar a la meta y saciar una sed en un desierto al cual había sido convocado y sin saber quién me había reclamado, ¿mi destino? Quizá; contemplando ese pasado reciente y desde la serenidad que ahora poseo, reconozco que he cometido errores que debería haber enmendado en su momento, que ahora ya no hay remedio, sólo puedo mirar hacia atrás con cierto arrepentimiento, pero sin la efectividad que éste habría causado entonces; a mis hijos les deseo lo mejor, espero que hayan aprendido de los fallos de su padre, en sus manos deposité todo mi “imperio”, que sepan gestionarlo en un mundo tan convulso y que un rayo de humanidad destelle siempre en sus decisiones, se lo dice su padre desde la distancia, desde la experiencia y que si zozobran en algún momento, mantengan el equilibrio y si no es posible, la caída también va implícita en la dignidad humana. Es ist mir auch gar nichts daran gelegen, ob sie mich für gestorben hält, no me importa mucho si paso por muerto; la muerte no me preocupa, es cierto que en algún momento la temía porque creía que todavía no había cumplido con las expectativas de vida que me había marcado; cuando a veces me asedian los miedos, por mucho que me envalentone y convencido de que los había superado, sucumbo ante ellos convirtiéndome en un ser muy frágil y recurro rápidamente a mi canción, me voy a mi dormitorio y contemplo mi “ Cristo muerto” que está situado a los pies de mi cama, canto en voz muy baja y vuelvo la mirada hacia la cabecera donde se encuentra mi “autorretrato” de cuando era joven, poco a poco mi mundo interior se va recomponiendo: con mi pasado a la cabecera, mi yo presente reparándose y mi futuro a los pies, es una conjunción contemplativa de toda una vida armonizada por el susurro de mi canción. Ahora que ha pasado el tiempo reconozco la deuda enorme que tengo aún pendiente con Guisande, ahora me doy cuenta de que me ha dejado preparado para mi limitado futuro, para vivir en soledad, para no sentirme solo acompañado por sus aportaciones espirituales: su amor por la música, por el arte…creo que sentía amor por todo aquello que ennobleciera a cualquier ser cediéndolo desinteresadamente para que los demás pudieran también disfrutar y al mismo tiempo compartir con ella esas elevadas emociones que en común se sienten. Cuando tomé la decisión de abandonar mi mundo, fue una decisión en el sentido más amplio de la palabra, no sólo abandonaba lugares, amistades, costumbres…sino también mis posesiones más materiales y monetarias, ésas de las que el ser humano no se desprende ni hasta en el mismísimo lecho de muerte; cuando dije: “ahí os queda todo” es que allí quedaba todo, bueno, con una pequeña excepción que era mínima ante el enorme capital acumulado; de lo inmaterial me traje mi canción y de lo material tres cuadros pertenecientes a la colección de pintura que Guisande tan inteligentemente había creado y me los traje para esta casa, convivo con ellos, me hacen compañía y en ellos está plasmada en pintura mi biografía; alguien en algún momento me había insinuado y animado a que escribiera mi autobiografía: la vida de un hombre surgido de la nada; ni ayudado ni por propia iniciativa se me hubiese ocurrido plasmar por escrito mi existencia, nunca fui un hombre de letras por lo tanto: zapatero a tus zapatos; yo nunca adquirí esas pinturas, fue ella, Guisande, la encargada de incorporarlas a la colección, fueron de su gusto y del mío también, por qué negarlo, pero nunca encontré un paralelismo entre las tres hasta muy tarde, a medida que pasaba el tiempo había como una narración secreta entre ellas que podría dar paso a la descripción de una vida, de mi vida; a fuerza de contemplarlas en mis escasos ratos de ocio, empezó a existir una identificación subliminal en un principio que poco a poco se fue convirtiendo en un reconocimiento patente de mi persona en aquellas imágenes; por instinto surgió en mí el afán de posesión, pero ya las poseía; pronto reconocí aquel impulso, el mismo que había experimentado en su momento con mi canción y humildemente admití que el secreto no radicaba en la posesión sino en la contemplación; a medida que aquella idea de abandonarlo todo se afianzaba en mi mente, aquellas pinturas, no sé cómo, adquirieron ya un sentido narrativo en el cual mi vida se plasmaba en imágenes y no en palabras, ¡qué mejor síntesis de mi vida que aquellos cuadros!; sobre esto nunca manifesté mi parecer personal, era tan íntimo que no me pareció oportuno darlo a conocer, aunque Guisande sospechaba algo, lo sé, y sin embargo, un profundo silencio cubrió mi particular explicación sobre la simbiosis de aquellas imágenes…esta grabadora es la que desvelará el misterio, si lo hay, a alguien que sienta curiosidad; y hay un tercer cuadro que está colgado en la sala, es más grande y también el más impactante: es el desnudo de un hombre sentado, el que yo sitúo en el periodo intermedio de mi vida, digamos el que representa mi vida activa, productiva, laboral y…enloquecida; ese cuerpo febril, ese ardor por salirse del cuadro y asir los placeres terrenales, comerse el mundo, abrazándolos, ocultando el rostro porque no es necesario mostrarlo debido a la ceguera, solamente basta el cuerpo de líneas cortantes para resquebrajar espacios, para abrirse camino ante las dificultades…así me vi yo y me veo en mi época de esplendor…un hombre de pretensiones muy normales arrastrado por un torbellino de circunstancias favorables a una cima inesperada para mí. No echo de menos mi vida anterior después de haberme despojado de tanta inutilidad, me siento liberado y aliviado de una carga cuyo sobrepeso ya a mi edad no soportaba, ¿qué hago ahora? Pues una vez pasadas las prisas, los agobios, los insomnios causados por las responsabilidades…prácticamente puedo decir que no hago nada, nada de lo que hacía con anterioridad, nada lucrativo de donde se sacara una productividad económica, ahora me dedico a la reflexión, a la contemplación, a analizar lo que antes no podía por falta de tiempo o por falta de ganas debido al agotamiento; creo que es un lujo, aunque alguien piense que es una pérdida de tiempo, ¡allá cada cual! , por primera vez tengo la oportunidad de darme cuenta de que vivo, de disfrutar de mis escasas posesiones y de mis múltiples reflexiones y observaciones. Cuando paseo por estos bosques contemplo la cambiante naturaleza con el paso de las estaciones, y canto, y canto  mi canción en voz muy baja, no quiero molestar el gorjeo de los pájaros ni el roce de las hojas agitadas por un aire ligero, ¡hay tanta sutileza en esos sonidos! Y entre ellos también incluyo mi canción; me siento bien en este entorno y sobre todo paz y silencio, de los que siempre anduve escaso durante parte de mi vida; hoy en día, ésta se encuentra llena de rutina, lo sé, pero al menos noto que respiro, que dispongo de tiempo para valorar una existencia que daba por asumida y no requería atención; cuando camino capto el crujir de las hojas secas bajo mis pies que mullen mis pasos, palpo los troncos de los árboles que encuentro en mis caminatas y en ellos su rugosidad, su aspereza o la etérea suavidad que me transmiten…y así me eternizaría contando mis pequeños descubrimientos que para mí tienen tanta importancia como cualquier logro de mi etapa anterior. Nunca olvidaré el día en el que reuní a mis hijos para darles la gran noticia: “ahí os queda todo”, el silencio se tiñó de sorpresa, sus rostros quedaron perplejos y hubo un rápido intento para que sopesara mi decisión, pero en seguida observaron en mi rostro que no iba a revocar; una vez asumida la noticia, les comuniqué que lo único que me iba a llevar eran tres cuadros, no se opusieron en absoluto, de hecho ellos se ofrecieron a su transporte y aquí me los trajeron. Ich kann auch gar nichts sagen dagegen, denn wirklich bin ich gestorben, gestorben der Welt, de ningún modo puedo además decir nada en contra, pues realmente estoy muerto para el mundo. Los coloqué instintivamente, después observé que estaban en el lugar idóneo: el pequeño autorretrato que me mira desde la cabecera de la cama está en penumbra, pero esa mancha de luz que destaca en parte de su mejilla y cuello es como el inicio del alba que más tarde iluminará todo el rostro con su claridad dejando atrás una juventud que despuntará hacia la madurez; lo contemplo y me contempla y casi no me reconozco porque ha transcurrido tanto tiempo que éste parece haber difuminado un pasado remoto que, sin embargo, aunque parezca mentira, permanece en mí; aún conservo algo de aquel joven que se interesa por la vida, por conocer, por descubrir aspectos de una existencia en donde la curiosidad se encuentra a sus anchas, si bien con cierto sosiego y con las pautas que impone la edad adulta; y a los pies de mi cama cuelga ese Cristo muerto, augura un futuro en el cual nunca había pensado detenidamente, me parecía lejano debido a la vida tan atareada que había llevado, ni un momento de reflexión dedicado a un final que portaba conmigo desde mi nacimiento; cuando despierto contemplo ambas pinturas e ingenuamente pienso que forman parte de mi cabeza y pies, me levanto y me dirijo a la sala y allí cuelga el otro cuadro, la parte que faltaba para contemplar mi rompecabezas y de esa situación siempre surgen unas preguntas: ¿por qué a veces me siento tan simple y otras tan complicado? ¿por qué a veces me siento tan quebradizo y otras tan, tan, tan…robustecido? ¿qué me ha enseñado la vida? ¿a cantar, tal vez? Ojalá, canto mi canción y hasta para eso lo hago mal; tengo la sensación de que nunca he aprendido nada correctamente, perfectamente, de que el azar ha movido mi vida a su capricho y cuando ponía empeño en conseguir cierta perfección, éste me sacudía y me apartaba de mis buenas intenciones; en fin, canto lo mejor que puedo, que para mí en este campo ya es un auténtico logro, canto para mis adentros y si me siento inspirado, cuando paseo por los bosques, también animo el ambiente, aporto mi granito de arena, claro está, no me puedo comparar con el canto de los pájaros…y un secreto, cuando estoy tan motivado, hasta me abrazo a los árboles porque necesito abrazarlos, porque necesito abrazar a alguien, porque a quien abrazaba ya no está, porque necesito ahuyentar de mi interior la sensación de soledad y sé que ellos me entienden porque en su silencio mi canción crece, se hace importante y yo también a pesar de la mala interpretación…muy poco más tengo que contar a esta grabadora, mi mundo se ha reducido por voluntad propia, de aquel potentado ya sólo queda su sombra y me basta, por lo tanto debo concluir mi canción antes de apagar este artilugio: Ich bin gestorben dem Weltgetümmel und ruh’ in einem stillen Gebiet! Ich leb’ allein in meinem Himmel, in meinem Lieben, in meinem Lieben, in meinem Lied, estoy muerto para el tumulto del mundo y reposo en un tranquilo rincón. Vivo solitario en mi cielo, en mi amor, en mi canción…¡Clic!.Gustav Mahler - "Ich bin der Welt abhanden gekommen" (Rückert) - Fischer-Dieskau (youtube.com)

 

Ich bin der Welt abhanden gekommen,

mit der ich sonst viele Zeit verdorben;

sie hat so lange nichts von mir vernommen,

sie mag wohl glauben, ich sei gestorben!

Es ist mir auch gar nichts daran gelegen,

ob sie mich für gestorben hält.

Ich kann auch gar nichts sagen dagegen,

denn wirklich bin ich gestorben, gestorben der Welt.

Ich bin gestorben dem Weltgetümmel

und ruh’ in einem stillen Gebiet.

Ich leb’ allein in meinem Himmel,

in meinem Lieben, in meinem Lieben, in meinem Lied.

           Ich bin der Welt abhanden gekommen

                 Rückert-Lieder, G. Mahler.

 

Estoy perdido para el mundo,

en el que sin embargo malgasté mucho tiempo;

¡hace tanto que no se ha hablado de mí,

que bien puede parecer que estoy muerto!

No me importa mucho

si paso por muerto.

De ningún modo puedo además decir nada en contra,

pues realmente estoy muerto para el mundo.

Estoy muerto para el tumulto del mundo

y reposo en un tranquilo rincón.

Vivo solitario en mi cielo,

en mi amor, en mi canción.

          Traducción de Fernando Pérez Cárceles         

 

 

martes, 10 de octubre de 2023

SENTO...


                                                            

                                                  

                                        

                                          État d'âme// Cynthia Evers           


 Mi niño, mi niño, mi niño...levántame este velo negro que cubre mi rostro; ya ha amanecido y quiero contemplar el mundo en toda su dimensión, en plenitud de vida; la noche ha quedado atrás, sólo me sirve de reposo; mis sueños, mis ilusiones, mis pesadillas, los llevo a cabo durante el día, enfrentándome cara a cara con la luz que irradia el sol; quítame también esta manta que me abrigó en mis horas de descanso; deseo lucir este vestido estampado de flores de colores chillones con fondo verde fosforito, sobre él destaca una vegetación en plena floración, como yo, así soy yo, una eclosión de sentimientos, de deseos que parecen increíbles en una mujer de mi edad, porque yo soy  muy mayor, muy mayor y sin embargo, necesito ser un reclamo, una atracción para esa vida que a veces siento que se me escapa, pero siempre con la firme convicción de que cada día me gano su interés porque la provoco y con esa incitación logro rememorar mi existencia con todos sus aciertos y desaciertos…más bien batacazos, algunos muy sonados. Me paso los días sentada en esta sillita, estoy cómoda en ella, me mantiene erguida, eso es lo que quiero; me presenta al mundo como una espectadora, lo contemplo pasar ante mí a una velocidad a la que soy incapaz de incorporarme, pero eso no me limita a que no pueda sentir, a que no pueda desear. Aunque mi movilidad no me permita la agilidad necesaria, mi mente está en plena ebullición; sé que físicamente puedo engañar, la edad ha deteriorado mi aspecto, pero cierta coquetería innata hace restituir los descalabros del tiempo; poseo un movimiento constante de labios y manos: mis labios muestran un temblor mimético a expresar palabras, pero carentes de sonido y sentido y mis manos temblequean incesantemente; he llegado a la conclusión de que mi mente necesita exteriorizar de algún modo toda su vitalidad y no pudiendo por medio del habla ha elegido esas dos partes de mi cuerpo: por mi boca los hechos y por mis manos las acciones. Creo que soy como una mudita y que también mi cuerpo ha envejecido más que mi mente, pero todas estas suposiciones no son más que devaneos a los que una llega cuando ese negro velo está bajado…Mi niño, mi niño, mi niño, gracias por subirme el velo y quitarme la manta. Estoy cómoda sentada en mi sillita, no debería usar ese diminutivo ya que es toda una gran silla, hasta tal punto que me cuelgan las piernas, cuando me levanto debo tener cuidado y tantear el suelo; es el cariño que le tengo, a no ser por ella, el contemplar el mundo de pie me sería imposible. La verticalidad me asusta y la horizontalidad me horroriza; cuando me veo postrada en una cama experimento malos presagios: es la posición del sueño eterno y yo de eso nada porque aún estoy muy despierta, aunque no lo aparente; soy diminuta y frágil, mi apariencia es quebradiza y con la edad todavía más; mis años no los voy a decir, sería una afrenta a mi coquetería; mi falta de movilidad y mis tembleques me sujetan y me impiden un desenvolvimiento que otras mujeres a mi edad poseen: admiro su garbeo al caminar, ese desenfado de su cuerpo que transmite voluptuosidad y eso me lleva a mis años mozos, ellas aún conservan esa chispa de juventud, yo también la conservo y es mi mente la encargada de reavivar esas sensaciones de antaño; si mi cuerpo no es un exponente fiel de mis vivencias, mi mente está en plena forma y recuerda y juzga con la objetividad que proporciona la experiencia; carezco de habla, pero mis labios en ese movimiento perpetuo y penoso por vocalizar, por intentar exponer lo que mi mente les dicta son el reflejo claro de que todavía queda algo de aquella vitalidad de la joven que fui en su día; ¿y mis manos? ¿quién se atreve a hablar de mis manos? Han perdido la capacidad de asir, de agarrotar con fuerza la codicia, pero en su lugar han aprendido a gesticular torpemente deseos y sobre todo a acariciar…Mi niño, mi niño, mi niño, me he olvidado de ti, pero sólo ha sido un momento, ¡cómo me iba a olvidar de ti, si tú eres quien me cuida! Estás siempre a mi lado, me das de comer y beber, me das la mano y me sirves de apoyo en nuestros cortos paseos, me abrigas y me desabrigas según la estación del año, me subes o bajas este negro velo que despeja o cubre mi rostro, con tu presencia infantil me procuras la alegría y la espontaneidad de la inocencia, con toda paciencia limpias las comisuras de mis labios en donde se acumula una saliva que intenta lubricar unas palabras impronunciables, y mis ojos, también mis ojos que al despertar y abrirlos poseen una adherencia pegadiza, un impedimento a ver el día y tú con tanto esmero pasas un paño húmedo sobre ellos y de repente absorbo toda la energía de esa claridad, toda la magia que a mis años puede depararme una nueva jornada…Quiero que juegues, que rías, que tengas amigos de tu edad, quiero todo lo mejor para ti, quiero también que te olvides de mí, sí, olvídate de mí, de esta anciana que hay momentos que para lo único que sirve es para incordiar, te importuno porque te necesito, porque mis limitaciones son muchas y tengo que depender de alguien y sé que tú eres mi mejor cuidador, te veo siempre pendiente de mí, desconozco quién te habrá asignado tal tarea, pero bendito sea…pero vete, vete, vete, vete, juega, juega, juega, juega, ríe, ríe, ríe, ríe y no pares de reír, olvídate de mí, olvídate de mí, olvídate de mí, nada te ata a mí, ni somos familiares, carecemos de vínculos, somos dos desconocidos y juraría que para el mundo ni contamos; toda esta muchedumbre que desfila ante nuestra mirada ni advierte nuestra presencia, va tan absorta en sus pensamientos, en la cotidianidad, que es incapaz de prestar atención a su parte más frágil, porque mi niño: tú y yo somos su debilidad, pero cuidado, esta palabra tiene un contrasentido: por ti se puede sentir debilidad, pero yo desprendo debilidad; el mundo está hecho para los fuertes, al menos siempre es lo que he oído, pero mi experiencia me dice que está hecho para sentir, para desear a pesar del dolor que a veces subyace en los sentimientos. Mi niño, de mí poco puedes aprender y heredar porque si tuviese posesiones para ti serían todas; de mi paso por la vida activa pocas riquezas he podido almacenar, cuando a mis  manos llegó algún dinero, no me preguntes cómo, se me fue con la misma rapidez como vino: el amor, siempre el amor, pero no lo culpo, tal vez cuando me enamoré no fue del hombre adecuado, no lo lamento, sentí el amor en su doble vertiente: su cara y su cruz…Mi niño, mi niño, mi niño, eres mi lazarillo, no te puedes imaginar lo protegida que me siento cuando me das la mano; en nuestros cortos paseos me guías por la senda segura, si me tambaleo me equilibras y haces que la tierra que piso posea un firme tan compacto que evita que ésta me trague envuelta en mis recuerdos más dolorosos; tampoco se me olvidan esos momentos en los que estás jugando y de repente lo abandonas todo, te acercas a mí y acaricias mi rostro y mis manos temblorosas, y te vuelves de nuevo a tus juegos con la misma rapidez con la que viniste; ese tacto me despierta de mi ensimismamiento y me aparta de esos parajes por donde deambula mi mente, entre la ensoñación y la adversidad, y me devuelve a una realidad que recibo con júbilo porque sé que has sido tú, ha sido tu mano la encargada de sacarme de mis tinieblas; ¡ah! se me olvidaba, me das tan bien de comer, agradezco tu paciencia, cuando llevas la cuchara a mi boca, pones tanto cuidado en no verterla y no mancharme; a veces es difícil acertar, mis labios están en constante movimiento, pero yo lo intento y tú lo intentas y siempre salimos victoriosos; no debería comer tanto, así de claro, siempre estoy sentada y apenas hago ejercicio, sé que tus intenciones son buenas, quieres que esté alimentada, pero con frecuencia me siento como embutida, a mi edad no es necesaria una sobrealimentación, yo ahora estoy para cosas ligeritas: un yogurcito, una galletita, una manzanita y ¡ale! ya voy despachada…Mi niño, mi niño, mi niño, que el que tiene que comer eres tú, estás creciendo, tienes que alimentarte adecuadamente para estar preparado para todos los estirones que te aguardan, tú crecerás y yo menguaré, es ley de vida; por lo que a mí concierne espero que ya haya llegado a un tope porque si no me quedaré en nada. Aunque no me quede mucho, de por vida te estaré agradecida porque aparte de cubrir mis necesidades más básicas, también mi niño sabe cumplir mis pequeños caprichos, no sé cómo se enteró, pero se enteró de que por la mañana, cuando me enfrento al mundo y despejo el rostro de mi negro velo me complace de que éste luzca en todo su esplendor, claro está dentro de las posibilidades de la edad, y mi niño me pinta los labios de rojo sangre y las cejas de negro carbón, no puedo objetar el resultado porque sus intenciones son buenas y mi opinión sobre mi apariencia, mi coquetería se encarga de ahogarlas en el pozo de la desilusión, pero yo agradecida igualmente, y para constatar el trabajo “bien hecho” mi niño me trae un espejo para que me contemple, si bien al principio recibo un impacto porque mis cánones de belleza siguen siendo muy clásicos, después me convenzo de que mi rostro pertenece a uno de esos retratos expresionistas en los que las facciones se dilatan y el pincel del pintor transmite unos impulsos eléctricos sobre la tela en donde se plasma el estado anímico del artista; y termino creyéndome la modelo ideal, y para colmo me trago que el adefesio que se enmarca en el espejo es la representación de un movimiento pictórico…estoy segura de que mi niño tiene madera de artista…Mi niño, mi niño, mi niño, vete a jugar, juega hasta que te canses y olvídate de mí, poco puedo aportar a tu vida: penurias, tú tienes toda una vida por delante, yo para ti seré uno de los miles de encuentros y, que con el paso del tiempo, me evanesceré en el recuerdo, pero no te olvides de que fui tu primera modelo “expresionista”…te deseo toda la suerte del mundo y en esa suerte no incluyo triunfos ni riquezas, más bien diría: siente, o lo que equivaldría a suerte=siente. Pero no te vayas, de algún modo te estoy empujando al mundo, a tu mundo; te estoy mintiendo, en el fondo quiero que te quedes porque eres el único ser que aún me mantiene en la realidad; al  mirarte siento deseos de vivir, en ti veo continuidad de vida, cuando ésta se presenta en toda su plenitud no existen las tinieblas, por eso yo en las mías tengo que buscar la luz y me convierto en un reclamo del color porque el día lo expande por doquier…soy como una esponja que absorbe todo el líquido; yo engaño, quien no me conozca y juzgue solamente por mi aspecto físico diría que estoy decrépita, y es cierto, no obstante mi mente está en plena lucidez, discierne con claridad mis actos, soy capaz de analizar cualquier aspecto de mi vida con la frialdad que exige a veces la verdad…Mi niño, mi niño, mi niño, ¿dónde estás? No te veo, no te vayas muy lejos, bueno sí, vete lejos, bueno no, no te vayas muy lejos, bueno sí, vete lejos, bueno no, no te vayas muy lejos…en una palabra y sin más dubitaciones, quédate cerquita de  mí. ¡Ay mi vida, mi vida! ¡Qué pronto ha pasado! y otras veces pienso que se ha alargado demasiado, para lo bueno ha sido corta, para lo malo suficiente; mirándola desde la distancia siempre he gozado de buena salud, mi situación económica ha estado oscilando, eso sí, nunca he pasado necesidad; he tenido buenos amigos, pero nunca he tenido hijos, nunca los he echado en falta, quizá mi espíritu maternal  quedaba relegado a un segundo plano cuando me entregaba al amor; tal vez ahora este niño que pulula a mi alrededor haya despertado en mí no un instinto materno, sino una protección y cariño hacia él propios de una abuela, es posible; en resumen y en pocas palabras recurriendo a aquello de salud, dinero y amor diría: salud=bien, dinero=comme ci, comme ça, y amor=merde; me gustaría emplear otro término, pero en el amor la he cagado, así de claro; no he sido nunca muy enamoradiza, pero las pocas veces que me ha pasado han sido nefastas; me había entregado a él en cuerpo y alma, apasionadamente y me daba cuenta de que eso no era normal, de que la forma en la que lo enfocaba no pertenecía al mundo real, sino al literario u operístico; siempre había tenido mis heroínas en ambos mundos, las había admirado y compartido con ellas sus destinos fatales, pero yo me creía que iba a ser una excepción y que el final no iba a ser tan trágico; mira por dónde el castigo se cernió sobre mí y me vi como alguna de ellas engañada y en otra ocasión, por rencillas entre familias, apartada del ser amado; me repetí cientos de veces que no me había enamorado de los hombres adecuados, intenté razonarlo, pero el amor no sabe de leyes y es inútil ponerle vallas, así que aquí estoy como una heroína desgraciada de ópera inmolándome cada vez que rememoro ese inmenso amor, que para colmo no fue uno, sino dos, que para colmo aún sigo queriéndolos, que para colmo siempre hay tontos en este mundo, en mi caso tonta que…que… que…ma io sento, io sento, io sento, io sento, io sento…¡qué le voy a hacer!...Mi niño, mi niño, mi niño, ¿dónde estás? El velo, este negro velo parece que quiere cubrirme el rostro y volverme a mis tinieblas, no lo permitas…ya no te da tiempo, es igual, estarás jugando, sigue en tu mundo porque en el mío se ha bajado el telón:(31) Maria de Rudenz, Act 3: "Al misfatto enorme e rio" (Maria de Rudenz, Matilde de Wolff,... - YouTube

-Al misfatto enorme e rio           - Fui arrastrada a cometer

trascinata fui pel crine…              un gran crimen…

Non ha legge, né confine             El amor ultrajado no conoce ley

oltraggiato, immenso amor.          ni límites.

Quest’ingrato, l’onor mio            Este ingrato cubrió

ricovri di negro velo…                con un negro velo mi honor…

Ei m’ha tolto vita…e cielo…       Él me ha quitado la vida…y la

                                                    felicidad…

Quest’ingrato …io lo amo ancor! Pero a este ingrato…¡lo amo

                                                    todavía!

………………..                           ………………………

No…….                                       No…………

………………..                           …………………

Or m’aspetta infame tomba           Ahora me espera una infame                            

                                                      tumba

senza prece…e senza pianto…      sin oraciones…y sin llantos…

fra i mortali…tu soltanto              entre los mortales…tú eres el

                                                     único que quedas

resti…a spargerla d’un fior…       para llevarme una flor…

Io già manco!...In sen mi piomba ¡Desfallezco¡…Pierdo el

                                                      sentido

Della norte orrendo il gelo!           ¡Me horroriza el frío de la

                                                    muerte!...

 Mi togliesti vita…e cielo!           Me quitaste la vida… ¡y la

                                                    felicidad!

Ti perdono…e…t’amo…            Te perdono…y…te amo…

ancor…                                       todavía….

(Escena final de María de Rudenz- Donizetti)

No sé si cada vez que me canto esto en voz muy baja me sirve de liberación o me enveneno más de rabia, no obstante el tiempo ha sabido apaciguarla; no niego que en su momento me haya enervado y sacado de mis casillas; ahora lo asumo y para colmo de males le digo: ti perdono…e…t’amo…ancor…¡Mira que hay que estar alelada!...ti perdono…e…t’amo…ancor…Lo que decía antes: ma io sento, io sento, io sento, io sento, io sento, io sento…No tengo remedio…Mi niño, mi niño, mi niño ¿dónde estás? Ven rápido y levántame este negro velo que cubre mi rostro; ya está bien de tinieblas, necesito ver la luz del día y caminar un poquito, así también espabilo mi ánimo y activo  mis piernas…ya te estoy exigiendo, pero bien sabes que si no es a ti ¿a quién voy a pedir ayuda?       En estos momentos estoy entumecida de cuerpo y mente, cada vez que entro en trance, por llamarlo de alguna manera a esto mío, me quedo sin fuerzas, es tanta la entrega a lo que canto y a lo que rememoro que, como persona, quedo anulada por el potencial de sensaciones que experimento; de paso aprovecho y voy a hacer un pis; es necesario soltar lastre que de un modo u otro se acumula en el cuerpo. Hace tiempo que no pronuncio el nombre de mis dos grandes amores, sería personificarlos, darles una apariencia sería como tenerlos presentes, creo que es mejor que se mantengan en el recuerdo y que conserve solamente el sentimiento que tuve hacia ellos, sería como quedarme con su esencia y eso es lo que hago…Ya estás aquí, mi niño, llévame a dar una vueltecilla, voy a bajar con cuidado de mi silla, dame la mano, así, despacito, caminando a tu lado; me sorprende la gente que nos cruzamos, ¡qué atareada anda!, arrímate hacia un lado porque veo que somos un estorbo e impedimos la fluidez de su marcha, nosotros a nuestro ritmo y sin embargo me gusta estar  metida en este torbellino que me trasmite vitalidad; mi niño, ¡qué hermosa es la vida a pesar de los pesares!,sobre todo cuando captas esos instantes que parecen estar vacíos, pero que, si te paras un poco, desprenden una valoración de las pequeñas cosas, lo insignificante se magnifica y te das cuenta de que la vida está llena de esos miles y miles de instantes que se nos escapan de las manos sin poderlos saborear; tú y yo ahora, el hecho de que me acompañes, de que me des la mano y me guíes, algo tan simple, me llena de satisfacción; no sé lo que podrás opinar, pero yo te soy sincera…Empiezo a cansarme, quiero hacer pis y después me vuelvo a mi sillita…Al fin estoy sentada otra vez, este cuerpo ya no da para muchos esfuerzos, yo tengo mis años y esta posición sedente me es la ideal, más ideal sería si me echara en cama, pero eso no, no y no, me niego rotundamente. Muchas gracias mi niño por tu ayuda, ahora vete a jugar y déjame sola, tengo que asumir mi soledad; sé que puedo contar contigo, pero no a todas horas, no es mi deseo marearte, no soy de las que le gusta abusar de la buena voluntad del prójimo y sin embargo mis limitaciones me obligan a incumplir esta norma, seguiré solicitando tus cuidados. Me encanta esta brisa que corre, refresca mis pensamientos; en general me gusta valorar cualquier alteración del tiempo, sus inclemencias puedo compararlas con mis estados de ánimo, unas veces más sosegados, otros más agitados; me sosiego cuando intento hacer una valoración positiva de los acontecimientos, aunque no lo fueran; si pienso en la cantidad de mundo que recorrí y en todas sus gentes, mi pecho se hincha de alegría, el poder que en algunos momentos tuve y que el destino me marcó, aunque no fuera mi intención el poseerlo…y así estaría contando mi vida a base de grandes y pequeños acontecimientos que con la distancia y el tiempo perderían su negatividad en el caso de que la tuvieran; me canso y no es porque hable, mi boca está seca y no es porque hable, es ese movimiento constante de  mis labios en su intento por expresarme, por articular unos sonidos que se diluyen en una saliva que se acumula en la comisura de los labios; me agito al pensar en mis dos amores; toda la entrega que puse en ellos y ambos estaban abocados a un trágico final; mira que me costaron lágrimas y empeño y no hubo manera, el caso es que sentí y deseé, valoro por igual el éxito y el fracaso, eso me envalentona y prometo que la próxima vez que este negro velo trate de cubrir mi rostro y volverme a mis tinieblas, no voy a permitírselo; me enfrentaré cara a cara con la realidad. A mi niño lo oigo reír, debe estar jugando con sus amigos por aquí cerca; adoro la risa de los niños, es tan limpia, a veces tan contagiosa que dan ganas de compartirla….Me siento serena, hasta diría que me apetece cantar; durante el canto libero mis tinieblas, éstas se hacen más soportables a través de la melodía y voy a cantar, pero este negro velo no va a cubrir mi rostro, ya no; quiero que la luz del sol ciegue mis ojos y que su calidez temple el sentimiento con el que canto porque yo siento, yo siento, yo siento, yo siento, yo siento…io sento, io sento, io sento, io sento…Mi niño no te olvides: “senti”.(31) Orazi e Curiazi, Act 3: "Sento ... l'estremo ... anelito! ... " (Camilla, All, Orazio) - YouTube

Sento…l’estremo…anelito!...

i nai…m’adombra…un…velo!...

A te perdono…Orazio…

Roma, perdoni…a me…

Mio ben…ti seguo…attendimi…

ah! Non mentiva il cielo!...

Ecco…gli dei m’uniscono

eternamente…a…te!

(Escena final de Orazi e Curiazi- Camilla- S. Mercadante)

Siento…¡con todo mi anhelo!

¡la cólera …me cubre…con…un velo!...

Te  perdono…Horacio…

Roma, perdóname…

Mi bien…te sigo…espérame…

¡Ah! El cielo no mentía…

Aquí…¡los dioses me unen

eternamente…a…ti!