martes, 8 de octubre de 2013

LACRIMOSA O EL COMBATE IMPOSIBLE

        La máquina la observaba, la observaba día y noche, tratando de descubrir algún cambio, alguna manifestación interna o externa de cambio, pero aquello nunca se producía, los vocablos: cambio, mutación, metamorfosis, transformación, transfiguración…y muchos otros que implicasen una alteración en su físico no existían. La presencia de aquella mujer yacente envuelta en una manta de lana blanca, impertérrita, inmune al deterioro, enfrentándose con mutismo e inmovilidad a todo aquél o aquello que anulase su ser, era una afrenta para la máquina, descaradamente era burlarse de aquel mundo hecho de inteligencia mecánica y eso... la máquina, no lo soportaba. El aspecto de aquella mujer era frágil, quebradizo, es decir, algo que se podía coger y en el intento romperse en mil pedazos, y todos aquellos trocitos tirarlos a un contenedor de basura. Sería tan fácil deshacerse de ella; sin embargo, en aquel rostro blanquecino, en cada uno de sus rasgos afilados había una intención de cortar el espacio, de encontrar un hueco en él. Toda su figura reclamaba un lugar en aquel mundo de máquinas, en el que todo funcionaba a un ritmo metálico. Aquel cuerpo albergaba a un ser humano que se había detenido entre la vida y la muerte, a partes iguales. Si bien toda actividad física o manifestación de vida latente habían desaparecido, la máquina sabía que en su interior había “algo” que vibraba y al no poder averiguarlo, eso la descomponía. Habían pasado años haciéndole pruebas, experimentos, intentando descubrir el misterio de aquel cuerpo y al no poder llegar a ninguna conclusión, las máquinas decidieron que pasara a un estado de observación permanente. A aquella mujer la trasladaron a un hangar inmenso en donde se almacenaba una gran cantidad de desechos de otras máquinas ya inservibles, pero a ella le hicieron un hueco especial, un espacio en el medio y medio de aquella nave, todo su entorno quedó libre, los despojos mecánicos fueron retirados hacia los lados y su cuerpo yacente fue iluminado por focos que desprendían una potente luz blanca. Una máquina, las veinticuatro horas del día, la observaba continuamente; entre tanta oscuridad ella era un pozo de luz; entre tanto desguace de metal ella era un cuerpo de carne y hueso. La máquina siempre la contemplaba a cierta distancia, pero a veces la curiosidad la corroía y se aproximaba, primero observaba su rostro blanquecino, en donde el color a vida había desaparecido, sus ojos y cejas, su nariz y boca se marcaban con el trazo fino de un lápiz componiendo el dibujo de un retrato entre gris y blanco, en donde el tiempo se había parado y la frialdad del hielo se mostraba en todo su esplendor. Después continuaba su recorrido y la miraba de perfil: la frente, la nariz, los labios y el mentón que se curvaba armónicamente dando paso a un cuello largo y frágil. Todo este conjunto de facciones se perfilaba con extrema agudeza en el espacio, dando una conjunción perfecta entre espacio y volumen. La máquina enloquecía. De su cuerpo no se desprendía sombra alguna de extremidades o partes diferenciadas de su anatomía; la manta la cubría, la abrigaba, marcaba simplemente el contorno de su figura, los brazos pegados al tronco, las extremidades inferiores juntas, todo su cuerpo formaba un triángulo isósceles invertido, una figura arcaica, momificada, eterna. La máquina bufaba. Se retiraba inmediatamente y volvía a tomar su posición, a mantener aquella distancia, como si en la proximidad “algo” la acechara. Aquel hangar ocupaba un gran terreno en las afueras de la gran ciudad, sólo las máquinas tenían acceso a él, podía calificarse de una especie de cementerio propio, cuando cualquier aparato mecánico no funcionaba bien o no cumplía con una misión específica era desechado y abandonado allí. Entonces ¿Qué pintaba aquella mujer en aquel lugar? ¿Qué hacía un humano entre tanto metal? ¿Era en realidad un cementerio o un espacio en donde se ocultaba el fracaso? ¿Lo que causaba problemas o lo que no se entendía  se quitaba de en medio y se lo ignoraba? Entonces, a aquel ser indefenso, a aquel cuerpo momificado ¿ por qué motivo lo habían llevado allí? Evidentemente poco le exigía a la máquina, él mismo se conservaba, se mantenía, como mucho ocupaba un espacio, nada más; pero guardaba un secreto que nadie había conseguido desvelar en aquel mundo maquinal; las máquinas habían raptado a aquel ser y lo habían apartado de entre sus congéneres para estudiarlo, para averiguar más sobre el ser humano y sus reacciones; al no lograrlo, solamente les quedaba el consuelo de contemplarlo segundo a segundo, con la esperanza de que en esa fracción de tiempo pudieran descubrir el misterio que albergaba aquella mujer. Durante el día todo transcurría con normalidad: un lugar de reposo y olvido, llegada la noche, siempre en un momento determinado algo ocurría. Lo que pasaba en ese tiempo era algo indescifrable e indescriptible. La máquina al presenciar aquello loqueaba, trataba de mantener cierta compostura en su raciocinio, por calificarlo de alguna manera. Sus tuercas, ensamblajes, chips y demás componentes sufrían un shock traumático que sólo los muy entendidos en máquinas llamarían: desencajamiento. Permanecía durante aquel tiempo bajo un estado de alucinación y pasado todo el trance volvía a recobrar la normalidad, es decir, un montón de chatarra ordenada. De la mujer no se sabía nada, origen, familia, profesión… carecían de importancia, era un ser humano y eso era lo relevante. Su edad era atemporal, dependiendo de la luz, su rostro podía aparentar una medianía o como adentrada en años, lo que sí reflejaba era serenidad. Lo que se almacenaba en aquel hangar nadie lo reclamaba, era puro desecho. De la chatarra no se esperaba ningún reciclaje y de aquella mujer, descubrir el misterio que la envolvía, con seguridad eso nunca se llevaría a cabo. La máquina también estaba sujeta a observación, al estudio de sus reacciones ante aquel ser, ¿ quién se encargaba de eso? Otra máquina. Siempre máquina, máquina, máquina, máquina…mana, mana, mana, maná, maná, maná, quina, quina, quina, maqui, maqui, maqui…má-qui-na. Repitamos todos a coro: má-qui-na, otra vez má-qui-na, y una tercera vez má-qui-na. Y sin embargo, aquel reposo que reinaba durante el día, al llegar la noche se convulsionaba, podía decirse que el día mantenía la cordura, la noche inducía a aquel combate imposible. El sol que iluminaba la tierra hacía su presencia en el hangar a través de unos ventanales superiores de las paredes laterales, aunque ese medio proporcionaba luz suficiente al interior, éste nunca adquiría una visibilidad nítida ya que la mugre, los aceites que desprendían las máquinas y ellas mismas malcriaban al color negro, con una excepción el haz de luz blanca que iluminaba a la mujer, acotaba un espacio circular amplio e impoluto, en donde el blanco nieve contrastaba con el negro carbón del entorno. Si durante el día aquella nave se hacía eco de algún ruido, al llegar la noche era el silencio el que se imponía; no era un silencio normal, arrastraba con él una estela premonitoria de algo a suceder, una introspección muda creando un vacío el cual, llegado el momento, se llenaría de sonoridades armónicas. Cuando el crepúsculo se hacía notar por su escasez de luz y el día perdía su magnetismo, la máquina presentía la hora del combate; cada día desde hacía años, a una hora marcada, sabía que debía enfrentarse a aquella mujer, se había o le habían impuesto aquella ardua tarea para demostrar una superioridad, pero aquel combate no era al uso, no iba a ser cruento, era un combate de sentimientos, de conceptos. Esas horas antes del enfrentamiento observaba detalladamente a la mujer para detectar algún indicio de intranquilidad, de ansiedad. Ni rastro de alteración; ella se manifestaba tal y como era, como un ser humano, haciendo alarde de unos atributos propios de su especie, conservados en un silencio heredado desde su origen, amparado por los siglos y transferido al futuro. La máquina, de aquel combate, no entendía nada. Día tras día se enfrentaba a él y día tras día necesitaba la confirmación del fracaso, necesitaba la desesperación de lo imposible. No admitía como máquina estar posesa por un sentimiento humano. Se sabía cuándo se aproximaba la hora del combate en el rostro de la mujer yacente; durante el tiempo del enfrentamiento podían leerse en él las experiencias que a lo largo de la vida habían conmovido sus sentimientos, sus facciones no cambiaban, era la luz y su intensidad las que ayudaban a tal interpretación; ella permanecía serena, con una presencia que hasta podría calificarse de despótica. Y el silencio tocó fondo, el silencio del mundo se concentró en aquel espacio y una atmósfera cargada de predestinación llenó la nave. Casi podía percibirse el paso del tiempo precipitándose hacia la hora señalada, ¿por qué aquella hora? ¿tenía algo de especial? Alguien o algo lo habían decidido así: a las once y treinta y cinco minutos de la noche, todos los días del año, sin excepción, aquella música enfrentaba a la máquina y a un ser humano con la intención de desvelar un misterio. Durante once minutos y treinta y cinco segundos, una música cargada de un enorme potencial atmosférico inundaba aquel espacio y con ella la voz humana en un coro que se expresaba en un leguaje arcaico y hermético. Instantes antes de comenzar el combate, antes de que una mano invisible pulsara un interruptor para desencadenar la guerra, el tiempo caía en un espacio vacío. Después, el sonido lo era todo. Click.



Audición: 
Click. Lacrymosa, dies illa qua resurget ex favilla judicandus homo reus. Y el mundo se concentraba en aquel pequeño campo de batalla. Era un combate incruento, allí se aunaban dos presencias, sus armas: el fragor de las voces y la opulencia de un sonido instrumental capaces de atravesar el alma humana, capaces de extraer de un cuerpo inerte una gota de su esencia. La música flotaba en aquel ambiente. La máquina, ofuscada, inmóvil, paralizada, sin saber qué hacer, impotente ante una situación que la trastornaba, a veces hubiera querido huir, sería un acto de cobardía, y allí se mantenía firme, aquellas vibraciones no las soportaba. Pie Jesu, Domine, dona eis requiem. El combate se mantenía firme, pero había un momento en el que la música y el coro alcanzaban tal magnitud y fuerza, que en su descenso herían de muerte a la máquina; entonces, ésta miraba a la mujer frente a frente y de la comisura de uno de sus ojos brotaba una lágrima, un misterio. Lacrymosa, dies illa qua resurget ex favilla judicandus homo reus. Pie Jesu, Domine, dona eis requiem. Entonces la máquina se daba cuenta de que se enfrentaba a un eterno combate imposible.


Lacrymosa, dies illa
qua resurget ex favilla
judicandus homo reus. ( Huic ergo parce, Deus),
Pie Jesu, Domine,
dona eis requiem.
Lacrimosa, gran misa de los muertos, H. Berlioz


Día de lágrimas será, aquél en el que resurja
del polvo el hombre para ser juzgado como reo. (A él perdónale, oh, Dios)
Piadoso Señor Jesús, otórgale el descanso eterno,  amén.

2 comentarios:

  1. Enhorabuena, Karlos. Otra situación límite estupendamente planteada y resuelta. A mí jamás se me hubiera ocurrido explorar la historia de una persona en coma desde el punto de vista de la máquina. Ese es el mérito de los artistas: descentrar las historias para verlas desde otra óptica. Ello ayuda, además, a trasladar el argumento a un escenario de ciencia-ficción y a derivar el relato hacia la inteligencia de las máquinas. Como tú planteas, puede que algún día terminemos estudiados y dominados por ellas. Como en la extraña historia de Angele Lieby ( puede consultarse en el enlace http://esprituycuerpo.blogspot.com.es/2013/03/lagrima-orfica.html ), solo la música es capaz de conmover a esa mujer durmiente, en el gozne entre la muerte y la vida. Pero, para desesperación de la máquina, semejante misterio siempre se le escurrirá entre las tuercas.

    ResponderEliminar
  2. Estoy deseando ver con qué nos sorprendes en la siguiente edición.¿Cuándo toca?

    ResponderEliminar